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Objetos Abstractos

1. Introducción

La pregunta de qué son y si existen los llamados objetos abstractos es una de las cuestiones más centrales de la ontología, una que tiene, además, consecuencias importantes para la epistemología. Un criterio estándar para definir a un objeto como abstracto es si se trata de una entidad no espacio-temporal (o, simplemente, no espacial). Se suele decir también que las entidades abstractas no sufren cambios y que no causan ni pueden ser causadas. A diferencia de ellas, las entidades concretas sí son causalmente eficaces. Ejemplos de entidades concretas serían los objetos materiales ordinarios, como la silla en la que estoy sentado, los cuales son directamente observables, pero también son entidades concretas las partículas invisibles de que está compuesta. Ejemplos de entidades abstractas serían los números y otras entidades matemáticas, así como las ideas Platónicas, las propiedades, los universales, las proposiciones, las clases y los tipos. La distinción abstracto/concreto no puede confundirse con la distinción universal/particular. Un universal es algo que es múltiplemente instanciable. Así, la rojez puede estar instanciada o ejemplificada por una manzana roja y una bandera roja. Un particular es algo que es único, no es múltiplemente instanciable. Dejando a un lado a los nominalistas, que niegan su existencia, los universales se suelen entender como entidades abstractas. Sin embargo, no todas las entidades abstractas son universales. Los números, como el 1 o el 2, o los conjuntos, como el conjunto vacío, se suelen entender como particulares abstractos. Los tropos también.

Tropos son todas aquellas propiedades qua ejemplificadas en un objeto particular cualquiera, como la silla en la que estoy sentado. Su color particular, el marrón de la madera de que está hecha, su textura particular, etc., son tropos. Los personajes de ficción, en la medida en que se los entienda como objetos abstractos y no como inexistentes, son también particulares abstractos. La categoría de universal se opone a la de particular o individuo. En cambio, la categoría de abstracto se opone a concreto. Abstracto y concreto son categorías excluyentes. No puede haber un objeto que pertenezca a ambas. Además, parece que son exhaustivas en el sentido de que, para cualquier objeto de cualquier índole, o bien será una cosa o la otra. No puede haber objetos que no sean ni concretos ni abstractos. Ahora bien, ¿cuáles son exactamente sus propiedades definitorias, las que son necesarias y suficientes para ser un ejemplo de una de las dos categorías? Hemos mencionado dos diferencias importantes. La primera se refiere al carácter necesariamente espacio-temporal de los objetos concretos, que contrasta con el carácter no espacio-temporal de las entidades abstractas. La otra se refiere a la no eficiencia causal de las entidades abstractas. Otro rasgo comúnmente atribuido a las entidades abstractas ha sido el cómo se conforman y qué tipo de acceso epistémico se tiene a ellas. Las entidades abstractas se forman, según se ha asumido tradicionalmente, por un proceso mental de abstracción a partir de propiedades comunes a varios objetos particulares. Otra forma es a partir de los llamados “principios de abstracción”, lo cual parece una vía más adecuada para garantizar su objetividad (véase más adelante). Podemos incluso pensar que estos objetos no se forman ni constituyen en absoluto, sino que son eternos o atemporales, como ocurre con las Ideas platónicas. En cualquier caso, se suele admitir que solo los objetos concretos particulares pueden ser percibidos, mientras que las entidades abstractas no se perciben, sino que se captan mediante un proceso de intelección: a menudo se dice que se conocen a priori. Hay que advertir que todas estas características son propiedades que se han atribuido a las entidades abstractas a lo largo de la historia de la filosofía, no teniendo por qué ser propiedades genuinas o efectivas de estas supuestas entidades. A lo largo de esta entrada profundizaremos en todas estas características y en las distintas posturas en torno a la existencia y naturaleza de los objetos abstractos, de las cuales voy a enfatizar tres: (i) el realismo platónico, que se compromete con las entidades abstractas como independientes de la mente y no espacio-temporales; (ii) el nominalismo, que rechaza la existencia de entidades abstractas; y (iii) el artefactualismo, que defiende que hay entidades abstractas, aunque las concibe como artefactos dependientes de la mente y, por tanto, como situadas en el tiempo (aunque no en el espacio). Estas posiciones son paralelas a las que típicamente se distinguen en relación con el problema de los universales (Platonismo, nominalismo y conceptualismo). Digamos, por último, que, según varios autores, la distinción abstracto/concreto no es rechazable en virtud de que no existan las entidades abstractas, sino que es rechazable porque la distinción, dicen, no es clara o no es útil (Lewis, 1986; Sider, 2013).

2. En busca de una definición

Hemos hablado de dos características supuestamente diferenciadoras de los objetos abstractos: la ineficacia causal y la no espacio-temporalidad. Ambas, entendidas como intentos de caracterizar los objetos abstractos, forman parte de lo que David Lewis (1986) llamó “la vía de la negación”. El propio Lewis se mantiene escéptico con respecto a que estos dos criterios de identidad sean satisfactorios y así también lo ha reflejado la literatura posterior (Rosenkrantz, 2009; Cowling, 2017; Falguera, Martínez-Vidal y Rosen, 2022). Gary Rosenkrantz, por ejemplo, arguye que, si el carácter no espacial ha de ser un criterio distintivo de las entidades abstractas, las almas cartesianas serían entidades abstractas, contrariamente a la idea de que se trata de entidades concretas. Naturalmente, puede que las almas cartesianas no existan, pero, de existir, parece, según esto, que tendrían que ser abstractas (contra la intención de Descartes). Los universales aristotélicos, por otro lado, parece que ocupan un lugar en el espacio y el tiempo, localizándose exactamente allí donde son ejemplificados o instanciados. Si concebimos los universales aristotélicos como abstractos, entonces el criterio de no espacio-temporalidad sería extensionalmente inadecuado (Cowling, 2017, p.78). Igual sucede con los tropos si, como decíamos más arriba, los consideráramos abstractos, y con los conjuntos impuros. Finalmente, ¿qué sucedería con los lugares? Los lugares parecen entidades concretas y, sin embargo, parece que ellos mismos no ocupan un lugar (so pena de caer en un regreso al infinito), contra el criterio de no espacialidad (Rosenkrantz, 2009). Pero no es claro qué debemos hacer con estos supuestos contraejemplos. Podemos negar que constituyan un problema y mantener el criterio de no espacialidad o argüir simplemente que se trata de categorías que, al menos tal y como se las plantea, debemos rechazar.

¿Es el criterio de ineficacia causal necesario y suficiente para ser un objeto abstracto? Podría cuestionarse que sea suficiente sobre la base de que quizá haya entidades concretas incapaces de entrar en relaciones causales, pero tales entidades son solo meros supuestos. Más creíble es la objeción a la necesidad, pues hay filósofos que arguyen que puede haber entidades abstractas que sí entran en relaciones causales: propiedades y tipos de eventos. Si las relaciones causales singulares se explican en virtud de leyes generales y las leyes son relaciones entre tipos o propiedades, tendríamos que las entidades abstractas en cuestión (esos tipos y propiedades) sí son causalmente activos. Sin embargo, esto es solo una concepción entre otras de las leyes. Según otra concepción filosófica ampliamente difundida desde Hume, las relaciones causales solo pueden darse entre eventos concretos espacio-temporalmente situados. Igualmente, cuando decimos que un evento produjo causalmente otro evento dado en virtud de poseer cierta propiedad no implicamos necesariamente que la propiedad sola tenga eficacia causal. Lo que tiene el poder de causar el segundo evento es el evento concreto ocurrente en primer lugar y que, entre otras propiedades, instancia esa propiedad, donde eventos que instancian esa propiedad están causalmente relacionados con el segundo tipo de eventos.

Otra supuesta diferencia entre los objetos abstractos y los concretos es de carácter modal, a saber, la existencia necesaria de las entidades abstractas frente a la contingencia de las concretas. Incluso los nominalistas suelen conceder que, si estas entidades existieran, existirían necesariamente (Cowling, 2017, p. 82). Cosas tales como los números o las proposiciones no parecen ser contingentes. Su existencia, se dice, parece necesaria para explicar ciertos hechos que necesitamos explicar.

Por supuesto, se han señalado otros criterios con la finalidad de distinguir entre objetos abstractos y objetos concretos. Hemos mencionado el modo de conocimiento: como los objetos abstractos no están situados en el espacio, no tienen una existencia material, no son perceptibles ni cognoscibles por medios empíricos (a posteriori) en la medida en que tampoco podemos interaccionar causalmente con ellos. Parece, pues, que, si han de ser cognoscibles, deben serlo a priori. Los objetos abstractos, se suele argüir, se captan por medio del intelecto. Se dice también que son objeto de ciertas experiencias intuitivas que nos permiten percatarnos de ellos (Chudnoff,2013). Sin embargo, no está claro que no pueda haber entidades abstractas no cognoscibles a priori. De nuevo, si aceptamos los conjuntos impropios como ejemplos de entidades abstractas, deberemos ver en ellos ejemplos de entidades abstractas no cognoscibles a priori. Las esencias individuales, se podría argüir, son asimismo objetos abstractos no cognoscibles a priori (salvo, quizá, por una mente divina). Por otro lado, algunos autores han mantenido que, si los realistas platónicos tienen razón y los objetos abstractos existen realmente como entidades autónomas, entonces su existencia no depende de nosotros y su conocimiento se nos escapa irremediablemente. Porque ¿de qué modo podrían sernos accesibles? A este problema se le ha llamado el “problema del acceso” y muchos creen que hay razones para pensar que un conocimiento directo, no inferencial, intuitivo, de entidades abstractas es indefendible (Bell,1979), abogando por un modo de conocimiento indirecto de estos objetos, con base en principios de abstracción (véase más adelante). Las dificultades derivadas del problema del acceso llevaron a Benacerraf (1973) a plantear un famoso dilema que se ha convertido en uno de los principales argumentos contra el realismo platónico. El dilema, dicho brevemente, es el siguiente: o bien acompañamos la matemática de una semántica apropiada en la que se hace referencia a objetos abstractos inertes a los que no es posible acceder perceptivamente, en cuyo caso tenemos el problema de proveer una epistemología adecuada (cosa que no parece posible), o bien, de querer una epistemología adecuada para la matemática, no podemos hacerlo con base en objetos abstractos inertes, como desean los platónicos (dando lugar a una semántica insatisfactoria o extraña). Pero el argumento de Benacerraf no es concluyente, al presuponer una teoría causal de la percepción y, en general, del conocimiento.

Parece claro que muchas de las condiciones supuestamente identificatorias de los objetos abstractos que hemos visto tienen o pueden tener contraejemplos. En virtud de estos problemas, y en la línea de Lewis (1986) y Sider (2013), algunos autores han planteado prescindir de la distinción abstracto/concreto. Sin embargo, no está realmente claro que debamos de rechazar la distinción solo en virtud de la existencia de estos supuestos contraejemplos. ¿Por qué sería necesario, después de todo, pensar que deben existir condiciones conjuntamente exhaustivas y definitorias del concepto de “abstracto” por oposición a “concreto”? (cf. Dumsday 2022).

3. Posiciones acerca de su existencia y naturaleza

Llegamos al punto de caracterizar las tres posiciones fundamentales en torno a la naturaleza y existencia de los objetos abstractos. La primera es el platonismo, según la cual las entidades abstractas existen y son entidades no espacio-temporales, no dependientes de la mente y causalmente inertes. El platonismo es una forma de realismo, pues se compromete con la existencia de las entidades abstractas, pero uno de tipo muy particular, pues concibe de una manera muy específica dichas entidades. No todo el que se compromete con la existencia de entidades abstractas comparte la misma noción de entidad abstracta ni tiene por qué hacerlo. El platonismo es una posición venerable dentro de la tradición filosófica, pero una que ha resultado harto controvertida ya desde antiguo. Se trata de una posición metafísica que, como otras, parte de la base de que es posible dar una respuesta (positiva en su caso) a la pregunta de si, verdaderamente, existen los objetos abstractos como parte del verdadero mobiliario ontológico del mundo. De manera no poco confundente, muchos definen el platonismo como la mera tesis de que existen los objetos abstractos.

Sin duda, movido por esta parca caracterización, Quine atribuyó la tesis del platonismo a su maestro Rudolf Carnap. Sin embargo, parece claro que el compromiso de Carnap con las entidades abstractas era deflacionario o “interno”. Carnap rehuyó totalmente un compromiso substantivo con las entidades abstractas, así como cualquier otra posición metafísica (incluyendo el nominalismo), tanto en filosofía de las matemáticas o filosofía de la ciencia como en cualquier otro campo. Fiel a su distinción entre “preguntas ontológicas externas” y “preguntas ontológicas internas”, pensaba que cualquier respuesta al primer tipo de preguntas estaba fuera de lugar (dando lugar a sin sentidos), mientras que las únicas respuestas posibles son siempre a preguntas internas, lo que las relativiza siempre a marcos lingüísticos previamente dados (cf. Carnap, 1950). Cualquier compromiso existencial con entidades abstractas es, pues, siempre interno. Esta posición se ha generalizado actualmente en distintas formas de neo-carnapianismo, las cuales exhiben un mayor o menor grado de deflacionismo (meta)ontológico. Esto incluye la propuesta “fácil” de Thomasson (2015), según la cual no hay un concepto substantivo de existencia verdaderamente defendible además de la noción puramente lógica que fue debidamente analizada por Frege. Cualquier pregunta ontológica sobre si existe cierto tipo de entidades es susceptible de una respuesta trivial o, en todo caso, aproblemática basándonos en verdades puramente conceptuales, reglas lógicas y quizá algunas pesquisas empíricas, en los casos que así se requiera.

