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Metasemántica

Decir algo, referirse a ciertos hechos, ofrecer un sentido u otro, ser verdadero o falso, son ejemplos de propiedades semánticas. En filosofía del lenguaje hay dos planteamientos que intentan entender propiedades de este tipo. Uno se ellos se ocupa de asignar esas propiedades a las expresiones de un determinado lenguaje. El otro reflexiona sobre su naturaleza intentando identificar sus fuentes últimas. La distinción entre semántica y metasemántica refleja ambos planteamientos.

En el primer apartado perfilaremos mejor la distinción que acabamos de hacer. A continuación ofrecemos un amplio abanico de enfoques metasemánticos. Algunos tienen una larga historia y se conectan con desarrollos filosóficos generales. Otros son más recientes y se derivan del propio desarrollo de la filosofía del lenguaje. En el último apartado haremos un balance.

1. Semántica y metasemántica

El prefijo «meta» es ampliamente utilizado en filosofía: lógica y metalógica, ética y metaética, metafísica y metametafísica. La diferencia es siempre de nivel y con un doble sentido. Por un lado, «meta» sugiere un ascenso lingüístico y epistémico desde donde miramos reflexivamente lo que hay debajo. Por otro lado, se buscan los fundamentos últimos. Esto acaba situándonos en los niveles de la realidad que supuestamente determinan todo lo demás. Y desde allí, miramos hacia arriba. En metasemántica hay diferencias de nivel respecto a la semántica en estos dos sentidos (véase Burgess y Sherman, 2014). Sobre las diferencias normativas entre semántica y metasemántica, véase Lewis (1970) y García-Carpintero (2021).

Una teoría semántica sobre un lenguaje es una teoría acerca de los significados que podemos atribuir a las expresiones de ese lenguaje y, también, acerca de todo lo que se sigue de que se tengan esos significados. Pero, ¿por qué atribuimos esos significados? ¿Por qué las expresiones de un lenguaje deberían tener los significados que les atribuimos? Más en general, ¿en virtud de qué ciertos sonidos o marcas llegan a tener un significado, un contenido semántico, unos valores de verdad? Estas preguntas son metasemánticas.

Denominaciones alternativas, pero menos usadas, son las de «metafísica del significado» (Katz, 1992), «metafísica y epistemología del significado» (Pfister, 2007) o «teoría sobre los fundamentos del significado» (Speaks, 2021).

La metasemántica busca el fundamento último de todas las propiedades semánticas incluyendo las propiedades semánticas del propio discurso metasemántico. Esto genera problemas de circularidad. La metasemántica debería fundamentar el significado de los propios términos que emplea. Debería fundamentar, por ejemplo, el significado de «fundamentar». ¿Se trata de un problema grave? No necesariamente. Ocurre algo parecido en otros campos. Es más, ¿qué otra cosa cabría esperar en filosofía?

2. Enfoques metasemánticos clásicos

Hay enfoques metasemánticos muy clásicos. Se conectan directamente con planteamientos filosóficos generales y habitualmente podemos encontrarlos en autores de muy distintas etapas de la historia de la filosofía. Veremos a continuación algunos ejemplos.

1. Primitivismo

Afirma que ciertos fenómenos semánticos son primitivos y no admiten explicación ni análisis. Simplemente, debemos aceptar su existencia. No son explicables ni analizables en términos no semánticos más básicos. En ética, epistemología y filosofía de la mente hay paralelismos con esta posición.

Wittgenstein (1922), en su Tractatus, es primitivista respecto a la distinción entre decir y mostrar. Y frente al escepticismo semántico de Wittgenstein (1953) y Kripke (1980), es frecuente encontrar posiciones primitivistas.

2. Platonismo

El significado se fundamenta en conexiones entre las expresiones lingüísticas y ciertas entidades abstractas, añadiendo la capacidad de los hablantes para acceder a ese dominio abstracto o para ajustar su conducta a tal dominio.

Este enfoque explica bien los significados de la lógica y las matemáticas, También los significados de todo vocabulario que se refiera a propiedades. Pero el precio a pagar es una ontología y una epistemología que pueden ser muy problemáticas.

Frege (1884; 1892) y Russell (1919) adoptaron esta posición. En los positivistas lógicos, por ejemplo en Carnap (1950), podemos encontrar un platonismo más moderado, de tipo ficcionalista o instrumental. El platonismo en filosofía del lenguaje ha sido generalmente sustituido por enfoques centrados en el contenido mental o en el uso del lenguaje. Sin embargo, persisten variantes importantes de platonismo que recurren a la noción de mundo posible. En ellas, los significados suelen identificarse con construcciones abstractas de tipo conjuntista que toman como base los mundos posibles.

3. Mentalismo

El significado de las expresiones lingüísticas se hace derivar aquí del significado de ciertos estados mentales. Este enfoque resulta muy intuitivo, pero solo traslada el problema a otro lugar, pues ahora debería explicarse cómo adquieren los estados mentales sus peculiares contenidos. El desarrollo reciente de las ciencias cognitivas ha contribuido enormemente al desarrollo y diversificación de este enfoque.

Dentro de este enfoque, cabe resaltar 1) el programa intencionalista de Grice (1957), según el cual el fundamento del significado lingüístico estaría en las intenciones comunicativas de los hablantes, 2) el análisis que Lewis (1970) propone del significado lingüístico a partir de las creencias, 3) la hipótesis defendida por Chomsky (1957) y Fodor (1980), entre otros, de un lenguaje del pensamiento como medio en el que nuestra mente computa representaciones que se convierten en contenidos expresables en un lenguaje público, 4) el intencionalismo de Searle (1969) y, también, 5) la posición típicamente mantenida por la fenomenología consistente en explicar el significado lingüístico desde ciertos estados de conciencia.

Los planteamientos mentalistas son fuertemente internistas. La fuente última del significado lingüístico son los contenidos y actitudes mentales. En el siglo XX han surgido críticas muy serias al internismo. Autores clave son Putnam (1975), Burge (1979) y Kripke (1980). La hipótesis de la mente extendida, el embodiment y el enactivismo han sido aliados importantes de este externismo desde la propia filosofía de la mente y las ciencias cognitivas.

4. Naturalismo

Este enfoque nos sitúa en el extremo opuesto al platonismo y en contraste con el internismo de muchos enfoques mentalistas. Los significados lingüísticos, incluso los propios contenidos y actitudes mentales, están determinados por sus relaciones con un mundo externo a nuestras mentes, o al menos dependen o son modulados por esas relaciones.

Pero si entendemos la mente como un fenómeno natural, el naturalismo acaba siendo un enfoque compatible con el mentalismo. De hecho, muchos planteamientos mentalistas tienen una importante base naturalista. Por ejemplo, Grice complementa su programa con una explicación del significado intencional en términos de un significado natural definible tomando como base la causalidad, la información y la selección natural. Estos suelen ser los tres ingredientes clave en todos los enfoques naturalistas sobre el significado.

Otras líneas de desarrollo naturalista son 1) los análisis de Dretske (1983) sobre la información como base de un contenido que puede llegar a ser muy selectivo y capaz de ser erróneo, 2) las hipótesis eliminativistas en ciencia cognitiva y neurociencia defendidas, respectivamente, por Stich (1983) y Patricia Churchland (1986), 3) el tipo de explicaciones evolutivas ofrecidas por Millikan (1987) acerca de la aparición y mantenimiento biológico de sistemas de signos con significado y 4) el enfoque de Kripke (1980) acerca de cómo los nombres adquieren significado a partir de ciertos actos especiales de «bautismo», creándose vínculos con los referentes que se mantienen a través de cadenas causales que tienen lugar en un medio social.

5. Significado como condiciones de verdad

Davidson (1984) también formuló un influyente proyecto semántico y metasemántico con un fuerte carácter externista, basado en la idea de que la verdad debe explicar el significado. Su proyecto tiene dos partes. Una gira en torno a la tesis de que el significado consiste en condiciones de verdad. Conocer las condiciones de verdad de las oraciones de un lenguaje implica conocer su significado. Y conocer cómo las palabras y expresiones de un lenguaje contribuyen a esas condiciones de verdad implica conocer el significado de esas palabras y expresiones.

La otra parte de su proyecto es un planteamiento acerca de cómo llegamos a conocer esas condiciones de verdad. Davidson argumenta que lo hacemos a través de un ejercicio de interpretación radical, aplicando un principio de caridad que maximiza la verdad que podemos encontrar en las proferencias lingüísticas de los hablantes. Véase Lepore (1986), así como Lepore y Kirk (2007).

Sin embargo, es difícil analizar en términos de condiciones de verdad el significado expresado en contextos de atribución de propiedades mentales. Tampoco es fácil hacer que el significado de todos los enunciados no declarativos quede determinado por unas condiciones de verdad. Ni lo es determinar si el principio de caridad debería maximizar la verdad de los interpretados o, más bien, la similaridad entre intérpretes e interpretados.

Lewis (1999) propone una variación importante sobre el principio de caridad. Se debería respetar la composición y estructura objetiva de la realidad tal como nos la van mostrando nuestras ciencias naturales. Hay referencias que permiten que la realidad se articule de maneras mucho más «naturales» que otras, siendo inevitable que sea la ciencia el árbitro último de tal naturalidad. El planteamiento de Lewis conecta fuertemente la metasemántica con la metafísica. Véase Sider (2011) y, en un sentido más crítico, Hawthorne (2007).

Otro giro importante consiste en entender el significado no como condiciones de verdad, sino de asertabilidad. Este cambio puede ser muy radical, limitando el tipo de lógica y metafísica que deberíamos adoptar. La noción de asertabilidad tiene fuertes componentes epistémicos que sugieren el abandono del realismo. Simplemente, puede no ser asertable ni p ni, tampoco, ¬p (Dummett, 1978).

6. Pragmática como fuente de la semántica

Las teorías del significado suelen presuponer la existencia de ciertos contenidos mentales. La pragmática ha abierto otro camino explicativo, un camino que va de la existencia de ciertos actos de habla y procesos conversacionales a la constitución del propio contenido mental que se expresa en los significados lingüísticos.

Volvemos a encontrar una posición externista. Los contenidos mentales estarían determinados, o al menos dependerían, o estarían modulados, por las relaciones sociales. La concepción de Wittgenstein (1953) sobre el significado como uso ha sido tremendamente influyente, así como los enfoques de Austin (1962) y Grice (1989). El significado es siempre el resultado de interacciones sociales desarrolladas en ciertos contextos concretos y con historias específicas. Hasta puede llegar a pensarse que incluso la función representacional del lenguaje pueda ser explicada por el uso del lenguaje (Zalabardo, 2023).

Este enfoque también se conecta con la posición clásica del convencionalismo: el significado como resultado de convenciones sociales. Hace unos años, Lewis (1969) ofreció un influyente análisis de la naturaleza de las convenciones. Una convención sería simplemente una regularidad en las conductas de ciertos agentes generada a través de sus decisiones y mantenida en el tiempo porque soluciona problemas de coordinación.

7. Significado como papel funcional

El significado también puede entenderse como papel funcional, o rol funcional. Estaría determinado por el conjunto de relaciones que una entidad puede mantener con otras dando lugar a un tipo peculiar de comportamiento. Las palabras, sintagmas y oraciones de un lenguaje se relacionan con otras palabras, sintagmas y oraciones de ciertos modos, produciendo determinados patrones de comportamiento entre los que destacan los comportamientos inferenciales.

Sellars es uno de los principales promotores del funcionalismo en filosofía de la mente. Y su enfoque sobre el significado se conecta estrechamente con tal funcionalismo. El significado de las expresiones de un lenguaje se deriva de la manera de usar esas expresiones, igual que ser un peón o una torre en el juego del ajedrez se deriva de cómo usamos esas piezas cuando jugamos al ajedrez (Sellars, 1954).

Hay versiones individualistas y no individualistas de esta concepción. Y aún podría generalizarse más. El propio Sellars (1974) defendió la idea de que existen papeles funcionales semánticos definibles de manera independiente a los lenguajes naturales particulares.

Este enfoque mantiene importantes relaciones con el enfoque wittgensteiniano del significado como uso, así como con la hipótesis de un lenguaje del pensamiento con unos «contenidos en sentido estrecho» definibles únicamente en términos de sus papeles funcionales. Buena parte de las ciencias cognitivas y de la inteligencia artificial se sienten cómodas con esta manera de entender el significado.

También pueden sentirse a gusto con esta concepción otras corrientes de pensamiento aparentemente muy alejadas de la ciencia y la tecnología. La semiótica y el estructuralismo francés, así como sus herederos postmodernos, aceptarían que el significado de cualquier símbolo consiste en las relaciones que mantiene con otros símbolos, dentro o fuera de nuestra mente, con independencia de sus conexiones con una realidad externa a esas relaciones.

3. Enfoques metasemánticos más recientes

Todos los enfoques anteriores siguen teniendo una fuerte presencia en la actualidad. Pero a ellos se han sumado otros enfoques metasemánticos más recientes, vinculados a la dinámica de la propia filosofía del lenguaje. A continuación presentaremos algunos de ellos.

8. Expresivismo

El expresivismo en ética es una teoría acerca del significado de los términos morales («bueno», «malo», etc.). Al utilizarlos, no estaríamos describiendo hechos del mundo, sino expresando ciertos sentimientos o actitudes en un medio social. El expresivismo en filosofía del lenguaje aplica esta idea a todo significado.

El expresivismo es una de las corrientes más activas en la metasemántica actual. Brandom (1994), fuertemente influido por Sellars, es el autor que ha contribuido decisivamente a ello. El significado de toda expresión está determinado por el conjunto de relaciones expresivas en las que participa, especialmente relaciones inferenciales.

La normatividad que regula los significados lingüísticos, y los propios contenidos mentales, surge de las normatividades presentes en las interacciones sociales que involucran el uso de símbolos. La semántica intenta hacer «explícito» lo que está «implícito» en nuestras prácticas sociales de tipo lingüístico.

Respecto a la verdad, Brandom sostiene una teoría pro-oracional. El concepto de verdad expresa un compromiso asertivo muy fuerte, siendo su función principal la de restaurar el estatus oracional de aquello que se nominaliza al aplicar el predicado «es verdad». Decir «Es verdad que p» expresa nuestro compromiso a decir p.

El expresivismo incluye una propuesta sumamente sugerente respecto a los conceptos lógicos. La implicación formal de la lógica se explica como una estructura que hace explícita la normatividad que orienta nuestras prácticas lingüísticas relacionadas con el uso de implicaciones materiales como «Si llueve, entonces la tierra se moja». (Frápolli 2019).

9. Contextualismo

Abundan actualmente los planteamientos contextualistas en epistemología, ética y filosofía del lenguaje. En este último campo, el contextualismo sostiene que el significado de muchas expresiones lingüísticas importantes, tal vez de todas, depende del contexto en el que se usan.

Hay dependencia contextual siempre que hay una deíxis, un señalamiento de elementos de un contexto. Los indexicales («yo», «ella», «aquí», «ahora», etc.) y los demostrativos («este», «esa», «aquel», etc.) son claros ejemplos. Podemos llamar deícticos a todas estas expresiones. Muchos adjetivos y adverbios también tienen una gran sensibilidad contextual («grande», «rico», «suave», «siguiente», etc.), así como ciertos sustantivos («banco», «montón», etc.), verbos («pasar», «conocer», «existir», etc.) y conectivas lógicas («y», «entonces», «todo», etc.). Y desde luego, dependen fuertemente del contexto las formas verbales, las ambigüedades semánticas, las implicaturas conversacionales, las metáforas, las anáforas, etc.

A veces se distingue entre deícticos que requieren algún apoyo adicional, por ejemplo ciertos gestos, y deícticos que no lo necesitan (Kaplan, 1977). Y suele distinguirse entre dos contribuciones semánticas del contexto. Por un lado, los contextos fijarían el contenido de las expresiones o enunciados relevantes. Por otro lado, los contextos fijarían también, cuando sea pertinente, sus extensiones: las referencias en el caso de que se trate de expresiones referenciales o los valores de verdad en el caso de los enunciados declarativos.

Un problema crucial para el contextualismo es determinar qué puede contar como contexto. A veces el contexto solo incluye el entorno físico y social. Otras veces se incluyen las intenciones del hablante, el conocimiento y presuposiciones compartidas entre los interlocutores, etc. (Stalnaker, 2014).

En relación a este problema, un desarrollo muy importante ha consistido en distinguir entre el «contexto de proferencia o producción» y el «contexto de evaluación», de manera que el segundo tenga un cierto margen de variabilidad. Esto ha potenciado la propuesta de semánticas bidimensionales. Y con ellas se ha generado un tipo de relativismo alético sumamente interesante a la hora de analizar fenómenos como los desacuerdos radicales, el comportamiento semántico de los predicados de gusto, la dinámica de la retractación, etc. (Kölbel, 2002; García-Carpintero y Kölbel, 2009; MacFarlane, 2014). Este tipo de semántica ha permitido analizar problemas centrales en filosofía de la mente y en metafísica (García-Carpintero y Macià, 2006).

Un segundo problema crucial es el del alcance de la dependencia contextual. Existen posiciones moderadas y radicales, desarrollándose numerosos debates entre ambas (Perry, 1979; Recanati, 2007). Para las posiciones radicales, no existiría ninguna propiedad semántica que pueda mantenerse constante a través de todo contexto (Travis, 1996).

10. Minimalismo

Hay concepciones minimalistas del significado y concepciones minimalistas de la verdad. Para ellas, el significado y la verdad serían realmente fenómenos muy simples.

El minimalismo respecto a la verdad es un tipo de teoría deflacionaria conectada con las teorías de la verdad como redundancia. También está relacionado con las teorías del significado como papel funcional. Sin embargo, el minimalismo tiene ambiciones mucho más modestas. Los únicos papeles funcionales relevantes para el minimalismo serían los del término «verdad» y los de otros términos emparentados como «significado».

Horwich ha defendido intensamente un minimalismo respecto a la verdad. La verdad no tiene ninguna naturaleza misteriosa subyacente. El concepto de verdad únicamente tiene un papel lógico. Su función es permitir la formulación explícita de ciertas generalizaciones. Todo lo que hay en el concepto de verdad es el esquema de Tarski: «es verdad syss p. Este esquema permite hacer inferencias como, por ejemplo, llegar a la conclusión p a partir de lo expresado en premisas del tipo «Todo lo que S dijo es verdad» y «S dijo que p» (Horwich, 1998a).

Una fuerte crítica al minimalismo se plantea a propósito de proposiciones generales como lo expresado por «Toda proposición del tipo p→p es verdad». A partir de lo expresado en premisas como «p→p es verdad», y del esquema de Tarski, puede derivarse p→p. Pero ningún conjunto finito de estas conclusiones tiene un significado equivalente al de la anterior proposición general (Gupta, 1993). Hay sin embargo una posible réplica si rebajamos las pretensiones modales de las proposiciones de la lógica.

El minimalismo respecto al significado puede apelar a la noción de significado literal. Cappelen y Lepore (2005), así como Borg (2004) son defensores de este enfoque. Pero no es la única opción. Horwich (1998b), por ejemplo, adopta un enfoque wittgensteiniano. El significado de «significado» se define por el uso que hacemos de esa palabra al conectar palabras, expresiones u oraciones de un lenguaje con otras palabras, expresiones u oraciones de ese mismo lenguaje o de otros lenguajes.

Existen más versiones de una posición minimalista del significado. Una de ellas es la de Schiffer (2003), Se basa en el concepto de «proposición pleonástica» (pleonastic proposition). Las proposiciones en este sentido serían entidades estructuradas que sirven como significados oracionales y pueden ser introducidas mediante inferencias válidas. Sin embargo, ontológicamente deben tratarse como entidades puramente ficcionales.

11. Escepticismo semántico

Quine (1960 y 1969) inició un enfoque escéptico respecto al significado sumamente influyente. La referencia está siempre indeterminada, en último término es inescrutable, y las intensiones son siempre sospechosas.

Schiffer (1989) también ofreció fuertes argumentos escépticos acerca de la consistencia o viabilidad de cualquier teoría del significado. Y Kripke (1982) formuló argumentos escépticos con un alcance muy general basados en su interpretación del problema de «seguir una regla» tratado por Wittgenstein (1953).

El significado es un caso claro de seguimiento de reglas. Pero según Kripke, al hablar un lenguaje lo único que hay son conductas que podrían llegar a ajustarse a un número infinito de reglas sustancialmente diferentes. No existe ningún tipo de hechos sobre los que pueda basarse la normatividad que implica tener cierto significado.

El escepticismo semántico se enfrenta al mismo tipo de problemas que debe afrontar un escepticismo epistemológico radical. Sobre todo, se enfrenta a problemas de autorefutación. Si fuera verdadero, ¿qué valor podría tener decir justamente la última frase del párrafo anterior?

Frente a estos problemas, el escepticismo semántico puede acabar conduciéndonos a 1) un primitivismo, a 2) una defensa de la circularidad o, acaso, a 3) un minimalismo. Pero también, puede conducir a 4) un eliminativismo nihilista semántico. Tal vez los significados sean propiedades solo atribuidas, sin fundamento alguno más allá de asociarse contextualmente con ciertos patrones conductuales y ciertas actitudes subjetivas. Sin embargo, aún si este fuera el caso, la metasemántica no se vaciaría de contenido. Su programa consistiría ahora en la justificación de este enfoque escéptico, o nihilista, respecto al significado frente al resto de posibles enfoques.

4. El sentido de la metasemántica

Hagamos un pequeño balance de las posiciones metasemánticas que hemos ido presentando.

El primitivismo y el escepticismo semántico, con posibles implicaciones nihilistas, son los extremos de un amplio espectro que va desde la aceptación de los fenómenos semánticos como siendo ontológicamente primitivos hasta las sospechas más radicales acerca de que realmente existan.

Primitivismo y platonismo son posiciones muy cercanas. Sin embargo, el platonismo suele ofrecer elaboraciones detalladas de cómo el sentido, la referencia y la verdad se relacionan entre sí. El orden de prioridades entre estos conceptos semánticos suele ser el siguiente: los hablantes tienen la capacidad de acceder a un mundo de sentidos vinculados a las expresiones de los lenguajes que utilizan, estos sentidos fijan de manera sistemática las referencias en el mundo. A veces, la verdad queda determinada por cómo sea el mundo. Y otras veces, queda determinada sea como sea el mundo.

El mentalismo, el naturalismo y el enfoque del significado como condiciones de verdad, o tal vez de asertabilidad, reorganizan de otra forma esas prioridades. En el mentalismo, ciertos estados mentales desempeñan el papel fundamentador. En el naturalismo, ese papel lo desempeñan los hechos del mundo. Y en el enfoque del significado como condiciones de verdad, o asertabilidad, el papel fundamentador recae sobre ciertos estados mentales acerca de los hechos del mundo.

La pragmática como fuente de significado y el significado como papel funcional introducen nuevos ingredientes. En el primer caso, es el uso público del lenguaje. En el segundo, es la noción de papel funcional. Tener en cuenta el uso del lenguaje permite conectar la semántica con la pragmática. Pero obliga a asumir el riesgo de «pérdida de identidad» en ambas disciplinas, pérdida de identidad que volvemos a encontrar en el contextualismo. Por otro lado, tener en cuenta la importancia de las estructuras funcionales conecta de lleno la semántica con disciplinas como la inteligencia artificial. Y aquí el riesgo principal es el de una «pérdida de realidad».

Todas las posiciones clásicas que hemos presentado después del primitivismo admiten muy diversas combinaciones. Y por ello, podemos encontrar una gran variedad de planteamientos concretos. Las posiciones más recientes del expresivismo, el contextualismo y el minimalismo también han abierto nuevos caminos.

El expresivismo ha mostrado su gran poder explicativo a la hora de conectar nuestras prácticas lingüísticas en un medio social con contenidos semánticos cognitivos sensibles a la normatividad propia del uso del lenguaje, en particular a la normatividad de la lógica.

El contextualismo es una variedad específica de externismo contraria al minimalismo, que tiende al internismo. Contextualismo y minimalismo representan dos enfoques opuestos sobre cómo interpretar el significado de las expresiones lingüísticas. El contextualismo, especialmente el radical, sostiene que la semántica no puede separarse de la pragmática. Las interpretaciones del significado siempre involucran aspectos pragmáticos, es decir, la forma en que los hablantes y oyentes usan el lenguaje en situaciones específicas. Por otro lado, el minimalismo en filosofía del lenguaje sostiene que el significado de las expresiones lingüísticas es en gran medida «literal», en el sentido de ser independiente del contexto. Y que debe distinguirse entre semántica y pragmática. Sobre la distinción semántica/pragmática, véase Bach (1999).

En el contextualismo, la distinción entre semántica y pragmática vuelve a ser borrosa. Esto produce una pérdida de normatividad y una deriva hacia el relativismo. Cómo frenar tal deriva es un problema importante en el contextualismo. Y dicho problema es similar al que también surge en los ámbitos de la epistemología y la ética.

En el minimalismo, la semántica y la pragmática son dominios distintos (Soames, 2002). Es más, el minimalismo ha contribuido decisivamente a desmitificar la semántica, poniendo de relieve el valor inferencial de los propios conceptos de significado y verdad. El problema es si este tipo de fundamentación de la semántica acaba siendo suficiente.

La última de las posiciones que hemos examinado es la del escepticismo semántico, y su variante extrema nihilista. Como hemos dicho, esta posición comparte algo con el primitivismo. No podemos explicar ni analizar los fenómenos semánticos. Pero mientras que la actitud del primitivismo es optimista, la actitud del escepticismo semántico es profundamente pesimista. Tal vez los fenómenos semánticos no sean más que una ilusión. Tal vez no exista nada como el significado, la referencia, el sentido, la verdad, el uso del lenguaje, la comunicación, la normatividad lingüística, etc. Recordemos una vez más que existen posiciones muy parecidas en epistemología y en ética. Y que todos estos eliminativismos nunca pueden tener efectos prácticos directos. Los significados no son dispensables en nuestras vidas. No puede dejar de preocuparnos el significado de lo que decimos y el significado de lo que los demás dicen.

