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Composicionalidad

1. Introducción

Considera la siguiente oración:

(1) La primogénita de mi prima es más tranquila pero el sobrino pequeño de mi pareja es más simpático.

Es posible que nunca antes te hayas encontrado las palabras que forman (1) en el orden en que aparecen en esta oración. Sin embargo, también es probable que la hayas entendido perfectamente. Además, si has entendido (1), necesariamente serás capaz de entender las oraciones siguientes:

(2) La prima de mi primogénita es más simpática pero la pareja de mi sobrino pequeño es más tranquila.

(3) El primo pequeño de mi pareja es más tranquilo pero la primogénita de mi sobrino es más simpática.

Parece, entonces, que podemos entender oraciones del castellano con las que no nos hemos encontrado nunca antes y que nuestra comprensión de unas oraciones del castellano está conectada con nuestra comprensión de otras. Una explicación natural de estos dos hechos pasa por asumir que el castellano es composicional. La composicionalidad es el rasgo que posee un lenguaje cuando cumple el siguiente principio:

Principio de composicionalidad: El significado de una expresión compleja está determinado por los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación.

El propósito de esta entrada es aclarar qué supone exactamente el principio de composicionalidad y distinguir los tipos de composicionalidad de los que podemos hablar (sección 2), así como exponer los argumentos más repetidos a favor (sección 3) y en contra (sección 4) de la idea de que los lenguajes naturales en general son efectivamente composicionales. Principios análogos propuestos con respecto a sistemas representacionales distintos del lenguaje (véase Hinzen, Werning y Machery, 2012, p. 1) caen fuera del alcance de la entrada.

2. El principio de composicionalidad

Al enunciar en la sección anterior el principio de composicionalidad he hecho uso de varios términos técnicos, como “significado” y “determinado”. Para saber qué supone exactamente el principio, por tanto, tenemos primero que aclarar el significado de estos términos.

Comencemos por “determinado”. Una lectura natural pero equivocada del principio de composicionalidad nos invita a entenderlo como un principio que proporciona criterios de individuación del significado de las expresiones complejas. Entendido de esta manera, el principio de composicionalidad nos dice que el significado de las palabras tiene prioridad sobre el significado de las oraciones en las que aparecen: solo entendiendo el significado de cada palabra tomada aisladamente podemos, observando el modo en que las palabras se combinan para dar lugar a la oración, entender el significado de esta última. Cuando en esta caracterización se usa la palabra “prioridad” se habla de prioridad lógica, no temporal; lo que se quiere decir es que no podemos entender una oración si desconocemos el significado de las palabras que la componen (Bronzo, 2011, pp. 90-91). Incluso hecha esta aclaración, el principio de composicionalidad no se corresponde con el que acabo de exponer, porque la relación de determinación, que es la que nos interesa, es distinta de la de prioridad lógica.

¿De qué hablamos cuando hablamos de determinación? Existen dos formas equivalentes de caracterizar esta relación: a través de una formulación funcional y a través de una formulación sustitucional (Dever, 2012, pp. 93-94; Johnson, 2015, secciones 1.c.i-1.c.ii). Desde un punto de vista funcional, el principio de composicionalidad nos dice que el significado de una expresión compleja es una función de los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación. Una relación es una función cuando ningún elemento está relacionado por ella con más de un elemento; así, dados los significados de una serie de expresiones y su modo de combinación, la oración resultante solo puede tener un significado. Desde un punto de vista sustitucional, el principio de composicionalidad nos dice que sustituir una de las expresiones más simples que componen una expresión compleja por otra con el mismo significado no altera el significado de la expresión compleja. Cualquiera de estas dos formulaciones es compatible con la posibilidad de que, de hecho, sea el significado de las oraciones el que tenga prioridad lógica sobre el de las palabras, o incluso el del conjunto de las oraciones de un lenguaje sobre el de cada oración particular.

Una vez aclarado el significado de “determinado” en nuestra formulación del principio de composicionalidad, pasemos al significado de “significado”. Cuando hablamos de significado, hablamos del valor semántico que nuestra teoría asigna a las distintas expresiones del lenguaje en un contexto dado. El significado debe distinguirse, por tanto, del contenido asertórico, que es aquello que expresamos cuando proferimos una oración declarativa. Idealmente, todas las expresiones del lenguaje tienen significado entendido como valor semántico, pero solo a través de oraciones declarativas completas podemos compartir información con nuestros interlocutores; por tanto, solo las oraciones declarativas completas tienen cuando las proferimos contenido asertórico. Incluso en este caso, de hecho, se ha argumentado que el significado es distinto del contenido asertórico (Ninan, 2010; Rabern, 2012, 2017). Uno de los argumentos que se han dado a tal efecto es, precisamente, que el contenido asertórico no es composicional. Por ejemplo, el contenido asertórico de “Dani cree que la película ha terminado” no es una función del de “La película ha terminado”, porque las posibilidades que eliminamos al aseverar la primera oración son independientes de las que eliminamos al aseverar la segunda.

El principio de composicionalidad, entonces, nos dice que el significado de (y no el contenido aseverado al proferir) una expresión compleja está determinado (en un sentido independiente de la prioridad lógica) por los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación. Esto, no obstante, deja la puerta abierta a distintos tipos de composicionalidad, porque sigue sin estar claro cuáles son las expresiones más simples que componen una expresión compleja. Por ejemplo, podríamos decir que “La película ha terminado” está compuesta por el sintagma nominal “la película” y el sintagma verbal “ha terminado”, que son sus constituyentes inmediatos, pero también que está compuesta por las palabras “la”, “película”, “ha” y “terminado”, que son sus constituyentes últimos. Un principio que nos diga que el significado de “La película ha terminado” está determinado por el de sus constituyentes inmediatos y su modo de combinación será un principio de composicionalidad fuerte, mientras que si sustituimos la referencia a los constituyentes inmediatos por una referencia a los constituyentes últimos obtendremos un principio de composicionalidad débil (véanse Pagin y Westerståhl, 2010a, pp. 257-258; Dever, 2012, pp. 93-94). En los lenguajes que presentan composicionalidad fuerte encontramos una correspondencia entre reglas sintácticas y reglas semánticas, lo que ha llevado a llamar a la composicionalidad fuerte “composicionalidad regla a regla”.

Hablamos de “fuerte” y “débil” porque un lenguaje ha de cumplir más requisitos para ser composicional en el primer sentido que para serlo en el segundo. Si el significado de una expresión compleja está determinado por el de sus constituyentes inmediatos, el significado de “La película ha terminado” está determinado por el de “la película” y el de “ha terminado”, el de “la película” está determinado por el de “la” y el de “película” y el de “ha terminado” está determinado por el de “ha” y el de “terminado”, lo que significa que el significado de “La película ha terminado” está determinado por el de “la”, “película”, “ha” y “terminado”, que son sus constituyentes últimos. La composicionalidad débil, por tanto, se sigue de la fuerte. Pero que el significado de “La película ha terminado” esté determinado por el de “la”, “película”, “ha” y “terminado” no significa que lo esté por el de “la película” y “ha terminado”, con lo que la composicionalidad fuerte no se sigue de la débil.

3. Argumentos a favor del principio de composicionalidad

Cuando en la sección 1 motivé el principio de composicionalidad, lo hice esbozando los dos argumentos más comunes a favor del principio: el argumento basado en la productividad del lenguaje natural y el argumento basado en su sistematicidad. Esta sección está dedicada a exponerlos de forma más detallada junto con un tercero al que aún no he hecho referencia (para otros argumentos menos comunes a favor del principio de composicionalidad y discusiones más amplias de los expuestos aquí, véanse Szabó, 2004/2022, sección 3; Pagin y Westerståhl, 2010b, pp. 265-270; Johnson, 2015, sección 2).

El argumento basado en la productividad toma como premisa la capacidad de quienes dominan un lenguaje para entender expresiones complejas con las que nunca antes se habían encontrado para concluir que esta capacidad debe estar fundamentada en el conocimiento del significado de las expresiones más simples que componen estas expresiones y su modo de combinación, que determinan el significado de las expresiones complejas (véanse, por ejemplo, Frege, 1914/1979, p. 225; Davidson, 1967 [2005, p. 336]). La composicionalidad del lenguaje explicaría entonces tu capacidad para entender (1), repetida aquí, a pesar de no haberte encontrado con esta oración antes de leer la sección 1 de esta entrada:

(1) La primogénita de mi prima es más tranquila pero el sobrino pequeño de mi pareja es más simpático.

Tal como lo he presentado, el argumento basado en la productividad es una inferencia a la mejor explicación: lo que se argumenta es que el lenguaje es composicional porque esta es la mejor explicación de las disponibles para el hecho de que sea productivo (Szabó, 2004/2022, sección 3.1; Johnson, 2015, sección 2.a). Como tal, el argumento no nos sirve para descartar con certeza la posibilidad de que hayas entendido (1) de alguna otra manera que no se nos ha pasado por la cabeza, pero, en ausencia de alternativas, es un argumento razonablemente fuerte.

El argumento basado en la sistematicidad, por su parte, toma como premisa la existencia de relaciones sistemáticas entre nuestra capacidad para entender unas oraciones y nuestra capacidad para entender otras, como la que se da entre nuestra capacidad para entender (1) y nuestra capacidad para entender (2) y (3), repetidas aquí:

(2) La prima de mi primogénita es más simpática pero la pareja de mi sobrino pequeño es más tranquila.

(3) El primo pequeño de mi pareja es más tranquilo pero la primogénita de mi sobrino es más simpática.

La explicación más natural para este hecho, según el argumento, es que el lenguaje sigue el principio de composicionalidad (véase, por ejemplo, Fodor, 1987, pp. 147-150). Esta es, de nuevo, una inferencia a la mejor explicación que, como tal, depende de la ausencia de explicaciones alternativas superiores. Pero, además, la premisa de este argumento está expuesta a contraejemplos más fáciles de encontrar que los que servirían para debilitar el argumento basado en la productividad, como las frases hechas. Por ejemplo, podemos saber en qué consiste echar un ojo sin saber en qué consiste echar una mano, o saber cuándo no hay tutía sin saber qué es una tutía (véanse Pagin y Westerståhl, 2010b, pp. 276-277; Johnson, 2015, sección 4.c).

El tercer y último argumento al que haré referencia en esta sección está basado en la idea de que el principio de composicionalidad, simplemente, funciona. Darlo por verdadero nos ha permitido desarrollar teorías semánticas de gran capacidad explicativa. Por ejemplo, parece intuitivo que el valor semántico de “Alicia” es un objeto, pero ¿de qué tipo es el valor semántico de “todo vampiro”? Pensar que los significados de las expresiones complejas están siempre determinados por aplicación funcional, como se sigue de la formulación funcional del principio, nos permite identificar el tipo de valor semántico que deben tener expresiones como esta. Supongamos que anteriormente hemos llegado a la conclusión de que el valor semántico de “es inmortal” es una función que toma como valores de argumento individuos y nos devuelve como valor V en caso de que el individuo en cuestión sea inmortal y F en caso de que no lo sea. El valor semántico de “es inmortal”, por tanto, será una función de individuos a valores de verdad. Supongamos también que el valor semántico de “Todo vampiro es inmortal” es su valor de verdad: V si todos los vampiros son inmortales, F si no lo son. El principio de composicionalidad nos permite entonces identificar el valor semántico de “todo vampiro” como una función que toma funciones de individuos a valores de verdad como argumentos y devuelve valores de verdad como valor. La razón es que el valor semántico de esta expresión tiene que ser una función que al tomar como argumento la función de individuos a valores de verdad que es el valor semántico de “es inmortal” nos dé el valor de verdad que es el valor semántico de “Todo vampiro es inmortal” (véase Heim y Kratzer, 1998, cap. 6).

Por supuesto, la conclusión del tercer argumento es más bien que se puede hacer semántica asumiendo el principio de composicionalidad, no que se tenga que asumir el principio para hacer semántica (Szabó, 2004/2022, sección 3.2). El argumento es por tanto análogo al argumento del no milagro en favor del realismo científico (Putnam, 1975): del mismo modo que sería milagroso que nuestras teorías científicas tuvieran la capacidad predictiva que tienen si no describieran la estructura de la realidad, también lo sería que la semántica hubiera llegado tan lejos si los lenguajes naturales no fueran de hecho composicionales.

4. Argumentos en contra del principio de composicionalidad

Contra el principio de composicionalidad se ha argumentado tanto que es falso como que es trivial o innecesario (véase Pagin y Westerståhl, 2010b, p. 270). La forma de mostrar que el principio es falso es ofrecer algún contraejemplo, es decir, señalar algún caso en el que el significado de una expresión compleja no está determinado por los significados de las expresiones más simples que la componen y su modo de combinación, sino que es necesario un tercer factor (véase Szabó, 2004/2022, sección 4.2). En esta sección, repasaré tres familias distintas de casos que se han propuesto como contraejemplos del principio de composicionalidad (para una revisión de algunas de las razones que se han dado para tachar el principio de trivial o innecesario, véanse Pagin y Westerståhl, 2010b, pp. 270-273; Johnson, 2015, sección 4.a).

El más clásico de los potenciales contraejemplos del principio de composicionalidad nos lo proporcionan las atribuciones de actitudes proposicionales. Por ejemplo, “Lois Lane cree que Superman puede volar” y “Lois Lane cree que Clark Kent puede volar” tienen que diferir en significado para poder diferir en valor de verdad, como parecen hacerlo si Lois Lane no sabe que Clark Kent es Superman. Sin embargo, si asumimos que “Superman” y “Clark Kent” significan lo mismo porque se usan para hablar de la misma persona, las oraciones están compuestas por expresiones con el mismo significado combinadas de la misma manera. Es prueba de la fuerza intuitiva del principio de composicionalidad que prácticamente ninguna solución a este problema haya estado basada en el rechazo del principio. Ha sido mucho más común negar, como en las soluciones russellianas (véanse, por ejemplo, Salmon, 1986; Soames, 2002), que las dos oraciones difieran realmente en valor de verdad o negar, como en las soluciones fregeanas (véanse, por ejemplo, Crimmins y Perry, 1989; Recanati, 2010), que “Superman” y “Clark Kent” sean realmente sinónimos.

En segundo lugar, tenemos los casos de anáfora entre oraciones, como la que encontramos en (4) y (5), que Heim (1982, p. 119, n. 10) atribuye a Barbara Partee:

(4) Se me cayeron diez canicas y encontré todas menos una. Probablemente esté debajo del sofá.

(5) Se me cayeron diez canicas y encontré nueve de ellas. *Probablemente esté debajo del sofá.

(4) no presenta ningún problema, mientras que (5) parece defectuosa, con lo que (4) y (5) tienen que tener significados distintos. Pero la primera mitad de (4) y la de (5) tienen las mismas condiciones de verdad, lo que puede considerarse suficiente para establecer que son sinónimas, y la segunda mitad de (4) y la de (5) están formadas por las mismas palabras combinadas de la misma manera. Las primeras teorías semánticas que se propusieron para dar cuenta de divergencias de este tipo, como la teoría de representación del discurso (Kamp, 1981), eran explícitamente no composicionales, pero algunas teorías posteriores, como la lógica de predicados dinámica (Groenendijk y Stokhof, 1991), consiguen resolver el problema sin renunciar a la composicionalidad. En ambos casos, no obstante, nos vemos en la obligación de entender el significado de una forma completamente distinta a como se ha hecho tradicionalmente, pues tanto la teoría de representación del discurso como la lógica de predicados dinámica son ejemplos de semánticas dinámicas que asignan potenciales de cambio de contexto (Heim, 1983) u objetos análogos como valores semánticos.

En tercer lugar, Travis (1997, p. 89) nos invita a considerar el caso en el que alguien señala una hoja marrón que ha sido pintada de verde y dice:

(6) Esta hoja es verde.

(6) será verdadera si estamos clasificando hojas con propósitos decorativos y falsa si lo que queremos es identificar la especie a la que pertenece la hoja. Pero si (6) es verdadera en un contexto y falsa en otro, de esto se sigue que significa cosas distintas en estos dos contextos, a pesar de que está compuesta por las mismas palabras combinadas de la misma forma. Parece que estamos, por tanto, ante un contraejemplo del principio de composicionalidad. En respuesta a este desafío, se ha defendido tanto que (6) puede considerarse también verdadera, aunque engañosa, cuando estamos identificando especies (Sainsbury, 2001; Berg, 2002) como que el significado de “verde” puede ser único, pero determinar distintos contenidos dependiendo del contexto (véase Kaplan, 1977)

5. Conclusión

Se asume a menudo que solo atribuyendo composicionalidad al lenguaje podemos explicar su productividad y sistematicidad, pero ni la conexión entre estas propiedades es obvia ni la noción misma de composicionalidad es todo lo clara que cabría esperar. El propósito de esta entrada ha sido arrojar algo de luz sobre la noción, así como sobre los argumentos a favor de la composicionalidad del lenguaje basados en su productividad y sistematicidad.

Eduardo Pérez Navarro
(Universidade de Santiago de Compostela)

Referencias

  • Berg, J. (2002) Is semantics still possible? Journal of Pragmatics, 34(4), 349-359.
  • Bronzo, S. (2011) Context, compositionality, and nonsense in Wittgenstein’s Tractatus. En: Beyond the Tractatus Wars. Ed. por Read, R. y Lavery, M. London: Routledge, 84-111.
  • Crimmins, M. y Perry, J. (1989) The prince and the phone booth: Reporting puzzling beliefs. The Journal of Philosophy, 86(12), 685-711.
  • Davidson, D. (1967) Truth and meaning. Synthese, 17(3), 304-323. Existe traducción al castellano: Verdad y significado. En: La búsqueda del significado. Valdés Villanueva, L. M. (comp.),  Madrid: Tecnos, 2005, 336-355.
  • Dever, J. (2012) Compositionality. En: The Routledge Companion to Philosophy of Language. Ed. por Russell, G. y Fara, D. G. London: Routledge, 91-102.
  • Fodor, J. A. (1987) Psychosemantics: The Problem of Meaning in the Philosophy of Mind. Cambridge (Mass.): MIT Press. Existe traducción al castellano: Psicosemántica. El Problema del Significado en la Filosofía de la Mente. Madrid: Tecnos, 1994.
  • Frege, G. (1914/1979) Logic in mathematics. En: Posthumous Writings. Ed. por Hermes, H., Kambartel, F. y Kaulbach, F. Oxford: Blackwell, 203-250.
  • Groenendijk, J. y Stokhof, M. (1991) Dynamic predicate logic. Linguistics and Philosophy, 14(1), 39-100.
  • Heim, I. (1982) The Semantics of Definite and Indefinite Noun Phrases. Tesis doctoral no publicada. Amherst: University of Massachusetts.
  • — (1983/2002) On the projection problem for presuppositions. En: Formal Semantics: The Essential Readings. Ed. por Portner, P. y Partee, B. H. Oxford: Blackwell, 249-260.
  • Heim, I. y Kratzer, A. (1998) Semantics in Generative Grammar. Oxford: Blackwell.
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  • Kamp, H. (1981/2002) A theory of truth and semantic representation. En: Formal Semantics: The Essential Readings. Ed. por Portner, P. y Partee, B. H. Oxford: Blackwell, 189-222.
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  • Ninan, D. (2010) Semantics and the objects of assertion. Linguistics and Philosophy, 33(5), 355-380.
  • Pagin, P. y Westerståhl, D. (2010a) Compositionality I: Definitions and variants. Philosophy Compass, 5(3), 250-264.
  • — (2010b) Compositionality II: Arguments and problems. Philosophy Compass, 5(3), 265-282.
  • Putnam, H. (1975/1979) Mathematics, Matter and Method (Philosophical Papers, Vol. 1). Cambridge: Cambridge University Press.
  • Rabern, B. (2012) Against the identification of assertoric content with compositional value. Synthese, 189(1), 75-96.
  • — (2017) A bridge from semantic value to content. Philosophical Topics, 45(2), 181-207.
  • Recanati, F. (2010) Truth-Conditional Pragmatics. Oxford: Oxford University Press.
  • Sainsbury, R. M. (2001) Two ways to smoke a cigarette. Ratio, 14(4), 386-406.
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  • Soames, S. (2002) Beyond Rigidity. Oxford: Oxford University Press.
  • Szabó, Z. G. (2004) Compositionality. En: The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Edición de otoño 2022). Ed. por Zalta, E. N. y Nodelman, U. Accesible en https://plato.stanford.edu/archives/fall2022/entries/compositionality/. Consultado por última vez el 2 de octubre de 2023.
  • Travis, C. (1997) Pragmatics. En: A Companion to the Philosophy of Language. Ed. por Hale, B. y Wright, C. Oxford: Blackwell, 87-107.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Dummett, M. (1975) Frege. Teorema , 5(2), 149-188.
  • Escandell Vidal, M. V. (2004) Fundamentos de semántica composicional. Barcelona: Ariel, cap.1.
  • Frápolli, M.J. y Romero, E. (1998) Una aproximación a la Filosofía del lenguaje. Madrid: Síntesis, sec. 1.4.2.A y 4.1.1.
  • García-Carpintero, M. (1996) Las palabras, las ideas y las cosas. Una presentación de la filosofía del lenguaje. Barcelona: Ariel, sec. 6.1.
  • García Suárez, A. (1997) Modos de significar. Una introducción temática a la filosofía del lenguaje. Madrid: Tecnos, cap. 11.

