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Sobreveniencia/Superveniencia

La noción de sobreveniencia o superveniencia (en español podemos emplear ambos términos, en inglés el término utilizado es supervenience), y sus derivados, ha adquirido un gran relieve en las discusiones metafísicas recientes. El contexto ha sido la búsqueda de relaciones que permitan entender cómo ciertas entidades, generalmente propiedades, pueden depender de otras de una manera no necesariamente causal ni reductiva. Los dos primeros apartados describen brevemente las discusiones en los ámbitos del fisicalismo y la filosofía de la mente. El apartado tercero presenta algunas de las definiciones que mayor relevancia han tenido. En el apartado cuarto, señalamos varios problemas persistentes en torno al concepto.

1. En busca de lo más básico

La búsqueda de lo más básico o fundamental es parte del intento por llegar a tener una imagen unificada e integradora de la realidad. Las herramientas conceptuales empleadas en esta búsqueda han sido muy variadas. Con frecuencia se han utilizado relaciones de explicación, reducción, constitución y composición. Otras, más recientes, han sido las de truth-making y grounding. Las relaciones de sobreveniencia han ocupado un lugar destacado en esta historia. Sobre la búsqueda de fundamentos ontológicos, pueden consultarse los trabajos de Audi (2012), Bennett (2004; 2017), Bliss y Priest (2018), Fine (2012), Hoeltie, Schnieder y Steinberg (2013), Jago (2016) y Post (1987). Y para un planteamiento escéptico sobre la necesidad de que la realidad tenga fundamentos, véase Schaffer (2003).

La sobreveniencia pretende ser un tipo no causal y no reductivo de relación de dependencia. El núcleo es la idea de que si A sobreviene a B, entonces no pueden existir variaciones o cambios en A sin que existan variaciones o cambios en B. Así presenta la noción, por ejemplo, Lewis (1986, p. 15). Aún sin especificar con mayor detalle las entidades A y B, esto crea una relación muy peculiar entre ellas, una relación que puede ser transitiva, que no tiene por qué ser simétrica (ya que es compatible con variaciones en B que no impliquen variaciones en A), y que puede tener cierta fuerza modal especial de un tipo conceptual o metafísico.

Las relaciones de sobreveniencia suelen establecerse en términos de hechos entendidos como ejemplificación de propiedades. El tipo de propiedades permitiría hablar de hechos físicos, mentales o psicológicos, sociales, morales, estéticos, etc. Así, por ejemplo, podemos afirmar la sobreveniencia de los hechos mentales sobre los hechos físicos.

Algunos autores prefieren utilizar la noción de «evento» en lugar de la de hecho (Davidson, 1970). Los mismos eventos pueden describirse de muchas formas. Pero las descripciones fisicalistas serían las más fundamentales. Todas las demás mantendrían con ellas relaciones de sobreveniencia. A veces, la sobreveniencia también se describe como una relación entre distintos tipos de enunciados. Las verdades expresables en términos de un lenguaje fisicalista serían la base de una sobreveniencia de las verdades expresables en cualquier otro lenguaje (científico, ordinario, moral, estético, etc.). Como veremos más adelante, la sobreveniencia también podría entenderse como una relación epistémica entre lo que podemos afirmar adoptando cierta perspectiva y lo que podríamos afirmar adoptando otras perspectivas.

Ha sido frecuente ver en la noción de sobreveniencia el compromiso mínimo  que debería asumir cualquier proyecto naturalizador, materialista o fisicalista. Esta idea juega un papel central en Davidson (1980), Hellman y Thompson (1977) o Papineau (1993). Este último, por ejemplo, sostiene que a un fisicalismo mínimo le bastaría asumir una identidad fisicalista token-token y una sobreveniencia fisicalista respecto a la ejemplificación de propiedades. De acuerdo a la primera tesis, toda entidad particular y concreta ha de ser una entidad física. De acuerdo a la segunda tesis, la ejemplificación de cualquier propiedad debe sobrevenir a la ejemplificación de propiedades físicas.

2. Un poco de historia

Leibniz parece haber sido el primero en usar el término latino “supervenire” para expresar la idea de que toda supuesta relación está determinada por las propiedades de las mónadas. Pero hay que ir a finales del siglo XIX para encontrar usos más articulados de la noción de sobreveniencia. Emergentistas como Morgan, Pepper o Meehl emplearon el término inglés “supervenience” como sinónimo de emergencia. Cuando los procesos físicos adquieren cierto grado de complejidad, emergen propiedades nuevas que sobrevienen a dichos procesos físicos y constituyen los fenómenos químicos, biológicos, psicológicos, etc. Las discusiones en torno a la noción de sobreveniencia en conexión con el emergentismo han sido analizadas con gran detalle por McLaughlin (1992; 1997; 1999a y 2003).

Más cercanos a nosotros se sitúan los usos de la noción de sobreveniencia vinculados a las teorías del valor, ya sea moral o estético, propuestas por Moore, Hare, Sibley o Levinson. Todos estos autores argumentan que la ejemplificación de propiedades evaluativas depende, de manera no causal ni reductiva, de la ejemplificación de ciertas propiedades no evaluativas. Pero la entrada triunfal de la noción de sobreveniencia en la escena filosófica tiene lugar en filosofía de la mente. Primero, de la mano de Donald Davidson. Y a continuación, gracias a los desarrollos ofrecidos por David Lewis y Jaegwon Kim. La mayoría de las discusiones posteriores han tomado como referencia las propuestas de estos tres autores.

Davidson desarrolla la idea de una sobreveniencia de lo mental en relación a lo físico para complementar su posición conocida como “monismo anómalo”. Los rasgos mentales sobrevendrían a los rasgos físicos al no poder existir dos eventos iguales en todos sus aspectos físicos que difieran en algún aspecto mental o, alternativamente, al no poder ocurrir que un evento pueda ser alterado en algún aspecto mental sin ser alterado en algún aspecto físico. Según Davidson, este tipo de dependencia no implica que exista causación o reducibilidad de los eventos mentales a los físicos a través de leyes o definiciones. Se argumenta esta idea en Davidson (1970; 1985 y 1993), así como en Davidson (1980).

David Lewis es otro autor que ha tenido gran influencia en las discusiones acerca de la sobreveniencia. Plantea el concepto de sobreveniencia en el siguiente sentido:

Sobreveniencia humeana (humean supervenience): «todo lo que existe en el mundo es un vasto mosaico de hechos particulares locales, simplemente una pequeña cosa y luego otra» (Lewis, 1986)

Absolutamente todo lo demás ha de sobrevenir a esos hechos particulares locales. Y las propias relaciones nómicas (leyes, patrones, etc.) también deben sobrevenir a ciertos hechos particulares locales. Las leyes que podemos llamar naturales, leyes para cuya identificación nuestra ciencia es la mejor guía, tienen un papel crucial en nuestra imagen de la realidad. Sin embargo, no hay ninguna necesidad de que esas leyes sean como son aparte de que sobrevienen a los hechos particulares locales que ocurren en la realidad. Véase también Lewis (1983 y 1994), Loewer (1996) y Preyer y Siebelt (2001).

Para Lewis, la realidad más básica que sirve de base a toda sobreveniencia es simplemente «un mosaico de hechos particulares locales» (1986, p. 9). Este es el sentido del adjetivo «humeana». Hay ciertas propiedades intrínsecas ejemplificadas por puntos espacio-temporales. Y las únicas relaciones fundamentales son relaciones espacio-temporales entre esas ejemplificaciones. Todo lo demás ha de sobrevenir a esto.

Irónicamente, un grave problema con esta concepción es su poca plausibilidad debido al rechazo a la localidad que cabe encontrar en la física actual. La defensa de Lewis frente a estos problemas fue siempre una moderación y apertura en sus planteamientos sobre lo que puede ser la realidad más básica. Pero esto debilita mucho su posición.

Acerca de la viabilidad de las relaciones de sobreveniencia para formular un fisicalismo no reductivo, puede consultarse Bekermann, Flohr y Kim (1992), Horgan (1993), Kim (1990; 1998), Liz (2007), O’Hear (2022), Wilson (2005) y Witmer (1999). Sobre las aplicaciones de la noción de sobreveniencia en metafísica, véase Levenberger (2008).

3. Conceptos de sobreveniencia

El autor que más se ha esforzado por analizar en detalle la noción de sobreveniencia es Jaegwon Kim. Veamos con más detalle algunas de sus propuestas.

Consideremos A y B como dos conjuntos de propiedades, por ejemplo: propiedades mentales y propiedades físicas, respectivamente. El concepto de sobreveniencia empleado por Davidson podría quedar formulado así:

  1. Sobreveniencia débil: La indiscernibilidad respecto a B en nuestro mundo implica la indiscernibilidad respecto a A. De manera equivalente, para cualquier x y para cualquier propiedad F de A, si x tiene F, entonces existe una propiedad G en B tal que x tiene G y si cualquier otro y tiene G, entonces ese y también tiene F.

Una sobreveniencia así sería bastante débil. No hay ninguna fuerza modal. Nada impediría que en otros mundos posibles se diera una indiscernibilidad respecto a B con discernibilidad respecto a A. Se discute este concepto débil de sobreveniencia en Kim (1984a), Haugeland (1982) y Moyer (2008). La siguiente reformulación intenta asegurar una mayor fuerza modal:

  1. Sobreveniencia fuerte: La indiscernibilidad respecto a B entraña necesariamente la indiscernibilidad respecto a A. De manera equivalente, para cualquier x y para cualquier propiedad F de A, si x tiene F, entonces existe una propiedad G en B tal que x tiene G y, necesariamente, si cualquier otro y tiene G, entonces también tiene F.

Este concepto de sobreveniencia parece más plausible. Véase Kim (1984a y 1987). Sin embargo, asumiendo que el conjunto B de propiedades está cerrado bajo las operaciones booleanas clásicas, la sobreveniencia fuerte llega a tener consecuencias reductivas.

Es fácil ver cómo se produce este resultado. Supongamos que la propiedad F tenga diferentes propiedades físicas G1, G2 , …, Gn como su base de sobreveniencia en todos los n mundos posibles en los que F puede resultar ejemplificada. Formemos ahora la disyunción lógica de todas esas bases físicas. Estando el conjunto B cerrado bajo las operaciones booleanas clásicas, esta disyunción G1 v G2 v … v Gn será una propiedad física genuina. En consecuencia, será necesariamente verdadero el condicional

Para todo x, (Fx syss G1x v G2x v … v Gnx).

Al menos en principio, la propiedad F sería nomológicamente reducible a algún tipo de propiedad física. Estaríamos ante una ley puente reductiva capaz de dar apoyo a la reducción fisicalista de la propiedad F. Hay abundante literatura sobre este problema. Se discute, por ejemplo, en Bacon (1986; 1990; 1995), Bader (2012), Glanzberg (2001), Hellman y Thompson (1975; 1977), Klagge (1995), Mumford (1994), Oddie y Tichy (1990) y Van Cleve (1990).

Mientras que la sobreveniencia débil es demasiado débil modalmente, la sobreveniencia fuerte parece demasiado fuerte. Este problema ha motivado la búsqueda de otros conceptos de sobreveniencia. Y el concepto de sobreveniencia global ofrece uno de ellos que, además, cuando se trata de propiedades mentales, permite encajar los resultados del externismo.

Siempre que las propiedades de A sean sensibles al contexto o a la historia, podremos intentar afirmar una relación de sobreveniencia como la siguiente:

  1. Sobreveniencia global: Cualesquiera dos mundos indiscernibles respecto a las propiedades B son también indiscernibles respecto a las propiedades A.

La sobreveniencia global evita hablar sobre individuos concretos dentro de un mundo. Véase Kim (1084a; 1987). Además, restringiendo el concepto de mundo, la sobreveniencia global permite conceptualizar la idea de una «sobreveniencia mereológica» como un caso particular. Las propiedades de los todos sobrevendrían a las propiedades de sus partes constituyentes si cualesquiera dos entidades indiscernibles respecto a las propiedades de esas partes fueran también indiscernibles respecto a sus propiedades como todos. Esta alternativa es propuesta también por Bader (2013).

Pero esta manera de entender la sobreveniencia abre la puerta a nuevas perplejidades. Una de ellas tiene que ver con la poca plausibilidad que tendrían posibilidades como la de que dejando de existir un simple átomo en cualquier región remota de nuestro universo, se redistribuyeran de manera extravagante las propiedades mentales que resulten ejemplificadas. Tales posibilidades serían perfectamente compatibles con la existencia de una sobreveniencia global de lo mental sobre lo físico. Se discute esto en K. Bennett (2004a), Paull y Sider (1992), Shagrig (2002), Sider (1999) y Steinberg (2014).

Para evitar extravagancias de este tipo, Kim propone considerar la siguiente matización:

  1. Sobreveniencia global basada en una similaridad: Cualesquiera dos mundos similares respecto a las propiedades B han de ser también similares en relación a las propiedades A.

Este nuevo concepto resulta sugerente. Véase especialmente Kim (1984a; 1987). Pero, ¿cómo entender esa noción de «similaridad respecto a un conjunto de propiedades»? ¿Cómo entenderla cuando los conjuntos de propiedades son tan amplios como «todas las propiedades físicas» y «todas las propiedades mentales»? Supongamos que el sujeto X difiera de Y sólo en una creencia y que, por otro lado, difiera de Z sólo en un deseo. ¿Es X más similar a Y que a Z? Nuestras intuiciones sobre lo que debe contar o no como una similaridad se debilitan enseguida.

Otro problema importante tiene que ver con estar suponiendo que los conjuntos de propiedades A y B se apliquen a las mismas entidades. Las mismas entidades tendrían esas distintas clases de propiedades. Puede que esto sea suponer demasiado en casos como los de las relaciones entre las propiedades mentales y las propiedades físicas. Para evitar este problema, Kim (1984a y 1988) propone el concepto siguiente:

  1. Sobreveniencia para dominios múltiples: Siendo D1 y D2 dos dominios de individuos sobre los que se aplican respectivamente las propiedades de A y de B, <A,D1> sobreviene a <B,D2> syss cualquier distribución completa de B sobre D2 implica una única distribución completa de A sobre D1.

