Archivo de la categoría: Metafísica

Sobreveniencia/Superveniencia

La noción de sobreveniencia o superveniencia (en español podemos emplear ambos términos, en inglés el término utilizado es supervenience), y sus derivados, ha adquirido un gran relieve en las discusiones metafísicas recientes. El contexto ha sido la búsqueda de relaciones que permitan entender cómo ciertas entidades, generalmente propiedades, pueden depender de otras de una manera no necesariamente causal ni reductiva. Los dos primeros apartados describen brevemente las discusiones en los ámbitos del fisicalismo y la filosofía de la mente. El apartado tercero presenta algunas de las definiciones que mayor relevancia han tenido. En el apartado cuarto, señalamos varios problemas persistentes en torno al concepto.

1. En busca de lo más básico

La búsqueda de lo más básico o fundamental es parte del intento por llegar a tener una imagen unificada e integradora de la realidad. Las herramientas conceptuales empleadas en esta búsqueda han sido muy variadas. Con frecuencia se han utilizado relaciones de explicación, reducción, constitución y composición. Otras, más recientes, han sido las de truth-making y grounding. Las relaciones de sobreveniencia han ocupado un lugar destacado en esta historia. Sobre la búsqueda de fundamentos ontológicos, pueden consultarse los trabajos de Audi (2012), Bennett (2004; 2017), Bliss y Priest (2018), Fine (2012), Hoeltie, Schnieder y Steinberg (2013), Jago (2016) y Post (1987). Y para un planteamiento escéptico sobre la necesidad de que la realidad tenga fundamentos, véase Schaffer (2003).

La sobreveniencia pretende ser un tipo no causal y no reductivo de relación de dependencia. El núcleo es la idea de que si A sobreviene a B, entonces no pueden existir variaciones o cambios en A sin que existan variaciones o cambios en B. Así presenta la noción, por ejemplo, Lewis (1986, p. 15). Aún sin especificar con mayor detalle las entidades A y B, esto crea una relación muy peculiar entre ellas, una relación que puede ser transitiva, que no tiene por qué ser simétrica (ya que es compatible con variaciones en B que no impliquen variaciones en A), y que puede tener cierta fuerza modal especial de un tipo conceptual o metafísico.

Las relaciones de sobreveniencia suelen establecerse en términos de hechos entendidos como ejemplificación de propiedades. El tipo de propiedades permitiría hablar de hechos físicos, mentales o psicológicos, sociales, morales, estéticos, etc. Así, por ejemplo, podemos afirmar la sobreveniencia de los hechos mentales sobre los hechos físicos.

Algunos autores prefieren utilizar la noción de «evento» en lugar de la de hecho (Davidson, 1970). Los mismos eventos pueden describirse de muchas formas. Pero las descripciones fisicalistas serían las más fundamentales. Todas las demás mantendrían con ellas relaciones de sobreveniencia. A veces, la sobreveniencia también se describe como una relación entre distintos tipos de enunciados. Las verdades expresables en términos de un lenguaje fisicalista serían la base de una sobreveniencia de las verdades expresables en cualquier otro lenguaje (científico, ordinario, moral, estético, etc.). Como veremos más adelante, la sobreveniencia también podría entenderse como una relación epistémica entre lo que podemos afirmar adoptando cierta perspectiva y lo que podríamos afirmar adoptando otras perspectivas.

Ha sido frecuente ver en la noción de sobreveniencia el compromiso mínimo  que debería asumir cualquier proyecto naturalizador, materialista o fisicalista. Esta idea juega un papel central en Davidson (1980), Hellman y Thompson (1977) o Papineau (1993). Este último, por ejemplo, sostiene que a un fisicalismo mínimo le bastaría asumir una identidad fisicalista token-token y una sobreveniencia fisicalista respecto a la ejemplificación de propiedades. De acuerdo a la primera tesis, toda entidad particular y concreta ha de ser una entidad física. De acuerdo a la segunda tesis, la ejemplificación de cualquier propiedad debe sobrevenir a la ejemplificación de propiedades físicas.

2. Un poco de historia

Leibniz parece haber sido el primero en usar el término latino “supervenire” para expresar la idea de que toda supuesta relación está determinada por las propiedades de las mónadas. Pero hay que ir a finales del siglo XIX para encontrar usos más articulados de la noción de sobreveniencia. Emergentistas como Morgan, Pepper o Meehl emplearon el término inglés “supervenience” como sinónimo de emergencia. Cuando los procesos físicos adquieren cierto grado de complejidad, emergen propiedades nuevas que sobrevienen a dichos procesos físicos y constituyen los fenómenos químicos, biológicos, psicológicos, etc. Las discusiones en torno a la noción de sobreveniencia en conexión con el emergentismo han sido analizadas con gran detalle por McLaughlin (1992; 1997; 1999a y 2003).

Más cercanos a nosotros se sitúan los usos de la noción de sobreveniencia vinculados a las teorías del valor, ya sea moral o estético, propuestas por Moore, Hare, Sibley o Levinson. Todos estos autores argumentan que la ejemplificación de propiedades evaluativas depende, de manera no causal ni reductiva, de la ejemplificación de ciertas propiedades no evaluativas. Pero la entrada triunfal de la noción de sobreveniencia en la escena filosófica tiene lugar en filosofía de la mente. Primero, de la mano de Donald Davidson. Y a continuación, gracias a los desarrollos ofrecidos por David Lewis y Jaegwon Kim. La mayoría de las discusiones posteriores han tomado como referencia las propuestas de estos tres autores.

Davidson desarrolla la idea de una sobreveniencia de lo mental en relación a lo físico para complementar su posición conocida como “monismo anómalo”. Los rasgos mentales sobrevendrían a los rasgos físicos al no poder existir dos eventos iguales en todos sus aspectos físicos que difieran en algún aspecto mental o, alternativamente, al no poder ocurrir que un evento pueda ser alterado en algún aspecto mental sin ser alterado en algún aspecto físico. Según Davidson, este tipo de dependencia no implica que exista causación o reducibilidad de los eventos mentales a los físicos a través de leyes o definiciones. Se argumenta esta idea en Davidson (1970; 1985 y 1993), así como en Davidson (1980).

David Lewis es otro autor que ha tenido gran influencia en las discusiones acerca de la sobreveniencia. Plantea el concepto de sobreveniencia en el siguiente sentido:

Sobreveniencia humeana (humean supervenience): «todo lo que existe en el mundo es un vasto mosaico de hechos particulares locales, simplemente una pequeña cosa y luego otra» (Lewis, 1986)

Absolutamente todo lo demás ha de sobrevenir a esos hechos particulares locales. Y las propias relaciones nómicas (leyes, patrones, etc.) también deben sobrevenir a ciertos hechos particulares locales. Las leyes que podemos llamar naturales, leyes para cuya identificación nuestra ciencia es la mejor guía, tienen un papel crucial en nuestra imagen de la realidad. Sin embargo, no hay ninguna necesidad de que esas leyes sean como son aparte de que sobrevienen a los hechos particulares locales que ocurren en la realidad. Véase también Lewis (1983 y 1994), Loewer (1996) y Preyer y Siebelt (2001).

Para Lewis, la realidad más básica que sirve de base a toda sobreveniencia es simplemente «un mosaico de hechos particulares locales» (1986, p. 9). Este es el sentido del adjetivo «humeana». Hay ciertas propiedades intrínsecas ejemplificadas por puntos espacio-temporales. Y las únicas relaciones fundamentales son relaciones espacio-temporales entre esas ejemplificaciones. Todo lo demás ha de sobrevenir a esto.

Irónicamente, un grave problema con esta concepción es su poca plausibilidad debido al rechazo a la localidad que cabe encontrar en la física actual. La defensa de Lewis frente a estos problemas fue siempre una moderación y apertura en sus planteamientos sobre lo que puede ser la realidad más básica. Pero esto debilita mucho su posición.

Acerca de la viabilidad de las relaciones de sobreveniencia para formular un fisicalismo no reductivo, puede consultarse Bekermann, Flohr y Kim (1992), Horgan (1993), Kim (1990; 1998), Liz (2007), O’Hear (2022), Wilson (2005) y Witmer (1999). Sobre las aplicaciones de la noción de sobreveniencia en metafísica, véase Levenberger (2008).

3. Conceptos de sobreveniencia

El autor que más se ha esforzado por analizar en detalle la noción de sobreveniencia es Jaegwon Kim. Veamos con más detalle algunas de sus propuestas.

Consideremos A y B como dos conjuntos de propiedades, por ejemplo: propiedades mentales y propiedades físicas, respectivamente. El concepto de sobreveniencia empleado por Davidson podría quedar formulado así:

  1. Sobreveniencia débil: La indiscernibilidad respecto a B en nuestro mundo implica la indiscernibilidad respecto a A. De manera equivalente, para cualquier x y para cualquier propiedad F de A, si x tiene F, entonces existe una propiedad G en B tal que x tiene G y si cualquier otro y tiene G, entonces ese y también tiene F.

Una sobreveniencia así sería bastante débil. No hay ninguna fuerza modal. Nada impediría que en otros mundos posibles se diera una indiscernibilidad respecto a B con discernibilidad respecto a A. Se discute este concepto débil de sobreveniencia en Kim (1984a), Haugeland (1982) y Moyer (2008). La siguiente reformulación intenta asegurar una mayor fuerza modal:

  1. Sobreveniencia fuerte: La indiscernibilidad respecto a B entraña necesariamente la indiscernibilidad respecto a A. De manera equivalente, para cualquier x y para cualquier propiedad F de A, si x tiene F, entonces existe una propiedad G en B tal que x tiene G y, necesariamente, si cualquier otro y tiene G, entonces también tiene F.

Este concepto de sobreveniencia parece más plausible. Véase Kim (1984a y 1987). Sin embargo, asumiendo que el conjunto B de propiedades está cerrado bajo las operaciones booleanas clásicas, la sobreveniencia fuerte llega a tener consecuencias reductivas.

Es fácil ver cómo se produce este resultado. Supongamos que la propiedad F tenga diferentes propiedades físicas G1, G2 , …, Gn como su base de sobreveniencia en todos los n mundos posibles en los que F puede resultar ejemplificada. Formemos ahora la disyunción lógica de todas esas bases físicas. Estando el conjunto B cerrado bajo las operaciones booleanas clásicas, esta disyunción G1 v G2 v … v Gn será una propiedad física genuina. En consecuencia, será necesariamente verdadero el condicional

Para todo x, (Fx syss G1x v G2x v … v Gnx).

Al menos en principio, la propiedad F sería nomológicamente reducible a algún tipo de propiedad física. Estaríamos ante una ley puente reductiva capaz de dar apoyo a la reducción fisicalista de la propiedad F. Hay abundante literatura sobre este problema. Se discute, por ejemplo, en Bacon (1986; 1990; 1995), Bader (2012), Glanzberg (2001), Hellman y Thompson (1975; 1977), Klagge (1995), Mumford (1994), Oddie y Tichy (1990) y Van Cleve (1990).

Mientras que la sobreveniencia débil es demasiado débil modalmente, la sobreveniencia fuerte parece demasiado fuerte. Este problema ha motivado la búsqueda de otros conceptos de sobreveniencia. Y el concepto de sobreveniencia global ofrece uno de ellos que, además, cuando se trata de propiedades mentales, permite encajar los resultados del externismo.

Siempre que las propiedades de A sean sensibles al contexto o a la historia, podremos intentar afirmar una relación de sobreveniencia como la siguiente:

  1. Sobreveniencia global: Cualesquiera dos mundos indiscernibles respecto a las propiedades B son también indiscernibles respecto a las propiedades A.

La sobreveniencia global evita hablar sobre individuos concretos dentro de un mundo. Véase Kim (1084a; 1987). Además, restringiendo el concepto de mundo, la sobreveniencia global permite conceptualizar la idea de una «sobreveniencia mereológica» como un caso particular. Las propiedades de los todos sobrevendrían a las propiedades de sus partes constituyentes si cualesquiera dos entidades indiscernibles respecto a las propiedades de esas partes fueran también indiscernibles respecto a sus propiedades como todos. Esta alternativa es propuesta también por Bader (2013).

Pero esta manera de entender la sobreveniencia abre la puerta a nuevas perplejidades. Una de ellas tiene que ver con la poca plausibilidad que tendrían posibilidades como la de que dejando de existir un simple átomo en cualquier región remota de nuestro universo, se redistribuyeran de manera extravagante las propiedades mentales que resulten ejemplificadas. Tales posibilidades serían perfectamente compatibles con la existencia de una sobreveniencia global de lo mental sobre lo físico. Se discute esto en K. Bennett (2004a), Paull y Sider (1992), Shagrig (2002), Sider (1999) y Steinberg (2014).

Para evitar extravagancias de este tipo, Kim propone considerar la siguiente matización:

  1. Sobreveniencia global basada en una similaridad: Cualesquiera dos mundos similares respecto a las propiedades B han de ser también similares en relación a las propiedades A.

Este nuevo concepto resulta sugerente. Véase especialmente Kim (1984a; 1987). Pero, ¿cómo entender esa noción de «similaridad respecto a un conjunto de propiedades»? ¿Cómo entenderla cuando los conjuntos de propiedades son tan amplios como «todas las propiedades físicas» y «todas las propiedades mentales»? Supongamos que el sujeto X difiera de Y sólo en una creencia y que, por otro lado, difiera de Z sólo en un deseo. ¿Es X más similar a Y que a Z? Nuestras intuiciones sobre lo que debe contar o no como una similaridad se debilitan enseguida.

Otro problema importante tiene que ver con estar suponiendo que los conjuntos de propiedades A y B se apliquen a las mismas entidades. Las mismas entidades tendrían esas distintas clases de propiedades. Puede que esto sea suponer demasiado en casos como los de las relaciones entre las propiedades mentales y las propiedades físicas. Para evitar este problema, Kim (1984a y 1988) propone el concepto siguiente:

  1. Sobreveniencia para dominios múltiples: Siendo D1 y D2 dos dominios de individuos sobre los que se aplican respectivamente las propiedades de A y de B, <A,D1> sobreviene a <B,D2> syss cualquier distribución completa de B sobre D2 implica una única distribución completa de A sobre D1.

A fin de recoger la idea de que debería haber relaciones de coordinación relevantes entre las entidades capaces de tener, respectivamente, las propiedades de tipo A y de tipo B, (podemos pensar, por ejemplo, en relaciones mereológicas entre las propiedades de los «todos» y las propiedades de sus diversas «partes» respectivas, o en relaciones entre las propiedades de los sujetos psicológicos y las propiedades materiales de sus respectivos cuerpos), Kim sugiere la posibilidad de matizar 5 del siguiente modo:

  1. Sobreveniencia para dominios múltiples coordinados: Sea una relación de coordinación R conectando elementos de D1 con elementos de D2.

6.1. <A,D1> sobreviene débilmente a <B,D2> respecto a R syss, para cualesquiera x e y pertenecientes a D1, necesariamente si sus imágenes R(x) y R(y) son indiscernibles respecto a B, entonces x e y son indiscernibles respecto a A.

6.2. <A,D1> sobreviene fuertemente a <B,D2> respecto a R syss, para cualesquiera x e y pertenecientes a D1, y para cualesquiera mundos W1 y W2, si la imagen R(x) en W1 es indiscernible de la imagen R(y) en W2 respecto a B, entonces x en W1 es indiscernible de y en W2 respecto a A.

La idea importante de esta clase de sobreveniencia es que ha de existir una relación de coordinación entre los diferentes dominios D1 y D2 tal que, de un modo u otro, la indiscernibilidad respecto a las propiedades B implique una indiscernibilidad respecto a las propiedades A, bien en nuestro mundo (6.1) o a través de todo mundo posible (6.2).

Cómo entender la noción de «indiscernibilidad» abre la puerta a importantes discusiones. ¿No bastaría con la noción, más modesta, de «similaridad relevante»? Intuitivamente parece excesivo pedir una completa indiscernibilidad. Sin embargo, ¿cómo caracterizar metafísicamente lo que sea «similaridad relevante»? Como hemos visto más arriba, no se trata de una pregunta fácil.

En cualquier caso, hasta aquí tenemos una gran variedad de conceptos para expresar relaciones de sobreveniencia que cabría llamar “absolutas”, en el sentido de no estar sometidas a ninguna condición. Pero también serían útiles otros conceptos de sobreveniencia más “condicionales”.

Podríamos querer decir, por ejemplo, que las propiedades mentales sobrevienen a propiedades de tipo neurológico en el caso de nuestra especie, y que en otros casos tal vez sobrevengan a otros tipos muy diferentes de propiedades físicas. En este punto, Kim  propone la siguiente condicionalización o parametrización de las afirmaciones de sobreveniencia:

  1. Sobreveniencia paramétrica: A sobreviene de manera débil, fuerte, local, global, etc., pero en un sentido paramétrico, a B syss A sobreviene de manera débil, fuerte, local, global, etc., a B si se dan ciertas condiciones C.

Miremos hacia atrás. Las sobreveniencias fuertes parecen preferibles a las sobreveniencias débiles. Estas últimas son demasiado permisivas. Apenas tienen fuerza modal. Pero asumiendo cierta forma de construir las propiedades físicas, las sobreveniencias fuertes acaban implicando la existencia de leyes puente con capacidad reductiva, sugiriendo el carácter epifenoménico de las propiedades sobrevenientes. Como alternativa, estarían las sobreveniencias globales. De hecho, según hemos indicado, son muy oportunas cuando hay dependencias históricas y contextuales. Pero también son relaciones de sobreveniencia sumamente imprecisas. Además, sorprendentemente, son compatibles con que en un mismo mundo entidades idénticas respecto a las propiedades de B no compartan todas las propiedades de A. Con ello, la ejemplificación de propiedades de A quedaría sin ninguna clara explicación. Se trataría de una ejemplificación que podríamos volver a considerar epifenoménica. Las sobreveniencias globales basadas en una similaridad intentan arreglar este problema. Pero requieren definir con precisión el sentido en el que dos mundos pueden ser relevantemente similares. Y éste es un problema muy difícil de abordar.

Por su parte, las sobreveniencias de dominios múltiples, y de dominios múltiples coordinados, añadirían el problema derivado de la introducción de nuevas clases de entidades. Por ejemplo, los sujetos psicológicos, para la ejemplificación de las propiedades de A, y los cuerpos materiales para la ejemplificación de las propiedades de B. Y esto nos coloca muy cerca del dualismo, o de un inmediato pluralismo si consideramos otras clases de propiedades. De hecho, esta posición era la de Descartes. Descartes mismo podría aceptar tesis muy fuertes acerca de la sobreveniencia de las propiedades mentales sobre las propiedades físicas en tales dominios coordinados.

Todos estos conceptos de sobreveniencia han sido objeto de minuciosos debates. Y a esos conceptos se han ido añadiendo otros nuevos. Véase Liz (2001; 2009), McLaughlin (1995; 1996; 2001), Savellos y Yalcin (1995), Shagrir (2002), Sider (2008) y Teller (1984).

El campo específico de aplicación más importante de la noción de sobreveniencia ha sido la formulación de relaciones de dependencia de lo mental respecto a lo físico. Pero también ha habido otros usos. Se ha utilizado para formular relaciones de dependencia entre propiedades evaluativas y normativas, de tipo ético, estético, epistémico, etc., y alguna clase de propiedades descriptivas (Audi, 1990). También para establecer relaciones de dependencia entre los hechos causales y ciertos hechos no causales (Kim, 1984b), o entre las verdades contrafácticas y las verdades fácticas (Fine, 2012). Y para hacer que las propiedades mereológicas de los todos dependan de las propiedades de sus partes (Bader, 2013; Kim, 1984b), y lo mismo con las propiedades macrofísicas respecto de las propiedades microfísicas (Kim, 1984b; Horgan, 1982). Entre las aplicaciones aún más específicas destacan la sobreveniencia de las acciones colectivas respecto de las acciones individuales (Tuomela, 1989) o la sobreveniencia de propiedades biológicas de las especies a propiedades de los individuos (Weber, 1996).

4. Problemas persistentes

Hay problemas concretos que afectan a versiones particulares del concepto de sobreveniencia. Pero también existen varios problemas genéricos largamente persistentes que merece la pena destacar.

4.1 Compatibilidad con el dualismo

Sorprendentemente el dualismo cartesiano podría admitir una sobreveniencia de lo mental sobre lo físico. Las relaciones pertinentes de ejemplificación y variabilidad podrían ser preservadas. Pero entonces, ¿qué valor puede tener la sobreveniencia a la hora de ofrecer una imagen unificada e integradora de la realidad? En general, teniendo en cuenta la posibilidad de tales compatibilidades, ¿qué valor tiene la idea de una sobreveniencia a la hora de perfilar un fisicalismo, materialismo o naturalismo mínimos? (Kim, 1993a)

Este problema sólo consigue evitarse introduciendo restricciones que directamente impidan reinterpretaciones dualistas. Pero entonces, ¿no sería mejor declarar abiertamente nuestra posición contraria al dualismo?

4.2 Colapso reduccionista

La sobreveniencia debe ser una relación de dependencia lo más fuerte posible, pero no de tipo causal ni reductivo. En esta idea está el germen de una grave tensión. En la medida en que se ponga el énfasis en la dependencia, nuestra posición tenderá al reduccionismo, o incluso al eliminativismo. Y en la medida en que se ponga el énfasis en el rechazo de este tipo de implicaciones, nuestra posición derivará hacia el dualismo, o acaso a un mero epifenomenalismo.

Esta tensión puede ilustrarse con el problema de la exclusión explicativa y causal discutido, entre otros, por Horgan (2007), Kim (1993a; 1994b; 1998; 2005), McLaughlin (1984) y Merricks (1998). Cualquier relación causal macrofísica debería sobrevenir a relaciones causales microfísicas. Pero esto plantea serias dudas acerca de la existencia real de las relaciones causales macrofísicas. Y esas dudas afectan muy especialmente a la causación mental. Si el iniciar una acción sobreviene a ciertas relaciones causales neurológicas, y en última instancia microfísicas, en un sentido fuerte, entonces los efectos de la acción no serán en el fondo más que efectos de esos estados microfísicos que estén en la base de sobreveniencia de las razones que animan la acción. Y la eficacia causal de lo mental será puramente ficticia, un mero epifenómeno.

4.3 Necesidad de explicar la propia sobreveniencia

El fisicalismo no debería admitir nada que no se pudiera explicar en términos fisicalistas. Sin embargo, las relaciones de sobreveniencia parecen algo superpuesto o añadido. Además de la compleja red de relaciones causales o informacionales que dan estructura a la realidad, existirían relaciones de sobreveniencia. Y necesitaríamos saber por qué existen. Este problema es enfatizado por Blackburn (1984; 1985), Jackson (1998) y Wilson (1999).

Terry Horgan ha analizado en profundidad este problema introduciendo el concepto de superduperveniencia (superdupervenience) para referirse a «una sobreveniencia ontológica explicable de manera robusta en términos materialistas aceptables». El problema es que justificar la existencia de este tipo de relaciones de superduperveniencia es algo tan necesario como difícil de conseguir. Véase Horgan (1993) y Wilson (1999; 2005).

4.4 Proliferación de conceptos de sobreveniencia

Hemos visto la gran variedad de posibilidades conceptuales que ofrecen las relaciones de sobreveniencia. Lewis (1986) se quejaba de tal proliferación. Y, desde luego, parece haber demasiadas posibilidades como para considerar que estamos ante algo realmente fundamental y fundamentador. La propuesta de Kim respecto a una sobreveniencia paramétrica da sentido a ese pluralismo. Sin embargo, también frustra el ambicioso proyecto metafísico de partida.

4.5 ¿Sobreveniencia en términos ontológicos, semánticos o epistémicos?

Cuando la sobreveniencia se formula en términos metafísicos, quedan involucradas ciertas relaciones entre las ejemplificaciones de las propiedades pertenecientes a lo que sobreviene y las ejemplificaciones de las propiedades que pertenecen a la base de esa sobreveniencia. Cuando la formulación se lleva a cabo en términos semánticos, se apela a ciertas relaciones entre las verdades acerca de lo que sobreviene y las verdades acerca de la base de la sobreveniencia. Por último, cuando la formulación tiene un carácter epistémico, remite a ciertas relaciones entre la posibilidad de discriminar -o detectar, o afirmar- cambios en lo que sobreviene y la posibilidad de discriminar -o detectar, o afirmar- cambios en la base de la sobreveniencia.

Esta opcionalidad genera un grave problema. Por un lado, tanto las formulaciones semánticas como las formulaciones epistémicas parecen insuficientes para el proyecto metafísico inicial que motivaba la noción de sobreveniencia. Además, constituye una razón de peso para buscar otras formas de obtener imágenes unificadas de la realidad asumibles desde posiciones fisicalistas. De hecho, la literatura filosófica en torno a la sobreveniencia ha disminuido mucho en los últimos años. Véase Fine (2012) y Merricks (1998).

Al buscar lo más básico o fundamental, las discusiones en torno a la noción de sobreveniencia han acabado convirtiendola en algo así como una gran «navaja suiza» (Liz, 2009). Como toda navaja suiza, tenemos en nuestras manos una herramienta conceptual sumamente útil para un gran número de tareas. Tenemos algo de gran valor instrumental a la hora de hacer filosofía, algo que podremos utilizar al articular nuestra reflexión acerca de una gran variedad de temas y problemas. Sin embargo, seguimos estando muy lejos de haber llegado hasta lo más profundo de la realidad. Y también, paradójicamente, al igual que ocurre con esas complejas navajas suizas que va integrando cada vez más y más usos, podría llegar un momento en el que acabáramos cuestionando su misma utilidad.

Manuel Liz
(Universidad de La Laguna)

Referencias

  • Audi, R. (1990). Moral Epistemology and the Supervenience of Ethical Concepts. The Southern Journal of Philosophy, 29.
  • Audi, R. (2012). Grounding: Toward a Theory of the In-Virtue-Of Relation. The Journal of Philosophy, 109: 685–711.
  • Bacon, J. (1986). Supervenience, Necessary Coextension, and Reducibility. Philosophical Studies 49: 163–76.
  • Bacon, J. (1990). Van Cleve Versus Closure. Philosophical Studies 8: 239–242.
  • Bacon, J. (1995). Weak Supervenience Supervenes. En: Savellos y Yalcin (eds.) 1995: 101– 109.
  • Bader, R. (2012). Supervenience and Infinitary Property-Forming Operations. Philosophical Studies, 160: 415–423.
  • Bader, R. (2013). Multiple Domain Supervenience for Non-Classical Mereologies. En: Hoeltje, Schnieder, y Steinberg (eds.) (2013): 347–368.
  • Bekermann, A., H. Flohr y J. Kim (eds.) (1992). Emergence or Reduction? Essays on the Prospects of Nonreductive Physicalism. Berlín: Walter de Gruyter.
  • Bennett, K. (2004). Global Supervenience and Dependence. Philosophy and Phenomenological Research, 68: 510–529.
  • Bennett, K. (2017). Making Things Up. Oxford: Oxford University Press.
  • Blackburn, S. (1984). Spreading the Word. Oxford: Oxford Univ. Press.
  • Blackburn, S. (1985). Supervenience revisited. En: S. Blackburn, Essays in Quasi Realism, Oxford, Oxford Univ. Press,1993.
  • Davidson, D. (1970). Mental Events. En: Davidson (ed.) 1980: 207–225.
  • Davidson, D. (1985). Replies to Essays X-XII. En: B. Vermazzen and M. B. Hintikka (eds.) 1985.
  • Davidson, D. (1993). Thinking Causes. En: J. Heil and A. Mele (eds.), Mental Causation, Oxford, Clarendon Press: 3–17.
  • Davidson, D. (ed.) (1980). Essays on Actions and Events. Oxford: Clarendon Press.
  • Fine, K. (2012). Guide to Ground. En: F. Correia y B. Schnieder (eds.) (2012), Metaphysical Grounding, Cambridge, Cambridge Univ. Press.
  • Glanzberg, M. (2001). Supervenience and Infinitary Logic. Noûs, 25: 419–39.
  • Haugeland, J. (1982). Weak Supervenience. American Philosophical Quarterly, 19: 93–101.
  • Hellman, G., y Thompson, F. (1975). Physicalism, Ontology, Determination, and Reduction. The Journal of Philosophy, 72: 551–64.
  • Hellman, G., y Thompson, F. (1977). Physicalist Materialism. Nous, 11.
  • Hoeltje, M., B. Schnieder, y A. Steinberg, (eds.). (2013). Varieties of Dependence: Ontological Dependence, Grounding, Supervenience, Response-Dependence. Munich: Philosophia Verlag.
  • Horgan, T. (1982). Supervenience and Microphysics. Pacific Philosophical Quarterly, 63: 29– 43.
  • Horgan, T. (1993). From Supervenience to Superdupervenience: Meeting the Demands of a Material World. Mind, 102(408): 555–86.
  • Horgan, T. (2007). Mental Causation and the Agent-Exclusion Problem. Erkenntnis 67 (2): 183– 200.
  • Jackson, F. (1998). From Metaphysics to Ethics. Oxford: Oxford Univ. Press.
  • Jago, M. (ed.) (2016). Reality Making. Oxford: Oxford Univ. Press.
  • Kim, J. (1984a). Concepts of Supervenience. Philosophy and Phenomenological Research, 45 [Reimpreso en: Kim (1993a): 53–78.]
  • Kim, J. (1984b). Epiphenomenal and Supervenient Causation. Midwest Studies in Philosophy, IX [Reimpreso en Kim (1993).]
  • Kim, J. (1987). «Strong» and «Global» Supervenience Revisited. Reimpreso en: Kim (1993a): 79–91.
  • Kim, J.(1988). Supervenience for Multiple Domains. Reimpreso en Kim (1993a): 109–130.
  • Kim, J. (1990). Supervenience as a Philosophical Concept. Metaphilosophy, vol. 22, 1-2 [Reimpreso en Kim (1993a): 131–160].
  • Kim, J. (1993a). Supervenience and Mind: Selected Philosophical Essays, Cambridge: Cambridge University Press.
  • Kim, J. (1993b). Postscripts on Supervenience. En Kim (1993a): 161–171.
  • Kim, J. (1998). The Mind-Body Problem After Fifty Years. En O’Hear (ed.) 1998, 3–21..
  • Kim, J. (2005). Physicalism, or something near enough. New Jersey: Princeton Univ. Press.
  • Klagge, J., (1995). Supervenience: Model Theory or Metaphysics?. En: Savellos and Yalcin (eds.) 1995: 60–72.
  • Levenberger, S. (2008). Supervenience in Metaphysics. Philosophy Compass 3/4: 749-762.
  • Lewis, D. (1983) New Work for a Theory of Universals. Australasian Journal of Philosophy, 61.
  • Lewis, D. (1986). On the Plurality of Worlds. Oxford: Basil Blackwell.
  • Lewis, D. (1994). Humean Supervenience Debugged. Mind, 103: 473-490.
  • Liz, M. (2001). La vida mental de algunos trozos de material. Teorías de la sobreveniencia, Salamanca, Factotum.
  • Liz, M. (2007). El mundo físico y el mundo. Otros fisicalismos también son posibles. En: D. Pérez Chico y M. Barroso (eds.) (2007) Pluralidad de la filosofía analítica. Madrid: Plaza y Valdés/CSIC.
  • Liz, M. (2009). Sobreveniencia. Un caso de ingeniería conceptual. Logos. Anales del seminario de metafísica, vol 42: 243-260.
  • Loewer, B. (1996). Humean Supervenience. Philosophical Topics, vol. 24, 1: 101-127.
  • McLaughlin, B. (1984). Perception, Causation, and Supervenience. Midwest Studies in Philosophy, 9: 569–92.
  • Loewer, B. (1992). The Rise and Fall of British Emergentism. En: Beckermann, et al. (eds.), 49–93.
  • Loewer, B. (1995). Varieties of Supervenience. En: E. Savellos, and U. Yalcin (eds.), 16–59.
  • Loewer, B. (1996). Supervenience. En: Borchert (ed.), Encyclopedia of Philosophy Supplement, Macmillan, 558–560.
  • Loewer, B. (1997). Emergence and Supervenience. Intellectica, 25: 25–43.
  • Loewer, B. (1999a). Emergence. En: R. A. Wilson, and F. C. Keil (eds.), Encyclopedia of Cognitive Sciences, 267–69.
  • Loewer, B. (2001). Supervenience. En: Smith (ed.), Encyclopedia of the Social and Behavioral Sciences, Amsterdam: Elsevier, 1142–1147.
  • Merricks, T. (1998). Against the Doctrine of Microphysical Supervenience. Mind, vol. 107, 425: 59-71.
  • Moyer, M., (2008). Weak and Global Supervenience are Strong. Philosophical Studies, 138: 125–150.
  • Mumford, S. (1994). Dispositions, Supervenience and Reduction. The Philosophical Quarterly, vol. 44, 177:419-438.
  • Oddie, G., y P. Tichy (1990). Resplicing Properties in the Supervenience Base. Philosophical Studies, 58: 259–69.
  • O’Hear, A. (2022). The mind-Body Problem after Fifty Years. Cambridge: Cambridge Univ. Press.
  • Papineau, D. (1993). Philosophical Naturalism. Oxford: Blackwell.
  • Paull, R. y T. Sider (1992). In Defense of Global Supervenience. Philosophy and Phenomenological Research, 32: 830–45.
  • Preyer, G., y F. Siebelt (eds.) (2001). Reality and Human Supervenience. Essays on the Philosophy of David Lewis. Oxford: Rowman & Littlefield Publishers.
  • Post, J. (1987). The Faces of Existence, Ithaca: Cornell University Press.
  • Savellos, E., y U. Yalcin (eds.) (1995). Supervenience: New Essays. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Shagrir, O. (2002). Global Supervenience, Coincident Entities and Anti individualism. Philosophical Studies, 109: 171–196.
  • Sider, T. (1999). Global Supervenience and Identity Across Times and Worlds. Philosophy and Phenomenological Research, 59: 913–37.
  • Sider, T. (2008). Yet Another Paper on the Supervenience Argument Against Coincident Entities. Philosophy and Phenomenological Research, 77: 613–624.
  • Schaffer, J. (2003). Is there a Fundamental Level? Noûs 37-3: 498-517.
  • Steinberg, A. (2014). Defining Global Supervenience. Erkenntnis, 79(2): 367–380.
  • Teller, P. (1984). A Poor Man’s Guide to Supervenience and Determination. Southern Journal of Philosophy: Supplement to Spindel Conference, 22: 137–42.
  • Tuomela, R. (1989). Collective Action, Supervenience, and Constitution. Synthese, 80.
  • Van Cleve, J. (1990). Supervenience and Closure. Philosophical Studies, 58: 225–238.
  • Weber, M. (1996). Fitness made Physical: The Supervenience of Biological Concepts Revisited. Philosophy of Science, vol 63, 3: 411-431.
  • Wilson, J. (1999). How Superduper Does a Physicalist Supervenience Need To Be? Philosophical Quarterly, 49: 33–52.
  • Wilson, J. (2005). Supervenience-Based Characterizations of Physicalism. Noûs, 39: 426–459.
  • Witmer, D. (1999). Supervenience Physicalism and the Problem of Extras. Southern Journal of Philosophy, 37: 315–331.

