1. Introducción
Vivimos sintiendo dolor. El dolor conlleva, por un lado, un aspecto positivo: es elemental para nuestra supervivencia. También tiene una faceta negativa: una vida sin dolor innecesario es preferible. En años recientes, se suscitó polémica en el campo de la filosofía analítica para dar cuenta del dolor (Aydede, 2005, 2019; Bain et al., 2021; Corns, 2017; Hardcastle, 1999). Para hacer un recuento de tales discusiones, dividiré la indagación presente en tres secciones; analizaré casos intrigantes que han impulsado a la investigación filosófica y explicaré las teorías más destacadas que surgieron sobre la naturaleza del dolor.
La primera tendrá un tinte epistémico. ¿Podemos equivocarnos sobre nuestro propio dolor? Algunos autores han defendido que es imposible errar sobre nuestras experiencias dolorosas, argumentando que somos infalibles al respecto. Sin embargo, el dolor en el miembro fantasma pone esto en tela de juicio: las personas sienten dolor en partes de su cuerpo que no tienen (Ramachandran y Hirstein, 1998). ¿Es un dolor “de verdad” si se experimenta en un miembro amputado? Para dirimir tal cuestión, abordaré cómo se ha propuesto que el dolor es otra experiencia mental más, dentro de un enfoque naturalizado y representacionalista de la mente (Dretske, 1995; Lycan, 2015; Tye, 1995, 2006).
La segunda es de carácter metafísico. ¿De qué está hecho el dolor, qué lo constituye? Abordaremos el caso de la asimbolia del dolor (Bain, 2013; Grahek, 2007; Klein, 2015). Los pacientes reportan tener experiencias dolorosas, pero afirman que no son desagradables (Berthier et al., 1988; Schilder y Stengel, 1928). Tales aseveraciones parecen mostrar que existen dolores que, por así decirlo, no duelen; sentirlos no los motiva a hacer nada al respecto. Analizaré distintas respuestas para abordar esta condición, centrándome en dos aproximaciones que apelan a la noción de contenido mental: 1) la perspectiva evaluativa y 2) la imperativa.
La última sección será psicológica. ¿Cuáles son las razones que nos motivan a evitar y provocar dolor? Me concentraré en un bloque teórico que ha dado cuenta de la constitución del dolor a partir de componentes mentales más básicos: 1) nuestras sensaciones corporales y 2) nuestros deseos de aversión (Armstrong, 1962; Brady, 2017; Heathwood, 2007; Schroeder, 2004). Consideraré al masoquismo como ejemplo donde el dolor no es repelente, sino atractivo (Goldstein, 1983; Klein, 2014; Krafft-Ebing, 1892; Reik, 1939, 1957; Sapién, 2022; Seligman, 1970). Podemos querer algo que duele. A partir de este fenómeno, entenderemos la conformación de experiencias sofisticadas de dolor, donde éste interactúa como una parte de un sistema más complejo.
Con esto, tendremos una zambullida en una de las experiencias más relevantes para los animales humanos que somos. Comencemos el recorrido sobre la enigmática naturaleza del dolor.
2. Dolor fantasma: lo siento, pero no lo tengo
El dolor es misterioso. Uno de sus primeros enigmas surge del reconocimiento de que funciona de manera radicalmente distinta a otras experiencias. Se suele pensar que nuestra percepción nos brinda conocimiento sobre aquello que nos rodea. Nuestra visión, por ejemplo, nos informa de aspectos públicos alrededor. Por contraste, el dolor se presenta de forma íntima y privada: cada persona experimenta únicamente el suyo. Cuando me corto, me pincho o me raspo, solamente yo puedo sentirlo.
Dada esta privacidad, los filósofos se han cuestionado: ¿en qué medida el dolor puede explicarse como una forma más de percepción? Algunas modalidades perceptuales —como la visión, el olfato, etc.— pueden entenderse como el acceso al ambiente a través de un sistema perceptual, el cual puede errar (Macpherson, 2011). En el caso de la visión, obtenemos propiedades de los objetos a través el procesamiento de la luz que rebota sobre sus superficies. Sin embargo, si cada persona puede sentir únicamente su propio dolor, parece extraño que podamos equivocarnos al respecto. ¿Cómo distinguiríamos entre un caso acertado y otro equivocado? Mientras podemos fallar sobre lo que vemos, no es obvio cómo podemos errar sobre lo que sentimos. Nuestra experiencia de dolor parece infalible.