Dejemos por un momento el deflacionismo, ¿cuáles son los argumentos en favor del platonismo? El argumento tradicional se remonta a Platón y es conocido como el argumento del “uno sobre muchos”. Brevemente, este argumento dice así: supongamos que tenemos un árbol verde, un coche verde y una mesa verde. En consecuencia, hay algo común a estas tres cosas, a saber, la propiedad de ser verde o la “verdeidad”. La consecuencia general es que existen las propiedades o los universales (las ideas o formas, diría Platón), que son objetos abstractos, no confundibles con los objetos concretos que poseen dicha propiedad. Tanto Aristóteles en la Antigüedad como Quine en el siglo XX señalaron que este argumento es un non sequitur. Para empezar, si el argumento no se restringe a ninguna clase particular de predicados, entonces el argumento da lugar a una teoría abundante de los universales. Una en la que cualquier predicado da lugar a una propiedad o universal genuino. Si en cambio el argumento ha de valer solo para una clase restringida de predicados, el argumento da lugar a una teoría de los universales escasa (cómo de escasa dependerá del tipo de restricciones que introduzcamos). Resulta problemático cómo debemos restringir la clase de un modo que no sea arbitrario. En cualquier caso, el argumento parece una inferencia demasiado rápida y fácil para concluir la existencia de objetos abstractos.

Otro argumento, relacionado con el anterior y ampliamente difundido desde Frege, se construye partiendo de la verdad manifiesta de cierto enunciado que contenga términos singulares, para garantizar la verdad literal del cual es necesario suponer que los términos singulares en cuestión denotan. Es decir, para poder decir que el enunciado “2 + 2 = 4” es literalmente verdadero (y no algo que simplemente fingimos que sea verdadero o que solo es verdadero en la “ficción matemática”) es necesario suponer que los términos “2” y “4” son denotativos (aunque es preciso recordar que, para Frege, los números no son objetos sino conceptos de segundo orden). Este argumento se ha utilizado en contextos más allá del puramente matemático. Para valorarlos adecuadamente, tendríamos que valorar cada aplicación particular del argumento. Al menos existen tres posibles alternativas que no se comprometen con objetos abstractos, el nominalismo, el ficcionalismo y el meinongianismo. Se puede mantener con el nominalista que los enunciados matemáticos que tomamos por verdaderos son falsos tomados literalmente (ya que no existen los supuestos objetos matemáticos abstractos), pero se pueden parafrasear o reformular de modo que sean verdaderos, sin aludir a dichos objetos. O bien se puede decir con el ficcionalista que son ficciones útiles en el sentido de que, aunque son estrictamente falsos, son verdaderos dentro de la ficción (matemática). Escoger esta opción involucra introducir un operador del tipo “ser verdadero en la teoría de la aritmética” o cualquier otro que sea relevante, lo que no implica que los objetos mencionados tras el operador existan verdaderamente. La tercera opción, conocida como meinongianismo por derivar del filósofo austríaco Alexius Meinong, es aceptar que los enunciados matemáticos en cuestión son literalmente verdaderos de ciertos objetos no existentes (aunque posean ser). Cualquiera de estas opciones se presenta muchas veces como teniendo ventajas sobre el platonismo, pues éste en primer lugar parte de la base de la verdad (literal) de los enunciados matemáticos aceptados y, en segundo lugar, explica esta verdad con base en una semántica estándar que presupone la existencia de ciertos objetos inertes y no mentales.

4. Tipos, ejemplos y problemas

El ejemplo más paradigmático de objeto abstracto lo constituyen los números y las entidades matemáticas en general, incluyendo los conjuntos. Con respecto a la posibilidad de entender las entidades matemáticas como abstractas, el principal problema, como ya hemos visto, es cómo contestar al dilema planteado por Benacerraf. En relación con esto, un intento de solución, cuyo punto de partida es la obra de Frege, ha sido el llamado “neo-Fregeanismo” o abstraccionismo, principalmente desarrollado por Bob Hale y Crispin Wright en distintas obras, escritas tanto en colaboración como por separado (cf. Wright, 1983; Hale, 1987; Hale y Wright, 2001; Hale y Wright, 2009). La idea básica tiene que ver con un replanteamiento de la pregunta que da lugar al problema: no es que debamos explicar cómo accedemos a los objetos abstractos antes de responder a la pregunta de cómo es posible el conocimiento de enunciados que se refieren a estos objetos, sino que debemos centrarnos directamente en explicar cómo es posible el pensamiento proposicional acerca de tales objetos y cómo se llega a conocer (Hale y Wright, 2009, p.178). A partir de aquí, Hale y Wright construyen su proyecto con base en los llamados “principios de abstracción”, los cuales se suelen presentar como analíticos y como teniendo la forma del siguiente bicondicional:

Θ 𝛼 =  Θ 𝛽 ↔ 𝛼 ∼ 𝛽,

donde 𝛼 y 𝛽 son variables cualesquiera, Θ denota un operador aplicado a esas variables (por ej., el número de 𝛼, la dirección de 𝛼, etc.) y ∼, una relación de equivalencia. Así, por ejemplo, el llamado principio de Hume dice que el número de 𝛼’s es igual al número de 𝛽’s si y solo si hay tantos 𝛼’s como 𝛽’s (𝛼 y 𝛽 son equinuméricos, es decir, se puede establecer una biyección entre sus elementos). Los principios de abstracción se pueden aplicar, y se han aplicado, a ámbitos distintos de la matemática, como, por ejemplo, a las fusiones mereológicas, pero simplemente no es cierto que este modo de presentar objetos abstractos valga en general para todos los ejemplos putativos de objetos abstractos. En cualquier caso, el proyecto de Hale-Wright es básicamente un proyecto neofregeano de fundamentación de las matemáticas. Sin embargo, ni siquiera es claro que este proyecto funcione para las matemáticas. Desde los tiempos de Frege, sabemos, sin embargo, que existen al menos dos problemas graves si optamos por esta vía. Uno es el problema de Julio César y el otro, el de la “mala compañía”. El primero tiene que ver con que los principios de abstracción dan criterios de identidad más que de individuación. Por ejemplo, el principio de Hume nos dice cuándo el número de los conejos coincide con el de las liebres, pero no qué sea un número. El problema, pues, reside en cómo acotar la putativa referencia de los términos que introducimos. El segundo problema tiene que ver con que hay principios de abstracción que, como sabemos desde el Axioma V de Frege, conducen, o pueden conducir, a una contradicción (en el caso de Frege cuando se combina con el principio de comprehensión para conceptos y el principio para la existencia de las extensiones). Así, pues, la mera formulación de un principio de abstracción no garantiza, en principio, y sin ninguna restricción, la existencia de ciertos objetos abstractos. ¿Cómo, pues, distinguir entre principios de abstracción válidos y otros que no lo son? Parece que no lo podemos hacer a priori. Se requiere alguna restricción para delimitar la clase de los principios de abstracción que resultan aceptables. En 2018 Oystein Linnebo publicó su libro Thin Objects, el cual supuso un importante avance en la discusión sobre el abstraccionismo. Linnebo (2018) presenta una nueva manera de ver la ontología de la matemática, si bien inspirada en las ideas de Frege. Muy concretamente, su idea es basarse en principios de abstracción predicativos, los cuales no presuponen compromisos ontológicos fuertes. Según esta manera de entender los principios de abstracción, cualquier cuestión acerca de las “nuevas” entidades introducidas puede reducirse a una cuestión acerca de las “viejas” entidades sobre las cuales estamos abstrayendo. La naturaleza o estatuto de estas entidades abstractas no haría, estrictamente hablando, exigencias sustantivas sobre el mundo. La entrada de las ideas de Linnebo y otras formas de minimalismo (meta)ontológico (Rayo, 2013; Thomasson, 2015) ha enriquecido notablemente la discusión sobre la epistemología de los objetos abstractos, pero aún es pronto para pronunciarse de manera definitiva acerca de estas concepciones, incluso acerca de su éxito como concepción filosófica general de la matemática y de la teoría de conjuntos.

La teoría axiomática de objetos abstractos de Edward Zalta (desarrollada sobre todo en sus libros de 1983 y 1988) es una de las pocas concepciones generales sobre los objetos abstractos que, además de ser formal y constructiva, permite su aplicación a multitud de ámbitos distintos, desde la matemática a ontologías filosóficas específicas, pasando por la lógica intensional. En esta teoría se dispone de un predicado de existencia además del cuantificador existencial, cuantificándose sobre objetos abstractos (como entidades matemáticas o caracteres de ficción) de los que se puede decir sin contradicción que no existen espacio-temporalmente. Los objetos abstractos pasan a poder codificar propiedades además de ejemplificarlas. En contraste, los objetos ordinarios (las entidades concretas espacio-temporales) solo ejemplifican propiedades. La distinción entre objeto abstracto y ordinario es una distinción modal. Ningún objeto abstracto puede ser ordinario y a la inversa. La doble predicación (codificar vs. ejemplificar) permite decir cosas como que Sherlock Holmes es un objeto abstracto que codifica la propiedad de ser un detective o la de vivir en Baker Street, aunque ejemplifica la propiedad de ser un ente de ficción salido de la pluma de Conan Doyle. Digamos que un objeto abstracto como Sherlock Holmes codifica todas y solo aquellas propiedades que le son atribuidas en las ficciones que llevan su nombre y que fueron escritas por el escritor escocés acabado de mencionar. El llamado axioma de comprehensión permite, dada una cierta condición expresable sobre propiedades, la existencia de cualquier objeto abstracto que codifique exactamente y solo aquellas propiedades que satisfacen esa condición, lo que da lugar a una ontología superabundante, que no todos los filósofos están dispuestos a aceptar.

Javier de Donato Rodríguez
(Universidad de Santiago de Compostela)

Referencias

  • Bell, D.A. (1979). “The Epistemology of Abstract Objects”, Proceedings of the Aristotelian Society, Suppl. Vols., 53, pp. 135-165.
  • Benacerraf, P. (1973). “Mathematical Truth”, The Journal of Philosophy, 70(19), pp. 661-679.
  • Carnap, R. (1950). “Empiricism, semantics, and ontology”, Revue internationale de Philosophie, 4(2), pp. 20-40.
  • Chudnoff, E. (2013). “Awareness of abstract objects”, Nous 47:4, pp. 706-726.
  • Cowling, S. (2017). Abstract Entities, London, Routledge.
  • Dumsday, T. (2022). «Is the abstract vs concrete distinction exhaustive & exclusive? Four reasons to be suspicious”, publicado online en Analytic Philosophy, DOI: 10.1111/phib.12288.
  • Falguera, J. L., C. Martínez-Vidal, y G. Rosen (2022). “Abstract Objects”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2022 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL = https://plato.stanford.edu/archives/sum2022/entries/abstract-objects/
  • Hale, B. (1987). Abstract Objects, Oxford, Blackwell.
  • Hale, B. y C. Wright (2001). Reason’s Proper Study, Oxford, Oxford University Press.
  • Hale, B. y C. Wright (2009). “The Metaontology of Abstraction”, en D. Chalmers, D. Manley y R. Wasserman, eds., Metametaphysics. New Essays on the Foundations of Ontology, Oxford, Clarendon Press, pp. 178-212.
  • Lewis, D. (1986). On the Plurality of Worlds, Oxford, Blackwell.
  • Liggins, D. (2024). Abstract Objects, Cambridge Elements: Metaphysics, Cambridge: Cambridge University Press.
  • Linnebo, Ø. (2018). Thin Objects. An Abstractionist Account, Oxford, Oxford University Press.
  • Rayo, A. (2013). The Construction of the Logical Space, Oxford, Oxford University Press.
  • Rosenkrantz, G. (2009). “Concrete/abstract,” en J. Kim, E. Sosa y G. Rosenkrantz, eds., A Companion to Metaphysics, Oxford, Blackwell Companions to Philosophy 7, 2ª ed., pp. 181-184.
  • Sider, T. (2013). “Against Parthood”, en K. Bennett y D.W. Zimmerman, eds., Oxford Studies in Metaphysics, vol. 8, Oxford, Oxford University Press, pp. 237–93.
  • Thomasson, A.L. (2015). Ontology Made Easy, Oxford, Oxford University Press.
  • Wright, C. (1983). Frege’s Conception of Numbers as Objects, Aberdeen, Aberdeen University Press.
  • Zalta, E.N. (1983). Abstract Objects: An Introduction to Axiomatic Metaphysics, Dordrecht, Reidel.
  • Zalta, E.N. (1988). Intensional Logic and Metaphysics of Intentionality, Cambridge, The MIT Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Frege, G. (1918-19/2016): «El pensamiento», trad. de Carlos Pereda, en G. Frege: Escritos sobre lógica, semántica y filosofía de las matemáticas (pp. 321-348), México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Lewis, D. (1986/2015): Sobre la pluralidad de los mundos, trad. de Eduardo García Ramírez, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.

Recursos en línea

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

de Donato, J. (2024). Objetos Abstractos. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/objetos-abstractos/

 

Objetos ficticios y términos de ficción

1. Introducción

Esta entrada ofrece una revisión de las contribuciones recientes (más o menos en la última década) a nuestra comprensión de cómo los nombres y otras expresiones de referencia funcionan en el discurso relativo a las ficciones, y las preocupaciones filosóficas que suscitan. Las propuestas sobre la semántica de las expresiones de referencia en el discurso de la ficción suelen ir acompañadas de tesis metafísicas sobre la ontología de los personajes y objetos de ficción, que por ello también nos ocuparán en los siguientes párrafos. Naturalmente, no debemos confundir unas y otras cuestiones; muchos objetos y personajes que pueblan las ficciones no son designados, ni en ellas ni fuera de ellas. Mas para bien o para mal la filosofía contemporánea trata ambas cuestiones simultáneamente. No se abordará tampoco aquí la distinción entre ficción y no ficción, que simplemente daremos por supuesta; el lector puede ver a este respecto el artículo “Ficción (teorías de)” de M. J. Alcaraz y F. Pérez en esta misma enciclopedia.

