1. Introducción
La pregunta por la relación entre la agencia y los artefactos parece, inicialmente, simple: ¿pueden los artefactos tener agencia? Sin embargo, esta aparente simplicidad se desvanece rápidamente. No se trata únicamente de decidir si una cosa hecha por seres humanos puede “actuar”, sino de esclarecer dos conceptos que se emplean en sentidos diversos. No hay una única noción de artefacto, ni una única noción de agencia, y sin esta clarificación las respuestas tienden a generar confusión. Así, puede sostenerse que los artefactos tienen agencia si se entiende por tal cualquier forma de eficacia material organizada; o negarse, si se reserva el término para la acción intencional, autónoma y responsable. Ambas respuestas resultan plausibles, siempre que se advierta que operan con sentidos distintos de “agencia”.
Para precisar qué clase de vínculo tiene lugar entre ambos términos, conviene examinar esta relación conceptualmente densa, esclareciendo qué se entiende por cada uno de ellos. Sólo entonces puede determinarse con mayor precisión en qué consiste ese vínculo y, con ello, trazar un mapa del debate. Si los artefactos se entienden como meros productos humanos diseñados que portan funciones, es difícil tratarlos como agentes primarios. Si la agencia se entiende, en su sentido más fuerte, como acción intencional, respuesta a razones, autogobierno y responsabilidad, los artefactos no parecen satisfacerla. Sin embargo, entre esos dos polos extremos se abre un territorio en el que los artefactos no son meras cosas pasivas, sino medios, soportes, mediadores, sedimentaciones de decisiones previas y, a veces, operadores que abren posibilidades y reorganizan el campo mismo de la acción.
En las secciones que siguen se llevan adelante tres tareas principales: en primer lugar, se reconstruye el concepto de artefacto; en segundo lugar, se distingue entre nociones débiles y fuertes de agencia; y, en tercer lugar, se propone un conjunto de criterios para cartografiar las posiciones principales en el debate. Finalmente, se describen las mismas y se ofrece un balance sintético.
1. ¿Qué es un artefacto?
Si no sabemos qué clase de cosa es un artefacto, tampoco podemos saber qué clase de agencia podría atribuírsele. Pero, ¿qué es un artefacto?
Una definición filosófica bastante extendida sostiene que un artefacto es un objeto hecho intencionalmente (diseñado), mediante alguna modificación de materiales y/o generación de estructuras causales, para la satisfacción de algún propósito . Esta definición es heredera de la distinción aristotélica entre las cosas que existen “por naturaleza” y las cosas que existen “por arte” o “por técnica” . Según esta concepción, los artefactos se diferencian de los objetos naturales porque su origen no reside en sí mismos, sino en la actividad de quienes los producen.
Esta definición tiene algunas prestaciones claras. Distingue el artefacto de lo natural, subraya su origen en una historia humana de imaginación, diseño y producción, y permite comprender por qué los artefactos son evaluables en términos de función, éxito, fracaso o defectos. Esta normatividad no se sigue de que un objeto cause algo, sino de que ha sido producido para hacer algo . Veamos este ejemplo. Una piedra que es arrojada puede producir daño e incluso matar, pero no por eso constituye un artefacto. Un dron de uso dual, por el contrario, sí es un artefacto. No en virtud de su mayor complejidad, sino porque su estructura material, sus sensores, su sistema de guiado y sus condiciones de operación están organizados en relación con funciones determinadas, tales como el monitoreo, el transporte, el reconocimiento o la eliminación de objetivos. En el caso de la piedra, el uso es contingente al objeto; el dron, en cambio, posee una historia de diseño, fabricación y prácticas de usos que inscribe esos fines en su propia condición de dron. Naturalmente, la cuestión de la agencia no puede plantearse del mismo modo en ambos casos.
