Bioética

1. Introducción

La bioética es un ámbito de reflexión multidisciplinar acerca de los aspectos normativos y de valores relacionados con las ciencias de la vida. Aunque el análisis bioético se ha desarrollado principalmente en el ámbito de la salud –la medicina, la enfermería–, también se aplica a otras ciencias, como la biología, la genética o la ecología. La bioética suele entenderse como una ética aplicada. Incluye la ética clínica (centrada en los problemas que surgen en la relación profesional sanitario-paciente), pero también otros ámbitos de conocimiento y reflexión, como la ética de la investigación biomédica, la bioética global, la gen-ética o la ética de las organizaciones sanitarias. Su extensión a otros campos y la transversalidad de muchos de sus análisis relativos a la vida han llevado a algunos autores (Gracia 2002) a considerarla como una ética civil, proponiendo un modelo de abordaje de los conflictos de valores en general. Los métodos de la filosofía moral –la argumentación, la deliberación- son elementos centrales e indispensables para toda actividad bioética que se pretenda rigurosa. El objetivo es analizar razonadamente los problemas y sus implicaciones desde una visión plural, interdisciplinar y necesitada de matices y perspectivas variados, a fin de establecer justificadamente consensos y orientaciones que, en algunos casos, tienen dimensión normativa. Sin embargo, la bioética es algo más que filosofía moral aplicada. Desde su origen se plantea como una reflexión esencialmente multidisciplinar y colaborativa, donde las humanidades y las ciencias de la vida se unen a otras disciplinas (el derecho, la economía, las ciencias sociales, etc.) con el mismo propósito: contribuir a que las prácticas y las políticas relacionadas con la vida y con la salud se analicen desde una perspectiva plural y se argumenten adecuadamente. En 1970 el oncólogo Van Rensselaer Potter –una de las primeras personas en emplear el término bioética– propuso esta nueva disciplina como una forma de tender puentes entre las llamadas “dos culturas” –las ciencias y las humanidades– para asegurar la supervivencia (Potter 1971). Un empeño, no exento de controversia, en el que ya existían precedentes como los de C.P. Snow en los años 50 del siglo XX (Snow 1959).

Algunas de las cuestiones de las que se ocupa la bioética –como las obligaciones y los deberes de los médicos– ya aparecen en la medicina antigua, pero es a partir de mediados del siglo XX cuando esa reflexión se estructura en un corpus de conocimiento y una metodología propios. Suelen mencionarse, como factores desencadenantes del surgimiento de la bioética, el desarrollo biotecnológico, los problemas de gestión de recursos limitados, los abusos perpetrados por la medicina en el contexto de la experimentación con seres humanos y la influencia de los movimientos sociales asociados a la reivindicación de derechos civiles surgidos en la segunda mitad del siglo XX.

En primer lugar, los desarrollos tecnológicos aplicados a la salud y a la vida ofrecen indudables promesas de mejora para las condiciones de vida y de salud de los individuos y las comunidades, pero también amplían el ámbito de la responsabilidad al incrementar el rango de opciones que quedan bajo el control de la agencia humana. Por ejemplo, la disponibilidad de máquinas de diálisis y de respiradores automáticos permite prolongar la vida, pero también obliga a justificar a quién deberían ofrecerse esos recursos cuando no están disponibles para todas las personas que los necesitan, o bajo qué condiciones resultaría éticamente aceptable o exigible interrumpirlos. 

En segundo lugar, la investigación biomédica y la experimentación con seres humanos son necesarias para progresar en el conocimiento sobre la eficacia y la seguridad de nuevos fármacos con los que tratar enfermedades. Sin embargo, en nombre de la ciencia se han llevado a cabo algunos de los abusos más terribles en la historia de la medicina (Beecher 1966). Los crímenes de la medicina nazi juzgados en Nüremberg (1947), el experimento Tuskeege con poblaciones afroamericanas (1932-1972) y el experimento Willowbrook (1958-1970) en una institución con menores discapacitados son algunos casos históricos  que propiciaron la necesidad de imponer límites institucionales, jurídicos y éticos a la investigación biomédica (Murphy 2004). 