La visión nos engaña, las cosas no siempre son como aparecen. Ilusiones visuales, como la de Müller-Lyer, lo corroboran. Observamos dos líneas que, aunque sabemos que son del mismo tamaño, se nos presentan como asimétricas. Sin embargo, desde hace siglos el dolor también se explica como una modalidad perceptual. Ya René Descartes (1663) propuso que era un sistema de prevención. Igualmente, la definición ofrecida por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor establece que: “es un sistema de alarma esencial que advierte de una lesión o amenaza para la integridad del cuerpo.” (IASP, 1986, cursivas mías). Así, podemos establecer inicialmente que la sensación de dolor es la percepción de nuestro daño tisular.
Sin embargo, los sistemas fallan. El dolor en el miembro fantasma parece un ejemplo de esto. Desde hace siglos, se sabe que después de una amputación podemos seguir sintiendo como si aún tuviéramos la parte del cuerpo extirpado. “Casi todas las personas a las que se les amputa una extremidad experimentarán un miembro fantasma —la vívida impresión de que el miembro no solamente está todavía presente, sino que, en algunos casos, es doloroso—.” (Ramachandran y Hirstein, 1998, mi énfasis). ¿Esto muestra que podemos equivocarnos sobre lo que sentimos? Por un lado, alguien reporta dolor. Por el otro, esa persona ya no tiene la parte del cuerpo donde dice sentirlo. ¿Cómo conciliar ambas aseveraciones?
De acuerdo al representacionalismo, los sistemas perceptuales pueden desatinar, pues son capaces de transmitir equivocadamente la información que constituye a las distintas experiencias. En otras palabras, podemos experimentar alteraciones en nuestra percepción del color, del olor y, también, del dolor. El fenómeno entóptico lo ejemplifica en la visión: si presionamos levemente la parte interna del ojo, experimentamos un aro colorido en el lado opuesto a donde se oprime. Tenemos una experiencia visual, con forma y color, pero sin atribuir realidad material a lo que observamos. De manera similar, durante un resfriado, podemos experimentar olores de forma alterada o, incluso, perder la capacidad olfativa.
El dolor en un miembro fantasma puede entenderse de manera análoga. La experiencia existe, se siente, pero su contenido está equivocado; no corresponde a los hechos. Las personas sienten como si su mano estuviera dañada, pero esto no puede ser, pues no poseen dicha parte corporal. Si la sensación de dolor también es representacional, su contenido puede brindarnos información errónea. Nuestra alarma perceptual puede estar descompuesta. Bajo este acercamiento, la sensación de dolor versa sobre el estado de nuestro propio cuerpo: informa sobre el daño de nuestros tejidos. Esto nos ofrece una explicación al misterio del dolor en los miembros fantasma: se trata de una representación errónea sobre un daño en nuestro cuerpo. El dolor, aunque se sienta, puede estar equivocado.
No obstante, el representacionalismo sobre el dolor ha recibido críticas (Fajardo-Chica, 2022). Una de ellas surge de la consideración de la analgesia del dolor. Frecuentemente, las personas no lo sienten aunque estén gravemente heridas. Esta y otras formas de insesibilidad han sido estudiadas ampliamente (Freeman y Watts, 1946; Ploner et al., 1999; Rainville et al., 1999, 2002; Snyder, 1996; Watts y Freeman, 1948), particularmente en personas heridas en batalla (Beecher, 1956; Wall, 1999: 8). A partir de estos datos, resulta problemático establecer que la función del dolor sea constitutivamente la obtención de información sobre daño corporal. La idea de que su función esencial es rastrear lesiones pierde potencia cuando notamos que de manera usual y sistemática nos lastimamos, sin sentir dolor. Una posible interpretación es que durante momentos de crisis, como los ocurridos en las peleas, resulta adaptativo no sentir dolor hasta más tarde, una vez que el organismo está a salvo.
Otra gran limitación de la teoría representacionalista ha sido dar cuenta del carácter motivacional del dolor. Cuando lo sentimos, hacemos algo para detenerlo, así como también dirigimos nuestras acciones para evitarlo. Un mero contenido informativo, representacional y neutro, no captura tal característica con facilidad. El dolor en el miembro fantasma, aunque errado, duele y motiva.
3. Asimbolia del dolor: lo siento, pero no me duele
El dolor duele. Es decir, es desagradable y, por ello, lo evitamos. Pensemos en una alarma para despertar; nos indica que es hora de salir de cama, pero además, si su sonido no fuera molesto, no nos impulsaría igual para apagarla. Lo mismo ocurre con el dolor. Cómo se siente nos orilla a actuar. Sin embargo, a pesar de que el dolor está tan estrechamente relacionado con ser desagradable, en las últimas décadas hubo controversia filosófica sobre esto, a raíz del reporte de un caso extraordinario: la asimbolia del dolor o Schmerzasymbolie (Schilder y Stengel, 1928). Los pacientes afirmaban sentir dolor, pero no mostraban motivación para cesarlo, ni mitigarlo.