¿Ha de existir un único enfoque metasemántico correcto, un enfoque capaz de descubrir las fuentes últimas de todo significado? Es tentador responder afirmativamente. Pero suponer que debe existir ese enfoque tal vez no sea exactamente como pensar que deben existir unas fuentes últimas del Nilo. Tal vez sea como pensar que todos los ríos de nuestro planeta, y acaso también de otros planetas, han de proceder de una misma fuente.

Manuel Liz
(Universidad de La Laguna)

Referencias

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  • Zalabardo, J. (2023) Pragmatists Semantics. A Use-Based Approach to Linguistic Representation. Oxford: Oxford Univ. Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • García Suárez, A. (2019) Nuevas aproximaciones a los modos de significar. Una introducción temática a la filosofía del lenguaje (3ª ed.). Madrid: Tecnos.
  • Pérez Chico, D. (ed.) (2013) Perspectivas en la filosofía del lenguaje. Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza.
  • Valdés Villanueva, L.M. (comp.) (2005) La búsqueda del significado (4ª ed,). Madrid: Tecnos.

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Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Liz, M. (2024). Metasemántica. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/metasemantica/

 

Significado expresivo

1. Introducción

La noción de significado expresivo se define por contraste con otros tipos de significado con los que, siguiendo la concepción tradicional, estamos más familiarizados. Significado expresivo se opone a significado descriptivo, significado cognitivo, significado representacional y significado veritativo-condicional, entre otras etiquetas. Hay diferentes tipos de significado expresivo que responden a motivaciones filosóficas distintas y esto hace que “significado expresivo” no sea una expresión unívoca.

En la explicación representacionalista tradicional acerca de cómo funciona el lenguaje las palabras representan objetos o propiedades del mundo. La representación se lleva a cabo de manera directa conectando palabras y objetos o de manera indirecta a través de ideas en la mente de los hablantes (Locke, 1690/1975 [2005, p. 394]). Las oraciones declarativas a su vez son significativas porque representan estados de cosas reales o posibles, que se entienden como configuraciones de objetos físicos. La interpretación estándar de la semántica del Tractatus (Wittgenstein, 1922) proporciona un ejemplo clásico de representacionalismo.

El inferencialismo semántico es una alternativa al representacionalismo. Esta alternativa se centra en el análisis de las oraciones completas o incluso los actos de habla completos como los portadores primarios del significado. Si para los representacionalistas tiene sentido preguntarse por el significado de palabras aisladas, como “gato” o “rojo”, el inferencialista necesita la oración completa o sus usos, que son los que permiten determinar lo que se dice mediante la oración. El movimiento desde las palabras a las oraciones suele ser indicio de una aproximación pragmatista al significado que es explícita cuando son los usos los que se toman en consideración. Aunque hay aproximaciones representacionalistas que también comienzan con la oración completa, para el inferencialismo esta opción se sigue de los principios de la teoría. Una formulación clásica de la prioridad de las oraciones en la determinación del significado es el principio de contexto de Frege: “el significado de las palabras debe ser buscado en el contexto de todo el enunciado, nunca en las palabras aisladas” (Frege, 1884 [1996, p. 38]). Ésta es la versión castellana de Ulises Moulines. Sin embargo, hablar aquí de “enunciado” puede llevar a confusión. Lo que dice la versión alemana original es que por el significado de las palabras debe preguntarse solo dentro de la oración completa. Es la oración, no el enunciado. La oración como portador primario de significado es el primer paso de la propuesta inferencialista. El significado de las palabras se define entonces como su contribución al significado de la oración y se determina mediante el procedimiento de sustituir palabras en la oración y analizar las consecuencias (Frege, 1892). El significado de la oración se identifica a su vez con las relaciones inferenciales de la oración con otras oraciones (Carnap, 1947, p. 27). La definición del significado de la oración mediante relaciones inferenciales puede llamar a confusión y requiere, por tanto, que se tomen las precauciones terminológicas y conceptuales apropiadas. En caso contrario hay un alto riesgo de confundir el significado lingüístico con lo que los hablantes dicen mediante el uso de la oración. La manera correcta de entender el significado de la oración es haciéndolo derivadamente a través de lo que decimos mediante ellas. Es lo que decimos lo que se individúa a través de nudos de relaciones inferenciales. El significado de las oraciones se recupera en un paso posterior, comparando lo que se dice con las palabras y oraciones usadas para decirlo.

Independientemente de la opción que se favorezca, representacionalista o inferencialista, hay expresiones que se salen del marco que caracteriza la noción de significado más intuitiva. Son estas expresiones de las que se dice que poseen significado expresivo o no-conceptual.

2. Definiciones

Veamos algunas definiciones preliminares de “significado expresivo”.

La primera, (SE1), define el significado expresivo de términos en un marco representacionalista:

(SE1) Un término t posee significado expresivo si, y solo si, su significado no corresponde con (o no se reduce a) la referencia a ningún aspecto del estado de cosas representado por oración en la que t aparece.

Adicionalmente, (SE2) caracteriza oraciones declarativas con significado expresivo en el mismo marco:

(SE2) Una oración declarativa tiene significado expresivo si, y solo si, no representa estados de cosas reales o posibles.

Para que una oración tenga significado expresivo algunos de sus componentes deben tenerlo también.

En el caso del inferencialismo, el significado expresivo tiene características distintas. Las expresiones expresivas son aquellas que no contribuyen directamente con un componente identificable a la proposición expresada, determinada por las relaciones inferenciales en las que participa.

La siguiente formulación (SE3) recoge una primera aproximación al significado expresivo de términos en el ámbito del inferencialismo:

(SE3) Un término t posee significado expresivo si, y solo si, su contribución semántica no se identifica con ningún componente aislable de la proposición expresada mediante el uso de las oraciones en las que t aparece.

Para entender en su justa medida el alcance de (SE3) hay que tener en cuenta que la noción de proposición no es unívoca. Con independencia de la semántica que adoptemos, la relación de cada proposición con su valor de verdad puede ser estable o relativizada a las circunstancias de evaluación. Dicho de otro modo, se puede sostener que las proposiciones tienen un valor de verdad que no varía dependiendo del contexto o sostener, por el contrario, que las proposiciones son contenidos cuyo valor de verdad solo se obtiene cuando se especifican las circunstancias en las que deben evaluarse. En el primer caso, hablamos de proposiciones fregeanas porque Frege defendió esta posición (Recanati, 2007, p. 43; Frege, 1884 [1996, p. 91]). Recanati las llama “proposiciones austinianas”, en honor de Austin (Recanati 2007, p. 6, n. 4, p. 18). En el segundo caso hablamos de proposiciones aristotélicas o relativizadas (Recanati, 2007, pp. 35 y 43; García-Carpintero y Kölbel, 2008).

En general, el valor de verdad de una proposición se determina por su contenido básico, el lekton (Recanati, 2007, pp. 16-20), junto con las circunstancias de evaluación que incluyen los parámetros temporales, locativos o de otros tipos que permiten asignarle un valor de verdad. Recanati llama a este fenómeno “Distribución” (Recanati, 2007, pp. 34-5). Toda proposición puede dividirse pues en dos partes, el lekton p, y los parámetros de evaluación, d. En la propuesta fregeana, la proposición incluye las dos partes, dp, mientras que en la relativizada la proposición se identifica con el lekton, p. En el ejemplo (1) lo que está entre corchetes son las circunstancias de evaluación, mientras que el resto constituye el contenido de la proposición relativizada:

  1. Pedro Sánchez es presidente del Gobierno [de España a 30 de mayo de 2024].

Si incorporamos lo que está entre corchetes a lo que dice mediante (1) obtenemos la proposición fregeana que tiene un valor de verdad estable.

Con estas distinciones en mente, (SE3) se bifurca en dos, (SE3a) y (SE3b),

(SE3a) Un término t posee significado expresivo si, y solo si, su contribución semántica no se identifica con ningún componente aislable de la proposición fregeana expresada mediante el uso de las oraciones en las que t aparece.

(SE3b) Un término t posee significado expresivo si, y solo si, su contribución semántica no se identifica con ningún componente aislable de la proposición aristotélica expresada mediante el uso de las oraciones en las que t aparece.

Vaya por delante que en la concepción representacionalista más clásica ninguna de las expresiones que mencionaremos a continuación tienen significado expresivo. Por lo tanto, la información que se desarrolla en las siguientes secciones asume un cierto grado de pluralismo semántico y la existencia de expresiones significativas que funcionan para indicar actitudes, componer proposiciones complejas y facilitar la compresión del mensaje que se quiere trasmitir más que para representar objetos y propiedades.

3. Términos evaluativos, éticos y estéticos

La discusión acerca del significado de los términos éticos es el origen de la propuesta expresivista en la filosofía del lenguaje del pasado siglo. El texto clásico es el de Stevenson (1937), aunque la propuesta general se retrotrae al libro de Odgen y Richard (1923). En la concepción verificacionista del significado característica del positivismo lógico, escuela a la que Stevenson pertenece, expresiones como “bueno” o “malo” no encajan con el esquema general, que requiere de las expresiones significativas que sean reductibles a objectos y propiedades observables. Por esta razón, Stevenson entiende que estas expresiones se usan de manera dinámica, para transmitir un significado emotivo que da visibilidad a las actitudes del hablante. Como la verdad se suele entender en este contexto como correspondencia con los hechos, se considera además que las oraciones de la ética no son ni verdaderas ni falsas (Ayer, 1936).

El contraste entre el significado representacional clásico y el significado expresivo en este contexto se ilustra con los ejemplos (2) y (3),

  1. Victoria paga sus impuestos
  2. Es bueno que Victoria pague sus impuestos.

En (2) hay una descripción factual, (3) es por el contrario una evaluación. Hay procedimientos objetivos para determinar el valor de verdad de (2). Con (3), sin embargo, el asunto de la verdad es más debatible. La razón de este contraste descansa en la función de la palabra “bueno” en (3), que no parece representar una propiedad reconocible sino más bien expresar valores o actitudes de quien profiere (3). Stevenson, en algunos textos, y la mayoría de los defensores contemporáneos del expresivismo ético aceptan que oraciones como (3) tienen un componente descriptivo y un componente expresivo. A esta posición se la llama a veces “expresivismo híbrido”. Gracias al componente descriptivo, el expresivismo contemporáneo puede reivindicar el valor de verdad de las oraciones éticas, y esto permite que estas oraciones puedan formar parte de oraciones compuestas en las que hay constantes lógicas. Un ejemplo es (4),

  1. Si torturar animales es moralmente reproblable, las corridas de toros habrían de prohibirse.

La oración (4) es un condicional que en la teoría lógica clásica se interpreta como una función de verdad, esto es, como una expresión funcional cuyos argumentos son o verdaderos o falsos. Si “moralmente reprobable” no representa una propiedad y esto significara automáticamente que las oraciones en las que aparece no tienen valor de verdad, la oración (4) estaría mal formada desde un punto de vista lógico. Sin embargo, la intuición que tenemos como hablantes del castellano es que (4) es significativa. Esta crítica al expresivismo ético original se conoce como el “problema Frege-Geach” (Geach, 1965).  El expresivismo híbrido supone una respuesta al problema Frege-Geach y explica cómo pueden convivir términos descriptivos con términos expresivos en una oración sin que esto destruya el significado de la misma. Permite también aceptar argumentos en los que oraciones éticas conviven con premisas o conclusiones descriptivas. Hemos dicho que el significado de los términos éticos son el origen de la discusión expresivista, pero el debate se generaliza a los términos evaluativos en general, que incluye términos estéticos y de gusto personal, entre otros. Todos ellos constituyen el primer tipo, (i), de términos con significado expresivo o no conceptual que veremos en esta entrada.

4. Expresivos y términos derogatorios

Los ejemplos (5) y (6) ilustran un tipo de significado que tanto representacionalistas como inferencialistas consideran expresivo, y que es expresivo de acuerdo con todas las definiciones dadas anteriormente:

  1. Me rocé con la columna en el aparcamiento y tengo que llevar el coche al taller
  2. Me rocé con la maldita columna en el aparcamiento y tengo que llevar el coche al taller

La proposición expresada por (5) y (6) es la misma, esto es, las dos oraciones comparten sus condiciones de verdad que, para el representacionalista, estarán asociadas a estados de cosas y, para el inferencialista, a compromisos que se adquieren cuando se afirman. El término en cursivas en el ejemplo (6) es un caso de un nuevo tipo de términos con significado expresivo, (ii), a saber, lo que los lingüistas llaman “expresivos”. Los insultos y las interjecciones son ejemplos paradigmáticos de este tipo, que sirven en ocasiones para expresar sentimientos del hablante (Potts, 2007, pp. 166-167). Una característica de los expresivos generalmente aceptada es su “inefabilidad descriptiva”, esto es, la imposibilidad de ofrecer una caracterización de sus significados en términos conceptuales o representacionales (Potts, 2007, pp. 166-167).

En este tipo (ii) se podrían incluir también los insultos de grupo (slurs, en inglés) que son términos que expresan una actitud negativa hacia personas por su pertenencia a un grupo específico, étnico, geográfico, religioso, de género, etc. que se interpreta como desfavorecido. Los slurs tienen un componente descriptivo pero su significado no se agota en la caracterización del individuo o del grupo, sino que añaden actitudes o sentimientos que muestran rechazo hacia el grupo en cuestión.

5. Funciones de proposiciones y operadores de cambio de circunstancia

Un tipo diferente de expresiones con significado expresivo son las funciones de proposiciones que, en muchos casos, se interpretan como operadores de cambio de circunstancia (Lewis, 1980). Estas dos caracterizaciones no son co-extensivas. La primera hace referencia a la característica lógico-semántica de algunas expresiones funcionales de tener como argumentos proposiciones completas. La segunda refiere al papel que ciertas expresiones funcionales juegan de indicar la situación en la que sus argumentos tienen que evaluarse para determinar su valor de verdad. Todas ellas son expresivas según (SE3) en sus dos versiones.

Encontramos funciones de proposiciones en discusiones de meta-epistemología, de filosofía de la lógica en el análisis de los operadores modales y temporales, y de estética en el análisis del discurso de ficción. Veamos algunos ejemplos de este tipo (iii).

Como se ha visto con el ejemplo (1), en (7)

  1. Pedro Sánchez es presidente del Gobierno,

lo que explícitamente se dice es verdadero en España en 2024 pero no lo era en 2017 y no lo será en el futuro. Tampoco es verdadero ahora en Francia o en Alemania ni lo ha sido en el pasado. En la acepción de “proposición” que Frege defiende, (7) no representa todo el contenido de la proposición que se expresa mediante su proferencia. Para hacerlo tendría que incluir los parámetros que fijan su valor de verdad de una vez y para siempre, como en (8),

  1. Pedro Sánchez es el presidente del Gobierno del Reino de España el 30 de mayo de 2024.

En la concepción relativizada de las proposiciones, los parámetros locales y temporales que darían la información necesaria para determinar el valor de verdad de la proposición no forman parte de ésta, por lo que tendrían significado expresivo de acuerdo con (SE3b). Estos parámetros además pueden estar implícitos como en (7) o explícitos, como en (8).

Las constantes lógicas, que en la versión extensional se consideran expresiones veritativo-funcionales, son funciones de proposiciones. El referente clásico de esta interpretación, que se conoce como “expresivismo lógico”, es Wittgenstein en el Tractatus (4.0312): “Mi idea fundamental es que las constantes lógicas no actúan como representantes de nada” (Wittgenstein, 1922 [2002]). Desde un punto de vista lógico-semántico, las constantes lógicas son funciones que permiten conectar unas proposiciones con otras. Parte de su significado consiste en la regla para la atribución de un valor de verdad a la proposición resultante tomando como argumentos los valores de verdad de las proposiciones que la componen. La negación en (9), por ejemplo,

  1. Los europeos no cuestionan el estado del bienestar

indica que lo que se dice en (9) es incompatible con lo que se diría con la oración sin negar. De este modo, cuando la negación se aplica a un contenido, el juicio resultante de su aseveración tiene el valor de verdad opuesto al valor de verdad del contenido original. Frege discutió si la negación era parte del contenido juzgable y, por tanto, si hay juicios negativos. En (1879 [1972, p. 7]), en §4 consideró que no, que la negación es una “nota” del contenido que no pertenece al juicio. En La Negación, Frege mantiene una posición similar y coloca a la negación en la oración sin que eso indique la expresión de un pensamiento negativo (1918 [1998, p. 236]).

También los verbos de actitud proposicional, como “creer”, son funciones de proposiciones. El operador de creencia en (10),

  1. Joan cree que el desempleo juvenil en España es inasumible,

funciona, de acuerdo con algunos autores (por ejemplo, Recanati, 2000, p. 118) como un operador de cambio de circunstancia. En este análisis, la proposición el desempleo juvenil en España es inasumible tiene que evaluarse para su verdad o falsedad en el mundo nocional de Joan. El operador de creencia no forma parte así de la proposición expresada, sino que indica las circunstancias de su evaluación. Este análisis justifica su inclusión en la categoría de los términos con significado expresivo.

En (11), “me parece” es, en la terminología de Urmson (1952), un verbo “parentético”,

  1. Las energías renovables aliviarán la crisis climática, me parece.

Los verbos parentéticos pueden colocarse en casi cualquier posición en la oración. En vez de (11), podríamos decir (12) o (13) sin que cambiara nada,

  1. Me parece que las energías renovables aliviarán la crisis climática,
  2. Las energías renovables aliviarán, me parece, la crisis climática.

Flotan, por así decirlo, libres en la sintaxis, lo que, en opinión de Urmson, indica que no forman parte de la proposición por lo que estos verbos tienen una función expresiva.

Los operadores modales, temporales y de ficción son asimismo funciones de proposiciones con significado expresivo:

  1. Posiblemente, mi generación asista a una catástrofe medioambiental.
  2. Hace cincuenta años la vida de las madres solteras era muy difícil.
  3. En La Madre de Frankenstein, Germán Velázquez se enamora de María Castejón.

En todos estos casos, el término expresivo muestra la circunstancia de evaluación. En (14), el operador indica que la proposición que sigue no es falsa en toda circunstancia. En (15), el operador indica que la proposición tiene que evaluarse no en el contexto de la proferencia sino hace cincuenta años, en el segundo caso la proposición no se evalúa en el mundo real sino en el universo creado por la novela de Almudena Grandes.

En (17) no hay cambio de circunstancia, sino que se explicita el apoyo del hablante al contenido aseverado:

  1. Es verdad que a los filósofos nos cuesta trabajo debatir en serio.

Todas estas expresiones se han explicado representacionalmente por la semántica más tradicional. Sin embargo, todas ellas han sido objeto de interpretaciones alternativas y todas ellas ilustran algún tipo de significado expresivo.

6. Marcadores discursivos

Otro tipo de términos a los que algunos lingüistas no conceden significado conceptual o representacional son (iv) los marcadores discursivos. No hay una definición precisa que delimite qué términos pertenecen a esta categoría. Schiffrin (1987) incluye conectivas, interjecciones y expresiones no verbales. Fraser (2009, p. 3) los considera un subconjunto de lo que llama “marcadores pragmáticos”. Los marcadores del discurso sirven para dar unidad al mismo y ordenarlo. Ejemplos de marcadores son “por tanto”, “pues”, “por cierto”, “entonces”, “es decir”, “en conclusión”, “por ejemplo”, etc.

7. Demostrativos y deícticos

El último tipo de términos con significado expresivo, (v), en los sentidos (SE1), (SE3a) y (SE3b) son los demostrativos y deícticos en la interpretación de Kaplan (1977/1989). Considerar a los términos referenciales como expresivos es un uso peculiar de esta etiqueta, pero se sigue de la intuición general de que la información que constituye el significado de algunos términos no forma parte de lo que se dice mediante la oración en la que aparecen. Según Kaplan, pronombres, como “yo”, y demostrativos, como “eso”, poseen dos tipos de significado (1977/1989, p. 500), el carácter, que es una regla que determina la contribución del término a la proposición expresada o a las condiciones de verdad de la oración, y el contenido, que es esta contribución. La regla para “yo” podría ser “la persona que habla o escribe en este momento” (Kaplan, 1977/1989, p. 505). Esta descripción es el carácter del pronombre de primera persona en singular. Como Kaplan habla explícitamente de reglas para caracterizar el carácter, atribuir a los demostrativos y deícticos significado procedimental está complemente justificado. Esta atribución los asimila a las constantes lógicas, a los marcadores discursivos y a los operadores de cambio de circunstancia.

8. Conclusión

En contra de la opinión generalizada entre filósofos y lingüistas, las expresiones con significado expresivo o no conceptual no son la excepción en el lenguaje. Hay muchos tipos de términos cuyo significado no consiste ni en señalar objetos ni en describirlos. Estos términos son no obstante cruciales para la comunicación humana. Hemos señalado en esta entrada cinco tipos: (i) términos evaluativos de la ética y la estética, (ii) expresivos (interjecciones, insultos y slurs), (iii) funciones de proposiciones, que incluyen constantes lógicas, operadores modales, temporales y epistémicos y operadores de cambio de circunstancia como los operadores de ficción, (iv) marcadores discursivos (“entonces”, “por lo tanto”, “es decir”, etc.), y (v) demostrativos y deícticos, cuyo significado lingüístico no forma parte de lo que se dice. Quizá la proliferación de expresiones que no se ajustan al paradigma representacionalista de nombrar y describir debiera hacernos reflexionar acerca del marco general que se asume, a veces acríticamente, en la filosofía del lenguaje.

Maria José Frápolli Sanz
(Universidad de Granada)

Ana Rosa López Rodríguez
(Universidad de Granada)

Referencias

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Frápolli Sanz, M.J. y López Rodríguez, A. (2024). Significado expresivo. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/significado-expresivo/

 

La referencia

1. Introducción. Dos aproximaciones a la referencia

Las palabras que usamos nos permiten hacer afirmaciones acerca del mundo porque están conectadas con las cosas acerca de las cuales hablamos. Si una proferencia de “Nana es una gata” expresa algo verdadero es porque el nombre “Nana” refiere a un animal, y el predicado “es una gata” refiere a un atributo que la caracteriza correctamente. ¿Qué hace posible que nuestras palabras se conecten con el mundo? Esta es la pregunta fundamental de la teoría de la referencia.

Podríamos decir que la teoría de la referencia es el fundamento de la semántica, ya que esa conexión entre palabras y cosas hace posible que las oraciones representen situaciones reales o posibles, es decir, que expresen proposiciones que tienen condiciones de verdad, condiciones que nos dicen cómo habría de ser el mundo para que esas proposiciones sean verdaderas.

En general podemos identificar dos aproximaciones distintas a la pregunta fundamental de la teoría de la referencia. Por un lado, una aproximación que otorga un papel exclusivo a las mentes de los hablantes, a la información que poseen y a sus creencias, a la hora de explorar cómo se determina la referencia de una expresión lingüística. Por otro lado, un enfoque que incide especialmente en factores objetivos, sociales y físicos, para dar cuenta de la determinación de la referencia de los términos del lenguaje.

El primer enfoque se puede caracterizar como internista, ya que aquello que determina la referencia de una expresión se halla en la mente del hablante, o le es cognitivamente transparente. El segundo enfoque es fundamentalmente externista ya que los factores causales o sociales que determinan la conexión de una expresión con su referente pueden no ser factores mentales, y pueden llegar a ser desconocidos por el hablante.

Las dos formas de concebir la relación de referencia son opuestas y hay una discusión muy activa entre los proponentes de cada enfoque, cuyas objeciones y respuestas les han llevado a perfilar progresivamente las respectivas posiciones. Aquí nos centraremos primordialmente en las discusiones iniciales y en los aspectos más básicos.

2. El descriptivismo. Un enfoque internista

El descriptivismo postula que lo que determina la referencia de un término son las descripciones que los hablantes asocian a dicho término. Así por ejemplo, un término singular, el tipo de término que se aplica a un individuo y que usualmente constituye el sujeto gramatical de la oración, como “George Eliot” refiere a la famosa novelista del siglo XIX porque los hablantes asocian el nombre con una descripción como “la autora de Middlemarch”. Los términos generales, términos que se aplican a varios individuos, como “tigre”, o a varias muestras de una substancia, como “agua”, también refieren gracias a la mediación de descripciones como, por ejemplo, “los grandes felinos de pelaje dorado y rayado” o “la substancia que cae de las nubes en forma de lluvia y que llena nuestros ríos y lagos”. Esta es una aproximación internista a la teoría de la referencia porque las descripciones que determinan aquello a lo que refieren los términos que usamos están, por así decir, en las mentes de los hablantes, les son cognitivamente accesibles.

El descriptivismo es, sin duda, un enfoque extremadamente plausible. Cuando incorporamos un término a nuestro vocabulario, lo hacemos porque aprendemos algo nuevo, algo que identifica la referencia del término y que lo hace significativo. Empezamos a usar el nombre “Aristóteles” porque en una clase introductoria de filosofía se nos dice que Aristóteles fue un gran filósofo griego, que defendió la teoría del hilemorfismo, etc. Sin esa información, la palabra es un sonido vacío para un hablante. Parece obvio, pues, que esa información identificadora determina aquello acerca de lo cual hablamos cuando usamos el término.