Finalmente, los movimientos por los derechos civiles y sociales de la última mitad del siglo pasado pusieron en la agenda social y política cuestiones como los derechos de las mujeres, la voz de las minorías raciales, los abusos de la guerra, la justicia internacional, los riesgos medioambientales y los determinantes sociales de la salud. Las luchas en contra del racismo y la segregación, la desigualdad socioeconómica, las reivindicaciones a favor de los derechos reproductivos, los movimientos pacifistas y, de manera particular, los movimientos ecologistas, constituyen el caldo de cultivo cultural del que surge la Bioética. 

Estos cambios acabarán propiciando un análisis de los modos de tomar decisiones y una visión cada vez más reflexiva y crítica sobre el progreso biotecnológico y su ambivalencia: la medicina puede contribuir a cumplir las aspiraciones de la humanidad, erradicar enfermedades y mejorar la calidad de vida y la equidad, pero también puede ponerse al servicio de intereses militares, exacerbar desigualdades, dañar la biosfera e incluso amenazar la supervivencia. 

La bioética se constituye así como un cuestionamiento del imperativo tecnológico (la asunción de que cualquier capacidad tecnológica novedosa es necesariamente un progreso y debe desarrollarse) y viene a afirmar más bien que no todo lo técnicamente posible resulta éticamente aceptable. Entre las prácticas sanitarias y de investigación en ciencias de la salud, nociones como autonomíaequidadfutilidadprotección, beneficio, riesgo y respeto cobran relevancia. Las habilidades profesionales y la pericia específica de los profesionales implicados –enfermeras, médicos, farmacéuticos, biólogos, etc– son necesarias, pero también insuficientes para resolver cuestiones en las que están implicados valores. La autoridad moral de la profesión médica, que tradicionalmente había ejercido el papel beneficente y paternalista que la sociedad le concedía, será cuestionada –sin por ello abandonarse completamente–, lo que se traduce en un rechazo cada vez mayor del paternalismo médico. 

2. Aproximaciones en bioética

Parte del éxito y de la aceptación social e institucional que tiene la bioética en la actualidad se debe a que, como disciplina, ha sido capaz de crear un corpus de conocimiento y diversos métodos para abordar los problemas normativos que surgen en el contexto de las ciencias de la vida y de la salud. Cada aproximación desarrolla un marco teórico que enfatiza aspectos diferentes de la ética y propone una herramienta para la toma de decisiones. Son muchos los modelos que se han elaborado. A continuación, se comentarán brevemente algunos de los más importantes.

2.1 Principalismo

Las aproximaciones desde los principios se basan en la convicción de que es posible establecer algún fundamento universal para la ética. Se ha discutido ampliamente sobre el origen de los principios, si pueden ser construidos históricamente, o si pueden ser absolutos. Contemporáneamente y ante la pluralidad de posibles perspectivas en el mundo de los valores, parece claro que los principios deben plantearse con carácter formal como salvaguarda de su universalidad. Los principios suelen ser expresiones de convicciones morales básicas, de valores considerados irrenunciables. Así, tienen un carácter normativo, nos indican que debemos hacer algo porque con ello se está intentando proteger un valor importante. Su validez depende del razonamiento que lo justifique. Su función es establecer elementos firmes sobre los que asentar la toma de decisiones. No pueden tomarse como máximas de actuación justificadas por el uso que les demos, como podría ocurrir en el enfoque casuístico. Los principios sirven, pues, de orientación básica para la acción. 

En el contexto de la bioética, los principios surgen históricamente como respuesta ante la necesidad de establecer unos criterios comunes para la evaluación ética de la investigación con seres humanos. En 1974 comenzó su trabajo una Comisión Nacional en Estados Unidos (National Commission for the Protection of Human Subjects of Biomedical and Behavioral Research) con el fin de identificar los principios éticos básicos aplicables. Los resultados de esa labor se recogen en el Informe Belmont de 1979 (National Commission 2013). En él se establecen tres principios generales que se refieren al respeto a las personas –lo cual reconoce la autonomía y establece la necesidad de proteger a las personas con autonomía disminuida–, a la realización de investigaciones evitando el daño y extremando los beneficios para los sujetos de investigación, y a la observancia de los criterios de justicia.