Comenzaré por circunscribir nuestro tema. Supongamos que una aseveración es lo que se hace por defecto mediante el uso de oraciones declarativas: “en el lenguaje natural, las oraciones declarativas se usan por defecto para hacer afirmaciones” (Williamson, 1996, p. 258). Es una característica de las aseveraciones que las evaluamos como correctas o no en función de si son verdaderas. Examinemos así tres tipos de usos a primera vista asertivos hechos con oraciones declarativas en discursos que involucran ficciones:

(1, textual) Cuando Gregor Samsa despertó, se encontró convertido en un monstruoso  insecto.

(2, paratextual) De acuerdo con la Metamorfosis, cuando Gregor Samsa despertó, se encontró convertido en un monstruoso insecto.

(3, metatextual) Gregor Samsa es un personaje de ficción creado por Kafka.

Consideremos primero una proferencia de (1) por Kafka, como parte de la proferencia más larga por él mismo del discurso completo que, con una cierta idealización, podemos pensar constituye el acto de presentar su “escultura hecha de palabras” (Alward, 2010) Metamorfosis para que la disfrutemos. Siguiendo a Currie (1990), entiendo que tales actos son actos de habla propiamente dichos, con fuerza y contenido específicos, que él denomina ‘fiction-making’, hacer fictivo en mi terminología (García-Carpintero 2016). Esto es objeto de controversia; Gale (1971), Searle (1974/5), Walton (1990), Alward (2009, 2010) y Friend (2012), entre otros, los entienden – dicho de la manera en que lo formula Green (2017, p. 54) – como meros actos de hablar: quizás actos de simular hacer algo, desprovistos de los objetivos representativos que caracterizan los actos de habla. García-Carpintero (2019a, 2019b) defiende la opinión de Currie, examinando críticamente los argumentos de estos filósofos. Este uso del discurso declarativo fictivo, que llamaré textual, se distingue por el hecho de que sus preferencias no son intuitivamente evaluables en función de si son verdaderas o falsas. ‘Gregor Samsa’, diríamos intuitivamente, no hace en realidad referencia a nada; dado esto, una afirmación de (1) intuitivamente no sería verdadera, y por lo tanto sería incorrecta. Sin embargo, no consideramos intuitivamente plausible criticar a Kafka a este respecto. En este sentido, los usos textuales del discurso declarativo ficticio no se cuentan intuitivamente como afirmaciones. Tomo de Bonomi (2008) el término ‘textual’, así como sus variantes para los otros dos usos. Ninan (2017, p. 69) los llama ‘diktats autoriales’, lo que es quizás más adecuado para el discurso textual, pero en conjunto prefiero las etiquetas de Bonomi. Gale (1971, p. 333) ya señalaba la distinción entre usos textuales y paratextuales, así como la relación entre el uso paratextual de (1) y (2).

Los otros dos tipos difieren en que intuitivamente sí parecen ser evaluables en función de si son verdaderos o falsos y, por lo tanto, son en principio buenos candidatos a ser aseveraciones. Hay, en primer lugar, el uso de oraciones como (1) cuando informamos con ellas de lo que sucede en una obra de ficción, es decir, de la naturaleza del mundo fictivo que presenta a nuestra imaginación, de su trama. Llamaré paratextual a este uso de las proferencias para enunciar la trama de una obra; de acuerdo con Lewis (1978) y otros, en este uso la proferencia de (1) es simplemente una elipsis de otras intuitivamente equivalentes en contenido como (2), que por ese motivo también consideraré paratextuales. Los lectores de Metamorfosis contarían (1) en tal uso como verdadera, como lo harían con (2), y como falsos los resultados de sustituir ‘insecto’ por ‘rata’ en ellas. Finalmente, llamaré al uso de oraciones tales como (3) metatextual; son intuitivamente evaluables como verdaderas o falsas, pero no son informes del contenido de una ficción, ya que no son equivalentes a las descripciones explícitas como (2).

Sawyer (2012, p. 153) articula un objetivo principal que los filósofos perseguimos al investigar términos como ‘Gregor Samsa’ en (1) – (3), o otras expresiones de referencia en las ficciones, como por ejemplo deícticos tales como ‘él’, ‘yo’ o ‘tú’, cuando se entiende intuitivamente que designan personajes igualmente inexistentes: “dar cuenta de los fenómenos aparentes de significado, referencia y verdad en el contexto específico de oraciones que contienen nombres que no refieren, ya sea acomodando las intuiciones relevantes o explicándolas”. Sawyer ofrece estos detalles sobre esos tres fenómenos, en el mismo orden: (i) “entendemos oraciones que contienen nombres vacíos, y por lo tanto parecen ser significativas”, por ejemplo (1) en sus dos usos; (ii) “algunos nombres vacíos parecen nombrar al mismo individuo y, por lo tanto, ser correferenciales”, por ejemplo, ‘Santa Claus’ y ‘Papá Noel’, o ‘Samsa’ en un ejemplo de Friend (2011), usado respectivamente por Nabokov y por un crítico para atribuir diferente naturaleza al insecto en que se convierte el personaje; y (iii) “algunas oraciones que contienen nombres vacíos parecen ser claramente verdaderas”, como nuestros ejemplos de uso paratextual y metatextual.

Mi objetivo es ofrecer una revisión de contribuciones en las dos últimas décadas a nuestra comprensión de cómo los nombres y otras expresiones referenciales funcionan en usos textuales, paratextuales y metatextuales, abordando las preocupaciones filosóficas que menciona Sawyer. Discutir cuestiones sobre la semántica de las expresiones de referencia en el discurso fictivo inevitablemente nos lleva a examinar las teorías metafísicas sobre la ontología de los personajes de ficción, por lo que esto también será objeto de atención en las siguientes páginas. Relacionaré mi presentación de contribuciones recientes sobre estos asuntos con las propuestas clásicas más influyentes, que, en mi estimación, son Kripke (2013, basado en conferencias impartidas en 1973), Lewis (1978), Walton (1990) y Currie (1990)), pero no entraré en detalles sobre las mismas; éstas ya han sido revisadas en otros artículos que los lectores pueden consultar – v. Friend (2007), García-Carpintero (2010a), Sawyer (2012), Kroon y Voltolini (2016).

En la sección siguiente, §2, presentaré análisis uniformes de expresiones referenciales en los tres tipos de discurso ficticio, discutiré algunas motivaciones para las mismas y algunas propuestas ilustrativas. En §3 haré lo propio con propuestas no uniformes. Me centraré en el caso de los nombres propios, pero confío que lo que diré se puede extender fácilmente a otros casos, como deícticos, o incluso los usos referenciales de descripciones definidas e indefinidas. La semántica formal para cada uno de estos casos diferiría sustancialmente, pero aquí no abordaré esta cuestión, más allá de ofrecer algunas referencias. La semántica formal es ahora una disciplina autónoma, con sus propias preocupaciones, metodologías y suposiciones teóricas.

2. Explicaciones uniformes

Las propuestas uniformes ofrecen una explicación similar para los términos de ficción en nuestros tres tipos de uso. Existen dos propuestas contrapuestas, realismo e irrealismo, inspiradas la primera en los usos metatextuales y la segunda en los textuales. Comenzaré por el realismo.

Kripke (2013) argumenta que una caracterización adecuada de los usos metatextuales requiere interpretar nombres como ‘Gregor Samsa’ en ellos como refiriéndose a entidades ficticias. Van Inwagen (1977) proporciona un influyente argumento quineano para tal realismo sobre las entidades ficticias. El argumento se basa en la cuantificación sobre, y la referencia a, tales entidades en el discurso a primera vista serio, evaluable como verdadero o falso, constituido por usos metatextuales como el de (3) en contextos de crítica literaria. La introducción de los editores en Brock & Everett (2015) ofrece un excelente resumen de este y otros argumentos a favor y en contra del realismo sobre los personajes de ficción. Tales ficta pueden ser entendidos como entidades meinongianas, concretas pero no existentes (Priest, 2011), u objetos meramente posibles, concretos pero no reales (Lewis, 1978) o (como prefieren Kripke y van Inwagen) entidades abstractas realmente existentes, quizás platónicas, atemporales, como en Wolterstorff (1980) y Currie (1990), o más bien artefactos creados, con duración temporal, como en Salmon (1998), Thomasson (1999, 2003) o Schiffer (2003). Kroon & Voltolini (2016) ofrecen una útil exploración de estas alternativas.

Cabe entonces invocar estas entidades ficticias para dar cuenta de los usos textuales y paratextuales. Ludlow (2006) parece proponer esta idea cuando sostiene que en los usos textuales los predicados como ‘es un vampiro’ adquieren un sentido extendido en el que se aplican verdadera y literalmente a los objetos que representan a los vampiros en una ficción, como los actores que interpretan papeles de vampiro en Buffy, la cazavampiros (1992). Ludlow no dice qué corresponde a tales objetos en las ficciones verbales, pero si los entendemos como las representaciones a las que se refieren los nombres ficticios en el discurso metatextual según la teoría realista no uniforme de Walters que se presenta en la sección siguiente, la propuesta resultante es una extensión natural de la misma al discurso textual. El propio Walters rechaza los análisis uniformes por los siguientes motivos (comunicación personal): (i) es difícil creer que los autores se refieren a tales objetos; (ii) parece mejor pensar que en los usos textuales se llevan a cabo actos de fingir de dicto, no de re (Salmon 1998, 316), y (iii) necesitamos usos vacíos de todos modos, para dar cuenta de los enunciados negativos de existencia verdaderos (ver abajo).

Aunque no la abraza explícitamente, también es natural atribuir esta concepción a Manning (2014); pues argumenta que los nombres ficticios sí tienen referencia en los usos textuales, a algo muy parecido a las representaciones de Walters, entendidas como objetos creados socialmente. Las propuestas contextualistas de Predelli (1997), Recanati (2000, pp. 213-226), Reimer (2005) y Voltolini (2006) son análogas. El contexto en el que se pronuncia ‘La batalla ocurrió aquí’ podría requerir que evaluemos la afirmación no con respecto al lugar en el que se usa la expresión, sino con respecto a otro lugar proporcionado contextualmente, por ejemplo apuntando a un mapa. Según los autores mencionados, el contexto de los usos textuales y paratextuales de (1) nos lleva igualmente a evaluar su verdad no respecto del mundo real, sino de uno contrafáctico o imaginario, el mundo de la ficción. Predelli (1997) sólo considera ejemplos que involucran nombres reales, pero extiende la visión a casos que involucran nombres ficticios, argumentando que se refieren a ficta – existentes creados a partir de abstractos reales (Predelli, 2002). Martinich & Stroll (2007) defiende una concepción análoga de los usos textuales. A diferencia de las propuestas que acabamos de mencionar, ellos consideran que los nombres vacíos sí carecen de referencia, pero defienden que esto no impide que esos usos puedan ser verdaderos. Proponen para ello una concepción realizativa de los actos del autor, capaces de constituir hechos institucionales que hacen verdaderas sus afirmaciones.

Tiedke (2011) ofrece una propuesta análoga. No distingue entre usos textuales y paratextuales de (1), aunque parece tener en mente estos últimos, pues quiere asignar a las frases una semántica tal que sean literalmente verdaderas (en el caso de (1)) o falsas (si reemplazamos en ella ‘insecto’ por ‘rata’). Para ello, afirma que los nombres obtienen sus valores semánticos en relación con algo así como los bautismos de Kripke (1980). Sostiene también que, mientras que en los bautismos ordinarios se asignan referentes a los nombres, en los casos ficticios se asocian a un conjunto de propiedades; intuitivamente, las que se atribuyen en la ficción al personaje en cuestión. La predicación se toma como ambigua entre el sentido ordinario en el caso referencial, y otra en la que una frase simple es verdadera si la propiedad predicada se encuentra entre las del conjunto asignado como valor semántico al nombre en el correspondiente bautismo (op. cit., pp. 718-20). Esto me parece una variante notacional de las visiones realistas en las que los nombres ficticios se refieren uniformemente a entidades abstractas individuadas por las propiedades asignadas a los personajes en la ficción, como en los trabajos de Wolterstorff (1980) o Currie (1990). Al igual que Tiedke, estos puntos de vista realistas deben suponer una ambigüedad en la predicación, como explico enseguida.

Es debido a puntos de vista como estos que sólo describí los usos textuales cuando los introduje diciendo que “no son intuitivamente evaluables en función de si son verdaderos o falsos”; pues las teorías que acabamos de bosquejar sostienen que las oraciones declarativas en los usos textuales hacen aseveraciones, susceptibles de ser evaluadas como verdaderas o falsas, y que algunas – (1) – lo son. También soslayan el problema que las expresiones referenciales vacías plantean a la verdad intuitiva de los usos paratextuales de (1) y (2), de la manera que explican la verdad de (3): simplemente negando la suposición de que los nombres son vacíos. Sin embargo, cuando se trata de contar como verdaderos usos textuales y paratextuales, las cosas no son tan sencillas. La razón es que, mientras que las entidades que los realistas postulan ejemplifican las propiedades predicadas de ellas en usos metatextuales como (3), esto no es tan claro en esos otros casos; porque tales entidades no pueden ser fácilmente tomadas como el tipo de cosas capaces de despertarse o irse a dormir. Estas capacidades parecen requerir tener poderes causales (de los que parecen carecer los objetos abstractos, creados o platónicos), y por lo tanto existencia real (de la que carecen las meras posibilidades y los objetos meinongianos).