A fin de recoger la idea de que debería haber relaciones de coordinación relevantes entre las entidades capaces de tener, respectivamente, las propiedades de tipo A y de tipo B, (podemos pensar, por ejemplo, en relaciones mereológicas entre las propiedades de los «todos» y las propiedades de sus diversas «partes» respectivas, o en relaciones entre las propiedades de los sujetos psicológicos y las propiedades materiales de sus respectivos cuerpos), Kim sugiere la posibilidad de matizar 5 del siguiente modo:

  1. Sobreveniencia para dominios múltiples coordinados: Sea una relación de coordinación R conectando elementos de D1 con elementos de D2.

6.1. <A,D1> sobreviene débilmente a <B,D2> respecto a R syss, para cualesquiera x e y pertenecientes a D1, necesariamente si sus imágenes R(x) y R(y) son indiscernibles respecto a B, entonces x e y son indiscernibles respecto a A.

6.2. <A,D1> sobreviene fuertemente a <B,D2> respecto a R syss, para cualesquiera x e y pertenecientes a D1, y para cualesquiera mundos W1 y W2, si la imagen R(x) en W1 es indiscernible de la imagen R(y) en W2 respecto a B, entonces x en W1 es indiscernible de y en W2 respecto a A.

La idea importante de esta clase de sobreveniencia es que ha de existir una relación de coordinación entre los diferentes dominios D1 y D2 tal que, de un modo u otro, la indiscernibilidad respecto a las propiedades B implique una indiscernibilidad respecto a las propiedades A, bien en nuestro mundo (6.1) o a través de todo mundo posible (6.2).

Cómo entender la noción de «indiscernibilidad» abre la puerta a importantes discusiones. ¿No bastaría con la noción, más modesta, de «similaridad relevante»? Intuitivamente parece excesivo pedir una completa indiscernibilidad. Sin embargo, ¿cómo caracterizar metafísicamente lo que sea «similaridad relevante»? Como hemos visto más arriba, no se trata de una pregunta fácil.

En cualquier caso, hasta aquí tenemos una gran variedad de conceptos para expresar relaciones de sobreveniencia que cabría llamar “absolutas”, en el sentido de no estar sometidas a ninguna condición. Pero también serían útiles otros conceptos de sobreveniencia más “condicionales”.

Podríamos querer decir, por ejemplo, que las propiedades mentales sobrevienen a propiedades de tipo neurológico en el caso de nuestra especie, y que en otros casos tal vez sobrevengan a otros tipos muy diferentes de propiedades físicas. En este punto, Kim  propone la siguiente condicionalización o parametrización de las afirmaciones de sobreveniencia:

  1. Sobreveniencia paramétrica: A sobreviene de manera débil, fuerte, local, global, etc., pero en un sentido paramétrico, a B syss A sobreviene de manera débil, fuerte, local, global, etc., a B si se dan ciertas condiciones C.

Miremos hacia atrás. Las sobreveniencias fuertes parecen preferibles a las sobreveniencias débiles. Estas últimas son demasiado permisivas. Apenas tienen fuerza modal. Pero asumiendo cierta forma de construir las propiedades físicas, las sobreveniencias fuertes acaban implicando la existencia de leyes puente con capacidad reductiva, sugiriendo el carácter epifenoménico de las propiedades sobrevenientes. Como alternativa, estarían las sobreveniencias globales. De hecho, según hemos indicado, son muy oportunas cuando hay dependencias históricas y contextuales. Pero también son relaciones de sobreveniencia sumamente imprecisas. Además, sorprendentemente, son compatibles con que en un mismo mundo entidades idénticas respecto a las propiedades de B no compartan todas las propiedades de A. Con ello, la ejemplificación de propiedades de A quedaría sin ninguna clara explicación. Se trataría de una ejemplificación que podríamos volver a considerar epifenoménica. Las sobreveniencias globales basadas en una similaridad intentan arreglar este problema. Pero requieren definir con precisión el sentido en el que dos mundos pueden ser relevantemente similares. Y éste es un problema muy difícil de abordar.

Por su parte, las sobreveniencias de dominios múltiples, y de dominios múltiples coordinados, añadirían el problema derivado de la introducción de nuevas clases de entidades. Por ejemplo, los sujetos psicológicos, para la ejemplificación de las propiedades de A, y los cuerpos materiales para la ejemplificación de las propiedades de B. Y esto nos coloca muy cerca del dualismo, o de un inmediato pluralismo si consideramos otras clases de propiedades. De hecho, esta posición era la de Descartes. Descartes mismo podría aceptar tesis muy fuertes acerca de la sobreveniencia de las propiedades mentales sobre las propiedades físicas en tales dominios coordinados.

Todos estos conceptos de sobreveniencia han sido objeto de minuciosos debates. Y a esos conceptos se han ido añadiendo otros nuevos. Véase Liz (2001; 2009), McLaughlin (1995; 1996; 2001), Savellos y Yalcin (1995), Shagrir (2002), Sider (2008) y Teller (1984).

El campo específico de aplicación más importante de la noción de sobreveniencia ha sido la formulación de relaciones de dependencia de lo mental respecto a lo físico. Pero también ha habido otros usos. Se ha utilizado para formular relaciones de dependencia entre propiedades evaluativas y normativas, de tipo ético, estético, epistémico, etc., y alguna clase de propiedades descriptivas (Audi, 1990). También para establecer relaciones de dependencia entre los hechos causales y ciertos hechos no causales (Kim, 1984b), o entre las verdades contrafácticas y las verdades fácticas (Fine, 2012). Y para hacer que las propiedades mereológicas de los todos dependan de las propiedades de sus partes (Bader, 2013; Kim, 1984b), y lo mismo con las propiedades macrofísicas respecto de las propiedades microfísicas (Kim, 1984b; Horgan, 1982). Entre las aplicaciones aún más específicas destacan la sobreveniencia de las acciones colectivas respecto de las acciones individuales (Tuomela, 1989) o la sobreveniencia de propiedades biológicas de las especies a propiedades de los individuos (Weber, 1996).

4. Problemas persistentes

Hay problemas concretos que afectan a versiones particulares del concepto de sobreveniencia. Pero también existen varios problemas genéricos largamente persistentes que merece la pena destacar.

4.1 Compatibilidad con el dualismo

Sorprendentemente el dualismo cartesiano podría admitir una sobreveniencia de lo mental sobre lo físico. Las relaciones pertinentes de ejemplificación y variabilidad podrían ser preservadas. Pero entonces, ¿qué valor puede tener la sobreveniencia a la hora de ofrecer una imagen unificada e integradora de la realidad? En general, teniendo en cuenta la posibilidad de tales compatibilidades, ¿qué valor tiene la idea de una sobreveniencia a la hora de perfilar un fisicalismo, materialismo o naturalismo mínimos? (Kim, 1993a)

Este problema sólo consigue evitarse introduciendo restricciones que directamente impidan reinterpretaciones dualistas. Pero entonces, ¿no sería mejor declarar abiertamente nuestra posición contraria al dualismo?

4.2 Colapso reduccionista

La sobreveniencia debe ser una relación de dependencia lo más fuerte posible, pero no de tipo causal ni reductivo. En esta idea está el germen de una grave tensión. En la medida en que se ponga el énfasis en la dependencia, nuestra posición tenderá al reduccionismo, o incluso al eliminativismo. Y en la medida en que se ponga el énfasis en el rechazo de este tipo de implicaciones, nuestra posición derivará hacia el dualismo, o acaso a un mero epifenomenalismo.

Esta tensión puede ilustrarse con el problema de la exclusión explicativa y causal discutido, entre otros, por Horgan (2007), Kim (1993a; 1994b; 1998; 2005), McLaughlin (1984) y Merricks (1998). Cualquier relación causal macrofísica debería sobrevenir a relaciones causales microfísicas. Pero esto plantea serias dudas acerca de la existencia real de las relaciones causales macrofísicas. Y esas dudas afectan muy especialmente a la causación mental. Si el iniciar una acción sobreviene a ciertas relaciones causales neurológicas, y en última instancia microfísicas, en un sentido fuerte, entonces los efectos de la acción no serán en el fondo más que efectos de esos estados microfísicos que estén en la base de sobreveniencia de las razones que animan la acción. Y la eficacia causal de lo mental será puramente ficticia, un mero epifenómeno.

4.3 Necesidad de explicar la propia sobreveniencia

El fisicalismo no debería admitir nada que no se pudiera explicar en términos fisicalistas. Sin embargo, las relaciones de sobreveniencia parecen algo superpuesto o añadido. Además de la compleja red de relaciones causales o informacionales que dan estructura a la realidad, existirían relaciones de sobreveniencia. Y necesitaríamos saber por qué existen. Este problema es enfatizado por Blackburn (1984; 1985), Jackson (1998) y Wilson (1999).

Terry Horgan ha analizado en profundidad este problema introduciendo el concepto de superduperveniencia (superdupervenience) para referirse a «una sobreveniencia ontológica explicable de manera robusta en términos materialistas aceptables». El problema es que justificar la existencia de este tipo de relaciones de superduperveniencia es algo tan necesario como difícil de conseguir. Véase Horgan (1993) y Wilson (1999; 2005).

4.4 Proliferación de conceptos de sobreveniencia

Hemos visto la gran variedad de posibilidades conceptuales que ofrecen las relaciones de sobreveniencia. Lewis (1986) se quejaba de tal proliferación. Y, desde luego, parece haber demasiadas posibilidades como para considerar que estamos ante algo realmente fundamental y fundamentador. La propuesta de Kim respecto a una sobreveniencia paramétrica da sentido a ese pluralismo. Sin embargo, también frustra el ambicioso proyecto metafísico de partida.

4.5 ¿Sobreveniencia en términos ontológicos, semánticos o epistémicos?

Cuando la sobreveniencia se formula en términos metafísicos, quedan involucradas ciertas relaciones entre las ejemplificaciones de las propiedades pertenecientes a lo que sobreviene y las ejemplificaciones de las propiedades que pertenecen a la base de esa sobreveniencia. Cuando la formulación se lleva a cabo en términos semánticos, se apela a ciertas relaciones entre las verdades acerca de lo que sobreviene y las verdades acerca de la base de la sobreveniencia. Por último, cuando la formulación tiene un carácter epistémico, remite a ciertas relaciones entre la posibilidad de discriminar -o detectar, o afirmar- cambios en lo que sobreviene y la posibilidad de discriminar -o detectar, o afirmar- cambios en la base de la sobreveniencia.

Esta opcionalidad genera un grave problema. Por un lado, tanto las formulaciones semánticas como las formulaciones epistémicas parecen insuficientes para el proyecto metafísico inicial que motivaba la noción de sobreveniencia. Además, constituye una razón de peso para buscar otras formas de obtener imágenes unificadas de la realidad asumibles desde posiciones fisicalistas. De hecho, la literatura filosófica en torno a la sobreveniencia ha disminuido mucho en los últimos años. Véase Fine (2012) y Merricks (1998).

Al buscar lo más básico o fundamental, las discusiones en torno a la noción de sobreveniencia han acabado convirtiendola en algo así como una gran «navaja suiza» (Liz, 2009). Como toda navaja suiza, tenemos en nuestras manos una herramienta conceptual sumamente útil para un gran número de tareas. Tenemos algo de gran valor instrumental a la hora de hacer filosofía, algo que podremos utilizar al articular nuestra reflexión acerca de una gran variedad de temas y problemas. Sin embargo, seguimos estando muy lejos de haber llegado hasta lo más profundo de la realidad. Y también, paradójicamente, al igual que ocurre con esas complejas navajas suizas que va integrando cada vez más y más usos, podría llegar un momento en el que acabáramos cuestionando su misma utilidad.

Manuel Liz Gutiérrez
(Universidad de La Laguna)

Referencias

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  • Wilson, J. (2005). Supervenience-Based Characterizations of Physicalism. Noûs, 39: 426–459.
  • Witmer, D. (1999). Supervenience Physicalism and the Problem of Extras. Southern Journal of Philosophy, 37: 315–331.

Lecturas recomendadas

Una buena introducción al tema es la compilación de trabajos de Kim (1993a), acompañada de Horgan (1993), McLaughlin, B. (1995) y Teller (1984).

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Liz Gutiérrez, M. (2025): “Sobreveniencia/superveniencia”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/sobreveniencia-superveniencia/)

Objetos Abstractos

1. Introducción

La pregunta de qué son y si existen los llamados objetos abstractos es una de las cuestiones más centrales de la ontología, una que tiene, además, consecuencias importantes para la epistemología. Un criterio estándar para definir a un objeto como abstracto es si se trata de una entidad no espacio-temporal (o, simplemente, no espacial). Se suele decir también que las entidades abstractas no sufren cambios y que no causan ni pueden ser causadas. A diferencia de ellas, las entidades concretas sí son causalmente eficaces. Ejemplos de entidades concretas serían los objetos materiales ordinarios, como la silla en la que estoy sentado, los cuales son directamente observables, pero también son entidades concretas las partículas invisibles de que está compuesta. Ejemplos de entidades abstractas serían los números y otras entidades matemáticas, así como las ideas Platónicas, las propiedades, los universales, las proposiciones, las clases y los tipos. La distinción abstracto/concreto no puede confundirse con la distinción universal/particular. Un universal es algo que es múltiplemente instanciable. Así, la rojez puede estar instanciada o ejemplificada por una manzana roja y una bandera roja. Un particular es algo que es único, no es múltiplemente instanciable. Dejando a un lado a los nominalistas, que niegan su existencia, los universales se suelen entender como entidades abstractas. Sin embargo, no todas las entidades abstractas son universales. Los números, como el 1 o el 2, o los conjuntos, como el conjunto vacío, se suelen entender como particulares abstractos. Los tropos también.