Recursos en línea

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Cómo citar esta entrada

Pérez Navarro, E. (2023). Composicionalidad. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/composicionalidad/

 

Conceptos

Considere el lector la oración ‘Los vampiros son elegantes’ y piense si está de acuerdo con lo que dice. Para emitir su juicio, en primer lugar, habrá tenido que comprender lo que esa oración significa; seguidamente, habrá tenido que reflexionar unos instantes acerca de su contenido. Operaciones como la comprensión y la reflexión típicamente involucran conceptos. Para emitir su juicio ha tenido que decidir si cierta clase de seres, los vampiros, cae dentro de otra clase, la de las entidades elegantes. Son esos términos que identifican clases los que generalmente tenemos como paradigma cuando hablamos de conceptos. Esta capacidad de captar lo general y común de las cosas es el sello de lo conceptual y lo que le otorga un papel central para dar cuenta del pensamiento y de su relación con la realidad. Es por esto que su estudio tiene detrás una larga tradición filosófica. Comenzaremos por ver algunos hitos de dicho estudio y el modo en que prefiguran las preocupaciones de la filosofía de la mente, del lenguaje y de la psicología de las últimas décadas. A continuación, veremos algunos de los debates recientes más relevantes en dichos ámbitos.

1. Conceptos, realidad y significado

La preocupación acerca de cómo captamos lo general y común de las cosas se remonta, como tantas otras preguntas filosóficas, a las obras de Platón y Aristóteles. En general, las respuestas que la Antigüedad va a ofrecer dependen de posiciones metafísicas acerca de la naturaleza de la realidad. Si, como Platón sostiene, aquello que caracteriza lo que las cosas son –bello, cuadrado, león– se encuentra en un mundo transcendente, el de las ideas, separado del nuestro, captar lo general implica ascender hasta dicho mundo para contemplar directamente esas ideas. Si, como Aristóteles propondrá, lo que caracteriza a las cosas –su forma– es inmanente a las cosas mismas, conocer lo general implicará un proceso de separación en nuestra mente de dicha forma.

Los antecedentes más explícitos de los debates en torno a los conceptos, sin embargo, se encuentran en la filosofía medieval, particularmente en el llamado problema de los universales. Muy sucintamente, el problema consiste en cómo caracterizar las propiedades universales que predicamos de las cosas. Así, cuando decimos que ‘Po es un panda’, la propiedad que atribuimos a Po ¿está en el mismo Po?, ¿preexiste a Po?, ¿no es nada más allá de la expresión lingüística ‘es un panda’? Este modo de plantear el problema pone de nuevo el énfasis en las cuestiones metafísicas, es decir, las relativas a la existencia y naturaleza de esos universales. Pero, al intentar responderlas, estos filósofos desarrollaron al mismo tiempo una serie de teorías en torno a la naturaleza de lo mental, esto es, se preguntaron cómo han de ser nuestros pensamientos para que puedan relacionarse con los universales a los que se dirigen. Es en este terreno donde se despliega la noción de conceptus: un contenido engendrado por la mente que capta lo que tienen de común los objetos que aquella conoce. Los medievales llevaron a cabo su estudio por medio de un enorme aparato de distinciones lógico-lingüísticas.

El problema de los universales desapareció de la escena filosófica con el colapso de la escolástica (aunque reaparece en nuevas formas en la filosofía analítica contemporánea), pero esto no quiere decir que el estudio de los conceptos fuera abandonado. De hecho, con el desplazamiento de los intereses desde los aspectos metafísicos a las condiciones del sujeto cognoscente, la edad moderna planteaba la necesidad de explicar qué es lo que este sujeto aporta al proceso de conocimiento. El término más usado ahora, sin embargo, no será el de ‘concepto’ sino más bien el de ‘idea’, que es una representación de la realidad que se forma en la mente. Frente al énfasis medieval en los aspectos lógicos, la mirada de los filósofos modernos se dirige principalmente a las características de nuestra vida mental que hacen posible el conocimiento. Un ejemplo es el debate entre empiristas y racionalistas en torno a la posibilidad de las ideas innatas: ¿son todas nuestras ideas derivadas de la experiencia (que para Locke incluye tanto las impresiones de los sentidos como la reflexión sobre nuestros procesos mentales)?, ¿o hay ideas irreducibles a la experiencia y que de algún modo la anteceden? Este debate resurgirá con fuerza en la discusión contemporánea sobre innatismo conceptual.

La famosa “síntesis” (o, más bien, superación) kantiana de empirismo y racionalismo se puede entender como un intento de delimitar qué es lo que mente y mundo aportan respectivamente al conocimiento. Kant entenderá los conceptos como representaciones generales que representan algo como cayendo bajo una clase (v.g., como un panda), en contraste con las intuiciones, que vienen a ser representaciones singulares e inmediatas (v.g., de “eso” que esta ahí). En el sistema kantiano los conceptos no son un derivado de la experiencia sino que a través de ellos el entendimiento desempeña un papel activo, en el sentido de que la experiencia se conforma a ellos para que sea posible el conocimiento. Esta idea se resume en su conocida formulación: “las intuiciones sin conceptos son ciegas” (para un análisis del contraste entre intuición y concepto en Kant, véase López Fernández, 2000).

La palabra que Kant utiliza para concepto (Begriff) es el vocablo alemán más corriente para referirse a lo que uno capta en la comprensión (frente a Idee, que Kant utilizará para referirse a principios regulativos de la razón pero no constitutivos del conocimiento, o Konzept, término que apenas utiliza) y se puede traducir igualmente como ‘término’. Es con esta doble acepción en mente como uno puede entender el proyecto con el que un filósofo posterior, Frege, va a revolucionar la práctica filosófica. En su Conceptografía (Begriffsschrift) Frege concibe una notación que le va a permitir analizar la predicación y desarrollar un cálculo de la misma en términos lógico-matemáticos. Sin embargo, la noción de concepto de Frege es distinta a la de Kant. Ya hemos visto que para este último los conceptos son un tipo de representaciones, cosa que lo conecta con el modo en que las ideas son tratadas en la tradición empirista. Para Frege, sin embargo, los conceptos son entidades abstractas y objetivas, que constituyen la referencia de los predicados, más concretamente, son funciones (x es una mujer) que, al tomar valores, resultan en algo verdadero (x= Ana) o falso (x = Blas). En otras palabras, Frege saca el estudio de los conceptos del ámbito de lo psicológico y lo ubica en el plano lógico-lingüístico, como ya hicieron los medievales pero con nuevas herramientas que abren la puerta a una concepción de la filosofía como análisis conceptual.

En líneas generales, un análisis conceptual supone extraer el significado de las oraciones donde figura dicho concepto para poder poner de manifiesto la red de relaciones lógicas entre las mismas. Aplicado a los conceptos que tradicionalmente han interesado a la filosofía –conocimiento, bien, verdad…– el objetivo último sería dar con las condiciones necesarias y suficientes para su aplicación. Sin embargo, la posibilidad de esta empresa fue puesta paulatinamente en tela de juicio, particularmente a partir de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein. Cuando observamos detenidamente el lenguaje, lo que vemos no son significados prefijados de las palabras sino una serie de usos de las mismas, conectados por un “parecido de familia”. Esta observación invita a abandonar la concepción fregeana de los conceptos como entidades abstractas e inmutables, para insertarlos dentro de las fluctuantes actividades de los individuos, en las que se entrecruzan diversos “juegos de lenguaje”. Pero invita también a mirar con recelo otras formas de reificación, como la de asimilar los conceptos a objetos mentales. Siguiendo esta estela, algunos consideran los conceptos como habilidades, capacidades o disposiciones. Por ejemplo, tener el concepto de oso vendría a ser tener una capacidad de reidentificar objetos o una cierta disposición a tratar diversos objetos como pertenecientes a una misma clase (para un análisis de la filosofía de Wittgenstein en torno a los conceptos, véase Mota, 2015; para las distintas nociones de habilidad, véase Aguilera, 2008 o Destéfano, 2008).

Mientras tanto, el desarrollo de las ciencias cognitivas a mediados del siglo XX instaura de nuevo la noción de representación como la piedra angular de lo mental en general, y de lo conceptual en particular. Tener el concepto de reptil supone tener una determinada representación mental, llamémosla reptil, que se dirige de alguna manera a la propiedad correspondiente, llamémosla reptil. El foco de los filósofos se dirige hacia la propia noción de representación: ¿cómo es posible que reptil, la entidad mental, pueda representar reptil,un aspecto de la realidad? Resolver esta cuestión forma parte de uno de los temas centrales de la filosofía de la mente: el estudio de la intencionalidad, es decir, la propiedad de ciertas cosas, como los conceptos, de tener un contenido, de ser “acerca de algo”.

Por otra parte, el papel destacado que tienen los conceptos en la teorización psicológica los convierte en centro de atención de la filosofía de la psicología. Entre la batería de preguntas que en este ámbito se intenta responder se pueden señalar tres: ¿Qué tipo de representaciones mentales son los conceptos? ¿Cuál es su relación con la experiencia? ¿Cuál es su relación con el lenguaje? A continuación veremos brevemente cómo se discuten estas cuestiones, a menudo de forma interrelacionada, en la filosofía contemporánea (para una exposición más amplia de los problemas filosóficos de los conceptos en ciencia cognitiva, véase Laurence y Margolis, 1999; Margolis y Laurence, 2011).

2. Conceptos como representaciones mentales

Si, como el cognitivismo sostiene, la mente está poblada de representaciones, ¿qué es lo que caracterizaría a las conceptuales? El estudio empírico de los conceptos intenta responder a esta pregunta infiriendo el tipo de estructuras que es preciso postular en las mentes de los sujetos cuando se enfrentan a tareas típicamente conceptuales. Un paradigma de proceso conceptual sería la categorización, es decir, el proceso de agrupar una colección de entidades como pertenecientes a la misma clase. Para explicar el desempeño de los sujetos en tareas de este tipo surgieron tres grandes tipos de teorías: los conceptos como prototipos, como ejemplares o como estructuras teóricas. Las teorías de prototipos sostienen que un concepto (coche) es una abstracción de los rasgos más significativos (la forma, la función) de los ejemplares más típicos de una determinada categoría, de manera que, para decidir posteriormente si un determinado vehículo es o no un coche, comparará ese vehículo con su representación prototípica coche. Las teorías de ejemplares difieren de las anteriores en que lo que se almacena no es una representación abstracta sino un ejemplar concreto representativo de su categoría. Los psicólogos que consideran los conceptos como estructuras teóricas ponen el énfasis en los principios organizativos que gobiernan la estructura conceptual, principios que serían aparentes, por ejemplo, en el cambio que experimentan los niños de categorizar las cosas atendiendo a sus propiedades perceptibles (tener aspecto de cebra) a hacerlo atendiendo a principios internos basados en una teoría de lo que esas cosas son (ser biológicamente una cebra).

Las perspectivas de estas teorías para dar cuenta de la naturaleza de los conceptos han sido cuestionadas desde dos frentes. Por una parte, Jerry Fodor (1998) ha argumentado que sus constructos no tienen las características necesarias para satisfacer ciertas propiedades fundamentales de los conceptos, como la composicionalidad y su carácter público. La composicionalidad se refiere a que los conceptos pueden unirse entre sí para formar un nuevo concepto, cuyo contenido depende del contenido de los conceptos constituyentes y su modo de composición. Así, los conceptos padre ymadre pueden formar el compuesto padre de madre o madre de padre, dondede hace referencia a algún tipo de relación, de manera que cada compuesto designa una clase distinta de entidades. En último término, un pensamiento sería un compuesto de conceptos que puede ser evaluado como verdadero o falso (v.g., mi padre ama a mi madre). Esta posibilidad de recombinar los mismos conceptos de diversas maneras explica la sistematicidad del pensamiento, es decir, la relación existente entre la capacidad de pensar, por ejemplo, mi padre ama a mi madre ymi madre ama a mi padre. Fodor considera que prototipos, ejemplares o teorías no pueden satisfacer la composicionalidad. Pensemos, por ejemplo, que los conceptos pez y mascotason sus correspondientes prototipos (o ejemplares, o teorías) y consideremos ahora el compuesto pez mascota: el prototipo de este último es diferente de los prototipos para peces y mascotas. Eso significa que pez hace una contribución diferente en pez mascota a la que hace en pez peligroso o pez abisal, violando así la composicionalidad, que demanda que los conceptos hagan siempre la misma contribución.

El carácter público, por su parte, quiere decir que un concepto cualquiera puede ser compartido por distintos individuos. Aunque tú y yo tengamos experiencias perceptuales muy distintas de los narvales (tú nunca has visto uno) e incluso creencias diferentes (tú piensas que es un pez), hay algo que compartimos que permite que hagamos generalizaciones (ambos amamos los narvales) y que podamos tener discusiones racionales (¿deberían ser objeto de especial protección?). De nuevo, Fodor considera que las teorías anteriores no satisfacen este requisito: dado que mi prototipo (ejemplar, teoría) y el tuyo difieren, en realidad no compartimos el concepto.

El diagnóstico de Fodor es que las teorías fracasan porque postulan que los conceptos tienen estructura: composicionalidad y carácter público demandarían identidad entre nuestros conceptos, pero esto resulta imposible si los conceptos tienen estructura, dado que siempre habrá diferencias entre los prototipos, ejemplares o teorías de los distintos individuos, o incluso de un mismo individuo a lo largo del tiempo. En consecuencia, Fodor propone que la única teoría de los conceptos capaz de satisfacer esas propiedades es el atomismo, es decir, la idea de que los conceptos son representaciones mentales sin estructura. Esta concepción, sin embargo, no es muy popular entre los psicólogos y el debate continúa abierto.

El segundo frente contra las teorías psicológicas tiene que ver con la heterogeneidad de las estructuras propuestas. Partiendo de la base de que cada una de esas teorías tiene éxito en ámbitos o tareas cognitivas determinadas, Edouard Machery (2009) argumenta que ‘concepto’ no es un constructo psicológico unificado, es decir, no constituye una clase natural y su utilidad en la teorización psicológica es cuestionable, de manera que es posible prescindir de él en la ontología mental. Frente a esta posición eliminativista se han ensayado alternativas como el pluralismo (a un concepto corresponden una pluralidad de representaciones) o la hibridación (un concepto es una amalgama de representaciones diferentes), pero está por ver que estas posiciones puedan salvarse de las críticas de Fodor.

3. Conceptos y experiencia

Una característica indiscutible de los conceptos es su capacidad para ir más allá de lo inmediato. Esta es una de las propiedades que distinguiría lo conceptual de lo perceptual: un estado perceptual normal, como ver una montaña, depende de que la montaña esté ahí presente, y en un estado anómalo, como la alucinación, el objeto se percibe “como si” estuviera presente, pero la presencia, real o “virtual” del objeto, no es necesaria para pensar sobre el mismo. De la misma manera puedo concebir lo inexistente, razonar sobre casos hipotéticos, pensar en entidades abstractas, etc. Relacionado con esto, los conceptos se han entendido tradicionalmente como entidades amodales, es decir, mientras los perceptos necesariamente están ligados a una modalidad específica de nuestras experiencias sensoriales (visual, auditiva, etc.) los conceptos no parecen estar ligados a ninguna. Esta posición ha sido cuestionada por los neoempiristas contemporáneos. Así, Jesse Prinz (2002) sostiene que los conceptos son copias de representaciones perceptuales que es posible reutilizar cuando el estímulo no está presente (para una exposición de su enfoque, véase Destéfano y Perot, 2010, o Contreras Kallens, 2014).

¿Cuál es la relación entonces de los conceptos con la experiencia? El debate sobre las ideas innatas entre racionalistas y empiristas se había saldado con ventaja para estos últimos, con la idea general de que la mente posee mecanismos que permiten abstraer los conceptos de la experiencia. Sin embargo, la  ciencia cognitiva tuvo en sus inicios una orientación innatista, especialmente notable en la visión de Chomsky acerca del carácter innato del lenguaje y la existencia de una gramática universal común a toda la especie. Ahora bien, esta tesis es compatible con algún tipo de innatismo meramente formal, donde lo que se posee son determinados sesgos o disposiciones innatos. Pero decir que hay conceptos innatos es algo más fuerte: es sostener que hay representaciones mentales con contenidos preestablecidos. Cabe señalar dos tipos de apoyo a favor de esta tesis.

Uno de ellos procede de los estudios de la psicología del desarrollo. Para dar cuenta de las habilidades que demuestran los niños de muy pocos meses, algunos psicólogos, como Elizabeth Spelke (2000) o Susan Carey (2009), postulan la existencia de conceptos fundamentales, que constituirían el conocimiento nuclear que permitiría a la mente infantil organizar su experiencia del mundo. A diferencia de los primeros racionalistas, que apoyaban las tesis innatistas para conceptos que presumían irreducibles a la experiencia, como dios o infinito, los innatistas contemporáneos piensan más bien en conceptos de carácter muy básico, como objeto, causa o numerosidad. Estos conceptos permitirían clasificar la realidad en categorías generales que serían instrumentales para la posterior adquisición de conceptos más específicos relativos a la experiencia concreta. Ahora bien, existe el riesgo evidente de que los conceptos propuestos correspondan sencillamente a sesgos de los propios teóricos a la hora de dar nombre a las capacidades infantiles, reificándolas en entidades a las que se da cierta apariencia de objetos mentales. De manera que sigue siendo materia de debate si la mente infantil no puede explicarse con una ontología menos cargada, en términos de predisposiciones o sesgos.

Un segundo tipo de consideraciones procede del innatismo radical de Fodor (1975), quien sostuvo que todos los conceptos son innatos. Su argumento inicial se basa en lo siguiente: si el proceso de aprendizaje conceptual consiste en poner a prueba hipótesis (‘esto es un pájaro’), que luego serán aprobadas o desmentidas por la experiencia, es necesario que el sujeto se forme el pensamiento correspondiente en la cabeza (esto es un pájaro). Pero para formar dicho pensamiento es preciso que el sujeto cuente ya con el concepto en cuestión (pájaro). En otras palabras, todo lo que proporciona la experiencia es la ocasión para activar un determinado concepto (para exposiciones críticas del innatismo de Fodor, véase Gomila, 1991 o Hernández Borges, 1997). Posteriormente (Fodor, 1998) va a modificar sus tesis para argumentar no ya que todos los conceptos (no compuestos) son innatos, sino que todos son primitivos, es decir, no derivados de ninguna otra estructura mental. La mayoría de los autores rechaza este innatismo extremo por considerarlo sencillamente implausible. Los innatistas moderados, como Steven Pinker, consideran que el número de conceptos innatos es relativamente pequeño, en la línea de los conceptos básicos postulados por los psicólogos del desarrollo, si bien la vía para llegar a ellos es el análisis de los rasgos semánticos compartidos por palabras de una cierta categoría. Por ejemplo, los verbos causativos como ‘matar’ o ‘curar’ remitirían a algún concepto común de causación.

La relación de los conceptos con la experiencia se replantea a medida que aumenta el énfasis contemporáneo en el papel que el cuerpo desempeña en la cognición. El cognitivismo tradicional estaba asociado al computacionalismo, que sostiene una visión de la mente como un mecanismo de procesamiento de información para la manipulación de símbolos por medio de reglas. Un concepto, en este enfoque, venía a ser una suerte de símbolo interpretado, es decir, una entidad que es, por un lado, manipulable en función de sus propiedades formales pero, por otro, que posee un determinado contenido. El papel del cuerpo sería meramente el de proporcionar estímulos perceptuales. Esta concepción de la mente está hoy en entredicho con el auge de la llamada cognición corpórea (embodied), en la que se otorga al cuerpo un papel constitutivo de la cognición. En otras palabras, nuestro mundo mental reflejaría de manera esencial los patrones de interacción corporal con el entorno. Este enfoque se extiende hasta los conceptos, cosa que puede hacerse de manera moderada o radical. La versión más moderada mantiene la tesis de los conceptos como representaciones mentales pero cuestiona la independencia de los mismos respecto a las modalidades de la percepción e incluso la propia distinción entre lo perceptual y lo conceptual (Barsalou, 1999). Los conceptos estarían anclados en la experiencia de los sujetos con su entorno y reproducen elementos característicos de la misma. Una fuente de apoyo para estas tesis vendría dada por los patrones de activación neuronal asociados al pensamiento. Por ejemplo, tener pensamientos con conceptos de movimiento (correr, saltar) conlleva activación de las áreas sensoriomotoras encargadas de los movimientos correspondientes. La versión radical rechaza el representacionalismo y sugiere que se abandone la noción de concepto como la unidad de la cognición para reemplazarla por otros tipos de objetos y procesos basados en los patrones de interacción acoplada con el entorno (Wilson y Golonka, 2013). No obstante, un problema común para todas las versiones es cómo dar cuenta de los conceptos abstractos (posverdad, tiranía). Por una parte, no está claro que se puedan asociar a patrones sensoriomotores específicos. Por otra, parece difícil explicarlos abandonando todos los supuestos representacionalistas. Al llegar a este terreno, todas las miradas se vuelven hacia el lenguaje.