Lecturas recomendadas

Una buena introducción al tema es la compilación de trabajos de Kim (1993a), acompañada de Horgan (1993), McLaughlin, B. (1995) y Teller (1984).

Recursos en línea

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Liz, M. (2025). Sobreveniencia/superveniencia. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/sobreveniencia-superveniencia/

 

Objetos Abstractos

1. Introducción

La pregunta de qué son y si existen los llamados objetos abstractos es una de las cuestiones más centrales de la ontología, una que tiene, además, consecuencias importantes para la epistemología. Un criterio estándar para definir a un objeto como abstracto es si se trata de una entidad no espacio-temporal (o, simplemente, no espacial). Se suele decir también que las entidades abstractas no sufren cambios y que no causan ni pueden ser causadas. A diferencia de ellas, las entidades concretas sí son causalmente eficaces. Ejemplos de entidades concretas serían los objetos materiales ordinarios, como la silla en la que estoy sentado, los cuales son directamente observables, pero también son entidades concretas las partículas invisibles de que está compuesta. Ejemplos de entidades abstractas serían los números y otras entidades matemáticas, así como las ideas Platónicas, las propiedades, los universales, las proposiciones, las clases y los tipos. La distinción abstracto/concreto no puede confundirse con la distinción universal/particular. Un universal es algo que es múltiplemente instanciable. Así, la rojez puede estar instanciada o ejemplificada por una manzana roja y una bandera roja. Un particular es algo que es único, no es múltiplemente instanciable. Dejando a un lado a los nominalistas, que niegan su existencia, los universales se suelen entender como entidades abstractas. Sin embargo, no todas las entidades abstractas son universales. Los números, como el 1 o el 2, o los conjuntos, como el conjunto vacío, se suelen entender como particulares abstractos. Los tropos también.

Tropos son todas aquellas propiedades qua ejemplificadas en un objeto particular cualquiera, como la silla en la que estoy sentado. Su color particular, el marrón de la madera de que está hecha, su textura particular, etc., son tropos. Los personajes de ficción, en la medida en que se los entienda como objetos abstractos y no como inexistentes, son también particulares abstractos. La categoría de universal se opone a la de particular o individuo. En cambio, la categoría de abstracto se opone a concreto. Abstracto y concreto son categorías excluyentes. No puede haber un objeto que pertenezca a ambas. Además, parece que son exhaustivas en el sentido de que, para cualquier objeto de cualquier índole, o bien será una cosa o la otra. No puede haber objetos que no sean ni concretos ni abstractos. Ahora bien, ¿cuáles son exactamente sus propiedades definitorias, las que son necesarias y suficientes para ser un ejemplo de una de las dos categorías? Hemos mencionado dos diferencias importantes. La primera se refiere al carácter necesariamente espacio-temporal de los objetos concretos, que contrasta con el carácter no espacio-temporal de las entidades abstractas. La otra se refiere a la no eficiencia causal de las entidades abstractas. Otro rasgo comúnmente atribuido a las entidades abstractas ha sido el cómo se conforman y qué tipo de acceso epistémico se tiene a ellas. Las entidades abstractas se forman, según se ha asumido tradicionalmente, por un proceso mental de abstracción a partir de propiedades comunes a varios objetos particulares. Otra forma es a partir de los llamados “principios de abstracción”, lo cual parece una vía más adecuada para garantizar su objetividad (véase más adelante). Podemos incluso pensar que estos objetos no se forman ni constituyen en absoluto, sino que son eternos o atemporales, como ocurre con las Ideas platónicas. En cualquier caso, se suele admitir que solo los objetos concretos particulares pueden ser percibidos, mientras que las entidades abstractas no se perciben, sino que se captan mediante un proceso de intelección: a menudo se dice que se conocen a priori. Hay que advertir que todas estas características son propiedades que se han atribuido a las entidades abstractas a lo largo de la historia de la filosofía, no teniendo por qué ser propiedades genuinas o efectivas de estas supuestas entidades. A lo largo de esta entrada profundizaremos en todas estas características y en las distintas posturas en torno a la existencia y naturaleza de los objetos abstractos, de las cuales voy a enfatizar tres: (i) el realismo platónico, que se compromete con las entidades abstractas como independientes de la mente y no espacio-temporales; (ii) el nominalismo, que rechaza la existencia de entidades abstractas; y (iii) el artefactualismo, que defiende que hay entidades abstractas, aunque las concibe como artefactos dependientes de la mente y, por tanto, como situadas en el tiempo (aunque no en el espacio). Estas posiciones son paralelas a las que típicamente se distinguen en relación con el problema de los universales (Platonismo, nominalismo y conceptualismo). Digamos, por último, que, según varios autores, la distinción abstracto/concreto no es rechazable en virtud de que no existan las entidades abstractas, sino que es rechazable porque la distinción, dicen, no es clara o no es útil (Lewis, 1986; Sider, 2013).

2. En busca de una definición

Hemos hablado de dos características supuestamente diferenciadoras de los objetos abstractos: la ineficacia causal y la no espacio-temporalidad. Ambas, entendidas como intentos de caracterizar los objetos abstractos, forman parte de lo que David Lewis (1986) llamó “la vía de la negación”. El propio Lewis se mantiene escéptico con respecto a que estos dos criterios de identidad sean satisfactorios y así también lo ha reflejado la literatura posterior (Rosenkrantz, 2009; Cowling, 2017; Falguera, Martínez-Vidal y Rosen, 2022). Gary Rosenkrantz, por ejemplo, arguye que, si el carácter no espacial ha de ser un criterio distintivo de las entidades abstractas, las almas cartesianas serían entidades abstractas, contrariamente a la idea de que se trata de entidades concretas. Naturalmente, puede que las almas cartesianas no existan, pero, de existir, parece, según esto, que tendrían que ser abstractas (contra la intención de Descartes). Los universales aristotélicos, por otro lado, parece que ocupan un lugar en el espacio y el tiempo, localizándose exactamente allí donde son ejemplificados o instanciados. Si concebimos los universales aristotélicos como abstractos, entonces el criterio de no espacio-temporalidad sería extensionalmente inadecuado (Cowling, 2017, p.78). Igual sucede con los tropos si, como decíamos más arriba, los consideráramos abstractos, y con los conjuntos impuros. Finalmente, ¿qué sucedería con los lugares? Los lugares parecen entidades concretas y, sin embargo, parece que ellos mismos no ocupan un lugar (so pena de caer en un regreso al infinito), contra el criterio de no espacialidad (Rosenkrantz, 2009). Pero no es claro qué debemos hacer con estos supuestos contraejemplos. Podemos negar que constituyan un problema y mantener el criterio de no espacialidad o argüir simplemente que se trata de categorías que, al menos tal y como se las plantea, debemos rechazar.

¿Es el criterio de ineficacia causal necesario y suficiente para ser un objeto abstracto? Podría cuestionarse que sea suficiente sobre la base de que quizá haya entidades concretas incapaces de entrar en relaciones causales, pero tales entidades son solo meros supuestos. Más creíble es la objeción a la necesidad, pues hay filósofos que arguyen que puede haber entidades abstractas que sí entran en relaciones causales: propiedades y tipos de eventos. Si las relaciones causales singulares se explican en virtud de leyes generales y las leyes son relaciones entre tipos o propiedades, tendríamos que las entidades abstractas en cuestión (esos tipos y propiedades) sí son causalmente activos. Sin embargo, esto es solo una concepción entre otras de las leyes. Según otra concepción filosófica ampliamente difundida desde Hume, las relaciones causales solo pueden darse entre eventos concretos espacio-temporalmente situados. Igualmente, cuando decimos que un evento produjo causalmente otro evento dado en virtud de poseer cierta propiedad no implicamos necesariamente que la propiedad sola tenga eficacia causal. Lo que tiene el poder de causar el segundo evento es el evento concreto ocurrente en primer lugar y que, entre otras propiedades, instancia esa propiedad, donde eventos que instancian esa propiedad están causalmente relacionados con el segundo tipo de eventos.

Otra supuesta diferencia entre los objetos abstractos y los concretos es de carácter modal, a saber, la existencia necesaria de las entidades abstractas frente a la contingencia de las concretas. Incluso los nominalistas suelen conceder que, si estas entidades existieran, existirían necesariamente (Cowling, 2017, p. 82). Cosas tales como los números o las proposiciones no parecen ser contingentes. Su existencia, se dice, parece necesaria para explicar ciertos hechos que necesitamos explicar.

Por supuesto, se han señalado otros criterios con la finalidad de distinguir entre objetos abstractos y objetos concretos. Hemos mencionado el modo de conocimiento: como los objetos abstractos no están situados en el espacio, no tienen una existencia material, no son perceptibles ni cognoscibles por medios empíricos (a posteriori) en la medida en que tampoco podemos interaccionar causalmente con ellos. Parece, pues, que, si han de ser cognoscibles, deben serlo a priori. Los objetos abstractos, se suele argüir, se captan por medio del intelecto. Se dice también que son objeto de ciertas experiencias intuitivas que nos permiten percatarnos de ellos (Chudnoff,2013). Sin embargo, no está claro que no pueda haber entidades abstractas no cognoscibles a priori. De nuevo, si aceptamos los conjuntos impropios como ejemplos de entidades abstractas, deberemos ver en ellos ejemplos de entidades abstractas no cognoscibles a priori. Las esencias individuales, se podría argüir, son asimismo objetos abstractos no cognoscibles a priori (salvo, quizá, por una mente divina). Por otro lado, algunos autores han mantenido que, si los realistas platónicos tienen razón y los objetos abstractos existen realmente como entidades autónomas, entonces su existencia no depende de nosotros y su conocimiento se nos escapa irremediablemente. Porque ¿de qué modo podrían sernos accesibles? A este problema se le ha llamado el “problema del acceso” y muchos creen que hay razones para pensar que un conocimiento directo, no inferencial, intuitivo, de entidades abstractas es indefendible (Bell,1979), abogando por un modo de conocimiento indirecto de estos objetos, con base en principios de abstracción (véase más adelante). Las dificultades derivadas del problema del acceso llevaron a Benacerraf (1973) a plantear un famoso dilema que se ha convertido en uno de los principales argumentos contra el realismo platónico. El dilema, dicho brevemente, es el siguiente: o bien acompañamos la matemática de una semántica apropiada en la que se hace referencia a objetos abstractos inertes a los que no es posible acceder perceptivamente, en cuyo caso tenemos el problema de proveer una epistemología adecuada (cosa que no parece posible), o bien, de querer una epistemología adecuada para la matemática, no podemos hacerlo con base en objetos abstractos inertes, como desean los platónicos (dando lugar a una semántica insatisfactoria o extraña). Pero el argumento de Benacerraf no es concluyente, al presuponer una teoría causal de la percepción y, en general, del conocimiento.

Parece claro que muchas de las condiciones supuestamente identificatorias de los objetos abstractos que hemos visto tienen o pueden tener contraejemplos. En virtud de estos problemas, y en la línea de Lewis (1986) y Sider (2013), algunos autores han planteado prescindir de la distinción abstracto/concreto. Sin embargo, no está realmente claro que debamos de rechazar la distinción solo en virtud de la existencia de estos supuestos contraejemplos. ¿Por qué sería necesario, después de todo, pensar que deben existir condiciones conjuntamente exhaustivas y definitorias del concepto de “abstracto” por oposición a “concreto”? (cf. Dumsday 2022).

3. Posiciones acerca de su existencia y naturaleza

Llegamos al punto de caracterizar las tres posiciones fundamentales en torno a la naturaleza y existencia de los objetos abstractos. La primera es el platonismo, según la cual las entidades abstractas existen y son entidades no espacio-temporales, no dependientes de la mente y causalmente inertes. El platonismo es una forma de realismo, pues se compromete con la existencia de las entidades abstractas, pero uno de tipo muy particular, pues concibe de una manera muy específica dichas entidades. No todo el que se compromete con la existencia de entidades abstractas comparte la misma noción de entidad abstracta ni tiene por qué hacerlo. El platonismo es una posición venerable dentro de la tradición filosófica, pero una que ha resultado harto controvertida ya desde antiguo. Se trata de una posición metafísica que, como otras, parte de la base de que es posible dar una respuesta (positiva en su caso) a la pregunta de si, verdaderamente, existen los objetos abstractos como parte del verdadero mobiliario ontológico del mundo. De manera no poco confundente, muchos definen el platonismo como la mera tesis de que existen los objetos abstractos.

Sin duda, movido por esta parca caracterización, Quine atribuyó la tesis del platonismo a su maestro Rudolf Carnap. Sin embargo, parece claro que el compromiso de Carnap con las entidades abstractas era deflacionario o “interno”. Carnap rehuyó totalmente un compromiso substantivo con las entidades abstractas, así como cualquier otra posición metafísica (incluyendo el nominalismo), tanto en filosofía de las matemáticas o filosofía de la ciencia como en cualquier otro campo. Fiel a su distinción entre “preguntas ontológicas externas” y “preguntas ontológicas internas”, pensaba que cualquier respuesta al primer tipo de preguntas estaba fuera de lugar (dando lugar a sin sentidos), mientras que las únicas respuestas posibles son siempre a preguntas internas, lo que las relativiza siempre a marcos lingüísticos previamente dados (cf. Carnap, 1950). Cualquier compromiso existencial con entidades abstractas es, pues, siempre interno. Esta posición se ha generalizado actualmente en distintas formas de neo-carnapianismo, las cuales exhiben un mayor o menor grado de deflacionismo (meta)ontológico. Esto incluye la propuesta “fácil” de Thomasson (2015), según la cual no hay un concepto substantivo de existencia verdaderamente defendible además de la noción puramente lógica que fue debidamente analizada por Frege. Cualquier pregunta ontológica sobre si existe cierto tipo de entidades es susceptible de una respuesta trivial o, en todo caso, aproblemática basándonos en verdades puramente conceptuales, reglas lógicas y quizá algunas pesquisas empíricas, en los casos que así se requiera.

Dejemos por un momento el deflacionismo, ¿cuáles son los argumentos en favor del platonismo? El argumento tradicional se remonta a Platón y es conocido como el argumento del “uno sobre muchos”. Brevemente, este argumento dice así: supongamos que tenemos un árbol verde, un coche verde y una mesa verde. En consecuencia, hay algo común a estas tres cosas, a saber, la propiedad de ser verde o la “verdeidad”. La consecuencia general es que existen las propiedades o los universales (las ideas o formas, diría Platón), que son objetos abstractos, no confundibles con los objetos concretos que poseen dicha propiedad. Tanto Aristóteles en la Antigüedad como Quine en el siglo XX señalaron que este argumento es un non sequitur. Para empezar, si el argumento no se restringe a ninguna clase particular de predicados, entonces el argumento da lugar a una teoría abundante de los universales. Una en la que cualquier predicado da lugar a una propiedad o universal genuino. Si en cambio el argumento ha de valer solo para una clase restringida de predicados, el argumento da lugar a una teoría de los universales escasa (cómo de escasa dependerá del tipo de restricciones que introduzcamos). Resulta problemático cómo debemos restringir la clase de un modo que no sea arbitrario. En cualquier caso, el argumento parece una inferencia demasiado rápida y fácil para concluir la existencia de objetos abstractos.

Otro argumento, relacionado con el anterior y ampliamente difundido desde Frege, se construye partiendo de la verdad manifiesta de cierto enunciado que contenga términos singulares, para garantizar la verdad literal del cual es necesario suponer que los términos singulares en cuestión denotan. Es decir, para poder decir que el enunciado “2 + 2 = 4” es literalmente verdadero (y no algo que simplemente fingimos que sea verdadero o que solo es verdadero en la “ficción matemática”) es necesario suponer que los términos “2” y “4” son denotativos (aunque es preciso recordar que, para Frege, los números no son objetos sino conceptos de segundo orden). Este argumento se ha utilizado en contextos más allá del puramente matemático. Para valorarlos adecuadamente, tendríamos que valorar cada aplicación particular del argumento. Al menos existen tres posibles alternativas que no se comprometen con objetos abstractos, el nominalismo, el ficcionalismo y el meinongianismo. Se puede mantener con el nominalista que los enunciados matemáticos que tomamos por verdaderos son falsos tomados literalmente (ya que no existen los supuestos objetos matemáticos abstractos), pero se pueden parafrasear o reformular de modo que sean verdaderos, sin aludir a dichos objetos. O bien se puede decir con el ficcionalista que son ficciones útiles en el sentido de que, aunque son estrictamente falsos, son verdaderos dentro de la ficción (matemática). Escoger esta opción involucra introducir un operador del tipo “ser verdadero en la teoría de la aritmética” o cualquier otro que sea relevante, lo que no implica que los objetos mencionados tras el operador existan verdaderamente. La tercera opción, conocida como meinongianismo por derivar del filósofo austríaco Alexius Meinong, es aceptar que los enunciados matemáticos en cuestión son literalmente verdaderos de ciertos objetos no existentes (aunque posean ser). Cualquiera de estas opciones se presenta muchas veces como teniendo ventajas sobre el platonismo, pues éste en primer lugar parte de la base de la verdad (literal) de los enunciados matemáticos aceptados y, en segundo lugar, explica esta verdad con base en una semántica estándar que presupone la existencia de ciertos objetos inertes y no mentales.

4. Tipos, ejemplos y problemas

El ejemplo más paradigmático de objeto abstracto lo constituyen los números y las entidades matemáticas en general, incluyendo los conjuntos. Con respecto a la posibilidad de entender las entidades matemáticas como abstractas, el principal problema, como ya hemos visto, es cómo contestar al dilema planteado por Benacerraf. En relación con esto, un intento de solución, cuyo punto de partida es la obra de Frege, ha sido el llamado “neo-Fregeanismo” o abstraccionismo, principalmente desarrollado por Bob Hale y Crispin Wright en distintas obras, escritas tanto en colaboración como por separado (cf. Wright, 1983; Hale, 1987; Hale y Wright, 2001; Hale y Wright, 2009). La idea básica tiene que ver con un replanteamiento de la pregunta que da lugar al problema: no es que debamos explicar cómo accedemos a los objetos abstractos antes de responder a la pregunta de cómo es posible el conocimiento de enunciados que se refieren a estos objetos, sino que debemos centrarnos directamente en explicar cómo es posible el pensamiento proposicional acerca de tales objetos y cómo se llega a conocer (Hale y Wright, 2009, p.178). A partir de aquí, Hale y Wright construyen su proyecto con base en los llamados “principios de abstracción”, los cuales se suelen presentar como analíticos y como teniendo la forma del siguiente bicondicional:

Θ 𝛼 =  Θ 𝛽 ↔ 𝛼 ∼ 𝛽,

donde 𝛼 y 𝛽 son variables cualesquiera, Θ denota un operador aplicado a esas variables (por ej., el número de 𝛼, la dirección de 𝛼, etc.) y ∼, una relación de equivalencia. Así, por ejemplo, el llamado principio de Hume dice que el número de 𝛼’s es igual al número de 𝛽’s si y solo si hay tantos 𝛼’s como 𝛽’s (𝛼 y 𝛽 son equinuméricos, es decir, se puede establecer una biyección entre sus elementos). Los principios de abstracción se pueden aplicar, y se han aplicado, a ámbitos distintos de la matemática, como, por ejemplo, a las fusiones mereológicas, pero simplemente no es cierto que este modo de presentar objetos abstractos valga en general para todos los ejemplos putativos de objetos abstractos. En cualquier caso, el proyecto de Hale-Wright es básicamente un proyecto neofregeano de fundamentación de las matemáticas. Sin embargo, ni siquiera es claro que este proyecto funcione para las matemáticas. Desde los tiempos de Frege, sabemos, sin embargo, que existen al menos dos problemas graves si optamos por esta vía. Uno es el problema de Julio César y el otro, el de la “mala compañía”. El primero tiene que ver con que los principios de abstracción dan criterios de identidad más que de individuación. Por ejemplo, el principio de Hume nos dice cuándo el número de los conejos coincide con el de las liebres, pero no qué sea un número. El problema, pues, reside en cómo acotar la putativa referencia de los términos que introducimos. El segundo problema tiene que ver con que hay principios de abstracción que, como sabemos desde el Axioma V de Frege, conducen, o pueden conducir, a una contradicción (en el caso de Frege cuando se combina con el principio de comprehensión para conceptos y el principio para la existencia de las extensiones). Así, pues, la mera formulación de un principio de abstracción no garantiza, en principio, y sin ninguna restricción, la existencia de ciertos objetos abstractos. ¿Cómo, pues, distinguir entre principios de abstracción válidos y otros que no lo son? Parece que no lo podemos hacer a priori. Se requiere alguna restricción para delimitar la clase de los principios de abstracción que resultan aceptables. En 2018 Oystein Linnebo publicó su libro Thin Objects, el cual supuso un importante avance en la discusión sobre el abstraccionismo. Linnebo (2018) presenta una nueva manera de ver la ontología de la matemática, si bien inspirada en las ideas de Frege. Muy concretamente, su idea es basarse en principios de abstracción predicativos, los cuales no presuponen compromisos ontológicos fuertes. Según esta manera de entender los principios de abstracción, cualquier cuestión acerca de las “nuevas” entidades introducidas puede reducirse a una cuestión acerca de las “viejas” entidades sobre las cuales estamos abstrayendo. La naturaleza o estatuto de estas entidades abstractas no haría, estrictamente hablando, exigencias sustantivas sobre el mundo. La entrada de las ideas de Linnebo y otras formas de minimalismo (meta)ontológico (Rayo, 2013; Thomasson, 2015) ha enriquecido notablemente la discusión sobre la epistemología de los objetos abstractos, pero aún es pronto para pronunciarse de manera definitiva acerca de estas concepciones, incluso acerca de su éxito como concepción filosófica general de la matemática y de la teoría de conjuntos.

La teoría axiomática de objetos abstractos de Edward Zalta (desarrollada sobre todo en sus libros de 1983 y 1988) es una de las pocas concepciones generales sobre los objetos abstractos que, además de ser formal y constructiva, permite su aplicación a multitud de ámbitos distintos, desde la matemática a ontologías filosóficas específicas, pasando por la lógica intensional. En esta teoría se dispone de un predicado de existencia además del cuantificador existencial, cuantificándose sobre objetos abstractos (como entidades matemáticas o caracteres de ficción) de los que se puede decir sin contradicción que no existen espacio-temporalmente. Los objetos abstractos pasan a poder codificar propiedades además de ejemplificarlas. En contraste, los objetos ordinarios (las entidades concretas espacio-temporales) solo ejemplifican propiedades. La distinción entre objeto abstracto y ordinario es una distinción modal. Ningún objeto abstracto puede ser ordinario y a la inversa. La doble predicación (codificar vs. ejemplificar) permite decir cosas como que Sherlock Holmes es un objeto abstracto que codifica la propiedad de ser un detective o la de vivir en Baker Street, aunque ejemplifica la propiedad de ser un ente de ficción salido de la pluma de Conan Doyle. Digamos que un objeto abstracto como Sherlock Holmes codifica todas y solo aquellas propiedades que le son atribuidas en las ficciones que llevan su nombre y que fueron escritas por el escritor escocés acabado de mencionar. El llamado axioma de comprehensión permite, dada una cierta condición expresable sobre propiedades, la existencia de cualquier objeto abstracto que codifique exactamente y solo aquellas propiedades que satisfacen esa condición, lo que da lugar a una ontología superabundante, que no todos los filósofos están dispuestos a aceptar.

Javier de Donato Rodríguez
(Universidad de Santiago de Compostela)

Referencias

  • Bell, D.A. (1979). “The Epistemology of Abstract Objects”, Proceedings of the Aristotelian Society, Suppl. Vols., 53, pp. 135-165.
  • Benacerraf, P. (1973). “Mathematical Truth”, The Journal of Philosophy, 70(19), pp. 661-679.
  • Carnap, R. (1950). “Empiricism, semantics, and ontology”, Revue internationale de Philosophie, 4(2), pp. 20-40.
  • Chudnoff, E. (2013). “Awareness of abstract objects”, Nous 47:4, pp. 706-726.
  • Cowling, S. (2017). Abstract Entities, London, Routledge.
  • Dumsday, T. (2022). «Is the abstract vs concrete distinction exhaustive & exclusive? Four reasons to be suspicious”, publicado online en Analytic Philosophy, DOI: 10.1111/phib.12288.
  • Falguera, J. L., C. Martínez-Vidal, y G. Rosen (2022). “Abstract Objects”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2022 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL = https://plato.stanford.edu/archives/sum2022/entries/abstract-objects/
  • Hale, B. (1987). Abstract Objects, Oxford, Blackwell.
  • Hale, B. y C. Wright (2001). Reason’s Proper Study, Oxford, Oxford University Press.
  • Hale, B. y C. Wright (2009). “The Metaontology of Abstraction”, en D. Chalmers, D. Manley y R. Wasserman, eds., Metametaphysics. New Essays on the Foundations of Ontology, Oxford, Clarendon Press, pp. 178-212.
  • Lewis, D. (1986). On the Plurality of Worlds, Oxford, Blackwell.
  • Liggins, D. (2024). Abstract Objects, Cambridge Elements: Metaphysics, Cambridge: Cambridge University Press.
  • Linnebo, Ø. (2018). Thin Objects. An Abstractionist Account, Oxford, Oxford University Press.
  • Rayo, A. (2013). The Construction of the Logical Space, Oxford, Oxford University Press.
  • Rosenkrantz, G. (2009). “Concrete/abstract,” en J. Kim, E. Sosa y G. Rosenkrantz, eds., A Companion to Metaphysics, Oxford, Blackwell Companions to Philosophy 7, 2ª ed., pp. 181-184.
  • Sider, T. (2013). “Against Parthood”, en K. Bennett y D.W. Zimmerman, eds., Oxford Studies in Metaphysics, vol. 8, Oxford, Oxford University Press, pp. 237–93.
  • Thomasson, A.L. (2015). Ontology Made Easy, Oxford, Oxford University Press.
  • Wright, C. (1983). Frege’s Conception of Numbers as Objects, Aberdeen, Aberdeen University Press.
  • Zalta, E.N. (1983). Abstract Objects: An Introduction to Axiomatic Metaphysics, Dordrecht, Reidel.
  • Zalta, E.N. (1988). Intensional Logic and Metaphysics of Intentionality, Cambridge, The MIT Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Frege, G. (1918-19/2016): «El pensamiento», trad. de Carlos Pereda, en G. Frege: Escritos sobre lógica, semántica y filosofía de las matemáticas (pp. 321-348), México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Lewis, D. (1986/2015): Sobre la pluralidad de los mundos, trad. de Eduardo García Ramírez, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.

Recursos en línea

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

de Donato, J. (2024). Objetos Abstractos. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/objetos-abstractos/

 

Propiedades

En esta entrada nos ocuparemos de presentar muy sucintamente diversos modos en que han sido caracterizadas las propiedades de los objetos particulares desde la perspectiva de la metafísica analítica contemporánea. En nuestra exposición, nos centraremos, principalmente, en presentar modos alternativos de comprender la naturaleza básica de las propiedades. Estos modos son, a su vez, aquellos orientados a ofrecer distintas soluciones al llamado ‘problema de los universales’. Así, para comprender el sentido y valor de las distintas concepciones sobre las propiedades que expondremos, conviene hacerse una idea de en qué consiste este problema.

El problema de los universales ha sido caracterizado de diversas maneras en la historia de la filosofía (véase, por ejemplo, de Libera 1996). Pero un modo sencillo de presentarlo, y que vuelve comprensible buena parte de las discusiones en torno a él, consiste en llamar la atención acerca de que los objetos particulares con que nos encontramos en la experiencia parecen distinguirse por ser de diversos modos (e.g., rojos, duros, …), y que esos diversos modos de ser podrán caracterizar también a diversas cosas (la casa y la rosa son rojas; la piedra y el tronco de un árbol son duros). Esto es, las cosas que nos rodean no existen sin más, sino que tienen ciertos caracteres, y esos caracteres, a los que aludimos con nuestros predicados (‘… es rojo’, ‘… es duro’), parecen poder caracterizar una pluralidad de cosas, es decir, parecen ser universales. El problema filosófico surge en la medida en que acomodar esa circunstancia en el marco de nuestra comprensión intuitiva del mundo parece resultar paradójica: ¿cómo es que un mismo modo de ser, aparentemente una única entidad, es capaz de caracterizar particulares diversos y disjuntos, apareciendo y cumpliendo este papel en más de un lugar a la vez?

El problema de los universales, entonces, tal como acabamos de caracterizarlo, requiere hacerse una idea más clara de qué podrían ser esos modos de ser o, para decirlo con la terminología estándar, esas propiedades, que permita ofrecer una respuesta a la pregunta de hasta qué punto esa aparente universalidad, esto es, esa aparente posibilidad de que una única entidad explique el carácter de particulares localizados en distintos lugares, se corresponde o no con la realidad. Por ese motivo la discusión tradicional sobre los universales ha decantado, recientemente, en una discusión sobre la naturaleza más básica de las propiedades, de lo que nos ocupamos en lo que sigue.

En la metafísica contemporánea se han ofrecido distintas respuestas a la pregunta por la naturaleza de las propiedades, representadas en este cuadro que tomaremos como guía en el resto de la exposición:

 

Partiendo de la noción intuitiva de propiedad -esbozada más arriba, que alude a modos de ser recurrentes expresados por nuestros términos generales-  lo que nos preguntamos es si hay algo en la realidad que corresponda a dicha noción, y en qué podría consistir.

1. Eliminativismo respecto de las propiedades

El primer nodo representado en el cuadro corresponde a la primera pregunta que tenemos que responder respecto de las propiedades, a saber: si ellas son reales o no. Hay dos respuestas posibles aquí: sí o no. Quienes opten por el sí y acepten que hay propiedades, pueden entonces ser llamados realistas respecto de las propiedades (una posición que no se debe confundir con el realismo respecto de los universales, que es el sentido más usual en que se usa ‘realismo’ en las discusiones sobre propiedades). Quienes opten por el no y nieguen, por lo tanto, que hay propiedades, pueden ser descritos como eliminativistas respecto de las propiedades. Discutiremos en esta sección las posiciones eliminativistas, nos ocuparemos de las demás posiciones en el resto de la entrada.