En décadas pasadas, se discutió la relación entre el dolor y lo desagradable, en particular si estaban ligadas necesariamente (Dennett, 1978; Hall, 1989; Noren y Davis, 1974; Pitcher, 1970). Si algo no era desagradable, se estableció, no podía ser dolor. Contrario a esto, el consenso actual es que pueden existir dolores que no sean desagradables. La asimbolia del dolor se tomó como prueba. Los pacientes tienen experiencias que identifican como dolor, pero dado su comportamiento indiferente, se interpreta que éste ha perdido su aspecto afectivo y motivacional (Grahek, 2007). Sienten dolor, pero ya no les duele.
El reporte más antiguo proviene de Schilder y Stengel (1928). Los pacientes, a causa de un daño cerebral, reportaron sentir dolor, pero afirmaron que ya no les molestaba y, además, ya no se protegían ante otros estímulos que podían dañarlos. ¿Cómo explicar esto? Se concluyó que el dolor convencional debe estar constituido por al menos dos dimensiones: 1) una sensorio-perceptual, donde la sensación y cómo se siente, su fenomenología, es distinta de las otras experiencias perceptuales como las visuales, las sonoras, las gustativas, etc., y 2) otra afectivo-motivacional, cuya constitución nos provee de razones para actuar. Los asimbólicos, se dedujo, deben haber perdido únicamente la segunda.
Una vez aceptada esta metafísica de la experiencia normal de dolor, se comenzó a investigar cada aspecto por separado. Se han ofrecido dos teorías robustas al respecto, ambas basadas en la noción de contenido mental: 1) el evaluativismo (Bain, 2012, 2017; Helm, 2001, 2002) y 2) el imperativismo (Bain, 2011; Barlassina y Hayward, 2019; Klein, 2007, 2012, 2015b; Klein y Martínez, en prensa; Martínez, 2011; Martínez y Klein, 2016; Sapién, 2020a). Lo común reside en que ambas teorías consideran a la mente como intencional; es decir, trata sobre algo y, en esa medida, tiene contenido. Veamos en qué radica la diferencia entre estas aproximaciones.
El evaluativismo postula que el aspecto desagradable del dolor consiste, y se explica, en virtud de su contenido evaluativo. Continúa siendo una teoría representacional, pero con un giro: el dolor es una percepción evaluativa. Este aditamento teórico explica por qué el dolor nos informa, pero también nos mueve. Un dolor, como el producido por una quemadura o una cortada, estaría constituido por:
- una dimensión sensorio-informacional, cuya fenomenología, hedónicamente neutra —que no se siente ni bien ni mal— está compuesta por un contenido que nos informa sobre alguna perturbación corporal, y
- una dimensión afectivo-motivacional, cuyo contenido nos indica que dicha perturbación es mala para nuestro propio cuerpo.
Las perturbaciones son malas si nos alejan del punto de equilibrio que nos mantiene vivos y sanos. Por ejemplo, tal desempeño ideal podría ser entendido en términos de homeóstasis, del balance para que el organismo pueda desempeñar sus funciones vitales. Esto tiene sentido evolutivo, pues al menos uno de los roles adaptativos del dolor ha sido ayudarnos a salvaguardar nuestra integridad corporal y biológica.
Este contenido conjunta aspectos epistémicos y evaluativos, por tanto, motivacionales. De esta manera, la primera dimensión explica las propiedades espacio-temporales del dolor y la segunda da cuenta de su carácter motivacional. Esto explica por qué el dolor fantasma, aunque equivocado, motiva. Nos está informando que algo negativo está pasando en nuestro cuerpo, como una alarma de incendio que nos da una razón para actuar, aunque no haya realmente ningún fuego que apaciguar.
En contraste, se ha gestado otra vertiente teórica que arranca desde otro inicio: el imperativismo. Esta postura nace de la inquietud de entender la motivación que conlleva el dolor, a la par de otras experiencias que también conducen a la acción, como la comezón, el hambre, la sed, etc. (Hall, 2008). Así como se considera que el lenguaje verbal puede tener dos funciones fundamentales —la de describir y la de mandar— también los estados mentales pueden dividirse en dos tipos. Según esta perspectiva, el contenido mental del dolor ordena.
