Causalidad

1. Introducción

Desde un punto de vista filosófico, la causalidad es una categoría metafísica fundamental. Esto significa que forma parte de la estructura más básica de la realidad o, en todo caso, de la estructura de nuestro esquema cognitivo para organizarla, comprenderla y explicarla. Estas ideas no han impedido, desde luego, que muchos filósofos hayan defendido que no hay causalidad “real”, o que no la necesitemos en nuestras mejores teorías sobre la realidad. Otros, claro, han defendido justo lo contrario. Mi intención es ofrecer una visión panorámica de las distintas posiciones que han recibido mayor consideración en el último medio siglo y, por tanto, en la actualidad, sobre la naturaleza de la causalidad. En grandes rótulos, serían éstas: teorías condicionales, teorías nomológicas, teorías disposicionalistas, teorías de procesos, y teorías intervencionistas. Veamos.

2. Teorías condicionales

Las teorías condicionales son quizás las que durante más tiempo han ocupado un papel predominante en las discusiones filosóficas sobre causalidad. Su punto de partida es la intuición de que lo que llamamos causa suele ser alguna condición, de modo que la relación causal pueda ser entendida mediante algún condicional. Así, una causa podría ser una condición necesaria (si esto no ocurre, entonces tampoco ocurre esto otro), o suficiente (si ocurre esto, eso también ocurre), o quizás ambas: (si y sólo cuando ocurre lo primero, ocurre lo segundo). El análisis más elaborado en términos condicionales clásicos es el análisis de las causas como condiciones INUS de John Mackie (1980). Según Mackie, la causa es un conjunto de condiciones necesarias; pero el conjunto que es causa es, a su vez, una condición suficiente y no necesaria para su efecto: otro conjunto de condiciones necesarias podría haberlo determinado. Por ejemplo, el incendio de Doñana en el verano de 2017 podría haber tenido diferentes condiciones suficientes: un pirómano incendia el bosque, una compañía de gas que quiere abrir un pozo cerca del parque contrata un sicario especialista que provoca el fuego, una barbacoa se descontrola en el camping cercano, etc. Supongamos que la causa del incendio es la acción de un pirómano. Su acción necesita, o incluye, un montón de condiciones sin las cuales no puede ser llevada a cabo con éxito: debe haber viento en la dirección apropiada, suficiente oxígeno en el aire, una mecha en buen estado, nadie que descubra al pirómano en el acto, etc. Dentro del conjunto de condiciones necesarias seleccionamos, en función de los intereses de la explicación, una de las condiciones como la causa. Si somos inspectores de la Junta de Andalucía, por ejemplo, la falta de vigilancia que recibió el parque ese día podría ser nuestra causa seleccionada. Finalmente, pues, la causa es una condición INUS: es insuficiente, pues la falta de vigilancia no basta para declarar el incendio, pero es parte necesaria de la condición suficiente que es la acción del pirómano.

Sin embargo, a pesar de lo intuitivo del análisis, incluso en la versión de Mackie, el análisis de la causalidad en términos de condiciones suficientes/necesarias se enfrenta a conocidas dificultades. Por ejemplo, la asimetría causal se pierde, pues si c es condición necesaria para e, e es condición suficiente para c; y viceversa. Por ejemplo, para escribir ‘daño’ es necesario escribir ‘ñ’; y es suficiente con escribir ‘daño’ para escribir ‘ñ’. Además, no toda condición necesaria o suficiente es causa: escribir ‘ñ’ no es causa de escribir ‘daño’; igual que el fuego del incendio no es su causa, aunque no haya incendio sin fuego. Más aún, la relación lógica que expresa el condicional material (‘si … entonces …’) es incapaz de dar cuenta de casos hipotéticos o meramente posibles. El análisis en términos de condiciones necesarias o suficientes, no parece ir más allá de la constatación de regularidades: pasa esto, y pasa o no pasa lo otro. Pero, pensando en términos causales, lo que nos interesa es más bien qué sucedería si … o qué habría sucedido aunque … Por eso algunos filósofos, sin abandonar el análisis condicional, han querido reforzarlo mediante el condicional contrafáctico.