Los realistas afrontan este problema distinguiendo entre dos tipos de propiedades o dos tipos de predicación. En este último caso, a mi juicio la propuesta mejor desarrollada y explorada, el realista diría que la combinación sujeto-predicado en (1) no significa que el referente del sujeto-término realmente instancie la propiedad expresada por el predicado, sino simplemente que tal propiedad se le atribuye en alguna ficción. Como dije antes, en su marco no claramente realista, Tiedke (2011) propugna algo similar: una oración es verdadera si la propiedad predicada se encuentra entre las del conjunto asignado como valor semántico al nombre ficticio en el correspondiente bautismo, que consta de las propiedades atribuidas al personaje en la ficción. Esto suscita la cuestión, ¿cómo atribuyen las ficciones esas propiedades, dado que típicamente ni sus creadores ni sus audiencias tienen un conocimiento articulado del tipo de objeto propuesto por las teorías realistas, ni de los dos sentidos de predicación que estas teorías postulan? Esta era la primera objeción de Walters a las propuestas uniformes, mencionada arriba; en la siguiente sección presentaré como su propia propuesta ofrece una línea de respuesta plausible.

La obviedad intuitiva de los enunciados negativos de existencia que involucran nombres ficticios (‘Samsa no existe’) cuenta en contra de los puntos de vista realistas no meinongianos, como insiste Everett (2007, 2013, cap. 7). Walters (ms) señala que, por el contrario, es fácil ofrecer una explicación semántica de su verdad, asumiendo que los nombres son vacíos junto a una lógica libre de presupuestos existenciales adecuada. Los realistas no meinongianos suelen afrontar el problema postulando que en estos enunciados ‘existir’ tiene un significado más restringido, quizás ser concreto (Thomasson, 1999), o los nombres se usan metalingüísticamente, para decir algo como ‘‘Samsa’ no designa un humano’ (Thomasson, 2003).

Everett (2005, 2013, cap. 8) también ofrece un buen desarrollo de preocupaciones bien conocidas sobre la indeterminación de los objetos postulados por el realismo ficticio, haciéndose eco de la acusación de Quine (1948, p. 23): “¿Son el mismo hombre posible el posible hombre gordo en el umbral de esa puerta y el posible hombre calvo allí, o dos hombres posibles diferentes? ¿Cómo lo decidimos? ¿Cuántos hombres hay en ese umbral? ¿Hay más delgados que gordos? ¿Cuántos de ellos son iguales?” Everett (2013, cap. 7) y Sainsbury (2010, cap. 3 y 4) articulan problemas análogos para las alternativas meinongiana y posibilista. Bueno & Zalta (2017, pp. 761-4) argumentan de manera convincente que este es uno de los problemas más serios para las versiones contemporáneas del meinongianismo.

Cuando comenzamos considerando los usos metatextuales, damos en pensar que (1)-(3) incluyen de manera uniforme nombres con referencia, y hacen uniformemente aseveraciones. Comenzar considerando los usos textuales conduce por contra a una concepción uniformemente irrealista. Cuando la creadora de una obra de ficción utiliza frases declarativas como (1), o cuando utiliza frases de otro tipo, no suponemos intuitivamente que realiza los actos de habla que normalmente se realizan con tales oraciones en contextos normales. En tales casos, intuitivamente las oraciones se utilizan como lo hacen los actores en el escenario: al igual que no necesitan estar bebiendo whisky, sino que simplemente fingen beberlo, no las evaluamos invocando ninguna norma que aplicaríamos a usos que no fueran fingidos.

Ahora bien, si las aseveraciones aparentes son meramente fingidas, lo mismo podría aplicarse a los actos de referencia auxiliares aparentes; y de esta manera se abre una vía para dar cuenta de tales usos sin necesidad de proponer referentes reales para términos singulares ficticios. Walton (1990) ha proporcionado una explicación muy sofisticada y merecidamente influyente de los usos textuales en esa línea, que luego extiende para tratar tanto los usos paratextuales como los metatextuales; Everett (2013) ofrece una elaboración esclarecedora y muy precisa del programa de Walton. Mas como sucedía con la propuesta uniforme realista, la extensión del caso en que el enfoque irrealista resulta muy razonable – los usos textuales – no es muy convincente aquí, porque no parece haber fingimiento alguno en las aseveraciones paratextuales y metatextuales.

3. Explicaciones no uniformes

Intuitivamente, la mejor opción sería por tanto combinar el realismo ficticio para usos metatextuales, como en (3), con un análisis de los usos textuales de oraciones como (1) como fingimiento; esta es la sugerencia pluralista polisémica de Kripke (2013), en la que nombres ficticios como ‘Gregor Samsa’ tienen un uso fingido, en (1), y uno serio en (3). Sin embargo, además de la complejidad resultante (a la que objetan los autores que favorecen las explicaciones uniformes, cf. Maier (2017, p. 3)), los usos paratextuales – en particular, las atribuciones como (2) – ocupan un terreno intermedio problemático para este tratamiento ecuménico. Además, como Everett (2013, pp. 163-178) enfatiza, hay muchos casos mixtos como el de (4) a continuación, en que a lo que sea que ‘Gregor Samsa’ designe se le atribuyen propiedades tanto desde la perspectiva interna propia de los usos paratextuales, como también (en el comentario incrustado) desde un punto de vista externo, metatextual:

(4) Al comienzo de La metamorfosis, Gregor Samsa – un alter ego emocional de sí mismo creado por Kafka en su novela más conocida – se ve transformado en un gran insecto.

Everett toma este dato como una buena razón para extender la explicación del fingimiento a los usos paratextuales y metatextuales. Esto, sin embargo, no ofrece una explicación obvia de los enunciados de existencia negativos como ‘Samsa no existe’; y queda la impresión intuitiva de que (1) en los usos paratextuales, (2), (3) y (4) hacen aseveraciones verdaderas.

Walters (ms) ofrece una defensa convincente del pluralismo kripkeano para los nombres, combinada con una visión artefactualista de los referentes de algunos de esos nombres, desarrollando ideas también propuestas por Everett y Schroeder (2015). En contra del millianismo (la teoría según la cual el significado de los nombres propios se agota en sus referentes), Walters asume que los nombres vacíos son significativos, y extiende a los usos paratextuales un análisis Waltoniano de los usos textuales de (1) como fingimientos. Mas en contra de Walton (1990) y Everett (2013), Walters trata como aseveraciones usos como (2), en los que los nombres ficticios están, sin embargo, vacíos; asume para ello un análisis semántico no Milliano de las atribuciones de actitudes proposicionales, aunque concede a los teóricos del fingimiento que es el uso paratextual meramente fingido de (1) lo que fundamenta aseveraciones como (2), y los nombres vacíos en ellas. En los usos metatextuales, sin embargo, encontramos (según él) una forma no vacía del nombre vacío que ocurre en esos otros usos. En tales usos no vacíos, el nombre refiere a una representación: intuitivamente, la representación (creada) de Samsa que forma parte de la representación de los acontecimientos ficticios representados en La Metamorfosis de Kafka. Walters explica casos mixtos como (4) sugiriendo que involucran una forma de polisemia metonímicamente inducida, bien estudiada independientemente, como cuando aplicamos directamente ‘león’ a una representación de lo que, literalmente, no es un león, como por ejemplo una escultura de un león; porque también encontramos análogos casos mixtos en esos casos. Así, un escultor puede decir esto de una de sus creaciones:

(5) Ese león es la mejor escultura que he hecho este mes; es tan feroz como el que vimos ayer en el zoológico.

En trabajos anteriores he defendido un conjunto similar de ideas, asumiendo una ideología filosófica ligeramente diferente. Al igual que Walters, he sostenido que ningún análisis adecuado en términos de fingimientos puede ser felizmente combinado con puntos de vista millianos sobre la referencia singular, como quieren hacer Walton (1990) y Everett (2013). Esto no es sólo por las razones sugeridas por Walters; más fundamentalmente, necesitamos explicar cómo el contenido semántico de (1) contribuye a determinar el contenido que el creador de la ficción propone que los lectores imaginen o simulen creer (García-Carpintero,  2010a, pp. 286-7; 2018a, §4). Suponiendo mi versión de una teoría no milliana, descriptivista de los nombres y otras expresiones referenciales (García-Carpintero, 2000, 2018b), he defendido lo que considero una forma de irrealismo para el discurso metatextual: una versión de la teoría figuralista de la ficción de Yablo (2001), en la que el aparato semántico referencial (expresiones referenciales tales como nombres y deícticos, cuantificadores que generalizan las posiciones que ocupan, expresiones para la identidad) se utiliza metafóricamente en usos como (3), invocando la figura del habla llamada hipostatización (García-Carpintero, 2010b). Se trata de una metáfora “muerta” – una que ha pasado al significado convencional de la expresión, como ‘tragarse un cajero automático una tarjeta’ – por lo que, a diferencia de las propuestas de Walton y Everett, según este punto de vista las proferencias del discurso metatextual son aseveraciones literales, verdaderas o falsas.

Esto podría sugerir que el análisis es, después de todo, realista, comprometido con referentes de algún tipo para términos singulares en el discurso metatextual; pero no lo creo así. Se podría seguir a Brock (2002) y afirmar que el contenido literal que aparentemente implica el compromiso con entidades ficticias está en realidad en la línea de (2): uno sobre lo que es verdad según un fingimiento – el fingimiento de que alguna teoría realista es cierta. Mi línea preferida, sin embargo, sigue el reciente desarrollo de los puntos de vista de Yablo (2014), articulando la noción de que la verdad de las proferencias metatextuales que incluyen nombres ficticios y sus generalizaciones no nos comprometen realmente con la existencia de personajes ficticios; ya que esto es simplemente una suposición fingida y, cuando analizamos de qué tratan realmente (los hechos que confieren su verdad a las aseveraciones que hacemos con ellos), no encontramos los referentes a que parecen remitir. Encontramos en cambio las “ideas de personajes ficticios” de Everett & Schroeder (2015), o las representaciones de los mismos en las ficciones de Walters (ms). Mi análisis preferido tiene, por lo tanto, similitudes significativas con la teoría artefactualista de Walters. Interpretamos (2), (3), y (4) como haciendo aseveraciones genuinas, cuya verdad se basa en los fingimientos asociados a usos textuales y paratextuales de (1).

Hemos revisado en esta entrada propuestas recientes sobre los nombres usados en el discurso relativo a la ficción y sus posibles referentes. Hemos distinguidos tres tipos de discursos relativos a la ficción. Hemos examinado las propuestas uniformes, por un lado las teorías realistas que suponen que en los tres tipos de discurso se hacen aseveraciones, y se hace para ello referencia a objetos exóticos, y por otro las teorías irrealistas que sostienen que en esos discursos las oraciones declarativas, uniformemente, no hacen aseveraciones, sino que meramente se finge con ellas hacerlas, y se finge hacer referencia con los términos referenciales que contienen. Hemos concluido examinando algunas propuestas no-uniformes, intuitivamente más razonables, que sostienen uno u otro de esos puntos de vista para diferentes tipos de discurso fictivo.

Manuel García-Carpintero
(BIAP/LOGOS/Departament de Filosofia, Universitat de Barcelona)

Agradecimientos Agradezco sus comentarios a Marta Campdelacreu, Daniela Glavaničová, Ignacio Vicario y Lee Walters. El artículo es mi propia traducción de una parte de mi trabajo “State of the Art: Semantics of Fictional Terms”, Teorema 2020; agradezco a Luis Valdés el permiso para publicarlo.

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Cómo citar esta entrada

García-Carpintero, Manuel (2019) «Objetos ficticios y términos de ficción», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-ficticios-y-terminos-de-ficcion/).

 

Ontología de la música

1. Introducción

La pregunta fundamental de la ontología es la pregunta acerca de qué cosas hay o existen. La ontología de la música es una subdisciplina dentro de la ontología y, como tal, se ocupa de un subconjunto de los objetos de los que esta trata. No se pregunta por la existencia de las cosas en general, sino por la existencia de una clase particular de objetos. Su ámbito son objetos que, o bien tienen al sonido como medio, o bien están estrechamente relacionados con él. La pregunta fundamental de la ontología de la música es, pues, la pregunta acerca de qué tipos de cosas musicales hay y cuáles son las relaciones que se establecen entre ellas (Kania, 2012). La respuesta a esta pregunta involucra, a su vez, determinar cuál la naturaleza de estos objetos musicales.

En las prácticas musicales nos encontramos con una amplia diversidad de productos que, teniendo al sonido como medio, son objeto de apreciación estética. No resulta extraño que se formulen juicios como los siguientes:

  • La Quinta Sinfonía es sobrecogedora.
  • La interpretación de la orquesta fue insípida.
  • Está muy bien equilibrada.
  • El solo de saxofón fue incoherente.
  • Satisfaction de Devo es muy cañera.
  • Cuadros de una exposición de Ravel es demasiado impresionista.

El juicio (1) es acerca de una obra musical que compuso Beethoven en 1808. En (2), en cambio, se juzga la ejecución de una obra musical llevada a cabo por una orquesta. Por su parte, (3) es un juicio que se refiere habitualmente a la compensación entre frecuencias graves y agudas de una grabación musical. (4) es un juicio que podríamos encontrar en una crítica sobre la improvisación de un músico de una banda de jazz. El juicio (5) es acerca de la versión que el grupo americano Devo hizo de una canción cuya versión original es de los Rolling Stones. Finalmente, (6) es un juicio acerca de la transcripción que Ravel hizo para orquesta de Cuadros de una exposición, una obra cuya versión original fue compuesta por Musorgsky para piano. Estos juicios revelan la diversidad de productos musicales que son objeto de apreciación estética en nuestras prácticas, entre los que figuran, al menos, obras, ejecuciones, grabaciones, improvisaciones, versiones y transcripciones. La labor de la ontología de la música consiste en explorar si estos productos musicales son, efectivamente, entidades de distinta naturaleza y, en caso afirmativo, determinar las relaciones que se establecen entre ellos.