Así como existe una diferencia radical entre las oraciones 1) “La puerta está cerrada” y 2) “¡Cierra la puerta!”, también las clases distintas de contenidos mentales explican la diferencia fenomenológica y motivacional entre estados mentales que solamente informan, como la visión, y otros que motivan, como el dolor. Al hacer una reconstrucción de las distintas propuestas dadas hasta ahora dentro del marco imperativista, un dolor desagradable tendría tres capas o dimensiones (Sapién, 2020b):
- una primera dimensión sensorio-motivacional, ordenando algo como: ¡haz la acción Φ con tal parte de tu cuerpo C con cierta prioridad P! (Klein, 2015b; Klein y Martínez, en prensa);
- una segunda dimensión afectivo-motivacional, dirigida hacia el estado mental de la primera dimensión, que ordena algo del estilo: ¡para esa experiencia! (Martínez, 2011, 2015);
- y una tercera dimensión autorreferencial, también afectivo-motivacional, que ordena: ¡para de tener este mismo estado mental! (Barlassina y Hayward, 2019).
Algunos aspectos a destacarse de esta reconstrucción del imperativismo son: 1) todas sus dimensiones son de carácter motivacional; 2) lo desagradable radica en tratarse de meta-comandos, estados mentales sobre otros estados mentales; y 3) el carácter autorreferencial explica que el dolor, además de motivarnos a actuar en relación con nuestro nuestro cuerpo, también nos motiva respecto a la experiencia misma, como cuando tomamos analgésicos para detener la experiencia de dolor.
Se han ofrecido varias interpretaciones sobre la asimbolia del dolor, así como también se han discutido las limitaciones de las distintas propuestas (Bain, 2013; Corns, 2014; de Vignemont, 2015; Gray, 2014; Klein, 2017, 2015a; Sapién, 2020a). La manera de interpretar este caso varía, pues depende de los compromisos teóricos de la constitución de una experiencia dolorosa. La controversia sigue abierta. Pero lo que sí está claro es que los reportes médicos muestran que hay experiencias identificables como dolorosas, pero que no son desagradables en la medida en que no motivan a quienes las experimentan como se esperaría que lo hagan.
La crítica principal contra las teorías del contenido mental se centra en un argumento filosófico por analogía. Según este planteamiento, dichas teorías del contenido no son capaces de explicar un hecho muy sencillo: a veces estamos motivados, e incluso justificados, para tomar analgésicos. Según Jacobson (2013), los teóricos del contenido mental se comprometen con el absurdo de que tomar un sedante contra el dolor es, según sus propuestas, irracional.
Supongamos que un mensajero informa al rey de que algo malo está pasando en el poblado: se está incendiando. Sería irracional que el rey matara al mensajero para atender a su reporte. No es una respuesta razonable, deseable, ni requerida para solucionar el problema. El mensajero no es el inconveniente, sino el incendio. Esta analogía pone al evaluativismo y al imperativismo en aprietos, pues no pueden explicar por qué, cuando se trata de dolor, sí puede ser racional silenciar al portavoz. Cuando tomamos un sedante estamos deteniendo el flujo de información —ya sea evaluativa o imperativa— sobre lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo. Mientras que ejecutar al mensajero es irracional, en el caso del dolor puede ser bueno eliminar el aviso. Tenemos buenas razones tanto para lidiar con lo que dice, como para silenciar la señal misma, como de hecho hacemos al tomar analgésicos.
Se ha respondido a esta crítica desde ambos flancos del contenido mental (Bain, 2017; Barlassina y Hayward, 2019; Boswell, 2016). Se han presentado dos estrategias para poder explicar por qué estamos justificados en tomar analgésicos: 1) argumentar que hay algo malo en sí mismo sobre el hecho de portar el mensaje, o 2) apelar a alguna otra fuente de justificación que brinde razones para cesar la transmisión del contenido perceptual. Sin embargo, no ha habido consenso al respecto. Lo que sí quedó establecido es que una teoría sobre el dolor debe proporcionar una explicación sobre la motivación y la justificación que implica sentir dolor y que cualquier teoría que nos aclare qué lo constituye, deberá elucidar tales características.
4. Dolores masoquistas: me duele, pero lo deseo
No siempre evitamos el dolor. En algunas ocasiones, lo buscamos de manera consciente y premeditada. El masoquismo es un ejemplo de esto (Goldstein, 1983; Klein, 2014; Reik, 1957; Sapién, 2022). ¿Cómo explicar que solemos eludirlo, pero a veces lo buscamos? Para explicar esto, nos basaremos en una aproximación que se fundamenta en la noción de deseo.
