Archivo de la categoría: Filosofía de la mente

Identidad personal

 

 

El tema de la identidad personal es uno de los que más tradición tiene en filosofía. Prácticamente todos los grandes filósofos de la historia han tenido algo que decir sobre él. Sin embargo, sus contornos no son precisos, pues incluye una serie de problemas relacionados que se encuentran en la intersección entre la psicología, la filosofía de la mente, la metafísica y la ética.

Lo que hace que estos problemas que pertenecen a distintas áreas queden recogidos bajo un mismo paraguas es que todos ellos surgen de preguntas acerca de nosotros mismos que tienen que ver con nuestra existencia en tanto personas o yoes. Estos dos términos, “persona” y “yo”, a menudo han sido tratados como sinónimos, y aquí los utilizaremos así. Sin embargo, es importante tener en cuenta que al abordar problemas específicos puede resultar inadecuado mantener esta sinonimia.

En esta entrada presentaremos brevemente seis de los principales problemas que se cobijan en el paraguas de la identidad personal y veremos cómo los abordan las principales familias de teorías de la identidad personal que existen en la actualidad.

1. El problema de la condición de persona

El primer problema relacionado con la identidad personal al que me quiero referir es el de la condición de persona. Todos utilizamos el concepto de persona de una manera bastante competente. Sabemos que otros seres humanos son personas y que los coches o los árboles no lo son. Existe también un amplio consenso en que lo que determina esta distinción entre personas y no personas es que las personas tienen una serie de propiedades mentales que otras entidades no poseen. Pero ¿qué propiedades mentales en específico son las que hacen que seamos personas? (Para una revisión de las distintas posturas existentes con respecto al problema de la condición de persona puede consultarse Dennett, 1989).

El concepto de persona está ligado en filosofía al nombre de John Locke, quien en su Ensayo sobre el entendimiento humano afirmó que persona es

Un ser pensante inteligente dotado de razón y de reflexión, y que puede considerarse a sí mismo como el mismo, como una misma cosa pensante, en diferentes tiempos y lugares. (Locke, 1982, p. 318)

Siguiendo esta definición de Locke, tradicionalmente se ha considerado que poseer auto-consciencia es el rasgo mental que define la condición de persona. Sin embargo, no está tan claro que se pueda hacer una definición tan simple como la que Locke nos ofreció, pues no parece que poseer auto-consciencia sea una condición ni suficiente ni necesaria para ser una persona. Por ejemplo, varios estudios sugieren que algunos animales como los chimpancés poseen auto-consciencia, pese a que existe un amplio consenso en que no son personas. Al mismo tiempo, algunos seres humanos, como los recién nacidos o aquellos que sufren una demencia avanzada, no son auto-conscientes, pese a que los tratamos como si fuesen personas (Smith, 2017). Siendo así, parece necesario precisar en qué consiste la condición de persona, pero no está claro cómo. ¿Es la auto-consciencia el único rasgo distintivo? ¿Es necesario poseer alguna propiedad física o la condición de persona depende únicamente de propiedades mentales? ¿Podría un animal no humano, por ejemplo un delfín muy inteligente, llegar a ser una persona? ¿Y un robot?

Existen tres formas de responder a este problema. La primera consiste en ofrecer una definición de auto-consciencia más restrictiva, de tal manera que, bajo esa definición, en nuestro planeta sólo los seres humanos sean auto-conscientes (Baker, 2000, pp. 59-88). Esta estrategia nos permitiría justificar por qué a día de hoy los chimpancés y otros animales no son personas. La segunda manera se basa en defender que para ser persona no es necesario poseer de hecho auto-consciencia, sino que basta con ser el tipo de entidad que normalmente la desarrollará en el futuro, o que de hecho la poseía en el pasado (Schechtman, 2014, pp. 110-138). De este modo podríamos justificar por qué los bebés o los pacientes que sufren demencia avanzada son personas aunque no sean auto-conscientes. Finalmente, la tercera forma de solucionar el problema de la condición de persona consiste en ligar el concepto de persona al de ser humano, de forma que sólo aquellas entidades que tienen una auto-consciencia del tipo que tenemos los seres humanos, la cual está condicionada por el tipo de cuerpos que de hecho tenemos los seres humanos, pueden ser personas (Ricoeur, 1996, pp. 106-137). Esto, además de excluir a otros animales de la condición de persona, haría lo propio con los robots.

Las tres maneras de solucionar el problema son en cierta medida complementarias, por lo que es posible tratar de definir la condición de persona recurriendo a todas ellas al mismo tiempo. En cualquier caso, el problema de la condición de persona es un problema capital, pues difícilmente podremos solucionar otros problemas relativos a la identidad personal si no tenemos una idea más clara de en qué consiste ser una persona.

2. El problema de lo que somos esencialmente

Un segundo problema relativo a la identidad personal es el de lo que somos esencialmente. Todos nosotros somos muchas cosas. Pongamos a Laura como ejemplo. Laura es una persona, un ser humano, una mujer, una veintidosañera, una estudiante de filosofía… Pensando sobre esta pequeña lista, resulta evidente que algunas de las cosas que Laura es son más importantes que otras para su existencia. El año que viene, Laura ya no será una veintidosañera y cuando termine de estudiar ya no será una estudiante de filosofía. Podría incluso cambiarse de sexo y dejar de ser mujer. Sin embargo, aunque dejase de ser todas estas cosas, no por ello Laura dejaría de existir. Ahora bien, con respecto a algunas de las cosas que Laura es, no está tan claro si podría dejar de serlas sin que ello supusiese su muerte, o su desaparición. ¿Podría Laura dejar de ser una persona? ¿O un ser humano? Si resultase que hay alguna cosa que Laura no podría dejar de ser, pues si no fuese esa cosa no existiría, podríamos decir que Laura es esencialmente esa cosa.

El principal punto de conflicto respecto al problema de lo que somos esencialmente está entre los que piensan que somos esencialmente personas y los que piensan que somos esencialmente seres humanos. Este problema no ha figurado de una manera prominente en el debate hasta fechas recientes, pues parecía existir un cierto consenso en que somos esencialmente personas. Sin embargo, la tesis de que somos esencialmente personas, conocida como esencialismo de las personas, se ha puesto en duda en los últimos años (Olson, 1997; Snowdon, 2014).

Aquellos que aceptan el esencialismo de las personas consideran que nuestra existencia depende de que tengamos las características que nos hacen ser personas. Empezamos a existir cuando adquirimos la condición de persona y dejamos de existir cuando la perdemos, independientemente de que lo que pueda pasar con nuestra condición de seres humanos. Por el contrario, los que rechazan el esencialismo de las personas consideran que “persona” es un término parecido al de “adolescente”. Del mismo modo que somos adolescentes durante una etapa de nuestra existencia (entre los trece y los diecinueve años aproximadamente), también somos personas durante una etapa de nuestra existencia (por ejemplo, desde que empezamos a ser auto-conscientes, quizá a los dos años de edad, hasta que dejamos de serlo, cuando nuestro cerebro deja de ser capaz de sostener dicha capacidad). En este sentido, quienes rechazan el esencialismo de las personas consideran que podemos existir aunque no seamos personas, ya sea porque aún no hemos entrado en esa etapa de nuestra vida (porque acabamos de nacer y aún no somos auto-conscientes) o porque ya hemos salido de ella (por ejemplo, porque hemos entrado en coma y seguimos biológicamente vivos pero sin posibilidad de recuperar la capacidad de ser auto-conscientes).

Es más fácil ver las consecuencias de aceptar o rechazar el esencialismo de las personas a partir de algunos ejemplos. Pensemos de nuevo en Laura. Si pudiésemos sustituir su cuerpo por un cuerpo robótico, de tal manera que ya no fuese un ser humano pero conservase todas las propiedades que hacen que sea una persona, ¿seguiría existiendo Laura en forma de robot? Aquellos que aceptan el esencialismo de las personas, defienden que sí: Laura podría seguir existiendo aunque ya no fuese un ser humano, pues seguiría siendo una persona. Los que defienden que somos esencialmente seres humanos piensan que no, pues Laura habría desaparecido al dejar de ser un organismo biológico. Pongamos otro ejemplo. Imaginemos que Laura tiene un accidente y su cerebro queda tan dañado que ya nunca será capaz de producir ningún estado mental. Si mantuviésemos su cuerpo con vida conectado a algún aparato médico, ¿seguiría Laura existiendo como un cuerpo sin mente? Normalmente, quienes piensan que somos esencialmente personas defienden que no, pues aunque su cuerpo seguiría siendo un ser humano, ya no sería una persona. Los que piensan que somos esencialmente seres humanos argumentan que sí, pues Laura seguiría siendo un ser humano biológicamente vivo.

3. El problema de qué tipo de entidad metafísica somos

El tercer problema de la identidad personal del que me gustaría hablar es el de qué tipo de cosa somos, metafísicamente hablando. ¿Somos entidades independientes, o más bien somos un estado de otra entidad? ¿De qué tipo de sustancia estamos hechos? ¿Coinciden nuestros límites espaciales con los de nuestro cuerpo? Aquellos que rechazan el esencialismo de las personas suelen considerar que somos un organismo biológico, lo cual no conlleva grandes problemas metafísicos (van Inwagen, 1990). Sin embargo, entre aquellos que consideran que esencialmente somos personas existe una gran variedad de opiniones. Para algunos, somos una sustancia inmaterial, a saber, un alma (Descartes, 2006), o la unión de un cuerpo material con un alma inmaterial (Swinburne, 1984). Para otros, somos simplemente una colección de estados mentales (Hume, 2005) o, como mucho, una abstracción teórica que sirve para dar unidad a dicha colección de estados mentales (Dennett, 2013). Otros defienden que somos sólo una parte de nuestro cuerpo: nuestro cerebro (Parfit, 2012). De forma más contraintuitiva, algunos sostienen que lo que somos es una entidad cuatridimensional que se extiende a lo largo del tiempo y que está compuesta por distintas fases-de-persona que existen en diferentes instantes temporales (Lewis, 1984). Y en última instancia, algunos filósofos defienden que no somos nada, pues en realidad no existimos (Unger, 1979). Para una revisión más exhaustiva de las distintas posturas frente a este problema puede consultarse Olson, 2007.

Entre quienes aceptan el esencialismo de las personas, una respuesta bastante popular sostiene que somos entidades físicas constituidas por un organismo biológico, pero distintas del mismo (Baker, 2000, pp. 91-117). Desde esta perspectiva, la relación que se da entre la persona y el organismo biológico que la constituye es la misma que se da entre una estatua y la pieza de bronce de la que está hecha. Sin duda, la estatua no tiene ningún elemento que no sea al mismo tiempo parte de la pieza de bronce. Sin embargo, se trata de dos entidades distintas, pues sus condiciones de persistencia a lo largo del tiempo son diferentes. Si fundimos la estatua y utilizamos el material para realizar otra escultura, la estatua habrá dejado de existir, pero no así la pieza de bronce, que simplemente habrá adoptado una nueva forma. Del mismo modo, podemos pensar que no hay ningún elemento en una persona que no sea parte de un organismo biológico. Sin embargo, dado que las personas son entidades caracterizadas por tener una serie de características específicas, si una persona dejase de tener dichas características dejaría de existir, aunque el organismo biológico que la constituía pueda seguir existiendo (por ejemplo, en un estado de coma irreversible).

4. El problema de la persistencia

El cuarto problema relativo a la identidad personal al que me quiero referir es el problema de la persistencia a lo largo del tiempo. Es el problema que mayor atención ha recibido en las últimas décadas, por lo que en ocasiones cuando los filósofos hablan del “problema de la identidad personal” en realidad se refieren específicamente al problema de la persistencia. Se trata de un caso particular de un problema clásico de la filosofía: ¿cómo puede algo que está cambiando constantemente ser idéntico a sí mismo a lo largo del tiempo? O como lo diría Heráclito, ¿cómo podemos bañarnos dos veces en el mismo río si el agua que lo compone no para de fluir? 

Al igual que los ríos, las personas tampoco paramos de cambiar. Nuestros cuerpos y nuestras mentes están en constante evolución desde que nacemos hasta que morimos. Siendo así, ¿qué es lo que hace que sigamos siendo los mismos a pesar de los cambios que sufrimos? ¿Qué es lo que hace que yo sea idéntico a un bebé que existía en Madrid hace treintaisiete años? ¿Y qué tendría que suceder para que, en el futuro, yo siga existiendo? Es importante tener en cuenta que la respuesta a estas preguntas dependerá en parte de lo que seamos esencialmente y del tipo de entidad metafísica que seamos, pues distintas entidades pueden tener distintas condiciones de persistencia a lo largo del tiempo. Por ejemplo, mientras que las condiciones de persistencia de un objeto físico, como una piedra, dependen de su continuidad espacio-temporal, las de una entidad social, como un club de fútbol, dependen de normas y convenciones. 

El hecho de que el esencialismo de las personas fuese aceptado por la mayor parte de los filósofos hasta fechas recientes hizo que a menudo el problema de la persistencia se plantease de una manera sesgada, pues presuponía que nuestra persistencia a lo largo del tiempo dependía de nuestra existencia como personas (Olson, 1997, pp. 22-27). Una manera de formular el problema de la persistencia de tal manera que sea neutral con respecto al problema de lo que somos esencialmente es la siguiente:

Si una persona X existe en t1, y una cosa Y existe en t2, ¿bajo qué circunstancias es el caso que X es (idéntico ) Y?

Al especificar que X es una persona, esta formulación deja claro que nos estamos refiriendo al problema de qué es lo que hace que persistan a lo largo del tiempo las entidades que pueden ser personas al menos en algún momento de su existencia. Sin embargo, al dejar indeterminado qué tipo de entidad es Y, deja abierta la posibilidad de que esas entidades persistan sin necesidad de ser personas durante toda su existencia. Por ejemplo, imaginémonos que la persona X que existe en t1 es Juan, un ser humano sano tanto física como mentalmente; y que la cosa Y que existe en t2 es el paciente 00356, un ser humano que se encuentra en un estado de coma irreversible. ¿Es Juan (idéntico a) el paciente 00356? La formulación del problema que hemos presentado es compatible tanto con una respuesta afirmativa como con una negativa. Aunque el paciente 00356 no fuese una persona, nada nos impediría responder, bajo esta formulación del problema, que Juan es (idéntico a) el paciente 00356 si nuestra teoría favorita así lo estableciese. Imaginémonos sin embargo que nuestra formulación del problema estableciese que Y debe ser una persona, en lugar de una cosa indeterminada. ¿Podría Juan ser (idéntico a) el paciente 00356? Esta nueva formulación del problema presupondría que Juan sólo puede ser idéntico a una entidad que exista en otro momento temporal si esa entidad es una persona. Es decir, la formulación presupondría el esencialismo de las personas. Siendo así, sería imposible responder afirmativamente a la pregunta: Y no es una persona, por tanto ni siquiera cumple los requisitos como para ser considerada idéntica a Juan. 

En la actualidad existen dos grandes grupos de teorías acerca del problema de la persistencia que se correlacionan con las dos posibles posturas respecto al problema de lo que somos esencialmente. Los que piensan que somos esencialmente seres humanos consideran que nuestra persistencia a lo largo del tiempo depende de algún tipo de continuidad física (Olson, 1997; Snowdon, 2014). Es decir, consideran que X es (idéntico a) Y si existe algún tipo de continuidad física entre X e Y. En contraste, los que piensan que somos esencialmente personas argumentan que nuestra persistencia a lo largo del tiempo depende de una u otra forma de continuidad mental (Parfit, 2004; Schechtman, 2014). Esto es, X sólo puede ser (idéntico a) Y si existe alguna continuidad mental entre ambos.

5. El problema de lo que importa

El quinto problema del que me gustaría hablar es el problema de lo que importa cuando hablamos de la identidad personal. Este problema surge al intentar explicar el vínculo intuitivo que parece haber entre la identidad personal y una serie de cuestiones éticas y prácticas (para una revisión más completa de esta cuestión consúltese D. Shoemaker, 2008). Pensemos por ejemplo en la responsabilidad moral. En principio tiene todo el sentido pensar que, para que yo sea responsable de una acción pasada tengo que ser la persona que realizó dicha acción. Castigar a alguien por un crimen que no cometió es una gran injusticia (Schechtman, 1996, p. 14). En este sentido, la responsabilidad moral parece presuponer la identidad personal.

La intuición que vincula la identidad personal con lo que importa fue la que llevó al ya mencionado Locke a ofrecer una segunda caracterización del concepto de persona, tan influente o más que la anterior. En el mismo Ensayo sobre el entendimiento humano Locke afirmó que “persona” es un término forense que imputa las acciones y su mérito. (Locke, 1982, p. 331)

Esta segunda caracterización del concepto de persona se encuentra en cierto sentido en un nivel más básico en la teoría de Locke, pues es la base sobre la que su definición de “persona” que mencionábamos anteriormente se erige. Esto es, si el término “persona” nos sirve para imputar la responsabilidad o el mérito de las acciones, debemos tratar de definirlo de tal manera que dé cuenta de dicha dimensión forense. Y el vínculo entre la responsabilidad y las propiedades mentales es también bastante intuitivo. Locke lo muestra a partir de un experimento mental (Locke, 1982, pp. 323-324). Si la consciencia de un príncipe se introdujese en el cuerpo de un zapatero, y viceversa, ¿a quién deberíamos pedirle cuentas de las acciones que realizó el príncipe en el pasado? ¿A la persona que ahora se encuentra en el cuerpo del príncipe y que tiene la consciencia del zapatero, o a la que se encuentra en el cuerpo del zapatero y tiene la consciencia del príncipe? Parece claro que deberíamos pedirle cuentas a quien se encuentra en el cuerpo del zapatero, pues la consciencia del príncipe es la que puede explicar por qué tomó la decisión de actuar de tal o cual manera en el pasado. De este modo, si “persona” es un término que imputa la responsabilidad de las acciones, debemos concluir que la persona que estaba en el cuerpo del príncipe se encuentra ahora en el cuerpo del zapatero.

Podemos ver así que, de acuerdo con Locke, si (y sólo si) tenemos consciencia de haber realizado una acción pasada, entonces (1) somos responsables de dicha acción y (2) somos la misma persona que realizó la acción. De esta manera, Locke eleva el vínculo intuitivo que existe entre la identidad personal, la auto-consciencia y la responsabilidad a una cuestión de necesidad. Sin embargo, a pesar de su valor intuitivo, este vínculo de necesidad entre la identidad personal, la auto-consciencia y la responsabilidad moral es demasiado exigente, pues en realidad es fácil imaginar situaciones en las que la unión se resquebraja.

Por ejemplo, imaginémonos que ayer, durante una visita al Museo del Prado, alguien dañó gravemente el cuadro de Las Meninas de Velázquez. Si ese alguien fue un niño de tres años, puede que efectivamente el niño que existe hoy sea la misma persona que ayer rompió el cuadro y que además dicho niño sea consciente de haber roto el cuadro. Pero de ahí no se sigue que el niño sea responsable de la rotura, pues el niño seguramente carezca de las capacidades necesarias para poder ser un sujeto moral (Schechtman, 2014, p. 16; Talbert, 2019). Pongamos otro ejemplo. Imaginémonos que ayer una persona se emborrachó, se metió en su coche y en el camino a casa atropelló a alguien. A la mañana siguiente no recuerda lo que hizo, por lo que no tiene consciencia del atropello. Sin embargo esto no significa que no sea responsable. Ante estos casos, y los innumerables otros que podríamos añadir, no nos queda más remedio que aceptar que la identidad personal no se vincula con la responsabilidad moral de un modo tan fuerte como Locke propuso. Pero entonces, ¿cuál es la relación entre la identidad personal y las preocupaciones éticas y prácticas que intuitivamente asociamos a la misma?

De manera general, existen dos posturas con respecto a este problema. Por un lado, este tipo de objeciones nos pueden llevar a negar que exista ninguna relación significativa entre la identidad personal y lo que importa. Por ejemplo, Olson señala la importancia de mantener separados el grueso de la problemática de la identidad personal del problema de lo que importa, pues este último problema es ético, mientras que el resto de los grandes problemas de la identidad personal son claramente metafísicos (Olson, 1997, pp. 66-70). En este sentido, para Olson, ser la misma entidad metafísica y ser moralmente responsable son dos relaciones completamente independientes que podrían o no coincidir. Esto es, en ocasiones puede que seamos moralmente responsables de una acción y que además seamos la misma entidad metafísica que realizó dicha acción. Pero también podría suceder lo contrario. A saber, que por algún motivo fuésemos moralmente responsables de una acción que realizó una entidad metafísica distinta a nosotros. En cualquier caso, se trata de un problema ético que no debería distraer a aquellos interesados en la identidad personal.

Por otro lado, se puede defender que todavía existe un vínculo significativo entre la identidad personal y lo que importa, aunque éste no sea tan fuerte como el planteado por Locke. Pensemos en el ejemplo del niño que rompe el cuadro en el museo. Para Schechtman, que el niño rompiese el cuadro no implica que sea responsable de la rotura. Esto sería demasiado exigente. Sin embargo, todavía existe una relación significativa, aunque más débil, entre la identidad personal y la responsabilidad moral: para poder plantearnos si el niño es responsable de la rotura, primero hemos tenido que establecer la identidad de quien rompió el cuadro. Esto es, la identidad personal crea un contexto en el que se pueden realizar preguntas acerca de la responsabilidad moral de una manera pertinente (Schechtman, 2014, pp. 84-88). Después, en función de otros aspectos que sean relevantes, se podrá concluir si existe o no responsabilidad, pero de manera previa hemos tenido que resolver la cuestión de la identidad.

6. El problema de quiénes somos

Finalmente, el último problema del que quiero hablar ha sido referido con distintos nombres: el problema de quiénes somos, el problema del verdadero yo, el problema de la caracterización… La primera de estas posibilidades es por la que me voy a decantar, pues se trata de un problema que surge precisamente cuando nos hacemos esa pregunta a nosotros mismos: ¿Quiénes somos? Cuando nos hacemos esa pregunta, normalmente no estamos preguntándonos quién, entre una serie de personas, somos nosotros. Como si necesitásemos saber cuál es nuestro cuerpo, o dónde estamos en una foto. En general, sabemos muy bien quiénes somos en ese sentido. En su lugar, lo que queremos decir cuando nos preguntamos quiénes somos es qué es lo que, en el fondo, nos hace ser nosotros. Frente a los gustos o intereses que podemos compartir con otras personas, las modas pasajeras o las cosas que hacemos por compromiso, ¿cuáles de nuestras características son auténticamente nuestras? ¿Qué propiedades nos hacen ser la persona que realmente somos?

Normalmente, cuando los psicólogos hablan de identidad personal, hablan de algo que se podría asimilar a este problema. Los estudios literarios también suelen referirse al problema de quiénes somos cuando hablan de la identidad. Y popularmente, cuando decimos que alguien sufre una crisis de identidad, también solemos referirnos a algo que tiene que ver con este tema. Sin embargo, en la filosofía analítica, el problema de quiénes somos suele tratarse de una manera independiente al problema de la identidad personal. En este sentido, el principal motivo para hablar aquí de este problema es señalar el diferente tratamiento que se da a la identidad personal en distintos ámbitos, dificultando así la investigación interdisciplinar.

En cualquier caso, el problema de quiénes somos no es totalmente ajeno al tema de la identidad personal en filosofía, pues las teorías narrativas lo introducen en el debate. Así lo hace por ejemplo Taylor cuando señala que la identidad que nos preocupa cuando hablamos de la unión entre la identidad personal y las preocupaciones éticas asociadas a la misma es la identidad que se encuentra detrás de lo que llamamos una “crisis de identidad” (Taylor, 1996, pp. 43-44). Por su parte Ricoeur insiste en que la pregunta por lo que somos no puede responderse sin atender a la pregunta de quiénes somos (Ricoeur, 1996, p. 112). Y por último Schechtman critica otras teorías de la identidad personal por centrarse en lo que ella denomina el problema de la reidentificación (que podemos asimilar al problema de la persistencia), sin tener en cuenta que el núcleo del tema de la identidad personal se encuentra en el problema de la caracterización (Schechtman, 1996, pp. 1-3).

Las teorías narrativas se caracterizan por defender lo que Strawson denomina la “tesis psicológica de la Narratividad”, la cual establece que “uno ve, vive o experimenta su vida como una narración o una historia de algún tipo” (Strawson, 2013, p. 31). Bajo esta premisa, las respuestas que las teorías narrativas ofrecen al problema de quiénes somos varían en función de cómo caracterizan la narración mediante la que nos comprendemos. En este sentido, podemos distinguir entre la respuesta que ofrecen las teorías narrativas de corte hermenéutico, cuyos principales exponentes serían MacIntyre, Taylor y Ricoeur, y las teorías narrativas de corte analítico, lideradas por Dennett y Schechtman.

Las teorías narrativas de corte hermenéutico hacen hincapié en el hecho de que la narración de nuestra vida debe adquirir una forma determinada: debe ser la narración de la búsqueda de lo que es bueno para nosotros (MacIntyre, 2004, pp. 269-271). Cuando sufrimos una crisis de identidad lo que sucede es que la narración de nuestra vida no tiene una orientación adecuada, lo cual nos impide valorar qué opciones vitales son buenas o significativas para nosotros y cuáles son malas o triviales. Siguiendo esta manera de pensar, la respuesta a la pregunta de quiénes somos es que somos la persona cuya vida tiene una orientación moral específica (Taylor, 1996, p. 44).

Por su parte, las teorías narrativas de corte analítico no exigen una forma determinada a la narración de nuestra vida. Sin embargo señalan que normalmente las personas otorgan distinta importancia a los diversos elementos que se encuentran en su narración vital (Schechtman, 2019, pp. 48-49). Algunos de esos elementos los sentimos como propios de una manera especialmente fuerte, pues condicionan la cualidad de nuestras experiencias actuales. Pensemos por ejemplo en los traumas infantiles. Por el contrario, con respecto a otros elementos, los consideramos como meros accidentes, casi ajenos a nuestro ser. Es en este sentido que en ocasiones afirmamos que “éramos otra persona” cuando realizamos tal o cual acción. Podríamos decir que los primeros elementos son centrales para nuestra narración vital, mientras que los segundos son periféricos. Utilizando esta terminología, las teorías narrativas de corte analítico defienden que la pregunta por quiénes somos lo que inquiere es qué elementos de la narración de nuestra vida son centrales a la misma.

7. Uniendo las piezas: Las principales teorías de la identidad personal

Como decíamos al principio, los distintos problemas de la identidad personal se relacionan entre sí. Esto implica que una respuesta a uno de los problemas a menudo implica como mínimo una toma de posición respecto a uno o varios de los demás problemas. Para mostrarlo, me gustaría presentar brevemente la manera en que abordan los problemas que hemos visto las dos principales familias de teorías de la identidad personal que existen en la actualidad: las teorías neo-lockeanas y las teorías fisicalistas.

7.1. Las teorías neo-lockeanas

La teoría de la identidad personal ofrecida por John Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano es sin lugar a dudas la más influyente en la historia de la filosofía. Tanto, que hasta en esta entrada nos hemos visto obligados ya a señalar algunos de sus puntos más significativos, pues su teoría ha dado forma a gran parte del debate posterior. No es de extrañar entonces que la principal familia de teorías de la identidad personal que existe en la actualidad sea heredera directa de la teoría de Locke.

Las teorías neo-lockeanas aceptan a grandes rasgos la definición de “persona” que ofreció Locke (Baker, 2000; Parfit, 2004; Schechtman, 2014). Así, entienden que las personas son entidades caracterizadas por poseer auto-consciencia. Además, aceptan el esencialismo de las personas, de modo que consideran que una persona sólo puede existir mientras mantenga la condición de persona.

Dentro de las teorías neo-lockeanas existe una gran variedad de opiniones con respecto al problema de qué tipo de entidad metafísica somos, por lo que no se puede ofrecer ningún rasgo distintivo de las mismas. En cualquier caso, es importante señalar que el esencialismo de las personas no implica que las personas puedan existir de manera independiente a sus cuerpos. De hecho, la mayor parte de las teorías neo-lockeanas son materialistas en este sentido, y aceptan que las propiedades mentales que son propias de las personas supervienen sobre una serie de propiedades físicas. Siendo así, la mayor parte de las teorías neo-lockeanas rechazan el dualismo, por lo que consideran que en última instancia somos entidades físicas (S. Shoemaker, 1984).

Por el contrario, el esencialismo de las personas sí tiene implicaciones directas para el problema de la persistencia. Dado que las teorías neo-lockeanas consideran que somos esencialmente personas, se ven comprometidas a defender que nuestra persistencia a lo largo del tiempo depende de la continuidad de (al menos algunas de) nuestras propiedades mentales (Parfit, 2004; Ricoeur, 1996).

Finalmente, con respecto al problema de lo que importa, las teorías neo-lockeanas se caracterizan por heredar la intuición lockeana de que existe un fuerte vínculo entre la identidad personal y una serie de cuestiones éticas y prácticas como por ejemplo la responsabilidad moral (Parfit, 2004). De hecho, el principal argumento a favor de las teorías neo-lockeanas es precisamente que, en principio, parecen ser capaces de explicar ese vínculo intuitivo de una manera satisfactoria. Curiosamente, y por el mismo motivo, los principales argumentos en contra de las teorías neo-lockeanas tienen que ver con las dificultades que de hecho tienen estas teorías para explicar dicho vínculo intuitivo cuando tratan de articular sus propuestas de una manera más detallada (Schechtman, 1996).

Dentro de las teorías neo-lockeanas existen dos grupos bien diferenciados de teorías: las teorías de la continuidad psicológica y las teorías narrativas. Su principal diferencia reside en su concepción de los estados mentales. Las teorías de la continuidad psicológica suelen entender los estados mentales de una manera atomística y no jerárquica. Esto es, suelen considerar que los estados mentales son independientes unos de otros y que todos ellos tienen la misma importancia para nuestra existencia (Parfit, 2004; S. Shoemaker, 1984). Por su parte, las teorías narrativas suelen defender que los estados mentales son dependientes unos de otros y se organizan de una manera más o menos jerárquica. De este modo, algunos estados mentales juegan un papel mucho más importante que otros en nuestra existencia, pues tienen una posición toral en la manera en que comprendemos otros de nuestros estados mentales y, en última instancia, a nosotros mismos (Ricoeur, 1996; Schechtman, 1996).

Esta manera distinta en que las teorías de la continuidad psicológica y las teorías narrativas conciben los estados mentales tiene repercusiones sobre como desarrollan sus respuestas a los distintos problemas de la identidad personal. En cualquier caso, la principal repercusión tiene que ver con el problema de quiénes somos. Mientras que las teorías de la continuidad psicológica consideran que el problema de quiénes somos no tiene ninguna relación con la identidad personal, las teorías narrativas consideran que es fundamental incluirlo en la discusión, pues de otro modo se estaría ignorando la manera subjetiva en que nos experimentamos a nosotros mismos. 

7.2. Las teorías fisicalistas

Existen dos grandes grupos de teorías fisicalistas de la identidad personal: las teorías de la continuidad corporal y las teorías animalistas. Las teorías de la continuidad corporal tuvieron una cierta relevancia en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, en la actualidad, las teorías animalistas prácticamente copan todo el espectro de las teorías fisicalistas de la identidad personal. La relación entre ambos tipos de teorías está poco clara. Ambas defienden que la identidad personal depende de hechos físicos no mentales. Sin embargo, parecen distinguirse en muchos aspectos (Olson, 1997, pp. 42-153).

Empezando con los problemas de la condición de persona y de lo que somos esencialmente, las teorías animalistas aceptan la definición de “persona” de Locke. Sin embargo, rechazan el esencialismo de las personas. La tesis central del animalismo es que somos esencialmente animales, miembros de la especie homo sapiens (Olson, 2007, pp. 27-29; Snowdon, 2014, p. 7). Por su parte, las teorías de la continuidad corporal suelen aceptar que somos esencialmente personas, por lo que en este punto se parecen a las teorías neo-lockeanas. Sin embargo, modifican la definición de persona de Locke, pues para ellos ser una persona no sólo consiste en ser autoconsciente, sino que también implica necesariamente tener un cuerpo (Williams, 1957). 

Consecuentemente con su postura respecto al problema de lo que somos esencialmente, los animalistas enfrentan el problema de qué tipo de entidad metafísica somos defendiendo que somos organismos biológicos. Las teorías de la continuidad corporal, por su parte, defienden que somos nuestro cuerpo. No está claro si los teóricos de la continuidad corporal aceptarían también que somos animales o no.

Los animalistas tienen también una postura muy clara con respecto al problema de la persistencia: nuestras condiciones de persistencia a lo largo del tiempo son las mismas que las de cualquier otro animal (Olson, 2007, pp. 39-44). Esto es, nuestra persistencia depende de la existencia continua de un mismo organismo biológico que se desarrolla a lo largo del tiempo siguiendo unos patrones más o menos establecidos: empezamos siendo fetos, después nos convertimos en bebés, niños, adolescentes, adultos, ancianos y, finalmente, morimos. Los teóricos de la continuidad corporal, por su parte, tienen una postura menos clara. Al defender que somos esencialmente personas, pero que metafísicamente somos nuestro cuerpo, parecen comprometidos a aceptar que nuestra persistencia a lo largo del tiempo depende de aquella parte de nuestro cuerpo que es necesaria para nuestra existencia en tanto personas: nuestro cerebro (Parfit, 2004, pp. 486-487). Esta postura de nuevo acerca a los teóricos de la continuidad corporal a las teorías neo-lockeanas.

Las teorías fisicalistas no tienen ningún interés en el problema del verdadero yo, por lo que podemos terminar señalando su postura con respecto al problema de lo que importa. En primer lugar, las teorías animalistas rechazan que haya ninguna relación entre la identidad personal y lo que importa (Olson, 2007, pp. 44-47). Sin duda, nuestra existencia como personas tiene una cierta importancia ética y práctica. Sin embargo, nuestra identidad no depende de nuestra existencia como personas, sino de nuestra existencia como aquello que somos esencial y metafísicamente: animales. De este modo, las teorías animalistas rechazan que exista ninguna conexión entre las cuestiones metafísicas relativas a la identidad y las cuestiones éticas relativas a lo que importa. 

Por su parte, las teorías de la continuidad corporal intentan mantener la intuición lockeana de que existe un vínculo entre la identidad personal y lo que importa (Williams, 1970). De nuevo, esta creencia aumenta las similitudes entre las teorías de la continuidad corporal y las teorías neo-lockeanas, de modo que este parecido entre ambas familias de teorías se convierte en uno de los principales puntos débiles de las teorías de la continuidad corporal: las intuiciones derivadas de la teoría de Locke se defienden de una manera mucho más consistente desde una postura neo-lockeana que desde una postura fisicalista. Quizá éste sea el motivo por el que las teorías de la continuidad corporal nunca han gozado de mucha aceptación.

8. Conclusiones

Como podemos ver, el tema de la identidad personal es complejo. Incluye una serie de problemas que pertenecen a distintos ámbitos pero que se relacionan entre sí de maneras múltiples. A menudo, dar una respuesta a uno de los problemas implica tomar una postura también con respecto a otros. Siendo así, es fácil comprender por qué es preferible darles una unidad y tratarlos como un todo.

 

Alfonso Muñoz Corcuera
(Universidad Complutense de Madrid)

 

Referencias

  • Baker, L. R. (2000): Persons and Bodies: A Constitution View, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Dennett, D. C. (1989): “Condiciones de la cualidad de persona”, Cuadernos de crítica, 45, México, Universidad Nacional Autónoma de México.
  • — — — (2013): “El Yo como centro de gravedad narrativa”, Logos: Anales del seminario de metafísica, 46, pp. 11-25.
  • Descartes, R. (2006): Discurso del método, Madrid, Tecnos.
  • Hume, D. (2005): Tratado de la naturaleza humana, Madrid, Tecnos.
  • Lewis, D. K. (1984): “Supervivencia e identidad”, Cuadernos de crítica, 27, México, Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Locke, J. (1982): Ensayo sobre el entendimiento humano, México, Fondo de Cultura Económica.
  • MacIntyre, A. (2004): Tras la virtud, Barcelona, Crítica.
  • Olson, E. T. (1997): The Human Animal: Personal Identity Without Psychology, Oxford, Oxford University Press.
  • — — — (2007): What are We? A Study in Personal Ontology, New York, Oxford University Press.
  • Parfit, D. (2004): Razones y personas, Boadilla del Monte, Madrid, A. Machado Libros.
  • — — — (2012): “We Are Not Human Beings”, Philosophy, 87(1), pp. 5-28.
  • Ricoeur, P. (1996): Sí mismo como otro, Madrid, Siglo XXI.
  • Schechtman, M. (1996): The Constitution of Selves, Ithaca, NY, Cornell University Press.
  • — — — (2014): Staying Alive: Personal Identity, Practical Concerns, and the Unity of a Life, Oxford, Oxford University Press.
  • — — — (2019): “Historias, vidas y supervivencia básica: Una mejora y defensa de la perspectiva narrativa”: Cuadernos de crítica, 60, México, Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Shoemaker, D. (2008): Personal identity and ethics: A brief introduction, Peterborough, ON, Broadview Press.
  • Shoemaker, S. (1984): “Personal Identity: A Materialist’s Account”, en Swinburne, R. y S. Shoemaker, Personal Identity, Oxford, Basil Blackwell, pp. 67-132.
  • Smith, J. (2017): “Self-Consciousness”, en Stanford Encyclopedia of Philosophy, E. N. Zalta, ed., disponible en <https://plato.stanford.edu/archives/fall2017/entries/self-consciousness/> [Fall 2017 Edition].
  • Snowdon, P. (2014): Persons, Animals, Ourselves, Oxford, Oxford University Press.
  • Strawson, G. (2013): “Contra la Narratividad”, Cuadernos de crítica, 56,México, Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Swinburne, R. (1984): “Personal Identity: The Dualist Theory”, en Swinburne, R. y S. Shoemaker, Personal Identity,Oxford, Basil Blackwell: 1-66.
  • Talbert, M. (2019): “Moral Responsibility”, en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, E. N. Zalta, ed., disponible en <https://plato.stanford.edu/archives/win2019/entries/moral-responsibility/> [Winter 2019 Edition].
  • Taylor, C. (1996): Fuentes del yo: La construcción de la identidad moderna, Barcelona, Paidós.
  • Unger, P. (1979): “I do not exist”, en G. F. MacDonald, ed., Perception and Identity, London, Macmillan, pp. 235-251.
  • van Inwagen, P. (1990): Material Beings, Ithaca, NY, Cornell University Press.
  • Williams, B. (1957): “Personal Identity and Individuation”, Proceedings of the Aristotelian Society, 57, pp. 229-252.
  • — — —(1970): The Self and the Future, The Philosophical Review, 79(2), pp. 161-180.

Recursos en línea

Cómo citar esta entrada

Muñoz Corcuera, Alfonso (2020) «Identidad personal», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/identidad-personal/).

 

Conceptos fenoménicos

Llamamos “conocimiento fenoménico” al conocimiento de nuestras experiencias conscientes: al saber cómo es tener una determinada experiencia. Los conceptos fenoménicos son aquellos asociados a este conocimiento y refieren, de modo introspectivo y directo, a las propiedades fenoménicas de nuestras experiencias. El papel que juegan estos conceptos es esencial en la filosofía de la mente contemporánea en la medida que muchos de sus defensores creen que una explicación adecuada de su naturaleza nos permitirá disipar un sinfín de rompecabezas epistemológicos (sobre la relación de los individuos con sus estados fenoménicos) y metafísicos (que giran en torno a la naturaleza de la consciencia). Estos problemas son dos caras de la misma moneda y una respuesta a uno conlleva, necesariamente, implicaciones para el otro.

