Objetos materiales

1. Introducción

Si estamos atentos a nuestro alrededor y nos preguntan ¿qué objetos materiales existen?, tendemos de forma natural a responder que, según nuestra experiencia, hay sillas, ordenadores y todas sus partes, como la pantalla del ordenador o las patas de las sillas; también hay estatuas, cuadros, y sus partes, como uno de los brazos del David de Miguel Ángel; también hay diamantes, árboles y sus ramas; y también ardillas y personas, etc. Y si nos preguntan si hay ordenador&caballos, después de preguntar ¿qué es eso? -y después de aclararnos que nos siguen preguntando por objetos como los anteriormente citados, ahora compuestos por (teniendo como partes) un caballo y un ordenador- tendemos de forma natural a contestar que “claro que no”, que hay ordenadores y caballos pero no ordenador&caballos, de la misma manera que no hay fuente&arañas o cuadro&diamante&personas, si con ello queremos decir objetos con una fuente y una araña como partes o con tres partes: un cuadro, un diamante y una persona.

Por obvio que nos parezca lo anterior, posiciones relevantes hoy en día en el debate sobre qué objetos materiales existen, afirman que esta ontología del sentido común es errónea.

En esta entrada vamos a exponer los tres tipos de teorías que hoy en día dominan este debate. Vamos a exponer primero algunos de los argumentos (no todos, dada la extensión de la entrada) que se han ofrecido en contra de la ontología del sentido común y a favor de posiciones alternativas (secciones 1 y 2); después vamos a exponer una de las razones más poderosas en contra de estas teorías revisionistas (sección 3). Para profundizar en el debate, que aquí podremos simplemente esbozar, se recomienda al lector acudir a las distintas obras a que haremos referencia durante la exposición (y también al final de la entrada).

2. La ontología del sentido común y sus rivales

La primera respuesta a la pregunta “¿qué objetos materiales existen?” que vamos a presentar es la más acorde con la respuesta que proporciona el sentido común junto con, añadiremos ahora, ciencias como la geología, la biología, la física, etc. (en su versión más evolucionada). Con todo, cabe resaltar, no es la respuesta que cuenta con más partidarios hoy en día. También es necesario puntualizar ya aquí que los filósofos que defienden esta posición formulan y discuten teorías mucho más precisas que la que estamos analizando. Más que de una teoría, pues, deberíamos hablar de un conjunto de teorías que comparten el mismo objetivo, que pretenden llevar a cabo de maneras muy distintas. El objetivo es el de defender que los objetos materiales que existen son, aproximadamente (y aquí ya surgen las primeras discrepancias que, dado nuestro propósito, deberemos omitir), aquellos que nos dicta el sentido común, junto con las ciencias como las mencionadas más arriba. Nos referiremos a esta posición como “la ontología del sentido común científicamente refinado”, o, simplemente, “la ontología del sentido común”.

Defensores de este tipo de teoría son, por ejemplo, Hirsch (2005), Simons (2006), Baker (2007), Koslicki (2008), Markosian (2014), Korman (2015), Carmichael (2015).

Una puntualización: aunque esta posición parte de la ontología proporcionada por el sentido común científicamente refinado, esto no implica que se defienda de forma acrítica. Todo lo contrario, sin refinar, el resultado sería una ontología ciertamente plagada de dificultades (como pondrán de relieve los argumentos que presentaremos enseguida). Matizar tal ontología para superar estas dificultades no implica, sin embargo, según los defensores de esta posición, que la posición correcta sea una de las ontologías revisionistas que introduciremos a continuación (véase Lowe 2007).

Antes de exponer dos de los argumentos más interesantes en contra de esta ontología del sentido común y a favor de posiciones alternativas, vamos a exponerlas brevemente.

Una de las posiciones más defendidas actualmente es el composicionalismo en su versión universalista. Según esta, dada una pluralidad de objetos cualesquiera, no importa lo diversa o dispersa que sea, existe un objeto resultado de su composición. Por ejemplo, dado un calcetín y una nariz cualesquiera, existe un objeto resultado de su composición (un calcetín&nariz). O, dado un calcetín y una nariz y un colegio, existe un objeto resultado de su composición (un calcetín&nariz&colegio), etc.