La presentación más tradicional del enfoque descriptivista es la versión individualista sugerida por Gottlob Frege (1892 [1991, p. 25, n.1]) y por Bertrand Russell (1910, pp. 114 y 123), según la cual cada hablante asocia su propia descripción a un término y, en principio, distintos hablantes pueden asociar descripciones distintas. Esto, naturalmente crea problemas a la hora de dar cuenta de la comunicación. Según Frege, la comunicación consiste en la transmisión de un pensamiento, una proposición. Supongamos que un hablante asocia a “Aristóteles” la descripción “el discípulo de Platón nacido en Estagira” y otro hablante asocia la descripción “el filósofo griego que defendió la teoría hilemórfica”. Cuando el primero de ellos profiere “Aristóteles fue un gran filósofo” y el segundo asiente, ¿qué proposición expresa el primero, y a qué proposición asiente el segundo? Aunque se puede argumentar, como Frege mismo lo hizo, que lo importante es que ambos están hablando acerca de (refiriendo a) el mismo individuo, en realidad no están ambos aprehendiendo la misma proposición. Este es un problema que no surgiría si el descriptivismo postulase que a cada término le corresponde una única descripción que todos los hablantes del lenguaje comparten; una especie de definición como las proporcionadas por un diccionario. Esta versión parece plausible para ciertos términos. Por ejemplo, se puede argumentar que el término “tungsteno” se define como “la substancia cuyo número atómico es 74” y que un hablante que desconoce esta definición no es un usuario competente del término. Pero esta forma de concebir el descriptivismo no parece plausible para una gran cantidad de términos del lenguaje. Por ejemplo no hay una definición única que todos los hablantes compartan de una palabra como “agua”. Incluso en el caso del tungsteno, un cocinero que compra cuchillos de tungsteno por su dureza y precisión puede desconocer el número atómico de ese metal. Y, por supuesto, para nombres propios parece obvio que no hay una única definición de diccionario.

En la versión social del descriptivismo que defendió John Searle (1958), la comunidad lingüística asocia un combinado [“cluster”] de descripciones a un término, y el referente es aquello que satisface un número suficientemente importante de los atributos asociados con el término. Distintos hablantes pueden asociar parte de ese combinado al término; no es preciso que todo el combinado se encuentre en la mente de ningún hablante en particular. Distintos atributos tienen pesos diferentes y algunos de ellos pueden ser erróneos. Por ejemplo, en el caso de “Aristóteles”, ser filósofo es un atributo con más peso que haber nacido en Estagira. Es incluso posible que sea un error situar el nacimiento de Aristóteles en Estagira. Es crucial, sin embargo, que haya un núcleo de atributos con alto peso que sean suficientes para determinar un referente.

En cualquiera de las versiones del descriptivismo, se supone que las descripciones asociadas, o el combinado asociado, deben individualizar o, dicho de otro modo, deben seleccionar un referente específico. En caso contrario, el término en cuestión carece de referencia.

El enfoque descriptivista explica de forma natural cuestiones de suma importancia para la filosofía del lenguaje, por ejemplo, por qué un hablante que ha aceptado como verdadera una oración como “Cicerón era un orador romano” puede dudar de la verdad de “Marco Tulio era un orador romano”, a pesar de que ambos nombres son correferenciales. Esas dos oraciones difieren en valor cognitivo: un hablante competente puede aceptar una y rechazar la otra. Y eso se explica, según el enfoque descriptivista, porque el hablante en cuestión asocia una descripción a “Cicerón” (digamos, “el senador romano que denunció la conspiración de Catilina”) y otra descripción distinta a “Marco Tulio” (por ejemplo “el autor de De Amicitia”).

De la misma forma, el descriptivismo también explica cómo es posible que “María cree que Cicerón era un orador romano” pueda ser verdadera en tanto que “María cree que Marco Tulio era un orador romano” pueda ser falsa. Desde el punto de vista descriptivista, las dos oraciones subordinadas no aseveran simplemente que un cierto individuo era orador romano, sino que expresan proposiciones distintas. Una de ellas expresa que el senador que denunció a Catilina era un orador romano, cosa que no es lo que asevera la otra oración.

3. Argumentos anti-descriptivistas de Kripke y Donnellan

El descriptivismo fue durante mucho tiempo el enfoque dominante en la teoría de la referencia. Pero en 1970 Saul Kripke y Keith Donnellan, separadamente, aportaron importantes argumentos en su contra, aunque la contribución de Kripke no se publicó hasta 1980.

Kripke y Donnellan observaron que a menudo usamos un término sin estar en posesión de información individualizadora, es decir, sin estar en posesión de información asociada al término que seleccione un referente específico determinado. Por ejemplo, Kripke observa que muchos hablantes asocian al nombre “Richard Feynman” la descripción “un físico contemporáneo famoso”, pero esa descripción no distingue Richard Feynman de otros muchos físicos contemporáneos famosos. Si el enfoque descriptivista fuese correcto, deberíamos decir que el nombre “Richard Feynman”, tal como lo usan muchos hablantes, carece de referencia, que los hablantes que se preguntan si Feynman trabajó para el MIT o para Cal Tech no están hablando de nadie pues la información descriptiva que asocian al nombre no consigue seleccionar un referente. Pero claramente, argumenta Kripke, esos hablantes refieren a un individuo. Este argumento, que se conoce típicamente como el argumento de la ignorancia, muestra, según Donnellan, que estar en posesión de una descripción definida que seleccione un referente no es necesario, pues los hablantes refieren a un individuo a pesar de que desconocen una descripción que lo especifique.

Por otro lado, Kripke y Donnellan observaron también que a menudo asociamos a un nombre descripciones erróneas. Por ejemplo, muchos hablantes asocian a “Cristóbal Colón” la descripción “el primer europeo en llegar a América”, pero esa descripción en realidad se aplica a algún navegante vikingo que llegó al nuevo continente durante el siglo XI. A pesar de ello, los hablantes que discuten si Colón nació en España o en Italia definitivamente no están hablando acerca de un vikingo. Este argumento, conocido como el argumento del error, muestra, según Donnellan, que asociar una descripción no es suficiente para referir al individuo seleccionado por la descripción en cuestión, pues el nombre “Cristóbal Colón” no refiere al vikingo que satisface la descripción asociada. Argumentos similares a los de la ignorancia y el error también pueden ser fácilmente construidos para términos generales, como “tigre” o “agua” (véase Fernández Moreno, 2016).

Podría parecer que los argumentos de la ignorancia y el error no afectan el descriptivismo social de Searle, pues un hablante individual puede ignorar información individualizadora, o asociar atributos erróneos a un nombre. Para que un uso de un nombre refiera, según esta versión del descriptivismo, basta con que el combinado que la comunidad de hablantes en su totalidad asocia al nombre seleccione un único individuo, y que los atributos que se asocian erróneamente no estén entre aquellos que más peso tienen a la hora de determinar la referencia. Pero el descriptivismo propuesto por Searle tampoco es inmune a las críticas de Kripke y Donnellan, pues puede ocurrir que las descripciones contenidas en el combinado que la comunidad de hablantes asocia al nombre no determinen un único individuo como referente, al ignorar los miembros de la comunidad información individualizadora. Y también puede ocurrir que las descripciones con más peso del combinado sean erróneas. Por ejemplo, durante mucho tiempo se creyó que los neutrinos carecían de masa. Esa propiedad estaba en el centro mismo del combinado de descripciones atribuidas a los neutrinos. Fue una sorpresa para la comunidad científica descubrir en 1998 que los neutrinos tenían masa. Ese descubrimiento no podría tener sentido si carecer de masa fuese uno de los atributos centrales que contribuían a determinar la referencia de “neutrino”; deberíamos más bien pensar que la palabra “neutrino” tal como se usaba antes de 1998 no refería a nada y no que estábamos equivocados acerca de las propiedades centrales de los neutrinos.

4. Una aproximación externista a la referencia. El enfoque histórico-causal

Los argumentos anti-descriptivistas de Kripke y Donnellan son primordialmente negativos; están destinados a mostrar que el descriptivismo no da cuenta de qué es lo que hace que un término refiera, pues asociar una descripción a una expresión no es ni necesario ni suficiente para determinar la referencia.

Pero Kripke y Donnellan sugieren también, a grandes pinceladas, una teoría positiva de la determinación de la referencia, una aproximación que se conoce como el enfoque histórico-causal. Kripke y Donnellan observan que, típicamente, la referencia de un nombre queda fijada por ostensión, en un bautismo más o menos formal, en el que la entidad nombrada está presente y es percibida por los participantes en el bautismo o acto de nombrar. Algo parecido ocurre cuando se nombra una substancia o una especie, por ejemplo, a partir de la observación de algunos de sus ejemplares. Posteriormente, los participantes en el acto inicial en el que el nombre se conecta con la cosa o la clase de cosas, usan el nombre y lo transmiten a otros miembros de la comunidad lingüística, creándose así una especie de cadena de comunicación en la que la capacidad de referir usando el término en cuestión es transmitida de generación en generación.

Esta aproximación intuitiva a la introducción y transmisión de los nombres de cosas o de clases de cosas ha sido posteriormente desarrollada por Michael Devitt y Kim Sterelny (1999). Devitt y Sterelny mantienen una posición filosófica de corte fisicalista, y defienden que el acto de bautismo, así como la transmisión de la capacidad de referir, se explican en términos puramente causales y físicos que pueden no ser aprehendidos por las mentes de los hablantes.

Pero tanto Kripke como Donnellan, Devitt y Sterelny observan que el bautismo inicial de un objeto o una clase de cosas también puede hacerse a través de una descripción definida. Por ejemplo, Kripke menciona el caso de Leverrier que introdujo el nombre “Neptuno” usando la descripción “el planeta que causa alteraciones en la órbita de Urano” mucho antes de que se hubiese observado Neptuno con un telescopio. Dado que la referencia puede ser establecida mediante una descripción, ¿qué es lo que hace que el enfoque de estos filósofos no sea una forma de descriptivismo? La diferencia crucial entre el descriptivismo y el enfoque histórico-causal se halla en la concepción de la transmisión. Para los defensores del enfoque histórico-causal, los usuarios de un nombre pueden no conocer la descripción que fue usada originalmente para fijar la referencia. Muchos usuarios actuales de “Neptuno” desconocen dicha descripción. Por tanto, la capacidad de referir, según los defensores del enfoque histórico-causal, se transmite sin necesidad de transmitir la descripción responsable de la fijación de la referencia.

Este enfoque es externista: lo que determina la referencia de un uso de “Neptuno” por parte de un hablante real no es lo que ese hablante tiene en su mente. Un hablante puede asociar al nombre “Neptuno” una descripción como “un planeta de nuestro sistema solar“, que no individúa a Neptuno, ni a ningún otro planeta, o incluso pueden asociar una descripción errónea como, por ejemplo, “el sexto planeta de nuestro sistema solar” que designa a Saturno. A pesar de lo que tenga en mente, un hablante de nuestra comunidad que usa la palabra “Neptuno” refiere a Neptuno, en virtud del hecho de ser un vínculo en la cadena de transmisión del lenguaje, y un miembro de una comunidad de hablantes que usa un nombre con una historia referencial que lleva hasta el planeta Neptuno, un hecho objetivo, físico y social que puede no tener una representación fidedigna en la mente del hablante.

El enfoque histórico-causal no niega que las intenciones y los estados mentales de los hablantes juegan un papel fundamental en los procesos por los que un término llega a conectarse con su referente. Lo que niega el enfoque es que todos los elementos que determinan esa conexión referencial tengan que ser cognitivamente accesibles a los hablantes.

5. Externismo, referencia y condiciones de verdad. Proposiciones singulares

El enfoque histórico-causal es una aproximación a la referencia, es una forma de explicar cómo un término del lenguaje se conecta con una parte del mundo. Pero el enfoque va de la mano de una teoría de las condiciones de verdad, de las proposiciones expresadas por proferencias de oraciones. Desde el punto de vista externista, las condiciones de verdad de proferencias de “Marco Tulio era orador” y “Cicerón era orador” (dos oraciones que se distinguen únicamente por la presencia de dos nombres correferenciales distintos) son las mismas: son verdaderas justamente si el individuo al que los nombres refieren era un orador. Esas condiciones de verdad son, por tanto, singulares: dependen de si el referente ejemplifica la propiedad que se le atribuye. Así pues, las proposiciones que expresan las proferencias de esas dos oraciones, lo que aseveran, es lo mismo: que un cierto individuo tenía la propiedad de ser orador dado que, desde el punto de vista externista, no hay una descripción asociada a cada nombre que determine su referencia y que pueda constituir parte de lo que las proferencias de esas oraciones aseveran (parte de la proposición que expresan).

Esta concepción de las condiciones de verdad se halla influida por los argumentos anti-descriptivistas de Kripke (1980). Kripke argumenta que las condiciones de verdad de lo que expresamos cuando proferimos una oración como “Aristóteles era filósofo” dependen de si Aristóteles (el referente del nombre “Aristóteles”) era o no era filósofo. No dependen de si alguien que era el tutor de Alejandro Magno, es decir, alguien que satisfaga la descripción “el tutor de Alejandro Magno” (que hubiese podido ser otra persona) era o no filósofo. Es sobre esta base que defensores del enfoque externista, y anti-descriptivistas han postulado que las condiciones de verdad de proferencias de oraciones como “Aristóteles era filósofo” (y, por tanto, las proposiciones que esas proferencias expresan) son singulares, dependientes del individuo mismo, tanto si ese individuo satisface condiciones descriptivas asociadas al nombre como si no.

6. Cuestiones abiertas para el enfoque externista

Las críticas al descriptivismo de Kripke, Donnellan y otros autores tuvieron una importante influencia en el panorama de la filosofía del lenguaje. A pesar de la casi generalizada aceptación de las críticas y del enfoque histórico-causal, quedan cuestiones abiertas para el nuevo enfoque, especialmente cuestiones para las que el internismo descriptivista aportaba respuestas naturales.

6.1. Las diferencias en valor cognitivo

Términos correferenciales como “Cicerón” y “Marco Tulio” tienen distinto valor cognitivo. Como ya hemos mencionado, un hablante competente puede asentir a una proferencia de “Cicerón era un orador romano” y rechazar una de “Marco Tulio era un orador romano”. La explicación descriptivista apela a las distintas proposiciones que, según el descriptivismo, son expresadas por esas proferencias. Según el enfoque anti-descriptivista, en cambio, ambas proferencias expresan la misma proposición singular, y por tanto, el enfoque externista no puede atribuir la diferencia en valor cognitivo al hecho de que el hablante aprehende dos proposiciones distintas.

Defensores de posiciones externistas como John Perry (1980) y François Recanati (2012) argumentan que cuando aprendemos un término, ya sea un nombre propio o un término general, los usuarios abrimos una especie de fichero o dossier en el que depositamos información y datos, a veces datos erróneos, acerca del referente. Esos ficheros no determinan la referencia, pero explican la significatividad, el valor cognitivo, de los términos para el hablante. Desde este punto de vista, se puede aceptar el supuesto descriptivista según el cual los hablantes asocian descripciones a los términos que usan, y esas descripciones explican el valor cognitivo. Sin embargo, esas descripciones no determinan la referencia (que se halla determinada por los factores, en parte externos a la mente del hablante, que postula la teoría histórico-causal) y no constituyen parte de la proposición que expresan oraciones que contienen los términos en cuestión. Es importante resaltar que esta explicación anti-descriptivista rompe uno de los supuestos iniciales de la semántica tal como la concibieron Frege y Russell, pues la explicación que apela a los dosieres mentales no intenta explicar todas las cuestiones de interés semántico, como, por ejemplo, el valor cognitivo, apelando a la proposición expresada.

6.2. Enunciados de creencia

Tradicionalmente en semántica se ha considerado que los enunciados de creencia (y en general las llamadas actitudes proposicionales, como las expresadas por los verbos “desear”, “pensar”, imaginar”, etc.) expresan relaciones entre una persona y una proposición. El descriptivismo explica de forma natural por qué un enunciado como “María cree que Cicerón era orador” puede ser verdadero en tanto que “María cree que Marco Tulio era orador” puede ser falso, ya que esos enunciados expresan una relación de María con dos proposiciones distintas. Pero desde el punto de vista externista, la proposición expresada por ambas oraciones subordinadas es exactamente la misma.

Esta cuestión ha sido muy discutida por defensores del enfoque anti-descriptivista. Algunos autores (Soames, 2002, caps. 6-8; Salmon, 1989) consideran que si el primer enunciado de creencia es verdadero, también lo es el segundo, y atribuyen la suposición de que difieren en valor de verdad a una cuestión puramente pragmática. Otros autores (Crimmins y Perry, 1989; Richard, 1983) han argumentado que hay que romper con otro de los supuestos tradicionales de la semántica, y proponen analizar los enunciados de creencia no como relaciones simples entre una persona y una proposición, sino como relaciones complejas con más elementos además de la proposición expresada por la oración subordinada.

6.3. Términos sin referencia

Leverrier postuló la existencia de un planeta causante de anomalías en la órbita de Urano, y antes incluso de observarlo, lo llamó “Neptuno”. Leverrier también postuló la existencia de un planeta entre Mercurio y el Sol, y para ese supuesto planeta introdujo el nombre “Vulcano”. Pero no hay ningún planeta entre Mercurio y el Sol. Vulcano no existe (aunque exista “otro” Vulcano en algunas obras de ficción). ¿Cómo explica el anti-descriptivista la significatividad de oraciones como “Vulcano se encuentra entre Mercurio y el Sol” o “Vulcano no existe”? Dado que no hay tal planeta, las proferencias de esas dos oraciones, desde un punto de vista anti-descriptivista, no deberían expresar ninguna proposición. Esto no es un problema para el descriptivismo, pues aun cuando “Vulcano” carezca de referente, la descripción que un hablante asocia al nombre contribuye con un elemento a la proposición expresada.

De nuevo, una parte de las respuestas anti-descriptivistas rechazan que sea la proposición expresada lo que proporciona las respuestas a la cuestión semántica. Aunque “Vulcano” carezca de referente, la cadena de comunicación que postula la teoría histórico-causal existe, y es el hecho de que exista esa cadena de transmisión del término lo que explica que el nombre no sea un mero sonido asignificativo para los hablantes, a pesar de que, como indica Donnellan (1974) la cadena acaba «en un bloqueo».

La discusión sobre estas cuestiones continúa en la actualidad, con nuevas propuestas desde ambas aproximaciones a la referencia. Un artículo introductorio más extenso sobre este tema, Martí (en prensa), se puede consultar online. Véase también Martí (2022).

Genoveva Martí
(ICREA y Universidad de Barcelona)

Referencias

  • Crimmins, M. y Perry, J. (1989). The prince and the phone booth: Reporting puzzling beliefs. The Journal of Philosophy, 86(12), 685-711.
  • Devitt, M. y Sterelny, K. (1999). Language and Reality. An Introduction to the Philosophy of Language. 2ª ed. revisada y ampliada. Oxford: Blackwell.
  • Donnellan, K. (1970).Proper names and identifying descriptions. Synthese, 21, 335-358.
  • Donnellan, K. (1974). Speaking of nothing. The Philosophical Review, 83, 3-31.
  • Fernández Moreno, L. (2016). The Reference of Natural Kind Terms. Frankfurt: Peter Lang.
  • Frege, G. (1892). Uber Sinn und Bedeutung. Zeitschrift für Philosophie und Philosophische Kritik, 100, 25-50. Existe traducción al castellano: Sobre sentido y referencia. En: La búsqueda del significado. Valdés Villanueva, L.M. (comp.), Madrid: Tecnos, 1991, 24-45.
  • Kripke, S. (1980). Naming and Necessity. Cambridge, MA: Harvard University Press. Existe traducción al castellano: El nombrar y la necesidad. México: Instituto de Investigaciones Filosóficas, 2017.
  • Martí, G. (2022). Reference and theories of reference. En: The Cambridge Handbook of the Philosophy of Language. Ed. por Stalmaszczyk, P. Cambridge: Cambridge University Press, 233-248.
  • Martí, G. (en prensa) Referencia. En: Temas de filosofía del lenguaje. Ed. por Vicario, I. Madrid: Tecnos. Versión pre-publicación en https://philpapers.org/archive/MARRPK-2.pdf.
  • Perry, J. (1980). A problem about continued belief. Pacific Philosophical Quarterly, 61, 317-332.
  • Recanati, F. (2012). Mental Files. Oxford: Oxford University Press.
  • Richard, M. (1983). Direct reference and ascriptions of belief. Journal of Philosophical Logic, 12, 425-452.
  • Russell, B. (1910). Knowledge by acquaintance and knowledge by description. Proceedings of the Aristotelian Society, 11, 108-128. Existe traducción al castellano: Conocimiento por familiarización y conocimiento por descripción. En: Misticismo y lógica; y otros ensayos. Ed. por Russell, B. Buenos Aires: Paidós, 1951, 203-227.
  • Salmon, N. (1989). Illogical belief. Philosophical Perspectives, 3, 243–285.
  • Searle, J. (1958). Proper names. Mind, 67, 166-173.
  • Soames, S. (2002). Beyond Rigidity. Oxford: Oxford University Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Ezcurdia, M. (1995). Modos de presentación y modos de determinación.  Crítica, 27 (80), 57-96.
  • Frápolli, M.J. y Romero, E. (1998). Una aproximación a la Filosofía del lenguaje. Madrid: Síntesis, caps. 2 y 5.
  • García Suárez, A. (1997). Modos de significar. Una introducción temática a la filosofía del lenguaje. Madrid: Tecnos, sec. 1, caps. 1-3.
  • Martí, G. (en prensa) Referencia. En: Temas de filosofía del lenguaje. Ed. por Vicario, I. Madrid: Tecnos. Versión pre-publicación en https://philpapers.org/archive/MARRPK-2.pdf.
  • Vicario, I. (2002). “Paderewski” y el problema del valor cognoscitivo en Frege. Revista de Filosofía, 27(2), 361-387.

Recursos en línea

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Martí, G. (2024). La referencia. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica.  http://www.sefaweb.es/la-referencia/

 

 

Términos de género natural

1. Introducción

Por referencia en el ámbito del lenguaje se entiende la relación entre el lenguaje y el mundo, es decir, entre nuestras palabras o expresiones y los objetos o entidades del mundo. La cuestión más importante que cabe suscitar sobre la referencia de las expresiones es la del mecanismo de la referencia, es decir, en virtud de qué factores las expresiones se refieren a ciertas entidades o, como lo formularé en lo siguiente, cómo se determina su referencia. Los dos tipos más importantes de teorías contemporáneas de la referencia son la teoría causal y la descriptivista. La divergencia entre ambos tipos de teorías puede formularse de manera general del modo siguiente. Según la teoría descriptivista la referencia de un término, en su uso por un hablante, viene determinada por las propiedades o descripciones que el hablante asocia con el término; de acuerdo con la teoría causal la referencia de un término viene determinada por vínculos causales (o histórico-causales o causal-sociales) entre los usos de un término y, con la posible excepción del uso de un término en su introducción, es independiente de las propiedades que el hablante asocie con el término. Conviene mencionar adicionalmente que hay algunas teorías que pretenden conjugar factores de las teorías descriptivistas y de las teorías causales, como la teoría descriptivo-causal propuesta en Devitt y Sterelny (1999), pero la mayoría de estas teorías no se han desarrollado suficientemente y cabe argüir que no tienen ventajas con respecto a las anteriores.

El debate entre las teorías descriptivistas y las teorías causales ha versado sobre distintas clases de expresiones, aunque la controversia comenzó focalizándose en los nombres propios y los términos de género natural. Con respecto a los últimos cabe hacer la siguiente observación teminológica. Algunos autores prefieren la denominación de “término de clase natural”, pero aparte de que “término de género natural” parece más acorde con la terminología usada por parte de la mayoría de los autores – natural kind term – la primera se compromete con una determinada ontología de los géneros naturales como clases y no todos los autores asumen tal compromiso. En esta entrada nos centraremos en los términos de género natural, y especialmente en las teorías de S. Kripke y de H. Putnam al respecto, que han protagonizado el debate contemporáneo sobre la semántica de los términos de género natural. Las teorías de ambos autores suelen considerarse en la mayoría de los manuales como teorías causales; no obstante, como señalaremos más abajo, esta terminología no recoge algunas de las diferencias entre las teorías de ambos autores.

2. La teoría de los términos de género natural de Kripke

Kripke es uno de los promotores principales de la teoría causal (o histórico-causal) así como uno de los críticos más destacados de la teoría descriptivista. Sin embargo, muchas de sus consideraciones sobre los términos de género natural, expuestas en Kripke (1980), son secundarias con respecto a sus reflexiones acerca de los nombres propios. Sólo tras haberse ocupado de los nombres propios en las dos primeras conferencias de ese libro, Kripke se centra en la semántica de los términos de género natural en la tercera conferencia, siendo uno de sus objetivos alegar la existencia de similitudes entre ambos tipos de términos.

Uno de los rasgos que según Kripke comparten los nombres propios y los términos de género natural es su no-descriptivismo, es decir, dichos términos no son sinónimos de descripciones que los hablantes usualmente asocian con ellos y que determinarían su referencia. Se torna entonces necesario proponer una explicación alternativa de la determinación de su referencia. A este respecto Kripke (1980) esboza en la segunda conferencia de esa obra una teoría causal para los nombres propios, que extiende en la tercera conferencia a los términos de género natural. Ambas contienen propuestas similares acerca de la fijación y la transmisión de la referencia.

Un término de género natural se introduce en un bautismo inicial en el que su referencia se fija ostensivamente o “mediante una descripción” (Kripke, 1980 [1995, pp. 96-97]), si bien Kripke concede la posibilidad de que la introducción ostensiva se subsuma en la introducción descriptiva (Kripke, 1980 [1995, p. 96, n. 42]). Esto, sin embargo, no entra en conflicto con el no-descriptivismo ya señalado, pues las descripciones involucradas en la introducción descriptiva sólo desempeñan el papel de fijar la referencia de los términos y no son sinónimas de ellos. En el caso de los términos de género natural, la introducción por ostensión tiene lugar en presencia de una muestra de entidades que supuestamente son del mismo género porque comparten propiedades concernientes a su apariencia externa, y en la introducción por descripción las descripciones en cuestión expresan esas propiedades, que son puramente cualitativas. Dichas propiedades son las que los hablantes habitualmente asocian con un término de género natural, a las que cabe aludir como propiedades distintivas normales; en el caso del término “agua”, p. ej., las propiedades de ser un líquido, incoloro, insípido, etc. Por otra parte, asumimos que las entidades de la muestra comparten una estructura interna que es responsable de tales propiedades; en el ejemplo anterior la propiedad estructural en cuestión sería su estructura molecular, H2O. La extensión de un término de género natural, introducido por ostensión o descripción, incluirá todas las entidades que sean del mismo género que las involucradas en la introducción del término y la relación de identidad de género es constituida por las propiedades estructurales de dichas entidades, cuyo descubrimiento es objeto de la investigación científica. Así son las propiedades estructurales de las muestras o ejemplares de un género y no sus propiedades puramente cualitativas las que determinan la referencia de un término de género natural.