4. Conceptos y lenguaje 

Hay una relación obvia entre el estudio de los conceptos y el estudio del lenguaje. Como hemos visto, los conceptos se expresan en predicados y la manera más natural de nombrarlos es por medio de los nombres comunes de nuestro lenguaje. De manera que muchos filósofos ubican el estudio de los conceptos dentro del proyecto más general de producir una teoría del significado de palabras y oraciones. Esto se ve más claramente en los que conectan con las tesis fregeanas, pero incluso en las concepciones más naturalistas, que inciden en la naturaleza psicológica de los conceptos en tanto que representaciones mentales, las teorías sobre los mismos confluyen inevitablemente en una indagación sobre el lenguaje.

En realidad, el marco mismo en el que se construye el cognitivismo clásico adopta, de un modo u otro, la idea de que el mundo del pensamiento constituye una variedad de lenguaje. La tesis no es en realidad nueva: la podemos ya encontrar en Guillermo de Ockham, quien postula un lenguaje mental universal del cual derivan las lenguas habladas y escritas. Pero es Fodor (1975), de nuevo, quien va a popularizar la tesis de un lenguaje del pensamiento, en el que los conceptos son las piezas básicas con propiedades semánticas –se refieren al mundo– y sintácticas –son combinables de acuerdo a reglas que solo atienden a su forma. Las oraciones del lenguaje natural se limitan a expresar las oraciones de ese lenguaje del pensamiento y hay, en general, una correspondencia 1:1 entre las palabras de nuestra lengua y los conceptos que expresan. Así, ‘dragón’ (palabra) expresa sencillamente dragón (concepto) que a su vez denota dragón (propiedad del mundo).

Aunque la mayoría de los autores no comparten la rigidez dogmática de los postulados de Fodor, muchos de ellos todavía buscan en la estructura lingüística la clave de la estructura conceptual. Ya hemos visto un ejemplo en Steven Pinker, para quien el lenguaje es una ventana hacia el pensamiento, pero incluso en autores alejados del cognitivismo clásico y más cercanos a las tesis de la cognición corpórea, se otorga al lenguaje un papel constitutivo en lo conceptual. Un ejemplo lo encontramos en la lingüística cognitiva, para la cual el lenguaje no se limita a expresar el pensamiento sino que está inextricablemente enlazado con él. Una variedad popular de esta corriente es la teoría de metáforas conceptuales, desarrollada por Georg Lakoff y Mark Johnson (1980), para quienes nuestro pensamiento y conducta están moldeados por las metáforas, entendidas como las aplicaciones de las propiedades de un dominio para entender otro, como en el amor es un viaje. Esta metáfora organiza nuestra comprensión del fenómeno en cuestión constriñéndola hacia determinadas posibilidades y oscureciendo otras. En consecuencia, el concepto amor no sería un elemento fijo sino que su significado cambia al cambiar la metáfora en la que se encuentra inserto, por ejemplo, a el amor es una guerra. Por otra parte, la tesis aparece frecuentemente asociada a la cognición corpórea, en el momento en que se sostiene que las metáforas estarían básicamente relacionadas con nuestra experiencia corporal  (para una breve exposición de las metáforas conceptuales y su relación con la cognición corpórea, véase Flumini y Santiago, 2016).

Un segundo ejemplo se encuentra en los intentos neoempiristas de anclar los conceptos en la experiencia perceptual. Ya hemos visto las dificultades que se les presentan a estas tesis para dar cuenta de los conceptos abstractos. Ahora bien, estos conceptos nos llegan a través del lenguaje, que constituye una variedad particular de experiencia perceptual. Esto permite albergar la tesis de que cuando pensamos en algo abstracto lo que hacemos es reutilizar los mecanismos que producen esos perceptos lingüísticos, bien sean auditivos o visuales. La posición parece desembocar en una variedad de nominalismo, donde los conceptos no serían otra cosa que las propias palabras.

La cuestión de la relación entre conceptos y lenguaje lleva también a preguntarse por la especificidad de las capacidades conceptuales en nuestra especie. En otras palabras, ¿somos los humanos las únicas criaturas que manejamos conceptos? Es obvio que los animales no humanos tienen capacidades de discriminación y categorización: ¿son suficientes para atribuirles pensamiento conceptual? Hans-Johann Glock (2009) ha defendido que la conceptualización posee una dimensión normativa, que lleva aparejada la capacidad para reconocer los errores cometidos en nuestras categorizaciones y que estaría presente en algunos animales, como los grandes simios. Otros, como Elisabeth Camp (2009), han puesto el acento en que las habilidades conceptuales suponen la capacidad de desvincularse del estímulo inmediato, de modo que el razonamiento instrumental (es decir, aquel que requiere que el individuo conciba unos fines no presentes en el entorno, de manera que se proporcione los medios para conseguirlos), sería el terreno donde hallar una concepción mínima de concepto aplicable tanto a humanos como a algunos animales (para un análisis de los conceptos en animales que considera a Glock y Camp, véase Aguilera, 2010).

En cualquier caso, las relaciones entre conceptos y lenguaje son más complejas que lo que estos breves apuntes permiten reseñar. Emulando lo que Homer Simpson dice del alcohol, el lenguaje parece ser la causa de, y solución a, todos los problemas del estudio de los conceptos.

5. Conclusión

Los debates actuales en torno a los conceptos, si bien moldeados por los modos en que la psicología aborda su estudio, entroncan con preocupaciones filosóficas antiguas. Las cuatro grandes respuestas que históricamente se han ensayado para la pregunta ‘qué son los conceptos’ –representaciones mentales, entidades abstractas, habilidades o capacidades, o sencillamente objetos lingüísticos–reaparecen en el pensamiento contemporáneo en formas diversas. La opción que un filósofo suscriba a este respecto marcará notablemente su agenda explicativa, hasta el punto de que lograr una teoría unificada y omnicomprensiva de los conceptos se antoja prácticamente imposible.

Fernando Martínez-Manrique
(Universidad de Granada)

Referencias

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Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Martínez-Manrique, Fernando (2019) «Conceptos», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/conceptos/).

 

Causalidad en la ciencia

1. Teorías de la causalidad

Existe una gran diversidad de teorías de la causalidad. En su primera acepción, todas estas teorías proponen definiciones explícitas de la relación causal, en términos de condiciones necesarias y / o suficientes para la aplicabilidad del término. Pero los análisis de cada una de estas teorías no pueden ser más diferentes y contradictorios entre sí. En esta sección presentamos las cuatro teorías históricamente más influyentes.

1.1. La teoría regularista

David Hume (1748) inaugura la discusión empirista moderna acerca de la causalidad. Asegura que los conceptos generalmente asociados a ésta, como “potencia” y “conexión necesaria”, no tienen fundamento al no ser perceptibles por los sentidos. Debido a que sólo las sucesiones de eventos son percibidas, hablamos de causa y efecto cuando encontramos la conjunción constante de dos eventos del mismo tipo. La conexión necesaria entre éstos y la idea de potencia serían fruto de una mera conjetura de la mente derivada de la idea de volición, la cual no es menos problemática, pues descansa sobre el “misterio de la conexión entre alma y cuerpo” (p. 66). Tras Hume, los análisis de la causalidad en términos de patrones invariantes de sucesiones han convenido en llamarse teorías de la regularidad causal. Dos autores influyentes que han desarrollado esta idea son John Stuart Mill y John L. Mackie.

Mill (1843) señala la existencia de una “pluralidad de causas” para un evento determinado, especificando así que las regularidades no suelen darse tanto entre eventos aislados como entre conjuntos de ellos. Identifica la causa con “la suma total de condiciones positivas y negativas” que anteceden a un evento con regularidad, las cuales se identificarían gracias a su “método de la diferencia”, en el que se alude a las diferencias existentes entre las condiciones en el evento que ocurre y aquellas en que no lo hace. Por su parte, en (1974), Mackie analiza los problemas de la teoría regularista en Hume y Mill, y ofrece su propia caracterización de la causalidad como regularidad en los objetos. Señala que la “causa total” de un efecto ha de entenderse como una disyunción de conjunciones, cada una de ellas suficiente pero no necesaria, compuestas de factores insuficientes pero necesarios (INUS por sus siglas en inglés). Por ejemplo, un cortocircuito eléctrico es una condición INUS de un incendio determinado en una casa. Se trata de un factor necesario pero no suficiente de un conjunto de condiciones (entre los que estará la presencia de oxígeno, de materiales no ignífugos, etc.) suficiente para que el incendio tenga lugar, aunque no necesario (pues éste podría deberse a otro conjunto de factores que incluyesen, por ejemplo, una vela mal apagada).

1.2. La teoría probabilística

La otra aproximación empirista más importante es históricamente más reciente, y deriva de las discusiones en el seno del círculo de Viena sobre la naturaleza de los llamados términos teóricos de la ciencia, en oposición a los empíricos. La cuestión clave desde esta perspectiva consiste en averiguar si algún análisis del concepto de causalidad permite reducirlo a algún conjunto complejo de nociones bien definidas con anterioridad, ya sean de tipo formal, empírico, o una combinación lógica de ambos tipos. De lo contrario, la noción de causalidad devendría vacua, resultando eliminable. Este eliminativismo fue defendido por algún predecesor del círculo de Viena, como Bertrand Russell (1912] 1913), pero rechazado por la mayor parte de los neopositivistas, que consideraron la causalidad como el concepto científico por antonomasia. El mayor defensor de esta reducción es Hans Reichenbach, quien en (1956), propone la que quizás sea la primera teoría comprehensiva probabilística de la causalidad, siendo todas las ulteriores versiones de ésta.

La idea fundamental de cualquier teoría probabilística de la causalidad es que una causa eleva la probabilidad de sus efectos (Hitchcock, 2016). La introducción de la probabilidad requiere, desde un punto de vista formal, entender los “relata” de la relación causal no como eventos si no más propiamente como variables aleatorias. Decimos entonces, de manera genérica, que, según la teoría probabilística, la variable c es la causa de la variable e si y sólo si incrementa su probabilidad [incprob]: Prob (e / c) > Prob (e / ¬ c). Sin embargo, esta condición [incprob], en apariencia tan sencilla, tiene sus dificultades. En primer lugar, cualquier correlación entre dos variables c y e, como la expresada en [incprob], puede ser espuria, en el sentido de que responde a causas subyacentes de ambas variables (es decir: tanto e como c pueden ser efectos de una causa ulterior d que eleva la probabilidad de ambas y explica su correlación). El famoso slogan “correlación no es causación” demuestra que [incprob] es, como mucho, una condición necesaria, pero nunca suficiente para la causalidad, y por lo tanto no puede servir para reducir la relación causal a mera probabilidad. Esto aboca a Reichenbach a enunciar un principio de inferencia causal más elaborado, que se conoce como el “principio de la causa común” [pcc].

Este principio se puede expresar formalmente de la siguiente manera [pcc]: “Si c y e son dos variables correlacionadas (p.e. por cumplir la condición [incprob]), entonces: o bien c causa e, o viceversa, o ambas son efectos de alguna causa común d tal que: Prob (e / c & d) = Prob (e / d)”. La definición ya indica que si d es la causa común de e y c, entonces su presencia debe anular o suprimir la correlación entre e y c, en cuyo caso decimos que la correlación entre e y c es espuria. Aunque este principio parece, en primera instancia, superar las dificultades de la teoría regularista, su validez, incluso como mera condición necesaria pero no suficiente sobre las causas comunes, continúa siendo objeto de un importante debate (Williamson, 2017). En cualquier caso, el [pcc] es, como mucho, una condición necesaria de la causalidad, y no puede utilizarse para reducir analíticamente la relación causal.

1.3. La teoría contrafáctica

En un pasaje de (1748), David Hume identifica su teoría regularista de la causalidad con una definición en términos de dependencia contrafáctica: «podemos definir una causa como un objeto seguido de otro, donde todos los objetos similares al primero son seguidos de objetos similares al segundo. O, en otras palabra, si el primer objeto no se hubiera dado, el segundo nunca habría existido». Esta idea queda inexplorada por los regularistas, y es el filósofo norteamericano David Lewis quien la recoge y desarrolla en 1974, afirmando tomar esta segunda definición de Hume como su definición «no de la causalidad misma, sino de dependencia causal entre eventos». Define ésta en términos de dependencia contrafáctica entre las proposiciones que los describen, mediante el uso de condicionales contrafácticos (del tipo “si A no se hubiera dado, B no habría ocurrido”) y de la semántica de los mundos posibles.

Un mundo posible es un conjunto de eventos (o de proposiciones verdaderas que los describen) que difiere en algún aspecto del mundo real. Los mundos posibles se ordenan según su cercanía al mundo real tomando la cantidad de eventos o proposiciones compartidos con éste como criterio, permitiendo establecer los valores de verdad de los condicionales contrafácticos (es decir, condicionales cuyos antecedentes resultan falsos en el mundo real) de la siguiente forma: un contrafáctico es verdadero si y sólo si en los mundo más cercanos al mundo real en los que el antecedente es verdadero (es decir, aquellos mundo que difieren del mundo real solamente en el valor de verdad del antecedente), es también verdadero el consecuente.

En el caso de las relaciones causales, esto significa que, para dos eventos c y e en el mundo real, podemos decir que e depende causalmente de c, si y sólo si: ocurre que c; ocurre más tarde que e; y además es verdadero, en el sentido establecido anteriormente, el condicional contrafáctico “si no hubiese ocurrido c no habría ocurrido e”. Para superar algunas de las dificultades del análisis regularista, Lewis matiza que, si bien la causalidad es una relación transitiva, la dependencia causal no lo es. Esto es debido a que la causalidad entre dos eventos puede ser mediada por distintos estadios de los que, por separado, el efecto no depende causalmente. Por ello, e puede depender causalmente de c, y, a su vez, c puede depender causalmente de d, sin por ello e depender causalmente de d. El incendio en una casa depende causalmente del cortocircuito, del que también depende causalmente el desplome de potencia en el vecindario; sin embargo el incendio no depende causalmente del desplome de potencia.

Para superar la ambigüedad de la noción de similaridad manejada, Lewis propone que los mundos más similares al real son aquellos que son idénticos en su historia, pero difieren en aspectos inmediatamente anteriores a la ocurrencia del efecto a considerar. Además, Lewis reformula su teoría en (2000), introduciendo la noción de influencia y añadiendo que el condicional contrafáctico no sólo ha de reflejar dependencias basadas en la ocurrencia o no de un evento; sino también en cuándo y cómo ocurre.

1.4. La teoría de procesos

Una cuarta familia de teorías sobre la causalidad tiene su origen en la obra de Wesley C. Salmon, quien propuso tomar los procesos, en oposición a los eventos, como base ontológica del análisis causal. Mientras que los eventos se consideran espaciotemporalmente localizados, los procesos son entidades espacial y temporalmente dilatadas que presentan algún tipo de persistencia estructural. Salmon (1984) distingue los procesos propiamente causales, que transmiten su propia estructura, de aquellos que no lo serían (los pseudo-procesos) mediante un criterio contrafáctico de “transmisión de marca”. Éste consistiría en la capacidad de transmitir de un punto a otro del proceso un cambio inducido por una hipotética intervención en éste. Un ejemplo de pseudo-proceso es el de la proyección de una sombra en movimiento. Una intervención en el movimiento de la sombra – por ejemplo mediante la colocación de un obstáculo en la superficie en que se proyecta – puede modificar su trayectoria puntualmente, pero la modificación no será transmitida por el movimiento, incumpliéndose el criterio de transmisión de marca.

Phil Dowe tomó la teoría de Salmon como punto de partida para elaborar su propia teoría de procesos: la teoría de la “cantidad conservada”. Apoyándose en las ciencias físicas, Dowe propone entender los procesos causales como aquellos en los que una entidad posee una cantidad gobernada por una ley de conservación (por ejemplo la masa-energía, el momento lineal o la carga). Salmon adopta en gran parte la aproximación de Dowe, y desarrolla a partir de ella su nueva “teoría de la cantidad invariante”. En ella, señala que el requisito más relevante para la causalidad no es la conservación de un valor en el tiempo, sino su constancia con respecto a cambios de marco de referencia espaciotemporal.

Existe un número creciente de posturas sobre la causalidad enmarcadas también dentro de una ontología de procesos, pero que difieren de las teorías de Salmon y Dowe, como pueden ser las teorías de transmisión de propiedades o las de mecanismos.

2. Metodología de la Inferencia Causal

En la primera sección apuntamos razones para una concepción deflacionista de la causalidad. En esta segunda sección indicamos cómo el intervencionismo causal de Woodward (2003) se puede utilizar para dar cuenta de la metodología de inferencia causal en cualquier dominio, independientemente de la teoría sobre la causalidad aplicable a tal dominio.

2.1. Concepción deflacionaria de la causalidad

Ninguna de las cuatro teorías que hemos estudiado en la sección anterior tiene éxito como análisis reduccionista de la causalidad. Lo que se presentan como condiciones necesarias y suficientes para un análisis de la causalidad resultan ser condiciones típicas en distintos casos de causalidad efectiva, o para diversas variedades de relaciones causales existentes. Así, la teoría regularista no puede dar cuenta adecuadamente de correlaciones no causales, ni de relaciones causales indeterministas. Por su parte, la teoría probabilística no puede dar cuenta de eventos o variables que aún estando causalmente relacionados con otros eventos, no son capaces de aumentar su probabilidad. Como en los célebres ejemplos de Salmon (1984) y Suppes (1970), en los que p.e. el golpeo de una bola de golf en la dirección opuesta al hoyo reduce la probabilidad de que entre en ese hoyo; sin embargo, la bola accidentalmente golpea en un árbol y, de rebote, entra, sin duda en parte causado por el golpeo inicial. O en los ya más serios ejemplos de Hesslow, y otros casos de paradoja de Simpson. Tampoco puede dar cuenta adecuadamente de la diferencia entre causas comunes y efectos comunes, si no es presuponiendo una flecha temporal de la causalidad.

Por otro lado, la teoría contrafáctica sufre de contraejemplos relativos a casos de sobredeterminación causal (pre-emption). Por ejemplo, supongamos que un incendio es causado parcialmente por un cortocircuito; pero que al mismo tiempo un pirómano acababa de rociarlo con gasolina y estaba a punto de prenderle fuego. El análisis contrafáctico nos dice que el incendio ya no depende causalmente del cortocircuito, puesto que ya no es cierto que de no haberse producido tal cortocircuito, no habría habido incendio. Aunque algunos autores aceptan que las relaciones causales implican contrafácticos, muy pocos hoy en día piensan que los últimos permitan analizar las primeras. El hecho de que el cortocircuito sea la causa (y no haya ninguna otra causa preventiva o sobredeterminada) es lo que hace que el contrafáctico sea verdadero, y no viceversa.

Por último, la teoría de procesos, al requerir una formulación de las relaciones causales como procesos espaciotemporales que preservan ciertas cantidades físicas, no da cuenta de la causalidad en ciencias especiales (naturales emergentes, como la biología o la química, y en ciencias sociales como la psicología, o la economía), que en principio no tiene por qué ser reducida a la causalidad de la física. Además, presenta dificultades para analizar casos de “desconexión”, como la causación por ausencia (p.e. la planta murió porque nadie la regó) o la prevención.

La respuesta que proponemos es deflacionaria. Consiste en abandonar el intento de definir la causalidad y, en su lugar, pasar a concebir cada una de estas teorías de la causalidad como una aproximación metodológica a la inferencia causal en un campo concreto. Sin embargo, en cada campo las condiciones de contorno o contextuales son esenciales para que la inferencia tenga éxito. Cada una de las aproximaciones metodológicas necesitarán de condiciones muy diversas para la validez de sus inferencias causales. En la próxima sección abordamos una posible unificación de estas metodologías.

2.2. Manipulabilidad e Intervención Causal

La cuestión más relevante entonces deviene la siguiente: ¿es posible establecer algún vínculo en común entre todas estas metodologías de inferencia causal tan diversas, en contextos tan distintos, y dotadas de presupuestos metafísicos u ontológicos tan diferentes? En esta sección, presentamos la metodología manipulabilista defendida por Woodward (2003) como un candidato.

Según esta metodología, compatible con las diversas teorías metafísicas descritas en la primera parte, el tipo de evidencia que puede resultar apropiada para cualquier enunciado causal es contextual – tanto en relación con factores subjetivos como objetivos (Suárez, 2014). La idea central del manipulabilismo es que una variable c es una causa de otra variable e si (pero no sólo si) es posible intervenir en c, variando su valor dentro de un cierto rango, y observar el cambio correspondiente en el valor de e, de acuerdo con alguna generalización robusta o invariante que conecte los valores de c y e, donde la relación es “invariante” si y sólo si no depende de la intervención o de los valores de {c,e} dentro de un cierto rango. En otras palabras, c es la causa de e si es cierto que una intervención que altera c genera, de acuerdo con alguna generalización o ley, una alteración de e.

En la concepción de Woodward, una intervención sobre la causa putativa c con respecto a su efecto e es una variable I que actúa directamente sobre c, alterando su valor, y que cumple las siguientes condiciones:

  1. I es una causa directa de c.
  2. I y c no comparten ninguna causa común.
  3. I no causa e por ningún camino indirecto, que no pase por c.
  4. I y e no están estadísticamente correlacionados.