Mi objetivo en este artículo es ofrecer una introducción al papel que desempeñan los conceptos fenoménicos en el debate metafísico en torno a la naturaleza de la consciencia. En especial, esta exposición se centra en la Estrategia de los Conceptos Fenoménicos, una de las respuestas fisicistas a los argumentos dualistas cuya conclusión es que no es posible acomodar una explicación de la consciencia en un marco fisicista. Para ello, en §1 describo la tesis central del fisicismo y presento uno de los más célebres argumentos en su contra: el argumento del conocimiento. Enseguida, en §2 expongo qué son los conceptos fenoménicos y en qué difieren de otro tipo de conceptos, en §3 explico el modus operandi de la Estrategia de los Conceptos Fenoménicos en respuesta a los retos dualistas señalados en §1, y en §4 menciono algunas de las objeciones más frecuentes en contra de esta estrategia. Finalmente, en §5 hago una síntesis de los puntos esenciales discutidos en este artículo.

1. El fisicismo y el argumento del conocimiento

El fisicismo es la tesis según la cual la ontología básica del mundo es física. De ello se sigue que no hay verdades sobre la consciencia más allá de las verdades de la física. De acuerdo con el fisicismo, nuestros estados mentales conscientes no son nada más que estados o procesos físicos o funcionales: mi creencia de que está lloviendo afuera ahora mismo, el dolor de muelas que sufrí anoche y el miedo que he tenido esta mañana al ver un perro callejero corriendo agresivamente hacia mí no son nada más que procesos ocurriendo en mi cerebro. 

A pesar de la aparente sencillez de la definición que acabo de presentar, es importante dejar claro que el fisicismo es una tesis compleja que está lejos de agotarse en una sola formulación. De hecho, algunas de las formulaciones del fisicismo se basan en nociones muy distintas entre sí, como la realización (los estados mentales son realizados por los estados físicos [Putnam 1975]), la sobreveniencia (los estados mentales son sobrevenientes sobre los estados físicos [Davidson, 1970]), la emergencia (los estados mentales emergen de los estados físicos [Searle, 1984, 1992, 1997]) o incluso, en una versión más extrema y quizás más problemática, la noción de identidad (los estados mentales son idénticos a los estados físicos [Smart, 1959; Place, 1956]). Teniendo en cuenta que, debido a limitaciones de espacio, en este artículo no podré dar cuenta de las diferencias entre cada una de estas formulaciones, tomaré la tesis da la identidad como ejemplo. Asumiré, por tanto, que los estados mentales son idénticos a los estados físicos, aunque el argumento que expongo en §3 deberá aplicarse a cualquier formulación de la tesis fisicista.

A simple vista, el fisicismo contradice nuestras intuiciones preteóricas con respecto a nuestra vida mental. ¿Cómo puede la riqueza de nuestras experiencias más íntimas no ser nada más que procesos físicos ocurriendo en nuestros cerebros? Esta es la pregunta que subyace al problema difícil de la consciencia [the hard problem of consciousness (Chalmers, 1996)]—el problema mente-cuerpo—que sigue protagonizando, a día de hoy, innúmeros debates entre fisicistas y dualistas. Si bien las intuiciones per se no equivalen a argumentos, una teoría que defiende la identidad entre los estados mentales y los estados físicos debe explicar por qué motivo nuestro sentido común respalda la intuición contraria. 

Ahora bien, el problema mente-cuerpo no se apoya únicamente en intuiciones. Se han propuesto diversos argumentos epistémicos y modales a fin de demostrar que los estados mentales no son idénticos a los estados físicos y, por ende, que el fisicismo es o bien incoherente, o bien falso. Por una parte, se dice de los primeros que son epistémicos porque establecen un hiato epistemológico—no se puede deducir a priori, de los conceptos y el conocimiento físicos, los conceptos y el conocimiento fenoménicos—y de ahí infieren que ese hiato epistemológico representa un hiato metafísico: los estados fenoménicos no son idénticos a los estados físicos. El último paso de este conjunto de argumentos es inferir, del hiato metafísico, la falsedad del fisicismo (p.ej., Jackson, 1982, 1986; Levine, 1983). Por otra parte, se dice del otro grupo de argumentos contra el fisicismo que es modal porque mantiene que ninguna cantidad de información física sobre cualquier individuo implica lógicamente que ese individuo tenga consciencia. Quienes argumentan así sostienen que hay un mundo posible con individuos físicamente o funcionalmente idénticos a nosotros, pero que difieren profundamente de nosotros en que no tienen vida mental consciente. En consecuencia, asumiendo que todo lo que es concebible es metafísicamente posible, argumentan que si estos individuos son idénticos a nosotros en todos sus aspectos físicos o funcionales y aún así nosotros tenemos algo adicional que ellos no tienen—vida mental consciente—, entonces el fisicismo es falso (p.ej., Chalmers, 1996; Kripke, 1980).

Veamos un célebre argumento del primer grupo—el argumento del conocimiento (Jackson, 1982, 1986)—que nos ayudará a comprender más fácilmente el papel de los conceptos fenoménicos en el debate en torno al problema mente-cuerpo. 

El argumento del conocimiento: Mary está confinada en una habitación blanca y negra desde su nacimiento. Dentro de esa habitación, educan a Mary mediante libros y una pantalla, ambos en blanco y negro, y aprende todo lo que hay que saber sobre la naturaleza física del mundo: conoce todos los hechos físicos sobre los humanos y sobre su entorno, y adquiere un conocimiento exhaustivo sobre la neurofisiología de la visión, en especial de la visión cromática. ¿Qué sucede cuándo Mary sale de su habitación y ve por primera vez los colores? ¿Adquiere algún conocimiento nuevo? Si el fisicismo es verdadero, la respuesta ha de ser negativa, puesto que Mary poseía un conocimiento físico exhaustivo antes de ser liberada; creer lo contrario equivale a suponer que hay más por conocer a parte de todos los hechos físicos. Esto es justamente lo que afirman los defensores del argumento del conocimiento. Según su punto de vista, al ver por primera vez los colores Mary adquiere conocimiento de nuevos hechos. Ergo, bajo esta interpretación, el fisicismo es falso.

Uno de los argumentos aducidos por el fisicismo en respuesta al argumento del conocimiento y a otros argumentos que apuntan hacia la misma conclusión busca mostrar que sus defensores no tienen en cuenta la importante distinción entre, por una parte, los conceptos fenoménicos y, por otra, los conceptos físicos. Esta respuesta fisicista ha sido denominada Estrategia de los Conceptos Fenoménicos (de ahora en adelante, ECF). Antes de explicar cómo opera esta estrategia, es imprescindible primero saber qué es un concepto fenoménico y en qué sentido se supone que difiere de otro tipo de conceptos. El apartado siguiente se ocupa de la respuesta a estas dos preguntas.

2. ¿Qué son los conceptos fenoménicos?

Los conceptos fenoménicos son aquellos conceptos que usamos en primera persona, de modo introspectivo y directo, cuando—aunque no solamente cuando—atendemos a nuestros qualia, es decir, las cualidades o propiedades fenoménicas de nuestras experiencias. Se supone, además, que están estrechamente asociados al conocimiento fenoménico que poseemos de ellos, es decir, el tipo de conocimiento que nos permite saber cómo es tener una determinada experiencia. Al haber tenido anoche, por primera vez, un terrible dolor de muelas adquirí no solo el concepto fenoménico DOLOR que refiere directamente a la propiedad de mi experiencia—en este caso, el dolor—, sino que también adquirí conocimiento fenoménico de ese tipo de experiencia: el dolor. (Usaré MAYÚSCULAS para nombrar conceptos y negrita para referirme a las propiedades de la experiencia; en los casos en los que no uso ninguna notación en particular, estoy simplemente empleando palabras que expresan o bien conceptos, o bien experiencias o sus propiedades.)

Pensar en el carácter fenoménico de nuestras experiencias de modo introspectivo y directo es muy distinto a pensar en el mismo fenómeno, digamos, en términos de procesos cerebrales. Pongamos por caso que un neurofisiólogo, pese a sufrir de una enfermedad que le incapacita para sentir dolor, llega a descubrir, tan solo en virtud de sus conocimientos teóricos y de mi conducta, que sufro un dolor punzante en la muela del juicio. El neurofisiólogo será capaz de decirme, “Tú sufres un dolor punzante en tu muela del juicio”, por lo que podría decirse que posee el concepto asociado a experiencias de dolor. Sin embargo, su concepto sería más bien un concepto teórico o físico y no un concepto fenoménico (llamémosle Dolor[FÍSICO] a este concepto), mientras que el concepto que yo poseo de mi experiencia es un concepto fenoménico (llamémosle Dolor[FENOMÉNICO]).  En resumen, el neurofisiólogo y yo tenemos cada uno un concepto diferente, Dolor[FÍSICO] y Dolor[FENOMÉNICO], que refieren al dolor de mi experiencia. Ambos conceptos son, por tanto, correferenciales.

Al involucrar esta relación directa con nuestros estados fenoménicos, se supone que los conceptos fenoménicos pueden explicar el conocimiento íntimo y privilegiado de un individuo sobre sus propios estados fenoménicos. En última instancia, este es uno de los rasgos que los distingue de los conceptos físicos como SILLÓN o SATURNO. El concepto fenoménico ROJO, por ejemplo, no es el concepto que usamos para referir a objetos rojos, ni tampoco es el concepto perceptivo que adquirimos al observar objetos de este color. Más bien, es el concepto que refiere al carácter específico de la experiencia de la rojez, es decir, al quale de una clase de experiencias que, en condiciones óptimas, resultan de la exposición al color rojo. De hecho, muchos filósofos—incluso dualistas—han recurrido a estos conceptos a fin de explicar algunos rompecabezas epistemológicos en torno a la relación de los individuos con su vida mental, tales como (i) el contacto directo que estos tienen con sus estados fenoménicos (al aplicar un concepto fenoménico se supone que el individuo está en contacto directo con sus estados fenoménicos, así que una caracterización adecuada de la naturaleza de estos conceptos debe explicar en qué consiste esta relación epistémica especial entre los individuos y sus qualia); (ii) la asimetría epistémica (la presunción según la cual cada individuo tiene un acceso privilegiado, en primera persona, a su vida mental que no es accesible desde una perspectiva de tercera persona); (iii) y la infalibilidad/ incorregibilidad de ciertos juicios de un individuo sobre sus propios estados fenoménicos (por ejemplo, el juicio que uno expresaría naturalmente diciendo “Estoy teniendo este tipo de experiencia ahora mismo”). Por cuestiones de espacio, en este artículo no voy a analizar los méritos de estas explicaciones (para un examen de estos puntos, véase p.ej., Balog, 2009, 2012b). Mi objetivo aquí se enfoca en la otra cara del debate, aquella que se centra en la función de los conceptos fenoménicos en las discusiones acerca del estatus metafísico de la consciencia.

En las últimas décadas se han formulado diferentes caracterizaciones de la naturaleza de los conceptos fenoménicos que buscan responder a variadas cuestiones, entre ellas: ¿Cómo refieren los conceptos fenoménicos? ¿Cuáles son sus condiciones de adquisición/posesión? ¿Qué es lo que distingue los conceptos fenoménicos de los conceptos físicos? De modo esquemático, podemos dividirlas en dos grupos. Tenemos pues, por una parte, las que consideran el hecho de que los conceptos fenoménicos refieren directamente a los estados fenoménicos como el rasgo peculiar que permite distinguirlos de otro tipo de conceptos y, por otra, las que defienden que los conceptos fenoménicos son, al menos en parte, constituidos por un caso particular del tipo de experiencia a la que refieren, tomando así la idea de constitucióncomo su rasgo especial. Del primer grupo forman parte, por ejemplo, las caracterizaciones de conceptos fenoménicos como conceptos de reconocimiento o conceptos deícticos y, del segundo grupo, las caracterizaciones de conceptos fenoménicos como conceptos citacionales o conceptos que, al menos en parte, están constituidos por la experiencia a la que refieren.

A continuación, expondré algunas de las caracterizaciones de conceptos fenoménicos que han recibido más atención en la literatura filosófica.

Conceptos de reconocimiento: son conceptos demostrativos-tipo que tienen la forma <X ES UNA EXPERIENCIA DE ESE TIPO> donde X es una experiencia actual y ese expresa un concepto fenoménico que refiere a una propiedad fenoménica de la que X es caso particular. Según esta caracterización, la referencia de los conceptos fenoménicos está determinada por las habilidades de los individuos de reconocer una experiencia como perteneciendo a un determinado tipo sin recurrir a información o conocimiento teórico. Loar (1990/1997), Carruthers (2004) y Levin (2007) han sugerido versiones de esta caracterización. 

Conceptos deícticos: son conceptos análogos a los conceptos como ESTO, AQUÍ y AHORA. Bajo esta caracterización, el uso de los conceptos fenoménicos es similar a un gesto ostensivo interno y tienen la forma <ESTE TIPO DE EXPERIENCIA>, lo cual involucra una conexión a priori con el concepto de primera persona: al expresar que estoy teniendo <ESTA EXPERIENCIA>, sé a priori que estoy teniendo esta experiencia. Algunos defensores de los conceptos fenoménicos como conceptos deícticos son, por ejemplo, Ismael (1999), O’Dea (2002), Perry (2001) y Shröer (2010).

Conceptos constitucionales/citacionales: son conceptos constituidos, al menos en parte, por un caso particular del tipo de experiencia a la que refieren. Según esta caracterización, el concepto fenoménico DOLOR refiere a un tipode experiencia—la experiencia de dolor—y es en parte constituido por un caso particular de ese tipo de experiencia. Papineau (2002, 2007), Block (2007), Balog (2012a,b) han formulado versiones diferentes de esta caracterización. Del mismo modo, algunos dualistas, entre ellos Chalmers (2003) y Fürst (2014), también han defendido que los conceptos fenoménicos son en parte constituidos por la experiencia a la que refieren.

Otras caracterizaciones: A parte de las caracterizaciones mencionadas, algunos filósofos han defendido que los conceptos fenoménicos son conceptos condicionales, es decir, que refieren a estados no-físicos si estos estados existen y, si no existen, refieren a estados físicos (p.ej., Hawthorne, 2002; Braddon-Mitchell, 2003). A su vez, otros han argumentado que lo que distingue los conceptos fenoménicos de los conceptos físicos son las condiciones que justifican su aplicación (p.ej., Hill, 1997; Hill & McLaughlin, 1997). Una alternativa diferente inspirada en el enfoque teórico-informacional de Dretske y que relaciona los conceptos fenoménicos con los conceptos sensoriales ha sido también desarrollada por Aydede & Güzeldere (2005).

Cada una de las caracterizaciones anteriores responde de manera distinta a las cuestiones sobre cómo refieren estos conceptos, cómo explican la relación epistémica de un individuo con sus estados fenoménicos y por qué motivo las conclusiones ontológicas de los argumentos dualistas no son correctas. No obstante, dejando de lado las pequeñas diferencias, podemos aislar dos rasgos de los conceptos fenoménicos compartidos por la gran mayoría de estas caracterizaciones:

  • Dependencia de la experiencia: se supone que los conceptos fenoménicos son perspectivistas, es decir, que requieren la perspectiva del individuo sobre el carácter fenoménico de sus propias experiencias. Esto implica que para poseer un concepto fenoménico P el individuo necesita haber tenido la experiencia relevante para P. Puesto que los conceptos físicos no ofrecen la perspectiva de primera persona sobre las propiedades de la experiencia, su posesión no permite explicar cómo es para un individuo tener una determinada experiencia.
  • Aislamiento conceptual: se piensa que los conceptos fenoménicos están conceptualmente aislados de los conceptos físicos, así que no es posible inferirlos a priori a partir de los últimos. Esto significa que no debemos esperar una explicación de la consciencia fenoménica a partir de información proveniente de la física, por muy exhaustiva que sea.

La ECF se apoya en estos dos rasgos para responder a los retos dualistas mencionados en el apartado anterior. A continuación, veremos en qué consiste esta estrategia, cómo responde a estos argumentos y sus ventajas frente a otras estrategias fisicistas. En §4 mencionaré algunas de las objeciones más frecuentes a la ECF.


3. La estrategia de los conceptos fenoménicos

La ECF consiste en un intento teórico que recurre a la diferente naturaleza de los conceptos fenoménicos y físicos a fin de argumentar que la existencia del hiato epistémico señalado por muchos filósofos es consistente con la verdad del fisicismo. Usando las palabras de Sundström (2011), se trata de una estrategia defensiva, puesto que opera bajo la convicción de que tenemos buenas razones para aceptar el fisicismo buscando rebatir los argumentos que lo rechazan. Su objetivo no es proveer una defensa del fisicismo por encima de otras tesis metafísicas, sino más bien demostrar que hay una explicación de la consciencia fenoménica compatible con el fisicismo.

Muchos filósofos, entre ellos Nagel (1974) y Jackson (1982, 1986), han reconocido la importancia de los conceptos fenoménicos para el debate en torno al problema mente-cuerpo. Sin embargo, el primer intento de formular una explicación de estos conceptos y usarla como respuesta a los argumentos dualistas se debe a Loar, quien en el artículo “Phenomenal States” (1990, 1997) sugiere que el problema mente-cuerpo no tiene necesariamente repercusiones metafísicas, pudiendo ser entendido como una consecuencia de nuestra forma especial de concebir, en primera persona, nuestros estados conscientes: un mismo estado mental puede ser concebido de modo físico, empleando conceptos físicos, y de modo fenoménico, empleando conceptos fenoménicos. A juicio de Loar, esta diferencia conceptual no representa un cambio en la referencia de ambos conceptos, sino dos formas distintas de concebir una misma entidad. La idea central de la ECF es justamente la de que aceptar un dualismo conceptual no involucra rechazar un monismo ontológico. En definitiva, el filósofo dualista falla en su análisis al no tener en cuenta la diferente naturaleza de estos dos tipos deconceptos, de ahí que sus argumentos no conllevan necesariamente un rechazo del fisicismo.

Teniendo en cuenta el dualismo conceptual que está en la base de la ECF y los dos rasgos de los conceptos fenoménicos mencionados anteriormente—la dependencia de la experiencia y el aislamiento conceptual—, veamos en qué consiste la respuesta fisicista al argumento del conocimiento aludido en §1.

En su respuesta al argumento del conocimiento, el defensor de la ECF mantiene que Mary experimenta un progreso epistémico al ver por primera el color rojo, puesto que este conocimiento no podría ser derivado a priori del conocimiento físico exhaustivo que poseía dentro de su habitación blanca y negra. Este conocimiento fenoménico que adquiere nada más salir de la habitación y que le permite saber cómo es ver rojo requiere una perspectiva singular del propio individuo sobre la rojez de la experiencia, por lo que solo es posible adquirirlo a posteriori, es decir, tras haber tenido la experiencia de la rojez. No obstante, según el fisicista, Mary no adquiere conocimiento de nuevos hechos o entidades al ver por primera vez rojo; más bien, adquiere un nuevo concepto—el concepto fenoménico Rojo­—que le permite tener nuevos pensamientos sobre los mismos hechos en los cuales pensaba dentro de su habitación empleando únicamente conceptos físicos. Asimismo, la situación post-liberación de Mary es la de quien posee dos conceptos que refieren a una mismaentidad. Esto, argumentan los defensores de la ECF, es compatible con el fisicismo.

Ahora bien, en el primer párrafo he dicho que la ECF es una estrategia defensiva por contraste con otras estrategias fisicistas. Diré un poco más sobre esto, dado que nos ayudará a ver su atractivo frente a otras estrategias análogas.

La ECF es defendida por un grupo de filósofos llamados fisicistas a posteriori o de tipo-B, usando la expresión de Chalmers (1996). Estos están de acuerdo con el dualista al mantener que los enunciados de identidad psicofísica, como “dolor = estado cerebral p”, son excepcionales en contraste con los enunciados de identidad teórica, como “agua = H2O”, porque involucran conceptos de tipo diferente: conceptos fenoménicos y conceptos físicos. Debido a esta diferencia conceptual resulta que no se puede conocer a priori, a través del análisis conceptual de los conceptos involucrados, los enunciados psicofísicos, al contrario de lo que sucede con los enunciados físicos. Con esto se quiere decir que el conocimiento de los enunciados psicofísicos depende de investigaciones empíricas (p.ej., Papineau, 2002, 2007; Block, 2007; Loar, 1990,1997; Balog, 2012a,b). Es más, al igual que los dualistas, estos fisicistas se oponen al llamado fisicismo a priori o de tipo-A que niega el carácter excepcional de los enunciados de identidad psicofísica (p.ej., Dennett, 1991; Jackson, 1995, 1998; Dretske, 1995; Lewis, 1990). Según este fisicismo no-excepcionalista, no hay nada de especial en los enunciados psicofísicos que nos impida conocerlos a priori. Al contrario del fisicista a posteriori, el fisicista a prioriadopta una estrategia deflacionaria al responder a los argumentos dualistas, puesto que no recurre a conceptos fenoménicos. En su respuesta al argumento del conocimiento, el fisicista a priori mantiene que al ser liberada de la habitación blanca y negra Mary no adquiere nuevo conocimiento proposicional—es decir, no adquiere nuevos conceptos—, sino solamente nuevas habilidades (p.ej., Lewis, 1983, 1988; Nemirow, 1980, 1990, 2007).

A estas dos estrategias podemos añadir otra defendida por un grupo de filósofos comúnmente llamados “misteriosistas” [mysterians] (p.ej., McGinn, 1989). Estos comparten la intuición de que los enunciados psicofísicos son excepcionales en contraste con los enunciados físicos, pero sostienen que, debido a nuestras limitaciones cognitivas, nuestros conceptos y teorías actuales fallan en captar adecuadamente esta excepcionalidad. Esta limitación cognitiva es lo que, en última instancia, explica el carácter elusivo de la consciencia.

Podemos ver que los fisicistas a posteriori y los misteriosistas hacen hincapié en la excepcionalidad de los enunciados de identidad psicofísica también compartido por los dualistas. La diferencia entre ambos estriba en que mientras el misteriosistas cree que hay una teoría capaz de explicar la necesidad y la transparencia de las identidades psicofísicas, como “dolor = estado cerebral p”, de modo similar a las identidades teóricas, como “agua = H2O”—aunque mantiene que nuestras capacidades cognitivas son demasiado limitadas para que podamos llegar a conocerla—, el fisicista a posteriori rechaza tajantemente la creencia en una presunta teoría que explique la identidad de enunciados del primer tipo. En cambio, apoyándose en la naturaleza distinta de los conceptos físicos y fenoménicos que hemos visto arriba, el argumento del fisicista a posteriori es que no debemos esperar encontrar una teoría que explique a priori enunciados de identidad psicofísica del mismo modo que encontramos una teoría que explica a priori enunciados de identidad teórica, justamente porque los enunciados del primer tipo, al contrario de los enunciados teóricos, involucran conceptos de naturaleza muy distinta. Es esa naturaleza distinta que impide que se pueda inferir, a partir de los conceptos físicos, los conceptos fenoménicos.

A mi juicio, la ECF es más atractiva que las demás estrategias fisicistas por los siguientes motivos. Por una parte, respeta nuestras intuiciones preteóricas de que la riqueza de nuestra fenomenología no se captura con una explicación exhaustiva del funcionamiento del cerebro. Por consiguiente, esta estrategia elude las criticas frecuentes al fisicismo a priori de que no toma en serio el problema difícil de la consciencia e intenta eliminar el problema en lugar de explicarlo. Por otra parte, al sugerir que podemos explicar por qué motivo hay un problema difícil de la consciencia recurriendo a la diferente naturaleza de los conceptos involucrados en los enunciados de identidad psicofísica, esta estrategia elude igualmente las objeciones usuales al misteriosismo que sostienen que la complejidad del problema difícil de la consciencia no implica que este sea intratable a causa de nuestras limitaciones cognitivas. Es más, es conveniente recordar que la motivación de la ECF no es argumentar en favor de una metafísica fisicista por encima de otras tesis metafísicas. Más bien, lo que sus defensores buscan es demostrar que los estados fenoménicos pueden ser idénticos a los estados físicos, aunque su conexión no se pueda conocer a priori y, por ende, que una explicación de la consciencia es compatiblecon el fisicismo. Al alcanzar esta explicación, el fisicista habrá hecho todo lo que tenía que hacer para defender el fisicismo.

No todos los filósofos se han dejado convencer del éxito de la ECF. En los últimos años, la ECF ha enfrentado duras objeciones provenientes tanto de fisicistas como de dualistas. Antes de terminar este artículo, mencionaré en el siguiente apartado algunas de las más importantes.

4. Críticas a la estrategia de los conceptos fenoménicos

4.1.  Dependencia de la experiencia y aislamiento conceptual

Pongamos por caso que, a causa de la radiación cósmica, una réplica molecularmente idéntica a mí misma surge ahora mismo de la nada y es inmediatamente aprisionada en una habitación blanca y negra sin acceso a experiencias de color. ¿Posee mi réplica el concepto fenoménico ROJO? Aunque mi réplica nunca ha tenido tales experiencias, nuestra intuición parece decirnos que posee el concepto fenoménico ROJO puesto que yo poseía ese mismo concepto en el exacto momento en que ella súbitamente surgió a partir de mi. 

Dennett (2007) formuló un experimento mental parecido a fin de argumentar que, si nuestra intuición no falla, tendremos que aceptar la conclusión de que es posible para un individuo llegar a poseer un concepto fenoménico sin jamás haber tenido la experiencia relevante. En la misma línea, Tye (2000, p. 27) sugirió que los conceptos fenoménicos podrían ser implementados en los cerebros de los individuos por medio de la neurocirugía o como fruto de un milagro. Otros filósofos han planteado argumentos distintos basados en el externismo semántico que ponen en duda la tesis de la necesidad de la experiencia para la posesión de los conceptos fenoménicos. Ball (2009) y Tye (2009), por ejemplo, han aplicado los célebres argumentos de Burge (1979) en favor del externismo social a los conceptos fenoménicos y, en consecuencia, han defendido que los conceptos fenoménicos, al igual que muchos de nuestros conceptos comunes, son deferenciales. Dicho de modo muy sencillo, esto quiere decir que un individuo puede adquirir un dado concepto fenoménico P únicamente en virtud del intercambio lingüístico con otros hablantes sin haber tenido la experiencia relevante para P. En otras palabras, el individuo puede, por ejemplo, adquirir el concepto fenoménico Dolor tan solo en virtud del intercambio lingüístico con otros hablantes sin nunca haber tenido la experiencia de dolor. Estos escenarios ponen en jaque la tesis de la necesidad de la experiencia para la posesión de los conceptos fenoménicos.

Imaginemos ahora que un individuo se expone a un amplio rango de diferentes matices de azul, de modo que adquiere los conceptos fenoménicos correspondientes a cada uno de estos matices. No parece descabellado creer que ese individuo es capaz de inferir un concepto fenoménico de un matiz intermedio de azul a partir de otros matices más oscuros y más claros que haya observado previamente, aunque no haya tenido la experiencia visual de ese matiz en particular. Esta posibilidad fue planteada por David Hume en sus Tratado de la Naturaleza Humana y Investigación sobre el Conocimiento Humano y, a simple vista, nos invita a dudar de la necesidad de la experiencia para la posesión de los conceptos fenoménicos.

No obstante, hay que prestar atención al hecho de que el escenario planteado por Hume difiere de los anteriores, pues lo único que asume es que un individuo puede inferir nuevos conceptos fenoménicos a partir de otros conceptos fenoménicos que posee de antemano. Los últimos, a su vez, son adquiridos gracias a la experiencia, así que este escenario por sí mismo no representa una amenaza estricta a la tesis de la necesidad de la experiencia para la posesión de los conceptos fenoménicos.

En cualquier caso, podemos concluir que la tesis de la dependencia de la experiencia es un punto problemático de la ECF. Si una defensa del fisicismo depende realmente de esta tesis, no cabe duda de que necesitamos con urgencia una formulación más precisa del criterio de adquisición y posesión de los conceptos fenoménicos. De hecho, esto es así independientemente de si nos convencen o no los argumentos que he mencionado en este apartado. Algunos filósofos mantienen que, como sucede en el caso de los conceptos fenoménicos, es posible que la posesión de otro tipo de conceptos—por ejemplo, deícticos o perceptivos—requiera también la exposición del individuo a las características relevantes de su entorno y que, además, es igualmente posible que estos conceptos estén también conceptualmente aislados (p.ej., Loar, 1990,1997; Levine, 2001). Asimismo, no queda claro cuál es exactamente la especificidad de los conceptos fenoménicos frente a los conceptos físicos.

4.2.  El dilema de Chalmers

Chalmers (2007) argumentó que el defensor de la ECF debe aceptar, simultáneamente, dos principios:

  • Los conceptos fenoménicos explican la relación epistémica de los individuos con sus estados fenoménicos.
  • Los conceptos fenoménicos son físicamente explicables.

Chalmers argumenta que ninguna versión de la ECF satisface ambos desiderata. Para desarrollar su argumento, nos invita a suponer que C es la tesis según la cual los humanos tenemos conceptos fenoménicos y P representa el conjunto de todas las verdades físicas del universo. Enseguida, plantea la pregunta: ¿es P & ~C concebible? El fisicista tiene dos salidas posibles:

  • Responder afirmativamente y aceptar que los conceptos fenoménicos están conceptualmente aislados de todas las verdades físicas.
  • Responder negativamente y aceptar que los conceptos fenoménicos no están conceptualmente aislados de todas las verdades físicas.

Chalmers argumenta que cualquiera de las opciones arriba conlleva consecuencias inaceptables para el fisicismo. Por una parte, si bien (a) acepta que los conceptos fenoménicos explican la relación epistémica de los individuos con sus estados fenoménicos, mantiene que los conceptos fenoménicos están conceptualmente aislados de las verdades físicas y, por tanto, no son físicamente explicables, de modo que la opción (a) no explica la premisa (ii) del dilema. Por otra parte, (b), al sostener que los conceptos fenoménicos no están conceptualmente aislados de todas las verdades físicas y, por consiguiente, son derivables a partir de ellas, sugiere que es concebible un escenario en el que los zombis—seres físicamente o funcionalmente idénticos a nosotros, pero que no tienen consciencia fenoménica—tienen conceptos fenoménicos. No obstante, los zombis no son concebibles de este modo, es decir, como seres epistémicamente relacionados con la consciencia fenoménica, así que la opción (b) no explica la premisa (i) del dilema. De aquí Chalmers concluye que el defensor de la ECF confronta un dilema: los conceptos fenoménicos o bien explican la relación epistémica de los individuos con sus estados fenoménicos, o bien pueden ser explicados físicamente.

Varios filósofos han respondido a este dilema. Diaz-León (2010), por ejemplo, ha argumentado que la conclusión de Chalmers, a pesar de ser verdadera, no representa ningún problema para la ECF, puesto que “la ECF no tiene por qué explicar nuestra situación epistémica completa, sino solamente que hay una desconexión inferencial entre las verdades físicas y las verdades fenoménicas, es decir, por qué no se puede inferir las últimas a partir de las primeras” (p. 944). Otros filósofos, entre ellos Balog (2012a), Carruthers & Veillet (2007), Papineau (2007) y Elpidorou (2013), también han ofrecido respuestas distintas a este dilema. 

Un problema adicional para la ECF es explicar en un marco fisicista cómo puede la referencia a una propiedad objetiva ser determinada por conceptos fenoménicos subjetivos. Otro problema diferente aunque relacionado con el último surge con el criterio internista de posesión de los conceptos fenoménicos. Según este criterio, un sujeto adquiere un dado concepto fenoménico únicamente en virtud de un contacto directo con sus estados fenoménicos. El problema que se enfrentan quienes defienden este criterio es el de explicar la normatividad del lenguaje aceptado incluso por muchos de los defensores de la ECF. Estas son cuestiones que una caracterización satisfactoria de la naturaleza de los conceptos fenoménicos debe ser capaz de explicar. Sin dicha explicación, el uso de la ECF como respuesta a los retos dualistas se ve seriamente amenazada. 

5. Conclusiones

Este artículo se centra en la ECF, una de las respuestas fisicistas más potentes a los retos dualistas que han sido formulados por lo menos a lo largo de las últimas tres décadas. Los defensores de esta estrategia recurren a la presunta naturaleza distinta de los conceptos fenoménicos y los conceptos físicos a fin de explicar por qué motivo las conclusiones metafísicas que los dualistas sacan de sus argumentos están equivocadas. Con el fin de explicar en qué consiste dicha estrategia, en §1 he empezado por describir la intuición fisicista básica que respalda la idea de que la naturaleza última del mundo es física, de ahí que, según el fisicista, no hay verdades más allá de las verdades de la física. En este apartado he introducido también uno de los argumentos epistemológicos que más ríos de tinta ha hecho correr en la literatura filosófica y al cual la ECF debe responder, el argumento del conocimiento, propuesto inicialmente por Jackson (1982, 1986). Después, en §2 he puesto de relieve la peculiaridad de los conceptos fenoménicos, he clarificado cuáles sus diferencias en relación con los conceptos físicos y he expuesto algunas de las caracterizaciones más comunes de la naturaleza de los conceptos fenoménicos. En §3 he explicado la motivación fundamental de la ECF, así como su aplicación como respuesta a los retos dualistas. Dentro de este apartado, he contrastado la ECF con otras estrategias fisicistas que buscan igualmente responder a los argumentos dualistas, lo cual ha permitido hacer hincapié en las ventajas de la ECF sobre las demás estrategias. Para terminar, en §4 he señalado algunas de las objeciones más fuertes que la ECF ha sufrido en años recientes y algunas respuestas a esas mismas objeciones.

A pesar de que la gran mayoría de los filósofos de la mente contemporáneos están de acuerdo que la clave para cerrar el debate metafísico en torno a la naturaleza de la consciencia consiste en encontrar una explicación adecuada de los conceptos fenoménicos, las objeciones a la ECF destacadas en este artículo demuestran más allá de cualquier duda que esta estrategia se enfrenta, a día de hoy, a problemas serios. Sus retos más comunes son sobre todo semánticos, epistemológicos y metafísicos y requieren un análisis puramente filosófico. La cuestión de si los avances en el campo de la psicología o de la neurociencia pueden contribuir al menos a una mejor comprensión de la consciencia fenoménica es todavía una cuestión por determinar.

Diana Couto
(Universitat de Barcelona)

Agradecimientos Estoy en deuda con Manuel García-Carpintero, Marta Jorba, Marc Artiga, Sofia Miguens, João Alberto Pinto y Andrea Rivadulla Duró por sus comentarios, sugerencias y correcciones lingüísticas a este artículo. 