Los eliminativistas sostienen que no hay propiedades, con lo que sus posiciones ontológicas consisten en algún tipo de nominalismo. Entre estos nominalismos eliminativistas podemos, a su vez, distinguir dos tipos: por un lado, están quienes defienden un nominalismo que podríamos calificar como extremo, según el cual lo que hace verdadero un enunciado como ‘la manzana es verde’ es simplemente que la manzana es verde, lo que se toma como un hecho que no requiere (ni admite) análisis o explicación ulterior – o, dicho de otro modo, lo que sostienen es que el hecho de que la manzana sea verde es un hecho primitivo, básico. Una posición de este tipo, defendida del modo más claro por Quine (1948), es a veces descrita, sobre todo por quienes la rechazan, como un nominalismo avestruz, lo que sugiere que habría un problema que requiere una explicación, pero que, sin embargo, estos filósofos esconden su cabeza para no verlo.

Por otro lado, están quienes, aún sin admitir propiedades, sostienen que hechos como los mencionados (que la manzana sea verde) pueden ser explicados, aunque esta explicación no requeriría hacer referencia a entidades distintas de los particulares concretos. Por ejemplo, una variante eliminativista del nominalismo de semejanzas (como la presentada en Rodriguez-Pereyra 2002, 2003) sería una teoría de este tipo: de acuerdo con ella, que la manzana sea verde es algo que admite explicación, pero lo que explica ese estado de cosas no sería la supuesta posesión por parte de la manzana de la propiedad de ser verde, sino simplemente que la manzana se asemeja a las demás cosas verdes (actuales y posibles) (sin entender la semejanza como una entidad).

Entre los filósofos contemporáneos, el eliminativismo respecto de las propiedades parece ser una posición minoritaria, mientras que una mayoría parece optar por el realismo respecto de las propiedades – en el sentido mencionado, según el cual hay ciertas entidades que son propiedades. Las motivaciones para suscribir esta posición son variadas. En principio, la postura parece rescatar ciertas creencias de sentido común, ya que solemos pensar los objetos como teniendo propiedades, o ciertos caracteres en común. Esta intuición puede expresarse desde un punto de vista más técnico en un argumento que apele a la noción quineana de compromiso ontológico, según el cual debemos admitir propiedades debido a que aceptamos ciertos enunciados que parecen referir a ellas y que no se pueden parafrasear evitando tal referencia. Un ejemplo sería “El naranja se parece más al rojo que al azul” que, si bien parece verdadero, refiere a propiedades de un modo difícil de eliminar. Así, uno podría intentar ofrecer la paráfrasis “Todas las cosas naranjas se parecen más a una cosa roja que a cualquier cosa azul” como equivalente al enunciado original, aun cuando no refiera a universales sino solo a particulares. Sin embargo, los dos enunciados no son equivalentes, como puede verse si consideramos una lapicera naranja y la comparamos con otra lapicera azul, y a ambas con una bicicleta roja.

2. Reductivismo respecto de las propiedades

Si, por otra parte, aceptamos que hay propiedades, entonces la pregunta oscila en torno a si estas son primitivas, esto es, no analizables en otros términos; o si, por el contrario, son entidades constituidas por otro tipo de entidades. En este último caso, y asumiendo que una ontología mínima deberá de todos modos incluir objetos particulares concretos, la pregunta es si las propiedades no podrían ser analizadas o reducidas en términos de estos últimos.

A este último grupo de posiciones, según las cuales se acepta que hay propiedades, pero se sostiene que éstas deben ser analizadas en términos de particulares concretos, pertenecen distintos tipos de nominalismos que podemos llamar ‘reductivos’, en la medida en que intentan reducir las propiedades a algún tipo de construcción realizada a partir de objetos concretos. Una ligera modificación del nominalismo de semejanza eliminativista mencionado más arriba nos provee un primer ejemplo de nominalismo reductivo: para eso, solo habría que agregar que, cuando decimos que lo que hace verdadero al enunciado ‘la manzana es verde’ es que la manzana se asemeja a las demás cosas verdes, eso puede tomarse como equivalente a decir que, en ese caso, la manzana tiene la propiedad de ser verde, esto es, que es un miembro de la clase de semejanza formada por todas las cosas verdes y solo ellas, la que puede ser entendida ahora como una propiedad, en la medida en que puede ser interpretada como el valor semántico del predicado ‘… es verde’ – y como aportando, por lo tanto, dicha clase a (una representación formal de) las condiciones de verdad de los enunciados en los que aparece (Rodriguez-Pereyra 2002, pp. 56 ss., discute una posición semejante). Otros tipos de nominalismos reductivos similares serían el nominalismo de clases, en particular, la variante distinta de la recién mencionada que sostiene que la pertenencia de un particular a la clase debe entenderse como un hecho primitivo; y el nominalismo de predicados, según el cual una propiedad estaría constituida por (el conjunto de) todos aquellos particulares a los que se le aplica un cierto predicado.

De todos modos, si bien estas posiciones parecen solucionar las preocupaciones basadas en la noción de compromiso ontológico mencionadas más arriba (cf. Lewis 1986, p. 50), ya que las propiedades así entendidas podrían funcionar como valores semánticos de los predicados o de sus nominalizaciones, la propuesta sigue resultando problemática. En efecto, parece apelar a circunstancias, como la pertenencia a una clase, que no resultan particularmente iluminadoras respecto del fenómeno que se pretendía explicar, esto es, el del carácter de los objetos – dado que, por ejemplo, la pertenencia de un buzón a la clase de cosas rojas no parece ser lo que explica que sea rojo (sino que, en todo caso, ocurriría al revés). De ahí que resulte natural tratar de explicar el fenómeno del carácter en términos de algo más estrechamente asociado con los particulares mismos, y más plausiblemente explicativo. Eso sugeriría examinar la posibilidad de que haya entidades sui generis cuya naturaleza misma les permita fundamentar el carácter de los objetos particulares.

3. Las propiedades como entidades sui generis I: universales

La otra rama que se bifurca del nodo en que se aceptan las propiedades, entonces, dará lugar a las distintas posiciones según las cuales las propiedades (o al menos alguna subclase de ellas, vuelvo sobre esto más abajo) son entidades fundamentales de un tipo peculiar, no reducibles a entidades de otros tipos. Una vez que aceptamos que la categoría de propiedad está poblada por entidades sui generis, no reducibles a otras, aparecen dos opciones básicas respecto de cómo entenderlas: o bien podemos entender a las propiedades como universales, o bien como particulares. Antes de entrar en detalles vale la pena notar que las opciones que se desprenden de este nodo no son necesariamente excluyentes (Lowe 2006, pp. 15-6 y Barker y Jago 2018, p. 2971, entre muchos otros, admiten ambas categorías). Esto es, si bien lo más común es que se defiendan posiciones según las cuales las propiedades son entendidas sólo de uno de estos modos, es posible, y de hecho ha ocurrido, adoptar posiciones según las cuales se aceptan ambos tipos de entidades (esto es, tanto propiedades universales como particulares), tomando a veces a uno como más fundamental que el otro. En todo caso, nos centraremos en presentar estos distintos modos de comprender las propiedades que acabamos de mencionar.

Un primer modo de caracterizar las propiedades entendidas como entidades básicas o primitivas, del que nos ocupamos en esta sección, consiste en concebirlas como universales. Una propiedad universal, o un universal sin más, sería en efecto una propiedad, esto es, algo que permite explicar (parcialmente) el carácter de un objeto (i.e., cómo es, al menos en parte, ese objeto), pero que es tal que una única entidad es capaz de dar cuenta de los caracteres (completamente) similares de una pluralidad (potencial) de particulares.

Esta explicación de qué son los universales es aún demasiado general, y deja espacio para caracterizarlos con mayor precisión de diversas maneras. Por ejemplo, nada se dijo aún del modo en que estos universales están relacionados con los particulares que ellos caracterizan, ni tampoco se mencionó nada sobre el tipo de realidad que tienen, o sobre si existen o no con independencia de que haya objetos caracterizados por ellos. Las distintas respuestas que se han dado a estas preguntas tienden a agruparse en dos cúmulos de tesis afines, que dan lugar a dos modos alternativos de comprender los universales. Esto nos lleva a la distinción usual entre universales entendidos como trascendentes o platónicos, por un lado, frente a los inmanentes o aristotélicos, por el otro. El modo más perspicuo de marcar las diferencias entre estos dos modos de concebir los universales se basa en la respuesta que quienes los aceptan darían a la tercera de las cuestiones planteadas más arriba, a saber, si satisfacen o no lo que David Armstrong denominó el “principio de instanciación”, esto es, el principio según el cual tener instancias (i.e., caracterizar (en algún momento) efectivamente a al menos un objeto concreto particular) es una condición necesaria para admitir la realidad de un universal. Respecto de esa pregunta, las teorías aristotélicas ofrecen una respuesta afirmativa, y sostienen que un universal existe sólo si está (o ha estado, o estará) instanciado por algo, mientras que un platónico sostendrá que la realidad del universal (que muchas veces no es caracterizada en términos de existencia) no depende de que haya o no algo que sea, de hecho, en algún momento, caracterizado por ese universal.

Estas diferencias respecto del principio de instanciación se ven también reflejadas, como sugerimos más arriba, en las distintas posiciones acerca de otros caracteres que se atribuyen a los universales. Así, por ejemplo, una posición aristotélica según la cual los universales existen solo en la medida en que están (o hayan estado, o vayan a estar) instanciados va de la mano de la tesis de que debemos entender los universales como constituyentes de los particulares que aquellos caracterizan, lo que sugiere, a su vez, suponer que los universales están localizados exactamente donde se encuentran dichos objetos. Por el contrario, una posición de tipo platónico, que admite propiedades no instanciadas, requiere suponer que la relación entre universales y objetos es distinta de la de ser un constituyente (por ejemplo, una relación de participación), lo que a su vez se conecta con la idea de que las propiedades no están localizadas en el espacio-tiempo y con que su realidad es de un tipo peculiar, a veces denominada ‘subsistencia’, que resulta, por otra parte, difícil de caracterizar de manera más precisa (cf. Russell 1912, p. 57).

Finalmente, se ha llamado la atención respecto de diferencias en las motivaciones y los tipos de argumentos que podrían fundamentar ambos tipos de posición. Así, mientras que la posición platónica parece particularmente sensible al así llamado “argumento del significado” (según el cual es necesario postular universales para que funcionen como valores semánticos de nuestros predicados; cf. Quine 1948, pp. 30-1; Armstrong 1978, vol. II, cap. 13), las posiciones aristotélicas más recientes sugieren dejar esta motivación de lado, y concentrarse más bien en las similitudes de naturaleza que es necesario postular para explicar el éxito de nuestras teorías científicas (esta es la postura, novedosa en su presentación inicial, de Armstrong, quien tras señalar que “el estudio de la semántica de los predicados debe ser distinguida de la teoría de los universales”, indica que “mi posición es que el argumento en favor de los universales objetivos no se basa en la teoría del significado, sino en la identidad aparente de naturaleza que exhiben ciertos particulares” (Armstrong, 1978, vol. II, p. 12 “mi traducción”).

Como puede verse a partir de la descripción que acabamos de hacer, parece claro que las dos posiciones tienen algunos puntos débiles que han sido utilizados para argumentar en su contra. En efecto, el teórico que acepta universales parece forzado a optar entre tesis que resultan un tanto paradójicas y difíciles de aceptar. Esto es así debido a que, si se inclina por la versión aristotélica deberá admitir que las propiedades tienen la característica peculiar de ser capaces de estar localizadas enteramente ,y a la vez, en lugares distintos y disjuntos, algo que las entidades con las que estamos más familiarizados (los objetos materiales ordinarios) claramente no son capaces de hacer. Por otra parte, si se inclina por una comprensión platónica de los universales, deberá aceptar que las propiedades tienen otra característica igualmente intrigante si tratamos de entenderla a partir de lo que ocurre con las entidades con las que estamos más familiarizados, a saber, la de ser reales a pesar de no estar localizadas en el espacio y tiempo. Esta condición vuelve, a su vez, igualmente intrigante cómo es que las propiedades así concebidas podrían cumplir con los roles que se les asignan, ya que en ese caso se vuelve misterioso cómo es que darían cuenta de los caracteres de objetos particulares que sí están ubicados en el espacio y tiempo.

4. Las propiedades como entidades sui generis II: tropos

Estas dificultades que aquejan a los universales, apenas aludidas más arriba, nos llevan a intentar comprender las propiedades como entidades sui generis, pero con caracteres menos alejados de nuestros modos más naturales de pensar acerca de entidades. La opción natural consiste en abandonar la idea de identidad en la pluralidad que parecía causar la mayor parte de los problemas y entender las propiedades como entidades particulares. Las propiedades serían, por lo tanto, entidades que explican el carácter de los objetos, pero que son tan particulares como los objetos mismos que caracterizan. El modo más intuitivo de comprender la idea consiste en entender estas propiedades como aspectos (o partes abstractas, volvemos sobre esto en breve) de esos particulares concretos, tales como el rojo particular de un caramelo, o su sabor. En la discusión contemporánea se ha descrito a estas entidades como particulares abstractos, y se los caracterizó también como ‘modos’ o ‘momentos’, entre otras denominaciones, aunque se los conoce ahora más comúnmente como tropos.

Si bien la categoría de propiedades entendidas como entidades particulares no es novedosa en la tradición filosófica occidental (autores como Descartes y Locke, entre muchos otros, se han referido explícitamente a ellas), una característica novedosa de la teoría de los tropos contemporánea, que toma impulso a partir de su tratamiento por parte de Donald Williams (1953) y Keith Campbell (1981, 1990), consiste en que se postula a los tropos como la única categoría fundamental de un esquema ontológico en que todas las demás categorías son construidas a partir de ella (y, en particular, lo son las más clásicas de objeto particular concreto y de universal abstracto). Como sugeríamos, el modo quizás más claro de identificar los tropos es el que usa Williams para introducir la categoría: nos sugiere que consideremos una serie de piruletas, o chupetines, que se distinguen por la forma y color de sus caramelos, y que nos preguntemos por lo que explica la similitud parcial entre ellos. Una primera fuente de su similitud parcial sería la similitud total, o completa, de sus palitos. Pero supongamos ahora, además, que el caramelo de uno de ellos es una esfera roja, y el del otro un paralelepípedo rojo. La idea de Williams es que la similitud parcial de esos dos chupetines dependerá de la que se da entre los dos caramelos, y que ésta a su vez debería ser explicada de un modo similar a como lo hicimos con la similitud basada en la de los palitos: la idea es explicar la similitud parcial de los dos caramelos a partir de la similitud total de dos aspectos suyos, sus colores, que sugiere interpretar, al igual que los palitos, como partes suyas, aunque se distinguirán de éstos en no ser partes burdas (i.e., concretas, o tales que ocupan de modo exhaustivo una región espacio-temporal) sino, tal como él las describe, tenues o sutiles (i.e., abstractas), es decir, que no agotan u ocupan exhaustivamente una región. Los tropos son, entonces, esas partes sutiles o abstractas de los objetos cuya similitud total permite explicar las similitudes parciales de los objetos concretos.

Se ha sostenido recientemente (cf. Loux 2015, García 2015, 2017), y una discusión del punto puede ayudar a comprender mejor la categoría, que la noción de tropo es ambigua o indeterminada, pudiendo ser interpretada de distintos modos. Según estos autores, la ambigüedad señalada estaría mostrando, en verdad, que la noción de tropo es incoherente, y que las supuestas ventajas que se siguen de su adopción son, en consecuencia, ilusorias. En la terminología de García, esta dualidad se muestra en que los tropos pueden ser entendidos, o bien como tropos modificadores, o bien como tropos módulo. La idea básica detrás de la distinción es la siguiente: mientras que un tropo modificador es, básicamente, algo que otorga carácter a un objeto concreto sin poseerlo él mismo (el tropo de rojo que explica el color de la piruleta no es él mismo rojo), el tropo módulo, por el contrario, sería más bien una entidad particular subsistente, sólo que una “tenuemente caracterizada” (i.e., con un único rasgo, por oposición al objeto concreto, “densamente caracterizado”).

Lo que la crítica de García sugiere es que la noción de tropo solo parece poder solucionar ciertos problemas ontológicos en la medida en que se entiende la noción a veces de un modo y a veces de otro. Puede defenderse, sin embargo, que la noción de tropo es menos vulnerable a esta crítica de lo que se supone. La idea de que un tropo es algo que oscila entre ser una cosa (una “mini-sustancia”) y una propiedad implica desconocer la especificidad de aquello a lo que llegamos mediante el proceso de abstracción al que nos invita Williams en su discusión. En efecto, la idea es que, como resultado de ese proceso, no obtenemos, en rigor, ni algo (una cosa) que tiene un único carácter, ni algo que confiere un carácter a otra cosa sin tenerlo él mismo, sino que lo que obtenemos es algo que es, ni más ni menos, un carácter.

Ezequiel Zerbudis
(Universidad Nacional del Litoral; Universidad Nacional de Rosario, CONICET (Argentina))

Referencias

  • Armstrong, D. (1978): Universals and Scientific Realism, Cambridge: CUP (hay traducción castellana de J. A. Robles, México: UNAM, 1988).
  • Barker, S. y M. Jago (2018): “Material Objects and Essential Bundle Theory”, Philosophical Studies, 175: pp. 2969-2986.
  • Campbell, K. (1981): “The Metaphysic of Abstract Particulars”, Midwest Studies in Philosophy 6, pp. 477-488.
  • Campbell, K. (1990): Abstract Particulars, Oxford: Blackwell.
  • De Libera, A. (1996): La querelle des universaux, París: Éditions du Seuil.
  • Garcia, R. (2015): “Is Trope Theory a Divided House?”, en Galluzzo, G. y M. Loux, The Problem of Universals in Contemporary Philosophy, Cambridge: CUP, pp. 133-155.
  • Garcia, R. (2017): “Sobre la expresión ‘propiedades particularizadas’: tropos modificadores y tropos módulo”, en Zerbudis, E. (ed.), Poderes causales, tropos y otras criaturas extrañas, Buenos Aires: Título, 2017, pp. 145-163.
  • Heil, J. (2003): From an Ontological Point of View, Oxford: OUP.
  • Lewis, D. (1986): On the Plurality of Worlds, Oxford: Blackwell.
  • Loux, M. (2015): “An Exercise in Constituent Ontology”, en Galluzzo, G. y M. Loux, The Problem of Universals in Contemporary Philosophy, Cambridge: CUP, pp. 9-45.
  • Lowe, E. (2006): The Four-Category Ontology, Oxford: OUP.
  • Mulligan, K., Simons, P. y Smith, B. (1984): “Truth-Makers”, Philosophy and Phenomenological Research, 44, pp. 287-321.
  • Quine, W. (1948): “On What There is”, The Review of Metaphysics 2, pp. 21-38 (hay traducción castellana de M. Sacristán en Quine, Desde un punto de vista lógico, Buenos Aires: Hyspamérica, 1984).
  • Rodriguez-Pereyra, G. (2002): Resemblance Nominalism, Oxford: OUP.
  • Rodriguez-Pereyra, G. (2003): “Particulares y universales”, en J. González y E. Trías (eds.), Cuestiones Metafísicas, (Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía), Madrid: Trotta.
  • Russell, B. (1912): The Problems of Philosophy, Oxford: OUP (refiero a la reimpresión de 1980; hay traducción castellana de J. Xirau, Barcelona: Labor, 1970).
  • Williams, D. (1953): “On the Elements of Being: I”, The Review of Metaphysics 7, pp. 3-18 (hay traducción castellana de T. Castagnino y E. Zerbudis en Cuadernos de Filosofía (Concepción, Chile) 35, 2017, pp. 127-142).

Cómo citar esta entrada

Zerbudis, E. (2023). Propiedades. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/propiedades/

 

Ficcionalismo

1. Definición

La definición del ficcionalismo es una tarea compleja, a la cual nos abocaremos en seguida. Pero  conviene que lo hagamos sobre la base de las siguientes ilustraciones: (1) Según el ficcionalismo sobre las matemáticas defendido por Yablo (2001, 2005), cuando decimos cosas que aparentemente nos comprometen con la existencia de números (como “el número de solicitantes es 2”) estamos, en realidad, participando en una especie de ficción (la de que existen los números) que nos permite transmitir información sobre otro tema que realmente no involucra números (los solicitantes). (2) Según el ficcionalismo moral defendido por Joyce (2001, 2005), nuestros juicios morales (como “robar está mal”) no describen correctamente la realidad, pero resulta beneficioso suponer lo contrario: participar en la ficción de que robar está mal simplifica la deliberación práctica y facilita que tomemos decisiones que, como la de no robar, están en nuestro interés independientemente de consideraciones morales. (3) Según el ficcionalismo modal delineado por Rosen (1990), deberíamos entender las aseveraciones sobre mundos posibles que a menudo hacen los filósofos como aseveraciones acerca de una determinada ficción, la ficción de los mundos posibles. Así, la afirmación “hay un mundo posible en que mi mente existe pero mi cuerpo no” debería ser entendida como una abreviatura de “según la ficción de los mundos posibles, hay un mundo posible en que mi mente existe pero mi cuerpo no”.

Sobre la base de estos ejemplos, podemos definir el ficcionalismo en los siguientes términos:

(F): una teoría T sobre un discurso D es ficcionalista si y sólo si, según T, D (u otro discurso D’ sobre el cual versa D) es análogo al discurso fictivo (i.e., aquel en el que participan los autores de ficción literaria en la producción de sus obras) en que las proferencias realizadas por los usuarios de D no requieren, para ser correctas, que los contenidos que literalmente expresan sean verdaderos, ni que el emisor crea que lo son.

Diferentes aclaraciones sobre esta definición nos permitirán entender mejor la idea central del ficcionalismo. En primer lugar, una teoría ficcionalista tiene por objeto inmediato un determinado discurso, más que un supuesto ámbito de la realidad sobre el cual versa ese discurso (Armour-Garb y Woodbridge, 2015, p. 12; Eklund, 2019, sec. 2.1). Así, por ejemplo, el ficcionalismo matemático no es una tesis metafísica sobre la naturaleza o (in-)existencia de las entidades de las matemáticas, sino más bien sobre el discurso (científico y ordinario) que parece aludir a esas entidades. El ficcionalismo moral no es una tesis metafísica sobre la naturaleza de la moralidad, sino sobre las afirmaciones y creencias ordinarias en las cuales parece que atribuimos propiedades morales a acciones y personas. Hecha esta aclaración, podemos apreciar mejor la (no siempre del todo bien reconocida) “neutralidad metafísica” del ficcionalismo: algunas afirmaciones sobre un discurso D pueden tener consecuencias metafísicas, pero no el caso de la afirmación en virtud de la cual una teoría cuenta como ficcionalista, según (F). Es posible mantener una teoría ficcionalista sobre D y a la vez aceptar (o no rechazar, o mostrarse indiferente a) las entidades aparentemente postuladas por D. Pero cabe advertir que, a pesar de esto, a menudo el ficcionalismo sobre D es presentado como una variante de antirrealismo sobre las entidades postuladas por D, o como una alternativa al realismo (Kalderon, 2005; Balaguer, 2009; Thomasson, 2013; Kroon, 2011). Esto se explica, en parte, por el hecho de que, como veremos más adelante, el antirrealismo ha sido una motivación central para el desarrollo de teorías ficcionalistas.

En segundo lugar, nuestra definición (F) hace referencia a la idea de ficción y, en particular, establece una analogía entre D y el discurso fictivo. La idea de que el ficcionalismo está vinculado a la ficción puede parecer obvia, pero ha tenido que ser enfatizada recientemente (Armour-Garb y Woodbridge, 2015, p. 1; Kroon et al., 2019, p. 98) ya que i) autores que se auto-describen como ficcionalistas rechazan explícitamente que la idea de ficción sea útil para entender su posición (Balaguer, 2009, p. 132); ii) algunos trabajos que se consideran como paradigmáticos o fundacionales para el ficcionalismo (Field, 1980; van Fraassen, 1980) no hacen ninguna referencia explícita a la idea de ficción; y iii)  en otros casos, como en el ya mencionado trabajo de Yablo sobre el discurso matemático, la analogía dominante no es con la ficción sino con la metáfora. Pero una teoría T sobre D no tiene que invocar explícitamente la idea de ficción para que sea verdad que, según T, D es análogo a la ficción en los aspectos relevantes. La analogía puede estar presente sin ser trazada explícitamente. Por esta razón, las teorías de van Fraasen, Field y Yablo, e incluso la de Balaguer, pueden satisfacer la condición establecida por (F) para ser consideradas como instancias de ficcionalismo.

Finalmente, centrémonos en el punto de analogía identificado por (F). Una característica central del discurso fictivo es que las proferencias hechas en su contexto, a diferencia de lo que prima facie ocurre con las aseveraciones, son correctas incluso si el contenido literal de las oraciones proferidas no es verdadero ni creído por el emisor. Por ejemplo, la proferencia de “Beatriz Viterbo murió en 1929”, en el contexto del cuento El Aleph de J. L. Borges, es perfectamente legítima independientemente de si es verdad o no que Beatriz Viterbo murió en 1929. Esto se debe a que la finalidad perseguida por Borges no es describir la realidad e informarnos sobre la vida de Beatriz Viterbo, sino invitarnos a imaginar una determinada situación (véase Teorias de la Ficción para más detalles). Esta irrelevancia de la verdad para los fines del discurso fictivo es también característica del discurso D (o de D’), según el ficcionalista sobre D. Según el ficcionalista sobre el lenguaje matemático, por ejemplo, cuando usamos este lenguaje no nos comprometemos con la verdad de aquello que nuestras oraciones literalmente expresan: cuando decimos que el número de solicitantes es 2, no creemos realmente que haya una entidad, el número 2, que numere a los solicitantes. Nuestra actitud frente a esta proposición no es la de creencia, sino una que no tiene la verdad como norma y que provisionalmente podemos llamar “aceptación”. Igualmente, dicha proposición no es objeto de aseveración, sino de algo que provisionalmente podemos llamar “cuasi-aseveración”. (Ambos términos son de uso común en la bibliografía sobre el tema). Desde luego, una teoría ficcionalista debe dar contenido a las ideas de aceptación y cuasi-aseveración. Como veremos más abajo, una manera de hacerlo es apelando a la noción de “hacer como si” (make-believe) desarrollada por Walton (1990).

Aunque la afirmación (F) captura la idea central del ficcionalismo, a menudo se la presenta junto con otras que también son consideradas como definitorias. En primer lugar, suele enfatizarse que, según una teoría ficcionalista sobre D, las oraciones utilizadas en D son evaluables en términos de verdad o falsedad (Kalderon, 2005, p. 112; Kroon et al., 2019, p. 93). Esto permitiría distinguir el ficcionalismo de ciertas teorías “expresivistaso “no cognitivistas” según las cuales las oraciones en cuestión no son más que superficialmente declarativas y no se puede decir de ellas que sean verdaderas o falsas. En segundo lugar, se suele enfatizar que, según el ficcionalismo, D tiene una utilidad que hace aconsejable su mantenimiento (Kroon et al., 2019, p. 93). Esto permitiría distinguir el ficcionalismo del eliminacionismo, que aboga por el abandono de D. En tercer lugar, se ha enfatizado que según una teoría ficcionalista, D no es lo que aparenta ser: las que parecen ser aseveraciones sobre números, valores, mundos posibles, etc., son en realidad aseveraciones sobre otra cosa, o ni siquiera son aseveraciones (Armour-Garb y Kroon, 2020, p. 14). Sin esta condición, parece que el ficcionalismo sería automáticamente verdadero del discurso fictivo y otros discursos manifiestamente no aseverativos. Tener presentes estas condiciones adicionales a (F) puede resultar útil a la hora de entender argumentos y propuestas ficcionalistas: el lector puede combinarlas como más convenga para ese fin en cada ocasión. No es necesario demorarse en la cuestión de cuál es la definición correcta.

2. Algunas variedades de ficcionalismo

En los últimos treinta años el ficcionalismo se ha extendido a áreas filosóficas muy diversas. Ya hemos mencionado el ficcionalismo sobre el discurso matemático (Yablo, 2001; Leng, 2010), sobre el discurso moral (Joyce, 2001; Kalderon, 2005), y sobre el discurso de mundos posibles (Armstrong, 1989; Rosen, 1990). Otros discursos para los cuales se han defendido o considerado posturas ficcionalistas son los siguientes: las atribuciones de verdad (Armour-Garb y Woodbridge, 2015), las afirmaciones de existencia e identidad (Evans, 1982; Walton, 1990; Crimmins, 1998; Kroon, 2004), la psicología de sentido común (Toon, 2016), el discurso religioso (Scott y Malcolm, 2018), el discurso científico sobre entidades teóricas (van Fraassen, 1980), sobre el pasado y el futuro (Miller, 2021), sobre personajes de ficción (Walton, 1990; Brock, 2002; Everett, 2013) y sobre objetos ordinarios (Rosen y Dorr, 2002). Vale la pena aclarar aquí que es perfectamente posible adoptar una teoría ficcionalista en alguno de estos ámbitos sin por ello tener que hacerlo también en otros: los argumentos que conducen al ficcionalismo sobre un discurso D suelen depender de rasgos específicos de D y, por ello, no se generalizan fácilmente a otros ámbitos.

Además de ser tan variadas por lo que respecta a ámbitos temáticos, las teorías ficcionalistas difieren mucho entre sí en otros aspectos. Una primera distinción, muy frecuentemente trazada, es la distinción entre ficcionalismo hermenéutico y revolucionario. (Adaptando una terminología originalmente empleada por Burgess (1983) para clasificar tipos de nominalismo). La definición (F) y nuestra discusión hasta este punto han presupuesto la variante hermenéutica del ficcionalismo: según este tipo de ficcionalismo, el discurso D en cuestión tiene, de hecho, las características mencionadas en (F). En cambio, según el ficcionalismo revolucionario, D no tiene, de hecho, las características mencionadas en (F) pero debería (o podría) tenerlas. Es decir, el ficcionalista revolucionario es alguien que recomienda (o tal vez simplemente señala la posibilidad de) que los usuarios de D cambien su práctica para que (F) sea verdadera de él. El ficcionalismo revolucionario es una posición importante, con diversos ejemplos prominentes (Field, 1989; Joyce, 2001). No obstante, y aunque la distinción que estamos comentando no debe ser perdida de vista, resulta útil para nuestros fines simplificar la discusión centrándonos en la variante hermenéutica del ficcionalismo, y así lo haremos excepto que se señale lo contrario.

Una segunda distinción importante es la distinción entre ficcionalismo de prefacio y de prefijo (Véase Kroon et al (2019, Capítulo 3). Las nociones de prefacio y prefijo en este ámbito son introducidas por Lewis (2005). El ficcionalismo de prefacio es el ejemplificado por las teorías de Yablo y Joyce esbozadas al inicio. El ficcionalismo modal de Rosen, por contra, es un ejemplo de ficcionalismo de prefijo. Según el ficcionalismo de prefacio, el discurso D es análogo al discurso fictivo en lo que respecta a la fuerza ilocutiva que se confiere al contenido literalmente expresado: en ninguno de los dos casos se asevera tal contenido. Esto es el resultado de las presuposiciones compartidas por los hablantes en los respectivos contextos: el autor de ficción y sus lectores, igual que los usuarios del discurso D en cuestión, saben lo que están haciendo, y que ello no implica un compromiso con la verdad del contenido literalmente expresado. La idea de un prefacio (como “había una vez…” o “a partir de ahora hagamos como si…”) es una metáfora útil para referirse a tales factores contextuales que, en palabras de Lewis, “roban a lo que viene a continuación su fuerza aseverativa” (2005, p. 315). En cambio, según el ficcionalismo de prefijo, el discurso D no es él mismo análogo al discurso fictivo, sino que más bien es análogo al que, siguiendo a García-Carpintero (2016), llamaremos “discurso paratextual”, es decir: aquel discurso mediante el cual describimos el contenido de una ficción desde un punto de vista interno a la misma. Según el tratamiento estándar (Lewis, 1978), el discurso paratextual puede explicarse en términos de un prefijo (a menudo implícito) que también quita fuerza aseverativa a lo que viene a continuación, pero que da como resultado otra aseveración: una aseveración sobre los contenidos de la ficción. Así, por ejemplo, cuando decimos “Beatriz Viterbo murió en 1929” con la intención de describir el contenido de la ficción creada por Borges, lo que decimos podría ser más cabalmente expresado diciendo “En El Aleph, Beatriz Viterbo murió en 1929”. En cualquier caso, con más o menos palabras, lo que hacemos es una aseveración que es verdadera en función de cuál sea el contenido de la ficción a la que nos remitimos (en este caso, El Aleph).

