Consciencia

De forma paradójica, la experiencia consciente que tenemos del mundo y de nosotros mismos resulta a un tiempo el aspecto más familiar y, probablemente, el más misterioso de nuestra mente. No conocemos nada de manera más íntima mientras que, al mismo tiempo, resulta una de las cosas que menos entendemos. Más aún, si tratamos de aislar el objeto de estudio mediante una definición, podemos darnos cuenta de lo complicado que resulta.

Cuando saboreamos un bacalao a la vizcaina o cuando olemos el aroma del café recién molido, nuestro cerebro procesa cierta información que nos lleva a continuar comiendo o a entrar en la cafetería y pedir un cafe, por ejemplo. Sin embargo, parece que una descripción del procesamiento de la información no caracteriza, prima facie, completamente la situación; el estado mental que parece desencadenar el comportamiento descrito está acompañada de una `cualidad subjetiva’: se siente de cierta forma oler el café o saborear el bacalao.

Para abordar el estudio de la consciencia, resulta fundamental aclarar cuál es la propiedad que nos interesa estudiar y ver cómo, si es que lo hace, se relaciona o depende de otras aspectos de la realidad. En contextos ordinarios, y en nuestro hablar diario, el término `consciencia’ se emplea para referirnos a diferentes fenómenos que dan lugar a cuestiones diferentes si bien, probablemente interrelacionadas. No es mi intención afirmar que alguno de estos usos tenga que ser privilegiado. Sin embargo, es necesario ser lo más precisos posibles acerca del tema que da lugar a la controversia filosófica, la consciencia fenoménica, y su relación con otras nociones en la vecindad. Para ello, este artículo comienza con un análisis de los distintos conceptos de consciencia y su posible relación con la consciencia fenoménica. La segunda seccción está dedicada a ofrecer una descomposición del problema que presenta la consciencia que nos permita entender y categorizar mejor la forma en la que diversos autores han afrontado el problema. Finalmente abordo la relación entre consciencia e intencionalidad, dos propiedades estudiadas clásicamente de forma común y sólo recientemente disociadas.

1. Noción de consciencia

Aunque `ser consciente’ se predique en el lenguaje ordinario típicamente de criaturas, el estudio filosófico se ha centrado en los estados conscientes. Cabe entonces distinguir el sentido en el que se dice que una criatura es consciente y el sentido en el que se dice que un estado es consciente (Rosenthal, 1986). La primera es una propiedad de un organismo u otros sistemas, como por ejemplo, de algunos sistemas artificiales, la segunda es una propiedad de determinados estados mentales. Pero tanto en el caso de los estados como en el de las criaturas, el término `consciencia’ se emplea para referir a distintas propiedades controversialmente relacionadas. De especial relevancia en el debate actual resulta la relación entre el uso del término que hacemos cuando nos damos cuenta de algo (la consciencia de acceso) y la consciencia fenoménica, por lo que presentaré esta distinción de forma separada.

1.1. Criatura consciente

Al decir que una criatura es consciente, el sentido menos demandante en el que lo hacemos es quizas uno en el cual el término `consciente’ resulta ser sinónimo de `sintiente’. Así, una criatura resultaría ser consciente cuando es capaz de sentir y responder a su entorno (Armstrong, 1981). Otro sentido, más exigente, en el que decimos que una criatura es conscienciente resulta equivalente a decir que está en vigilia. En este caso, requerimos no sólo que sea capaz de sentir y responder al entorno, sino también que esté en posición de hacerlo. Así, la consciencia se predica de seres que están despiertos, en oposición a estar en coma, anestesiados o profundamente dormidos.