Referencias

  • Aydede, M. y G. Güzeldere (2005): “Cognitive Architecture, Concepts, and Introspection: An Information-Theoretic Solution to the Problem of Phenomenal Consciousness”, Noûs, 39, pp. 197-255.
  • Ball, D. (2009): “There are no Phenomenal Concepts”, Mind, 118, pp. 935-962.
  • Balog, K. (2009): “Phenomenal Concepts”, en McLaughlin, B., A. Beckermann, y S. Walter, eds., The Oxford Handbook of Philosophy of Mind, Oxford, Oxford University Press, pp. 292-312.
  • Balog, K. (2012a): “In Defense of Phenomenal Concept Strategy”, Philosophy and Phenomenological Research, 84, pp. 1-23.
  • ——(2012b): “Acquaintance and The Mind-Body Problem”, en Gozzano, S. y C. Hill, eds., New Perspectives on Type-Identity: The Mental and The Physical, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 16-42.
  • Block, N. (2007): “Max Black’s Objection to Mind-Body Identity”, en Alter, T. y S. Walter, eds., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge: New Essays on Consciousness and Physicalism, Oxford, Oxford University Press, pp. 249-306.
  • Braddon-Mitchell, D. (2003): “Qualia and Analytical Conditionals”, The Journal of Philosophy, pp. 111-135.
  • Burge, T. (1979): “Individualism and the Mental”, en Foundations of Mind, Oxford, Oxford University Press, pp. 110-150.
  • Carruthers, P. (2004): “Phenomenal Concepts and Higher-Order Experiences”, Philosophy and Phenomenological Research, 68, pp. 316-336.
  • Carruthers, P. y B. Veillet (2007): “The Phenomenal Concepts Strategy”, Journal of Consciousness Studies, 14, pp. 212-236.
  • Chalmers, D. (1996): The Conscious Mind: In Search of a Fundamental Theory, Oxford, Oxford University Press. [Chalmers, D. (1999): La Mente Consciente, trad. por José Ángel Álvarez, Barcelona, Gedisa].
  • ——(2003): “The Content and Epistemology of Phenomenal Belief”, en Smith, Q. y A. Jokić, eds., Consciousness: New Philosophical Perspectives, Oxford, Clarendon Press, pp. 220-272.
  • ——(2007): “Phenomenal Concepts and The Explanatory Gap”, en Torin, A. y S. Walter, edits., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge: New Essays on Consciousness and Physicalism, Oxford, Oxford University Press, pp. 167-194.
  • Davidson, D. (1970): “Mental Events”, en Foster, L. y J. Swanson, eds., Experience and Theory, New York, Humanities Press. [ Davidson, D. (1994): “Acontecimentos Mentales”, en Filosofía de la Psicología, trad. por Miguel Candel, Barcelona, Anthropos].
  • Dennett, D. (1991): Consciousness Explained, New York, Little Brown. [Dennett, D. (1995): La Consciencia Explicada, trad. por Sergio Balari Ravera, Barcelona, Paidós].
  • ——(2007): “What Robot Mary Knows”, en Alter, T. y S. Walter, eds., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge: New Essays on Consciousness and Physicalism, Oxford, Oxford University Press, pp. 14-31.
  • Diaz-Leon, E. (2010): “Can Phenomenal Concepts Explain The Epistemic Gap”, Mind, 119, pp. 933-952.
  • Dretske, F. (1995): Naturalizing the Mind, Cambridge, MIT Press.
  • Elpidorou, A. (2013): “Having it Both Ways: Consciousness, Unique Not Otherworldly”, Philosophia, 41, pp. 1181-1203.
  • Fürst, M. (2014): “A Dualist Account of Phenomenal Concepts”, en Lavazza, A. y H. Robinson, eds., Contemporary Dualism. A Defense, London, Routledge, pp. 112-135.
  • Hawthorne, J. (2002): “Advice for Physicalists”, Philosophical Studies, 109, pp. 17-52.
  • Hill, C. (1997): “Imaginability, Conceivability, Possibility and The Mind-Body Problem”, Philosophical Studies, 87, pp. 61-85.
  • Ismael, J. (1999): “Science and the Phenomenal”, Philosophy of Science, 66(3), pp. 351-369.
  • Jackson, F. (1982): “Epiphenomenal Qualia”, Philosophical Quarterly, pp. 127-136. [Jackson, F. (2003), “Qualia epifenoménicos”, trad. por L. E. Enríquez, en Ezcurdia, M. y O. Hansberg, eds., La Naturaleza de la Experiencia, México, UNAM, pp. 95-110].
  • ——(1986): “What Mary Didn’t Know”, Journal of Philosophy, 83, 291-295. [Jackson, F. (2003): “Lo que María no Sabía”, trad. por Laura. E. Manríquez, en Ezcurdia, M. y O. Hansberg, eds., La Naturaleza de la Experiencia, México, UNAM, pp. 111-118]
  • ——(1995): “Postscript”, en Moser, P. K. y J. D. Trout, edits., Contemporary Materialism, New York, Routledge, pp. 184-189.
  • ——(1998): “Postscript on Qualia”, en Mind, Method, and Conditionals: Selected Essays, London, Routledge, pp. 76-79.
  • Kripke, S. (1980): Naming and Necessity, Oxford, Blackwell. [Kripke, S. (1985): El Nombrar y la Necesidad, trad. por M. Valdés, México, UNAM].
  • Levin, J. (2007): “What is a Phenomenal Concept?”, en Alter, T. y S. Walter, eds., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge: New Essays on Consciousness and Physicalism, New York, Oxford, pp. 87-110.
  • Levine, J. (1983): “Materialism and Qualia: The Explanatory Gap”, Pacific Philosophical Quarterly, 64, pp. 254-261.
  • Levine, J. (2001): Purple Haze: The Puzzle of Consciousness, Oxford, Oxford University Press.
  • Lewis, D. (1983): “Postscript to ‘Mad Pain and Martian Pain’”, en Philosophical Papers, 1, Oxford, Oxford University Press, pp. 130-132.
  • ——(1990): “What Experience Teaches”, en William G. Lycan, ed., Mind and Cognition, Malden, Blackwell, 13, pp. 29-57.
  • Loar, B. (1990): “Phenomenal States”, Philosophical Perspectives, 4, pp. 81-108.
  • ——(1997): “Phenomenal States”, en Block, N., O. Flanagan y G. Güven, eds., The Nature of Consciousness: Philosophical Debates, Cambridge, MIT Press, pp. 597-616.
  • McGinn, C. (1989): “Can We Solve the Mind-Body Problem?”, Mind, 98, pp. 349-366.
  • Nagel, T. (1974): “What is it Like to Be a Bat?”, Philosophical Review, 83, pp. 435-450. [Nagel, T. (2003): “¿Cómo es ser un murciélago?”, trad. por Hector Islas, en Ezcurdia, M. y O. Hansberg, eds., La Naturaleza de la Experiencia, México, UNAM, pp. 45-63.)
  • ——(1980): “Physicalism and the Cognitive Role of Acquaintance”, en William G. Lycan, ed., Mind and Cognition, Malden, Blackwell, pp. 29-57.
  • ——(1980): “Review of Thomas Nagel, Mortal Questions”, Philosophical Review, 89, pp. 473-477.
  • ——(2007): “So This is What it’s Like: A Defense of the Ability Hypothesis”, en Alter, T. y S. Walter, eds., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge, New Essays on Consciousness and Physicalism, Oxford, Oxford University Press, pp. 32-51.
  • O’dea, J. (2002): “The Indexical Nature of Sensory Concepts”, Philosophical Papers, 31(2), 169-181. doi: org/10.1080/05568640209485100
  • Papineau, D. (2002): Thinking About Consciousness, Oxford, Oxford University Press.
  • ——(2007): “Phenomenal and Perceptual Concepts”, en Alter, T. y S. Walter, eds., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge, New Essays on Consciousness and Physicalism, New York, Oxford University Press, pp. 111-144.
  • Perry, J. (2001): Knowledge, Possibility, and Consciousness, Cambridge, MIT Press.
  • Place, U. T. (1956): “Is Consciousness a Brain Process?”, British Journal of Psychology, 47(1), pp. 44-50.
  • Putnam, H. (1975): “The Nature of Mental States”, en Philosophical Papers II – Mind, Language and Reality, Cambridge, Cambridge University Press. [Putnam, H. (1981): “La Naturaleza de los Estados Mentales”, trad. por Margarita M. Valdés, en Cuadernos de Crítica, 15, México, Instituto de Investigaciones Filosóficas].
  • Schröer, R. (2010): “Where’s the Beef? Phenomenal Concepts as Both Demonstrative and Substantial”, Australasian Journal of Philosophy, 88(3), pp. 505-522. doi: doi.org/10.1080/00048400903143861
  • Searle, J. (1984): Minds, Brains and Science, Cambridge, Harvard University Press. [Searle, J. (1996): Mentes, Cerebros y Ciencia, trad. por Luis Valdés, Madrid, Cátedra].
  • ——: The Rediscovery of the Mind, Cambridge, MIT Press. [Searle, J. (1996): El Redescubrimiento de la Mente, trad. por Luis M. Valdés Villanueva Barcelona, Crítica].
  • ——(1997): The Mystery of Consciousness, New York, New York Review. [Searle, J. (2000): El Misterio de la Consciencia, trad. por Antonio Domèch Figueras, Barcelona, Paidós].
  • Smart, J.J.C. (1959): “Sensations and Brain Processes”, Philosophical Review, 68(2), pp.141-156.
  • Sundström, P. (2011): “Phenomenal Concepts”, Philosophy Compass, 6(4), pp. 267-281.
  • Tye, M. (2000): Consciousness, Color and Content, Cambridge, MIT Press.
  • ——(2009): Consciousness Revisited: Materialism without Phenomenal Concepts, Cambridge, MIT Press.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Couto, Diana (2020) «Conceptos fenoménicos», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/conceptos-fenomenicos).

 

Empatía

En el lenguaje común, decimos que alguien siente empatía cuando es sensible al daño o sufrimiento que otra persona experimenta y muestra un interés en aliviarlo de algún modo, aunque se trate de escuchar sus lamentaciones. Así, consideramos que María se mostró empática porque cuando su hermano Miguel padeció un cáncer, María se preocupó de animarle y apoyarle a lo largo del tratamiento. En este ejemplo típico de empatía pueden distinguirse dos dimensiones: la del reconocimiento de la situación de dolor o padecimiento ajeno y la de la actitud prosocial hacia esa otra persona, dado el estado en que se encuentra. La empatía se convierte en un rasgo de carácter si es un estado que se muestra con frecuencia. Decimos que nuestro médico es empático si no se limita a escuchar a sus pacientes de modo expresivamente neutro, sino que se preocupa por ellos, se hace cargo de sus padecimientos y actúa del modo más apropiado para reducirlos o superarlos.

Desde la perspectiva teórica, sin embargo, no existe un consenso semejante acerca de qué entender por empatía. Se han distinguido hasta ocho conceptos distintos de empatía (Batson, 2009), que atienden a fenómenos distintos aunque relacionados, cuya primera delimitación puede atribuirse a Max Scheler (Scheler, 1923). Ciertamente pueden encontrarse múltiples definiciones de empatía, pero la contraposición básica entre ellas se da entre aquellas concepciones amplias de la empatía que integran las dos dimensiones que hemos especificado, esto es, la respuesta emocional a la situación de otro más una actitud prosocial apropiada, y aquellas posiciones estrechas que se centran exclusivamente en el componente de la sensibilidad hacia la situación de otra persona. Para quien se ubica en el primer caso (Batson, 1991; de Waal, 2008; 2011), consolar a quien ha sufrido una pérdida sería una conducta empática prototípica. Para los que se ubican en el segundo grupo, en cambio, lo que cuenta para que pueda considerarse un caso de empatía no es la actitud favorable al bienestar del otro, sino que el observador reaccione emocionalmente a la expresión emocional percibida. El caso prototípico de empatía, para estos planteamientos, se da cuando la reacción emocional del observador corresponde la situación en que se encuentra el observado, como si se tratara de una respuesta vicaria.

Hay quien impone la restricción añadida de que, para que se trate propiamente de empatía, observador y observado deben sentir lo mismo, la misma emoción. Para este punto de vista, la empatía consiste en realidad en alguna forma de contagio emocional (Hatfield et al., 1994). En mi opinión, el éxito de esta concepción se explica por el impacto del descubrimiento del sistema de neuronas espejo y el auge de la idea de que el proceso del que depende el fenómeno de la empatía, así entendido, es la imitación motora (Iacoboni, 2009). Para este enfoque, que ha resultado muy influyente en los últimos años, cuando el observador percibe la expresión emocional del observador de modo inconsciente tiende a adoptar los mismos movimientos expresivos, que le inducen la correspondiente emoción. Una variante de este planteamiento especular pone el acento en la imitación neuronal, evitando la exigencia de imitación motora efectiva. En ambos casos, la idea básica es la misma: la empatía se debe a que la percepción de una determinada expresión emocional elicita la pauta motora involucrada en esa misma expresión, bien sea a nivel neuronal y también motor, bien sea únicamente a nivel neuronal.

Mientras que para este planteamiento resulta imprescindible la interacción cara a cara entre observador y observado, otras concepciones de la empatía conciben que la reacción emocional del observador puede estar mediada por procesos imaginativos, y por tanto, no se enfatiza del mismo modo la coincidencia emocional entre observador y observado. Por ejemplo, puedo estar viendo a un niño jugar alegremente, del que me han informado que se le ha diagnosticado un cáncer. A pesar de que la expresión del niño es de alegría, la reacción del observador en este caso puede ser de pena si se imagina los padecimientos que le esperan al niño. De hecho, la proyección imaginativa no requiere de observación ni percepción. Puede darse a través del lenguaje, particularmente escrito, habilidad que explota la literatura. Pero hay modos distintos de concebir esta proyección imaginativa: como simulación de la situación en uno mismo y proyección al otro de lo que uno sentiría si estuviera en la situación descrita, como el esfuerzo por sentir lo que el otro siente, o bien como atribución inferencial de lo que el otro podría estar sintiendo, a partir de la información disponible, que podría ser muy distinto de lo que uno sentiría en tal situación, y que en todo caso es una atribución cognitiva, que no requiere de experiencia emocional en quien hace la atribución.

A pesar de que esta segunda familia de concepciones de la empatía dejan de lado la dimensión prosocial que resulta clave en nuestro uso común del término, hay que reconocer que se corresponde con el planteamiento original de Lipps, que fue quien introdujo el término ‘Einfühlung’ como término técnico en Psicología, en sus trabajos de principios del siglo XX (Lipps, 1903)  –término que Titchener tradujo al inglés por ‘empathy’ dándole difusión en la naciente Psicología científica (Titchener, 1909). El problema que interesaba a Lipps era de orden estético: el fenómeno de la percepción expresiva, especialmente tal como se manifestaba en relación a las obras de la vanguardia abstracta, pongamos Kandinsky. ¿Cómo es posible que reaccionemos emocionalmente a la contemplación de una superficie marcada con colores y formas que no representan nada? La respuesta de Lipps consiste en proponer, que la percepción de tales cuadros resulta expresiva porque se genera una respuesta motora que el espectador proyecta inconscientemente a la causa que la origina, es decir, el cuadro. Percibo como alegre, o nostálgica, una obra de arte porque le proyecto inconscientemente la respuesta emocional que me causa. Esta propuesta se plantea como una alternativa a la vieja teoría de la analogía, según la cual la atribución psicológica pasa necesariamente por una proyección consciente. En ese momento, seguía siendo la teoría dominante, y tomada como fundamento de las ciencias sociales y humanas por la escuela historicista, por ejemplo.

Sin embargo, la contribución de Scheler, y los fenomenólogos en general, acabó vinculando la noción de empatía a la de simpatía proviniente de la escuela del moral sense (Hume, 1740; Smith, 1759). Lo que hizo Scheler (1923) fue mostrar la diversidad de fenómenos distintos que pueden entenderse bajo el término “empatía” –diversidad que sigue reconociéndose, como hemos visto, aunque su terminología es distinta. Pero enfatizó la dimensión prosocial con lo que conectó la empatía con la simpatía. Para estos autores la simpatía se entiende como una preocupación por los intereses de los demás, preocupación que se adquiere  por un proceso asociativo que vincula la emoción percibida a la propia, y cuya existencia refutaría la idea que seamos seres egoístas. Esta disposición psicológica sirve de base para su proyecto de fundamentación del juicio moral como la generalización de estas inclinaciones de la simpatía. Al recoger esta tradición, la empatía se considera un ejemplo de altruismo y se convierte en un aspecto relevante de nuestra psicología moral.

¿Hay algún modo de poner orden en esta variedad de concepciones y enfoques? Una influyente propuesta en tal sentido es la de Preston y de Waal (2002). Consideran que la empatía se estructura en tres niveles de complejidad creciente, en función de las capacidades cognitivas involucradas en la activación efectiva de la reacción empática, según un modelo de muñecas rusas. En el nivel básico encontramos el contagio emocional, como elemento nuclear de la empatía. El modelo incluye el mecanismo mediador común a todas las formas y niveles de empatía: un sistema neuronal especular, que hace corresponder la activación neuronal provocada por la expresión emocional percibida en otro, con la activación neuronal motora responsable de esa misma expresión emocional en uno mismo. El contagio emocional consiste, por tanto, en adoptar el mismo estado emocional que el del agente observado, pero de modo involuntario y sin entender a qué responde. Se trata de un fenómeno isomorfo al del contagio del bostezo, cuando ver a alguien bostezar nos lleva a bostezar. En el siguiente nivel, aparece la empatía como «preocupación simpática»: más allá de copiar la expresión emocional del otro, aparece la dimensión motivacional prosocial, la actitud de aliviar su estado emocional, en el caso que sea negativo. Esta proactitud puede concretarse en una respuesta abierta, como en el caso del consuelo, pero es suficiente con que se trate de una disposición a actuar. Finalmente, en el tercer nivel, el mecanismo especular se combina con las capacidades cognitivas implicadas en la toma de perspectiva, o la proyección imaginativa, gracias a lo cual la reacción empática incluye una comprensión de las causas que originan la expresión emocional que la desencadenan. En este nivel, reconocemos que el llanto que observamos tiene que ver con la herida producida, por ejemplo, de modo que la actitud prosocial va a poder estar dirigida no sólo a apaciguar el estado emocional negativo expresado, sino hacia sus causas.

De este modo, Preston y de Waal (2002) sitúan la preocupación simpática en el centro del concepto de empatía, unifican los diferentes modos imaginativos de adoptar la perspectiva del otro como mediaciones cognitivas que dependen de las capacidades cognitivas de los agentes, y postulan el contagio emocional como nivel básico o precursor del fenómeno, pero vinculado a su mecanismo de emparejamiento percepción-acción inspirado en las neuronas espejo. Sin duda es una propuesta valiosa y útil, sobretodo porque ofrece un modo sistemático de estudiar las manifestaciones de las formas elementales de empatía en animales no humanos (Pérez-Manrique & Gomila, 2017; 2019). Además, se alinea con el enfoque amplio de la empatía, que incluye la dimensión prosocial, enfoque que cuenta con el apoyo no sólo del uso común del término, sino también su interés para la cuestión de nuestra psicología moral –conexión que no se plantea para la concepción estricta de la empatía. Por ejemplo, las investigaciones sobre la naturaleza de la psicopatía, que suele diagnosticarse como una alteración de la empatía, indican que no se debe a una alteración de la capacidad para reconocer las emociones expresadas por los demás, sino precisamente en la sensibilidad hacia su bienestar (Blair, 2007). Finalmente, pone el acento en la interacción cara a cara y en el reconocimiento y expresión emocional recíproca de los agentes en interacción, frente a las formas mediadas por la imaginación –aspecto que permite plantear, además, la cuestión de la fiabilidad en la competencia empática y el papel de la experiencia en su desarrollo (Christensen et al., 2016). Sin embargo, se compromete con un mecanismo de imitación neuronal muy concreto, que se conecta además con la restricción de que la emoción empática debe coincidir con la observada, supuestos ambos muy discutibles.

Respecto a lo primero, la evidencia disponible muestra que el fenómeno del contagio emocional no es tan simple como el modelo del emparejamiento percepción-acción presupone (Isern-Mas & Gomila, 2019). De hecho, es una reacción que depende del contexto en un grado mucho mayor del que contempla este mecanismo explicativo. En realidad, si dependiera de un mecanismo de tal naturaleza, tendríamos que estar contagiándonos continuamente de las expresiones emocionales percibidas, algo que no ocurre. Por otra parte, puede darse contagio emocional sin imitación motora, del mismo modo que se da el fenómeno de la imitación motora sin contagio emocional (Bavelas et al., 2016). Asimismo a nivel neuronal comenzamos a disponer de evidencia sobre la mayor importancia de la reciprocidad en la activación neuronal, a que ésta sea sincrónica o involucre las mismas áreas. Finalmente, si Preston y de Waal tuvieran razón, el contagio emocional debería tener raíces filogenéticas profundas, algo que no encaja con el bajo número de ejemplos convincentes identificados hasta ahora (Pérez-Manrique & Gomila, ms).

Respecto a lo segundo, resulta injustificada la pretensión de que solo puede hablarse de empatía cuando la emoción reconocida y la expresada son la misma («o muy parecida», en un sentido que no se especifica). En realidad, como muestra el caso del ofrecer consuelo, basta con que  la reacción empática sea congruente con la emoción expresada. Pero la congruencia no exige que se trate de la misma emoción. Puedo alegrarme del amor que expresa mi amigo por su amiga, puedo enorgullecerme por la pena que siente mi hija por la muerte de su abuelo, puede disgustarme ver que se ríe inapropiadamente. Depende del contexto, de la relación, de mi comprensión de la situación, y de mis deseos e intenciones. Esta relevancia de la congruencia no es exclusiva de las formas de empatía mediadas por la imaginación, puede darse incluso en el nivel de la preocupación simpática, es decir, la que simplemente reacciona a la emoción expresada. También a ese nivel los factores contextuales como la relación entre los participantes en la relación empática y los antecedentes de la situación puede modular la reacción apropiada.

Por consiguiente, me parece más adecuado una concepción radial (Lakoff, 1987), inspirada en la noción wittgensteiniana de parecidos de familia, del concepto de empatía. Desde este punto de vista, desarrollado por la Lingüística cognitiva para dar cuenta de conceptos polisémicos, un concepto complejo puede comprender una constelación de sentidos de diferentes grados de representatividad o tipicidad. El sentido central de empatía sería el amplio, que recoge las dos dimensiones, en una interacción cara a cara en tiempo real, como un caso de lo que he llamado perspectiva de segunda persona de la atribución mental, que enfatiza la intencionalidad y la reciprocidad de la interacción (Gomila, 2015; Pérez y Gomila, 2017). De este modo, caben como ejemplos de empatía tanto los casos en donde la emoción es reflejada como aquellos en que es congruente; caben los más espontáneos y los más dependientes del contexto, los más directos y los más mediados por la imaginación. Alguien podría alegar que el coste es renunciar a una explicación unificada de la empatía, pero como ya se ha indicado, la evidencia disponible pone en cuestión que contemos con un mecanismo modular dedicado a activar nuestras reacciones empáticas en el nivel neuronal. Diversas redes neuronales pueden estar implicadas en los diferentes casos. Una explicación integrada, en todo caso, debe buscarse en el nivel general de nuestra reacciones emocionales, no en el neuronal (Isern-Mas & Gomila, 2019).

1. Empatía y moralidad

Una vez establecido cierto orden conceptual en el campo de los fenómenos empáticos, en cuyo centro están los casos que involucran las dos dimensiones, la de reacción emocional a la expresión ajena en un contexto de interacción, y la de la motivación prosocial, podemos plantear por fin la cuestión de la relación entre empatía y moralidad. Son muchos los autores que establecen una conexión directa (Hoffman, 2000; Darwall, 1998). El modo de abordar esta cuestión va a consistir en recoger primero los argumentos contrarios a la relevancia de la empatía para la moralidad (Prinz, 2011; Bloom, 2016). A través de su discusión, podremos clarificar esa relación (Isern-Mas & Gomila, en prensa).

Los argumentos contrarios a la necesidad de empatía para el desarrollo moral o para la capacidad de juzgar moralmente son de inspiración kantiana. Parten de una concepción normativista del juicio moral caracterizada por el criterio de universalización, es decir, por su aplicación categorial a cualquier caso del tipo en cuestión. Desde este punto de vista, la empatía carece del nivel de generalidad requerido. De hecho, la investigación psicológica ha mostrado que la reacción empática tiene en cuenta, entre otros muchos factores contextuales, la relación entre los dos agentes involucrados. Mostramos mayor empatía hacia quienes consideramos más próximos, por ejemplo, nuestros familiares y amigos, e incluso los miembros de nuestro grupo de referencia, en comparación con los desconocidos y los miembros de otros grupos. Ciertamente es conocido el poder de las imágenes para despertar la empatía ante personas anónimas y lejanas –tras un desastre natural o una catástrofe  humanitaria, las muestras de solidaridad se disparan–, pero del mismo modo pueden exacerbarse los sentimientos xenófobos, como en la actual crisis de refugiados procedentes del norte de África. El sentimentalismo, para un kantiano estricto, no puede ser una guía fiable para la valoración moral.

Obsérvese, en primer lugar, que este modo de entender la moralidad pone el acento en la noción de deber, de aquello que corresponde a todos y cada uno. Se deja de lado, por tanto, la concepción aristotélica de la moralidad, que se centra en el ejercicio de la virtudes –la generosidad, la magnanimidad, la piedad,…–, que se caracterizan porque no pueden ser exigidas, pero cuyo ejercicio es moralmente valioso porque supone un beneficio para los demás. La empatía, en la medida en que nos impulsa a preocuparnos por el bienestar de los demás, encaja mejor con una concepción de inspiración aristotélica de la moralidad. Sin embargo, incluso si se asume un enfoque kantiano, la empatía resulta necesaria para juzgar moralmente, y sobretodo, en relación a la motivación moral.

Respecto al reproche de falta de imparcialidad, cabe responder que, la empatía, al hacernos sensibles a los intereses ajenos, al bienestar de otros, resulta necesaria para captar los aspectos normativamente relevantes de las situaciones a las que nos enfrentamos. Aun suponiendo que las normas morales aplicables estén claramente identificadas, la dificultad del juicio moral radica en aplicarlas en contextos particulares, que pueden suponer conflictos, tanto normativos como de intereses. Para resolverlos, captar de qué depende el bienestar de otros resulta imprescindibles. Ciertamente, la empatía puede no ser el único modo de acceso epistémico a tales intereses, pero sin duda constituye un modo efectivo.

En segundo lugar, la empatía juega un papel fundamental en la motivación moral. Es bien conocida la posición kantiana que prescribe que debemos sentirnos motivados a actuar de acuerdo con nuestro juicio moral por la satisfacción que se obtiene del cumplimiento del propio deber. Menos conocida es la constatación que hace el propio Kant del escaso poder motivacional del respeto a la ley moral, y la necesidad de las motivaciones de raíz emocional para que los humanos acabemos actuando moralmente. Desde luego, ningún defensor de la empatía propone que la reacción empática justifique por sí misma el juicio moral, pero, como hemos argumentado, no sólo puede contribuir al juicio, sino que además, puede suponer el empuje necesario para pasar a la acción y actuar según nuestro juicio. Los agentes de la moralidad kantiana son agentes racionales fríos y calculadores que se respetan entre sí. Los agentes humanos resultados de la evolución por selección natural somos más bien animales que establecen vínculos afectos entre sí.

2. Conclusión

En esta entrada, he defendido dos ideas principales: que el mejor modo de entender la empatía es como un concepto radial, porque se aplica a fenómenos diferentes pero interrelacionados; y que el sentido amplio de la empatía, que incluye la actitud prosocial, es relevante para la moralidad. Respecto a lo primero, debe quedar claro que la empatía es básicamente una respuesta emocional, que puede ser elicitada no sólo por la percepción de una expresión emocional. En el sentido amplio, la respuesta empática nos lleva a tomar en cuenta el interés del otro, con lo que converge con la simpatía. Y esta actitud prosocial forma parte del modo en que experimentamos la fuerza normativa de los juicios morales. La moralidad humana no se corresponde con la imagen contractualista de agentes racionales fríos que se reconocen derechos y deberes, sino que se enraíza en los vínculos emocionales que establecemos unos con otros.

Antoni Gomila
(Universitat de les Illes Balears)

Referencias

  • Batson, C.D. (1991): The altruism question: Toward a social psychological answer, Hillsdale, Erlbaum.
  • Batson, C.D. (2009): “These things called empathy: eight related but distinct phenomena”, en Decety J. y W. Ickes, eds., The Social Neuroscience of Empathy, Cambridge, MIT Press, pp. 3-16.
  • Bavelas, J. B., A. Black, C. R. Lemery y J. Mullett (1986): ““I show you how you feel”: Motor mimicry as a communicative act”, Journal of Personality and Social Psychology, 50, pp. 322-329.
  • Blair, R. J. R. (2007): “Empathic dysfunction in psychopathic individuals”, en Farrow, T. y P. Woodruff , eds., Empathy in mental illness, New York, Cambridge University Press, pp. 3-16.
  • Blair, R.J. (2007): “Empathic dysfunction in psycopathic individuals”, en Bloom, P. (2016): Against Empathy: The case for rational compassion, New York, Ecco.
  • Christensen, JF., A. Gomila, S. Gaigg, N. Sivarajah, B. Calvo-Merino (2016): “Dance expertise modulates behavioral and psychophysiological responses to affective body movement”, Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, 42(8), pp. 1139-47.
  • Darwall, S. (1998): “Empathy, sympathy, care”, Philosophical Studies 89, pp. 261-282.
  • De Waal, F. B. M. (2008): “Putting the altruism back into altruism: the evolution of empathy”, Annual Review of Psychology, 59, pp. 279-300.
  • De Waal, F. (2011): The age of empathy, London, Peguin Books. [De Waal, F. (2011): La Edad de la Empatía, Barcelona, Tusquets].
  • Gomila, A. (2015): “Emociones en segunda persona”, Boletín de Estudios de Filosofía y Cultura, 10, pp. 37-50.
  • Hatfield, E., JT. Cacioppo y R.L. Rapson (1994): “Emotional contagion”, New York, Cambridge University Press.
  • Hoffman, M. L. (2000): Empathy and moral development: Implications for caring and justice, New York, Cambridge University Press.
  • Hume, D. (1740): A treatise of human nature. [Hume, D. (1977): Tratado de la naturaleza humana, Editorial Nacional].
  • Iacoboni, M. (2009): “Imitation, Empathy, and Mirror Neurons”, Annual Review of Psychology, 60(1), pp. 653-670.
  • Isern-Mas, C. y A.Gomila (2019):“Making sense of emotional contagion”, Humana. Mente Journal of Philosophical Studies 12(35), pp. 71-100.
  • Isern-Mas, C. y A. Gomila (2019): “Why does empathy matter for morality?”, Análisis Filosófico, 39(1), pp. 5-26.
  • Lakoff, G. (1987): Women, Fire and Dangerous Things, Chicago, The University of Chicago Press.
  • Lipps, T. (1903): “Einfühlung, inner Nachahmung, und Organempfindaungen”, Archiv für die Gesamte Psychologie, 2, pp. 185-204.
  • Pérez Manrique, A. y A. Gomila (2017): “The comparative study of empathy: sympathetic concern and empathic perspective-taking in non-human animals”, Biological Reviews, 93(1), pp. 248-269.
  • Pérez-Manrique, A. y A. Gomila (2019): “Bottlenose dolphins do not behave prosocially in an instrumental helping task”, Behavioural Processes, 164, pp. 54-58. doi: 10.1016/j.beproc.2019.04.014. Epub 2019 Apr 24.
  • Pérez-Manrique, A. y A. Gomila (ms): “The comparative study of emotional contagion”.
  • Pérez, D. y A. Gomila (2018): “La atribución mental y la segunda persona”, en Balmaceda, T. & K. Pedace, eds., Temas de filosofía de la mente: atribución mental, Editorial SADAF, pp. 69-98.
  • Preston, S. D. y F. B. M. de Waal (2002): Empathy: Its ultimate and proximate bases, Behavioral and Brain Sciences, 25, pp. 1-72.
  • Prinz, J. (2011): “Is Empathy Necessary for Morality?”, en Coplan, A. y P. Goldie, eds., Empathy: Philosophical and Psychological Perspectives, Oxford, Oxford University Press, pp. 211-229.
  • Scheler, M. (1923): Wesen und formen der Sympatie. [Scheler, M.(2005): “Esencia y formas de la simpatía”, Salamanca, Sígueme].
  • Smith, A. ([1759]1976): The Theory of Moral Sentiments, Indianapolis, Liberty Classics. Titchener, E.B. (1909): Elementary Psychology of the Thought Processes, New York, Macmillan.
Cómo citar esta entrada

Gomila, Antoni (2019) “Empatía”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/empatia/).

 

Conexionismo

El conexionismo es una teoría sobre la arquitectura cognitiva—la forma de entender la estructura y el funcionamiento de los sistemas cognitivos—que apareció en los años 80. En cierto modo, el conexionismo supuso un desafío para la teoría dominante en las ciencias cognitivas y la inteligencia artificial de la época y ofreció nuevas herramientas para entender la forma en la que los procesos cognitivos (p.ej., percepción, atención, memoria, lenguaje) pueden estar implementados o pueden emerger de sistemas neuronales.

         Los debates propiciados por la aparición del conexionismo siguen vigentes en la ciencia cognitiva contemporánea y en su filosofía. Además, la investigación más puntera en modelos de redes neuronales mantiene su inspiración en propuestas conexionistas y comparte muchos de sus principios básicos. El conexionismo es, por tanto, una teoría que ayuda a comprender tanto el desarrollo histórico de las ciencias cognitivas como su estado actual.

1. Breve Historia

Desde la revolución cognitiva a finales de los años 50 (Miller, 2003), tanto las ciencias cognitivas como la investigación en inteligencia artificial han estado dominadas por un paradigma basado en principios representacionalistas y computacionales que ha venido a ser llamado cognitivismo (Garnham, 2009). El cognitivismo se fundamenta en la metáfora computacional: el sistema mente-cerebro es una computadora. Más concretamente, la mente es el software que funciona sobre el hardware cerebral (Thagard, 2005).

Entre otros factores, el cognitivismo encontró su éxito gracias a que la metáfora computacional permitía el estudio de la mente desde coordenadas puramente físicas. Los estados mentales, antaño restringidos a la esfera privada que no era accesible desde los métodos de la ciencia contemporánea, podían ahora ser entendidos como estados de un sistema computacional mediante el uso de herramientas formales (Anderson, 1983, 2007; Newell, 1990; Russell y Norvig, 2003). Además, la metáfora computacional resolvía el problema mente-cerebro: los estados mentales son estados semánticos que se procesan en términos puramente sintácticos (formales) en los mecanismos cerebrales. De este modo, al igual que no hay problemas para reconciliar software y hardware en una computadora, no los hay para reconciliar mente y cerebro.

El cognitivismo enfrentaba y enfrenta serios problemas tanto teóricos como empíricos (McCarthy y Hayes, 1969; Searle, 1980). Sin embargo, pronto se convirtió en el paradigma dominante en las ciencias cognitivas. Una de las consecuencias de este hecho es que los detalles de implementación de los procesos cognitivos quedaron relativamente relegados en la investigación cognitiva. Las computadoras se pueden entender como sistemas formales que pueden implementarse físicamente de formas muy diversas. Del mismo modo, si el sistema mente-cerebro es una computadora, puede ser estudiado en términos formales y el hecho de que su implementación sea una compleja red neuronal no es, en principio, central para la explicación—la idea general tras esta afirmación se ha llamado realización múltiple en algunos círculos filosóficos (Polger y Shapiro, 2016): si la metáfora computacional típica del cognitivismo es cierta, entonces la mente es múltiplemente realizable y esto conlleva que la implementación de los estados mentales no es central para la explicación de la naturaleza de estos estados. En otras palabras, las computadoras son independientes de su medio de implementación y, por tanto, el sistema mente-cerebro también lo es.

A pesar de la poca atención que el cognitivismo, en general, presta a la implementación de los estados cognitivos, esta no ha sido la actitud general a lo largo de la historia de la psicología y de las ciencias cognitivas. Ya desde los años 40, arquitecturas que, hasta cierto punto, imitaban la estructura de red del cerebro se empezaron a desarrollar—por ejemplo, las pequeñas redes desarrolladas por McCulloch y Pitts (1943) o el pandemonium (Selfridge, 1959). Sin embargo, en pleno dominio cognitivista, no es hasta los años 80 que ideas sobre la relevancia de la implementación de los procesos cognitivos vuelven a la palestra, a través, por ejemplo, de los modelos de memoria asociativa en paralelo (Hinton y Anderson, 1981) o el propio conexionismo (Rumelhart y McClelland, 1986). Estos modelos buscaban desarrollar arquitecturas cognitivas inspiradas en redes neuronales biológicas que pudiesen dar cuenta de diversos procesos cognitivos.  En este sentido, se convirtieron en desafíos e incluso alternativas al cognitivismo en tanto que perseguían la explicación de los mismos fenómenos desde asunciones teóricas distintas en lo que tiene que ver con su implementación o con las nociones de computación y representación, por ejemplo. De todas ellas, el conexionismo es la más rica y compleja. Y, sin duda, la que ha tenido una mayor influencia en la ciencia cognitiva.

2. Principios básicos

El elemento fundamental para entender el lugar del conexionismo en la ciencia cognitiva, así como sus principios básicos, es que es una arquitectura cognitiva que, como el cognitivismo, es computacional. Las redes conexionistas están vagamente inspiradas en las redes neuronales de los cerebros biológicos. En las redes conexionistas, las unidades que imitan las neuronas implementan algún tipo de función computacional. Así, estas redes se pueden entender como un sistema computacional en paralelo, es decir, en el que las unidades de computación actúan simultáneamente.

Con esta idea en mente, las redes conexionistas son modelos computacionales que se basan de una forma abstracta en lo que sabemos sobre el cerebro y las redes neuronales que lo constituyen. Se cree que el cerebro humano contiene entre 1010 y 1011 neuronas y cada una de ellas puede llegar a tener 105 conexiones con otras neuronas. Estas conexiones pueden ser excitatorias, las que fomentan la actividad de otras neuronas, o inhibitorias, las que frenan o bloquean la actividad de otras neuronas. Además, el aprendizaje de nuevas habilidades y contenidos se basa en la modificación de estas conexiones, usualmente entendida como el refuerzo o la debilitación de sus sinapsis.

Dados estos hechos sobre el cerebro humano, las redes conexionistas consisten en un número de elementos simples, llamados unidades o nodos, que actúan de manera similar a las neuronas biológicas y que están conectados a través de unas conexiones que les permiten transmitir señales simples. Estas conexiones, que pretenden ser análogas a las sinapsis y que pueden ser tanto excitatorias como inhibitorias, tienen un peso que determina la forma en la que el nodo conectado a uno de sus extremos puede influenciar al nodo conectado en el otro extremo. Los nodos (o unidades) están normalmente organizados en capas. Una capa de entrada, que lleva la información del exterior al sistema, una capa de salida que devuelve el resultado del procesamiento de la información y una o varias capas escondidas (que no están siempre presentes en las redes conexionistas), que se sitúan entre las capas de entrada y salida y que no tienen contacto con el entorno del sistema (Figura 1). En los modelos más básicos de redes conexionistas, las capas se conectan unidireccionalmente y las conexiones van de la capa de entrada a la de salida pasando por la capa escondida. En otros modelos mas avanzados, que incluyen retroalimentación, por ejemplo, las conexiones entre nodos pueden ser cíclicas o de otro tipo.

Figura 1. Ejemplo de red conexionista de tres capas (entrada, escondida y salida). Los nodos y las conexiones, junto con la dirección de procesamiento, están indicados.

En general, los nodos y las conexiones en redes conexionistas tienen habilidades muy limitadas. A través de sus conexiones de salida, los nodos solamente transmiten valores números que son una función de los valores numéricos que reciben a través de sus conexiones de entrada (o que reciben del entorno, en el caso de los nodos de la capa de entrada). Usualmente, cada nodo toma un grupo de valores de entrada y los transforma, mediante un proceso computacional, en un único valor de salida que es transmitido a los nodos de la siguiente capa. Estas transformaciones están normalmente limitadas a operaciones matemáticas muy simples, como diversos tipos de suma (para una explicación técnica de los aspectos básicos de las redes conexionistas, ver Rumelhart y McClelland, 1986, p. 45 y siguientes).

3. ¿Cómo funciona una red conexionista?

Teniendo en cuenta que tanto nodos como conexiones tienen un funcionamiento simple y limitado, la pregunta es: ¿Qué hacen las redes conexionistas para conseguir llevar a cabo procesos complejos? La respuesta ya ha sido anticipada: procesamiento paralelo. Los procesos computacionales llevados a cabo por la red conexionista ocurren en paralelo a lo largo de los nodos en lugar de ocurrir en serie, como es el caso en la computación tradicional. En este sentido, los nodos mismos, como unidades computacionales, no son individualmente responsables de solucionar un problema, sino que lo solucionan de forma colectiva.

De forma general, la información que llega a la red conexionista es distribuida por toda la red. En este sentido, las redes conexionistas instancian lo que se puede llamar representaciones distribuidas: patrones de activación simultánea de todos los nodos de la red. Así, por ejemplo, un patrón de activación en particular a través de los 15 nodos de la red conexionista de la Figura 1 puede ser la representación de “cebra”, mientras que otro patrón de activación a través de los mismos nodos puede ser la representación de “jirafa”. Por lo tanto, una red conexionista podría ser capaz de producir la palabra “cebra”, cuando la información de entrada fuese una fotografía de una cebra, alcanzando el patrón de activación de “cebra” en sus nodos y, de la misma forma, producir la palabra “jirafa”, cuando la información de entrada fuese la fotografía de una jirafa, alcanzando el patrón de activación de “jirafa” en sus nodos. Este ejemplo nos lleva a los dos aspectos fundamentales del funcionamiento de una red conexionista: la activación de los nodos y el algoritmo de retropropagación.

3.1 La activación de los nodos

Los nodos en una red conexionista implementan una función de transferencia que determina la forma en la que el valor de cada nodo se actualiza en función de la información de entrada que recibe desde el entorno (en el caso de los nodos de la capa de entrada) o desde los nodos de otra capa (en el caso de los nodos de la capa escondida y de la de salida). Normalmente, la función de transferencia trata computacionalmente la información que recibe y la aplica a una función de activación que es la que determina el valor de salida que va a entregar a la siguiente capa de la red (Figura 2).

Figura 2. Diagrama de un nodo o unidad de una red conexionista. (A) Diagrama de un nodo o unidad con todos sus componentes. Las entradas al nodo (E) que son resultado de la información entrante desde el entorno en el caso de la capa de entrada y de las activaciones de los nodos de las capas previas en el caso de la capa escondida y la capa de salida. (B) Ejemplos de diferentes funciones de activación: umbral, lineal, gaussiana y sigmoidal. La diferencia entre ellas es que el cambio en las entradas (eje X de las gráficas) afecta de forma distinta la activación de salida del nodo. Por ejemplo, en la activación lineal, los primeros valores de activación de entrada no cambian la activación de salida. Después, hay un grupo de valores que incrementan la activación de salida de forma lineal. Al final, el grupo de valores altos de activaciones de entrada vuelve a no provocar cambios en la activación de salida del nodo.