Esos principios se consideran tan válidos que un año más tarde los recogerán, con pocas variaciones, pero con un aparato de fundamentación mucho más amplio, dos autores, T.L. Beauchamp y J.F. Childress (Beauchamp y Childress 2002), proponiendo la aplicación de los mismos al ámbito clínico y convirtiéndose así “los principios de la bioética” en un canon de referencia, tanto para la resolución de conflictos específicos en la práctica clínica como para cualquier otro análisis de problemas bioéticos. 

El principio de no maleficencia recoge el mandato básico ya presente en los escritos de Hipócrates: la primera obligación de un médico es no dañar a su paciente. No ejercer un mal, no infligir daño, no producir dolor. Este principio se completa con el de beneficencia, que establece que el deber del médico es siempre buscar el beneficio del paciente.

La diferenciación actual en dos principios obedece a la introducción del principio de autonomía. Aunque el médico debe buscar el bien del paciente, no existe un criterio único, objetivo, que pueda ser aplicable para todos los individuos. El reconocimiento de la autonomía exige el respeto a la libertad y la asunción de un pluralismo moral que se articula en un modelo de comunicación, el consentimiento informado, herramienta básica para la toma de decisiones compartida. Esto supone la ruptura con el ideal clásico “paternalista” en el cual es el médico el que decide por el paciente, imponiendo su decisión y tratando por tanto al paciente como si fuera un menor moral.

Finalmente, no es posible entender la toma de decisiones en el ámbito clínico sin tener en consideración su inserción en instituciones, organizaciones y sistemas de atención sanitaria, influidos por factores económicos y políticos, donde es esencial garantizar el reparto equitativo de los recursos, la igualdad de acceso a los servicios sanitarios, la búsqueda de políticas sanitarias que contribuyan a la justicia social, la no discriminación, etc. Esto es lo que recoge el principio de justicia, donde se atiende a las terceras partes, los afectados por las decisiones, los centros o el contexto de la salud pública y la sociedad en su conjunto.

Para esclarecer la toma de decisiones y resolver casos problemáticos, Beauchamp y Childress propusieron que los principios deberían articularse o jerarquizarse a la vista de las circunstancias específicas. Todos los principios son prima facie obligatorios, pero no absolutos pues, en ocasiones, entran en conflicto. Beauchamp y Childress no establecen un orden de prioridad entre los principios. La exigencia moral es respetarlos todos y son las circunstancias del caso las que determinan cuál es el principio que debe tener primacía en caso de conflicto. Los métodos para realizar este análisis son dos: la especificación, o deducción de unas normas concretas, específicas, a partir del principio, dotándolo así de contenido material, y la ponderación, esto es, sopesar los principios para determinar cuál debe primar frente a otro, a la luz de las circunstancias y consecuencias particulares del caso. Beauchamp y Childress integran de este modo una aproximación deontológica con una aproximación consecuencialista.

En el contexto europeo se planteó un enfoque alternativo: establecer una jerarquía entre los principios para evitar la posible arbitrariedad de la decisión casuística. Diego Gracia propuso en 1989 (Gracia 2008) un “principialismo jerarquizado”, que distingue unas normas básicas de convivencia (nivel de mínimos) correspondientes con los principios de no-maleficencia y de justicia, y unas normas de máximos, correspondientes con los principios de autonomía y beneficencia, que tienen menor prevalencia y deberían supeditarse a los primeros en caso de conflicto. El fundamento de esta distinción, que coloca en primer lugar la justicia social y en segundo lugar las preferencias del individuo, radica en los valores que tradicionalmente han sido más característicos de la cultura europea. 