3. Teorías contrafactualistas

Según el análisis contrafáctico, ante el incendio de Doñana, el conocimiento de las condiciones es importante también para poder controlar, predecir, o evitar situaciones semejantes: si hubiese habido una mejor atención y vigilancia del parque, el incendio de Doñana se habría evitado; por eso la falta de vigilancia es la causa del incendio. Naturalmente, la dificultad estriba en cómo fundamentar la verdad de este tipo de enunciados sobre situaciones puramente posibles. La teoría de David Lewis (1973, 1986), aún la más renombrada, propone la existencia de mundos posibles en los que de hecho ocurren los sucesos contrafácticos relevantes, y la verdad de los contrafácticos causales depende de la proximidad, medida en términos de semejanza, de los mundos posibles donde los sucesos posibles ocurren. Así, el contrafáctico ‘si hubiese habido una mejor atención y vigilancia del parque, el incendio de Doñana se habría evitado’, es verdadero si: el mundo en el que hay una mejor atención y vigilancia del parque (en realidad, un parque superparecido a Doñana en los aspectos relevantes al caso) y en el que no ocurre el incendio, está más cerca de nuestro mundo actual que el mundo posible en el que hay una mejor atención y vigilancia pero en el que se incendia (un parque superparecido a) Doñana.

Al margen del precio a pagar en términos de realismo de mundos posibles, la propuesta de Lewis, y las propuestas contrafácticas en general, se enfrentan a otros problemas propios de la temática causal. Situaciones causales de preempción y de sobredeterminación del efecto son fuente de dificultades. Supongamos que el sicario de la compañía de gas se dispone a incendiar Doñana justo cuando descubre al pirómano y decide no intervenir. En este caso, no es cierto que ‘si el pirómano no hubiese realizado su acción, no habría habido incendio’; pues el sicario espera al acecho, por si el pirómano falla, para ejecutar su trabajo. Luego el contrafáctico relevante no ayuda a determinar la causa del incendio. El problema parece acentuarse si suponemos que los dos, pirómano y sicario, llevan a cabo su acción, i.e., en casos típicos de sobredeterminación. (Jonathan Schaffer (2008) ha montado sobre este tipo de situaciones todo un ataque al realismo casual.)

Pero seguramente la mayor dificultad de las propuestas condicionales es su sesgo regularista. Los condicionales apenas si alcanzan a recoger patrones de regularidad, y la causalidad se elude sin un vínculo real, más fuerte, entre repeticiones más o menos semejantes. Incluso en los condicionales contrafácticos la dependencia entre antecedente y consecuente se desvía a la semejanza entre mundos, y las teorías de contrafácticos suelen apelar a leyes naturales para dar cuenta de las condiciones de verdad de los condicionales: en la versión de Lewis, una de las medidas de semejanza entre mundos es la compartición de leyes.

4. Teorías nomológicas

Entre las teorías nomológicas, seguramente la más desarrollada es la de David Armstrong (1983, 1997). Según Armstrong los casos de causalidad son ejemplificaciones concretas de leyes naturales, y las leyes son, a su vez, relaciones de necesitación entre los universales ejemplificados en los estados de cosas implicados. Las leyes, dice Armstrong, no recogen meros patrones de regularidad pues, si así fuese, no habría distinción entre generalizaciones universales, como ‘todos los cuervos son negros’ y auténticas leyes, como ‘los cuerpos se atraen en función de sus masas y distancia’. Las leyes son relaciones naturales necesarias entre las propiedades universales, como tener masa, poseer energía, fuerza, etc. que ocurren ejemplificadas en particulares concretos; por eso pueden sustentar las relaciones causales que hacen verdaderos los condicionales relevantes.