Es importante recalcar que, como antes, esta caracterización inicial puede refinarse de múltiples formas. Por ejemplo, respondiendo a estas preguntas: ¿De qué tipo son los objetos resultantes? ¿Son estos diferentes a sus partes o son idénticos a ellas?

Entre los composicionalistas, se encuentran, entre otros, Quine (1960, 1981), Lewis (1986), Heller (1990), Sider (1997, 2001), Varzi (2003, 2006, 2009).

La otra posición revisionista que vamos a analizar es el eliminativismo. De forma genérica, según este no existen objetos compuestos, es decir, con partes propias (partes diferentes a ellos mismos). Así, las sillas o las manzanas, con partes propias como las patas de las sillas o las semillas de las manzanas, no existen. Lo que sí existe son objetos simples (sin partes propias); simples organizados al modo de una silla, o al modo de una manzana, etc. Es importante señalar aquí que hay eliminativistas que no niegan la existencia de algunos objetos compuestos: por ejemplo, van Inwagen (1990) defiende la existencia de los organismos vivos, y Merricks (2001) defiende que (al menos) los seres humanos, con estados mentales conscientes, existen.

Al igual que antes, existen diferentes tipos de eliminativismo. Quizá sea útil señalar aquí un caso ciertamente especial, el defendido, entre otros, por Contessa (2014). Según este, de hecho, sí hay sillas (recordemos que según el eliminativismo más estándar no hay sillas), pero no son objetos compuestos sino simples organizados al modo de una silla.

Son eliminativistas, por ejemplo, van Inwagen (1990), Hossack (2000), Merricks (2001), Dorr (2005), Contessa (2014).

3. Argumentos en contra de la ontología del sentido común

A continuación, vamos a presentar algunos argumentos a favor de estas ontologías revisionistas, y en contra de la ontología del sentido común. Podremos exponer con cierto detalle el “argumento desde la vaguedad”, formulado por Sider (2001) a favor del composicionalismo universalista y el “argumento de la sobredeterminación causal”, formulado por Merricks (2001) a favor del eliminativismo. No podremos presentar otros argumentos, todos ellos muy interesantes, que se han ofrecido en contra de la ontología del sentido común. Sin embargo, me gustaría mencionar brevemente algunos de ellos antes de pasar a analizar los dos argumentos anteriores (para una exposición inicial, pero bastante detallada, de estos argumentos puede verse las entradas pertinentes en The Stanford Encyclopedia of Philosophy).

Un primer tipo de argumento está relacionado con el hecho que los objetos materiales, pongamos por caso, el David de Miguel Ángel, coinciden espaciotemporalmente con la pieza de materia de que están hechos. El problema es que, por una parte, el David y la pieza de mármol relevante parecen ser objetos diferentes, pues tienen propiedades diferentes, pero, por otra parte, parece ser también una intuición del sentido común que dos objetos materiales no pueden ocupar exactamente la misma región espaciotemporal.

Un segundo argumento es el siguiente. Partimos de dos intuiciones del sentido común. Primera, si a un barco le vamos cambiando las piezas de que está hecho muy, muy lentamente, sigue siendo el mismo barco al cabo de, pongamos 200 años, cuando ya no queda ninguna de las placas originales. Segunda, podemos desmontar un barco y volverlo a montar. Pues bien, si esto es así, llegamos a la siguiente paradoja: el Barco de Teseo es un barco de lo más normal. A lo largo de 200 años sus propietarios le han ido cambiando las placas desgastadas poco a poco. Placas iniciales que un anticuario y sus descendientes, con muy buen ojo, han ido guardando. Al cabo de estos 200 años, lo reconstruyen en el museo local y anuncian que ya se puede visitar el Barco de Teseo. ¿Cuál de los dos barcos, uno en el mar, el otro en el museo, es el Barco de Teseo original?