La teoría de Kripke acerca de la fijación de la referencia se complementa con una teoría de su transmisión y, por tanto, una teoría de la determinación de la referencia para los hablantes que no han introducido el término, es decir, para la mayoría de los hablantes. Con respecto a los nombres propios, y lo mismo se aplica a los términos de género natural, Kripke afirma que “para la mayoría de los hablantes […], el referente de un nombre se determina mediante una cadena ‘causal’ de comunicación y no mediante una descripción” (Kripke, 1980 [1995, p. 61, n. 22]). Por tanto, Kripke estima que la teoría descriptivista tampoco es adecuada como una teoría de la transmisión de la referencia. La noción de cadena causal constituye el núcleo de la teoría de Kripke sobre la transmisión de la referencia. Una vez que un término se ha introducido en un bautismo inicial, el introductor transmite el término a otros hablantes, estableciéndose así una cadena causal, que tiene su origen en el bautismo inicial y que conecta los usos de los términos, y por tanto a sus usuarios, con el referente del término en virtud de la pertenencia de estos a la misma comunidad lingüística a través de la cual el término se transmite, por así decirlo, de eslabón en eslabón. No obstante, para que un uso de un término por parte de un hablante sea un eslabón de la cadena que involucra el término se requiere que al aprender el término el hablante tenga la intención de usarlo con la misma referencia con la que lo usaba el hablante de quien lo aprendió. De este modo la cadena causal incorpora un componente intencional y no es puramente causal; esta es una de las razones que justificaría el entrecomillado de la palabra “causal” en el texto citado más arriba en este párrafo. En cualquier caso, por lo que concierne a la mayoría de los hablantes la referencia de un término de género natural no viene determinada por las propiedades que se asocian con él, sino por su pertenencia a una cadena causal que tiene su origen en un bautismo inicial.

Además del modo como se fija y transmite su referencia, Kripke afirma que otra similitud entre los nombres propios y los términos de género natural es que ambos son designadores rígidos. La definición de designador rígido para los términos singulares que Kripke propone es que un término es un designador rígido si designa el mismo objeto con respecto a todos los mundos posibles. Kripke distinguió entre designadores rígidos de iure y de facto. Los nombres propios son designadores rígidos de iure; un designador es rígido de iure si al fijar su referencia se estipula que su referente es el mismo con respecto a todos los mundos posibles, entendiendo por mundo posible una manera en la que podríamos imaginar que el mundo es diferente de como de hecho es. Aunque la mayoría de las descripciones definidas no son designadores rígidos, hay algunas que lo son, si bien son rígidas de facto. En el caso de un designador rígido de facto no hay involucrada una estipulación como la recién mencionada, pero el predicado contenido en la descripción se aplica al mismo objeto “en todo mundo posible” (Kripke, 1980 [1995, p. 26, n. 21]); a este respecto Kripke pone como ejemplo “el menor número primo”, que designa el número 2 con respecto a todo mundo posible. No obstante, el efecto de la distinción entre designadores rígidos de iure y de facto, tal como la hemos expuesto, se aminora al considerar que ambos designan el mismo objeto con respecto a todo mundo posible. Una consecuencia de la rigidez es que las oraciones de identidad verdaderas que incluyen dos designadores rígidos son necesarias, es decir, verdaderas con respecto a todos los mundos posibles. Un ejemplo de este tipo de oraciones es “El Everest es el Chomolungma”. Esta oración es verdadera, pues el referente de ambos nombres propios es el mismo, pero puesto que esos términos designan la misma montaña con respecto a todos los mundos posibles, la oración “El Everest es el Chomolungma” es necesariamente verdadera. Ahora bien, dado que fue un descubrimiento empírico el que ambos nombres designan la misma entidad, dicha oración es, aunque necesaria, verdadera a posteriori.

Aunque Kripke no presentó explícitamente una definición de rigidez para los términos de género natural, parecería plausible que la caracterización de la rigidez para ellos sea una extensión de la definición para los términos singulares, si bien la expresión “objeto” habría de sustituirse por “género natural”. Esta definición de rigidez para los términos de género natural – designación del mismo género natural con respecto a todos los mundos posibles – o formulaciones similares han sido propuestas de tal manera que las oraciones de identidad verdaderas que contienen dos términos de género natural, como “Agua es H2O” – Kripke denominó a este tipo de oraciones “identificaciones teóricas” – fuesen necesariamente verdaderas y verdaderas a posteriori. No obstante, se han señalado algunas objeciones a dicha definición (véase Fernández Moreno, 2016, pp. 99 y ss.), además de las más debatidas, las de trivialización y sobregeneralización (a este respecto pueden consultarse ibíd., López de Sa, 2008a y 2008b, así como Martí y Martínez-Fernández, 2010 y 2011). El estado actual de la cuestión acerca de la rigidez de los términos de género natural es que ciertas similitudes entre ellos y los nombres propios inducirían a sostener que ambos tipos de términos son designadores rígidos, pero no hay acuerdo acerca de cómo concebir la rigidez de los primeros de tal manera que concuerde con la literalidad de algunas afirmaciones de Kripke.

3. La teoría de los términos de género natural de Putnam

 Putnam identifica la referencia de un término de género natural con su extensión. Su teoría de la referencia se encuentra principalmente en Putnam (1975a ), en el marco de la crítica a una teoría del significado que él tilda de “tradicional” y de la presentación de una propuesta alternativa. La teoría tradicional distingue dos aspectos en el significado de tales términos, y del resto de los términos generales, la intensión y la extensión, y asume dos principios; el primer principio es que conocer el significado de un término consiste en estar en un estado psicológico en sentido estrecho, es decir, un estado psicológico que no presupone la existencia de un individuo distinto del que se encuentra en dicho estado, y el segundo principio es que la intensión determina la extensión. Conviene señalar que en dicha teoría la intensión se identifica con la conjunción de las propiedades distintivas normales de los miembros de un género; además esas propiedades – a diferencia de lo que ocurre en la teoría de Putnam ‒ estarían analíticamente vinculadas con el término. Ahora bien, Putnam alega que de los dos principios mencionados se sigue la tesis de que el estado psicológico en el que se encuentra un hablante que asocia una intensión con un término determina la extensión del término tal como lo usa el hablante, por lo que no es posible que dos individuos se encuentren en el mismo estado psicológico cuando usen un término y que la extensión del término en sus idiolectos sea diferente. Putnam (1975a) pretende hacer plausible la tesis de que el estado psicológico no determina la extensión por medio de ciertos experimentos mentales, a uno de los cuales aludiremos más abajo. A la base de los mismos se encuentra una cierta concepción de los géneros naturales, similar a la de Kripke. En primer lugar, un género natural incluye un subconjunto de entidades a las que se atribuye el carácter de miembros paradigmáticos del género porque comparten las propiedades distintivas normales asociadas con el género. En segundo lugar, asumimos que tales entidades comparten propiedades subyacentes que son responsables de las propiedades distintivas normales. Dado este marco, Putnam sostiene que la extensión de un término de género natural viene determinada por la relación de identidad de género con los miembros paradigmáticos del género, que es constituida por tales propiedades subyacentes.

Putnam subraya dos contribuciones involucradas en la determinación de la referencia de los términos de género natural, a las que alude como la contribución del entorno y la contribución de la sociedad. Por una parte, la extensión de un término de género natural depende de cómo es nuestro entorno, pues viene determinada por propiedades subyacentes de los miembros del género pertenecientes al mismo. Por otra parte, el descubrimiento de tales propiedades es objeto de la investigación científica y quienes la llevan a cabo o, en general, son capaces de aplicar tests fiables para distinguir miembros de un género de entidades de otros géneros ‒ los expertos ‒ conocen mejor que el hablante medio las condiciones de pertenencia a un género natural y, por tanto, a la extensión del término de género natural correspondiente. Hay a este respecto una división del trabajo lingüístico (o alternativamente una división lingüística del trabajo), de tal manera que el hablante medio está dispuesto a deferir en los expertos la determinación de la referencia de los términos de género natural tal como él los usa; piénsese, p. ej., en el uso del término “oro” por el hablante medio. Este componente social es importante en la teoría de Putnam, pues él enfatiza frecuentemente los vínculos de carácter social entre el hablante medio y los expertos de su comunidad lingüística y considera que esos son más importantes para la referencia del término en su uso por el primero que los vínculos de carácter histórico-causal que retrotraerían su uso en última instancia a un bautismo inicial. A este respecto hay diferencias importantes entre las teorías de Kripke y Putnam, pues Kripke (1986) rechaza la tesis de la división del trabajo lingüístico y sostiene que los únicos expertos son los hablantes que han introducido un término en un bautismo inicial. Por su parte, Putnam alude a su concepción como “causal/social” (1975b, p. 281 “mi traducción”) y afirma que la persona emplazada en el origen de una cadena causal – Putnam dice “cadena de transmisiones o cooperaciones” (1975b, p. 275 “mi traducción”) ‒ no necesita ser el introductor original del término, sino que puede ser el “experto relevante” (ibíd.). Estas ideas constituyen el núcleo de la teoría de la transmisión de la referencia de Putnam.

Por lo que respecta a la fijación de la referencia de un término de género natural como “agua” en el idiolecto de un hablante, Putnam propone dos procedimientos; uno de ellos es una definición ostensiva – su ejemplo es “Este líquido es agua” ‒ y el otro es una “definición operacional”, es decir, una descripción definida formada con los términos que expresan las propiedades distintivas normales de los miembros del género en nuestro entorno. El hablante que ha adquirido un término de género natural a través de cualquiera de esos procedimientos se referirá mediante su uso del término a entidades del género si hay relaciones causales entre ese uso y entidades del entorno, y estas relaciones pueden venir mediadas por expertos. Es también digno de mención que en ambos procedimientos se recurre implícita o explícitamente al uso de indéxicos como “este” o “nuestro”. Putnam alude a este rasgo afirmando que los términos de género natural poseen un componente indéxico y alega que ese rasgo implica que dichos términos son designadores rígidos. A este respecto Putnam sostiene que un término de género natural como “agua” es rígido porque se aplica, con respecto a todos los mundos posibles, sólo a porciones que comparten con los paradigmas de agua en nuestro entorno las mismas propiedades subyacentes.

En sus experimentos mentales aludidos anteriormente contra la tesis de que el estado psicológico (en sentido estrecho) determina la extensión, Putnam toma en consideración fundamentalmente los estados psicológicos del hablante medio. Sin embargo, puesto que Putnam asume que las propiedades ahí involucradas son las propiedades distintivas normales de los miembros de un género natural, una manera de interpretar el objetivo de tales experimentos mentales es considerarlos como dirigidos contra la tesis de que dichas propiedades determinan la extensión de los términos de género natural. El primer experimento mental presentado por Putnam (1975a), y el más famoso, concierne al término “agua”. Imaginemos que en nuestra galaxia hay un planeta muy similar a la Tierra, al que vamos a denominar “Tierra Gemela”, y en el que suponemos que cada habitante de la Tierra tiene un duplicado. Aunque hay pocas diferencias entre la Tierra y la Tierra Gemela, la única relevante para nuestro objetivo es que la composición química del líquido denominado “agua” en la Tierra Gemela no es H2O, sino una muy diferente, que vamos a abreviar como XYZ, si bien esas sustancias son en circunstancias normales macroscópicamente indistinguibles. Situémonos en 1750, cuando ni en la Tierra ni en la Tierra Gemela se había descubierto la composición química del líquido denominado “agua” en esos planetas, y tomemos en consideración un hablante típico de la Tierra, Oscar1, y su duplicado en la Tierra Gemela, Oscar2. Cada uno de ellos asociará con el término “agua” la misma intensión, que incluirá las propiedades distintivas normales de la sustancia denominada “agua” en los planetas que habitan, y estas son idénticas. De este modo esos hablantes estarán en el mismo estado psicológico cuando usan el término “agua”, aunque la extensión del término “agua” en sus respectivos idiolectos es diferente; en el caso del primero consta de porciones de H2O, mientras que en el caso del segundo consta de porciones de XYZ. Por tanto, el estado psicológico no determina la extensión.

Ahora bien, el rechazo de la tesis de que los estados psicológicos determinan la extensión llevará a impugnar al menos uno de los dos principios de la teoría tradicional del significado que la implicaban. Putnam opta por abandonar el primero de ellos y mantener el segundo, a saber, que el significado (en el sentido de intensión) determina la extensión. Él considera que el significado de un término de género natural viene dado por una descripción en forma normal del mismo, que consta de una secuencia finita uno de cuyos elementos es la extensión, de lo que se sigue trivialmente que el significado determina la extensión. Dicha secuencia contiene, además de la extensión, los marcadores sintácticos, los marcadores semánticos y el estereotipo del término. Putnam (1975a [1991, p. 191]) afirma que la secuencia que constituiría el significado del término “agua” incluiría al menos los siguientes componentes:

Marcadores sintácticos: término de masa; concreto
Marcadores semánticos: género natural; líquido
Estereotipo: incoloro; transparente; insípido; que sacia la sed., etc.
Extensión: H2O (con o sin impurezas)

En este sentido conviene señalar que una teoría del significado de los términos de género natural, como la de Putnam, según la cual el significado contiene como componente su extensión, determinada por factores que son externos al hablante individual, es parte de un tipo de teoría semántica denominada externismo semántico. Este sería también el tipo de teoría semántica de Kripke si se estima que él identifica el significado de un término con su referente, pero Kripke no ha explicitado tan claramente como Putnam su concepción del significado. Por contra, la teoría descriptivista, por cuanto recurre a la asociación de descripciones o propiedades con términos y esa asociación tiene lugar en la mente de los hablantes, es un tipo de teoría internista.

 Luis Fernández Moreno
(Universidad Complutense de Madrid)

Referencias

  • Devitt, M. y Sterelny, K. (1999) Language and Reality. An Introduction to the Philosophy of Language. 2ª ed. revisada y ampliada. Cambridge, Mass.: MIT Press.
  • Fernández Moreno, L. (2016) The Reference of Natural Kind Terms. Fráncfort del Meno: Peter Lang.
  • Kripke, S. (1980) Naming and Necessity. 2ª ed. revisada y ampliada. Oxford: Blackwell. Existe traducción al castellano: El nombrar y la necesidad. 2ª ed. revisada. México: UNAM, 1995.
  • — — — (1986) A Problem in the Theory of Reference: The Linguistic Division of Labor and the Social Character of Naming. En: Philosophy and Culture. Proceedings of the XVIIth Congress of Philosophy. Ed. por Cauchy, V. Montreal: Editions de Beffroi, 241-247.
  • López de Sa, D. (2008a) Rigidity for Predicates and the Trivialization Problem. Philosopher’s Imprint, 8, 1-13.
  • — — — (2008b) The Over-Generalization Problem: Predicates Rigidly Signifying the ‘Unnatural’. Synthese, 163, 263-272.
  • Martí, G. y Martínez-Fernández, J. (2010) General Terms as Designators: A Defence of the View. En: The Semantics and Metaphysics of Natural Kinds. Eds. por Beebee, H. y Saabarton-Leary, N. London: Routledge, 46-63.
  • — — — (2011) General Terms, Rigidity and the Trivialization Problem. Synthese, 181, 277-293.
  • Putnam, H. (1975a) The Meaning of ‘Meaning’. En: Mind, Language and Reality, (Philosophical Papers, Vol. 2). Ed. por Putnam, H. Cambridge: Cambridge University Press, 215-271. Existe traducción al castellano: El significado de ‘significado’. En: La búsqueda del significado. Valdés Villanueva L.M. (comp.), Madrid: Tecnos, 1991, 131-194.
  • — — — (1975b) Language and Reality En: Mind, Language and Reality, (Philosophical Papers, Vol. 2). Ed. por Putnam, H. Cambridge: Cambridge University Press, 272-290.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Fernández Moreno, L. (2015) Un examen de dos tesis kripkeanas. Episteme, 35, 47-65.
  • García Suárez, A. (2019) Nuevas aproximaciones a los modos de significar. Una introducción temática a la Filosofía del lenguaje. 3ª ed. revisada y ampliada. Madrid: Tecnos,
  • Pérez Otero, M. (2006) Esbozo de la filosofía de Kripke. Barcelona: Montesinos.
  • Sosa, E. et al. (1985) Discusión general sobre términos de clases naturales en la ciencia y lo vernáculo y palabras de clase y comprensión. En: Villanueva, E (ed.) Primer Simposio Internacional de Filosofía, vol. I. México: UNAM, 119-131.

Recursos en línea

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Fernández Moreno, L. (2023). Términos de Género Natural. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/terminos-de-genero-natural/

 

Composicionalidad

1. Introducción

Considera la siguiente oración:

(1) La primogénita de mi prima es más tranquila pero el sobrino pequeño de mi pareja es más simpático.

Es posible que nunca antes te hayas encontrado las palabras que forman (1) en el orden en que aparecen en esta oración. Sin embargo, también es probable que la hayas entendido perfectamente. Además, si has entendido (1), necesariamente serás capaz de entender las oraciones siguientes:

(2) La prima de mi primogénita es más simpática pero la pareja de mi sobrino pequeño es más tranquila.

(3) El primo pequeño de mi pareja es más tranquilo pero la primogénita de mi sobrino es más simpática.

Parece, entonces, que podemos entender oraciones del castellano con las que no nos hemos encontrado nunca antes y que nuestra comprensión de unas oraciones del castellano está conectada con nuestra comprensión de otras. Una explicación natural de estos dos hechos pasa por asumir que el castellano es composicional. La composicionalidad es el rasgo que posee un lenguaje cuando cumple el siguiente principio:

Principio de composicionalidad: El significado de una expresión compleja está determinado por los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación.

El propósito de esta entrada es aclarar qué supone exactamente el principio de composicionalidad y distinguir los tipos de composicionalidad de los que podemos hablar (sección 2), así como exponer los argumentos más repetidos a favor (sección 3) y en contra (sección 4) de la idea de que los lenguajes naturales en general son efectivamente composicionales. Principios análogos propuestos con respecto a sistemas representacionales distintos del lenguaje (véase Hinzen, Werning y Machery, 2012, p. 1) caen fuera del alcance de la entrada.

2. El principio de composicionalidad

Al enunciar en la sección anterior el principio de composicionalidad he hecho uso de varios términos técnicos, como “significado” y “determinado”. Para saber qué supone exactamente el principio, por tanto, tenemos primero que aclarar el significado de estos términos.

Comencemos por “determinado”. Una lectura natural pero equivocada del principio de composicionalidad nos invita a entenderlo como un principio que proporciona criterios de individuación del significado de las expresiones complejas. Entendido de esta manera, el principio de composicionalidad nos dice que el significado de las palabras tiene prioridad sobre el significado de las oraciones en las que aparecen: solo entendiendo el significado de cada palabra tomada aisladamente podemos, observando el modo en que las palabras se combinan para dar lugar a la oración, entender el significado de esta última. Cuando en esta caracterización se usa la palabra “prioridad” se habla de prioridad lógica, no temporal; lo que se quiere decir es que no podemos entender una oración si desconocemos el significado de las palabras que la componen (Bronzo, 2011, pp. 90-91). Incluso hecha esta aclaración, el principio de composicionalidad no se corresponde con el que acabo de exponer, porque la relación de determinación, que es la que nos interesa, es distinta de la de prioridad lógica.

¿De qué hablamos cuando hablamos de determinación? Existen dos formas equivalentes de caracterizar esta relación: a través de una formulación funcional y a través de una formulación sustitucional (Dever, 2012, pp. 93-94; Johnson, 2015, secciones 1.c.i-1.c.ii). Desde un punto de vista funcional, el principio de composicionalidad nos dice que el significado de una expresión compleja es una función de los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación. Una relación es una función cuando ningún elemento está relacionado por ella con más de un elemento; así, dados los significados de una serie de expresiones y su modo de combinación, la oración resultante solo puede tener un significado. Desde un punto de vista sustitucional, el principio de composicionalidad nos dice que sustituir una de las expresiones más simples que componen una expresión compleja por otra con el mismo significado no altera el significado de la expresión compleja. Cualquiera de estas dos formulaciones es compatible con la posibilidad de que, de hecho, sea el significado de las oraciones el que tenga prioridad lógica sobre el de las palabras, o incluso el del conjunto de las oraciones de un lenguaje sobre el de cada oración particular.

Una vez aclarado el significado de “determinado” en nuestra formulación del principio de composicionalidad, pasemos al significado de “significado”. Cuando hablamos de significado, hablamos del valor semántico que nuestra teoría asigna a las distintas expresiones del lenguaje en un contexto dado. El significado debe distinguirse, por tanto, del contenido asertórico, que es aquello que expresamos cuando proferimos una oración declarativa. Idealmente, todas las expresiones del lenguaje tienen significado entendido como valor semántico, pero solo a través de oraciones declarativas completas podemos compartir información con nuestros interlocutores; por tanto, solo las oraciones declarativas completas tienen cuando las proferimos contenido asertórico. Incluso en este caso, de hecho, se ha argumentado que el significado es distinto del contenido asertórico (Ninan, 2010; Rabern, 2012, 2017). Uno de los argumentos que se han dado a tal efecto es, precisamente, que el contenido asertórico no es composicional. Por ejemplo, el contenido asertórico de “Dani cree que la película ha terminado” no es una función del de “La película ha terminado”, porque las posibilidades que eliminamos al aseverar la primera oración son independientes de las que eliminamos al aseverar la segunda.

El principio de composicionalidad, entonces, nos dice que el significado de (y no el contenido aseverado al proferir) una expresión compleja está determinado (en un sentido independiente de la prioridad lógica) por los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación. Esto, no obstante, deja la puerta abierta a distintos tipos de composicionalidad, porque sigue sin estar claro cuáles son las expresiones más simples que componen una expresión compleja. Por ejemplo, podríamos decir que “La película ha terminado” está compuesta por el sintagma nominal “la película” y el sintagma verbal “ha terminado”, que son sus constituyentes inmediatos, pero también que está compuesta por las palabras “la”, “película”, “ha” y “terminado”, que son sus constituyentes últimos. Un principio que nos diga que el significado de “La película ha terminado” está determinado por el de sus constituyentes inmediatos y su modo de combinación será un principio de composicionalidad fuerte, mientras que si sustituimos la referencia a los constituyentes inmediatos por una referencia a los constituyentes últimos obtendremos un principio de composicionalidad débil (véanse Pagin y Westerståhl, 2010a, pp. 257-258; Dever, 2012, pp. 93-94). En los lenguajes que presentan composicionalidad fuerte encontramos una correspondencia entre reglas sintácticas y reglas semánticas, lo que ha llevado a llamar a la composicionalidad fuerte “composicionalidad regla a regla”.

Hablamos de “fuerte” y “débil” porque un lenguaje ha de cumplir más requisitos para ser composicional en el primer sentido que para serlo en el segundo. Si el significado de una expresión compleja está determinado por el de sus constituyentes inmediatos, el significado de “La película ha terminado” está determinado por el de “la película” y el de “ha terminado”, el de “la película” está determinado por el de “la” y el de “película” y el de “ha terminado” está determinado por el de “ha” y el de “terminado”, lo que significa que el significado de “La película ha terminado” está determinado por el de “la”, “película”, “ha” y “terminado”, que son sus constituyentes últimos. La composicionalidad débil, por tanto, se sigue de la fuerte. Pero que el significado de “La película ha terminado” esté determinado por el de “la”, “película”, “ha” y “terminado” no significa que lo esté por el de “la película” y “ha terminado”, con lo que la composicionalidad fuerte no se sigue de la débil.

3. Argumentos a favor del principio de composicionalidad

Cuando en la sección 1 motivé el principio de composicionalidad, lo hice esbozando los dos argumentos más comunes a favor del principio: el argumento basado en la productividad del lenguaje natural y el argumento basado en su sistematicidad. Esta sección está dedicada a exponerlos de forma más detallada junto con un tercero al que aún no he hecho referencia (para otros argumentos menos comunes a favor del principio de composicionalidad y discusiones más amplias de los expuestos aquí, véanse Szabó, 2004/2022, sección 3; Pagin y Westerståhl, 2010b, pp. 265-270; Johnson, 2015, sección 2).

El argumento basado en la productividad toma como premisa la capacidad de quienes dominan un lenguaje para entender expresiones complejas con las que nunca antes se habían encontrado para concluir que esta capacidad debe estar fundamentada en el conocimiento del significado de las expresiones más simples que componen estas expresiones y su modo de combinación, que determinan el significado de las expresiones complejas (véanse, por ejemplo, Frege, 1914/1979, p. 225; Davidson, 1967 [2005, p. 336]). La composicionalidad del lenguaje explicaría entonces tu capacidad para entender (1), repetida aquí, a pesar de no haberte encontrado con esta oración antes de leer la sección 1 de esta entrada:

(1) La primogénita de mi prima es más tranquila pero el sobrino pequeño de mi pareja es más simpático.

Tal como lo he presentado, el argumento basado en la productividad es una inferencia a la mejor explicación: lo que se argumenta es que el lenguaje es composicional porque esta es la mejor explicación de las disponibles para el hecho de que sea productivo (Szabó, 2004/2022, sección 3.1; Johnson, 2015, sección 2.a). Como tal, el argumento no nos sirve para descartar con certeza la posibilidad de que hayas entendido (1) de alguna otra manera que no se nos ha pasado por la cabeza, pero, en ausencia de alternativas, es un argumento razonablemente fuerte.