Un tipo de procesamiento habitual en la función de transferencia de un nodo dado es la multiplicación de las activaciones que recibe desde los nodos de la capa previa por los pesos de las conexiones por las que esas activaciones llegan (este proceso es a veces referido como función de entrada de red), para después sumar los resultados de esas multiplicaciones y enviarlas a la función de activación (Figura 2A). La función de activación, entonces, aplica algún tipo de computación a esa entrada, y de esa computación depende el perfil de activación del nodo (Figura 2B). Por ejemplo, la función de activación puede requerir un nivel de entrada mínimo para entonces provocar un aumento súbito en la activación del nodo y así enviar esa activación hacia la siguiente capa de la red. Esta función de activación se puede entender como un umbral de activación. En otros nodos, la función de activación puede simplemente requerir un valor específico de entrada para provocar la máxima activación del nodo y enviarla hacia la siguiente capa de la red. Esta función de activación se puede entender como una activación gaussiana.

3.2 El algoritmo de retropropagación

En las redes conexionistas, la activación de cualquier nodo depende de las activaciones de entrada que recibe desde las capas previas o desde el entorno de la red. Las funciones de transferencia de los nodos—que comprenden la función de entrada de red y la función de activación—suelen ser fijas y no cambian durante el funcionamiento de la red. Sin embargo, las conexiones entre nodos sí que pueden cambiar su peso y, por tanto, influir en la información que llega a los nodos. En este sentido, la clave de la evolución y el aprendizaje en las redes conexionistas tiene que ver con los cambios que se producen en los pesos de las conexiones entre nodos. La forma en la que estos cambios se producen suele estar basada en algoritmos de retropropagación.

El primer algoritmo de retro-propagación (“backpropagation” en inglés) en el contexto de redes conexionistas fue introducido por Rumelhart, Hinton y Williams (1986). Diferentes métodos de retropropagación se venían desarrollando desde los años 60 (Bryson, 1961; Kelley, 1960). Entre ellos, el conocido como regla delta ganó relevancia y, a mitad de los años 80, los mencionados fundadores del conexionismo generalizaron la regla delta para su propio modelo de red conexionista. Fundamentalmente, lo que la regla delta y los algoritmos de retroprogramación llevan a cabo es un cambio de los pesos de las conexiones entre los nodos usando como referencia la diferencia entre los resultados de las operaciones de la red y los resultados esperados si la red tuviese un comportamiento exitoso. La regla delta simple usa una tasa de error basada en esta diferencia para llevar a cabo los cambios en los pesos de las conexiones entre nodos. Por su parte, la regla delta generalizada lleva a cabo un proceso similar, pero tiene en cuenta las contribuciones de los nodos al error total y la forma en la que tal error se distribuye a través de las diferentes capas de la red. En este sentido, la señal de error se retropropaga a través de las capas de la red y guía las modificaciones de los pesos de sus conexiones.

Los principios básicos de la regla delta y de su generalización como algoritmo de retropropagación son el refuerzo sináptico y el aprendizaje supervisado. Por un lado, Donald Hebb (1949) demostró que las conexiones sinápticas entre neuronas en cerebros biológicos se refuerzan cuando las neuronas conectadas están activas simultáneamente. Se cree que este fenómeno es uno de los mecanismos fundamentales del aprendizaje y, en este sentido, inspira la idea del cambio de pesos de las conexiones entre nodos de las redes conexionistas como fundamento de los procesos de aprendizaje que en ellas se dan. Por otro lado, el aprendizaje supervisado es una forma básica de aprendizaje tanto en humanos como en animales. Madres y padres corrigen a sus hijas e hijos, profesoras y profesores a sus alumnas y alumnos, etc. Cuando un aprendiz comete un error, quien se encarga de la supervisión hace ese error explícito e intenta provocar un cambio en el aprendiz para que el error no se produzca y la tarea sea exitosa. En los algoritmos de retro-propagación, la tasa de error calculada al comparar los resultados obtenidos a los resultados esperados en la actividad de la red conexionista, cumple el papel de supervisión en su proceso de aprendizaje. En este sentido, el funcionamiento de las redes conexionistas, tanto al nivel nodos y conexiones individuales como a nivel general en términos de actividad y aprendizaje, está inspirado en aspectos conocidos de los sistemas cognitivos biológicos.

4. Algunos problemas del conexionismo

La viabilidad del conexionismo como paradigma para el desarrollo de la inteligencia artificial y, en general, como paradigma de las ciencias cognitivas ha sido puesta en cuestión desde diversas perspectivas. Por un lado, el hecho de que el conexionismo ponga en juego la idea de representaciones distribuidas—o, incluso, la eliminación del concepto de representación (Churchland, 1989)—ha sido visto como un problema para dar cuenta de uno de los aspectos esenciales de la psicología popular: la idea de que estados mentales funcionalmente discretos y semánticamente interpretables tienen poderes causales (Ramsey, Stich y Garon, 1990). La funcionalidad de una red conexionista está basada en la distribución de los pesos de las conexiones entre sus nodos tal que una sola distribución puede hacer que la red exhiba la funcionalidad deseada (p.ej., categorización o aprendizaje del tiempo pasado). En este sentido, los estados de las redes conexionistas no son funcionalmente discretos ni semánticamente interpretables, con lo que una de las intuiciones fundamentales de la psicología popular es abandonada.

Por otro lado, y sobre todo en los albores del conexionismo como paradigma, las redes conexionistas fueron puestas en cuestión en base a consideraciones biológicas. En particular, la plausibilidad biológica de las redes conexionistas fue altamente cuestionada. En estas redes, los nodos tenían un comportamiento similar, las capas de nodos eran capas discretas, y el flujo de información era unidireccional, por ejemplo. Ninguna de estas tres características da cuenta de las propiedades anatómicas y funcionales de los cerebros. Por tanto, las redes conexionistas eran consideradas poco realistas. Este hecho, entre otros, fue el que llevó a la evolución de las diversas generaciones de redes conexionistas que han surgido en las ultimas décadas y que se acercan más a una situación de realismo biológico.

Más allá de cuestiones de compatibilidad con la psicología popular o con la biología cerebral, el gran reto teórico que el conexionismo ha tenido que enfrentar es el reto de la sistematicidad propuesto por Jerry Fodor y Zenon Pylyshyn (1988). El reto de la sistematicidad se enmarca en el debate entre conexionismo y cognitivismo. El conexionismo se presenta como una alternativa al cognitivismo y, por ello, debe dar cuenta de los mismos fenómenos. O, al menos, esta es la idea de algunos defensores del cognitivismo, como lo eran Fodor y Pylyshyn. Para ellos, las redes conexionistas no pueden dar cuenta del pensamiento humano porque el pensamiento humano es sistemático y las redes conexionistas no lo son. Y, más aún, si las redes conexionistas pudiesen dar cuenta de la sistematicidad del pensamiento humano, se convertirían en meros modelos de implementación del cognitivismo.

La sistematicidad se fundamenta en otra propiedad: la composicionalidad. Un sistema es composicional cuando está constituido por elementos atómicos que pueden combinarse siguiendo unas determinadas reglas. Por ejemplo, la lengua castellana es composicional. La frase “Juan quiere a Lola” esta constituida por tres partes: “Juan”, “quiere a”, y “Lola”. Y el significado de la frase depende de las partes que la componen y la sintaxis del castellano. Algunos sistemas composicionales son también sistemáticos, es decir, son capaces de producir cualquier combinación legal de los átomos que los constituyen. De nuevo, el lenguaje castellano es sistemático: al igual que puede producir “Juan quiere a Lola”, puede producir “Lola quiere a Juan”.

De acuerdo con Fodor y Pylyshyn, el pensamiento humano es composicional y sistemático: está constituido por representaciones/conceptos y es capaz de producir cualquier combinación legal de ellos. Sin embargo, las redes conexionistas no son sistemáticas porque no son composicionales. Las representaciones distribuidas típicas de las redes conexionistas no son atómicas: la representación “Lola quiere a Juan” consiste en un patrón especifico de activaciones de todas las unidades de la red. Esta representación no puede cambiar a “Juan quiere a Lola” sin cambiar el patrón de activación de toda la red. En este sentido, no hay elementos atómicos que constituyan el sistema composicional, por lo que las redes conexionistas no son composicionales. Y al no ser composicionales, no pueden ser sistemáticas.

Los defensores del conexionismo han respondido al reto de la sistematicidad de muy diversas maneras (Calvo y Symons, 2014). Por un lado, los hay que han intentado argumentar que las redes conexionistas pueden ser sistemáticas. Por ejemplo, Smolensky (1987, 1988) defiende que la sistematicidad se puede basar en una noción de composicionalidad débil en la que los estados de una red conexionista se pueden entender como vectores definidos por las matrices de los pesos de las conexiones de la red y los componentes de esos estados (p.ej., “Juan” en “Juan quiere a Lola”) como los vectores individuales que componen el vector de la red. Estos vectores se pueden combinar siguiendo ciertas normas y dependiendo del contexto. En este sentido, la combinación de vectores individuales da cuenta de la composicionalidad sin necesidad de apelar a estados funcionalmente discretos y, por tanto, las redes conexionistas pueden ser sistemáticas.

Por otro lado, los hay que argumentan que el pensamiento humano no es sistemático y que, por tanto, las redes conexionistas no necesitan serlo. Este es el caso de Chemero (2014), que analiza la noción de sistematicidad usada por Fodor y Pylyshyn y que concluye que no hay sustento empírico para ella tras un recorrido por los usos de la palabra “sistematicidad” en las ciencias cognitivas. En este sentido, el reto de la sistematicidad es un argumento hegeliano: un argumento basado en pura especulación, pero sin respaldo en la ciencia cognitiva. Chemero (2009) considera que los argumentos hegelianos son poco convincentes, lo que va en contra del reto de la sistematicidad. A pesar de ello, es un hecho constatable que el reto de la sistematicidad sigue vigente en las disputas teóricas respecto al conexionismo.

5. Conexionismo hoy

Las redes conexionistas han sido aplicadas a tareas cognitivas muy diversas, tales como tareas lingüísticas, de percepción, o de toma de decisiones. Con su éxito, el conexionismo ha demostrado que ciertas asunciones del cognitivismo no son necesarias para comprender y explicar la forma en la que los sistemas cognitivos funcionan—por ejemplo, las redes conexionistas no precisan de una descripción formal o de reglas explícitas de procesamiento computacional. Este hecho diferenciador ha provocado un amplio desarrollo del paradigma conexionista desde que apareció en los años 80 y, hoy en día, podemos hablar de una segunda, una tercera, e incluso una cuarta generación del conexionismo (las generaciones son también conocidas como “olas del conexionismo”).

Un importante ejemplo de las redes conexionistas de segunda generación es el predictor de oraciones de Elman (1990). La mayor novedad de este predictor de segunda generación con respecto a las redes conexionistas de primera generación es que está basado en una red recurrente. Las redes recurrentes se distinguen por incluir una capa de nodos de contexto que actúan como una forma de memoria (Figura 3). Normalmente, la capa de contexto copia los estados de la capa escondida y los reintroduce en esa capa en el siguiente ciclo de activación. En este sentido, las redes recurrentes explotan las propiedades temporales de la actividad de las redes conexionistas para así proporcionar a la red mayor capacidad de procesamiento.

Figura 3. Ejemplo de red conexionista recurrente. Es una red conexionista estándar a la que se añade una capa extra, o capa de contexto. La capa escondida se copia en cada ciclo (flechas discontinuas azules). En el siguiente ciclo la capa de contexto es, junto a la capa de entrada, la que alimenta a la capa escondida.

La tercera generación de conexionismo, el conexionismo dinámico (McClelland et al., 2010), introduce en las redes conexionistas algunas características que aumentan su plausibilidad biológica. Por ejemplo, permitiendo diferencias entre los nodos para usar algunos de ellos con propósitos especiales, incluyendo una conectividad más compleja, retardos, procesamiento en tiempo continuo, entradas analógicas, ruido, etc. Y la cuarta generación, más actual si cabe, es la que introduce principios del procesamiento predictivo (Friston, 2010) en la arquitectura conexionista, permitiendo el procesamiento bidireccional basado en probabilidad bayesiana. En estas redes, el aprendizaje se consigue mediante la combinación de flujos informativos bidireccionales—esto es, de la capa de entrada a la de salida y viceversa.

El conexionismo, por tanto, sigue siendo un paradigma relevante dentro de las ciencias cognitivas y sigue proponiendo alternativas a los modelos clásicos tanto en psicología y neurociencia cognitiva como en inteligencia artificial. Además, es de esperar que el avance en el conocimiento de los sistemas neuronales biológicos repercuta en los modelos conexionistas y que estos sean cada vez más refinados y puedan seguir contribuyendo al avance del conocimiento de los procesos cognitivos.

Vicente Raja
(Rotman Institute of Philosophy,
Western University)

Referencias

  • Anderson, J. R. (1983): The Architecture of Cognition, Cambridge, Mass., Harvard University Press.
  • ———— (2007): How Can the Human Mind Occur in the Physical Universe?, Oxford, Oxford University Press.
  • Bryson, A. E. (1961): “A gradient method for optimizing multi-stage allocation processes”, en Proceedings of the Harvard University Symposium on Digital Computers and their Applications, Cambridge, Mass., Harvard University.
  • Calvo, P. y J. Symons (2014): The Architecture of Cognition, Cambridge, Mass., MIT Press.
  • Chemero, A. (2009): Radical Embodied Cognitive Science, Cambridge, Mass., MIT Press.
  • ———— (2014): “Systematicity and interaction dominance”, en Calvo, P. y J. Symons, eds., The Architecture of Cognition, Cambridge, Mass., MIT Press, pp. 353-369.
  • Churchland, P. M. (1989): A Neurocomputational Perspective: The Nature of Mind and the Structure of Science, Cambridge, Mass., MIT Press.
  • Elman, J. (1990): “Finding structure in time”, Cognitive Science, 14(2), pp. 179-211.
  • Fodor, J. y Z. Pylyshyn (1988): “Connectionism and cognitive architecture: A critical analysis”, Cognition, 28, pp. 3-71.
  • Friston, K. (2010): “The free-energy principle: A unified brain theory?”, Nature Reviews Neuroscience, 11(2), pp. 127-138.
  • Garnham, A. (2009): “Cognitivism”, en Symons, J. y P. Calvo, eds., The Routledge Companion to Philosophy of Psychology, Nueva York, Routledge, pp. 99-110.
  • Hebb, D.O. (1949): The Organization of Behavior, Nueva York, Wiley.
  • Hinton, G. y J. Anderson (1981): Parallel Models of Associative Memory, Hillsdale, Lawrence Erlbaum Assoc.
  • Kelley, H. J. (1960): “Gradient theory of optimal flight paths”, ARS Journal, 30(10), pp. 947-954.
  • McCarthy, J. y P. Hayes (1969): “Some philosophical problems from the standpoint of artificial intelligence”, en Meltzer, B. y D. Michie, eds., Machine Intelligence 4, Edimburgo, Escocia, Edinburgh University Press, pp. 463-502.
  • McClelland, J. L., M. M. Botvinick, D. C. Noelle, D. C. Plaut, T. T. Rogers, M. S. Seidenberg y L. B. Smith (2010): “Letting structure emerge: Connectionist and dynamical systems approaches to cognition”, TRENDS in Cognitive Sciences, 14(8), pp. 348-356.
  • McCulloch, W. y W. Pitts. (1943): “A logical calculus of the ideas immanent in nervous activity”, Bulletin of Mathematical Biophysics, 5, pp. 115-133.
  • Miller, G. A. (2003): “The cognitive revolution: A historical perspective”, TRENDS in Cognitive Sciences, 7(3), pp. 141-144.
  • Newell, A. (1990): Unified Theories of Cognition, Cambridge, Mass., Harvard University Press.
  • Polger, T. y L. Shaprio (2016): The Multiple Realization Book, Oxford, Oxford University Press.
  • Ramsey, W., S. Stich y J. Garon (1990): “Connectionism, eliminativism and the future of folk psychology”, Philosophical Perspectives, 4, pp. 499-533.
  • Rumelhart, D. E., G. E. Hinton y R. J. Williams (1986): “Learning internal representations by error propagation”, en Rumelhart, D. E. y J. L. McClelland, eds., Parallel Distributed Processing: Explorations in the Microstructure of Cognition. Vol. 1, Foundations, pp. 318-362, Cambridge, Mass., MIT Press.
  • Rumelhart, D. E., J. L. McClelland y PDP Research Group (1986): Parallel Distributed Processing, 1, 2, Cambridge, Mass., MIT Press.
  • Russell, S. J. y P. Norvig (2003): Artificial Intelligence: A Modern Approach, Upper Saddle River, Prentice Hall.
  • Searle, J. (1980): “Minds, brains, and programs”, Behavioral and Brain Sciences, 3, pp. 417-457.
  • Selfridge, O. G. (1959): “Pandemonium: A paradigm for learning”, en Blake, D. V. y A. M. Uttley, eds., Proceedings of the Symposium on Mechanisation of Thought Processes, pp. 511-529, Londres.
  • Smolensky, P. (1987): “The constituent structure of mental states: A reply to Fodor and Pylyshyn”, Southern Journal of Philosophy, 25, pp.137-460.
  • ———— (1988): “On the proper treatment of connectionism”, Behavioral and Brain Sciences, 2, pp. l-23.
  • Thagard, P. (2005): Mind: Introduction to Cognitive Science, Cambridge, Mass., MIT Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Campanario, J. M. (2004): “El enfoque conexionista en psicología cognitiva y algunas aplicaciones sencillas en didáctica de las ciencias”, Enseñanza de las Ciencias, 22(1), pp. 93-104.
  • Pineda, D. (2012): La Mente Humana: Introducción a la Filosofía de la Psicología, Madrid, España, Ediciones Cátedra.
  • Pons Parra, R. M. y J. M. Serrano Gonzalez-Tejero (2011): “Conexionismo e instrucción”, Educación y Humanismo, 13(21), pp. 51-82.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Raja, Vicente (2019) “Conexionismo”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/conexionismo/).

 

Metacognición

La metacognición puede definirse de dos formas: 1) como la capacidad metarrepresentacional de adscribir estados mentales a otros sujetos y a sí mismo o 2) como la capacidad de monitorear y controlar los procesos cognitivos propios. Estas dos definiciones reflejan el debate que ha habido entre dos maneras diferentes de entender esta capacidad mental; un debate con diferentes implicaciones sobre la arquitectura cognitiva, diferentes predicciones sobre los seres que poseen esta capacidad y sobre su funcionamiento general.

En la primera parte de esta entrada reconstruiré y evaluaré el debate entre quienes defienden la definición metarrepresentacional (1) y quienes defienden la definición en términos de monitoreo y control (2). Luego, presentaré brevemente algunos estudios empíricos a favor de la teoría de monitoreo y control; en particular, los datos sobre la presencia de metacognición en los animales y los datos de la psicología cognitiva sobre los sentimientos metacognitivos. Finalmente, terminaré esta entrada presentando las teorías duales de la metacognición.

1. Teoría metarrepresentacional de la metacognición

La metacognición se ha definido clásicamente como el pensamiento sobre el pensamiento, esto es, como la capacidad de formar pensamientos de orden superior sobre pensamientos o estados mentales de primer orden (p.ej., creencias, deseos, sentimientos, etc.)  (Nelson y Narens, 1990). De acuerdo con esta perspectiva, la metacognición consiste en dirigir nuestra capacidad de lectura de mentes (mindreading capacity) hacia nosotros mismos para producir autoadscripciones de estados mentales (Carruthers, 2009, 2011; Gopnik, 1993; Wilson, 2002). Esta perspectiva, se deriva de una visión social de la metacognición, ya que la capacidad de pensar sobre nuestros propios pensamientos surgiría a partir de nuestra capacidad de pensar sobre los pensamientos de los otros. Dicho esto, es importante señalar que la capacidad de lectura de mentes requiere la posesión de conceptos psicológicos o mentales para poder producir adscripciones de estados mentales. Los conceptos psicológicos son aquellos que se refieren a actitudes proposicionales tales como creer, saber, desear, esperar, entre otros. Algunos teóricos consideran que estos conceptos son adquiridos por los niños alrededor de los cuatro años cuando aprenden las palabras relacionadas con estos en el lenguaje. Según esto, la estructura metarrepresentacional de los juicios metacognitivos está compuesta por:

1) una proposición como “hay una flor roja sobre la mesa”,

2) un concepto psicológico (e.g., creer, saber, desear, esperar) que representa una actitud mental de primer orden dirigida a la proposición (A),

3) una actitud mental de orden superior dirigida al concepto psicológico de primer orden (2) y su contenido (1) (Proust, 2007).

Así, el juicio metacognitivo tiene la siguiente forma:

[3] Yo creo que [2] YO SÉ[1](o PERCIBO, O CREO, O SIENTO, etc.) que [1] hay una flor roja sobre la mesa.

(Uso mayúsculas para denotar los conceptos psicológicos que están en juego. Además de los conceptos psicológicos citados, también hay que advertir que el sujeto debe ser capaz de usar el concepto de YO, para representarse a sí mismo como poseedor de estos estados.)

Esta descripción esquemática de la estructura de los juicios metarrepresentacionales nos permite advertir la complejidad representacional de los mismos y los requisitos cognitivos para formarlos. Al respecto, Browne dice: “Hay metarrepresentación de la creencia que p solo si son representados tanto el contenido p y la actitud (la creencia) en un estado mental de orden superior” (Browne, 2004, p. 634). Por esta razón, la capacidad de lectura de mentes que genera este tipo de juicios se ha entendido como un mecanismo inferencial que toma como entradas (inputs) representaciones sensoriales de primer orden (sobre el entorno, las circunstancias y las metas, entre otros), y las combina con conceptos psicológicos para generar juicios metarrepresentacionales como salidas (outputs).

Así pues, según esta perspectiva, la arquitectura cognitiva de la metacognición requiere una estructura metarrepresentacional que los sujetos usan para reflexionar sobre sus propios estados mentales. Además, para poder funcionar, esta estructura requiere de la posesión de conceptos mentales y de capacidad inferencial. Es por ello que, según la teoría metarrepresentacional, sólo seres dotados de estas capacidades tendrían metacognición.

2. Teoría de monitoreo y control de la metacognición

En contraposición con la teoría clásica de la metacognición y las propuestas de Carruthers, una perspectiva diferente sobre la metacognición surgió inspirada principalmente por la psicología comparada y los estudios sobre el control cognitivo. Por un lado, los resultados de la psicología comparada sugieren que puede haber monitoreo y control de procesamiento cognitivo en algunos animales que carecen de la capacidad de metarrepresentación o de lectura de mentes; en otras palabras, algunos seres vivos pueden monitorear y controlar sus estados y capacidades mentales sin tener que producir representaciones de orden superior (Browne, 2004; Proust, 2007, 2012). Por otro lado, se han encontrado disociaciones funcionales importantes entre el monitoreo de los estados cognitivos propios y los estados mentales de otro sujeto (Koriat y Ackerman, 2010), algo que no se esperaría si se tratara de una sola capacidad mental implicada en estas actividades. Además, también se han encontrado diferencias importantes entre los correlatos neuronales de la capacidad de lectura de mentes y el monitoreo y control metacognitivo (Proust, 2012). Según ciertos estudios, los correlatos neuronales de la capacidad de lectura de mentes son: la juntura temporoparietal, la corteza prefrontal anteromedial y la corteza temporal anterior; mientras que los correlatos neuronales del monitoreo y control son: la corteza prefrontal dorsolateral y ventromedial derecha, y la corteza cingulada (Proust, 2012, 2013).

Esta nueva perspectiva propone entender la metacognición como la capacidad de monitorear y controlar nuestros procesos y disposiciones mentales. En palabras de Joëlle Proust: “El propósito de la metacognición es evaluar las disposiciones mentales presentes del individuo, aceptarlas o rechazarlas, y formar compromisos epistémicos y motivacionales” (Proust, 2010). La diferencia principal con la teoría metarrepresentacional, sin embargo, es que esta evaluación, monitoreo y control no requieren de metarrepresentación, capacidad de lectura de mentes o posesión de conceptos psicológicos. De acuerdo con Browne: “Este modelo psicológico de la metacognición es mucho más amplio que el modelo filosófico basado en el “ascenso intencional” [i.e. la formación de metarrepresentaciones]. Este modelo nuevo no requiere intencionalidad de nivel superior dado que no afirma que tanto el contenido como la actitud psicológica de primer orden deban ser representadas en un estado mental de orden superior” (Browne, 2004, p. 636).  Según Proust, esta evaluación, monitoreo y control se dan a través de una simulación mental del proceso cognitivo en cuestión que permite predecir el procesamiento cognitivo, revisarlo y ajustarlo (Proust, 2007, 2009a, 2013), de un modo parecido a como ocurre con el monitoreo y control motor de nuestras acciones corporales como caminar, saltar o levantar un vaso.

Según esta teoría, la metacognición no se da entonces en términos de juicios metacognitivos de orden superior o metarrepresentaciones. Joëlle Proust, la principal representante de esta teoría, defiende que esta capacidad funciona basándose en sentimientos metacognitivos (Proust, 2013). Ejemplos de sentimientos metacognitivos son el sentimiento de tener algo en la punta de la lengua, el sentimiento de saber, la certeza, la incertidumbre y el sentimiento de error, entre otros. Estas experiencias de primer orden indican al sujeto los posibles cursos de acción mental y sobre la adecuación de sus propios estados y procesos cognitivos que le permiten, a su vez, controlarlos. Un sujeto, por ejemplo, al ser confrontado con un problema cognitivo como resolver una multiplicación (5 x 13), debe decidir qué estrategia usar para resolverlo; debe escoger entre intentar recordar la solución (en caso de que conozca el problema) o calcularlo. Al enfrentarse con este problema cognitivo, el sujeto tiene inmediatamente el sentimiento de no saber la respuesta y por ello escoge la estrategia de calcular el resultado en lugar de intentar recordarlo. Según estos teóricos, esta decisión está basada en un sentimiento metacognitivo y no en una metarrepresentación o un juicio de orden superior. La metacognición, desde esta perspectiva, es la capacidad de tener sentimientos metacognitivos y ser capaz de usarlos para monitorear y controlar sus propios procesos cognitivos.

A continuación, presentaré brevemente algunos datos de la psicología comparada y los datos de la psicología cognitiva a favor de la teoría de monitoreo y control.

2.1. Datos de la psicología comparada: metacognición en animales no-humanos

En los últimos años se han publicado una serie de artículos experimentales que sugieren que algunos animales tienen capacidades metacognitivas de monitoreo y control de los estados mentales propios. David Smith y colegas fueron los primeros en establecer un paradigma experimental para la investigación de esta capacidad en los animales (Smith et al., 1995). Sus primeros experimentos fueron sobre metacognición perceptual (también llamada metapercepción) con monos rhesus (Macaca mulatta) y delfines nariz de botella (Tursiops truncatus). Siguiendo esta línea de investigación, Robert Hampton (2001) desarrolló un paradigma para estudiar la metacognición de la memoria (también llamada metamemoria) en los monos rhesus. Foote y Crystal (2007), por su parte, adaptaron el paradigma de Hampton para estudiar la metacognición en ratas (Rattus norvegicus). A continuación, paso a describir algunos de estos experimentos.

En el estudio pionero de David Smith y colegas con monos rhesus, estos fueron entrenados para discriminar patrones visuales densos (alta cantidad de pixeles) o poco densos (baja cantidad de pixeles) (Smith, Shields, Schull, y Washburn, 1997). Luego de cada discriminación exitosa los monos recibían una porción de alimento como recompensa, y recibían un tiempo de espera (un castigo usual en estas pruebas) por cada una de sus respuestas incorrectas (p. 82). Una vez dominada la tarea de discriminación visual de primer orden, se introdujo otro botón que los monos podían usar para evitar tener que dar una respuesta y así pasar directamente a la prueba siguiente sin recibir recompensa ni castigo. A este botón se le llamó “respuesta de incertidumbre” y se le asoció con un estado mental de segundo orden.  El resultado fundamental del experimento fue que los monos usaron la respuesta de incertidumbre particularmente en los casos donde era más difícil o imposible la discriminación visual, tal y como lo haría un sujeto humano para evitar equivocarse. De hecho, al comparar el comportamiento de los monos y de los seres humanos en este tipo de pruebas, se evidencia una gran similitud. Según la interpretación de Smith y colegas, estos resultados sugieren la presencia de metapercepción en monos rhesus puesto que estos se percatan de cuándo pueden y cuándo no pueden discriminar adecuadamente los patrones visuales (Smith, Shields, y Washburn, 2003).

Smith y colegas hicieron un experimento similar con un delfín nariz de botella (Tursiops truncatus) (Smith et al., 1995). Pero, en este caso, se adoptó como paradigma la discriminación auditiva entre señales sonoras agudas y graves. En primer lugar, se entrenó al delfín para reconocer un tono agudo (2100-Hz). En segundo lugar, se lo entrenó para que discriminara estas señales de otras señales acústicas graves (alrededor de 1200-Hz). Tal como en el experimento con monos, se dio la posibilidad al delfín de evitar pasar la prueba mediante una respuesta de incertidumbre. En este caso, los delfines también usaron la respuesta de incertidumbre cuando les era más difícil discriminar los estímulos (por ejemplo, en la discriminación entre 2,100 Hz y 2,085 Hz) y así lograron mejorar la corrección de sus respuestas (Smith et al., 2003).

Estos son algunos de los principales experimentos que se han usado para evaluar la capacidad de ciertos animales de monitorear sus propios estados perceptivos. Sin embargo, hay que anotar que la interpretación de estos resultados en términos metacognitivos no es unánime. Algunos autores, como Carruthers (2008, 2009), se han pronunciado en contra de la interpretación metacognitiva de los mismos. Él señala que no hay evidencia de que estos animales cuenten con la capacidad de lectura de mentes (Call y Tomasello, 2008) que les permita generar metarrepresentaciones sobre sus propios estados mentales asociados a estas tareas y por lo tanto se debería proveer de una explicación de estos datos en términos no-metacogntivos. Según Carruthers (2009, 2011), la capacidad de lectura de mentes es ontogenética y filogenéticamente anterior a la metacognición, pues esta última no es más que una derivación de la primera (Carruthers, 2009, 2011). Sin embargo, cabe señalar que la interpretación de los datos en términos no-metarrepresentacionales permitiría adscribir la capacidad metacognitiva a los animales en términos de capacidad de monitoreo y control de los propios estados cognitivos. En este sentido, Browne (2004) y Proust (2007, 2013) han formulado explicaciones del monitoreo y control en términos de primer orden y han dado buenos argumentos de por qué el monitoreo y control no requieren una estructura metarrepresentacional.

2.2. Datos de la psicología cognitiva: sentimientos metacognitivos

Otros datos a favor de la teoría de monitoreo y control vienen de la psicología cognitiva. Diferentes estudios han mostrado que hay disociaciones funcionales importantes entre el monitoreo de los estados cognitivos propios y los estados mentales de otro sujeto (Koriat y Ackerman, 2010). En el caso de los estados mentales propios, los sujetos frecuentemente atienden a sus sentimientos metacognitivos tales como el sentimiento de saber (Koriat, 2000; Paynter, Reder, y Kieffaber, 2009; Reder, 1987), el sentimiento de error (Fernández Cruz, Arango-Muñoz, y Volz, 2016) o el sentimiento de confianza (Kalnikaité y Whittaker, 2007), entre otros, para monitorear y controlar sus procesos cognitivos, mientras que en el caso del monitoreo de los procesos mentales de los otros los sujetos usan una teoría de la mente para inferir los estados mentales del otro (Koriat y Ackerman, 2010).

Para entender lo anterior pongamos un par de ejemplos. Al confrontar una pregunta sobre una información conocida (¿Quién descubrió la penicilina?), las personas seleccionan una estrategia cognitiva para resolverlo: la persona puede decidir recordar la solución usando su memoria o resolverlo usando una herramienta mnemotécnia externa como un cuaderno de notas, el internet o preguntando a un amigo (Kalnikaité y Whittaker, 2007). Frecuentemente, esta decisión está basada en un sentimiento metacognitivo (como el sentimiento de saber o el sentimiento de olvido) que informa al sujeto sobre su capacidad de resolver el problema usando sus capacidades cognitivas internas o si debe acudir a una ayuda externa de la memoria (Arango-Muñoz, 2013). Los sentimientos metacognitivos son experiencias que informan al sujeto sobre sus propios estados y procesos mentales sin necesidad de metarrepresentarlos. En cambio, para determinar si alguien sabe esta información tenemos que recurrir a otra estrategia. Podemos preguntarle y esperar su respuesta para determinar si lo sabe, o podemos intentar inferirlo a partir de los conocimientos previos que tengamos de esta persona: por ejemplo, a partir de la creencia que esta persona terminó la escuela básica y luego estudió medicina, puedo inferir que probablemente tiene la información requerida y, a partir de esto, construir el juicio metarrepresentacional “ella sabe que Fleming descubrió la penicilina”.

Koriat y Ackerman (2010) diseñaron un experimento que rastrea esta disociación entre el monitoreo de los procesos cognitivos propios y ajenos. En este estudio se compararon los juicios de aprendizaje (judgments of learning) relacionados con el aprendizaje propio y el aprendizaje ajeno. Para llevar a cabo esta comparación, en una condición, los participantes estudiaron durante el tiempo que consideraron necesario listas de pares de palabras asociadas que ellos debían memorizar y luego debían reportar un juicio de aprendizaje sobre cada par de palabras asociadas. En otra condición, los participantes debían juzgar el aprendizaje de otro sujeto luego de verlo cómo estudia los pares de palabras. El resultado más interesante de este estudio fue descubrir que, en el caso propio, a menor tiempo de estudio de cada par, se reportaba un juicio de aprendizaje más alto. Mientras que, en el caso ajeno, a menor tiempo de estudio, se reportó un juicio de aprendizaje más bajo. La explicación que dan los investigadores de estos resultados es que en cada caso el juicio tiene un fundamento diferente. En el caso propio, el juicio se basa en un sentimiento de saber causado por la heurística de fluidez (“si lo estudio poco, es porque lo sé”); mientras que, en el caso ajeno, el juicio se basa en un juicio metarrepresentacional basado en una teoría psicológica popular (folk psychology) según la cual a menos tiempo de estudio menos retención de información (“si se estudia poco, se aprende poco; en cambio, si se estudia mucho, se aprende mucho”).

3. Teoría dual de la metacognición

Una forma de zanjar el debate entre la teoría metarrepresentacional y la teoría de monitoreo y control ha sido proponer que la metacognición es un fenómeno dual que se compone de dos niveles, cada uno de una estructura diferente, con un contenido diferente y una función diferente en la arquitectura cognitiva (Arango-Muñoz, 2011). Siguiendo la idea de las teorías de procesamiento dual de la mente (Evans, 2010), por un lado, habría un “sistema 2 de metacognición” (Proust, 2013; Shea et al., 2014), también llamada “metacognición de nivel superior” (Arango-Muñoz, 2011) o “metacognición basada en teoría” (Koriat, 2000). Por otro lado, habría un “sistema 1 de metacognición” (Proust, 2013; Shea et al., 2014), “metacognición de bajo nivel” (Arango-Muñoz, 2011), o “metacognición basada en sentimientos (Koriat, 2000). El primer tipo de metacognición (sistema 2, de nivel superior, o basado en teoría) correspondería al uso de la capacidad de lectura de mentes dirigida hacia sí mismo, tal y como lo propuso Carruthers, mientras que el segundo tipo de metacognición (sistema 1, nivel bajo, o basado en sentimientos) correspondería a la forma como los seres humanos y algunos animales controlamos intuitivamente nuestros procesos cognitivos, tal y como lo propuso Proust. La disputa se zanja al mostrar que cada una de las teorías en disputa estarían tratando de explicar un nivel diferente de metacognición, y por lo tanto el conflicto se disuelve.

Si se acepta la idea según la cual la metacognición tiene dos niveles o dos formas de procesamiento, la pregunta general por la metacognición pierde su sentido y se abren nuevas preguntas: ¿Cómo funciona exactamente cada nivel de metacognición? ¿Cuál es su estructura y contenido? Los filósofos anteriormente citados han avanzado ya en algunas de las respuestas a estas preguntas. Pero quedan otras: ¿Interactúan los niveles o formas de metacognición? ¿Cómo interactúan? ¿Acaso hay influencia del nivel superior en el nivel inferior de metacognición y viceversa? En los adultos ambos niveles parecen interactuar en ciertos casos. Por un lado, parece haber casos de influencia del nivel inferior al superior: por ejemplo, un sentimiento de incertidumbre al caminar por las calles de una ciudad donde no resido me puede llevar a formar la creencia de orden superior de que no conozco bien esta ciudad y estoy perdido. Por otro lado, parece haber casos de influencia del nivel superior sobre el inferior: por ejemplo, después de estudiar ciertos datos de la psicología cognitiva y aprender sobre la falibilidad de la memoria, puedo inferir que mi memoria es falible, y experimentar un sentimiento de incertidumbre sobre mis recuerdos.

Además, la pregunta por la metacognición en animales se transforma en otra: ¿Qué nivel o forma de metacognicón tiene este o aquel animal? La respuesta que se podría dar desde esta perspectiva es que algunos animales tienen un nivel inferior o sistema 1 de metacognición que les permite monitorear y controlar algunos de sus procesos cognitivos, por ejemplo, los delfines o los monos rhesus, tal y como lo demuestran los datos de la psicología experimental (§2.1). Una explicación de cómo pueden lograr eso se da apelando a conceptos como el de sentimientos metacognitivos (Proust, 2009b). Es importante agregar aquí, sin embargo, que no todos los animales están provistos de metacognición de nivel inferior o sistema 1 de metacognición: los monos capuchinos y las palomas, por ejemplo, parecen no poseer esta capacidad, pues no logran pasar las pruebas de monitoreo y control de sus procesos cognitivos (Inman y Shettleworth, 1999; Smith, Shields y Washburn, 2003). Finalmente, como hasta la fecha no ha sido posible determinar la presencia de capacidad de lectura de mentes y el concepto de creencia en ningún animal (Call y Tomasello, 2008), no podemos afirmar que algún animal posea un nivel superior o sistema 2 de metacognición o que algún animal sea capaz de generar pensamientos de orden superior o metarrepresentaciones.

Conclusión

El estudio de la metacognición ha cautivado tanto a psicólogos como a neurocientíficos y filósofos y ha suscitado el debate sobre la manera en que se debe definir la metacognición: (1) como la capacidad metarrepresentacional de adscribir estados mentales a otros sujetos y a sí mismo o (2) como la capacidad de monitorear y controlar los procesos cognitivos propios. Aunque no todos los autores están convencidos, la conclusión de esta discusión es que la teoría dual de la metacognición, según la cual cada una de estas definiciones corresponde a un nivel diferente de la metacognición y a una teoría general de esta capacidad, parece resolver el debate y dar cuenta de ambos niveles (Arango-Muñoz, 2011; Proust, 2013; Shea et al., 2014).

(Este texto retoma algunos elementos del texto “Metacognión en animales” de mi autoría publicado en el libro Ética animal: fundamentos cognitivos y filosóficos para nuestra relación ética con otras especies animales. Bernardo Aguilera y Juan Alberto Lecaros (Eds.). Madrid, Universidad de Comillas).

