Todas las entradas de: Marta Campdelacreu

Mereología

1. Introducción  

Discusiones filosóficas sobre la noción de parte han acompañado la filosofía a lo largo de toda su historia (para una visión de conjunto véase Cotnoir y Varzi 2021, sección 1.1).  No obstante, lo que en la filosofía analítica contemporánea se suele llamar ‘mereología’ (del griego ‘meros’, o sea, ‘parte’) ve la luz de manera más explícita solo con el trabajo del lógico polaco Stanisław Leśniewski (1916, 1927-31) y en el mundo anglófono (donde la obra de Leśniewski fue durante  mucho tiempo inaccesible por falta de traducciones) con el artículo ‘The Calculus of Individuals’ (1940) de  Henry Leonard y Nelson Goodman.

En la filosofía analítica contemporánea entendemos con ‘mereología’ la teoría formal de la noción de parte, en el sentido de que ésta se ocupa de la relación de parte independientemente de la naturaleza específica de los objetos involucrados (véase Cotnoir y Varzi 2021, sección 1.2.1). La mereología juega un papel central en muchos debates filosóficos contemporáneos, como por ejemplo el debate acerca de la naturaleza de los objetos materiales y la manera en que éstos persisten y cambian en el tiempo.

La teoría mereológica que está en el centro de la discusión contemporánea sobre la noción de parte es sin duda la ‘mereología clásica’ (la que se origina en el trabajo de Leśniewski, 1916, 1927-31 y Leonard y Goodman, 1940). De hecho, a pesar de su elegancia, la mereología clásica contiene principios muy controvertidos que muchos filósofos rechazan, sosteniendo así que la verdadera teoría formal de la noción de parte tiene que ser una mereología ‘no-clásica’.

En esta entrada vamos primero a presentar los principios más importantes de la mereología clásica—empezando por la ‘mereología básica’ y siguiendo con las mereologías más fuertes, la ‘mereología mínima’ y la ‘mereología extensional’ (sección 2). En segundo lugar (sección 3), vamos a considerar algunas de las familias más importantes de mereologías no-clásicas. En la parte final (sección 4) se indican otros temas importantes en mereología y algunas referencias esenciales sobre ellos.

2. Hacia la mereología clásica

El desarrollo de una mereología involucra tres etapas principales:

(i) la selección de una noción mereológica como noción primitiva (es decir, como noción que no está definida a través de otras nociones);

(ii) la definición de las otras nociones mereológicas a través de la noción tomada como primitiva;

(iii) la elección de una lista de axiomas.

Las nociones principales y más importantes de la mereología son las de ‘parte’, ‘parte propia’, ‘solapamiento’, ‘disyunción’, y ‘fusión mereológica’ (de la que hablaremos en la sección 2.3). Para entender el significado de estas nociones y empezar a razonar sobre sus propiedades formales podemos centrarnos en el caso paradigmático de los objetos concretos que ocupan una cierta región de espacio (véase Lando 2017, sección 1.4).  En este caso parece natural considerar como parte (‘propia’) de un objeto X cada objeto Y que ocupe una región de espacio (i) contenida en la región de espacio ocupada por X y (ii) que sea más pequeña que ésta. Por ejemplo, la Ilustración 1 representa cuatro objetos cuadrados que ocupan cuatro regiones (cuadradas) distintas del espacio. En este caso, es intuitivo pensar que el cuadrado B es una parte propia del cuadrado A, y que el cuadrado E es una parte propia tanto del cuadrado C como del cuadrado D. C y D son entidades que se solapan, es decir, entidades que tienen (por lo menos) una parte en común (en este caso, E). Nótese que, como todas las entidades son partes (‘impropias’) de sí mismas, también A y B se solapan, al tener como parte común B (que es una parte propia de A y una parte impropia de sí misma). A su vez, A y D, por ejemplo, son entidades disjuntas, es decir, entidades que no tienen ninguna parte en común.

Si tomamos la noción de parte propia como noción primitiva podemos definir las nociones de parte, solapamiento y disyunción como sigue:

Ilustración 1
  • x es parte de y si y solo si x es parte propia de y o es idéntica a y
  • x e y se solapan si y solo si hay una entidad z tal que z es parte de x y z es parte de y
  • x e y son entidades disyuntas si y solo si x e y no se solapan

2.1.  Los axiomas de orden

La primera mereología que vamos a encontrar es la que podríamos llamar ‘mereología básica’ y que en la literatura se le llama ‘core mereology’  (Varzi 2019) y ‘ground mereology’  (Casati & Varzi 1999). La mereología básica se puede caracterizar a través de los siguientes principios:

  • Irreflexividad (PP): (toda entidad x es tal que) x no es parte propia de sí misma
  • Asimetría (PP): si x es parte propia de y, y no es parte propia de x
  • Transitividad (PP): si x es parte propia de y, y y es parte propia de z, entonces x es parte propia de z

Nótese que esta lista de axiomas es redundante, ya que el axioma de asimetría implica lógicamente el de irreflexividad, y está implicado lógicamente por los de irreflexividad y transitividad, tomados conjuntamente.

Irreflexividad, Asimetría y Transitividad parecen muy intuitivos. Por ejemplo, si seguimos centrándonos en objetos concretos situados en el espacio, es muy intuitivo pensar que nada puede ocupar una región de espacio contenida en la que ocupa y más pequeña que ésta (como requiere Irreflexividad). También parece muy plausible pensar que si un objeto M ocupa una región de espacio contenida en la región de espacio ocupada por un objeto N, y N ocupa una región de espacio contenida en la región de espacio ocupada por un objeto O, entonces la región de espacio ocupada por M está contenida en la región de espacio ocupada por O (como requiere Transitividad).

Es fácil demostrar cómo, de la definición de la noción de parte ofrecida más arriba, se sigue que la relación de parte es una relación reflexiva, anti-simétrica y transitiva:

  • Reflexividad (P): (toda entidad x es tal que) x es parte de sí misma
  • Anti-simetría (P): si x es parte de y, y y es parte de x, entonces x es idéntica a y
  • Transitividad (P): si x es parte de y, y y es parte de z, entonces x es parte de z

2.2.  La ‘mereología mínima’

Muchas relaciones son irreflexivas, asimétricas y transitivas (por ejemplo: ‘ocurrir en un momento posterior a…’, ‘tener más dinero que…’, ‘ser más grande que…’ y otras). Los axiomas de orden son entonces insuficientes para individuar la relación de parte propia. Además, parece intuitivo pensar que una teoría de la noción de parte tendría que excluir la posibilidad de algunos escenarios que no parecen representar estructuras mereológicas posibles. Para comprender mejor este punto vamos a utilizar (como es usual en la literatura) unos diagramas en los cuales:

(i) cada punto representa una entidad diferente,

(ii) una entidad está representada como parte propia de otra entidad si y solo si hay una línea que conecta, desde abajo hacia arriba, el punto que representa la primera con el punto que representa la segunda,

(iii) se asume la transitividad sin representar sus efectos, por así decir; así que si el punto p está conectado con el punto q y el punto q está conectado con el punto r, el diagrama también representa implícitamente el hecho de que la entidad representada por el punto p es una parte propia de la entidad representada por el punto r.

Ilustración 2

Considérese por ejemplo la Ilustración 2. Ahí hay un solo punto que está conectado desde abajo hacia arriba con el punto y. Así, la Ilustración 2 representa una entidad y que posee una sola parte propia, la entidad x. Pero, ¿cómo es posible que y esté compuesta solo por x? Si x es solamente una parte propia de y, parece muy intuitivo pensar que y tiene que ‘contener más’que solo x. En otras palabras, cada parte propia de un objeto es tal que hay que ‘añadirle algo más’ para obtener el todo que la contiene.

La manera más sencilla de expresar esta intuición es a través del ‘principio de compañía débil’ (Weak Company), que requiere que nada pueda tener solamente una parte propia:

  • Compañía Débil: si x es una parte propia de y, entonces hay un entidad z diferente de x que es también una parte propia de y
Ilustración 3 e Ilustración 4

Sin embargo, Compañía Débil parece ser demasiado débil. Por ejemplo, este principio no excluye los escenarios representados en las Ilustraciones 3 y 4 que parecen tan problemáticos como el escenario representadoen la Ilustración 2. De hecho, en todos estos casos hay entidades (como x en las Ilustraciones 2 y 4, y x2 en la Ilustración 3) que son partes propias de un objeto sin que haya nada ‘extra’ a estas entidades que se les pueda ‘añadir’ para formar el todo que las contiene.

Estas y otras consideraciones parecidas sugieren que el principio que es necesario asumir en este caso es el ‘principio de suplementación débil’ (Weak Supplementation)

  • Suplementación Débil: si x es una parte propia de y, entonces hay una entidad z que es parte de y y que es disyunta de x (es decir: que no tiene ninguna parte en común con x)

Suplementación Débil es suficiente para excluir la posibilidad de estructuras mereológicas como las representadas por las Ilustraciones 2, 3 y 4.  Este principio también parece expresar de manera natural la intuición que tratábamos de capturar, es decir, la idea de que cada parte propia de un todo es tal que el todo en cuestión contiene ‘algo más’ aparte de ella. En otras palabras, si x es solo una parte propia de y,tiene que haber algo de y que no esté ni siquiera parcialmente contenido en x; algo mereológicamente distinto de x, y en este sentido, algo que no tenga ninguna parte en común con x.

Suplementación Débil es tan natural que algunos filósofos han llegado a pensar que su verdad se sigue del mismo concepto de parte (Simons 1987, Varzi 2008; para una discusión reciente sobre este tema, véase Cotnoir 2019).

La teoría que resulta de añadir Suplementación Débil a la mereología básica se suele llamar en la literatura ‘mereología mínima’ (minimal mereology) y puede ser axiomatizada a través de Suplementación Débil y Transitividad (PP).

2.3.  La noción de fusión mereológica  

En la literatura se encuentran tres diferentes maneras de definir la noción de fusión mereológica (véase Hovda 2009 y Cotnoir y Varzi 2021, sección 5.1). Aquí vamos a centrarnos en la que parece más intuitiva.

Para que de un cierto objeto, como por ejemplo de un muro, se pueda afirmar que está compuesto por una cierta pluralidad de objetos, como por ejemplo unos ladrillos, parece que se tienen que cumplir dos requisitos principales (véase Loss 2021, sección 2):

(i)    el muro tiene que contener todos los ladrillos (si algunos ladrillos no estuvieran contenidos en el muro, ¿en qué sentido el muro estaría compuesto por estos?);

(ii)   los ladrillos tienen que cubrir completamente el muro (si hubiera una parte del muro en la que no se encontrara ni siquiera una parte de algún ladrillo el muro no estaría compuesto solamente por los ladrillos).

Estas nociones pre-teoréticas de ‘contener’ y ‘cubrir’ se pueden expresar mereológicamente de manera intuitiva al decir que:

(a)   todos los ladrillos deben ser parte del muro;

(b)   cada parte del muro debe tener por lo menos una parte en común con algunos ladrillos (de manera que no haya ninguna parte del muro completamente ‘libre’ de los ladrillos).

Para formular con más precisión esta noción de fusión mereológica vamos a utilizar los recursos que nos ofrece la llamada ‘lógica plural’ (véase Linnebo 2017). Aparte de términos singulares (‘a’, ‘b’, …, ‘x’, ‘y’, ….), los cuales se refieren a entidades singularmente, vamos a emplear también términos plurales (‘aa’, ‘bb’, …., ‘xx’, ‘yy’, …), los cuales se refieren pluralmente a entidades tomadas conjuntamente (como parecen hacer por ejemplo expresiones como ‘las Canarias’). De la misma manera, además de los  cuantificadores singulares (‘hay algo que’ (‘∃x’), ‘para toda entidad’ (‘ ∀x’)) podemos utilizar también cuantificadores plurales (‘hay entidades que’ (‘∃xx’), ‘para toda pluralidad de entidades’ (‘∀xx’)) los cuales cuantifican pluralmente sobre muchas entidades ‘tomadas conjuntamente’. Además, vamos a utilizar la relación de ‘ser una de’ (‘≺’) para decir cosas como ‘a es una de las bb’ (‘La Palma es una de las Islas Canarias’).  Definimos entonces la noción de fusión mereológica como sigue:

  • Fusión: x es la fusión mereológica de una pluralidad de entidades yy si y solo si:
    (i) las yy son todas partes de x;
    (ii) cada parte de x se solapa con al menos alguna de las yy.

2.4.  Principios de extensionalidad

Después de haber considerado la mereología básica y la mereología mínima pasamos a considerar una mereología aún más fuerte, es decir la que Casati y Varzi (1999) llaman ‘mereología extensional’ (extensional mereology). En general, los principios mereológicos de extensionalidad son principios según los cuales, dada una cierta noción de ‘equivalencia mereológica’, si dos entidades x e y son mereológicamente equivalentes en ese sentido, se sigue que x e y son la misma entidad. El principio de extensionalidad que ha generado más discusión en la literatura es el principio según el cual las entidades compuestas (es decir, las entidades que poseen partes propias) que tienen las mismas partes propias son idénticas:

  • Extensionalidad de Parte Propia: si x e y son entidades compuestas que tienen las mismas partes propias, entonces x e y son idénticas

(véase, por ejemplo, Varzi 2008 y Cotnoir 2010). El principio de Extensionalidad de Parte Propia no es un teorema de la mereología mínima. Por ejemplo, el diagrama de la Ilustración 5 es compatible con la mereología mínima pero en él x e y son entidades diferentes que tienen las mismas partes propias (es decir, z1 y z2).

Ilustración 5

Casati y Varzi (1999) axiomatizan la mereología extensional añadiendo a la mereología básica el principio de Suplementación Fuerte (Strong Supplementation):

  • Suplementación Fuerte: si x no es parte de y, hay una parte de x que es disyunta de y

Como Suplementación Débil, también Suplementación Fuerte es un principio que parece muy intuitivo: si un cierto objeto (como por ejemplo una muñeca) no está completamente dentro de cierto objeto contenedor (por ejemplo una caja), esto parece implicar que habrá una parte de ese objeto (la mano de la muñeca, por ejemplo) que está completamente fuera del objeto contenedor. De la misma manera, si una entidad x no está contenida como parte en una entidad y, parece seguirse que habrá una parte de x que será completamente mereológicamente distinta de y y que, así, será disjunta de y.

2.5.  El universalismo mereológico y la mereología clásica

La así-llamada mereología clásica (classical mereology) extiende la mereología extensional al añadirle el principio de universalismo mereológico (o simplemente ‘universalismo’):

  • Universalismo: Cada pluralidad de entidades tiene una fusión mereológica

El universalismo es una tesis muy controvertida. Sostiene, de hecho, que cualquier pluralidad de entidades (no importa cuán diferentes sean entre ellas o cuán separadas espacio-temporalmente estén) componen algo. Por ejemplo, según el universalismo hay algo que es la fusión mereológica del planeta Marte, mi mano izquierda y la Tour Eiffel en Paris, es decir, ¡algo que tiene estas tres entidades como partes y tal que todas sus partes se solapan por lo menos con una de éstas! A pesar del carácter controvertido del universalismo mereológico, la mereología clásica es una mereología que es tan fuerte como elegante.

Hay muchas maneras de axiomatizar la mereología clásica (véase Hovda 2009). Entre ellas, destacamos dos: (i) Transitividad (PP), Suplementación Débil y Universalismo;  (ii) Transitividad (P) y el principio  ‘Fusión Única’, según el cual cualquier pluralidad de entidades tiene una única fusión.

3. Mereologías no-clásicas

Se llama ‘mereología no-clásica’ a cualquier mereología que no cumpla con por lo menos uno de los teoremas de la mereología clásica. En esta sección consideramos brevemente algunas de las razones más importantes que se han dado para aceptar la idea que la verdadera teoría de la noción de parte es una mereología no-clásica. Los cuatro tipos más importantes de mereologías no-clásicas corresponden al rechazo de (i) Universalismo, (ii) Extensionalidad de Parte Propia, (iii) Suplementación Débil, o (iv) la mereología básica.  

3.1.  Composición restricta

El reto principal de los que asumen que solo en ciertos casos una pluralidad de objetos logra componer algo es el de responder a la pregunta llamada por van Inwagen (1990) la ‘Pregunta Especial por la Composición’, es decir la pregunta acerca da las condiciones necesarias y suficientes para que una pluralidad de objetos componga algo. De hecho, según uno de los argumentos más importantes en favor del universalismo mereológico, el tipo de vaguedad que cualquier tipo de restricción plausible de la composición parece involucrar de forma inevitable es problemática (véase Lewis 1986, sección 4.3,  Sider 2001, capítulo 4, sección 9 y la entrada ‘Objectos materiales’, sección 3.1). Sin embargo, a pesar de este argumento el universalismo mereológico sigue siendo una tesis muy controvertida al poblar el universo con un elevadísimo número de objetos, muchos de los cuales desconectados espacialmente (y también temporalmente si asumimos una ‘teoría-B’ del tiempo; véase la entrada ‘El tiempo’, sección 4).