La formulación en términos de condiciones suficientes, pero no necesarias, permite utilizar la metodología manipulabilista como un test de la existencia de una relación causal entre c y e sin, por ello, definir la relación causal misma. Su aplicación a los casos que hemos estudiado requiere conceptualizar causas y efectos como variable multivariadas (con el caso bivariado como caso límite). Esto resulta automático en el caso de la teoría probabilista, y requiere modificaciones mínimas para los casos de las teorías regularista, contrafáctica y de procesos. La metodología manipulabilista, por tanto, es en principio capaz de descubrir relaciones causales mediante la aplicación de la invariancia de la relación causa-efecto bajo intervenciones, independientemente de la teoría que se utilice para definir el concepto de causa.

Esta metodología ha sido criticada desde algunas ramas de las ciencias, por la dificultad de su aplicación en sistemas complejos. Como apuntaremos en la sección 3.2, algunos autores defienden que esta aplicación ha de venir acompañada de la identificación de mecanismos subyacentes (Russo y Williamson, 2007).

3. Aplicaciones a las Ciencias Físicas y Biológicas

Existen numerosas aplicaciones de estas ideas en las diversas ciencias. En esta sección, por cuestión de espacio, nos ceñimos sólo a aquellas que atañen a dos ciencias naturales, la física y la biología. El lector interesado puede encontrar buenas discusiones de la aplicación de ideas similares en la serie de volúmenes y números especiales que se han ido editando en torno a la serie de congresos anuales “Causality in the Sciences”, como son Illari, Russo and Williamson (2011), Russo and Williamson (2007).

3.1. Causalidad en ciencias físicas

Dentro de la física clásica o newtoniana, es longeva la tesis según la cual el concepto dinámico principal, el concepto de fuerza (que viene definido por la famosa segunda ley de Newton como , como una magnitud vectorial proporcional a la masa y la aceleración de cualquier cuerpo), tiene una naturaleza causal. Esto se expresa a menudo en conjunción con la primera ley de Newton que enuncia la inercia de cualquier cuerpo no sometido a fuerza alguna. Así, una fuerza es siempre la causa del movimiento no inercial de cualquier cuerpo y, aunque la existencia de fuerzas newtonianas ha sido objeto de debate, su naturaleza causal no ha sido puesta en duda (Wilson, 2007).

Dentro de los marcos conceptuales dominantes en la física de los s. XX y XXI, la mecánica cuántica y física relativista, el status de la causalidad sí ha sido a menudo cuestionado. En física relativista, por ejemplo, se ha cuestionado a menudo que pueda darse causalidad entre un evento y cualquier otro evento fuera del cono de luz del primero. Se dice de tales eventos que están relacionados espacialmente (“spacelike related”) y el segundo principio de la relatividad (la constancia o invariancia de la velocidad de la luz en todo marco de referencia) se supone que impide su relación causal. Sin embargo, tal conclusión ha sido fuertemente criticada por diversos expertos en fundamentos filosóficos de la física (Maudlin, 1994). Éstos proponen diversas metodologías deflacionarias de la causalidad, incluyendo versiones de la metodología manipulabilista presentada en la sección anterior, que sí permiten establecer relaciones causales fuera del cono de luz.

En el contexto de la mecánica cuántica, el grado de escepticismo con respecto a la causalidad ha sido históricamente, si cabe, aún mayor. Uno de los principales arquitectos de la teoría cuántica en el espacio de Hilbert, el matemático John Von Neumann (1932) incluso se refirió al postulado del colapso dinámico de la función de onda como a-causalista. En la medida en que existen dos evoluciones dinámicas del estado cuántico, una es determinista (viene dada por la ecuación de Schrödinger), mientras que la otra es probabilística (y viene dada por las probabilidades de transición que determina la llamada regla de Born). Von Neumann, junto con muchos otros pensadores influidos por el contexto cultural de la república de Weimar (Foster, 1971), estableció que tal evolución probabilística no podía ser causal y configuraba una crisis profunda en el marco de la física clásica. Sin embargo, el desarrollo posterior de las teorías probabilísticas de la causalidad han puesto fin al debate, abriendo el espacio conceptual necesario para un tipo de causalidad probabilística (Reichenbach, 1954; Suppes, 1970). El debate continúa hoy en día al respecto de si los fenómenos cuánticos son o no describibles en términos causales, entendidos según la metodología manipulabilista, con una mayoría creciente de filósofos defendiendo la aplicación de tales conceptos tanto al proceso de medición cuántica, como a las correlaciones EPR (Suárez y San Pedro, 2011; Suárez, 2012).

3.2. Causalidad en las ciencias biológicas

La gran diversidad de los fenómenos biológicos dificulta el establecimiento de una metodología de inferencia causal única para todas las ramas de la biología. Aquí nos centraremos en la teoría de la evolución, considerada la gran unificadora de dichos fenómenos. El principio de selección natural establece que los individuos mejor adaptados a su medio tienen una mayor capacidad de sobrevivir y reproducirse, y por tanto tenderán a hacerlo con mayor frecuencia, transmitiendo así sus características a la población. Para que este principio no lleve a una explicación circular, es necesario diferenciar entre la capacidad de los individuos a sobrevivir y reproducirse (su aptitud) del resultado concreto derivado de su interacción con el entorno. Ahora bien, establecer relaciones causales que permitan distinguir la evolución por selección natural de cambios evolutivos debidos a otros factores (como la deriva genética) es virtualmente imposible dentro de un marco manipulabilista, debido a que los procesos evolutivos no son repetibles. Aun así, los principios de inferencia causal estadística son utilizados en los estudios poblacionales, como evidencia la discusión del principio de parsimonia dentro de la taxonomía evolutiva como un Principio de Causa Común (véase Sober, 1984).

Sin embargo, muchos autores defienden que, para dar cuenta de la complejidad de las relaciones causales en biología, ha de atenderse a la noción de mecanismo, derivada de las teorías causales de procesos. Ésta noción pretende capturar la idea de que los fenómenos biológicos son producidos por un conjunto de entidades y actividades que interaccionan de forma organizada y no reducible a sus componentes (Craver y Tabery, 2017). El llamado debate entre estatidisticalistas y causalistas ilustra la discusión sobre si los principios mecanístico-causales pueden aplicarse al proceso de evolución, o si por el contrario éste es sólo un agregado estadístico de procesos a nivel individual. Parte de este debate se centra en si es posible establecer una analogía entre los factores evolutivos y las fuerzas newtonianas (para un panorama de esta cuestión, véase Brandon, 2014).

La teoría evolutiva también juega un papel importante en el establecimiento de causas para la existencia de rasgos o procesos concretos en términos de su funcionalidad para un organismo. Las explicaciones evolutivas se centrarían en las llamadas “causas últimas” de un fenómeno; es decir, aquéllas que han posibilitado la aparición y retención de un rasgo dentro de una población en virtud de su conveniencia. En oposición a éstas, las llamadas “causas próximas” son aquéllas que producirían el fenómeno en cuestión a nivel individual, como pueden ser las implicadas en la ontogenia y los procesos metabólicos (sobre esta distinción, véase Mayr, 1961). La naturaleza repetible de estos procesos sí permitiría en principio aplicar los principios manipulabilistas al establecimiento de causas próximas.

Mauricio Suárez & Cristina Villegas,
(Universidad Complutense de Madrid)

Referencias

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Cómo citar esta entrada

Suárez, Mauricio y Villegas, Cristina (2018) “Causalidad en la ciencia”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/causalidad-en-la-ciencia/).

 

Teorías de la consciencia

Algunos de nuestros estados son fenoménicamente conscientes. La consciencia fenoménica (simplemente ‘consciencia’ en lo que sigue, véase la entrada «Consciencia» para desambiguación) es la propiedad que tienen algunos estados mentales si y sólo si hay algo que es para un sujeto, S, (“there’s something that it is like for S”, Nagel, [1974] 2002) estar en tales estados , si se siente de alguna manera estar en ellos. Así, parece que hay algo que es para S saborear una paella, oler el perfume de un amante o recordar la última ocasión en que lo olió, sentir dolor de muelas o tener un orgasmo, y de forma algo más controvertida reflexionar sobre su teoría de la consciencia favorita o pensar que dos y dos son cuatro. En cada uno de estos casos S está en un cierto estado con ciertas propiedades que llamaremos propiedades fenoménicas y es en virtud de ellas que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. A lo que es para un sujeto estar en un estado consciente lo llamamos carácter fenoménico. Las teorías de la consciencia entienden, típicamente, que tener una experiencia con determinado carácter fenoménico simplemente es una y la misma cosa que estar en un estado mental de cierto tipo que está individuado por ciertas propiedades fenoménicas, e investigan la naturaleza de tales propiedades.

Este artículo pretende repasar las ventajas y problemas que presentan las principales teorías filosóficas sobre la consciencia. Para ello, resulta útil comenzar con una breve taxonomización de las mismas. A la hora de categorizar las teorías de la consciencia una forma útil de hacerlo, en primera instancia, es distinguiendo entre teorías materialistas y teorías dualistas de la consciencia. La diferencia entre ellas radica en sus compromisos ontológicos. De forma intuitiva podemos caracterizar esta diferencia mediante la idea de que, según el materialista, de algún modo, todo es físico: basta fijar los objetos físicos, sus propiedades y relaciones para que todas las demás entidades queden determinadas—esto es, que todas las propiedades de este mundo sobrevienen metafísicamente sobre las propiedades físicas (Lewis, 1986). De analizar la posición del dualista, que niega esta idea, nos ocuparemos en la primera sección de esta entrada. Una postura intermedia entre el materialismo y el dualismo es el panpsiquismo (§2), que parece salvaguardar la letra del materialismo pero con la pluma del dualismo. Centrados en las teorías materialistas, cabe destacar el funcionalismo (§3.1) y el representacionismo (§3.2). El primero defiende que las propiedades fenoménicas dependen del rol causal que juegan ciertos estados mentales, por ejemplo dentro de nuestra arquitectura cognitiva. Las teorías representacionistas, por su lado, mantienen que las propiedades fenoménicas dependen de propiedades representacionales, y divergen entre ellas en sus compromisos acerca de tales propiedades representacionales, principalmente el contenido.

1. Dualismo

El dualismo es la tesis que niega que la consciencia dependa metafísicamente de propiedades físicas. La principal motivación en favor del dualismo deriva de los argumentos antimaterialistas. Estos argumentos toman su fuerza de la ausencia de conexión conceptual entre verdades físicas y verdades fenoménicas—esto es, la idea de que no basta el conocimiento de las primeras para poder inferir las segundas. Por ejemplo, parece que una explicación de, digamos, el tipo de experiencia que tenemos al tener un orgasmo, en términos de la actividad neuronal involucrada o de la estructura atómica subyacente, no agota el fenómeno a caracterizar y no permite entender el tipo de experiencia que uno tiene en esta situación. La razón es que parece dejar fuera aquello que queremos explicar en primer lugar; a saber, cómo se siente tener un orgasmo. Esta ausencia de conexión a priori se ejemplifica en la presunta concebibilidad de duplicados físicos nuestros que carecen de experiencias conscientes, los zombies (Chalmers, 1996; Chalmers, 2009); el conocimiento que adquiere Mary, una neurocientífica que sabe todo lo que la ciencia nos puede decir acerca de la visión en color a pesar de no haber experimentado ella misma los colores, tras ser liberada (Gertler 2005; Jackson 1982; Perez 2011); o la brecha explicativa (Levine, 1983; Brogaard, 2015) (véase la entrada «El problema mente-cuerpo«). El antimaterialista infiere de esa brecha epistémica una brecha ontológica: la mejor explicación de la ausencia de explicación a priori de las propiedades fenoménicas en términos físicos es que estas no son físicas. Según el dualista las propiedades fenoménicas son ontológicamente fundamentales o al menos no están fundamentadas en otras propiedades físicas.

El principal problema que enfrenta el dualista es dar cuenta de la interacción entre las propiedades físicas y las fenoménicas—aunque el problema de la causación mental no es un problema exclusivo de la teorías dualistas (Bennett, 2007). ¿Cómo puede ser, si su naturaleza es tan diferente, que pueda existir una relación causal entre ellas? ¿Cómo es posible que, digamos, cierto daño en los tejidos cause sensación de dolor, o que esta última me lleve a visitar a un médico? La respuesta a estas cuestiones permite distinguir posiciones epifenoménicas e interaccionistas. De acuerdo con las primeras (Jackson, 1982), las propiedades fenoménicas no juegan un papel causal en nuestro comportamiento pues son causalmente inertes. El problema con esta posición es que supone rechazar la fuerte intuición de que esto no es así: parece que mi sensación de sed es parte de la cadena causal que me lleva a beber agua, que el recuerdo del aroma de cierto vino y de su agradable persistencia en boca, son lo que me lleva a creer que es una buena opción y a recomendárselo a un amigo, o que es el dolor de garganta lo que me lleva a visitar al médico. El interaccionista niega el epifenomenismo y sostiene que las propiedades fenoménicas son causalmente relevantes y que hay interacción entre estas y las propiedades físicas. Ahora bien, si la interacción requiere algún aspecto en común no parece que ambos tipos de propiedades compartan nada. Más aún, el dualismo interaccionista parece entrar en conflicto con algunos principios básicos de la física que parecen asumir que nuestro mundo está «cerrado bajo la física»; es decir, la idea de que todo evento material, en caso de tener una causa, tiene una causa que es a su vez física (cf. Collins, 2011; Larmer, 1986). Si esto es el caso, no hay lugar para la deseada interacción pues las propiedades fenoménicas, según el dualista no son, ni dependen metafísicamente de, propiedades físicas.

2. Panpsiquismo

Una posición intermedia entre el dualismo y el materialismo es el panpsiquismo. Según el panpsiquismo, las entidades más fundamentales del mundo gozan de fenomenología (o al menos de propiedades que podríamos llamar »protofenoménicas», propiedades que cuando se combinan adecuadamente dan lugar al tipo de experiencia que nosotros tenemos). Hay algo que es ser un electrón, un leptón o cualquier entidad que en último término la física determine que da lugar a las entidades macroscópicas—como mesas, sillas, humanos, etc—, las cuales, derivativamente, gozan de experiencias conscientes. Esta tesis resulta altamente contraintuitiva, pero uno puede estar dispuesto a renunciar a ciertas intuiciones en pos de dar una caracterización de la consciencia. En especial, si, como pretende, el panpsiquismo puede ofrecer las ventajas del materialismo y del dualismo sin sus respectivos problemas. Según el panpsiquismo, la física nos habla de estructura y función dejando a un lado la naturaleza intrínseca de los componentes fundamentales. Por ejemplo, según la física, tener masa consistiría en algo así como resistir la aceleración, atraer otras masas, etc. Sin embargo, la física no nos dice nada acerca de lo que es tener masa intrínsecamente—si hay tal cosa (en realidad sólo cierta forma de panpsiquismo, el panspsiquismo Russelliano constitucionalista; para una taxonomía detallada de las posiciones panpsiquistas, véase Chalmers (2013).)  Si esta naturaleza intrínseca está ligada a la fenomenología, entonces podemos dar cuenta de la ausencia de conexión a priori entre verdades físicas y fenoménicas, ya que en nuestras explicaciones consideramos únicamente propiedades estructurales y funcionales y dejamos de lado la naturaleza intrínseca de las partículas fundamentales. Además, la naturaleza intrínseca de las partículas fundamentales es en última instancia responsable de la causalidad en el mundo físico y con ello evita el principal problema del dualismo. Por ejemplo, la propiedad fenoménica que juegue el rol que la física asigna a la masa será causalmente responsable, por ejemplo, de atraer otras entidades. Pero el panspiquismo enfrenta sus propios problemas. En primer lugar debe explicar cómo el tipo de experiencia que tienen las partículas fundamentales da lugar al tipo de experiencia que tenemos nosotros (Chalmers, 2016; Goff, 2017): un problema que parece perfectamente análogo al que enfrenta el materialismo. Además, la respuesta que ofrece al argumento materialista no parece compatible con el funcionalismo ni con ninguna forma mínima de realizabilidad múltiple (Sebastián, 2015). Esto parece dejar al panpsiquista en una posición que no le permite dar cuenta, por ejemplo, de la plasticidad neuronal en los procesos cognitivos que dependen de la consciencia; del hecho de que diferentes estructuras neuronales puedan satisfacer la misma función en tales procesos.

3. Materialismo

El materialismo mantiene que las propiedades fenoménicas dependen metafísicamente de propiedades físicas. Por ello, rechaza la solidez de los argumentos antimaterialistas, bien rechazando que haya una ausencia de conexión a priori entre verdades físicas y fenoménicas (Dennett, 1991; Dretske, 1995; Lewis, 1978; Ryle, 1949), bien rechazando que esa desconexión tenga consecuencias ontológicas (Balog, 1999; Block and Stalnaker, 1999; Diaz-Leon, 2010). En este último caso, una estrategia en auge en los últimos años es apelar a algún rasgo distintivo de los conceptos que empleamos para referirnos a las experiencias conscientes, conceptos fenoménicos, que explique de forma compatible con la verdad del materialismo nuestra situación epistémica con respecto a la consciencia (Balog, 2009), aunque esta estrategía resulta controvertida (Chalmers, 2007; Goff, 2017; Tye, 2009; Trogdon, 2016; cf. Carruthers and Veillet, 2007; Diaz-Leon, 2010; Diaz-Leon, 2016).

El objetivo de las teorías materialistas es dar cuenta de la consciencia en términos de algún rasgo no fenoménico que a su vez sea explicable en términos físicos. De esta manera, la teoría resulta compatible con la verdad del materialismo. Dentro de la discusión filosófica dos familias de teorías han capitaneado las explicaciones materialistas, en la esperanza de que sus herramientas admiten un tratamiento materialista: el funcionalismo y el representacionalismo.

3.1 Funcionalismo

Según el funcionalismo, las propiedades fenoménicas son propiedades funcionales. Es en virtud de que cierto estado satisface un determinado rol causal que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. Por ejemplo, uno podría pensar que tener un dolor es simplemente estar en un estado que le predispone a uno a quejarse, a querer que cese ese estado, evitar el origen del mismo, etc.; o tal vez de forma más general que los estados conscientes son aquellos que están disponibles de forma global para el control racional de la acción y la formación de creencias. Diversas propuestas funcionalistas han sido planteadas por ejemplo por Baars (1988); Dennett (1991); Lewis (1978) y probablemente las posturas enactivas (Hutto and Myin, 2013; Noe, 2004) pueden leerse también como variaciones complejas de la idea funcionalista. Nótese que en sí mismo el funcionalismo es neutral con respecto a la verdad del materialismo y con ello respeta en algún sentido la intuición de que la consciencia es en cierto sentido independiente de la materia. Lo que es relevante para ser un estado consciente es satisfacer un determinado rol causal y esto es compatible con que haya distintas posibles entidades que satisfagan ese rol, realizadores, independientemente de si son físicos o no. De hecho uno de los principales argumentos en favor de que el funcionalismo es el caso en este mundo—-el argumento de los qualia danzantes y desvanecientes (Chalmers, 1995)—lo ofrece uno de los principales detractores del materialismo. El materialismo será verdadero si no hay realizadores que no sean físicos en el mundo actual (Putnam, 1967/1980).

En el debate contemporáneo cabe destacar dos teorías que apelan a cierto rol funcional para distinguir los estados conscientes de los que no los son. Según la teoría del espacio de trabajo global (GWS por sus siglas en ingles Global WorkSpace—Baars, 1988; Dehaene, 2009) los estados conscientes son aquellos que forman coaliciones para estimular la actividad reverberadora en el centro del GWS, manteniendo así su excitación sensorial periférica hasta que una nueva coalición gane. De forma simplista, pero que nos permita verlo de forma más intuitiva, podemos decir que los estados conscientes son equipos formados por distintos procesos neuronales que ganan, en competición contra otros equipos, el pase a la GWS. La información en el centro del GWS es así puesta a disposición de una serie procesos como puede ser la posibilidad de decir el estado en que uno está, la formación de creencia o el control racional de la acción. Hay, no obstante, evidencia empírica que apunta a la disociación entre esta forma de acceso cognitivo y la consciencia (Block, 2011; Block, 2014; Sebastián, 2014; Tononi and Koch, 2015). Prinz (2012) ha defendido que la atención es suficiente y necesaria para la consciencia. Según Prinz, los estados conscientes son representaciones intermedias atendidas (una teoría híbrida entre representacionismo y funcionalismo). Sin embargo, la evidencia empírica tampoco da soporte a esta propuesta (véase por ejemplo, Kentridge, 2011; Koch and Tsuchiya, 2007) y parece sugerir que hay atención sin consciencia y consciencia sin que haya prácticamente atención (pues resulta prácticamente imposible garantizar la ausencia total de atención en los experimentos).