Santiago Arango-Muñoz
(Universidad de Antioquia)

Referencias

  • Browne, D. (2004): “Do dolphins know their own minds?”, Biology and Philosophy, 19, pp. 633-653.
  • Call, J. y M. Tomasello (2008): “Does the Chimpanzee have a theory of mind? 30 years later”, Trends in Cognitive Sciences, 12, pp. 187-231.
  • Carruthers, P. (2009): “How we know our own minds: The relationship between mindreading and metacognition”, Behavioral and Brain Sciences, 32(2), pp. 121-138. https://doi.org/10.1017/s0140525x09000545
  • – – – (2011): The Opacity of Mind: An Integrative Theory of Self-Knowledge, Oxford, Oxford University Press.
  • Fernández Cruz, A. L., S. Arango-Muñoz y K. Volz (2016): “Oops, scratch that! Monitoring one’s own errors during mental calculation”, Cognition, 146, pp. 110-120. https://doi.org/10.1016/j.cognition.2015.09.005
  • Gopnik, A. (1993): “How we know our minds: The illusion of first-person knowledge of intentionality, Behavioral and Brain Sciences, 16, pp. 90-101.
  • Inman, A. y J. S. Shettleworth (1999): “Detecting metamemory in nonverbal subjects: A test with pigeons”, Journal of Experimental Psychology, Animal Behavioral Processes, 25, pp. 389-395.
  • Kalnikaité, V. y S. Whittaker (2007): “Software or wetware? Discovering when and why people use digital prosthetic memory”, en CHI 2007: Proceedings of the SIGCHI conference on Human factors in computing systems, New York, ACM Press, pp. 71-80.
  • Koriat, A. (2000): “The feeling of knowing: Some metatheoretical implications for consciousness and control”, Consciousness and Cognition, 9(2), pp. 149-171.
  • Koriat, A. y R. Ackerman (2010): “Metacognition and mindreading: Judgments of learning for Self and Other during self-paced study”, Consciousness and Cognition, 19(1), pp. 251-264.
  • Nelson, T. O. y L. Narens (1990): “Metamemory: A theoretical framework and new findings”, The Psychology of Learning and Motivation, 26, pp. 125-173.
  • Paynter, C. A., L. M. Reder y P. D. Kieffaber (2009): “Knowing we know before we know: ERP correlates of initial feeling-of-knowing”, Neuropsychologia, 47(3), pp. 796-803. https://doi.org/10.1016/j.neuropsychologia.2008.12.009
  • Proust, J. (2007): “Metacognition and metarepresentation: Is a self-directed theory of mind a precondition for metacognition?”, Synthese, 159, pp. 271-295.
  • – – – (2009a): “Is there a sense of agency of thought?”, en L. O’Brien y M. Soteriou, eds., Mental actions and agency, Oxford, Oxford University Press, pp. 253-279.
  • – – – (2009b): “The Representational Basis of Brute Metacognition: A Proposal”, en R. Lurz, ed., The Philosophy of Animal Minds, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 165-183.
  • – – – (2012): “Metacognition and mindreading: One or two functions?”, en Beran, M., J. Brandl, J. Perner y J. Proust, eds., The foundations of metacognition, Oxford, Oxford University Press, pp. 234-250.
  • – – – (2013): The Philosophy of Metacognition: Mental Agency and Self-Awareness, Oxford, Oxford University Press.
  • Reder, L. M. (1987): “Strategy selection in question answering”, Cognitive Psychology, 19(1), pp. 90-138. https://doi.org/10.1016/0010-0285(87)90005-3
  • Shea, N., A. Boldt, D. Bang, N. Yeung, C. Heyes y C. D. Frith (2014): “Supra-personal cognitive control and metacognition”, Trends in Cognitive Sciences, 18(4), pp. 186-193. https://doi.org/10.1016/j.tics.2014.01.006
  • Smith, J. D., J. Schull, J. Strote, K. McGee, R. Egnor y L. Erb (1995): “The uncertain response in the bottlenosed dolphin (Tursiops truncatus)”, Journal of Experimental Psychology: General, 124, pp. 391-408.
  • Smith, J. D., W. E. Shields, J. Schull, y D. A. Washburn (1997): “The uncertain response in humans and animals”, Cognition, 62(1), pp. 75-97. https://psycnet.apa.org/doi/10.1016/S0010-0277(96)00726-3
  • Smith, J. D., W. Shields y D. Washburn (2003): “The comparative psychology of uncertainty monitoring and metacognition”, Behavioral and Brain Sciences, 26(3), pp. 317-339.
  • Wilson, T. D. (2002): Strangers to ourselves, Harvard University Press.
Cómo citar esta entrada

Arango-Muñoz, Santiago (2019) «Metacognición», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/metacognicion/).

 

Conceptos

Considere el lector la oración ‘Los vampiros son elegantes’ y piense si está de acuerdo con lo que dice. Para emitir su juicio, en primer lugar, habrá tenido que comprender lo que esa oración significa; seguidamente, habrá tenido que reflexionar unos instantes acerca de su contenido. Operaciones como la comprensión y la reflexión típicamente involucran conceptos. Para emitir su juicio ha tenido que decidir si cierta clase de seres, los vampiros, cae dentro de otra clase, la de las entidades elegantes. Son esos términos que identifican clases los que generalmente tenemos como paradigma cuando hablamos de conceptos. Esta capacidad de captar lo general y común de las cosas es el sello de lo conceptual y lo que le otorga un papel central para dar cuenta del pensamiento y de su relación con la realidad. Es por esto que su estudio tiene detrás una larga tradición filosófica. Comenzaremos por ver algunos hitos de dicho estudio y el modo en que prefiguran las preocupaciones de la filosofía de la mente, del lenguaje y de la psicología de las últimas décadas. A continuación, veremos algunos de los debates recientes más relevantes en dichos ámbitos.

1. Conceptos, realidad y significado

La preocupación acerca de cómo captamos lo general y común de las cosas se remonta, como tantas otras preguntas filosóficas, a las obras de Platón y Aristóteles. En general, las respuestas que la Antigüedad va a ofrecer dependen de posiciones metafísicas acerca de la naturaleza de la realidad. Si, como Platón sostiene, aquello que caracteriza lo que las cosas son –bello, cuadrado, león– se encuentra en un mundo transcendente, el de las ideas, separado del nuestro, captar lo general implica ascender hasta dicho mundo para contemplar directamente esas ideas. Si, como Aristóteles propondrá, lo que caracteriza a las cosas –su forma– es inmanente a las cosas mismas, conocer lo general implicará un proceso de separación en nuestra mente de dicha forma.

Los antecedentes más explícitos de los debates en torno a los conceptos, sin embargo, se encuentran en la filosofía medieval, particularmente en el llamado problema de los universales. Muy sucintamente, el problema consiste en cómo caracterizar las propiedades universales que predicamos de las cosas. Así, cuando decimos que ‘Po es un panda’, la propiedad que atribuimos a Po ¿está en el mismo Po?, ¿preexiste a Po?, ¿no es nada más allá de la expresión lingüística ‘es un panda’? Este modo de plantear el problema pone de nuevo el énfasis en las cuestiones metafísicas, es decir, las relativas a la existencia y naturaleza de esos universales. Pero, al intentar responderlas, estos filósofos desarrollaron al mismo tiempo una serie de teorías en torno a la naturaleza de lo mental, esto es, se preguntaron cómo han de ser nuestros pensamientos para que puedan relacionarse con los universales a los que se dirigen. Es en este terreno donde se despliega la noción de conceptus: un contenido engendrado por la mente que capta lo que tienen de común los objetos que aquella conoce. Los medievales llevaron a cabo su estudio por medio de un enorme aparato de distinciones lógico-lingüísticas.

El problema de los universales desapareció de la escena filosófica con el colapso de la escolástica (aunque reaparece en nuevas formas en la filosofía analítica contemporánea), pero esto no quiere decir que el estudio de los conceptos fuera abandonado. De hecho, con el desplazamiento de los intereses desde los aspectos metafísicos a las condiciones del sujeto cognoscente, la edad moderna planteaba la necesidad de explicar qué es lo que este sujeto aporta al proceso de conocimiento. El término más usado ahora, sin embargo, no será el de ‘concepto’ sino más bien el de ‘idea’, que es una representación de la realidad que se forma en la mente. Frente al énfasis medieval en los aspectos lógicos, la mirada de los filósofos modernos se dirige principalmente a las características de nuestra vida mental que hacen posible el conocimiento. Un ejemplo es el debate entre empiristas y racionalistas en torno a la posibilidad de las ideas innatas: ¿son todas nuestras ideas derivadas de la experiencia (que para Locke incluye tanto las impresiones de los sentidos como la reflexión sobre nuestros procesos mentales)?, ¿o hay ideas irreducibles a la experiencia y que de algún modo la anteceden? Este debate resurgirá con fuerza en la discusión contemporánea sobre innatismo conceptual.

La famosa “síntesis” (o, más bien, superación) kantiana de empirismo y racionalismo se puede entender como un intento de delimitar qué es lo que mente y mundo aportan respectivamente al conocimiento. Kant entenderá los conceptos como representaciones generales que representan algo como cayendo bajo una clase (v.g., como un panda), en contraste con las intuiciones, que vienen a ser representaciones singulares e inmediatas (v.g., de “eso” que esta ahí). En el sistema kantiano los conceptos no son un derivado de la experiencia sino que a través de ellos el entendimiento desempeña un papel activo, en el sentido de que la experiencia se conforma a ellos para que sea posible el conocimiento. Esta idea se resume en su conocida formulación: “las intuiciones sin conceptos son ciegas” (para un análisis del contraste entre intuición y concepto en Kant, véase López Fernández, 2000).

La palabra que Kant utiliza para concepto (Begriff) es el vocablo alemán más corriente para referirse a lo que uno capta en la comprensión (frente a Idee, que Kant utilizará para referirse a principios regulativos de la razón pero no constitutivos del conocimiento, o Konzept, término que apenas utiliza) y se puede traducir igualmente como ‘término’. Es con esta doble acepción en mente como uno puede entender el proyecto con el que un filósofo posterior, Frege, va a revolucionar la práctica filosófica. En su Conceptografía (Begriffsschrift) Frege concibe una notación que le va a permitir analizar la predicación y desarrollar un cálculo de la misma en términos lógico-matemáticos. Sin embargo, la noción de concepto de Frege es distinta a la de Kant. Ya hemos visto que para este último los conceptos son un tipo de representaciones, cosa que lo conecta con el modo en que las ideas son tratadas en la tradición empirista. Para Frege, sin embargo, los conceptos son entidades abstractas y objetivas, que constituyen la referencia de los predicados, más concretamente, son funciones (x es una mujer) que, al tomar valores, resultan en algo verdadero (x= Ana) o falso (x = Blas). En otras palabras, Frege saca el estudio de los conceptos del ámbito de lo psicológico y lo ubica en el plano lógico-lingüístico, como ya hicieron los medievales pero con nuevas herramientas que abren la puerta a una concepción de la filosofía como análisis conceptual.

En líneas generales, un análisis conceptual supone extraer el significado de las oraciones donde figura dicho concepto para poder poner de manifiesto la red de relaciones lógicas entre las mismas. Aplicado a los conceptos que tradicionalmente han interesado a la filosofía –conocimiento, bien, verdad…– el objetivo último sería dar con las condiciones necesarias y suficientes para su aplicación. Sin embargo, la posibilidad de esta empresa fue puesta paulatinamente en tela de juicio, particularmente a partir de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein. Cuando observamos detenidamente el lenguaje, lo que vemos no son significados prefijados de las palabras sino una serie de usos de las mismas, conectados por un “parecido de familia”. Esta observación invita a abandonar la concepción fregeana de los conceptos como entidades abstractas e inmutables, para insertarlos dentro de las fluctuantes actividades de los individuos, en las que se entrecruzan diversos “juegos de lenguaje”. Pero invita también a mirar con recelo otras formas de reificación, como la de asimilar los conceptos a objetos mentales. Siguiendo esta estela, algunos consideran los conceptos como habilidades, capacidades o disposiciones. Por ejemplo, tener el concepto de oso vendría a ser tener una capacidad de reidentificar objetos o una cierta disposición a tratar diversos objetos como pertenecientes a una misma clase (para un análisis de la filosofía de Wittgenstein en torno a los conceptos, véase Mota, 2015; para las distintas nociones de habilidad, véase Aguilera, 2008 o Destéfano, 2008).

Mientras tanto, el desarrollo de las ciencias cognitivas a mediados del siglo XX instaura de nuevo la noción de representación como la piedra angular de lo mental en general, y de lo conceptual en particular. Tener el concepto de reptil supone tener una determinada representación mental, llamémosla reptil, que se dirige de alguna manera a la propiedad correspondiente, llamémosla reptil. El foco de los filósofos se dirige hacia la propia noción de representación: ¿cómo es posible que reptil, la entidad mental, pueda representar reptil,un aspecto de la realidad? Resolver esta cuestión forma parte de uno de los temas centrales de la filosofía de la mente: el estudio de la intencionalidad, es decir, la propiedad de ciertas cosas, como los conceptos, de tener un contenido, de ser “acerca de algo”.

Por otra parte, el papel destacado que tienen los conceptos en la teorización psicológica los convierte en centro de atención de la filosofía de la psicología. Entre la batería de preguntas que en este ámbito se intenta responder se pueden señalar tres: ¿Qué tipo de representaciones mentales son los conceptos? ¿Cuál es su relación con la experiencia? ¿Cuál es su relación con el lenguaje? A continuación veremos brevemente cómo se discuten estas cuestiones, a menudo de forma interrelacionada, en la filosofía contemporánea (para una exposición más amplia de los problemas filosóficos de los conceptos en ciencia cognitiva, véase Laurence y Margolis, 1999; Margolis y Laurence, 2011).

2. Conceptos como representaciones mentales

Si, como el cognitivismo sostiene, la mente está poblada de representaciones, ¿qué es lo que caracterizaría a las conceptuales? El estudio empírico de los conceptos intenta responder a esta pregunta infiriendo el tipo de estructuras que es preciso postular en las mentes de los sujetos cuando se enfrentan a tareas típicamente conceptuales. Un paradigma de proceso conceptual sería la categorización, es decir, el proceso de agrupar una colección de entidades como pertenecientes a la misma clase. Para explicar el desempeño de los sujetos en tareas de este tipo surgieron tres grandes tipos de teorías: los conceptos como prototipos, como ejemplares o como estructuras teóricas. Las teorías de prototipos sostienen que un concepto (coche) es una abstracción de los rasgos más significativos (la forma, la función) de los ejemplares más típicos de una determinada categoría, de manera que, para decidir posteriormente si un determinado vehículo es o no un coche, comparará ese vehículo con su representación prototípica coche. Las teorías de ejemplares difieren de las anteriores en que lo que se almacena no es una representación abstracta sino un ejemplar concreto representativo de su categoría. Los psicólogos que consideran los conceptos como estructuras teóricas ponen el énfasis en los principios organizativos que gobiernan la estructura conceptual, principios que serían aparentes, por ejemplo, en el cambio que experimentan los niños de categorizar las cosas atendiendo a sus propiedades perceptibles (tener aspecto de cebra) a hacerlo atendiendo a principios internos basados en una teoría de lo que esas cosas son (ser biológicamente una cebra).

Las perspectivas de estas teorías para dar cuenta de la naturaleza de los conceptos han sido cuestionadas desde dos frentes. Por una parte, Jerry Fodor (1998) ha argumentado que sus constructos no tienen las características necesarias para satisfacer ciertas propiedades fundamentales de los conceptos, como la composicionalidad y su carácter público. La composicionalidad se refiere a que los conceptos pueden unirse entre sí para formar un nuevo concepto, cuyo contenido depende del contenido de los conceptos constituyentes y su modo de composición. Así, los conceptos padre ymadre pueden formar el compuesto padre de madre o madre de padre, dondede hace referencia a algún tipo de relación, de manera que cada compuesto designa una clase distinta de entidades. En último término, un pensamiento sería un compuesto de conceptos que puede ser evaluado como verdadero o falso (v.g., mi padre ama a mi madre). Esta posibilidad de recombinar los mismos conceptos de diversas maneras explica la sistematicidad del pensamiento, es decir, la relación existente entre la capacidad de pensar, por ejemplo, mi padre ama a mi madre ymi madre ama a mi padre. Fodor considera que prototipos, ejemplares o teorías no pueden satisfacer la composicionalidad. Pensemos, por ejemplo, que los conceptos pez y mascotason sus correspondientes prototipos (o ejemplares, o teorías) y consideremos ahora el compuesto pez mascota: el prototipo de este último es diferente de los prototipos para peces y mascotas. Eso significa que pez hace una contribución diferente en pez mascota a la que hace en pez peligroso o pez abisal, violando así la composicionalidad, que demanda que los conceptos hagan siempre la misma contribución.

El carácter público, por su parte, quiere decir que un concepto cualquiera puede ser compartido por distintos individuos. Aunque tú y yo tengamos experiencias perceptuales muy distintas de los narvales (tú nunca has visto uno) e incluso creencias diferentes (tú piensas que es un pez), hay algo que compartimos que permite que hagamos generalizaciones (ambos amamos los narvales) y que podamos tener discusiones racionales (¿deberían ser objeto de especial protección?). De nuevo, Fodor considera que las teorías anteriores no satisfacen este requisito: dado que mi prototipo (ejemplar, teoría) y el tuyo difieren, en realidad no compartimos el concepto.

El diagnóstico de Fodor es que las teorías fracasan porque postulan que los conceptos tienen estructura: composicionalidad y carácter público demandarían identidad entre nuestros conceptos, pero esto resulta imposible si los conceptos tienen estructura, dado que siempre habrá diferencias entre los prototipos, ejemplares o teorías de los distintos individuos, o incluso de un mismo individuo a lo largo del tiempo. En consecuencia, Fodor propone que la única teoría de los conceptos capaz de satisfacer esas propiedades es el atomismo, es decir, la idea de que los conceptos son representaciones mentales sin estructura. Esta concepción, sin embargo, no es muy popular entre los psicólogos y el debate continúa abierto.

El segundo frente contra las teorías psicológicas tiene que ver con la heterogeneidad de las estructuras propuestas. Partiendo de la base de que cada una de esas teorías tiene éxito en ámbitos o tareas cognitivas determinadas, Edouard Machery (2009) argumenta que ‘concepto’ no es un constructo psicológico unificado, es decir, no constituye una clase natural y su utilidad en la teorización psicológica es cuestionable, de manera que es posible prescindir de él en la ontología mental. Frente a esta posición eliminativista se han ensayado alternativas como el pluralismo (a un concepto corresponden una pluralidad de representaciones) o la hibridación (un concepto es una amalgama de representaciones diferentes), pero está por ver que estas posiciones puedan salvarse de las críticas de Fodor.

3. Conceptos y experiencia

Una característica indiscutible de los conceptos es su capacidad para ir más allá de lo inmediato. Esta es una de las propiedades que distinguiría lo conceptual de lo perceptual: un estado perceptual normal, como ver una montaña, depende de que la montaña esté ahí presente, y en un estado anómalo, como la alucinación, el objeto se percibe “como si” estuviera presente, pero la presencia, real o “virtual” del objeto, no es necesaria para pensar sobre el mismo. De la misma manera puedo concebir lo inexistente, razonar sobre casos hipotéticos, pensar en entidades abstractas, etc. Relacionado con esto, los conceptos se han entendido tradicionalmente como entidades amodales, es decir, mientras los perceptos necesariamente están ligados a una modalidad específica de nuestras experiencias sensoriales (visual, auditiva, etc.) los conceptos no parecen estar ligados a ninguna. Esta posición ha sido cuestionada por los neoempiristas contemporáneos. Así, Jesse Prinz (2002) sostiene que los conceptos son copias de representaciones perceptuales que es posible reutilizar cuando el estímulo no está presente (para una exposición de su enfoque, véase Destéfano y Perot, 2010, o Contreras Kallens, 2014).

¿Cuál es la relación entonces de los conceptos con la experiencia? El debate sobre las ideas innatas entre racionalistas y empiristas se había saldado con ventaja para estos últimos, con la idea general de que la mente posee mecanismos que permiten abstraer los conceptos de la experiencia. Sin embargo, la  ciencia cognitiva tuvo en sus inicios una orientación innatista, especialmente notable en la visión de Chomsky acerca del carácter innato del lenguaje y la existencia de una gramática universal común a toda la especie. Ahora bien, esta tesis es compatible con algún tipo de innatismo meramente formal, donde lo que se posee son determinados sesgos o disposiciones innatos. Pero decir que hay conceptos innatos es algo más fuerte: es sostener que hay representaciones mentales con contenidos preestablecidos. Cabe señalar dos tipos de apoyo a favor de esta tesis.

Uno de ellos procede de los estudios de la psicología del desarrollo. Para dar cuenta de las habilidades que demuestran los niños de muy pocos meses, algunos psicólogos, como Elizabeth Spelke (2000) o Susan Carey (2009), postulan la existencia de conceptos fundamentales, que constituirían el conocimiento nuclear que permitiría a la mente infantil organizar su experiencia del mundo. A diferencia de los primeros racionalistas, que apoyaban las tesis innatistas para conceptos que presumían irreducibles a la experiencia, como dios o infinito, los innatistas contemporáneos piensan más bien en conceptos de carácter muy básico, como objeto, causa o numerosidad. Estos conceptos permitirían clasificar la realidad en categorías generales que serían instrumentales para la posterior adquisición de conceptos más específicos relativos a la experiencia concreta. Ahora bien, existe el riesgo evidente de que los conceptos propuestos correspondan sencillamente a sesgos de los propios teóricos a la hora de dar nombre a las capacidades infantiles, reificándolas en entidades a las que se da cierta apariencia de objetos mentales. De manera que sigue siendo materia de debate si la mente infantil no puede explicarse con una ontología menos cargada, en términos de predisposiciones o sesgos.

Un segundo tipo de consideraciones procede del innatismo radical de Fodor (1975), quien sostuvo que todos los conceptos son innatos. Su argumento inicial se basa en lo siguiente: si el proceso de aprendizaje conceptual consiste en poner a prueba hipótesis (‘esto es un pájaro’), que luego serán aprobadas o desmentidas por la experiencia, es necesario que el sujeto se forme el pensamiento correspondiente en la cabeza (esto es un pájaro). Pero para formar dicho pensamiento es preciso que el sujeto cuente ya con el concepto en cuestión (pájaro). En otras palabras, todo lo que proporciona la experiencia es la ocasión para activar un determinado concepto (para exposiciones críticas del innatismo de Fodor, véase Gomila, 1991 o Hernández Borges, 1997). Posteriormente (Fodor, 1998) va a modificar sus tesis para argumentar no ya que todos los conceptos (no compuestos) son innatos, sino que todos son primitivos, es decir, no derivados de ninguna otra estructura mental. La mayoría de los autores rechaza este innatismo extremo por considerarlo sencillamente implausible. Los innatistas moderados, como Steven Pinker, consideran que el número de conceptos innatos es relativamente pequeño, en la línea de los conceptos básicos postulados por los psicólogos del desarrollo, si bien la vía para llegar a ellos es el análisis de los rasgos semánticos compartidos por palabras de una cierta categoría. Por ejemplo, los verbos causativos como ‘matar’ o ‘curar’ remitirían a algún concepto común de causación.

La relación de los conceptos con la experiencia se replantea a medida que aumenta el énfasis contemporáneo en el papel que el cuerpo desempeña en la cognición. El cognitivismo tradicional estaba asociado al computacionalismo, que sostiene una visión de la mente como un mecanismo de procesamiento de información para la manipulación de símbolos por medio de reglas. Un concepto, en este enfoque, venía a ser una suerte de símbolo interpretado, es decir, una entidad que es, por un lado, manipulable en función de sus propiedades formales pero, por otro, que posee un determinado contenido. El papel del cuerpo sería meramente el de proporcionar estímulos perceptuales. Esta concepción de la mente está hoy en entredicho con el auge de la llamada cognición corpórea (embodied), en la que se otorga al cuerpo un papel constitutivo de la cognición. En otras palabras, nuestro mundo mental reflejaría de manera esencial los patrones de interacción corporal con el entorno. Este enfoque se extiende hasta los conceptos, cosa que puede hacerse de manera moderada o radical. La versión más moderada mantiene la tesis de los conceptos como representaciones mentales pero cuestiona la independencia de los mismos respecto a las modalidades de la percepción e incluso la propia distinción entre lo perceptual y lo conceptual (Barsalou, 1999). Los conceptos estarían anclados en la experiencia de los sujetos con su entorno y reproducen elementos característicos de la misma. Una fuente de apoyo para estas tesis vendría dada por los patrones de activación neuronal asociados al pensamiento. Por ejemplo, tener pensamientos con conceptos de movimiento (correr, saltar) conlleva activación de las áreas sensoriomotoras encargadas de los movimientos correspondientes. La versión radical rechaza el representacionalismo y sugiere que se abandone la noción de concepto como la unidad de la cognición para reemplazarla por otros tipos de objetos y procesos basados en los patrones de interacción acoplada con el entorno (Wilson y Golonka, 2013). No obstante, un problema común para todas las versiones es cómo dar cuenta de los conceptos abstractos (posverdad, tiranía). Por una parte, no está claro que se puedan asociar a patrones sensoriomotores específicos. Por otra, parece difícil explicarlos abandonando todos los supuestos representacionalistas. Al llegar a este terreno, todas las miradas se vuelven hacia el lenguaje.

4. Conceptos y lenguaje 

Hay una relación obvia entre el estudio de los conceptos y el estudio del lenguaje. Como hemos visto, los conceptos se expresan en predicados y la manera más natural de nombrarlos es por medio de los nombres comunes de nuestro lenguaje. De manera que muchos filósofos ubican el estudio de los conceptos dentro del proyecto más general de producir una teoría del significado de palabras y oraciones. Esto se ve más claramente en los que conectan con las tesis fregeanas, pero incluso en las concepciones más naturalistas, que inciden en la naturaleza psicológica de los conceptos en tanto que representaciones mentales, las teorías sobre los mismos confluyen inevitablemente en una indagación sobre el lenguaje.

En realidad, el marco mismo en el que se construye el cognitivismo clásico adopta, de un modo u otro, la idea de que el mundo del pensamiento constituye una variedad de lenguaje. La tesis no es en realidad nueva: la podemos ya encontrar en Guillermo de Ockham, quien postula un lenguaje mental universal del cual derivan las lenguas habladas y escritas. Pero es Fodor (1975), de nuevo, quien va a popularizar la tesis de un lenguaje del pensamiento, en el que los conceptos son las piezas básicas con propiedades semánticas –se refieren al mundo– y sintácticas –son combinables de acuerdo a reglas que solo atienden a su forma. Las oraciones del lenguaje natural se limitan a expresar las oraciones de ese lenguaje del pensamiento y hay, en general, una correspondencia 1:1 entre las palabras de nuestra lengua y los conceptos que expresan. Así, ‘dragón’ (palabra) expresa sencillamente dragón (concepto) que a su vez denota dragón (propiedad del mundo).

Aunque la mayoría de los autores no comparten la rigidez dogmática de los postulados de Fodor, muchos de ellos todavía buscan en la estructura lingüística la clave de la estructura conceptual. Ya hemos visto un ejemplo en Steven Pinker, para quien el lenguaje es una ventana hacia el pensamiento, pero incluso en autores alejados del cognitivismo clásico y más cercanos a las tesis de la cognición corpórea, se otorga al lenguaje un papel constitutivo en lo conceptual. Un ejemplo lo encontramos en la lingüística cognitiva, para la cual el lenguaje no se limita a expresar el pensamiento sino que está inextricablemente enlazado con él. Una variedad popular de esta corriente es la teoría de metáforas conceptuales, desarrollada por Georg Lakoff y Mark Johnson (1980), para quienes nuestro pensamiento y conducta están moldeados por las metáforas, entendidas como las aplicaciones de las propiedades de un dominio para entender otro, como en el amor es un viaje. Esta metáfora organiza nuestra comprensión del fenómeno en cuestión constriñéndola hacia determinadas posibilidades y oscureciendo otras. En consecuencia, el concepto amor no sería un elemento fijo sino que su significado cambia al cambiar la metáfora en la que se encuentra inserto, por ejemplo, a el amor es una guerra. Por otra parte, la tesis aparece frecuentemente asociada a la cognición corpórea, en el momento en que se sostiene que las metáforas estarían básicamente relacionadas con nuestra experiencia corporal  (para una breve exposición de las metáforas conceptuales y su relación con la cognición corpórea, véase Flumini y Santiago, 2016).

Un segundo ejemplo se encuentra en los intentos neoempiristas de anclar los conceptos en la experiencia perceptual. Ya hemos visto las dificultades que se les presentan a estas tesis para dar cuenta de los conceptos abstractos. Ahora bien, estos conceptos nos llegan a través del lenguaje, que constituye una variedad particular de experiencia perceptual. Esto permite albergar la tesis de que cuando pensamos en algo abstracto lo que hacemos es reutilizar los mecanismos que producen esos perceptos lingüísticos, bien sean auditivos o visuales. La posición parece desembocar en una variedad de nominalismo, donde los conceptos no serían otra cosa que las propias palabras.

La cuestión de la relación entre conceptos y lenguaje lleva también a preguntarse por la especificidad de las capacidades conceptuales en nuestra especie. En otras palabras, ¿somos los humanos las únicas criaturas que manejamos conceptos? Es obvio que los animales no humanos tienen capacidades de discriminación y categorización: ¿son suficientes para atribuirles pensamiento conceptual? Hans-Johann Glock (2009) ha defendido que la conceptualización posee una dimensión normativa, que lleva aparejada la capacidad para reconocer los errores cometidos en nuestras categorizaciones y que estaría presente en algunos animales, como los grandes simios. Otros, como Elisabeth Camp (2009), han puesto el acento en que las habilidades conceptuales suponen la capacidad de desvincularse del estímulo inmediato, de modo que el razonamiento instrumental (es decir, aquel que requiere que el individuo conciba unos fines no presentes en el entorno, de manera que se proporcione los medios para conseguirlos), sería el terreno donde hallar una concepción mínima de concepto aplicable tanto a humanos como a algunos animales (para un análisis de los conceptos en animales que considera a Glock y Camp, véase Aguilera, 2010).

En cualquier caso, las relaciones entre conceptos y lenguaje son más complejas que lo que estos breves apuntes permiten reseñar. Emulando lo que Homer Simpson dice del alcohol, el lenguaje parece ser la causa de, y solución a, todos los problemas del estudio de los conceptos.

5. Conclusión

Los debates actuales en torno a los conceptos, si bien moldeados por los modos en que la psicología aborda su estudio, entroncan con preocupaciones filosóficas antiguas. Las cuatro grandes respuestas que históricamente se han ensayado para la pregunta ‘qué son los conceptos’ –representaciones mentales, entidades abstractas, habilidades o capacidades, o sencillamente objetos lingüísticos–reaparecen en el pensamiento contemporáneo en formas diversas. La opción que un filósofo suscriba a este respecto marcará notablemente su agenda explicativa, hasta el punto de que lograr una teoría unificada y omnicomprensiva de los conceptos se antoja prácticamente imposible.

Fernando Martínez-Manrique
(Universidad de Granada)

Referencias

  • Agüero, G., L. Urtubey y D. Vera Murúa, eds., (2008): Conceptos, creencias y racionalidad, Córdoba, Argentina, Editorial Brujas.
  • Aguilera, M. (2008): «Conceptos como habilidades: clasificar vs. identificar», en Agüero, G., D. Vera y L. Urtubey, comps., Conceptos, creencia y racionalidad, Brujas, Córdoba, pp. 45-52.
  • Aguilera, M. (2010): «Animales sin lenguaje en el espacio de los conceptos«, Teorema, 29, pp. 25-38.
  • Aguilera M., L. Danón y C. Scotto (2015): Conceptos, lenguaje y cognición, Córdoba, Argentina, Universidad Nacional de Córdoba.
  • Barsalou, L. (1999): «Perceptual symbol systems», Behavioral and Brain Sciences, 22, pp. 577-660.
  • Camp, E. (2009): “Putting thoughts to work: Concepts, systematicity, and stimulus independence”, Philosophy and Phenomenological Research, 78(2), pp. 275-311. https://doi.org/10.1111/j.1933-1592.2009.00245.x [Camp, E. (2015): “Poniendo en marcha los pensamientos. Conceptos, sistematicidad e independencia del estímulo”, en Aguilera, M., L. Danón y C. Scotto, eds., Conceptos, lenguaje y cognición , Córdoba, Argentina, Editorial de la UNC, pp. 149-210].
  • Carey, S. (2009): The Origin of Concepts, Oxford, Oxford University Press.
  • Contreras Kallens, P. A. (2014): «Palabra y concepto: Acercamiento a un eliminativismo conceptual en ciencia cognitiva«, Revista Colombiana de Filosofía de la Ciencia, 14, pp. 139-160.
  • Destéfano, M. (2008): El requisito de generalidad y un análisis conceptual de las nociones de “habilidad” y “capacidad cognitiva”, en Agüero, G., D. Vera y L. Urtubey, comps., Conceptos, creencia y racionalidad, Brujas, Córdoba, pp. 195-200.
  • Destéfano, M. y M. C. Perot (2010): «Una guía para el comprador de empirismo de conceptos de Jesse Prinz«, Cuadernos de Filosofía, 55, pp. 9-37. doi.org/10.34096/cf.n55.68
  • Duarte, A. y E. Rabossi, eds, (2003): Psicología cognitiva y filosofía de la mente: Pensamiento, representación y conciencia, Madrid, Alianza.
  • Flumini, A. y J. Santiago (2016): «Metáforas y conceptos abstractos: Las contribuciones del Grounded Cognition Lab de la Universidad de Granada«, en Horno Chéliz, M. C., I. Ibarretxe Antuñano y J. L. Mendívil Giró, eds., Panorama actual de la ciencia del lenguaje, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
  • Fodor, J. (1998): Concepts: Where Cognitive Science Went Wrong. Oxford, Oxford University Press. [Fodor, J. (1999): Conceptos: Donde la ciencia cognitiva se equivocó, Barcelona, Gedisa].
  • Glock, H.-J. (2009): La mente de los animales: Problemas conceptuales. Oviedo: KRK. [ Glock, H.-J.( 2008 ): Animal Minds: Conceptual Problems, Manuscrito sin publicar].
  • Gomila Benejam, A. (1991): «El innatismo de Fodor: Consideraciones críticas«, Estudios de Psicología, 45, pp. 35-48.
  • Hernández Borges, R. (1997): «El innatismo de conceptos en la teoría de Fodor: Problemas y consecuencias«, Laguna: Revista de Filosofía, 4, pp. 77-90.
  • Lakoff, G. y M. Johnson (1980): Metaphors We Live By, Chicago, University of Chicago Press. [Lakoff, G. y M. Johnson (1986): Metáforas de la vida cotidiana, Madrid, Cátedra].
  • Laurence, S. y E. Margolis (1999): «Concepts and cognitive science», en  Margolis, E. y S. Laurence, eds., Concepts: Core Readings. Cambridge, MA., MIT Press.
  • López Fernández, A. (2000): «Intuición y concepto en Kant«, Diálogos, 35(76), pp. 143-188.
  • Machery, E. (2009): Doing without Concepts, Oxford, Oxford University Press.
  • Margolis, E. y S. Laurence (2011): «Concepts«, en Stanford Encyclopedia of Philosophy, E.N Zalta, ed., disponible en <https://plato.stanford.edu/archives/spr2021/entries/concepts/> [Spring 2021 Edition].
  • Mota, S. (2015): «Wittgenstein en torno a los conceptos» , Análisis. Revista de investigación filosófica, 2(1), pp. 195-219.
  • Pérez, D. (2003): “I. Interfaz disciplinal y conceptos mentales: Tres teorías acerca de los conceptos mentales: algunas consecuencias para la filosofía de la mente”, en Duarte, A. y E. Rabossi, coord., Psicología cognitiva y filosofía de la mente, pensamiento, representación y conciencia, Madrid, Alianza, pp. 31-54.
  • Pérez, D., S. Español, L. Skidelsky y R. Minervino, comps., (2010): Conceptos. Debates contemporáneos en filosofía y psicología, Buenos Aires, Catálogos.
  • Pinker, S. (2007): The Stuff of Thought, London, Penguin. [Pinker, S. (2007): El mundo de las palabras, Barcelona, Paidós].
  • Prinz, J. J. (2002): Furnishing the Mind: Concepts and Their Perceptual Basis, Cambridge, MA., MIT Press.
  • Rabossi, E. (2003): “I. Interfaz disciplinal y conceptos mentales: Psicólogos, filósofos e interfaces”, en Duarte, A. y E. Rabossi, coord., Psicología cognitiva y filosofía de la mente, pensamiento, representación y conciencia, Madrid, Alianza, pp. 15-30.
  • Ramos, R. (2010): » Conceptos: desde la filosofía de la mente a la psicología cognitiva «, Praxis: Revista de psicología, 18, pp. 125-148.
  • Spelke, E. (2000): «Core knowledge», American Psychologist, 55, pp. 1233-1243.
  • Vallejos, G. (2002): «Conceptos, Representaciones y Ciencia Cognitiva» Revista de Filosofía, 58, pp. 145-170.
  • Wilson, A. D. y S. Golonka (2013): «Embodied cognition is not what you think it is», Frontiers in Psychology, 4(58) pp. 1-13.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Martínez-Manrique, Fernando (2019) «Conceptos», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/conceptos/).

 

Teorías de la consciencia

Algunos de nuestros estados son fenoménicamente conscientes. La consciencia fenoménica (simplemente ‘consciencia’ en lo que sigue, véase la entrada «Consciencia» para desambiguación) es la propiedad que tienen algunos estados mentales si y sólo si hay algo que es para un sujeto, S, (“there’s something that it is like for S”, Nagel, [1974] 2002) estar en tales estados , si se siente de alguna manera estar en ellos. Así, parece que hay algo que es para S saborear una paella, oler el perfume de un amante o recordar la última ocasión en que lo olió, sentir dolor de muelas o tener un orgasmo, y de forma algo más controvertida reflexionar sobre su teoría de la consciencia favorita o pensar que dos y dos son cuatro. En cada uno de estos casos S está en un cierto estado con ciertas propiedades que llamaremos propiedades fenoménicas y es en virtud de ellas que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. A lo que es para un sujeto estar en un estado consciente lo llamamos carácter fenoménico. Las teorías de la consciencia entienden, típicamente, que tener una experiencia con determinado carácter fenoménico simplemente es una y la misma cosa que estar en un estado mental de cierto tipo que está individuado por ciertas propiedades fenoménicas, e investigan la naturaleza de tales propiedades.

Este artículo pretende repasar las ventajas y problemas que presentan las principales teorías filosóficas sobre la consciencia. Para ello, resulta útil comenzar con una breve taxonomización de las mismas. A la hora de categorizar las teorías de la consciencia una forma útil de hacerlo, en primera instancia, es distinguiendo entre teorías materialistas y teorías dualistas de la consciencia. La diferencia entre ellas radica en sus compromisos ontológicos. De forma intuitiva podemos caracterizar esta diferencia mediante la idea de que, según el materialista, de algún modo, todo es físico: basta fijar los objetos físicos, sus propiedades y relaciones para que todas las demás entidades queden determinadas—esto es, que todas las propiedades de este mundo sobrevienen metafísicamente sobre las propiedades físicas (Lewis, 1986). De analizar la posición del dualista, que niega esta idea, nos ocuparemos en la primera sección de esta entrada. Una postura intermedia entre el materialismo y el dualismo es el panpsiquismo (§2), que parece salvaguardar la letra del materialismo pero con la pluma del dualismo. Centrados en las teorías materialistas, cabe destacar el funcionalismo (§3.1) y el representacionismo (§3.2). El primero defiende que las propiedades fenoménicas dependen del rol causal que juegan ciertos estados mentales, por ejemplo dentro de nuestra arquitectura cognitiva. Las teorías representacionistas, por su lado, mantienen que las propiedades fenoménicas dependen de propiedades representacionales, y divergen entre ellas en sus compromisos acerca de tales propiedades representacionales, principalmente el contenido.