2.2. Casuística

El casuismo se ha planteado desde antaño como un procedimiento de particularización de los principios generales en casos concretos, de un modo deductivo. Sin embargo, el modo como se ha entendido el casuismo en bioética ha sido considerando que no deben tenerse en cuenta principios, pues estos no son absolutos ni formales, sino históricos y específicos de la situación, materiales (Gracia 2007). Así, A. Jonsen y S. Toulmin (Jonsen y Toulmin 1989), los representantes principales de este enfoque, afirman que es imprescindible partir de las situaciones concretas (el caso particular) porque, según ellos, no se pueden fundamentar los juicios morales de un modo universal y absoluto, es decir, no es posible establecer criterios éticos que puedan ser aceptados por todas las personas. Incluso en el caso de que se llegue a establecer un conjunto de imperativos, que serán necesariamente formales, al intentar concretarlos en marcos culturales y de valores diferentes, no será posible mantener el acuerdo. Se inscriben así estos autores en el profundo y largo debate sobre la idoneidad de una filosofía moral que enfatiza la atención a los casos como modo de responder a las situaciones problemáticas contextualizadas en el mundo real. 

Por ello consideran que el procedimiento a seguir es partir de los casos particulares para poder elaborar una norma general. Observando cómo se resuelven los problemas en cada caso, se puede describir un modo de resolución considerado correcto. Esa norma es una “máxima de actuación”, es decir, un tópico en el que coinciden todas las personas –o al menos un grupo de expertos, considerados los más sabios— a la hora de hacer un juicio práctico sobre un caso concreto. Así, la forma de interpretar los casos similares permite alcanzar una máxima, una regla que deberá ser utilizada en futuros casos semejantes.

En el caso de que existan análisis discrepantes podríamos atender a la solución más frecuente, pero esto puede ser también un error, pues la opinión mayoritaria no ha de ser necesariamente la más correcta. Por ello estamos obligados a consultar a los expertos, personas con formación que tienen una opinión más fundamentada que el resto, y que pueden aportar criterios de actuación. Evidentemente, esto no garantiza que encontremos una única solución válida, que esta no sea incorrecta, o que estemos a salvo de encontrar nuevos casos en los que la aplicación de la norma produjera consecuencias nefastas. Sin embargo, acudiendo a los principios no estaríamos, según estos autores, en mejores condiciones para resolver los conflictos morales que utilizando las máximas.

2.3. Bioética narrativa

La bioética narrativa se inscribe dentro del grupo de aproximaciones contemporáneas que ponen en cuestión los modelos de principios y las aproximaciones de normas abstractas que se alejan de la vida de las personas (Domingo y Feito 2013). El punto de partida es la afirmación de que la experiencia moral es algo más complejo que la mera observancia de una ley o una regla. Más bien tiene que ver con la biografía y la historia de personas concretas, que se sitúan dentro de un marco de valores, con una intención, buscando un objetivo. Desde esta perspectiva, se pone el acento en la importancia del carácter experiencial del pensamiento, frente a otras aproximaciones que se dedican más a los principios o normas teóricos, desprendidos de los contextos y las circunstancias concretas de la vida humana. Además, al analizar el carácter lingüístico de esta experiencia, se enfatiza la necesidad de indagar en cómo las palabras y la forma en que con ellas se realiza la construcción de las narraciones suponen diferentes perspectivas e interpretaciones, que están también presentes en los relatos de los problemas bioéticos.

La bioética narrativa recupera dimensiones de la moral que han sido relegadas u olvidadas, como la experiencia vital, el sentido personal que se otorga a los acontecimientos, o la dimensión de responsabilidad y compromiso con los otros seres humanos. Aporta, además, una reflexión sobre la educación de actitudes morales, subrayando que la enseñanza de contenidos y procedimientos racionales está incompleta si no trabaja también la dimensión actitudinal.