Pero esta definición extendida está lejos de ser exhaustiva. Preston , por ejemplo, muestra que los artefactos presentan un problema de continuidad. Consideremos este ejemplo: una piedra recogida del río y usada regularmente como un improvisado martillo. Aunque no ha sido “fabricada” como martillo, tampoco es ya meramente un objeto natural indiferente al uso. Así, casos como estos involucran precisamente productos no intencionales de actividades intencionales, objetos naturales seleccionados para su uso, o artefactos cuyo uso posterior diverge del diseño original . De allí que la filosofía reciente de la tecnología, junto con la arqueología, la antropología y las ciencias cognitivas, se esfuerce por no equiparar a los artefactos con herramientas intencionalmente fabricadas, sino que abogue por tratarlos de manera más amplia, como parte del mundo hecho por personas o usado por ellas.
A pesar de estos límites difusos, varias características siguen desempeñando un papel central para hablar de artefactos. En primer lugar, los artefactos dependen históricamente de la producción, apropiación o estabilización humanas. Esto quiere decir que no están simplemente ahí con independencia de las prácticas humanas . En segundo lugar, la mayoría de los artefactos son diseñados. El diseño significa mucho más que la mera fabricación física . Significa traer al mundo lo que todavía no hay y para ello organizar intencionalmente algo bajo una descripción, i.e., seleccionar forma, material, estructura, mecanismos causales, e interfaz a la luz de una función (o funciones) y uso proyectado . En tercer lugar, los artefactos tienen funciones, aunque la discusión filosófica disputa sobre si la función queda fijada primariamente por las intenciones de los diseñadores, por los patrones de uso, por las capacidades técnicas (mecanismos) o por una combinación de estos factores . En cuarto lugar, los artefactos pertenecen a tipos o familias de artefactos (por ejemplo, herramientas de fijación, instrumentos de corte, sistemas algorítmicos o medios de transporte) y esos tipos se sostienen mediante normas técnicas (estándares) y sociales . En quinto lugar, los artefactos suelen requerir mantenimiento, reparación, infraestructura e interpretación para seguir siendo el tipo de cosas que son .
Esta línea de pensamiento se desarrolla con claridad en la filosofía de los artefactos técnicos . Un destornillador, una válvula industrial, un dron de vigilancia o un sistema de guiado de precisión (GPS) no son meros objetos físicos. Son productos de base humana que existen en virtud de procesos de fabricación, ensamblaje, calibración e inserción en prácticas de uso. Son diseñados, y el diseño introduce una estructura intencional, por ejemplo, la forma del mango de un destornillador, el régimen de apertura de una válvula, la articulación entre sensores, el enlace de datos y navegación en un dron responden a usos proyectados. Así, los artefactos portan funciones y quedan sometidos a criterios de éxito y fracaso: una herramienta ajusta o no ajusta, un dron detecta, sigue, entrega una carga o elimina un objetivo con mayor o menor precisión. También pertenecen a tipos que solo se sostienen dentro de prácticas e instituciones: el destornillador en oficios técnicos y los sistemas no tripulados, de guerra electrónica o de ataque de precisión, en cadenas de mando, doctrinas operativas, estándares de interoperabilidad e infraestructuras de comunicación. Por último, rara vez persisten por sí solos como lo que son, sino que requieren mantenimiento, reparación, actualización de software, suministro energético, repuestos, conectividad y operadores capacitados y entrenados. Las guerras contemporáneas muestran precisamente la centralidad de drones comerciales adaptados, municiones merodeadoras, sistemas de guerra electrónica y aplicaciones militares de inteligencia artificial y de infraestructura civil, lo que vuelve especialmente visible esa dependencia de diseño, soporte e integración institucional.
En consecuencia, las tesis fuertes sobre la agencia de los artefactos son cuanto menos problemáticas. Si los artefactos son productos humanos, funcionalmente estructurados y persistentemente dependientes, cualquier agencia que se les atribuya debe explicarse en relación con su origen, su función y sus condiciones de sostenimiento.
2. La agencia en sus dos sentidos: débil y fuerte
“Agencia” no nombra una propiedad única fuera de toda disputa filosófica. El término se usa en contextos ordinarios y filosóficos para designar cosas diferentes. Para los fines de esta entrada, esas diferencias pueden ordenarse bajo dos grandes sentidos: uno débil y otro fuerte. La diferencia es relevante porque muchas tesis sobre la agencia de los artefactos resultan plausibles en el primer sentido, pero dejan de serlo en el segundo.