1. Dualismo

El dualismo es la tesis que niega que la consciencia dependa metafísicamente de propiedades físicas. La principal motivación en favor del dualismo deriva de los argumentos antimaterialistas. Estos argumentos toman su fuerza de la ausencia de conexión conceptual entre verdades físicas y verdades fenoménicas—esto es, la idea de que no basta el conocimiento de las primeras para poder inferir las segundas. Por ejemplo, parece que una explicación de, digamos, el tipo de experiencia que tenemos al tener un orgasmo, en términos de la actividad neuronal involucrada o de la estructura atómica subyacente, no agota el fenómeno a caracterizar y no permite entender el tipo de experiencia que uno tiene en esta situación. La razón es que parece dejar fuera aquello que queremos explicar en primer lugar; a saber, cómo se siente tener un orgasmo. Esta ausencia de conexión a priori se ejemplifica en la presunta concebibilidad de duplicados físicos nuestros que carecen de experiencias conscientes, los zombies (Chalmers, 1996; Chalmers, 2009); el conocimiento que adquiere Mary, una neurocientífica que sabe todo lo que la ciencia nos puede decir acerca de la visión en color a pesar de no haber experimentado ella misma los colores, tras ser liberada (Gertler 2005; Jackson 1982; Perez 2011); o la brecha explicativa (Levine, 1983; Brogaard, 2015) (véase la entrada «El problema mente-cuerpo«). El antimaterialista infiere de esa brecha epistémica una brecha ontológica: la mejor explicación de la ausencia de explicación a priori de las propiedades fenoménicas en términos físicos es que estas no son físicas. Según el dualista las propiedades fenoménicas son ontológicamente fundamentales o al menos no están fundamentadas en otras propiedades físicas.

El principal problema que enfrenta el dualista es dar cuenta de la interacción entre las propiedades físicas y las fenoménicas—aunque el problema de la causación mental no es un problema exclusivo de la teorías dualistas (Bennett, 2007). ¿Cómo puede ser, si su naturaleza es tan diferente, que pueda existir una relación causal entre ellas? ¿Cómo es posible que, digamos, cierto daño en los tejidos cause sensación de dolor, o que esta última me lleve a visitar a un médico? La respuesta a estas cuestiones permite distinguir posiciones epifenoménicas e interaccionistas. De acuerdo con las primeras (Jackson, 1982), las propiedades fenoménicas no juegan un papel causal en nuestro comportamiento pues son causalmente inertes. El problema con esta posición es que supone rechazar la fuerte intuición de que esto no es así: parece que mi sensación de sed es parte de la cadena causal que me lleva a beber agua, que el recuerdo del aroma de cierto vino y de su agradable persistencia en boca, son lo que me lleva a creer que es una buena opción y a recomendárselo a un amigo, o que es el dolor de garganta lo que me lleva a visitar al médico. El interaccionista niega el epifenomenismo y sostiene que las propiedades fenoménicas son causalmente relevantes y que hay interacción entre estas y las propiedades físicas. Ahora bien, si la interacción requiere algún aspecto en común no parece que ambos tipos de propiedades compartan nada. Más aún, el dualismo interaccionista parece entrar en conflicto con algunos principios básicos de la física que parecen asumir que nuestro mundo está «cerrado bajo la física»; es decir, la idea de que todo evento material, en caso de tener una causa, tiene una causa que es a su vez física (cf. Collins, 2011; Larmer, 1986). Si esto es el caso, no hay lugar para la deseada interacción pues las propiedades fenoménicas, según el dualista no son, ni dependen metafísicamente de, propiedades físicas.

2. Panpsiquismo

Una posición intermedia entre el dualismo y el materialismo es el panpsiquismo. Según el panpsiquismo, las entidades más fundamentales del mundo gozan de fenomenología (o al menos de propiedades que podríamos llamar »protofenoménicas», propiedades que cuando se combinan adecuadamente dan lugar al tipo de experiencia que nosotros tenemos). Hay algo que es ser un electrón, un leptón o cualquier entidad que en último término la física determine que da lugar a las entidades macroscópicas—como mesas, sillas, humanos, etc—, las cuales, derivativamente, gozan de experiencias conscientes. Esta tesis resulta altamente contraintuitiva, pero uno puede estar dispuesto a renunciar a ciertas intuiciones en pos de dar una caracterización de la consciencia. En especial, si, como pretende, el panpsiquismo puede ofrecer las ventajas del materialismo y del dualismo sin sus respectivos problemas. Según el panpsiquismo, la física nos habla de estructura y función dejando a un lado la naturaleza intrínseca de los componentes fundamentales. Por ejemplo, según la física, tener masa consistiría en algo así como resistir la aceleración, atraer otras masas, etc. Sin embargo, la física no nos dice nada acerca de lo que es tener masa intrínsecamente—si hay tal cosa (en realidad sólo cierta forma de panpsiquismo, el panspsiquismo Russelliano constitucionalista; para una taxonomía detallada de las posiciones panpsiquistas, véase Chalmers (2013).)  Si esta naturaleza intrínseca está ligada a la fenomenología, entonces podemos dar cuenta de la ausencia de conexión a priori entre verdades físicas y fenoménicas, ya que en nuestras explicaciones consideramos únicamente propiedades estructurales y funcionales y dejamos de lado la naturaleza intrínseca de las partículas fundamentales. Además, la naturaleza intrínseca de las partículas fundamentales es en última instancia responsable de la causalidad en el mundo físico y con ello evita el principal problema del dualismo. Por ejemplo, la propiedad fenoménica que juegue el rol que la física asigna a la masa será causalmente responsable, por ejemplo, de atraer otras entidades. Pero el panspiquismo enfrenta sus propios problemas. En primer lugar debe explicar cómo el tipo de experiencia que tienen las partículas fundamentales da lugar al tipo de experiencia que tenemos nosotros (Chalmers, 2016; Goff, 2017): un problema que parece perfectamente análogo al que enfrenta el materialismo. Además, la respuesta que ofrece al argumento materialista no parece compatible con el funcionalismo ni con ninguna forma mínima de realizabilidad múltiple (Sebastián, 2015). Esto parece dejar al panpsiquista en una posición que no le permite dar cuenta, por ejemplo, de la plasticidad neuronal en los procesos cognitivos que dependen de la consciencia; del hecho de que diferentes estructuras neuronales puedan satisfacer la misma función en tales procesos.

3. Materialismo

El materialismo mantiene que las propiedades fenoménicas dependen metafísicamente de propiedades físicas. Por ello, rechaza la solidez de los argumentos antimaterialistas, bien rechazando que haya una ausencia de conexión a priori entre verdades físicas y fenoménicas (Dennett, 1991; Dretske, 1995; Lewis, 1978; Ryle, 1949), bien rechazando que esa desconexión tenga consecuencias ontológicas (Balog, 1999; Block and Stalnaker, 1999; Diaz-Leon, 2010). En este último caso, una estrategia en auge en los últimos años es apelar a algún rasgo distintivo de los conceptos que empleamos para referirnos a las experiencias conscientes, conceptos fenoménicos, que explique de forma compatible con la verdad del materialismo nuestra situación epistémica con respecto a la consciencia (Balog, 2009), aunque esta estrategía resulta controvertida (Chalmers, 2007; Goff, 2017; Tye, 2009; Trogdon, 2016; cf. Carruthers and Veillet, 2007; Diaz-Leon, 2010; Diaz-Leon, 2016).

El objetivo de las teorías materialistas es dar cuenta de la consciencia en términos de algún rasgo no fenoménico que a su vez sea explicable en términos físicos. De esta manera, la teoría resulta compatible con la verdad del materialismo. Dentro de la discusión filosófica dos familias de teorías han capitaneado las explicaciones materialistas, en la esperanza de que sus herramientas admiten un tratamiento materialista: el funcionalismo y el representacionalismo.

3.1 Funcionalismo

Según el funcionalismo, las propiedades fenoménicas son propiedades funcionales. Es en virtud de que cierto estado satisface un determinado rol causal que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. Por ejemplo, uno podría pensar que tener un dolor es simplemente estar en un estado que le predispone a uno a quejarse, a querer que cese ese estado, evitar el origen del mismo, etc.; o tal vez de forma más general que los estados conscientes son aquellos que están disponibles de forma global para el control racional de la acción y la formación de creencias. Diversas propuestas funcionalistas han sido planteadas por ejemplo por Baars (1988); Dennett (1991); Lewis (1978) y probablemente las posturas enactivas (Hutto and Myin, 2013; Noe, 2004) pueden leerse también como variaciones complejas de la idea funcionalista. Nótese que en sí mismo el funcionalismo es neutral con respecto a la verdad del materialismo y con ello respeta en algún sentido la intuición de que la consciencia es en cierto sentido independiente de la materia. Lo que es relevante para ser un estado consciente es satisfacer un determinado rol causal y esto es compatible con que haya distintas posibles entidades que satisfagan ese rol, realizadores, independientemente de si son físicos o no. De hecho uno de los principales argumentos en favor de que el funcionalismo es el caso en este mundo—-el argumento de los qualia danzantes y desvanecientes (Chalmers, 1995)—lo ofrece uno de los principales detractores del materialismo. El materialismo será verdadero si no hay realizadores que no sean físicos en el mundo actual (Putnam, 1967/1980).

En el debate contemporáneo cabe destacar dos teorías que apelan a cierto rol funcional para distinguir los estados conscientes de los que no los son. Según la teoría del espacio de trabajo global (GWS por sus siglas en ingles Global WorkSpace—Baars, 1988; Dehaene, 2009) los estados conscientes son aquellos que forman coaliciones para estimular la actividad reverberadora en el centro del GWS, manteniendo así su excitación sensorial periférica hasta que una nueva coalición gane. De forma simplista, pero que nos permita verlo de forma más intuitiva, podemos decir que los estados conscientes son equipos formados por distintos procesos neuronales que ganan, en competición contra otros equipos, el pase a la GWS. La información en el centro del GWS es así puesta a disposición de una serie procesos como puede ser la posibilidad de decir el estado en que uno está, la formación de creencia o el control racional de la acción. Hay, no obstante, evidencia empírica que apunta a la disociación entre esta forma de acceso cognitivo y la consciencia (Block, 2011; Block, 2014; Sebastián, 2014; Tononi and Koch, 2015). Prinz (2012) ha defendido que la atención es suficiente y necesaria para la consciencia. Según Prinz, los estados conscientes son representaciones intermedias atendidas (una teoría híbrida entre representacionismo y funcionalismo). Sin embargo, la evidencia empírica tampoco da soporte a esta propuesta (véase por ejemplo, Kentridge, 2011; Koch and Tsuchiya, 2007) y parece sugerir que hay atención sin consciencia y consciencia sin que haya prácticamente atención (pues resulta prácticamente imposible garantizar la ausencia total de atención en los experimentos).

En un ámbito más general, las principales razones argüidas en contra del funcionalismo tienen que ver con la idea de que lo pertinente para una caracterización de los estados conscientes no es exclusivamente que satisfagan cierto rol causal: independientemente del que pudiéramos seleccionar, parece haber más en la fenomenología que la mera satisfacción del mismo (Levine, 1983). En esta línea algunos autores han señalado que intuitivamente es posible que haya estados que satisfagan el rol causal adecuado en la ausencia de experiencia, como ejemplificarían los de los zombis (Chalmers, 1996), o uno que conformarían millones de personas emulando la comunicación que existe entre mis neuronas cuando me duele la cabeza (Block, 1978). Igualmente problemática resulta la posibilidad de una inversión fenoménica—digamos que alguien tenga experiencia de verde al mirar a un tomate maduro y de rojo al mirar el césped—en ausencia de inversión funcional entre los correspondientes estados (Shoemaker, 1982).

3.2. Representacionismo

Los estados mentales son a menudo estados intencionales. Representan el mundo como siendo de cierta manera, y decimos que son correctos o adecuados cuando el mundo de hecho es de tal manera e incorrectos o inadecuados en caso contrario. Por ejemplo, la experiencia visual que tenemos al mirar por la ventana representa los objetos que nos rodean, sus colores, formas, etc., (para una discusión sobre el tipo de propiedades que entran en el contenido de la percepción a este nivel véase Block, 2014; Bona, 2016; Siegel, 2010). Este es un estado intencional y parece apropiado evaluarlo como correcto o incorrecto dependiendo de si es el fruto de la interacción con el medio o del consumo de ciertas sustancias tóxicas. Esto sugiere una conexión íntima entre intencionalidad y consciencia que ha llevado a filósofos al menos desde Decartes o Locke a tratarlos como un único tema y aunque en la segunda mitad del siglo pasado ha habido una tendencia a tratarlos de forma independiente (Chalmers, 2004), pocos han rechazado la conexión. El representacionismo explota esta idea y mantiene que las propiedades fenoménicas son propiedades representacionales de un tipo u otro. La consistencia del representacionismo tanto con el materialismo como con el funcionalismo dependerá de una teoría de la representación mental que explicite qué se requiere de un sistema para que tenga un estado representacional del tipo adecuado (e.g. Dretske,1988; Martínez, 2013; Millikan, 1984; Millikan, 1989).

Las teorías representacionistas se catalogan típicamente según el nivel de las representaciones involucradas—aunque, como veremos, no parece que resida aquí la diferencia fundamental, sino en el compromiso con lo que dicta la experiencia, con lo que parece ser el caso cuando tenemos una experiencia consciente.

3.2.1. Representacionismo de primer orden

Consideremos la experiencia visual que tenemos al mirar un tomate maduro, según el representacionismo de primer orden (Dretske, 1995; Harman, 1990; Tye, 1997; Tye, 2002) esta experiencia representa exclusivamente al tomate y sus propiedades. Además mantiene que tales propiedades representacionales agotan la fenomenología: no hay nada en el carácter fenoménico de la experiencia que vaya más allá de las propiedades representadas. Uno de los argumentos más frecuentemente esgrimidos en favor del representacionismo de primer orden es el de la transparencia (Kind, 2010). Consideremos nuevamente la experiencia visual que tenemos al mirar al tomate, y movamos la atención del tomate a la experiencia visual del mismo, el único rasgo que encontramos al hacer introspección son los rasgos mismos del tomate. Al examinar la experiencia que tenemos del mundo vemos simplemente el mundo a través de ella, como si la experiencia fuera transparente, y no encontráramos nada más que, como afirma el representacionista, lo que la experiencia representa (Harman, 1990).

Las críticas al representacionismo pretenden mostrar que, aún cuando la tesis de la transparencia resulte plausible en el caso de algunos tipos de experiencia como las experiencias visuales (cf. Macpherson, 2006), no lo es en todas, y parece que hay estados conscientes cuyo contenido no parece agotar la fenomenología, como es el caso de dolores y orgasmos (Block, 1996 cf. Martínez, 2011). Además, otras críticas son análogas a las críticas en contra del funcionalismo, como la posibilidad de que haya una diferencia en la fenomenología sin una diferencia en la representación (Peacocke, 1984; Block, 1990; Block, 2007). Aunque la fuerza de estas críticas depende de cuál sea el contenido de la experiencia, no está claro que una posición que sea inmune a ellas (Shoemaker, 2001; Egan, 2006) sea totalmente consistente con el espíritu del representacionismo de primer orden. Finalmente, uno de los mayores problemas que enfrenta el representacionismo de primer orden es la posibilidad de que haya estados inconscientes con el mismo contenido representacional (véase la discusión sobre la existencia de estados perceptivos inconscientes: Block, 2016; Peters et al., 2016; Phillips, 2016). En este caso, las propiedades representacionales—el contenido representacional o la manera en que se representa—no bastarían para dar cuenta de la diferencia entre estados conscientes e inconscientes (véase el problema de la suficiencia  en la entrada «Consciencia«). Ello obligaría al representacionista de primer orden a apelar a otro tipo de propiedades no representacionales, funcionales por ejemplo (Tye, 1997; Prinz, 2012), para dar cuenta del carácter fenoménico de la experiencia (Chalmers, 2004; Kriegel, 2002).

3.2.2. Representacionismo de orden superior

El representacionismo de orden superior toma su fuerza de la idea intuitiva que Rosenthal llama ‘principio de transitividad’ según la cual al estar en un estado consciente me percato (awareness en inglés) de estar en ese estado, pues la idea de un estado consciente del que no nos percatamos de estar en ningún sentido no parece coherente. Así, lo que hace que un estado mental sea consciente, es que uno se percate de estar en él del modo adecuado. Si percatarse de X requiere una representación de X, entonces que un estado, M, sea consciente depende de que tengamos una representación de M, y por tanto, lo que hace que un estado sea consciente es la presencia de una representación de orden superior del mismo. El tipo de representación involucrada permite catalogar las teorías de orden superior dependiendo de si la representación requerida es cuasi perceptiva (Amstrong, 1968; Carruthers, 2000; Gulick, 2004; Lycan, 1996) o tiene forma de pensamiento (Rosenthal, 1997; Rosenthal, 2005; Gennaro, 2012). Block (2011) distingue teorías de orden superior “ambiciosas”, que aspiran a explicar la consciencia fenoménica y “moderadas” que dan cuenta de otra propiedad, que seguramente también merezca el nombre de ‘conciencia’, pero que no es la fenoménica (véase la entrada «Consciencia«).

Hay dos problemas que enfrenta el representacionismo de orden superior. En primer lugar, no está claro que pueda hacer justicia al propio principio que lo fundamenta. La razón es que la representación de orden superior es típicamente inconsciente—de otra forma requeriría a su vez otro estado de orden superior en virtud del cual lo fuera y así ad infinitum—y, por lo tanto, la presencia del propio estado no puede, según la teoría, ser algo fenoménicamente dado. Como consecuencia, el tipo de evidencia en favor de este principio tendría que ser o bien derivada del análisis conceptual a priori, o de la evidencia experimental empírica o fenomenológica indirecta, pero no parece haber rastro de ninguna de ellas (Kriegel, 2009). El segundo problema deriva de la posibilidad de que haya un error en la representación y que el estado de orden superior represente que estoy en un estado en el cual no estoy (Block, 2011; Neander, 1998). En este caso, según la teoría, el sujeto tendría la impresión subjetiva de estar en un estado consciente, el sujeto sentiría algo, habría algo que es para el sujeto en ese caso y tendría una experiencia consciente, pero de hecho no estaría en un estado consciente, lo que parece incoherente. En respuesta, Rosenthal (2011) y Weisberg (2011) han notado que el estado consciente puede simplemente ser un mero objeto intencional del pensamiento de orden superior sin necesidad de que el sujeto tenga que, de hecho, estar en ese estado, de igual forma que mi deseo de que vengan los Reyes Magos tiene a éstos por objeto intencional aún cuando estos no existan. El problema aquí parece meramente terminológico. Si tener una experiencia consciente es simplemente cuestión de estar en cierto estado al que llamamos ‘estado consciente’, entonces el estado requerido, y por tanto el estado consciente, sería el de orden superior. Como consecuencia el principio de transitividad no puede ser cierto en la forma en la que se ha presentado—aunque sí algo suficientemente cercano (Brown, 2015)—y la diferencia entre las teorías de primer orden y de orden superior quedaría reducida meramente a una discusión acerca del contenido intencional del estado que se requiere para tener la experiencia: una discusión sobre si el contenido de la experiencia va más allá del objeto primario de la experiencia—el tomate en nuestro ejemplo—y sus propiedades.

3.2.3. Autorrepresentacionismo

El autorrepresentacionismo (self-representationalism) mantiene que al tener una experiencia el sujeto está en un estado que representa a sí mismo. Esta aseveración es ambigua (Kriegel, 2003; Sebastián, 2012) entre mantener que tener una experiencia requiere estar en un estado que se represente a sí mismo—autorrepresentacionismo de estado (Kriegel, 2009)—o en uno que represente al sujeto mismo (representación de se: Castañeda, 1966; Lewis, 1979)—autorrepresentacionismo de sujeto (Egan, 2006; Kriegel, 2003; Sebastián, 2012). El autorrepresentacionismo pretende hacer justicia al principio de transitividad o a un principio suficientemente cercano, sin caer en los problemas del representacionismo de orden superior. Una de las principales motivaciones en favor del autorrepresentacionismo es la idea de que al tener una experiencia hay algo que es para el sujeto estar en ese estado y que eso es algo fenoménicamente dado. Así, el autorrepresentacionista defiende que la experiencia no dicta meramente algo acerca de su objeto primario—por ejemplo de la manzana y sus propiedades en la experiencia visual que tenemos típicamente al mirar a una manzana—, sino también que, de una forma u otra, el propio sujeto está en cierto estado que lo relaciona con tal objeto.

Si efectivamente la experiencia, de forma constitutiva, dicta algo del propio sujeto—a saber, que está en cierto estado—entonces no parece que el autorrepresentacionismo de estado baste para acomodar este hecho (Prinz, 2012; Sebastián, 2012). Otro problema para el autorrepresentacionismo de estado es explicar, en términos compatibles con la verdad del materialismo, cómo un estado puede representarse a sí mismo. Parece que cualquier teoría naturalista de la representación mental requiere una distinción entre lo que es representado y lo que hace la representación, además de algún tipo de relación causal o informacional entre ambas. Sin embargo, un estado no es causado por sí mismo ni lleva, en ningún sentido no trivial, información acerca de sí mismo (pero véase Kriegel, 2009). Por su lado, el autorrepresentacionismo de sujeto, requiere una teoría de la representación de se que no dependa de la experiencia consciente (Recanati, 2007; Recanati, 2012 ; Sebastián, 2012). Además, la idea de que la experiencia dicte algo sobre uno mismo a menudo dispara ciertas alarmas en aquellos con una orientación naturalista, pues parece comprometernos con algún tipo de entidad, el “yo”, que algunos filósofos desde Descartes han desterrado del mundo físico.

Otros problemas son compartidos por ambas formas de autorrepresentacionismo. En contra del autorrepresentacionismo a menudo se esgrimen casos patológicos que sugieren que, o bien la representación del propio estado—por ejemplo en casos de inserción de pensamientos— o bien la representación del sujeto—por ejemplo en casos de despersonalización o síndrome de Cotard— se diluyen sin que lo haga la experiencia (Billon, 2013; Billon, 2016; López-Silva, 2014). La interpretación de estos casos es controvertida, pero en caso de ser correcta mostraría que el tipo de representación que según el autorrepresentacionista es constitutiva de la experiencia en realidad no lo sería. Un problema final que enfrenta el autorrepresentacionismo, al igual que las teorías de orden superior, es que, al menos prima facie, demandan una arquitectura cognitiva más compleja que, digamos, las teorías de primer orden, y no es obvio que permitan atribuciones de estados conscientes a bebés o a otros animales no humanos: ¿son capaces de representar sus propios estados o a ellos mismos?

La evaluación de todos estos problemas dependerá, entre otras cuestiones, de la articulación detallada del sentido en que la experiencia supuestamente concierne, si es que lo hace, a los distintos elementos que postulan las diversas teorías, y de las teorías naturalistas que den cuenta de los requisitos cognitivos que se le exigen a un sistema para tener el tipo de representación adecuada. El avance en estas facilitará a su vez la evaluación empírica, con datos provenientes de las ciencias cognitivas y de la neurociencia, de sus compromisos.

Miguel Ángel Sebastián
(Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México)

Referencias

  • Amstrong, D. (1968): A Materialist Theory of the Mind, London, Routledge.
  • Baars, B. J. (1988): A Cognitive Theory of Consciousness, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Balog, K. (1999): “Conceivability, Possibility, and the Mind-Body Problem”, The Philosophical Review, 108(4), pp. 497-528.
  • Balog, K. (2009): “Phenomenal Concepts”, en McLaughlin, B., A. Beckermann y S. Walter, eds., Oxford Handbook in the Philosophy of Mind, Oxford, Oxford University Press, pp. 292-312.
  • Bennett, K. (2007): “Mental Causation”, Philosophical Compass, 2(2), pp. 316-337.
  • Billon, A. (2013): “Does consciousness entail subjectivity? The puzzle of thought insertion.”, Philosophical Psychology, 26(2), pp. 291-314.
  • Billon, A. (2016): “Making sense of the Cotard syndrome: insights from the study of depersonalisation”, Mind and Language, 31(3), pp. 356-391.
  • Block, N. y R. Stalnaker (1999): “Conceptual analysis, dualism, and the explanatory gap”, Philosophical Review, 108(1), pp. 1-46.
  • Block, N. (1978): “Troubles with functionalism”, Minnesota Studies in the Philosophy of Science, 9, pp. 261-325.
  • Block, N. (1990): “Inverted Earth”, Philosophical Perspectives, 4, pp. 53-79.
  • Block, N. (1996): “Mental paint and mental latex”, Philosophical Issues, 7, pp. 19-49.
  • Block, N. (2014a): “Rich conscious perception outside focal attention”, Trends in Cognitive Sciences, 18(9), pp. 445-447.
  • Block, N. (2014b): “Seeing-as in the light of vision science”, Philosophy and Phenomenological Research, 89(3), pp. 560-573.
  • Block, N. (2016): “The Anna Karenina Principle and Skepticism about Unconscious Perception”, Philosophy and Phenomenological Research, 93(2), pp. 452-459.
  • Block, N. (2011): “The higher order approach to consciousness is defunct”, Analysis, 71(3), pp. 419-431.
  • Block, N. (2007): “Wittgenstein and Qualia”, Philosophical Perspectives, 21(1), pp. 73-115.
  • Brogaard, B. (2015): The Status of Consciousness in Nature, en S. Miller, ed., The Constitution of Consciousness, Amsterdam, John Benjamins Publishing Company, pp. 330-347.
  • Brown, R. (2015): “The HOROR theory of phenomenal consciousness”, Philosophical Studies, 172(7), pp. 1783-1794.
  • Carruthers, P. y B. Veillet (2007): “The phenomenal concept strategy”, Journal of Consciousness Studies, 14, pp. 212-236.
  • Carruthers, P. (2000): Phenomenal Consciousness: A Naturalistic Theory, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Castañeda, H. (1966): “’He’: A Study in the Logic of Self-Consciousness”, Ratio, 8, pp. 130-157.
  • Chalmers, D. (1995): “Absent Qualia, Fading Qualia, Dancing Qualia”, en T. Metzinger, ed., Conscious Experience, Paderborn, Germany, Ferdinand Schöningh, pp. 309-327.
  • Chalmers, D. (1996): “The Conscious Mind: In Search of a Fundamental Theory”, The Journal of Mind and Behavior, 17(4), pp. 391-398.
  • Chalmers, D. (2004): “The representational character of experience”, en B. Leiter, ed., The Future for Philosophy, Oxford, Oxford University Press, pp. 153-181.
  • Chalmers, D. (2007): “Phenomenal Concepts and the Explanatory Gap”, en Alter, T. y S. Walter, ed., Phenomenal Concepts and Phenomenal Knowledge, New Essays on Consciousness and Physicalism, Oxford, Oxford University Press, pp. 167-194.
  • Chalmers, D. (2009): “The Two-Dimensional Argument Against Materialism”, en McLaughlin, B. P. y S. Walter, ed., Oxford Handbook to the Philosophy of Mind, Oxford, Oxford University Press, pp. 313-338.
  • Chalmers, D. (2013): “Panpsychism and Panprotopsychism”, The Amherst Lecture in Philosophy, 8, pp. 1-35. doi: www.amherstlecture.org/chalmers2013/.
  • Chalmers, D. (2016): “The Combination Problem for Panpsychism”, en Jaskolla, L. y G. Bruntrup, eds., Panpsychis: Contemporary Perspectives, Oxford, Oxford University Press, pp. 179-214.
  • Collins, C. (2011): Energy of the soul”, en Baker, M. C. y S. Goetz, ed., The Soul Hypothesis: Investigations into the Existence of the Soul, New York & London, Continuum Books, pp. 123-133.
  • Dehaene, S. (2009): “Neural Global Workspace”, en Bayne, T., A. Cleeremans y P. Wilken, ed., The Oxford Companion to Consciousness, Oxford, Oxford University Press, pp. 466.
  • Dennett, D. C. (1991): Consciousness Explained, Back Bay Books.
  • Diaz-Leon, E. (2010): “Can phenomenal concepts explain the epistemic gap?”, Mind, 119(476), pp. 933-951.
  • Diaz-Leon, E. (2016): “Phenomenal Concepts: Neither Circular Nor Opaque”, Philosophical Psychology, 29(8), pp. 1186-1199. https://doi.org/10.1080/09515089.2016.1244817
  • Diaz-Leon, E. (2010): “Reductive explanation, concepts, and a priori entailment”, Philosophical Studies,155, pp. 99-116. https://doi.org/10.1007/s11098-010-9560-x
  • Di Bona, E. (2017): “Towards a rich view of auditory experience”, Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition, 174(11), pp. 2629-2643. https://www.jstor.org/stable/45094209?seq=1
  • Dretske, F. (1988): Explaining Behavior: Reasons in a World of Causes, MIT Press.
  • Dretske, D. (1995): Naturalizing the Mind, MIT Press.
  • Egan, A. (2006): “Appearance Properties?”, Noûs, 40(3), pp. 495-521.
  • Gennaro, R. (2012): The Consciousness Paradox: Consciousness, Concepts, and Higher-Order Thoughts, MIT Press.
  • Gertler, B. (2005): “The Knowledge Argument”, en D. M. Borchert, ed., The Encyclopedia of Philosophy, vol. 5, editorial MacMillan, pp. 112-115.
  • Goff, P. (2017): Consciousness and Fundamental Reality, Oxford University Press.
  • Harman, G. (1990): “The intrinsic quality of experience”, Philosophical Perspectives, 4, pp. 31-52.
  • Hutto, D. y E. Myin (2013): Radicalizing Enactivism: Basic Minds Without Content, Cambridge, MA, The MIT Press.
  • Jackson, F. (1982): “Epiphenomenal qualia”, Philosophical Quarterly, 32(127), pp. 127-136.
  • Kentridge, R. (2011): «Attention without Awareness: A brief Review», en Mole, Ch., D. Smithies y W. Wu, ed., Attention: Philosophical and Psychological Essays, Oxford University Press, pp. 228-246.
  • Kind, A. (2010): “Transparency and Representationalist Theories of Consciousness”, Philosophical Compass, 5(10), pp. 902-913. https://doi.org/10.1111/j.1747-9991.2010.00328.x
  • Koch, C. y N. Tsuchiya (2007): “Attention and Consciousness: Two Distinct Brain Processes”, Trends in cognitive Science, 11(1), pp. 16-22. https://doi.org/10.1016/j.tics.2006.10.012
  • Kriegel, U. (2003): “Consciousness, Higher-Order Content, and the Individuation of Vehicles”, Synthese, 134(3), pp. 477-504. https://doi.org/10.1023/A:1022913321854
  • Kriegel, U. (2002): “PANIC Theory and the Prospects for a Representational Theory of Phenomenal Consciousness”, Philosophical Psychology, 15(1), pp. 55-64. https://doi.org/10.1080/09515080120109414
  • Kriegel, U. (2009a): “Self-representationalism and phenomenology”, Philosophical Studies, 143, pp. 357-381. doi: org/10.1007/s11098-008-9204-6
  • Kriegel, U. (2009b): Subjective Consciousness: A Self-Representational Theory, Oxford University Press, USA.
  • Larmer, R. (1986): “Mind-body interactionism and the conservation of energy”, International Philosophical Quarterly, 26, pp. 277-285.
  • Levine, J .(1983): “Materialism and qualia: The explanatory gap”, Pacific Philosophical Quarterly, 64, pp. 354-361.
  • Lewis, D. (1978): «Mad pain and Martian pain»,en N. Block, ed., Readings in the Philosophy of Psychology, Harvard university Press, pp. 216-222.
  • Lewis, D. (1979): “Attitudes de dicto and de se”, Philosophical Review, 88(4), pp. 513-543, Duke University Press. https://doi.org/10.2307/2184843
  • Lewis, D. (1986): On the Plurality of Worlds,Oxford, Brasil, Blackwell Publishers.
  • López-Silva, P. (2014): «Self -Awareness and the Self-Presenting Character of Abnormal Conscious Experience», en Gerner, A. y J. Gonçalvez, ed., Altered self and altered self-experience, Norderstedt, Norderstedt BoD, pp. 209-224.
  • Lycan, W. G. (1996): Consciousness and Experience, The MIT Press.
  • Macpherson, F. (2006): “Ambiguous figures and the content of experience”, Noûs, 40(1), pp. 82-117.
  • Martinez, M. (2011): “Imperative Content and the Painfulness of Pain”, Phenomenology and the Cognitive Sciences, 10(1), pp. 67-90.
  • Martinez, M. (2013): “Teleosemantics and Indeterminacy”, Dialectica, 67(4), pp. 427-453.
  • Millikan, R. G. (1989): “Biosemantics”, Journal of Philosophy, 86, pp. 281-97.
  • Millikan, R. G. (1984): Language, Thought and Other Biological Categories, MIT Press.
  • Nagel, Th. ([1974]2002): “What is it Like to Be a Bat?”, en D. Chalmers, ed., Philosophy of Mind: Classical and Contemporary Readings,Oxford University Press.
  • Neander, K. (1998): “The division of phenomenal labor: A problem for representationalist theories of consciousness”, Philosophical Perspectives,12, pp. 411-34.
  • Noe, A. (2004): Action in Perception, MIT Press.
  • Peacocke, Ch. (1984): Sense and Content: Experience, Thought, and Their Relations, Oxford University Press, USA.
  • Perez, D. (2011): “Phenomenal Concepts, Color Experience, and Mary’s Puzzle”, Teorema: International Journal of Philosophy, 30(3), pp. 113-133.
  • Peters, M., R. Kentridge, I. Phillips y N. Block (2017): “Does unconscious perception really exist? Continuing the ASSC20 debate”, Neuroscience of Consciousness, 2017(1), https://doi.org/10.1093/nc/nix015
  • Phillips, I. (2016): “Consciousness and Criterion: On Blocks Case for Unconscious Seeing”, Philosophy and Phenomenological Research, 93, pp. 419-451.
  • Prinz, J. (2012): The Conscious Brain, Oxford University Press.
  • Putnam, H. ([1967]1980): “The Nature of Mental States”, en N. Block, ed., Readings in Philosophy of Psychology, Cambridge,Harvard University Press, pp. 223-31.
  • Recanati, F. (2012): “Immunity to error through misidentification: What it is and where it comes from”, en Prosser, S. y F. Recanati, ed., Immunity to error through Misidentification: New Essays, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 180-201.
  • Recanati, F. (2007): Perspectival Thought: A Plea for (Moderate) Relativism, Oxford, Oxford University Press.
  • Rosenthal, D. (1997): “A theory of consciousness”, en Block, N., O. J. Flanagan y G. Guzeldere, eds., The Nature of Consciousness, Mit Press.
  • Rosenthal, D. (2005a): Consciousness and mind, Oxford University Press.
  • Rosenthal, D. (2005b): “Exaggerated Reports: Reply to Block”, Analysis, 71(3), pp. 431-437. https://doi.org/10.1093/analys/anr039
  • Ryle, G. (1949): The Concept of Mind, University of Chicago Press.
  • Sebastián, M. Á. (2012): “Experiential Awareness: Do you prefer «It» to «Me»?”, Philosophical Topics, 40(2), pp. 155-177.
  • Sebastián, M. Á. (2012b): “Review of U. Kriegel «Subjective Consciousness: a self-representational theory»”, Disputatio, 6, pp. 413-417.
  • Sebastián, M. Á. (2014): “Dreams: an empirical way to settle the discussion between cognitive and non-cognitive theories of consciousness”, Synthese, 191(2), pp. 263-285.
  • Sebastián, M. Á. (2015): “What panpsychists should reject: on the incompatibility of panpsychism and organizational invariantism”, Philosophical Studies, pp. 1833-1846.
  • Siegel, S. (2010): The Contents of Visual Experience, Oxford University Press.
  • Shoemaker, S. (2000): “Introspection and Phenomenal Character”, Philosophical Topics, 28(2), pp. 247-273. doi. 10.5840/philtopics20002825
  • Shoemaker, S. (1982): “The inverted spectrum”, Journal of Philosophy, 79(7), pp. 357-381. doi.org/10.2307/2026213
  • Tononi, G. y Ch. Koch (2015): “Consciousness: Here, There and Everywhere?”, Philosophical Transactions of The Royal Society B Biological Sciences, 370(1668) https://doi.org/10.1098/rstb.2014.0167
  • Trogdon, K. (2016): “Revelation and Physicalism”, Synthese, 194(7), pp. 2345-2366. https://doi.org/10.1007/s11229-016-1055-7
  • Tye, M. (1997): Ten Problems of Consciousness: A Representational Theory of the Phenomenal Mind, The MIT Press.
  • Tye, M. (2002): Consciousness, Color, and Content, The MIT Press.
  • Tye, M. (2009): Consciousness Revisited: Materialism without Phenomenal Concepts, The MIT Press.
  • Van Gulick, R. (2004): «Higher-order global states (hogs): An alternative higher-order model of consciousness», en Rocco J. Gennaro, ed., Higher-Order Theories of Consciousness: An Anthology, John Benjamins Publishing Company , pp. 67-92. https://doi.org/10.1075/aicr.56
  • Weisberg, J. (2011): “Abusing the notion of what-it-is-like-ness: A response to Block”, Analysis, pp. 438-443.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Dennett, Daniel (1995), La conciencia explicada, Barcelona, Paidós.
  • Sebastián, Miguel Ángel (2022), El problema de la consciencia, Madrid, Cátedra.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Sebastián, Miguel  Ángel (2018) “Teorías de la Consciencia”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/teorias-de-la-consciencia/).

 

Consciencia

De forma paradójica, la experiencia consciente que tenemos del mundo y de nosotros mismos resulta a un tiempo el aspecto más familiar y, probablemente, el más misterioso de nuestra mente. No conocemos nada de manera más íntima mientras que, al mismo tiempo, resulta una de las cosas que menos entendemos. Más aún, si tratamos de aislar el objeto de estudio mediante una definición, podemos darnos cuenta de lo complicado que resulta.

Cuando saboreamos un bacalao a la vizcaina o cuando olemos el aroma del café recién molido, nuestro cerebro procesa cierta información que nos lleva a continuar comiendo o a entrar en la cafetería y pedir un cafe, por ejemplo. Sin embargo, parece que una descripción del procesamiento de la información no caracteriza, prima facie, completamente la situación; el estado mental que parece desencadenar el comportamiento descrito está acompañado de una ‘cualidad subjetiva’: se siente de cierta forma oler el café o saborear el bacalao.