Tropos son todas aquellas propiedades qua ejemplificadas en un objeto particular cualquiera, como la silla en la que estoy sentado. Su color particular, el marrón de la madera de que está hecha, su textura particular, etc., son tropos. Los personajes de ficción, en la medida en que se los entienda como objetos abstractos y no como inexistentes, son también particulares abstractos. La categoría de universal se opone a la de particular o individuo. En cambio, la categoría de abstracto se opone a concreto. Abstracto y concreto son categorías excluyentes. No puede haber un objeto que pertenezca a ambas. Además, parece que son exhaustivas en el sentido de que, para cualquier objeto de cualquier índole, o bien será una cosa o la otra. No puede haber objetos que no sean ni concretos ni abstractos. Ahora bien, ¿cuáles son exactamente sus propiedades definitorias, las que son necesarias y suficientes para ser un ejemplo de una de las dos categorías? Hemos mencionado dos diferencias importantes. La primera se refiere al carácter necesariamente espacio-temporal de los objetos concretos, que contrasta con el carácter no espacio-temporal de las entidades abstractas. La otra se refiere a la no eficiencia causal de las entidades abstractas. Otro rasgo comúnmente atribuido a las entidades abstractas ha sido el cómo se conforman y qué tipo de acceso epistémico se tiene a ellas. Las entidades abstractas se forman, según se ha asumido tradicionalmente, por un proceso mental de abstracción a partir de propiedades comunes a varios objetos particulares. Otra forma es a partir de los llamados “principios de abstracción”, lo cual parece una vía más adecuada para garantizar su objetividad (véase más adelante). Podemos incluso pensar que estos objetos no se forman ni constituyen en absoluto, sino que son eternos o atemporales, como ocurre con las Ideas platónicas. En cualquier caso, se suele admitir que solo los objetos concretos particulares pueden ser percibidos, mientras que las entidades abstractas no se perciben, sino que se captan mediante un proceso de intelección: a menudo se dice que se conocen a priori. Hay que advertir que todas estas características son propiedades que se han atribuido a las entidades abstractas a lo largo de la historia de la filosofía, no teniendo por qué ser propiedades genuinas o efectivas de estas supuestas entidades. A lo largo de esta entrada profundizaremos en todas estas características y en las distintas posturas en torno a la existencia y naturaleza de los objetos abstractos, de las cuales voy a enfatizar tres: (i) el realismo platónico, que se compromete con las entidades abstractas como independientes de la mente y no espacio-temporales; (ii) el nominalismo, que rechaza la existencia de entidades abstractas; y (iii) el artefactualismo, que defiende que hay entidades abstractas, aunque las concibe como artefactos dependientes de la mente y, por tanto, como situadas en el tiempo (aunque no en el espacio). Estas posiciones son paralelas a las que típicamente se distinguen en relación con el problema de los universales (Platonismo, nominalismo y conceptualismo). Digamos, por último, que, según varios autores, la distinción abstracto/concreto no es rechazable en virtud de que no existan las entidades abstractas, sino que es rechazable porque la distinción, dicen, no es clara o no es útil (Lewis, 1986; Sider, 2013).

2. En busca de una definición

Hemos hablado de dos características supuestamente diferenciadoras de los objetos abstractos: la ineficacia causal y la no espacio-temporalidad. Ambas, entendidas como intentos de caracterizar los objetos abstractos, forman parte de lo que David Lewis (1986) llamó “la vía de la negación”. El propio Lewis se mantiene escéptico con respecto a que estos dos criterios de identidad sean satisfactorios y así también lo ha reflejado la literatura posterior (Rosenkrantz, 2009; Cowling, 2017; Falguera, Martínez-Vidal y Rosen, 2022). Gary Rosenkrantz, por ejemplo, arguye que, si el carácter no espacial ha de ser un criterio distintivo de las entidades abstractas, las almas cartesianas serían entidades abstractas, contrariamente a la idea de que se trata de entidades concretas. Naturalmente, puede que las almas cartesianas no existan, pero, de existir, parece, según esto, que tendrían que ser abstractas (contra la intención de Descartes). Los universales aristotélicos, por otro lado, parece que ocupan un lugar en el espacio y el tiempo, localizándose exactamente allí donde son ejemplificados o instanciados. Si concebimos los universales aristotélicos como abstractos, entonces el criterio de no espacio-temporalidad sería extensionalmente inadecuado (Cowling, 2017, p.78). Igual sucede con los tropos si, como decíamos más arriba, los consideráramos abstractos, y con los conjuntos impuros. Finalmente, ¿qué sucedería con los lugares? Los lugares parecen entidades concretas y, sin embargo, parece que ellos mismos no ocupan un lugar (so pena de caer en un regreso al infinito), contra el criterio de no espacialidad (Rosenkrantz, 2009). Pero no es claro qué debemos hacer con estos supuestos contraejemplos. Podemos negar que constituyan un problema y mantener el criterio de no espacialidad o argüir simplemente que se trata de categorías que, al menos tal y como se las plantea, debemos rechazar.

¿Es el criterio de ineficacia causal necesario y suficiente para ser un objeto abstracto? Podría cuestionarse que sea suficiente sobre la base de que quizá haya entidades concretas incapaces de entrar en relaciones causales, pero tales entidades son solo meros supuestos. Más creíble es la objeción a la necesidad, pues hay filósofos que arguyen que puede haber entidades abstractas que sí entran en relaciones causales: propiedades y tipos de eventos. Si las relaciones causales singulares se explican en virtud de leyes generales y las leyes son relaciones entre tipos o propiedades, tendríamos que las entidades abstractas en cuestión (esos tipos y propiedades) sí son causalmente activos. Sin embargo, esto es solo una concepción entre otras de las leyes. Según otra concepción filosófica ampliamente difundida desde Hume, las relaciones causales solo pueden darse entre eventos concretos espacio-temporalmente situados. Igualmente, cuando decimos que un evento produjo causalmente otro evento dado en virtud de poseer cierta propiedad no implicamos necesariamente que la propiedad sola tenga eficacia causal. Lo que tiene el poder de causar el segundo evento es el evento concreto ocurrente en primer lugar y que, entre otras propiedades, instancia esa propiedad, donde eventos que instancian esa propiedad están causalmente relacionados con el segundo tipo de eventos.

Otra supuesta diferencia entre los objetos abstractos y los concretos es de carácter modal, a saber, la existencia necesaria de las entidades abstractas frente a la contingencia de las concretas. Incluso los nominalistas suelen conceder que, si estas entidades existieran, existirían necesariamente (Cowling, 2017, p. 82). Cosas tales como los números o las proposiciones no parecen ser contingentes. Su existencia, se dice, parece necesaria para explicar ciertos hechos que necesitamos explicar.

Por supuesto, se han señalado otros criterios con la finalidad de distinguir entre objetos abstractos y objetos concretos. Hemos mencionado el modo de conocimiento: como los objetos abstractos no están situados en el espacio, no tienen una existencia material, no son perceptibles ni cognoscibles por medios empíricos (a posteriori) en la medida en que tampoco podemos interaccionar causalmente con ellos. Parece, pues, que, si han de ser cognoscibles, deben serlo a priori. Los objetos abstractos, se suele argüir, se captan por medio del intelecto. Se dice también que son objeto de ciertas experiencias intuitivas que nos permiten percatarnos de ellos (Chudnoff,2013). Sin embargo, no está claro que no pueda haber entidades abstractas no cognoscibles a priori. De nuevo, si aceptamos los conjuntos impropios como ejemplos de entidades abstractas, deberemos ver en ellos ejemplos de entidades abstractas no cognoscibles a priori. Las esencias individuales, se podría argüir, son asimismo objetos abstractos no cognoscibles a priori (salvo, quizá, por una mente divina). Por otro lado, algunos autores han mantenido que, si los realistas platónicos tienen razón y los objetos abstractos existen realmente como entidades autónomas, entonces su existencia no depende de nosotros y su conocimiento se nos escapa irremediablemente. Porque ¿de qué modo podrían sernos accesibles? A este problema se le ha llamado el “problema del acceso” y muchos creen que hay razones para pensar que un conocimiento directo, no inferencial, intuitivo, de entidades abstractas es indefendible (Bell,1979), abogando por un modo de conocimiento indirecto de estos objetos, con base en principios de abstracción (véase más adelante). Las dificultades derivadas del problema del acceso llevaron a Benacerraf (1973) a plantear un famoso dilema que se ha convertido en uno de los principales argumentos contra el realismo platónico. El dilema, dicho brevemente, es el siguiente: o bien acompañamos la matemática de una semántica apropiada en la que se hace referencia a objetos abstractos inertes a los que no es posible acceder perceptivamente, en cuyo caso tenemos el problema de proveer una epistemología adecuada (cosa que no parece posible), o bien, de querer una epistemología adecuada para la matemática, no podemos hacerlo con base en objetos abstractos inertes, como desean los platónicos (dando lugar a una semántica insatisfactoria o extraña). Pero el argumento de Benacerraf no es concluyente, al presuponer una teoría causal de la percepción y, en general, del conocimiento.

Parece claro que muchas de las condiciones supuestamente identificatorias de los objetos abstractos que hemos visto tienen o pueden tener contraejemplos. En virtud de estos problemas, y en la línea de Lewis (1986) y Sider (2013), algunos autores han planteado prescindir de la distinción abstracto/concreto. Sin embargo, no está realmente claro que debamos de rechazar la distinción solo en virtud de la existencia de estos supuestos contraejemplos. ¿Por qué sería necesario, después de todo, pensar que deben existir condiciones conjuntamente exhaustivas y definitorias del concepto de “abstracto” por oposición a “concreto”? (cf. Dumsday 2022).

3. Posiciones acerca de su existencia y naturaleza

Llegamos al punto de caracterizar las tres posiciones fundamentales en torno a la naturaleza y existencia de los objetos abstractos. La primera es el platonismo, según la cual las entidades abstractas existen y son entidades no espacio-temporales, no dependientes de la mente y causalmente inertes. El platonismo es una forma de realismo, pues se compromete con la existencia de las entidades abstractas, pero uno de tipo muy particular, pues concibe de una manera muy específica dichas entidades. No todo el que se compromete con la existencia de entidades abstractas comparte la misma noción de entidad abstracta ni tiene por qué hacerlo. El platonismo es una posición venerable dentro de la tradición filosófica, pero una que ha resultado harto controvertida ya desde antiguo. Se trata de una posición metafísica que, como otras, parte de la base de que es posible dar una respuesta (positiva en su caso) a la pregunta de si, verdaderamente, existen los objetos abstractos como parte del verdadero mobiliario ontológico del mundo. De manera no poco confundente, muchos definen el platonismo como la mera tesis de que existen los objetos abstractos.

Sin duda, movido por esta parca caracterización, Quine atribuyó la tesis del platonismo a su maestro Rudolf Carnap. Sin embargo, parece claro que el compromiso de Carnap con las entidades abstractas era deflacionario o “interno”. Carnap rehuyó totalmente un compromiso substantivo con las entidades abstractas, así como cualquier otra posición metafísica (incluyendo el nominalismo), tanto en filosofía de las matemáticas o filosofía de la ciencia como en cualquier otro campo. Fiel a su distinción entre “preguntas ontológicas externas” y “preguntas ontológicas internas”, pensaba que cualquier respuesta al primer tipo de preguntas estaba fuera de lugar (dando lugar a sin sentidos), mientras que las únicas respuestas posibles son siempre a preguntas internas, lo que las relativiza siempre a marcos lingüísticos previamente dados (cf. Carnap, 1950). Cualquier compromiso existencial con entidades abstractas es, pues, siempre interno. Esta posición se ha generalizado actualmente en distintas formas de neo-carnapianismo, las cuales exhiben un mayor o menor grado de deflacionismo (meta)ontológico. Esto incluye la propuesta “fácil” de Thomasson (2015), según la cual no hay un concepto substantivo de existencia verdaderamente defendible además de la noción puramente lógica que fue debidamente analizada por Frege. Cualquier pregunta ontológica sobre si existe cierto tipo de entidades es susceptible de una respuesta trivial o, en todo caso, aproblemática basándonos en verdades puramente conceptuales, reglas lógicas y quizá algunas pesquisas empíricas, en los casos que así se requiera.

Dejemos por un momento el deflacionismo, ¿cuáles son los argumentos en favor del platonismo? El argumento tradicional se remonta a Platón y es conocido como el argumento del “uno sobre muchos”. Brevemente, este argumento dice así: supongamos que tenemos un árbol verde, un coche verde y una mesa verde. En consecuencia, hay algo común a estas tres cosas, a saber, la propiedad de ser verde o la “verdeidad”. La consecuencia general es que existen las propiedades o los universales (las ideas o formas, diría Platón), que son objetos abstractos, no confundibles con los objetos concretos que poseen dicha propiedad. Tanto Aristóteles en la Antigüedad como Quine en el siglo XX señalaron que este argumento es un non sequitur. Para empezar, si el argumento no se restringe a ninguna clase particular de predicados, entonces el argumento da lugar a una teoría abundante de los universales. Una en la que cualquier predicado da lugar a una propiedad o universal genuino. Si en cambio el argumento ha de valer solo para una clase restringida de predicados, el argumento da lugar a una teoría de los universales escasa (cómo de escasa dependerá del tipo de restricciones que introduzcamos). Resulta problemático cómo debemos restringir la clase de un modo que no sea arbitrario. En cualquier caso, el argumento parece una inferencia demasiado rápida y fácil para concluir la existencia de objetos abstractos.

Otro argumento, relacionado con el anterior y ampliamente difundido desde Frege, se construye partiendo de la verdad manifiesta de cierto enunciado que contenga términos singulares, para garantizar la verdad literal del cual es necesario suponer que los términos singulares en cuestión denotan. Es decir, para poder decir que el enunciado “2 + 2 = 4” es literalmente verdadero (y no algo que simplemente fingimos que sea verdadero o que solo es verdadero en la “ficción matemática”) es necesario suponer que los términos “2” y “4” son denotativos (aunque es preciso recordar que, para Frege, los números no son objetos sino conceptos de segundo orden). Este argumento se ha utilizado en contextos más allá del puramente matemático. Para valorarlos adecuadamente, tendríamos que valorar cada aplicación particular del argumento. Al menos existen tres posibles alternativas que no se comprometen con objetos abstractos, el nominalismo, el ficcionalismo y el meinongianismo. Se puede mantener con el nominalista que los enunciados matemáticos que tomamos por verdaderos son falsos tomados literalmente (ya que no existen los supuestos objetos matemáticos abstractos), pero se pueden parafrasear o reformular de modo que sean verdaderos, sin aludir a dichos objetos. O bien se puede decir con el ficcionalista que son ficciones útiles en el sentido de que, aunque son estrictamente falsos, son verdaderos dentro de la ficción (matemática). Escoger esta opción involucra introducir un operador del tipo “ser verdadero en la teoría de la aritmética” o cualquier otro que sea relevante, lo que no implica que los objetos mencionados tras el operador existan verdaderamente. La tercera opción, conocida como meinongianismo por derivar del filósofo austríaco Alexius Meinong, es aceptar que los enunciados matemáticos en cuestión son literalmente verdaderos de ciertos objetos no existentes (aunque posean ser). Cualquiera de estas opciones se presenta muchas veces como teniendo ventajas sobre el platonismo, pues éste en primer lugar parte de la base de la verdad (literal) de los enunciados matemáticos aceptados y, en segundo lugar, explica esta verdad con base en una semántica estándar que presupone la existencia de ciertos objetos inertes y no mentales.