Los deseos, como muchos otros estados mentales, son intencionales. Desear que algo suceda, una determinada configuración de la realidad, implica adoptar una postura en favor de que esa organización de lo posible ocurra. Esto explica en qué sentido los deseos son radicalmente distintos a las creencias. La distinción de dirección de ajuste (o direction-of-fit) captura esto (Anscombe, 1957; Searle, 1979). Mientras que las creencias son estados mentales que se ajustan al mundo describiéndolo, y en esa medida son correctas o incorrectas, los deseos motivan a modificarlo para que se acomode a ellos, y en virtud de esto son satisfechos o insatisfechos. Por ejemplo, mis ganas de quitarme la sed explican que tome agua. Mis acciones se vuelven comprensibles apelando a mis deseos porque éstos son motivaciones.
Varios teóricos han optado por apelar a tales estados mentales para dar cuenta de nuestro comportamiento repelente al dolor y a otras experiencias desagradables (Armstrong, 1962; Brady, 2017; Heathwood, 2006, 2011; Korsgaard, 1996; Schroeder, 2004, 2017). Según este acercamiento, lo que explica que el dolor sea desagradable es que, simplemente, deseamos que no ocurra. De esta forma, un dolor típico estaría constituído por:
1) una primera dimensión sensorial, motivacionalmente neutra, la fenomenología sensible de la experiencia, y
2) una segunda dimensión afectivo-motivacional, un deseo dirigido al primer nivel de que i) esa sensación específica, ii) por sí misma, iii) no esté ocurriendo mientras la sentimos.
Desglosemos. La primera dimensión explica que podamos distinguir al dolor de otras modalidades sensoriales, como un color o un olor. La segunda establece que el deseo en cuestión debe tener tres características indispensables. Primero, debe estar dirigido a la primera dimensión, a esa sensación particular, de manera indexical o de re; únicamente esa sensación puede cumplir la satisfacción de ese deseo preciso. Segundo, el deseo versa sobre un aspecto intrínseco de la sensación; es decir, deseamos no experimentarla por cómo se siente y no por aspectos extrínsecos de la misma —sus propiedades en relación con algo más—, como sus roles causales, instrumentales, etc. Y tercero, el deseo debe ser simultáneo a la experiencia sensorial. Estas condiciones, de acuerdo a esta aproximación teórica, son necesarias y suficientes para garantizar la presencia de una experiencia sensorial desagradable.
Esta aproximación explica por qué un dolor desagradable motiva: está parcialmente constituido por un deseo. Otra ventaja es que aclara qué hace similares a las experiencias desagradables (Sapién, 2020b). Es decir, la heterogeneidad de todas y únicamente las experiencias sensoriales desagradables —como el hambre, la sed, las náuseas, la comezón, el dolor, etc.— se explica en la medida en que su fenomenología varía sensorialmente, pero todas son iguales en virtud de que están constituidas por la misma clase de deseo aversivo. Aquello que unifica a lo desagradable no radica en cómo se siente, sino en la actitud que tenemos hacia ello: el rechazo.
Sin embargo, esta aproximación tiene sus limitantes. Una de estas se ha identificado como un problema de Eutifrón, haciendo referencia al diálogo platónico. Mientras que lo más intuitivo es establecer que no deseamos sentir dolor porque es, de por sí, desagradable, esta teoría cambia el orden explicativo: el dolor es desagradable porque no lo deseamos. Se han ofrecido distintas respuestas para solventar este problema (Brady, 2017; Hall, 1989; Heathwood, 2011; Sapién, 2018). Una forma de librar tal crítica consiste en establecer dos cosas.
Primero, que se trata de un falso dilema. Es decir, estamos hablando realmente de dos niveles de descripción distintos. Llamemos al deseo que constituye lo desagradable del dolor D1; que está dirigido a una sensación neutral de dolor SD. Juntos hacen una nueva entidad, el dolor desagradable DD. A su vez, solemos tener otro deseo D2 que está dirigido a DD. Mientras que D1 da cuenta de la constitución de lo desagradable de DD, D2 explica cómo rechazamos las experiencias desagradables. Los deseos que parecían estar en oposición explican diferentes aspectos de la constitución de una experiencia más sofisticada, con multiniveles de estados mentales.