El universalismo está también relacionado con otros problemas, como el problema del cambio mereológico. Supongamos, por ejemplo, que en el momento de tiempo t1 un gato tiene cola, y supongamos que la pierde en t2. Según el universalismo, en t1 existe la diferencia mereológica entre el gato y su cola (el ‘gato-sin-cola’). Parece también intuitivo pensar que no le pasó nada al gato-sin-cola cuando el gato perdió su cola. Sin embargo, de esto se sigue que en t2 hay dos entidades (el gato y el gato-sin-cola) que ocupan la misma región de espacio (véase, por ejemplo, Sider 2001, capítulo 5). El rechazo del Universalismo es una manera de abordar este problema ya que permite negar que en t1, y así también en t2, exista el gato-sin-cola (esta es, por ejemplo, la solución preferida por van Inwagen (1981, 2006), quien sostiene que las únicas entidades compuestas son los organismos vivos).

3.2.  Anti-extensionalismo

Piénsese en una estatua hecha de un trozo de arcilla. Si aplastamos la estatua la vamos a destruir, pero no destruiremos el trozo de arcilla, que simplemente cambiará de forma. Consideraciones de este tipo sugieren que la estatua y el trozo de arcilla son dos objetos diferentes. Algunos autores han sugerido que casos como este ejemplifican el fracaso de la idea de que objetos compuestos diferentes tienen que tener partes propias diferentes.

3.3. Problemas con Suplementación Débil

Algunos contraejemplos a Suplementación Débil que se pueden encontrar en la literatura dependen de asunciones metafísicas específicas. Por ejemplo, algunas tesis sobre la manera en la que los objetos persisten y cambian en el tiempo parecen permitir la posibilidad de viajes en el tiempo en los que un ladrillo viaja muchas veces de ida y vuelta en el tiempo hasta componer, él solo, lo que parece ser un muro de ladrillos (Effingham y Robson 2007; véase Cotnoir 2019 sobre otros ejemplos). Aunque este y otros casos pueden ser tomados como razones para rechazar Suplementación Débil, las asunciones de que dependen parecen ser bastante controvertidas.

3.4. Contra la mereología básica

En contra de los principios de transitividad se podría pensar, por ejemplo, que aunque la mano de Mick Jagger es parte de Mick Jagger y Mick Jagger es parte de los Rolling Stones, la mano de Mick Jagger no es parte de los Rolling Stones. En respuesta a este y otros escenarios se puede rechazar la idea de que Mick Jagger sea una ‘parte’ de los Rolling Stones distinguiendo la relación de parte de la relación de ‘ser miembro de’. Alternativamente, se podría aceptar que la mano de Jagger es parte de los Stones añadiendo al mismo tiempo que esta no tiene con los Stones ni la relación biológica que tiene con Jagger, ni el tipo de relaciones ulteriores que Jagger tiene con los Stones. Así la apariencia de que los principios de transitividad fracasan se debe en estos casos al hecho de que no todas las relaciones que las partes tienen con un todo se ‘transfieren’ a los todos más grandes en los que ellas están contenidas (véase Varzi 2006).

En contra de Irreflexividad (PP) se han presentado escenarios que involucran objetos que viajan al pasado (Kleinschmidt 2011),  conjuntos que se contienen a sí mismos como partes, y ‘proposiciones Russellianas’ que hablan de sí mismas (véase Kearns 2011). Como en el caso de Suplementación Débil, estos escenarios también dependen de asunciones metafísicas controvertidas.

El principio de anti-simetría de la relación de parte es rechazado por los anti-extensionalistas que aceptan la existencia de las ‘partes mutuas’ (Thomson 1983, Cotnoir 2010, 2016). Según estos autores, en el caso de la estatua y el trozo de arcilla, el trozo de arcilla es parte de la estatua y la estatua es parte del trozo de arcilla. Este tipo de teoría anti-extensionalista tiene unas ventajas teoréticas interesantes, como por ejemplo el hecho de que permite mantener Suplementación Fuerte (y también Suplementación Débil si la noción de parte propia está definida como ‘parte de y que no contiene y como parte’: x <y =df xyyx; véase Cotnoir 2010, 2016, 2019). Sin embargo, esta teoría tiene sus propios problemas. Por ejemplo, se sigue de esta propuesta que la nariz de la estatua es no solo parte de la estatua sino también del trozo de arcilla, lo que parece contraintuitivo (Baker 2000, pp. 179-184, Walters 2019).

4. Otros temas

Hay muchos otros temas filosóficos importantes acerca de la noción de parte. Por falta de espacio, solo destacamos aquí los siguientes:

  • Parece haber un sentido bastante claro según el cual una entidad compuesta no es ‘nada más’ que sus partes propias. Esta intuición se podría explicar de manera muy sencilla si se pensara que las entidades compuestas son, literalmente, idénticas a sus partes tomadas conjuntamente (como dice la tesis que se suele llamar ‘composición como identidad’; véase Lewis 1991, sección 3.6). Pero, ¿cómo puede una entidad ser idéntica a muchas entidades? Y, por otro lado, si esta idea es falsa, ¿en qué sentido una entidad compuesta no es ‘nada más’ que sus partes? (véase Cotnoir y Baxter 2014).
  • En mereología es normal pensar que la relación de parte es absoluta. Sin embargo, el fenómeno del cambio mereológico sugiere que la noción de parte tiene que ser relativizada a momentos de tiempo, y así algo pueda ser parte de un objeto x en el tiempo t pero no ser parte de x en el tiempo t*. ¿Cuál es la relación entre las dos nociones de parte (absoluta y temporal)? ¿Cuál es la más fundamental? (véase Thomson 1983 y Sider 2001, capítulo 3).
  • Podría pensarse que la manera en la que mi mano es parte de mi cuerpo es diferente de la manera en la que, por ejemplo, la letra ‘ñ’ es parte de la palabra ‘sueño’. Según los monistas hay una noción de parte que es más fundamental que todas las otras; según los pluralistas hay una pluralidad de nociones de parte que son más fundamentales que todas las otras y tal que ninguna de estas es más fundamental que las otras. ¿Cuál es la postura correcta? (véase Fine 2010, sección 2, y McDaniel 2010, sección 2)

Roberto Loss
(Universidad Complutense de Madrid)

Referencias

  • Baker, L. R. (2000) Persons and Bodies: A Constitution View, Cambridge: Cambridge University Press.
  • Cotnoir, A. (2010) “Antisymmetry and Non-Extensional Mereology”, Philosophical Quarterly, 60 (239):  396-405.
  • Cotnoir, A. (2016) “Does Universalism Entail Extensionalism?”, Noûs, 50 (1): 121-132.
  • Cotnoir, A. (2019) “Is Weak Supplementation Analytic?”, Synthese,198: 4229-4245.
  • Cotnoir, A. y Varzi, A. (2021) Mereology, Oxford University Press.
  • Cotnoir, A. y Baxter, D. (eds.) (2014) Composition as Identity, Oxford University Press.
  • Effingham, N. y Robson, J. (2007) “A Mereological Challenge to Endurantism”, Australasian Journal of Philosophy, 85(4): 633-640.
  • Fine, K. (2010) “Towards a Theory of Part”, Journal of Philosophy, 107(11): 559-589.
  • Hovda, P. (2009) “What Is Classical Mereology?”, Journal of Philosophical Logic, 38(1): 55-82.
  • Kearns, S. (2011) “Can a Thing Be Part of Itself?”, American Philosophical Quarterly, 48(1): 87-93.
  • Kleinschmidt, S. (2011) “Multilocation and Mereology”, Philosophical Perspectives, 25(1): 253-276.
  • Lando, G. (2017) Mereology: A Philosophical Introduction, London, UK: Bloomsbury.
  • Leonard, H. y Goodman, N. (1940) “The Calculus of Individuals and Its Uses”, Journal of Symbolic Logic, 5: 45–55.
  • Leśniewski, S. (1916) “Podstawy ogólnej teoryi mnogości. I”(Foundations of the general theory of sets). Price Polskiego Koła Naukowego w Moskwie, Sekcya matematyczno-przyrodnicza, Moskow. Existe traducción al inglés en Leśniewski, S. (1991: 129-173).
  • Leśniewski, S. (1931) O podstawach matematyki (On the foundations of mathematics).
    Przeglad Filozoficzny, XXXIV: 142–170. Existe traducción al inglés en Leśniewski, S. (1991: 174-381).
  • Leśniewski, S. (1991) Collected Works,  S. J. Surma, J. T. Srzednicki, D. I. Barnett y F. V. Rickey (eds.), Kluwer: Dordrecht.
  • Lewis, D. (1986) On the Plurality of Worlds, Oxford: Blackwell.
  • Lewis, D. (1991) Parts of Classes, Oxford: Basil Blackwell.
  • Linnebo, Ø. (2017) “Plural Quantification”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2017 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL: <https://plato.stanford.edu/archives/sum2017/entries/plural-quant/>.
  • Loss, R. (2021) “Two Notions of Fusion and the Landscape of Extensionality”, Philosophical Studies, 178: 3443-3463.
  • McDaniel, K. (2010) “Parts and Wholes”, Philosophy Compass, 5(5): 412-425.
  • Sider, T. (2001) Four-Dimensionalism, Oxford: Oxford University Press.
  • Simons, P. (1987) Parts, Oxford University Press.
  • Thomson, J. J. (1983) “Parthood and identity across time”, Journal of Philosophy, 80: 201–220.
  • van Inwagen, P. (1990) Material Beings, Ithaca: Cornell University Press.
  • van Inwagen, P. (1981) “The Doctrine Of Arbitrary Undetached Parts”, Pacific Philosophical Quarterly, 62(2): 123-137.
  • van Inwagen, P. (2006) “Can Mereological Sums Change Their Parts?”, The Journal of Philosophy, 103(12): 614-630.
  • Varzi, A. (2006) “A Note on the Transitivity of Parthood”, Applied Ontology 1(2): 141-146.
  • Varzi, A. (2008) “The Extensionality of Parthood and Composition”, Philosophical Quarterly 58(230): 108-133.
  • Varzi, A. (2019) “Mereology”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy  (Spring  2019 Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL: <https://plato.stanford.edu/archives/spr2019/entries/mereology/>
  • Walters, L. (2019) “Are The Statue and The Clay Mutual Parts?” Noûs, 53: 23-50.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Loss, Roberto (2022) “Mereología”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/mereologia/)

Epistemología de virtudes

Bajo el término “Epistemología de virtudes” se dan cita un conjunto de posiciones cuyo denominador común es la sustitución de una concepción pasiva del sujeto de conocimiento por una concepción activa del mismo. Esto quiere decir, por una parte, que se prioriza la agencia en la adquisición de bienes epistémicos como el conocimiento o la creencia justificada (Code, 1984, p. 32); y, por otra, que se pone énfasis en las disposiciones estables (virtudes, competencias, habilidades) del sujeto, ya sea en la explicación de la adquisición y/o constitución del conocimiento o en la formación del carácter del investigador.

Tradicionalmente se han distinguido dos grandes ramas en la epistemología de virtudes: la responsabilista (o teoría del carácter) y la fiabilista (o teoría de competencias). En líneas generales, podría decirse que el responsabilismo subraya la naturaleza ética de las virtudes (Dancy, 2000, p. 82), su vinculación con una vida virtuosa que envuelve a la totalidad de la persona y el hecho de que se trata de rasgos de carácter y motivacionales dirigidos a la investigación (humildad, tolerancia, ecuanimidad, perseverancia, apertura de mente, amor a la verdad…) que pueden ser adquiridos y potenciados mediante la educación y el hábito. Por otra parte, la teoría de competencias entiende las virtudes como facultades o poderes naturales (capacidades perceptivas, mnemónicas y racionales) intrínsecamente dirigidos a la verdad, circunscribiendo su análisis a la explicación de la justificación de la creencia y el conocimiento (Sosa, 2000, p. 102) con independencia de qué sea lo que motiva en el orden práctico la actuación epistémica del sujeto.

Las versiones más recientes de responsabilismo (Baehr, 2011) coinciden en subrayar la imposibilidad de explicar todo el conocimiento a partir de virtudes agenciales, se trate de la competencia reflexiva del agente o de rasgos virtuosos de carácter (Zagzebski, 1996). Para ello, apelan a ejemplos de conocimiento fácil en los que, aparentemente, la agencia no desempeña papel epistémico alguno. Un caso frecuentemente citado es el del individuo que, tras un apagón, sabe inmediatamente (sin actuación virtuosa por su parte) que la calidad de la iluminación de su cuarto ha cambiado (Baehr, 2011, p. 44). Por esta razón, sus defensores han abandonado el proyecto epistemológico tradicional de explicación del conocimiento, y lo han reemplazado por el estudio de qué constituye el carácter cognitivamente virtuoso o vicioso del sujeto y por un énfasis práctico en la implementación de políticas culturales y estrategias educacionales que fomenten las actitudes y motivaciones virtuosas del investigador y que permitan la identificación y eliminación de los vicios epistémicos. En este sentido, podría hablarse de la deriva del responsabilismo reciente hacia la ética de la investigación.

Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes y Thomas Reid son frecuentemente citados entre los predecesores de la epistemología de virtudes. Se considera, sin embargo, que la primera presentación de la teoría se encuentra en el artículo de Ernest Sosa “The Raft and the Pyramid: Coherence versus Foundation in the Theory of Knowledge” (1980), y que es la versión de teoría de competencias desarrollada por Sosa a partir de su contribución seminal —el perspectivismo de virtudes— la que ha servido de matriz para las diversas variedades de esta corriente.

La estructura de la normatividad epistémica ADA (acierto, destreza, aptitud; AAA en inglés, por Accuracy, Adroitness y Aptness) constituye el núcleo de la teoría competencial de virtudes. Para dar cuenta de dicha estructura, Sosa explica con frecuencia las actuaciones cognitivas por analogía con actuaciones deportivas, como el tiro con arco con diana (Sosa, 2007, pp. 22-23). Al igual que las personas realizan juicios con el objetivo de obtener creencias verdaderas, los arqueros disparan sus flechas con el objetivo de acertar en la diana. Y las actuaciones de ambos pueden evaluarse de acuerdo con tres parámetros: según alcancen o no el blanco (acierto); en referencia a la habilidad que el agente muestra en el lanzamiento de la flecha (destreza); y en la medida en que el acierto es el resultado de dicha habilidad (aptitud). Podría suceder que el disparo fuese sumamente hábil (por ejemplo, excelentemente realizado por un campeón olímpico), y que, sin embargo, no alcanzase el ojo de la diana, quizás debido a la interferencia de un obstáculo inesperado, como un golpe de viento (en cuyo caso tendríamos un ejercicio diestro, pero sin acierto). O también, que un novato lograse alcanzar el centro de la diana, pero no en virtud de su competencia, sino porque una racha de viento repentina reconduce la trayectoria de la flecha hacia la diana (con lo que tendríamos un acierto no debido a la destreza). También podría suceder que el disparo fuese diestro y además certero, pero que lo que explicase su éxito no fuese la destreza del arquero, sino una racha de viento afortunada que devuelva la flecha a su trayectoria original tras haber sido desviada por una racha anterior. Lo que estos ejemplos muestran es que lo que valoramos especialmente en una actuación deportiva no es tan solo el acierto, ni solo la habilidad del ejecutante, ni tan siquiera la mera conjunción de ambas, sino que el éxito se deba a la destreza (la aptitud del disparo) y, por tanto, el hecho de que tal éxito pueda ser atribuido al agente.        

De acuerdo con Sosa, lo que es válido para las actuaciones en general también lo es para las creencias, que son acciones cuyo objeto es la verdad. Por eso, Sosa define el conocimiento como creencia apta, es decir, como creencia cuyo acierto (verdad) se debe al ejercicio de una competencia o destreza, entendida esta última como facultad o disposición epistémica estable que es, en circunstancias normales, lo suficientemente fiable, pues conduce a, o rastrea, la verdad.

Esta apelación a competencias cognitivamente fiables cumple, al menos, tres funciones.

En primer lugar, permite una reorientación externista del análisis tradicional del concepto de justificación, reorientación que ya no explica la competencia epistémica del sujeto en virtud de la justificación interna de sus creencias (o sea, de las razones accesibles al agente para su legitimación), sino que explica la justificación de la creencia en función de la fiabilidad de la competencia en la que tiene su base, concibiendo la justificación como propiedad normativa sobreviniente a la competencia y su ejercicio. En otras palabras: parecería como si —para que la creencia estuviese justificada— bastase con el hecho bruto de que el sujeto la formase mediante una facultad fiable, con independencia de que además sepa que se trata de una facultad fiable.