Según el ficcionalismo de prefijo, lo mismo ocurre  con el discurso D para el cual se ofrece la teoría. Por ejemplo, según el ficcionalismo modal de Rosen, cuando un filósofo dice “hay un mundo posible donde mi mente existe y mi cuerpo no”, utilizando así el discurso sobre mundos posibles, lo que realmente está haciendo es una aseveración sobre una ficción, la ficción de la pluralidad de mundos posibles. (En la propuesta de Rosen, la ficción de la pluralidad de mundos posibles es una versión resumida y algo modificada del realismo modal de Lewis (1986)). Dicha aseveración podría hacerse también de manera más perspicua utilizando explícitamente un prefijo de ficción: “En la ficción de la pluralidad de mundos posibles, hay un mundo posible donde mi mente existe y mi cuerpo no”.  Como vemos en este ejemplo, aunque el ficcionalismo de prefijo sobre un discurso D no describe a D como análogo al discurso fictivo, típicamente postula la existencia de otro discurso D’ sobre el cual versa D y que, según la propuesta ficcionalista, sí es análogo en los aspectos relevantes al discurso fictivo. Nuestra definición (F) incluye una cláusula parentética que contempla esta posibilidad y en virtud de la cual es satisfecha por el ficcionalismo de prefijo.

3. Motivaciones

Hemos dicho antes que el ficcionalismo es, en principio, “metafísicamente neutral”. No obstante, también es cierto que una de las principales motivaciones para el ficcionalismo proviene de la adopción de una posición antirrealista sobre las entidades aparentemente postuladas por un determinado discurso. La siguiente es una situación típica: movido por la fuerza de ciertos argumentos, un filósofo llega a la conclusión de que no existen los Xs. No obstante, este filósofo también advierte que la existencia de los Xs parece estar presupuesta por un determinado discurso D que goza de buena reputación en su comunidad, y en el que tal vez él mismo participa de tanto en tanto. El rechazo de los Xs debería comportar, aparentemente, el rechazo de D. Sin embargo, nuestro filósofo se resiste a dar este último paso, tal vez porque es consciente de vivir en tiempos marcados por cierta “modestia post-Mooreana” (Fine, 2001, p. 2), o tal vez porque cree que D es útil incluso si es falso. En esta situación, el ficcionalismo sobre D se revela como una tesis esperanzadora. Si el ficcionalismo es correcto, entonces, tal vez, el discurso D no presupone realmente la existencia de los Xs. Lo que sí presupondría la existencia de los Xs sería el uso de las oraciones de D para aseverar aquello que dichas oraciones literalmente expresan. Pero el ficcionalista señala que, igual que pasa con las oraciones utilizadas en el discurso fictivo, las oraciones de D no son, habitualmente, utilizadas para hacer tales aseveraciones. Por tanto, como D no presupone realmente la existencia de los Xs, su uso es perfectamente legítimo incluso ante la evidencia de que no hay Xs.

La situación que acabamos de describir en términos generales requiere que el ficcionalismo sobre D sea de tipo hermenéutico. Por ejemplo, un nominalista (es decir, alguien que en virtud de ciertos argumentos filosóficos rechaza que existan los números) no tendrá nada que objetar al uso del discurso matemático si resulta que, como afirma el ficcionalismo hermenéutico en este área, tal discurso es, de hecho, análogo al discurso fictivo en que sus participantes no adquieren ningún compromiso con la verdad literal de lo que dicen. La situación es un poco diferente si el ficcionalismo que viene al auxilio del nominalista es de tipo revolucionario. Dado este tipo de ficcionalismo, la conclusión a extraer es que el discurso matemático sí presupone la existencia de números (y que es, por tanto, incorrecto), pero también que hay una forma relativamente sencilla de evitar ese error: introducir un prefacio que quite la fuerza aseverativa a lo que literalmente se dice, o un prefijo que transforme el discurso sobre números en un discurso sobre una teoría según la cual hay números. Nótese que el ficcionalista revolucionario no tiene por qué militar por la implementación efectiva de esa reforma, sino simplemente señalar su posibilidad. Al hacerlo, le ofrece al nominalista una estrategia para “pensar con el sabio y hablar con el vulgo”, según la famosa expresión de Berkeley.

La motivación del ficcionalismo a partir del antirrealismo es importante, pero no es la única. Yablo, quien considera a ese tipo de motivación “dead and gone” (2001, p. 87), ofrece un argumento muy diferente para el ficcionalismo hermenéutico sobre el discurso matemático: según él, el ficcionalismo hermenéutico es la hipótesis que mejor explica la práctica efectiva de los usuarios de ese discurso, independientemente de cualquier consideración metafísica. Su punto se aprecia mejor con ejemplos de afirmaciones de matemática aplicada, como “el número de solicitantes es 2” (aunque su teoría se extiende a afirmaciones matemáticas “puras” como “2 es primo”). Si reflexionamos sobre qué queremos comunicar realmente cuando, en contextos ordinarios, decimos que el número de solicitantes es 2, vemos que el número 2 es un “intruso”, en el sentido de que no forma parte de aquello que realmente queremos describir. Si tras un recuento más cuidadoso de las solicitudes alguien señala que el número de solicitudes no es 2 porque hay un tercer solicitante que no hemos considerado, nuestro deber es rectificar. En cambio, si en un contexto similar alguien niega que el número de solicitantes sea 2 aduciendo que el número 2 no existe, nuestra reacción será otra. Probablemente, le haríamos saber al objetor que la cuestión filosófica sobre la existencia de números es irrelevante para lo que tenemos entre manos: saber cuántos solicitantes hay. Esto quiere decir que, como predice la posición ficcionalista sobre este tipo de discurso, nuestra afirmación no presupone realmente la existencia de números. (En relación a esto, véase también el “argumento del oráculo” comentado en Eklund (2005, p. 559)).

Otra manera de expresar el punto anterior, y de conectarlo con lo dicho más arriba en la sección 1, es que, al parecer, cuando en contextos ordinarios decimos “el número de solicitantes es 2” no aseveramos ni creemos aquello que nuestras palabras literalmente expresan. Podemos decir que lo cuasi-aseveramos, o que lo aceptamos, pero estas son sólo etiquetas que tienen que ser dotadas de contenido. Como ya adelantamos, Yablo y otros ficcionalistas lo hacen apelando a la noción de juego de hacer como si, propuesta por Walton. La idea es la siguiente: cuando utilizamos el vocabulario de las matemáticas participamos en un juego de hacer como si que, como otros juegos de este tipo, está gobernado por una serie de reglas que autorizan o prescriben diferentes jugadas en diferentes situaciones. Cuasi-aseverar y aceptar una proposición matemática no es otra cosa que realizar una jugada admisible en un determinado juego de hacer como si.

Entender la cuasi-aseveración y la aceptación en términos de juegos de hacer como si permite explicar, además, que el discurso matemático sirva para transmitir e, indirectamente, aseverar proposiciones que no involucran entidades matemáticas. Igual que pasa con otros juegos de hacer como si, las reglas del juego de hacer como que hay números establecen conexiones sistemáticas entre aquello que prescriben imaginar y determinadas condiciones del mundo. Por ejemplo, las reglas prescriben hacer como que 2 es el número de los solicitantes si y sólo si hay dos solicitantes, y hacer como que el número de solicitantes es mayor al número de plazas si y sólo si hay más solicitantes que plazas, etc. Ahora bien, aunque la finalidad de estas reglas es decirnos qué debemos imaginar dependiendo de cómo sea el mundo, también permiten un uso en sentido inverso: nos permiten inferir cómo es el mundo a partir del hecho de que lo que imaginamos está prescrito por ellas. Por ejemplo, un conocedor de las reglas puede inferir que hay dos solicitantes a partir de la jugada consistente en hacer como si 2 fuera el número de solicitantes. Y esta es precisamente la manera en que, según el ficcionalismo hermenéutico, los usuarios del discurso matemático logran aseverar contenidos sobre la realidad no matemática: “explotando” las reglas que gobiernan su juego de hacer como si.

4. Ficcionalismo, realismo y meta-ontología

Hemos señalado más arriba que, aunque el ficcionalismo sobre D está a menudo motivado por el rechazo de las entidades aparentemente postuladas por D, la adopción de una teoría ficcionalista es estrictamente compatible con aceptar la existencia de tales entidades. Acabaremos esta entrada con algunas observaciones sobre este hecho, y algunas de sus consecuencias para la comprensión de los debates ontológicos.

La clave para apreciar la compatibilidad del ficcionalismo sobre D con el realismo sobre las entidades aparentemente postuladas por D está en distinguir D de otros discursos relacionados que parecen postular las mismas entidades pero que no caen bajo el alcance de la tesis ficcionalista. Tomemos como ejemplo el caso de los mundos posibles. Podemos distinguir entre dos discursos que aparentemente involucran mundos posibles. Por un lado, está el discurso MP en que participan los filósofos cuando los mundos posibles no son su tema principal, como hacen, por ejemplo, dualistas y materialistas cuando discuten sobre si hay un mundo posible en el que una mente existe sin su cuerpo. (El tema central es aquí la distinción mente-cuerpo; el mundo posible invocado es un “intruso” en el sentido explicado anteriormente). Por otro lado, está el discurso MP* en el que participan los filósofos cuando los mundos posibles son el tema central de su discusión, como ocurre cuando un realista modal afirma que existe una pluralidad de mundos posibles, o cuando alguien pregunta si los mundos posibles son abstractos, concretos, disyuntos, completos, etc. Ahora bien, hecha esta distinción, nótese que es perfectamente admisible adoptar una teoría ficcionalista sobre MP pero no sobre MP*. El ficcionalismo sobre MP es, por tanto, compatible con mantener una posición neutral o incluso realista sobre los mundos posibles. La posición resultante podría resumirse de la manera siguiente: aunque (tal vez) hay mundos posibles, los usuarios de MP no están realmente aseverando nada sobre ellos, sino sólo haciendo como que lo hacen. (Vale la pena notar que el mismo punto que hemos hecho distinguiendo entre MP y MP* puede hacerse distinguiendo entre contextos en los cuales un único discurso es utilizado, y restringiendo el alcance de la teoría ficcionalista al uso del discurso en sólo uno de esos contextos).

Esta neutralidad metafísica del ficcionalismo es una buena noticia para la ontología como disciplina. Algunos filósofos han señalado que la verdad (o la posible verdad) del ficcionalismo sobre D pone en duda la significatividad de la discusión sobre si existen las entidades aparentemente postuladas por D –es decir, el tipo de discusión a que típicamente se abocan los practicantes de la ontología (Yablo, 1998; Thomasson, 2015, p. 178). El argumento es aproximadamente el siguiente: si adoptamos una teoría ficcionalista sobre D y concluimos, por tanto, que los usuarios de D únicamente hacen como que existen las entidades aparentemente postuladas por D, no podemos concluir, a partir del éxito de D, que tales entidades existan. Pero tampoco tiene sentido argumentar que no existen, ya que nadie afirma seriamente que lo hagan. Embarcarnos en un debate serio sobre si existen o no sería un “error” similar al de investigar, tras la lectura de El Aleph, si existe o no una persona llamada “Beatriz Viterbo” que murió en 1929. Ahora bien, este tipo de argumento puede ser neutralizado con observaciones como las que hicimos en el párrafo anterior: adoptar una teoría ficcionalista sobre el discurso “ordinario” D no implica tener que adoptarla también sobre los discursos que tienen lugar en la “sala de la ontología”. Utilizando el ejemplo anterior: aunque seamos ficcionalistas sobre el discurso “ordinario” sobre mundos posibles en que participan dualistas y materialistas cuando discuten si hay un mundo posible en que un alma existe sin un cuerpo, podemos sostener que el discurso sobre mundos posibles que utilizan realista y antirrealista modal en la sala de la ontología es perfectamente serio y en nada parecido a la ficción.

Pablo Rychter
(Universitat de València)

Referencias

  • Armour-Garb, B. y F. Kroon. (2020): «Introduction: Fictionalism in philosophy», en  Armour-Garb, B. y F. Kroon, Fictionalism in Philosophy, Oxford University Press, pp. 1-27. https://doi.org/10.1093/oso/9780190689605.003.0001
  • Armour-Garb, B. y J. A. Woodbridge (2015): Pretense and pathology. Cambridge University Press.
  • Armstrong, D. M. (1989): A Combinatorial Theory of Possibility. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9781139172226
  • Balaguer, M. (2009): «Fictionalism, theft, and the story of mathematics», Philosophia Mathematica, 17(2), pp. 131-162.
  • Brock, S. (2002): «Fictionalism about fictional characters», Noûs, 36, pp. 1-21.
  • Burgess, J. P. (1983): «Why I am not a nominalist», Notre Dame Journal of Formal Logic, 24(1), pp. 93-105.
  • Crimmins, M. (1998): «Hesperus and Phosphorus», Philosophical Review, 107(1), pp. 1-47. https://doi.org/10.2307/2998314
  • Eklund, M. (2005): «Fiction, indifference, and ontology», Philosophy and Phenomenological Research, 71(3), pp. 557-579. https://doi.org/10.1111/j.1933-1592.2005.tb00471.x
  • Eklund, M. (2019): «Fictionalism», en E. N. Zalta, ed., The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter 2019). Metaphysics Research Lab, Stanford University. https://plato.stanford.edu/archives/win2019/entries/fictionalism/
  • Evans, G. (1982): The varieties of reference. Clarendon Press.
  • Everett, A. J. (2013): The nonexistent (First edition). Oxford University Press.
  • Field, H. (1980): Science without numbers: A defence of nominalism. Princeton University Press.
  • Field, H. (1989): Realism, mathematics and modality. Blackwell.
  • Fine, K. (2001): «The Question of Realism», Philosophers’ Imprint, 1,  pp. 1-30.
  • García-Carpintero, M. (2016): Relatar lo ocurrido como invención: Una introducción a la filosofía de la ficción contemporánea. Ediciones Cátedra.
  • Joyce, R. (2001): The myth of morality. Cambridge University Press.
  • Joyce, R. (2005): Moral fictionalism, en M. E. Kalderon, ed., Fictionalism in Metaphysics, Oxford University Press, pp. 287-313.
  • Kalderon, M. (2005): Moral fictionalism. Clarendon Press.
  • Kroon, F. (2004): «Descriptivism, pretense, and the Frege-Russell problem. Philosophical Review», 113, pp. 1-30.
  • Kroon, F. (2011): «Fictionalism in metaphysics», Philosophy Compass, 6(11), pp. 786-803. https://doi.org/10.1111/j.1747-9991.2011.00442.x
  • Kroon, F., Brock, S. y J. McKeown-Green. (2019): A critical introduction to fictionalism. Bloomsbury Academic.
  • Leng, M. (2010):  Mathematics and reality. Oxford University Press.
  • Lewis, D. (1978): «Truth in fiction», American Philosophical Quarterly, 15(1), pp. 37-46.
  • Lewis, D. (1986): On the Plurality of Worlds. Wiley-Blackwell.
  • Lewis, D. (2005): «Quasi-realism is fictionalism», en M. E. Kalderon, ed., Fictionalism in Metaphysics, Oxford University Press, pp. 314-321.
  • Miller, K. (2021): «Pretence fictionalism about the non-present», Inquiry, 0(0), pp. 1-35. https://doi.org/10.1080/0020174X.2021.1971557
  • Rosen, G. (1990): Modal fictionalism. Mind, 99, 327-354.
  • Rosen, G. y C. Dorr. (2002): «Composition as a fiction», en, The Blackwell Guide to Metaphysics, John Wiley & Sons, Ltd, pp. 151-174. https://doi.org/10.1002/9780470998984.ch8
  • Scott, M. y F. Malcolm. (2018): «Religious fictionalism», Philosophy Compass, 13. https://doi.org/10.1111/phc3.12474
  • Thomasson, A. L. (2013): «Fictionalism versus deflationism», Mind, 122(488), pp. 1023-1051. https://doi.org/10.1093/mind/fzt055
  • Thomasson, A. L. (2015): Ontology made easy. Oxford University Press.
  • Toon, A. (2016): «Fictionalism and the folk», The Monist, 99(3), pp. 280-295.
  • van Fraassen, B. C. (1980): The scientific image. Clarendon Press.
  • Walton, K. L. (1990): Mimesis as make-believe: On the foundations of the representational arts, Harvard University Press.
  • Yablo, S. (1998): Does ontology rest on a mistake?, Aristotelian Society Supplementary Volume, 72(1), pp. 229-283.
  • Yablo, S. (2001): «Go figure: A path through fictionalism», Midwest Studies in Philosophy, 25(1), pp.  72-102. https://doi.org/10.1111/1475-4975.00040
  • Yablo, S. (2005): The myth of the seven, en, M. E. Kalderon, ed., Fictionalism in Metaphysics, Clarendon Press, pp. 88-115.

Cómo citar esta entrada

Rychter, P. (2023). Ficcionalismo. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía
Analítica. http://www.sefaweb.es/ficcionalismo/

 

Pluralismo ontológico

La cuestión de si la realidad es homogénea o heterogénea es uno de los debates más antiguos de la filosofía occidental y se repite en prácticamente todas las tradiciones filosóficas del mundo. El número de quienes han rechazado la idea de que, en el fondo la realidad es homogénea, es decir, que todo lo que es, lo es del mismo modo, es enorme e incluye a personajes tan importantes dentro de la tradición occidental como Platón (para quien las ideas tienen un modo de ser diferente al resto de los entes), Aristóteles – para quien Tò öv λέγεται πoλλαχõζ, es decir, el ser se dice de varias maneras (Metafísica Z, 1, 1028a10) –, Tomás de Aquino, Elisabeth de Bohemia, Frege, Russell, Husserl y Heidegger además de filósofos contemporáneos como Lombardi, Olivé, Prior, Plantinga, etc. (McDaniel 2017).

Hay tres motivaciones principales para adoptar una visión heterogénea de la realidad: para dar cuenta de errores categoriales, para resolver paradojas, y para respetar la aparente heterogeneidad de nuestra experiencia, pensamiento y lenguaje. A continuación, revisaremos cada una de ellas, para después ver los principales retos que enfrenta quién quiera defender una visión plural del ser.

1. Errores categoriales

Una manera sencilla de capturar la motivación detrás del pluralismo ontológico es pensar en errores y sinsentidos tales como:

“Julio César es el número cero” (Frege)

“Esta piedra piensa en Viena.” (Carnap)

“El sábado descansa en su cama.” (Ryle)

“La cuadruplicidad bebe procrastinación.” (Russell),

“Las ideas verdes incoloras duermen furiosamente” (Chomsky)

“Mi mesa es recursivamente enumerable” (Lappin)

Si bien es claro que ninguno de estos enunciados expresa algo verdadero, no es claro que expresen algo falso. Mas bien, parecen ser sinsentidos y es complicado tratar de explicar su falta de sentido sin apelar a diferencias ontológicas profundas, es decir, sin decir que, por ejemplo, las mesas no son el tipo de cosas que pueden ser recursivamente enumerables o que las piedras no son el tipo de cosas que pueden pensar en Viena (Ryle 1938). Si Julio César y el número cero simplemente fueran entidades distintas, pero del mismo tipo ontológico, entonces el enunciado de Frege sería falso y no un sinsentido. Si esta piedra fuera el tipo de entidad que pudiera pensar, entonces si no fuera en Viena, tal vez estaría pensando en otra cosa; pero no es así. No es solo que esta piedra no está, de hecho, pensando en Viena, sino que ni siquiera podría, en un sentido ontológico fuerte, estar pensando, ni en Viena ni en ninguna otra cosa. Tal parece que la diferencia entre esta piedra y los seres pensantes es de un tipo distinto que la distinción entre los seres que piensan en Viena y los que piensan en otra cosa. Para dar cuenta de estos fenómenos, parece necesario, por lo tanto, introducir distinciones más profundas en el ser que las que establecen las diferentes propiedades (Alemán Pardo 1985). Es esta heterogeneidad ontológica profunda la que trata de capturar el pluralismo ontológico.

2. El pluralismo ontológico como solución a paradojas

Además de dar cuenta de errores categoriales como los de la sección anterior, muchas paradojas se han tratado de resolver introduciendo diferentes modos de ser. En general, cuando nos enfrentamos a posiciones filosóficas en aparente conflicto, una opción muy atractiva para resolver dicho conflicto es argüir que las dos posiciones, en realidad, son consistentes entre sí ya que no refieren realmente al mismo asunto, sino que cada una de ellas es correcta respecto a dos asuntos distintos, que fácilmente pueden confundirse entre sí. Por ejemplo, Aristóteles introduce su distinción entre substancia y atributo accidental para resolver la paradoja del cambio, según la cual, para que un objeto cambie, es necesario que permanezca él mismo a través del cambio; pero para que el cambio sea genuino es también necesario que el objeto sea diferente antes y después del cambio. Así pues, el objeto debe ser y no ser igual a sí mismo antes y después del cambio. ¡Pero esto es imposible, so pena de violar el principio de no-contradicción!

Para resolver esta paradoja, Aristóteles (Física 225b, 5-9) argumenta que podemos satisfacer las dos condiciones – la de que el objeto debe permanecer el mismo y la de que debe ser diferente – de manera consistente, introduciendo una distinción ontológica tal que sea un objeto, una sustancia, la que sobreviva al cambio, pero haya otras entidades, los atributos accidentales de dicha sustancia, que no lo sobrevivan. En otras palabras, en vez de hablar simplemente de un objeto que sufre un cambio, Aristóteles introduce dos modos de ser –substancia y accidente – que se confunden en nuestra manera vulgar de hablar de “ser”. La noción de substancia captura nuestra intuición de que hay cambios que los objetos sobreviven – por ejemplo, el movimiento de lugar de mis anteojos sobre mi escritorio, o el cambio de canal en mi televisor – mientras que la noción de accidente captura nuestra intuición de que en todo cambio el objeto deja de ser igual a como era antes, para ser diferente – estar en otro lugar, estar sintonizado en diferente canal, etc. En otras palabras, hay dos sentidos en que podemos preguntar si el objeto es el mismo: en uno de ellos, la respuesta es positiva, en tanto la sustancia es la misma, y en el otro, no, ya que no mantiene todos sus atributos accidentales (Baggini y Fosl 2010, 194).

Una vez más, es importante notar que cuando distinguimos sustancia de accidente, no estamos hablando meramente de dos propiedades que algunos objetos tienen y otros no, sino de dos maneras completamente diferentes de ser: mientras que los accidentes dependen de la sustancia de la que son atributos, las sustancias son independientes de ellos. Para Aristóteles, el ser de las sustancias es tan distinto del de los accidentes que no hay manera de ser más básica o neutral que las abarque a ambas. Nada de lo que podemos decir con sentido de las sustancias lo podemos decir de los accidentes ni vice versa. Esta distinción se adentra en lo más profundo del ser.

3. Heterogeneidad en la experiencia, lenguaje y pensamiento

La tercera razón para sostener un pluralismo ontológico es el que no sólo experimentamos al mundo como múltiple, sino que también lo pensamos y hablamos de él de manera heterogénea, es decir, hablamos y pensamos de cosas y hechos de lo más diverso: de ficciones, de deseos, de instituciones, de cosas que no han pasado, que pasarán, que pudieran pasar, etc. y en consecuencia nuestras mejores teorías de los contenidos de la experiencia, el pensamiento y el lenguaje apelan a dominios de hechos y entidades radicalmente distintas entre sí. Por ejemplo, señalaba Russell (1940), claramente hablamos de cosas como unicornios y a veces al hacerlo decimos cosas verdaderas. Sin embargo, se preguntaba retóricamente, ¿significa esto que existe algo así como una zoología fantástica que estudia a los unicornios? Mas allá de la pregunta retórica de Russell, sigue siendo una buena pregunta si a la heterogeneidad del lenguaje, la experiencia y el pensamiento, le corresponde una heterogeneidad también al nivel del ser. Algunos han respondido con un rotundo (los pluralistas ontológicos), y otros con un igualmente rotundo no (los monistas).

4. Retos del monismo ontológico

Los que responden que no, es decir, los que piensan que la realidad es homogénea, además de responder a las tres motivaciones del pluralismo antes mencionadas, tienen que resolver dos tareas más: en primer lugar, tienen que decirnos cuál es el único tipo de ser que conforma la realidad y justificar su decisión. En otras palabras, tienen que explicar por qué, de los diferentes presuntos tipos de cosas de las que hablamos y pensamos, es ese particular tipo el único que compone la realidad. Tiene que explicar, además, por qué, aunque la realidad es homogénea, parece ser heterogénea, es decir, tiene que explicar de qué hablan los enunciados verdaderos que parecen decir cosas sobre objetos que, según ellos, no existen y, en general, qué sentido tienen aquellas prácticas que parecen presuponerlos.

Por ejemplo, es una intuición monista generalizada que la realidad está formada por entidades y hechos actuales y concretos. Sin embargo, muchas actividades humanas parecen tratar de cosas “que no … podemos ver o tocar” (Burgess y Rosen 1997, 34), como contar los días que faltan para nuestro concierto favorito, ser fan de una banda de rock, fundar una escuela de danza o ejecutar una pieza musical en un estilo arcaico. Para el monista que, como Locke, Tarski, Field, etc. cree que todo lo real es concreto y que, por lo tanto, no existen las entidades abstractas, todas estas actividades son extrañamente misteriosas. El reto que tiene que enfrentar este tipo de filósofo es explicar por qué hacemos esas cosas. ¿Por qué afirmamos con tanta seguridad que tres por ocho son veinticuatro, o que la UNAM es la heredera de la Universidad Pontífice de México si, según este tipo de monista, las cosas de las que parecemos estar hablando, al no ser concretas, no son reales, es decir, si ni el tres, ni el ocho, ni el veinticuatro, ni la UNAM ni la Universidad Pontífice de México son (ni fueron ni serán) reales? (Turner 2012).

5. Retos del pluralismo ontológico

En contraste, todo pluralismo ontológico, para demostrar que la distinción que introduce en el ser no es ad-hoc, sino genuina, debe enfrentar dos retos simétricos y opuestos: por un lado, debe mostrar que cada modo de ser es autónomo y sustancialmente diferente de los otros, pero también debe mostrar que no componen realidades totalmente independientes y separadas, sino que interactúan entre sí (Lombardi y Pérez Ransanz 2012). En otras palabras, no basta simplemente postular la distinción, sino que es necesario mostrar que captura una diferencia a nivel ontológico. Hay distinciones superficiales, como la que existe entre aves y mamíferos o entre objetos rojos y rosados, que no cortan la realidad hasta lo mas profundo. Después de todo, aves y mamíferos siguen siendo entidades del mismo tipo como lo son también los objetos rojos y los rosados. No toda distinción corresponde a modos de ser distintos. Por lo tanto, uno de los retos principales que enfrenta el pluralismo es justificar porque ciertas distinciones alcanzan el nivel metafísico más profundo, como la distinción entre presente y pasado o concreto y abstracto, mientras que otras son más superficiales, como la distinción entre aves y mamíferos o entre cosas rojas y rosadas (Merricks 2019).

Para sostener un pluralismo ontológico es necesario no sólo dar una buena caracterización de cada modo de ser – por ejemplo, si pensamos que individuos y pluralidades corresponden a maneras ontológicamente distintas de ser, debemos explicar qué es ser un individuo y qué una pluralidad – sino además mostrar que esta caracterización captura una diferencia en maneras de ser que sin, embargo, siguen formando parte de una realidad interconectada. Para ello, el reto más sustancial que enfrenta el pluralismo es explicar cómo se relacionan entidades cuyo ser es distinto. Muchos de los problemas más difíciles de la ontología son precisamente de este tipo. El problema mente-cuerpo es el ejemplo más obvio, pero no el único. El problema de la participación que tantas jaquecas les dio a Platón, Aquinas, etc., por poner otro ejemplo, no es sino el problema de cómo se relacionan individuos con universales. De la misma manera, el problema fundamental de toda teoría del significado, es explicar cómo las representaciones lingüísticas obtienen su contenido. Una vez más, la pregunta es cómo se relacionan entidades cuyos modos de ser son radicalmente distintas: entidades lingüísticas de un lado, y objetos en el mundo del otro. Finalmente, el dilema de Benacerraff, por poner otro ejemplo famoso en filosofía contemporánea, no es sino el problema de cómo nos relacionamos los humanos con los entes abstractos, pese a tener modos de ser tan distintos.

Esto se debe a que las relaciones que gobiernan y estructuran el interior de cada presunto modo de ser suelen ser mucho menos misteriosas que las relaciones que involucran entidades de maneras distintas de ser. Tenemos una comprensión bastante clara del orden causal y temporal que estructura los sucesos del mundo material, por ejemplo, como también tenemos un buen entendimiento de las relaciones inferenciales que regulan y ordenan el mundo de los pensamientos. Pero ¿qué relaciona a los sucesos materiales con nuestros pensamientos? Pese a lo filosóficamente complejo que es dar cuenta de la causalidad o la inferencia, es mucho más complejo aún tratar de explicar cómo es que algunos de nuestros pensamientos son acerca de hechos y se relacionan causalmente con el mundo material. ¿Cómo es que mi pensamiento de que en este momento estoy volando sobre el océano Atlántico es acerca de este hecho particular y no sobre otro (o, peor aún, sobre ninguno)? ¿Y cómo es que mi pensamiento de querer llegar a Buenos Aires, por continuar con el mismo ejemplo, terminó contribuyendo a que en este momento me encuentre volando en dirección a dicha ciudad? Entender cómo se relacionan pensamientos con pensamientos o hechos materiales con hechos materiales es sencillo, o por lo menos radicalmente más sencillo que entender cómo se relacionan pensamientos y hechos materiales.

Pero no es solamente la relación materia-pensamiento la que genera este tipo de problemas. Estos problemas son la regla y no la excepción cuando pensamos en relaciones entre diferentes modos de ser. Pese a lo mucho que hemos llegado a descubrir sobre los números cardinales en tanto números, sigue siendo un misterio cómo se relacionan ontológicamente con aquellas cosas que contamos con ellos. Y si bien la estructura de regimenes normativos como la de la moral y la política no nos es aún del todo transparente, aun mas opaca es la relación entre los ámbitos descriptivos y normativos.

Nótese como el anti-pluralista tiene una solución más o menos sencilla para todo este tipo de problemas. Por ejemplo, el que cree que los pensamientos son hechos físicos al igual que (el resto de) los movimientos del cuerpo no tendrá ningún problema para explicar cómo es posible que nuestros pensamientos causen nuestras acciones: son solo hechos físicos causando hecho físicos. De la misma manera, quien rechaza la existencia de entes abstractos, no tiene problema para explicar cómo conocemos los objetos matemáticos porque, otra vez, todo son relaciones materiales entre objetos concretos. En general, entender cómo se relacionan entidades que son del mismo modo ontológico suele ser mucho, mucho más sencillos que entender cómo se relacionan entidades cuyo modo de ser es distinto. No es de sorprender, por lo tanto, que muchos filósofos hayan preferido adoptar una serie de estrategias anti-realistas para eliminar de sus ontología el mayor número posible de tipos ontológicos, para evitarse así el problema de explicar cómo se integran con el resto de su ontología. Ahí descansa lo atractivo de los así-llamado “pasajes desérticos” en ontología: entre menos modos de ser postulemos en nuestra ontología, menos relaciones misteriosas entre diferentes modos de ser debemos aceptar. Es en este sentido que puede decirse que la simplicidad de una ontología homogénea es una ventaja sobre las ontologías heterogéneas.

Axel Arturo Barceló Aspeitia
(Universidad Autónoma de México)

Referencias

  • Alemán Pardo, A. (1985): Las Categorías en Filosofía Analítica, Técnos.
  • Baggini, J. y P. Fosl (2010): The Philosopher’s Toolkit: a Compendium of Philosophical Concepts and Methods (segunda edición), John Wiley & Sons.
  • Calvo Martínez, T. (1994): Aristóteles. Metafísica, Gredos.
  • De Echandía, G. R. (1995): Aristóteles. Física, Gredos.
  • Lombardi, O. y A. R. Pérez Ransanz (2012): Los Múltiples Mundos de la Ciencia: un Realismo Pluralista y su Aplicación a la Filosofía de la Física, Siglo Veintiuno Editores.
  • Merricks, T. (2019): «The Only Way to Be», Noûs 53(3), pp. 593–612.
  • McDaniel, K. (2017): The Fragmentation of Being, Oxford University Press.
  • Russell, B. (1940): An Inquiry into Meaning and Truth, Routledge.
  • Ryle, G. (1938): «Categories», Proceedings of the Aristotelian Society 38(1), pp. 189–206.
  • Turner, J. (2012): «Logic and Ontological Pluralism», The Journal of Philosophical Logic 41, pp. 419–448.