Una de las coreadas ventajas de las teorías nomológicas es su naturalismo: Armstrong no necesita de ninguna investigación empírica para defender su teoría, pero puede afirmar con confianza que una de las labores de la ciencia es descubrir relaciones nomológicas y propiedades universales. La metafísica se ve así reforzada por su vínculo con la labor científica: la ciencia descubre leyes y propiedades; la metafísica defiende que las leyes que la ciencia descubre son relaciones de necesitación entre universales aristotélicos ejemplificados en estados de cosas particulares.

Pero las teorías nomológicas también tienen sus dificultades. Una que puede parecer fundamental es la posibilidad de ocurrencia de hechos causales singulares que no estén gobernados por ninguna ley, como ha defendido, por ejemplo, Michael Tooley (1997). Sin embargo, y al margen de la posibilidad singularista, también la gran dificultad para las propuestas nomológicas reside en dar cuenta de la naturaleza de la conexión causal misma. Para salvar la mera regularidad y poder hablar de causalidad, las leyes naturales tienen que portar algún tipo de necesidad. Ya hemos visto que Armstrong propone una relación nomológica, físicamente necesaria, entre las propiedades universales que conforman la ley. Pero, ¿qué relación es ésta? ¿Dónde fundamentarla? Desde luego, dice Armstrong, no en la naturaleza de los universales en la ley, pues nuestro mundo podría haber estado gobernado por otras leyes naturales y, por tanto, los mismos universales podrían haber entrado en relaciones nomológicas diferentes. Pero, si la conexión no puede fundamentarse en las propiedades, ¿qué quiere decir que es necesaria? Mumford (2004) ha planteado esta dificultad a modo de dilema: O la relación entre las propiedades universales es interna, y por tanto, está fundamentada en su naturaleza, o es externa y, por tanto, es independiente de las propiedades. En el primer caso, las leyes naturales son superfluas, pues nos basta con la naturaleza de las propiedades para comprender la estructura de la realidad. En el segundo caso, las leyes no gobiernan, pues existen al margen de la naturaleza de los hechos que supuestamente las ejemplifican. Naturalmente, Mumford va a defender que en la naturaleza de las propiedades está la clave para la comprensión del comportamiento de la realidad y, por tanto, las leyes son innecesarias, o secundarias, en la explicación.

5. Teorías disposicionalistas

La teoría de Mumford sobre la causalidad es una de las teorías disposicionalistas más seguidas en la actualidad. ¿Por qué disposicionalista? En coherencia con su propuesta sobre el dilema anterior, Mumford defiende el papel último de las propiedades para la explicación del movimiento y cambio de la realidad. Pero, si es que han de realizar esta labor explicativa, las propiedades no pueden ser categóricas, pues volveríamos a la imagen humeana del mundo, donde las relaciones entre ocurrencias son una pura cuestión de hecho: la sal se disuelve en agua, pero las mismas estructuras moleculares podrían no romper sus enlaces en el mismo medio químico. Así, junto Rani Anjum (2011), Mumford ha defendido que la realidad está causalmente estructurada porque las propiedades tienen poderes causales; o, más bien, las propiedades son conjuntos de poderes causales o disposiciones: al igual que muchos samoyedos tiran de un mismo trineo sumando o restando fuerza a la de los demás perros y a la fuerza que ejerce el propio trineo y su carga, los poderes causales se combinan en el compuesto causal, a veces con los demás, otras veces contra los demás, para producir un efecto. La causalidad resulta entonces una relación interna entre todos los poderes relacionados y la conexión necesaria que Hume no pudo encontrar, se traduce en la tendencia natural al comportamiento, propia o esencial, de los poderes de las cosas.

Como ya señaló Evan Fales (1993), la consecuencia de una concepción interna de la causalidad, como la de Mumford, es una metafísica cargada de potencialidades y posibilidades reificadas en la naturaleza de las cosas. Dada la cantidad de posibles combinaciones de poderes posiblemente contribuyendo a un resultado causal, todo elemento que conforma, o puede conformar, el compuesto causal ha de tener una naturaleza enormemente compleja: una naturaleza que incluya cualquier relación posible con todos los demás, también los posibles, elementos. Pero esto puede resultar, cuando menos, contraintuitivo; cuando más, ad hoc.