En segundo lugar, constituye un criterio de demarcación cuyo objeto es explicar la distinción intuitiva entre aciertos fortuitos que no constituyen conocimiento y la adquisición no accidental de la verdad. Imaginemos, por ejemplo, que nos encontramos ante un pésimo arquero, pero que tiene la fortuna de que un ángel protector desvía todas sus flechas al centro de la diana (Sosa, 2015, p. 103). Pese a acertar siempre, el éxito no se debe a su habilidad, sino a la suerte.  Que la suerte es (generalmente) incompatible con el conocimiento es una intuición fundamental que guía toda la discusión en la prolija literatura que generaron los llamados “casos Gettier”. Lo que los epistemólogos de virtudes subrayan, análogamente a lo que debería suceder para que el acierto del arquero no fuese accidental, es que únicamente son las competencias fiables las que garantizan que el acierto cognitivo no sea fortuito.

Finalmente, es el hecho de que las competencias epistémicas sean propiedades del agente cognitivo lo que permite atribuir a este crédito por su acierto, de forma que la adquisición de conocimiento sea un logro del sujeto. La epistemología de virtudes concuerda así con otra intuición básica acerca del conocimiento: la de que se trate de un éxito acreditable al agente, y, consecuentemente, la de que el proceso cognitivo sea una actividad de la que el sujeto es en suficiente medida responsable.

Ahora bien, ¿en qué medida es posible la atribución de crédito al sujeto cuando el ejercicio de sus competencias parece tratarse de un proceso pasivo y automático, en el que el agente, como agente, no interviene y del que no es responsable? Responder a esta pregunta es fundamental para distinguir la teoría de Sosa de lo que se conoce como “fiabilismo crudo” (BonJour, 2000, p. 89). Consideremos por ejemplo lo que sucede con numerosas creencias perceptivas que parecen formarse sin reflexión a partir de competencias fiables, por ejemplo, mi creencia actual inmediata, basada en mi capacidad visual, de que la superficie de la mesa en la que estoy escribiendo es roja (Sosa, 2014, pp. 131-135). Suponiendo que se trate de una creencia apta, aun así, su propio automatismo parece descartar la agencia, y, por tanto, que el éxito de la creencia pueda atribuirse en un sentido estricto a mi actuación epistémica.  

Por eso, es importante tener en cuenta que la definición de conocimiento como creencia apta se refiere únicamente a lo que Sosa denomina “cognición animal” (Sosa, 2014, p. 155), y que, de acuerdo con el autor, la explicación del conocimiento humano requiere, además, una dimensión reflexiva que permita la adquisición agencial apta de creencias aptas. En otras palabras: para obtener conocimiento humano, el agente ha de poseer una perspectiva epistémica respecto a la fiabilidad de sus competencias de primer orden y a la idoneidad de su situación externa y de su condición interna para el ejercicio de esas competencias, y dicha perspectiva debe guiar su actuación epistémica y manifestarse en su éxito (Sosa, 2015, pp. 65-88). Al igual que la habilidad de un conductor incluye tomar en consideración las condiciones meteorológicas, el estado de la carretera y del vehículo o su propio estado físico, la habilidad cognitiva humana incorpora la consideración reflexiva, implícita o explícita, de aquellos factores pertinentes para que el acierto también sea un logro.  

La agencia reflexiva es una constante en la teoría del conocimiento de Sosa desde el primer momento. Se trata, sin embargo, de un aspecto que ha cobrado especial énfasis en su producción más reciente, en al menos dos sentidos.

En primer lugar, Sosa ha pasado a priorizar el juicio sobre la creencia en la caracterización de la actuación epistémica (Sosa, 2015, pp. 67-8). Mientras que las creencias serían atracciones inmediatas al asentimiento cuya base es meramente animal (facultades de primer orden), los juicios son actos reflexivos y libres mediante los que el sujeto se compromete racionalmente (o se niega a comprometerse en el caso de la suspensión del juicio) con la verdad de una proposición. Por ejemplo, en función de mi sentido del gusto, puedo formar automáticamente la creencia de que el té está amargo, y, pese a ello abstenerme de juzgar acerca de su sabor real, porque estoy padeciendo un resfriado que me hace confundir los sabores, y porque tomo en consideración el impacto que dicha situación podría tener en la verdad de mis afirmaciones. Nótese, además, que mientras los juicios son libres —es decir, actos de determinación racional de la voluntad—, la apariencia de que el té es amargo no depende de la voluntad. Puedo negarme a juzgar. Aun así, sigue pareciéndome como si el té estuviese amargo.    

En segundo lugar, las capacidades cognitivas reflexivas desempeñan un papel crucial a la hora de realizar la importante distinción entre conocimiento y adivinación (guessing) en razón del propósito del agente al afirmar. Casos de adivinación son, entre otros, el del individuo que, en la revisión anual de su vista, y pese a que no está seguro de identificar los optotipos de menor tamaño correctamente, acierta todas las letras de la tabla optométrica (Sosa, 2015, pp. 74-77), o el del concursante que, en un show televisivo, proporciona sistemáticamente respuestas correctas, pese a no estar seguro de ellas (Sosa, 2015, p. 82). Lo común a estos ejemplos es que el único objetivo de los agentes al intentar adivinar la respuesta es el de acertar, y no el de acertar mediante la ponderación racional (ni siquiera implícita) de la situación. En ambos casos, los agentes podrían ser competentes desde un punto de vista animal. Pero su afirmación no manifiesta competencia judicativa alguna. Por eso los casos de acierto por adivinación (por muy fiables que sean) no contarían para Sosa como ejemplos de conocimiento pleno reflexivo.   

Tal como acabamos de desarrollarlo, el perspectivismo de virtudes ha de afrontar, fundamentalmente, tres cuestiones: el problema de la justificación epistémica, la cuestión de si las virtudes cognitivas son suficientes para prevenir la suerte, y el tema del valor epistémico de la agencia, cuestiones todas ellas que trataremos a continuación. Queda también por elucidar en qué medida podrían ser compatibles la teoría del carácter y la teoría de competencias, de modo que ambas perspectivas pudiesen complementarse, y no excluirse.

La justificación de la creencia

Como señalamos arriba, la epistemología de virtudes se presenta al tiempo como una teoría del conocimiento y de la justificación. Es este último aspecto el que ha sido blanco de las críticas internistas, que desvinculan la noción de justificación de cualquier referencia a la situación externa del sujeto, incluida la fiabilidad de sus virtudes epistémicas.

Con el escenario del “nuevo demonio engañador” (Lehrer & Cohen, 1983, pp. 191-207) el internismo nos invita a considerar la siguiente hipótesis. Imaginemos un agente (nuestro gemelo o contraparte modal) cuyas capacidades cognitivas fuesen extremadamente fiables en circunstancias normales (es decir, en condiciones como las nuestras), y que, si estuviese ubicado en nuestro entorno, poseería una cantidad más que relevante de creencias aptas. Sin embargo, dicho agente se encuentra situado en un mundo epistémicamente hostil, en el que un demonio similar al ‘genio maligno’ cartesiano manipula todas sus creencias. Debido a la pésima situación epistémica en la que se encuentra —víctima de un engaño sistemático—, la víctima del demonio posee un sistema de creencias masivamente falso. Sin embargo, y dado que desconoce su situación y que su capacidad racional sigue intacta, dicho agente es desde un punto de vista racional e interno idéntico a nosotros: dispone, al menos aparentemente, del mismo sistema de razones con el que nosotros contamos para justificar nuestras creencias.

Lo relevante aquí es que una concepción externista de la justificación dictaminaría que la víctima del demonio carece de justificación, porque la causa de sus creencias no es fiable. Sin embargo, resulta intuitivo pensar que sus creencias, aunque falsas, se encuentran interna y racionalmente justificadas, y que, porque ha actuado racionalmente, dicho sujeto, si bien desafortunado, no es epistémicamente culpable —no ha actuado con negligencia epistémica, precipitadamente o sin atender al peso de las evidencias o a la norma racional de afirmación. Lo que parecería significar que la etiología de la creencia es como poco innecesaria para la justificación de la creencia y para la atribución de racionalidad epistémica al agente.

Una solución plausible y conciliadora, que integrase las intuiciones del internismo sin renunciar por ello al papel de las virtudes en la adquisición de justificación de la creencia, reconocería al tiempo que la justificación del agente es compatible con su falta de conocimiento y que, sin embargo, la conexión de la creencia con la verdad también es un elemento constitutivo de la noción de justificación. En este sentido, el teórico de virtudes podría aceptar que las creencias de la víctima del demonio están, no sólo “subjetiva” sino “objetivamente justificadas” (BonJour & Sosa, 2003, pp. 154-5), y que dicha justificación objetiva (conectada con la verdad pese al hecho de que las creencias de la víctima son, dada su situación pésima, masivamente falsas) obedece al hecho de que en el mundo actual y sin la interferencia del demonio las facultades a partir de las que la víctima forma sus creencias rendirían verdades.

La noción de destreza relativiza así la justificación a condiciones normales, de forma que si, por una parte, no es necesario que las creencias del agente sean verdaderas y por tanto aptas para estar justificadas, por otra, su justificación objetiva se explica en términos de ejercicio apto en condiciones favorables. Lo importante es que no es la perspectiva interna del sujeto el factor que confiere peso o estatus epistémico (más allá de la coherencia) a sus razones, y que dicho estatus —el de una justificación que no siempre alcanza la verdad o el conocimiento— exige una relación estable con la fiabilidad bajo condiciones adecuadas.

Competencias y suerte

Hemos comentado ya que una de las razones por las que la epistemología de virtudes apela a las competencias en la explicación del conocimiento es que ‘acierto por competencia’ y ‘acierto por suerte’ son términos mutuamente excluyentes.

 Sin embargo, Duncan Pritchard (y con él, los partidarios de la corriente que se auto-denomina epistemología de virtudes anti-suerte) señala que el ejercicio de competencias no es, por sí solo, capaz de excluir la suerte epistémica. Por tanto, desde esta perspectiva, el análisis del conocimiento ha de incorporar, además de la condición de habilidad, una condición adicional —la seguridad del ambiente, la situación propicia de la actuación— que evite que el acierto apto sea, sin embargo, un acierto fortuito.

Un escenario que intuitivamente parece refrendar esta teoría es el de los graneros falsos (Pritchard, Millar & Haddock 2010, pp. 35-40). Su protagonista (Henry) se encuentra en un área donde, sin él saberlo, la mayor parte de los edificios que parecen graneros son realmente meras fachadas de cartón piedra que aparentan ser graneros. Sin embargo, Henry tiene la suerte de encontrarse ante uno de los pocos graneros reales de la zona, y forma mediante el ejercicio de sus habilidades perceptivas la creencia verdadera de que el objeto que señala es un granero. En este caso parece que su creencia sea apta y, sin embargo, nosotros los evaluadores, quienes sabemos cuál es la situación circundante, parecemos coincidir en que, pese a ser apta, dicha creencia no equivale a conocimiento. Se trata de un logro cognitivo, pero de uno que, porque la situación de Henry es tal que fácilmente pudo haber formado una creencia falsa mediante el mismo procedimiento virtuoso, depende tanto de la suerte que no equivale a saber. La fragilidad del acierto privaría así al sujeto del conocimiento. Sólo el carácter propicio del entorno parecería conferir a la creencia apta la robustez que parecemos asociar al concepto de conocimiento, asegurando la aptitud de la actuación.

La conclusión anterior no es, sin embargo, indiscutible. Por una parte, los resultados alcanzados por los estudios de filosofía experimental no sólo ponen en duda la unanimidad de nuestras intuiciones respecto al caso de los graneros, sino que señalan que, pese a la inseguridad de las circunstancias, mayoritariamente atribuimos conocimiento a Henry (Colaço, Buckwalter, Stich & Machery, 2014, pp. 199-212). Por otra parte, y al igual que la fragilidad de las circunstancias no parece repercutir negativamente en el estatus de una actuación deportiva (por ejemplo, la altísima probabilidad de que una ráfaga de viento imprevisible hubiese desviado, sin que llegue a hacerlo, la trayectoria de la flecha no merma la calidad del disparo), no está claro que la fragilidad del conocimiento sea incompatible con su posesión. Además, no todos los casos de suerte son incompatibles con el conocimiento. Podrá ser fortuito que, tras una larga enfermedad, conserve intacta mi capacidad visual. Pero lo cerca que estuve de perderla en nada afecta a la calidad de las creencias perceptivas que ahora formo gracias a dicha facultad. ¿Y no es este caso análogo al de Henry, quien, pese a que el ejercicio apto de su competencia visual se debe a la suerte, no acierta accidentalmente, como el arquero al que ayuda el ángel protector, sino por competencia? Las consideraciones anteriores dejan abierta la posibilidad de que el único tipo de suerte incompatible con el conocimiento sea el que excluye el acierto competente. La epistemología de virtudes podría así contar con recursos teóricos con los que afrontar los casos de graneros falsos y análogos.

El valor de la agencia

Tal como dijimos arriba, casos como el de mi creencia inmediata en que la superficie de la mesa sobre la que escribo es de color rojo —casos que pertenecen a lo que en la literatura epistemológica se denomina conocimiento fácil (Baehr, 2011, p. 44) —parecen obstaculizar una teoría agencial de competencias general y unificada, al tiempo que alientan dudas sobre cuál pueda ser el valor epistémico conferido por la reflexión al estatus de la creencia.

En primer lugar, lo que el problema del conocimiento fácil parece sugerir es la imagen de un sujeto enteramente pasivo, que se limita a reaccionar automáticamente a estímulos. Es verdad que en los casos señalados no podemos atribuir al sujeto “reflexión” si con este término entendemos la ponderación explícita de razones a favor y en contra que conforma el espacio deliberativo. Ello no implica, sin embargo, que no haya agencia, al menos en un sentido mínimo de la palabra. Por una parte, el sujeto forma su creencia en ausencia de indicios en contra, es decir, con el beneplácito implícito de una racionalidad que no por no deliberar se encuentra ausente del proceso. Por otra, el sujeto da por supuestas una serie de condiciones (desde el hecho de que la iluminación es normal o de que su vista no está cansada, hasta condiciones generales de juicio análogas a las proposiciones-gozne de Wittgenstein) sin las que la formación de una creencia particular no es tan siquiera posible, de modo que su creencia se encuadra en un marco intelectual implícito necesario para la actuación epistémica.

En segundo lugar, tal vez la perspectiva reflexiva no incremente la fiabilidad intrínseca de las competencias de primer orden. Esto no significa, sin embargo, que su valor únicamente sea extra-epistémico. La relevancia cognitiva de las competencias reflexivas del sujeto quedaría reflejada por, entre otros casos, el papel que desempeña la integración racional del sujeto en la adquisición de justificación, la cuestión de la negligencia epistémica (que privaría de conocimiento al agente incluso aunque sus creencias de primer orden fuesen regularmente aptas) o la distinción respecto a su estatus epistémico entre el individuo que acierta sin haber considerado sus circunstancias (y cuyo acierto es en cierto sentido accidental) y aquél cuyo objeto es la formación apta de creencias aptas.

Deberíamos concluir señalando que, en nuestra opinión, nada impide que  responsabilismo y teoría de competencias (las dos versiones de epistemología de virtudes) puedan complementarse sin contradecirse. Para ello sería preciso distinguir entre aquellas virtudes de carácter que podrían auxiliar al agente para que llegue a estar en posición de conocer (donde enfocan su atención las teorías responsabilistas) y las virtudes epistémicas que constituyen el conocimiento con independencia de las motivaciones del sujeto y de los obstáculos culturales y personales que este haya tenido que superar para que sus facultades cognitivas puedan manifestarse (en las que se centran las teorías fiabilistas). Constatamos así que el responsabilismo (como teoría del carácter) y el fiabilismo (como teoría de competencias), lejos de tratarse de dos teorías alternativas sobre el mismo objeto, son proyectos autónomos que elucidan, respectivamente, cuestiones éticas con amplia repercusión en la formación y educación en valores, y cuestiones acerca de la naturaleza y el alcance del conocimiento propias de la epistemología tradicional en sentido estricto.