Segundo, se puede explicar que contamos con estados como D1 porque son evolutivamente convenientes. Esto es, nuestros ancestros desearon no tener sensaciones que indicaran algún tipo de daño, como el dolor SD. Su descendencia sobrevivió y el mecanismo se perpetuó. En otras palabras, resulta adaptativo desear no experimentar ciertas experiencias por cómo se sienten, incluso si su fenomenología particular no tiene nada bueno ni malo en sí mismo. Dicho de otra forma, D1 tiene un valor instrumental para la supervivencia, lo cual da cuenta de su existencia.
¿Cómo podemos entender el masoquismo con estas herramientas teóricas? La clave está en que deseamos sentir experiencias desagradables únicamente por sus aspectos extrínsecos (Sapién, 2022). Es decir, a la par que tenemos el deseo D2 de que un dolor DD no esté ocurriendo mientras lo sentimos, también podemos tener el deseo D3 de que ocurra, debido a lo que éste puede implicar para nosotros. Por ejemplo, deseamos sentir dolor si lo concebimos como el medio necesario para un fin que también queremos. Esto puede ocurrir si el dolor nos conduce a estados eufóricos que deseamos y a los que llegamos por esa vía.
Así también, otras experiencias desagradables pueden cobrar un valor instrumental, como la apnea. Podemos aguantar la respiración para sentir la placentera bocanada de aire que recibimos al volver a respirar. Otro ejemplo podría ser el gusto por la comida picante. El ardor que se experimenta al enchilarse es deseado porque causa, y es parte de, algo más que también queremos saborear. Sin embargo, aún quedan preguntas abiertas sobre los tipos de relación más específicos que puedan tener el dolor y el placer.
5. Conclusión
Gracias al dolor, percibimos esta parte del mundo que somos nosotros mismos. Es un fenómeno mental extremadamente común, pero resulta difícil capturar exactamente qué es, cómo funciona y para qué sirve. El dolor no solo informa, sino que nos impulsa a actuar y, encima, tiene una dimensión normativa, pues sufrir dolores innecesarios es malo e indeseable. Recientemente, se ha incluido a este fenómeno en una visión naturalizada del mundo, desdibujando la distinción entre sensación y percepción. Los esfuerzos para entenderlo continúan y su comprensión es crucial para nosotros, seres sintientes, animales humanos que se dañan y se reparan, que evitan y en ocasiones, también, buscan sentir dolor.
Dr. Abraham Sapién
(Centro de Investigación en Ciencias Cognitivas, UAEM)
Referencias
- Anscombe, G. E. M. (1957). Intention. Blackwell.
- Armstrong, D. M. (1962). Bodily sensations. Routledge.
- Aydede, M. (Ed.). (2005). Pain: New essays on its nature and the methodology of its study. The MIT Press.
- Aydede, M. (2019). Pain. The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Spring 2019 Edition. <https://plato.stanford.edu/archives/spr2019/entries/pain/>
- Bain, D. (2011). The imperative view of pain. Journal of Consciousness Studies, 18(9–10), 164–185.
- Bain, D. (2012). What makes pains unpleasant? Philosophical Studies, 166(1), 69–89.
- Bain, D. (2013). Pains that don’t hurt. Australasian Journal of Philosophy, 92(2), 305–320.
- Bain, D. (2017). Why take painkillers? Noûs, 10.1111/nous.12228. https://doi.org/10.1111/nous.12228
- Bain, D., Brady, M., & Corns, J. (2021). Philosophy of Suffering: Metaphysics, Value, and Normativity [Edited Books]. http://eprints.gla.ac.uk/161658/
- Barlassina, L., & Hayward, M. K. (2019). More of me! Less of me! Reflexive imperativism about affective phenomenal character. Mind, 128((512)), 1013–1044.
- Beecher, H. K. (1956). Relationship of the significance of wound to pain experienced. Journal of the American Medical Association, 161(17), 1609–1613. https://doi.org/10.1001/jama.1956.02970170005002
- Berthier, M., Starkstein, S., & Leiguarda, R. (1988). Asymbolia for pain: A sensory-limbic disconnection syndrome. Annals of Neurology, 24(1), 41–49. https://doi.org/10.1002/ana.410240109
- Boswell, P. (2016). Making sense of unpleasantness: Evaluationism and shooting the messenger. Philosophical Studies, 173(11), 2969–2992.
- Brady, M. (2017). Painfulness, desire, and the Euthyphro dilemma. American Philosophical Quarterly. http://eprints.gla.ac.uk/135993/
- Chalmers, D. J. (1995). Facing up to the problem of consciousness. Journal of Consciousness Studies, 2(3), 200-219.
- Corns, J. (2014). Unpleasantness, motivational oomph, and painfulness. Mind and Language, 29(2), 238–254. https://doi.org/10.1111/mila.12048
- Corns, J. (Ed.). (2017). The Routledge Handbook of Philosophy of Pain (1 edition). Routledge.