En el caso humano, la agencia involucra el ejercicio de la capacidad de actuar. Esa capacidad comprende tanto actividades físicas (por ejemplo, jugar al tenis o podar un cerco), como actividades mentales (por ejemplo, juzgar que está lloviendo o imaginar el próximo verano en el mar) . Desde este punto de vista, la agencia supone una respuesta activa a las circunstancias. No es un simple acontecimiento que sobreviene en el cuerpo. Es una manifestación conductual propositiva, motivada e intencional. Por eso contrasta con respuestas meramente reactivas, como ciertos reflejos biológicos o neurofisiológicos del ser humano . Si alguien retira la mano al tocar una superficie muy caliente, hay una respuesta corporal; en cambio, si alguien decide cerrar una ventana porque percibe que está por llover, hay acción en un sentido más robusto.
La agencia humana presenta, además, algunos rasgos distintivos. Al actuar, el agente inicia cadenas causales a partir de una posibilidad de actuación entre varias alternativas. Francisco, por ejemplo, poda el cerco de la ligustrina; podría haber limpiado la piscina. Su decisión inaugura un curso de causas y efectos contenido en la acción de podar. Esa acción, a su vez, está motivada por la percepción del estado del cerco. Ese estado cuenta para Francisco como una razón para pensar que es tiempo de cortarlo. Francisco reconoce esa razón, advierte que dispone de los medios necesarios y actúa porque tiene la pericia suficiente para hacerlo. En este caso, la acción no es un mero suceso que le ocurre. Es una conducta guiada por una consideración que el propio agente toma como razón para actuar.
Sobre esta base puede introducirse la distinción central. En el sentido más débil, “agencia” puede significar simplemente eficacia causal efectiva: algo hace una diferencia en cómo se desarrollan los acontecimientos. En un sentido más robusto, pero todavía amplio, la agencia involucra control, regulación u orientación organizada de la conducta, a saber, el comportamiento no está solo causado, sino guiado de manera sistemática. En el sentido más fuerte, asociado a la teoría de la acción y a la filosofía moral, la agencia incluye acción intencional bajo descripciones, sensibilidad a razones, autogobierno y responsabilidad. Para simplificar la exposición, puede decirse que los dos primeros casos caen del lado de una noción débil de agencia, mientras que el tercero expresa su sentido fuerte.
En su versión más básica, entonces, la agencia débil designa la capacidad de producir una diferencia o de ejercer una influencia causal organizada. En este sentido, no se exige todavía intención, deliberación ni responsabilidad. Basta con que algo contribuya, de modo estable, a que ocurra algo. Por ejemplo, un semáforo no decide nada, pero organiza el flujo de circulación y coordina movimientos. Ahora bien, el sentido débil no se agota en la mera producción de efectos; también puede incluir formas de control u organización, por ejemplo, un sistema de navegación satelital recalcula una ruta cuando detecta un desvío. En estos casos ya no hay solo un efecto causal aislado, sino una secuencia regulada de detección, evaluación y ajuste.
En el sentido fuerte, la noción de agencia es más exigente. No es suficiente con producir efectos ni con regular procesos. Hace falta actuar bajo una descripción, controlar la propia conducta y responder a razones como razones. El contraste es importante. Una puerta automática se abre cuando detecta movimiento. Mateo, en cambio, abre una ventana para ventilar la habitación. En ambos casos hay un cambio en el mundo. Sin embargo, solo en el segundo parece haber acción en sentido pleno. Mateo, el agente, sabe lo que hace, por qué lo hace y podría, al menos en principio, haber actuado de otro modo.