Modesto Gómez-Alonso
(Universidad Pontificia de Salamanca)

Referencias

  • Baehr, J. (2011): The Inquiring Mind. On Intellectual Virtues & Virtue Epistemology, Oxford, Oxford University Press.
  • BonJour, L. (1985): The Structure of Empirical Knowledge, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press.
  • BonJour, L. (2000): “Sosa on Knowledge, Justification, and ‘Aptness’”, en G. Axtell, ed., Knowledge, Belief, and Character, Savage, Maryland, Rowman & Littlefield Publishers.
  • BonJour, L. y E. Sosa (2003): Epistemic Justification. Internalism vs. Externalism, Foundations vs. Virtues, Oxford, Blackwell.
  • Code, L. (1984): “Toward a ‘Responsibilist’ Epistemology”, Philosophy and Phenomenological Research, 45(1), pp. 29-50.
  • Colaço, D., W. Buckwalter, S. Stich y E. Machery (2014): “Epistemic Intuitions in Fake-barn Thought Experiments”, Episteme, 11(2), pp. 199-212.
  • Dancy, J. (2000): “Supervenience, Virtues, and Consequences”, en G. Axtell, ed., Knowledge, Belief, and Character, Savage, Maryland, Rowman & Littlefield Publishers.
  • Pritchard, D., A. Millar y A. Haddock (2010): The Nature and Value of Knowledge: Three Investigations, Oxford, Oxford University Press.
  • Lehrer, K. y S. Cohen (1983): “Justification, Truth, and Coherence”, Synthese, 55(2), pp. 191-207.
  • Sosa, E. (1980): “The Raft and the Pyramid: Coherence versus Foundation in the Theory of Knowledge”, Midwest Studies in Philosophy, 5(1), pp. 3-26.
  • Sosa, E. (2000): “Perspectives in Virtue Epistemology: A Response to Dancy and BonJour”, en G. Axtell, ed., Knowledge, Belief, and Character, Savage, Maryland, Rowman & Littlefield Publishers.
  • Sosa, E. (2007): A Virtue Epistemology. Apt Belief and Reflective Knowledge,1, Oxford, Clarendon Press.
  • Sosa, E. (2014): Con pleno conocimiento, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
  • Sosa, E. (2015): Judgment and Agency, Oxford, Oxford University Press.
  • Zagzebski, L. (1996): Virtues of the Mind. New York, Cambridge University Press.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Dancy, J. (1985): Introducción a la epistemología contemporánea, Madrid, Tecnos.
  • García, C. L., A. Eraña y P. King Dávalos, eds., (2013): Teorías contemporáneas de la justificación epistémica, México, UNAM.
  • García Rodríguez, A. (2009): “Sosa ante el escéptico”, Teorema, 28(1), pp. 59-67.
  • Grimaltos, T. (2016): “Más de medio siglo del problema de Gettier”, Teorema, 35(1), pp. 89-114.
  • Hoyos Valdés, D. (2006): “Teoría de las virtudes: Un Nuevo enfoque de la epistemología. Desafíos externos y lucha interna”, Discusiones filosóficas, 7(10), pp. 89-113.
  • Pérez Otero, M. (2016): “La teoría competencial del saber de Ernesto Sosa”, Teorema, 35(2), pp. 181-195.
  • Sosa, E. (2010): La epistemología de virtudes, Oviedo, KRK.
  • Sosa, E. (2014): Con pleno conocimiento, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
  • Sosa, E. (2018): Creencia apta y conocimiento reflexivo, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza.
  • Valdés, M. y M. A. Fernández, eds., (2011): Normas, virtudes, y valores epistémicos. México, Instituto de investigaciones filosóficas / UNAM.
  • Vigo, A., ed., (2018): Ernest Sosa: Conocimiento y acción, Pamplona, Eunsa.

Entradas relacionadas

 

Cómo citar esta entrada

Gómez-Alonso, Modesto (2019): «Epistemología de virtudes», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/epistemologia-de-virtudes/).

Escepticismo

Introducción

En el uso ordinario de la palabra puede caracterizarse como escéptico a quien sea que abrigue dudas sobre un determinado tema, o a quien sostenga que determinado fenómeno no existe, o quizás que su existencia no está demostrada. En filosofía, “escepticismo” tiene una definición más precisa. Para caracterizar al escepticismo como tesis filosófica es necesario introducir las nociones de actitud proposicional y justificación epistémica. Las actitudes proposicionales son estados mentales intensionales (o representacionales) cuyo contenido es una proposición. Los siguientes son ejemplos de actitudes proposicionales:

a. Tomás se pregunta si París es la capital de Francia;
b. Lucas quiere que su equipo gane el partido;
c. Carolina teme que el avión no salga a tiempo;
d. Juan tiene la esperanza de que mañana llueva.

Podemos hacer explícitas las actitudes y las proposiciones que son su objeto si redescribimos las situaciones de manera un tanto pedante:

e.Tomás adopta la actitud de preguntarse con respecto a la proposición de que París es la capital de Francia;
f. Lucas adopta la actitud de desear que sea verdadera con respecto a la proposición de que su equipo ganará el partido;
g. Carolina adopta la actitud de temer que sea verdadera con respecto a la proposición de que el avión no salga a tiempo;
h. Juan adopta la actitud de esperar que sea verdadera con respecto a la proposición de que mañana lloverá.

Tres actitudes proposicionales con especial importancia epistemológica son las de creer, descreer y suspender el juicio. (Los grados de creencia a veces también se consideran actitudes proposicionales sui-generis, y son también epistemológicamente importantes, pero los dejamos a un lado en esta entrada.) La noción filosófica de creencia no coincide en todo con el uso cotidiano de la misma. En su uso ordinario, muchas veces “creer” se usa como opuesto a “saber”, y otras veces “creer” connota aceptar sin razones. En su uso filosófico, en cambio, la creencia es necesaria para el conocimiento, y aun cuando sea posible creer sin razones, también es posible creer sobre la base de razones. Creer una proposición, en este uso filosófico, significa aceptar que es verdadera. Descreer una proposición puede entenderse como creer su negación. De especial importancia para la discusión del escepticismo es la actitud de suspender el juicio con respecto a una proposición. La suspensión del juicio debe distinguirse de la falta de actitud alguna con respecto a una proposición. Por ejemplo, es muy probable que antes de escuchar la siguiente frase el lector no hubiera adoptado actitud alguna con respecto a la proposición que expresa: yo tengo tres hermanas. Luego de haber considerado esa proposición, en cambio, es muy probable que el lector suspenda el juicio con respecto a ella. Así, suspender el juicio es tomar partido con respecto a una proposición, y en eso difiere de no adoptar actitud alguna, pero la toma de partido es neutral, y en eso difiere tanto de creer como de descreer.

Las tres actitudes proposicionales mencionadas (creer, descreer, suspender el juicio) pueden estar justificadas o injustificadas epistémicamente. El calificativo de “epistémico” se necesita pues se puede argumentar que uno puede tener justificación práctica, o moral, o prudencial, para adoptar una actitud proposicional. Por ejemplo, si alguien me amenaza con torturarme si no creo que Tbilisi es la capital de Armenia, tengo entonces una muy buena razón para creer esa proposición, y si logro hacerlo entonces tendré un cierto tipo de justificación para adoptar esa creencia. Pero la justificación que tendré en ese caso no será del tipo pertinente desde una perspectiva epistémica. Es difícil especificar en qué consiste la justificación epistémica sin tomar partido en cuestiones bajo disputa, pero muchos filósofos estarán de acuerdo en que la justificación epistémica tiene que ver con el conocimiento. Nótese, por ejemplo, que si logro creer que Tbilisi es la capital de Armenia por un motivo práctico, como el temor a la amenaza, no tendré conocimiento de esa proposición, aun bajo el supuesto contrafáctico de que la proposición sea verdadera.

Estamos ahora en posición de dar una definición general de escepticismo. El escepticismo con respecto a la clase de proposiciones P es la tesis de que la única actitud epistémicamente justificada con respecto a los miembros de P es la suspensión del juicio. Nótese lo que la definición no dice. Primero, la definición no dice que ser escéptico con respecto a P consista en sostener que no conocemos los miembros de P. Si aceptamos que el conocimiento implica creencia justificada, entonces el escepticismo con respecto a P implica que no conocemos los miembros de P, pero la implicación inversa no se da. Por ejemplo, no se puede saber ninguna proposición falsa, pero no es cierto que el escepticismo es automáticamente verdadero con respecto a toda proposición falsa. De este modo, a pesar de que no podemos saber que Tbilisi es la capital de Armenia, eso no implica que seamos escépticos con respecto a esa proposición, pues sabemos que es falsa. La definición tampoco dice que ser escéptico con respecto a P consiste en descreer los miembros de P. Ya los escépticos antiguos distinguieron entre el escepticismo, el dogmatismo (creer) y el dogmatismo negativo (descreer).

Dada esta definición, está claro que el escepticismo es una posición racional con respecto a muchas proposiciones. Por ejemplo, todos debemos ser escépticos con respecto a la proposición de que el número de estrellas en la Vía Láctea es par. Las posiciones escépticas que han interesado a los filósofos son las que van más allá de este escepticismo de sentido común.

1. Escepticismo Humeano, Cartesiano y Pirrónico

Una manera fructífera de distinguir distintas posiciones escépticas es prestar atención a la clase de proposiciones P con respecto al cual sostienen su escepticismo. Así, podemos distinguir entre el escepticismo Humeano, el escepticismo Cartesiano y el escepticismo Pirrónico.

1.1. Escepticismo Humeano

El escepticismo Humeano (que también puede llamarse escepticismo inductivo) sostiene que debemos suspender el juicio con respecto a toda proposición empírica que vaya más allá de la observación directa. Así, aun cuando podamos estar justificados en creer que todos los cuervos que han sido observados hasta el momento son negros, no estamos justificados en creer la proposición general de que todos los cuervos (observados o no) son negros. Un argumento a favor de este tipo de escepticismo es que las proposiciones que conocemos por observación directa constituyen los únicos indicios que tenemos para basar actitudes sobre otras proposiciones que van más allá de ellas, y que las primeras son compatibles con la falsedad de las últimas. Así, por volver a nuestro ejemplo, que todos los cuervos observados hasta ahora hayan sido negros es compatible con la existencia de cuervos no observados que no son negros. Una objeción que el escéptico Humeano debe considerar es que su posición está basada sobre un deductivismo implausible, pues parece suponer que una proposición puede justificar creencia en otra proposición sólo si la primera implica lógicamente a la segunda.

Tanto el escepticismo Cartesiano como el escepticismo Pirrónico concuerdan con el escepticismo Humeano con respecto a las proposiciones empíricas que van más allá de la observación directa, pero sostienen que el escepticismo Humeano se queda corto. Para distinguir entre el escepticismo Cartesiano y el escepticismo Pirrónico conviene introducir una distinción más: la distinción entre proposiciones ordinarias y proposiciones epistémicas. Las proposiciones epistémicas son aquellas que contienen conceptos epistémicos, como “conocimiento” o “justificación”. Las proposiciones que no contienen conceptos epistémicos son proposiciones ordinarias.

1.2. Escepticismo Cartesiano

El escepticismo Cartesiano sostiene que la suspensión del juicio es la única actitud justificada con respecto a muchas proposiciones ordinarias, o quizá incluso todas. Pero el escéptico Cartesiano sostiene también que hay ciertas proposiciones epistémicas con respecto a las cuales no debemos suspender el juicio, sino descreerlas. Así, el escéptico Cartesiano cree que yo debo suspender el juicio con respecto a la proposición de que tengo manos, pero debo descreer la proposición de que sé que tengo manos. En verdad, el escéptico Cartesiano sostiene que debemos suspender el juicio con respecto a proposiciones ordinarias porque debemos creer que no sabemos la proposición epistémica correspondiente (por ejemplo, yo debo suspender el juicio con respecto a la proposición de que tengo manos porque debo creer que no sé si tengo manos). Cabe notar aquí que es común contrastar el escepticismo pirrónico con el escepticismo académico, guardando la etiqueta de escepticismo “Cartesiano” para el escepticismo sobre el mundo externo basado en escenarios escépticos globales destinados a generar dudas sobre la existencia misma de un mundo fuera de la mente. Este tipo de argumentos está ausente en los autores académicos históricos (Arcesilaus y Carneades, por ejemplo).

Uno de los argumentos más famosos a favor del escepticismo Cartesiano apela a escenarios escépticos. Un escenario escéptico para un sujeto S con respecto a una proposición p es una situación en donde p es falsa que es indistinguible para S de una situación en donde p es verdadera. Por ejemplo, un escenario escéptico para mí con respecto a la proposición de que tengo manos es una situación en donde soy un alma desencarnada que está siendo engañada por un genio maligno que le hace creer que es un sujeto normal (con un cuerpo con manos). Si designamos a un escenario escéptico EE, el argumento a favor del escepticismo Cartesiano es el siguiente:

1.2.1. Argumento escéptico Cartesiano

1. Si sé que una proposición ordinaria p es verdadera, entonces sé que EE es falso.
2. No sé si EE es falso.
Por lo tanto,
3. No sé si p es verdadera.
Por lo tanto,
4. Debo suspender el juicio con respecto a p.

En la teoría del conocimiento contemporánea hay tres estrategias para enfrentar al escepticismo Cartesiano. Primero, algunos, siguiendo a G. E. Moore, niegan la premisa 2, argumentando que sí podemos saber que los escenarios escépticos son falsos. Otros siguen a Nozick y Dretske, y niegan la primera premisa, rechazando lo que se conoce como el “principio de clausura” (es decir, la idea de que sabemos toda proposición que se sigue necesariamente de lo que sabemos). Según estos filósofos, el escéptico está en lo cierto al sostener que no sabemos si los escenarios escépticos son falsos porque, aun cuando fueran verdaderos, seguiríamos creyendo que son falsos. Por ejemplo, de acuerdo con Dretske y Nozick no sabemos si somos víctimas de un genio maligno Cartesiano porque, si lo fuéramos, seguiríamos creyendo que no lo somos; pero ese obstáculo al conocimiento no está presente en el caso de proposiciones ordinarias. Por ejemplo, si no tuviera manos, en la mayoría de las situaciones plausibles donde esto podría acontecer (por ejemplo, porque las hubiera perdido en un accidente), yo no seguiría creyendo que tengo manos. Por lo tanto, sostienen estos autores, a pesar de no saber si soy la víctima de un genio maligno, sí sé que tengo manos. Finalmente, algunos filósofos siguen a Stewart Cohen y sostienen que el verbo “saber” puede referir a diferentes propiedades en diferentes contextos. Por ejemplo, en ciertos contextos, “saber” requiere un grado de justificación muy alto, mientras que en otros requiere grados más bajos. Así, algunos contextualistas sostienen que no hay un único contexto que haga verdaderas a las premisas 2 y 3 al mismo tiempo.

1.3. Escepticismo Pirrónico

A diferencia del escéptico Cartesiano, el escéptico Pirrónico piensa que la suspensión del juicio es la única actitud justificada con respecto a cualquier proposición, epistémica o no. Desde el punto de vista del escepticismo Pirrónico, el Cartesiano sostiene un escepticismo demasiado tibio, pues cae en realidad en una forma de dogmatismo negativo, al creer que no sé si tengo manos. Por decirlo con la famosa frase atribuida a Sócrates, el escéptico Cartesiano afirmaría que sólo sé una cosa: que no sé nada. Por el contrario, el escéptico Pirrónico sostendría que el escepticismo debería de dar un paso más, pues en realidad no sé ni siquiera eso: lo más lícito sería suspender el juicio al respecto.

Es problemático presentar la posición pirrónica en forma de argumento, ya que cuando alguien presenta un argumento en general se compromete con la verdad de sus premisas y la validez del argumento, mientras que el escéptico pirrónico suspendería el juicio también con respecto a esas proposiciones. De todas maneras, lo importante no es, en última instancia, la coherencia de la posición pirrónica, o la de una manera de presentar la posición pirrónica, sino cuál es nuestra reacción al argumento. Si pensamos que el argumento es bueno, entonces deberíamos nosotros mismos convertirnos en escépticos pirrónicos (y lidiar entonces con el problema que representa el tirar la escalera de creer en las premisas del argumento una vez que lleguemos a la conclusión). Y si no creemos que el argumento es en última instancia convincente, estaremos de todas maneras en posición de aprender algo –ya que todas las premisas de este argumento a todas luces válido parecen verdaderas a primera vista.