El argumento basado en la sistematicidad, por su parte, toma como premisa la existencia de relaciones sistemáticas entre nuestra capacidad para entender unas oraciones y nuestra capacidad para entender otras, como la que se da entre nuestra capacidad para entender (1) y nuestra capacidad para entender (2) y (3), repetidas aquí:

(2) La prima de mi primogénita es más simpática pero la pareja de mi sobrino pequeño es más tranquila.

(3) El primo pequeño de mi pareja es más tranquilo pero la primogénita de mi sobrino es más simpática.

La explicación más natural para este hecho, según el argumento, es que el lenguaje sigue el principio de composicionalidad (véase, por ejemplo, Fodor, 1987, pp. 147-150). Esta es, de nuevo, una inferencia a la mejor explicación que, como tal, depende de la ausencia de explicaciones alternativas superiores. Pero, además, la premisa de este argumento está expuesta a contraejemplos más fáciles de encontrar que los que servirían para debilitar el argumento basado en la productividad, como las frases hechas. Por ejemplo, podemos saber en qué consiste echar un ojo sin saber en qué consiste echar una mano, o saber cuándo no hay tutía sin saber qué es una tutía (véanse Pagin y Westerståhl, 2010b, pp. 276-277; Johnson, 2015, sección 4.c).

El tercer y último argumento al que haré referencia en esta sección está basado en la idea de que el principio de composicionalidad, simplemente, funciona. Darlo por verdadero nos ha permitido desarrollar teorías semánticas de gran capacidad explicativa. Por ejemplo, parece intuitivo que el valor semántico de “Alicia” es un objeto, pero ¿de qué tipo es el valor semántico de “todo vampiro”? Pensar que los significados de las expresiones complejas están siempre determinados por aplicación funcional, como se sigue de la formulación funcional del principio, nos permite identificar el tipo de valor semántico que deben tener expresiones como esta. Supongamos que anteriormente hemos llegado a la conclusión de que el valor semántico de “es inmortal” es una función que toma como valores de argumento individuos y nos devuelve como valor V en caso de que el individuo en cuestión sea inmortal y F en caso de que no lo sea. El valor semántico de “es inmortal”, por tanto, será una función de individuos a valores de verdad. Supongamos también que el valor semántico de “Todo vampiro es inmortal” es su valor de verdad: V si todos los vampiros son inmortales, F si no lo son. El principio de composicionalidad nos permite entonces identificar el valor semántico de “todo vampiro” como una función que toma funciones de individuos a valores de verdad como argumentos y devuelve valores de verdad como valor. La razón es que el valor semántico de esta expresión tiene que ser una función que al tomar como argumento la función de individuos a valores de verdad que es el valor semántico de “es inmortal” nos dé el valor de verdad que es el valor semántico de “Todo vampiro es inmortal” (véase Heim y Kratzer, 1998, cap. 6).

Por supuesto, la conclusión del tercer argumento es más bien que se puede hacer semántica asumiendo el principio de composicionalidad, no que se tenga que asumir el principio para hacer semántica (Szabó, 2004/2022, sección 3.2). El argumento es por tanto análogo al argumento del no milagro en favor del realismo científico (Putnam, 1975): del mismo modo que sería milagroso que nuestras teorías científicas tuvieran la capacidad predictiva que tienen si no describieran la estructura de la realidad, también lo sería que la semántica hubiera llegado tan lejos si los lenguajes naturales no fueran de hecho composicionales.

4. Argumentos en contra del principio de composicionalidad

Contra el principio de composicionalidad se ha argumentado tanto que es falso como que es trivial o innecesario (véase Pagin y Westerståhl, 2010b, p. 270). La forma de mostrar que el principio es falso es ofrecer algún contraejemplo, es decir, señalar algún caso en el que el significado de una expresión compleja no está determinado por los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación, sino que es necesario un tercer factor (véase Szabó, 2004/2022, sección 4.2). En esta sección, repasaré tres familias distintas de casos que se han propuesto como contraejemplos del principio de composicionalidad (para una revisión de algunas de las razones que se han dado para tachar el principio de trivial o innecesario, véanse Pagin y Westerståhl, 2010b, pp. 270-273; Johnson, 2015, sección 4.a).

El más clásico de los potenciales contraejemplos del principio de composicionalidad nos lo proporcionan las atribuciones de actitudes proposicionales. Por ejemplo, “Lois Lane cree que Superman puede volar” y “Lois Lane cree que Clark Kent puede volar” tienen que diferir en significado para poder diferir en valor de verdad, como parecen hacerlo si Lois Lane no sabe que Clark Kent es Superman. Sin embargo, si asumimos que “Superman” y “Clark Kent” significan lo mismo porque se usan para hablar de la misma persona, las oraciones están compuestas por expresiones con el mismo significado combinadas de la misma manera. Es prueba de la fuerza intuitiva del principio de composicionalidad que prácticamente ninguna solución a este problema haya estado basada en el rechazo del principio. Ha sido mucho más común negar, como en las soluciones russellianas (véanse, por ejemplo, Salmon, 1986; Soames, 2002), que las dos oraciones difieran realmente en valor de verdad o negar, como en las soluciones fregeanas (véanse, por ejemplo, Crimmins y Perry, 1989; Recanati, 2010), que “Superman” y “Clark Kent” sean realmente sinónimos.

En segundo lugar, tenemos los casos de anáfora entre oraciones, como la que encontramos en (4) y (5), que Heim (1982, p. 119, n. 10) atribuye a Barbara Partee:

(4) Se me cayeron diez canicas y encontré todas menos una. Probablemente esté debajo del sofá.

(5) Se me cayeron diez canicas y encontré nueve de ellas. *Probablemente esté debajo del sofá.

(4) no presenta ningún problema, mientras que (5) parece defectuosa, con lo que (4) y (5) tienen que tener significados distintos. Pero la primera mitad de (4) y la de (5) tienen las mismas condiciones de verdad, lo que puede considerarse suficiente para establecer que son sinónimas, y la segunda mitad de (4) y la de (5) están formadas por las mismas palabras combinadas de la misma manera. Las primeras teorías semánticas que se propusieron para dar cuenta de divergencias de este tipo, como la teoría de representación del discurso (Kamp, 1981), eran explícitamente no composicionales, pero algunas teorías posteriores, como la lógica de predicados dinámica (Groenendijk y Stokhof, 1991), consiguen resolver el problema sin renunciar a la composicionalidad. En ambos casos, no obstante, nos vemos en la obligación de entender el significado de una forma completamente distinta a como se ha hecho tradicionalmente, pues tanto la teoría de representación del discurso como la lógica de predicados dinámica son ejemplos de semánticas dinámicas que asignan potenciales de cambio de contexto (Heim, 1983) u objetos análogos como valores semánticos.

En tercer lugar, Travis (1997, p. 89) nos invita a considerar el caso en el que alguien señala una hoja marrón que ha sido pintada de verde y dice:

(6) Esta hoja es verde.

(6) será verdadera si estamos clasificando hojas con propósitos decorativos y falsa si lo que queremos es identificar la especie a la que pertenece la hoja. Pero si (6) es verdadera en un contexto y falsa en otro, de esto se sigue que significa cosas distintas en estos dos contextos, a pesar de que está compuesta por las mismas palabras combinadas de la misma forma. Parece que estamos, por tanto, ante un contraejemplo del principio de composicionalidad. En respuesta a este desafío, se ha defendido tanto que (6) puede considerarse también verdadera, aunque engañosa, cuando estamos identificando especies (Sainsbury, 2001; Berg, 2002) como que el significado de “verde” puede ser único, pero determinar distintos contenidos dependiendo del contexto (véase Kaplan, 1977)

5. Conclusión

Se asume a menudo que solo atribuyendo composicionalidad al lenguaje podemos explicar su productividad y sistematicidad, pero ni la conexión entre estas propiedades es obvia ni la noción misma de composicionalidad es todo lo clara que cabría esperar. El propósito de esta entrada ha sido arrojar algo de luz sobre la noción, así como sobre los argumentos a favor de la composicionalidad del lenguaje basados en su productividad y sistematicidad.

Eduardo Pérez Navarro
(Universidade de Santiago de Compostela)

Referencias

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  • Putnam, H. (1975/1979) Mathematics, Matter and Method (Philosophical Papers, Vol. 1). Cambridge: Cambridge University Press.
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  • Recanati, F. (2010) Truth-Conditional Pragmatics. Oxford: Oxford University Press.
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  • Soames, S. (2002) Beyond Rigidity. Oxford: Oxford University Press.
  • Szabó, Z. G. (2004) Compositionality. En: The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Edición de otoño 2022). Ed. por Zalta, E. N. y Nodelman, U. Accesible en https://plato.stanford.edu/archives/fall2022/entries/compositionality/. Consultado por última vez el 2 de octubre de 2023.
  • Travis, C. (1997) Pragmatics. En: A Companion to the Philosophy of Language. Ed. por Hale, B. y Wright, C. Oxford: Blackwell, 87-107.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Dummett, M. (1975) Frege. Teorema , 5(2), 149-188.
  • Escandell Vidal, M. V. (2004) Fundamentos de semántica composicional. Barcelona: Ariel, cap.1.
  • Frápolli, M.J. y Romero, E. (1998) Una aproximación a la Filosofía del lenguaje. Madrid: Síntesis, sec. 1.4.2.A y 4.1.1.
  • García-Carpintero, M. (1996) Las palabras, las ideas y las cosas. Una presentación de la filosofía del lenguaje. Barcelona: Ariel, sec. 6.1.
  • García Suárez, A. (1997) Modos de significar. Una introducción temática a la filosofía del lenguaje. Madrid: Tecnos, cap. 11.

Recursos en línea

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Cómo citar esta entrada

Pérez Navarro, E. (2023). Composicionalidad. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/composicionalidad/

 

Pronombres

1. Introducción

Los pronombres (palabras como «yo», «ella», «esto» o «eso») presentan diversos rasgos que los convierten en expresiones de relevancia para la filosofía del lenguaje contemporánea. El presente artículo tiene como objeto analizar sus dos roles semánticos primordiales – el deíctico y el anafórico – y las principales propuestas que se han esbozado para dar cuenta de los mismos, así como mencionar algunas de las repercusiones de esta disputa sobre otros debates filosóficos.

2. Las semántica de los pronombres: las funciones anafórica exofórica

Una de las principales particularidades de los pronombres es su capacidad para ejercer dos roles semánticos claramente diferenciados. Por un lado, pueden ser usados para hablar de objetos o individuos contextualmente destacados, como en la oración siguiente:

(1) Ella es alta (dicho señalando a alguien).

Por otro lado, su valor semántico también puede depender de otros elementos de la oración, como en los siguientes ejemplos (donde dos elementos cualesquiera comparten subíndice cuando dependen semánticamente el uno del otro, en un sentido que aclaramos en la siguiente sección):

(2) [Cada uno de los estudiantes]i dijo que era éli quien había obtenido la mayor nota.

(3) Laurai dijo que ellai había vuelto a casa temprano.

(4) Todo granjero que tiene [un burro]i lei pega.

Su interpretación, en resumidas cuentas, puede depender o bien del contexto extralingüístico (función deíctica exofórica) o bien del lingüístico (función anafórica). Aunque existe cierta tendencia a considerar ambos roles como dos caras de la misma moneda, especialmente en el caso de las teorías que modelan los pronombres como variables, lo cierto es cada uno de estos usos ha generado su propia batería de rompecabezas filosóficos específicos. Pasemos, pues, a repasar algunos de los problemas centrales asociados a cada una de estas funciones.

2.1 La función exofórica: ¿fregeanismo o referencia directa?

Como acabamos de mencionar, un pronombre es usado exofóricamente si se emplea para hablar acerca de alguna entidad externa al discurso. El principal debate acerca de esta función versa sobre si los pronombres pueden ser usados para hablar directamente acerca de entidades (referencia directa) o si su contribución proposicional es algún tipo de contenido descriptivo que sirve para individuar a la entidad bajo discusión (fregeanismo). Consideremos, como ejemplo ilustrativo, una emisión de (1) acompañada de un gesto ostensivo hacia Isabel II. Valiéndonos de la concepción russelliana de las proposiciones como entidades estructuradas, podemos afirmar que la proposición expresada en este ejemplo sería, de acuerdo con los partidarios de la referencia directa, la que podemos representar como el par ordenado de (1a), que contiene al individuo referido como constituyente:

(1a) <Isabel II, ser alta>

Los fregeanos (Frege 1918), por su lado, sostendrían que la contribución del demostrativo vendría dada por un contenido descriptivo similar al representado en (1b):

(1b) <La mujer señalada, ser alta>

La teoría usualmente asumida como estándar es la referencia directa, prefigurada ya en la obra de Bertrand Russell (1911, 1948) y popularizada sobre todo a partir del trabajo de David Kaplan (1989a, 1989b). No obstante, las teorías fregeanas, que postulan que la contribución proposicional de un pronombre es alguna clase de contenido descriptivo, disponen de una importante ventaja inicial sobre sus competidoras. De acuerdo con la teoría de referencia directa, (1) expresa, en el contexto descrito, la misma proposición que una emisión de «Isabel II es alta». Ahora bien, las proposiciones suelen ser consideradas como el contenido de una oración: aquello aseverado por ella, lo que se aprende al comprenderla, el pensamiento que expresa. Y aquí radica la ya mencionada ventaja del descriptivismo: estas teorías son capaces de explicar la aparente diferencia de valor cognitivo entre dos enunciados como los siguientes:

(5a) Yo reiné tras la primera guerra carlista.

(5b) Isabel II reinó tras la primera guerra carlista.

Estos enunciados parecen expresar pensamientos muy distintos: si Isabel II quedara amnésica y acudiera a una lección de historia, podría llegar a aprender (5b) sin por ello tener que aceptar el pensamiento que expresaría mediante (5a). En este sentido, parece erróneo sostener, tal como lo harían los partidarios de la referencia directa, que ambos expresan el mismo contenido. Ejemplos como este, junto a otros casos análogos (Lewis 1979, Perry 1979), parecen indicar que la contribución proposicional de «yo» no es un mero individuo, sino más bien un modo de presentación del mismo, tal como postulan las aproximaciones fregeanas.

A pesar de este primer mérito, la idea de que la contribución proposicional de los pronombres es su contenido descriptivo ha sido sometida a críticas de gran calibre. Una teoría fregeana genérica señalaría como tautológico el siguiente enunciado (Kaplan 1989a):

(6) Él es el hombre señalado.

Dado que (6) parece estar expresando algo enteramente contingente, dicho enunciado no debería, en principio, contar con el estatus de tautología o de verdad analítica. Otro punto donde las teorías fregeanas flaquean es en la interacción entre pronombres y expresiones modales. Desde un punto de vista lingüístico, las proposiciones resultan interesantes porque son el objeto sobre el que operan los verbos de discurso indirecto como «creer» o «decir» o los adverbios modales como «quizá» o «necesariamente». Y, dado el estatus tautológico de (6), el fregeano se ve obligado a sostener que un enunciado como (6a), intuitivamente falso, expresa una verdad:

(6a) Necesariamente, él es el hombre señalado.

Este problema puede verse más claramente si consideramos los pronombres de primera persona. Una palabra como «yo»posee un contenido descriptivo que, a grandes rasgos y de forma muy simplificada, podemos representar como sigue:

(7) El emisor de esta proferencia.

Aunque un contenido como el representado en (7) pueda servir para modelar el significado de pronombres como el que aparece en (5a), donde el emisor asevera algo creído por él mismo, no podemos decir lo mismo de (8a), donde el pronombre aparece en discurso indirecto:

(8a) Sancho cree que fui yo quien envenenó los pastos.

Si tratamos (7) como el contenido del pronombre en cuestión, lo que obtenemos es la proposición en (8b), muy distinta de lo que (8a) parece estar expresando (entiéndase el significado de «creer» como una relación entre individuos y proposiciones):

(8b) <creer, Sancho, <el emisor de la proferencia, envenenar los pastos>>

Lo que esto muestra es que, de acuerdo con la teoría fregeana, la verdad de (8a) requiere que Sancho crea que hay alguien emitiendo proferencias y que dicha persona envenenó los pastos. Esta predicción es errónea, puesto que dicho enunciado puede ser verdadero sin necesidad de que Sancho sostenga creencia alguna acerca de proferencias o emisores: todo lo que la verdad de (8a) necesita es que Sancho crea, acerca de un determinado individuo, que envenenó los pastos, independientemente de otros rasgos contingentes del mismo. En este sentido, las teorías de la referencia directa parecen mejor encaminadas.

El contraste entre (5a) y (5b) sigue planteando, no obstante, cierta problemática para los partidarios de la referencia directa, y la respuesta estándar que estos teóricos suelen ofrecer consiste en relegar el valor cognitivo de un enunciado (lo que de él se aprende) a nivel de lo que Kaplan (1989a) llamó carácter. El carácter de una expresión es una regla semántica que determina su referente en cada contexto: dada una determinada situación de uso, el carácter de «yo»determina que dicha expresión tome como referente al emisor de la misma, mientras que el de «tú» hace lo propio con el receptor. A su vez, sin embargo, son estos individuos, y no el carácter, los que constituyen el contenido o contribución proposicional de los pronombres en cuestión, tal como requiere la teoría de la referencia directa. La idea de Kaplan (1989a, §XVIII), reafirmada entre otros por John Perry (1977), consistió en rechazar que el valor cognitivo de un enunciado estuviese ligado a su contenido proposicional; en su lugar, lo relegó al nivel de esa regla, el carácter, que determina su referente en cada contexto. De este modo, lograba explicar la diferencia entre (5a) y (5b) al tiempo que hacía justicia a la idea de que las expresiones modales como las que aparecen en (6a) u (8a), que toman como argumento el contenido proposicional, son incapaces de operar sobre la parte descriptiva del pronombre (Kaplan 1989a, §XX). Cabe mencionar, sin embargo, que el propio Kaplan rechazó más adelante la idea de que el carácter pudiera constituir el valor cognitivo de un enunciado (Kaplan 2012: 175). 

La solución kaplaniana ha sido criticada por diversas razones. Una crítica común es que esta propuesta rompe con el principio, tradicional desde la obra de Frege (1892), según la cual las proposiciones representan el pensamiento expresado por un enunciado; se quiebra, parafraseando a Philippe Schlenker (2003: 35), la unidad entre la contribución proposicional de una expresión y su valor cognitivo. Esto puede resultar problemático si tenemos en cuenta que una de las razones por las que se postuló una entidad teórica como las proposiciones fue, precisamente, para modelar creencias.

Las teorías fregeanas contemporáneas suelen postular que los verbos de discurso indirecto y otras expresiones modales sí que son capaces de actuar sobre el carácter de los pronombres (cf. Santorio 2012), rechazando así la idea central de Kaplan. A su vez, otras teorías que también podemos calificar de neofregeanas han tratado de recuperar la idea de que una única entidad puede ejercer a la vez los dos roles arriba mencionados –contribución proposicional y valor cognitivo– sin por ello tener que renunciar a la idea central de las teorías de la referencia directa según la cual las proposiciones expresadas por los enunciados con pronombres versan sobre individuos. Este es el caso de las teorías reflexivas (del inglés «token-reflexive», de difícil traducción), que postulan que la contribución de los pronombres al contenido proposicional es doble: tanto un individuo como un contenido descriptivo similar al representado en (7) (García-Carpintero 1998, Perry 1998, Corazza 2002, Korta y Perry 2011, de Ponte et al. 2020). Este último, sin embargo, no forma parte de la proposición principal expresada, y tampoco ocurre a nivel preproposicional como en la teoría kaplaniana, sino que tiene lugar en una proposición distinta que se comunica aparte, y que por ende permanece fuera del alcance de las expresiones modales que aparecen en la proposición principal. Por último, también hay teorías de corte fregeano que, complementando la noción de sentido con nociones epistemológicas relativas a la capacidad para seguir el rastro de un objeto, logran abordar los problemas planteados por Kaplan y Perry (cfr. Evans 1977).

2.2 La función anafórica: variables, asnos y pereza

La discusión sobre la función deíctica de los pronombres está filosóficamente muy cargada, dado que depende en gran medida de intuiciones y, además, se inmiscuye de pleno en cuestiones que trascienden el territorio estricto de la filosofía del lenguaje, pues son propias de la epistemología y la filosofía de la mente. La función anafórica ha suscitado un menor interés por parte de filósofos y, en cambio, ha sido profusamente tratada por lingüistas. Pese a ello, la discusión sobre la naturaleza de las relaciones anafóricas se halla estrechamente entrelazada con cuestiones que sí han recibido atención por parte de los filósofos del lenguaje y de la lógica, como la noción de variable, el funcionamiento de las descripciones definidas o la propia teoría de la referencia. En concreto, se han distinguido al menos tres clases de pronombres anafóricos (Geach 1962; Evans 1977a, 1980): los que funcionan como variables ligadas, los llamados pronombres de pereza y los que aparecen en las anáforas denominadas del burro y de discurso. Ya hemos proporcionado un ejemplo de cada uno de ellos:

(2) [Cada uno de los estudiantes]i dijo que era éli quien había obtenido la mayor nota.

(3) Laurai dijo que ellai había vuelto a casa temprano.

(4) Todo granjero que tiene [un burro]i lei pega.

Veamos en más detalle cada uno de estos tipos de anáfora.

2.2.1 El modelo de la variable ligada y su alcance: ¿son los pronombres de pereza realmente necesarios?

Tal como muestra (2), un pronombre como «él» es capaz de alternar usos referenciales con lecturas donde funciona de forma análoga a una variable ligada. Esta dualidad ha llevado a la mayoría de autores a asumir que los pronombres son, sencillamente, el equivalente en lenguaje natural de las variables de primer orden (Quine 1960: 134-137, Geach 1962, Kaplan 1989b, Heim y Kratzer 1998, Heim 2008, Kratzer 2009, Nowak 2019; véase también Frege 1903). De este modo, la relación que existiría entre (2) y (2a) sería equivalente a la que se da entre (2b), donde la variable aparece ligada, y(2c), donde permanece libre (entiéndase «decir» como una relación entre individuos y proposiciones, como la que representa «D»):

(2a) Él había obtenido la mejor nota

(2b) ∀x (Ex → D(x, Nx))

(2c) Nx

La anáfora en (3), en cambio, ha sido tradicionalmente analizada como un caso distinto al de la variable ligada, dado que el antecedente del pronombre no es un cuantificador capaz de ligarlo, sino un nombre propio. Por este motivo, lo habitual es tratar dicho pronombre como si fuera un simple suplente de su antecedente, es decir, una abreviatura empleada para evitar repetir dicha palabra –de ahí que las expresiones de esta clase fueran bautizadas como pronombres de pereza (Geach 1962)–. Y el análisis de este tipo de anáfora es el más sencillo de todos, pues basta con sustituir el pronombre por su antecedente:

(3a) Laurai dijo que Laurai había vuelto a casa temprano.

Este análisis tradicional ha sido aplicado a otros ejemplos donde el antecedente del pronombre no es un cuantificador sino un término singular, como un demostrativo complejo o, de acuerdo con algunos análisis (Strawson 1950), una descripción definida:

(9) [Aquel hombre]1 cree que alguien loi persigue ⟹ [Aquel hombre]i cree que alguien persigue [a aquel hombre]i

(10) [El rey de Francia]i cree que los jacobinos pretenden destronarloi ⟹ [El rey de Francia]i cree que los jacobinos pretenden destronar [al rey de Francia]i

Dicho análisis resulta inadecuado cuando el antecedente es un cuantificador. Claramente, (2d) no significa lo mismo que (2):

(2d) [Cada uno de los estudiantes]i dijo que era [cada uno de los estudiantes]i quien había obtenido la mayor nota.

Ahora bien, este modelo ha sido cuestionado recientemente. La razón es que los pronombres en (3), (9) y (10) son analizables como un mero caso de deixis, y parece por tanto innecesario postular un mecanismo adicional como la anáfora de pereza. Al contrario, basta con tratarlos como una variable libre cuyo referente es fijado contextualmente (Heim y Kratzer 1998: 240). Esta forma de entenderlos dispone además de una ventaja sobre su competidor, y es que, en ocasiones, entender dichos pronombres como variables es ineludible. Consideremos el siguiente ejemplo:

(11) Sánchez cree que todos votaron por él, y Casado también.

Una sucesión de oraciones como la de (11) da lugar a una ambigüedad: la segunda oración puede atribuir a Casado la creencia de que todos votaron por él mismo o la de que todos votaron por Sánchez, dependiendo de cómo resolvamos la elipsis. Si tratamos el pronombre «él» como una variable, podemos sostener que estas dos lecturas son el resultado de ligar dicha variable y de dejarla libre, respectivamente. Sin entrar en detalles, en los que el lector puede profundizar acudiendo a manuales como Heim y Kratzer (1998: §5 y §9) o Escandell-Vidal (2004, §7.7), tratar el pronombre como variable ligada daría como resultado que la primera oración de (11) expresase la siguiente proposición:

(11a) <Sánchez, ser un x que cree que todos votaron por x>

Las elipsis de predicado se resuelven atribuyendo al sujeto de la segunda oración la misma propiedad que le atribuimos al de la primera; en este caso, debemos atribuir a Casado la misma propiedad que a Sánchez. Y el resultado es correcto:

(11b) <Casado, ser un x que cree que todos votaron por x>

Ahora bien, los pronombres que ejercen de variables libres son exofóricos, esto es, su contribución proposicional consta de un individuo (o quizá un contenido descriptivo, si el análisis fregeano está en lo cierto). Esto quiere decir que, si el pronombre desempeña dicho rol, la propiedad atribuida a Sánchez será bien distinta:

(11c) <Sánchez, ser un x que cree que todos votaron por Sánchez>

Y, en consecuencia, también lo será la que le atribuyamos a Casado:

(11d) <Casado, ser un x que cree que todos votaron por Sánchez>

Estas cuestiones han arrojado sombras de duda acerca de la necesidad de postular la anáfora de pereza como un mecanismo diferenciado. El modelo que trata todos los pronombres como variables es más simple y se ha mostrado capaz de explicar todos los casos que caen bajo aquella, además de poder dar cuenta de ambigüedades como la de (11).