Así, una noción robusta de agencia suele incluir, al menos, los siguientes rasgos. En primer lugar, intencionalidad. El agente actúa bajo una descripción; no solo se mueve, sino que hace algo como cerrar una ventana o podar un cerco y sabe qué hace cuando lo hace de manera inmediata, no inferencial o por percepción de su acción . En segundo lugar, control. El evento que tiene lugar no es un mero acontecer, sino una conducta guiada. En tercer lugar, sensibilidad a razones. El agente puede registrar razones y responder a ellas como razones. En cuarto lugar, autogobierno reflexivo. El agente está en condiciones de evaluar y revisar sus motivos y sus fines. En quinto lugar, apropiación. La acción le pertenece de un modo que permite atribuírsela. En sexto lugar, responsabilidad. El agente puede ser elogiado, culpado, excusado o llamado a justificar lo que hizo. Si bien estos rasgos no eliminan todas las disputas filosóficas sobre la noción de agencia, fijan un umbral alto para hablar de agencia en sentido fuerte.
La utilidad de esta distinción se percibe inmediatamente en el caso de los artefactos. No obstante, el debate se oscurece cuando estos sentidos se mezclan. Si por “agencia” se entiende solo “tener consecuencias” o “hacer una diferencia en el mundo”, entonces los artefactos tienen agencia de manera evidente. Si se entiende por agencia el ejercicio de un control organizado dentro de un sistema, algunos artefactos y muchos sistemas técnicos parecen satisfacer plausiblemente esa condición. Sin embargo, si la agencia se entiende en el sentido fuerte que suele dominar las discusiones sobre autonomía, acción y responsabilidad (i.e. actuar por razones, revisar fines y responder por la propia conducta), entonces los artefactos parecen caer fuera de este criterio.
La distinción evita dos errores simétricos. El primero consiste en llamar “agencia” a toda eficacia causal y concluir demasiado rápido que los artefactos son agentes. El segundo consiste en reservar la agencia exclusivamente para el caso humano y pasar por alto el papel material, operativo y mediador de los artefactos en la configuración de la acción. Entre ambos extremos, la distinción permite formular el problema con mayor precisión y mejorar la discusión.
3. Criterios para ordenar el debate
Las secciones anteriores permiten concluir que la discusión no avanza si se pregunta en abstracto si los artefactos “tienen” o “no tienen” agencia; en cambio, avanza si se examina en qué sentido podrían tenerla y bajo qué criterios esa atribución sería aceptable. Seis criterios permiten comparar las posiciones de manera más precisa.
- El origen de la acción. La pregunta aquí es: ¿la fuente de la acción reside en la entidad misma o en un agente externo que la diseñó, produjo o usa? En el caso humano, decimos que la acción se origina en el propio agente en un sentido fuerte. Francisco poda el cerco porque decide hacerlo. La acción comienza en él, aunque dependa de herramientas, hábitos o circunstancias. En el caso de los artefactos, la situación es distinta. Un dron puede despegar, seguir una ruta y registrar imágenes, pero esas posibilidades remiten a una historia previa de diseño, fabricación, programación y despliegue. Su operación no surge con independencia de esa historia.
- Teleología. La pregunta aquí es si la entidad fija, adopta o revisa sus propios fines, o si simplemente realiza fines que le han sido asignados. Los artefactos suelen estar hechos para algo. Una bomba de infusión sirve para administrar una sustancia. Pero una cosa es estar orientado a un fin y otra, muy distinta, es poder interrogarlo, modificarlo o abandonarlo. El agente humano puede hacer precisamente eso. Puede dejar de podar el cerco y decidir ayudar a un vecino. Puede revisar lo que estaba haciendo a la luz de nuevas razones. Un artefacto, en cambio, realiza fines inscriptos en su diseño, en su programación o en su inserción práctica. Puede cambiar de estado o de operación, pero no parece revisar sus fines como fines.
- Normatividad. La cuestión aquí es si la entidad responde a razones o si simplemente encarna funciones, restricciones y estándares. Los artefactos están atravesados por normas. Un dron puede cumplir o no con estándares de precisión, interoperabilidad o seguridad. En ese sentido, los artefactos incorporan normatividad. Están sometidos a criterios de éxito, fracaso, corrección y defecto. Sin embargo, una cosa es estar sometido a normas y otra es reconocer normas como normas. Francisco poda el cerco porque considera que debe hacerlo ahora. Puede explicar su decisión y justificarla. Un dron, en cambio, puede seguir una ruta predefinida o reajustar su trayectoria según ciertos parámetros, pero eso no muestra todavía que comprenda una regla como regla o que responda a una razón como razón. El artefacto puede instanciar una normatividad funcional. Lo que está en cuestión es si además participa de una normatividad práctica en sentido fuerte.