El argumento a favor del escepticismo Pirrónico apela a la distinción entre justificación inferencial y justificación básica. Una proposición está justificada de manera inferencial si y sólo si está justificada (al menos en parte) sobre la base de otras creencias del sujeto. Por ejemplo, mi creencia de que Tbilisi es la capital de Georgia se basa sobre mi creencia de que Wikipedia lo dice. Una creencia justificada lo está de manera básica siempre y cuando no esté justificada de manera inferencial. Las creencias adquiridas por la percepción son buenas candidatas para ser creencias básicas. Así, mi creencia de que hay una computadora frente a mí es un buen candidato para ser una creencia básica. Una cadena inferencial es un conjunto de creencias cada uno de cuyos miembros se supone relacionado con al menos otro miembro por medio de la relación de justificación. El argumento puede entonces presentarse como sigue:

1.Si una creencia está justificada, entonces o bien es una creencia básica o bien está inferencialmente justificada.
2.No hay creencias básicas.
Por lo tanto,
3.Si una creencia está justificada, entonces lo está en virtud de pertenecer a una cadena inferencial.
4.Toda cadena inferencial es tal que o bien a) contiene un número infinito de creencias; o bien b) contiene círculos; o bien c) contiene creencias que no están justificadas.
5.Ninguna creencia está justificada en virtud de pertenecer a una cadena inferencial con infinitos miembros.
6.Ninguna creencia está justificada en virtud de pertenecer a una cadena inferencial circular.
7.Ninguna creencia está justificada en virtud de pertenecer a una cadena inferencial que contiene creencias injustificadas.
Por lo tanto,
8.No hay creencias justificadas.

La premisa 1 es irreprochable, dada nuestra caracterización de las nociones de creencia básica y justificación inferencial. La premisa 2 la justifica el escéptico Pirrónico apelando al así llamado “modo del dogmatismo”, que consiste en lo siguiente: dada la afirmación de una creencia por parte de un interlocutor, el escéptico Pirrónico pedirá una justificación. Supongamos, por ejemplo, que alguien afirma que Argentina perdió en octavos de final en la última copa mundial de fútbol. El escéptico Pirrónico pedirá entonces una justificación de esa afirmación. El interlocutor puede entonces producir dicha justificación o permanecer en silencio. Si el interlocutor permanece en silencio, el escéptico Pirrónico declara victoria, pues el interlocutor no ha podido defender su afirmación. Si el interlocutor ofrece una justificación (digamos, que lo leyó en el diario), ello demuestra que el ejemplo aducido no es una creencia básica. Así, el escepticismo Pirrónico está comprometido con la tesis de que no hay justificación básica. Por otro lado, si el interlocutor produce la justificación requerida, el escéptico Pirrónico apelará a los pasos 3-7 para concluir que tampoco existe la justificación inferencial. Una vez aceptado que no hay creencias básicas, el escéptico Pirrónico sostiene que su interlocutor está condenado a elegir entre tres opciones igualmente perniciosas, consistentes en la respectiva negación de las premisas 5, 6 y 7. Esta porción del argumento escéptico Pirrónico es conocida como “el trilema de Agripa”. Por lo tanto, dado que (de acuerdo con la premisa 1), toda justificación es o bien básica o bien inferencial, el escéptico Pirrónico concluye que no estamos justificados en creer proposición alguna, y, así, que debemos suspender el juicio con respecto a toda proposición.

He presentado las tres versiones del escepticismo que han sido más influyentes tanto en la historia de la filosofía como en la epistemología contemporánea. En la epistemología contemporánea el escepticismo, de cualquier tipo, interesa no porque se lo acepte como verdadero, sino precisamente porque, a pesar de que la mayoría de los filósofos piensan que es falso, existen argumentos interesantes a favor de distintas posiciones escépticas, y no siempre es claro cómo responder a esos argumentos.

Juan Comesaña
(University of Arizona)

Agradecimientos Gracias a Javier Gonzalez de Prado Salas, Jesús Navarro y Carolina Sartorio por comentarios sobre versiones anteriores de esta entrada.

Referencias

  • Empírico, S. (1993): Esbozos pirrónicos. Introducción y notas de Antonio Gallego Cao y Teresa Muñoz Diego, Madrid, Gredos.

  • Burnyeat, M. y M. Frede (1997): The Original Sceptics: A Controversy. Indianapolis/Cambridge, Hackett Publishing Co.

  • Comesaña, J. (2009): “Escepticismo”, en D. Quesada, ed., Cuestiones de Teoría del Conocimiento, Madrid, Tecnos, pp.

  • Gettier, E. (1963): “Is Justified True Belief Knowledge”, Analysis, 23, pp. 121-123.

  • Huemer, M. (2000): “Direct Realism and the Brain-in-a-Vat Argument”, Philosophy and Phenomenological Research, 61, pp. 397-413.

  • Klein, P. (2015): “Skepticism”, en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, E. N. Zalta, ed., disponible en https://plato.stanford.edu/archives/sum2015/entries/skepticism/

  • Nozick, R. (2017): Explicaciones filosóficas, Madrid, Editorial Innisfree.

  • Sosa, E. (1999): “How To Defeat Opposition to Moore”, Philosophical Perspectives 13, pp. 137-149.

  • Vogel, J. (1987): “Tracking, Closure, and Inductive Knowledge”, en S. Luper-Foy, ed., The Possibility of Knowledge, Rowman and Littlefield.

  • Williamson, T. (2000): Knowledge and Its Limits, Oxford University Press.

  • Wittgenstein, L. (1969): On Certainty, New York, Harper Torchbooks.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Comesaña, J. (2019): «Escepticismo», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/escepticismo/).

 

Objetos ficticios y términos de ficción

1. Introducción

Esta entrada ofrece una revisión de las contribuciones recientes (más o menos en la última década) a nuestra comprensión de cómo los nombres y otras expresiones de referencia funcionan en el discurso relativo a las ficciones, y las preocupaciones filosóficas que suscitan. Las propuestas sobre la semántica de las expresiones de referencia en el discurso de la ficción suelen ir acompañadas de tesis metafísicas sobre la ontología de los personajes y objetos de ficción, que por ello también nos ocuparán en los siguientes párrafos. Naturalmente, no debemos confundir unas y otras cuestiones; muchos objetos y personajes que pueblan las ficciones no son designados, ni en ellas ni fuera de ellas. Mas para bien o para mal la filosofía contemporánea trata ambas cuestiones simultáneamente. No se abordará tampoco aquí la distinción entre ficción y no ficción, que simplemente daremos por supuesta; el lector puede ver a este respecto el artículo “Ficción (teorías de)” de M. J. Alcaraz y F. Pérez en esta misma enciclopedia.

Comenzaré por circunscribir nuestro tema. Supongamos que una aseveración es lo que se hace por defecto mediante el uso de oraciones declarativas: “en el lenguaje natural, las oraciones declarativas se usan por defecto para hacer afirmaciones” (Williamson, 1996, p. 258). Es una característica de las aseveraciones que las evaluamos como correctas o no en función de si son verdaderas. Examinemos así tres tipos de usos a primera vista asertivos hechos con oraciones declarativas en discursos que involucran ficciones:

(1, textual) Cuando Gregor Samsa despertó, se encontró convertido en un monstruoso  insecto.

(2, paratextual) De acuerdo con la Metamorfosis, cuando Gregor Samsa despertó, se encontró convertido en un monstruoso insecto.

(3, metatextual) Gregor Samsa es un personaje de ficción creado por Kafka.

Consideremos primero una proferencia de (1) por Kafka, como parte de la proferencia más larga por él mismo del discurso completo que, con una cierta idealización, podemos pensar constituye el acto de presentar su “escultura hecha de palabras” (Alward, 2010) Metamorfosis para que la disfrutemos. Siguiendo a Currie (1990), entiendo que tales actos son actos de habla propiamente dichos, con fuerza y contenido específicos, que él denomina ‘fiction-making’, hacer fictivo en mi terminología (García-Carpintero 2016). Esto es objeto de controversia; Gale (1971), Searle (1974/5), Walton (1990), Alward (2009, 2010) y Friend (2012), entre otros, los entienden – dicho de la manera en que lo formula Green (2017, p. 54) – como meros actos de hablar: quizás actos de simular hacer algo, desprovistos de los objetivos representativos que caracterizan los actos de habla. García-Carpintero (2019a, 2019b) defiende la opinión de Currie, examinando críticamente los argumentos de estos filósofos. Este uso del discurso declarativo fictivo, que llamaré textual, se distingue por el hecho de que sus preferencias no son intuitivamente evaluables en función de si son verdaderas o falsas. ‘Gregor Samsa’, diríamos intuitivamente, no hace en realidad referencia a nada; dado esto, una afirmación de (1) intuitivamente no sería verdadera, y por lo tanto sería incorrecta. Sin embargo, no consideramos intuitivamente plausible criticar a Kafka a este respecto. En este sentido, los usos textuales del discurso declarativo ficticio no se cuentan intuitivamente como afirmaciones. Tomo de Bonomi (2008) el término ‘textual’, así como sus variantes para los otros dos usos. Ninan (2017, p. 69) los llama ‘diktats autoriales’, lo que es quizás más adecuado para el discurso textual, pero en conjunto prefiero las etiquetas de Bonomi. Gale (1971, p. 333) ya señalaba la distinción entre usos textuales y paratextuales, así como la relación entre el uso paratextual de (1) y (2).

Los otros dos tipos difieren en que intuitivamente sí parecen ser evaluables en función de si son verdaderos o falsos y, por lo tanto, son en principio buenos candidatos a ser aseveraciones. Hay, en primer lugar, el uso de oraciones como (1) cuando informamos con ellas de lo que sucede en una obra de ficción, es decir, de la naturaleza del mundo fictivo que presenta a nuestra imaginación, de su trama. Llamaré paratextual a este uso de las proferencias para enunciar la trama de una obra; de acuerdo con Lewis (1978) y otros, en este uso la proferencia de (1) es simplemente una elipsis de otras intuitivamente equivalentes en contenido como (2), que por ese motivo también consideraré paratextuales. Los lectores de Metamorfosis contarían (1) en tal uso como verdadera, como lo harían con (2), y como falsos los resultados de sustituir ‘insecto’ por ‘rata’ en ellas. Finalmente, llamaré al uso de oraciones tales como (3) metatextual; son intuitivamente evaluables como verdaderas o falsas, pero no son informes del contenido de una ficción, ya que no son equivalentes a las descripciones explícitas como (2).

Sawyer (2012, p. 153) articula un objetivo principal que los filósofos perseguimos al investigar términos como ‘Gregor Samsa’ en (1) – (3), o otras expresiones de referencia en las ficciones, como por ejemplo deícticos tales como ‘él’, ‘yo’ o ‘tú’, cuando se entiende intuitivamente que designan personajes igualmente inexistentes: “dar cuenta de los fenómenos aparentes de significado, referencia y verdad en el contexto específico de oraciones que contienen nombres que no refieren, ya sea acomodando las intuiciones relevantes o explicándolas”. Sawyer ofrece estos detalles sobre esos tres fenómenos, en el mismo orden: (i) “entendemos oraciones que contienen nombres vacíos, y por lo tanto parecen ser significativas”, por ejemplo (1) en sus dos usos; (ii) “algunos nombres vacíos parecen nombrar al mismo individuo y, por lo tanto, ser correferenciales”, por ejemplo, ‘Santa Claus’ y ‘Papá Noel’, o ‘Samsa’ en un ejemplo de Friend (2011), usado respectivamente por Nabokov y por un crítico para atribuir diferente naturaleza al insecto en que se convierte el personaje; y (iii) “algunas oraciones que contienen nombres vacíos parecen ser claramente verdaderas”, como nuestros ejemplos de uso paratextual y metatextual.

Mi objetivo es ofrecer una revisión de contribuciones en las dos últimas décadas a nuestra comprensión de cómo los nombres y otras expresiones referenciales funcionan en usos textuales, paratextuales y metatextuales, abordando las preocupaciones filosóficas que menciona Sawyer. Discutir cuestiones sobre la semántica de las expresiones de referencia en el discurso fictivo inevitablemente nos lleva a examinar las teorías metafísicas sobre la ontología de los personajes de ficción, por lo que esto también será objeto de atención en las siguientes páginas. Relacionaré mi presentación de contribuciones recientes sobre estos asuntos con las propuestas clásicas más influyentes, que, en mi estimación, son Kripke (2013, basado en conferencias impartidas en 1973), Lewis (1978), Walton (1990) y Currie (1990)), pero no entraré en detalles sobre las mismas; éstas ya han sido revisadas en otros artículos que los lectores pueden consultar – v. Friend (2007), García-Carpintero (2010a), Sawyer (2012), Kroon y Voltolini (2016).

En la sección siguiente, §2, presentaré análisis uniformes de expresiones referenciales en los tres tipos de discurso ficticio, discutiré algunas motivaciones para las mismas y algunas propuestas ilustrativas. En §3 haré lo propio con propuestas no uniformes. Me centraré en el caso de los nombres propios, pero confío que lo que diré se puede extender fácilmente a otros casos, como deícticos, o incluso los usos referenciales de descripciones definidas e indefinidas. La semántica formal para cada uno de estos casos diferiría sustancialmente, pero aquí no abordaré esta cuestión, más allá de ofrecer algunas referencias. La semántica formal es ahora una disciplina autónoma, con sus propias preocupaciones, metodologías y suposiciones teóricas.

2. Explicaciones uniformes

Las propuestas uniformes ofrecen una explicación similar para los términos de ficción en nuestros tres tipos de uso. Existen dos propuestas contrapuestas, realismo e irrealismo, inspiradas la primera en los usos metatextuales y la segunda en los textuales. Comenzaré por el realismo.

Kripke (2013) argumenta que una caracterización adecuada de los usos metatextuales requiere interpretar nombres como ‘Gregor Samsa’ en ellos como refiriéndose a entidades ficticias. Van Inwagen (1977) proporciona un influyente argumento quineano para tal realismo sobre las entidades ficticias. El argumento se basa en la cuantificación sobre, y la referencia a, tales entidades en el discurso a primera vista serio, evaluable como verdadero o falso, constituido por usos metatextuales como el de (3) en contextos de crítica literaria. La introducción de los editores en Brock & Everett (2015) ofrece un excelente resumen de este y otros argumentos a favor y en contra del realismo sobre los personajes de ficción. Tales ficta pueden ser entendidos como entidades meinongianas, concretas pero no existentes (Priest, 2011), u objetos meramente posibles, concretos pero no reales (Lewis, 1978) o (como prefieren Kripke y van Inwagen) entidades abstractas realmente existentes, quizás platónicas, atemporales, como en Wolterstorff (1980) y Currie (1990), o más bien artefactos creados, con duración temporal, como en Salmon (1998), Thomasson (1999, 2003) o Schiffer (2003). Kroon & Voltolini (2016) ofrecen una útil exploración de estas alternativas.

Cabe entonces invocar estas entidades ficticias para dar cuenta de los usos textuales y paratextuales. Ludlow (2006) parece proponer esta idea cuando sostiene que en los usos textuales los predicados como ‘es un vampiro’ adquieren un sentido extendido en el que se aplican verdadera y literalmente a los objetos que representan a los vampiros en una ficción, como los actores que interpretan papeles de vampiro en Buffy, la cazavampiros (1992). Ludlow no dice qué corresponde a tales objetos en las ficciones verbales, pero si los entendemos como las representaciones a las que se refieren los nombres ficticios en el discurso metatextual según la teoría realista no uniforme de Walters que se presenta en la sección siguiente, la propuesta resultante es una extensión natural de la misma al discurso textual. El propio Walters rechaza los análisis uniformes por los siguientes motivos (comunicación personal): (i) es difícil creer que los autores se refieren a tales objetos; (ii) parece mejor pensar que en los usos textuales se llevan a cabo actos de fingir de dicto, no de re (Salmon 1998, 316), y (iii) necesitamos usos vacíos de todos modos, para dar cuenta de los enunciados negativos de existencia verdaderos (ver abajo).

Aunque no la abraza explícitamente, también es natural atribuir esta concepción a Manning (2014); pues argumenta que los nombres ficticios sí tienen referencia en los usos textuales, a algo muy parecido a las representaciones de Walters, entendidas como objetos creados socialmente. Las propuestas contextualistas de Predelli (1997), Recanati (2000, pp. 213-226), Reimer (2005) y Voltolini (2006) son análogas. El contexto en el que se pronuncia ‘La batalla ocurrió aquí’ podría requerir que evaluemos la afirmación no con respecto al lugar en el que se usa la expresión, sino con respecto a otro lugar proporcionado contextualmente, por ejemplo apuntando a un mapa. Según los autores mencionados, el contexto de los usos textuales y paratextuales de (1) nos lleva igualmente a evaluar su verdad no respecto del mundo real, sino de uno contrafáctico o imaginario, el mundo de la ficción. Predelli (1997) sólo considera ejemplos que involucran nombres reales, pero extiende la visión a casos que involucran nombres ficticios, argumentando que se refieren a ficta – existentes creados a partir de abstractos reales (Predelli, 2002). Martinich & Stroll (2007) defiende una concepción análoga de los usos textuales. A diferencia de las propuestas que acabamos de mencionar, ellos consideran que los nombres vacíos sí carecen de referencia, pero defienden que esto no impide que esos usos puedan ser verdaderos. Proponen para ello una concepción realizativa de los actos del autor, capaces de constituir hechos institucionales que hacen verdaderas sus afirmaciones.