Esta aproximación se ancla en la perspectiva hermenéutica, se nutre con el giro cultural y el énfasis en la dimensión de justicia de la época actual, y guarda relación con otros modelos, como la bioética feminista, la ética del cuidado y otras, que están insistiendo reiteradamente en la necesidad de completar el modelo moderno de la ética racionalista, decisionista y principialista, con una perspectiva desde la relación, el contexto, la atención a lo particular y los elementos emocionales o afectivos que influyen en la toma de decisiones y en las actitudes. Este enfoque desde luego no es novedoso, ya que hunde sus raíces en la ética aristotélica y, en general, en las éticas de la virtud. Sin embargo, su vigencia actual es enorme y aporta como innovación la perspectiva crítica frente a una epistemología descontextualizada y ajena a los aspectos socioculturales, frente a modelos occidentales y del primer mundo que no atienden a otras realidades, o frente a una autonomía que no repara en lo relacional. 

La bioética narrativa se constituye así como una suerte de puente entre lo particular y lo universal, promoviendo un análisis de los conflictos que parte de la experiencia concreta, circunstanciada, histórica, contextual, para extraer enseñanzas que puedan ser extrapolables a otros ámbitos o personas, y quizá alcanzar algún grado de universalizabilidad. Por eso puede decirse que, aun partiendo de lo específico y concreto, pretende ofrecer un relato válido sobre lo humano a nivel general. Más allá de lo normativo y de las estrategias de resolución de conflictos, la contribución más valiosa de la bioética narrativa es la inmersión en las interpretaciones que expresan los valores y las vivencias humanos, la búsqueda de sentido como único modo de comprender y justificar las acciones y decisiones morales.

2.4. Bioética empírica

La argumentación en bioética combina enunciados de tipo descriptivo y de tipo normativo. Los estudios empíricos aportan a los debates bioéticos la posibilidad de probar la verdad y precisión de afirmaciones de naturaleza empírica –p.ej., “el público está de acuerdo con la regulación actual sobre a”–, identificar y dimensionar los desacuerdos, analizar la oportunidad de propiciar formas de deliberación pública, facilitar tales procesos, y anticipar consecuencias –p.ej., en términos del impacto que puede tener una tecnología innovadora o una nueva regulación en el bienestar, en la igualdad social, etc. Desde hace varias décadas la bioética ha puesto a su servicio las metodologías propias de las ciencias sociales (estudios etnográficos, grupos focales, encuestas, etc.) para nutrir los debates propios de la disciplina. El recurso a estudios empíricos sirve para analizar y comparar conocimientos y tendencias entre la opinión lega y experta, para comprobar el grado de penetración social de determinadas visiones normativas y para constatar posibles incongruencias entre el empleo ordinario de ciertas categorías y su tratamiento normativo (jurídico o ético). 

Una variante de la bioética empírica es la bioética experimental o bioxphy (Earp et al. 2020), que emparenta a la ética experimental (Aguiar, Gaitán, y Viciana 2020) con la bioética empírica y se caracteriza por el empleo de experimentos controlados para comprender mejor el uso de los conceptos, las intuiciones morales y los modos de razonamiento más frecuentes en los debates bioéticos (Viciana, Hannikainen, y Rodríguez-Arias 2021). Lo que caracteriza a esta variante en auge de la bioética empírica es que no se limita a constatar y caracterizar los conocimientos, las opiniones y las actitudes de los agentes implicados en los debates, sino que contribuye a desvelar los mecanismos psicológicos que explican sus juicios morales (Mihailov, Hannikainen, y Earp 2021). 

Una de las objeciones que afronta la bioética empírica tiene que ver con la imposibilidad de derivar directamente conclusiones normativas de hallazgos empíricos. Los estudios empíricos en bioética no informan por sí mismos sobre la aceptabilidad o el deber ser, pero ayudan a clarificar o desmentir algunas de las premisas descriptivas de los argumentos bioéticos, contribuyendo así a superar desacuerdos que solo en apariencia son valorativos. Conocer los valores y opiniones de las personas afectadas deja ciertamente sin resolver la cuestión sobre el deber, puesto que podrían a fin de cuentas perseguir valores inadecuados. Sin embargo, suele considerarse que respetar los valores es algo deseable. Para afrontar el reto de transitar entre lo descriptivo y lo normativo sin caer en la falacia naturalista o en el mero argumentum ad populum, la bioética empírica adopta diferentes estrategias que, si bien se sitúan dentro de un cierto falibilismo –en la medida en que reconocen que las conclusiones normativas siempre podrían requerir reevaluación a la luz de nuevas evidencias empíricas– le permiten guiar normativamente la acción sobre la base de nociones como el consenso, la coherencia o el equilibrio reflexivo (Earp et al. 2021).