El sentido relevante en la discusión filosófica es el de criatura fenoménicamente consciente. Una criatura es fenoménicamente consciente si se siente de alguna manera ser esa criatura, si hay algo que es ser esa criatura, si hay alguna forma en la que se le aparezca el mundo desde su punto de vista (Nagel, 1974/2002). Por ejemplo, Nagel enfatiza que hay algo que es ser un murciélago y experimentar el entorno mediante su sentido de ecolocalización, aún cuando los humanos no pudieran entender en qué consiste ser un murciélago al no poder experimentar el mundo de este modo. Parece que la consciencia fenoménica requiere que la criatura sea capaz de sentir y responder a su entorno pero no está claro que se requiera la vigilia si, por ejemplo, hay algo que es para nosotros tener sueños.Según ciertas teorías (véase entrada “Teorías de la consciencia“) teorías de la consciencia), que una criatura sea consciente requiere no solo que la criatura sea A menudo vemos también como la idea de autoconsciencia se mezcla con la de consciencia, al requerir para atribuir la al requerir que El interés filosófico que suscita la consciencia fenoménica se deriva principalmente de la dificultad de entender el lugar que ocupa en la naturaleza (Brogaard, 2015). Por ejemplo, muchos han argumentado que, a diferencia de otras propiedades, no es posible caracterizar o entender completamente la consciencia en términos de estructura, materia y energía. Este problema difícil (Chalmers, 1996) sitúa a la consciencia en el corazón del problema mente-cuerpo. Hay, presumiblemente, una brecha epistémica entre los hechos físicos y los hechos que involucran a la consciencia que incluso ha llevado a varios autores a inferir que la propiedad de ser consciente no es una propiedad física. Pero el problema de la consciencia va más allá, pues ni siquiera abrazar cierto dualismo ontológico nos libraría de problemas. Por ejemplo, no está claro, en tal caso, cómo explicar el hecho de que ambos tipos de propiedades, físicas y no físicas, interactuen.

Otra distinción relevante a nivel de criatura, es aquella entre consciencia transitiva e intransitiva (Rosenthal, 1986). La consciencia transitiva es aparentemente una propiedad relacional, a la que nos referimos cuando decimos que somos conscientes de la melodía que suena o del perfume de la persona que pasó junto a nosotros. La consciencia transitiva involucra por tanto la presencia de un estado que nos ponga en relación con la entidad de la que somos conscientes. Tal uso es, al menos prima facie, distinto del uso intransitivo involucrado en la consciencia fenoménica que sólo depende de que se sienta de alguna manera estar en cierto estado. Parece, no obstante, existir una relación íntima entre ambas. Por ejemplo, consideremos el tipo de experiencia que tenemos al mirar una manzana roja, en este caso parece que al tener tal experiencia somos conscientes de la manzana roja. Ello ha llevado a muchos filósofos a pensar que podemos avanzar en el entendimiento de la consciencia fenoménica partiendo de esta otra relación transitiva. En esta línea, y para evitar una confusión innecesaria en el uso del término `consciencia’, podemos apelar a la percatación (awareness), como la propiedad relacional que atruibuimos al decir por ejemplo que Luisa se percata de la llegada de su pareja o del sonido del aire acondicionado. Evaluar la conexión entre consciencia y percatación requiere clarificar qué se entiende por percatación. Podemos reconocer al menos los siguientes usos:

  1.  Como relación de éxito: si uno se percata de que tal y cual es el caso, entonces tal y cual es, de hecho, el caso. No está claro, que bajo este uso, haya una relación directa entre percatación y consciencia fenoménica. Por ejemplo, si creyéramos que al tener el tipo de experiencia consciente que uno tiene típicamente al mirar una manzana roja se percata de la manzana roja, y que la percatación es una relación de exito, entonces parece que la relación inmediata entre percatación y consciencia se perdería cuando, por ejemplo bajo los efectos de cierta sustancia uno alucina una manzana roja (cf. Martin, 2004).
  2. Como una relación falible. Esta relación puede o bien ser una relación primitiva, en cuyo caso apelar a ella no parece ser especialmente iluminador para entender la consciencia fenoménica, o bien no lo es. En este último caso, para poder evaluar la relación entre la consciencia y la percatación es preciso aclarar la naturaleza de esta última. En primera instancia, parece que lo que pretendemos recoger al decir que al tener el tipo de experiencia que tenemos al mirar una manzana roja nos percatamos de la misma y sus propiedades, es la idea de que el sujeto tiene información, o que puede llegar a formarse una creencia o de tener cierto conocimiento acerca de la manzana. A este respecto, probablemente la relación menos comprometida que uno pueda tener en mente sea la de representación.
  3. Más exigente aún sería pensar en la percatación como sinónimo de “darse cuenta”. Típicamente al menos, cuando miramos a una manzana roja tenemos una experiencia visual consciente nos damos cuenta—al menos—de que hay una manzana roja. De hecho, hay un uso común de consciencia que corresponde precisamente al uso típico de `darse cuenta’. Block (1995-2002) lo llama `consciencia de acceso’, y la cuestión es ¿qué relación existe entre la consciencia de acceso y la consciencia fenoménica?