4. Tipos, ejemplos y problemas

El ejemplo más paradigmático de objeto abstracto lo constituyen los números y las entidades matemáticas en general, incluyendo los conjuntos. Con respecto a la posibilidad de entender las entidades matemáticas como abstractas, el principal problema, como ya hemos visto, es cómo contestar al dilema planteado por Benacerraf. En relación con esto, un intento de solución, cuyo punto de partida es la obra de Frege, ha sido el llamado “neo-Fregeanismo” o abstraccionismo, principalmente desarrollado por Bob Hale y Crispin Wright en distintas obras, escritas tanto en colaboración como por separado (cf. Wright, 1983; Hale, 1987; Hale y Wright, 2001; Hale y Wright, 2009). La idea básica tiene que ver con un replanteamiento de la pregunta que da lugar al problema: no es que debamos explicar cómo accedemos a los objetos abstractos antes de responder a la pregunta de cómo es posible el conocimiento de enunciados que se refieren a estos objetos, sino que debemos centrarnos directamente en explicar cómo es posible el pensamiento proposicional acerca de tales objetos y cómo se llega a conocer (Hale y Wright, 2009, p.178). A partir de aquí, Hale y Wright construyen su proyecto con base en los llamados “principios de abstracción”, los cuales se suelen presentar como analíticos y como teniendo la forma del siguiente bicondicional:

Θ 𝛼 =  Θ 𝛽 ↔ 𝛼 ∼ 𝛽,

donde 𝛼 y 𝛽 son variables cualesquiera, Θ denota un operador aplicado a esas variables (por ej., el número de 𝛼, la dirección de 𝛼, etc.) y ∼, una relación de equivalencia. Así, por ejemplo, el llamado principio de Hume dice que el número de 𝛼’s es igual al número de 𝛽’s si y solo si hay tantos 𝛼’s como 𝛽’s (𝛼 y 𝛽 son equinuméricos, es decir, se puede establecer una biyección entre sus elementos). Los principios de abstracción se pueden aplicar, y se han aplicado, a ámbitos distintos de la matemática, como, por ejemplo, a las fusiones mereológicas, pero simplemente no es cierto que este modo de presentar objetos abstractos valga en general para todos los ejemplos putativos de objetos abstractos. En cualquier caso, el proyecto de Hale-Wright es básicamente un proyecto neofregeano de fundamentación de las matemáticas. Sin embargo, ni siquiera es claro que este proyecto funcione para las matemáticas. Desde los tiempos de Frege, sabemos, sin embargo, que existen al menos dos problemas graves si optamos por esta vía. Uno es el problema de Julio César y el otro, el de la “mala compañía”. El primero tiene que ver con que los principios de abstracción dan criterios de identidad más que de individuación. Por ejemplo, el principio de Hume nos dice cuándo el número de los conejos coincide con el de las liebres, pero no qué sea un número. El problema, pues, reside en cómo acotar la putativa referencia de los términos que introducimos. El segundo problema tiene que ver con que hay principios de abstracción que, como sabemos desde el Axioma V de Frege, conducen, o pueden conducir, a una contradicción (en el caso de Frege cuando se combina con el principio de comprehensión para conceptos y el principio para la existencia de las extensiones). Así, pues, la mera formulación de un principio de abstracción no garantiza, en principio, y sin ninguna restricción, la existencia de ciertos objetos abstractos. ¿Cómo, pues, distinguir entre principios de abstracción válidos y otros que no lo son? Parece que no lo podemos hacer a priori. Se requiere alguna restricción para delimitar la clase de los principios de abstracción que resultan aceptables. En 2018 Oystein Linnebo publicó su libro Thin Objects, el cual supuso un importante avance en la discusión sobre el abstraccionismo. Linnebo (2018) presenta una nueva manera de ver la ontología de la matemática, si bien inspirada en las ideas de Frege. Muy concretamente, su idea es basarse en principios de abstracción predicativos, los cuales no presuponen compromisos ontológicos fuertes. Según esta manera de entender los principios de abstracción, cualquier cuestión acerca de las “nuevas” entidades introducidas puede reducirse a una cuestión acerca de las “viejas” entidades sobre las cuales estamos abstrayendo. La naturaleza o estatuto de estas entidades abstractas no haría, estrictamente hablando, exigencias sustantivas sobre el mundo. La entrada de las ideas de Linnebo y otras formas de minimalismo (meta)ontológico (Rayo, 2013; Thomasson, 2015) ha enriquecido notablemente la discusión sobre la epistemología de los objetos abstractos, pero aún es pronto para pronunciarse de manera definitiva acerca de estas concepciones, incluso acerca de su éxito como concepción filosófica general de la matemática y de la teoría de conjuntos.

La teoría axiomática de objetos abstractos de Edward Zalta (desarrollada sobre todo en sus libros de 1983 y 1988) es una de las pocas concepciones generales sobre los objetos abstractos que, además de ser formal y constructiva, permite su aplicación a multitud de ámbitos distintos, desde la matemática a ontologías filosóficas específicas, pasando por la lógica intensional. En esta teoría se dispone de un predicado de existencia además del cuantificador existencial, cuantificándose sobre objetos abstractos (como entidades matemáticas o caracteres de ficción) de los que se puede decir sin contradicción que no existen espacio-temporalmente. Los objetos abstractos pasan a poder codificar propiedades además de ejemplificarlas. En contraste, los objetos ordinarios (las entidades concretas espacio-temporales) solo ejemplifican propiedades. La distinción entre objeto abstracto y ordinario es una distinción modal. Ningún objeto abstracto puede ser ordinario y a la inversa. La doble predicación (codificar vs. ejemplificar) permite decir cosas como que Sherlock Holmes es un objeto abstracto que codifica la propiedad de ser un detective o la de vivir en Baker Street, aunque ejemplifica la propiedad de ser un ente de ficción salido de la pluma de Conan Doyle. Digamos que un objeto abstracto como Sherlock Holmes codifica todas y solo aquellas propiedades que le son atribuidas en las ficciones que llevan su nombre y que fueron escritas por el escritor escocés acabado de mencionar. El llamado axioma de comprehensión permite, dada una cierta condición expresable sobre propiedades, la existencia de cualquier objeto abstracto que codifique exactamente y solo aquellas propiedades que satisfacen esa condición, lo que da lugar a una ontología superabundante, que no todos los filósofos están dispuestos a aceptar.

Javier de Donato Rodríguez
(Universidad de Santiago de Compostela)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Frege, G. (1918-19/2016): «El pensamiento», trad. de Carlos Pereda, en G. Frege: Escritos sobre lógica, semántica y filosofía de las matemáticas (pp. 321-348), México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Lewis, D. (1986/2015): Sobre la pluralidad de los mundos, trad. de Eduardo García Ramírez, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.

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de Donato, J. (2024): «Objetos Abstractos», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-abstractos/).

Propiedades

En esta entrada nos ocuparemos de presentar muy sucintamente diversos modos en que han sido caracterizadas las propiedades de los objetos particulares desde la perspectiva de la metafísica analítica contemporánea. En nuestra exposición, nos centraremos, principalmente, en presentar modos alternativos de comprender la naturaleza básica de las propiedades. Estos modos son, a su vez, aquellos orientados a ofrecer distintas soluciones al llamado ‘problema de los universales’. Así, para comprender el sentido y valor de las distintas concepciones sobre las propiedades que expondremos, conviene hacerse una idea de en qué consiste este problema.

El problema de los universales ha sido caracterizado de diversas maneras en la historia de la filosofía (véase, por ejemplo, de Libera 1996). Pero un modo sencillo de presentarlo, y que vuelve comprensible buena parte de las discusiones en torno a él, consiste en llamar la atención acerca de que los objetos particulares con que nos encontramos en la experiencia parecen distinguirse por ser de diversos modos (e.g., rojos, duros, …), y que esos diversos modos de ser podrán caracterizar también a diversas cosas (la casa y la rosa son rojas; la piedra y el tronco de un árbol son duros). Esto es, las cosas que nos rodean no existen sin más, sino que tienen ciertos caracteres, y esos caracteres, a los que aludimos con nuestros predicados (‘… es rojo’, ‘… es duro’), parecen poder caracterizar una pluralidad de cosas, es decir, parecen ser universales. El problema filosófico surge en la medida en que acomodar esa circunstancia en el marco de nuestra comprensión intuitiva del mundo parece resultar paradójica: ¿cómo es que un mismo modo de ser, aparentemente una única entidad, es capaz de caracterizar particulares diversos y disjuntos, apareciendo y cumpliendo este papel en más de un lugar a la vez?

El problema de los universales, entonces, tal como acabamos de caracterizarlo, requiere hacerse una idea más clara de qué podrían ser esos modos de ser o, para decirlo con la terminología estándar, esas propiedades, que permita ofrecer una respuesta a la pregunta de hasta qué punto esa aparente universalidad, esto es, esa aparente posibilidad de que una única entidad explique el carácter de particulares localizados en distintos lugares, se corresponde o no con la realidad. Por ese motivo la discusión tradicional sobre los universales ha decantado, recientemente, en una discusión sobre la naturaleza más básica de las propiedades, de lo que nos ocupamos en lo que sigue.

En la metafísica contemporánea se han ofrecido distintas respuestas a la pregunta por la naturaleza de las propiedades, representadas en este cuadro que tomaremos como guía en el resto de la exposición:

 

Partiendo de la noción intuitiva de propiedad -esbozada más arriba, que alude a modos de ser recurrentes expresados por nuestros términos generales-  lo que nos preguntamos es si hay algo en la realidad que corresponda a dicha noción, y en qué podría consistir.

1. Eliminativismo respecto de las propiedades

El primer nodo representado en el cuadro corresponde a la primera pregunta que tenemos que responder respecto de las propiedades, a saber: si ellas son reales o no. Hay dos respuestas posibles aquí: sí o no. Quienes opten por el sí y acepten que hay propiedades, pueden entonces ser llamados realistas respecto de las propiedades (una posición que no se debe confundir con el realismo respecto de los universales, que es el sentido más usual en que se usa ‘realismo’ en las discusiones sobre propiedades). Quienes opten por el no y nieguen, por lo tanto, que hay propiedades, pueden ser descritos como eliminativistas respecto de las propiedades. Discutiremos en esta sección las posiciones eliminativistas, nos ocuparemos de las demás posiciones en el resto de la entrada.

Los eliminativistas sostienen que no hay propiedades, con lo que sus posiciones ontológicas consisten en algún tipo de nominalismo. Entre estos nominalismos eliminativistas podemos, a su vez, distinguir dos tipos: por un lado, están quienes defienden un nominalismo que podríamos calificar como extremo, según el cual lo que hace verdadero un enunciado como ‘la manzana es verde’ es simplemente que la manzana es verde, lo que se toma como un hecho que no requiere (ni admite) análisis o explicación ulterior – o, dicho de otro modo, lo que sostienen es que el hecho de que la manzana sea verde es un hecho primitivo, básico. Una posición de este tipo, defendida del modo más claro por Quine (1948), es a veces descrita, sobre todo por quienes la rechazan, como un nominalismo avestruz, lo que sugiere que habría un problema que requiere una explicación, pero que, sin embargo, estos filósofos esconden su cabeza para no verlo.

Por otro lado, están quienes, aún sin admitir propiedades, sostienen que hechos como los mencionados (que la manzana sea verde) pueden ser explicados, aunque esta explicación no requeriría hacer referencia a entidades distintas de los particulares concretos. Por ejemplo, una variante eliminativista del nominalismo de semejanzas (como la presentada en Rodriguez-Pereyra 2002, 2003) sería una teoría de este tipo: de acuerdo con ella, que la manzana sea verde es algo que admite explicación, pero lo que explica ese estado de cosas no sería la supuesta posesión por parte de la manzana de la propiedad de ser verde, sino simplemente que la manzana se asemeja a las demás cosas verdes (actuales y posibles) (sin entender la semejanza como una entidad).

Entre los filósofos contemporáneos, el eliminativismo respecto de las propiedades parece ser una posición minoritaria, mientras que una mayoría parece optar por el realismo respecto de las propiedades – en el sentido mencionado, según el cual hay ciertas entidades que son propiedades. Las motivaciones para suscribir esta posición son variadas. En principio, la postura parece rescatar ciertas creencias de sentido común, ya que solemos pensar los objetos como teniendo propiedades, o ciertos caracteres en común. Esta intuición puede expresarse desde un punto de vista más técnico en un argumento que apele a la noción quineana de compromiso ontológico, según el cual debemos admitir propiedades debido a que aceptamos ciertos enunciados que parecen referir a ellas y que no se pueden parafrasear evitando tal referencia. Un ejemplo sería “El naranja se parece más al rojo que al azul” que, si bien parece verdadero, refiere a propiedades de un modo difícil de eliminar. Así, uno podría intentar ofrecer la paráfrasis “Todas las cosas naranjas se parecen más a una cosa roja que a cualquier cosa azul” como equivalente al enunciado original, aun cuando no refiera a universales sino solo a particulares. Sin embargo, los dos enunciados no son equivalentes, como puede verse si consideramos una lapicera naranja y la comparamos con otra lapicera azul, y a ambas con una bicicleta roja.

2. Reductivismo respecto de las propiedades

Si, por otra parte, aceptamos que hay propiedades, entonces la pregunta oscila en torno a si estas son primitivas, esto es, no analizables en otros términos; o si, por el contrario, son entidades constituidas por otro tipo de entidades. En este último caso, y asumiendo que una ontología mínima deberá de todos modos incluir objetos particulares concretos, la pregunta es si las propiedades no podrían ser analizadas o reducidas en términos de estos últimos.