En un ámbito más general, las principales razones argüidas en contra del funcionalismo tienen que ver con la idea de que lo pertinente para una caracterización de los estados conscientes no es exclusivamente que satisfagan cierto rol causal: independientemente del que pudiéramos seleccionar, parece haber más en la fenomenología que la mera satisfacción del mismo (Levine, 1983). En esta línea algunos autores han señalado que intuitivamente es posible que haya estados que satisfagan el rol causal adecuado en la ausencia de experiencia, como ejemplificarían los de los zombis (Chalmers, 1996), o uno que conformarían millones de personas emulando la comunicación que existe entre mis neuronas cuando me duele la cabeza (Block, 1978). Igualmente problemática resulta la posibilidad de una inversión fenoménica—digamos que alguien tenga experiencia de verde al mirar a un tomate maduro y de rojo al mirar el césped—en ausencia de inversión funcional entre los correspondientes estados (Shoemaker, 1982).

3.2. Representacionismo

Los estados mentales son a menudo estados intencionales. Representan el mundo como siendo de cierta manera, y decimos que son correctos o adecuados cuando el mundo de hecho es de tal manera e incorrectos o inadecuados en caso contrario. Por ejemplo, la experiencia visual que tenemos al mirar por la ventana representa los objetos que nos rodean, sus colores, formas, etc., (para una discusión sobre el tipo de propiedades que entran en el contenido de la percepción a este nivel véase Block, 2014; Bona, 2016; Siegel, 2010). Este es un estado intencional y parece apropiado evaluarlo como correcto o incorrecto dependiendo de si es el fruto de la interacción con el medio o del consumo de ciertas sustancias tóxicas. Esto sugiere una conexión íntima entre intencionalidad y consciencia que ha llevado a filósofos al menos desde Decartes o Locke a tratarlos como un único tema y aunque en la segunda mitad del siglo pasado ha habido una tendencia a tratarlos de forma independiente (Chalmers, 2004), pocos han rechazado la conexión. El representacionismo explota esta idea y mantiene que las propiedades fenoménicas son propiedades representacionales de un tipo u otro. La consistencia del representacionismo tanto con el materialismo como con el funcionalismo dependerá de una teoría de la representación mental que explicite qué se requiere de un sistema para que tenga un estado representacional del tipo adecuado (e.g. Dretske,1988; Martínez, 2013; Millikan, 1984; Millikan, 1989).

Las teorías representacionistas se catalogan típicamente según el nivel de las representaciones involucradas—aunque, como veremos, no parece que resida aquí la diferencia fundamental, sino en el compromiso con lo que dicta la experiencia, con lo que parece ser el caso cuando tenemos una experiencia consciente.

3.2.1. Representacionismo de primer orden

Consideremos la experiencia visual que tenemos al mirar un tomate maduro, según el representacionismo de primer orden (Dretske, 1995; Harman, 1990; Tye, 1997; Tye, 2002) esta experiencia representa exclusivamente al tomate y sus propiedades. Además mantiene que tales propiedades representacionales agotan la fenomenología: no hay nada en el carácter fenoménico de la experiencia que vaya más allá de las propiedades representadas. Uno de los argumentos más frecuentemente esgrimidos en favor del representacionismo de primer orden es el de la transparencia (Kind, 2010). Consideremos nuevamente la experiencia visual que tenemos al mirar al tomate, y movamos la atención del tomate a la experiencia visual del mismo, el único rasgo que encontramos al hacer introspección son los rasgos mismos del tomate. Al examinar la experiencia que tenemos del mundo vemos simplemente el mundo a través de ella, como si la experiencia fuera transparente, y no encontráramos nada más que, como afirma el representacionista, lo que la experiencia representa (Harman, 1990).

Las críticas al representacionismo pretenden mostrar que, aún cuando la tesis de la transparencia resulte plausible en el caso de algunos tipos de experiencia como las experiencias visuales (cf. Macpherson, 2006), no lo es en todas, y parece que hay estados conscientes cuyo contenido no parece agotar la fenomenología, como es el caso de dolores y orgasmos (Block, 1996 cf. Martínez, 2011). Además, otras críticas son análogas a las críticas en contra del funcionalismo, como la posibilidad de que haya una diferencia en la fenomenología sin una diferencia en la representación (Peacocke, 1984; Block, 1990; Block, 2007). Aunque la fuerza de estas críticas depende de cuál sea el contenido de la experiencia, no está claro que una posición que sea inmune a ellas (Shoemaker, 2001; Egan, 2006) sea totalmente consistente con el espíritu del representacionismo de primer orden. Finalmente, uno de los mayores problemas que enfrenta el representacionismo de primer orden es la posibilidad de que haya estados inconscientes con el mismo contenido representacional (véase la discusión sobre la existencia de estados perceptivos inconscientes: Block, 2016; Peters et al., 2016; Phillips, 2016). En este caso, las propiedades representacionales—el contenido representacional o la manera en que se representa—no bastarían para dar cuenta de la diferencia entre estados conscientes e inconscientes (véase el problema de la suficiencia  en la entrada «Consciencia«). Ello obligaría al representacionista de primer orden a apelar a otro tipo de propiedades no representacionales, funcionales por ejemplo (Tye, 1997; Prinz, 2012), para dar cuenta del carácter fenoménico de la experiencia (Chalmers, 2004; Kriegel, 2002).

3.2.2. Representacionismo de orden superior

El representacionismo de orden superior toma su fuerza de la idea intuitiva que Rosenthal llama ‘principio de transitividad’ según la cual al estar en un estado consciente me percato (awareness en inglés) de estar en ese estado, pues la idea de un estado consciente del que no nos percatamos de estar en ningún sentido no parece coherente. Así, lo que hace que un estado mental sea consciente, es que uno se percate de estar en él del modo adecuado. Si percatarse de X requiere una representación de X, entonces que un estado, M, sea consciente depende de que tengamos una representación de M, y por tanto, lo que hace que un estado sea consciente es la presencia de una representación de orden superior del mismo. El tipo de representación involucrada permite catalogar las teorías de orden superior dependiendo de si la representación requerida es cuasi perceptiva (Amstrong, 1968; Carruthers, 2000; Gulick, 2004; Lycan, 1996) o tiene forma de pensamiento (Rosenthal, 1997; Rosenthal, 2005; Gennaro, 2012). Block (2011) distingue teorías de orden superior “ambiciosas”, que aspiran a explicar la consciencia fenoménica y “moderadas” que dan cuenta de otra propiedad, que seguramente también merezca el nombre de ‘conciencia’, pero que no es la fenoménica (véase la entrada «Consciencia«).

Hay dos problemas que enfrenta el representacionismo de orden superior. En primer lugar, no está claro que pueda hacer justicia al propio principio que lo fundamenta. La razón es que la representación de orden superior es típicamente inconsciente—de otra forma requeriría a su vez otro estado de orden superior en virtud del cual lo fuera y así ad infinitum—y, por lo tanto, la presencia del propio estado no puede, según la teoría, ser algo fenoménicamente dado. Como consecuencia, el tipo de evidencia en favor de este principio tendría que ser o bien derivada del análisis conceptual a priori, o de la evidencia experimental empírica o fenomenológica indirecta, pero no parece haber rastro de ninguna de ellas (Kriegel, 2009). El segundo problema deriva de la posibilidad de que haya un error en la representación y que el estado de orden superior represente que estoy en un estado en el cual no estoy (Block, 2011; Neander, 1998). En este caso, según la teoría, el sujeto tendría la impresión subjetiva de estar en un estado consciente, el sujeto sentiría algo, habría algo que es para el sujeto en ese caso y tendría una experiencia consciente, pero de hecho no estaría en un estado consciente, lo que parece incoherente. En respuesta, Rosenthal (2011) y Weisberg (2011) han notado que el estado consciente puede simplemente ser un mero objeto intencional del pensamiento de orden superior sin necesidad de que el sujeto tenga que, de hecho, estar en ese estado, de igual forma que mi deseo de que vengan los Reyes Magos tiene a éstos por objeto intencional aún cuando estos no existan. El problema aquí parece meramente terminológico. Si tener una experiencia consciente es simplemente cuestión de estar en cierto estado al que llamamos ‘estado consciente’, entonces el estado requerido, y por tanto el estado consciente, sería el de orden superior. Como consecuencia el principio de transitividad no puede ser cierto en la forma en la que se ha presentado—aunque sí algo suficientemente cercano (Brown, 2015)—y la diferencia entre las teorías de primer orden y de orden superior quedaría reducida meramente a una discusión acerca del contenido intencional del estado que se requiere para tener la experiencia: una discusión sobre si el contenido de la experiencia va más allá del objeto primario de la experiencia—el tomate en nuestro ejemplo—y sus propiedades.

3.2.3. Autorrepresentacionismo

El autorrepresentacionismo (self-representationalism) mantiene que al tener una experiencia el sujeto está en un estado que representa a sí mismo. Esta aseveración es ambigua (Kriegel, 2003; Sebastián, 2012) entre mantener que tener una experiencia requiere estar en un estado que se represente a sí mismo—autorrepresentacionismo de estado (Kriegel, 2009)—o en uno que represente al sujeto mismo (representación de se: Castañeda, 1966; Lewis, 1979)—autorrepresentacionismo de sujeto (Egan, 2006; Kriegel, 2003; Sebastián, 2012). El autorrepresentacionismo pretende hacer justicia al principio de transitividad o a un principio suficientemente cercano, sin caer en los problemas del representacionismo de orden superior. Una de las principales motivaciones en favor del autorrepresentacionismo es la idea de que al tener una experiencia hay algo que es para el sujeto estar en ese estado y que eso es algo fenoménicamente dado. Así, el autorrepresentacionista defiende que la experiencia no dicta meramente algo acerca de su objeto primario—por ejemplo de la manzana y sus propiedades en la experiencia visual que tenemos típicamente al mirar a una manzana—, sino también que, de una forma u otra, el propio sujeto está en cierto estado que lo relaciona con tal objeto.

Si efectivamente la experiencia, de forma constitutiva, dicta algo del propio sujeto—a saber, que está en cierto estado—entonces no parece que el autorrepresentacionismo de estado baste para acomodar este hecho (Prinz, 2012; Sebastián, 2012). Otro problema para el autorrepresentacionismo de estado es explicar, en términos compatibles con la verdad del materialismo, cómo un estado puede representarse a sí mismo. Parece que cualquier teoría naturalista de la representación mental requiere una distinción entre lo que es representado y lo que hace la representación, además de algún tipo de relación causal o informacional entre ambas. Sin embargo, un estado no es causado por sí mismo ni lleva, en ningún sentido no trivial, información acerca de sí mismo (pero véase Kriegel, 2009). Por su lado, el autorrepresentacionismo de sujeto, requiere una teoría de la representación de se que no dependa de la experiencia consciente (Recanati, 2007; Recanati, 2012 ; Sebastián, 2012). Además, la idea de que la experiencia dicte algo sobre uno mismo a menudo dispara ciertas alarmas en aquellos con una orientación naturalista, pues parece comprometernos con algún tipo de entidad, el “yo”, que algunos filósofos desde Descartes han desterrado del mundo físico.

Otros problemas son compartidos por ambas formas de autorrepresentacionismo. En contra del autorrepresentacionismo a menudo se esgrimen casos patológicos que sugieren que, o bien la representación del propio estado—por ejemplo en casos de inserción de pensamientos— o bien la representación del sujeto—por ejemplo en casos de despersonalización o síndrome de Cotard— se diluyen sin que lo haga la experiencia (Billon, 2013; Billon, 2016; López-Silva, 2014). La interpretación de estos casos es controvertida, pero en caso de ser correcta mostraría que el tipo de representación que según el autorrepresentacionista es constitutiva de la experiencia en realidad no lo sería. Un problema final que enfrenta el autorrepresentacionismo, al igual que las teorías de orden superior, es que, al menos prima facie, demandan una arquitectura cognitiva más compleja que, digamos, las teorías de primer orden, y no es obvio que permitan atribuciones de estados conscientes a bebés o a otros animales no humanos: ¿son capaces de representar sus propios estados o a ellos mismos?

La evaluación de todos estos problemas dependerá, entre otras cuestiones, de la articulación detallada del sentido en que la experiencia supuestamente concierne, si es que lo hace, a los distintos elementos que postulan las diversas teorías, y de las teorías naturalistas que den cuenta de los requisitos cognitivos que se le exigen a un sistema para tener el tipo de representación adecuada. El avance en estas facilitará a su vez la evaluación empírica, con datos provenientes de las ciencias cognitivas y de la neurociencia, de sus compromisos.

Miguel Ángel Sebastián
(Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México)

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Lecturas recomendadas en castellano

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  • Sebastián, Miguel Ángel (2022), El problema de la consciencia, Madrid, Cátedra.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Sebastián, Miguel  Ángel (2018) “Teorías de la Consciencia”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/teorias-de-la-consciencia/).

 

Consciencia

De forma paradójica, la experiencia consciente que tenemos del mundo y de nosotros mismos resulta a un tiempo el aspecto más familiar y, probablemente, el más misterioso de nuestra mente. No conocemos nada de manera más íntima mientras que, al mismo tiempo, resulta una de las cosas que menos entendemos. Más aún, si tratamos de aislar el objeto de estudio mediante una definición, podemos darnos cuenta de lo complicado que resulta.

Cuando saboreamos un bacalao a la vizcaina o cuando olemos el aroma del café recién molido, nuestro cerebro procesa cierta información que nos lleva a continuar comiendo o a entrar en la cafetería y pedir un cafe, por ejemplo. Sin embargo, parece que una descripción del procesamiento de la información no caracteriza, prima facie, completamente la situación; el estado mental que parece desencadenar el comportamiento descrito está acompañado de una ‘cualidad subjetiva’: se siente de cierta forma oler el café o saborear el bacalao.

Para abordar el estudio de la consciencia, resulta fundamental aclarar cuál es la propiedad que nos interesa estudiar y ver cómo, si es que lo hace, se relaciona con o depende de otros aspectos de la realidad. En contextos ordinarios, y en nuestro hablar diario, el término ‘consciencia’ se emplea para referirnos a diferentes fenómenos que dan lugar a cuestiones diferentes, si bien probablemente interrelacionadas. No es mi intención afirmar que alguno de estos usos tenga que ser privilegiado. Sin embargo, es necesario ser lo más precisos posible acerca del tema que da lugar a la controversia filosófica, la consciencia fenoménica, y su relación con otras nociones en la vecindad. Para ello, este artículo comienza con un análisis de los distintos conceptos de consciencia y su posible relación con la consciencia fenoménica. La segunda sección está dedicada a ofrecer una descomposición del problema que presenta la consciencia que nos permita entender y categorizar mejor la forma en la que diversos autores han afrontado el problema. Finalmente abordo la relación entre consciencia e intencionalidad, dos propiedades estudiadas clásicamente de forma común y sólo recientemente disociadas.

1. Noción de consciencia

Aunque ‘ser consciente’ se predique en el lenguaje ordinario típicamente de criaturas, el estudio filosófico se ha centrado en los estados conscientes. Cabe entonces distinguir el sentido en el que se dice que una criatura es consciente y el sentido en el que se dice que un estado es consciente (Rosenthal, 1986). La primera es una propiedad de un organismo u otros sistemas, como por ejemplo de algunos sistemas artificiales; la segunda es una propiedad de determinados estados mentales. Pero tanto en el caso de los estados como en el de las criaturas, el término ‘consciencia’ se emplea para referir a distintas propiedades controversialmente relacionadas. De especial relevancia en el debate actual resulta la relación entre el uso del término que hacemos cuando nos damos cuenta de algo (la consciencia de acceso) y la consciencia fenoménica, por lo que presentaré esta distinción de forma separada.

1.1. Criatura consciente

Al decir que una criatura es consciente, el sentido menos demandante en el que lo hacemos es quizás uno en el cual el término ‘consciente’ resulta ser sinónimo de ‘sintiente’. Así, una criatura resultaría ser consciente cuando es capaz de sentir y responder a su entorno (Armstrong, 1981). Otro sentido, más exigente, en el que decimos que una criatura es consciente resulta equivalente a decir que está en vigilia. En este caso, requerimos no sólo que sea capaz de sentir y responder al entorno, sino también que esté en posición de hacerlo. Así, la consciencia se predica de seres que están despiertos, en oposición a estar en coma, anestesiados o profundamente dormidos.

El sentido relevante en la discusión filosófica es el de criatura fenoménicamente consciente. Una criatura es fenoménicamente consciente si se siente de alguna manera ser esa criatura, si hay algo que es ser esa criatura, si hay alguna forma en la que se le aparezca el mundo desde su punto de vista (Nagel, [1974] 2002). Por ejemplo, Nagel enfatiza que hay algo que es ser un murciélago y experimentar el entorno mediante su sentido de ecolocalización, aún cuando los humanos no pudieran entender en qué consiste ser un murciélago al no poder experimentar el mundo de este modo. Parece que la consciencia fenoménica requiere que la criatura sea capaz de sentir y responder a su entorno pero no está claro que se requiera la vigilia si, por ejemplo, hay algo que es para nosotros tener sueños. El interés filosófico que suscita la consciencia fenoménica se deriva principalmente de la dificultad de entender el lugar que ocupa en la naturaleza (Brogaard, 2015). Por ejemplo, muchos han argumentado que, a diferencia de otras propiedades, no es posible caracterizar o entender completamente la consciencia en términos de estructura, materia y energía. Este problema difícil (Chalmers, 1996) sitúa a la consciencia en el corazón del problema mente-cuerpo. Hay, presumiblemente, una brecha epistémica entre los hechos físicos y los hechos que involucran a la consciencia que incluso ha llevado a varios autores a inferir que la propiedad de ser consciente no es una propiedad física. Pero el problema de la consciencia va más allá, pues ni siquiera abrazar cierto dualismo ontológico nos libraría de problemas. Por ejemplo, no está claro, en tal caso, cómo explicar el hecho de que ambos tipos de propiedades, físicas y no físicas, interactúen (véase entradas El problema mente-cuerpo y Teorías de la consciencia).

Otra distinción relevante a nivel de criatura, es aquella entre consciencia transitiva e intransitiva (Rosenthal, 1986). La consciencia transitiva es aparentemente una propiedad relacional, a la que nos referimos cuando decimos que somos conscientes de la melodía que suena o del perfume de la persona que pasó junto a nosotros. La consciencia transitiva involucra por tanto la presencia de un estado que nos ponga en relación con la entidad de la que somos conscientes. Tal uso es, al menos prima facie, distinto del uso intransitivo involucrado en la consciencia fenoménica que sólo depende de que se sienta de alguna manera estar en cierto estado. Parece, no obstante, existir una relación íntima entre ambas. Por ejemplo, consideremos el tipo de experiencia que tenemos al mirar una manzana roja, en este caso parece que al tener tal experiencia somos conscientes de la manzana roja. Ello ha llevado a muchos filósofos a pensar que podemos avanzar en el entendimiento de la consciencia fenoménica partiendo de esta otra relación transitiva. En esta línea, y para evitar una confusión innecesaria en el uso del término ‘consciencia’, podemos apelar a la percatación (awareness), como la propiedad relacional que atribuimos al decir por ejemplo que Luisa se percata de la llegada de su pareja o del sonido del aire acondicionado. Evaluar la conexión entre consciencia y percatación requiere clarificar qué se entiende por percatación. Podemos reconocer al menos los siguientes usos:

  1.  Como relación de éxito: si uno se percata de que tal y cual es el caso, entonces tal y cual es, de hecho, el caso. No está claro, que bajo este uso, haya una relación directa entre percatación y consciencia fenoménica. Por ejemplo, si creyéramos que al tener el tipo de experiencia consciente que uno tiene típicamente al mirar una manzana roja se percata de la manzana roja, y que la percatación es una relación de exito, entonces parece que la relación inmediata entre percatación y consciencia se perdería cuando, por ejemplo bajo los efectos de cierta sustancia uno alucina una manzana roja (cf. Martin, 2004).
  2. Como una relación falible. Esta relación puede o bien ser una relación primitiva, en cuyo caso apelar a ella no parece ser especialmente iluminador para entender la consciencia fenoménica, o bien no lo es. En este último caso, para poder evaluar la relación entre la consciencia y la percatación es preciso aclarar la naturaleza de esta última. En primera instancia, parece que lo que pretendemos recoger al decir que al tener el tipo de experiencia que tenemos al mirar una manzana roja nos percatamos de la misma y sus propiedades, es la idea de que el sujeto tiene información, o que puede llegar a formarse una creencia o de tener cierto conocimiento acerca de la manzana. A este respecto, probablemente la relación menos comprometida que uno pueda tener en mente sea la de representación.
  3. Más exigente aún sería pensar en la percatación como sinónimo de «darse cuenta». Típicamente al menos, cuando miramos una manzana roja tenemos una experiencia visual consciente, nos damos cuenta—al menos—de que hay una manzana roja. De hecho, hay un uso común de consciencia que corresponde precisamente al uso típico de ‘darse cuenta’. Block (1995-2002) lo llama ‘consciencia de acceso’, y la cuestión es ¿qué relación existe entre la consciencia de acceso y la consciencia fenoménica?

Hemos visto tres nociones distintas de percatación. La primera no parece vindicar una relación estrecha entre consciencia fenoménica y percatación. La segunda parece ligada a la noción de representación. La sección 3 se centra en la discusión de la relación entre representación y consciencia. Finalmente, la tercera noción pretende vincular percatación y acceso cognitivo. La subsección 1.3 atiende esta cuestión acerca de la relación entre consciencia fenoménica y acceso cognitivo en más detalle.