2.2.2 Covariación sin mando-c

Pese a todo lo señalado en la sección anterior, oraciones como (4) suelen ser vistas como un contraejemplo a la idea de que los pronombres siempre funcionan como variables (cf. Evans 1977a, 1977b, 1980):

(4) Todo granjero que tiene [un burro]i lei pega.

Para ver por qué, tratemos de traducir este enunciado a una fórmula de primer orden que respete, en la medida de lo posible, su forma sintáctica:

(4a) ∀x (Gx & ∃y (By & Txy) → Pxy)

En (4a), la última instancia de la variable queda fuera del alcance del cuantificador existencial; funciona, pues, como variable libre. Si deseamos mantener el análisis tradicional que trata a los pronombres como la contraparte natural de las variables de primer orden,  no nos queda otro remedio que imponer a oraciones como (4) una forma sintáctica muy distinta de la que presentan superficialmente:

(4b) ∀x (Gx → ∃y (By & Txy → Pxy))

Hay, por tanto, una falta de correspondencia entre la forma sintáctica del enunciado y su interpretación semántica. He aquí otro ejemplo que puede ayudar a entender este fenómeno:

(12) [Una mujer]i entró en la casa. Ellai iba silbando.

Como en el caso anterior, podemos optar por traducir este enunciado como (12a), que captura su significado pero no su forma sintáctica, o como (12b), donde la sintaxis de (12) es respetada pero la variable x, correspondiente al pronombre, queda fuera del alcance del cuantificador:

(12a) ∃x (Mx & Ex & Sx)

(12b) ∃x (Mx & Ex) & Sx

Casos como el de (4) ejemplifican la llamada anáfora del burro, que recibe dicho nombre precisamente porque su formulación original incluía enunciados como el que hemos empleado aquí. La anáfora de (12), en cambio, suele denominarse anáfora de discurso. Pese a esta disparidad de nomenclatura, ambos fenómenos acostumbran a ser discutidos en conjunto, dado que parecen instancias de un tipo más general de relación anafórica: la que ocurre siempre que un pronombre tiene como antecedente un cuantificador que no manda-c sobre él. Para entender en qué consiste la noción de mando-c, propia de la sintaxis generativista, consideremos los siguientes árboles sintácticos:

(3b)

(4c)

Informalmente, un constituyente α de una oración (cada uno de los nodos del árbol) manda-c sobre otro constituyente β si se dan dos condiciones: 1) que no sea posible llegar desde α hasta β avanzando solo en dirección descendente y 2) que desde el nodo inmediatamente superior a α sí sea posible llegar hasta β avanzando únicamente en dirección descendente. Un ejemplo de esto es la relación entre «Laura» y «ella» en (3b). Dado que debajo de «Laura» no hay nodo alguno, no es posible avanzar desde «Laura» hasta «ella» solamente en dirección descendente, satisfaciéndose así la primera condición; además, la segunda también se cumple, puesto que sí que es posible llegar hasta «ella» descendiendo desde el nodo «O», situado justo encima de «Laura». La relación de mando-c, en cambio, no se da entre el sintagma nominal «un burro» y el pronombre «le» en (4c). El motivo es que no es posible llegar a este último avanzando en dirección descendente desde el nodo inmediatamente superior al primero, el sintagma verbal «tiene un burro».

La ausencia de mando-c entre el antecedente cuantificado y el pronombre que de este depende es lo que diferencia la anáfora de (4)  de los casos más habituales en los que el pronombre sí funciona como una variable ligada. Y esto es exactamente lo que ocurre en (12), donde las expresiones relevantes, «una mujer» y «ella», ni siquiera ocurren en la misma oración. A este fenómeno se lo denomina, a veces, covariación sin mando-c (Elbourne 2005: 3), y la razón por la que resulta problemático es la asunción, estándar entre los lingüistas, según la cual un pronombre solamente puede interpretarse como una variable ligada en caso de que su antecedente mande-c sobre él (Reinhart 112-131).

El primer intento serio de proporcionar una interpretación sistemática de los pronombres como los que hallamos en (4) y(12) se lo debemos a Gareth Evans (1977a, 1977b), quien sostuvo que los pronombres en cuestión debían entenderse como un caso de deixis, con la peculiaridad de que su referencia debía fijarse a partir de una descripción definida obtenida a partir de su antecedente. A grandes rasgos, (4) y (12) deberían interpretarse como sigue, donde la descripción en negrita ha de ser entendida como un término referencial:

(4b) Todo granjero que tiene un burro pega al burro que tiene.

(12c) Una mujer entró en la sala. La mujer que entró en la sala iba silbando.

Cuando están sujetos a este tipo de interpretación, se dice que los pronombres son de tipo-E. Un análisis alternativo pero derivado de este es el que da a los pronombres en cuestión una interpretación de tipo-D (Heim 1990; Neale 1990a, 1990b). Este modelo resalta aun más la relevancia de las descripciones, puesto que priva a dichos pronombres de su carácter deíctico y sostiene que no son más que abreviaturas de las descripciones asociadas.

Frente a los análisis de tipo-E y tipo-D se alza, no obstante, otra familia de teorías que niega la centralidad de las descripciones en el análisis de la covariación sin mando-c: las aproximaciones dinámicas a los pronombres. Estas teorías, con frecuencia enmarcadas en el paradigma de la Teoría de la Representación del Discurso, acostumbran a tratar la función deíctica como básica, y explican los casos de covariación apelando a la capacidad de los antecedentes para modificar el contexto. De este modo, postulan un único tipo de interpretación semántica para todos los pronombres, independientemente del contexto lingüístico en el que se encuentren. Una teoría dinámica digna de especial mención es la Lógica Dinámica de Predicados, que modela todos los pronombres como variables a la vez que permite a los cuantificadores ligar variables que se encuentran más allá de su alcance sintáctico, dando como resultado que (12a) y (12b) sean sinónimas (Groenendijk y Stokhof 1991: 47-48).

3. Conclusiones y algunos cabos sueltos

Hay diversos motivos por los cuales los pronombres resultan relevantes para la filosofía, más allá de sus propiedades estrictamente lingüísticas. El correcto tratamiento de sus usos exofóricos, por ejemplo, constituye uno de los principales frentes de batalla en múltiples debates, como la cuestión del autoconocimiento o la disputa entre el descriptivismo y la referencia directa. Los usos anafóricos, por su parte, guardan relación con asuntos tan variados como la correcta interpretación de las descripciones definidas, la naturaleza de las variables o la propia deixis. Por cuestiones de espacio, sin embargo, hemos optado por dejar varios asuntos en el tintero, como la estrecha relación entre los pronombres logofóricos y la expresión del autoconocimiento (Castañeda 1966, 1967; Schlenker 2003; Gimeno-Simó 2018, 2020), los usos enfáticos de los demostrativos (Davis y Potts 2010, Potts y Schwarz 2010, Naruoka 2014) o las analogías entre pronombres y morfología verbal (Partee 1973). La razón para centrar nuestra atención en sus dos roles clásicos es que el resto de cuestiones que acabamos de mencionar pueden ser consideradas, en gran medida, como fenómenos derivados de alguna de sus funciones centrales, y por ende los debates aquí mencionados no serían sino un apéndice de los que sí nos hemos detenido a explicar con detalle.

Joan Gimeno-Simó
(Universitat de Vàlencia)

Referencias

 

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Cómo citar esta entrada

Gimeno-Simó, Joan (2021) “Pronombres”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/pronombres/).

 

La referencia a eventos

1. Introducción

La referencia puede ser entendida como una relación entre lenguaje y mundo y, si bien ha cambiado cómo dicha relación se define, siempre se trata del estudio de dicha relación (Evans, 1982). La referencia a eventos es, por lo tanto, la relación entre ciertas expresiones lingüísticas y ciertas entidades en el mundo. Así, cuando hablamos de eventos, hablamos de eventos en el mundo y no de una categoría de la semántica de la lengua natural. Cuando hablamos de una explosión, por ejemplo, hablamos de algo que sucedió:

(1) La explosión del artefacto atemorizó especialmente a los parlamentarios andinos. (CORPES XXI)

Aceptar que hablamos de un evento particular en el mundo involucra un realismo respecto de los eventos, como en la propuesta de Davidson (1981), que no está exenta de problemas (Evnine, 1991) ni es la única alternativa posible. Quine (1985, p. 167), por ejemplo, defiende que los eventos deben ser asimilados a objetos o a tipos de constructos sobre objetos. No hay, por lo tanto, una única aproximación metafísica al carácter ontológico de los eventos. Desde una perspectiva davidsoneana, se suele defender que los eventos (como entidades existentes en el mundo) son particulares concretos (y no universales) –puedo hablar de un terremoto, de dos terremotos, de tres terremotos, etc.–; son espaciotemporalmente continuos –la escritura de esta entrada para la enciclopedia ocurre aquí en mi escritorio y ahora, en el momento en que pare, dejará de ser este mismo evento y, cuando vuelva a escribir, pasará a ser otro evento con distintas características– (contra Lemmon, 1963); e interactúan causalmente –el cantar del pájaro afuera de mi ventana causa que pierda mi concentración–. Algunos autores defienden que los eventos son independientes de nuestro conocimiento del mundo, de nuestra cultura y sociedad – un juego de ajedrez puede ser concebido como un evento nominal (Faye, 1989) o como un hecho social (Searle, 1995), pero no como un evento particular concreto–. Más allá de las características ontológicas que se acepten, se suele defender que la lengua es usada para hablar de eventos y que es posible establecer una relación entre un término singular y aquella entidad particular a la que referimos (Davidson, 1981).

2. La referencia a eventos

La referencia a eventos se da a partir del uso de ciertas expresiones lingüísticas que nos permiten seleccionar eventos. Sin embargo, esa selección no se da solo mediante la emisión/enunciación de una expresión referencial. La cooperación (Grice, 1975) debe ser considerada para que el acto de referencia sea exitoso (Clark y Bangerter, 2004). Para referir es necesario, entonces, usar ciertas expresiones con la intención (Anscombe, 1963) de referir en un contexto comunicativo determinado (Korta y Perry, 2011). Para referir a eventos, podemos, por ejemplo, usar descripciones definidas que contengan sustantivos de evento (como “tormenta”, “corrida”, “patada”, entre otros) en un contexto que le permita a la audiencia saber que estoy hablando de un evento determinado.

En lingüística, los sustantivos de evento suelen ser definidos como aquellos que no se relacionan con objetos físicos, sino con “acontecimientos o sucesos (Bosque, 1999, p. 51) y deberían poder formar términos singulares que puedan ser usados para referir a eventos. Estos sustantivos pueden ser simples, como “tormenta”, pueden formarse a partir de una transformación de un verbo en un nombre (de “construir” obtenemos “construcción) o a partir de la transformación de un nombre en un sustantivo de evento (de “bicicleta formamos “bicicleteada”). Los dos últimos procesos son conocidos en lingüística como nominalizaciones.

Hay, a primera vista, tres formas reconocidas para referir a eventos: la primera resulta de la construcción de un término singular con una nominalización de evento (como “la explosión del artefacto”), la segunda resulta de un término singular con un sustantivo de evento simple que no se relaciona con una nominalización (como en “El maremoto del sudeste de Asia”) y, la tercera se da mediante el uso de nombres propios de evento (como los que suelen darse a huracanes, como el huracán “Katrina”). Aunque estos términos singulares pueden aparecer en distintas posiciones sintácticas, la posición de sujeto  puede ser entendida como la prototípicamente referencial. Es en ella en la que podemos atribuirle propiedades a los eventos a los que referimos, como puede observarse de (2) a (4):

(2) La explosión del artefacto atemorizó especialmente a los parlamentarios andinos. (CORPES XXI)

(3) El maremoto del sudeste de Asia tuvo un efecto revulsivo sobre todos los terrícolas. (CORPES XXI)

(4) Así, Katrina deja su huella en ambos lados del golfo de México. (CORPES XXI)

Estas expresiones eventivas son usadas para referir a eventos y para identificar aquellos eventos de los que se habla a partir de relaciones causales que tuvieron con otros eventos. En los tres ejemplos, el hablante (o el escribiente) tiene la intención de atribuirle ciertas consecuencias a tales eventos: la explosión atemoriza, el maremoto causa revulsión y Katrina deja huellas. La posibilidad de construir términos singulares con sustantivos de evento y nombres propios le permite al hablante referir al evento particular (Davidson, 1981; Vendler, 1967).

3. Características de los términos singulares que se usan para referir a eventos

Debido a que se asume en esta entrada que los eventos son entidades particulares concretas, espaciotemporalmente continuas, que interactúan causalmente y son independientes de nuestra cultura y osicedad (Davidson, 1981; Cleland, 1991; Simons, 2003; Polakof, 2017), es posible establecer que no todo sustantivo de evento podrá ser usado para referir a un evento particular. Hay sustantivos, como “construcción y “guerra”, que –aunque puedan formar términos singulares como “la construcción” y “la guerra– no pueden estar relacionados con eventos particulares. El primero involucra semánticamente dos subeventos, una actividad que causa un estado resultante (Pustejovsky, 1995; Polakof, 2013), por lo que no puede relacionarse a priori con un único evento. El segundo, que puede ser clasificado como una actividad, pertenece a la clase de entidades que pueden ser declaradas. No es independiente de nuestra cultura y de nuestra sociedad, por lo que es posible preguntar si refiere a un único evento o si refiere, por otro lado, a un evento nominal (Faye, 1989) o a un hecho social (Searle, 1995). El problema, entonces, se reduce a ver si es posible establecer ciertos criterios lingüísticos que permitan dar cuenta de cuándo un término singular refiere a un evento particular y cuándo no.

Se han propuesto varios criterios lingüísticos que permiten diferenciar sustantivos de evento complejos -como “construcción– de sustantivos de evento simples –como “examen– (Grimshaw, 1990; Alexiadou, 2001; Resnik, 2010, Polakof, 2013). Sin embargo, existe poca literatura sobre criterios de referencia a eventos. Por este motivo, nos centramos en el trabajo de Polakof (2017) que argumenta que es posible proponer criterios que permitan diferenciar términos que pueden referir a eventos particulares, de los que no. Estos criterios deben permitir establecer cuándo no referimos a un evento particular concreto debido a que no es un particular concreto, y cuándo no referimos a ellos porque estamos hablando de hechos sociales. De la misma manera, debe permitirnos reconocer cuándo sí pueden ser usados para referir a eventos particulares concretos.

Para reconocer cuándo un término singular puede ser usado para referir a un único evento concreto, primero, deben: poder combinarse con predicados extensionales como “mirar”/“oír”/“ocurrir”/“tener lugar”, poder ser modificados por adjetivos eventivos como “fuerte” y “rápido”, y por modificadores durativos como “de 2 horas”. Segundo, deben aparecer en singular y no ser modificados por palabras como “frecuente” y “constante”, ni ser modificados por adjetivos colectivos como “populoso” y “numeroso”. Dado que, en estos casos, el sustantivo ya no conformaría un término singular.

Para reconocer cuándo no refieren a un evento sino a un hecho social, no deben  ser argumentos de formas performativas como “declarar” y “defender”, ni ser argumentos de verbos como “ganar” o “jugar”, ni ser modificados por adjetivos relacionales como “nacional” (Polakof, 2017a). Como nos ocupa la referencia a eventos particulares, estos criterios permiten descartar todo término singular que pueda ocurrir en esas estructuras.

Los primeros criterios nos aseguran que sean concretos, pues suele suponerse que solo entidades concretas pueden ser percibidas, ser fuertes o rápidas y tener cierta duración. Los segundos se relacionan con la particularidad. Se habla de la referencia a un único evento, por lo que los términos deben ser singulares y no pueden combinarse con palabras que implican la reiteración del evento como “frecuente. Los últimos se relacionan con el hecho de que los eventos no son hechos sociales, y por lo tanto no pueden ser declarados, ganados ni nacionales. Veamos algunos ejemplos:

(5) (….) Bush declaró la guerra global al terrorismo. (CORPES XXI)

(6) La constante construcción de rellenos, puertos deportivos, muelles y otras modificaciones artificiales de la costa, están produciendo un grave daño. (CORPES XXI)

(7) Ganamos el partido con un fútbol estelar. (CORPESXXI).

Es posible observar que un sustantivo como “guerra integra descripciones que pueden combinarse con verbos como “declarar” y ser modificadas por adjetivos relacionales como “global”, en (5). Por este motivo, podemos establecer que, si se corresponde con algo, no es con un evento particular. Lo mismo puede ser dicho de “construcción”, que aparece modificada por “constante”, en (6), y de “partido”, que puede ser complemento de un verbo como “ganar”, en (7). De esta manera, se eliminan los sustantivos de evento que no pueden ser usados para referir a eventos particulares. Los términos singulares que incluyen dichos sustantivos se relacionan o con cuestiones socio-culturales, o con múltiples eventos. Los sustantivos de evento que pueden ser usados para referir a eventos particulares no pueden formar términos singulares que puedan combinarse con verbos como “declarar”, “ganar” y “jugar”. Tampoco, pueden ser modificados por adjetivos relacionales, ni ser modificados por “frecuente” y “constante” sin tener una interpretación de iteración –significado que no es necesario con sustantivos como “construcción”, como puede observarse en:

(8) *Él declaró/defendió la tormenta/ la explosión.

(9) *Ganamos la tormenta/ la explosión.

(10) #La explosión/#la tormenta frecuente/constante produce daños al medio ambiente.

Los últimos ejemplos resultan anómalos semánticamente debido a distintas incompatibilidades. No es posible declarar eventos particulares, por lo que el resultado da una oración que no puede ser interpretada naturalmente, en (8). No es posible ganar una tormenta, por lo que la combinación entre el verbo y el término singular, en (9), resulta agramatical. Aunque sea posible que haya tormentas o explosiones frecuentes, dicha combinación implica que se habla de múltiples eventos y no se refiere, en esos casos, a un evento particular, como en (10). La consideración de los criterios en su totalidad nos permite determinar qué términos singulares constituidos por sustantivos de evento pueden ser usados para referir a un evento particular.

Finalmente, es posible observar que esos términos singulares que no pueden combinarse con modificadores que indicarían múltiples eventos o hechos sociales, sí pueden combinarse con elementos que nos ayudan a señalar que estamos frente a un evento particular:

(11) La fuerte tormenta causó otro choque. (CORPES XXI)

(12) La caída del aparato se produjo en un aeródromo cerca de la localidad fronteriza de Valença do Minho, y tuvo como consecuencia la muerte de Pío Jesús López. (CORPES XXI).

En (11), tenemos la combinación de un nombre simple de evento “tormenta” con “fuerte” presentado como la causa de otro evento.  En (12), tenemos un término singular formado con una nominalización de evento, “caída”, que puede ser ubicado espacio-temporalmente y causa otro evento que es la muerte de una persona.

En el caso de los nombres propios, los criterios cambian. Su presencia resultaría agramatical en varias de las estructuras consideradas, pues no pueden ser modificados, aunque sí pueden aparecer –como los otros términos singulares que analizamos– en construcciones que evidencian la singularidad del evento. En (13), podemos localizar al huracán particular en un lugar determinado en un tiempo determinado gracias al uso del nombre propio “Katrina”:

(13) Katrina llegó a Nueva Orleans el lunes 29. (CORPES XXI)

Estos breves ejemplos muestran que los criterios presentados son suficientes para diferenciar entre sustantivos de evento que pueden ser usados para referir a eventos particulares, pues cumplen los criterios establecidos, de aquellos que no. A su vez, se ha evidenciado que los nombres propios ocurren en contextos que permiten referir singularmente a eventos. Además de cumplir con estos criterios lingüísticos, los términos deben ser usados por un hablante con la intención (Anscombe, 1963) de que su audiencia pueda saber de qué cosa específica habla y qué predica sobre ella (Korta y Perry, 2011). Es decir, que aquellas personas que nos escuchan puedan saber de qué evento en particular hablamos.

4. Conclusiones

Es posible referir a eventos particulares mediante el uso de descripciones definidas que contienen sustantivos de evento (que pueden ser nominalizaciones deverbales o nombres simples de evento) para referir a eventos (Davidson, 1981; Vendler, 1967). Es posible, también, referir a eventos mediante el uso de nombres propios como “Katrina. El uso de la lingüística permite perfeccionar la técnica que nos permite establecer con qué expresiones referimos a eventos. Es importante reconocer que, en esta entrada, se ha tratado a los eventos como particulares concretos y se ha analizado únicamente la referencia singular  a eventos. No se han considerado otras posibilidades como hacer referencia a eventos mediante indéxicos o demostrativos.  Por esto, se ha hablado de términos singulares, de número singular y de eventos particulares. Esta breve entrada ha mostrado que podemos analizar la referencia teniendo en cuenta criterios semántico-sintácticos, además de criterios pragmáticos.

Ana Clara Polakof
(Universidad de la República – Uruguay)

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  • Searle, J. (1995): The Construction of Social Reality, New York, The Free Press.
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  • Vendler, Z. (1967): “Facts and events”, en Linguistics in Philosophy, p.122-146.
Cómo citar esta entrada

Polakof, Ana (2020) “La referencia a eventos”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/la-referencia-a-eventos/).

 

Contexto

He aquí una obviedad: conocer el contexto es clave para interpretar correctamente las palabras de alguien. A menudo necesitamos algo de contexto, o más contexto, para entender lo que se quiso decir, o malinterpretamos las citas sacadas de contexto, etc. Por ejemplo, si oímos a alguien decir «Esa película es muy buena», necesitamos saber a qué película está refiriendo. La dependencia contextual hace que la noción de contexto ocupe un lugar central en el análisis del significado y la comunicación.

La cuestión a la que se enfrenta la filosofía del lenguaje es la siguiente: dados los fenómenos lingüísticos que nos interesa explicar, ¿cómo podemos representar de manera precisa el contexto? En la actualidad conviven dos nociones principales. La primera representa el contexto como una secuencia de elementos o parámetros. La segunda, por el contrario, identifica el contexto con la información compartida por los interlocutores.

1. El contexto como secuencia de elementos

La primera concepción surge dentro del proyecto de definir una semántica composicional para el lenguaje natural. Utilizando semántica formal y, en concreto, teoría de modelos, Montague fue pionero en el análisis formal del significado en los lenguajes naturales e introdujo una semántica intensional. En una teoría semántica intensional, el significado, o valor semántico, se define como una intensión, esto es, una función de mundos posibles a extensiones. En el caso de un enunciado completo, el valor semántico será una función de mundos posibles a valores de verdad. Por ejemplo, el valor semántico de «Platón es un filósofo» es una función de mundos posibles a valores de verdad; esta función es verdadera en los mundos posibles en que Platón es un filósofo. A su vez, el valor de verdad del enunciado es relativo al mundo posible en que se evalúe. En el mundo real, el enunciado es verdadero, pero hay mundos posibles en los que es falso. Este tipo de teoría puede generalizarse para analizar la sensibilidad contextual. La idea básica es la siguiente. Del mismo modo que el valor de verdad de cualquier enunciado es relativo al mundo posible en que se evalúe, el valor de verdad de los enunciados que contienen deícticos («yo», «aquí», «ahora», etc.) es relativo a una serie de elementos: quién es el hablante, cuál es el lugar de proferencia, cuál es el momento de proferencia, etc.  Así, una intensión puede definirse como una función de una secuencia de elementos a valores de verdad. Esta secuencia de elementos, denominada índice, incluye todo aquello de lo que depende el valor de verdad del enunciado. Si, por ejemplo, estamos analizando un lenguaje con pronombres temporales, el índice incluirá un tiempo además de un mundo posible. Lenguajes con más tipos de expresiones sensibles al contexto requerirán índices más complejos. Por ejemplo, podemos entender el significado de «Ayer fui al parque» como una función de secuencias de tiempos, hablantes y mundos posibles a valores de verdad. De este modo, el análisis de la sensibilidad contextual queda integrado dentro de la semántica del lenguaje natural. El contexto, denominado índice, es representado como una secuencia de elementos (Lewis, 1970).

A pesar de sus ventajas, Kaplan (1989a) y Stalnaker (1970) mostraron que una teoría semántica como la anterior no es del todo satisfactoria. Un análisis adecuado de la semántica de los deícticos requiere distinguir dos tipos de significado: el significado lingüístico o convencional, común a todos los usos de un mismo enunciado, y el contenido o proposición expresado en cada uso. Un enunciado que contenga algún deíctico expresará contenidos diferentes en contextos diferentes. Por otra parte, dos enunciados diferentes pueden expresar el mismo contenido. Stalnaker da el siguiente ejemplo. O’Leary pregunta «¿[Tú] vas a ir a la fiesta?» y Daniels responde «Sí, [yo] voy a ir». Parece que hay aquí un contenido común a la pregunta y la respuesta (que Daniels va a ir a la fiesta). Sin embargo, este contenido no aparece por ninguna parte en el análisis anterior. Una semántica como la descrita anteriormente cuenta con una noción de significado lingüístico, pero no con una noción adicional de contenido o proposición expresada. Debido a ello, no tiene los recursos necesarios para identificar el contenido común que, en el ejemplo anterior, expresan enunciados con significados lingüísticos diferentes, esto es, el hecho de que mediante los pronombres «tú» y «yo», o las desinencias verbales correspondientes, O’Leary y Daniels refieren a la misma persona. El problema es que es precisamente este contenido el que tiene interés desde el punto de vista comunicativo. Con su proferencia, Daniels está respondiendo una pregunta y transmitiendo la información de que él, Daniels, va a ir a la fiesta. En la medida en que una teoría semántica tiene como objetivo contribuir a una teoría más general de la comunicación, debe proporcionar un contenido como resultado, y no solo un valor de verdad.