Un tercer tipo de consideración es la aparente imposibilidad de encontrar una formulación precisa que caracterice adecuadamente la ontología del sentido común. ¿Indica esto que, de hecho, no es la correcta? Un argumento relacionado con esta dificultad es el “argumento de la arbitrariedad”. Como pone de relieve, entre otros, (Hawthorne 2006) no parece que haya ninguna razón ontológica para aceptar la existencia de, por ejemplo, las islas pero, en cambio, rechazar la existencia de objetos tan extraordinarios, desde el punto de vista del sentido común, como el siguiente: un objeto que existe sólo cuando un coche está dentro de un garaje, coincidiendo materialmente con él (muy grosso modo: los dos serían objetos cuya existencia dependería, al menos parcialmente, de cierto tipo de relación con otras entidades diferentes a ellos mismos que los rodean -el agua, en el caso de los primeros, los garajes en el caso de los segundos. Piense el lector qué otras similitudes, y diferencias, ontológicas hay entre los dos casos).

Como ya dijimos más arriba, existen otros argumentos, aparte de los ya expuestos, en contra de la ontología del sentido común y a favor de las teorías alternativas presentadas, que (defienden) ofrecen mejores soluciones para ellos. Es hora, sin embargo, de centrarnos en dos de los argumentos más relevantes que se han formulado a favor de estas teorías revisionistas.

3.1. El argumento desde la vaguedad

El primero, el “argumento desde la vaguedad”, formulado por Sider (2001), basándose en Lewis (1986), a favor del composicionalismo universalista, consta de tres premisas.

Un poco de terminología primero. Diremos que “un caso” es una situación posible en la que existe una clase de objetos, con ciertas propiedades y estando en ciertas relaciones, para la cual nos preguntamos si existe una fusión, i.e., si tales objetos componen otro objeto.

Parece claro que podemos imaginar dos casos, tales que en uno exista una fusión y en el otro no. Primer caso: los objetos son las partículas subatómicas de uno de nosotros, con sus propiedades y relaciones. La fusión es la persona relevante. Caso sin fusión: las mismas partículas subatómicas, pero ahora esparcidas por la Vía Láctea. Es más, añade Sider, podemos imaginar una serie finita de casos conectando los dos casos tales que cada caso es extremadamente parecido a los adyacentes en todos los aspectos relevantes para la existencia de una fusión (cierta homogeneidad cualitativa, cierta proximidad espacial…). La primera premisa del argumento dice:

Premisa 1. Si no toda clase de objetos tiene una fusión, entonces tiene que haber un par de casos conectados por una serie continua tales que, en uno hay composición y en el otro no.

Veamos ahora la segunda premisa. Dada una serie continua, diremos que existe un “corte nítido” en ella cuando existan un par de casos adyacentes tales que, en uno definidamente hay composición y en el otro definidamente no hay composición.

Aunque no lo vamos a desarrollar en esta entrada, es necesario apuntar aquí, en relación a “definidamente/no definidamente” lo siguiente: Sider presupone la llamada “teoría lingüística de la vaguedad”. Muy grosso modo, según esta la vaguedad es un fenómeno meramente lingüístico. Una oración que contiene un término vago (por ejemplo “ser calvo”) será verdadera(falsa) cuando la oración sea definidamente verdadera(falsa): verdadera(falsa) sea cual sea la manera de hacerla precisa. En caso contrario su valor de verdad estará indeterminado. La segunda premisa afirma:

Premisa 2. En ninguna serie continua hay un corte nítido respecto a si se produce composición.

Justificación: no parece razonable pensar que dos casos adyacentes que son extremadamente similares respecto de todo aquello relevante para la composición difieran precisamente en si esta ocurre.

Vayamos ahora a por la tercera premisa:

Premisa 3. En cualquier caso, o bien la composición definidamente ocurre o bien definidamente no ocurre.

Justificación: Supongamos, por reductio, que la premisa 3 es falsa, esto es, que puede ser vago que una clase de objetos tenga una fusión. Esto puede pasar en un mundo finito. Imaginemos que contamos los objetos de este mundo (los relevantes son los concretos, no los abstractos). Así, contamos todos los objetos de esta clase; pero está indeterminado si debemos incluir a otro objeto: la fusión de la clase. Esto implica que alguna oración numérica, “hay exactamente n objetos concretos” para algún n finito, tiene un valor de verdad indeterminado. Pero, argumenta Sider extensamente, esto es imposible, pues la oración sólo contiene términos lógicos y el predicado “concreto”, ninguno de los cuales es vago.