Debido a la centralidad que ocupan en dichas prácticas, las obras musicales han constituido el principal objeto de estudio de la ontología de la música durante las últimas cinco décadas. Tras la publicación de las monografías Languages of Art de Nelson Goodman (1968) (Traducción al castellano: Los lenguajes del arte. Una aproximación a la teoría de los símbolos, 2010) y Art and its Objects de Richard Wollheim (1968) (Traducción al castellano: El arte y sus objetos, 2019), se originó lo que algunos autores han denominado la época dorada de la ontología de la música (Rohrbaugh, 2012, p. 29; Giombini, 2017, p. 135). En su desarrollo como disciplina, la ontología de la música se ha estructurado en torno a tres cuestiones fundamentales: la cuestión categorial, la cuestión de la individuación y la cuestión existencial (Dodd, 2007, 2008; Davies, 2004, 2009; Thomasson, 2009, 2010). La cuestión categorial es la pregunta acerca de qué clase de entidad son las obras musicales. Responderla consiste en determinar a qué categoría ontológica pertenecen. La cuestión de la individuación es la pregunta acerca de cuáles son las condiciones de identidad de las obras musicales. La tarea aquí consiste en determinar el conjunto de condiciones o parámetros que fijan la identidad de una obra. Finalmente, la cuestión existencial es la pregunta por las condiciones de existencia y persistencia de las obras musicales. La respuesta a esta pregunta involucra diversas consideraciones acerca de la creabilidad y destructibilidad de las obras.

A continuación, se ofrecerá una panorámica general sobre los principales debates en ontología de la música respecto a estas tres cuestiones. Para facilitar la claridad expositiva, se atenderá a la cuestión categorial y a la cuestión de la individuación por separado. Por contra, resulta imposible desligar los aspectos relacionados con la cuestión existencial de la respuesta que los distintos autores ofrecen a las dos cuestiones anteriores, en la medida en que suelen ser utilizados en apoyo de las distintas tesis sobre la categoría ontológica y la individuación de las obras musicales.

2. La cuestión categorial

 La cuestión categorial consiste en elucidar qué clase de cosa son las obras musicales. Dicho con más precisión, consiste en determinar bajo qué categoría ontológica caen estas. Esta tarea ha supuesto un reto considerable debido a ciertas peculiaridades que las obras musicales presentan atendiendo al modo en el que nos relacionamos con ellas en las prácticas musicales. En primer lugar, parece que no podemos identificar una obra musical con una partitura, pues alguien puede conocer la Quinta Sinfonía de Beethoven sin haber tenido jamás contacto con su partitura (Levinson, 1980, p. 5). Tampoco parece que podamos identificar la Quinta Sinfonía con ninguna de sus ejecuciones. En efecto, esta continúa existiendo cuando los sonidos de una ejecución suya dejan de sonar, y por tanto, de existir. Asimismo, parece que podemos escuchar la Quinta Sinfonía múltiples veces mediante ejecuciones musicales que se llevan a cabo en distintos lugares y momentos. Al igual que los asistentes al estreno de la Quinta Sinfonía en Viena en 1808 escucharon esta obra en aquel evento, también parece que hicieron lo propio los asistentes al concierto que tuvo lugar el 23 de marzo de 2018 en Oporto, en el que la Orquesta Sinfónica Portuguesa interpretó esta obra. En ambos casos, parece que los oyentes pudieron escuchar, acceder y apreciar la obra que compuso Beethoven.

Este último rasgo se conoce como la repetibilidad de las obras musicales. Se trata del fenómeno por el cual una obra musical se manifiesta a través de sus ejecuciones adecuadamente formadas –aquellas que satisfacen adecuadamente las normas prescritas en la partitura de la obra o, en general, aquellas que satisfacen las propiedades normativas de la obra– en distintos lugares y múltiples veces. Esas ejecuciones no son copias de la obra, sino eventos sonoros que nos permiten apreciar estéticamente la obra que se manifiesta en ellas. Se ha señalado que la repetibilidad de las obras musicales implica, a su vez, otros dos rasgos de estas (Puy, 2019). Por una parte, implica su audibilidad, es decir, el fenómeno de que las obras musicales son una clase de cosa que se puede escuchar por medio de sus ejecuciones. Por otra, implica la variabilidad de las obras musicales en sus ejecuciones. En tanto que las ejecuciones musicales son eventos sonoros, y que cada evento posee una ubicación espacio-temporal única, cada ejecución musical es diferente. Además, puesto que una obra musical admite múltiples interpretaciones correctas, las ejecuciones de esta pueden diferir en aspectos artística y estéticamente relevantes (Davies, 2012, p. 643).

La principal motivación del debate a cerca de la cuestión categorial ha consistido en explicar la repetibilidad de las obras musicales y sus implicaciones (Goodman, 1968; Wollheim, 1980; Wolterstorff, 1980; Levinson, 1980; Kivy, 1983; Rohrbaugh, 2003; Davies, 2003; Dodd, 2007). La repetibilidad ha sido considerada un rasgo crucial de la naturaleza de las obras musicales. Su importancia radica en que las caracteriza como obras de arte múltiples audibles, lo cual permite diferenciarlas tanto de las obras de arte singulares –ej. la pintura y la escultura– como de otras clases de obras de arte y objetos múltiples –ej. la fotografía, la literatura o los polígonos de la geometría. Distintas propuestas han intentado explicar la repetibilidad mediante la identificación de las obras con alguna categoría ontológica. La asignación de una categoría ontológica a las obras musicales involucra consideraciones acerca de cuáles son sus condiciones de existencia, cuál es la relación entre una obra musical y sus ejecuciones, y en qué consiste componer una obra musical. A continuación, se presentarán las tesis principales de algunas de estas propuestas.

2.1. Teorías tipo/ejemplar: platonismo y aristotelismo

Las teorías tipo/ejemplar han constituido la posición dominante en el debate acerca de la cuestión categorial. Un notable número de autores coinciden en señalar que estas ofrecen la explicación más sencilla y elegante de la repetibilidad de las obras musicales (Wollheim, 1980; Wolterstorff, 1980; Scruton, 1997; Kivy, 2002; Dodd, 2007; Levinson, 1980, 2011; Howell, 2002; Trivedi, 2002; Davies, 2001, 2003; Dodd & Letts, 2017). Estas teorías afirman que una obra musical es un tipo, es decir, un objeto abstracto, ni físico ni mental, que puede ser ejemplificado en ejecuciones musicales. Se trata pues de una posición realista que afirma la existencia de las obras musicales como objetos abstractos. La Quinta Sinfonía de Beethoven es un tipo de eventos de secuencias sonoras, sus ejecuciones apropiadas, cuya existencia no depende de la existencia de estas. Las ejecuciones de la Quinta Sinfonía de Beethoven son particulares concretos, eventos de secuencias sonoras ubicados espacio-temporalmente. La relación que se obtiene entre una obra musical y sus múltiples ejecuciones es la relación de ejemplificación: las ejecuciones son ejemplares del tipo en los que este se manifiesta, haciendo que esté epistémicamente disponible para ser escuchado y experimentado. Los tipos se individúan por el conjunto de propiedades que un evento de secuencias sonoras ha de satisfacer para ser uno de sus ejemplares adecuadamente formados. El tipo de la Quinta Sinfonía de Beethoven se individúa por el conjunto de propiedades que un evento sonoro ha de satisfacer para ser una ejecución adecuadamente formada de esta obra –propiedades que incluyen, entre otras, las normas prescritas por Beethoven en su partitura.

Dentro de la teoría tipo/ejemplar pueden distinguirse dos principales corrientes, el platonismo y el aristotelismo. La principal diferencia entre ambas concierne a las condiciones de existencia de los tipos. Para el platonismo, las condiciones de existencia de las propiedades que individúan los tipos fijan las condiciones de la existencia de los tipos. Puesto que, para el platónico, las propiedades no tienen origen temporal, los tipos tampoco lo tienen. En consecuencia, ya que los tipos no tienen origen y, por tanto, no pueden ser creados, las obras musicales no son creadas por sus compositores (Kivy, 2002; Wolterstorff, 1980; Dodd, 2002). Componer una obra consiste en llevar a cabo un descubrimiento creativo: se trata de un descubrimiento porque las obras como tipos existen con anterioridad al proceso de composición; y es creativo porque aporta el conocimiento de esa obra, añadiéndolo así a nuestro acervo cultural (Dodd, 2007, p. 112 y ss.).

La consecuencia del platonismo de que las obras musicales no son creadas por sus compositores es inasumible para algunos autores. Jerrold Levinson defiende que la idea de que los artistas crean cosas (las obras de arte) es una de nuestras intuiciones más firmes respecto al arte (Levinson, 1980, p. 8). Esta ha sido su principal motivación para proponer una posición aristotélica sobre las obras musicales, la teoría de los tipos indicados, según la cual los tipos con las que estas se identifican sí tienen origen temporal. Las obras musicales serían tipos de la forma φ-indicada-por-X-en-t, donde φ es una estructura de sonidos, X un compositor y t el momento en el que la estructura φ ha sido indicada. La Quinta Sinfonía de Beethoven sería el tipo indicado φ-indicada-por-Beethoven-en-1908. Los tipos indicados son iniciados en el sentido de que tienen origen, el momento en el que fueron indicados por los compositores (Levinson, 1980, p. 21). Las condiciones de existencia de los tipos indicados no vienen dadas, según esta perspectiva, por las condiciones de existencia de las propiedades que los individúan, sino por la posibilidad de ser ejemplificados en ejecuciones musicales. Así, la Quinta Sinfonía comenzó a existir cuando Beethoven indicó esta obra al escribirla en una partitura. Mediante esta acción, Beethoven estableció una serie de reglas para la ejecución correcta de esta obra –aquellas recogidas en la partitura–, iniciando así las prácticas culturales que posibilitan ejemplificar esta obra en ejecuciones particulares (Levinson, 2012, p. 54; Howell, 2002, p. 115–116).

La teoría de los tipos indicados no está libre de problemas. En primer lugar, se ha señalado que se trata de una propuesta ad hoc para dar cuenta de la naturaleza de las obras musicales, teniendo indeseables consecuencias cuando se aplica a otros dominios. Según la teoría de los tipos indicados, cuando un compositor (c) entra en relación con una estructura de sonidos (φ) en un determinado momento (t), el resultado es una nueva entidad: el tipo φ-indicada-por-c-en-t. Sin embargo, no parece que cuando alguien me señala ahora el edificio más grande de Málaga, se genere un nuevo objeto, a saber: el edificio-visto-por-mí-ahora (Predelli, 2001, p. 289; Dodd, 2008, p. 1121). Asimismo, se ha apuntado que la teoría de los tipos indicados es metafísicamente oscura, ya que resulta difícil comprender cómo un objeto abstracto puede tener objetos concretos (personas y momentos) como constituyentes (Dodd, 2008, pp. 1122–1123).

2.2. Alternativas a la teoría tipo/ejemplar

Una de las críticas más recurrentes contra las teorías tipo/ejemplar es que no son capaces de explicar la intuición de que podemos escuchar directamente las obras musicales. Al identificar a estas con objetos abstractos, las teorías tipo/ejemplar implican que una obra musical solamente se puede escuchar de manera indirecta, mediante sus ejecuciones. Algunas propuestas han estimado que este es un problema genuino, y para evitarlo han intentado identificar a las obras musicales con objetos concretos, entidades físicas con las que podemos tener contacto directo mediante la percepción. Una de ellas es el nominalismo musical, según el cual una obra musical es un conjunto de ejecuciones (Goodman, 1968; Predelli, 1999; Bertinetto, 2016). Los miembros de ese conjunto son, o bien aquellas ejecuciones que satisfacen las indicaciones de la partitura de una obra, o bien ejecuciones que guardan un grado relevante de parecido entre ellas. La idea central de la propuesta nominalista es que la obra musical no es algo más allá de la agrupación de sus ejecuciones. En esta ontología musical solo hay objetos concretos: ejecuciones musicales agrupadas de una cierta manera. Por tanto, al escuchar una de las ejecuciones de la Quinta Sinfonía, estamos escuchando directamente la obra que Beethoven compuso.

Sin embargo, esta propuesta no está exenta de inconvenientes. Por ejemplo, no ofrece una explicación adecuada de las condiciones de existencia e identidad de las obras musicales que nunca han sido estrenadas. Si el nominalista es reduccionista respecto a los conjuntos –admitiendo su existencia únicamente cuando existe alguno de sus miembros– las obras no ejecutadas no existirían. Sin embargo, parece que tenemos la intuición de que una obra existe una vez finalizada por su compositor, con independencia de que sea o no interpretada. Si el nominalista no es reduccionista, y puesto que los conjuntos se individúan extensionalmente por sus miembros, todas las obras que no hayan sido ejecutadas serían la misma obra. Se identificarían con el conjunto vacío de ejecuciones (Giombini, 2017, p. 87). Asimismo, también se objeta al nominalismo que no todas de las propiedades de las obras musicales coinciden con, ni se reducen a, las propiedades de sus ejecuciones. En efecto, podemos decir que el conjunto de ejecuciones actuales de una obra es estridente, debido a las limitaciones del desarrollo técnico de los instrumentos, sin que digamos que la obra, como tal, sea estridente. Igualmente, cuando decimos que la Quinta Sinfonía es sobrecogedora, no queremos decir que todas sus ejecuciones lo sean (Dodd, 2007, pp. 22–25).

El perdurantismo musical es otra alternativa a la teoría tipo/ejemplar que identifica a las obras musicales con objetos concretos. Sostiene que una obra musical es una fusión de sus ejecuciones (Caplan y Matheson, 2006, p. 60). Los perdurantistas asumen de partida que las obras musicales persisten en el tiempo perdurando, es decir, en virtud de tener diferentes partes temporales en los distintos momentos en los existen. Las ejecuciones de una obra son partes temporales suyas, y están relacionadas entre sí mediante la relación de continuidad apropiada para las obras musicales –relación análoga a la que se da entre las distintas etapas temporales de una persona, permitiéndole existir a lo largo del tiempo. La Quinta Sinfonía es, así, la fusión de todas sus ejecuciones, las cuales se encuentran relacionadas entre sí mediante la relación de continuidad relevante. No obstante, algunos autores han argumentado que el perdurantismo no ofrece una explicación adecuada de la relación uno-a-muchos entre una obra musical y sus ejecuciones. Cuando decimos que la Quinta Sinfonía es repetible, decimos que se manifiesta en sus ejecuciones, en las que podemos escuchar y experimental la obra completa que Beethoven compuso. El perdurantismo no puede explicar esta intuición, ya que por medio de las ejecuciones de una obra no podemos acceder a la obra en su totalidad, sino a su parte temporal a la que corresponden esas ejecuciones (cf. Dodd, 2007).