- de Vignemont, F. (2015). Pain and bodily care: Whose body matters? Australasian Journal of Philosophy, 93(3), 542–560.
- Dennett, D. C. (1978). Why you can’t make a computer that feels pain. Synthese, 38(3), 415–449.
- Descartes, R. (1663). L’homme.
- Dretske, F. (1995). Naturalizing the mind (New Ed edition). MIT Press.
- Fajardo-Chica, D. (2022). Cómo se siente el dolor no depende de la lesión corporal. Diánoia, 66(87), 25–43. https://doi.org/10.22201/iifs.18704913e.2021.87.1842
- Freeman, W., & Watts, J. W. (1946). Pain of organic disease relieved by prefrontal lobotomy. The Lancet, 247(6409), 953–955. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(46)91713-8
- Goldstein, I. (1983). Pain and masochism. Journal of Value Inquiry, 17(3), 219–223.
- Grahek, N. (2007). Feeling pain and being in pain. MIT Press.
- Gray, R. (2014). Pain, perception and the sensory modalities: Revisiting the intensive theory. Review of Philosophy and Psychology, 5(1), 87–101. https://doi.org/10.1007/s13164-014-0177-4
- Hall, R. J. (1989). Are pains necessarily unpleasant? Philosophy and Phenomenological Research, 49(June), 643–659.
- Hall, R. J. (2008). If It itches, scratch! Australasian Journal of Philosophy, 86(4), 525–535.
- Hardcastle, V. G. (1999). The myth of pain. The MIT Press.
- Heathwood, C. (2006). Desire Satisfactionism and Hedonism. Philosophical Studies, 128(3), 539–563.
- Heathwood, C. (2007). The reduction of sensory pleasure to desire. Philosophical Studies, 133(1), 23–44.
- Heathwood, C. (2011). Desire-based theories of reasons, pleasure, and welfare. Oxford Studies in Metaethics, 6, 79–106.
- Helm, B. W. (2001). Emotional reason: Deliberation, motivation, and the nature of value. Cambridge University Press.
- Helm, B. W. (2002). Felt evaluations: A theory of pleasure and pain. American Philosophical Quarterly, 39(1), 13–30.
- IASP. (1986). Pain terms: A list with definitions and notes on pain. Pain, 3(Suppl), 216–221.
- Jacobson, H. (2013). Killing the messenger: Representationalism and the painfulness of pain. Philosophical Quarterly, 63(252), 509–519.
- Klein, C. (2007). An imperative theory of pain. Journal of Philosophy, 104(10), 517–532.
- Klein, C. (2012). Imperatives, phantom pains, and hallucination by presupposition. Philosophical Psychology, 25(6), 917–928.
- Klein, C. (2014). The penumbral theory of masochistic pleasure. Review of Philosophy and Psychology, 5(1), 41–55.
- Klein, C. (2015a). What pain asymbolia really shows. Mind, 124(494), 493–516.
- Klein, C. (2015b). What the body commands: The imperative theory of pain (1 edition). The MIT Press.
- Klein, C. (2017). Pain, care, and the body: A response to de Vignemont. Australasian Journal of Philosophy, 95(3), 588–593. https://doi.org/10.1080/00048402.2016.1251478
- Klein, C., & Martínez, M. (en prensa). Imperativism and pain intensity. In D. Bain, M. Brady, & J. Corns (Eds.), The Nature of Pain.
- Korsgaard, C. M. (1996). The origin of value and the scope of obligation. In O. O’Neill (Ed.), The sources of normativity. Cambridge University Press.
- Krafft-Ebing, R. von. (1892). Psychopathia sexualis: With especial reference to contrary sexual instinct: A medico-legal study. F.A. Davis.
- Lycan, W. (2015). Representational theories of consciousness. In E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2015). Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/sum2015/entries/consciousness-representational/
- Macpherson, F. (Ed.). (2011). The Senses: Classic and Contemporary Philosophical Perspectives. Oxford University Press.
- Martínez, M. (2011). Imperative content and the painfulness of pain. Phenomenology and the Cognitive Sciences, 10(1), 67–90.
- Martínez, M. (2015). Pains as reasons. Philosophical Studies, 172(9), 2261–2274.
- Martínez, M., & Klein, C. (2016). Pain signals are predominantly imperative. Biology and Philosophy, 31(2), 283–298.
- Noren, S. J., & Davis, A. (1974). Pitcher on the Awfulness of Pain. Philosophical Studies; Minneapolis, 25(2), 117–123.