- Control. Aquí la pregunta es si la entidad ejerce un control guiado por sí misma o si su operación depende de una estructura externa de diseño, programación y mantenimiento. Muchos artefactos exhiben regularidad operativa, por ejemplo, un piloto automático estabiliza una trayectoria. En estos casos hay control en un sentido operativo. El comportamiento no es puramente azaroso, sino que está guiado por mecanismos de detección, evaluación y ajuste.
Pero este punto exige cuidado. No todo control operativo equivale a autogobierno. Un artefacto puede regular un proceso sin que por ello se siga que gobierna su conducta en el sentido fuerte en que lo hace un agente humano. Mateo puede corregir el rumbo de un automóvil porque advierte un obstáculo, comprende el riesgo y decide maniobrar. Un sistema automático también puede corregir una trayectoria, pero la cuestión es si ese control es suficiente para hablar de agencia o si sigue siendo, más bien, una modalidad sofisticada de operación diseñada. Por eso, el criterio del control no puede examinarse aisladamente. Debe ponerse en relación con el origen, la teleología y la normatividad.
- Dependencia. La pregunta es si la entidad puede seguir existiendo como lo que es sin prácticas humanas de interpretación, mantenimiento y uso. Los artefactos parecen ser profundamente dependientes en este sentido. Un dron requiere energía, conectividad, mantenimiento, repuestos, calibración, software y operadores entrenados. Si esas condiciones desaparecen, el artefacto puede seguir existiendo materialmente, pero ya no operar como el tipo de entidad que es. La dependencia es constitutiva de un modo especialmente visible: su identidad funcional no se sostiene sin redes humanas de soporte persistentes. Esto podría marcar una diferencia importante con el caso humano, aunque un ser humano también depende de múltiples condiciones biológicas, sociales e institucionales. ¿Pero lo hace del mismo modo?
- Responsabilidad. La pregunta aquí es si la entidad puede ser portadora de elogio, culpa, imputación o exigencia de justificación en sentido pleno. Este criterio es decisivo porque conecta la discusión sobre agencia con la práctica de atribuir acciones. Cuando Francisco rompe una ventana al arrojar una pelota, podemos preguntarle por qué lo hizo, si fue descuidado, si fue intencional o si tiene una excusa. Cuando un dron impacta en un lugar equivocado, también hay una cadena causal relevante. Pero la pregunta por la responsabilidad no suele dirigirse al dron como si fuera un sujeto que debiera responder por lo que hizo. La responsabilidad recae, más bien, en diseñadores, operadores, mandos, fabricantes o instituciones.
Esto no significa que los artefactos sean irrelevantes. A veces son causalmente centrales. Pueden amplificar daños, abrir posibilidades, cerrar alternativas y reconfigurar contextos de decisión. Pero una cosa es ser causalmente central y otra es ser responsable en sentido pleno. Un semáforo defectuoso puede contribuir a un accidente, pero no por eso le pedimos al semáforo que dé razones. La diferencia importa porque muestra que la agencia fuerte no se reduce a producir efectos relevantes.
Tomados en conjunto, estos criterios permiten ordenar el debate con mayor precisión. Si bien no todos tienen el mismo peso en cada discusión, juntos permiten distinguir mejor las tesis en juego. Una posición fuerte sobre la agencia de los artefactos tendrá que mostrar, al menos, que ciertos artefactos no solo producen efectos o regulan procesos, sino que también satisfacen de algún modo exigencias relativas al origen, la teleología, la normatividad, el control, la dependencia y la responsabilidad. Una posición más moderada, en cambio, podrá aceptar que los artefactos ejercen formas de eficacia y control sin por ello atribuirles agencia en sentido pleno.