Para evitar este problema, recientemente se ha propuesto la Teoría de las Etapas Musicales (Musical Stage Theory), que identifica a cada ejecución con una obra musical distinta. Según esta perspectiva, una obra musical es una ejecución –un evento sonoro único y singular–, que constituye una ejecución-etapa que se relaciona de manera privilegiada con otras ejecuciones-etapa (Moruzzi, 2018, p. 342). Esta posición sostiene que habitualmente usamos el término “Quinta Sinfonía” para referirnos a ejecuciones-etapa específicas y singulares (“obra como ejecución”), y que solo ocasionalmente lo empleamos para referirnos al compuesto conformado por distintas ejecuciones-etapa relacionadas de manera privilegiada (“obra como constructo”). La relación privilegiada que se da entre distintas ejecuciones-etapa –es decir, entre distintas obras musicales según esta teoría– es la relación de repetibilidad, que requiere una relación causal que conecte las distintas ejecuciones-etapa con un acto de composición relevante, la intención de los intérpretes de tocar precisamente esas ejecuciones y un grado suficiente de parecido entre ellas (Moruzzi, 2018, p. 344). Por tanto, puesto que una obra es un ejecución, esta teoría presenta la ventaja de acomodar la intuición de que, al asistir a un concierto, estamos escuchando directamente una obra musical completa (Moruzzi, 2018, p. 347).

Pese a este atractivo, la Teoría de las Etapas Musicales resulta problemática desde otros puntos de vista. Puesto que una obra musical es una ejecución, el resultado de la actividad de los compositores no sería la creación de una obra musical. Escribir notas en una partitura no es un evento sonoro en un sentido relevante, y puesto que la mayor parte de las obras musicales son para múltiples instrumentos que el compositor no sabe tocar, los casos en los que un compositor ejecuta su obra muy reducidos. Apelar a la noción de “obra como constructo” tampoco supone una solución en este punto, incluso si se incluye el acto de composición como una de las etapas de ese constructo. En este caso, la obra como constructo no sería audible en su totalidad –una de sus etapas no sería un evento sonoro– y el compositor no crearía una obra musical en su totalidad, sino tan solo una etapa de esta. Además, las obras que no hayan sido nunca estrenadas, no son obras musicales según esta teoría, lo que contradice también nuestras intuiciones al respecto.

Vistos los problemas a los que se enfrentan las propuestas que identifican a las obras musicales con objetos concretos, algunos autores han intentado explorar otras soluciones. La hipótesis idealista, según la cual las obras musicales son entidades de naturaleza mental –ideas en la mente del compositor (Cox, 1986)– había dejado de ser atractiva por diversos motivos: las obras musicales serían entidades privadas, confinadas en la mente del compositor, no audibles y a las que nunca accederíamos en su totalidad. Sin embargo, desarrollos recientes en la ontología de las ideas parecen haber abierto la posibilidad de hipótesis más plausibles sobre la naturaleza de las obras musicales. De acuerdo con estas propuestas, las ideas son sistemas de estados mentales ejemplares adecuadamente relacionados entre sí, lo que requiere que esos estados mentales sean ejemplares del mismo estado mental tipo y que estén suficientemente relacionados histórica y causalmente (Cray & Matheson, 2017, p. 705). En este marco, las obras musicales son identificadas con “ideas completas para una manifestación musical” (Cray & Matheson, 2017, p. 707). Sus manifestaciones son las ejecuciones que tratan de realizar la idea de forma perceptible (audible), satisfaciendo las condiciones impuestas por el contenido de esa idea. Así, la Quinta Sinfonía es una idea completa para manifestación musical en sus distintas ejecuciones. En tanto que idea, la Quinta Sinfonía es un sistema de estados mentales ejemplares adecuadamente relacionados entre sí, siendo Beethoven la primera persona en alcanzar uno de esos estados mentales. Por medio de las manifestaciones de esa idea, cualquier persona puede alcanzar un estado mental concreto del mismo tipo del que tuvo Beethoven y adecuadamente relacionado con este. Cuando esto sucede, el sistema en el que consiste la idea de la Quinta Sinfonía se expande, incluyendo nuevos estados mentales que son ejemplares del mismo tipo y que están adecuadamente relacionados entre sí (Cray & Matheson, 2017, p. 705–6). De esta manera, las obras musicales son públicas, compartibles y creadas mediante la actividad de sus compositores de alcanzar un estado mental concreto que consideren del tipo adecuado para ser ejecutado musicalmente (Cray & Matheson, 2017, p. 709–10).

Pese a su sofisticación, esta propuesta no está exenta de problemas que tienen que ver con la persistencia y el acceso que tenemos a las obras musicales. Las ideas se individúan, en parte, por su contenido (Cray & Matheson, 2017, p. 709). Puesto que las ideas son sistemas de estados mentales ejemplares, parte del contenido de una idea son los estados mentales ejemplares que la componen. Una de las perspectivas más plausibles es considerar a estos sistemas como agregados, es decir, como fusiones de sus componentes –estados mentales ejemplares adecuadamente relacionados– que existen en, y solamente, aquellos momentos y lugares en los que sus componentes existen (Cray & Matheson, 2017, p. 706). Los problemas de esta propuesta son dos. En primer lugar, la Quinta Sinfonía dejaría de existir cuando nadie estuviese pensando en ella –es decir, teniendo el estado mental ejemplar apropiado– y volvería a existir cuando alguien volviese a pensar en ella. Este alguien, distinto de Beethoven, debería considerarse también como creador de la Quinta Sinfonía en ese momento desde un punto de vista ontológico. En segundo lugar, cada nuevo estado mental ejemplar adecuadamente relacionado con el estado mental ejemplar de Beethoven daría lugar a un nuevo sistema más complejo que el anterior. Por lo tanto, al escuchar una ejecución de la Quinta Sinfonía hoy, estamos accediendo a un sistema distinto y mucho más complejo de aquel al cual accedieron los contemporáneos de Beethoven en el estreno de la obra en 1808. En consecuencia, el idealismo no es capaz de explicar la intuición de que podemos escuchar la obra que Beethoven compuso en 1808, ya que estaríamos escuchando una obra diferente pese a que alcancemos un estado mental del mismo tipo al escuchar una de sus ejecuciones.

Ante las dificultades encontradas para identificar a las obras con alguna categoría ontológica, algunos autores han optado por una estrategia nihilista o ficcionalista, según la cual no hay obras musicales en el nivel fundamental de la realidad (Goehr, 2007; Cameron, 2008; Kania, 2012). Según estas propuestas, cuando hablamos en nuestras prácticas acerca de las obras musicales, lo hacemos de una manera ficticia o figurada: no nos estamos refiriendo a, ni nos comprometemos con la existencia de, ninguna entidad del mundo. Nos comportamos como si hubiese obras musicales, pero en realidad no las hay. Sin embargo, estas posiciones difícilmente encuentran una explicación y justificación del aprecio que tenemos a los compositores musicales por el resultado de sus actividades, así como de los intercambios y prácticas que tienen lugar en el mundo de la música (derechos de autor, pago por encargos a los compositores, la autenticidad de las ejecuciones musicales, etc.).

3. La cuestión de la individuación

La pregunta por la individuación en ontología de la música pretende determinar cuáles son los rasgos que fijan la identidad de los objetos de apreciación en nuestras prácticas musicales. Al igual que ocurre con la cuestión categorial, la investigación acerca de la individuación está centrada fundamentalmente en las obras musicales. En este sentido, el objetivo principal consiste en determinar cuáles son las condiciones bajo las cuales dos objetos musicales O y O* son considerados como la misma obra musical o como obras musicales distintas. Así, las condiciones de individuación de la Quinta sinfonía de Beethoven son los rasgos que hacen que la Quinta sinfonía sea la obra que es y que la distinguen de cualquier otra obra musical. Se han desarrollado dos debates en este ámbito, atendiendo a la relevancia del contexto musical y la instrumentación en la individuación de las obras musicales, respectivamente.

3.1. El debate entre contextualismo y no-contextualismo

El debate entre contextualistas y no-contextualistas tiene por objeto determinar el impacto que el contexto de composición y la identidad del compositor tienen en la individuación de una obra musical. Pueden distinguirse cuatro posiciones a tal efecto:

Formalismo: el contexto de composición y el compositor no juegan ningún papel en la identidad de una obra musical (Goodman, 1968; Kivy, 1988; Dodd, 2007).

Contextualismo referencial: la referencia al contexto de composición y al compositor son parámetros que determinan la identidad de una obra musical (Levinson, 1980, 2011; Howell, 2002; Sharpe, 2001; Predelli, 1999).

Contextualismo no-referencial: el contexto de composición de una obra determina cuáles son los parámetros que fijan la identidad de esta (S. Davies, 2001, 2003).

Contextualismo modal: nuestras intuiciones modales acerca de la relación entre una obra y sus circunstancias de producción en su contexto de composición determinan los parámetros que fijan la identidad de esta (D. Davies, 2004)

Según la perspectiva formalista, la identidad de una obra depende exclusivamente de su estructura de sonidos. Por tanto, es independiente de cualquier aspecto contextual, como quién sea su compositor y cuándo haya sido compuesta. Si dos compositores distanciados espacio-temporalmente y aislados entre sí indican la misma estructura de sonidos, estos no han compuesto dos obras musicales diferentes, sino la misma obra. En consecuencia, si Messiaen hubiese indicado en 1950 la misma estructura de sonidos de la Quinta Sinfonía desconociendo todos los hechos relativos a Beethoven y a su producción musical, el formalista afirmaría que Messiaen no compuso una nueva obra distinta de la Quinta Sinfonía de Beethoven. El contextualista referencial, en cambio, rechaza esta conclusión. La identidad de cada obra musical viene determinada, según esta perspectiva, por estructuras de sonidos indicadas de la forma φ-indicada-por-P-en-t, donde φ es una estructura de sonidos, P un compositor y t el momento de composición (Levinson, 1980, p. 20). La referencia al compositor y al momento de composición son rasgos de la identidad de una obra, fijando un determinado contexto histórico-musical con el que la estructura de sonidos entra en relación. Así, Messiaen habría compuesto una obra distinta de la Quinta Sinfonía, llamémosla O, pese a que las estructuras de sonidos de O y la Quinta Sinfonía sean auditivamente indistinguibles.

La cuestión en juego entre formalistas y contextualistas referenciales consiste en identificar qué determina el contenido estético de las obras musicales. La tesis de que las propiedades estéticas que una obra posee dependen de sus propiedades no-estéticas es una idea ampliamente compartida en la bibliografía (Kivy, 1973; Currie, 1990; Levinson, 2011; Dodd, 2007; Matravers, 2005; Budd, 2007; Benovsky, 2012; Hudson Hick, 2012). Aunque no existe un consenso respecto a cuál es la relación de dependencia entre las propiedades estéticas y las no-estéticas, la opinión mayoritaria afirma que es una relación de sobreveniencia (Currie, 1989; Levinson, 2011; Dodd, 2007; Hudson Hick, 2012). Las propiedades estéticas sobrevienen a las propiedades no-estéticas en el sentido de que no puede haber una diferencia en las propiedades estéticas sin que haya diferencia en las propiedades no-estéticas. Por tanto, lo que está en disputa entre formalistas y contextualistas referenciales es cuáles son los rasgos no-estéticos que conforman la base de sobreveniencia del contenido estético de las obras musicales. El formalista sostiene que la base de sobreveniencia está constituida únicamente por las propiedades estructurales de la obra –aquellas que son relativas a su estructura de sonidos, y por tanto, perceptibles auditivamente. En consecuencia, el contenido estético de O y la Quinta Sinfonía sería el mismo al no existir diferencias no-estéticas entre ellas y, por tanto, no habría motivo para considerarlas como obras distintas. En cambio, el contextualista referencial defiende que la base de sobreveniencia está constituida, no solamente por propiedades estructurales, sino también por relaciones de la estructura de sonidos con aspectos del contexto de composición de la obra –propiedades no perceptibles auditivamente. Estas diferencias en la base de sobreveniencia originarían diferencias respecto a su contenido estético: la referencia a aspectos contextuales haría que experimentásemos la Quinta Sinfonía como original y excitante, y O como aburrida y anacrónica. Esas diferencias a nivel estético estriban en las diferencias en las propiedades relativas al contexto de composición de O y la Quinta Sinfonía y, por tanto, en la base no-estética de propiedades en la que sobrevienen sus propiedades estéticas. Tanto el formalista como el contextualista referencial apelan a las intuiciones involucradas en nuestras prácticas apreciativas para defender sus posiciones. Sin embargo, dichas intuiciones parecen avalar en semejante medida ambas perspectivas.