Hemos visto tres nociones distintas de percatación. La primera no parece vindicar una relación estrecha entre consciencia fenoménica y percatación. La segunda parece ligada a la nocíon de representación. La sección 3 se centra en la discusión de la relación entre representación y consciencia. Finalmente, la tercera noción pretende vincular percatación y acceso cognitivo. La subsección 1.3 atiende esta cuestión acerca de la relación entre consciencia fenoménica y acceso cognitivo en más detalle.

1.2 Estado consciente

El estudio filosófico de la consciencia suele centrarse en los estados conscientes, entendiendo que tener una experiencia consciente simplemente es estar en un estado consiente. De hecho, qué es una criatura fenoménicamente consciente se puede entender en términos de la instanciación de estados conscientes. La consciencia fenoménica es la propiedad que tienen algunos estados mentales si y sólo si, hay algo que es para un sujeto (S) estar en tales estados, si se siente de alguna manera estar en ellos. Por ejemplo, hay algo que es para S oler un vino, saborear un pescado a la Veracruzana, escuchar una canción en la radio, o recordar su estribillo. Igualmente, hay algo que es para el sujeto tener un dolor de cabeza, sentir un picor en el codo o tener un orgasmo. Así mismo, aunque tal vez de forma algo más controvertida, hay algo que es para ella reflexionar sobre su teoría de la consciencia favorita o pensar que dos y dos son cuatro. En cada uno de estos casos, S está en un cierto estado con ciertas propiedades que llamaremos propiedades fenoménicas, y es en virtud de ellas que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. A lo que es para un sujeto estar en un estado consciente lo llamamos `carácter fenoménico’.

También decimos que un estado es consciente cuando nos percatamos de que estamos en él (Rosenthal, 2005; Rosenthal and Weisberg, 2008), recogiendo la idea intuitiva de que no tiene sentido hablar de estado consciente si en ningún sentido nos percatamos de él. Esta idea da soporte a las teorías de orden superior (véase entradas “Teorías de la Consciencia“) que pueden ser catalogadas en teorías ambiciosas o moderadas (Block, 2011) dependiendo de si mantienen que tal percatación de orden superior es constitutiva o no de la consciencia fenoménica.

En el polo opuesto, los estados pueden ser considerados conscientes en un sentido bastante diferente y más cualitativo. Tener el tipo de experiencia que tenemos al mirar un tomate maduro involucra ciertas cualidades sensoriales que con respecto a su color podemos llamar `rojez’. Uno puede considerar que un estado es consciente si involucra propiedades cualitativas a las que nos referimos como ‘qualia’ o ‘sensaciones sensoriales crudas’. La sección 2 introduce el debate sobre la posible relación tanto entre las propiedades cualitativas (como la rojez) y las propiedades fenoménicas—aquellas que instancia un estado fenoménicamente consciente—, como entre estas últimas y la percatación de orden superior.