A este último grupo de posiciones, según las cuales se acepta que hay propiedades, pero se sostiene que éstas deben ser analizadas en términos de particulares concretos, pertenecen distintos tipos de nominalismos que podemos llamar ‘reductivos’, en la medida en que intentan reducir las propiedades a algún tipo de construcción realizada a partir de objetos concretos. Una ligera modificación del nominalismo de semejanza eliminativista mencionado más arriba nos provee un primer ejemplo de nominalismo reductivo: para eso, solo habría que agregar que, cuando decimos que lo que hace verdadero al enunciado ‘la manzana es verde’ es que la manzana se asemeja a las demás cosas verdes, eso puede tomarse como equivalente a decir que, en ese caso, la manzana tiene la propiedad de ser verde, esto es, que es un miembro de la clase de semejanza formada por todas las cosas verdes y solo ellas, la que puede ser entendida ahora como una propiedad, en la medida en que puede ser interpretada como el valor semántico del predicado ‘… es verde’ – y como aportando, por lo tanto, dicha clase a (una representación formal de) las condiciones de verdad de los enunciados en los que aparece (Rodriguez-Pereyra 2002, pp. 56 ss., discute una posición semejante). Otros tipos de nominalismos reductivos similares serían el nominalismo de clases, en particular, la variante distinta de la recién mencionada que sostiene que la pertenencia de un particular a la clase debe entenderse como un hecho primitivo; y el nominalismo de predicados, según el cual una propiedad estaría constituida por (el conjunto de) todos aquellos particulares a los que se le aplica un cierto predicado.

De todos modos, si bien estas posiciones parecen solucionar las preocupaciones basadas en la noción de compromiso ontológico mencionadas más arriba (cf. Lewis 1986, p. 50), ya que las propiedades así entendidas podrían funcionar como valores semánticos de los predicados o de sus nominalizaciones, la propuesta sigue resultando problemática. En efecto, parece apelar a circunstancias, como la pertenencia a una clase, que no resultan particularmente iluminadoras respecto del fenómeno que se pretendía explicar, esto es, el del carácter de los objetos – dado que, por ejemplo, la pertenencia de un buzón a la clase de cosas rojas no parece ser lo que explica que sea rojo (sino que, en todo caso, ocurriría al revés). De ahí que resulte natural tratar de explicar el fenómeno del carácter en términos de algo más estrechamente asociado con los particulares mismos, y más plausiblemente explicativo. Eso sugeriría examinar la posibilidad de que haya entidades sui generis cuya naturaleza misma les permita fundamentar el carácter de los objetos particulares.

3. Las propiedades como entidades sui generis I: universales

La otra rama que se bifurca del nodo en que se aceptan las propiedades, entonces, dará lugar a las distintas posiciones según las cuales las propiedades (o al menos alguna subclase de ellas, vuelvo sobre esto más abajo) son entidades fundamentales de un tipo peculiar, no reducibles a entidades de otros tipos. Una vez que aceptamos que la categoría de propiedad está poblada por entidades sui generis, no reducibles a otras, aparecen dos opciones básicas respecto de cómo entenderlas: o bien podemos entender a las propiedades como universales, o bien como particulares. Antes de entrar en detalles vale la pena notar que las opciones que se desprenden de este nodo no son necesariamente excluyentes (Lowe 2006, pp. 15-6 y Barker y Jago 2018, p. 2971, entre muchos otros, admiten ambas categorías). Esto es, si bien lo más común es que se defiendan posiciones según las cuales las propiedades son entendidas sólo de uno de estos modos, es posible, y de hecho ha ocurrido, adoptar posiciones según las cuales se aceptan ambos tipos de entidades (esto es, tanto propiedades universales como particulares), tomando a veces a uno como más fundamental que el otro. En todo caso, nos centraremos en presentar estos distintos modos de comprender las propiedades que acabamos de mencionar.

Un primer modo de caracterizar las propiedades entendidas como entidades básicas o primitivas, del que nos ocupamos en esta sección, consiste en concebirlas como universales. Una propiedad universal, o un universal sin más, sería en efecto una propiedad, esto es, algo que permite explicar (parcialmente) el carácter de un objeto (i.e., cómo es, al menos en parte, ese objeto), pero que es tal que una única entidad es capaz de dar cuenta de los caracteres (completamente) similares de una pluralidad (potencial) de particulares.

Esta explicación de qué son los universales es aún demasiado general, y deja espacio para caracterizarlos con mayor precisión de diversas maneras. Por ejemplo, nada se dijo aún del modo en que estos universales están relacionados con los particulares que ellos caracterizan, ni tampoco se mencionó nada sobre el tipo de realidad que tienen, o sobre si existen o no con independencia de que haya objetos caracterizados por ellos. Las distintas respuestas que se han dado a estas preguntas tienden a agruparse en dos cúmulos de tesis afines, que dan lugar a dos modos alternativos de comprender los universales. Esto nos lleva a la distinción usual entre universales entendidos como trascendentes o platónicos, por un lado, frente a los inmanentes o aristotélicos, por el otro. El modo más perspicuo de marcar las diferencias entre estos dos modos de concebir los universales se basa en la respuesta que quienes los aceptan darían a la tercera de las cuestiones planteadas más arriba, a saber, si satisfacen o no lo que David Armstrong denominó el “principio de instanciación”, esto es, el principio según el cual tener instancias (i.e., caracterizar (en algún momento) efectivamente a al menos un objeto concreto particular) es una condición necesaria para admitir la realidad de un universal. Respecto de esa pregunta, las teorías aristotélicas ofrecen una respuesta afirmativa, y sostienen que un universal existe sólo si está (o ha estado, o estará) instanciado por algo, mientras que un platónico sostendrá que la realidad del universal (que muchas veces no es caracterizada en términos de existencia) no depende de que haya o no algo que sea, de hecho, en algún momento, caracterizado por ese universal.

Estas diferencias respecto del principio de instanciación se ven también reflejadas, como sugerimos más arriba, en las distintas posiciones acerca de otros caracteres que se atribuyen a los universales. Así, por ejemplo, una posición aristotélica según la cual los universales existen solo en la medida en que están (o hayan estado, o vayan a estar) instanciados va de la mano de la tesis de que debemos entender los universales como constituyentes de los particulares que aquellos caracterizan, lo que sugiere, a su vez, suponer que los universales están localizados exactamente donde se encuentran dichos objetos. Por el contrario, una posición de tipo platónico, que admite propiedades no instanciadas, requiere suponer que la relación entre universales y objetos es distinta de la de ser un constituyente (por ejemplo, una relación de participación), lo que a su vez se conecta con la idea de que las propiedades no están localizadas en el espacio-tiempo y con que su realidad es de un tipo peculiar, a veces denominada ‘subsistencia’, que resulta, por otra parte, difícil de caracterizar de manera más precisa (cf. Russell 1912, p. 57).

Finalmente, se ha llamado la atención respecto de diferencias en las motivaciones y los tipos de argumentos que podrían fundamentar ambos tipos de posición. Así, mientras que la posición platónica parece particularmente sensible al así llamado “argumento del significado” (según el cual es necesario postular universales para que funcionen como valores semánticos de nuestros predicados; cf. Quine 1948, pp. 30-1; Armstrong 1978, vol. II, cap. 13), las posiciones aristotélicas más recientes sugieren dejar esta motivación de lado, y concentrarse más bien en las similitudes de naturaleza que es necesario postular para explicar el éxito de nuestras teorías científicas (esta es la postura, novedosa en su presentación inicial, de Armstrong, quien tras señalar que “el estudio de la semántica de los predicados debe ser distinguida de la teoría de los universales”, indica que “mi posición es que el argumento en favor de los universales objetivos no se basa en la teoría del significado, sino en la identidad aparente de naturaleza que exhiben ciertos particulares” (Armstrong, 1978, vol. II, p. 12 “mi traducción”).

Como puede verse a partir de la descripción que acabamos de hacer, parece claro que las dos posiciones tienen algunos puntos débiles que han sido utilizados para argumentar en su contra. En efecto, el teórico que acepta universales parece forzado a optar entre tesis que resultan un tanto paradójicas y difíciles de aceptar. Esto es así debido a que, si se inclina por la versión aristotélica deberá admitir que las propiedades tienen la característica peculiar de ser capaces de estar localizadas enteramente ,y a la vez, en lugares distintos y disjuntos, algo que las entidades con las que estamos más familiarizados (los objetos materiales ordinarios) claramente no son capaces de hacer. Por otra parte, si se inclina por una comprensión platónica de los universales, deberá aceptar que las propiedades tienen otra característica igualmente intrigante si tratamos de entenderla a partir de lo que ocurre con las entidades con las que estamos más familiarizados, a saber, la de ser reales a pesar de no estar localizadas en el espacio y tiempo. Esta condición vuelve, a su vez, igualmente intrigante cómo es que las propiedades así concebidas podrían cumplir con los roles que se les asignan, ya que en ese caso se vuelve misterioso cómo es que darían cuenta de los caracteres de objetos particulares que sí están ubicados en el espacio y tiempo.

4. Las propiedades como entidades sui generis II: tropos

Estas dificultades que aquejan a los universales, apenas aludidas más arriba, nos llevan a intentar comprender las propiedades como entidades sui generis, pero con caracteres menos alejados de nuestros modos más naturales de pensar acerca de entidades. La opción natural consiste en abandonar la idea de identidad en la pluralidad que parecía causar la mayor parte de los problemas y entender las propiedades como entidades particulares. Las propiedades serían, por lo tanto, entidades que explican el carácter de los objetos, pero que son tan particulares como los objetos mismos que caracterizan. El modo más intuitivo de comprender la idea consiste en entender estas propiedades como aspectos (o partes abstractas, volvemos sobre esto en breve) de esos particulares concretos, tales como el rojo particular de un caramelo, o su sabor. En la discusión contemporánea se ha descrito a estas entidades como particulares abstractos, y se los caracterizó también como ‘modos’ o ‘momentos’, entre otras denominaciones, aunque se los conoce ahora más comúnmente como tropos.

Si bien la categoría de propiedades entendidas como entidades particulares no es novedosa en la tradición filosófica occidental (autores como Descartes y Locke, entre muchos otros, se han referido explícitamente a ellas), una característica novedosa de la teoría de los tropos contemporánea, que toma impulso a partir de su tratamiento por parte de Donald Williams (1953) y Keith Campbell (1981, 1990), consiste en que se postula a los tropos como la única categoría fundamental de un esquema ontológico en que todas las demás categorías son construidas a partir de ella (y, en particular, lo son las más clásicas de objeto particular concreto y de universal abstracto). Como sugeríamos, el modo quizás más claro de identificar los tropos es el que usa Williams para introducir la categoría: nos sugiere que consideremos una serie de piruletas, o chupetines, que se distinguen por la forma y color de sus caramelos, y que nos preguntemos por lo que explica la similitud parcial entre ellos. Una primera fuente de su similitud parcial sería la similitud total, o completa, de sus palitos. Pero supongamos ahora, además, que el caramelo de uno de ellos es una esfera roja, y el del otro un paralelepípedo rojo. La idea de Williams es que la similitud parcial de esos dos chupetines dependerá de la que se da entre los dos caramelos, y que ésta a su vez debería ser explicada de un modo similar a como lo hicimos con la similitud basada en la de los palitos: la idea es explicar la similitud parcial de los dos caramelos a partir de la similitud total de dos aspectos suyos, sus colores, que sugiere interpretar, al igual que los palitos, como partes suyas, aunque se distinguirán de éstos en no ser partes burdas (i.e., concretas, o tales que ocupan de modo exhaustivo una región espacio-temporal) sino, tal como él las describe, tenues o sutiles (i.e., abstractas), es decir, que no agotan u ocupan exhaustivamente una región. Los tropos son, entonces, esas partes sutiles o abstractas de los objetos cuya similitud total permite explicar las similitudes parciales de los objetos concretos.

Se ha sostenido recientemente (cf. Loux 2015, García 2015, 2017), y una discusión del punto puede ayudar a comprender mejor la categoría, que la noción de tropo es ambigua o indeterminada, pudiendo ser interpretada de distintos modos. Según estos autores, la ambigüedad señalada estaría mostrando, en verdad, que la noción de tropo es incoherente, y que las supuestas ventajas que se siguen de su adopción son, en consecuencia, ilusorias. En la terminología de García, esta dualidad se muestra en que los tropos pueden ser entendidos, o bien como tropos modificadores, o bien como tropos módulo. La idea básica detrás de la distinción es la siguiente: mientras que un tropo modificador es, básicamente, algo que otorga carácter a un objeto concreto sin poseerlo él mismo (el tropo de rojo que explica el color de la piruleta no es él mismo rojo), el tropo módulo, por el contrario, sería más bien una entidad particular subsistente, sólo que una “tenuemente caracterizada” (i.e., con un único rasgo, por oposición al objeto concreto, “densamente caracterizado”).

Lo que la crítica de García sugiere es que la noción de tropo solo parece poder solucionar ciertos problemas ontológicos en la medida en que se entiende la noción a veces de un modo y a veces de otro. Puede defenderse, sin embargo, que la noción de tropo es menos vulnerable a esta crítica de lo que se supone. La idea de que un tropo es algo que oscila entre ser una cosa (una “mini-sustancia”) y una propiedad implica desconocer la especificidad de aquello a lo que llegamos mediante el proceso de abstracción al que nos invita Williams en su discusión. En efecto, la idea es que, como resultado de ese proceso, no obtenemos, en rigor, ni algo (una cosa) que tiene un único carácter, ni algo que confiere un carácter a otra cosa sin tenerlo él mismo, sino que lo que obtenemos es algo que es, ni más ni menos, un carácter.