Así, la Premisa 1 requiere que, si la composición no es universal, exista un caso en que haya composición conectado mediante una serie continua a uno donde no la haya. Por la Premisa 3, en esta serie hay un corte nítido donde la composición deja de darse abruptamente. Pero esto contradice la Premisa 2. Conclusión: la composición sí es universal.

3.2. El argumento de la sobredeterminación causal

Veamos ahora, con cierto detalle uno de los argumentos más relevantes que se han ofrecido para el eliminativismo (antes es interesante puntualizar que el eliminativismo también ha apelado al argumento desde la vaguedad: podemos rechazar la Premisa 1. ¡No hay casos donde haya composición!). El argumento que me gustaría detallar un poco más aquí es el “argumento de la sobredeterminación causal” formulado en Merricks (2001).

Imaginemos que (una supuesta) pelota causa la rotura de una ventana (Merricks señala que usa “rotura de una ventana” para referirse abreviadamente a las múltiples dispersiones de átomos organizados al modo de una ventana).

El argumento de la sobredeterminación es el siguiente:

Premisa 1. La pelota, si existe, es causalmente irrelevante respecto a si sus átomos componentes, actuando conjuntamente, causan la rotura de la ventana. (Aunque el uso que hace Merricks de “átomos” difiere en ciertos aspectos del uso que se hace en el eliminativismo más estándar, aquí lo entenderemos como refiriéndose a los simples introducidos más arriba).

Premisa 2. La rotura de la ventana está causada por estos átomos, actuando conjuntamente.

Premisa 3. La rotura de la ventana no está sobredeterminada (i.e. no tiene dos causas independientes).

Conclusión: Si la pelota existe, no causa la rotura de la ventana.

Dado que el caso no tiene nada de especial, debemos generalizar el argumento y concluir que los objetos compuestos no tienen poderes causales. Y si no tienen poderes causales, no existen.

Merricks justifica cada una de las premisas extensamente. Aquí sólo tendremos espacio para reproducir brevemente lo que argumenta a favor de la problemática Premisa 3.

En general, apunta Merricks, deberíamos evitar la existencia de sobredeterminación causal masiva. Alguien podría replicar que no toda sobredeterminación es problemática: la relevante aquí es inocua porque aquello en que consiste que la pelota rompa la ventana es que sus átomos rompan la ventana. Según Merricks, esta propuesta analiza una causación en términos de la otra de manera circular, y así, es inaceptable.

Merricks también analiza la siguiente crítica. La certeza que poseemos sobre la existencia de las pelotas y sus poderes causales es superior a las consideraciones que podamos ofrecer a favor de la Premisa 3. Así, debemos rechazar la premisa. Merricks responde aportando consideraciones, no para eliminar las pelotas (esto lo hace el argumento), sino para justificar un agnosticismo sobre su existencia y debilitar así esta crítica. Primero, observa que solemos creer en la existencia de las pelotas porque las podemos percibir. Ahora, la cuestión de si los átomos organizados al modo de una pelota componen una pelota es análoga a la de si los átomos organizados al modo de un piano&gallo componen un piano&gallo. Y, para resolver esta última, no diremos simplemente que lo percibimos: nuestras experiencias serían las mismas existieran o no los piano&gallos. Para justificar su existencia debemos recurrir a los argumentos filosóficos. Así debe ser también, pues, para las pelotas. Según Merricks se le podría objetar que una razón a favor de las pelotas, pero no de los piano&gallos es que las pelotas son, pero los piano&gallos no, parte de la ontología del sentido común. Así, debemos suponer que existen hasta demostrar lo contrario. Merricks insiste, sin embargo, que esto es sólo una cuestión de convenciones y costumbres locales. Su objetor podría aducir que la creencia en los dictados de la ontología del sentido común no es meramente una costumbre, sino que debe considerarse epistémicamente privilegiada. Sin embargo, Merricks no ve por qué esto debería ser así. Definitivamente, según Merricks debemos recurrir a la filosofía para dirimir la cuestión. Y así, añade, las cosas ya no son tan halagüeñas para la existencia de las pelotas, pues en muchos argumentos filosóficos su existencia está, meramente, presupuesta.