Frente al impasse en la discusión entre contextualismo referencial y formalismo, otras perspectivas contextualistas se han propuesto como alternativas. Por una parte, la idea básica del contextualismo no-referencial es que las convenciones sociales que gobiernan las prácticas musicales del contexto de composición determinan las propiedades de una obra que son normativas para una ejecución correcta, determinando así su identidad. Dichas convenciones establecerían el significado de las notaciones escritas en la partitura por el compositor (Davies, 2001, pp. 68-69). Así, O sería una obra distinta de la Quinta Sinfonía de Beethoven, no por haber sido compuesta por una persona distinta en un momento diferente, sino porque las convenciones del contexto musical de Messiaen determinan un significado distinto de las notaciones escritas en la partitura, pese a que esta sea notacionalmente indiscernible de la escrita en 1808 por Beethoven. A su vez, el contextualismo modal afirma que no son las convenciones del contexto de composición, sino nuestras intuiciones modales acerca de la obra en cuestión, las que determinan qué rasgos del contexto de composición son esenciales a una obra y cuáles no lo son (Davies, 2004, pp. 104–5). Así, el momento de composición de una obra sería un componente que configura la identidad de una pieza en unos casos, mientras que en otros no. La Quinta Sinfonía de Beethoven es una obra tonal y que estructuralmente sigue la forma de las sinfonías clásicas en rasgos generales. En este sentido, sería indiferente que se hubiese compuesto diez años antes. En un mundo posible en el que la misma estructura de sonidos hubiese sido indicada en 1798, no diríamos que el resultado de ese acto de indicación sería una obra distinta a la Quinta Sinfonía de Beethoven. Por el contrario, una obra como Illiac Suite de Lejaren Hiller y Leonard Isaacson sí que parece mucho más vinculada al momento en el que fue compuesta, el año 1956. Se trata de la primera pieza completamente generada por un ordenador, una obra que no podría haber sido compuesta diez años antes debido a que su composición es dependiente de los desarrollos en la computación algorítmica de la primera mitad del siglo XX. Por tanto, para el contextualismo modal, no hay parámetros del contexto que de manera sistemática determinen la identidad de una obra musical, sino que dependen de cuáles sean nuestras intuiciones modales acerca de la obra en cuestión.

3.2. El debate entre sonicismo e instrumentalismo

El debate entre sonicistas e ejecucionistas tiene por objeto determinar si el timbre y la producción causal del sonido con los instrumentos especificados por el compositor son parámetros que fijan la identidad de una obra musical. Tres perspectivas se destacan al respecto:

Sonicismo puro: las obras musicales son puras estructuras de sonidos sin color (Kivy, [1988] 1993; Scruton, 1997).

Sonicismo tímbrico: el timbre de los instrumentos prescritos por el compositor es un factor que determina la identidad de una obra musical (Hanslick, [1891] 1943; Dodd, 2007).

Ejecucionismo: el timbre y la producción causal del sonido a partir de los instrumentos prescritos por el compositor es constitutivo de la identidad de una obra musical (Predelli, 1999; Davies, 2008; Levinson, 2011).

Desde la perspectiva del sonicismo puro, la instrumentación original de la Quinta Sinfonía de Beethoven no es constitutiva de la identidad de esta obra. Una ejecución correcta de la estructura de sonidos de la Quinta Sinfonía llevada a cabo por una banda de instrumentos de viento o por dos pianos contaría como una ejecución correcta de la Quinta Sinfonía. Ninguna de ellas serían consideradas como ejecuciones de una obra distinta. A favor del sonicismo puro se ha argumentado que hace justicia a la intuición de que la identidad de una obra se preserva si se mantiene su integridad estructural –las relaciones internas de la estructura (Scruton, 1997, p. 442; Kivy, [1988] 1993, pp. 77, 80). En este sentido, un cambio de instrumentación no afectaría a que la obra continúe siendo reconocible, siempre y cuando se respete su estructura de sonidos (Kivy, 1988, p. 77). Los defensores de esta posición señalan que esta intuición se muestra en el hecho de que, históricamente, se han admitido como interpretaciones de la misma obra aquellas llevadas a cabo con instrumentos (y timbres) distintos de los originalmente prescritos por el compositor.

El sonicismo puro ha sido criticado por no reconocer que las propiedades tímbricas determinan muchos de los rasgos estéticos de una obra, siendo así propiedades relevantes para su identidad (Dodd, 2007, pp. 213, 217; Levinson, 2011, p. 245). El sonicismo tímbrico sostiene que el timbre de los instrumentos prescritos por el compositor es un factor que determina la identidad de una obra musical. Cualquier ejecución de la Quinta Sinfonía llevada a cabo por instrumentos que produzcan timbres distintos de los correspondientes a la instrumentación original prescrita por Beethoven no contaría como una ejecución de esta obra. Sin embargo, el sonicismo tímbrico rechaza que el uso de los instrumentos especificados por el compositor sea un requisito para que algo cuente como una ejecución de esa obra. Una ejecución de la Quinta sinfonía llevada a cabo por un sintetizador perfecto que fuese capaz de reproducir exactamente el sonido de los instrumentos prescritos por Beethoven contaría como una ejecución apropiada de la Quinta sinfonía. Los defensores de esta perspectiva sostienen que las propiedades estéticas de una obra sobrevienen meramente a sus propiedades acústicas, entre las que figuran las propiedades tímbricas, con independencia de cual haya sido su origen causal (Dodd, 2007, p. 213).

El ejecucionismo, por su parte, rechaza estas consecuencias del sonicismo tímbrico afirmando que el origen causal de los sonidos juega un papel en el contenido estético de una obra (Davies, 2008, pp. 368-369). La secuencia de sonidos de la Quinta Sinfonía producidos por el sintetizador tímbrico perfecto ofrecería así una representación deficiente de la obra debido a que adolece de algunas de las propiedades estéticas constitutivas de dicha pieza. El ejemplo más claro de esas propiedades sería el virtuosismo del último movimiento. Puesto que en el caso del sintetizador tímbrico perfecto, ni hay músicos ni tienen lugar sus acciones típicas, la secuencia de sonidos producida por este adolece de la propiedad del virtuosismo. Asimismo, Davies afirma que en los sonidos generados electrónicamente “se pierde el calor humano de la ejecución”, lo cual afecta a las propiedades expresivas que posee la Quinta Sinfonía. En consecuencia, sola y exclusivamente las ejecuciones de la Quinta Sinfonía de Beethoven llevadas a cabo con los instrumentos prescritos por el compositor contarían como ejecuciones de esta obra.

Nemesio García-Carril Puy
(Universidad de Granada)

Referencias

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Entradas relacionadas

Improvisación

Cómo citar esta entrada

Puy, Nemesio G. C. (2019) “Ontología de la música”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/ontologia-de-la-musica/).

 

 

Objetos materiales

1. Introducción

Si estamos atentos a nuestro alrededor y nos preguntan ¿qué objetos materiales existen?, tendemos de forma natural a responder que, según nuestra experiencia, hay sillas, ordenadores y todas sus partes, como la pantalla del ordenador o las patas de las sillas; también hay estatuas, cuadros, y sus partes, como uno de los brazos del David de Miguel Ángel; también hay diamantes, árboles y sus ramas; y también ardillas y personas, etc. Y si nos preguntan si hay ordenador&caballos, después de preguntar ¿qué es eso? -y después de aclararnos que nos siguen preguntando por objetos como los anteriormente citados, ahora compuestos por (teniendo como partes) un caballo y un ordenador- tendemos de forma natural a contestar que “claro que no”, que hay ordenadores y caballos pero no ordenador&caballos, de la misma manera que no hay fuente&arañas o cuadro&diamante&personas, si con ello queremos decir objetos con una fuente y una araña como partes o con tres partes: un cuadro, un diamante y una persona.

Por obvio que nos parezca lo anterior, posiciones relevantes hoy en día en el debate sobre qué objetos materiales existen, afirman que esta ontología del sentido común es errónea.

En esta entrada vamos a exponer los tres tipos de teorías que hoy en día dominan este debate. Vamos a exponer primero algunos de los argumentos (no todos, dada la extensión de la entrada) que se han ofrecido en contra de la ontología del sentido común y a favor de posiciones alternativas (secciones 1 y 2); después vamos a exponer una de las razones más poderosas en contra de estas teorías revisionistas (sección 3). Para profundizar en el debate, que aquí podremos simplemente esbozar, se recomienda al lector acudir a las distintas obras a que haremos referencia durante la exposición (y también al final de la entrada).

2. La ontología del sentido común y sus rivales

La primera respuesta a la pregunta “¿qué objetos materiales existen?” que vamos a presentar es la más acorde con la respuesta que proporciona el sentido común junto con, añadiremos ahora, ciencias como la geología, la biología, la física, etc. (en su versión más evolucionada). Con todo, cabe resaltar, no es la respuesta que cuenta con más partidarios hoy en día. También es necesario puntualizar ya aquí que los filósofos que defienden esta posición formulan y discuten teorías mucho más precisas que la que estamos analizando. Más que de una teoría, pues, deberíamos hablar de un conjunto de teorías que comparten el mismo objetivo, que pretenden llevar a cabo de maneras muy distintas. El objetivo es el de defender que los objetos materiales que existen son, aproximadamente (y aquí ya surgen las primeras discrepancias que, dado nuestro propósito, deberemos omitir), aquellos que nos dicta el sentido común, junto con las ciencias como las mencionadas más arriba. Nos referiremos a esta posición como “la ontología del sentido común científicamente refinado”, o, simplemente, “la ontología del sentido común”.

Defensores de este tipo de teoría son, por ejemplo, Hirsch (2005), Simons (2006), Baker (2007), Koslicki (2008), Markosian (2014), Korman (2015), Carmichael (2015).

Una puntualización: aunque esta posición parte de la ontología proporcionada por el sentido común científicamente refinado, esto no implica que se defienda de forma acrítica. Todo lo contrario, sin refinar, el resultado sería una ontología ciertamente plagada de dificultades (como pondrán de relieve los argumentos que presentaremos enseguida). Matizar tal ontología para superar estas dificultades no implica, sin embargo, según los defensores de esta posición, que la posición correcta sea una de las ontologías revisionistas que introduciremos a continuación (véase Lowe, 2007).

Antes de exponer dos de los argumentos más interesantes en contra de esta ontología del sentido común y a favor de posiciones alternativas, vamos a exponerlas brevemente.

Una de las posiciones más defendidas actualmente es el composicionalismo en su versión universalista. Según esta, dada una pluralidad de objetos cualesquiera, no importa lo diversa o dispersa que sea, existe un objeto resultado de su composición. Por ejemplo, dado un calcetín y una nariz cualesquiera, existe un objeto resultado de su composición (un calcetín&nariz). O, dado un calcetín y una nariz y un colegio, existe un objeto resultado de su composición (un calcetín&nariz&colegio), etc.

Es importante recalcar que, como antes, esta caracterización inicial puede refinarse de múltiples formas. Por ejemplo, respondiendo a estas preguntas: ¿De qué tipo son los objetos resultantes? ¿Son estos diferentes a sus partes o son idénticos a ellas?

Entre los composicionalistas, se encuentran, entre otros, Quine (1960, 1981), Lewis (1986), Heller (1990), Sider (1997, 2001), Varzi (2003, 2006, 2009).

La otra posición revisionista que vamos a analizar es el eliminativismo. De forma genérica, según este no existen objetos compuestos, es decir, con partes propias (partes diferentes a ellos mismos). Así, las sillas o las manzanas, con partes propias como las patas de las sillas o las semillas de las manzanas, no existen. Lo que sí existe son objetos simples (sin partes propias); simples organizados al modo de una silla, o al modo de una manzana, etc. Es importante señalar aquí que hay eliminativistas que no niegan la existencia de algunos objetos compuestos: por ejemplo, van Inwagen (1990) defiende la existencia de los organismos vivos, y Merricks (2001) defiende que (al menos) los seres humanos, con estados mentales conscientes, existen.

Al igual que antes, existen diferentes tipos de eliminativismo. Quizá sea útil señalar aquí un caso ciertamente especial, el defendido, entre otros, por Contessa (2014). Según este, de hecho, sí hay sillas (recordemos que según el eliminativismo más estándar no hay sillas), pero no son objetos compuestos sino simples organizados al modo de una silla.

Son eliminativistas, por ejemplo, van Inwagen (1990), Hossack (2000), Merricks (2001), Dorr (2005), Contessa (2014).

3. Argumentos en contra de la ontología del sentido común

A continuación, vamos a presentar algunos argumentos a favor de estas ontologías revisionistas, y en contra de la ontología del sentido común. Podremos exponer con cierto detalle el “argumento desde la vaguedad”, formulado por Sider (2001) a favor del composicionalismo universalista y el “argumento de la sobredeterminación causal”, formulado por Merricks (2001) a favor del eliminativismo. No podremos presentar otros argumentos, todos ellos muy interesantes, que se han ofrecido en contra de la ontología del sentido común. Sin embargo, me gustaría mencionar brevemente algunos de ellos antes de pasar a analizar los dos argumentos anteriores (para una exposición inicial, pero bastante detallada, de estos argumentos puede verse las entradas pertinentes en The Stanford Encyclopedia of Philosophy).

Un primer tipo de argumento está relacionado con el hecho que los objetos materiales, pongamos por caso, el David de Miguel Ángel, coinciden espaciotemporalmente con la pieza de materia de que están hechos. El problema es que, por una parte, el David y la pieza de mármol relevante parecen ser objetos diferentes, pues tienen propiedades diferentes, pero, por otra parte, parece ser también una intuición del sentido común que dos objetos materiales no pueden ocupar exactamente la misma región espaciotemporal.

Un segundo argumento es el siguiente. Partimos de dos intuiciones del sentido común. Primera, si a un barco le vamos cambiando las piezas de que está hecho muy, muy lentamente, sigue siendo el mismo barco al cabo de, pongamos 200 años, cuando ya no queda ninguna de las placas originales. Segunda, podemos desmontar un barco y volverlo a montar. Pues bien, si esto es así, llegamos a la siguiente paradoja: el Barco de Teseo es un barco de lo más normal. A lo largo de 200 años sus propietarios le han ido cambiando las placas desgastadas poco a poco. Placas iniciales que un anticuario y sus descendientes, con muy buen ojo, han ido guardando. Al cabo de estos 200 años, lo reconstruyen en el museo local y anuncian que ya se puede visitar el Barco de Teseo. ¿Cuál de los dos barcos, uno en el mar, el otro en el museo, es el Barco de Teseo original?