- Pitcher, G. (1970). The awfulness of pain. Journal of Philosophy, 67(July), 481–491.
- Platón. (2019). Eutifrón (J. Calonge Ruiz, Trans.). Gredos.
- Ploner, M., Freund, H.-J., & Schnitzler, A. (1999). Pain affect without pain sensation in a patient with a postcentral lesion. Pain, 81(1), 211–214. https://doi.org/10.1016/S0304-3959(99)00012-3
- Rainville, P., Carrier, B., Hofbauer, R. K., Bushnell, M. C., & Duncan, G. H. (1999). Dissociation of sensory and affective dimensions of pain using hypnotic modulation. Pain, 82(2), 159–171. https://doi.org/10.1016/S0304-3959(99)00048-2
- Rainville, P., Hofbauer, R. K., Bushnell, M. C., Duncan, G. H., & Price, D. D. (2002). Hypnosis modulates activity in brain structures involved in the regulation of consciousness. Journal of Cognitive Neuroscience, 14(6), 887–901. https://doi.org/10.1162/089892902760191117
- Ramachandran, V. S., & Hirstein, W. (1998). The perception of phantom limbs. The D. O. Hebb lecture. Brain, 121(9), 1603–1630. https://doi.org/10.1093/brain/121.9.1603
- Reik, T. (1939). The Characteristics of Masochism (1939) (G. Wilbur, Trans.). American Imago; Detroit, Etc., 46(2), 161–195.
- Reik, T. (1957). Masochism In Modern Man. Farrah & Rinehart.
- Sapién, A. (2018). The evolutionary explanation: The limits of desire theories of unpleasantness. Contrastes. Revista Internacional de Filosofía, XXIII-No3, 121–140.
- Sapién, A. (2020a). Lo está pidiendo: Nota crítica de What the body commands (Klein, 2015). Azafea, 22, 221–236. https://doi.org/10.14201/azafea202022221236
- Sapién, A. (2020b). The Structure of Unpleasantness. Review of Philosophy and Psychology. https://doi.org/10.1007/s13164-019-00458-5
- Sapién, A. (2022). Una taxonomía del masoquismo. Resistances: Journal of the Philosophy of History, 3(6), 1–18. https://doi.org/10.46652/resistances.v3i6.97
- Schilder, P., & Stengel, E. (1928). Schmerzasymbolie. Zeitschrift Für Die Gesamte, 113(1), 143–158.
- Schroeder, T. (2004). Three faces of desire. Oxford University Press.
- Schroeder, T. (2017). Desire. In E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2017). Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/sum2017/entries/desire/
- Searle, J. R. (1979). Expression and meaning: Studies in the theory of speech acts. Cambridge University Press.
- Seligman, D. B. (1970). Masochism. Australasian Journal of Philosophy, 48(1), 67–75. https://doi.org/10.1080/00048407012341471
- Snyder, S. H. (1996). Drugs and the brain (New ed.). Scientific American Books.
- Tye, M. (1995). Ten problems of consciousness: A representational theory of the phenomenal mind. MIT Press.
- Tye, M. (2006). Another look at representationalism about pain. In M. Aydede (Ed.), Pain: New Essays on Its Nature and the Methodology of Its Study. MIT Press.
- Wall, P. D. (1999). Pain: The science of suffering. Weidenfeld & Nicolson.
- Watts, J. W., & Freeman, W. (1948). Frontal lobotomy in the treatment of unbearable pain. Research Publications – Association for Research in Nervous and Mental Disease, 27 (1 vol.), 715.
Recursos en línea
- https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/63f23422-a9df-4fc5-b03f-73d8599a14ca/dolor
- https://revistas.usal.es/dos/index.php/0213-3563/issue/view/1116
- https://plato.stanford.edu/entries/pain/
Lecturas en castellano
- Fajardo-Chica, D. (2023). Carne doliente. Ariel
- Moscoso, J. (2011). Historia cultural del dolor. TAURUS.
- Mujica, F. M. (2020). ¿Pueden los animales sentir dolor? Reflexiones desde la fenomenología. Azafea: Revista De Filosofía, 22(1), 25–48. https://doi.org/10.14201/azafea2020222548
- Ramos, I., Espinosa, L., y García Peña, I. (2018). Prospección filosófica del dolor. Contrastes: Revista Internacional de Filosofía 23 (3). https://doi.org/10.24310/Contrastescontrastes.v23i3.6595
Entradas Relacionadas
Cómo citar esta entrada
Sapién, A. (2025) «Dolor», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/dolor/)