Ezequiel Zerbudis
(Universidad Nacional del Litoral; Universidad Nacional de Rosario, CONICET (Argentina))

Referencias

  • Armstrong, D. (1978): Universals and Scientific Realism, Cambridge: CUP (hay traducción castellana de J. A. Robles, México: UNAM, 1988).
  • Barker, S. y M. Jago (2018): “Material Objects and Essential Bundle Theory”, Philosophical Studies, 175: pp. 2969-2986.
  • Campbell, K. (1981): “The Metaphysic of Abstract Particulars”, Midwest Studies in Philosophy 6, pp. 477-488.
  • Campbell, K. (1990): Abstract Particulars, Oxford: Blackwell.
  • De Libera, A. (1996): La querelle des universaux, París: Éditions du Seuil.
  • Garcia, R. (2015): “Is Trope Theory a Divided House?”, en Galluzzo, G. y M. Loux, The Problem of Universals in Contemporary Philosophy, Cambridge: CUP, pp. 133-155.
  • Garcia, R. (2017): “Sobre la expresión ‘propiedades particularizadas’: tropos modificadores y tropos módulo”, en Zerbudis, E. (ed.), Poderes causales, tropos y otras criaturas extrañas, Buenos Aires: Título, 2017, pp. 145-163.
  • Heil, J. (2003): From an Ontological Point of View, Oxford: OUP.
  • Lewis, D. (1986): On the Plurality of Worlds, Oxford: Blackwell.
  • Loux, M. (2015): “An Exercise in Constituent Ontology”, en Galluzzo, G. y M. Loux, The Problem of Universals in Contemporary Philosophy, Cambridge: CUP, pp. 9-45.
  • Lowe, E. (2006): The Four-Category Ontology, Oxford: OUP.
  • Mulligan, K., Simons, P. y Smith, B. (1984): “Truth-Makers”, Philosophy and Phenomenological Research, 44, pp. 287-321.
  • Quine, W. (1948): “On What There is”, The Review of Metaphysics 2, pp. 21-38 (hay traducción castellana de M. Sacristán en Quine, Desde un punto de vista lógico, Buenos Aires: Hyspamérica, 1984).
  • Rodriguez-Pereyra, G. (2002): Resemblance Nominalism, Oxford: OUP.
  • Rodriguez-Pereyra, G. (2003): “Particulares y universales”, en J. González y E. Trías (eds.), Cuestiones Metafísicas, (Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía), Madrid: Trotta.
  • Russell, B. (1912): The Problems of Philosophy, Oxford: OUP (refiero a la reimpresión de 1980; hay traducción castellana de J. Xirau, Barcelona: Labor, 1970).
  • Williams, D. (1953): “On the Elements of Being: I”, The Review of Metaphysics 7, pp. 3-18 (hay traducción castellana de T. Castagnino y E. Zerbudis en Cuadernos de Filosofía (Concepción, Chile) 35, 2017, pp. 127-142).
Cómo citar esta entrada

Zerbudis, Ezequiel (2023): «Propiedades», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/?p=3044&preview=true)

Ficcionalismo

1. Definición

La definición del ficcionalismo es una tarea compleja, a la cual nos abocaremos en seguida. Pero  conviene que lo hagamos sobre la base de las siguientes ilustraciones: (1) Según el ficcionalismo sobre las matemáticas defendido por Yablo (2001, 2005), cuando decimos cosas que aparentemente nos comprometen con la existencia de números (como “el número de solicitantes es 2”) estamos, en realidad, participando en una especie de ficción (la de que existen los números) que nos permite transmitir información sobre otro tema que realmente no involucra números (los solicitantes). (2) Según el ficcionalismo moral defendido por Joyce (2001, 2005), nuestros juicios morales (como “robar está mal”) no describen correctamente la realidad, pero resulta beneficioso suponer lo contrario: participar en la ficción de que robar está mal simplifica la deliberación práctica y facilita que tomemos decisiones que, como la de no robar, están en nuestro interés independientemente de consideraciones morales. (3) Según el ficcionalismo modal delineado por Rosen (1990), deberíamos entender las aseveraciones sobre mundos posibles que a menudo hacen los filósofos como aseveraciones acerca de una determinada ficción, la ficción de los mundos posibles. Así, la afirmación “hay un mundo posible en que mi mente existe pero mi cuerpo no” debería ser entendida como una abreviatura de “según la ficción de los mundos posibles, hay un mundo posible en que mi mente existe pero mi cuerpo no”.

Sobre la base de estos ejemplos, podemos definir el ficcionalismo en los siguientes términos:

(F): una teoría T sobre un discurso D es ficcionalista si y sólo si, según T, D (u otro discurso D’ sobre el cual versa D) es análogo al discurso fictivo (i.e., aquel en el que participan los autores de ficción literaria en la producción de sus obras) en que las proferencias realizadas por los usuarios de D no requieren, para ser correctas, que los contenidos que literalmente expresan sean verdaderos, ni que el emisor crea que lo son.

Diferentes aclaraciones sobre esta definición nos permitirán entender mejor la idea central del ficcionalismo. En primer lugar, una teoría ficcionalista tiene por objeto inmediato un determinado discurso, más que un supuesto ámbito de la realidad sobre el cual versa ese discurso (Armour-Garb y Woodbridge, 2015, p. 12; Eklund, 2019, sec. 2.1). Así, por ejemplo, el ficcionalismo matemático no es una tesis metafísica sobre la naturaleza o (in-)existencia de las entidades de las matemáticas, sino más bien sobre el discurso (científico y ordinario) que parece aludir a esas entidades. El ficcionalismo moral no es una tesis metafísica sobre la naturaleza de la moralidad, sino sobre las afirmaciones y creencias ordinarias en las cuales parece que atribuimos propiedades morales a acciones y personas. Hecha esta aclaración, podemos apreciar mejor la (no siempre del todo bien reconocida) “neutralidad metafísica” del ficcionalismo: algunas afirmaciones sobre un discurso D pueden tener consecuencias metafísicas, pero no el caso de la afirmación en virtud de la cual una teoría cuenta como ficcionalista, según (F). Es posible mantener una teoría ficcionalista sobre D y a la vez aceptar (o no rechazar, o mostrarse indiferente a) las entidades aparentemente postuladas por D. Pero cabe advertir que, a pesar de esto, a menudo el ficcionalismo sobre D es presentado como una variante de antirrealismo sobre las entidades postuladas por D, o como una alternativa al realismo (Kalderon, 2005; Balaguer, 2009; Thomasson, 2013; Kroon, 2011). Esto se explica, en parte, por el hecho de que, como veremos más adelante, el antirrealismo ha sido una motivación central para el desarrollo de teorías ficcionalistas.

En segundo lugar, nuestra definición (F) hace referencia a la idea de ficción y, en particular, establece una analogía entre D y el discurso fictivo. La idea de que el ficcionalismo está vinculado a la ficción puede parecer obvia, pero ha tenido que ser enfatizada recientemente (Armour-Garb y Woodbridge, 2015, p. 1; Kroon et al., 2019, p. 98) ya que i) autores que se auto-describen como ficcionalistas rechazan explícitamente que la idea de ficción sea útil para entender su posición (Balaguer, 2009, p. 132); ii) algunos trabajos que se consideran como paradigmáticos o fundacionales para el ficcionalismo (Field, 1980; van Fraassen, 1980) no hacen ninguna referencia explícita a la idea de ficción; y iii)  en otros casos, como en el ya mencionado trabajo de Yablo sobre el discurso matemático, la analogía dominante no es con la ficción sino con la metáfora. Pero una teoría T sobre D no tiene que invocar explícitamente la idea de ficción para que sea verdad que, según T, D es análogo a la ficción en los aspectos relevantes. La analogía puede estar presente sin ser trazada explícitamente. Por esta razón, las teorías de van Fraasen, Field y Yablo, e incluso la de Balaguer, pueden satisfacer la condición establecida por (F) para ser consideradas como instancias de ficcionalismo.

Finalmente, centrémonos en el punto de analogía identificado por (F). Una característica central del discurso fictivo es que las proferencias hechas en su contexto, a diferencia de lo que prima facie ocurre con las aseveraciones, son correctas incluso si el contenido literal de las oraciones proferidas no es verdadero ni creído por el emisor. Por ejemplo, la proferencia de “Beatriz Viterbo murió en 1929”, en el contexto del cuento El Aleph de J. L. Borges, es perfectamente legítima independientemente de si es verdad o no que Beatriz Viterbo murió en 1929. Esto se debe a que la finalidad perseguida por Borges no es describir la realidad e informarnos sobre la vida de Beatriz Viterbo, sino invitarnos a imaginar una determinada situación (véase Teorias de la Ficción para más detalles). Esta irrelevancia de la verdad para los fines del discurso fictivo es también característica del discurso D (o de D’), según el ficcionalista sobre D. Según el ficcionalista sobre el lenguaje matemático, por ejemplo, cuando usamos este lenguaje no nos comprometemos con la verdad de aquello que nuestras oraciones literalmente expresan: cuando decimos que el número de solicitantes es 2, no creemos realmente que haya una entidad, el número 2, que numere a los solicitantes. Nuestra actitud frente a esta proposición no es la de creencia, sino una que no tiene la verdad como norma y que provisionalmente podemos llamar “aceptación”. Igualmente, dicha proposición no es objeto de aseveración, sino de algo que provisionalmente podemos llamar “cuasi-aseveración”. (Ambos términos son de uso común en la bibliografía sobre el tema). Desde luego, una teoría ficcionalista debe dar contenido a las ideas de aceptación y cuasi-aseveración. Como veremos más abajo, una manera de hacerlo es apelando a la noción de “hacer como si” (make-believe) desarrollada por Walton (1990).

Aunque la afirmación (F) captura la idea central del ficcionalismo, a menudo se la presenta junto con otras que también son consideradas como definitorias. En primer lugar, suele enfatizarse que, según una teoría ficcionalista sobre D, las oraciones utilizadas en D son evaluables en términos de verdad o falsedad (Kalderon, 2005, p. 112; Kroon et al., 2019, p. 93). Esto permitiría distinguir el ficcionalismo de ciertas teorías “expresivistaso “no cognitivistas” según las cuales las oraciones en cuestión no son más que superficialmente declarativas y no se puede decir de ellas que sean verdaderas o falsas. En segundo lugar, se suele enfatizar que, según el ficcionalismo, D tiene una utilidad que hace aconsejable su mantenimiento (Kroon et al., 2019, p. 93). Esto permitiría distinguir el ficcionalismo del eliminacionismo, que aboga por el abandono de D. En tercer lugar, se ha enfatizado que según una teoría ficcionalista, D no es lo que aparenta ser: las que parecen ser aseveraciones sobre números, valores, mundos posibles, etc., son en realidad aseveraciones sobre otra cosa, o ni siquiera son aseveraciones (Armour-Garb y Kroon, 2020, p. 14). Sin esta condición, parece que el ficcionalismo sería automáticamente verdadero del discurso fictivo y otros discursos manifiestamente no aseverativos. Tener presentes estas condiciones adicionales a (F) puede resultar útil a la hora de entender argumentos y propuestas ficcionalistas: el lector puede combinarlas como más convenga para ese fin en cada ocasión. No es necesario demorarse en la cuestión de cuál es la definición correcta.

2. Algunas variedades de ficcionalismo

En los últimos treinta años el ficcionalismo se ha extendido a áreas filosóficas muy diversas. Ya hemos mencionado el ficcionalismo sobre el discurso matemático (Yablo, 2001; Leng, 2010), sobre el discurso moral (Joyce, 2001; Kalderon, 2005), y sobre el discurso de mundos posibles (Armstrong, 1989; Rosen, 1990). Otros discursos para los cuales se han defendido o considerado posturas ficcionalistas son los siguientes: las atribuciones de verdad (Armour-Garb y Woodbridge, 2015), las afirmaciones de existencia e identidad (Evans, 1982; Walton, 1990; Crimmins, 1998; Kroon, 2004), la psicología de sentido común (Toon, 2016), el discurso religioso (Scott y Malcolm, 2018), el discurso científico sobre entidades teóricas (van Fraassen, 1980), sobre el pasado y el futuro (Miller, 2021), sobre personajes de ficción (Walton, 1990; Brock, 2002; Everett, 2013) y sobre objetos ordinarios (Rosen y Dorr, 2002). Vale la pena aclarar aquí que es perfectamente posible adoptar una teoría ficcionalista en alguno de estos ámbitos sin por ello tener que hacerlo también en otros: los argumentos que conducen al ficcionalismo sobre un discurso D suelen depender de rasgos específicos de D y, por ello, no se generalizan fácilmente a otros ámbitos.

Además de ser tan variadas por lo que respecta a ámbitos temáticos, las teorías ficcionalistas difieren mucho entre sí en otros aspectos. Una primera distinción, muy frecuentemente trazada, es la distinción entre ficcionalismo hermenéutico y revolucionario. (Adaptando una terminología originalmente empleada por Burgess (1983) para clasificar tipos de nominalismo). La definición (F) y nuestra discusión hasta este punto han presupuesto la variante hermenéutica del ficcionalismo: según este tipo de ficcionalismo, el discurso D en cuestión tiene, de hecho, las características mencionadas en (F). En cambio, según el ficcionalismo revolucionario, D no tiene, de hecho, las características mencionadas en (F) pero debería (o podría) tenerlas. Es decir, el ficcionalista revolucionario es alguien que recomienda (o tal vez simplemente señala la posibilidad de) que los usuarios de D cambien su práctica para que (F) sea verdadera de él. El ficcionalismo revolucionario es una posición importante, con diversos ejemplos prominentes (Field, 1989; Joyce, 2001). No obstante, y aunque la distinción que estamos comentando no debe ser perdida de vista, resulta útil para nuestros fines simplificar la discusión centrándonos en la variante hermenéutica del ficcionalismo, y así lo haremos excepto que se señale lo contrario.

Una segunda distinción importante es la distinción entre ficcionalismo de prefacio y de prefijo (Véase Kroon et al (2019, Capítulo 3). Las nociones de prefacio y prefijo en este ámbito son introducidas por Lewis (2005). El ficcionalismo de prefacio es el ejemplificado por las teorías de Yablo y Joyce esbozadas al inicio. El ficcionalismo modal de Rosen, por contra, es un ejemplo de ficcionalismo de prefijo. Según el ficcionalismo de prefacio, el discurso D es análogo al discurso fictivo en lo que respecta a la fuerza ilocutiva que se confiere al contenido literalmente expresado: en ninguno de los dos casos se asevera tal contenido. Esto es el resultado de las presuposiciones compartidas por los hablantes en los respectivos contextos: el autor de ficción y sus lectores, igual que los usuarios del discurso D en cuestión, saben lo que están haciendo, y que ello no implica un compromiso con la verdad del contenido literalmente expresado. La idea de un prefacio (como “había una vez…” o “a partir de ahora hagamos como si…”) es una metáfora útil para referirse a tales factores contextuales que, en palabras de Lewis, “roban a lo que viene a continuación su fuerza aseverativa” (2005, p. 315). En cambio, según el ficcionalismo de prefijo, el discurso D no es él mismo análogo al discurso fictivo, sino que más bien es análogo al que, siguiendo a García-Carpintero (2016), llamaremos “discurso paratextual”, es decir: aquel discurso mediante el cual describimos el contenido de una ficción desde un punto de vista interno a la misma. Según el tratamiento estándar (Lewis, 1978), el discurso paratextual puede explicarse en términos de un prefijo (a menudo implícito) que también quita fuerza aseverativa a lo que viene a continuación, pero que da como resultado otra aseveración: una aseveración sobre los contenidos de la ficción. Así, por ejemplo, cuando decimos “Beatriz Viterbo murió en 1929” con la intención de describir el contenido de la ficción creada por Borges, lo que decimos podría ser más cabalmente expresado diciendo “En El Aleph, Beatriz Viterbo murió en 1929”. En cualquier caso, con más o menos palabras, lo que hacemos es una aseveración que es verdadera en función de cuál sea el contenido de la ficción a la que nos remitimos (en este caso, El Aleph).