4. Cartografía del debate
1. Los artefactos como productos de agencia
Es la tesis más básica. Los artefactos no aparecen simplemente en el mundo, como una piedra o un árbol, sino que son hechos, apropiados o estabilizados por agentes, por lo general humanos. Su identidad está ligada a esa relación de origen. Un artefacto es lo que es porque alguien intervino sobre materiales, formas, mecanismos o usos posibles y lo orientó hacia algún propósito . La curvatura del mango de una herramienta, la disposición de los pedales de una bicicleta, la secuencia de opciones de una aplicación o la configuración de un sistema de guiado no son rasgos neutrales. Son el resultado de elecciones anteriores acerca de cómo debe usarse algo, quién debe usarlo, con qué facilidad, bajo qué condiciones y para qué fines. El artefacto lleva inscrita una historia de producción, de decisión y de orientación funcional. Por consiguiente, es natural afirmar que son productos de agencia antes que agentes primarios.
Sin embargo, esta tesis enfrenta una objeción importante. Si se dice solamente que los artefactos son productos de agencia humana, se corre el riesgo de describirlos de manera demasiado retrospectiva. Se explica bien de dónde vienen, pero se dice poco sobre lo que hacen una vez que ya están en el mundo. Y este punto importa, porque muchos artefactos no son meras huellas inertes de decisiones pasadas. También intervienen en acciones posteriores, las orientan y, a veces, las reorganizan. Por ejemplo, un reductor de velocidad en una calle es el resultado de una decisión previa de diseño o de planificación, pero no queda reducido a ser la marca material de esa decisión. Una vez instalado, sigue modulando la conducta de los conductores, incluso cuando quienes lo proyectaron ya no están allí. Por tanto, a los artefactos hay que entenderlos también prospectivamente, a saber, como mediaciones de acciones ulteriores, como cosas que abren, cierran, facilitan, obstaculizan o reordenan cursos de acción futuros. Los artefactos son productos de agencia y, precisamente por eso, pueden convertirse también en soportes, mediadores y operadores de nuevas acciones.
2. Los artefactos como portadores de función delegada y de intencionalidad sedimentada
Una tesis más fuerte sostiene que los artefactos son portadores de función delegada. La idea es que ciertos fines humanos quedan depositados en una forma material o técnico-operativa, de modo tal que el artefacto puede seguir orientando acciones más allá de la presencia inmediata de quienes lo diseñaron o lo pusieron en marcha. En este sentido, no es únicamente el resultado de una acción previa, sino un soporte relativamente estable a través del cual una finalidad sigue operando en el tiempo. Por ejemplo, un sistema de navegación no solo muestra un mapa, sino que prioriza trayectorias, recalcula recorridos y orienta decisiones. Así, decisiones humanas previas quedan estabilizadas de manera material o funcional y continúan operando más allá de la intervención inmediata de sus autores. Por eso puede decirse que algunos artefactos portan una intencionalidad sedimentada.
Esta tesis ayuda a describir mejor el papel de los artefactos en la vida práctica. Habitamos entornos compuestos por dispositivos, infraestructuras y sistemas que organizan de antemano parte de lo que hacemos. En ese marco, hablar de función delegada o de intencionalidad sedimentada permite captar que la acción humana no se despliega en un vacío, sino a través de soportes materiales que condensan decisiones anteriores y las prolongan. Sin embargo, que un artefacto sea portador de una función delegada no equivale todavía a decir que posee agencia plena. La delegación no convierte automáticamente al artefacto en un agente en sentido fuerte .
Aquí aparece la contra-tesis principal. Los artefactos realizan lo que realizan porque se les han asignado fines, se les han atribuido funciones y se han construido prácticas a su alrededor. Su modo de operar depende de esa historia previa de diseño, programación, uso e interpretación. Por eso, aunque pueda decirse que prolongan fines humanos y que hacen efectivo un trabajo regulador o coordinador, no se sigue de ello que posean agencia práctica independiente. Lo máximo que puede afirmarse, en este punto, es que exhiben una intencionalidad derivada: una direccionalidad hacia fines que no nace en ellos, sino que proviene de los agentes y prácticas que los constituyen como artefactos.