1.2 Estado consciente

El estudio filosófico de la consciencia suele centrarse en los estados conscientes, entendiendo que tener una experiencia consciente simplemente es estar en un estado consciente. De hecho, qué es una criatura fenoménicamente consciente se puede entender en términos de la instanciación de estados conscientes. La consciencia fenoménica es la propiedad que tienen algunos estados mentales si y sólo si, hay algo que es para un sujeto (S) estar en tales estados, si se siente de alguna manera estar en ellos. Por ejemplo, hay algo que es para S oler un vino, saborear un pescado a la veracruzana, escuchar una canción en la radio, o recordar su estribillo. Igualmente, hay algo que es para el sujeto tener un dolor de cabeza, sentir un picor en el codo o tener un orgasmo. Así mismo, aunque tal vez de forma algo más controvertida, hay algo que es para ella reflexionar sobre su teoría de la consciencia favorita o pensar que dos y dos son cuatro. En cada uno de estos casos, S está en un cierto estado con ciertas propiedades que llamaremos propiedades fenoménicas, y es en virtud de ellas que hay algo que es para el sujeto estar en esos estados. A lo que es para un sujeto estar en un estado consciente lo llamamos ‘carácter fenoménico‘.

También decimos que un estado es consciente cuando nos percatamos de que estamos en él (Rosenthal, 2005; Rosenthal and Weisberg, 2008), recogiendo la idea intuitiva de que no tiene sentido hablar de estado consciente si en ningún sentido nos percatamos de él. Esta idea da soporte a las teorías de orden superior (véase entrada «Teorías de la Consciencia»), que pueden ser catalogadas en teorías ambiciosas o moderadas (Block, 2011) dependiendo de si mantienen que tal percatación de orden superior es constitutiva o no de la consciencia fenoménica.

En el polo opuesto, los estados pueden ser considerados conscientes en un sentido bastante diferente y más cualitativo. Tener el tipo de experiencia que tenemos al mirar un tomate maduro involucra ciertas cualidades sensoriales que con respecto a su color podemos llamar ‘rojez’. Uno puede considerar que un estado es consciente si involucra propiedades cualitativas a las que nos referimos como ‘qualia’ o ‘sensaciones sensoriales crudas’. La sección 2 introduce el debate sobre la posible relación tanto entre las propiedades cualitativas (como la rojez) y las propiedades fenoménicas—aquellas que instancia un estado fenoménicamente consciente—, como entre estas últimas y la percatación de orden superior.

1.3. Consciencia fenoménica y consciencia de acceso

Cuando miro la manzana roja que está junto a mi computadora tengo una experiencia consciente, puedo reportar que la manzana es roja, puedo tomarla y luego morderla, o también puedo simplemente pensar que será un delicioso postre. Mi sistema visual genera una representación visual que es procesada y puesta a disposición de otros sistemas como, por ejemplo, el encargado de reporte, de la acción o de la formación de creencias: me doy cuenta de la manzana. Es en este sentido, en el que el contenido de un estado está disponible para el control racional directo de la acción y la formación de creencias, en el que los términos ‘consciencia’ o ‘percatación’ han sido utilizados hasta muy recientemente en ciencia cognitiva y neurociencia. Este uso corresponde al que hacemos en el lenguaje ordinario cuando decimos que nos damos cuenta de tal y cual cosa. Block (1995-2002) lo llama ‘consciencia de acceso’.

Pese a la cercanía, está claro que ‘consciencia de acceso’ y ‘conciencia fenoménica’ son dos nociones distintas. Lo que no lo está es la relación que existe entre ambas: ¿capturan propiedades distintas?, ¿son los estados fenoménicamente conscientes simplemente aquellos que nos permiten darnos cuenta de que tal y cual es el caso? Del hecho de que tengamos dos nociones distintas no se sigue inmediatamente que estas correspondan a dos propiedades con dos mecanismo que subyazcan a cada una de ellas, sino que pudiera ser que simplemente estuviéramos ante un caso en que tenemos dos formas en que podemos pensar de una única propiedad (Baars, 1988). Alternativamente, Kriegel (2005) ha sugerido que la consciencia de acceso es una propiedad disposicional (como pueda serlo la propiedad de ser frágil) de la cual la consciencia fenoménica es su base categórica (como lo es la estructura del cristal en el caso de la fragilidad de la copa de vino). Lo que parece claro es que una vez aceptamos la distinción conceptual, la pregunta parece una cuestión empírica acerca de nuestra arquitectura cognitiva.

Por ello, en búsqueda de una respuesta, el debate se ha adentrado en los últimos años en el terreno empírico, centrándose en la cuestión de si puede haber fenomenología en la ausencia de consciencia de acceso. Mientras que en el artículo original Block hacía uso principalmente de experimentos mentales para ilustrar la distinción, en la literatura más reciente (Block, 2007; Block, 2011) se centra en la evidencia empírica en ciencia cognitiva. Block refina la noción de consciencia de acceso a aquella de acceso cognitivo y la pregunta se torna en investigar si los mecanismos neurales de los que depende la consciencia fenoménica son independientes de aquellos de los que depende el acceso cognitivo que subyace a los reportes de consciencia; siendo la idea que hay un sistema neural (una memoria de trabajo o área de trabajo global (Baars, 1988; Dehaene and Naccache, 2001, Dehaene, 2009) encargado de poner la información sensorial y de otro tipo a disposición de diversos mecanismos como el encargado del reporte. Block (2007, 2011) se centra en la evidencia empírica en ciencia cognitiva principalmente en experimentos de respuesta parcial (Sperling, 1960; Landman et al., 2003). Según Block, los experimentos de respuesta parcial sugieren que la capacidad del sistema del cual depende la consciencia fenoménica desborda la capacidad del sistema del cual depende el acceso cognitivo. Aunque estos resultados son controvertidos (Phillips, 2011; Stazicker, 2011; Kouider et al., 2012), una nueva evidencia apunta en una dirección semejante. Por ejemplo, Sebastián (2014) ha argumentado que algunos episodios mentales que tenemos durante el sueño—que el sentido común y la evidencia empírica (Horikawa et al., 2013) sugieren que son fenoménicamente conscientes—no van acompañados de acceso cognitivo, a partir de la desactivación de los mecanismos neuronales subyacentes al acceso cognitivo—principalmente el cortex prefrontal dorsolateral—durante el sueño. Más recientemente, Block (2014) ha apelado a experimentos en rivalidad binocular que apuntan en favor de la disociación. No obstante los resultados distan de ser concluyentes y el debate sigue abierto. En lo que sigue, cuando hable de consciencia me referiré a la consciencia fenoménica siendo neutral en su relación con la consciencia de acceso.

2. Carácter cualitativo y subjetivo: consciencia y autoconsciencia

A la hora de entender el problema que suscita la consciencia podemos distinguir dos problemas que parecen independientes. Por un lado, está el problema de entender qué hace que haya algo, X, que es para mi estar en un estado fenoménicamente consciente en lugar de otra cosa Y; esto es, el problema de entender la naturaleza de aquello que distingue diferentes tipos de experiencias. Por otro lado, está el problema de entender la naturaleza de aquello que hace que haya algo que es para mí estar en un estado fenoménicamente consciente en lugar de nada. Llamemos al primero ‘el problema de la cualidad’ y al segundo ‘el problema de la suficiencia’.

Estas dos cuestiones se presentan a menudo como dos aspectos del carácter fenoménico (Kriegel, 2009; Levine, 2001): el carácter cualitativo y el carácter subjetivo. Podemos pensar en estos dos aspectos en términos de la locución de Nagel. Así, el carácter cualitativo de la experiencia que uno tiene al mirar una manzana roja es lo que es para uno tener la experiencia y que viene caracterizada por una serie de cualidades de color, forma, etc. A menudo se usa el término latín ‘qualia’ para referirse a tales propiedades. No obstante, este término está frecuentemente asociado con propiedades que resultan intrínsecas, privadas e inefables, y resulta altamente controvertido que uno tenga que apelar a tal tipo de propiedades para dar cuenta del carácter cualitativo de la experiencia. Por ello, el término ‘propiedad cualitativa’ parece preferible.

La pregunta de la suficiencia sugiere que el problema de la consciencia no se agota ahí. Aún cuando uno pensase que basta que el estado instancie una propiedad cualitativa para que haya algo que es para el sujeto estar en ese estado—en este caso, las propiedades fenoménicas serían propiedades cualitativas—parece justificado preguntar qué es lo que comparten estas propiedades de forma que tengamos una respuesta a la pregunta de la suficiencia.

En busca de una respuesta, cabe señalar que sea cual sea el carácter fenoménico de la experiencia particular, hay algo que es para mí tenerla. Esta para-mi-idad es lo que se conoce como carácter subjetivo. Al decir que hay algo que es para uno estar en un estado consciente, parece que atribuimos algún tipo de estatus especial al sujeto en la estructura de la consciencia—aunque la motivación para esta idea raramente es a priori, derivada del análisis conceptual, y se suele apelar a la psicología del sentido común, a la propia fenomenología o a cuestiones epistemológicas. La controversia en torno al carácter subjetivo se centra de un lado en ver si es necesario apelar al carácter subjetivo para responder al problema de la suficiencia—esto es, si el carácter subjetivo es o no constitutivo de la experiencia—y por otro, en la forma de entender el estatus que juega el sujeto. A este último respecto, uno podría pensar que el sujeto es simplemente aquel al que se le presenta la experiencia e insistir en que lo único que revela la experiencia es su propia presencia (Kriegel, 2009), o bien pensar que la experiencia revela algo acerca del propio sujeto, por ejemplo que uno está en cierto estado (Sebastián, 2012). De forma más exigente (Zahavi, 2005), uno podría pensar que lo que revela es que uno es el propietario de la experiencia. (Véase Guillot, 2017, para un análisis detallado de esta taxonomía y Farrell and McClelland, 2017, para una introducción general al debate actual en torno al carácter subjetivo).

Un punto adicional de controversia entre las teorías de la consciencia deriva de las posibles relaciones de dependencia que existan entre el carácter cualitativo y el subjetivo: ¿puede un estado exhibir carácter cualitativo y no subjetivo o viceversa? Kriegel (2009, cap.2) ofrece un análisis minucioso a este respecto.

3. Consciencia e intencionalidad

Hemos visto que algunos de nuestros estados mentales son a menudo fenoménicamente conscientes: hay algo que es para nosotros estar en ellos. Además estos estados son a menudo estados que exhiben intencionalidad, que representan el mundo como siendo de cierta manera, y decimos que son correctos o adecuados cuando el mundo de hecho es de tal manera e incorrectos o inadecuados en caso contrario. Pensemos por ejemplo en el tipo de experiencia que tenemos al mirar un tomate maduro o la bandera de China. Al tener esta experiencia nos parece que hay algo rojo: esta experiencia dicta del mundo que contiene algo rojo. Este es un estado intencional acerca de objetos rojos y de hecho parece apropiado evaluarlo como correcto (cuando está causado, digamos, por un tomate maduro) o incorrecto (cuando está causado, por ejemplo, por el consumo de LSD). Parece complicado, si acaso posible, considerar una experiencia de este tipo que no represente que hay algo rojo. De forma similar con otros tipos de experiencias. Cuando me duele el estómago o un dedo, el dolor parece ser acerca de mi estómago o mi dedo. Estos estados tienen condiciones de corrección, y, por ejemplo, en el síndrome del miembro fantasma, que provoca la sensación de que un miembro amputado todavía está conectado al cuerpo, hablamos de una falla en la función de los detectores correspondientes. Esto sugiere una conexión íntima entre intencionalidad y consciencia y tradicionalmente el estudio de ambos fenómenos ha ido de la mano. Filósofos desde Descartes y Locke hasta Brentano y Husserl los han tratado típicamente como uno solo. Aunque en la segunda mitad del siglo pasado ha habido una tendencia a ofrecer análisis independientes (Chalmers, 2004), pocos han rechazado la existencia de una conexión entre ambas y en los últimos años ha habido un renovado interés que se ha centrado en el contenido de la experiencia, la fenomenología del pensamiento o la emergencia de teorías que tratan de fundamentar una en la otra.

Por un lado, hay teorías que tratan de dar cuenta de la intencionalidad (Searle, 1990; Horgan and Tierson, 2002; McGinn, 1988) o algún tipo de particular de representación (Recanati, 2012; Peacocke, 2014) en la experiencia consciente. El problema que enfrentan estas teorías es que parece que están fundamentando algo que resulta enigmático en algo más misterioso aún. Por el otro, hay teorías que tratan de fundamentar la consciencia en la intencionalidad generalmente bajo la hipótesis de que la relación de representación puede ser explicada en términos compatibles con la verdad del naturalismo, lo que conduciría a una teoría naturalista de la consciencia. Al margen de las dudas que pueda suscitar el proyecto de naturalizar la intencionalidad, el principal problema que enfrenta esta aproximación es que no está claro que las propiedades representacionales agoten las propiedades fenoménicas. Una posibilidad que si bien en el caso de las experiencias visuales puede parecer plausible, está lejos de serlo en casos como el dolor o los orgasmos (cf. Martínez, 2011).

Con independencia de esta cuestión, otro ámbito de discusión concierne al contenido de la experiencia consciente: aquello de lo que nos percatamos al tener la experiencia. Pensemos nuevamente en la experiencia visual que tenemos al mirar un tomate maduro, ¿qué tipo de propiedades representa nuestra experiencia? ¿Se trata de propiedades sencillas como el color o la forma o también propiedades más complejas como la de ser un tomate? (Block, 2014; Bona, 2016; Siegel, 2010; véase entrada «Los Problemas de la Percepción«). Además, siguiendo con consideraciones de distinta índole como puede ser el carácter subjetivo, cuestiones epistémicas o con la noción de estado consciente, algunos autores (Kriegel, 2003; Kriegel, 2009; Sebastián, 2012) han defendido que el contenido de la experiencia va más allá de su objeto primario, el tomate en nuestro caso. Así, uno podría pensar que la experiencia dicta además su propia presencia, que el propio sujeto está teniendo la experiencia o que está en cierto estado—uno que lo pone en relación con el tomate—, o que el propio sujeto es el dueño de la experiencia (véase entrada «Teorías de la consciencia«).

La complejidad que hemos alcanzado a vislumbrar en esta entrada permite sugerir que un entendimiento exhaustivo de la consciencia demandará la interacción de los estudios en diversos ámbitos que van desde procesos neurales y cognitivos, a cuestiones semánticas y metafísicas. Un entendimiento en el que esperamos ver importantes avances en el tiempo venidero.

Miguel Ángel Sebastián
(Instituto de Investigaciones Filosóficas,
Universidad Nacional Autónoma de México)

Referencias

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  • Zahavi, D. (2005): Subjectivity and Selfhood: Investigating the First-Person Perspective, USA, MIT Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Sebastián, Miguel Ángel (2022), El problema de la consciencia, Madrid, Cátedra.

Entradas relacionadas

Cómo citar estar entrada

Sebastián, Miguel Ángel  (2018) “Consciencia”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/consciencia/).

 

 

Conocimiento

El saber, el conocimiento, es un tema fundamental de la filosofía desde sus orígenes. Un principio metodológico sensato recomienda aproximarnos a este tema preguntándonos sobre ciertas oraciones: tratando de identificar, en primer lugar, las oraciones más simples en su forma gramatical que traten del mismo; es decir, oraciones básicas acerca del conocimiento, del saber. Esa aproximación nos conduce a reconocer cuatro tipos de afirmaciones, ilustradas por estos cuatro ejemplos diferentes: (a) Eva sabe que los metales se dilatan al calentarse; (b) Eva sabe quién ha robado su libro; (c) Eva conoce Roma; (d) Eva sabe ir en bicicleta.

1. Modalidades del conocimiento

Con el enunciado (a) decimos –según la interpretación estándar– que Eva está en la relación de saber con respecto a la proposición expresada por la oración subordinada (“los metales se dilatan al calentarse”). Se habla entonces de conocimiento proposicional. Cualquier oración con el formato de “S sabe que P” pertenece a esa misma categoría. No hay oración subordinada completa en las otras tres aseveraciones, (b), (c) y (d). Pero eso no significa necesariamente que no haya conocimiento proposicional involucrado; sus diferencias y semejanzas respecto a aseveraciones como (a) son objeto de debate.

Quizá las oraciones del tipo (b) sean las menos controvertidas. Involucrarían saber proposicional si, como parece, (b) implica alguna oración con el formato de “Eva sabe que X ha robado su libro”, donde ‘X’ sería un término identificador de un individuo. Explicaciones análogas valdrían para variaciones sobre (b) que en lugar de contener ‘quién’ contengan expresiones como ‘dónde’, ‘cuándo’, ‘por qué’, etc. En el último caso, para “Eva sabe que [han robado su libro porque P]” la variable ‘P’ no estaría por personas, lugares o períodos temporales, sino por otra proposición, indicativa de la causa del robo. (Ese esquema no debe confundirse con éste: “Eva [sabe que han robado su libro] porque P”, en el cual P estaría por algún factor relevante –algún indicio, por ejemplo– que hubiera contribuido a que Eva supiera que han robado su libro. En el uso cotidiano del lenguaje, hablando o escribiendo sin corchetes, lo que digamos puede ser ambiguo.)

Oraciones como (c) predican el conocimiento de entidades cualesquiera (sean entidades particulares o universales), que no necesariamente tienen la estructura de alguna proposición. Para referirse a estos casos, B. Russell habló de conocimiento de cosas (en un sentido, parcialmente técnico, muy amplio de ‘cosas’, que incluiría ciudades, personas, sentimientos, estados de ánimo, dolores, propiedades, relaciones, etc.). Russell sostuvo que el conocimiento de verdades (que es como llamó al conocimiento proposicional para marcar el contraste) depende del conocimiento no proposicional de ciertas “cosas” (conforme a dicho sentido, tan general), a las cuales tenemos un acceso cognitivo inmediato por familiaridad o “contacto directo” [by acquaintance]. Los datos sensoriales, que sólo existirían dentro de nuestra mente, son casos paradigmáticos de tales cosas conocidas por contacto directo. Según su teoría, cosas cotidianas típicamente externas a nosotros (como las montañas o las otras personas, respecto a las cuales carecemos de ese acceso peculiar) sólo se conocen mediante el conocimiento de verdades acerca de ellas; no accedemos a esas cosas por contacto directo. Otros filósofos proponen, por el contrario, que el conocimiento de cualquier cosa requiere conocimiento proposicional sobre la misma; I. Kant ilustra esa postura, contrapuesta a la de Russell. Caben también posiciones agnósticas o intermedias respecto a los vínculos entre ambas modalidades de conocimiento.

Esa diversidad de posiciones reaparece al plantearse las conexiones entre el conocimiento proposicional, o teorético, y el saber práctico o saber hacer, ilustrado por la afirmación (d). Algunos filósofos (por ejemplo, G. Ryle, o L. Wittgenstein, conforme a una posible interpretación de sus textos) creen que como fundamento del conocimiento proposicional hay un saber de tipo práctico, no intelectual, no teorético. Según una minoría de epistemólogos (representada por dos autores contemporáneos: T. Williamson y J. Stanley), el conocimiento práctico es un tipo de conocimiento proposicional: saber tocar el piano consistiría en saber ciertas proposiciones sobre cómo tocar el piano, en el sentido análogo al de la afirmación (b). Las posiciones mayoritarias no se comprometen con ninguno de esos dos extremos.

2. El estatus de la epistemología

La epistemología, o teoría del conocimiento, es la disciplina teorética cuyo objeto es el saber, en cualquiera de las modalidades contempladas (conocimiento proposicional, conocimiento de cosas, saber práctico). No obstante, el estudio riguroso de esos fenómenos concierne a diversas ramas, entre ellas varias especialidades pertenecientes a las ciencias empíricas: psicología, biología, neurología, etc. En esta entrada nos circunscribimos a la filosofía del conocimiento, es decir, a la investigación teórica sobre el saber realizada desde una perspectiva filosófica. Con frecuencia se toma la epistemología en ese sentido restringido (dicho de otro modo: al hablar de epistemología, o de teoría del conocimiento, se sobreentiende, por lo general, que se hace referencia sólo a la filosofía del conocimiento).

La restricción mencionada presupone que ciencia y filosofía no son exactamente lo mismo. Presupone que ciertos rasgos permiten diferenciar la investigación distintivamente empírica de la investigación filosófica. (Las diferencias, o algunas de ellas, quizá sean de grado. Además, tal vez haya zonas de solapamiento entre ambos campos.) Esos rasgos están vinculados, sobre todo, a los diferentes papeles desempeñados por, de una parte, la experiencia perceptiva y, de otra, el razonamiento y la intuición (de los cuales hablaremos después). Pero apenas podemos adentrarnos aquí en esa problemática (propia de otra rama de la filosofía: la metafilosofía, que estudia el estatus y la naturaleza misma de la filosofía).

3. Verdad, creencia y justificación epistémica

El conocimiento proposicional ha sido el tema prioritario de los epistemólogos desde el principio de la filosofía; mientras no indiquemos otra cosa, a él nos ceñimos en adelante cuando hablemos aquí de saber o conocimiento.