1.3. Consciencia fenoménica y consciencia de acceso

Cuando miro la manzana roja que está junto a mi computadora tengo una experiencia consciente, puedo reportar que la manzana es roja, puedo tomarla y luego morderla, o también puedo simplemente pensar que será un delicioso postre. Mi sistema visual genera una representación visual que es procesada y puesta a disposición de otros sistemas como, por ejemplo, el encargado de reporte, de la acción o de la formación de creencias: me doy cuenta de la manzana. Es en este sentido, en el que el contenido de un estado está disponible para el control racional directo de la acción y el formación de creencias, en el que los términos `consciencia’ o `percatación’ han sido utilizados hasta muy recientemente en ciencia cognitiva y neurociencia. Este uso corresponde al que hacemos en el lenguaje ordinario cuando decimos que nos damos cuenta de tal y cual cosa. Block (1995-2002) lo llama `consciencia de acceso’.

Pese a la cercanía, esta claro que `consciencia de acceso’ y `conciencia fenoménica’ son dos nociones distintas. Lo que no lo está es la relación existe entre ambas: ¿capturan propiedades distintas? ¿son los estados fenoménicamente conscientes simplemente aquellos que nos permiten darnos cuenta de que tal y cual es el caso? Del hecho de que tengamos dos nociones distintas no se sige inmediatamente que estas correspondan dos propiedades con dos mecanismo que subyazcan a cada una de ellas, sino que pudiera ser que simplemente estuvieramos ante un caso en que tenemos dos formas en que podemos pensar de una única propiedad (Baars, 1988). Alternativamente, Kriegel (2005) ha sugerido que la consciencia de acceso es una propiedad disposicional (como pueda serlo la propiedad de ser frágil) de la cual la consciencia fenoménica es su base categórica (como lo es estructura del cristal en el caso de la fragilidad de la copa de vino). Lo que parece claro es que una vez aceptamos la distinción conceptual la pregunta parece una cuestión empírica acerca de nuestra arquitectura cognitiva.

Por ello, en búsqueda de una respuesta, el debate se ha adentrado en los últimos años en el terreno empírico, centrándose en la cuestión de si puede haber fenomenología en la ausencia de consciencia de acceso. Mientras que en el artículo original Block hacía uso principalmente de experimentos mentales para ilustrar la distinción, en la literatura más reciente (Block, 2007; Block, 2011) se centra en la evidencia empírica en ciencia cognitiva. Block refina la noción de consciencia de acceso a aquella de acceso cognitivo y la pregunta se torna en investigar si los mecanismos neurales de los que depende la consciencia fenoménica son independientes de aquellos de los que depende el acceso cognitivo que subyace a los reportes de consciencia; siendo la idea que hay un sistema neural (una memoria de trabajo o área de trabajo global (Baars, 1988; Dehaene and Naccache, 2001, Dehaene, 2009) encargado de poner la información sensorial y de otro tipo a disposición de diversos mecanismos como el encargado del reporte. Block (2007; 2011) se centra en la evidencia empírica en ciencia cognitiva principalmente en experimentos de respuesta parcial (Sperling 1960; Landman et al. 2003). Según Block, los experimentos de respuesta parcial sugieren que la capacidad del sistema del cual depende la consciencia fenoménica desborda la capacidad del sistema del cual depende el acceso cognitivo. Aunque estos resultados son controvertidos (Phillips 2011; Stazicker 2011; Kouider et al. 2012), nueva evidencia apunta en una dirección semejante. Por ejemplo, Sebastián (2014) ha argumentado que algunos episodios mentales que tenemos durante el sueño—que el sentido común y la evidencia empírica (Horikawa et al., 2013) sugieren que son fenoménicamente conscientes—no van acompañados de acceso cognitivo, a partir de la desactivación de los mecanismos neuronales subyacentes al acceso cognitivo—principalmente el cortex prefrontal dorsolateral—durante el sueño. Más recientemente, Block (2014) ha apelado a experimentos en rivalidad binocular que apuntan en favor de la disociación. No obstante los resultados distan de ser concluyentes y el debate sigue abierto. En lo que sigue, cuando hable de consciencia me referiré a la consciencia fenoménica siendo neutral en su relación con la consciencia de acceso.