4. Un argumento en contra de las teorías revisionistas

Para terminar esta entrada me gustaría exponer brevemente el argumento, en (Korman 2015), en contra del composicionalismo universalista y del eliminativismo, y a favor de la ontología del sentido común (en su libro Korman tiene en cuenta distinciones que aquí no hemos podido hacer. Sin embargo, sus argumentos también se aplican a las teorías introducidas aquí, que es lo que veremos). Debido al espacio que nos queda, no voy a exponer más argumentos con los mismos objetivos, pero una buena introducción se encuentra en (Korman 2016).

Se trata de un argumento basado en la existencia de contraejemplos a las dos propuestas. Primero:

Premisa 1. Si el composicionalismo universalista es verdadero, hay manzana&sardinas.

Premisa 2. No hay manzana&sardinas.

Conclusión. El composicionalismo universalista es falso.

Segundo:

Premisa 1. Si el eliminativismo es verdadero, no hay encinas.

Premisa 2. Hay encinas.

Conclusión. El eliminativismo es falso.

Acto seguido Korman explica que sus argumentos no incurren en petición de principio en el sentido de que asumen algo que están intentando establecer. Pero sí es cierto que incluyen como premisa la negación de una tesis que la posición contraria afirma de forma clara. Sin embargo, apunta Korman, se trata de una buena manera de poner el foco en el punto crucial de discrepancia para evaluar su justificación.

Según Korman, para explicar porque es racional aceptar las segundas premisas de cada argumento la intuición tiene un papel importante. Respecto de la primera Premisa 2, la intuición aporta una justificación indirecta, pues tenemos la intuición que, si las manzanas y las sardinas están distribuidas de tal y tal manera, no existen manzana&sardinas. Esta intuición junto con el conocimiento que están distribuidas de tal y tal manera, nos permiten concluir que no hay manzana&sardinas.

Respecto de la segunda Premisa 2, cuál sea el rol de las intuiciones depende de cómo entendamos el contenido de la experiencia. Si se reduce a que ciertas cualidades sensibles están distribuidas de cierta manera, el rol de las intuiciones es el siguiente: tenemos la intuición que cuando ciertas cualidades están distribuidas de cierta manera, existe una silla. La experiencia nos dice que estas cualidades están distribuidas de esta manera. Entonces, las sillas existen. Alternativamente, si su contenido representacional conlleva información sobre qué objetos son los poseedores de las cualidades sensibles en cuestión, la intuición puede jugar un rol suplementario. En conclusión, la experiencia y la intuición nos aportan, prima facie, justificación razonable de las segundas premisas.

Pero, ¿cómo entiende Korman las intuiciones? Según él se trata de cierto tipo de estados mentales conscientes que presentan a su contenido como verdadero. Esto no implica (igual que en las percepciones) que también tengamos la creencia que ese contenido es verdadero. Es compatible con tener las intuiciones mencionadas antes creer que los argumentos en favor de, por ejemplo, el composicionalismo universalista son convincentes. Apelar a las intuiciones, defiende Korman, es diferente a apelar al hecho que estamos preteóricamente (hondamente) inclinados a aceptar su contenido.

Korman analiza posibles respuestas a sus argumentos. Vamos a exponer dos de las más relevantes. Primero, Korman analiza la postura compatibilista según la cual lo que expresan las segundas premisas en ambos argumentos es irrelevante para las tesis filosóficas que tales argumentos pretenden rechazar. Afirmaciones como “(no) hay manzana&sardinas” y “(no) hay encinas” significan cosas diferentes en contextos corrientes y en contextos ontológicos. Creemos que las que figuran como Premisa 1 son verdaderas porque “oímos” su significado ontológico. Creemos que las que figuran como Premisa 2 son verdaderas porque “oímos” su significado corriente.

Según Korman esta respuesta implica afirmaciones psicológicas sustantivas totalmente implausibles, pues ninguno de los indicios presentes en casos no controvertidos de existencia de lecturas dobles (que el autor analiza minuciosamente) están presentes en nuestro caso. De hecho, añade, todo indica que cuando se nos relatan los argumentos a favor de las posiciones revisionistas los entendemos como concerniendo a nuestras creencias corrientes.