3. Razones y deliberación en bioética

La bioética, como parte de la filosofía moral aplicada, reflexiona y ayuda a argumentar; entrena en el ejercicio de la crítica, consistente en dar y exigir razones de las creencias y los comportamientos de las personas, así como de los valores implícitos en las instituciones. El análisis bioético requiere trabajar en procesos deliberativos y una destreza particular para identificar problemas, darse cuenta de lo que está en juego (los presupuestos, las consecuencias) e incorporar diferentes puntos de vista (contraargumentos, objeciones). La bioética se desarrolla necesariamente en una doble dimensión de fundamentación y aplicación, de modo que ha de dar razón de sus propuestas y ha de ser capaz de llevarlas a la práctica. Una resolución de problemas sin argumentación racional podría dar lugar a la arbitrariedad o al dogmatismo, pero un análisis teórico sin tomar en consideración los contextos reales podría resultar irrelevante. 

En un entorno plural como el de las sociedades contemporáneas, no es admisible un planteamiento dogmático, por lo que una bioética a la altura de nuestro tiempo requiere una aproximación deliberativa. Lo que distingue la deliberación de la persuasión y el adoctrinamiento es su componente racional y argumentativo, es decir, la invitación explícita o implícita a objetar y tratar de demostrar que otros puntos de vista y posicionamientos normativos pueden ser aceptables y deben por tanto ser considerados. Un argumento es una justificación verosímil. Se ofrece con la aspiración de convencer de la verdad de la afirmación en cuestión, lo cual, en el mundo de los valores, exige razones bien fundamentadas. Los argumentos en ética son razonamientos que emplean premisas descriptivas y normativas y que terminan con conclusiones normativas. Su solidez depende de la validez del razonamiento que los estructura (p.ej. que no incurra en falacias) y de la verdad de las premisas en las que se basa. Un buen razonamiento en bioética puede conducir a conclusiones contraintuitivas, sorprendentes, e incluso socialmente disruptivas, pero si el argumento está bien construido será una invitación a pensar, a buscar objeciones válidas, o a transformar la realidad. Poner en entredicho los dogmas heredados de la tradición y explorar libremente ideas morales nuevas, sin importar su carácter potencialmente controvertido, es sin lugar a dudas una de las funciones que ha cumplido históricamente la filosofía moral y que, por supuesto, cumple la bioética (McMahan, Minerva, y Singer 2021). Ahora bien, frente a estas formas más o menos especulativas y radicales de argumentar en bioética que derivan implacablemente conclusiones de premisas y no se dejan constreñir por el impacto de esas conclusiones en el mundo real, otras aproximaciones en bioética reivindican que la argumentación rara vez se produce en condiciones ideales y acaban optando por formas de deliberación más situadas en el mundo –más posibilistas y pragmáticas (Racine et al. 2019)- en las que los conceptos y los argumentos cumplen la función de demostrar que lo que intuitivamente resulta razonable está, además, justificado (Mercier y Sperber 2017). 

El positivismo ha partido del presupuesto de que se puede trazar una línea clara entre los hechos científicos –incuestionables y sólidos–, y los valores morales, que suelen considerarse relativos, personales y maleables. Sin embargo, la reflexión bioética ha mostrado que la relación entre los hechos y los valores es más problemática (Kaebnick 2021). Diagnósticos como los de salud y enfermedad, vida y muerte, dependen tanto de constataciones sobre la fisiología y la anatomía (juicios descriptivos) como del significado que se atribuye a esas constataciones –umbrales de significación, categorizaciones, etc.– que son fruto de convenciones sociales, valores individuales o grupales o experiencias personales. (Molina, Rodríguez-Arias y Youngner 2008).