2. Carácter cualitativo y subjetivo: consciencia y autoconsciencia

A la hora de entender el problema que suscita la consciencia podemos distinguir dos problemas que parecen independientes. Por un lado, está el problema de entender qué hace que haya algo, X, que es para mi estar en un estado fenoménicamente consciente en lugar de otra cosa Y; esto es, el problema de entender la naturaleza de aquello que distingue diferentes tipos de experiencias. Por otro lado, está el problema de entender la naturaleza de aquello que hace que haya algo que es para mi estar en un estado fenoménicamente consciente en lugar de nada. Llamemos al primero `el problema de la cualidad’ y al segundo `el problema de la suficiencia’.

Estas dos cuestiones se presentan a menudo como dos aspectos del carácter fenoménico (Kriegel 2009; Levine 2001): el carácter cualitativo y el carácter subjetivo. Podemos pensar en estos dos aspectos en términos de la locución de Nagel. Así, el carácter cualitativo de la experiencia que uno tiene al mirar a una manzana roja es lo que es para uno tener la experiencia y que viene caracterizada por una serie de cualidades de color, forma, etc. A menudo se usa el término latín `qualia’ para referirse a tales propiedades. No obstante, este término está frecuentemente asociado con propiedades que resultan intrínsecas, privadas e inefables, y resulta altamente controvertido que uno tenga que apelar a tal tipo de propiedades para dar cuenta del caracter cualitativo de la experiencia. Por ello, el término `propiedad cualitativa’ parece preferible.

La pregunta de la suficiencia sugiere que el problema de la consciencia no se agota ahí. Aún cuando uno pensase que basta que el estado instancie una propiedad cualitativa para que haya algo que es para el sujeto estar en ese estado—en este caso, las propiedades fenoménicas serían propiedades cualitativas—parece justificado preguntar qué es lo que comparten estas propiedades de forma que tengamos una respuesta a la pregunta de la suficiencia.

En busca de una respuesta, cabe señalar que sea cual sea el carácter fenoménico de la experiencia particular hay algo que es para mi tenerla. Esta para-mi-idad es lo que se conoce como carácter subjetivo. Al decir que hay algo que es para uno estar en un estado consciente, parece que atribuimos algún tipo de estatus especial al sujeto en la estructura de la consciencia—-aunque la motivación para esta idea raramente es a priori, derivada del análisis conceptual, y se suele apelar a la psicología del sentido común, a la propia fenomenología o a cuestiones epistemológicas. La controversia en torno al carácter subjetivo se centra de un lado en ver si es necesario apelar al caracter subjetivo para responder al problema de la suficiencia—esto es, si el caracter subjetivo es o no constitutivo de la experiencia—y por otro, en la forma de entender el estatus que juega el sujeto. A este último respecto, uno podría pensar que el sujeto es simplemente aquél al que se le presenta la experiencia e insistir en que lo único que revela la experiencia es su propia presencia (Kriegel, 2009), o bien pensar que la experiencia revela algo acerca del propio sujeto, por ejemplo que uno está en cierto estado (Sebastián, 2012). De forma más exigente (Zahavi, 2005), uno podría pensar que lo que revela es que uno es el propietario de la experiencia (Véase Guillot, 2017 para un análisis detallado de esta taxonomía y Farrell and McClelland, 2017 para una introducción general al debate actual entorno al carácter subjetivo).

Un punto adicional de controversia entre las teorías de la consciencia deriva de la posibles relaciónes de dependencia que puedan existir entre el carácter cualitativo y el subjetivo: ¿puede un estado exhibir caracter cualitativo y no subjetivo o viceversa? Kriegel (2009, cap.2) ofrece un análisis minucioso a este respecto.