Tiedke (2011) ofrece una propuesta análoga. No distingue entre usos textuales y paratextuales de (1), aunque parece tener en mente estos últimos, pues quiere asignar a las frases una semántica tal que sean literalmente verdaderas (en el caso de (1)) o falsas (si reemplazamos en ella ‘insecto’ por ‘rata’). Para ello, afirma que los nombres obtienen sus valores semánticos en relación con algo así como los bautismos de Kripke (1980). Sostiene también que, mientras que en los bautismos ordinarios se asignan referentes a los nombres, en los casos ficticios se asocian a un conjunto de propiedades; intuitivamente, las que se atribuyen en la ficción al personaje en cuestión. La predicación se toma como ambigua entre el sentido ordinario en el caso referencial, y otra en la que una frase simple es verdadera si la propiedad predicada se encuentra entre las del conjunto asignado como valor semántico al nombre en el correspondiente bautismo (op. cit., pp. 718-20). Esto me parece una variante notacional de las visiones realistas en las que los nombres ficticios se refieren uniformemente a entidades abstractas individuadas por las propiedades asignadas a los personajes en la ficción, como en los trabajos de Wolterstorff (1980) o Currie (1990). Al igual que Tiedke, estos puntos de vista realistas deben suponer una ambigüedad en la predicación, como explico enseguida.

Es debido a puntos de vista como estos que sólo describí los usos textuales cuando los introduje diciendo que “no son intuitivamente evaluables en función de si son verdaderos o falsos”; pues las teorías que acabamos de bosquejar sostienen que las oraciones declarativas en los usos textuales hacen aseveraciones, susceptibles de ser evaluadas como verdaderas o falsas, y que algunas – (1) – lo son. También soslayan el problema que las expresiones referenciales vacías plantean a la verdad intuitiva de los usos paratextuales de (1) y (2), de la manera que explican la verdad de (3): simplemente negando la suposición de que los nombres son vacíos. Sin embargo, cuando se trata de contar como verdaderos usos textuales y paratextuales, las cosas no son tan sencillas. La razón es que, mientras que las entidades que los realistas postulan ejemplifican las propiedades predicadas de ellas en usos metatextuales como (3), esto no es tan claro en esos otros casos; porque tales entidades no pueden ser fácilmente tomadas como el tipo de cosas capaces de despertarse o irse a dormir. Estas capacidades parecen requerir tener poderes causales (de los que parecen carecer los objetos abstractos, creados o platónicos), y por lo tanto existencia real (de la que carecen las meras posibilidades y los objetos meinongianos).

Los realistas afrontan este problema distinguiendo entre dos tipos de propiedades o dos tipos de predicación. En este último caso, a mi juicio la propuesta mejor desarrollada y explorada, el realista diría que la combinación sujeto-predicado en (1) no significa que el referente del sujeto-término realmente instancie la propiedad expresada por el predicado, sino simplemente que tal propiedad se le atribuye en alguna ficción. Como dije antes, en su marco no claramente realista, Tiedke (2011) propugna algo similar: una oración es verdadera si la propiedad predicada se encuentra entre las del conjunto asignado como valor semántico al nombre ficticio en el correspondiente bautismo, que consta de las propiedades atribuidas al personaje en la ficción. Esto suscita la cuestión, ¿cómo atribuyen las ficciones esas propiedades, dado que típicamente ni sus creadores ni sus audiencias tienen un conocimiento articulado del tipo de objeto propuesto por las teorías realistas, ni de los dos sentidos de predicación que estas teorías postulan? Esta era la primera objeción de Walters a las propuestas uniformes, mencionada arriba; en la siguiente sección presentaré como su propia propuesta ofrece una línea de respuesta plausible.

La obviedad intuitiva de los enunciados negativos de existencia que involucran nombres ficticios (‘Samsa no existe’) cuenta en contra de los puntos de vista realistas no meinongianos, como insiste Everett (2007, 2013, cap. 7). Walters (ms) señala que, por el contrario, es fácil ofrecer una explicación semántica de su verdad, asumiendo que los nombres son vacíos junto a una lógica libre de presupuestos existenciales adecuada. Los realistas no meinongianos suelen afrontar el problema postulando que en estos enunciados ‘existir’ tiene un significado más restringido, quizás ser concreto (Thomasson, 1999), o los nombres se usan metalingüísticamente, para decir algo como ‘‘Samsa’ no designa un humano’ (Thomasson, 2003).

Everett (2005, 2013, cap. 8) también ofrece un buen desarrollo de preocupaciones bien conocidas sobre la indeterminación de los objetos postulados por el realismo ficticio, haciéndose eco de la acusación de Quine (1948, p. 23): “¿Son el mismo hombre posible el posible hombre gordo en el umbral de esa puerta y el posible hombre calvo allí, o dos hombres posibles diferentes? ¿Cómo lo decidimos? ¿Cuántos hombres hay en ese umbral? ¿Hay más delgados que gordos? ¿Cuántos de ellos son iguales?” Everett (2013, cap. 7) y Sainsbury (2010, cap. 3 y 4) articulan problemas análogos para las alternativas meinongiana y posibilista. Bueno & Zalta (2017, pp. 761-4) argumentan de manera convincente que este es uno de los problemas más serios para las versiones contemporáneas del meinongianismo.

Cuando comenzamos considerando los usos metatextuales, damos en pensar que (1)-(3) incluyen de manera uniforme nombres con referencia, y hacen uniformemente aseveraciones. Comenzar considerando los usos textuales conduce por contra a una concepción uniformemente irrealista. Cuando la creadora de una obra de ficción utiliza frases declarativas como (1), o cuando utiliza frases de otro tipo, no suponemos intuitivamente que realiza los actos de habla que normalmente se realizan con tales oraciones en contextos normales. En tales casos, intuitivamente las oraciones se utilizan como lo hacen los actores en el escenario: al igual que no necesitan estar bebiendo whisky, sino que simplemente fingen beberlo, no las evaluamos invocando ninguna norma que aplicaríamos a usos que no fueran fingidos.

Ahora bien, si las aseveraciones aparentes son meramente fingidas, lo mismo podría aplicarse a los actos de referencia auxiliares aparentes; y de esta manera se abre una vía para dar cuenta de tales usos sin necesidad de proponer referentes reales para términos singulares ficticios. Walton (1990) ha proporcionado una explicación muy sofisticada y merecidamente influyente de los usos textuales en esa línea, que luego extiende para tratar tanto los usos paratextuales como los metatextuales; Everett (2013) ofrece una elaboración esclarecedora y muy precisa del programa de Walton. Mas como sucedía con la propuesta uniforme realista, la extensión del caso en que el enfoque irrealista resulta muy razonable – los usos textuales – no es muy convincente aquí, porque no parece haber fingimiento alguno en las aseveraciones paratextuales y metatextuales.

3. Explicaciones no uniformes

Intuitivamente, la mejor opción sería por tanto combinar el realismo ficticio para usos metatextuales, como en (3), con un análisis de los usos textuales de oraciones como (1) como fingimiento; esta es la sugerencia pluralista polisémica de Kripke (2013), en la que nombres ficticios como ‘Gregor Samsa’ tienen un uso fingido, en (1), y uno serio en (3). Sin embargo, además de la complejidad resultante (a la que objetan los autores que favorecen las explicaciones uniformes, cf. Maier (2017, p. 3)), los usos paratextuales – en particular, las atribuciones como (2) – ocupan un terreno intermedio problemático para este tratamiento ecuménico. Además, como Everett (2013, pp. 163-178) enfatiza, hay muchos casos mixtos como el de (4) a continuación, en que a lo que sea que ‘Gregor Samsa’ designe se le atribuyen propiedades tanto desde la perspectiva interna propia de los usos paratextuales, como también (en el comentario incrustado) desde un punto de vista externo, metatextual:

(4) Al comienzo de La metamorfosis, Gregor Samsa – un alter ego emocional de sí mismo creado por Kafka en su novela más conocida – se ve transformado en un gran insecto.

Everett toma este dato como una buena razón para extender la explicación del fingimiento a los usos paratextuales y metatextuales. Esto, sin embargo, no ofrece una explicación obvia de los enunciados de existencia negativos como ‘Samsa no existe’; y queda la impresión intuitiva de que (1) en los usos paratextuales, (2), (3) y (4) hacen aseveraciones verdaderas.

Walters (ms) ofrece una defensa convincente del pluralismo kripkeano para los nombres, combinada con una visión artefactualista de los referentes de algunos de esos nombres, desarrollando ideas también propuestas por Everett y Schroeder (2015). En contra del millianismo (la teoría según la cual el significado de los nombres propios se agota en sus referentes), Walters asume que los nombres vacíos son significativos, y extiende a los usos paratextuales un análisis Waltoniano de los usos textuales de (1) como fingimientos. Mas en contra de Walton (1990) y Everett (2013), Walters trata como aseveraciones usos como (2), en los que los nombres ficticios están, sin embargo, vacíos; asume para ello un análisis semántico no Milliano de las atribuciones de actitudes proposicionales, aunque concede a los teóricos del fingimiento que es el uso paratextual meramente fingido de (1) lo que fundamenta aseveraciones como (2), y los nombres vacíos en ellas. En los usos metatextuales, sin embargo, encontramos (según él) una forma no vacía del nombre vacío que ocurre en esos otros usos. En tales usos no vacíos, el nombre refiere a una representación: intuitivamente, la representación (creada) de Samsa que forma parte de la representación de los acontecimientos ficticios representados en La Metamorfosis de Kafka. Walters explica casos mixtos como (4) sugiriendo que involucran una forma de polisemia metonímicamente inducida, bien estudiada independientemente, como cuando aplicamos directamente ‘león’ a una representación de lo que, literalmente, no es un león, como por ejemplo una escultura de un león; porque también encontramos análogos casos mixtos en esos casos. Así, un escultor puede decir esto de una de sus creaciones:

(5) Ese león es la mejor escultura que he hecho este mes; es tan feroz como el que vimos ayer en el zoológico.

En trabajos anteriores he defendido un conjunto similar de ideas, asumiendo una ideología filosófica ligeramente diferente. Al igual que Walters, he sostenido que ningún análisis adecuado en términos de fingimientos puede ser felizmente combinado con puntos de vista millianos sobre la referencia singular, como quieren hacer Walton (1990) y Everett (2013). Esto no es sólo por las razones sugeridas por Walters; más fundamentalmente, necesitamos explicar cómo el contenido semántico de (1) contribuye a determinar el contenido que el creador de la ficción propone que los lectores imaginen o simulen creer (García-Carpintero,  2010a, pp. 286-7; 2018a, §4). Suponiendo mi versión de una teoría no milliana, descriptivista de los nombres y otras expresiones referenciales (García-Carpintero, 2000, 2018b), he defendido lo que considero una forma de irrealismo para el discurso metatextual: una versión de la teoría figuralista de la ficción de Yablo (2001), en la que el aparato semántico referencial (expresiones referenciales tales como nombres y deícticos, cuantificadores que generalizan las posiciones que ocupan, expresiones para la identidad) se utiliza metafóricamente en usos como (3), invocando la figura del habla llamada hipostatización (García-Carpintero, 2010b). Se trata de una metáfora “muerta” – una que ha pasado al significado convencional de la expresión, como ‘tragarse un cajero automático una tarjeta’ – por lo que, a diferencia de las propuestas de Walton y Everett, según este punto de vista las proferencias del discurso metatextual son aseveraciones literales, verdaderas o falsas.

Esto podría sugerir que el análisis es, después de todo, realista, comprometido con referentes de algún tipo para términos singulares en el discurso metatextual; pero no lo creo así. Se podría seguir a Brock (2002) y afirmar que el contenido literal que aparentemente implica el compromiso con entidades ficticias está en realidad en la línea de (2): uno sobre lo que es verdad según un fingimiento – el fingimiento de que alguna teoría realista es cierta. Mi línea preferida, sin embargo, sigue el reciente desarrollo de los puntos de vista de Yablo (2014), articulando la noción de que la verdad de las proferencias metatextuales que incluyen nombres ficticios y sus generalizaciones no nos comprometen realmente con la existencia de personajes ficticios; ya que esto es simplemente una suposición fingida y, cuando analizamos de qué tratan realmente (los hechos que confieren su verdad a las aseveraciones que hacemos con ellos), no encontramos los referentes a que parecen remitir. Encontramos en cambio las “ideas de personajes ficticios” de Everett & Schroeder (2015), o las representaciones de los mismos en las ficciones de Walters (ms). Mi análisis preferido tiene, por lo tanto, similitudes significativas con la teoría artefactualista de Walters. Interpretamos (2), (3), y (4) como haciendo aseveraciones genuinas, cuya verdad se basa en los fingimientos asociados a usos textuales y paratextuales de (1).

Hemos revisado en esta entrada propuestas recientes sobre los nombres usados en el discurso relativo a la ficción y sus posibles referentes. Hemos distinguidos tres tipos de discursos relativos a la ficción. Hemos examinado las propuestas uniformes, por un lado las teorías realistas que suponen que en los tres tipos de discurso se hacen aseveraciones, y se hace para ello referencia a objetos exóticos, y por otro las teorías irrealistas que sostienen que en esos discursos las oraciones declarativas, uniformemente, no hacen aseveraciones, sino que meramente se finge con ellas hacerlas, y se finge hacer referencia con los términos referenciales que contienen. Hemos concluido examinando algunas propuestas no-uniformes, intuitivamente más razonables, que sostienen uno u otro de esos puntos de vista para diferentes tipos de discurso fictivo.

Manuel García-Carpintero
(BIAP/LOGOS/Departament de Filosofia, Universitat de Barcelona)

Agradecimientos Agradezco sus comentarios a Marta Campdelacreu, Daniela Glavaničová, Ignacio Vicario y Lee Walters. El artículo es mi propia traducción de una parte de mi trabajo “State of the Art: Semantics of Fictional Terms”, Teorema 2020; agradezco a Luis Valdés el permiso para publicarlo.