Este tipo de consideraciones, junto con ciertos problemas derivados de la imposibilidad de representar el funcionamiento de los operadores temporales y otras expresiones con un único índice, llevaron a la semántica bidimensional o de doble índice. En este tipo de teorías, la determinación del valor de verdad procede en dos pasos: primero se determina un contenido y, una vez que se tiene un contenido, se determina un valor de verdad. El índice se desdobla y se recupera una noción más intuitiva de contexto según la cual este tiene que ver con la determinación de lo que se dice (algo que queda oscurecido en la maquinaria de las teorías previas). En su influyente teoría semántica para deícticos y demostrativos, Kaplan (1989a) distingue carácter y contenido. El carácter, que correspondería con el significado lingüístico, se concibe como una función de contextos a contenidos. El contenido es a su vez una función de circunstancias de evaluación a extensiones (para enunciados, a valores de verdad). Esta distinción permite capturar aquello que es común a las proferencias de O’Leary y Daniels: en el contexto descrito, el contenido que expresa O’Leary al decir «Tú vas a venir a la fiesta» es el mismo que el que expresa la proferencia de Daniels de «Yo voy a ir a la fiesta».

De este modo, en el marco kaplaniano, el índice se divide en contexto y circunstancia de evaluación. El rol del contexto consiste en resolver la sensibilidad contextual, determinando un referente para deícticos y demostrativos y, con ello, lo que se dice con el enunciado en una ocasión de uso, el contenido expresado. El contexto se concibe como un cuádruplo de agente, lugar, tiempo y mundo (Kaplan, 1989a). Estos elementos, que se corresponden con el hablante, lugar, tiempo y mundo de proferencia, son objetivos, y proporcionan los referentes de expresiones como «yo», «aquí», «ahora» y «realmente». Se trata, por decirlo de algún modo, de un conjunto de factores extraídos de la situación concreta en la que tiene lugar la proferencia. Para dar cuenta de los demostrativos, Kaplan (1989b) añade a cada contexto un oyente o una secuencia de oyentes (referentes de «tú») y un objeto o secuencia de objetos (referentes de otros demostrativos, como «esto»). La circunstancia de evaluación, por su parte, tiene como función la determinación del valor de verdad. Incluye un mundo y un tiempo: el mundo y el tiempo en el que se evalúa si el contenido expresado es verdadero o falso. La razón para incluir un tiempo además de un mundo es poder dar cuenta de enunciados con operadores temporales. Así, los elementos que antes encontrábamos agrupados en un único índice se hallan ahora repartidos entre el contexto (si su trabajo es determinar el contenido) y la circunstancia de evaluación (si su trabajo es determinar un valor de verdad).

Si bien el interés de Kaplan reside en los deícticos y demostrativos, un análisis más amplio de la sensibilidad contextual en los lenguajes naturales requeriría incluir parámetros adicionales. Como ejemplo, Lewis (1980) incluye los estándares de precisión como un elemento más del contexto para poder dar cuenta de la semántica de expresiones como «hexagonal». Por otra parte, algunos autores han señalado la necesidad de incluir las intenciones del hablante entre aquellos factores que determinan el referente de deícticos y demostrativos. Perry (2012) distingue deícticos automáticos y discrecionales. Los deícticos automáticos son expresiones como «yo» u «hoy», cuyo referente queda fijado por hechos contextuales objetivos (hablante, día de proferencia). Por el contrario, en el caso de los deícticos discrecionales, como «aquí» o «ella», así como con los demostrativos, el referente parece depender, al menos parcialmente, de las intenciones del hablante o incluso de consideraciones acerca de qué es relevante en la situación de uso. «Aquí» refiere a un lugar, pero cuál sea ese lugar no está determinado de manera automática. Surge así la cuestión de si los contextos kaplanianos deben incluir las intenciones del hablante como un parámetro más (Stokke, 2010; Bach, 2012) y, de modo más general, de si una noción de contexto objetiva como esta puede dar cuenta de todas las formas de dependencia contextual.

Por último, cabe señalar que en algunas ocasiones se identifica el contexto con la situación de habla, en lugar de con una secuencia de elementos extraídos de la misma (por ejemplo, en Lewis, 1980). En esta línea, la semántica situacional de Barwise y Perry utiliza la noción de situación para explicar ciertos fenómenos de dependencia contextual, como la restricción del dominio de cuantificación (Barwise y Perry, 1983).

2. El contexto como trasfondo común

A diferencia de Kaplan, Stalnaker concibe el contexto como un cuerpo de información que se presupone compartido entre los interlocutores, el trasfondo común (common ground) (Stalnaker, 1978, 2002, 2014). De este modo, Stalnaker pone el énfasis en la información que manejan los interlocutores en lugar de en los hechos objetivos de la situación concreta de habla. La razón tiene que ver con la práctica comunicativa. Para que la comunicación sea exitosa, no basta con que haya factores contextuales que determinen el contenido de los enunciados sensibles al contexto. Más bien, la información necesaria para interpretar una proferencia debe ser accesible para los intérpretes. Siguiendo esta idea, Stalnaker concibe el contexto como un conjunto de proposiciones que los interlocutores presuponen que todos ellos comparten. Este conjunto de proposiciones determina un conjunto de mundos posibles (los mundos posibles compatibles con ese conjunto de proposiciones), denominado conjunto del contexto.

La idea intuitiva que apoya esta noción de contexto es la siguiente. En una conversación, los interlocutores presuponen, o dan por hecho, ciertas cosas. Podemos modelar aquello que se presupone como proposiciones. Por ejemplo, la proposición de que la conversación tiene lugar en tal o cual ciudad, que tal persona ha dicho tal cosa, etc. Pero los interlocutores no solo presuponen ciertas cosas, sino que además presuponen que los demás interlocutores presuponen esas mismas cosas. En este sentido, la actitud de presuponer una proposición es una actitud social. Si todo va bien y el contexto no es defectuoso, las proposiciones que cada interlocutor presupone coincidirán con las que presuponen los demás.

El trasfondo común puede definirse a partir de las actitudes proposicionales de los participantes en la conversación. Stalnaker (2002) identifica las presuposiciones del hablante con aquellas proposiciones que el hablante cree que son creencias comunes o mutuas y toma como base para el trasfondo común la noción de creencia común. En concreto, el trasfondo común está formado por las proposiciones que son creencias comunes para los interlocutores, esto es, las creencias que comparten y que reconocen que comparten. Al igual que el de presuposición, el concepto de creencia común tiene una estructura iterativa: una proposición p es una creencia común para un grupo si y solo si todos creen p, y todos creen que todos creen p, etc.

De acuerdo con Stalnaker, el contexto desempeña dos funciones que dan lugar a una interacción dinámica. Por un lado, guía la interpretación de las proferencias que tienen lugar durante la conversación. Dado que quién es el hablante, cuál es el lugar de proferencia, etc. suelen ser parte del trasfondo común, este puede contener la información necesaria para interpretar las expresiones sensibles al contexto. La información del contexto kaplaniano queda así integrada en esta segunda noción de contexto. Aún más, dado que el referente de los deícticos discrecionales y los demostrativos no parece quedar fijado únicamente por hechos objetivos, sino que depende de las intenciones del hablante o de qué es relevante, la noción de trasfondo común puede resultar más adecuada que la kaplaniana. Qué objetos o individuos son relevantes en un momento dado de la conversación puede ser parte de la información compartida por los interlocutores. Por otro lado, la proferencia misma afecta al contexto. Stalnaker considera el caso de la aseveración. Si todo va bien, lo que se dice mediante una aseveración pasa a formar parte del trasfondo común. El efecto de la aseveración es una reducción del conjunto del contexto: los mundos posibles incompatibles con lo que se ha dicho son eliminados (Stalnaker, 1978). Dentro de esta dinámica puede entenderse la conversación como una investigación en la que progresivamente se van reduciendo las alternativas hasta llegar a descubrir cómo es el mundo real.

Una aproximación similar a la dinámica conversacional puede hallarse en Lewis (1979). Estableciendo una analogía con un partido de baseball, Lewis concibe el contexto como un marcador conversacional. Hay una doble influencia entre el marcador y lo que ocurre en la conversación: el marcador refleja qué ha ocurrido en la conversación y, a su vez, influye en cómo se interpretan las nuevas proferencias y en qué proferencias  son correctas o aceptables.

3. Otras formas de dependencia contextual

Además de los deícticos y los demostrativos, otras muchas expresiones han sido consideradas sensibles al contexto: términos relacionales como «lejano», adjetivos que admiten gradación como «alto», predicados de gusto como «es divertido», cuantificadores como «todos», etc. Yendo un paso más allá, autores como Perry (1986) han defendido la existencia de constituyentes inarticulados, esto es, elementos que no aparecen de forma explícita en el enunciado pero que son necesarios para que exprese un contenido completo. Por ejemplo, el enunciado «Llueve» no contiene de manera explícita una referencia a un lugar. No obstante, para poder evaluar una proferencia de este enunciado como verdadera o falsa necesitaríamos determinar a qué lugar hace referencia. Así, el contenido de ese enunciado depende del contexto.

Tomando como guía el proceso interpretativo, Perry distingue cuatro niveles en los que recurrimos al contexto (Perry, 2012). En primer lugar, para interpretar una proferencia es necesario identificar el enunciado proferido: qué idioma se ha usado, cuál es la estructura sintáctica y cómo se resuelven las posibles ambigüedades léxicas y gramaticales. Se trata de un uso presemántico del contexto. El segundo paso es identificar el contenido de la proferencia. En caso de que haya expresiones sensibles al contexto (deícticos, demostrativos, adjetivos que admiten gradación, etc.) será necesario determinar cuál es su referente. Aquí podemos hablar de contexto semántico. En tercer lugar, cuando determinamos los constituyentes inarticulados hacemos un uso postsemántico del contexto. Perry denomina a este uso complementador de contenido. Finalmente, para interpretar qué intenta el hablante hacer con su proferencia, qué quiere transmitir más allá del significado convencional de sus palabras, hacemos un uso pragmático del contexto.

Generalizando aún más la dependencia contextual del lenguaje, contextualistas como Recanati (2004) sostienen que el significado de cualquier enunciado puede ser modulado, esto es, ajustado al contexto de uso. Así, «rojo» puede, en según qué contexto, significar «superficialmente rojo», «rojo en el interior», «con tinta roja», etc., dependiendo, entre otras cosas, de si estamos hablando de una manaza o un bolígrafo. De acuerdo con este enfoque, el contenido expresado por una proferencia depende del contexto de uso no solo en caso de que dicho enunciado contenga algún deíctico o demostrativo, sino de forma general. Esta forma generalizada de dependencia contextual hace difícil mantener una distinción estricta entre los usos semánticos y los usos postsemánticos del contexto.

En este punto puede ser interesante distinguir la función metafísica del contexto de su función epistémica. Como señala Bach (2005, 2012), el contexto puede desempeñar dos funciones: puede determinar en sentido metafísico el contenido, es decir, la proposición expresada por un enunciado en una ocasión de uso, sus condiciones de verdad, o puede proporcionar indicios o pistas para que el intérprete infiera o conjeture qué es lo que el hablante quiere decir, esto es, para averiguar el significado del hablante. Bach denomina contexto estrecho al contexto que tiene una función metafísica y contexto amplio al que tiene una función epistémica. De acuerdo con Bach, los fenómenos a los que alude Recanati no tienen que ver con la determinación del contenido de la proferencia en un sentido metafísico sino con averiguar qué es aquello que el hablante quiere decir. En este sentido, el contexto no determinaría (en sentido metafísico) el contenido de la proferencia, sino que englobaría aquella información y aquellas pistas a las que recurrimos para averiguar el significado del hablante. No obstante, la distinción entre función metafísica y función epistémica no está exenta de críticas (Recanati, 2013).

Claudia Picazo Jaque
(Universidad de Granada)

Referencias

  • Bach, K. (2005): “Context ex Machina” en Szabó Gendler, Z. ed., Semantics versus Pragmatics, Oxford, Clarendon Press, pp. 15-44.
  • — (2012): “Context Dependence” en García-Carpintero, M. y M. Kölbel, eds., The Continuum Companion to the Philosophy of Language, Continuum International.
  • Barwise, J. y J. Perry (1983): Situations and Attitudes, MIT Press.
  • Kaplan, D. (1989a): “Demonstratives” en Almog, J., J. Perry y H. Wettstein, eds., Themes From Kaplan, Oxford University Press, Oxford, pp. 481-563.
  • — (1989b): “Afterthoughts” en Almog, J., J. Perry y H. Wettstein, eds., Themes From Kaplan, Oxford University Press, Oxford, pp. 481-563.
  • Lewis, D. (1970): “General semantics”, Synthese, 22(1-2), pp.18-67.
  • — (1980): “Index, context, and content” en Kanger, S. y S. Öhman, eds., Philosophy and Grammar, Reidel, pp. 79-100.
  • Perry, J. (1986): “Thought without representation”, Proceedings of the Aristotelian Society, 60(1), pp. 137-151.
  • — (2012): Reference and Reflexivity, Stanford, CSLI Publications. 2ª ed., [ Perry, J. (2006): Referencialismo crítico. La teoría reflexivo-referencial del significado, trad. por Kepa Korta, Rodrigo Agerri, CSLI Publications].
  • Recanati, F. (2004): Literal Meaning, Cambridge University Press, Cambridge. [Recanati, F. (2006): El significado literal, trad. por. François Récanati, Madrid, Antonio Machado Libros].
  • — (2013): Reply to Devitt. Teorema: International Journal of Philosophy 32(2), pp. 103-107.
  • Stalnaker, R. (1970): “Pragmatics”, Synthese 22(1-2), pp. 272-289.
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  • — (2002): “Common ground”, Linguistics and Philosophy 25(5-6), pp. 701-721.
  • — (2014): Context, Oxford, Oxford University Press.
  • Stokke, S. (2010): “Intention-sensitive semantics”, Synthese 175(3), pp. 383-404.
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Picazo, Claudia (2020) “Contexto”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/contexto/).

 

Proposiciones singulares

Si todo se reduce a lo Uno, ¿a qué se reduce lo Uno?
Kōan o enigma Zen
Mumon Ekai. La puerta sin puerta.

1. Introducción

Cuando pensamos acerca de objetos y predicamos cosas sobre ellos, lo hacemos de muchas formas. Decimos que los ecosistemas del mundo están en peligro, que el presidente de la nación más poderosa del mundo subestimó los efectos del covid-19, que Almodóvar es un director de cine español o que esta es la introducción de una entrada de enciclopedia.

Todas estas formas en las que pensamos cosas sobre el mundo se pueden agrupar en categorías proposicionales diferentes. Así, al emplear una oración como:

(1) Este café está caliente,

expreso una proposición que puede ser verdadera o falsa y que tiene una estructura que se corresponde, aproximadamente, con la estructura de (1). La proposición tiene varias partes, una de estas partes se corresponde con el sujeto de la oración (“Este café”) y otra con el predicado (“está caliente”).

Ahora bien, la proposición que expreso mediante (1) contrasta con la que expreso usando la oración:

(2) El café que está en la taza que tengo al frente está caliente.

El contraste no tiene que ver con el objeto al que se refieren o lo que predico de él, pues son lo mismo. Aunque en (1) y (2) se emplean diferentes palabras, el contraste entre ellas no tiene que ver tanto con las palabras como con lo que parece una estructura proposicional diferente.

En efecto, parece que la oración (2) expresa una proposición general; específicamente, una proposición con contenido descriptivo que involucra una condición (“ser el café que está en la taza que tengo al frente”) que debe ser satisfecha por un único objeto para que (2) exprese algo verdadero. En cambio, la oración (1) no parece expresar un contenido descriptivo, más bien parece expresar una proposición singular cuyo contenido involucra de una manera más directa al objeto del que se habla. De aquí que se considere que la estructura proposicional de (1) contraste con la de (2).

Si existe tal contraste, lo que pensamos o expresamos acerca del mundo se clasifica en al menos dos categorías según la estructura de su contenido: por un lado, tenemos proposiciones singulares; por otro, proposiciones generales o descriptivas.

No es obvio que existan estos dos tipos de proposiciones y, de hecho, siguiendo una lectura puramente descriptivista de Frege (1892), se puede llegar a dudar de la distinción, ya que, según esta lectura, las proposiciones aparentemente singulares no son más que proposiciones generales con contenido descriptivo. Bajo esta lectura, el sujeto de la oración (1) expresa, como el sujeto oracional de 2), una condición descriptiva que debe satisfacer un único objeto para que lo que expresa (1) sea verdad; la diferencia entre (1) y (2) radica en que (1) abrevia una condición descriptiva que (2) hace explícita.

En lo que sigue, se hará un recuento de algunas de las motivaciones para mantener que existe una distinción entre proposiciones singulares y descriptivas. Además, se revisarán algunas de las posturas sobresalientes que han pretendido dar cuenta de la estructura de las proposiciones singulares.

2 Razones a favor de las proposiciones singulares

Una de las motivaciones para la postulación de proposiciones singulares como una categoría distinta de las descriptivas está relacionada con el poco éxito de la lectura puramente descriptivista de Frege.

Frege (1892) es conocido por apoyar la distinción entre el sentido de una expresión y su referente. De acuerdo con ella, un nombre como “George Elliot” tiene un referente, la persona en el mundo que es la portadora de este nombre, y un sentido, que es un modo de presentación del referente y que, de acuerdo con la lectura descriptivista, corresponde a un contenido descriptivo. En este caso, el sentido sería una condición que satisface de manera única el referente del nombre “George Eliot”; por ejemplo, la condición expresada por la descripción “la persona que sustenta la autoría de Middlemarch”.

Frege estaba convencido de la legitimidad de su distinción porque esta permite explicar las diferencias en valor cognitivo. Decimos que una persona racional y competente asocia diferentes valores cognitivos a dos proposiciones si puede, sin contradicción, aceptar una de ellas y negar (o dudar o tener una actitud diferente hacia) la otra. Frege encuentra que si no hacemos la distinción sentido-referencia, no podríamos explicar las diferencias en valor cognitivo de las proposiciones expresadas por:

(3) George Eliot es mujer,

y

(4) Mary Anne Evans es mujer.

Un hablante racional y competente podría rechazar la afirmación hecha por (3) y aceptar la hecha con (4) y, por tanto, asociar valores cognitivos diferentes a estas oraciones. Dado que los nombres “George Eliot” y “Mary Anne Evans” refieren al mismo individuo, si el contenido de estas expresiones se agotara con su referente, no sería posible que el hablante en cuestión tomara actitudes contrarias hacia las afirmaciones hechas por (3) y (4) (ni que adquiriera un nuevo conocimiento al descubrir que George Elliot es Mary Anne Evans). Pero, como esto sí es posible, el contenido de los nombres en cuestión no puede agotarse en su referente, de modo que debe postularse un sentido.

La lectura descriptivista nos dice que el sentido, para términos presuntamente singulares como nombres propios, indéxicos, demostrativos y obviamente las descripciones definidas, está determinado por una condición descriptiva identificadora; esto es, una condición que satisface de manera única el referente del término. Esta lectura de Frege, aunque nos da pistas al respecto de lo que puede ser un sentido y explica las diferencias en valores cognitivos, tiene problemas. Kripke (1981) señala varios de ellos.

Según Kripke, un hablante competente con un nombre propio como “George Eliot” no siempre tiene disponible una condición descriptiva identificadora asociada a dicho nombre y, a veces, puede referir al portador del nombre asociando una descripción que este no satisface. Así, un hablante puede lograr referir a George Eliot aunque solo asocie a su nombre la condición expresada por “una famosa escritora británica”, descripción que no es identificadora (la autora de Harry Potter también la satisface). También podría lograr referir a George Eliot aunque asocie a su nombre el contenido descriptivo de “el autor (masculino) de Middlemarch”, descripción que no satisface George Eliot.

No solo los nombres propios, también expresiones demostrativas como “esto”, “eso”, “aquello” y expresiones indéxicas como “yo”, “aquí” y “ahora” parecen resistirse a un análisis descriptivista. Perry (1993b, 1997, 2006) presenta varios ejemplos de ello, algunos tienen que ver con amnésicos o personas que han perdido el rastro del tiempo o del lugar en el que están: una persona que haya perdido la memoria de tal modo que no recuerde descripciones identificadoras de su propia persona puede, en principio, expresar pensamientos acerca de sí misma usando oraciones que contienen el pronombre de la primera persona del singular como “yo he perdido la memoria”.

Algo similar, dice Perry, se aplica al caso de “ahora” u “hoy”, como ilustra el caso de Rip Van Winkle. Este personaje se despierta luego de estar 20 años en un sueño profundo, pensando que no ha pasado más que un día. Al despertar, la descripción que Van Winkle asocia a expresiones como “ahora” u “hoy” es “el día 20 de octubre de 1803”. Sin embargo, esta descripción no es satisfecha por el momento en el que despierta: el día 20 de octubre de 1823. No obstante, no diríamos que Van Winkle falle en expresar proposiciones acerca del momento en el que despierta cuando usa expresiones como “ahora” u “hoy”.

Aun si los defensores de la lectura descriptivista logran mostrar que algunos de los nombres propios, expresiones demostrativas e indéxicas que comúnmente usamos tienen un contenido descriptivo, hay razones para pensar que existen términos que tienen un contenido irreducible a un contenido descriptivo. Una de estas razones es expuesta por Strawson (1959).

Para Strawson, es cierto que podemos identificar objetos acerca de los que hablamos a través de descripciones definidas que estos satisfacen de manera única; sin embargo, para que podamos tener pensamientos acerca de ellos es necesario que podamos identificar a algunos de ellos de una forma no descriptiva. A esta forma de identificación Strawson la llama identificación demostrativa. La identificación demostrativa no depende de asociar una condición descriptiva a un objeto, sino de ser capaz de discriminar a este objeto de otros a través de la percepción que se tiene de él. Así, para Strawson, nuestro pensamiento acerca de objetos depende, en última instancia, de que podamos percibir a algunos de ellos y, así, identificarlos de una forma diferente a la de asociar una condición descriptiva. Esto sugiere que los pensamientos que tenemos acerca de objetos que identificamos demostrativamente, pero no descriptivamente, son pensamientos con un contenido proposicional irreductiblemente singular.

El argumento de Strawson para mostrar que la identificación demostrativa, no-descriptiva, es fundamental para tener pensamientos acerca de objetos en el mundo es conocido como el argumento de la reduplicación masiva: decimos que un mundo es reduplicado masivamente cuando cada objeto en dicho mundo tiene al menos un duplicado, cualitativamente idéntico, coexistente en otra región espaciotemporal de ese mismo mundo. Así, por ejemplo, Luis, un habitante de un mundo reduplicado, tiene un gemelo idéntico, Luis*, que habita en una región cualitativamente idéntica, y seguramente muy distante, a la que Luis habita. Luis cree que su esposa, Diana, es encantadora. Dado que Luis* es cualitativamente idéntico a Luis, Luis* también cree que su esposa, Diana* (la gemela idéntica de Diana), es encantadora.

En este mundo reduplicado, si Luis tiene un pensamiento acerca de Diana que expresa mediante la oración “Diana es encantadora”, el contenido del nombre “Diana” no puede ser puramente descriptivo, debe estar fundado en una identificación demostrativa; es decir, debe estar fundado en un contenido singular. Esto porque si el nombre “Diana” estuviera asociado a una condición puramente descriptiva, dicha condición descriptiva no será identificadora, pues cualquier propiedad puramente descriptiva que Diana satisface, también será satisfecha por Diana*; de modo que, si el contenido de “Diana” fuera puramente descriptivo, dicho nombre no referiría únicamente a Diana y, consecuentemente, la proposición que Luis expresa mediante “Diana es encantadora” no sería más acerca de Diana que de Diana*. Por tanto, para que la oración “Diana es encantadora” exprese una proposición acerca de Diana, y únicamente acerca de ella, el nombre “Diana” debe asociarse a una identificación no-descriptiva que vincule a Diana con Luis. Este vínculo es la identificación demostrativa: gracias a ella, Luis se vincula de manera única con Diana, dado que ella, u otras personas alrededor de ella, pero no sus duplicados, son objetos de la percepción de Luis.

Esta conclusión también se aplica a un mundo no reduplicado como, presumiblemente, el nuestro: nuestro mundo podría ser reduplicado, si lo fuera, es razonable suponer que los pensamientos que tenemos determinadamente acerca de objetos no dejarían de ser acerca de estos objetos para ser acerca de sus duplicados. Pero, para que no dejen de ser determinadamente acerca de sus objetos, tenemos que suponer que, aun sin reduplicación, dichos pensamientos tienen un componente irreductiblemente singular.

El argumento de la reduplicación tiene, como cualquier argumento, puntos débiles. Por ejemplo, en su forma original, es incompatible con el principio de la identidad de los indiscernibles (si A y B son cualitativamente idénticos, A y B son numéricamente idénticos). Si dicho principio se muestra inviolable, el argumento de Strawson no lograría su objetivo (aunque Fitch & Nelson (2018) exponen una versión del argumento de la reduplicación compatible con el principio de la identidad de los indiscernibles). No obstante, las dificultades expuestas en esta sección, junto con las intuiciones detrás del argumento de la reduplicación, han hecho tentador inclinarse por una concepción de las proposiciones singulares como diferentes, e irreducibles a, proposiciones descriptivas. Una de estas concepciones, como veremos, revive una propuesta de Bertrand Russell (1912, 1914-19).

3 Proposiciones singulares russellianas y sentidos de re

A Russell se le atribuye, como a Frege, una concepción descriptivista, principalmente debido a las consecuencias de su análisis de las descripciones (Russell 1905). Sin embargo, Russell mismo admite, sin contradicción con esta atribución, que podemos pensar y expresar proposiciones cuyo contenido es irreduciblemente singular; esto porque aunque muchos términos que llamamos “singulares” realmente no lo son, hay términos que son genuinamente singulares. A estos últimos no se aplica la lectura descriptivista. Pero, ¿cuáles son esos términos genuinamente singulares? Para responder a esta pregunta, es útil precisar qué es una proposición singular russelliana.