Cómo citar esta entrada

Barceló Aspeitia, A. A. (2023). Pluralismo Ontológico. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/pluralismo-ontologico/

 

 

 

Mereología

1. Introducción  

Discusiones filosóficas sobre la noción de parte han acompañado la filosofía a lo largo de toda su historia (para una visión de conjunto véase Cotnoir y Varzi 2021, sección 1.1).  No obstante, lo que en la filosofía analítica contemporánea se suele llamar ‘mereología’ (del griego ‘meros’, o sea, ‘parte’) ve la luz de manera más explícita solo con el trabajo del lógico polaco Stanisław Leśniewski (1916, 1927-31) y en el mundo anglófono (donde la obra de Leśniewski fue durante  mucho tiempo inaccesible por falta de traducciones) con el artículo ‘The Calculus of Individuals’ (1940) de  Henry Leonard y Nelson Goodman.

En la filosofía analítica contemporánea entendemos con ‘mereología’ la teoría formal de la noción de parte, en el sentido de que ésta se ocupa de la relación de parte independientemente de la naturaleza específica de los objetos involucrados (véase Cotnoir y Varzi 2021, sección 1.2.1). La mereología juega un papel central en muchos debates filosóficos contemporáneos, como por ejemplo el debate acerca de la naturaleza de los objetos materiales y la manera en que éstos persisten y cambian en el tiempo.

La teoría mereológica que está en el centro de la discusión contemporánea sobre la noción de parte es sin duda la ‘mereología clásica’ (la que se origina en el trabajo de Leśniewski, 1916, 1927-31 y Leonard y Goodman, 1940). De hecho, a pesar de su elegancia, la mereología clásica contiene principios muy controvertidos que muchos filósofos rechazan, sosteniendo así que la verdadera teoría formal de la noción de parte tiene que ser una mereología ‘no-clásica’.

En esta entrada vamos primero a presentar los principios más importantes de la mereología clásica—empezando por la ‘mereología básica’ y siguiendo con las mereologías más fuertes, la ‘mereología mínima’ y la ‘mereología extensional’ (sección 2). En segundo lugar (sección 3), vamos a considerar algunas de las familias más importantes de mereologías no-clásicas. En la parte final (sección 4) se indican otros temas importantes en mereología y algunas referencias esenciales sobre ellos.

2. Hacia la mereología clásica

El desarrollo de una mereología involucra tres etapas principales:

(i) la selección de una noción mereológica como noción primitiva (es decir, como noción que no está definida a través de otras nociones);

(ii) la definición de las otras nociones mereológicas a través de la noción tomada como primitiva;

(iii) la elección de una lista de axiomas.

Las nociones principales y más importantes de la mereología son las de ‘parte’, ‘parte propia’, ‘solapamiento’, ‘disyunción’, y ‘fusión mereológica’ (de la que hablaremos en la sección 2.3). Para entender el significado de estas nociones y empezar a razonar sobre sus propiedades formales podemos centrarnos en el caso paradigmático de los objetos concretos que ocupan una cierta región de espacio (véase Lando 2017, sección 1.4).  En este caso parece natural considerar como parte (‘propia’) de un objeto X cada objeto Y que ocupe una región de espacio (i) contenida en la región de espacio ocupada por X y (ii) que sea más pequeña que ésta. Por ejemplo, la Ilustración 1 representa cuatro objetos cuadrados que ocupan cuatro regiones (cuadradas) distintas del espacio. En este caso, es intuitivo pensar que el cuadrado B es una parte propia del cuadrado A, y que el cuadrado E es una parte propia tanto del cuadrado C como del cuadrado D. C y D son entidades que se solapan, es decir, entidades que tienen (por lo menos) una parte en común (en este caso, E). Nótese que, como todas las entidades son partes (‘impropias’) de sí mismas, también A y B se solapan, al tener como parte común B (que es una parte propia de A y una parte impropia de sí misma). A su vez, A y D, por ejemplo, son entidades disjuntas, es decir, entidades que no tienen ninguna parte en común.

Si tomamos la noción de parte propia como noción primitiva podemos definir las nociones de parte, solapamiento y disyunción como sigue:

Ilustración 1
  • x es parte de y si y solo si x es parte propia de y o es idéntica a y
  • x e y se solapan si y solo si hay una entidad z tal que z es parte de x y z es parte de y
  • x e y son entidades disyuntas si y solo si x e y no se solapan

2.1.  Los axiomas de orden

La primera mereología que vamos a encontrar es la que podríamos llamar ‘mereología básica’ y que en la literatura se le llama ‘core mereology’  (Varzi 2019) y ‘ground mereology’  (Casati & Varzi 1999). La mereología básica se puede caracterizar a través de los siguientes principios:

  • Irreflexividad (PP): (toda entidad x es tal que) x no es parte propia de sí misma
  • Asimetría (PP): si x es parte propia de y, y no es parte propia de x
  • Transitividad (PP): si x es parte propia de y, y y es parte propia de z, entonces x es parte propia de z

Nótese que esta lista de axiomas es redundante, ya que el axioma de asimetría implica lógicamente el de irreflexividad, y está implicado lógicamente por los de irreflexividad y transitividad, tomados conjuntamente.

Irreflexividad, Asimetría y Transitividad parecen muy intuitivos. Por ejemplo, si seguimos centrándonos en objetos concretos situados en el espacio, es muy intuitivo pensar que nada puede ocupar una región de espacio contenida en la que ocupa y más pequeña que ésta (como requiere Irreflexividad). También parece muy plausible pensar que si un objeto M ocupa una región de espacio contenida en la región de espacio ocupada por un objeto N, y N ocupa una región de espacio contenida en la región de espacio ocupada por un objeto O, entonces la región de espacio ocupada por M está contenida en la región de espacio ocupada por O (como requiere Transitividad).

Es fácil demostrar cómo, de la definición de la noción de parte ofrecida más arriba, se sigue que la relación de parte es una relación reflexiva, anti-simétrica y transitiva:

  • Reflexividad (P): (toda entidad x es tal que) x es parte de sí misma
  • Anti-simetría (P): si x es parte de y, y y es parte de x, entonces x es idéntica a y
  • Transitividad (P): si x es parte de y, y y es parte de z, entonces x es parte de z

2.2.  La ‘mereología mínima’

Muchas relaciones son irreflexivas, asimétricas y transitivas (por ejemplo: ‘ocurrir en un momento posterior a…’, ‘tener más dinero que…’, ‘ser más grande que…’ y otras). Los axiomas de orden son entonces insuficientes para individuar la relación de parte propia. Además, parece intuitivo pensar que una teoría de la noción de parte tendría que excluir la posibilidad de algunos escenarios que no parecen representar estructuras mereológicas posibles. Para comprender mejor este punto vamos a utilizar (como es usual en la literatura) unos diagramas en los cuales:

(i) cada punto representa una entidad diferente,

(ii) una entidad está representada como parte propia de otra entidad si y solo si hay una línea que conecta, desde abajo hacia arriba, el punto que representa la primera con el punto que representa la segunda,

(iii) se asume la transitividad sin representar sus efectos, por así decir; así que si el punto p está conectado con el punto q y el punto q está conectado con el punto r, el diagrama también representa implícitamente el hecho de que la entidad representada por el punto p es una parte propia de la entidad representada por el punto r.

Ilustración 2

Considérese por ejemplo la Ilustración 2. Ahí hay un solo punto que está conectado desde abajo hacia arriba con el punto y. Así, la Ilustración 2 representa una entidad y que posee una sola parte propia, la entidad x. Pero, ¿cómo es posible que y esté compuesta solo por x? Si x es solamente una parte propia de y, parece muy intuitivo pensar que y tiene que ‘contener más’que solo x. En otras palabras, cada parte propia de un objeto es tal que hay que ‘añadirle algo más’ para obtener el todo que la contiene.

La manera más sencilla de expresar esta intuición es a través del ‘principio de compañía débil’ (Weak Company), que requiere que nada pueda tener solamente una parte propia:

  • Compañía Débil: si x es una parte propia de y, entonces hay un entidad z diferente de x que es también una parte propia de y
Ilustración 3 e Ilustración 4

Sin embargo, Compañía Débil parece ser demasiado débil. Por ejemplo, este principio no excluye los escenarios representados en las Ilustraciones 3 y 4 que parecen tan problemáticos como el escenario representadoen la Ilustración 2. De hecho, en todos estos casos hay entidades (como x en las Ilustraciones 2 y 4, y x2 en la Ilustración 3) que son partes propias de un objeto sin que haya nada ‘extra’ a estas entidades que se les pueda ‘añadir’ para formar el todo que las contiene.

Estas y otras consideraciones parecidas sugieren que el principio que es necesario asumir en este caso es el ‘principio de suplementación débil’ (Weak Supplementation)

  • Suplementación Débil: si x es una parte propia de y, entonces hay una entidad z que es parte de y y que es disyunta de x (es decir: que no tiene ninguna parte en común con x)

Suplementación Débil es suficiente para excluir la posibilidad de estructuras mereológicas como las representadas por las Ilustraciones 2, 3 y 4.  Este principio también parece expresar de manera natural la intuición que tratábamos de capturar, es decir, la idea de que cada parte propia de un todo es tal que el todo en cuestión contiene ‘algo más’ aparte de ella. En otras palabras, si x es solo una parte propia de y,tiene que haber algo de y que no esté ni siquiera parcialmente contenido en x; algo mereológicamente distinto de x, y en este sentido, algo que no tenga ninguna parte en común con x.

Suplementación Débil es tan natural que algunos filósofos han llegado a pensar que su verdad se sigue del mismo concepto de parte (Simons 1987, Varzi 2008; para una discusión reciente sobre este tema, véase Cotnoir 2019).

La teoría que resulta de añadir Suplementación Débil a la mereología básica se suele llamar en la literatura ‘mereología mínima’ (minimal mereology) y puede ser axiomatizada a través de Suplementación Débil y Transitividad (PP).

2.3.  La noción de fusión mereológica  

En la literatura se encuentran tres diferentes maneras de definir la noción de fusión mereológica (véase Hovda 2009 y Cotnoir y Varzi 2021, sección 5.1). Aquí vamos a centrarnos en la que parece más intuitiva.

Para que de un cierto objeto, como por ejemplo de un muro, se pueda afirmar que está compuesto por una cierta pluralidad de objetos, como por ejemplo unos ladrillos, parece que se tienen que cumplir dos requisitos principales (véase Loss 2021, sección 2):

(i)    el muro tiene que contener todos los ladrillos (si algunos ladrillos no estuvieran contenidos en el muro, ¿en qué sentido el muro estaría compuesto por estos?);

(ii)   los ladrillos tienen que cubrir completamente el muro (si hubiera una parte del muro en la que no se encontrara ni siquiera una parte de algún ladrillo el muro no estaría compuesto solamente por los ladrillos).

Estas nociones pre-teoréticas de ‘contener’ y ‘cubrir’ se pueden expresar mereológicamente de manera intuitiva al decir que:

(a)   todos los ladrillos deben ser parte del muro;

(b)   cada parte del muro debe tener por lo menos una parte en común con algunos ladrillos (de manera que no haya ninguna parte del muro completamente ‘libre’ de los ladrillos).

Para formular con más precisión esta noción de fusión mereológica vamos a utilizar los recursos que nos ofrece la llamada ‘lógica plural’ (véase Linnebo 2017). Aparte de términos singulares (‘a’, ‘b’, …, ‘x’, ‘y’, ….), los cuales se refieren a entidades singularmente, vamos a emplear también términos plurales (‘aa’, ‘bb’, …., ‘xx’, ‘yy’, …), los cuales se refieren pluralmente a entidades tomadas conjuntamente (como parecen hacer por ejemplo expresiones como ‘las Canarias’). De la misma manera, además de los  cuantificadores singulares (‘hay algo que’ (‘∃x’), ‘para toda entidad’ (‘ ∀x’)) podemos utilizar también cuantificadores plurales (‘hay entidades que’ (‘∃xx’), ‘para toda pluralidad de entidades’ (‘∀xx’)) los cuales cuantifican pluralmente sobre muchas entidades ‘tomadas conjuntamente’. Además, vamos a utilizar la relación de ‘ser una de’ (‘≺’) para decir cosas como ‘a es una de las bb’ (‘La Palma es una de las Islas Canarias’).  Definimos entonces la noción de fusión mereológica como sigue:

  • Fusión: x es la fusión mereológica de una pluralidad de entidades yy si y solo si:
    (i) las yy son todas partes de x;
    (ii) cada parte de x se solapa con al menos alguna de las yy.

2.4.  Principios de extensionalidad

Después de haber considerado la mereología básica y la mereología mínima pasamos a considerar una mereología aún más fuerte, es decir la que Casati y Varzi (1999) llaman ‘mereología extensional’ (extensional mereology). En general, los principios mereológicos de extensionalidad son principios según los cuales, dada una cierta noción de ‘equivalencia mereológica’, si dos entidades x e y son mereológicamente equivalentes en ese sentido, se sigue que x e y son la misma entidad. El principio de extensionalidad que ha generado más discusión en la literatura es el principio según el cual las entidades compuestas (es decir, las entidades que poseen partes propias) que tienen las mismas partes propias son idénticas:

  • Extensionalidad de Parte Propia: si x e y son entidades compuestas que tienen las mismas partes propias, entonces x e y son idénticas

(véase, por ejemplo, Varzi 2008 y Cotnoir 2010). El principio de Extensionalidad de Parte Propia no es un teorema de la mereología mínima. Por ejemplo, el diagrama de la Ilustración 5 es compatible con la mereología mínima pero en él x e y son entidades diferentes que tienen las mismas partes propias (es decir, z1 y z2).

Ilustración 5

Casati y Varzi (1999) axiomatizan la mereología extensional añadiendo a la mereología básica el principio de Suplementación Fuerte (Strong Supplementation):

  • Suplementación Fuerte: si x no es parte de y, hay una parte de x que es disyunta de y

Como Suplementación Débil, también Suplementación Fuerte es un principio que parece muy intuitivo: si un cierto objeto (como por ejemplo una muñeca) no está completamente dentro de cierto objeto contenedor (por ejemplo una caja), esto parece implicar que habrá una parte de ese objeto (la mano de la muñeca, por ejemplo) que está completamente fuera del objeto contenedor. De la misma manera, si una entidad x no está contenida como parte en una entidad y, parece seguirse que habrá una parte de x que será completamente mereológicamente distinta de y y que, así, será disjunta de y.

2.5.  El universalismo mereológico y la mereología clásica

La así-llamada mereología clásica (classical mereology) extiende la mereología extensional al añadirle el principio de universalismo mereológico (o simplemente ‘universalismo’):

  • Universalismo: Cada pluralidad de entidades tiene una fusión mereológica

El universalismo es una tesis muy controvertida. Sostiene, de hecho, que cualquier pluralidad de entidades (no importa cuán diferentes sean entre ellas o cuán separadas espacio-temporalmente estén) componen algo. Por ejemplo, según el universalismo hay algo que es la fusión mereológica del planeta Marte, mi mano izquierda y la Tour Eiffel en Paris, es decir, ¡algo que tiene estas tres entidades como partes y tal que todas sus partes se solapan por lo menos con una de éstas! A pesar del carácter controvertido del universalismo mereológico, la mereología clásica es una mereología que es tan fuerte como elegante.

Hay muchas maneras de axiomatizar la mereología clásica (véase Hovda 2009). Entre ellas, destacamos dos: (i) Transitividad (PP), Suplementación Débil y Universalismo;  (ii) Transitividad (P) y el principio  ‘Fusión Única’, según el cual cualquier pluralidad de entidades tiene una única fusión.

3. Mereologías no-clásicas

Se llama ‘mereología no-clásica’ a cualquier mereología que no cumpla con por lo menos uno de los teoremas de la mereología clásica. En esta sección consideramos brevemente algunas de las razones más importantes que se han dado para aceptar la idea que la verdadera teoría de la noción de parte es una mereología no-clásica. Los cuatro tipos más importantes de mereologías no-clásicas corresponden al rechazo de (i) Universalismo, (ii) Extensionalidad de Parte Propia, (iii) Suplementación Débil, o (iv) la mereología básica.  

3.1.  Composición restricta

El reto principal de los que asumen que solo en ciertos casos una pluralidad de objetos logra componer algo es el de responder a la pregunta llamada por van Inwagen (1990) la ‘Pregunta Especial por la Composición’, es decir la pregunta acerca da las condiciones necesarias y suficientes para que una pluralidad de objetos componga algo. De hecho, según uno de los argumentos más importantes en favor del universalismo mereológico, el tipo de vaguedad que cualquier tipo de restricción plausible de la composición parece involucrar de forma inevitable es problemática (véase Lewis 1986, sección 4.3,  Sider 2001, capítulo 4, sección 9 y la entrada ‘Objectos materiales’, sección 3.1). Sin embargo, a pesar de este argumento el universalismo mereológico sigue siendo una tesis muy controvertida al poblar el universo con un elevadísimo número de objetos, muchos de los cuales desconectados espacialmente (y también temporalmente si asumimos una ‘teoría-B’ del tiempo; véase la entrada ‘El tiempo’, sección 4).

El universalismo está también relacionado con otros problemas, como el problema del cambio mereológico. Supongamos, por ejemplo, que en el momento de tiempo t1 un gato tiene cola, y supongamos que la pierde en t2. Según el universalismo, en t1 existe la diferencia mereológica entre el gato y su cola (el ‘gato-sin-cola’). Parece también intuitivo pensar que no le pasó nada al gato-sin-cola cuando el gato perdió su cola. Sin embargo, de esto se sigue que en t2 hay dos entidades (el gato y el gato-sin-cola) que ocupan la misma región de espacio (véase, por ejemplo, Sider 2001, capítulo 5). El rechazo del Universalismo es una manera de abordar este problema ya que permite negar que en t1, y así también en t2, exista el gato-sin-cola (esta es, por ejemplo, la solución preferida por van Inwagen (1981, 2006), quien sostiene que las únicas entidades compuestas son los organismos vivos).

3.2.  Anti-extensionalismo

Piénsese en una estatua hecha de un trozo de arcilla. Si aplastamos la estatua la vamos a destruir, pero no destruiremos el trozo de arcilla, que simplemente cambiará de forma. Consideraciones de este tipo sugieren que la estatua y el trozo de arcilla son dos objetos diferentes. Algunos autores han sugerido que casos como este ejemplifican el fracaso de la idea de que objetos compuestos diferentes tienen que tener partes propias diferentes.

3.3. Problemas con Suplementación Débil

Algunos contraejemplos a Suplementación Débil que se pueden encontrar en la literatura dependen de asunciones metafísicas específicas. Por ejemplo, algunas tesis sobre la manera en la que los objetos persisten y cambian en el tiempo parecen permitir la posibilidad de viajes en el tiempo en los que un ladrillo viaja muchas veces de ida y vuelta en el tiempo hasta componer, él solo, lo que parece ser un muro de ladrillos (Effingham y Robson 2007; véase Cotnoir 2019 sobre otros ejemplos). Aunque este y otros casos pueden ser tomados como razones para rechazar Suplementación Débil, las asunciones de que dependen parecen ser bastante controvertidas.

3.4. Contra la mereología básica

En contra de los principios de transitividad se podría pensar, por ejemplo, que aunque la mano de Mick Jagger es parte de Mick Jagger y Mick Jagger es parte de los Rolling Stones, la mano de Mick Jagger no es parte de los Rolling Stones. En respuesta a este y otros escenarios se puede rechazar la idea de que Mick Jagger sea una ‘parte’ de los Rolling Stones distinguiendo la relación de parte de la relación de ‘ser miembro de’. Alternativamente, se podría aceptar que la mano de Jagger es parte de los Stones añadiendo al mismo tiempo que esta no tiene con los Stones ni la relación biológica que tiene con Jagger, ni el tipo de relaciones ulteriores que Jagger tiene con los Stones. Así la apariencia de que los principios de transitividad fracasan se debe en estos casos al hecho de que no todas las relaciones que las partes tienen con un todo se ‘transfieren’ a los todos más grandes en los que ellas están contenidas (véase Varzi 2006).

En contra de Irreflexividad (PP) se han presentado escenarios que involucran objetos que viajan al pasado (Kleinschmidt 2011),  conjuntos que se contienen a sí mismos como partes, y ‘proposiciones Russellianas’ que hablan de sí mismas (véase Kearns 2011). Como en el caso de Suplementación Débil, estos escenarios también dependen de asunciones metafísicas controvertidas.

El principio de anti-simetría de la relación de parte es rechazado por los anti-extensionalistas que aceptan la existencia de las ‘partes mutuas’ (Thomson 1983, Cotnoir 2010, 2016). Según estos autores, en el caso de la estatua y el trozo de arcilla, el trozo de arcilla es parte de la estatua y la estatua es parte del trozo de arcilla. Este tipo de teoría anti-extensionalista tiene unas ventajas teoréticas interesantes, como por ejemplo el hecho de que permite mantener Suplementación Fuerte (y también Suplementación Débil si la noción de parte propia está definida como ‘parte de y que no contiene y como parte’: x <y =df xyyx; véase Cotnoir 2010, 2016, 2019). Sin embargo, esta teoría tiene sus propios problemas. Por ejemplo, se sigue de esta propuesta que la nariz de la estatua es no solo parte de la estatua sino también del trozo de arcilla, lo que parece contraintuitivo (Baker 2000, pp. 179-184, Walters 2019).

4. Otros temas

Hay muchos otros temas filosóficos importantes acerca de la noción de parte. Por falta de espacio, solo destacamos aquí los siguientes:

  • Parece haber un sentido bastante claro según el cual una entidad compuesta no es ‘nada más’ que sus partes propias. Esta intuición se podría explicar de manera muy sencilla si se pensara que las entidades compuestas son, literalmente, idénticas a sus partes tomadas conjuntamente (como dice la tesis que se suele llamar ‘composición como identidad’; véase Lewis 1991, sección 3.6). Pero, ¿cómo puede una entidad ser idéntica a muchas entidades? Y, por otro lado, si esta idea es falsa, ¿en qué sentido una entidad compuesta no es ‘nada más’ que sus partes? (véase Cotnoir y Baxter 2014).
  • En mereología es normal pensar que la relación de parte es absoluta. Sin embargo, el fenómeno del cambio mereológico sugiere que la noción de parte tiene que ser relativizada a momentos de tiempo, y así algo pueda ser parte de un objeto x en el tiempo t pero no ser parte de x en el tiempo t*. ¿Cuál es la relación entre las dos nociones de parte (absoluta y temporal)? ¿Cuál es la más fundamental? (véase Thomson 1983 y Sider 2001, capítulo 3).
  • Podría pensarse que la manera en la que mi mano es parte de mi cuerpo es diferente de la manera en la que, por ejemplo, la letra ‘ñ’ es parte de la palabra ‘sueño’. Según los monistas hay una noción de parte que es más fundamental que todas las otras; según los pluralistas hay una pluralidad de nociones de parte que son más fundamentales que todas las otras y tal que ninguna de estas es más fundamental que las otras. ¿Cuál es la postura correcta? (véase Fine 2010, sección 2, y McDaniel 2010, sección 2)

Roberto Loss
(Universidad Complutense de Madrid)

Referencias

  • Baker, L. R. (2000) Persons and Bodies: A Constitution View, Cambridge: Cambridge University Press.
  • Cotnoir, A. (2010) “Antisymmetry and Non-Extensional Mereology”, Philosophical Quarterly, 60 (239):  396-405.
  • Cotnoir, A. (2016) “Does Universalism Entail Extensionalism?”, Noûs, 50 (1): 121-132.
  • Cotnoir, A. (2019) “Is Weak Supplementation Analytic?”, Synthese,198: 4229-4245.
  • Cotnoir, A. y Varzi, A. (2021) Mereology, Oxford University Press.
  • Cotnoir, A. y Baxter, D. (eds.) (2014) Composition as Identity, Oxford University Press.
  • Effingham, N. y Robson, J. (2007) “A Mereological Challenge to Endurantism”, Australasian Journal of Philosophy, 85(4): 633-640.
  • Fine, K. (2010) “Towards a Theory of Part”, Journal of Philosophy, 107(11): 559-589.
  • Hovda, P. (2009) “What Is Classical Mereology?”, Journal of Philosophical Logic, 38(1): 55-82.
  • Kearns, S. (2011) “Can a Thing Be Part of Itself?”, American Philosophical Quarterly, 48(1): 87-93.
  • Kleinschmidt, S. (2011) “Multilocation and Mereology”, Philosophical Perspectives, 25(1): 253-276.
  • Lando, G. (2017) Mereology: A Philosophical Introduction, London, UK: Bloomsbury.
  • Leonard, H. y Goodman, N. (1940) “The Calculus of Individuals and Its Uses”, Journal of Symbolic Logic, 5: 45–55.
  • Leśniewski, S. (1916) “Podstawy ogólnej teoryi mnogości. I”(Foundations of the general theory of sets). Price Polskiego Koła Naukowego w Moskwie, Sekcya matematyczno-przyrodnicza, Moskow. Existe traducción al inglés en Leśniewski, S. (1991: 129-173).
  • Leśniewski, S. (1931) O podstawach matematyki (On the foundations of mathematics).
    Przeglad Filozoficzny, XXXIV: 142–170. Existe traducción al inglés en Leśniewski, S. (1991: 174-381).
  • Leśniewski, S. (1991) Collected Works,  S. J. Surma, J. T. Srzednicki, D. I. Barnett y F. V. Rickey (eds.), Kluwer: Dordrecht.
  • Lewis, D. (1986) On the Plurality of Worlds, Oxford: Blackwell.
  • Lewis, D. (1991) Parts of Classes, Oxford: Basil Blackwell.
  • Linnebo, Ø. (2017) “Plural Quantification”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2017 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL: <https://plato.stanford.edu/archives/sum2017/entries/plural-quant/>.
  • Loss, R. (2021) “Two Notions of Fusion and the Landscape of Extensionality”, Philosophical Studies, 178: 3443-3463.
  • McDaniel, K. (2010) “Parts and Wholes”, Philosophy Compass, 5(5): 412-425.
  • Sider, T. (2001) Four-Dimensionalism, Oxford: Oxford University Press.
  • Simons, P. (1987) Parts, Oxford University Press.
  • Thomson, J. J. (1983) “Parthood and identity across time”, Journal of Philosophy, 80: 201–220.
  • van Inwagen, P. (1990) Material Beings, Ithaca: Cornell University Press.
  • van Inwagen, P. (1981) “The Doctrine Of Arbitrary Undetached Parts”, Pacific Philosophical Quarterly, 62(2): 123-137.
  • van Inwagen, P. (2006) “Can Mereological Sums Change Their Parts?”, The Journal of Philosophy, 103(12): 614-630.
  • Varzi, A. (2006) “A Note on the Transitivity of Parthood”, Applied Ontology 1(2): 141-146.
  • Varzi, A. (2008) “The Extensionality of Parthood and Composition”, Philosophical Quarterly 58(230): 108-133.
  • Varzi, A. (2019) “Mereology”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy  (Spring  2019 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL: <https://plato.stanford.edu/archives/spr2019/entries/mereology/>
  • Walters, L. (2019) “Are The Statue and The Clay Mutual Parts?” Noûs, 53: 23-50.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Loss, R. (2022). Mereología. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/mereologia/

 

El tiempo

1. La naturaleza y estructura del tiempo

Los filósofos se hacen muchas preguntas sobre el tiempo. Para empezar, está la pregunta socrática: ¿qué es el tiempo? Como en el caso del espacio y los puntos en el espacio, se puede pensar en el tiempo como un tejido compuesto por instantes de tiempo que existen independientemente uno del otro; o, de lo contrario, se puede pensar en el tiempo como una estructura de instantes de tiempo interrelacionados, donde esos instantes de tiempo no son más que puntos en esa estructura y, por lo tanto, no podrían existir sin el resto de esa estructura. El tiempo también se caracteriza a menudo como una dimensión: a saber, la dimensión a lo largo de la cual se desarrollan los cambios; vamos a decir más sobre la noción de cambio más adelante.

Hay otras preguntas igualmente profundas sobre la estructura del tiempo. Por ejemplo: ¿el tiempo tiene una dirección? O: ¿el tiempo tiene un principio o un final? ¿Podría tener una estructura circular? Más adelante consideraremos una de esas preguntas, a saber, si el tiempo es lineal o más bien se ramifica hacia el futuro.

A principios del siglo XX, el filósofo británico John M. E. McTaggart observó que hay dos formas distintas de ordenar instantes temporales o cosas en el tiempo (McTaggart, 1908). Podemos ordenar dos elementos distintos según si uno precede (o es anterior) al otro. McTaggart llamó a este ordenamiento la «serie-B». Por otra parte, también podemos ordenar dichos elementos diciendo de cada uno si es presente, pasado o futuro. Este ordenamiento es lo que McTaggart llamó la «serie-A». McTaggart planteó después la pregunta metafísica sobre cuál de estos ordenamientos es más fundamental.

La serie-B es permanente en el siguiente sentido: para dos instantes de tiempo o cosas en el tiempo, x e y, si xalguna vez precede a y, entonces, siempre cuando ambos existen, x precede a y. Por el contrario, la serie-A no es permanente. Es decir, no pasa que, para todos los instantes de tiempo o cosas en el tiempo, x e y, si x es presente e y es pasado, entonces, siempre cuando ambos existan, x es presente mientras y es pasado. Por ejemplo, el momento de tu lectura de este texto es presente, mientras que el momento de tu nacimiento ya pasó. Pero en algún momento en el pasado, el momento de tu nacimiento era presente, mientras que el momento de tu lectura de este texto no.

McTaggart pensó que la serie-A implicaba la atribución de propiedades como ser presenteser pasado y ser futuro. Sin embargo, no es necesario que todas ellas sean propiedades básicas. Podemos decir que algo es pasado cuando ha sidopresente y que algo es futuro cuando va a ser presente. Por lo tanto, a lo sumo necesitamos considerar la propiedad de ser presente; y el resto de lo que queremos decir se puede expresar fácilmente usando las conjugaciones temporales del verbo ‘ser’.

2. Pasado, presente y futuro

En la vida ordinaria distinguimos entre el pasado, el presente y el futuro. Por ejemplo, lamentamos que los dodos pertenezcan para siempre al pasado, nos preguntamos qué nos depara el futuro y nos preocupamos por lo que sucede en el presente. Esto suena como si pensáramos en el pasado, el presente y el futuro como sectores de la realidad que pueden contener elementos que los otros sectores no contienen. Pero esta imagen del pasado, el presente y el futuro como contenedores no tiene necesariamente que ser entendida literalmente. La distinción persiste incluso si recurrimos a formas más modestas de expresar, en el fondo, las mismas ideas. Así, podríamos decir que lamentamos que ya no haya dodos -es decir, que solía haber dodos, pero que ninguno existe o volverá a existir-, que nos preguntamos qué va a ocurrir y que nos preocupamos por lo que está sucediendo actualmente. De acuerdo con esto, podemos establecer la distinción mediante flexiones verbales, como en lo que una vez fue el casolo que actualmente es el caso y lo que será el caso (cf. Prior, 2019).

Una de las preguntas centrales de la metafísica del tiempo es si esta distinción es objetiva o, más bien, se trata de un mero artefacto de nuestra forma de conceptualizar la realidad desde el punto de vista temporal que ocupamos -aproximadamente de la misma manera en que la distinción entre lo que es el caso aquí y lo que es el caso allá se debe simplemente a nuestra perspectiva espacial contingente desde la cual nos miramos las cosas y eventos en el espacio y los clasificamos en relación con nosotros mismos.

Los ‘teóricos-A’ piensan que si bien puede no haber un contraste objetivo, independiente de la mente, entre lo que es el caso aquí y lo que es el caso allá, sí existe tal contraste objetivo, independiente de la mente, entre lo que era el caso, lo que actualmente es el caso y lo que será el caso. Los ‘teóricos-B’ sostienen que esto es un error y que no hay ninguna razón para un tratamiento desigual del espacio y el tiempo. Según los ‘teóricos-B’, una descripción objetiva del espacio y el tiempo puede ser exhaustiva sin mencionar los contrastes que solo podríamos apreciar desde una perspectiva espacio-temporal particular.

Las diferencias entre estos dos puntos de vista metafísicos se harán más obvias una vez que consideremos dos áreas temáticas de disputa, el cambio y la existencia.

3. Tipos de cambio

Estamos familiarizados con los objetos que experimentan cambios. Los tomates, de la variedad más común, son verdes hasta que maduran, y una vez maduros, son rojos. Fijémonos en un tomate maduro cualquiera: este tomate solía ser verde pero ahora es rojo. Fijémonos ahora en un tomate cualquiera que no sea maduro: este tomate ahora es verde, pero será rojo una vez que haya madurado. Tales patrones de descripciones temporales parecen ser medios adecuados para representar los cambios sufridos por los objetos que persisten a lo largo de estos cambios. Si esto es correcto, también debemos admitir otros tipos de cambio que no involucren objetos persistentes que adquieran propiedades de las que antes carecían, o que pierdan propiedades que tenían anteriormente.