La utilidad de esta tesis, entonces, no consiste en borrar la diferencia entre agentes humanos y artefactos, sino en describir con mayor precisión una zona intermedia. Los artefactos no son meros resultados inertes de decisiones pasadas. Tampoco son, sin más, agentes autónomos. Son portadores de funciones delegadas y de orientaciones sedimentadas que siguen operando en el tiempo y contribuyen a organizar la acción. La cuestión filosófica consiste en determinar hasta dónde llega esa contribución y en qué punto deja de ser suficiente para hablar de agencia en sentido fuerte.
3. Los artefactos como mediadores de agencia
Esta tesis, de extendida influencia actual, sostiene que los artefactos son mediadores de agencia . Esta posición rechaza la oposición tajante entre, por un lado, agentes humanos plenamente activos y, por el otro, objetos meramente pasivos. La idea central es que la acción humana casi nunca ocurre sin mediaciones materiales. Los artefactos intervienen en lo que los agentes perciben, en las opciones que aparecen disponibles, en lo que cuenta como una acción experta y en las consecuencias que finalmente se producen.
La intuición básica señala el siguiente hecho: una persona no actúa primero y usa un artefacto después; por el contrario, el artefacto entra desde el inicio en la configuración misma de la acción . Por ejemplo, al navegar con el GPS de un teléfono inteligente, no se decide primero una ruta y luego se consulta la pantalla; la ruta que se considera posible, el tiempo que se estima necesario, los desvíos advertidos e incluso la percepción del entorno están ya mediados por el dispositivo. La aplicación no conduce el automóvil por sí sola, pero reorganiza la atención del conductor, redefine lo que aparece como camino razonable y modifica el modo en que este decide avanzar. Se actúa, así, a través de un ensamblaje en el que la percepción, la decisión y la ejecución están materialmente moduladas . De este modo, el artefacto no se convierte en el autor de la acción, pero tampoco queda reducido a un mero medio neutral. Por el contrario, transforma el campo de la acción en el que los fines son perseguidos . En este sentido, los artefactos no solo transforman el campo de la acción en el que los fines son perseguidos, sino que también pueden reconfigurar la manera en que los propios agentes los persiguen, como sugieren análisis recientes sobre automatización y experiencia .
Bajo esta presentación, la mediación no designa solo una interposición causal entre sujeto y mundo, sino un proceso en el que los artefactos reordenan el entorno práctico, abren y cierran affordances , destacan unas posibilidades de acción y atenúan otras, reconfigurando así las condiciones de posibilidad de la agencia. En este sentido, pueden entenderse como un trasfondo agencial: no sustituyen al agente, pero tampoco son exteriores a la forma concreta en que este percibe, delibera y actúa. Algo análogo, aunque no idéntico, ocurre con el lenguaje respecto del pensamiento. Este no piensa por el sujeto, pero tampoco es un simple vehículo externo, porque media y estructura el espacio mismo en el que pensar resulta posible .
Entendida así, la tesis de la mediación capta un aspecto decisivo de la vida práctica y tecnológica contemporánea. Sin embargo, para conservar su valor analítico, conviene no deslizarse demasiado rápido desde una tesis moderada (según la cual los artefactos configuran y modulan la acción) hacia una tesis fuerte (según la cual los artefactos son agentes en el mismo sentido que los humanos). La noción de mediación ilumina cómo los artefactos participan en la génesis, orientación y estabilización de la acción, pero no resuelve por sí sola si esa participación equivale a autoría, control práctico o responsabilidad . Por eso, más que rechazar la idea de mediación, conviene acotarla para expresar su valor filosófico y así mostrar que la agencia humana está materialmente situada y tecnológicamente estructurada, sin que de ello se siga sin más una simetría plena entre sujetos y artefactos.
4. Los artefactos como cuasi-agentes o como portadores de agencia fuerte
La tesis más fuerte sostiene que al menos algunos artefactos, en especial los sistemas tecnológicos complejos, pueden contar como agentes o co-agentes en sentido propio. Hay una completa simetría entre agentes humanos y artefactos . Esta posición suele aparecer en discusiones sobre inteligencia artificial, infraestructuras automatizadas, sistemas conectados, plataformas de decisión y entornos tecnológicos que operan con altos niveles de autonomía funcional.