6. Teorías de procesos

Las teorías de poderes causales y disposiciones rápidamente se convierten en teorías de procesos. Es fácil imaginar la “realización” de un poder causal como el despliegue de una actividad que irá cambiando su curso a medida en que se activan otros poderes a su paso. Causas y efectos van perdiendo su naturaleza independiente, y la causalidad deja de ser una relación entre distintos elementos para ser un proceso. Aunque las teorías disposicionalistas no tienen por qué ser reduccionistas, las teorías causales de procesos sí tuvieron en sus comienzos un fuerte carácter fisicalista, y todavía para muchos no debería perderlo. Pues si la causalidad es un proceso, éste ha de poder buscarse, y encontrarse, empíricamente entre los fenómenos físicos que la ciencia estudia. Y la ciencia propone procesos por doquier: ondas electromagnéticas que se propagan en el aire, información sobre el pasado que se transmite al futuro, la luz abriéndose paso en el espacio … Wesley Salmon (1984, 1998) defendió que dos procesos, o dos partes temporales de un mismo proceso, están causalmente relacionados cuando entre ellos se transfiere algún elemento empíricamente determinable. La cantidad de movimiento transferida entre el pie y la pelota en un balonazo es buen ejemplo de transferencia causal entre procesos: la pelota conserva la marca (cierta cantidad de movimiento) tras su interacción con el pie. Según Phil Dowe (2000) y Max Kistler (2006) la transferencia no es sino la permanencia en el tiempo de cantidades conservadas, i.e., las propiedades cuantitativas (momento, energía, carga, …) que aparecen en las leyes más fundamentales de la física.

Un problema que he señalado para estas teorías (García-Encinas 2004) es que la transferencia, igual que la permanencia, de una propiedad no es sino la identidad de esa propiedad en el tiempo; pero identidad y causalidad son categorías metafísicas irreducibles entre sí. Sin embargo, en su versión más fisicalista, las teorías de procesos se enfrentan a otros problemas, como la incapacidad para acomodar muchos hechos causales. Como en el ejemplo de Anjum y Mumford (2013), si Tom se sonroja cuando Tina toca accidentalmente su rodilla, es cierto que cierta cantidad de energía pasa de la mano de Tina a la rodilla de Tom; pero la misma cantidad de energía pasa de la mano de Ron a la rodilla de Tom sin que Tom se sonroje: muchos otros factores, sociales, psicológicos, sexuales, etc. han de tenerse en cuenta para explicar el efecto de la mano de Tina en la rodilla de Tom; y sin embargo, estos factores no son fácilmente traducibles a leyes físicas fundamentales y cantidades conservadas.

Las teorías de procesos tienen la ventaja de recoger todos los avances en teoría de la probabilidad. Salmon, por ejemplo, analizó las interacciones entre procesos causales mediante, lo que él denominó, horquillas causales. Por ejemplo, el “principio de la causa común”, que viene a decir que cuando las coincidencias recurren has de buscar una causa común, rige las horquillas conjuntivas, las que representan la producción de un nuevo proceso. Así, si la probabilidad de dos procesos juntos es mayor que su probabilidad por separado, entonces habrá una causa común que explique la dependencia estadística entre los dos procesos, y su independencia causal: el incendio de Doñana no causa la construcción de un nuevo gasoducto, pero si las probabilidades del incendio y el gasoducto juntos son mayores que sus probabilidades independientes … prueba a buscar una causa común. Estas y otras formas de relaciones estadísticas, junto con el uso de redes bayesianas y grafos para la representación de mapas de probabilidades y dependencia estadística entre ocurrencias, ha generado todo un complejo de nuevas ideas en epistemología y metodología causal.