Referencias

  • Alward, P. (2009): “Onstage Illocution”, Journal of Aesthetics and Art Criticism 67(3), pp. 321-331.
  • Alward, P. (2010): “Word-Sculpture, Speech Acts, and Fictionality”, Journal of Aesthetics and Art Criticism 68, pp. 389-399.
  • Bonomi, A. (2008): “Fictional Contexts”, en Bouquet P., L. Serafini y R. Thomason, eds., Perspectives on context, Stanford, CSLI Publications.
  • Brock, S. (2002): “Fictionalism about fictional characters”, Noûs 36(1), pp. 1-21.
  • Brock, S. y A. Everett (2015): Fictional Objects, Oxford, Oxford University Press.
  • Bueno, O. y E. Zalta (2017): “Object Theory and Modal Meinongianism”, Australasian Journal of Philosophy 95(4), pp. 761-778.
  • Currie, G. (1990): The Nature of Fiction. Cambridge, Cambridge University Press.
  • Everett, A. (2005): “Against Fictional Realism”, Journal of Philosophy, 102, pp. 624-49.
  • Everett, A. (2007): “Pretense, Existence, and Fictional Objects”, Philosophy and Phenomenological Research, 74, pp. 56-80.
  • Everett, A. (2013): The Nonexistent, Oxford, Oxford University Press.
  • Everett, A. y T. Schroeder (2015): “Ideas for Stories”, en Brock S. y A. Everett, eds., Fictional Objects, Oxford, Oxford University Press.
  • Friend, S. (2007): “Fictional Characters”, Philosophy Compass, 2(2), pp.141-156.
  • Friend, S. (2011): “The Great Beetle Debate: A Study in Imagining with Proper Names”, Philosophical Studies, 153, pp. 183-211.
  • Friend, S. (2012): “Fiction as a Genre”, Proceedings of the Aristotelian Society, 92, pp. 179-208.
  • Gale, R. M. (1971): “The Fictive Use of Language”, Philosophy, 46, pp. 324-339.
  • García-Carpintero, M. (2000): “A Presuppositional Account of Reference-Fixing”, Journal of Philosophy 97(3), pp. 109-147.
  • García-Carpintero, M. (2010a): “Fictional Singular Imaginings”, en R. Jeshion, ed., New Essays on Singular Thought, Oxford, Oxford University Press.
  • García-Carpintero, M. (2010b): “Fictional Entities, Theoretical Models and Figurative Truth”, en Frigg, R. y M. Hunter, eds., Beyond Mimesis and Convention – Representation in Art and Science, Springer.
  • García-Carpintero, M. (2016): Relatar lo ocurrido como invención, Madrid, Cátedra.
  • García-Carpintero, M. (2018a): “Co-Identification and Fictional Names”, Philosophy and Phenomenological Research, 101(1), pp. 3-34, https://doi.org/10.1111/phpr.12552
  • García-Carpintero, M. (2018b): “The Mill-Frege Theory of Proper Names”, Mind, 127(508), pp. 1107-1168.
  • García-Carpintero, M. (2019a): “Normative Fiction-Making and the World of the Fiction”, Journal of Aesthetics and Art Criticism.
  • García-Carpintero, M. (2019b): “Assertions in Fictions: An Indirect Speech Act Account”, Grazer Philosophische Studien.
  • Green, M. (2017): “Narrative Fiction as a Source of Knowledge”, en P. Olmos, ed., Narration as Argument, Cham, Springer.
  • Kripke, S. (1980): Naming and Necessity, Cambridge, Mass., Harvard University Press.
  • Kripke, S. (2013): Reference and Existence, Oxford, Oxford University Press.
  • Kroon, F. y A. Voltolini (2016): “Fiction”, en The Stanford Encyclopedia of Philosophy, E. N. Zalta, ed., disponible en https://plato.stanford.edu/archives/win2016/entries/fiction/ [Winter 2016 Edition] Edward N. Zalta (ed.), URL = https://plato.stanford.edu/archives/win2016/entries/fiction/.
  • Lewis, David (1978): “Truth in Fiction,” American Philosophical Quarterly 15, 37-46. Reprinted with postscripts in D. Lewis, Philosophical Papers, vol. 1, pp. 261-280, Oxford: Oxford University Press, 1983, from which I quote.
  • Ludlow, Peter (2006): “From Sherlock Holmes and Buffy to Klingon and Norrathian Platinum Pieces: Prfetence, Contextualism, and the Myth of Fiction”, Philosophical Issues 16, 162-183.
  • Maier, Emar (2017): “Fictional Names in Psychologistic Semantics”, Theoretical Linguistics 43(1-2), 1-45.
  • Manning, Luke (2014): “Real Representation of Fictional Objects”, Journal of Aesthetics and Art Criticism 72:1, 13-24.
  • Martinich, A. P., and Stroll, A. (2007): Much Ado about Nonexistence: Fiction and Reference, Lanham, Maryland: Rowman and Littlefield.
  • Ninan, Dilip (2017): “Names in Fiction”, Theoretical Linguistics 43(1-2), 61-70.
  • Predelli, Stefano (1997): “Talk about Fiction”, Erkenntnis 46, 69-77.
  • Predelli, Stefano (2002): “‘Holmes’ and Holmes – A Millian Analysis of Names from Fiction,” Dialectica 56(3), 261-279.
  • Priest, Graham (2011): “Creating Non-Existents”, in Franck Lihoreau (ed.), Truth in Fiction, Ontos Verlag, Frankfurt, 107-118.
  • Quine, W.V.O. (1948): “On What There Is,” Review of Metaphysics 2, 21-38. Reprinted in in his From a Logical Point of View, 2nd edition, revised, Cambridge, Mass.: Harvard University Press, pp. 1-19.
  • Recanati, François (2000): Oratio Obliqua, Oratio Recta, Cambridge: MIT Press.
  • Reimer, Marga (2005): “The ellipsis Account of Fiction-talk”, in R. Elugardo & R. Stainton (eds.), Ellipsis and Nonsentential Speech, Dordrecht: Springer, 203-215.
  • Sainsbury, Mark (2010): Fiction and Fictionalism, London: Routledge.
  • Salmon, Nathan (1998): “Nonexistence,” Noûs 32, pp. 277-319.
  • Sawyer, Sarah (2012): “Empty Names”, in G. Russell and D. Fara (eds.), The Routledge Companion to Philosophy of Language, New York: Routledge, 153-162.
  • Searle, John (1974-5): “The Logical Status of Fictional Discourse”, New Literary History, 6, 319-332; also in his Expression and Meaning, Cambridge: CUP, 1979, 58-75.
  • Thomasson, Amie L. (1999): Fiction and Metaphysics, Cambridge: Cambridge U.P.
  • Thomasson, Amie L. (2003): “Speaking of fictional characters”, Dialectica 57: 205-23.
  • Tiedke, Heidi (2011): “Proper Names and their Fictional Uses”, Australasian Journal of Philosophy, 89, 707-726.
  • van Inwagen, Peter (1977) “Creatures of Fiction”, American Philosophical Quarterly 14, 299-308.
  • Voltolini, Alberto (2006): “Fiction as a Base of Interpretation Contexts”, Synthese 153, 23-47.
  • Walters, Lee (ms): “Fictional Names”.
  • Walton, Kendall (1990): Mimesis and Make-Believe. Cambridge, Mass.: Harvard U.P.
  • Wolterstorff, Nicholas (1980): Works and Worlds of Art, Oxford: Clarendon Press.
  • Yablo, Stephen (2001): “Go Figure: A Path through Fictionalism”, Peter A. French & Howard K. Wettstein, Midwest Studies in Philosophy xxv, Oxford: Blackwell, 72-102.
  • Yablo, Stephen (2014): Aboutness, Princeton: Princeton University Press.
Cómo citar esta entrada

García-Carpintero, Manuel (2019): «Objetos ficticios y términos de ficción», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/objetos-ficticios-y-terminos-de-ficcion/).

Metaética

A diferencia de la ética normativa, que se pronuncia sobre lo que es bueno o sobre lo que debe hacerse, la metaética trata de asuntos de segundo orden, como la cuestión ontológica de si los valores morales forman parte de la estructura objetiva de la realidad, la cuestión semántica de cuál es el análisis adecuado del significado de los juicios morales y la cuestión epistemológica de si hay conocimiento moral y, de haberlo, qué naturaleza tiene.

1. Teorías metaéticas

Podemos diferenciar dos grandes clases de teorías en metaética: teorías realistas y teorías antirrealistas.

1.1. Teorías realistas

Los realistas responden a la cuestión ontológica que los valores morales forman parte de la estructura objetiva de la realidad, entendiendo por “objetivo” aquello que es independiente de la mente. Correlativamente, responden a la cuestión semántica que los juicios morales son descriptivos de esa realidad y por ello son evaluables como verdaderos o falsos. Además, en contraposición con la teoría del error, defienden que algunos de esos juicios son verdaderos. La respuesta que dan a la cuestión epistemológica es cognitivista: hay una suerte de conocimiento moral.

El realismo moral presenta dos grandes variedades, una no-naturalista y la otra naturalista.

1.1.1. Realismo no-naturalista

La filosofía moral analítica contemporánea tiene un hito fundacional en 1903 con la publicación de los Principia Ethica de G. E. Moore. Podemos ver muchas posiciones posteriores como reacciones a tres tesis de Moore: el realismo moral, el no-naturalismo y el intuicionismo.

Realismo. En la línea de Platón, Scheler o Hartmann, Moore sostiene que hay hechos morales objetivos, i. e., no dependientes de los agentes morales. El valor moral pertenece a los objetos independientemente de si son deseados o valorados por los sujetos.

No-naturalismo. Al igual que autores posteriores como David Ross (1930), Jonathan Dancy (1993) o Russ Shafer-Landau (2003), Moore defiende una variante no-naturalista del realismo. El no-naturalismo en ética es la tesis de que los valores morales no son idénticos o reducibles a ninguna propiedad que figura en las ciencias naturales o en la psicología, ni a ninguna propiedad metafísica o supernatural.

Moore piensa el naturalismo ético comete lo que llama la “falacia naturalista” de suponer que lo normativo puede ser derivado de lo meramente fáctico. Por el contrario, cree él, el concepto moral básico, el concepto bueno, es simple e indefinible. Para mostrarlo, emplea el famoso Argumento de la Cuestión Abierta. Consideremos cualquier definición propuesta de lo bueno de acuerdo con la cual lo bueno es idéntico a una cierta propiedad “natural” N –por ejemplo, lo placentero. Siempre tendrá sentido preguntar “X es placentero, ¿pero es bueno?” Es una cuestión abierta si X es bueno puesto que no es autocontradictorio afirmar que X es placentero pero no es bueno. Sin embargo, si lo bueno fuera idéntico a lo placentero, esa cuestión no tendría sentido. Sería como preguntar: X es placentero, ¿pero es placentero? En otros términos, es analítico que el placer es placentero, pero no lo es que el placer es bueno. El argumento, pensó Moore, se aplicaría también a cualquier propiedad sobrenatural.

Cognitivismo intuicionista. Moore mantiene una forma de cognitivismo de acuerdo con la cual los juicios morales son juicios descriptivos susceptibles de verdad o falsedad y alcanzamos juicios morales correctos a través de un contacto cognitivo con hechos independientemente constituidos. Pero vimos que Moore afirma que la bondad es una propiedad no-natural. Por tanto, es una propiedad con la que no podemos entrar en contacto a través de los métodos empíricos por los que conocemos verdades naturales. Su solución es que tenemos una intuición moral directa de esa propiedad, un conocimiento que no se alcanza por inferencia a partir de verdades no-morales, sino que descansa en nuestro reconocimiento del carácter evidente de ciertas proposiciones morales. El intuicionismo, como respuesta a la cuestión epistemológica de cómo podemos tener acceso a las propiedades morales, ya había sido defendido por Sidgwick ([1874] 1907) y fue elaborado por Ross, Ewing (1947), Prichard (2002) y Shafer-Landau (2003).

1.1.2. Realismo naturalista

Los partidarios del naturalismo moral comparten con Moore la aceptación del realismo con respecto a los valores. Pero el naturalismo, la posición de acuerdo con la cual todos los hechos son del tipo estudiado por las ciencias naturales o sociales, es una posición atractiva y una reacción a Moore ha sido admitir su tesis de que hay hechos y propiedades morales objetivos, pero sostener que son hechos y propiedades naturales cognoscibles mediante los métodos empíricos de la observación ordinaria y de la ciencia. Como Moore, los realistas naturalistas son cognitivistas, pero rechazan que el conocimiento moral se alcance a través de una misteriosa facultad de intuición. Así como no conocemos que el agua es H2O por intuición, el conocimiento de los hechos morales se obtendría de modo semejante al conocimiento de otros hechos naturales.

El naturalismo moral presenta dos grandes variedades. De acuerdo con la variedad no reduccionista propugnada por los realistas de Cornell -Richard Boyd (1988), David Brink (1989) y Nicholas Sturgeon (1988)-, las propiedades morales, aunque no son idénticas o reducibles a propiedades naturales, son constituidas por, supervienen sobre, o son múltiplemente realizables por, ellas. Así como el dolor no es necesariamente idéntico a la estimulación de las fibras C sino que es una propiedad funcional múltiplemente realizable por organismos con otro “hardware”, podemos decir que la propiedad de ser bueno no es idéntica, por ejemplo, a la de ser placentero, sino que es múltiplemente realizable por diversas propiedades naturales.

A la contra, los reduccionistas piensan que las propiedades morales son idénticas o reducibles a propiedades naturales no morales. Peter Railton (1986, 2003), como otros miembros de la escuela de Cornell, se declara reduccionista. Una variedad del reduccionismo moral es el naturalismo analítico, que busca una reducción a priori. Su desacuerdo principal con los realistas de Cornell y con Railton es que los naturalistas analíticos sostienen que los predicados y las oraciones morales pueden analizarse en términos de condiciones necesarias y suficientes. El funcionalismo moral de Frank Jackson (1988) es la forma más influyente del naturalismo analítico. Parte de las obviedades contenidas en la “moralidad folk madura” y, a la manera del funcionalismo en filosofía de la mente, las agrupa en cláusulas de input, como “Si un acto es un asesinato, es normalmente incorrecto”, cláusulas de rol internas, como “Las personas valientes tienden a hacer lo que es correcto”, y cláusulas de output, como “Las propiedades que hacen de algo correcto son aquellas hacia las que típicamente tenemos una proactitud”. De acuerdo con el funcionalismo moral, los conceptos morales son fijados por su lugar en la red de esas cláusulas. Puesto que pretende dar un análisis reductivo, Jackson se sirve de un procedimiento à la Ramsey-Lewis, por el que los predicados morales se reemplazan con variables en una gran oración cuantificada existencialmente. Así, una acción es correcta cuando tiene la propiedad que desempeña el “rol correcto” especificado en la correspondiente oración de Ramsey.

¿Pero no ha quedado desacreditado el naturalismo por el Argumento de la Cuestión Abierta? Sturgeon ha señalado que una reducción al nivel de las extensiones de los términos morales no entraña una reducción al nivel de sus intensiones. Consecuentemente, algunos naturalistas enfatizan que el argumento de Moore no daña a un “naturalismo sintético”. El argumento presupone que lo bueno no puede ser idéntico a ninguna propiedad P, a no ser que el enunciado de que P es bueno sea analítico. Pero esta asunción se derrumbaría si nos acogemos a la posición de los filósofos contemporáneos que rechazan la identificación de lo necesario con lo analítico. Según Kripke y Putnam, ciertas propiedades naturales son necesariamente idénticas, aunque los enunciados de identidad correspondientes no son analíticos sino sintéticos a posteriori. Así, necesariamente el agua sería H2O, aunque el enunciado “El agua es H2O” no es analítico, sino que ha sido establecido por investigación científica. Paralelamente, algunos realistas de Cornell han insistido en que podría suceder que lo bueno fuera idéntico, por ejemplo, a lo placentero, aunque el enunciado de identidad correspondiente fuera sintético. Esa salida no es incontestable, pero no podemos demorarnos en las réplicas, la más importante de las cuales es el experimento mental de la Tierra Gemela Moral ideado por Terry Horgan y Mark Timmons (1992).

Una queja que se hecho a cualquier posición factualista es que, a diferencia del no-cognitivismo, no da cuenta de la relación entre los juicios morales y la razón práctica, del hecho de que los juicios morales son guías de la acción, proporcionan razones para actuar de cierta manera (cf. Smith, 1994). Una objeción similar descansa en el llamado “internismo motivacional”, de acuerdo con el cual los juicios morales son intrínsecamente motivantes. Pero si los juicios morales pretenden informar sobre la ejemplificación de propiedades factuales, sean naturales o no naturales, ¿cómo podrían poner necesariamente en operación la voluntad? Esta posición ha sido rechazada por los externistas, que consideran que la conexión entre los juicios morales y la motivación es contingente; se da sólo en virtud de los deseos de los agentes.

1.2. Teorías antirrealistas

Todas las teorías morales antirrealistas dan respuestas negativas a las cuestiones ontológica y epistemológica que hemos introducido: los valores no forman parte de la estructura objetiva de la realidad y no hay conocimiento moral. Pero con respecto a la cuestión semántica, podemos distinguir dos formas diferenciadas de irrealismo, el no-cognitivismo, que responde que los juicios morales no son juicios descriptivos susceptibles de verdad o falsedad, y la teoría del error, que responde que sí que son juicios descriptivos, pero todos son falsos.

1.2.1. No-cognitivismo

El no-cognitivismo es una posición que desciende de Hume. En su forma más simple, es la conjunción de tres tesis acerca de los juicios morales: la tesis psicológica de que no expresan creencias sino actitudes no-cognitivas, actitudes conativas, como sentimientos, recomendaciones o prescripciones; la tesis semántica de que no son descriptivos y por ello no son evaluables en la dimensión de la verdad o falsedad; pero si no hay verdad no puede haber conocimiento; y así tenemos la tesis epistemológica de que no cabe hablar de que son objeto de conocimiento moral.

1.2.1.1. Emotivismo

La versión inicial del no-cognitivismo fue el emotivismo, propuesto por Rudolf Carnap (1935), Alfred J. Ayer ([1936] 1946) y Charles Stevenson (1944), de acuerdo con los cuales los juicios morales no son descripciones de una realidad objetiva, no tienen significado cognitivo, sino que son manifestaciones de sentimientos o actitudes de aprobación o desaprobación. Axel Hägerström fue el primer formulador de esta posición. La caracterizó como “nihilismo sobre los valores” y muchos han considerado que en general el no-cognitivismo moral implica el rechazo del valor intrínseco. Pero esto es un error. El no-cognitivista no niega que haya valores lo que niega es que éstos sean independientes de los sujetos que hacen valoraciones.

La posición emotivista no puede ser tan ingenua como para quedarse en la tesis de que los juicios morales simplemente expresan emociones o actitudes favorables o desfavorables. Como ya había visto Sidgwick, ello excluiría la posibilidad de desacuerdos morales. Si mi juicio “Sartre era moralmente despreciable” y tu juicio “Sartre no era moralmente despreciable” fuesen sólo expresiones de emociones, habríamos meramente dado rienda suelta, yo a una actitud desfavorable, y tú a una favorable, hacia Sartre. Nuestro desacuerdo no sería un asunto de creencias contradictorias, sino un conflicto de actitudes. La posición emotivista debe ser más sofisticada. Stevenson, en especial, insistió en que hacer un juicio moral es expresar una actitud con la intención de influir en las actitudes o acciones de otras personas. En los casos de desacuerdo moral cada parte intenta alterar las actitudes de la otra.