Esta tesis está basada en la presencia de algunos sistemas tecnológicos que monitorean un entorno, procesan información en tiempo real, se adaptan a cambios, coordinan comportamientos y producen resultados que ningún individuo humano ha querido de manera directa y concreta. Por ejemplo, un sistema automático que regula una red eléctrica no solo ejecuta una instrucción aislada, sino que monitorea variaciones, redistribuye cargas y evita ciertos fallos en la red.
En este punto la discusión es si la apariencia de autonomía de muchos sistemas técnicos depende o no de condiciones que provienen de ellos mismos. O dicho de otro modo, si la autonomía operativa que manifiestan equivale o no a agencia plena. Si un sistema tecnológico depende del diseño inicial, de los datos con los que fue entrenado, de la calidad de los sensores, de la conectividad disponible, de las actualizaciones, del suministro energético, del mantenimiento y de las instituciones en las que está inserto y opera, quizás no pueda atribuírsele una agencia completamente robusta. Para poner sobre la mesa el contraste que está aquí en juego. Un agente humano puede preguntarse qué está haciendo, por qué lo hace, si debe seguir haciéndolo y cómo responder por ello. Puede revisar sus fines y dar razones. Un artefacto complejo puede ajustar su operación y producir efectos relevantes, pero de ello no se sigue que se convierta en autor de esos efectos en el sentido normativo fuerte. Puede haber autonomía de operación sin que haya autogobierno, apropiación ni responsabilidad.
La utilidad de esta tesis extrema no reside tanto en su conclusión como en la presión que ejerce para precisar el debate. Obliga a preguntar qué entendemos exactamente por agencia y cuánta independencia es suficiente para atribuirla. También obliga a distinguir entre operación autónoma, control funcional, autoría práctica y responsabilidad. Cumple, a fin de cuentas, una función importante, a saber, mostrar que algunos sistemas tecnológicos contemporáneos tensan nuestras categorías habituales y exigen una caracterización más fina de la relación entre acción humana, mediación material y autonomía operativa.
5. A modo de balance
La resolución de este debate no se halla en los extremos, sino en el reconocimiento de una agencia estratificada que evite colapsar al sujeto en el objeto. En lugar de entender la mediación como una disolución de fronteras, debemos concebirla como una arquitectura de niveles integrados. En el núcleo reside la agencia primaria, esa capacidad humana de responder a razones y asumir responsabilidades; sobre ella se pliega una agencia derivada, donde los artefactos actúan como sedimentaciones materiales de fines delegados que organizan nuestras acciones futuras. Finalmente, en la superficie del mundo social, emerge una agencia distribuida, a saber, un complejo ensamblaje de personas y cosas donde la acción resulta ininteligible sin sus soportes tecnológicos.
Diego Lawler
(IFF-SADAF/CONICET, Argentina)
Referencias
Lecturas recomendadas
Broncano, F. (2006). Entre ingenieros y ciudadanos: Filosofía de la técnica para días de democracia. Editorial Montesinos.
Linares, J. E. (2009). Etica y mundo tecnologico (1. ed). Univ. Nacional Autónoma de México [u.a.].
Liz Gutiérrez, M. (2002). Un Metafísico en Tecnolandia Realidad, conocimiento y acción bajo nuevos puntos de vista. EDITUM UNIVERSIDAD DE MURCIA.
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Vega Encabo, J. (2010). Estado de la cuestión: Filosofía de la tecnología (Philosophy of Technology: State of the Art). THEORIA, 24(3), 323-341. https://doi.org/10.1387/theoria.709
Recursos en línea
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Preston, B. (2022). Artifact. En E. N. Zalta & U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2022). Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/win2022/entries/artifact/
Schlosser, M. (2019). Agency. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2019). Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/win2019/entries/agency/
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Cómo citar esta entrada
Lawler, D. (2026). Agencia y artefacto. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/agencia-y-artefacto/