Para abordar el estudio de la consciencia, resulta fundamental aclarar cuál es la propiedad que nos interesa estudiar y ver cómo, si es que lo hace, se relaciona con o depende de otros aspectos de la realidad. En contextos ordinarios, y en nuestro hablar diario, el término ‘consciencia’ se emplea para referirnos a diferentes fenómenos que dan lugar a cuestiones diferentes, si bien probablemente interrelacionadas. No es mi intención afirmar que alguno de estos usos tenga que ser privilegiado. Sin embargo, es necesario ser lo más precisos posible acerca del tema que da lugar a la controversia filosófica, la consciencia fenoménica, y su relación con otras nociones en la vecindad. Para ello, este artículo comienza con un análisis de los distintos conceptos de consciencia y su posible relación con la consciencia fenoménica. La segunda sección está dedicada a ofrecer una descomposición del problema que presenta la consciencia que nos permita entender y categorizar mejor la forma en la que diversos autores han afrontado el problema. Finalmente abordo la relación entre consciencia e intencionalidad, dos propiedades estudiadas clásicamente de forma común y sólo recientemente disociadas.

1. Noción de consciencia

Aunque ‘ser consciente’ se predique en el lenguaje ordinario típicamente de criaturas, el estudio filosófico se ha centrado en los estados conscientes. Cabe entonces distinguir el sentido en el que se dice que una criatura es consciente y el sentido en el que se dice que un estado es consciente (Rosenthal, 1986). La primera es una propiedad de un organismo u otros sistemas, como por ejemplo de algunos sistemas artificiales; la segunda es una propiedad de determinados estados mentales. Pero tanto en el caso de los estados como en el de las criaturas, el término ‘consciencia’ se emplea para referir a distintas propiedades controversialmente relacionadas. De especial relevancia en el debate actual resulta la relación entre el uso del término que hacemos cuando nos damos cuenta de algo (la consciencia de acceso) y la consciencia fenoménica, por lo que presentaré esta distinción de forma separada.

1.1. Criatura consciente

Al decir que una criatura es consciente, el sentido menos demandante en el que lo hacemos es quizás uno en el cual el término ‘consciente’ resulta ser sinónimo de ‘sintiente’. Así, una criatura resultaría ser consciente cuando es capaz de sentir y responder a su entorno (Armstrong, 1981). Otro sentido, más exigente, en el que decimos que una criatura es consciente resulta equivalente a decir que está en vigilia. En este caso, requerimos no sólo que sea capaz de sentir y responder al entorno, sino también que esté en posición de hacerlo. Así, la consciencia se predica de seres que están despiertos, en oposición a estar en coma, anestesiados o profundamente dormidos.

El sentido relevante en la discusión filosófica es el de criatura fenoménicamente consciente. Una criatura es fenoménicamente consciente si se siente de alguna manera ser esa criatura, si hay algo que es ser esa criatura, si hay alguna forma en la que se le aparezca el mundo desde su punto de vista (Nagel, [1974] 2002). Por ejemplo, Nagel enfatiza que hay algo que es ser un murciélago y experimentar el entorno mediante su sentido de ecolocalización, aún cuando los humanos no pudieran entender en qué consiste ser un murciélago al no poder experimentar el mundo de este modo. Parece que la consciencia fenoménica requiere que la criatura sea capaz de sentir y responder a su entorno pero no está claro que se requiera la vigilia si, por ejemplo, hay algo que es para nosotros tener sueños. El interés filosófico que suscita la consciencia fenoménica se deriva principalmente de la dificultad de entender el lugar que ocupa en la naturaleza (Brogaard, 2015). Por ejemplo, muchos han argumentado que, a diferencia de otras propiedades, no es posible caracterizar o entender completamente la consciencia en términos de estructura, materia y energía. Este problema difícil (Chalmers, 1996) sitúa a la consciencia en el corazón del problema mente-cuerpo. Hay, presumiblemente, una brecha epistémica entre los hechos físicos y los hechos que involucran a la consciencia que incluso ha llevado a varios autores a inferir que la propiedad de ser consciente no es una propiedad física. Pero el problema de la consciencia va más allá, pues ni siquiera abrazar cierto dualismo ontológico nos libraría de problemas. Por ejemplo, no está claro, en tal caso, cómo explicar el hecho de que ambos tipos de propiedades, físicas y no físicas, interactúen (véase entradas El problema mente-cuerpo y Teorías de la consciencia).

Otra distinción relevante a nivel de criatura, es aquella entre consciencia transitiva e intransitiva (Rosenthal, 1986). La consciencia transitiva es aparentemente una propiedad relacional, a la que nos referimos cuando decimos que somos conscientes de la melodía que suena o del perfume de la persona que pasó junto a nosotros. La consciencia transitiva involucra por tanto la presencia de un estado que nos ponga en relación con la entidad de la que somos conscientes. Tal uso es, al menos prima facie, distinto del uso intransitivo involucrado en la consciencia fenoménica que sólo depende de que se sienta de alguna manera estar en cierto estado. Parece, no obstante, existir una relación íntima entre ambas. Por ejemplo, consideremos el tipo de experiencia que tenemos al mirar una manzana roja, en este caso parece que al tener tal experiencia somos conscientes de la manzana roja. Ello ha llevado a muchos filósofos a pensar que podemos avanzar en el entendimiento de la consciencia fenoménica partiendo de esta otra relación transitiva. En esta línea, y para evitar una confusión innecesaria en el uso del término ‘consciencia’, podemos apelar a la percatación (awareness), como la propiedad relacional que atribuimos al decir por ejemplo que Luisa se percata de la llegada de su pareja o del sonido del aire acondicionado. Evaluar la conexión entre consciencia y percatación requiere clarificar qué se entiende por percatación. Podemos reconocer al menos los siguientes usos:

  1.  Como relación de éxito: si uno se percata de que tal y cual es el caso, entonces tal y cual es, de hecho, el caso. No está claro, que bajo este uso, haya una relación directa entre percatación y consciencia fenoménica. Por ejemplo, si creyéramos que al tener el tipo de experiencia consciente que uno tiene típicamente al mirar una manzana roja se percata de la manzana roja, y que la percatación es una relación de exito, entonces parece que la relación inmediata entre percatación y consciencia se perdería cuando, por ejemplo bajo los efectos de cierta sustancia uno alucina una manzana roja (cf. Martin, 2004).
  2. Como una relación falible. Esta relación puede o bien ser una relación primitiva, en cuyo caso apelar a ella no parece ser especialmente iluminador para entender la consciencia fenoménica, o bien no lo es. En este último caso, para poder evaluar la relación entre la consciencia y la percatación es preciso aclarar la naturaleza de esta última. En primera instancia, parece que lo que pretendemos recoger al decir que al tener el tipo de experiencia que tenemos al mirar una manzana roja nos percatamos de la misma y sus propiedades, es la idea de que el sujeto tiene información, o que puede llegar a formarse una creencia o de tener cierto conocimiento acerca de la manzana. A este respecto, probablemente la relación menos comprometida que uno pueda tener en mente sea la de representación.
  3. Más exigente aún sería pensar en la percatación como sinónimo de «darse cuenta». Típicamente al menos, cuando miramos una manzana roja tenemos una experiencia visual consciente, nos damos cuenta—al menos—de que hay una manzana roja. De hecho, hay un uso común de consciencia que corresponde precisamente al uso típico de ‘darse cuenta’. Block (1995-2002) lo llama ‘consciencia de acceso’, y la cuestión es ¿qué relación existe entre la consciencia de acceso y la consciencia fenoménica?

Hemos visto tres nociones distintas de percatación. La primera no parece vindicar una relación estrecha entre consciencia fenoménica y percatación. La segunda parece ligada a la noción de representación. La sección 3 se centra en la discusión de la relación entre representación y consciencia. Finalmente, la tercera noción pretende vincular percatación y acceso cognitivo. La subsección 1.3 atiende esta cuestión acerca de la relación entre consciencia fenoménica y acceso cognitivo en más detalle.

1.2 Estado consciente

El estudio filosófico de la consciencia suele centrarse en los estados conscientes, entendiendo que tener una experiencia consciente simplemente es estar en un estado consciente. De hecho, qué es una criatura fenoménicamente consciente se puede entender en términos de la instanciación de estados conscientes. La consciencia fenoménica es la propiedad que tienen algunos estados mentales si y sólo si, hay algo que es para un sujeto (S) estar en tales estados, si se siente de alguna manera estar en ellos. Por ejemplo, hay algo que es para S oler un vino, saborear un pescado a la veracruzana, escuchar una canción en la radio, o recordar su estribillo. Igualmente, hay algo que es para el sujeto tener un dolor de cabeza, sentir un picor en el codo o tener un orgasmo. Así mismo, aunque tal vez de forma algo más controvertida, hay algo que es para ella reflexionar sobre su teoría de la consciencia favorita o pensar que dos y dos son cuatro. En cada uno de estos casos, S está en un cierto estado con ciertas propiedades que llamaremos propiedades fenoménicas, y es en virtud de ellas que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. A lo que es para un sujeto estar en un estado consciente lo llamamos ‘carácter fenoménico‘.

También decimos que un estado es consciente cuando nos percatamos de que estamos en él (Rosenthal, 2005; Rosenthal and Weisberg, 2008), recogiendo la idea intuitiva de que no tiene sentido hablar de estado consciente si en ningún sentido nos percatamos de él. Esta idea da soporte a las teorías de orden superior (véase entrada «Teorías de la Consciencia»), que pueden ser catalogadas en teorías ambiciosas o moderadas (Block, 2011) dependiendo de si mantienen que tal percatación de orden superior es constitutiva o no de la consciencia fenoménica.

En el polo opuesto, los estados pueden ser considerados conscientes en un sentido bastante diferente y más cualitativo. Tener el tipo de experiencia que tenemos al mirar un tomate maduro involucra ciertas cualidades sensoriales que con respecto a su color podemos llamar ‘rojez’. Uno puede considerar que un estado es consciente si involucra propiedades cualitativas a las que nos referimos como ‘qualia’ o ‘sensaciones sensoriales crudas’. La sección 2 introduce el debate sobre la posible relación tanto entre las propiedades cualitativas (como la rojez) y las propiedades fenoménicas—aquellas que instancia un estado fenoménicamente consciente—, como entre estas últimas y la percatación de orden superior.

1.3. Consciencia fenoménica y consciencia de acceso

Cuando miro la manzana roja que está junto a mi computadora tengo una experiencia consciente, puedo reportar que la manzana es roja, puedo tomarla y luego morderla, o también puedo simplemente pensar que será un delicioso postre. Mi sistema visual genera una representación visual que es procesada y puesta a disposición de otros sistemas como, por ejemplo, el encargado de reporte, de la acción o de la formación de creencias: me doy cuenta de la manzana. Es en este sentido, en el que el contenido de un estado está disponible para el control racional directo de la acción y la formación de creencias, en el que los términos ‘consciencia’ o ‘percatación’ han sido utilizados hasta muy recientemente en ciencia cognitiva y neurociencia. Este uso corresponde al que hacemos en el lenguaje ordinario cuando decimos que nos damos cuenta de tal y cual cosa. Block (1995-2002) lo llama ‘consciencia de acceso’.

Pese a la cercanía, está claro que ‘consciencia de acceso’ y ‘conciencia fenoménica’ son dos nociones distintas. Lo que no lo está es la relación que existe entre ambas: ¿capturan propiedades distintas?, ¿son los estados fenoménicamente conscientes simplemente aquellos que nos permiten darnos cuenta de que tal y cual es el caso? Del hecho de que tengamos dos nociones distintas no se sigue inmediatamente que estas correspondan a dos propiedades con dos mecanismo que subyazcan a cada una de ellas, sino que pudiera ser que simplemente estuviéramos ante un caso en que tenemos dos formas en que podemos pensar de una única propiedad (Baars, 1988). Alternativamente, Kriegel (2005) ha sugerido que la consciencia de acceso es una propiedad disposicional (como pueda serlo la propiedad de ser frágil) de la cual la consciencia fenoménica es su base categórica (como lo es la estructura del cristal en el caso de la fragilidad de la copa de vino). Lo que parece claro es que una vez aceptamos la distinción conceptual, la pregunta parece una cuestión empírica acerca de nuestra arquitectura cognitiva.

Por ello, en búsqueda de una respuesta, el debate se ha adentrado en los últimos años en el terreno empírico, centrándose en la cuestión de si puede haber fenomenología en la ausencia de consciencia de acceso. Mientras que en el artículo original Block hacía uso principalmente de experimentos mentales para ilustrar la distinción, en la literatura más reciente (Block, 2007; Block, 2011) se centra en la evidencia empírica en ciencia cognitiva. Block refina la noción de consciencia de acceso a aquella de acceso cognitivo y la pregunta se torna en investigar si los mecanismos neurales de los que depende la consciencia fenoménica son independientes de aquellos de los que depende el acceso cognitivo que subyace a los reportes de consciencia; siendo la idea que hay un sistema neural (una memoria de trabajo o área de trabajo global (Baars, 1988; Dehaene and Naccache, 2001, Dehaene, 2009) encargado de poner la información sensorial y de otro tipo a disposición de diversos mecanismos como el encargado del reporte. Block (2007, 2011) se centra en la evidencia empírica en ciencia cognitiva principalmente en experimentos de respuesta parcial (Sperling, 1960; Landman et al., 2003). Según Block, los experimentos de respuesta parcial sugieren que la capacidad del sistema del cual depende la consciencia fenoménica desborda la capacidad del sistema del cual depende el acceso cognitivo. Aunque estos resultados son controvertidos (Phillips, 2011; Stazicker, 2011; Kouider et al., 2012), una nueva evidencia apunta en una dirección semejante. Por ejemplo, Sebastián (2014) ha argumentado que algunos episodios mentales que tenemos durante el sueño—que el sentido común y la evidencia empírica (Horikawa et al., 2013) sugieren que son fenoménicamente conscientes—no van acompañados de acceso cognitivo, a partir de la desactivación de los mecanismos neuronales subyacentes al acceso cognitivo—principalmente el cortex prefrontal dorsolateral—durante el sueño. Más recientemente, Block (2014) ha apelado a experimentos en rivalidad binocular que apuntan en favor de la disociación. No obstante los resultados distan de ser concluyentes y el debate sigue abierto. En lo que sigue, cuando hable de consciencia me referiré a la consciencia fenoménica siendo neutral en su relación con la consciencia de acceso.

2. Carácter cualitativo y subjetivo: consciencia y autoconsciencia

A la hora de entender el problema que suscita la consciencia podemos distinguir dos problemas que parecen independientes. Por un lado, está el problema de entender qué hace que haya algo, X, que es para mi estar en un estado fenoménicamente consciente en lugar de otra cosa Y; esto es, el problema de entender la naturaleza de aquello que distingue diferentes tipos de experiencias. Por otro lado, está el problema de entender la naturaleza de aquello que hace que haya algo que es para mí estar en un estado fenoménicamente consciente en lugar de nada. Llamemos al primero ‘el problema de la cualidad’ y al segundo ‘el problema de la suficiencia’.

Estas dos cuestiones se presentan a menudo como dos aspectos del carácter fenoménico (Kriegel, 2009; Levine, 2001): el carácter cualitativo y el carácter subjetivo. Podemos pensar en estos dos aspectos en términos de la locución de Nagel. Así, el carácter cualitativo de la experiencia que uno tiene al mirar una manzana roja es lo que es para uno tener la experiencia y que viene caracterizada por una serie de cualidades de color, forma, etc. A menudo se usa el término latín ‘qualia’ para referirse a tales propiedades. No obstante, este término está frecuentemente asociado con propiedades que resultan intrínsecas, privadas e inefables, y resulta altamente controvertido que uno tenga que apelar a tal tipo de propiedades para dar cuenta del carácter cualitativo de la experiencia. Por ello, el término ‘propiedad cualitativa’ parece preferible.

La pregunta de la suficiencia sugiere que el problema de la consciencia no se agota ahí. Aún cuando uno pensase que basta que el estado instancie una propiedad cualitativa para que haya algo que es para el sujeto estar en ese estado—en este caso, las propiedades fenoménicas serían propiedades cualitativas—parece justificado preguntar qué es lo que comparten estas propiedades de forma que tengamos una respuesta a la pregunta de la suficiencia.

En busca de una respuesta, cabe señalar que sea cual sea el carácter fenoménico de la experiencia particular, hay algo que es para mí tenerla. Esta para-mi-idad es lo que se conoce como carácter subjetivo. Al decir que hay algo que es para uno estar en un estado consciente, parece que atribuimos algún tipo de estatus especial al sujeto en la estructura de la consciencia—aunque la motivación para esta idea raramente es a priori, derivada del análisis conceptual, y se suele apelar a la psicología del sentido común, a la propia fenomenología o a cuestiones epistemológicas. La controversia en torno al carácter subjetivo se centra de un lado en ver si es necesario apelar al carácter subjetivo para responder al problema de la suficiencia—esto es, si el carácter subjetivo es o no constitutivo de la experiencia—y por otro, en la forma de entender el estatus que juega el sujeto. A este último respecto, uno podría pensar que el sujeto es simplemente aquel al que se le presenta la experiencia e insistir en que lo único que revela la experiencia es su propia presencia (Kriegel, 2009), o bien pensar que la experiencia revela algo acerca del propio sujeto, por ejemplo que uno está en cierto estado (Sebastián, 2012). De forma más exigente (Zahavi, 2005), uno podría pensar que lo que revela es que uno es el propietario de la experiencia. (Véase Guillot, 2017, para un análisis detallado de esta taxonomía y Farrell and McClelland, 2017, para una introducción general al debate actual en torno al carácter subjetivo).

Un punto adicional de controversia entre las teorías de la consciencia deriva de las posibles relaciones de dependencia que existan entre el carácter cualitativo y el subjetivo: ¿puede un estado exhibir carácter cualitativo y no subjetivo o viceversa? Kriegel (2009, cap.2) ofrece un análisis minucioso a este respecto.

3. Consciencia e intencionalidad

Hemos visto que algunos de nuestros estados mentales son a menudo fenoménicamente conscientes: hay algo que es para nosotros estar en ellos. Además estos estados son a menudo estados que exhiben intencionalidad, que representan el mundo como siendo de cierta manera, y decimos que son correctos o adecuados cuando el mundo de hecho es de tal manera e incorrectos o inadecuados en caso contrario. Pensemos por ejemplo en el tipo de experiencia que tenemos al mirar un tomate maduro o la bandera de China. Al tener esta experiencia nos parece que hay algo rojo: esta experiencia dicta del mundo que contiene algo rojo. Este es un estado intencional acerca de objetos rojos y de hecho parece apropiado evaluarlo como correcto (cuando está causado, digamos, por un tomate maduro) o incorrecto (cuando está causado, por ejemplo, por el consumo de LSD). Parece complicado, si acaso posible, considerar una experiencia de este tipo que no represente que hay algo rojo. De forma similar con otros tipos de experiencias. Cuando me duele el estómago o un dedo, el dolor parece ser acerca de mi estómago o mi dedo. Estos estados tienen condiciones de corrección, y, por ejemplo, en el síndrome del miembro fantasma, que provoca la sensación de que un miembro amputado todavía está conectado al cuerpo, hablamos de una falla en la función de los detectores correspondientes. Esto sugiere una conexión íntima entre intencionalidad y consciencia y tradicionalmente el estudio de ambos fenómenos ha ido de la mano. Filósofos desde Descartes y Locke hasta Brentano y Husserl los han tratado típicamente como uno solo. Aunque en la segunda mitad del siglo pasado ha habido una tendencia a ofrecer análisis independientes (Chalmers, 2004), pocos han rechazado la existencia de una conexión entre ambas y en los últimos años ha habido un renovado interés que se ha centrado en el contenido de la experiencia, la fenomenología del pensamiento o la emergencia de teorías que tratan de fundamentar una en la otra.

Por un lado, hay teorías que tratan de dar cuenta de la intencionalidad (Searle, 1990; Horgan and Tierson, 2002; McGinn, 1988) o algún tipo de particular de representación (Recanati, 2012; Peacocke, 2014) en la experiencia consciente. El problema que enfrentan estas teorías es que parece que están fundamentando algo que resulta enigmático en algo más misterioso aún. Por el otro, hay teorías que tratan de fundamentar la consciencia en la intencionalidad generalmente bajo la hipótesis de que la relación de representación puede ser explicada en términos compatibles con la verdad del naturalismo, lo que conduciría a una teoría naturalista de la consciencia. Al margen de las dudas que pueda suscitar el proyecto de naturalizar la intencionalidad, el principal problema que enfrenta esta aproximación es que no está claro que las propiedades representacionales agoten las propiedades fenoménicas. Una posibilidad que si bien en el caso de las experiencias visuales puede parecer plausible, está lejos de serlo en casos como el dolor o los orgasmos (cf. Martínez, 2011).

Con independencia de esta cuestión, otro ámbito de discusión concierne al contenido de la experiencia consciente: aquello de lo que nos percatamos al tener la experiencia. Pensemos nuevamente en la experiencia visual que tenemos al mirar un tomate maduro, ¿qué tipo de propiedades representa nuestra experiencia? ¿Se trata de propiedades sencillas como el color o la forma o también propiedades más complejas como la de ser un tomate? (Block, 2014; Bona, 2016; Siegel, 2010; véase entrada «Los Problemas de la Percepción«). Además, siguiendo con consideraciones de distinta índole como puede ser el carácter subjetivo, cuestiones epistémicas o con la noción de estado consciente, algunos autores (Kriegel, 2003; Kriegel, 2009; Sebastián, 2012) han defendido que el contenido de la experiencia va más allá de su objeto primario, el tomate en nuestro caso. Así, uno podría pensar que la experiencia dicta además su propia presencia, que el propio sujeto está teniendo la experiencia o que está en cierto estado—uno que lo pone en relación con el tomate—, o que el propio sujeto es el dueño de la experiencia (véase entrada «Teorías de la consciencia«).

La complejidad que hemos alcanzado a vislumbrar en esta entrada permite sugerir que un entendimiento exhaustivo de la consciencia demandará la interacción de los estudios en diversos ámbitos que van desde procesos neurales y cognitivos, a cuestiones semánticas y metafísicas. Un entendimiento en el que esperamos ver importantes avances en el tiempo venidero.

Miguel Ángel Sebastián
(Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México)

Referencias

  • Armstrong, D. (1981): «What is consciousness?«, en The Nature of Mind and Other Essays, Ithaca, Cornell University Press.
  • Baars, B. (1988 [2005]): A Cognitive Theory of Consciousness, Cambridge University Press.
  • Block, N. (2007): “Consciousness, Accessibility, and the Mesh between Psychology and Neuroscience”, Behavioral and Brain Sciences, 30 pp. 481-548.
  • Block, N. (2002): «On a confusion about the function of consciousness», en N. Block, ed., Consciousness, Function, and Representation: Collected Papers, Bradford Books.
  • Block, N. (2011): “Perceptual consciousness overflows cognitive access”, Trends in Cognitive Sciences, pp. 567-575.
  • Block, N. (2014): “Rich conscious perception outside focal attention”, Trends in Cognitive Sciences, pp. 445-447.
  • Block, N. (2014): “Seeing-as in the light of vision science”, Philosophy and Phenomenological Research, pp. 560-572.
  • Block, N. (2011): “The higher order approach to consciousness is defunct”, Analysis, pp. 419-431.
  • Brogaard, B. (2015): The Status of Consciousness in Nature, en S. Miller, eds., The Constitution of Consciousness, 2, Amsterdam, John Benjamins Publishing Company.
  • Chalmers. D. (2004): «The representational character of experience», en B. Leiter, ed., The Future for Philosophy, Oxford, Oxford University Press.
  • Chalmers. D. (1996): The Conscious Mind: In Search of a Fundamental Theory, Oxford/New York, Oxford University Press.
  • Dehaene, S. y L. Naccache (2001): “Towards a cognitive neuroscience of consciousness: basic evidence and a workspace framework”, Cognition, 79(1-2), pp. 1-37.
  • Dehaene, S. (2009): «Neural Global Workspace», en Bayne,T., A. Cleeremans y P. Wilken, eds., The Oxford Companion to Consciousness, Oxford, Oxford University Press.
  • Di Bona, E. (2017): “Towards a rich view of auditory experience”, Philosophical Studies: An International Journal for Philosophy in the Analytic Tradition, 174(11), pp. 2629-2643, https://doi.org/10.1007/s11098-016-0802-4.
  • Farrell, J. y T. McClelland (2017): “Editorial: Consciousness and Inner Awareness”, Review of Philosophy and Psychology, 8(1), pp. 1-22.
  • Guillot, M. (2017): “I Me Mine: on a Confusion Concerning the Subjective Character of Experience”, Review of Philosophy and Psychology, 8(1), pp. 23-53.
  • Horgan, T. y J. Tierson (2002): «The intentionality of phenomenology and the phenomenology of intentionality», en D. Chalmers, ed., Philosophy of Mind: Classical and Contemporary Readings, Oxford, Oxford University Press.
  • Horikawa, T., M. Tamaki, Y. Miyawaki y Y. Kamitani (2013): “Neural Decoding of Visual Imagery During Sleep”, Science, 340(6132), pp. 639-42.
  • Kouider, S., J. Sackur y V. de Gardelle (2012): “Do we still need phenomenal consciousness? Comment on Block”, Trends in Cognitive Sciences, 6(3), pp. 140-141.
  • Kriegel, U. (2003): “Consciousness, higher-order content, and the individuation of vehicles”, Synthese, 134(3), pp. 477-504.
  • Kriegel, U. (2005): “Naturalizing Subjective Character”, Philosophy and Phenomenological Research, 71(1), pp. 23-57.
  • Kriegel, U. (2009): Subjective Consciousness: A Self-Representational Theory, USA, Oxford University Press.
  • Landman, R., H. Spekreijse y V. A. F. Lamme (2013): “Large capacity storage of integrated objects before change blindness”, Vision Research, 43(2), pp. 149-164.
  • Levine J. (2001): Purple Haze: The Puzzle of Consciousness, USA, Oxford University Press.
  • Martin, M. G. (2004): “The Limits of Self-Awareness”, Philosophical Studies, 120, pp. 37-89.
  • Martinez, M. (2011): “Imperative Content and the Painfulness of Pain”, Phenomenology and the Cognitive Sciences, 10(1), pp. 67-90.
  • McGinn, C. (1988): “Consciousness and content”, Proceedings of the British Academy, 74, pp. 219-239.
  • Nagel, T. (1974): What is it like to be a bat?, en Philosophical Review, (83), pp. 219-225. [Reimpreso en D. Chalmers, ed., Philosophy of Mind: Classical and Contemporary Readings, New York, Oxford University Press 2002 ].
  • Peacocke, C. (2014): The Mirror of the World: Subjects, Consciousness, and Self-Consciousness, USA, Oxford University Press.
  • Phillips, I.B. (2011): “Perception and iconic memory: what Sperling does not show.”, Mind and Language, 26, pp. 381-411.
  • Recanati, F. (2012): «Immunity to error through misidentification: What it is and where it comes from», en Prosser, S. y F. Recanati, eds., Immunity to error thorugh misidentification: New Essays, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Rosenthal, D. y J. Weisberg (2008): “Higher-order theories of consciousness”, Scholarpedia, 3(5), p. 4407.
  • Rosenthal, D. (1997): «A theory of consciousness», en Block, N., O. J. Flanagan y G. Guzeldere, eds., The Nature of Consciousness, USA, Mit Press.
  • Rosenthal, D. (2005): Consciousness and Mind, USA, Oxford University Press.
  • Rosenthal, D. (1986): “Two concepts of consciousness”, Philosophical Studies, 49, pp. 329-59.
  • Searle, J. (1990): “Consciousness, explanatory inversion and cognitive science”, Behavioral and Brain Sciences, 13, pp. 585-642.
  • Sebastián, M. A. (2014): “Dreams: an empirical way to settle the discussion between cognitive and non-cognitive theories of consciousness”, Synthese, 191(2), pp. 263-285.
  • Sebastián, M. A. (2012): “Experiential Awareness: Do you prefer «It» to «Me»?”, Philosophical Topics, 40(2), pp. 155-177.
  • Siegel, S. (2010): The Contents of Visual Experience, New York, Oxford University Press.
  • Sperling, G. (1960): “The information available in brief visual presentation”, Psychological Monographs: General and Applied, 74(11), pp. 1-29.
  • Stazicker, J. (2011): “Attention, visual consciousness and indeterminacy”, Mind and Language, 26, pp. 156-184.
  • Zahavi, D. (2005): Subjectivity and Selfhood: Investigating the First-Person Perspective, USA, MIT Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Sebastián, Miguel Ángel (2022), El problema de la consciencia, Madrid, Cátedra.

Entradas relacionadas

Cómo citar estar entrada

Sebastián, Miguel Ángel  (2018) “Consciencia”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/consciencia/).

 

 

Los problemas de la percepción

Bajo el término ‘percepción’ se incluye una variedad de fenómenos. Éstos pueden dividirse en dos categorías generales.

Primera, existen relaciones perceptivas entre nosotros y las cosas que percibimos. Las cosas que percibimos incluyen objetos (nuestras manos, otra gente, animales, árboles,…), sucesos (un pez saltando fuera del estanque), procesos (la trayectoria de una pelota cuando un sujeto la lanza a otro sujeto) y las características que cualquiera de estas cosas tiene (la tersura de la mano, la rapidez del salto del pez, la ubicación de la pelota, etcétera). Las relaciones perceptivas nos permiten tomar información de nuestro entorno inmediato empleando nuestros sentidos. Estas relaciones son mediadas por procesos que comienzan en el mundo con un impacto inicial en nuestros sentidos y concluyen en nuestra experiencia consciente (ver Grice, 1961; Strawson, 1979; Snowdon, 1992).

Segunda, además de las relaciones perceptivas entre nosotros y las cosas que percibimos, existen perspectivas de primera persona, las cuales están incluidas típicamente en las combinaciones de la visión, la audición, el olfato, el gusto y la sensación, así como la sensación del movimiento del cuerpo propio y otras interacciones entre nuestro cuerpo y otros objetos sólidos. Por ejemplo, cuando vemos el pez saltando del estanque, este suceso nos aparece de cierta manera . Este suceso deja un efecto en nuestra vida consciente. Y, la vida consciente de una persona puede verse afectada de maneras indistinguibles incluso sin que el sujeto se encuentre en una relación perceptiva con un objeto, por ejemplo, como cuando se tiene una alucinación causada de manera endógena (ver Shoemaker, 2006; Egan, 2006; Schellenberg, 2007; Madary, 2016)

Probablemente la pregunta más básica en torno a la percepción sea: ¿cómo llegamos a percibir algo? Esta pregunta concierne tanto a las relaciones perceptivas como a las perspectivas perceptivas. ¿Cómo llegamos a adquirir las perspectivas perceptivas que tenemos y cómo llegamos a relacionarnos perceptivamente con algo? Hoy sabemos detalles sobre cuáles son las partes del cerebro que operan en tipos distintos de percepción, tal como la visión. Sin embargo, sólo sabemos algunos elementos acerca de cómo es que todo culmina en una experiencia consciente (ver Valberg ,1992; Robinson, 1994; Smith, 2002).

Respecto a una de las relaciones perceptivas, sabemos que en la visión la luz se refleja en las superficies en impacta nuestras retinas, causando que cierta información entre en un estado que inicia un procesamiento posterior en el cerebro, el cual genera nuestra experiencia visual (Marr, 1982). Cuando los filósofos abstraen a partir de detalles desconocidos, usualmente asumen que este proceso es un proceso causal donde la dirección de causalidad va de las cosas en el mundo a la mente. Por el contrario, algunos filósofos de la Antigua Grecia conocidos como ‘extramisionistas’ pensaron que la dirección de causalidad también actuaba en el sentido contrario: los ojos emitían rayos que iluminaban la parte del mundo que era vista. Sin los rayos emitidos, nada sería visible. Si sujeta una linterna sobre su cabeza y después se desplaza a un área oscura, se generan unos rayos que hacen lo que los extramisionistas pensaron que su ojo producía cuando ve.

El hecho de que no tengamos una ciencia completa de la visión limita nuestra comprensión de la percepción visual. Por ejemplo, ¿por qué la percepción consciente de algo rojo normalmente da lugar a una experiencia de rojez? ¿Es que el carácter específico de aquello que experimentamos en la experiencia de rojez se debe a la naturaleza de la propiedad de ser rojo o más bien se debe a nuestras mentes, o a ambos? (Tye, 1992; Shoemaker, 1994). Esta pregunta puede plantearse respecto a cualquiera de las propiedades que se nos presentan en la percepción. Otra cuestión sobre la que sabemos relativamente poco es cómo interactúa la información que proviene de diferentes modalidades sensoriales. Cuando usted ve el vapor que sale de la tetera y escucha un silbido, ¿a través de qué vía informacional atribuye al mismo objeto tanto el vapor como el silbido?

Un conjunto diferente de preguntas pendientes atañe a la relación entre atención y percepción. Comúnmente atendemos lo que percibimos conscientemente. Esto ocurre cuando a nuestra atención la capta un estallido repentino o un destello luminoso, y ello sucede cuando intencionalmente focalizamos en algo porque nos interesa, como una tortuga que no esperábamos en el camino o un mecanismo que estamos manejando. Pero además percibimos cosas en la periferia a las que prestamos menos atención. ¿Cuál es el alcance de la experiencia perceptiva fuera de la atención? ¿Es posible experimentar algo a lo que no atendemos en absoluto? (Dretske, 2006; Block, 2007; Silins & Siegel, 2014)

Al abordar la pregunta acerca del alcance de la experiencia perceptiva fuera de la atención, los científicos experimentales enfrentan retos idénticos. Un primer reto es encontrar una noción experimentalmente manejable de atención. Un segundo reto es distinguir conceptualmente entre clases diferentes de atención. Para cada una de las nociones de atención, puede plantearse la misma pregunta: ¿Hay una experiencia perceptiva independiente de la atención de dicha clase? Mientras que la noción de atención sea experimentalmente manejable, las ciencias experimentales pueden en principio resolver esta pregunta.

Incluso si tuviéramos una ciencia completa de la visión, aún quedarían muchos problemas filosóficos en torno a la percepción.

Un primer problema concierne a la relación básica de ver. Cuando usted ve una calabaza, es lógico pensar que la calabaza y sus características ayudan a determinar cómo aparece la calabaza. Pero alguien podría tener una experiencia totalmente idéntica incluso si estuviera alucinando. ¿Tiene la calabaza algún papel esencial en la percepción? Presumiblemente esta pregunta tiene una respuesta –o bien “Sí”, o bien “No”. Aun así, ninguna de las respuestas parece completamente satisfactoria. Si la calabaza no tiene un papel esencial en nuestra experiencia, entonces nuestra experiencia se muestra peculiarmente desconectada de la calabaza. Por otro lado, si la calabaza fuera esencial para la experiencia que tenemos de ella, entonces no sería posible tener una alucinación exactamente igual a dicha experiencia. Aun así, nos parece obvio que dichas alucinaciones son posibles. De esta manera, tenemos un problema filosófico (ver McLaughlin, 1989; Robinson, 1994; Martin, 2002; Campbell, 2002; Schellenberg, 2010; Siegel, 2010).

Algunas propuestas que intentan abordar este problema analizan las perspectivas perceptivas en términos de relaciones perceptivas. Según esta perspectiva, articulada por primera vez por Bertrand Russell, hay relaciones explicativamente primitivas de familiaridad con objetos y propiedades (Russell, 1912). Y cuando estamos familiarizados con objetos y propiedades, nuestra familiaridad explica por qué tenemos las perspectivas perceptivas que tenemos. Según este enfoque, cualquier perspectiva perceptiva que tengamos sin familiaridad requeriría de un análisis completamente diferente. Pese al hecho de que las perspectivas pueden en algún sentido compartirse entre alucinación y no-alucinación, aquellas perspectivas compartidas tienen naturalezas diferentes. Este resultado aparentemente paradójico ejerce cierta presión para analizar las perspectivas perceptivas independientemente de las relaciones perceptivas.

Un segundo problema atañe a la estructura interna de las perspectivas perceptivas. ¿Se dividen estas perspectivas fundamentalmente por modalidades sensoriales, de modo que hay perspectivas visuales, perspectivas táctiles, perspectivas auditivas, etcétera, para todas las modalidades sensoriales? O, ¿hay algunas perspectivas que son fundamentalmente multimodales? Considere la experiencia de abrir el cierre de un bolso. En ella, experimenta que el cierre se desliza mientras lo jala hacia usted, y ve que el bolso se abre. Así, tiene una experiencia visual de que el bolso se abre (y de que su mano se apoya en él) y una experiencia cenestésica de jalarlo. Si las experiencias son fundamentalmente unimodales, entonces la sensación de que usted está haciendo que el bolso se abra parecería ser el resultado de una inferencia a partir de su experiencia. Pero si puede experimentar la causalidad misma, entonces pareciera que la causalidad se presenta en un complejo de experiencias que son tanto visuales como cenestésicas. Otros ejemplos en los cuales la causalidad puede verse antes que inferirse incluye ver un cuchillo rebanando pan y una hamaca que sostiene a un gato (Anscombe, 1975; Beebe, 2003). Si las propiedades causales están entre aquellas propiedades que pueden presentarse en la experiencia, ello puede ser una razón para pensar que algunas experiencias son fundamentalmente multimodales (ver Nudds, 2003; Stokes, Matthen & Briggs, 2015; Macpherson, 2011).

Un tercer problema corresponde a cómo caracterizar la diferencia entre las experiencias del frente de las superficies de las cosas, tal como la cara frontal de un jarrón opaco y las experiencias de volúmenes completos. Edmund Husserl se interesó por este problema (Husserl, 1900-01). Cuando vemos entidades cotidianas como una barra de pan o un jarrón de flores, algunos de sus lados se nos ocultan. Y, sin embargo, en algún sentido, somos conscientes de que siguen existiendo fuera de nuestra vista y, a menudo, parece que podemos anticiparlo simplemente viendo la manera en que sus costados continúan existiendo en los espacios que actualmente no podemos ver. Esta observación sugiere que las perspectivas visuales distintas de las que ocupamos en este momento están en algún sentido presentes en nuestra percepción. Puesto que no se nos presentan de la misma manera que propiedades como el color o la textura de la cara frontal de las superficies del jarrón, una pregunta abierta es cuál es la mejor manera de caracterizarlas.

El cuarto problema corresponde a la numerosidad. Suponga que el jarrón que ve está manchado de pequeños lunares o puntos. Desde donde usted está parado, puede ver que el jarrón es punteado pero no puede discernir el número exacto de puntos. ¿Cuál es la mejor caracterización de su perspectiva visual sobre el número de puntos? Usted puede ver claramente dónde termina cada punto y dónde comienza el color circundante, de modo que, en un sentido, puede ver cada uno de los puntos. Pero si usted puede ver cada punto, y (supongamos) que hay 36 puntos, entonces parecería ser parte de su experiencia visual que la parte del jarrón que puede ver tiene 36 puntos. Pero ese resultado parece equivocado. De este modo, tenemos un problema (Ayer, 1940; Tye, 2009).

Un quinto problema atañe al papel de la percepción para justificar creencias ordinarias. Suponga que mientras come un sándwich, quiere un poco de mostaza. Entonces, abre el refrigerador para ver si dentro hay mostaza. Si ve mostaza, normalmente esto le dice lo que quería saber. Así, la percepción parece justificar creencias. Y el mismo tipo de cosa ocurre en innumerables situaciones cotidianas (Bonjour, 1985; Gupta, 2006; Siegel, 2017).