Según el ficcionalismo de prefijo, lo mismo ocurre  con el discurso D para el cual se ofrece la teoría. Por ejemplo, según el ficcionalismo modal de Rosen, cuando un filósofo dice “hay un mundo posible donde mi mente existe y mi cuerpo no”, utilizando así el discurso sobre mundos posibles, lo que realmente está haciendo es una aseveración sobre una ficción, la ficción de la pluralidad de mundos posibles. (En la propuesta de Rosen, la ficción de la pluralidad de mundos posibles es una versión resumida y algo modificada del realismo modal de Lewis (1986)). Dicha aseveración podría hacerse también de manera más perspicua utilizando explícitamente un prefijo de ficción: “En la ficción de la pluralidad de mundos posibles, hay un mundo posible donde mi mente existe y mi cuerpo no”.  Como vemos en este ejemplo, aunque el ficcionalismo de prefijo sobre un discurso D no describe a D como análogo al discurso fictivo, típicamente postula la existencia de otro discurso D’ sobre el cual versa D y que, según la propuesta ficcionalista, sí es análogo en los aspectos relevantes al discurso fictivo. Nuestra definición (F) incluye una cláusula parentética que contempla esta posibilidad y en virtud de la cual es satisfecha por el ficcionalismo de prefijo.

3. Motivaciones

Hemos dicho antes que el ficcionalismo es, en principio, “metafísicamente neutral”. No obstante, también es cierto que una de las principales motivaciones para el ficcionalismo proviene de la adopción de una posición antirrealista sobre las entidades aparentemente postuladas por un determinado discurso. La siguiente es una situación típica: movido por la fuerza de ciertos argumentos, un filósofo llega a la conclusión de que no existen los Xs. No obstante, este filósofo también advierte que la existencia de los Xs parece estar presupuesta por un determinado discurso D que goza de buena reputación en su comunidad, y en el que tal vez él mismo participa de tanto en tanto. El rechazo de los Xs debería comportar, aparentemente, el rechazo de D. Sin embargo, nuestro filósofo se resiste a dar este último paso, tal vez porque es consciente de vivir en tiempos marcados por cierta “modestia post-Mooreana” (Fine, 2001, p. 2), o tal vez porque cree que D es útil incluso si es falso. En esta situación, el ficcionalismo sobre D se revela como una tesis esperanzadora. Si el ficcionalismo es correcto, entonces, tal vez, el discurso D no presupone realmente la existencia de los Xs. Lo que sí presupondría la existencia de los Xs sería el uso de las oraciones de D para aseverar aquello que dichas oraciones literalmente expresan. Pero el ficcionalista señala que, igual que pasa con las oraciones utilizadas en el discurso fictivo, las oraciones de D no son, habitualmente, utilizadas para hacer tales aseveraciones. Por tanto, como D no presupone realmente la existencia de los Xs, su uso es perfectamente legítimo incluso ante la evidencia de que no hay Xs.

La situación que acabamos de describir en términos generales requiere que el ficcionalismo sobre D sea de tipo hermenéutico. Por ejemplo, un nominalista (es decir, alguien que en virtud de ciertos argumentos filosóficos rechaza que existan los números) no tendrá nada que objetar al uso del discurso matemático si resulta que, como afirma el ficcionalismo hermenéutico en este área, tal discurso es, de hecho, análogo al discurso fictivo en que sus participantes no adquieren ningún compromiso con la verdad literal de lo que dicen. La situación es un poco diferente si el ficcionalismo que viene al auxilio del nominalista es de tipo revolucionario. Dado este tipo de ficcionalismo, la conclusión a extraer es que el discurso matemático sí presupone la existencia de números (y que es, por tanto, incorrecto), pero también que hay una forma relativamente sencilla de evitar ese error: introducir un prefacio que quite la fuerza aseverativa a lo que literalmente se dice, o un prefijo que transforme el discurso sobre números en un discurso sobre una teoría según la cual hay números. Nótese que el ficcionalista revolucionario no tiene por qué militar por la implementación efectiva de esa reforma, sino simplemente señalar su posibilidad. Al hacerlo, le ofrece al nominalista una estrategia para “pensar con el sabio y hablar con el vulgo”, según la famosa expresión de Berkeley.

La motivación del ficcionalismo a partir del antirrealismo es importante, pero no es la única. Yablo, quien considera a ese tipo de motivación “dead and gone” (2001, p. 87), ofrece un argumento muy diferente para el ficcionalismo hermenéutico sobre el discurso matemático: según él, el ficcionalismo hermenéutico es la hipótesis que mejor explica la práctica efectiva de los usuarios de ese discurso, independientemente de cualquier consideración metafísica. Su punto se aprecia mejor con ejemplos de afirmaciones de matemática aplicada, como “el número de solicitantes es 2” (aunque su teoría se extiende a afirmaciones matemáticas “puras” como “2 es primo”). Si reflexionamos sobre qué queremos comunicar realmente cuando, en contextos ordinarios, decimos que el número de solicitantes es 2, vemos que el número 2 es un “intruso”, en el sentido de que no forma parte de aquello que realmente queremos describir. Si tras un recuento más cuidadoso de las solicitudes alguien señala que el número de solicitudes no es 2 porque hay un tercer solicitante que no hemos considerado, nuestro deber es rectificar. En cambio, si en un contexto similar alguien niega que el número de solicitantes sea 2 aduciendo que el número 2 no existe, nuestra reacción será otra. Probablemente, le haríamos saber al objetor que la cuestión filosófica sobre la existencia de números es irrelevante para lo que tenemos entre manos: saber cuántos solicitantes hay. Esto quiere decir que, como predice la posición ficcionalista sobre este tipo de discurso, nuestra afirmación no presupone realmente la existencia de números. (En relación a esto, véase también el “argumento del oráculo” comentado en Eklund (2005, p. 559)).

Otra manera de expresar el punto anterior, y de conectarlo con lo dicho más arriba en la sección 1, es que, al parecer, cuando en contextos ordinarios decimos “el número de solicitantes es 2” no aseveramos ni creemos aquello que nuestras palabras literalmente expresan. Podemos decir que lo cuasi-aseveramos, o que lo aceptamos, pero estas son sólo etiquetas que tienen que ser dotadas de contenido. Como ya adelantamos, Yablo y otros ficcionalistas lo hacen apelando a la noción de juego de hacer como si, propuesta por Walton. La idea es la siguiente: cuando utilizamos el vocabulario de las matemáticas participamos en un juego de hacer como si que, como otros juegos de este tipo, está gobernado por una serie de reglas que autorizan o prescriben diferentes jugadas en diferentes situaciones. Cuasi-aseverar y aceptar una proposición matemática no es otra cosa que realizar una jugada admisible en un determinado juego de hacer como si.

Entender la cuasi-aseveración y la aceptación en términos de juegos de hacer como si permite explicar, además, que el discurso matemático sirva para transmitir e, indirectamente, aseverar proposiciones que no involucran entidades matemáticas. Igual que pasa con otros juegos de hacer como si, las reglas del juego de hacer como que hay números establecen conexiones sistemáticas entre aquello que prescriben imaginar y determinadas condiciones del mundo. Por ejemplo, las reglas prescriben hacer como que 2 es el número de los solicitantes si y sólo si hay dos solicitantes, y hacer como que el número de solicitantes es mayor al número de plazas si y sólo si hay más solicitantes que plazas, etc. Ahora bien, aunque la finalidad de estas reglas es decirnos qué debemos imaginar dependiendo de cómo sea el mundo, también permiten un uso en sentido inverso: nos permiten inferir cómo es el mundo a partir del hecho de que lo que imaginamos está prescrito por ellas. Por ejemplo, un conocedor de las reglas puede inferir que hay dos solicitantes a partir de la jugada consistente en hacer como si 2 fuera el número de solicitantes. Y esta es precisamente la manera en que, según el ficcionalismo hermenéutico, los usuarios del discurso matemático logran aseverar contenidos sobre la realidad no matemática: “explotando” las reglas que gobiernan su juego de hacer como si.

4. Ficcionalismo, realismo y meta-ontología

Hemos señalado más arriba que, aunque el ficcionalismo sobre D está a menudo motivado por el rechazo de las entidades aparentemente postuladas por D, la adopción de una teoría ficcionalista es estrictamente compatible con aceptar la existencia de tales entidades. Acabaremos esta entrada con algunas observaciones sobre este hecho, y algunas de sus consecuencias para la comprensión de los debates ontológicos.

La clave para apreciar la compatibilidad del ficcionalismo sobre D con el realismo sobre las entidades aparentemente postuladas por D está en distinguir D de otros discursos relacionados que parecen postular las mismas entidades pero que no caen bajo el alcance de la tesis ficcionalista. Tomemos como ejemplo el caso de los mundos posibles. Podemos distinguir entre dos discursos que aparentemente involucran mundos posibles. Por un lado, está el discurso MP en que participan los filósofos cuando los mundos posibles no son su tema principal, como hacen, por ejemplo, dualistas y materialistas cuando discuten sobre si hay un mundo posible en el que una mente existe sin su cuerpo. (El tema central es aquí la distinción mente-cuerpo; el mundo posible invocado es un “intruso” en el sentido explicado anteriormente). Por otro lado, está el discurso MP* en el que participan los filósofos cuando los mundos posibles son el tema central de su discusión, como ocurre cuando un realista modal afirma que existe una pluralidad de mundos posibles, o cuando alguien pregunta si los mundos posibles son abstractos, concretos, disyuntos, completos, etc. Ahora bien, hecha esta distinción, nótese que es perfectamente admisible adoptar una teoría ficcionalista sobre MP pero no sobre MP*. El ficcionalismo sobre MP es, por tanto, compatible con mantener una posición neutral o incluso realista sobre los mundos posibles. La posición resultante podría resumirse de la manera siguiente: aunque (tal vez) hay mundos posibles, los usuarios de MP no están realmente aseverando nada sobre ellos, sino sólo haciendo como que lo hacen. (Vale la pena notar que el mismo punto que hemos hecho distinguiendo entre MP y MP* puede hacerse distinguiendo entre contextos en los cuales un único discurso es utilizado, y restringiendo el alcance de la teoría ficcionalista al uso del discurso en sólo uno de esos contextos).

Esta neutralidad metafísica del ficcionalismo es una buena noticia para la ontología como disciplina. Algunos filósofos han señalado que la verdad (o la posible verdad) del ficcionalismo sobre D pone en duda la significatividad de la discusión sobre si existen las entidades aparentemente postuladas por D –es decir, el tipo de discusión a que típicamente se abocan los practicantes de la ontología (Yablo, 1998; Thomasson, 2015, p. 178). El argumento es aproximadamente el siguiente: si adoptamos una teoría ficcionalista sobre D y concluimos, por tanto, que los usuarios de D únicamente hacen como que existen las entidades aparentemente postuladas por D, no podemos concluir, a partir del éxito de D, que tales entidades existan. Pero tampoco tiene sentido argumentar que no existen, ya que nadie afirma seriamente que lo hagan. Embarcarnos en un debate serio sobre si existen o no sería un “error” similar al de investigar, tras la lectura de El Aleph, si existe o no una persona llamada “Beatriz Viterbo” que murió en 1929. Ahora bien, este tipo de argumento puede ser neutralizado con observaciones como las que hicimos en el párrafo anterior: adoptar una teoría ficcionalista sobre el discurso “ordinario” D no implica tener que adoptarla también sobre los discursos que tienen lugar en la “sala de la ontología”. Utilizando el ejemplo anterior: aunque seamos ficcionalistas sobre el discurso “ordinario” sobre mundos posibles en que participan dualistas y materialistas cuando discuten si hay un mundo posible en que un alma existe sin un cuerpo, podemos sostener que el discurso sobre mundos posibles que utilizan realista y antirrealista modal en la sala de la ontología es perfectamente serio y en nada parecido a la ficción.

Pablo Rychter
(Universitat de València)

Referencias

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Rychter, Pablo (2023): “Ficcionalismo”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía
Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/?p=3004&preview=true
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Pluralismo ontológico

La cuestión de si la realidad es homogénea o heterogénea es uno de los debates más antiguos de la filosofía occidental y se repite en prácticamente todas las tradiciones filosóficas del mundo. El número de quienes han rechazado la idea de que, en el fondo la realidad es homogénea, es decir, que todo lo que es, lo es del mismo modo, es enorme e incluye a personajes tan importantes dentro de la tradición occidental como Platón (para quien las ideas tienen un modo de ser diferente al resto de los entes), Aristóteles – para quien Tò öv λέγεται πoλλαχõζ, es decir, el ser se dice de varias maneras (Metafísica Z, 1, 1028a10) –, Tomás de Aquino, Elisabeth de Bohemia, Frege, Russell, Husserl y Heidegger además de filósofos contemporáneos como Lombardi, Olivé, Prior, Plantinga, etc. (McDaniel 2017).

Hay tres motivaciones principales para adoptar una visión heterogénea de la realidad: para dar cuenta de errores categoriales, para resolver paradojas, y para respetar la aparente heterogeneidad de nuestra experiencia, pensamiento y lenguaje. A continuación, revisaremos cada una de ellas, para después ver los principales retos que enfrenta quién quiera defender una visión plural del ser.