Por ejemplo, también podemos decir que, gracias al uso de vacunas, ahora hay menos casos de hepatitis que nunca, y que pronto no habrá ninguno; o que no había eventos climáticos provocados por el hombre, pero ahora los hay, y habrá en el futuro más eventos de este tipo de los que hay ahora. Estos son también cambios. Pero a menos que pensemos en el mundo como un objeto persistente capaz de sufrir cambios, es muy probable que estos cambios no se entiendan como cambios en objetos persistentes.

Decir que actualmente hay casos de hepatitis, pero que no habrá ninguno en el futuro no es decir que hay un número de humanos que están enfermos pero que se curarán. Y decir que no había eventos climáticos provocados por el hombre, pero ahora los hay, no es decir de tales eventos que sufrieron algún tipo de cambio, ni de ningún grupo particular de humanos que pasaron de no provocar eventos climáticos a provocar eventos climáticos. Además, decir que el número de infecciones de hepatitis actualmente es n, mientras que solía ser el caso de que el número de infecciones de hepatitis era m, siendo m mayor que n, no quiere decir, de ningún conjunto de infecciones de hepatitis, que ha cambiado en número, ni de ningún número que se ha hecho más pequeño de lo que era. Y lo mismo se aplica mutatis mutandis al cambio que describimos cuando decimos que habrá más eventos climáticos provocados por el hombre que los que hay actualmente. 

El formato de las descripciones de cambio, en este sentido más general de «cambio», es el siguiente: parte de lo que alguna vez fue el caso, actualmente ya no es el caso, y parte de lo que actualmente es el caso, nunca fue el caso antes; y de manera similar, parte de lo que será el caso, aún no es el caso, y parte de lo que es actualmente el caso, ya no será el caso más adelante. En este sentido más general, los cambios son cambios en lo que es el caso -siendo los cambios en los objetos simplemente una subvariedad de tales cambios (cf. Prior, 2019).

4. Concepciones dinámicas vs estáticas de la realidad

En el debate entre los ‘teóricos-A’ y los ‘teóricos-B’, las dos partes pueden estar de acuerdo en que las descripciones temporales que se acaban de dar -de los cambios en los objetos y, más en general, los cambios en lo que es el caso- son bastante acertadas. Sin embargo, los participantes en el debate no están de acuerdo sobre si la estructura temporal de esas descripciones refleja adecuadamente la estructura de la realidad. Así, según los teóricos-A, una descripción completa y totalmente articulada de la realidad debe usar flexiones verbales temporales. Según los teóricos-B, por el contrario, esto no es así.

Una forma de establecer la distinción entre estas dos posiciones es apelando a la noción de hechos temporales. Para los teóricos-A, en cualquier momento, la realidad incluye hechos temporales; y, en consecuencia, ninguna descripción de la realidad sería completa y totalmente articulada si no incluyera aseveraciones temporales aptas para representar estos hechos. Dado que algunos de estos hechos no siempre se dan, qué descripción temporal de este tipo es correcta cambiará con el tiempo, donde tales cambios en la descripción corresponderán a los cambios en los hechos subyacentes. Por el contrario, los teóricos-B insisten en que lo que hemos denominado «cambios en lo que es el caso» no son realmente variaciones transtemporales de los hechos que existen. Tales «cambios» son, en el fondo, solo combinaciones adecuadas de hechos que se dan eternamente.

Para los teóricos-B, entonces, lo que llamamos «cambios en lo que es el caso» no son realmente cambios en qué hechos se dan. Porque, para ellos, todos los hechos se dan eternamente. Haciéndonos eco de Ludwig Wittgenstein, la realidad es la totalidad de los hechos. En consecuencia, la concepción de la realidad de los teóricos-B es la de un universo estático de hechos. Según los teóricos-A, en contraste, en cualquier momento dado, la realidad está parcialmente compuesta de hechos temporales que no siempre se dan, incluidos hechos que solo se dan una vez (por ejemplo, cuán temporalmente distante se encuentra en este momento un determinado evento en la dirección del pasado o el futuro). Se deduce que, con el tiempo, la realidad misma varía. La concepción teórica-A de la realidad es, por lo tanto, dinámica.

5. Existencia en el tiempo vs ubicación temporal

La caracterización general de la teoría-A dada anteriormente es neutral sobre si la supuesta variación transtemporal de los hechos que hay, incluye alguna variación transtemporal de lo que existe. Los hechos acerca de lo que existe son solo un caso especial de hechos. En otras palabras, la teoría-A es compatible tanto con el supuesto de una ontología permanente como con su rechazo.

Antes de proceder a analizar las posiciones teóricas-A más prominentes sobre la existencia, debemos tener mucho cuidado a la hora de explicar lo que aquí queremos decir con «existencia». En el discurso ordinario, a menudo decimos cosas como «No existieron eventos climáticos provocados por el hombre antes de la Revolución Industrial» o «Los dodos ya no existen». Sin embargo, al reflexionar sobre ello, esta forma de hablar no conlleva ningún compromiso con una tesis ontológica. La ontología tiene que ver con la existencia en el sentido de «existe» en el que este último es equivalente a «es idéntico a algo». Lo que existe en este sentido es lo que está en el rango de nuestros cuantificadores irrestrictos «Todo» y «Algo».

En el discurso ordinario, generalmente, no dudamos en incluir eventos pasados ​​como la Segunda Guerra Mundial dentro del rango de nuestros cuantificadores irrestrictos -ya que consideramos que ese evento es parte de la historia mundial-, y esto independientemente del hecho de que el evento no está ya ocurriendo. Es decir, distinguimos implícitamente entre un evento que actualmente es algo (entre las cosas sobre las cuales se cuantifica) y su ocurrir actualmente. Esa distinción puede aplicarse con igual derecho a eventos futuros (si los hay). De manera similar, distinguimos implícitamente entre cosas como los dodos que actualmente son algo y su estar actualmente entre los seres vivos.

En consecuencia, cuando en conversaciones ordinarias, decimos que no hubo eventos climáticos provocados por el hombre antes de la Revolución Industrial, solo nos comprometemos con que antes de la Revolución Industrial, no ocurrieron tales eventos y no con que no fueran idénticos a algo. Y cuando, en tales conversaciones cotidianas, decimos que los dodos ya no existen, se entiende que nos comprometemos solo con que los dodos ya no están entre los seres vivos y no con que no sean idénticos a algo.

Usemos ‘x está ubicado en el tiempo t‘ de tal manera que sea equivalente a ‘x ocurre en el tiempo t‘ cuando x es un evento, a ‘x está en algún lugar del espacio en el tiempo t‘ cuando x es un trozo de materia, a ‘x está vivo en el tiempo t‘ cuando x es un organismo, etc. Entonces podemos expresar la postura en términos más generales diciendo que las afirmaciones antes mencionadas del discurso ordinario se interpretan de forma natural como atribuyendo ubicaciones temporales (o la falta de tales ubicaciones), en lugar de existencia temporal (o la falta de tal existencia) (cf. Correia y Rosenkranz, de próxima aparición).

Por supuesto, esta observación por sí sola no sugiere a su vez que el discurso ordinario deba tomarse como árbitro cuando se trata de la cuestión ontológica de si existen eventos o cosas pasados ​​o futuros. Lo que muestra es que debemos tener cuidado de no extraer ninguna respuesta a esta pregunta ontológica a partir de nuestras proferencias cotidianas.

6. Ontología permanente vs variación temporal en lo que existe

En el sentido ontológico de «existe», los teóricos-B suelen negar que los hechos que existen varíen a lo largo del tiempo. En consecuencia, no tienen reparos en admitir en su ontología eventos que ocurrieron en el pasado, o que ocurrirán en el futuro. Del mismo modo, los teóricos-B suelen admitir cosas que solían estar o que estarán entre los seres vivos. Para los teóricos-B, siempre, todo existe siempre (Williamson, 2013 cap. 1). Entonces, si en el pasado algún xfue una guerra mundial, o un dodo, x todavía existe (incluso si ya no ocurre o no está vivo); y si en el futuro, algún x será una cura para el cáncer, o una máquina consciente, entonces ya existe (incluso si aún no se ha encontrado o inventado).

Los defensores de la llamada teoría del “foco móvil” coinciden en esto, pero insisten en que todavía hay otra variación factual, por ejemplo la variación en los hechos sobre qué instante de tiempo tiene la propiedad de ser presente. De acuerdo con la teoría del foco móvil, la propiedad de ser presente es sustancial y otorga algún tipo de privilegio metafísico que no puede reducirse a los términos de la teoría-B. A medida que pasa el tiempo, diferentes instantes de tiempo llegan a poseer esa propiedad. Evidentemente, esto puede ser verdad para los instantes de tiempo, aunque ningún instante de tiempo empiece a existir o cese de existir. La teoría del foco móvil combina la teoría-A con el supuesto de una ontología permanente (ver Deasy, 2015 para una discusión más detallada).

Pero hay otras variedades de la teoría-A que característicamente rechazan esa suposición. Tales versiones de la teoría-A rechazan que siempre, todo existe siempre, y por lo tanto afirman que a veces, algo a veces no existe.

La versión más destacada de esta línea es el presentismo. Según los presentistas, siempre, todo en el tiempo está presente. Dado que, en el sentido relevante de estar en el tiempo, los instantes de tiempo están en el tiempo, pero siempre como máximo uno de esos instantes está presente, se deduce que siempre hay como máximo un instante de tiempo, y que tal instante de tiempo está presente. Las cosas en el tiempo que no sean instantes de tiempo están presentes si, y solo si, están ubicadas en el momento presente. El valor de dicha ubicación temporal puede variar entre entidades de diferentes categorías. Como se indicó anteriormente, en el sentido relevante de ubicación temporal, un evento, por ejemplo, se ubica en el momento actual en caso de que ocurra en este momento, mientras que un trozo de materia se encuentra en el momento actual en caso de que ocupe una posición espacial en este momento (ver Correia y Rosenkranz, 2015).

Según la llamada Teoría del Bloque Creciente, siempre todo seguirá existiendo en el futuro, y siempre existe un tiempo que nunca existió en el pasado. La primera mitad de esta tesis asegura que nada se extingue y, por lo tanto, que las cosas pasadas en el tiempo todavía están dentro del rango de nuestros cuantificadores (todavía son algo). La segunda mitad implica que siempre hay un nuevo instante de tiempo que acaba de surgir. Por lo tanto, siempre, aquellas cosas en el tiempo que no se encuentran en ningún instante anterior del nuevo instante son igualmente nuevas. Las dos mitades de la tesis implican conjuntamente que, salvo al comienzo del tiempo -si el tiempo tiene un comienzo- siempre hay un bloque de cosas que no se erosiona al que agregar otras, y siempre hay nuevas adiciones a ese bloque que, por lo tanto, crece continuamente (Correia y Rosenkranz, 2018).

El debate entre la teoría-B, la teoría del foco móvil, el presentismo y la teoría del bloque en crecimiento todavía está en curso, y es probable que se publique un nuevo trabajo mientras leas este texto.

7. El futuro abierto, la bivalencia y la estructura del tiempo

No podemos alterar el pasado; pero el futuro aún puede ser moldeado, al menos en parte, por nuestras elecciones futuras. El pasado está decidido de una vez por todas; el futuro, por el contrario, sigue estando abierto y maleable, al menos en algunos aspectos que nos conciernen, y solo se decidirá respecto a todos esos aspectos cuando llegue el momento y tomemos nuestras decisiones. Esto, en cualquier caso, es una parte integral de nuestra autoconcepción como agentes libres.

Pero, ¿cómo podemos tener la capacidad de dar forma al futuro mediante nuestras elecciones futuras, si cada afirmación sobre el futuro ya es verdadera o falsa? Tales verdades actuales sobre el futuro deben basarse en hechos actuales. Porque, en general, las verdades no “flotan libremente”, sino que están ancladas en la realidad, y lo mismo se aplica a fortiori a las verdades actuales sobre el futuro. Peor aún, si lo que es actualmente verdadero siempre fue verdadero en el pasado, como debe haber sido si, en aquel entonces, cada afirmación sobre lo que entonces era futuro era igualmente verdadera o falsa, entonces la verdad actual de las afirmaciones sobre el actual futuro debe estar basada en hechos pasados, o eso parece. Pero ni esos hechos actuales ni esos hechos pasados ​​son hechos sobre nuestras elecciones futuras (en la medida en que estas elecciones aún no han ocurrido), o si los hechos en cuestión son después de todo hechos sobre estas elecciones futuras, estas elecciones futuras ya no son libres, sino determinadas por los hechos presentes o pasados.

Según el principio de bivalencia cualquier afirmación, independiente de cuál sea su tema, es verdadera o falsa. Ahora, la línea de argumento anterior sugiere un vínculo íntimo entre la verdad presente y lo que está determinado en el presente; y si el futuro está actualmente determinado en todos los aspectos, como parece implicar el principio de bivalencia, entonces, por así decirlo, solo hay un camino hacia adelante, solo un futuro para que las cosas ocurran. Y viceversa: si solo hay una de esas formas futuras, el futuro parecería estar determinado en todos los aspectos. En consecuencia, si el futuro no está actualmente determinado en todos los aspectos, y el principio de bivalencia falla, entonces hay muchas formas de avanzar, muchas formas futuras en que las cosas ocurren. En la medida en que existan algunos aspectos en los que actualmente esté decidido cuál será el caso, las muchas formas futuras en que las cosas ocurren serán exactamente iguales en esos aspectos, pero no en otros; y entonces las afirmaciones sobre el futuro exclusivamente sobre esos aspectos serán de hecho actualmente verdaderas o falsas. Ahora, si en cada instante de tiempo, el tiempo se ramificara en una pluralidad de futuros, y si de cada instante de tiempo solo hay una forma de regresar al pasado, entonces el tiempo tendrá una estructura similar a un árbol, con líneas de tiempo que se superponen en el pasado (el tronco) pero divergen en algún lugar en el futuro (las ramas). Entonces podríamos definir verdad en un instante de tiempo dado como verdad en todas estas líneas de tiempo que pasan a través de este instante (y, en consecuencia, falsedad en un instante de tiempo como falsedad en todas las líneas de tiempo que pasan a través de este instante). En consecuencia, como no está decidido si mañana tomarás cereales para desayunar, sino que es una cuestión que has de decidir cuando amanezca, habrá distintas líneas de tiempo que pasarán por el momento presente -en algunas de las cuales desayunarás cereales y en otras no. La afirmación «Mañana tomarás cereales para desayunar» no será ni verdadera ni falsa. Por el contrario, en la medida en que actualmente está determinado que no vas a desayunar una taza de tornillos, todas estas líneas de tiempo que pasan por el momento presente tienen en común que no vas a desayunar una taza de tornillos al día siguiente. La afirmación «Mañana no desayunarás una taza de tornillos» cuenta como actualmente verdadera (Thomason, 1970).

La mayoría de los filósofos convencidos por la línea de razonamiento aristotélica acepta esta concepción del tiempo como una estructura de ramificación-hacia-adelante en forma de árbol. Después de todo, esta concepción encaja muy bien con las intuiciones que evoca o explota el razonamiento aristotélico. Sin embargo, también hay filósofos del tiempo que continúan pensando en el tiempo de un modo lineal, y que conservan el principio de bivalencia en general y, en cambio, rechazan la idea de que siempre que una afirmación sobre el futuro sea actualmente verdadera, debe existir actualmente (o en el pasado) algún hecho que fundamenta su verdad. Desde su punto de vista, para que tales afirmaciones sean actualmente verdaderas, es suficiente que en el futuro haya hechos adecuados para fundamentar su verdad (Rosenkranz, 2012; Tallant e Ingram, 2015). El debate sobre el futuro abierto continúa abierto.

Fabrice Correia (Universidad de Ginebra)
Sven Rosenkranz (ICREA & Universidad de Barcelona)

Referencias

  • Correia, F. y S. Rosenkranz (2015): “Presentism without Presentness”, Thought: A Journal of Philosophy, 4(1), pp. 19-27. https://doi.org/10.1002/tht3.153
  • Correia, F. y S. Rosenkranz (2018): “Nothing to Come – A Defence of the Growing Block Theory of Time”, Synthese Library Series, 395, Cham/Switzerland, Springer Press.
  • Correia, F. y S. Rosenkranz (forth.): «Temporal Existence and Temporal Location», Philosophical Studies.
  • Deasy, D. (2015): “The Moving Spotlight Theory”, Philosophical Studies,172, pp. 2073-2089.
  • McTaggart, J. M. E. (1908): “The Unreality of Time”, Mind, 17, pp. 457-74.
  • Prior, A. N. (2019): Ensayos sobre filosofía del tiempo, con un prólogo de Kit Fine, trad. por Ignasi Mena, Barcelona, Editorial Alpha Decay.
  • Rosenkranz, Sven (2012): “In Defence of Ockhamism”, PhilosophiaPhilosophical Quarterly of Israel, 40, pp. 617-31. [Reimpreso en “In Defense of Ockhamism”, en Fischer, J. M. y P. Todd, eds., Freedom, fatalism, and foreknowledge, New York 2015, Oxford University Press, pp. 343-60].
  • Tallant, J. y D. Ingram (2015): “Nefarious presentism”, The Philosophical Quarterly, 65, pp. 355-71.
  • Thomason, Richmond H. (1970): “Indeterminist time and truth-value gaps”, Theoria, 36, pp. 264-281.
  • Williamson, T. (2013): Modal Logic as Metaphysics, Oxford, Oxford University Press.
Cómo citar esta entrada

Correia, Fabrice y Rosenkranz, Sven (2020) “El tiempo”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL:http://www.sefaweb.es/el-tiempo/).

 

Objetos ficticios y términos de ficción

1. Introducción

Esta entrada ofrece una revisión de las contribuciones recientes (más o menos en la última década) a nuestra comprensión de cómo los nombres y otras expresiones de referencia funcionan en el discurso relativo a las ficciones, y las preocupaciones filosóficas que suscitan. Las propuestas sobre la semántica de las expresiones de referencia en el discurso de la ficción suelen ir acompañadas de tesis metafísicas sobre la ontología de los personajes y objetos de ficción, que por ello también nos ocuparán en los siguientes párrafos. Naturalmente, no debemos confundir unas y otras cuestiones; muchos objetos y personajes que pueblan las ficciones no son designados, ni en ellas ni fuera de ellas. Mas para bien o para mal la filosofía contemporánea trata ambas cuestiones simultáneamente. No se abordará tampoco aquí la distinción entre ficción y no ficción, que simplemente daremos por supuesta; el lector puede ver a este respecto el artículo “Ficción (teorías de)” de M. J. Alcaraz y F. Pérez en esta misma enciclopedia.

Comenzaré por circunscribir nuestro tema. Supongamos que una aseveración es lo que se hace por defecto mediante el uso de oraciones declarativas: “en el lenguaje natural, las oraciones declarativas se usan por defecto para hacer afirmaciones” (Williamson, 1996, p. 258). Es una característica de las aseveraciones que las evaluamos como correctas o no en función de si son verdaderas. Examinemos así tres tipos de usos a primera vista asertivos hechos con oraciones declarativas en discursos que involucran ficciones:

(1, textual) Cuando Gregor Samsa despertó, se encontró convertido en un monstruoso  insecto.

(2, paratextual) De acuerdo con la Metamorfosis, cuando Gregor Samsa despertó, se encontró convertido en un monstruoso insecto.

(3, metatextual) Gregor Samsa es un personaje de ficción creado por Kafka.

Consideremos primero una proferencia de (1) por Kafka, como parte de la proferencia más larga por él mismo del discurso completo que, con una cierta idealización, podemos pensar constituye el acto de presentar su “escultura hecha de palabras” (Alward, 2010) Metamorfosis para que la disfrutemos. Siguiendo a Currie (1990), entiendo que tales actos son actos de habla propiamente dichos, con fuerza y contenido específicos, que él denomina ‘fiction-making’, hacer fictivo en mi terminología (García-Carpintero 2016). Esto es objeto de controversia; Gale (1971), Searle (1974/5), Walton (1990), Alward (2009, 2010) y Friend (2012), entre otros, los entienden – dicho de la manera en que lo formula Green (2017, p. 54) – como meros actos de hablar: quizás actos de simular hacer algo, desprovistos de los objetivos representativos que caracterizan los actos de habla. García-Carpintero (2019a, 2019b) defiende la opinión de Currie, examinando críticamente los argumentos de estos filósofos. Este uso del discurso declarativo fictivo, que llamaré textual, se distingue por el hecho de que sus preferencias no son intuitivamente evaluables en función de si son verdaderas o falsas. ‘Gregor Samsa’, diríamos intuitivamente, no hace en realidad referencia a nada; dado esto, una afirmación de (1) intuitivamente no sería verdadera, y por lo tanto sería incorrecta. Sin embargo, no consideramos intuitivamente plausible criticar a Kafka a este respecto. En este sentido, los usos textuales del discurso declarativo ficticio no se cuentan intuitivamente como afirmaciones. Tomo de Bonomi (2008) el término ‘textual’, así como sus variantes para los otros dos usos. Ninan (2017, p. 69) los llama ‘diktats autoriales’, lo que es quizás más adecuado para el discurso textual, pero en conjunto prefiero las etiquetas de Bonomi. Gale (1971, p. 333) ya señalaba la distinción entre usos textuales y paratextuales, así como la relación entre el uso paratextual de (1) y (2).

Los otros dos tipos difieren en que intuitivamente sí parecen ser evaluables en función de si son verdaderos o falsos y, por lo tanto, son en principio buenos candidatos a ser aseveraciones. Hay, en primer lugar, el uso de oraciones como (1) cuando informamos con ellas de lo que sucede en una obra de ficción, es decir, de la naturaleza del mundo fictivo que presenta a nuestra imaginación, de su trama. Llamaré paratextual a este uso de las proferencias para enunciar la trama de una obra; de acuerdo con Lewis (1978) y otros, en este uso la proferencia de (1) es simplemente una elipsis de otras intuitivamente equivalentes en contenido como (2), que por ese motivo también consideraré paratextuales. Los lectores de Metamorfosis contarían (1) en tal uso como verdadera, como lo harían con (2), y como falsos los resultados de sustituir ‘insecto’ por ‘rata’ en ellas. Finalmente, llamaré al uso de oraciones tales como (3) metatextual; son intuitivamente evaluables como verdaderas o falsas, pero no son informes del contenido de una ficción, ya que no son equivalentes a las descripciones explícitas como (2).

Sawyer (2012, p. 153) articula un objetivo principal que los filósofos perseguimos al investigar términos como ‘Gregor Samsa’ en (1) – (3), o otras expresiones de referencia en las ficciones, como por ejemplo deícticos tales como ‘él’, ‘yo’ o ‘tú’, cuando se entiende intuitivamente que designan personajes igualmente inexistentes: “dar cuenta de los fenómenos aparentes de significado, referencia y verdad en el contexto específico de oraciones que contienen nombres que no refieren, ya sea acomodando las intuiciones relevantes o explicándolas”. Sawyer ofrece estos detalles sobre esos tres fenómenos, en el mismo orden: (i) “entendemos oraciones que contienen nombres vacíos, y por lo tanto parecen ser significativas”, por ejemplo (1) en sus dos usos; (ii) “algunos nombres vacíos parecen nombrar al mismo individuo y, por lo tanto, ser correferenciales”, por ejemplo, ‘Santa Claus’ y ‘Papá Noel’, o ‘Samsa’ en un ejemplo de Friend (2011), usado respectivamente por Nabokov y por un crítico para atribuir diferente naturaleza al insecto en que se convierte el personaje; y (iii) “algunas oraciones que contienen nombres vacíos parecen ser claramente verdaderas”, como nuestros ejemplos de uso paratextual y metatextual.

Mi objetivo es ofrecer una revisión de contribuciones en las dos últimas décadas a nuestra comprensión de cómo los nombres y otras expresiones referenciales funcionan en usos textuales, paratextuales y metatextuales, abordando las preocupaciones filosóficas que menciona Sawyer. Discutir cuestiones sobre la semántica de las expresiones de referencia en el discurso fictivo inevitablemente nos lleva a examinar las teorías metafísicas sobre la ontología de los personajes de ficción, por lo que esto también será objeto de atención en las siguientes páginas. Relacionaré mi presentación de contribuciones recientes sobre estos asuntos con las propuestas clásicas más influyentes, que, en mi estimación, son Kripke (2013, basado en conferencias impartidas en 1973), Lewis (1978), Walton (1990) y Currie (1990)), pero no entraré en detalles sobre las mismas; éstas ya han sido revisadas en otros artículos que los lectores pueden consultar – v. Friend (2007), García-Carpintero (2010a), Sawyer (2012), Kroon y Voltolini (2016).

En la sección siguiente, §2, presentaré análisis uniformes de expresiones referenciales en los tres tipos de discurso ficticio, discutiré algunas motivaciones para las mismas y algunas propuestas ilustrativas. En §3 haré lo propio con propuestas no uniformes. Me centraré en el caso de los nombres propios, pero confío que lo que diré se puede extender fácilmente a otros casos, como deícticos, o incluso los usos referenciales de descripciones definidas e indefinidas. La semántica formal para cada uno de estos casos diferiría sustancialmente, pero aquí no abordaré esta cuestión, más allá de ofrecer algunas referencias. La semántica formal es ahora una disciplina autónoma, con sus propias preocupaciones, metodologías y suposiciones teóricas.

2. Explicaciones uniformes

Las propuestas uniformes ofrecen una explicación similar para los términos de ficción en nuestros tres tipos de uso. Existen dos propuestas contrapuestas, realismo e irrealismo, inspiradas la primera en los usos metatextuales y la segunda en los textuales. Comenzaré por el realismo.

Kripke (2013) argumenta que una caracterización adecuada de los usos metatextuales requiere interpretar nombres como ‘Gregor Samsa’ en ellos como refiriéndose a entidades ficticias. Van Inwagen (1977) proporciona un influyente argumento quineano para tal realismo sobre las entidades ficticias. El argumento se basa en la cuantificación sobre, y la referencia a, tales entidades en el discurso a primera vista serio, evaluable como verdadero o falso, constituido por usos metatextuales como el de (3) en contextos de crítica literaria. La introducción de los editores en Brock & Everett (2015) ofrece un excelente resumen de este y otros argumentos a favor y en contra del realismo sobre los personajes de ficción. Tales ficta pueden ser entendidos como entidades meinongianas, concretas pero no existentes (Priest, 2011), u objetos meramente posibles, concretos pero no reales (Lewis, 1978) o (como prefieren Kripke y van Inwagen) entidades abstractas realmente existentes, quizás platónicas, atemporales, como en Wolterstorff (1980) y Currie (1990), o más bien artefactos creados, con duración temporal, como en Salmon (1998), Thomasson (1999, 2003) o Schiffer (2003). Kroon & Voltolini (2016) ofrecen una útil exploración de estas alternativas.

Cabe entonces invocar estas entidades ficticias para dar cuenta de los usos textuales y paratextuales. Ludlow (2006) parece proponer esta idea cuando sostiene que en los usos textuales los predicados como ‘es un vampiro’ adquieren un sentido extendido en el que se aplican verdadera y literalmente a los objetos que representan a los vampiros en una ficción, como los actores que interpretan papeles de vampiro en Buffy, la cazavampiros (1992). Ludlow no dice qué corresponde a tales objetos en las ficciones verbales, pero si los entendemos como las representaciones a las que se refieren los nombres ficticios en el discurso metatextual según la teoría realista no uniforme de Walters que se presenta en la sección siguiente, la propuesta resultante es una extensión natural de la misma al discurso textual. El propio Walters rechaza los análisis uniformes por los siguientes motivos (comunicación personal): (i) es difícil creer que los autores se refieren a tales objetos; (ii) parece mejor pensar que en los usos textuales se llevan a cabo actos de fingir de dicto, no de re (Salmon 1998, 316), y (iii) necesitamos usos vacíos de todos modos, para dar cuenta de los enunciados negativos de existencia verdaderos (ver abajo).

Aunque no la abraza explícitamente, también es natural atribuir esta concepción a Manning (2014); pues argumenta que los nombres ficticios sí tienen referencia en los usos textuales, a algo muy parecido a las representaciones de Walters, entendidas como objetos creados socialmente. Las propuestas contextualistas de Predelli (1997), Recanati (2000, pp. 213-226), Reimer (2005) y Voltolini (2006) son análogas. El contexto en el que se pronuncia ‘La batalla ocurrió aquí’ podría requerir que evaluemos la afirmación no con respecto al lugar en el que se usa la expresión, sino con respecto a otro lugar proporcionado contextualmente, por ejemplo apuntando a un mapa. Según los autores mencionados, el contexto de los usos textuales y paratextuales de (1) nos lleva igualmente a evaluar su verdad no respecto del mundo real, sino de uno contrafáctico o imaginario, el mundo de la ficción. Predelli (1997) sólo considera ejemplos que involucran nombres reales, pero extiende la visión a casos que involucran nombres ficticios, argumentando que se refieren a ficta – existentes creados a partir de abstractos reales (Predelli, 2002). Martinich & Stroll (2007) defiende una concepción análoga de los usos textuales. A diferencia de las propuestas que acabamos de mencionar, ellos consideran que los nombres vacíos sí carecen de referencia, pero defienden que esto no impide que esos usos puedan ser verdaderos. Proponen para ello una concepción realizativa de los actos del autor, capaces de constituir hechos institucionales que hacen verdaderas sus afirmaciones.

Tiedke (2011) ofrece una propuesta análoga. No distingue entre usos textuales y paratextuales de (1), aunque parece tener en mente estos últimos, pues quiere asignar a las frases una semántica tal que sean literalmente verdaderas (en el caso de (1)) o falsas (si reemplazamos en ella ‘insecto’ por ‘rata’). Para ello, afirma que los nombres obtienen sus valores semánticos en relación con algo así como los bautismos de Kripke (1980). Sostiene también que, mientras que en los bautismos ordinarios se asignan referentes a los nombres, en los casos ficticios se asocian a un conjunto de propiedades; intuitivamente, las que se atribuyen en la ficción al personaje en cuestión. La predicación se toma como ambigua entre el sentido ordinario en el caso referencial, y otra en la que una frase simple es verdadera si la propiedad predicada se encuentra entre las del conjunto asignado como valor semántico al nombre en el correspondiente bautismo (op. cit., pp. 718-20). Esto me parece una variante notacional de las visiones realistas en las que los nombres ficticios se refieren uniformemente a entidades abstractas individuadas por las propiedades asignadas a los personajes en la ficción, como en los trabajos de Wolterstorff (1980) o Currie (1990). Al igual que Tiedke, estos puntos de vista realistas deben suponer una ambigüedad en la predicación, como explico enseguida.

Es debido a puntos de vista como estos que sólo describí los usos textuales cuando los introduje diciendo que “no son intuitivamente evaluables en función de si son verdaderos o falsos”; pues las teorías que acabamos de bosquejar sostienen que las oraciones declarativas en los usos textuales hacen aseveraciones, susceptibles de ser evaluadas como verdaderas o falsas, y que algunas – (1) – lo son. También soslayan el problema que las expresiones referenciales vacías plantean a la verdad intuitiva de los usos paratextuales de (1) y (2), de la manera que explican la verdad de (3): simplemente negando la suposición de que los nombres son vacíos. Sin embargo, cuando se trata de contar como verdaderos usos textuales y paratextuales, las cosas no son tan sencillas. La razón es que, mientras que las entidades que los realistas postulan ejemplifican las propiedades predicadas de ellas en usos metatextuales como (3), esto no es tan claro en esos otros casos; porque tales entidades no pueden ser fácilmente tomadas como el tipo de cosas capaces de despertarse o irse a dormir. Estas capacidades parecen requerir tener poderes causales (de los que parecen carecer los objetos abstractos, creados o platónicos), y por lo tanto existencia real (de la que carecen las meras posibilidades y los objetos meinongianos).

Los realistas afrontan este problema distinguiendo entre dos tipos de propiedades o dos tipos de predicación. En este último caso, a mi juicio la propuesta mejor desarrollada y explorada, el realista diría que la combinación sujeto-predicado en (1) no significa que el referente del sujeto-término realmente instancie la propiedad expresada por el predicado, sino simplemente que tal propiedad se le atribuye en alguna ficción. Como dije antes, en su marco no claramente realista, Tiedke (2011) propugna algo similar: una oración es verdadera si la propiedad predicada se encuentra entre las del conjunto asignado como valor semántico al nombre ficticio en el correspondiente bautismo, que consta de las propiedades atribuidas al personaje en la ficción. Esto suscita la cuestión, ¿cómo atribuyen las ficciones esas propiedades, dado que típicamente ni sus creadores ni sus audiencias tienen un conocimiento articulado del tipo de objeto propuesto por las teorías realistas, ni de los dos sentidos de predicación que estas teorías postulan? Esta era la primera objeción de Walters a las propuestas uniformes, mencionada arriba; en la siguiente sección presentaré como su propia propuesta ofrece una línea de respuesta plausible.