Una segunda respuesta analizada por Korman consiste en aceptar que el composicionalismo universalista y el eliminativismo son revisionistas, pero argumentar que esto no va en contra de su verdad, pues no hay una conexión explicativa apropiada entre nuestras creencias sobre qué objetos hay y qué objetos realmente hay. Dividimos el mundo como lo hacemos debido a factores biológicos y culturales contingentes.

En contra de esta respuesta, Korman argumenta que aquellos que rechazan un escepticismo global radical han de aceptar que, de alguna manera u otra, estamos legitimados a considerar nuestras experiencias, intuiciones… (nuestras fuentes básicas de información) como fiables. Esto implica, razona Korman, que somos capaces de aprehender hechos sobre qué objetos existen (sobre qué propiedades son de un único objeto, qué objetos componen un único objeto y cuáles son sus tipos).

Marta Campdelacreu
(Logos, Universidad de Barcelona)

Referencias

  • Baker, L. R. (2007) The Metaphysics of Everyday Life, Cambridge: Cambridge University Press.
  • Carmichael, C. (2015) “Toward a Commonsense Answer to the Special Composition Question”,  Australasian Journal of Philosophy 93 (3): 475-490.
  • Contessa, G. (2014) “One’s a Crowd: Mereological Nihilism without Ordinary-Object Eliminativism”,  Analytic Philosophy 55 (2): 199-221.
  • Dorr, C. (2005) “What We Disagree About When We Disagree About Ontology’, en M. Calderon (ed.), Fictionalism in Metaphysics, Oxford: Clarendon Press, pp. 234-286.
  • Hirsch, E. (2005) “Physical-Object Ontology, Verbal Disputes, and Common Sense”, Philosophy and Phenomenological Research 70 (1): 67-97.
  • Hawthorne, J. (2006) Metaphysical Essays, Oxford: Oxford University Press.
  • Heller, M. (1990) The Ontology of Physical Objects: Four-Dimensional Hunks of Matter, New York: Cambridge University Press.
  • Hossack, K. (2000) “Plurals and Complexes”, The British Journal for the Philosophy of Science 51 (3): 411-443.
  • Koslicki, K. (2008) The Structure of Objects, Oxford: Oxford University Press.
  • Korman, D. Z. (2015) Objects, Oxford: Oxford University Press.
  • ––– (2016), ‘Ordinary Objects’, en Edward N. Zalta (ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy, URL = <https://plato.stanford.edu/archives/spr2016/entries/ordinary-objects/>.
  • Lewis, D. (1986) On the Plurality of Worlds, Malden: Blackwell.
  • Lowe, E. J. (2007) “Review of Metaphysical Essays”, Notre Dame Philosophical Reviews.
  • Markosian, N. (2014) “A Spatial Approach to Mereology”, en S. Kleinschmidt (ed.), Mereology and Location, Oxford: Oxford University Press, pp. 69-90.
  • Merricks, T. (2001) Objects and Persons, Oxford: Clarendon Press.
  • Quine, W. W. O. (1960) Word and Object, Cambridge: MIT Press.
  • ––– (1981) Theories and Things, Cambridge: Harvard University Press.
  • Sider, T. (1997) “Four-Dimensionalism”, Philosophical Review 106 (2): 197-231.
  • ––– (2001) Four-dimensionalism. Oxford: Oxford University Press.
  • Simons, P. (2006) “Real Wholes, Real Parts: Mereology without Algebra”, Journal of Philosophy 103 (12): 597-613.
  • van Inwagen, P. (1990) Material Beings, Ithaca: Cornell.
  • Varzi, A. C. (2003) “Perdurantism, Universalism, and Quantifiers’” Australasian Journal of Philosophy 81(2): 208-215.
  • ––– (2006) “The Universe Among Other Things”, Ratio 19 (1): 107-120.
  • ––– (2009) “Universalism Entails Extensionalism”, Analysis 69 (4): 599-604.

En español podemos mencionar (los capítulos relevantes de) los libros:

  • Connee, E. y Sider, T. (eds.) (2013) Acertijos de la existencia, Alianza.
  • Prades, J. L. (ed.) (2016) Cuestiones de Metafísica, Tecnos.
Cómo citar esta entrada

Campdelacreu, M. (2018) “Objetos materiales”. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-materiales/)

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