Casi todos los filósofos aceptan que existen tres condiciones necesarias, pero conjuntamente insuficientes, para que haya saber: la proposición conocida es verdadera, el sujeto la cree y dicha creencia está justificada epistémicamente. Consideraremos cada una de estas tres condiciones por separado.

En relación con la primera condición, hay quien interpreta ‘Es verdad que P’ como si fuera aproximadamente equivalente a ‘Se sabe que P’. Naturalmente, no es así como debe entenderse esa locución cuando se propone como una condición necesaria pero insuficiente del saber; es mejor leerla como equivalente, sencillamente, a ‘P’ o a ‘Es el caso que P’ (en el sentido intemporal: es, ha sido o será el caso que P). Según esta primera condición, por tanto, nadie podría saber P siendo P falso. En otras palabras: no es posible saber P y estar equivocado respecto a si P es verdadero o falso; saber y error son incompatibles (son incompatibles respecto a una misma proposición; naturalmente, un sujeto que sabe P puede estar equivocado respecto a otras proposiciones).

Con respecto a la segunda condición, la noción de creer es relativamente clara, pero convendría mencionar que se trata de tener creencias en un sentido muy general. Concretamente, no rigen algunas restricciones que a veces están presentes en algunos contextos cotidianos. Por ejemplo, ciertas personas (sobre todo en los medios de comunicación de masas; no tanto los filósofos) identifican las creencias con las creencias religiosas, o con las creencias no justificadas. Debe quedar claro que no rige esa restricción en epistemología; tengamos en cuenta que la tercera de las condiciones que estamos comentando impone que solo las creencias justificadas constituyen saber. El sentido de ‘creer’ que importa aquí tampoco es aquél (si existe) conforme al cual pudiera ser literalmente verdad decir ‘Tarantino no cree que la nieve es blanca, sino que sabe que la nieve es blanca’. En epistemología (también en filosofía de la mente y en otras ramas de la filosofía) se habla de creencias en el sentido conforme al cual es literalmente verdad decir ‘Tarantino no meramente cree que la nieve es blanca, sino que lo cree y además lo sabe’. En general, si un sujeto es sincero al afirmar una cierta proposición (independientemente de si la proposición es verdadera o falsa), el sujeto cree la proposición en cuestión. Es obvio, pues, que no se trata sólo de creencias religiosas o creencias injustificadas.

Consideremos ahora el caso contrario: un sujeto, S, con plena disponibilidad a ser sincero respecto a P (y que no vislumbra ningún posible inconveniente en hacer pública su opinión sobre P), niega P. ¿Basta eso para concluir que S no cree P? Es un indicio de mucho peso, favorable a rechazar que S crea P. Pero no basta. S podría tener una creencia meramente implícita o inconsciente en P. Sin ofrecer una definición precisa de la diferencia aquí relevante entre creencia explícita (en el sentido de creencia consciente) y creencia implícita, podemos decir que creer explícitamente cierta proposición requeriría representarnos conscientemente la proposición y tener una disposición a asentir si se nos pregunta por ella, excepto si tenemos motivos para no revelar la creencia en cuestión. La primera condición, por supuesto, no basta; podemos representarnos conscientemente que la Tierra es plana sin creer que sea plana. La segunda condición también la cumplen muchas creencias implícitas, que se harían explícitas cuando nos consultan sobre ellas. De hecho, para caracterizar la noción general de creencia muy probablemente deberíamos invocar nuestras disposiciones a actuar, incluyendo nuestras disposiciones a asentir o disentir. Pero algunas creencias de S pueden ser tan implícitas, por así decirlo, que S no las reconozca aunque se le pregunte por ellas. Sus disposiciones verbales, en ese caso, no manifiestan su creencia en P. Pese a ello, S quizá crea P según quedaría de manifiesto en algunas otras de sus disposiciones a actuar (quizá la mejor explicación racional de sus acciones requiere suponer que cree P), o de sus disposiciones a formar ulteriores creencias u otros estados mentales (deseos, conjeturas, etc.).

Al igual que en el caso de la creencia, para el conocimiento proposicional habría una distinción correlativa entre saber explícito y saber implícito. En la primera categoría la creencia correspondiente (que constituye conocimiento) sería explícita. No está tan claro qué tipo de distinción explícito/implícito cabe establecer en relación con el conocimiento de cosas, o con el saber práctico.

Finalmente, con respecto a la tercera condición, la justificación, resaltamos su carácter epistémico para diferenciarla de la justificación práctica, más general. Un sujeto puede tener justificación práctica para creer cierta proposición porque adquirir esa creencia le resulte útil de alguna manera, careciendo de la correspondiente justificación epistémica. Por ejemplo, quizá Luis no tiene razones objetivas (en el sentido de razones epistémicas) para considerarse el mejor jugador de su equipo de fútbol; pero creerlo tal vez contribuye a que su desempeño en los partidos gane eficiencia. La célebre apuesta de Pascal constituye otra ilustración. Según Pascal, si Dios no existe, no se pierde mucho por haber creído en su existencia; pero si existe (incluso si era muy baja la probabilidad de que existiera), dicha creencia tendrá como recompensa una gloria infinita, en contraste con el castigo divino destinado a quienes no hubieran creído en él. Aun si esta argumentación hubiera sido impecable, sólo nos proporcionaría una justificación práctica para creer en la existencia de Dios, en ningún caso una justificación epistémica. (En cualquier caso, la apuesta es muy problemática: Pascal no ofrece justificación ni práctica ni epistémica de que Dios –en caso de existir– premie la fe incluso cuando está motivada por razones meramente prácticas).

Que todo conocimiento está justificado epistémicamente es una opinión muy extendida entre los epistemólogos, pero no unánime. Por lo general, la excepcionalidad derivaría de tesis internistas sobre la justificación. Los filósofos discrepantes suelen considerar que todo factor que contribuya a la justificación de una creencia debe ser internamente accesible al sujeto, quien podría reconocerlo mediante la reflexión y la introspección (ésa es la idea principal del internismo epistémico). En ocasiones atribuimos conocimiento a niños, incluso a bebés, o a animales no humanos; pero es difícil que sujetos intelectualmente poco sofisticados tengan el acceso a tales factores que los filósofos internistas postulan como necesarios para la justificación de las proposiciones creídas. (En una primera época, F. Dretske combinaba una teoría externista sobre el conocimiento con esa concepción internista de la justificación, lo cual le llevó a sostener que ciertas creencias perceptivas básicas proporcionan saber aunque carecen de justificación epistémica). Son claras las dos vías posibles para contrarrestar esas posiciones: proponer que no hay propiamente saber en seres sin la capacidad cognitiva requerida para ejercitar esas habilidades reflexivo-introspectivas; o bien, defender el externismo sobre la justificación epistémica, opuesto al internismo descrito. Esta segunda vía es seguida por A. Goldman, quien ilustra paradigmáticamente (con Dretske, precisamente, D. Armstrong y otros) el fiabilismo epistemológico, según el cual para que haya conocimiento la creencia debe haber sido producida por un proceso que tiende a producir creencias verdaderas (sobre el internismo y el fiabilismo epistémicos, cf. la entrada internismo y externismo).

Como es natural, epistemólogos de todas las épocas han emprendido la tarea clave de responder a una pregunta crucial: ¿Qué es el saber? Las respuestas menos oscuras implican una definición del conocimiento. Buscar una caracterización no presupone que pretendamos elucidar el saber mediante conceptos más básicos o mejor comprendidos que el propio concepto de saber. Quizá sea una noción básica, no reducible invocando nociones situadas en un nivel anterior de nuestro sistema conceptual. Pero una definición no trivial puede ser satisfactoria si, por ser correcta, muestra vínculos entre el conocimiento y las otras condiciones que intervengan en ella. En 1963, E. Gettier presentó contraejemplos explícitos al análisis tripartito del saber, abordado ya por Platón, según el cual el saber es creencia verdadera justificada. Como se indicó antes, esas tres condiciones serían necesarias para el conocimiento pero no bastan. Posteriormente, otros autores han propuesto añadir alguna condición; o bien han formulado definiciones que implican tener la correspondiente creencia verdadera, así como el cumplimiento de factores adicionales que –entre otras cosas– desempeñan un papel cercano a la condición relativa a la justificación. Para cualquier caracterización que algún epistemólogo haya defendido, ha habido colegas que le han presentado presuntos contraejemplos. Sin embargo, tampoco se revela fácil justificar la hipótesis pesimista de que ninguna definición será satisfactoria.

4. Fuentes del saber

Aunque a veces se atribuye conocimiento (con frecuencia de forma metafórica, siendo o no consciente de ello) a otras entidades –máquinas, programas informáticos, cerebros, grupos, plantas, teorías–, sólo de los animales es poco controvertido decir que conocen; especialmente en un sentido básico –no derivado– del concepto conocer. Los casos paradigmáticos involucran, por supuesto, a los animales humanos.

Si nos centramos en seres humanos, resultarán menos arriesgadas nuestras hipótesis sobre cuáles son las fuentes del saber; es decir, los modos canónicos de adquirir nuevos conocimientos. Probablemente la percepción sea la única forma básica de incrementar nuestro saber a la que casi todos los epistemólogos reconocen ese papel. Conocemos nuevas verdades acerca del mundo mediante nuestros sentidos, por lo que vemos, oímos, tocamos, etc. Además de los cinco sentidos tradicionales, debe incluirse como una modalidad de conocimiento perceptivo el resultante de la propiocepción. Podemos ver la posición de los dedos de nuestra mano izquierda. También podemos conocer ese dato mediante el tacto: tocando nuestra mano izquierda con nuestra mano derecha. Pero sin utilizar la vista ni el tacto (ni el oído, el gusto o el olfato), típicamente sabemos si tenemos la mano abierta o cerrada; interviene entonces la propiocepción, que en general permite reconocer movimientos y posiciones de partes de nuestro cuerpo.

Otra fuente primaria del conocimiento sería nuestra facultad de razonar, entendida como una competencia cognitiva que nos capacita para llevar a cabo inferencias (en un sentido muy general del concepto). Si conocemos ciertas premisas y a partir de ellas inferimos válidamente una proposición, y creemos esa conclusión por haberla inferido de esa forma, entonces normalmente tenemos también conocimiento de dicha conclusión.

Sin embargo, cabría cuestionarse si la razón (la facultad de razonar, en el sentido señalado) es propiamente una fuente de conocimiento, de la cual procedan nuevos conocimientos. Hay dos posibles motivaciones para, combinándolas, sostener que un razonamiento nunca amplifica el alcance de nuestro conocimiento. Una motivación concierne a los razonamientos deductiva o analíticamente válidos, o correctos; la segunda concierne a todos los razonamientos correctos de cualquier otro tipo. Creo que ambas son incorrectas, pero conviene consignarlas aquí.

En los razonamientos deductivamente válidos (por ejemplo, aquellos que ejemplifican el patrón argumentativo modus ponens: con ‘A’ y ‘Si A, entonces B’ como premisas, y ‘B’ como conclusión) es imposible que la conclusión sea falsa siendo verdaderas las premisas. Por ello, la información aportada por la conclusión está contenida, por completo, en las premisas. Podría entonces sostenerse que quien infiere conforme a una argumentación deductiva tenía ya conocimiento de su conclusión si conocía las premisas que le conducen a ella. Aunque pudiera parecer convincente, esa reflexión es endeble; se basa en una concepción idealizada, poco realista, de nuestras capacidades racionales. Algunas teorías describen patrones relativamente idealizados de la racionalidad, que son ajenos a los sujetos epistémicos reales. Conforme a esos patrones idealizados, los sujetos tienen acceso inmediato a todas sus creencias y a las consecuencias lógicas de las mismas, de forma que quizá cabe atribuirles un previo conocimiento de cada proposición implicada por una proposición que conozcan. Pero las personas normales estamos lejos de ese ideal de omnisciencia lógica. Con frecuencia (por ejemplo, cuando comprendemos una prueba matemática) sólo después de realizar cierta inferencia llegamos a conocer la conclusión correspondiente, incluso si conocíamos las premisas de dicha inferencia.

En todos los otros razonamientos cuya validez no es de carácter deductivo o analítico, la conclusión amplía la información proporcionada por las premisas; por ello, suelen denominarse razonamientos ampliativos. Un ejemplo típico: concluir que todos los cuervos son negros basándonos en que todos los cuervos observados hasta ahora son negros (quizá junto con la premisa implícita de que se han observado muchos cuervos). Las posibles dudas sobre el papel de estos razonamientos como fuente de nuevos conocimientos se vinculan con ese rasgo, con su carácter ampliativo. Afirmar la conclusión de un razonamiento ampliativo comporta –podría decirse– cierto riesgo, al no estar su verdad absolutamente garantizada por la verdad de las premisas. Así, cabría mantener que aunque algunas argumentaciones ampliativas nos permitan –en el mejor de los casos– creer justificadamente su conclusión, resultan insuficientes para que dicha creencia constituya conocimiento, porque –en un sentido difícil de precisar– saber que P requiere poder “descartar” cualquier circunstancia relevante en que fuera falso que P (ciertas críticas de D. Hume y de K. Popper al método inductivo están emparentadas con esa idea). No podemos aquí entrar en este debate; pero es poco plausible ese escepticismo. En epistemología y en filosofía de las ciencias empíricas se han elaborado propuestas precisas sobre la relación de apoyo (no deductivo) entre datos observacionales e hipótesis (principalmente, la teoría bayesiana de la confirmación), que –pese a sus problemas– suscriben nuestra opinión pre-teórica corriente, según la cual mediante algunas inferencias ampliativas llegamos a saber más de lo que sabíamos con anterioridad.

Adicionalmente, entre las fuentes no primarias del conocimiento destaca el testimonio aportado por otros sujetos. Depende, por supuesto, de la percepción y quizá tal vez del raciocinio. Pero al remitir a las capacidades cognitivas de otros individuos, tiene rasgos específicos de interés intrínseco, abordados por la “epistemología del testimonio”.

Aparentemente, percibir y razonar no son las únicas fuentes básicas del saber. Tal vez difiera suficientemente de ambas actividades la introspección, mediante la cual tenemos un acceso directo a nuestros estados mentales (sabemos qué creemos, deseamos, etc.; o si estamos sintiendo dolor, odio, afecto o ira).

A veces se menciona la memoria como fuente del conocimiento. En principio, no parece que la memoria sea fuente directa ni indirecta del saber; su papel epistémico sería preservar conocimientos adquiridos mediante otras fuentes, no crear nuevos conocimientos. Cuando la memoria distorsiona un dato es creativa, podría decirse. Pero, precisamente, en esas ocasiones no es sensato suponer que tengamos conocimiento de lo que la memoria nos indica. No obstante, quizá cabría sostener que la memoria puede aportar conocimiento en algunas ocasiones. Típicamente, decimos cosas como “Yo sabía P, pero lo había olvidado. Ahora lo he recordado.” En esos casos, la memoria recupera algo ya sabido. Muchos datos se olvidan por completo, de forma no recuperable mediante el recuerdo. Pero tal vez pueda haber casos intermedios, en los que el olvido llegue a erradicar el conocimiento aunque permitiendo luego a la memoria recuperar datos así olvidados, que pasarían a ser conocidos. Si existen tales casos (ello depende de cuestiones psicológicas empíricas y de cuestiones semánticas sobre el significado de ‘recordar’, ‘olvidar’, etc.), la memoria contaría también como una fuente, no primaria, del saber.

5. Intuiciones y justificación a priori

Muchos epistemólogos consideran que también la intuición sería una fuente primaria de conocimiento, porque tampoco dependería de las experiencias perceptivas o de los razonamientos. Cuando intuimos que P, nos parece que P es verdad. Eso ocurre con cualquier método o fuente del saber, sea básico o indirecto: si sabemos que P, nos parece que P es verdad. Por ello, quizá la mejor manera de describir la intuición sea por exclusión: si intuimos que P, nos parece que P es verdad, siendo ésa una apariencia no derivada de la percepción, ni de un razonamiento, ni de la introspección (aunque es controvertido que intuir sea, en efecto, muy distinto a razonar o a ejercitar la introspección); algunos autores sostienen que deriva de la mera comprensión o elucidación de los conceptos involucrados. Ilustremos el fenómeno con tres ejemplos de proposiciones que la mayoría de las personas intuimos que son verdaderas: si S sabe que P, entonces es el caso que P; una mancha de humedad con forma de flecha configurada aleatoriamente en la pared de una cueva no representa la salida de la cueva; no es moralmente mejor torturar a una persona que abstenerse de torturarla.

Dada esa supuesta independencia del conocimiento intuitivo respecto a la experiencia perceptiva, se ha propuesto que para explicar la distinción entre tener justificación a priori y tener justificación a posteriori de una proposición (sólo esta segunda modalidad de justificación dependería de la experiencia) debe invocarse la intuición. Esta cuestión es importante –entre otras varias razones– porque ofrecería vías para comprender la diferencia metodológica, a la que nos referíamos antes, entre las ciencias empíricas y la filosofía. Según ciertas teorías metafilosóficas, sólo el conocimiento obtenido empleando la intuición puede considerarse filosófico, conforme al sentido en que –en los últimos siglos– sigue hablándose de filosofía al mismo tiempo que se consolidan ramas concretas de disciplinas científicas empíricas.

Hay dos tradiciones filosóficas enfrentadas respecto a la intuición, el conocimiento a priori y la elucidación conceptual. Por un lado, se han presentado una variedad de propuestas teóricas que reivindican y resaltan su papel. En el lado opuesto, una línea escéptica, cuyo máximo valedor es W. O. Quine, considera que las explicaciones de esos fenómenos ofrecidas por los epistemólogos nunca han alcanzado la claridad y rigurosidad requeridas para aceptar su existencia. Eso se emparenta con otras tesis de Quine: no hay distinción cualitativa entre filosofía y ciencia; toda epistemología es epistemología naturalizada (cf. la entrada epistemología naturalizada), es una ciencia natural, incluida en la psicología empírica (o en la psicología y en algunas otras disciplinas científicas –antes mencionadas– también relevantes para el estudio del conocimiento, como la biología).

6. Conocimiento innato

Venimos hablando de adquirir nuevos conocimientos. Pero ese enfoque pudiera llevarnos a dejar de lado la posibilidad del conocimiento innato, pues éste no sería adquirido por el sujeto: el sujeto empezaría a existir conociendo ya ciertas proposiciones. Conforme a la interpretación tradicional, Platón sostuvo –por razones complejas, vinculadas con una teoría que otorga prioridad ontológica a entidades abstractas, inmateriales: los universales; “formas” o “ideas”, en su terminología– que tenemos conocimiento innato (un conocimiento de cosas, no de tipo proposicional), derivado de conexiones inmateriales con entidades inmateriales (nuestra alma conocería los universales, con anterioridad a nuestro nacimiento). Desde hace siglos, la investigación teorética sistemática (filosófica o científica) suele descartar esas modalidades platónicas de saber inmaterial innato. El conocimiento innato que, si acaso, pudiera atribuirse a los seres humanos dependería de nuestra arquitectura cognitiva particular resultante de la evolución natural (lo innato respecto al individuo sería adquirido respecto a la especie, según un célebre dictum). De todos modos, las capacidades cognitivas innatas que con frecuencia postulan científicos empíricos (psicólogos, en especial) no consisten en tener conocimiento de proposiciones, sino en poseer habilidades “disposicionales”, que nos facultarían para llegar a conocer proposiciones dadas circunstancias concretas en contacto con el entorno (que “activarían” tales disposiciones). Ejemplo de ello sería la facultad lingüística general postulada por N. Chomsky, que capacitaría innatamente para llegar a conocer aspectos particulares de lenguas concretas (no conocidos de forma innata, por supuesto) sólo tras recibir adiestramiento empírico específico en esas lenguas.

7. Epistemología y normatividad

El saber tiene vínculos esenciales con el ámbito de la normatividad; el ámbito en el que se aplica la distinción correcto/incorrecto. Tendemos a valorar como bueno, correcto, tener una creencia verdadera. Nos parece incluso mejor que esa creencia esté justificada. Y valoramos como preferible que la creencia, además, constituya conocimiento. Las teorías epistemológicas deberían –como mínimo– ser compatibles con esos datos. Algunos enfoques enfatizan dicha dimensión normativa; destaca entre ellos la denominada epistemología de las virtudes, que tiene a E. Sosa como fundador y principal patrocinador.

Quizá el conocimiento, en sí mismo, no es siempre intrínsecamente valioso. Saber ciertas cosas (cuántas veces estornudó Cervantes, por ejemplo) podría no tener valor alguno (esa sería la posición de Sosa). Tal vez sean intrínsecamente valiosos otros estados o procesos mentales cognitivos más complejos, como comprender, elucidar o explicar. Y el supuesto valor intrínseco del conocimiento pudiera ser su contribución al valor intrínseco de esos otros estados o procesos mentales.

El valor del saber también tiene una relevancia práctica extrínseca, por su conexión con la acción. Realizamos acciones basándonos en nuestras creencias; la base es más sólida si la creencia está justificada; cuando nos basamos no sólo en la justificación sino en el conocimiento, la acción está mejor fundamentada.