Por eso, aunque las decisiones en salud difícilmente pueden ser moralmente aceptables si no están basadas en un conocimiento cabal, adecuado, de los hechos biológicos, ese conocimiento a menudo es insuficiente. La calidad del ejercicio profesional se cifra, además, en su capacidad de aplicar reglas, incorporar virtudes, anticipar y evitar consecuencias no deseadas, tener en cuenta otras opiniones sobre lo más correcto, optimizar el uso de los recursos, promover el respeto, la equidad… Depende, en definitiva, de competencias que no son técnicas, sino propiamente éticas. 

4. El futuro de la bioética

Desde hace cinco décadas, la bioética ha experimentado un enorme desarrollo en el ámbito académico, en el contexto sanitario y en la esfera pública, pues los cambios culturales que introduce no solo penetran en las prácticas profesionales y los protocolos sanitarios, sino también en las leyes y en la opinión pública. 

En su dimensión académica, la bioética se ha convertido en un análisis sistemático de los aspectos normativos y las dimensiones morales de las creencias, conductas y políticas relacionadas con las ciencias de la vida y de la salud. Pero la bioética también se desarrolla institucionalmente en las comisiones y los comités de ética. Así, además de ser un ámbito de reflexión teórica –acerca de los aspectos moralmente relevantes relacionados con las ciencias de la vida– puede decirse que la bioética es también una actividad: una práctica cultural con capacidad de tener efectos y ejercer fuerza política en las ciencias de la salud, del medio ambiente y la biología (Callahan 2004). 

La bioética del mundo contemporáneo, globalizado, se enfrenta al reto de integrar las aproximaciones locales (nacionales, regionales) sin renunciar a la aspiración de universalidad. Esto no solo afecta a la atención que reciben ciertos temas (cuya relevancia depende, entre otros factores, del grado de desarrollo tecnológico y de las prioridades sanitarias de cada región), sino también a las estructuras normativas y los sistemas de valores prevalentes localmente. 

Ante la objeción de que la bioética clínica incurre en la imposición de una axiología etnocéntrica, la bioética global se ofrece como un modo de promover valores ampliamente compartidos que incluyen el respeto de la vida humana, los derechos humanos, la equidad, la libertad, la democracia, la sostenibilidad medioambiental y la solidaridad (Benatar, Daar y Singer 2005; Casado y Vilà 2014). La bioética global es también una reacción a la constatación de que los problemas de salud de la era globalizada (p.ej. pandemias) y sus prácticas biomédicas (investigación biomédica internacional, gestación subrogada, turismo sanitario) van más allá de las fronteras nacionales y requieren un tratamiento normativo con mayor aspiración de universalidad. 

Las preocupaciones sobre la salud pública y de las poblaciones, cada vez más interconectadas con los temas de la bioética y de la ética medioambiental, están siendo centrales para la bioética del s. XXI, que se enfrenta además a retos nuevos vinculados a las innovaciones en las tecnologías reproductivas, en biología sintética, robótica, el mejoramiento humano, el tratamiento masivo de datos o la inteligencia artificial. Por supuesto, junto a los temas más innovadores, persisten las preocupaciones por la justicia y las desigualdades, por el acceso a la sanidad o por la consideración de los participantes en la toma de decisiones. Todo ello permite anticipar que la reflexión bioética será una práctica social y ciudadana con enorme trascendencia en el diseño de políticas y regulaciones futuras. La investigación en este campo seguirá siendo imprescindible para acompañar y dar sentido a estos procesos de cambio.   

Lydia Feito

(Universidad Complutense de Madrid)

David Rodriguez-Arias

(Universidad de Granada)

Referencias

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Lecturas recomendadas

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Cómo citar esta entrada: Feito, L. Rodríguez-Arias, D. 2021. “Bioética”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica, URL: http://www.sefaweb.es/bioetica/

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