Un tercer tipo de consideración es la aparente imposibilidad de encontrar una formulación precisa que caracterice adecuadamente la ontología del sentido común. ¿Indica esto que, de hecho, no es la correcta? Un argumento relacionado con esta dificultad es el “argumento de la arbitrariedad”. Como pone de relieve, entre otros, (Hawthorne, 2006) no parece que haya ninguna razón ontológica para aceptar la existencia de, por ejemplo, las islas pero, en cambio, rechazar la existencia de objetos tan extraordinarios, desde el punto de vista del sentido común, como el siguiente: un objeto que existe sólo cuando un coche está dentro de un garaje, coincidiendo materialmente con él (muy grosso modo: los dos serían objetos cuya existencia dependería, al menos parcialmente, de cierto tipo de relación con otras entidades diferentes a ellos mismos que los rodean -el agua, en el caso de los primeros, los garajes en el caso de los segundos. Piense el lector qué otras similitudes, y diferencias, ontológicas hay entre los dos casos).

Como ya dijimos más arriba, existen otros argumentos, aparte de los ya expuestos, en contra de la ontología del sentido común y a favor de las teorías alternativas presentadas, que (defienden) ofrecen mejores soluciones para ellos. Es hora, sin embargo, de centrarnos en dos de los argumentos más relevantes que se han formulado a favor de estas teorías revisionistas.

3.1. El argumento desde la vaguedad

El primero, el “argumento desde la vaguedad”, formulado por Sider (2001), basándose en Lewis (1986), a favor del composicionalismo universalista, consta de tres premisas.

Un poco de terminología primero. Diremos que “un caso” es una situación posible en la que existe una clase de objetos, con ciertas propiedades y estando en ciertas relaciones, para la cual nos preguntamos si existe una fusión, i.e., si tales objetos componen otro objeto.

Parece claro que podemos imaginar dos casos, tales que en uno exista una fusión y en el otro no. Primer caso: los objetos son las partículas subatómicas de uno de nosotros, con sus propiedades y relaciones. La fusión es la persona relevante. Caso sin fusión: las mismas partículas subatómicas, pero ahora esparcidas por la Vía Láctea. Es más, añade Sider, podemos imaginar una serie finita de casos conectando los dos casos tales que cada caso es extremadamente parecido a los adyacentes en todos los aspectos relevantes para la existencia de una fusión (cierta homogeneidad cualitativa, cierta proximidad espacial…). La primera premisa del argumento dice:

Premisa 1. Si no toda clase de objetos tiene una fusión, entonces tiene que haber un par de casos conectados por una serie continua tales que, en uno hay composición y en el otro no.

Veamos ahora la segunda premisa. Dada una serie continua, diremos que existe un “corte nítido” en ella cuando existan un par de casos adyacentes tales que, en uno definidamente hay composición y en el otro definidamente no hay composición.

Aunque no lo vamos a desarrollar en esta entrada, es necesario apuntar aquí, en relación a “definidamente/no definidamente” lo siguiente: Sider presupone la llamada “teoría lingüística de la vaguedad”. Muy grosso modo, según esta la vaguedad es un fenómeno meramente lingüístico. Una oración que contiene un término vago (por ejemplo “ser calvo”) será verdadera(falsa) cuando la oración sea definidamente verdadera(falsa): verdadera(falsa) sea cual sea la manera de hacerla precisa. En caso contrario su valor de verdad estará indeterminado. La segunda premisa afirma:

Premisa 2. En ninguna serie continua hay un corte nítido respecto a si se produce composición.

Justificación: no parece razonable pensar que dos casos adyacentes que son extremadamente similares respecto de todo aquello relevante para la composición difieran precisamente en si esta ocurre.

Vayamos ahora a por la tercera premisa:

Premisa 3. En cualquier caso, o bien la composición definidamente ocurre o bien definidamente no ocurre.

Justificación: Supongamos, por reductio, que la premisa 3 es falsa, esto es, que puede ser vago que una clase de objetos tenga una fusión. Esto puede pasar en un mundo finito. Imaginemos que contamos los objetos de este mundo (los relevantes son los concretos, no los abstractos). Así, contamos todos los objetos de esta clase; pero está indeterminado si debemos incluir a otro objeto: la fusión de la clase. Esto implica que alguna oración numérica, “hay exactamente n objetos concretos” para algún n finito, tiene un valor de verdad indeterminado. Pero, argumenta Sider extensamente, esto es imposible, pues la oración sólo contiene términos lógicos y el predicado “concreto”, ninguno de los cuales es vago.

Así, la Premisa 1 requiere que, si la composición no es universal, exista un caso en que haya composición conectado mediante una serie continua a uno donde no la haya. Por la Premisa 3, en esta serie hay un corte nítido donde la composición deja de darse abruptamente. Pero esto contradice la Premisa 2. Conclusión: la composición sí es universal.

3.2. El argumento de la sobredeterminación causal

Veamos ahora, con cierto detalle uno de los argumentos más relevantes que se han ofrecido para el eliminativismo (antes es interesante puntualizar que el eliminativismo también ha apelado al argumento desde la vaguedad: podemos rechazar la Premisa 1. ¡No hay casos donde haya composición!). El argumento que me gustaría detallar un poco más aquí es el “argumento de la sobredeterminación causal” formulado en Merricks (2001).

Imaginemos que (una supuesta) pelota causa la rotura de una ventana (Merricks señala que usa “rotura de una ventana” para referirse abreviadamente a las múltiples dispersiones de átomos organizados al modo de una ventana).

El argumento de la sobredeterminación es el siguiente:

Premisa 1. La pelota, si existe, es causalmente irrelevante respecto a si sus átomos componentes, actuando conjuntamente, causan la rotura de la ventana. (Aunque el uso que hace Merricks de “átomos” difiere en ciertos aspectos del uso que se hace en el eliminativismo más estándar, aquí lo entenderemos como refiriéndose a los simples introducidos más arriba).

Premisa 2. La rotura de la ventana está causada por estos átomos, actuando conjuntamente.

Premisa 3. La rotura de la ventana no está sobredeterminada (i.e. no tiene dos causas independientes).

Conclusión: Si la pelota existe, no causa la rotura de la ventana.

Dado que el caso no tiene nada de especial, debemos generalizar el argumento y concluir que los objetos compuestos no tienen poderes causales. Y si no tienen poderes causales, no existen.

Merricks justifica cada una de las premisas extensamente. Aquí sólo tendremos espacio para reproducir brevemente lo que argumenta a favor de la problemática Premisa 3.

En general, apunta Merricks, deberíamos evitar la existencia de sobredeterminación causal masiva. Alguien podría replicar que no toda sobredeterminación es problemática: la relevante aquí es inocua porque aquello en que consiste que la pelota rompa la ventana es que sus átomos rompan la ventana. Según Merricks, esta propuesta analiza una causación en términos de la otra de manera circular, y así, es inaceptable.

Merricks también analiza la siguiente crítica. La certeza que poseemos sobre la existencia de las pelotas y sus poderes causales es superior a las consideraciones que podamos ofrecer a favor de la Premisa 3. Así, debemos rechazar la premisa. Merricks responde aportando consideraciones, no para eliminar las pelotas (esto lo hace el argumento), sino para justificar un agnosticismo sobre su existencia y debilitar así esta crítica. Primero, observa que solemos creer en la existencia de las pelotas porque las podemos percibir. Ahora, la cuestión de si los átomos organizados al modo de una pelota componen una pelota es análoga a la de si los átomos organizados al modo de un piano&gallo componen un piano&gallo. Y, para resolver esta última, no diremos simplemente que lo percibimos: nuestras experiencias serían las mismas existieran o no los piano&gallos. Para justificar su existencia debemos recurrir a los argumentos filosóficos. Así debe ser también, pues, para las pelotas. Según Merricks se le podría objetar que una razón a favor de las pelotas, pero no de los piano&gallos es que las pelotas son, pero los piano&gallos no, parte de la ontología del sentido común. Así, debemos suponer que existen hasta demostrar lo contrario. Merricks insiste, sin embargo, que esto es sólo una cuestión de convenciones y costumbres locales. Su objetor podría aducir que la creencia en los dictados de la ontología del sentido común no es meramente una costumbre, sino que debe considerarse epistémicamente privilegiada. Sin embargo, Merricks no ve por qué esto debería ser así. Definitivamente, según Merricks debemos recurrir a la filosofía para dirimir la cuestión. Y así, añade, las cosas ya no son tan halagüeñas para la existencia de las pelotas, pues en muchos argumentos filosóficos su existencia está, meramente, presupuesta.

4. Un argumento en contra de las teorías revisionistas

Para terminar esta entrada me gustaría exponer brevemente el argumento, en (Korman, 2015), en contra del composicionalismo universalista y del eliminativismo, y a favor de la ontología del sentido común (en su libro Korman tiene en cuenta distinciones que aquí no hemos podido hacer. Sin embargo, sus argumentos también se aplican a las teorías introducidas aquí, que es lo que veremos). Debido al espacio que nos queda, no voy a exponer más argumentos con los mismos objetivos, pero una buena introducción se encuentra en (Korman, 2016).

Se trata de un argumento basado en la existencia de contraejemplos a las dos propuestas. Primero:

Premisa 1. Si el composicionalismo universalista es verdadero, hay manzana&sardinas.

Premisa 2. No hay manzana&sardinas.

Conclusión. El composicionalismo universalista es falso.

Segundo:

Premisa 1. Si el eliminativismo es verdadero, no hay encinas.

Premisa 2. Hay encinas.

Conclusión. El eliminativismo es falso.

Acto seguido Korman explica que sus argumentos no incurren en petición de principio en el sentido de que asumen algo que están intentando establecer. Pero sí es cierto que incluyen como premisa la negación de una tesis que la posición contraria afirma de forma clara. Sin embargo, apunta Korman, se trata de una buena manera de poner el foco en el punto crucial de discrepancia para evaluar su justificación.

Según Korman, para explicar porque es racional aceptar las segundas premisas de cada argumento la intuición tiene un papel importante. Respecto de la primera Premisa 2, la intuición aporta una justificación indirecta, pues tenemos la intuición que, si las manzanas y las sardinas están distribuidas de tal y tal manera, no existen manzana&sardinas. Esta intuición junto con el conocimiento que están distribuidas de tal y tal manera, nos permiten concluir que no hay manzana&sardinas.

Respecto de la segunda Premisa 2, cuál sea el rol de las intuiciones depende de cómo entendamos el contenido de la experiencia. Si se reduce a que ciertas cualidades sensibles están distribuidas de cierta manera, el rol de las intuiciones es el siguiente: tenemos la intuición que cuando ciertas cualidades están distribuidas de cierta manera, existe una silla. La experiencia nos dice que estas cualidades están distribuidas de esta manera. Entonces, las sillas existen. Alternativamente, si su contenido representacional conlleva información sobre qué objetos son los poseedores de las cualidades sensibles en cuestión, la intuición puede jugar un rol suplementario. En conclusión, la experiencia y la intuición nos aportan, prima facie, justificación razonable de las segundas premisas.

Pero, ¿cómo entiende Korman las intuiciones? Según él se trata de cierto tipo de estados mentales conscientes que presentan a su contenido como verdadero. Esto no implica (igual que en las percepciones) que también tengamos la creencia que ese contenido es verdadero. Es compatible con tener las intuiciones mencionadas antes creer que los argumentos en favor de, por ejemplo, el composicionalismo universalista son convincentes. Apelar a las intuiciones, defiende Korman, es diferente a apelar al hecho que estamos preteóricamente (hondamente) inclinados a aceptar su contenido.

Korman analiza posibles respuestas a sus argumentos. Vamos a exponer dos de las más relevantes. Primero, Korman analiza la postura compatibilista según la cual lo que expresan las segundas premisas en ambos argumentos es irrelevante para las tesis filosóficas que tales argumentos pretenden rechazar. Afirmaciones como “(no) hay manzana&sardinas” y “(no) hay encinas” significan cosas diferentes en contextos corrientes y en contextos ontológicos. Creemos que las que figuran como Premisa 1 son verdaderas porque “oímos” su significado ontológico. Creemos que las que figuran como Premisa 2 son verdaderas porque “oímos” su significado corriente.

Según Korman esta respuesta implica afirmaciones psicológicas sustantivas totalmente implausibles, pues ninguno de los indicios presentes en casos no controvertidos de existencia de lecturas dobles (que el autor analiza minuciosamente) están presentes en nuestro caso. De hecho, añade, todo indica que cuando se nos relatan los argumentos a favor de las posiciones revisionistas los entendemos como concerniendo a nuestras creencias corrientes.

Una segunda respuesta analizada por Korman consiste en aceptar que el composicionalismo universalista y el eliminativismo son revisionistas, pero argumentar que esto no va en contra de su verdad, pues no hay una conexión explicativa apropiada entre nuestras creencias sobre qué objetos hay y qué objetos realmente hay. Dividimos el mundo como lo hacemos debido a factores biológicos y culturales contingentes.

En contra de esta respuesta, Korman argumenta que aquellos que rechazan un escepticismo global radical han de aceptar que, de alguna manera u otra, estamos legitimados a considerar nuestras experiencias, intuiciones… (nuestras fuentes básicas de información) como fiables. Esto implica, razona Korman, que somos capaces de aprehender hechos sobre qué objetos existen (sobre qué propiedades son de un único objeto, qué objetos componen un único objeto y cuáles son sus tipos).

Marta Campdelacreu
(Logos, Universidad de Barcelona)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Conee, E. y T. Sider, eds., (2013): Acertijos de la existencia, Madrid, Alianza Editorial.
  • Prades, J. L., ed., (2016): Cuestiones de Metafísica, Madrid, Editorial Tecnos.
Cómo citar esta entrada

Campdelacreu, Marta (2018) «Objetos materiales», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-materiales/).