La obviedad intuitiva de los enunciados negativos de existencia que involucran nombres ficticios (‘Samsa no existe’) cuenta en contra de los puntos de vista realistas no meinongianos, como insiste Everett (2007, 2013, cap. 7). Walters (ms) señala que, por el contrario, es fácil ofrecer una explicación semántica de su verdad, asumiendo que los nombres son vacíos junto a una lógica libre de presupuestos existenciales adecuada. Los realistas no meinongianos suelen afrontar el problema postulando que en estos enunciados ‘existir’ tiene un significado más restringido, quizás ser concreto (Thomasson, 1999), o los nombres se usan metalingüísticamente, para decir algo como ‘‘Samsa’ no designa un humano’ (Thomasson, 2003).

Everett (2005, 2013, cap. 8) también ofrece un buen desarrollo de preocupaciones bien conocidas sobre la indeterminación de los objetos postulados por el realismo ficticio, haciéndose eco de la acusación de Quine (1948, p. 23): “¿Son el mismo hombre posible el posible hombre gordo en el umbral de esa puerta y el posible hombre calvo allí, o dos hombres posibles diferentes? ¿Cómo lo decidimos? ¿Cuántos hombres hay en ese umbral? ¿Hay más delgados que gordos? ¿Cuántos de ellos son iguales?” Everett (2013, cap. 7) y Sainsbury (2010, cap. 3 y 4) articulan problemas análogos para las alternativas meinongiana y posibilista. Bueno & Zalta (2017, pp. 761-4) argumentan de manera convincente que este es uno de los problemas más serios para las versiones contemporáneas del meinongianismo.

Cuando comenzamos considerando los usos metatextuales, damos en pensar que (1)-(3) incluyen de manera uniforme nombres con referencia, y hacen uniformemente aseveraciones. Comenzar considerando los usos textuales conduce por contra a una concepción uniformemente irrealista. Cuando la creadora de una obra de ficción utiliza frases declarativas como (1), o cuando utiliza frases de otro tipo, no suponemos intuitivamente que realiza los actos de habla que normalmente se realizan con tales oraciones en contextos normales. En tales casos, intuitivamente las oraciones se utilizan como lo hacen los actores en el escenario: al igual que no necesitan estar bebiendo whisky, sino que simplemente fingen beberlo, no las evaluamos invocando ninguna norma que aplicaríamos a usos que no fueran fingidos.

Ahora bien, si las aseveraciones aparentes son meramente fingidas, lo mismo podría aplicarse a los actos de referencia auxiliares aparentes; y de esta manera se abre una vía para dar cuenta de tales usos sin necesidad de proponer referentes reales para términos singulares ficticios. Walton (1990) ha proporcionado una explicación muy sofisticada y merecidamente influyente de los usos textuales en esa línea, que luego extiende para tratar tanto los usos paratextuales como los metatextuales; Everett (2013) ofrece una elaboración esclarecedora y muy precisa del programa de Walton. Mas como sucedía con la propuesta uniforme realista, la extensión del caso en que el enfoque irrealista resulta muy razonable – los usos textuales – no es muy convincente aquí, porque no parece haber fingimiento alguno en las aseveraciones paratextuales y metatextuales.

3. Explicaciones no uniformes

Intuitivamente, la mejor opción sería por tanto combinar el realismo ficticio para usos metatextuales, como en (3), con un análisis de los usos textuales de oraciones como (1) como fingimiento; esta es la sugerencia pluralista polisémica de Kripke (2013), en la que nombres ficticios como ‘Gregor Samsa’ tienen un uso fingido, en (1), y uno serio en (3). Sin embargo, además de la complejidad resultante (a la que objetan los autores que favorecen las explicaciones uniformes, cf. Maier (2017, p. 3)), los usos paratextuales – en particular, las atribuciones como (2) – ocupan un terreno intermedio problemático para este tratamiento ecuménico. Además, como Everett (2013, pp. 163-178) enfatiza, hay muchos casos mixtos como el de (4) a continuación, en que a lo que sea que ‘Gregor Samsa’ designe se le atribuyen propiedades tanto desde la perspectiva interna propia de los usos paratextuales, como también (en el comentario incrustado) desde un punto de vista externo, metatextual:

(4) Al comienzo de La metamorfosis, Gregor Samsa – un alter ego emocional de sí mismo creado por Kafka en su novela más conocida – se ve transformado en un gran insecto.

Everett toma este dato como una buena razón para extender la explicación del fingimiento a los usos paratextuales y metatextuales. Esto, sin embargo, no ofrece una explicación obvia de los enunciados de existencia negativos como ‘Samsa no existe’; y queda la impresión intuitiva de que (1) en los usos paratextuales, (2), (3) y (4) hacen aseveraciones verdaderas.

Walters (ms) ofrece una defensa convincente del pluralismo kripkeano para los nombres, combinada con una visión artefactualista de los referentes de algunos de esos nombres, desarrollando ideas también propuestas por Everett y Schroeder (2015). En contra del millianismo (la teoría según la cual el significado de los nombres propios se agota en sus referentes), Walters asume que los nombres vacíos son significativos, y extiende a los usos paratextuales un análisis Waltoniano de los usos textuales de (1) como fingimientos. Mas en contra de Walton (1990) y Everett (2013), Walters trata como aseveraciones usos como (2), en los que los nombres ficticios están, sin embargo, vacíos; asume para ello un análisis semántico no Milliano de las atribuciones de actitudes proposicionales, aunque concede a los teóricos del fingimiento que es el uso paratextual meramente fingido de (1) lo que fundamenta aseveraciones como (2), y los nombres vacíos en ellas. En los usos metatextuales, sin embargo, encontramos (según él) una forma no vacía del nombre vacío que ocurre en esos otros usos. En tales usos no vacíos, el nombre refiere a una representación: intuitivamente, la representación (creada) de Samsa que forma parte de la representación de los acontecimientos ficticios representados en La Metamorfosis de Kafka. Walters explica casos mixtos como (4) sugiriendo que involucran una forma de polisemia metonímicamente inducida, bien estudiada independientemente, como cuando aplicamos directamente ‘león’ a una representación de lo que, literalmente, no es un león, como por ejemplo una escultura de un león; porque también encontramos análogos casos mixtos en esos casos. Así, un escultor puede decir esto de una de sus creaciones:

(5) Ese león es la mejor escultura que he hecho este mes; es tan feroz como el que vimos ayer en el zoológico.

En trabajos anteriores he defendido un conjunto similar de ideas, asumiendo una ideología filosófica ligeramente diferente. Al igual que Walters, he sostenido que ningún análisis adecuado en términos de fingimientos puede ser felizmente combinado con puntos de vista millianos sobre la referencia singular, como quieren hacer Walton (1990) y Everett (2013). Esto no es sólo por las razones sugeridas por Walters; más fundamentalmente, necesitamos explicar cómo el contenido semántico de (1) contribuye a determinar el contenido que el creador de la ficción propone que los lectores imaginen o simulen creer (García-Carpintero,  2010a, pp. 286-7; 2018a, §4). Suponiendo mi versión de una teoría no milliana, descriptivista de los nombres y otras expresiones referenciales (García-Carpintero, 2000, 2018b), he defendido lo que considero una forma de irrealismo para el discurso metatextual: una versión de la teoría figuralista de la ficción de Yablo (2001), en la que el aparato semántico referencial (expresiones referenciales tales como nombres y deícticos, cuantificadores que generalizan las posiciones que ocupan, expresiones para la identidad) se utiliza metafóricamente en usos como (3), invocando la figura del habla llamada hipostatización (García-Carpintero, 2010b). Se trata de una metáfora “muerta” – una que ha pasado al significado convencional de la expresión, como ‘tragarse un cajero automático una tarjeta’ – por lo que, a diferencia de las propuestas de Walton y Everett, según este punto de vista las proferencias del discurso metatextual son aseveraciones literales, verdaderas o falsas.

Esto podría sugerir que el análisis es, después de todo, realista, comprometido con referentes de algún tipo para términos singulares en el discurso metatextual; pero no lo creo así. Se podría seguir a Brock (2002) y afirmar que el contenido literal que aparentemente implica el compromiso con entidades ficticias está en realidad en la línea de (2): uno sobre lo que es verdad según un fingimiento – el fingimiento de que alguna teoría realista es cierta. Mi línea preferida, sin embargo, sigue el reciente desarrollo de los puntos de vista de Yablo (2014), articulando la noción de que la verdad de las proferencias metatextuales que incluyen nombres ficticios y sus generalizaciones no nos comprometen realmente con la existencia de personajes ficticios; ya que esto es simplemente una suposición fingida y, cuando analizamos de qué tratan realmente (los hechos que confieren su verdad a las aseveraciones que hacemos con ellos), no encontramos los referentes a que parecen remitir. Encontramos en cambio las “ideas de personajes ficticios” de Everett & Schroeder (2015), o las representaciones de los mismos en las ficciones de Walters (ms). Mi análisis preferido tiene, por lo tanto, similitudes significativas con la teoría artefactualista de Walters. Interpretamos (2), (3), y (4) como haciendo aseveraciones genuinas, cuya verdad se basa en los fingimientos asociados a usos textuales y paratextuales de (1).

Hemos revisado en esta entrada propuestas recientes sobre los nombres usados en el discurso relativo a la ficción y sus posibles referentes. Hemos distinguidos tres tipos de discursos relativos a la ficción. Hemos examinado las propuestas uniformes, por un lado las teorías realistas que suponen que en los tres tipos de discurso se hacen aseveraciones, y se hace para ello referencia a objetos exóticos, y por otro las teorías irrealistas que sostienen que en esos discursos las oraciones declarativas, uniformemente, no hacen aseveraciones, sino que meramente se finge con ellas hacerlas, y se finge hacer referencia con los términos referenciales que contienen. Hemos concluido examinando algunas propuestas no-uniformes, intuitivamente más razonables, que sostienen uno u otro de esos puntos de vista para diferentes tipos de discurso fictivo.

Manuel García-Carpintero
(BIAP/LOGOS/Departament de Filosofia, Universitat de Barcelona)

Agradecimientos Agradezco sus comentarios a Marta Campdelacreu, Daniela Glavaničová, Ignacio Vicario y Lee Walters. El artículo es mi propia traducción de una parte de mi trabajo “State of the Art: Semantics of Fictional Terms”, Teorema 2020; agradezco a Luis Valdés el permiso para publicarlo.

Referencias

  • Alward, P. (2009): “Onstage Illocution”, Journal of Aesthetics and Art Criticism 67(3), pp. 321-331.
  • Alward, P. (2010): “Word-Sculpture, Speech Acts, and Fictionality”, Journal of Aesthetics and Art Criticism 68, pp. 389-399.
  • Bonomi, A. (2008): “Fictional Contexts”, en Bouquet P., L. Serafini y R. Thomason, eds., Perspectives on context, Stanford, CSLI Publications.
  • Brock, S. (2002): “Fictionalism about fictional characters”, Noûs 36(1), pp. 1-21.
  • Brock, S. y A. Everett (2015): Fictional Objects, Oxford, Oxford University Press.
  • Bueno, O. y E. Zalta (2017): “Object Theory and Modal Meinongianism”, Australasian Journal of Philosophy 95(4), pp. 761-778.
  • Currie, G. (1990): The Nature of Fiction. Cambridge, Cambridge University Press.
  • Everett, A. (2005): “Against Fictional Realism”, Journal of Philosophy, 102, pp. 624-49.
  • Everett, A. (2007): “Pretense, Existence, and Fictional Objects”, Philosophy and Phenomenological Research, 74, pp. 56-80.
  • Everett, A. (2013): The Nonexistent, Oxford, Oxford University Press.
  • Everett, A. y T. Schroeder (2015): “Ideas for Stories”, en Brock S. y A. Everett, eds., Fictional Objects, Oxford, Oxford University Press.
  • Friend, S. (2007): “Fictional Characters”, Philosophy Compass, 2(2), pp.141-156.
  • Friend, S. (2011): “The Great Beetle Debate: A Study in Imagining with Proper Names”, Philosophical Studies, 153, pp. 183-211.
  • Friend, S. (2012): “Fiction as a Genre”, Proceedings of the Aristotelian Society, 92, pp. 179-208.
  • Gale, R. M. (1971): “The Fictive Use of Language”, Philosophy, 46, pp. 324-339.
  • García-Carpintero, M. (2000): “A Presuppositional Account of Reference-Fixing”, Journal of Philosophy 97(3), pp. 109-147.
  • García-Carpintero, M. (2010a): “Fictional Singular Imaginings”, en R. Jeshion, ed., New Essays on Singular Thought, Oxford, Oxford University Press.
  • García-Carpintero, M. (2010b): “Fictional Entities, Theoretical Models and Figurative Truth”, en Frigg, R. y M. Hunter, eds., Beyond Mimesis and Convention – Representation in Art and Science, Springer.
  • García-Carpintero, M. (2016): Relatar lo ocurrido como invención, Madrid, Cátedra.
  • García-Carpintero, M. (2018a): “Co-Identification and Fictional Names”, Philosophy and Phenomenological Research, 101(1), pp. 3-34, https://doi.org/10.1111/phpr.12552
  • García-Carpintero, M. (2018b): “The Mill-Frege Theory of Proper Names”, Mind, 127(508), pp. 1107-1168.
  • García-Carpintero, M. (2019a): “Normative Fiction-Making and the World of the Fiction”, Journal of Aesthetics and Art Criticism.
  • García-Carpintero, M. (2019b): “Assertions in Fictions: An Indirect Speech Act Account”, Grazer Philosophische Studien.
  • Green, M. (2017): “Narrative Fiction as a Source of Knowledge”, en P. Olmos, ed., Narration as Argument, Cham, Springer.
  • Kripke, S. (1980): Naming and Necessity, Cambridge, Mass., Harvard University Press.
  • Kripke, S. (2013): Reference and Existence, Oxford, Oxford University Press.
  • Kroon, F. y A. Voltolini (2016): “Fiction”, en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, E. N. Zalta, ed., disponible en https://plato.stanford.edu/archives/win2016/entries/fiction/ [Winter 2016 Edition] Edward N. Zalta (ed.), URL = https://plato.stanford.edu/archives/win2016/entries/fiction/.
  • Lewis, David (1978): “Truth in Fiction,” American Philosophical Quarterly 15, 37-46. Reprinted with postscripts in D. Lewis, Philosophical Papers, vol. 1, pp. 261-280, Oxford: Oxford University Press, 1983, from which I quote.
  • Ludlow, Peter (2006): “From Sherlock Holmes and Buffy to Klingon and Norrathian Platinum Pieces: Prfetence, Contextualism, and the Myth of Fiction”, Philosophical Issues 16, 162-183.
  • Maier, Emar (2017): “Fictional Names in Psychologistic Semantics”, Theoretical Linguistics 43(1-2), 1-45.
  • Manning, Luke (2014): “Real Representation of Fictional Objects”, Journal of Aesthetics and Art Criticism 72:1, 13-24.
  • Martinich, A. P., and Stroll, A. (2007): Much Ado about Nonexistence: Fiction and Reference, Lanham, Maryland: Rowman and Littlefield.
  • Ninan, Dilip (2017): “Names in Fiction”, Theoretical Linguistics 43(1-2), 61-70.
  • Predelli, Stefano (1997): “Talk about Fiction”, Erkenntnis 46, 69-77.
  • Predelli, Stefano (2002): “‘Holmes’ and Holmes – A Millian Analysis of Names from Fiction,” Dialectica 56(3), 261-279.
  • Priest, Graham (2011): “Creating Non-Existents”, in Franck Lihoreau (ed.), Truth in Fiction, Ontos Verlag, Frankfurt, 107-118.
  • Quine, W.V.O. (1948): “On What There Is,” Review of Metaphysics 2, 21-38. Reprinted in in his From a Logical Point of View, 2nd edition, revised, Cambridge, Mass.: Harvard University Press, pp. 1-19.
  • Recanati, François (2000): Oratio Obliqua, Oratio Recta, Cambridge: MIT Press.
  • Reimer, Marga (2005): “The ellipsis Account of Fiction-talk”, in R. Elugardo & R. Stainton (eds.), Ellipsis and Nonsentential Speech, Dordrecht: Springer, 203-215.
  • Sainsbury, Mark (2010): Fiction and Fictionalism, London: Routledge.
  • Salmon, Nathan (1998): “Nonexistence,” Noûs 32, pp. 277-319.
  • Sawyer, Sarah (2012): “Empty Names”, in G. Russell and D. Fara (eds.), The Routledge Companion to Philosophy of Language, New York: Routledge, 153-162.
  • Searle, John (1974-5): “The Logical Status of Fictional Discourse”, New Literary History, 6, 319-332; also in his Expression and Meaning, Cambridge: CUP, 1979, 58-75.
  • Thomasson, Amie L. (1999): Fiction and Metaphysics, Cambridge: Cambridge U.P.
  • Thomasson, Amie L. (2003): “Speaking of fictional characters”, Dialectica 57: 205-23.
  • Tiedke, Heidi (2011): “Proper Names and their Fictional Uses”, Australasian Journal of Philosophy, 89, 707-726.
  • van Inwagen, Peter (1977) “Creatures of Fiction”, American Philosophical Quarterly 14, 299-308.
  • Voltolini, Alberto (2006): “Fiction as a Base of Interpretation Contexts”, Synthese 153, 23-47.
  • Walters, Lee (ms): “Fictional Names”.
  • Walton, Kendall (1990): Mimesis and Make-Believe. Cambridge, Mass.: Harvard U.P.
  • Wolterstorff, Nicholas (1980): Works and Worlds of Art, Oxford: Clarendon Press.
  • Yablo, Stephen (2001): “Go Figure: A Path through Fictionalism”, Peter A. French & Howard K. Wettstein, Midwest Studies in Philosophy xxv, Oxford: Blackwell, 72-102.
  • Yablo, Stephen (2014): Aboutness, Princeton: Princeton University Press.
Cómo citar esta entrada

García-Carpintero, Manuel (2019) «Objetos ficticios y términos de ficción», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-ficticios-y-terminos-de-ficcion/).

 

Estructura

1. La estructura como problema filosófico

Sin lugar a dudas, una de las distinciones metafísicas mas intuitivas es la que se da entre objetos simples y complejos. Parece una verdad de perogrullo decir que algunas cosas están compuestas de otras. Desafortunadamente, desde el punto de vista metafísico no todas las entidades complejas guardan la misma relación con sus componentes. Por ejemplo, Michael Morris escribe:

[Es] crucial notar que las oraciones no son solo listas de palabras. Compara una oración con una lista:

(i) Sócrates es mordaz;
(i*) Sócrates, ser, mordacidad.

La diferencia básica entre la oración (i) y la lista (i*) es que (i) está completa de una manera que (i*) no lo es. Podríamos haber parado (i*) después de ‘ser’ y todavía tendríamos una lista; podríamos haber agregado cualquier palabra después de ‘waspishness’ y todavía tendríamos una lista. Pero si nos hubiéramos detenido (i) en cualquier lugar antes de su final, no habríamos tenido algo que ordinariamente se contara como una oración completa… Y no podemos agregar cualquier palabra después de ‘waspish’ y quedarnos todavía con una oración. (Michael Morris, 2007, p. 16, traducción mía)

En un primer acercamiento, podemos distinguir entre dos tipos generales de objetos complejos, aquellos que se relacionan con sus componentes como lo hacen las listas y aquellos que se relacionan con sus componentes como lo hacen los enunciados con sus palabras. Esta primera aproximación nos servirá para distinguir entre lo que, como es convencional, llamaré “sistemas” y, a falta de un mejor nombre, llamaré “complejos amorfos” (precisamente porque, como veremos, no requieren de la postulación de una estructura).

Los sistemas, como un todo completo, no parecen ser la mera suma de sus componentes, sino que tienen cierta unidad (Russell, 1937). A diferencia de las pluralidades, los sistemas pueden estar completos o incompletos. Si les quitamos, añadimos o sustituimos algún componente, el resultado puede dejar de ser un sistema (o por lo menos, un sistema del mismo tipo ontológico). Como señala Morris en la cita anterior, por ejemplo, basta cambiar una sola palabra para que un enunciado deje de serlo. Esta característica de los sistemas suele explicarse apelando a su estructura, entendida ésta como un esquema, una especie de esqueleto cuyos espacios deben de llenarse con los elementos de los que estará compuesto el sistema; en donde cada espacio puede ser llenado por un tipo de objetos, pero no por otros. Solo si todos los espacios del esquema se llenan o son ocupados por objetos del tipo correcto, el sistema está bien formado y por ello, existe. Esto explica porque, a diferencia de las meras pluralidades de objetos, a los sistemas les puede faltar o sobrar algo, pueden estar completos o incompletos.

Además, los sistemas poseen propiedades que no pueden reducirse a las propiedades de sus componentes. En los conjuntos, por ejemplo, el conjunto es distinto de la mera suma de sus miembros y por eso, hay conjuntos vacíos y el conjunto de un solo miembro es un objeto distinto a su único miembro. Pero al mismo tiempo, y a diferencia de otros sistemas, los conjuntos son extensionales, es decir si el conjunto A tiene los mismos miembros que B, A y B son el mismo conjunto. Por eso, se dice que los conjuntos tienen una estructura mínima (Lewis, 1991). En contraste, para muchos otros tipos de sistemas, pueden haber dos sistemas genuinamente distintos que estén, sin embargo, compuestos de los mismos componentes. Pensemos por ejemplo en dos enunciados compuestos de las mismas palabras pero en diferente orden, como “María y Juan ya no soportan a Marcos” y “Marcos y María ya no soportan a Marcos”, en diferentes secuencias de los mismos números, como 534782 y 582473, o dos bandas musicales distintas formadas por los mismos músicos, etc. Para dar cuenta de la falta de extensionalidad de este tipo de sistemas, también se suele apelar a las estructuras, entendidas como diferentes maneras en las que los objetos complejos se componen. Así pues, se puede explicar que dos objetos complejos sean distintos aunque tengan las mismas partes, si estas partes están armadas de manera distinta. “María y Juan ya no soportan a Marcos” y “Marcos y María ya no soportan a Juan” son enunciados distintos, por ejemplo, no porque tengan componentes distintos, sino porque dichos componentes componen el enunciado de manera distinta. En otras palabras, porque los enunciados están estructurados a partir de estos mismos componentes de manera distinta.

En resumen, en la metafísica contemporánea, solemos apelar a estructuras para dar cuenta de dos características fundamentales de los sistemas:

1. Su unidad, es decir, ¿qué distingue a un sistema de la mera suma desordenada de componentes?
2. Su no-extensionalidad, es decir, ¿por qué puede haber sistemas distintos con los mismos componentes?

Aun así siguen en pie las preguntas fundamentales; ¿qué son estas entidades que llamamos estructuras (esquemas o maneras de composición de un objeto complejo), qué son esos espacios que se llenan o ocupan y cómo se relacionan con las partes que los ocupan y con el todo que emerge. El objetivo de este artículo es pasar revista a las propuestas de respuesta a estas preguntas mas prometedoras en la metafísica actual.

2. Teorías metafísicas de la estructura

Podemos clasificar las teorías de la estructura en tres grandes tipos dependiendo de si conciben a la estructura como:
1. algo que emerge al ensamblarse las partes como piezas de un rompecabezas,
2. una parte sui-generis del todo,
3. o algo que se le es atribuido a los sistemas desde fuera.
Las estrategias de tipo 1 son especialmente atractivas porque buscan ubicar la estructura dentro de los propios componentes. Piensen en el complejo formado por tornillo y tuerca. Cuando se ensamblan adecuadamente, no es necesario ningún tercer elemento estructural, sino que es la misma naturaleza de cada una de las partes por separado la que permite que se ensamblen de esa manera y no de otra. Sin embargo, como veremos a mas detalle, si bien esta propuesta permite explicar qué distingue a un sistema de una mera lista, no permite explicar cómo es posible que diferentes sistemas estén formados por los mismos componentes.

Las estrategias de tipo 2 suelen ser despachadas rápidamente por dar pie a un vicioso regreso al infinito (Bradley, 1893). Supongamos que efectivamente el complejo tiene dos tipos de partes: la estructura y los componentes. Entonces la estructura nos dice como se componen los componentes, qué lugar ocupan cada uno, por así decirlo; pero, entonces, ¿cómo se componen los componentes con esta otra parte, la estructura? Parece que sería necesaria otra estructura, lo que da pie a un regreso al infinito.

Las estrategias de estos dos primeros tipos sueles ser consideradas realistas porque consideran que hay algo real en el sistema que le da unidad (y no-extensionalidad, si es el caso). Mientras que las estrategias del tercer tipo suelen ser consideradas idealistas, pues sostienen que dicha unidad (y no-extensionalidad) les es, mas bien, adscrita desde fuera, ya sea a través de un acto intensional o uno social. A estas estrategias externalistas de explicación de la estructura se les suele criticar por dos razones principalmente: primero, porque invierten el orden intuitivo de explicación y, segundo, por no responder realmente la pregunta, al no explicar cómo es que el resultado del tipo de acto relevante tiene unidad o es no-extensional.

Evaluar si estas criticas están justificadas, sin embargo, es difícil sin entrar a detalle en cada tipo de propuestas. Ése es el objetivo de las siguientes secciones, donde trataré de poner en relieve no sólo las ventajas teóricas de cada una de ellas sino también la manera que han tratado de dar respuesta a los problemas antes mencionados.

2.1. La concepción intrínseca de la estructura

En esta sección veremos los intentos de mostrar que para explicar la unidad y no-extensionalidad de los sistemas, no es necesario postular ningún nuevo tipo de entidad, sino que basta apelar a algo en los componentes mismos. Llamaré a este tipo de soluciones “internalistas” porque, en general, sostienen que para que un sistema exista basta que: (i) existan sus componentes y (ii) estos componentes sean del tipo ontológico adecuado, donde ser del tipo que son es una propiedad, en algún sentido, interna pues no depende, como en las propuestas analizadas en la sección anterior, de qué papel ocupan en ningún sistema.

Tal vez el intento más conocido en esta dirección se deba a Frege y su introducción de la distinción entre objetos y conceptos para explicar la naturaleza metafísica de las proposiciones; y aunque esta propuesta ha evolucionado mucho desde los tiempos del lógico alemán, la idea básica sigue siendo la misma: Objetos y conceptos (pero sólo objetos y conceptos) se combinan libremente para dar pie a proposiciones. Así por ejemplo, dado que yo y el concepto de ser pelirrojo existen ambos, y uno es un objeto con cabello y el otro es un concepto del tipo que se aplica a personas con cabello (y no solamente a mí, sino a cualquier persona con cabello), entonces el mero hecho de que ambos existimos (y que seamos del tipo de objeto y concepto que somos) son suficientes para que también exista la proposición de que yo sea pelirrojo. Esto se debe a que los conceptos, en tanto conceptos, tienen en sí mismos la capacidad de formar proposiciones. Ser el concepto ‘ser pelirrojo’, por ejemplo, es ser el tipo de cosa que se aplica a las personas con cabello para formar proposiciones que dicen de dichas personas que son pelirrojas. No es necesario apelar a ningún elemento extra que las una. La estrategia se generaliza fácilmente a cualquier otro tipo de sistema. En cualquier caso, toda suma (y sólo las sumas) de elementos del tipo ontológico adecuado daría lugar a un sistema.

Desafortunadamente, aun si le concedemos al internalismo su solución al problema de la unidad, ningún análisis internalista conocido ha logrado dar cuenta de la no-extensionalidad de los sistemas (Dorr, 2004; Ostertag, 2013; Barceló, 2019). Recordemos que en los sistemas no-extensionales, es posible que haya dos sistemas con los mismos componentes. Pero si la estructura del sistema emerge de la mera existencia de sus componentes, entonces sistemas con los mismos componentes no podrían sino tener la misma estructura y, por lo tanto, la estructura no podría dar cuenta de su diferencia. Para dar cuenta de la estructura de los sistemas no-extesionales, en consecuencia, es necesario otro mecanismo que explique su no-extensionalidad.

2.2. Como parte sui-generis

Como mencioné, es común que a las teorías que conciben a las estructuras como partes sui-generis se les despache rápidamente por dar pie a regresos al infinito. Así presentan este problema García-Carpintero y Jespersen:

… el problema del regreso al infinito[es el siguiente]: ¿cuál es la naturaleza del [sistema]? Suponiendo que [los objetos a y b] son sus constituyentes, el [sistema] no puede consistir meramente en ellos; porque (asumiendo por conveniencia que el [sistema] es contingente) a y [b] podrían existir sin que [el sistema] exista. Para que [el sistema] exista, a debe [estar adecuadamente relacionado con b]. Pero agregar a los constituyentes [una estructura, es decir, una tercera entidad que una a los componentes en un todo] no sirve de nada; pues, de nuevo, a, [b] y la [estructura] podría existir sin que el [sistema] relevante exista… y así hemos desatado lo que parece ser un vicioso regreso al infinito de una familia de [estructuras]. (García-Carpintero y Jespersen, 2018, p. 2,  traducción mía)

¿Hay alguna salida para quién quiera defender que efectivamente hay algo así como una estructura que al mismo tiempo pertenece al objeto complejo (de tal manera que le sea interna, como una parte mas) pero ni sea un componente más (ni pertenezca a ningún componente) ni el producto de un acto intelectual o social? Autores como Priest (2014), Hurtado (1998), Dummet (1981), entre otros, han tratado de defender que sí. La tesis básica de este tipo de propuestas es que no existe un sólo sentido en el que decimos que algo es parte de otra cosa (como han insistido recientemente Yablo (2015), Keller (2013), Tillman y Fowler (2012), Armstrong (2004) entre otros), por lo que no hay nada paradójico en decir que la estructura es parte del sistema en un sentido distinto en el que lo son el resto de los componentes. Propuestas recientes de Barceló (2019), Prasada, Khemlani, Leslie y Glucksberg (2013), Maurin (2010), Wieland, J. W. y Betti, A. (2008), Mertz (1996), entre otros, han sugerido que la diferencia central es que mientras que un componente puede estar vinculado de manera extrínsica a un sistema, la estructura no puede ser sino específica al sistema. En otras palabras, mientras que un mismo componente puede formar parte de diferentes sistemas, cada sistema tiene su propia estructura. En consecuencia, las estructuras no pueden ser universales comunes, es decir, no pueden estar contenidas por completo en diferentes particulares, sino que deben ser del tipo de entidades que sólo existen en un sólo particular, como las propiedades particulares (también conocidas como “modos” o “tropos”) (Maurin, 2010) o los universales específicos a sus instancias (Wieland y Betti, 2008; Mertz, 1996).

Según este tipo de propuestas, la estructura no es algo que pueda añadirse o quitarse a un sistema, sino que es algo que sólo existe en el sistema, es decir, le es inseparable. Así como hay un sentido en el que hay objetos de, digamos, el mismo color, pero también podemos hablar del color propio de cada objeto, así también hay un sentido en el que hay sistemas con la misma estructura, y otro sentido en el que cada sistema tiene su propia estructura. Son las estructuras en este segundo sentido – las estructuras propias de casa sistema – las que son responsables de su unidad y no-extensionalidad. De esta manera, sistemas con los mismos componentes pueden ser distintos si tienen diferente estructura, porque ésta no es uno de sus componentes.

2.3. La concepción extrínseca de la estructura

A partir del trabajo de Kant (Hylton, 1984), podemos hablar de una tercera manera de pensar la estructura de los sistemas, según la cual los sistemas no tienen unidad en sí mismos, sino en tanto cumplen una función dentro de un acto, proceso o práctica humana. Por ejemplo, lo que hace que once personas corriendo en un campo sean un equipo de futbol, en vez de sólo once personas corriendo en un campo no es nada interno a ellos, sino el contexto en lo que lo hacen: con el objetivo de jugar futbol, en coordinación con otro equipo adversario y, muchas veces, dentro de sistemas humanos de reglas, torneos, público, etc. En diferentes circunstancias, las mismas once personas, haciendo lo mismo, podrían no ser ningún equipo de futbol o ser otro equipo de futbol distinto.