7. Teorías agenciales

La propuesta de Jon Williamson (2005) es una forma sofisticada de las teorías agenciales más clásicas como la de Huw Price (1991, 1996) o la teoría intervencionista de James Woodward (2003). Según Williamson, los cálculos de probabilidad son medidas racionales de fundamentación de creencias y predicciones y, por ello mismo, también las relaciones causales que los mapas de distribución y variación de probabilidades representan son útiles para el control y la explicación de la realidad. En el marco de las teorías agenciales, la causalidad adquiere un carácter antropológico irreducible: no es algo en el mundo, sino un concepto generado para referir a nuestra relación epistemológica con él. La causalidad se convierte en manipulación, o posibilidad de manipulación de la realidad: un producto de nuestra experiencia como agentes en el mundo. La realidad pone las condiciones para que podamos intervenir en ella igual que pone, digamos, las condiciones para que podamos decir que tiene múltiples colores; pero en sí misma es tan acausal como incolora. Naturalmente, algunas de las dificultades a las que se enfrentan estas teorías son cómo dar cuenta de lo que llaman intervención sin apelar a la causalidad misma, o cómo dar cuenta de los casos supuestamente causales donde la intervención es meramente posible – dificultad compartida con las teorías contrafácticas, como vimos.

8. Pluralismo

En general, todas las propuestas tienen sus dificultades, pero todas también parecen atisbar alguna característica que nos resulta iluminadora sobre la causalidad. Por eso algunos filósofos, como Stathis Psillos (2010) o Nancy Cartwright (2007) han optado por defender una vía pluralista, según la cual, y según la describe Psillos, la casualidad es más bien como un resfriado común: todas las características (regularidad, dependencia contrafáctica, presencia de un proceso, aumento de probabilidad, posibilidad de intervención, …) que los filósofos señalan cuando la intentan explicar son, en realidad, un conjunto de síntomas que no refieren a algo único, aunque conforman un estado claramente reconocible y habitual. Sea como fuere, con este último apunte, termino esta concentrada exposición de teorías casuales. Por el camino se nos han planteado algunos problemas esenciales: ¿Qué tipo de conexión es la que se establece entre causa y efecto? ¿Es necesaria? ¿Es universal? ¿Es física? ¿Un proceso? ¿Qué relación puede haber entre la causalidad y las leyes? ¿Entre causalidad y probabilidad? ¿Entre causalidad y disposición? ¿Es la causalidad algo puramente epistemológico?

Sin embargo, un montón mayor aún de cuestiones han quedado fuera: ¿Es la causalidad asimétrica? ¿Circular? ¿Transitiva? ¿Reflexiva? ¿Qué relación hay entre causalidad y tiempo? ¿Podría defenderse la reducción de la asimetría causal a la flecha del tiempo? ¿O pueden las causas ocurrir después que sus efectos? ¿Tienen causas y efectos que estar conectados espacialmente? ¿Qué relación hay entre causalidad y determinismo? ¿Somos libres en un mundo causal? ¿Y, cómo serlo si el mundo es acausal? ¿Qué papel juega la causalidad en nuestras leyes morales y de derecho? ¿Y en nuestro aprendizaje? O ¿cuál es la ontología de la causalidad? ¿Sucesos? ¿Propiedades? ¿Hay causalidad por omisión? Para estas, y otras, cuestiones sólo me queda referir al lector interesado a grandes volúmenes sobre el tema: quizás, la edición de Ernesto Sosa y Michael Tooley de 1993, la de Mauricio Suárez de 2011 sobre causalidad y probabilidad en física, el Oxford Handbook of Causation, la entrada de Schaffer en la Stanford Encyclopedia of Philosophy o, en español, algunos artículos especializados listados en la bibliografía.

María José García Encinas
(Universidad de Granada)

Referencias

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Para leer en español

Causalidad General

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  • –––Tratado sobre la naturaleza humana. Distintas ediciones
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Cómo citar esta entrada

García Encinas, M.J. (2018) “Causalidad”. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. (URL: http://www.sefaweb.es/causalidad/)

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