3. Consciencia e intencionalidad

Hemos visto que algunos de nuestros estados mentales son a menudo fenoménicamente conscientes: hay algo que es para nosotros estar en ellos. Además estos estados son a menudo estados que exiben intencionalidad, que representan el mundo como siendo de cierta manera, y decimos que son correctos o adecuados cuando el mundo de hecho es de tal manera e incorrectos o inadecuados en caso contrario. Pensemos por ejemplo en el tipo de experiencia que tenemos al mirar un tomate maduro o la bandera de China. Al tener esta experiencia nos parece que hay algo rojo: esta experiencia dicta del mundo que contiene algo rojo. Este es un estado intencional acerca de objetos rojos y de hecho parece apropiado evaluarlo como correcto (cuando está causado, digamos, por un tomate maduro) o incorrecto (cuando está causado, por ejemplo, por el consumo de LSD). Parece complicado, si acaso posible, considerar una experiencia de este tipo que no represente que hay algo rojo. De forma similar con otros tipos de experiencias. Cuando me duele el estómago o un dedo, el dolor parece ser acerca de mi estómago o mi dedo. Estos estados tienen condiciones de corrección, y, por ejemplo, en el síndrome del miembro fantasma, que provoca la sensación de que un miembro amputado todavía está conectado al cuerpo, hablamos de una falla en la función de los detectores correspondientes. Esto sugiere una conexión íntima entre intencionalidad y consciencia y tradicionalmente el estudio de ambos fenómenos ha ido de la mano. Filósofos desde Descartes y Locke hasta Brentano y Husserl los han tratado típicamente como uno solo. Aunque en la segunda mitad del siglo pasado ha habido una tendencia a ofrecer análisis independientes (Chalmers, 2004), pocos han rechazado la existencia de una conexión entre ambas y en los últimos años ha habido un renovado interés que se ha centrado en el contenido de la experiencia, la fenomenología del pensamiento o la emergencia de teorías que tratatan de fundamentar una en la otra.

Por un lado, hay teorías que tratan de dar cuenta de la intencionalidad (Searle, 1990; Horgan and Tierson, 2002; McGinn, 1988) o algun tipo de particular de representación (Recanati 2012; Peacocke 2014) en la experiencia consciente. El problema que enfrentan estas teorías es que parece que están fundamentando algo que resulta enigmático en algo más misterioso aún. Por el otro, hay teorías que tratan de fundamentar la consciencia en la intencionalidad generalmente bajo la hipótesis de que la relación de representación puede ser explicada en términos compatibles con la verdad del naturalismo lo que conduciría una teoría naturalista de la consciencia. Al margen de las dudas que pueda suscitar el proyecto de naturalizar la intencionalidad, el principal problema que enfrenta esta aproximación es que no está claro que las propiedades representacionales agoten las propiedades fenoménicas. Una posibilidad que si bien en el caso de las experiencias visuales puede parecer plausible está lejos de serlo en casos como el dolor o los orgasmos (cf. Martínez, 2011)

Con independencia de esta cuestión, otro ámbito de discusión concierne al contenido de la experiencia consciente: aquello de los que nos percatamos al tener la experiencia. Pensemos nuevamente en la experiencia visual que tenemos al mirar a un tomate maduro, ¿qué tipo de propiedades representa nuesta experiencia?¿Se trata de propiedades sencillas como el color o la forma o también propiedades más complejas como la de ser un tomate? (Block, 2014; Bona, 2016; Siegel, 2010; véase entrada “Los Problemas de la Percepción“). Además, siguiendo con consideraciones de distinta índole como puede ser el carácter subjetivo, cuestiones epistémicas o con la noción de estado consciente, algunos autores (Kriegel 2003; Kriegel 2009; Sebastián 2012) han defendido que el contenido de la experiencia va más allá de su objeto primario, el tomate en nuestro caso. Así, uno podría pensar que la experiencia dicta además su propia presencia, que el propio sujeto está teniendo la experiencia o que está en cierto estado—uno que lo pone en relación con el tomate—, o que el propio sujeto es el dueño de la experiencia (véase entrada “Teorías de la consciencia“).

La complejidad que hemos alcanzado a vislumbrar en esta entrada permite sugerir que un entendimiento exhaustivo de la consciencia demandará la interacción de los estudios en diversos ámbitos que van desde procesos neurales y cognitivos, a cuestiones semánticas y metafísicas. Un entendimiento en el que esperamos ver importantes avances en el tiempo venidero.

Miguel Ángel Sebastián
(Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México)

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