Para Russell, una proposición singular expresada mediante una oración de la forma “a es F” es una proposición en cuyo contenido no figura un sentido de “a”, sino el referente mismo de “a”. Esto significa que las proposiciones singulares russellianas son proposiciones que tienen como componentes a los objetos mismos a los que aluden.

Resulta extraño que la proposición que expreso mediante “La Torre Eiffel es enorme” tenga como uno de sus componentes a la mismísima Torre Eiffel. No obstante, en la versión original de su propuesta, Russell no admite que podamos pensar o expresar proposiciones singulares acerca de objetos externos. De hecho, el tipo de objetos acerca de los que podemos pensar proposiciones singulares es más bien reducido.

Según Russell, para pensar proposiciones acerca de un objeto se tiene que cumplir con un exigente requisito epistemológico; a saber, tener conocimiento directo (acquaintance) de ese objeto; desafortunadamente, solo podemos tener conocimiento directo de objetos sobre los que no podemos tener errores de identificación. Esto hace que el requisito del conocimiento directo sea muy exigente, pues implica que no podemos tener pensamientos acerca de ningún objeto material independiente de la mente (precisamente, este es el tipo de objeto que usualmente fallamos en identificar). Los objetos de los que podemos tener tal conocimiento se reducen a unos cuantos: universales, datos de los sentidos (entidades mentales que son, siguiendo a Russell, los objetos inmediatos de la percepción) y, quizás, el yo. Los universales son los componentes de las proposiciones generales, mientras que los datos de los sentidos y el yo son componentes típicos de las proposiciones singulares.

Así, para responder a la pregunta con la que comenzó esta sección, los términos genuinamente singulares son, para Russell, los términos que refieren a datos de los sentidos o al yo. Son estos los únicos términos con los que podemos expresar proposiciones singulares.

En consecuencia, cuando expreso una proposición mediante una oración como:

(5) Este bistec está bien cocido,

no expreso una proposición singular acerca del bistec; pues, en estricto sentido, la proposición que expreso con (5) es la misma o similar a la que expresaría descriptivamente con una oración como:

(6) El objeto que causó esto está bien cocido,

donde “esto” es un término que refiere, no al bistec, sino al dato de los sentidos que, presumiblemente, es causado por el bistec cuando lo percibo.

El término “esto”, como es usado en (6), a diferencia de “este bistec”, sí es un término genuinamente singular y, por tanto, puede ser usado para expresar proposiciones singulares sobre datos de los sentidos.

La idea de que las proposiciones singulares son aquellas en las que sus objetos figuran como constituyentes ha gozado de cierta popularidad, no así la idea de que el conocimiento directo se limita a los datos de los sentidos, los universales y el yo. En efecto, además de que postular datos de los sentidos ya no es una práctica muy común entre los filósofos, autores como Kaplan (1977, 1989), Perry (2006) y Campbell (2002) son representantes de una importante tradición neo-russelliana que aboga por la idea de que las proposiciones singulares son russellianas, en el sentido en que los objetos sobre los que versan son sus constituyentes, pero dichos objetos pueden ser objetos externos, ya sea porque (como Kaplan) se niega que el conocimiento directo sea condición necesaria para pensar proposiciones singulares o porque (como Campbell) se piensa que podemos tener conocimiento directo de objetos independientes de la mente como personas, animales y otros objetos materiales macroscópicos.

La concepción neo-russelliana de las proposiciones singulares no es la única concepción disponible acerca de la estructura de las proposiciones singulares. Existe una concepción neo-fregeana, contraria a la lectura puramente descriptivista de Frege, que considera que la distinción sentido-referencia puede, y debe, acomodarse para dar cuenta de la naturaleza de las proposiciones singulares. Esta concepción neo-fregeana se asocia a los desarrollos de Evans (1982) sobre la identificación demostrativa y a la defensa de McDowell (1984) de la noción de sentidos de re.

De acuerdo con la concepción neo-fregeana, es cierto que podemos pensar proposiciones irreductiblemente singulares acerca de objetos independientes de la mente; sin embargo, esto no implica, como cree el neo-russelliano, que los objetos acerca de los cuales pensamos cuando pensamos proposiciones singulares sean sus constituyentes. Esto porque, una vez que el neo-russelliano levanta la estricta condición de Russell y admite como constituyentes a objetos externos, se vuelve susceptible al ya expuesto argumento de Frege para sustentar la distinción sentido-referencia: si toda la contribución que hace un término singular en una oración que expresa una proposición se reduce al objeto al que el término refiere, no se podría explicar la diferencia en valores cognitivos que un hablante, competente y racional, puede asociar a dos oraciones de la forma “a es F” y “b es F”, cuando “a” y “b” refieren al mismo objeto.

Así, por un lado, tenemos varias razones para pensar que hay proposiciones singulares cuyo contenido no puede ser reducido a un contenido puramente descriptivo o general, pero, por otro lado, tenemos que la contribución que hace un término singular no puede ser simplemente el objeto al que el término refiere. Para resolver esta tensión, propone el neo-fregeano, lo más sensato es postular sentidos, diferentes a sus referentes, que no pueden reducirse a un contenido general o descriptivo, esto es, sentidos de re.

Siguiendo a McDowell, los sentidos de re, además de ser irreducibles a un contenido descriptivo, tienen otras dos características: en primer lugar, son modos de presentación que dependen esencialmente, como sugería Strawson, de la presencia percibida de los objetos; en segundo lugar, son modos de presentación cuya existencia es dependiente del objeto: si no existe el objeto acerca del cual es una proposición singular, no existe tampoco un sentido de re como modo de presentación de tal objeto y, consecuentemente, no habrá una proposición singular completa acerca de ese objeto disponible para ser pensada o expresada (McDowell, 1984).

4. Conclusión

Hay varias razones para pensar que existen proposiciones irreduciblemente singulares y al menos dos posturas rivales (neo-russelliana y neo-fregeana) acerca de la estructura de estas proposiciones. Comprometerse con una u otra postura implica enfrentarse con dificultades dignas de un kōan o enigma zen; pero este ha sido justamente uno de los atractivos del debate.

Manuel Alejandro Amado González
(Universidad Nacional de Colombia)

Referencias

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  • Ekai, M. (1228/1979): The Gateless Gate. (Trad.) Yamada K. Center Publications. California.
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  • Frege, G. (1892): «Sobre Sentido y Referencia». En: La Búsqueda del Significado. Luis M. Valdés Villanueva (ed.). Tecnos, Madrid. 1991, pp. 24-45.
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  • ____ (2006) «Using Indexicals» En: Blackwell Guide to the Philosophy of Language. M. Devitt (ed.). Blackwell, Oxford, pp. 314-334.
  • Russell, B. (1905) «On Denoting». En: Mind, New Series. Vol. 14, No 56, pp. 479-493.
  • ____ (1912): Los Problemas de la Filosofía. Joaquín Xirau (trad.). Labor, Barcelona. 1986.
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  • Strawson, P. (1959): Individuos: Ensayo de Metafísica Descriptiva. Alfonso García y Luis M. Valdés (trad.). Taurus, Alfaguara. Madrid, 1989.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Evans, G. (1996): Ensayos Filosóficos. (Trad.) Alejandro Tomasini. UNAM, México.
  • Jeshion, R. (2010): New Essays on Singular Thought. Oxford. Clarendon Press.
Cómo citar esta entrada

Amado, Manuel (2020) «Proposiciones Singulares», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/proposiciones-singulares/).

 

El concepto de verdad

Teorías de la verdad hay muchas y variadas, las hay de corte metafísico/semántico, de corte pragmático, de corte epistémico, etc (véase Nicolás y Frápolli, 2012). Un recorrido por las diversas teorías no es lo que se pretende en esta entrada. El objetivo es ofrecer una caracterización clara de aquellas concepciones de la verdad que han marcado la filosofía del lenguaje del siglo XX.

La práctica totalidad de las teorías de la verdad se reconocen, explícita o implícitamente, en la caracterización de Aristóteles: “Decir de lo que es que no es y de lo que no es que es es falso. Decir de lo que es que es y de lo que no es que no es es verdadero” (Gamma, 7, 27). Es difícil rechazar esta caracterización y, de hecho, ha tenido un éxito extraordinario. Lo curioso es que, siendo tan unánimemente aceptada, sus desarrollos particulares son muy divergentes. Quizá esto nos pueda hacer pensar que la caracterización aristotélica, que es formalmente irreprochable, no tiene mucho contenido.

Para la filosofía del lenguaje, las concepciones de la verdad que han tenido mas efecto son de tres tipos: 1. Las que consideran la verdad como indefinible o primitiva, 2. Las que entienden la verdad como un concepto redundante o superfluo, y 3. Las que analizan la verdad como un caso límite de la noción semántica de satisfacción.

La primera se relaciona con la posición de Frege, la segunda con la de Ramsey y la tercera con la de Tarski. Los tres tipos se engloban a veces bajo la etiqueta general de “minimalismo” o “deflacionismo” acerca de la verdad. Las expresiones “minimalismo” y “deflacionismo” no tienen una definición precisa, pero ambas sugieren que los defensores de las teorías que esas etiquetas cubren rechazan que la definición del concepto de verdad requiera compromisos metafísicos fuertes.

1. La verdad como indefinible: el caso de Frege

Frege es generalmente considerado como el padre de la filosofía del lenguaje contemporánea. En su primera obra, Conceptografía (1879), no hay un tratamiento explícito de la noción de verdad aunque algunos autores han considerado que la barra del juicio, “|—”, que se lee “es un hecho”, representa el papel que él atribuye a la verdad. Esta idea está apoyada por afirmaciones que Frege hace a lo largo de su obra. En “Logic” (1897), un esquema para un libro que no llegó a escribir, Frege incluye una sección que debería desarrollar la idea de que la verdad es primitiva y simple. En este texto y en otros muchos, por ejemplo en “El pensamiento”, Frege compara la verdad con la belleza y en ambos casos afirma que esas nociones no pueden definirse. Para la correcta comprensión de esta afirmación es necesario entender qué es lo que Frege entiende por “definición”, que es un análisis de la noción en nociones más básicas. No hay nociones más básicas que la verdad que pueda ayudar a definirla en sentido estricto. Esto no significa, no obstante que la verdad no pueda caracterizarse desde el punto de vista de la función que desempeña.

En “Mis ideas lógicas básicas” (Frege [1915] 2016b, p. 192) dice: “La palabra “verdadero” parece hacer posible lo imposible, esto es,  consigue que lo que corresponde a la fuerza asertiva aparezca como si contribuyera al pensamiento”. El predicado “es verdadero” indica, que no instaura, el tipo de acto y no aporta un nuevo concepto al pensamiento. Esta afirmación no implica, sin embargo, que el predicado no tenga sentido, sino que “tiene sentido pero éste no contribuye al sentido de la oración en la que figura” (loc. cit.).

Esta idea se retoma en “Sobre sentido y referencia” (Frege [1892] 2016a). En la semántica de Frege, el sentido de una oración declarativa es un pensamiento y su significado es un valor de verdad, esto es, lo verdadero o lo falso. En una adscripción de verdad como “El pensamiento de que 5 es un número primo es verdadero” el pensamiento expresado y el valor de verdad no están en la relación de sujeto y predicado, sino en la relación que se establece entre el sentido y el significado. El predicado “es verdadero”, al igual que ocurría con “es un hecho” en la Conceptografía, no es un predicado genuino y no aporta ningún componente nuevo al pensamiento expresado, que aparece concentrado en el sujeto gramatical de la adscripción de verdad, “El pensamiento de que 5 es un número primo”.

En “El pensamiento” (Frege [1918-9] 2016c), una de las Investigaciones Lógicas que escribió hacia el final de su vida, explica de manera más detallada la relación de la verdad con la lógica. La noción de verdad no es definible en términos más básicos pero el significado de “es verdadero” se despliega en las leyes de la verdad (Frege [1918-9] 2016c, p. 322). Y de las leyes de la verdad se siguen prescripciones acerca de ciertos actos de habla como inferir, juzgar, pensar. Frege insiste en que la verdad no se dice de nada material y en que no representa ninguna propiedad sensible. Con una terminología contemporánea, diríamos que la verdad no es un predicado de primer orden.

Hay en Frege otra utilización de la verdad que la identifica con el significado de algunas oraciones declarativas. Ciertas oraciones declarativas refieren a un objeto especial, lo Verdadero, y otras a su alternativo, lo Falso. No hay que olvidar, sin embargo, que en Frege “objeto” es una noción técnica, al igual que lo es su contrapartida lingüística “nombre”. Las oraciones declarativas son expresiones “saturadas”, esto es, sin huecos, completas. Las expresiones saturadas son técnicamente, para Frege, nombres y refieren a objetos. En el caso de las oraciones entendidas como nombres, los objetos correspondientes son lo Verdadero o lo Falso. No hay nada más misterioso en este punto.

2. La redundancia semántica de la verdad y el papel de las prooraciones

Otra manera de entender la indefinibilidad de la verdad ha sido considerar la noción como prescindible en algún sentido. En la interpretación habitual, Ramsey representa esta segunda opción.

Ramsey despliega su definición de la verdad en “Hechos y proposiciones” (Ramsey, [1927] 2005) y en “La naturaleza de la verdad” (Ramsey, [1929] 2012). Su propuesta de definición es similar a la que posteriormente desarrollará Tarski, aunque con una diferencia crucial en el asunto de los portadores. Para Ramsey, al igual que para Frege y en contraste con Tarski, los portadores de la verdad, esto es, las entidades de las que decimos que son verdaderas o falsas, son lo que Frege llama “pensamientos” y Ramsey “proposiciones” o “referencias proposicionales”. Los portadores no son pues entidades lingüísticas de ningún tipo, sino la información que esas entidades ayudan a trasmitir o lo que se dice mediante su uso.

Es habitual considerar la concepción de la verdad de Ramsey como una teoría de la redundancia. No obstante, para entender cuál es la propuesta de Ramsey es necesario analizar qué se quiere decir con redundancia. Ramsey explícitamente rechaza la idea de que la noción de verdad sea superflua o que pueda eliminarse sin pérdida de poder explicativo. La noción de verdad es imprescindible en la construcción de variables proposicionales complejas, pro-oraciones, que permiten la referencia anafórica a proposiciones y también la generalización proposicional. Hay usos de la verdad que son superfluos, sin duda, pero no todos lo son. En “Hechos y proposiciones” ([1927] 2005), Ramsey explica que las proposiciones de las que decimos que son verdaderas pueden expresarse de manera explícita o pueden simplemente describirse. Un ejemplo del primer caso es “Es verdad que César fue asesinado”, un ejemplo del segundo caso es “Él siempre dice la verdad”. Cuando la proposición a la que atribuimos la verdad es explícita, el término “verdad” es redundante, ya que “Es verdad que César fue asesinado” no dice nada más que que César fue asesinado. Cuando la proposición está descrita pero no representada explícitamente, la verdad no puede eliminarse ([1927] 2005, p. 205). La función que la noción de verdad realiza en los lenguajes naturales es equivalente a la que realizan las variables proposicionales y el cuantificador universal que las liga en algunos lenguajes artificiales. En un lenguaje que contuviera esos recursos, “Él siempre dice la verdad” se definiría como “Para todo p, si él dice que p, p”. La verdad se define así en el contexto de la adscripción de verdad completa. Ramsey se adelanta a varias objeciones que podrían hacerse de su posición. La primera tiene que ver con la gramaticalidad de la definición: “Para todo p, si él dice que p, p”. Adelanta que alguien puede pensar que esta oración semi-formal no está bien formada ya que la segunda instancia de la variable p no puede estar en esa cláusula sola, sino que necesita un verbo que sería “es verdadero”. De esto modo, para restaurar la gramaticalidad de la definición habría que incluir la noción que estaríamos definiendo con lo que la definición se convertiría en circular. La respuesta de Ramsey es muy iluminadora ya que incide en una tesis que ha marcado la filosofía del lenguaje y de la lógica del siglo xx y que, sin embargo, carece de toda justificación: la tesis de que todas las variables son nominales. Ramsey argumenta que quienes lanzaran esta crítica contra su definición estarían olvidando que “p” es una variable proposicional, que está en lugar de una oración, que por su misma naturaleza ya tiene un verbo ([1929] 2012, p. 299).

Otra dificultad que Ramsey supone que su teoría tendrá que enfrentar es su consideración como teoría de la correspondencia. Él no rechaza esa etiqueta y explícitamente afirma que su inspiración es Aristóteles siempre que se tenga en cuenta que su teoría no necesita ningún tratamiento especial de la noción de hecho ni de la relación de correspondencia entre hechos y otras instancias ([1927] 2005, pp. 205-206).

La etiqueta que mejor describe la posición de Ramsey acerca de la verdad es la de “Teoría Pro-oracional” (MacBride et al. 2020). Ramsey explícitamente usa el término “pro-oración” en su caracterización de la verdad ([1929] 2012, p. 300). La idea central de una teoría pro-oracional consiste en entender las adscripciones de verdad, esto es, las oraciones en las que atribuimos verdad a una proposición, como variables de un cierto tipo. Las variables de los lenguajes formales son la contrapartida de las proformas de los lenguajes naturales. El tipo más conocido de proforma lo constituyen los pronombres, pero en los lenguajes naturales hay proformas de tipo adjetivo, adverbial y oracional. A estas últimas las llamamos “pro-oraciones”. Las adscripciones de verdad son un tipo de pro-oración. Del mismo modos que “ella” puede referir a cualquier persona o animal de género femenino, “lo que ella dijo” puede referir a cualquier proposición. El predicado “es verdadero” convierte pro-formas que gramaticalmente son términos singulares, como “lo que ella dijo”, en pro-formas de tipo oracional, como “lo que ella dijo es verdad”. En este sentido, la verdad no añade contenido nuevo a la proforma “lo que ella dijo” sino que realiza una función gramatical, convertir términos singulares de un cierto tipo en oraciones de un cierto tipo. Si a esto le queremos llamar redundancia, no hay objeción. No obstante, es pertinente ver cómo lo explica Ramsey mismo: “Como afirmamos haber definido la verdad, debemos ser capaces de sustituir nuestra definición por la palabra ‘verdadero’ dondequiera que ocurra. Pero la dificultad que hemos mencionado vuelve esto imposible en el lenguaje corriente que trata lo que realmente deberíamos llamar pro-oraciones como si fueran pro-nombres. Las únicas pro-oraciones admitidas en el lenguaje corriente son ‘sí’ y ‘no’, que consideramos que expresan ellas mismas un sentido completo, mientras que ‘eso’ y ‘lo’ incluso cuando funcionan como abreviaturas de oraciones siempre requieren ser complementadas por un verbo: este verbo es a menudo ‘es verdadero’ y esta peculiaridad del lenguaje da lugar a problemas artificiales como el de naturaleza de la verdad, que desaparecen de una vez cuando se expresan en simbolismo lógico, en el que podemos verter ‘lo que él creía es verdadero’ por ‘si p era lo que él creía, p’” (loc. cit.).

3. La teoría semántica de la verdad de Tarski

La teoría de la verdad que más influencia ha tenido en la filosofía del lenguaje del siglo xx ha sido la teoría semántica de A. Tarski, propuesta en sus artículos del 1935 y 1944. Esta teoría, que reivindica la caracterización Aristóteles explícitamente (por ejemplo, Tarski [1944] 2012, p. 61), se ha considerado por muchos como la primera definición correcta de la noción de verdad, así como el origen de la semántica como teoría científicamente defendible. El efecto del análisis tarskiano es innegable, aunque es debatible si ese efecto ha sido siempre positivo.

Tarski llama a su teoría “semántica” porque en su definición se usa un concepto inequívocamente semántico como el de satisfacción. Para Tarski, la verdad es una propiedad de oraciones, esto es, son las oraciones los portadores de verdad. Antes de ofrecer su definición, Tarski explica cual es su objetivo y algunas propiedades de su teoría. En primer lugar, la teoría se propone definir la noción corriente de verdad, no una noción diferente y técnica. Por esta razón establece un criterio de adecuación material que permita a todos comprobar la corrección de su propuesta. Si su propuesta es correcta, debería implicar las equivalencias del tipo:

La oración “la nieve es blanca” es verdadera si, y sólo si, la nieve es blanca.

Este criterio se generaliza evitando hablar de oraciones concretas. Sea p una oración declarativa cualquiera en un lenguaje determinado y X un nombre de esta oración. La comillas pueden usarse para construir nombres de oraciones, pero hay otros métodos, como la descripción estructural en la que indicamos qué letras componen la oración usando su orden alfabético. El método que se use no es importante, lo importante es que tengamos oraciones y sus nombres. Consideremos ahora la siguiente equivalencia (V),

(V) X es verdadera si, y sólo si, p.

El criterio de adecuación material de cualquier definición de la verdad que se proponga es que debe implicar todas las instancias de (V).

Los conceptos semánticos han dado históricamente algunos problemas en forma de antinomias o paradojas. La mas famosa de esas paradojas es la paradoja del mentiroso, cuya versión más simple es “esta oración es falsa”. Una oración es verdadera si podemos afirmar lo que dice, y falsa en caso contrario. Con “esta oración es falsa” se produce una situación curiosa. Si la oración es verdadera, podemos asumir lo que dice, esto es, que es falsa. Y si es falsa, podemos asumir lo contrario de lo que dice, esto es que no es falsa. Así la paradoja nos enfrenta a la situación de que una oración castellana gramaticalmente correcta es verdadera si, y solo es falsa. Esto es contradictorio. Tarski ofrece una derivación semi-formal de la paradoja e identifica dos asunciones en las que se basa como posibles fuentes de la dificultad. La primera de las asunciones es que las reglas de la lógica clásica son correctas. La segunda asunción es una característica de los lenguajes naturales, su universalidad. La universalidad de los lenguajes naturales consiste en la propiedad que tienen de que en ellos se puede expresar cualquier cosa. En concreto, los lenguajes naturales incluyen no solo expresiones, sino también nombres para estas expresiones y para sus propiedades semánticas. Dentro del mismo lenguaje, se puede hablar de la verdad de ciertas oraciones, del significado de las mismas, de la definición de sus términos, etc. La universalidad de los lenguajes naturales los hace semánticamente cerrados y esto, junto con las reglas de la lógica, produce paradojas. La opción de rechazar las reglas de la lógica es muy costosa, así que Tarski rechaza la universalidad como característica deseable de un lenguaje lógicamente adecuado.

En este punto, Tarski introduce un segundo criterio de corrección de una definición de verdad: la estructura específica de los lenguajes para los que se defina la noción. La verdad solo puede definirse con garantías en lenguajes semánticamente abiertos, esto es, en lenguajes en los que la descripción y las propiedades de las expresiones no puedan realizarse dentro del mismo lenguaje. De esta idea surge la distinción entre lenguaje objeto y metalenguaje. El lenguaje objeto es el lenguaje en el que hablamos, el metalenguaje es el lenguaje que usamos para hablar del lenguaje en el que hablamos. Esta distinción no es absoluta. Puedo usar el inglés para hablar del español o al contrario. Tarski, no obstante, no está hablando de lenguajes naturales sino de cierto tipo de lenguajes formales propios de la lógica.

Estos son los dos criterios. Veamos ahora cuál es la definición. La verdad es un caso límite de la satisfacción. La satisfacción es una relación que se establece entre objetos o hileras de objetos cualesquiera y ciertas entidades lingüísticas a las que llamamos funciones oracionales. Una función oracional es el resultado de sustituir uno o mas términos es una oración declarativa por variables. De la oración “Victoria es mas alta que Joan” se pueden obtener las funciones oracionales “x es mas alta que Joan”, “Victoria es mas alta que y” y “x es mas alta que y”. Una manera natural de explicar qué significa que Joan satisface “Victoria es más alta que y” sería decir que el objeto Joan satisface la función porque la sustitución de la variable por “Joan” da como resultado una oración verdadera. Naturalmente, este explicación haría que la definición de verdad fuera circular. La opción de Tarski es definir recursivamente la verdad para funciones oracionales complejas, esto es, aquellas que involucran constantes lógicas, y estipular qué objetos satisfacen las funciones simples. En el caso de las complejas, por ejemplo, “x es P o x e Q”, diríamos que el objeto o la satisface si satisface “x es P” o satisface “x es Q”. Una vez hecho esto, Tarski considera que el método puede extenderse al caso límite de funciones oracionales que no tengan variables libres, esto es, a oraciones declarativas. Para estos casos, vemos que la oración será satisfecha por todos los objetos o por ninguno. En el primer caso, decimos que la oración es verdadera, en el segundo que es falsa. Despojada de todo el aparato técnico, la definición de verdad dice simplemente que la oración p es verdadera si, y solo si p, y falsa si no-p. El recurso a la satisfacción no añade gran cosa a nuestra intuición primera.

La teoría de Tarski se ha considerado a veces como una especificación de la concepción correspondentista de la verdad. Es razonable entenderlo así porque la definición de satisfacción requiere la presencia de objetos y de entidades lingüísticas que de algún modo encajen. No obstante, Tarski rechaza que su definición pueda servir para mediar entre distintas teorías filosóficas o que aclare en algo el supuesto problema filosófico de la verdad. De hecho, entendida su concepción como una manera de especificar el significado de la noción semántica para ciertos lenguajes formales, la teoría semántica es neutral respecto de las diversas concepciones filosóficas. Otra cuestión sería que quisiéramos aplicar esta teoría a la noción de verdad en los lenguajes naturales. En este caso, la designación de las oraciones como los portadores de verdad y, como consecuencia de ello, la afirmación de la que noción de verdad produce paradojas como la del mentiroso serían cuestiones debatibles.

María José Frápolli Sanz
(Universidad de Granada)

Referencias

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Cómo citar esta entrada

Frápolli, María José (2018) «El concepto de verdad», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/el-concepto-de-verdad/).