Esta estrategia externalista ha ganado un nuevo auge recientemente gracias al trabajo de King (2014), Soames (2015) y Gaskin (2008) sobre proposiciones, y se le suele criticar por invertir el orden intuitivo de explicación. Habitualmente, asumimos que la estructura de los sistemas explica su funcionamiento, no al revés, como lo propone el externalismo. Y finalmente, porque no parecen realmente explicar la unidad ni la no-extensionalidad de los sistemas, sino solo mover el problema a otro nivel ontológico. Como ilustración, pensemos en artefactos como una computadora. Según el externalismo, lo que hace que el montón de resistencias, chips, botones, LCD, etc. que está frente de mí sea una computadora es el hecho de que puedo hacer con ella lo que hacemos comúnmente con las computadoras, a saber: escribir esto, escuchar música, mandar correos electrónicos, etc. Sin embargo, esta respuesta va en contra de nuestras intuiciones ordinarias por lo menos en dos puntos: Primero, porque pensamos que lo que hace que esto que está en frente de mí sea una computadora es algo que descansa sobre propiedades objetivas que ella tiene (y, sobre todo, sobre propiedades objetivas de sus componentes) independientemente de que la usemos o no e independientemente de que existan seres humanos con intereses de cómputo o no. En segundo lugar, porque es natural pensar que podemos usar este tipo de objetos para hacer este tipo de cosas porque son computadoras, y no al revés, como sostiene el externalista. Si necesitara explicar cómo es que puedo estar escribiendo esto en este momento, probablemente lo haría apelando a las capacidades y al funcionamiento de los componentes de mi computadora; diría algo sobre cómo funciona el hardware, cómo interactúa con el software, etc. Es decir, apelaría a sus componentes y a cómo están estructurados, es decir, a cosas internas a la computadora, no externas.

Desde la perspectiva externalista, sin embargo, esta crítica no es en lo mínimo convincente, sino mas bien falaz. Criticar una propuesta externalista precisamente por ser externalista está cometiendo una petición de principio. Parte de la propuesta del externalista es precisamente señalar que nuestras intuiciones sobre qué explica a qué y dónde se encuentra la estructura de un sistema están equivocadas. Por supuesto que parte de la razón por la cual la computadora puede hacer lo que puede hacer deriva de las propiedades físicas de sus componentes y de leyes objetivas de la naturaleza, y el externalista no lo niega. Lo que niega es que ello sea lo que haga que dicho objeto sea una computadora. El ser una computadora, argumenta el externalista, es algo que unifica todas estas capacidades en un solo sistema. Esto no es algo que se pueda reducir a las leyes de la naturaleza o a las capacidades y propiedades físicas de sus componentes por separado. Es algo que emerge sólo en tanto la computadora conforma un sistema unificado y, para dar cuenta de esto, es necesario apelar a algo así como el uso que le damos sus usuarios.

A este tipo de estrategias suele criticárseles que no responden realmente la pregunta, sino sólo la mueven a otro ámbito al no explicar porqué el resultado del tipo de acto relevante es algo mas que la suma de sus componentes. Así lo expresa Morris:

¿Esto realmente resuelve el problema? Creo que el problema solo se transfirió a otro lado. Una unidad es creada por una acción de la mente … pero la naturaleza de la unidad que se crea se deja misteriosa. ¿Qué hace exactamente la mente para [unir un componente con otro]? ¿Cómo crea esto una unidad? En el mejor de los casos, parece que la unidad [así creada] se explica en términos de la unidad de algo en la mente… Pero queda misterioso en qué sentido [esto en la mente] es una unidad, y no solo una colección de ideas. (Morris, 2007, p. 17, traducción mía)

En otras palabras, para los críticos del externalismo, este tipo de propuestas a lo más puede explicar como transferimos unidad de nuestra mente y nuestras prácticas a los sistemas con los que interactuamos, pero por lo mismo no puede servir como una teoría general de las estructuras.

3. Conclusiones

La mayoría de las entidades complejas que nos interesan a los filósofos – comunidades, grupos sociales, proposiciones, hechos, conjuntos, sistemas físicos, etc. – no sólo tienen partes componentes, sino que también parecen tener algo extra que les da unidad y, muchas veces, explica porque su identidad no está completamente determinada por la identidad de sus componentes, sino que depende también de cómo está compuesta. A este algo extra se le suele conocer como “estructura”. En esta entrada hemos pasado revista de tres tipos generales de teorías de la estructura: las que sostienen que la unidad de los sistemas emerge de propiedades internas de sus componentes, las que sostienen que la estructura forma parte del todo en un sentido distinto al de los componentes y las que conciben a la estructura como algo que le es atribuido a los sistemas complejos desde afuera, por decirlo así. Vimos que si bien el primer tipo de propuestas son capaces de dar cuenta de la unidad de los sistemas, no han podido explicar su no-extensionalidad. Las propuestas del segundo tipo, por su parte, pueden caer fácilmente en viciosos regresos al infinito, los cuales podemos evitar si concebimos a la estructura como un elemento específico al sistema al que le da unidad. Finalmente, vimos que también es posible dar cuenta de la unidad de los sistemas complejos apelando a actos y prácticas estructurantes, y mostramos que aunque contra-intuitivas, este tercer tipo de estrategias tienen tanto ventajas como limitaciones explicativas. Al final, no estoy seguro de que podamos identificar un tipo de propuesta claramente vencedora. Todas enfrentan problemas importantes y en todas han surgido versiones sofisticadas que los han enfrentado de maneras elegantes y sugerentes.

Axel Barceló
(Universidad Nacional Autónoma de México)

Agradecimientos El presente texto fue elaborado gracias al apoyo del proyecto PAPIIT IA400414  «Anti-realismo modal». Agradezco mucho los comentarios y sugerencias de Daniel Drucker, Gary Ostertag, Graham Priest, Alessandro Torza y mis alumnos de la UNAM.

Referencias

  • Armstrong, D. M. (2004): “How Do Particulars Stand to Universals?”, en Zimmerman, D., ed., Oxford Studies in Metaphysics, 1, Oxford, Oxford University Press.
  • Barceló, A. (2019): Sobre el Análisis, UNAM, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Bradley, F. H. (1893): Appearance and Reality, Oxford University Press.
  • Dorr, C. (2004): “Non Symmetric Relations”, en Zimmerman, D., ed., Oxford Studies in Metaphysics, 1, Oxford, Oxford University Press.
  • Dummett, M. (1981): Frege: Philosophy of Language, 2ª ed., Gerald Duckworth.
  • García-Carpintero, M. y B. Jespersen (2018): “Introduction: Primitivism versus Reductionism about the Problem of the Unity of the Proposition”, Synthese, pp. 1-16.
  • Gaskin, R. (2008): The Unity of the Proposition, Oxford University Press.
  • Hurtado, G. (1998): Proposiciones Russellianas, UNAM, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Hylton, P. (1984): “The Nature of the Proposition and the Revolt against Idealism”, en Rorty R., J.B. Schneewind y Q. Skinner, eds., History: Essays in the Historiography of Philosophy.
  • Keller, L. (2013): “Constituents and Constituency: The Metaphysics of Propositional Constituency”, Canadian Journal of Philosophy 43(5-6), pp. 655-678.
  • King, J. C. (2014): “Naturalized Propositions”, en Soames, S. y J. Speaks, eds., New Thinking About Propositions, Oxford University Press.
  • Lewis, D. (1991): Parts of Classes, Cambridge, Blackwell.
  • Maurin, A. S. (2010): “Trope Theory and the Bradley Regress”, Synthese 175, pp. 311-326.
  • Mertz, D. W. (1996): Moderate Realism and Its Logic, Yale University Press.
  • Morris, M. (2007): An Introduction to the Philosophy of Language, Cambridge Univeristy Press.
  • Ostertag, G. (2013): “Two Aspects of Propositional Unity”, Canadian Journal of Philosophy 43(5-6), pp. 518-533.
  • Prasada, S., S. Khemlani, S.J. Leslie y S. Glucksberg (2013): “Conceptual Distinctions amongst Generics”, Cognition 126 (3), pp. 405-422.
  • Russell, B. (1937): Principles of Mathematics, Cambridge University Press.
  • Soames, S. (2015): Rethinking Language, Mind, and Meaning, Princeton University Press.
  • Tillman, C. y F. Gregory (2012): “Propositions and Parthood: The Universe and Antisymmetry”, Australasian Journal of Philosophy 90, pp. 525-539.
  • Wieland, J. W. y A. Betti (2008): “Relata-Specific Relations – A Response to Vallicella”, Dialectica 62(4), pp. 509-524.
  • Yablo, S. (2015): “Parts and Differences”, Philosophical Studies 173(1), pp.141-157.
Cómo citar esta entrada

Barceló, Axel (2018) «Estructura», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/estructura/).

 

Objetos materiales

1. Introducción

Si estamos atentos a nuestro alrededor y nos preguntan ¿qué objetos materiales existen?, tendemos de forma natural a responder que, según nuestra experiencia, hay sillas, ordenadores y todas sus partes, como la pantalla del ordenador o las patas de las sillas; también hay estatuas, cuadros, y sus partes, como uno de los brazos del David de Miguel Ángel; también hay diamantes, árboles y sus ramas; y también ardillas y personas, etc. Y si nos preguntan si hay ordenador&caballos, después de preguntar ¿qué es eso? -y después de aclararnos que nos siguen preguntando por objetos como los anteriormente citados, ahora compuestos por (teniendo como partes) un caballo y un ordenador- tendemos de forma natural a contestar que “claro que no”, que hay ordenadores y caballos pero no ordenador&caballos, de la misma manera que no hay fuente&arañas o cuadro&diamante&personas, si con ello queremos decir objetos con una fuente y una araña como partes o con tres partes: un cuadro, un diamante y una persona.

Por obvio que nos parezca lo anterior, posiciones relevantes hoy en día en el debate sobre qué objetos materiales existen, afirman que esta ontología del sentido común es errónea.

En esta entrada vamos a exponer los tres tipos de teorías que hoy en día dominan este debate. Vamos a exponer primero algunos de los argumentos (no todos, dada la extensión de la entrada) que se han ofrecido en contra de la ontología del sentido común y a favor de posiciones alternativas (secciones 1 y 2); después vamos a exponer una de las razones más poderosas en contra de estas teorías revisionistas (sección 3). Para profundizar en el debate, que aquí podremos simplemente esbozar, se recomienda al lector acudir a las distintas obras a que haremos referencia durante la exposición (y también al final de la entrada).

2. La ontología del sentido común y sus rivales

La primera respuesta a la pregunta “¿qué objetos materiales existen?” que vamos a presentar es la más acorde con la respuesta que proporciona el sentido común junto con, añadiremos ahora, ciencias como la geología, la biología, la física, etc. (en su versión más evolucionada). Con todo, cabe resaltar, no es la respuesta que cuenta con más partidarios hoy en día. También es necesario puntualizar ya aquí que los filósofos que defienden esta posición formulan y discuten teorías mucho más precisas que la que estamos analizando. Más que de una teoría, pues, deberíamos hablar de un conjunto de teorías que comparten el mismo objetivo, que pretenden llevar a cabo de maneras muy distintas. El objetivo es el de defender que los objetos materiales que existen son, aproximadamente (y aquí ya surgen las primeras discrepancias que, dado nuestro propósito, deberemos omitir), aquellos que nos dicta el sentido común, junto con las ciencias como las mencionadas más arriba. Nos referiremos a esta posición como “la ontología del sentido común científicamente refinado”, o, simplemente, “la ontología del sentido común”.

Defensores de este tipo de teoría son, por ejemplo, Hirsch (2005), Simons (2006), Baker (2007), Koslicki (2008), Markosian (2014), Korman (2015), Carmichael (2015).

Una puntualización: aunque esta posición parte de la ontología proporcionada por el sentido común científicamente refinado, esto no implica que se defienda de forma acrítica. Todo lo contrario, sin refinar, el resultado sería una ontología ciertamente plagada de dificultades (como pondrán de relieve los argumentos que presentaremos enseguida). Matizar tal ontología para superar estas dificultades no implica, sin embargo, según los defensores de esta posición, que la posición correcta sea una de las ontologías revisionistas que introduciremos a continuación (véase Lowe, 2007).

Antes de exponer dos de los argumentos más interesantes en contra de esta ontología del sentido común y a favor de posiciones alternativas, vamos a exponerlas brevemente.

Una de las posiciones más defendidas actualmente es el composicionalismo en su versión universalista. Según esta, dada una pluralidad de objetos cualesquiera, no importa lo diversa o dispersa que sea, existe un objeto resultado de su composición. Por ejemplo, dado un calcetín y una nariz cualesquiera, existe un objeto resultado de su composición (un calcetín&nariz). O, dado un calcetín y una nariz y un colegio, existe un objeto resultado de su composición (un calcetín&nariz&colegio), etc.

Es importante recalcar que, como antes, esta caracterización inicial puede refinarse de múltiples formas. Por ejemplo, respondiendo a estas preguntas: ¿De qué tipo son los objetos resultantes? ¿Son estos diferentes a sus partes o son idénticos a ellas?

Entre los composicionalistas, se encuentran, entre otros, Quine (1960, 1981), Lewis (1986), Heller (1990), Sider (1997, 2001), Varzi (2003, 2006, 2009).

La otra posición revisionista que vamos a analizar es el eliminativismo. De forma genérica, según este no existen objetos compuestos, es decir, con partes propias (partes diferentes a ellos mismos). Así, las sillas o las manzanas, con partes propias como las patas de las sillas o las semillas de las manzanas, no existen. Lo que sí existe son objetos simples (sin partes propias); simples organizados al modo de una silla, o al modo de una manzana, etc. Es importante señalar aquí que hay eliminativistas que no niegan la existencia de algunos objetos compuestos: por ejemplo, van Inwagen (1990) defiende la existencia de los organismos vivos, y Merricks (2001) defiende que (al menos) los seres humanos, con estados mentales conscientes, existen.

Al igual que antes, existen diferentes tipos de eliminativismo. Quizá sea útil señalar aquí un caso ciertamente especial, el defendido, entre otros, por Contessa (2014). Según este, de hecho, sí hay sillas (recordemos que según el eliminativismo más estándar no hay sillas), pero no son objetos compuestos sino simples organizados al modo de una silla.

Son eliminativistas, por ejemplo, van Inwagen (1990), Hossack (2000), Merricks (2001), Dorr (2005), Contessa (2014).

3. Argumentos en contra de la ontología del sentido común

A continuación, vamos a presentar algunos argumentos a favor de estas ontologías revisionistas, y en contra de la ontología del sentido común. Podremos exponer con cierto detalle el “argumento desde la vaguedad”, formulado por Sider (2001) a favor del composicionalismo universalista y el “argumento de la sobredeterminación causal”, formulado por Merricks (2001) a favor del eliminativismo. No podremos presentar otros argumentos, todos ellos muy interesantes, que se han ofrecido en contra de la ontología del sentido común. Sin embargo, me gustaría mencionar brevemente algunos de ellos antes de pasar a analizar los dos argumentos anteriores (para una exposición inicial, pero bastante detallada, de estos argumentos puede verse las entradas pertinentes en The Stanford Encyclopedia of Philosophy).

Un primer tipo de argumento está relacionado con el hecho que los objetos materiales, pongamos por caso, el David de Miguel Ángel, coinciden espaciotemporalmente con la pieza de materia de que están hechos. El problema es que, por una parte, el David y la pieza de mármol relevante parecen ser objetos diferentes, pues tienen propiedades diferentes, pero, por otra parte, parece ser también una intuición del sentido común que dos objetos materiales no pueden ocupar exactamente la misma región espaciotemporal.

Un segundo argumento es el siguiente. Partimos de dos intuiciones del sentido común. Primera, si a un barco le vamos cambiando las piezas de que está hecho muy, muy lentamente, sigue siendo el mismo barco al cabo de, pongamos 200 años, cuando ya no queda ninguna de las placas originales. Segunda, podemos desmontar un barco y volverlo a montar. Pues bien, si esto es así, llegamos a la siguiente paradoja: el Barco de Teseo es un barco de lo más normal. A lo largo de 200 años sus propietarios le han ido cambiando las placas desgastadas poco a poco. Placas iniciales que un anticuario y sus descendientes, con muy buen ojo, han ido guardando. Al cabo de estos 200 años, lo reconstruyen en el museo local y anuncian que ya se puede visitar el Barco de Teseo. ¿Cuál de los dos barcos, uno en el mar, el otro en el museo, es el Barco de Teseo original?

Un tercer tipo de consideración es la aparente imposibilidad de encontrar una formulación precisa que caracterice adecuadamente la ontología del sentido común. ¿Indica esto que, de hecho, no es la correcta? Un argumento relacionado con esta dificultad es el “argumento de la arbitrariedad”. Como pone de relieve, entre otros, (Hawthorne, 2006) no parece que haya ninguna razón ontológica para aceptar la existencia de, por ejemplo, las islas pero, en cambio, rechazar la existencia de objetos tan extraordinarios, desde el punto de vista del sentido común, como el siguiente: un objeto que existe sólo cuando un coche está dentro de un garaje, coincidiendo materialmente con él (muy grosso modo: los dos serían objetos cuya existencia dependería, al menos parcialmente, de cierto tipo de relación con otras entidades diferentes a ellos mismos que los rodean -el agua, en el caso de los primeros, los garajes en el caso de los segundos. Piense el lector qué otras similitudes, y diferencias, ontológicas hay entre los dos casos).

Como ya dijimos más arriba, existen otros argumentos, aparte de los ya expuestos, en contra de la ontología del sentido común y a favor de las teorías alternativas presentadas, que (defienden) ofrecen mejores soluciones para ellos. Es hora, sin embargo, de centrarnos en dos de los argumentos más relevantes que se han formulado a favor de estas teorías revisionistas.

3.1. El argumento desde la vaguedad

El primero, el “argumento desde la vaguedad”, formulado por Sider (2001), basándose en Lewis (1986), a favor del composicionalismo universalista, consta de tres premisas.

Un poco de terminología primero. Diremos que “un caso” es una situación posible en la que existe una clase de objetos, con ciertas propiedades y estando en ciertas relaciones, para la cual nos preguntamos si existe una fusión, i.e., si tales objetos componen otro objeto.

Parece claro que podemos imaginar dos casos, tales que en uno exista una fusión y en el otro no. Primer caso: los objetos son las partículas subatómicas de uno de nosotros, con sus propiedades y relaciones. La fusión es la persona relevante. Caso sin fusión: las mismas partículas subatómicas, pero ahora esparcidas por la Vía Láctea. Es más, añade Sider, podemos imaginar una serie finita de casos conectando los dos casos tales que cada caso es extremadamente parecido a los adyacentes en todos los aspectos relevantes para la existencia de una fusión (cierta homogeneidad cualitativa, cierta proximidad espacial…). La primera premisa del argumento dice:

Premisa 1. Si no toda clase de objetos tiene una fusión, entonces tiene que haber un par de casos conectados por una serie continua tales que, en uno hay composición y en el otro no.

Veamos ahora la segunda premisa. Dada una serie continua, diremos que existe un “corte nítido” en ella cuando existan un par de casos adyacentes tales que, en uno definidamente hay composición y en el otro definidamente no hay composición.

Aunque no lo vamos a desarrollar en esta entrada, es necesario apuntar aquí, en relación a “definidamente/no definidamente” lo siguiente: Sider presupone la llamada “teoría lingüística de la vaguedad”. Muy grosso modo, según esta la vaguedad es un fenómeno meramente lingüístico. Una oración que contiene un término vago (por ejemplo “ser calvo”) será verdadera(falsa) cuando la oración sea definidamente verdadera(falsa): verdadera(falsa) sea cual sea la manera de hacerla precisa. En caso contrario su valor de verdad estará indeterminado. La segunda premisa afirma:

Premisa 2. En ninguna serie continua hay un corte nítido respecto a si se produce composición.

Justificación: no parece razonable pensar que dos casos adyacentes que son extremadamente similares respecto de todo aquello relevante para la composición difieran precisamente en si esta ocurre.

Vayamos ahora a por la tercera premisa:

Premisa 3. En cualquier caso, o bien la composición definidamente ocurre o bien definidamente no ocurre.

Justificación: Supongamos, por reductio, que la premisa 3 es falsa, esto es, que puede ser vago que una clase de objetos tenga una fusión. Esto puede pasar en un mundo finito. Imaginemos que contamos los objetos de este mundo (los relevantes son los concretos, no los abstractos). Así, contamos todos los objetos de esta clase; pero está indeterminado si debemos incluir a otro objeto: la fusión de la clase. Esto implica que alguna oración numérica, “hay exactamente n objetos concretos” para algún n finito, tiene un valor de verdad indeterminado. Pero, argumenta Sider extensamente, esto es imposible, pues la oración sólo contiene términos lógicos y el predicado “concreto”, ninguno de los cuales es vago.

Así, la Premisa 1 requiere que, si la composición no es universal, exista un caso en que haya composición conectado mediante una serie continua a uno donde no la haya. Por la Premisa 3, en esta serie hay un corte nítido donde la composición deja de darse abruptamente. Pero esto contradice la Premisa 2. Conclusión: la composición sí es universal.

3.2. El argumento de la sobredeterminación causal

Veamos ahora, con cierto detalle uno de los argumentos más relevantes que se han ofrecido para el eliminativismo (antes es interesante puntualizar que el eliminativismo también ha apelado al argumento desde la vaguedad: podemos rechazar la Premisa 1. ¡No hay casos donde haya composición!). El argumento que me gustaría detallar un poco más aquí es el “argumento de la sobredeterminación causal” formulado en Merricks (2001).

Imaginemos que (una supuesta) pelota causa la rotura de una ventana (Merricks señala que usa “rotura de una ventana” para referirse abreviadamente a las múltiples dispersiones de átomos organizados al modo de una ventana).

El argumento de la sobredeterminación es el siguiente:

Premisa 1. La pelota, si existe, es causalmente irrelevante respecto a si sus átomos componentes, actuando conjuntamente, causan la rotura de la ventana. (Aunque el uso que hace Merricks de “átomos” difiere en ciertos aspectos del uso que se hace en el eliminativismo más estándar, aquí lo entenderemos como refiriéndose a los simples introducidos más arriba).

Premisa 2. La rotura de la ventana está causada por estos átomos, actuando conjuntamente.

Premisa 3. La rotura de la ventana no está sobredeterminada (i.e. no tiene dos causas independientes).

Conclusión: Si la pelota existe, no causa la rotura de la ventana.

Dado que el caso no tiene nada de especial, debemos generalizar el argumento y concluir que los objetos compuestos no tienen poderes causales. Y si no tienen poderes causales, no existen.

Merricks justifica cada una de las premisas extensamente. Aquí sólo tendremos espacio para reproducir brevemente lo que argumenta a favor de la problemática Premisa 3.

En general, apunta Merricks, deberíamos evitar la existencia de sobredeterminación causal masiva. Alguien podría replicar que no toda sobredeterminación es problemática: la relevante aquí es inocua porque aquello en que consiste que la pelota rompa la ventana es que sus átomos rompan la ventana. Según Merricks, esta propuesta analiza una causación en términos de la otra de manera circular, y así, es inaceptable.

Merricks también analiza la siguiente crítica. La certeza que poseemos sobre la existencia de las pelotas y sus poderes causales es superior a las consideraciones que podamos ofrecer a favor de la Premisa 3. Así, debemos rechazar la premisa. Merricks responde aportando consideraciones, no para eliminar las pelotas (esto lo hace el argumento), sino para justificar un agnosticismo sobre su existencia y debilitar así esta crítica. Primero, observa que solemos creer en la existencia de las pelotas porque las podemos percibir. Ahora, la cuestión de si los átomos organizados al modo de una pelota componen una pelota es análoga a la de si los átomos organizados al modo de un piano&gallo componen un piano&gallo. Y, para resolver esta última, no diremos simplemente que lo percibimos: nuestras experiencias serían las mismas existieran o no los piano&gallos. Para justificar su existencia debemos recurrir a los argumentos filosóficos. Así debe ser también, pues, para las pelotas. Según Merricks se le podría objetar que una razón a favor de las pelotas, pero no de los piano&gallos es que las pelotas son, pero los piano&gallos no, parte de la ontología del sentido común. Así, debemos suponer que existen hasta demostrar lo contrario. Merricks insiste, sin embargo, que esto es sólo una cuestión de convenciones y costumbres locales. Su objetor podría aducir que la creencia en los dictados de la ontología del sentido común no es meramente una costumbre, sino que debe considerarse epistémicamente privilegiada. Sin embargo, Merricks no ve por qué esto debería ser así. Definitivamente, según Merricks debemos recurrir a la filosofía para dirimir la cuestión. Y así, añade, las cosas ya no son tan halagüeñas para la existencia de las pelotas, pues en muchos argumentos filosóficos su existencia está, meramente, presupuesta.

4. Un argumento en contra de las teorías revisionistas

Para terminar esta entrada me gustaría exponer brevemente el argumento, en (Korman, 2015), en contra del composicionalismo universalista y del eliminativismo, y a favor de la ontología del sentido común (en su libro Korman tiene en cuenta distinciones que aquí no hemos podido hacer. Sin embargo, sus argumentos también se aplican a las teorías introducidas aquí, que es lo que veremos). Debido al espacio que nos queda, no voy a exponer más argumentos con los mismos objetivos, pero una buena introducción se encuentra en (Korman, 2016).

Se trata de un argumento basado en la existencia de contraejemplos a las dos propuestas. Primero:

Premisa 1. Si el composicionalismo universalista es verdadero, hay manzana&sardinas.

Premisa 2. No hay manzana&sardinas.

Conclusión. El composicionalismo universalista es falso.

Segundo:

Premisa 1. Si el eliminativismo es verdadero, no hay encinas.

Premisa 2. Hay encinas.

Conclusión. El eliminativismo es falso.

Acto seguido Korman explica que sus argumentos no incurren en petición de principio en el sentido de que asumen algo que están intentando establecer. Pero sí es cierto que incluyen como premisa la negación de una tesis que la posición contraria afirma de forma clara. Sin embargo, apunta Korman, se trata de una buena manera de poner el foco en el punto crucial de discrepancia para evaluar su justificación.

Según Korman, para explicar porque es racional aceptar las segundas premisas de cada argumento la intuición tiene un papel importante. Respecto de la primera Premisa 2, la intuición aporta una justificación indirecta, pues tenemos la intuición que, si las manzanas y las sardinas están distribuidas de tal y tal manera, no existen manzana&sardinas. Esta intuición junto con el conocimiento que están distribuidas de tal y tal manera, nos permiten concluir que no hay manzana&sardinas.

Respecto de la segunda Premisa 2, cuál sea el rol de las intuiciones depende de cómo entendamos el contenido de la experiencia. Si se reduce a que ciertas cualidades sensibles están distribuidas de cierta manera, el rol de las intuiciones es el siguiente: tenemos la intuición que cuando ciertas cualidades están distribuidas de cierta manera, existe una silla. La experiencia nos dice que estas cualidades están distribuidas de esta manera. Entonces, las sillas existen. Alternativamente, si su contenido representacional conlleva información sobre qué objetos son los poseedores de las cualidades sensibles en cuestión, la intuición puede jugar un rol suplementario. En conclusión, la experiencia y la intuición nos aportan, prima facie, justificación razonable de las segundas premisas.

Pero, ¿cómo entiende Korman las intuiciones? Según él se trata de cierto tipo de estados mentales conscientes que presentan a su contenido como verdadero. Esto no implica (igual que en las percepciones) que también tengamos la creencia que ese contenido es verdadero. Es compatible con tener las intuiciones mencionadas antes creer que los argumentos en favor de, por ejemplo, el composicionalismo universalista son convincentes. Apelar a las intuiciones, defiende Korman, es diferente a apelar al hecho que estamos preteóricamente (hondamente) inclinados a aceptar su contenido.

Korman analiza posibles respuestas a sus argumentos. Vamos a exponer dos de las más relevantes. Primero, Korman analiza la postura compatibilista según la cual lo que expresan las segundas premisas en ambos argumentos es irrelevante para las tesis filosóficas que tales argumentos pretenden rechazar. Afirmaciones como “(no) hay manzana&sardinas” y “(no) hay encinas” significan cosas diferentes en contextos corrientes y en contextos ontológicos. Creemos que las que figuran como Premisa 1 son verdaderas porque “oímos” su significado ontológico. Creemos que las que figuran como Premisa 2 son verdaderas porque “oímos” su significado corriente.

Según Korman esta respuesta implica afirmaciones psicológicas sustantivas totalmente implausibles, pues ninguno de los indicios presentes en casos no controvertidos de existencia de lecturas dobles (que el autor analiza minuciosamente) están presentes en nuestro caso. De hecho, añade, todo indica que cuando se nos relatan los argumentos a favor de las posiciones revisionistas los entendemos como concerniendo a nuestras creencias corrientes.

Una segunda respuesta analizada por Korman consiste en aceptar que el composicionalismo universalista y el eliminativismo son revisionistas, pero argumentar que esto no va en contra de su verdad, pues no hay una conexión explicativa apropiada entre nuestras creencias sobre qué objetos hay y qué objetos realmente hay. Dividimos el mundo como lo hacemos debido a factores biológicos y culturales contingentes.

En contra de esta respuesta, Korman argumenta que aquellos que rechazan un escepticismo global radical han de aceptar que, de alguna manera u otra, estamos legitimados a considerar nuestras experiencias, intuiciones… (nuestras fuentes básicas de información) como fiables. Esto implica, razona Korman, que somos capaces de aprehender hechos sobre qué objetos existen (sobre qué propiedades son de un único objeto, qué objetos componen un único objeto y cuáles son sus tipos).

Marta Campdelacreu
(Logos, Universidad de Barcelona)

Referencias

  • Baker, L. R. (2007): The Metaphysics of Everyday Life, Cambridge, Cambridge University Press.
  • Carmichael, C. (2015): «Toward a Commonsense Answer to the Special Composition Question», Australasian Journal of Philosophy, 93(3), pp. 475-490.
  • Contessa, G. (2014): «One’s a Crowd: Mereological Nihilism without Ordinary-Object Eliminativism», Analytic Philosophy, 55(2), pp. 199-221.
  • Dorr, C. (2005): «What We Disagree About When We Disagree About Ontology”, en M. Calderon, ed., Fictionalism in Metaphysics, Oxford, Clarendon Press, pp. 234-286.
  • Hirsch, E. (2005): «Physical-Object Ontology, Verbal Disputes, and Common Sense», Philosophy and Phenomenological Research, 70(1), pp. 67-97.
  • Hawthorne, J. (2006): Metaphysical Essays, Oxford, Oxford University Press.
  • Heller, M. (1990): The Ontology of Physical Objects: Four-Dimensional Hunks of Matter, New York, Cambridge University Press.
  • Hossack, K. (2000): «Plurals and Complexes», The British Journal for the Philosophy of Science, 51(3), pp. 411-443.
  • Koslicki, K. (2008): The Structure of Objects, Oxford, Oxford University Press.
  • Korman, D. Z. (2015): Objects, Oxford, Oxford University Press.
  • –––(2016): “Ordinary Objects”, en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, E. N. Zalta, ed., disponible en https://plato.stanford.edu/archives/spr2016/entries/ordinary-objects/
  • Lewis, D. (1986): On the Plurality of Worlds, Malden, Blackwell.
  • Lowe, E. J. (2007, 15 Enero): [Review of Metaphysical Essays, by J. Hawthorne], Notre Dame Philosophical Reviews, https://ndpr.nd.edu/reviews/metaphysical-essays/
  • Markosian, N. (2014): «A Spatial Approach to Mereology», en S. Kleinschmidt, ed., Mereology and Location, Oxford, Oxford University Press, pp. 69-90.
  • Merricks, T. (2001): Objects and Persons, Oxford, Clarendon Press.
  • Quine, W. W. O. (1960): Word and Object, Cambridge, MIT Press.
  • ––– (1981): Theories and Things, Cambridge, Harvard University Press.
  • Sider, T. (1997): «Four-Dimensionalism», Philosophical Review, 106(2), pp. 197-231.
  • ––– (2001): Four-dimensionalism, Oxford, Oxford University Press.
  • Simons, P. (2006): «Real Wholes, Real Parts: Mereology without Algebra», Journal of Philosophy, 103(12), pp. 597-613.
  • van Inwagen, P. (1990): Material Beings, Ithaca, Cornell University Press.
  • Varzi, A. C. (2003): «Perdurantism, Universalism, and Quantifiers’», Australasian Journal of Philosophy, 81(2), pp. 208-215.
  • ––– (2006): «The Universe Among Other Things», Ratio, 19(1), pp. 107-120.
  • ––– (2009): «Universalism Entails Extensionalism», Analysis, 69(4), pp. 599-604.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Conee, E. y T. Sider, eds., (2013): Acertijos de la existencia, Madrid, Alianza Editorial.
  • Prades, J. L., ed., (2016): Cuestiones de Metafísica, Madrid, Editorial Tecnos.
Cómo citar esta entrada

Campdelacreu, Marta (2018) «Objetos materiales», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-materiales/).