El poder de la percepción para justificar creencias podría parecer obvio en casos como éstos. Pero, ¿qué pasaría si sus experiencias perceptivas pueden ser influidas por lo que usted cree, quiere o teme? ¿Cómo es que esta influencia en la percepción afecta su papel en la justificación de creencias? Por ejemplo, Pavel tiene miedo de que Anna esté enojada con él. Su miedo hace que Anna parezca enojada cuando la ve –aunque si usted ve a Anna, su cara simplemente parecería neutral.Pero Pavel acaba experimentando visualmente a Anna como enojada. La experiencia visual de Pavel de que Anna está enojada surge a partir de su miedo de que ella está enojada. ¿Le daría su experiencia tanta razón como para creer que Anna está enojada, tal como lo haría si la experiencia no surgiera de un miedo? Aquí hay otra pregunta Sí-o-No donde ninguna de las respuestas parece completamente satisfactoria. Usted podría pensar que Pavel puede confiar razonablemente en lo que ve (Sí) –después de todo, ¿qué otra cosa se supone que puede pensar si él no tiene ni idea de que su experiencia se debe a este miedo? Por otro lado, parece sospechoso que deba obtener evidencia de que Anna está enojada (tal como él lo teme) a partir de su percepción, puesto que el miedo generó la percepción (No).De este modo, tenemos un problema.

El problema se exacerba por el hecho que la experiencia visual típicamente genera la sensación de que uno sabe lo que está viendo (Moore, 1905). Esta clase de confianza está ausente en una enfermedad llamada ‘visión ciega’. La gente con visión ciega se orienta empleando información inconsciente para guiar su acción. Sin embargo, los ciegos de visión tienen que forzarse a adivinar la orientación de una línea en su campo visual ciego (Stoerig & Cowey, 1997). No experimentan que saben. Así, la percepción consciente parece ligada estrechamente con experimentar que se sabe, al menos en nuestro mundo.

El sexto problema atañe a la percepción social. Entre las cosas que percibimos, incluimos a otras personas. ¿Son nuestras experiencias perceptivas determinadas completamente por estímulos sensoriales, o incluyen información más sofisticada, tales como estados emocionales, intenciones y actividades de la gente que vemos? En un sentido ordinario, usted puede ver que dos personas que pasean a su perro están enamoradas, de la misma manera en que puede ver que un grupo de gente está restaurando el exterior de un edificio, o que dos personas con un atuendo formal están almorzando en la terraza. Pero, ¿se manifiesta alguna de estas actividades sociales complejas en la percepción de la misma manera que los colores, las figuras y los movimientos de las superficies que están frente a usted? (Maund, 1995; Masrour, 2011; Adams, 2010; Siegel, 2010, 2017)

Un asunto relacionado con el último problema concierne a la cooperación social. Usualmente, la acción colectiva requiere una atención colectiva. Imagine que varias personas cargan una caja pesada, o que un trío de músicos toca una pieza musical, o que un pequeño grupo de personas se saludan unos a otros y hacen planes que requieren cosas diferentes de distintas personas. Estas formas de cooperación son posibles solamente cuando la gente involucrada puede distinguir a partir de la percepción qué es lo que los otros, involucrados en el acto de cooperación, pueden ver. Puesto que la percepción en la forma de atención colectiva es indispensable para formas diversas de cooperación, ¿cuáles son los contenidos de la experiencia perceptiva que hacen posible la cooperación? ¿Es posible experimentar perceptivamente las intenciones, los deseos, las desilusiones y las desaprobaciones de las otras personas? ¿Es posible recibir información a través de la experiencia acerca de cuáles son las maneras apropiadas e inapropiadas de actuar en una situación? O, ¿qué es lo que uno debería o no debería hacer después de la experiencia? Estas preguntas muestran cómo interactúa nuestra respuesta a normas sociales con los contenidos de la experiencia perceptiva (Searle, 1995; Eilan et al., 2005).

Frecuentemente, la investigación filosófica se construye en torno a problemas. A menudo, los problemas requieren que tracemos distinciones más finas que aquellas con las que comenzamos. Ésa es una manera en que la filosofía puede progresar a través de un problema, simplemente analizándolo con detalle. Una manera de progresar con un problema es comprendiéndolo mejor, y comúnmente lo comprendemos mejor cuando sabemos qué respuestas posibles podría haber –incluso si no sabemos (¡e incluso cuando nunca lo sabremos!) cuál es la respuesta correcta.

Susanna Siegel
(Harvard University)

Laura Pérez
(Cornell University)

Referencias

  • Anscombe, G.E.M. (1965): “The Intentionality of Sensation: A Grammatical Feature”, en Metaphysics and the Philosophy of Mind: Collected Papers, 2, Oxford, Blackwell. [También en Noë & Thompson, eds., 2002].
  • Anscombe, G.E.M. (1975): “Causality and Determination”, en E. Sosa, ed., Causation and Conditionals, Oxford, Oxford University Press, pp. 63-81.
  • Armstrong, D.M. (1968): A Materialist Theory of the Mind, London, Routledge and Kegan Paul.
  • Ayer, A. (1940): The Foundations of Empirical Knowledge, London, Macmillan.
  • Beebe, H. (2003): “Seeing Causing”, Proceedings of the Aristotelian Society, 103(3), pp. 257-280.
  • Block, N. (2007): “Overflow, Access and Attention”, Behavioral and Brain Sciences, 30(5-6), pp. 530-548.
  • Bonjour, L. (1985): The Structure of the Empirical Knowledge, Cambridge, MA., Harvard University Press.
  • Bratman, M. (1999): Faces of Intention: Selected Essays on Intention and Agency, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Campbell, J. (2002): Reference and Consciousness, Oxford, Oxford University Press.
  • Dretske, F. (2006): “Perception without Awareness”, en Gendler, T. y J. Hawthorne, eds., Perceptual Experience, Oxford, Oxford University Press, pp.147-180.
  • Dretske, F. (1969): Seeing and Knowing, Chicago, University of Chicago Press.
  • Egan, A. (2006): “Appearance Properties?,” Noûs, 40(3), pp. 495-521.
  • Eilan, N., C. Hoerl, T. McCormack y J. Roessler, eds., (2005): Joint Attention: Communication and Other Minds, Oxford, Oxford University Press.
  • Gibson, J.J. (1977): “The Theory of Affordances”, en Shaw, R. y J. Bransford, eds., Perceiving, Acting, and Knowing. Toward an Ecological Psychology, Hillsdale, NJ, Lawrence Erlbaum Associates, pp. 67-82 [Revisado y publicado en, Gibson, J.J.(1979): The Ecological Approach to Visual Perception, Boston, Houghton Mifflin, cap. 8]. [( manuscrito): “La teoría de las potencialidades de acción”, trad. por L. Pérez].
  • Grice, H.P. (1961): “The Causal Theory of Perception”, Proceedings of the Aristotelian Society Supplementary, 35, pp. 121-52.
  • Gupta, A. (2006): Empiricism and Experience, New York, Oxford University Press.
  • Husserl, E. ([1900-01]2001 ): Logical Investigations,trad. por J.N. Findlay, edición revisada por D. Moran, London, Routledge. [Husserl, E. (1999): Investigaciones Lógicas, trad. por Gaos, J.  y M. García Morente, Buenos Aires, Alianza].
  • Madary, M. (2016): Visual Phenomenology, Cambridge, MA., The MIT Press.
  • Macpherson, F. (2011): “Individuating the Senses”, en The Senses: Classical and Contemporary Readings, New York, Oxford University Press.
  • Martin, M.G.F. (2002): “The Transparency of Experience,” Mind and Language, 17, pp. 376-425.
  • Marr, D. (1982): Vision: A Computational Investigation into the Human Representation and Processing of Visual Information, San Francisco, Freeman Press.
  • Masrour, F. (2011): “Is Perceptual Phenomenology Thin?”, Philosophy and Phenomenological Research, 83(2), pp. 366-397.
  • Maund, J.B. (1995): Colours: Their Nature and Representation, Cambridge, Cambridge University Press.
  • McLaughlin, B. (1989): “Why Perception is not Singular Reference”, en J. Heil, ed., Cause, Mind and Reality, Dordrecht, Kluwer, pp. 111-20.
  • Michotte, A. (1963): The Perception of Causality, New York, Basic Books.
  • Moore, G.E. (1905): “The Refutation of Idealism”, en Philosophical Studies, London, Routledge & Kegan Paul. [Reimpreso en Moore 1993, pp. 23-44]. [Moore, G.E. (1982): La refutación del idealismo, trad. por G. Vallejos, Santiago, Universidad de Chile].
  • Nanay, B. (2011): “Do we see apples as edible?”, Pacific Philosophical Quarterly, 92(3), pp. 305-322.
  • Nudds, M. (2003): “The significance of the senses”, Proceedings of the Aristotelian Society, 104, pp. 31-51.
  • Peacocke, C. (1983): Sense and Content, Oxford, Oxford University Press.
  • Robinson, H. (1994): Perception, London, Routledge.
  • Russell, B. (1912): The Problems of Philosophy, Oxford, Oxford University Press. [Russell, B. (1975): Los problemas de la filosofía, trad. por J. Xirau, Barcelona, Labor].
  • Schellenberg, S. (2010): “The Particularity and Phenomenology of Visual Perception”, Philosophical Studies, 149(1), pp. 19-48.
  • Schellenberg, S. (2007): “Action and Self-Location in Perception”, Mind, 115(463), pp. 603-632.
  • Searle, J. (1995): The Construction of Social Reality, New York, The Free Press. [Searle, J. (1997): La construcción de la realidad social, trad. por A. Domenech, Barcelona, Paidós].
  • Shoemaker, S. (2006): “On the Ways Things Appear”, en Gendler, T. y J. Hawthorne, eds., Perceptual Experience, Oxford, Oxford University Press, pp. 461-480.
  • Shoemaker, S. (1994): “Self-Knowledge and ‘Inner Sense’” (Lecture III: The Phenomenal Character of Experience), Philosophy and Phenomenological Research, 54, pp. 219-314.
  • Siegel, S. (2010): The Contents of Visual Experience, New York, Oxford University Press.
  • Siegel, S. (2014): “Affordances and the Contents of Perception”, en B. Brogaard, ed., Does Perception Have Content?, Oxford, Oxford University Press, pp. 39-76. [Siegel, S. (manuscrito): “Potencialidades de acción y los contenidos de la percepción”, trad. por A. Renero].
  • Siegel, S. (2017a): The Rationality of Perception, New York, Oxford University Press.
  • Siegel, S. (2017): Los contenidos de la experiencia visual, trad. por  Peláez, A. y L. Pérez, México, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM).
  • Smith, A.D. (2002): The Problem of Perception, Cambridge, MA., Harvard University Press.
  • Snowdon, P.F. (1992): “How to Interpret ‘Direct Perception’”, en T. Crane, ed., The Contents of Experience, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 48-78.
  • Soteriou, M. (2000): “The Particularity of Visual Perception”, European Journal of Philosophy, 8(2), pp. 173-89.
  • Stokes, D., M. Matthen y S. Briggs, eds., (2015): Perception and Its Modalities, New York, Oxford University Press.
  • Silins, N. y S. Siegel, (2014): “Consciousness, Attention and Justification”, en Zardini, E. y D. Dodd, eds., Contemporary Perspectives on Scepticism and Perceptual Justification, Oxford, Oxford University Press.
  • Strawson, P.F. (1979): “Perception and its Objects”, en G. Macdonald, ed., Perception and Identity: Essays Presented to A.J. Ayer with His Replies, London, Macmillan. [Reimpreso en A. Noë and E. Thompson, eds., 2002] [(en prensa): “Percepción y sus objetos”, en La Naturaleza de la Experiencia, Vol. 2 Percepción, trad. por M. Ezcurdia y O. Hansberg, México, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM].
  • Stoerig, P. y A. Cowey (1997): “Blindsight in man and monkey,” Brain, 120, pp. 535-559.
  • Soteriou, M. (2000): “The Particularity of Visual Perception”, European Journal of Philosophy, 8(2), pp. 173-89.
  • Tye, M. (1992): “Visual Qualia and Visual Content”, en T. Crane, ed., The Contents of Experience, Cambridge, Cambridge University Press, pp. 158-76.
  • Tye, M. (2009): “A New Look at the Speckled Hen”, Analysis, 69(2), pp. 258-263.
  • Valberg, J.J. (1992): The Puzzle of Experience, Oxford, Clarendon Press.
  • Williamson, T. (1990): Identity and Discrimination, Oxford, Blackwell.
  • Dancy, J., ed., (1988): Perceptual Knowledge, Oxford, Oxford University Press.
  • Crane, T., ed., (1992): The Contents of Experience, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Noë, A. y E. Thompson, eds., (2002): Vision and Mind. Selected Readings in the Philosophy of Perception, Cambridge, The MIT Press.
  • Gendler, T.S. y J. Hawthorne, eds., (2006): Perceptual Experience, Oxford, Oxford University Press.
  • Haddock, A. y F. Macpherson, eds., (2008): Disjunctivism: Perception, Action, Knowledge, Oxford, Oxford University Press.
  • Byrne, A. y H. Logue, eds., (2009): Disjunctivism, Cambridge, MA., MIT Press.
  • Adams, Jr. R. B., N. Ambady, K. Nakayama y S. Shimojo (2010): The Science of Social Vision, New York, Oxford University Press.
  • Nanay, B., ed., (2010): Perceiving the World, New York, Oxford University Press.
  • Macpherson, F., ed., (2011): The Senses: Classical and Contemporary Readings, New York, Oxford University Press.
  • Brogaard, B., ed., (2014): Does Perception Have Content?, Oxford, Oxford University Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Ezcurdia, M. y H. Olbeth, eds., (en prensa): La Naturaleza de la Experiencia, 2, Percepción, México, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM.
Cómo citar estar entrada

Siegel, Susanna y Pérez, Laura (2018) “Los problemas de la percepción”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/los-problemas-de-la-percepcion/).

 

Atención

La atención es un concepto central de las ciencias cognitivas contemporáneas y, en gran parte debido a su relevancia, se ha vuelto durante el último cuarto de siglo cada vez más un objeto de reflexión de la filosofía de la mente dentro de la corriente analítica. Hay innumerables estudios científicos y casi tantas teorías sobre la naturaleza y los efectos de la atención. Aquí nos centraremos en las teorías filosóficas y sus motivaciones, tal y como las encontramos en la literatura científica.

Es ampliamente aceptada la idea de que la atención es una forma de selección mental o un medio para resolver las exigencias competitivas de diferentes tareas cognitivas. Pero ¿qué forma de selección mental? y ¿selección de qué? o ¿qué tipo de medio para resolver qué clase de competencia? Las respuestas a estas preguntas son controvertidas.

1. James y la atención consciente

La definición tal vez más citada es la de William James. Según James, la atención:

Es que la mente tome posesión, en forma clara y vívida, de uno entre los que parecen ser varios objetos simultáneamente posibles, o trenes de pensamiento. De su esencia son la circunscripción, la concentración de la conciencia. Entraña hacer a un lado ciertas cosas para ocuparse con más efectividad en otras. (James, [1890]1989, pp. 321)

Siguiendo a James, la forma de selección mental definitoria de la atención es una modificación de la experiencia consciente, de tal manera que esta experiencia se hace clara, vivida, localizada y concentrada con respecto a un objeto percibido o a una línea de pensamiento, a expensas de otros objetos o líneas de pensamiento.

A diferencia de James, los científicos cognitivos contemporáneos no se centran mucho en la evidencia introspectiva; en cambio, se concentran más en la evidencia de los efectos mensurables de los estados mentales sobre el comportamiento. De este modo, tienden a emplear un criterio de atención como el siguiente: ya sea la atención inducida endógenamente, en una tarea que requiere una decisión sobre este estímulo, o ya sea la atención inducida exógenamente, por otro estímulo en el mismo lugar que hace resaltar el estimulo atendido, las respuestas al estímulo atendido son más rápidas y más exactas que las respuestas a un estímulo similar no atendido. Tales respuestas se entienden como la marca o el criterio de la atención. Se puede dirigir la atención visual “encubierta” de esta manera incluso sin mover los ojos (Posner, 1980).

De esta manera la definición de James es problemática, ya que los procesos perceptivos engendran, en ausencia de la consciencia, respuestas que satisfacen este criterio contemporáneo de la atención. Los pacientes que sufren de “visión ciega” (“blindsight”) no son conscientes de los estímulos presentados en una parte del campo visual, aunque en tareas de decisión forzada, responden fiablemente a estos estímulos; entre estas respuestas hay algunas que satisfacen el criterio contemporáneo de atención (Kentridge et al., 2004). Así, a juzgar por este criterio, hay atención sin consciencia. Por lo anterior, la atención no es suficiente para la consciencia, y ninguna modificación de la consciencia puede definir la atención. (Ver también Mole, 2008, para un cuestionamiento sobre esta interpretación de la visión ciega, y Norman et al., 2013, para una respuesta.)

Si bien aceptamos que hay atención sin consciencia, podemos entender la “concentración” de la consciencia que notó James de alguna de estas maneras: o bien como un efecto de la atención (por lo que la atención tendría otra definición, dada en términos de los mecanismos que producen este efecto); o bien como la esencia de un tipo particular y familiar de atención (la atención consciente) a pesar de que existan otros mecanismos que también deberían ser llamados “atención”. Incluso entendida de alguna de estas dos maneras, la modificación atencional de la experiencia consciente que describió James es un fenómeno interesante en si mismo, y nos podemos preguntar cómo debemos entenderlo dentro de los marcos filosóficos contemporáneos estándar.

Centrándose (como la mayoría de los estudios científicos) en la atención dirigida a los objetos visuales, David Chalmers (2004) sugiere la posibilidad de que la modificación atencional de la experiencia consciente no sea una modificación del contenido intencional de esta experiencia (es decir, de lo que la experiencia representa), lo cual implicaría que el carácter fenoménico de la experiencia consciente no podría consistir íntegramente en sus contenidos intencionales. En el ejemplo que describe Chalmers, se mira dos puntos de luz roja sobre un fondo negro y se mueve la atención entre los dos puntos. Según Chalmers, mover la atención de esa manera engendra una diferencia en la experiencia consciente pero no es obvio que sea una diferencia de lo que representa la experiencia.

Sebastian Watzl (2011) desarrolla esta sugerencia postulando una estructura atencional de la experiencia consciente sui generis, de tal manera que la experiencia de un objeto que es el centro de atención está ubicada en el centro de la estructura, mientras que la experiencia de un objeto que no es el centro de atención ocupa una posición más periférica. (Véase también Speaks, 2010, para la idea relacionada aunque distinta de que hay una modalidad atencional de la experiencia, además de las modalidades perceptivas y de pensamiento, con sus propios contenidos intencionales.)

En respuesta a estos argumentos, Bence Nanay (2010) argumenta que la atención consciente dirigida a los objetos percibidos consiste en que el contenido intencional de la experiencia perceptiva se hace más específico: la experiencia atribuye propiedades más determinadas al objeto atendido. Como apoyo a esta propuesta, James Stazicker (2011) cita estudios de la atención y la resolución visual (Yeshurun y Carrasco, 1998). Sin embargo, si bien generalmente se acepta que la atención hace la experiencia más específica, se debate si la atención consciente consiste en este efecto (Watzl, 2011 y Wu, 2011). Una respuesta alternativa es que la atención consciente consiste en el carácter fenoménico del pensamiento demostrativo dirigido al objeto atendido (Wu, 2011).

En defensa de la idea que sugiere Chalmers, Ned Block (2010) cita estudios realizados por Marisa Carrasco que confirman otra observación de James, a saber, que la atención hace aparecer como más intensas las propiedades de un objeto atendido—por ejemplo su contraste de brillo y la saturación de su color (James, [1890]1900, pp. 425; Carrasco et al., 2004; Fuller y Carrasco, 2006). Block sostiene que, si aceptáramos que el carácter fenoménico de la experiencia consiste en nada más que sus contenidos intencionales, o en nada más que los objetos y propiedades percibidos (como sostiene una teoría ingenua realista de la experiencia perceptiva), deberíamos entender este efecto atencional como una ilusión. Argumenta que esta interpretación no es defendible.

Por lo tanto, siguiendo a Block, hay una “pintura mental” (“mental paint”) de la experiencia consciente, además de su contenido intencional y de los objetos y propiedades percibidas, en la cual tiene lugar el efecto atencional. (Véase también Beck y Schneider, 2017, para la idea relacionada de que el efecto atencional no es que los objetos atendidos aparezcan como más intensos, sino que estos aparecen más prominentes, de manera que se excede tanto el contenido intencional de la experiencia como los objetos y propiedades percibidos.) En respuesta, Bill Brewer (2013) sostiene que la teoría realista ingenua sí puede acomodar este efecto sin interpretarlo como una ilusión. En todo caso, cómo entender la atención consciente sigue siendo controvertido.

2. El cuello de botella de la información y la atención como necesaria para la consciencia

Las teorías de los mecanismos neuronales de la atención están muy influenciadas por las ideas de Donald Broadbent (1958) basadas en la teoría de la comunicación. Broadbent notó la capacidad limitada del procesamiento de información del cerebro y postuló un único cuello de botella en este procesamiento ubicado entre un sistema de gran capacidad automático y un sistema de baja capacidad más selectivo. Como consecuencia se incluyó en la literatura la idea de que la atención consiste en este cuello de botella. Así entendida, la atención es una forma de selección mental definida en términos del procesamiento de información. Aunque en primera instancia la atención es una selección de información, derivativamente ésta puede entenderse como una selección de los objetos y propiedades a los que se refiere la información seleccionada.

La idea de un único cuello de botella y también la presunción más general de que la atención es una forma de selección de la información son ideas controvertidas. Por ejemplo, se argumenta (Desimone y Duncan, 1995; Reynolds y Desimone, 2001) que las respuestas neuronales a diferentes estímulos compiten en toda la jerarquía del procesamiento perceptivo de una manera sesgada en favor de los estímulos atendidos. Además se argumenta (Lavie et al., 2004) que el nivel del procesamiento de un estímulo desatendido depende de la carga de la tarea: dada una tarea más exigente, un estímulo desatendido se procesa de forma más básica y menos eficiente. No es obvio que la competencia sesgada o el manejo de la carga cognitiva sean formas de selección de la información. En cualquier caso estas teorías socavan la identificación de la atención con un único cuello de botella del procesamiento cerebral de información. Cualquier etapa de la jerarquía del procesamiento, pese a que implique la selección de información, no puede ser necesaria para la atención si hay además otras etapas a las cuales igualmente debemos referirnos como “atención”.

A pesar de todo, aún persiste la idea de que la atención es una forma de gestionar la capacidad cerebral limitada del procesamiento de información. Recurriendo a esta idea, Jesse Prinz (2012) sostiene que la atención es una etapa del procesamiento que proyecta las representaciones perceptivas hacia el sistema de baja capacidad de la memoria de trabajo (“working memory”). Según Prinz, esta proyección es necesaria y suficiente para la consciencia de un estímulo. Su teoría comporta varias dificultades. La primera de ellas es que es muy cercano al postulado, criticado arriba, de que hay un único cuello de botella del procesamiento de información al cual debemos llamar “atención”. Por otro lado, ya hemos visto también razones para dudar de que la atención sea suficiente para la consciencia. Finalmente, hay controversia acerca de si la atención es necesaria para la consciencia.

Incluso si se acepta, o no, la teoría específica de Prinz, vale la pena valorar la afirmación de que la atención es necesaria para la consciencia. Tal afirmación ha sido igualmente influyente en psicólogos y filósofos. Hay que distinguir la exigencia de que cada ser consciente debe estar atento a algo (Watzl, 2017) de la hipótesis más específica de que se atiende a cada objeto de la consciencia. Es esta última hipótesis con la que Prinz se compromete (véase también Montemayor y Haladjian, 2015).

Como evidencia para esta hipótesis se citan experimentos de “ceguera por falta de atención” (inattentional blindness) y experimentos de “ceguera de cambios” (change blindness). En los primeros, dada una tarea exigente los sujetos no pueden reportar un estímulo presentado de una manera normal pero irrelevante para la tarea (Mack y Rock, 1998). De manera parecida, en los experimentos de “ceguera de cambios” los sujetos no pueden reportar una diferencia entre estímulos tales que, una vez señalada, la diferencia es muy obvia (Rensink et al., 1997). En un experimento muy impresionante, dada la tarea de contar pases de baloncesto entre algunos jóvenes, los sujetos no se dan cuenta de que, en el centro del grupo, alguien llega disfrazado de gorila golpeando su pecho (Simons y Chabris, 1999). No obstante, no es evidente que estos experimentos apoyen la hipótesis de que la atención es necesaria para la consciencia. Otra hipótesis, que a primera vista es igualmente plausible, es que la atención es necesaria sólo para pensar en un objeto percibido, de manera que los sujetos son conscientes del gorila y de los otros estímulos los cuales no pueden reportar (Mole, 2011; Stazicker, 2011).

Por otra parte, es igualmente difícil presentar evidencia de que hay objetos de consciencia no atendidos. La definición de James tal vez sugiere que hay evidencia introspectiva de tales objetos, es decir evidencia introspectiva de objetos que la atención “hace a un lado”. Pero no es obvio cómo podría haber tal evidencia. En primera instancia, parece que la introspección de cualquier cosa implica que se le atiende aunque no sea de manera focal. Además, se argumenta (Dennett, 1991) que la sensación introspectiva de que hay objetos de la consciencia no atendidos surge de la “ilusión de la luz del frigorífico”: cuando uno se pregunta si es consciente de un objeto desatendido, se responde atendiendo al objeto, generando así la ilusión de que se era consciente del objeto desde el principio. La analogía con la luz del frigorífico consiste en que se podría pensar que está siempre encendida, pues está encendida cada vez que se abre la puerta para corroborarlo.

Como evidencia empírica de que la atención no es necesaria para la consciencia, Victor Lamme (2004) cita experimentos de “informe parcial”. Estos experimentos, ideados por George Sperling (1960) y desarrollados por Lamme y sus colegas, demuestran que el sistema visual procesa una gran cantidad de información, de tal manera que la memoria de trabajo no puede acceder a más que un subconjunto de esta información (más o menos cuatro objetos) a la vez. Como Prinz, Lamme entiende la atención como un proceso de selección tardío, posterior al procesamiento visual de objetos y sus rasgos, que facilita la información necesaria a la memoria de trabajo. Pero a diferencia de Prinz, Lamme argumenta que la consciencia es independiente de este proceso y está sustentada por los procesos visuales de gran capacidad. Esta teoría se discute mucho entre filósofos. (Para la visión de que la evidencia la apoya, véase Block, 2007 y Block, 2011; para la idea de que la evidencia no la apoya, véase Cohen y Dennett, 2011, Stazicker, 2011, Phillips, 2011 y Phillips, 2016.)

A diferencia de Prinz y de Lamme, Declan Smithies (2011) sostiene que algo más específico que el acceso a un estímulo para la memoria de trabajo es necesario para la atención. Según Smithies, este acceso al estímulo constituye la atención solamente cuando es racional, es decir, cuando se justifican las acciones y creencias consiguientes. Aunque es insólito sostener que este rol racional es necesario para la atención misma, la idea de que la atención justifica las acciones y las creencias sobre los objetos atendidos es influyente.

3. La integración de los rasgos y la atención como fuente del conocimiento

Una larga tradición filosófica entiende la atención, de una manera u otra, como una fuente importante del conocimiento. Por ejemplo, Descartes sostuvo que sólo cuando se atiende a una idea que es clara y distinta no se puede dudar de esta (2011, «Respuestas a Objeciones»). En cambio Berkeley sostuvo que se forma una idea abstracta al considerar una idea específica sin atender a sus “calidades particulares” (2013, «Introducción de Principios del Conocimiento Humano», 2ª ed.).

Los filósofos contemporáneos se centran en la idea de que se conoce un objeto percibido en atenderlo. John Campbell (2002) desarrolla esta idea de manera sistemática. En particular, argumenta que la atención a un objeto percibido causa y justifica el pensamiento demostrativo en el objeto—un tipo de pensamiento básico que típicamente se expresa al decir “ese objeto”. Por ejemplo, si estamos viendo una escena en la que hay varios edificios y luego digo “ese edificio … “, para saber la referencia de mi expresión se tiene que atender al edificio en cuestión.

Una vieja objeción a este tipo de idea es que ninguna forma de atención que sea suficiente para el pensamiento de un objeto puede explicar este pensamiento, ya que tal forma de atención es idéntica a la forma de pensamiento que se debe explicar (Geach, 1957). Por ello, Campbell tiene que identificar una forma de atención más básica que el pensamiento que lo explica. Al nivel de la experiencia consciente, Campbell describe la atención como un “resalte experiencial”, y ya vimos que no está claro cómo se puede entender la atención consciente (en especial dada una teoría realista ingenua de la experiencia perceptiva como la que sostiene Campbell). Sin embargo, al nivel del procesamiento de la información, Campbell apela a la teoría de la Integración de los Rasgos (Feature Integration) de Anne Treisman.

Treisman defiende que el sistema visual procesa los diferentes rasgos de los objetos—por ejemplo sus colores y sus formas—de manera paralela; por ello, el sistema afronta el problema de unir los rasgos de cada objeto. Por ejemplo, la tarea de decir si hay un objeto rojo triangular entre objetos de varios colores y formas requiere que se vinculen los dos rasgos en una representación de un objeto único. Según Treisman, el proceso que lo lleva a cabo es la atención espacial serial, de tal manera que se vinculan los rasgos que comparten una ubicación (Treisman y Gelade, 1980). Además, según Campbell, es esta forma de atención la que causa y justifica el pensamiento demostrativo sobre el objeto.

No obstante, MGF Martin (1997) sugiere que tal forma del procesamiento de la información no puede proveer esta explicación del conocimiento al nivel personal en vez de al nivel de su sistema visual. Además, Johannes Roessler (2009) argumenta que la manera por la cual la atención sobre un objeto de la consciencia perceptiva explica el conocimiento del objeto no es justificándolo, sino que esta requiere una explicación sui generis. (Véase también Dickie, 2011, para la tesis, relacionada con la de Campbell, de que la atención explica cómo una creencia sobre el objeto atendido constituye conocimiento, al eliminar la posibilidad de que la creencia se refiere al objeto por casualidad.)

4. La atención y la acción

Hemos visto que la atención puede entenderse como distintas formas de selección mental: como la selección de objetos (o de información) para el procesamiento de baja capacidad, para la consciencia o para el conocimiento. Wayne Wu (2014) define la atención como una nueva forma de selección mental: la selección para la acción. A modo de ilustración, si el agente se confronta con varios objetos percibidos, cualquier acción sobre un objeto requerirá que se escoja, entre los posibles, un objeto y una acción, de manera que puedan relacionarse. Según Wu, la atención es la forma de selección mental que resuelve este problema.

Wu observa que muchos experimentos implican que es suficiente para la atención resolver el problema anterior. Consideremos el siguiente caso: si la tarea consiste en pulsar un botón cuando haya un triángulo rojo, hacerlo, requerirá que se relacione esta acción con dicho objeto. Aunque hay experimentos así, estos estudian la atención endógena. En cambio, en los experimentos que analizan la atención exógena, no es obvio que se escoja el objeto atendido para la acción. Por ejemplo, en los experimentos de Carrasco (mencionados arriba) se induce la atención a un estímulo exógenamente mediante otro estímulo en el mismo lugar que lo hace resaltar, y el efecto de la atención es que hace aparecer el objeto atendido de forma más intensa. En contra de las predicciones de Wu, no es obvio que este efecto sea una selección para la acción. Por lo tanto, la atención exógena presenta un desafío a la definición de Wu y su requisito de que la selección para la acción sea necesaria para la atención.

Teniendo en cuenta la variedad de procesos identificados con la atención y la dificultad de sostener cualquier definición en estos términos, Christopher Mole (2011) argumenta que la atención no es ningún proceso. Por el contrario, y siguiendo Alan White (1964), propone una definición adverbial: atender es realizar una tarea en armonía cognitiva, es decir, de tal manera que los recursos indicados para esta tarea no se gasten en otra actividad. Philipp Koralus (2014) añade la idea de que realizar una tarea de manera atenta tiene la misma estructura que responder a una pregunta.

Como la definición de Wu, la de Mole tiene el problema de que, a primera vista, hay tipos de atención exógena cuyos efectos son irrelevantes para las tareas del sujeto. Sin embargo, la variedad de los procesos referidos como “atención” sugiere, como dice Mole, que ningún proceso único puede definirla. Bien podría ser, entonces, que deba aceptarse una posición pluralista (Taylor, 2015).

James Stazicker
(University of Reading)

Agradecimientos

Gracias a Angélica María Pena Martínez, Marta Jorba y Marc Artiga por la ayuda lingüística.

Referencias

  • Beck, J. y K. Schneider (2017): «Attention and mental primer», Mind and Language, 32(4), pp. 463-494.
  • Berkeley, G. (2013): Obra completa, ed. por C. Mellizo, Madrid, Editorial Gredos.
  • Block, N. (2007): «Consciousness, accessibility, and the mesh between psychology and neuroscience», Behavioral & Brain Sciences, 30, pp. 481-548.
  • Block, N. (2010): «Attention and mental paint», Philosophical Issues, 20(1), pp. 23-63.
  • Block, N. (2011): «Perceptual consciousness overflows cognitive access», Trends in Cognitive Sciences, 15(12), pp. 567-575.
  • Carrasco, M., S. Ling y S. Read (2004): «Attention alters appearance», Nature Neuroscience, 7, pp. 308-313.
  • Chalmers, D. J. (2004): «The representational character of experience», en B. Leiter, ed., The Future for Philosophy, Oxford, Oxford University Press, pp.153-181.
  • Cohen, M. y D. Dennett (2011): «Consciousness cannot be separated from function», Trends in Cognitive Sciences, 15(8), pp. 358-364.
  • Dehaene, S., J.P. Changeux, L. Nacchache, J. Sackut y C. Sergent (2006): «Conscious, preconscious, and subliminal processing: a testable taxonomy», Trends in Cognitive Science, 10, pp. 204-211.
  • Dennett, D. (1991): Consciousness Explained, Boston, Little, Brown  and Co.
  • Descartes. R. (2011): Obra completa, ed. por C. Flórez Miguel, Madrid, Editorial Gredos.
  • Desimone, R. y J. Duncan (1995): «Neural mechanisms of selective visual attention», Annual Review of Neuroscience, 18(1), pp.193-222.
  • Dickie, I. (2011): » Visual attention fixes demonstrative reference by eliminating referential luck», en Mole, C., D. Smithies y W. Wu, eds., Attention: Philosophical and Psychological Essays, Oxford, Oxford University Press, pp. 292-321.
  • Fuller, S. y M. Carrasco (2006): «Exogenous attention and color perception: Performance and appearance of saturation and hue», Vision Research, 46(23), pp. 4032-4047.
  • Geach, P. (1957): Mental Acts: Their Content and Their Objects, London, Routledge and Kegan Paul.
  • James, W. ([1890] 1989): Principios de Psicología, Fondo de Cultura Económica de México.
  • Kentridge, R.W., C.A. Heywood y L.Weiskrantz (2004): «Spatial attention speeds discrimination without awareness in blindsight», Neuropsychologia, 42(6), pp. 831-5.
  • Koralus, P. (2014): «The Erotetic Theory of attention: questions, focus, and distraction», Mind and Language, 29(1), pp. 26-50.
  • Lavie, N., A. Hirst, J. De Fockert y E. Viding (2004): «Load Theory of selective attention and cognitive control», Journal of Experimental Psychology: General, 133(3), pp. 399-354.
  • Mack, A. y I. Rock (1998): Inattentional Blindness, Cambridge MA, MIT Press.
  • Martin, M.G.F. (1997): «The shallows of the mind», Proceedings of the Aristotelian Society, 71(Supplementary), pp. 80-98.
  • Mole, C. (2008): «Attention and consciousness», Journal of Consciousness Studies, 15(4), pp. 86-104.
  • Mole, C. (2011): Attention is Cognitive Unison: An Essay in Philosophical Psychology, Oxford, Oxford University Press.
  • Montemayor, C. y H. Haladjian (2015): Consciousness, Attention, and Conscious Attention, Cambridge MA, The MIT Press.
  • Nanay, B. (2010): «Attention and perceptual content», Analysis, 70(2), pp. 263-70.
  • Norman, L., C. Heywood y R. Kentridge (2013): «Object-based attention without awareness», Psychological Science, 24(6), pp. 836-843.
  • Phillips, I. (2011): «Perception and iconic memory: what Sperling doesn’t show», Mind and Language, 26(2), pp. 381-411.
  • Phillips, I. (2016): «No watershed for overflow: Recent work on the richness of consciousness», Philosophical Psychology, 29(2), pp. 236-249.
  • Posner, M.(1980): «Orienting of attention», The Quarterly Journal of Experimental Psychology, 32(1), pp. 3-25.
  • Prinz, J. (2012): The Conscious Brain: How Attention Endgenders Experience, Oxford, Oxford University Press.
  • Rensink, R., J.K. O’Regan, y J. Clark (1997): » To see or not to see: The need for attention to perceive changes in scenes», Psychological Science, 8(5), pp. 368-373.
  • Reynolds, J. y R. Desimone (2000): » Competitive mechanisms subserve selective visual attention», en Marantz, A., Y. Miyashita y W. O’Neil, eds., Image, Language, Brain: Papers from the first mind articulation project symposium, Cambridge, MA., The MIT Press, pp. 233-247.
  • Roessler, J. (2009): «Perceptual experience and perceptual knowledge», Mind, 118(472), pp. 1013-1039.
  • Simons, D. y C. Chabris (1999): «Gorillas in our midst: Sustained inattentional blindness for dynamic events», Perception, 28, pp. 1059-1074.
  • Speaks, J. (2010): » Attention and Intentionalism», Philosophical Quarterly, 60(239), pp. 325-342.
  • Sperling, G. (1960): «The information available in brief visual presentations», Psychological Monographs: General & Applied, 74(11, Whole No. 498), pp. 1-29.
  • Stazicker, J. (2011): » Attention, visual consciousness and indeterminacy», Mind and Language, 26(2), pp. 156-184.
  • Taylor, H. (2015): «Against unifying accounts of attention», Erkenntnis, 80(1), pp. 39-54.
  • Treisman, A. y G. Gelade (1980): » A feature-integration theory of attention», Cognitive Psychology, 12, pp. 97-136.
  • Watzl, S. (2011): » Attention as Structuring of the Stream of Consciousness», en Mole, C., D. Smithies y W. Wu, eds., Attention: Philosophical and Psychological Essays, Oxford, Oxford University Press, pp. 145-173.
  • Watzl, S. (2017): Structuring Mind: The Nature of Attention and how it Shapes Consciousness, Oxford, Oxford University Press.
  • White, A. R. (1964): Attention, Oxford, Basil Blackwell.
  • Wu, W. (2011): «What is conscious attention?», Philosophy and Phenomenological Research, 82(1), pp. 93-120.
  • Wu, W. (2014) : Attention, London, Routledge.
  • Yeshurun, Y. y M. Carrasco (1998): «Attention improves or impairs visual performance by enhancing spatial resolution», Nature, 396, pp. 72-5.
Cómo citar estar entrada

Stazicker, James (2018) “Atención”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/atencion/).