Manuel Pérez Otero
(Universidad de Barcelona / LOGOS)

Referencias

  • Blasco, J. Ll. y T. Grimaltos (1997): Teoria del coneixement, València, Universitat de València, [Blasco, J. Ll. y T. Grimaltos (2004): Teoría del conocimiento,Valencia, Universitat de València, pp. 67-154].
  • Boghossian, P. (2006): Fear of Knowledge: Against Relativism and Constructivism, Oxford, Oxford University Press. [Boghossian, P. (2009): El miedo al conocimiento: contra el relativismo y el constructivismo, Madrid, Alianza].
  • Dancy, J. (1985): An Introduction to Contemporary Epistemology, Oxford, Basil Blackwell. [Dancy, J. (1993): Introducción a la epistemología contemporánea, Madrid, Tecnos].
  • Descartes, R. ([1641/1647]1977): Meditaciones metafísicas, Madrid, Alfaguara.
  • Hume, D. ([1748]1980): “Dudas escépticas referentes a las operaciones del entendimiento” y “Solución escéptica a estas dudas”, en Hume, D., Investigación sobre el conocimiento humano, Madrid, Alianza, pp. 89-114. [Hume, D. (1999): An Inquiry Concerning Human Understanding, Oxford, Oxford University Press].
  • Pérez Otero, M. (2001): “Justificación parcial pero suficiente”, Revista Latinoamericana de Filosofía, 27, pp. 285-318. [Reimpreso en Ensayos filosóficos sobre el conocimiento y el escepticismo epistémico, Saarbrücken, Editorial Académica Española, 2017].
  • Quesada, D. (1998): Saber, opinión y ciencia: Una introducción a la teoría del conocimiento clásica y contemporánea, Barcelona, Ariel.
  • Russell, B. (1978): The Problems of Philosophy, Londres, Williams & Norgate, [Russell, B. (1912): Los problemas de la filosofía, Barcelona, Labor].
  • Sosa, E. (1995): “Causalidad y epistemología”, en D. Quesada cord., Cuestiones de teoría del conocimiento, Madrid, Tecnos, pp. 111-123.
Cómo citar esta entrada

Pérez Otero, Manuel (2018) “Conocimiento”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/conocimiento/).

 

Causalidad

1. Introducción

Desde un punto de vista filosófico, la causalidad es una categoría metafísica fundamental. Esto significa que forma parte de la estructura más básica de la realidad o, en todo caso, de la estructura de nuestro esquema cognitivo para organizarla, comprenderla y explicarla. Estas ideas no han impedido, desde luego, que muchos filósofos hayan defendido que no hay causalidad “real”, o que no la necesitemos en nuestras mejores teorías sobre la realidad. Otros, claro, han defendido justo lo contrario. Mi intención es ofrecer una visión panorámica de las distintas posiciones que han recibido mayor consideración en el último medio siglo y, por tanto, en la actualidad, sobre la naturaleza de la causalidad. En grandes rótulos, serían éstas: teorías condicionales, teorías nomológicas, teorías disposicionalistas, teorías de procesos, y teorías intervencionistas. Veamos.

2. Teorías condicionales

Las teorías condicionales son quizás las que durante más tiempo han ocupado un papel predominante en las discusiones filosóficas sobre causalidad. Su punto de partida es la intuición de que lo que llamamos causa suele ser alguna condición, de modo que la relación causal pueda ser entendida mediante algún condicional. Así, una causa podría ser una condición necesaria (si esto no ocurre, entonces tampoco ocurre esto otro), o suficiente (si ocurre esto, eso también ocurre), o quizás ambas: (si y sólo cuando ocurre lo primero, ocurre lo segundo). El análisis más elaborado en términos condicionales clásicos es el análisis de las causas como condiciones INUS de John Mackie (1980). Según Mackie, la causa es un conjunto de condiciones necesarias; pero el conjunto que es causa es, a su vez, una condición suficiente y no necesaria para su efecto: otro conjunto de condiciones necesarias podría haberlo determinado. Por ejemplo, el incendio de Doñana en el verano de 2017 podría haber tenido diferentes condiciones suficientes: un pirómano incendia el bosque, una compañía de gas que quiere abrir un pozo cerca del parque contrata un sicario especialista que provoca el fuego, una barbacoa se descontrola en el camping cercano, etc. Supongamos que la causa del incendio es la acción de un pirómano. Su acción necesita, o incluye, un montón de condiciones sin las cuales no puede ser llevada a cabo con éxito: debe haber viento en la dirección apropiada, suficiente oxígeno en el aire, una mecha en buen estado, nadie que descubra al pirómano en el acto, etc. Dentro del conjunto de condiciones necesarias seleccionamos, en función de los intereses de la explicación, una de las condiciones como la causa. Si somos inspectores de la Junta de Andalucía, por ejemplo, la falta de vigilancia que recibió el parque ese día podría ser nuestra causa seleccionada. Finalmente, pues, la causa es una condición INUS: es insuficiente, pues la falta de vigilancia no basta para declarar el incendio, pero es parte necesaria de la condición suficiente que es la acción del pirómano.

Sin embargo, a pesar de lo intuitivo del análisis, incluso en la versión de Mackie, el análisis de la causalidad en términos de condiciones suficientes/necesarias se enfrenta a conocidas dificultades. Por ejemplo, la asimetría causal se pierde, pues si c es condición necesaria para e, e es condición suficiente para c; y viceversa. Por ejemplo, para escribir ‘daño’ es necesario escribir ‘ñ’; y es suficiente con escribir ‘daño’ para escribir ‘ñ’. Además, no toda condición necesaria o suficiente es causa: escribir ‘ñ’ no es causa de escribir ‘daño’; igual que el fuego del incendio no es su causa, aunque no haya incendio sin fuego. Más aún, la relación lógica que expresa el condicional material (‘si … entonces …’) es incapaz de dar cuenta de casos hipotéticos o meramente posibles. El análisis en términos de condiciones necesarias o suficientes, no parece ir más allá de la constatación de regularidades: pasa esto, y pasa o no pasa lo otro. Pero, pensando en términos causales, lo que nos interesa es más bien qué sucedería si … o qué habría sucedido aunque … Por eso algunos filósofos, sin abandonar el análisis condicional, han querido reforzarlo mediante el condicional contrafáctico.

3. Teorías contrafactualistas

Según el análisis contrafáctico, ante el incendio de Doñana, el conocimiento de las condiciones es importante también para poder controlar, predecir, o evitar situaciones semejantes: si hubiese habido una mejor atención y vigilancia del parque, el incendio de Doñana se habría evitado; por eso la falta de vigilancia es la causa del incendio. Naturalmente, la dificultad estriba en cómo fundamentar la verdad de este tipo de enunciados sobre situaciones puramente posibles. La teoría de David Lewis (1973, 1986), aún la más renombrada, propone la existencia de mundos posibles en los que de hecho ocurren los sucesos contrafácticos relevantes, y la verdad de los contrafácticos causales depende de la proximidad, medida en términos de semejanza, de los mundos posibles donde los sucesos posibles ocurren. Así, el contrafáctico ‘si hubiese habido una mejor atención y vigilancia del parque, el incendio de Doñana se habría evitado’, es verdadero si: el mundo en el que hay una mejor atención y vigilancia del parque (en realidad, un parque superparecido a Doñana en los aspectos relevantes al caso) y en el que no ocurre el incendio, está más cerca de nuestro mundo actual que el mundo posible en el que hay una mejor atención y vigilancia pero en el que se incendia (un parque superparecido a) Doñana.

Al margen del precio a pagar en términos de realismo de mundos posibles, la propuesta de Lewis, y las propuestas contrafácticas en general, se enfrentan a otros problemas propios de la temática causal. Situaciones causales de preempción y de sobredeterminación del efecto son fuente de dificultades. Supongamos que el sicario de la compañía de gas se dispone a incendiar Doñana justo cuando descubre al pirómano y decide no intervenir. En este caso, no es cierto que ‘si el pirómano no hubiese realizado su acción, no habría habido incendio’; pues el sicario espera al acecho, por si el pirómano falla, para ejecutar su trabajo. Luego el contrafáctico relevante no ayuda a determinar la causa del incendio. El problema parece acentuarse si suponemos que los dos, pirómano y sicario, llevan a cabo su acción, i.e., en casos típicos de sobredeterminación. (Jonathan Schaffer (2008) ha montado sobre este tipo de situaciones todo un ataque al realismo casual.)

Pero seguramente la mayor dificultad de las propuestas condicionales es su sesgo regularista. Los condicionales apenas si alcanzan a recoger patrones de regularidad, y la causalidad se elude sin un vínculo real, más fuerte, entre repeticiones más o menos semejantes. Incluso en los condicionales contrafácticos la dependencia entre antecedente y consecuente se desvía a la semejanza entre mundos, y las teorías de contrafácticos suelen apelar a leyes naturales para dar cuenta de las condiciones de verdad de los condicionales: en la versión de Lewis, una de las medidas de semejanza entre mundos es la compartición de leyes.

4. Teorías nomológicas

Entre las teorías nomológicas, seguramente la más desarrollada es la de David Armstrong (1983, 1997). Según Armstrong los casos de causalidad son ejemplificaciones concretas de leyes naturales, y las leyes son, a su vez, relaciones de necesitación entre los universales ejemplificados en los estados de cosas implicados. Las leyes, dice Armstrong, no recogen meros patrones de regularidad pues, si así fuese, no habría distinción entre generalizaciones universales, como ‘todos los cuervos son negros’ y auténticas leyes, como ‘los cuerpos se atraen en función de sus masas y distancia’. Las leyes son relaciones naturales necesarias entre las propiedades universales, como tener masa, poseer energía, fuerza, etc. que ocurren ejemplificadas en particulares concretos; por eso pueden sustentar las relaciones causales que hacen verdaderos los condicionales relevantes.

Una de las coreadas ventajas de las teorías nomológicas es su naturalismo: Armstrong no necesita de ninguna investigación empírica para defender su teoría, pero puede afirmar con confianza que una de las labores de la ciencia es descubrir relaciones nomológicas y propiedades universales. La metafísica se ve así reforzada por su vínculo con la labor científica: la ciencia descubre leyes y propiedades; la metafísica defiende que las leyes que la ciencia descubre son relaciones de necesitación entre universales aristotélicos ejemplificados en estados de cosas particulares.

Pero las teorías nomológicas también tienen sus dificultades. Una que puede parecer fundamental es la posibilidad de ocurrencia de hechos causales singulares que no estén gobernados por ninguna ley, como ha defendido, por ejemplo, Michael Tooley (1997). Sin embargo, y al margen de la posibilidad singularista, también la gran dificultad para las propuestas nomológicas reside en dar cuenta de la naturaleza de la conexión causal misma. Para salvar la mera regularidad y poder hablar de causalidad, las leyes naturales tienen que portar algún tipo de necesidad. Ya hemos visto que Armstrong propone una relación nomológica, físicamente necesaria, entre las propiedades universales que conforman la ley. Pero, ¿qué relación es ésta? ¿Dónde fundamentarla? Desde luego, dice Armstrong, no en la naturaleza de los universales en la ley, pues nuestro mundo podría haber estado gobernado por otras leyes naturales y, por tanto, los mismos universales podrían haber entrado en relaciones nomológicas diferentes. Pero, si la conexión no puede fundamentarse en las propiedades, ¿qué quiere decir que es necesaria? Mumford (2004) ha planteado esta dificultad a modo de dilema: O la relación entre las propiedades universales es interna, y por tanto, está fundamentada en su naturaleza, o es externa y, por tanto, es independiente de las propiedades. En el primer caso, las leyes naturales son superfluas, pues nos basta con la naturaleza de las propiedades para comprender la estructura de la realidad. En el segundo caso, las leyes no gobiernan, pues existen al margen de la naturaleza de los hechos que supuestamente las ejemplifican. Naturalmente, Mumford va a defender que en la naturaleza de las propiedades está la clave para la comprensión del comportamiento de la realidad y, por tanto, las leyes son innecesarias, o secundarias, en la explicación.

5. Teorías disposicionalistas

La teoría de Mumford sobre la causalidad es una de las teorías disposicionalistas más seguidas en la actualidad. ¿Por qué disposicionalista? En coherencia con su propuesta sobre el dilema anterior, Mumford defiende el papel último de las propiedades para la explicación del movimiento y cambio de la realidad. Pero, si es que han de realizar esta labor explicativa, las propiedades no pueden ser categóricas, pues volveríamos a la imagen humeana del mundo, donde las relaciones entre ocurrencias son una pura cuestión de hecho: la sal se disuelve en agua, pero las mismas estructuras moleculares podrían no romper sus enlaces en el mismo medio químico. Así, junto Rani Anjum (2011), Mumford ha defendido que la realidad está causalmente estructurada porque las propiedades tienen poderes causales; o, más bien, las propiedades son conjuntos de poderes causales o disposiciones: al igual que muchos samoyedos tiran de un mismo trineo sumando o restando fuerza a la de los demás perros y a la fuerza que ejerce el propio trineo y su carga, los poderes causales se combinan en el compuesto causal, a veces con los demás, otras veces contra los demás, para producir un efecto. La causalidad resulta entonces una relación interna entre todos los poderes relacionados y la conexión necesaria que Hume no pudo encontrar, se traduce en la tendencia natural al comportamiento, propia o esencial, de los poderes de las cosas.

Como ya señaló Evan Fales (1993), la consecuencia de una concepción interna de la causalidad, como la de Mumford, es una metafísica cargada de potencialidades y posibilidades reificadas en la naturaleza de las cosas. Dada la cantidad de posibles combinaciones de poderes posiblemente contribuyendo a un resultado causal, todo elemento que conforma, o puede conformar, el compuesto causal ha de tener una naturaleza enormemente compleja: una naturaleza que incluya cualquier relación posible con todos los demás, también los posibles, elementos. Pero esto puede resultar, cuando menos, contraintuitivo; cuando más, ad hoc.

6. Teorías de procesos

Las teorías de poderes causales y disposiciones rápidamente se convierten en teorías de procesos. Es fácil imaginar la “realización” de un poder causal como el despliegue de una actividad que irá cambiando su curso a medida en que se activan otros poderes a su paso. Causas y efectos van perdiendo su naturaleza independiente, y la causalidad deja de ser una relación entre distintos elementos para ser un proceso. Aunque las teorías disposicionalistas no tienen por qué ser reduccionistas, las teorías causales de procesos sí tuvieron en sus comienzos un fuerte carácter fisicalista, y todavía para muchos no debería perderlo. Pues si la causalidad es un proceso, éste ha de poder buscarse, y encontrarse, empíricamente entre los fenómenos físicos que la ciencia estudia. Y la ciencia propone procesos por doquier: ondas electromagnéticas que se propagan en el aire, información sobre el pasado que se transmite al futuro, la luz abriéndose paso en el espacio … Wesley Salmon (1984, 1998) defendió que dos procesos, o dos partes temporales de un mismo proceso, están causalmente relacionados cuando entre ellos se transfiere algún elemento empíricamente determinable. La cantidad de movimiento transferida entre el pie y la pelota en un balonazo es buen ejemplo de transferencia causal entre procesos: la pelota conserva la marca (cierta cantidad de movimiento) tras su interacción con el pie. Según Phil Dowe (2000) y Max Kistler (2006) la transferencia no es sino la permanencia en el tiempo de cantidades conservadas, i.e., las propiedades cuantitativas (momento, energía, carga, …) que aparecen en las leyes más fundamentales de la física.

Un problema que he señalado para estas teorías (García-Encinas, 2004) es que la transferencia, igual que la permanencia, de una propiedad no es sino la identidad de esa propiedad en el tiempo; pero identidad y causalidad son categorías metafísicas irreducibles entre sí. Sin embargo, en su versión más fisicalista, las teorías de procesos se enfrentan a otros problemas, como la incapacidad para acomodar muchos hechos causales. Como en el ejemplo de Anjum y Mumford (2013), si Tom se sonroja cuando Tina toca accidentalmente su rodilla, es cierto que cierta cantidad de energía pasa de la mano de Tina a la rodilla de Tom; pero la misma cantidad de energía pasa de la mano de Ron a la rodilla de Tom sin que Tom se sonroje: muchos otros factores, sociales, psicológicos, sexuales, etc. han de tenerse en cuenta para explicar el efecto de la mano de Tina en la rodilla de Tom; y sin embargo, estos factores no son fácilmente traducibles a leyes físicas fundamentales y cantidades conservadas.

Las teorías de procesos tienen la ventaja de recoger todos los avances en teoría de la probabilidad. Salmon, por ejemplo, analizó las interacciones entre procesos causales mediante, lo que él denominó, horquillas causales. Por ejemplo, el “principio de la causa común”, que viene a decir que cuando las coincidencias recurren has de buscar una causa común, rige las horquillas conjuntivas, las que representan la producción de un nuevo proceso. Así, si la probabilidad de dos procesos juntos es mayor que su probabilidad por separado, entonces habrá una causa común que explique la dependencia estadística entre los dos procesos, y su independencia causal: el incendio de Doñana no causa la construcción de un nuevo gasoducto, pero si las probabilidades del incendio y el gasoducto juntos son mayores que sus probabilidades independientes … prueba a buscar una causa común. Estas y otras formas de relaciones estadísticas, junto con el uso de redes bayesianas y grafos para la representación de mapas de probabilidades y dependencia estadística entre ocurrencias, ha generado todo un complejo de nuevas ideas en epistemología y metodología causal.

7. Teorías agenciales

La propuesta de Jon Williamson (2005) es una forma sofisticada de las teorías agenciales más clásicas como la de Huw Price (1991, 1996) o la teoría intervencionista de James Woodward (2003). Según Williamson, los cálculos de probabilidad son medidas racionales de fundamentación de creencias y predicciones y, por ello mismo, también las relaciones causales que los mapas de distribución y variación de probabilidades representan son útiles para el control y la explicación de la realidad. En el marco de las teorías agenciales, la causalidad adquiere un carácter antropológico irreducible: no es algo en el mundo, sino un concepto generado para referir a nuestra relación epistemológica con él. La causalidad se convierte en manipulación, o posibilidad de manipulación de la realidad: un producto de nuestra experiencia como agentes en el mundo. La realidad pone las condiciones para que podamos intervenir en ella igual que pone, digamos, las condiciones para que podamos decir que tiene múltiples colores; pero en sí misma es tan acausal como incolora. Naturalmente, algunas de las dificultades a las que se enfrentan estas teorías son cómo dar cuenta de lo que llaman intervención sin apelar a la causalidad misma, o cómo dar cuenta de los casos supuestamente causales donde la intervención es meramente posible – dificultad compartida con las teorías contrafácticas, como vimos.

8. Pluralismo

En general, todas las propuestas tienen sus dificultades, pero todas también parecen atisbar alguna característica que nos resulta iluminadora sobre la causalidad. Por eso algunos filósofos, como Stathis Psillos (2010) o Nancy Cartwright (2007) han optado por defender una vía pluralista, según la cual, y según la describe Psillos, la casualidad es más bien como un resfriado común: todas las características (regularidad, dependencia contrafáctica, presencia de un proceso, aumento de probabilidad, posibilidad de intervención, …) que los filósofos señalan cuando la intentan explicar son, en realidad, un conjunto de síntomas que no refieren a algo único, aunque conforman un estado claramente reconocible y habitual. Sea como fuere, con este último apunte, termino esta concentrada exposición de teorías casuales. Por el camino se nos han planteado algunos problemas esenciales: ¿Qué tipo de conexión es la que se establece entre causa y efecto? ¿Es necesaria? ¿Es universal? ¿Es física? ¿Un proceso? ¿Qué relación puede haber entre la causalidad y las leyes? ¿Entre causalidad y probabilidad? ¿Entre causalidad y disposición? ¿Es la causalidad algo puramente epistemológico?

Sin embargo, un montón mayor aún de cuestiones han quedado fuera: ¿Es la causalidad asimétrica? ¿Circular? ¿Transitiva? ¿Reflexiva? ¿Qué relación hay entre causalidad y tiempo? ¿Podría defenderse la reducción de la asimetría causal a la flecha del tiempo? ¿O pueden las causas ocurrir después que sus efectos? ¿Tienen causas y efectos que estar conectados espacialmente? ¿Qué relación hay entre causalidad y determinismo? ¿Somos libres en un mundo causal? ¿Y, cómo serlo si el mundo es acausal? ¿Qué papel juega la causalidad en nuestras leyes morales y de derecho? ¿Y en nuestro aprendizaje? O ¿cuál es la ontología de la causalidad? ¿Sucesos? ¿Propiedades? ¿Hay causalidad por omisión? Para estas, y otras, cuestiones sólo me queda referir al lector interesado a grandes volúmenes sobre el tema: quizás, la edición de Ernesto Sosa y Michael Tooley de 1993, la de Mauricio Suárez de 2011 sobre causalidad y probabilidad en física, el Oxford Handbook of Causation, la entrada de Schaffer en la Stanford Encyclopedia of Philosophy o, en español, algunos artículos especializados listados en la bibliografía.

María José García Encinas
(Universidad de Granada)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

Causalidad General

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  • –––Tratado sobre la naturaleza humana, Distintas ediciones.
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García Encinas, María José (2018) «Causalidad». Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/causalidad/).