1. Errores categoriales

Una manera sencilla de capturar la motivación detrás del pluralismo ontológico es pensar en errores y sinsentidos tales como:

“Julio César es el número cero” (Frege)

“Esta piedra piensa en Viena.” (Carnap)

“El sábado descansa en su cama.” (Ryle)

“La cuadruplicidad bebe procrastinación.” (Russell),

“Las ideas verdes incoloras duermen furiosamente” (Chomsky)

“Mi mesa es recursivamente enumerable” (Lappin)

Si bien es claro que ninguno de estos enunciados expresa algo verdadero, no es claro que expresen algo falso. Mas bien, parecen ser sinsentidos y es complicado tratar de explicar su falta de sentido sin apelar a diferencias ontológicas profundas, es decir, sin decir que, por ejemplo, las mesas no son el tipo de cosas que pueden ser recursivamente enumerables o que las piedras no son el tipo de cosas que pueden pensar en Viena (Ryle 1938). Si Julio César y el número cero simplemente fueran entidades distintas, pero del mismo tipo ontológico, entonces el enunciado de Frege sería falso y no un sinsentido. Si esta piedra fuera el tipo de entidad que pudiera pensar, entonces si no fuera en Viena, tal vez estaría pensando en otra cosa; pero no es así. No es solo que esta piedra no está, de hecho, pensando en Viena, sino que ni siquiera podría, en un sentido ontológico fuerte, estar pensando, ni en Viena ni en ninguna otra cosa. Tal parece que la diferencia entre esta piedra y los seres pensantes es de un tipo distinto que la distinción entre los seres que piensan en Viena y los que piensan en otra cosa. Para dar cuenta de estos fenómenos, parece necesario, por lo tanto, introducir distinciones más profundas en el ser que las que establecen las diferentes propiedades (Alemán Pardo 1985). Es esta heterogeneidad ontológica profunda la que trata de capturar el pluralismo ontológico.

2. El pluralismo ontológico como solución a paradojas

Además de dar cuenta de errores categoriales como los de la sección anterior, muchas paradojas se han tratado de resolver introduciendo diferentes modos de ser. En general, cuando nos enfrentamos a posiciones filosóficas en aparente conflicto, una opción muy atractiva para resolver dicho conflicto es argüir que las dos posiciones, en realidad, son consistentes entre sí ya que no refieren realmente al mismo asunto, sino que cada una de ellas es correcta respecto a dos asuntos distintos, que fácilmente pueden confundirse entre sí. Por ejemplo, Aristóteles introduce su distinción entre substancia y atributo accidental para resolver la paradoja del cambio, según la cual, para que un objeto cambie, es necesario que permanezca él mismo a través del cambio; pero para que el cambio sea genuino es también necesario que el objeto sea diferente antes y después del cambio. Así pues, el objeto debe ser y no ser igual a sí mismo antes y después del cambio. ¡Pero esto es imposible, so pena de violar el principio de no-contradicción!

Para resolver esta paradoja, Aristóteles (Física 225b, 5-9) argumenta que podemos satisfacer las dos condiciones – la de que el objeto debe permanecer el mismo y la de que debe ser diferente – de manera consistente, introduciendo una distinción ontológica tal que sea un objeto, una sustancia, la que sobreviva al cambio, pero haya otras entidades, los atributos accidentales de dicha sustancia, que no lo sobrevivan. En otras palabras, en vez de hablar simplemente de un objeto que sufre un cambio, Aristóteles introduce dos modos de ser –substancia y accidente – que se confunden en nuestra manera vulgar de hablar de “ser”. La noción de substancia captura nuestra intuición de que hay cambios que los objetos sobreviven – por ejemplo, el movimiento de lugar de mis anteojos sobre mi escritorio, o el cambio de canal en mi televisor – mientras que la noción de accidente captura nuestra intuición de que en todo cambio el objeto deja de ser igual a como era antes, para ser diferente – estar en otro lugar, estar sintonizado en diferente canal, etc. En otras palabras, hay dos sentidos en que podemos preguntar si el objeto es el mismo: en uno de ellos, la respuesta es positiva, en tanto la sustancia es la misma, y en el otro, no, ya que no mantiene todos sus atributos accidentales (Baggini y Fosl 2010, 194).

Una vez más, es importante notar que cuando distinguimos sustancia de accidente, no estamos hablando meramente de dos propiedades que algunos objetos tienen y otros no, sino de dos maneras completamente diferentes de ser: mientras que los accidentes dependen de la sustancia de la que son atributos, las sustancias son independientes de ellos. Para Aristóteles, el ser de las sustancias es tan distinto del de los accidentes que no hay manera de ser más básica o neutral que las abarque a ambas. Nada de lo que podemos decir con sentido de las sustancias lo podemos decir de los accidentes ni vice versa. Esta distinción se adentra en lo más profundo del ser.

3. Heterogeneidad en la experiencia, lenguaje y pensamiento

La tercera razón para sostener un pluralismo ontológico es el que no sólo experimentamos al mundo como múltiple, sino que también lo pensamos y hablamos de él de manera heterogénea, es decir, hablamos y pensamos de cosas y hechos de lo más diverso: de ficciones, de deseos, de instituciones, de cosas que no han pasado, que pasarán, que pudieran pasar, etc. y en consecuencia nuestras mejores teorías de los contenidos de la experiencia, el pensamiento y el lenguaje apelan a dominios de hechos y entidades radicalmente distintas entre sí. Por ejemplo, señalaba Russell (1940), claramente hablamos de cosas como unicornios y a veces al hacerlo decimos cosas verdaderas. Sin embargo, se preguntaba retóricamente, ¿significa esto que existe algo así como una zoología fantástica que estudia a los unicornios? Mas allá de la pregunta retórica de Russell, sigue siendo una buena pregunta si a la heterogeneidad del lenguaje, la experiencia y el pensamiento, le corresponde una heterogeneidad también al nivel del ser. Algunos han respondido con un rotundo (los pluralistas ontológicos), y otros con un igualmente rotundo no (los monistas).

4. Retos del monismo ontológico

Los que responden que no, es decir, los que piensan que la realidad es homogénea, además de responder a las tres motivaciones del pluralismo antes mencionadas, tienen que resolver dos tareas más: en primer lugar, tienen que decirnos cuál es el único tipo de ser que conforma la realidad y justificar su decisión. En otras palabras, tienen que explicar por qué, de los diferentes presuntos tipos de cosas de las que hablamos y pensamos, es ese particular tipo el único que compone la realidad. Tiene que explicar, además, por qué, aunque la realidad es homogénea, parece ser heterogénea, es decir, tiene que explicar de qué hablan los enunciados verdaderos que parecen decir cosas sobre objetos que, según ellos, no existen y, en general, qué sentido tienen aquellas prácticas que parecen presuponerlos.

Por ejemplo, es una intuición monista generalizada que la realidad está formada por entidades y hechos actuales y concretos. Sin embargo, muchas actividades humanas parecen tratar de cosas “que no … podemos ver o tocar” (Burgess y Rosen 1997, 34), como contar los días que faltan para nuestro concierto favorito, ser fan de una banda de rock, fundar una escuela de danza o ejecutar una pieza musical en un estilo arcaico. Para el monista que, como Locke, Tarski, Field, etc. cree que todo lo real es concreto y que, por lo tanto, no existen las entidades abstractas, todas estas actividades son extrañamente misteriosas. El reto que tiene que enfrentar este tipo de filósofo es explicar por qué hacemos esas cosas. ¿Por qué afirmamos con tanta seguridad que tres por ocho son veinticuatro, o que la UNAM es la heredera de la Universidad Pontífice de México si, según este tipo de monista, las cosas de las que parecemos estar hablando, al no ser concretas, no son reales, es decir, si ni el tres, ni el ocho, ni el veinticuatro, ni la UNAM ni la Universidad Pontífice de México son (ni fueron ni serán) reales? (Turner 2012).

5. Retos del pluralismo ontológico

En contraste, todo pluralismo ontológico, para demostrar que la distinción que introduce en el ser no es ad-hoc, sino genuina, debe enfrentar dos retos simétricos y opuestos: por un lado, debe mostrar que cada modo de ser es autónomo y sustancialmente diferente de los otros, pero también debe mostrar que no componen realidades totalmente independientes y separadas, sino que interactúan entre sí (Lombardi y Pérez Ransanz 2012). En otras palabras, no basta simplemente postular la distinción, sino que es necesario mostrar que captura una diferencia a nivel ontológico. Hay distinciones superficiales, como la que existe entre aves y mamíferos o entre objetos rojos y rosados, que no cortan la realidad hasta lo mas profundo. Después de todo, aves y mamíferos siguen siendo entidades del mismo tipo como lo son también los objetos rojos y los rosados. No toda distinción corresponde a modos de ser distintos. Por lo tanto, uno de los retos principales que enfrenta el pluralismo es justificar porque ciertas distinciones alcanzan el nivel metafísico más profundo, como la distinción entre presente y pasado o concreto y abstracto, mientras que otras son más superficiales, como la distinción entre aves y mamíferos o entre cosas rojas y rosadas (Merricks 2019).

Para sostener un pluralismo ontológico es necesario no sólo dar una buena caracterización de cada modo de ser – por ejemplo, si pensamos que individuos y pluralidades corresponden a maneras ontológicamente distintas de ser, debemos explicar qué es ser un individuo y qué una pluralidad – sino además mostrar que esta caracterización captura una diferencia en maneras de ser que sin, embargo, siguen formando parte de una realidad interconectada. Para ello, el reto más sustancial que enfrenta el pluralismo es explicar cómo se relacionan entidades cuyo ser es distinto. Muchos de los problemas más difíciles de la ontología son precisamente de este tipo. El problema mente-cuerpo es el ejemplo más obvio, pero no el único. El problema de la participación que tantas jaquecas les dio a Platón, Aquinas, etc., por poner otro ejemplo, no es sino el problema de cómo se relacionan individuos con universales. De la misma manera, el problema fundamental de toda teoría del significado, es explicar cómo las representaciones lingüísticas obtienen su contenido. Una vez más, la pregunta es cómo se relacionan entidades cuyos modos de ser son radicalmente distintas: entidades lingüísticas de un lado, y objetos en el mundo del otro. Finalmente, el dilema de Benacerraff, por poner otro ejemplo famoso en filosofía contemporánea, no es sino el problema de cómo nos relacionamos los humanos con los entes abstractos, pese a tener modos de ser tan distintos.

Esto se debe a que las relaciones que gobiernan y estructuran el interior de cada presunto modo de ser suelen ser mucho menos misteriosas que las relaciones que involucran entidades de maneras distintas de ser. Tenemos una comprensión bastante clara del orden causal y temporal que estructura los sucesos del mundo material, por ejemplo, como también tenemos un buen entendimiento de las relaciones inferenciales que regulan y ordenan el mundo de los pensamientos. Pero ¿qué relaciona a los sucesos materiales con nuestros pensamientos? Pese a lo filosóficamente complejo que es dar cuenta de la causalidad o la inferencia, es mucho más complejo aún tratar de explicar cómo es que algunos de nuestros pensamientos son acerca de hechos y se relacionan causalmente con el mundo material. ¿Cómo es que mi pensamiento de que en este momento estoy volando sobre el océano Atlántico es acerca de este hecho particular y no sobre otro (o, peor aún, sobre ninguno)? ¿Y cómo es que mi pensamiento de querer llegar a Buenos Aires, por continuar con el mismo ejemplo, terminó contribuyendo a que en este momento me encuentre volando en dirección a dicha ciudad? Entender cómo se relacionan pensamientos con pensamientos o hechos materiales con hechos materiales es sencillo, o por lo menos radicalmente más sencillo que entender cómo se relacionan pensamientos y hechos materiales.

Pero no es solamente la relación materia-pensamiento la que genera este tipo de problemas. Estos problemas son la regla y no la excepción cuando pensamos en relaciones entre diferentes modos de ser. Pese a lo mucho que hemos llegado a descubrir sobre los números cardinales en tanto números, sigue siendo un misterio cómo se relacionan ontológicamente con aquellas cosas que contamos con ellos. Y si bien la estructura de regimenes normativos como la de la moral y la política no nos es aún del todo transparente, aun mas opaca es la relación entre los ámbitos descriptivos y normativos.

Nótese como el anti-pluralista tiene una solución más o menos sencilla para todo este tipo de problemas. Por ejemplo, el que cree que los pensamientos son hechos físicos al igual que (el resto de) los movimientos del cuerpo no tendrá ningún problema para explicar cómo es posible que nuestros pensamientos causen nuestras acciones: son solo hechos físicos causando hecho físicos. De la misma manera, quien rechaza la existencia de entes abstractos, no tiene problema para explicar cómo conocemos los objetos matemáticos porque, otra vez, todo son relaciones materiales entre objetos concretos. En general, entender cómo se relacionan entidades que son del mismo modo ontológico suele ser mucho, mucho más sencillos que entender cómo se relacionan entidades cuyo modo de ser es distinto. No es de sorprender, por lo tanto, que muchos filósofos hayan preferido adoptar una serie de estrategias anti-realistas para eliminar de sus ontología el mayor número posible de tipos ontológicos, para evitarse así el problema de explicar cómo se integran con el resto de su ontología. Ahí descansa lo atractivo de los así-llamado “pasajes desérticos” en ontología: entre menos modos de ser postulemos en nuestra ontología, menos relaciones misteriosas entre diferentes modos de ser debemos aceptar. Es en este sentido que puede decirse que la simplicidad de una ontología homogénea es una ventaja sobre las ontologías heterogéneas.

Axel Arturo Barceló Aspeitia
(Universidad Autónoma de México)

Referencias

  • Alemán Pardo, A. (1985): Las Categorías en Filosofía Analítica, Técnos.
  • Baggini, J. y P. Fosl (2010): The Philosopher’s Toolkit: a Compendium of Philosophical Concepts and Methods (segunda edición), John Wiley & Sons.
  • Calvo Martínez, T. (1994): Aristóteles. Metafísica, Gredos.
  • De Echandía, G. R. (1995): Aristóteles. Física, Gredos.
  • Lombardi, O. y A. R. Pérez Ransanz (2012): Los Múltiples Mundos de la Ciencia: un Realismo Pluralista y su Aplicación a la Filosofía de la Física, Siglo Veintiuno Editores.
  • Merricks, T. (2019): «The Only Way to Be», Noûs 53(3), pp. 593–612.
  • McDaniel, K. (2017): The Fragmentation of Being, Oxford University Press.
  • Russell, B. (1940): An Inquiry into Meaning and Truth, Routledge.
  • Ryle, G. (1938): «Categories», Proceedings of the Aristotelian Society 38(1), pp. 189–206.
  • Turner, J. (2012): «Logic and Ontological Pluralism», The Journal of Philosophical Logic 41, pp. 419–448.
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Barceló Aspeitia, A. A. (2023): «Pluralismo Ontológico», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/?p=2899&preview=true).