Con todo, esta salida no es satisfactoria: las personas no sólo están en desacuerdo en sus actitudes y tratan de hacer que otros las compartan, afirman que sus actitudes son correctas y las de quienes no las comparten son incorrectas. Los juicios morales exigen ser apoyados por razones: si alguien dice que X es incorrecto y no puede dar razón de por qué, debe retirar su juicio. Ayer busca una escapatoria alegando que el desacuerdo sólo es posible cuando las disputas morales comportan premisas fácticas, pero que el desacuerdo sobre juicios de valor no puede ser objeto de razonamiento.

1.2.1.2. Prescriptivismo universal

Una posición posterior se centra en el uso directivo o prescriptivo de los juicios morales. De acuerdo con el prescriptivismo universal propuesto por R.M. Hare (1952), los juicios morales son prescripciones o mandatos acerca de cómo debemos actuar. Las prescripciones morales se asemejan a las órdenes o imperativos. Ahora bien, a diferencia de otros imperativos, las prescripciones morales deben ser universalizables y prevalentes. Son universalizables en el sentido de que si se hace un juicio moral acerca de un caso particular, se debe hacer el mismo juicio sobre cualesquiera casos similares en todos los aspectos relevantes. Decir que son preponderantes (overriding) significa que una persona que hace juicios morales considera que las prescripciones expresadas por ellos prevalecen sobre cualesquiera consideraciones no morales.

En respuesta a la posición de Ayer acerca de los límites del razonamiento moral, Hare dice que los juicios morales, en cuanto que deben ser universalizables, están sometidos al requisito de la consistencia: debemos hacer evaluaciones similares sobre casos similares. En Freedom and Reason (1963) considera el caso de un nazi que afirma que es su deber moral matar judíos. Para ser consistente, el nazi debe sostener que los demás deberían matarlo a él si fuese judío. Supongamos que le mostráramos que, sin que lo supiera, él y su familia son judíos. Si es consistente, debe universalizar su afirmación y decir “De acuerdo, envíenme mí y a mi familia a Buchenwald”. Hare considera que pocas personas pueden ser nazis consistentes.

Una objeción posible a Hare es que no da razones para creer que las opiniones morales del nazi son abominables, sólo que es difícil ser un nazi consistente. Admite que un nazi fanático, que subscribe un ideal impersonal, podría ser consistente si odia tanto a los judíos que quiere que sus propios principios morales se puedan aplicar en contra de sus propios intereses y de los de aquellos a quienes ama. Esa admisión de Hare plantea la cuestión de si ese odio es racional y es claro que no lo es. Pero Hare responde: la cuestión de la racionalidad de su odio depende de numerosas creencias falsas. Un nazi podría ser consistente si quiere aplicar sus principios contra sus intereses, pero no podría a la vez ser consistente y estar adecuadamente informado sobre asuntos de hecho relevantes para sus opiniones morales.

1.2.1.3. Expresivismo

Los no-cognitivistas deben afrontar el problema de dar una explicación no-realista de por qué parece plausible que los juicios morales no expresan emociones o formulan prescripciones, sino creencias verdaderas o falsas. En la década de 1980, Simon Blackburn (1993) y Alan Gibbard (1990) iniciarion la versión del no-cognitivismo actualmente dominante, el expresivismo. Más recientemente, el programa expresivista ha sido elaborado por Horgan Timmons (2006) y por Mark Schroeder (2010).

Blackburn caracteriza su cuasi-realismo como la empresa de explicar y justificar, sobre una base expresivista, la naturaleza aparentemente realista de nuestro discurso moral. La idea central es que podemos ver nuestro pensamiento y discurso morales como fundamentalmente un asunto de nuestra expresión de nuestras actitudes afectivas o compromisos, que dan lugar a un pensamiento y discurso legítimos acerca de las correspondientes propiedades, verdades, hechos, etc. Blackburn hace dos movimientos en apoyo de su posición.

Uno es el deflacionismo: nuestro discurso acerca de propiedades, verdades, hechos, etc., es barato: una vez que se afirma sinceramente “Mentir es incorrecto”, no se incurre en compromisos adicionales si se añade “Mentir tiene la propiedad de ser incorrecto”, “Es verdad que mentir es incorrecto”, etc. Así, la tesis semántica que incluimos en la caracterización inicial del no-cognitivismo puede modificarse: si se admite una teoría deflacionaria de la verdad, es admisible decir que los juicios morales son deflacionariamente verdaderos o falsos.

La otra maniobra es el proyectivismo, la tesis humeana de que las propiedades evaluativas son proyecciones de nuestros sentimientos. Supongamos que un sujeto asalta a un viandante, lo apuñala y huye con su cartera. Un observador puede formarse ciertas creencias que le provocan una emoción, como la desaprobación. Entonces “proyecta” esa emoción sobre su experiencia del mundo y juzga que la acción es impermisible. Pero la impermisibilidad no es algo que percibe en el sentido en que percibe la secuencia de sucesos. Con palabras de Hume ([1751] 1983, p. 88), es una “nueva creación” resultante de la capacidad que tiene la mente de “dorar y teñir todos los objetos naturales con los colores que toma prestados del sentimiento interno”.

Gibbard propone un expresivismo normativo, de acuerdo con el cual los juicios morales expresan nuestra aceptación de normas. Gibbard los entiende como afirmaciones acerca de la racionalidad (o adecuación) de sentimientos de culpabilidad o de enojo. Lo que hace una persona es moralmente incorrecto si es racional que él se sienta culpable por haberlo hecho y que otros se sientan enojados o resentidos porque lo haya hecho. Defiende un análisis expresivista de la racionalidad. Decir que es racional es expresar nuestra aceptación de las normas que lo permiten.

1.2.2. La teoría del error de J. L. Mackie

Mackie (1977) defendió una forma de irrealismo moral que no es no-cognitivista. Llama a su posición subjetivismo moral, porque, de acuerdo con ella, los valores no son objetivos, no forman parte de “la fábrica del mundo”. Kant trazó la distinción entre dos tipos de juicios que contienen “debes”, imperativos hipotéticos e imperativos categóricos. Un imperativo categórico, como “Si eres un agente moral, debes tratar a las personas como fines, no como medios”, expresa una obligación incondicionada, en el sentido de que no depende de la satisfacción de deseos o propósitos contingentes de los agentes. Kant sostuvo que los juicios morales son imperativos categóricos. Mackie llama también a su posición escepticismo moral porque niega que haya hechos que sean objetiva y categóricamente prescriptivos.

Más específicamente, Mackie caracteriza su propia posición como una “teoría del error”. Como los no-cognitivistas, no es moralmente realista. Pero, a diferencia de ellos, piensa que los juicios morales expresan creencias, pretenden enunciar hechos y son evaluables en la dimensión de la verdad o la falsedad. Para que fuesen verdaderos se requeriría que hubiera hechos objetiva y categóricamente prescriptivos que los respaldasen, hechos que fueran “intrínsecamente prescriptivos”, en el sentido de que la aprehensión de una propiedad moral por un agente sería suficiente para motivarlo a actuar (internismo). Pero, dado que no hay tales hechos, ningún juicio moral puede ser verdadero. La teoría del error es, en ética, la contrapartida del ateísmo en religión. Es implausible ser no-cognitivista con respecto a la aserción del teísta “Dios existe”. El teísta que la profiere expresa una creencia que pretende ser verdadera. Para el ateo, en cambio, esa aserción comporta una presuposición errónea y por tanto no puede ser verdadera. Paralelamente, para el teórico del error, la aserción “Robar es incorrecto” expresa una creencia que pretende ser verdadera. Para que lo fuera debería corresponder a un hecho objetiva y prescriptivamente categórico. Pero no puede haberlo y por ello es falsa. En general, el discurso moral está infectado de error.

Una posición así entra en conflicto con el sentido común y requiere un fundamento sólido. Mackie ofrece dos argumentos al respecto:

1. el argumento de la relatividad; es un argumento muy común a favor del subjetivismo y aludiremos a él brevemente después.

2. el argumento que parte de lo que llama “rareza” (queerness).

Centrémonos en el segundo. El argumento basado en la rareza tiene dos partes:

i. Desde el punto de vista metafísico, si hubiera valores objetivos tendrían que ser entidades muy extrañas, “totalmente diferentes de las cosas, propiedades y relaciones de cualquier otra cosa del universo”. Uno de los aspectos dudosos de la posición de Moore es que postula la existencia de propiedades metafísicamente anómalas que caen fuera del orden causal.

ii. Desde el punto de vista epistemológico, para acceder a esas extrañas propiedades necesitaríamos “alguna facultad especial de percepción o intuición moral, enteramente diferente de nuestros modos ordinarios de conocer cualquier cosa”. Mackie considera que el objetivismo consecuente es inseparable del intuicionismo. Pero la noción de intuición moral es obscurantista.

2. Monismo, pluralismo, incomensurabilidad y relativismo morales

Vayamos a otro asunto. ¿Hay un único valor intrínseco o último, o hay una pluralidad de valores diferentes irreducibles?

2.1. Monismo

De acuerdo con los monistas, hay un solo valor intrínseco dominante al que pueden reducirse cualesquiera otros potenciales valores. Para los hedonistas, como Epicuro, Bentham, Mill, el primer Meinong, von Ehrenfels, Sidgwick, Lewis, Smart y otros, sólo las experiencias placenteras son intrínsecamente buenas. Los utilitaristas generalmente sostienen que la maximización del bienestar, o del placer o de la felicidad es el único valor intrínseco y que el resto de los valores –la amistad, el conocimiento, etc.– son sólo instrumentales, valiosos en cuanto que contribuyen al bienestar o al placer. Los antihedonistas sugieren criterios alternativos de valor intrínseco: la comunión con Dios (Agustín, Tomas de Aquino), el conocimiento (Spinoza), la autorrealización (Bradley) o el poder (Nietzsche).

2.2. Pluralismo

Los pluralistas, como Platón, Scheler, Hartmann, Perry y Moore, sostienen que hay diversos valores intrínsecos: ciertos estados de conciencia; las relaciones personales, como la amistad o las relaciones familiares; la excelencia intelectual, artística o moral; el conocimiento; y la vida humana misma. William Frankena ha dado la lista más exhaustiva. Autores recientes pluralistas son Sir Isaiah Berlin (1969), Bernard Williams (1981), Charles Taylor (1982), David Wiggins (1998) y Michael Stocker (1990).

Hay que tener en cuenta que muchos consecuencialistas niegan que todos los valores puedan ser reducidos a uno solo, como el placer o la satisfacción de los deseos, de modo que defienden una teoría pluralista. Como consecuencialista, Moore consideró que el concepto de bondad intrínseca es el más fundamental de la ética, y que lo correcto y lo obligatorio pueden ser definidos en términos de él. Sin embargo, de acuerdo con su utilitarismo ideal, hay diferentes clases de cosas, además del placer, que son intrínsecamente buenas, como el conocimiento, las relaciones personales o la belleza.

Famosamente, Bentham (1780) afirmó que, prejuicios aparte, el juego de los alfileres es de igual valor que las artes de la música y la poesía si proporciona el mismo placer. Por contra, Mill sostuvo que hay placeres superiores e inferiores, lo que permite decir que ninguna cantidad de un placer inferior puede sobrepasar alguna cantidad de placer superior. Como lo expresa, es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho. Ello comporta que unos y otros placeres son medidos en diferentes escalas. En general, habría discontinuidades en la medida del valor, en la adición de valores. El fenómeno de las discontinuidades la nuestra ordenación de los valores parece apoyar el pluralismo: si los placeres superiores superan a los inferiores, no pueden ser del mismo tipo, pues si lo fueran, no habría razón por la que los inferiores no pudieran aventajar a los superiores.

Un argumento que se ha presentado a favor del pluralismo se basa en su pretendida superioridad para dar cuenta del fenómeno de la lamentación racional. Bernard Williams y Stocker han señalado que puede ser racional lamentar el resultado de una elección moral correcta: quedan “residuos”. Sartre cuenta que un joven le planteó un dilema existencial: ¿debía ir a Inglaterra para unirse a las Fuerzas de la Francia Libre o permanecer al lado de su madre viuda, de que la que era el único sustento y solaz? Sea cual fuere la opción que tomara, ciertos valores quedarían irrealizados. Incluso cuando se ha hecho la elección correcta, la opción rechazada puede ser lamentada razonablemente, y así la elección comporta un genuino conflicto de valores. Esto no sería posible si las comparadas en términos de un único supervalor.

2.3. Incomensurabilidad y relativismo morales

El caso más agudo de discontinuidad en evaluación moral es la incomensurabilidad o incomparabilidad –cuando dos valores no pueden ser ordenados en absoluto. ¿Es Tolstoy mejor artista que Verdi? ¿Es Verdi mejor artista que Tolstoy? ¿Son igualmente buenos? Si ninguna de estas tres situaciones se da, tenemos un ejemplo de incomparabilidad en calidad artística.

Algunos pensadores, como Isaiah Berlin, aceptan la incomensurabilidad como un rasgo inevitable de la textura de nuestra situación moral. Berlin defiende un pluralismo de valores que pueden entrar en conflicto y, cuando lo hacen, no puede decirse a priori que uno es siempre más importante que otro. La libertad puede entrar en conflicto con la igualdad o con el orden público; el compromiso social y moral con la prosecución desinteresada de la verdad o de la belleza; el conocimiento con la felicidad; etc. Berlin sostuvo que los valores pueden ser incomensurables en el sentido de que no hay una “moneda común”, un principio rector, como el principio de utilidad.

Aristóteles pensó, por el contrario, que las virtudes no pueden entrar en conflicto, de modo que, por ejemplo, la valentía nunca exige realizar un acto injusto. La tesis de la unidad de los valores ha sido recientemente defendida por Ronald Dworkin (2011), que ha sostenido que la libertad no puede entrar en conflicto con la igualdad. No es cierto, por ejemplo, que la existencia de impuestos siempre sea una invasión de la libertad. Lo será sólo si el sistema de impuestos es injusto, si no trata a todos con la misma consideración y respeto.

Berlin ha sido acusado de que su pluralismo lleva al relativismo. Pero hay que tener en cuenta que el pluralismo es compatible con la tesis de que hay valores absolutos y un modo de definir el relativismo es decir que comporta un subjetivismo o irracionalismo, posiciones que Berlin no subscribe. El relativismo metaético puede ser caracterizado como la posición de acuerdo con la cual la verdad o la justificación de los juicios morales son siempre relativas a situaciones particulares. No hay valores universalmente válidos. Por ejemplo, la libertad puede ser un valor en un lugar y en un tiempo, pero no en otros. En esto, el pluralismo de Berlin también se opone al relativismo. Para él, algunos valores son intrínsecamente buenos y universalmente válidos –incluso si esa validez universal no es reconocida. Berlin observó que, por ejemplo, la libertad históricamente ha sido defendida como un ideal sólo por una minoría; sin embargo, sostuvo que es un valor genuino para todos los seres humanos, dado el modo en que están constituidos.

Un argumento de los relativistas en contra del universalismo u objetivismo moral parte de una premisa antropológica descriptiva: la disonancia entre códigos morales; hay diversidad e incluso incompatibilidad entre diversos códigos morales, ya sea entre sociedades diferentes o en el interior de una sociedad plural compleja. Wong (1984) y Harman (1996) han defendido el relativismo metaético basándose en esas disonancias y en la tesis de que es imposible que los desacuerdos morales fundamentales puedan siempre resolverse racionalmente. Mackie, que emplea el argumento antropológico, reconoce que el desacuerdo no implica la inexistencia de valores objetivos. Los desacuerdos sobre cuestiones de biología o de astrofísica no comportan que no haya materia objetiva acerca de esas cuestiones. Pero apunta que el realismo acerca de una disciplina requiere que sus disputas sean resolubles en principio y, mientras que la mayoría de las disputas en ciencia parecen resolubles, muchas disputas morales no lo parecen. Los desacuerdos morales no son el resultado de una falta o insuficiencia de pruebas, sino que surgen de la adherencia a, y participación en, formas de vida diferentes.

Otro argumento que se utiliza en favor del relativismo es el que apela a la tolerancia: debemos ser respetuosos con los puntos de vista morales de otras personas; sin embargo, el universalismo moral, se alega, implica que muchos de esos puntos de vista son erróneos y no son merecedores de respeto o tolerancia.

Los universalistas han dado diversas réplicas a los relativistas. Una respuesta es la teoría del observador ideal, de acuerdo con la cual personas “ideal o plenamente racionales” no tendrían desacuerdos morales. Un observador ideal es caracterizado como totalmente informado, desinteresado, desapasionado, consistente y normal en otros aspectos. Hay versiones de esta teoría en Hume, en Adam Smith, en Richard Brandt y en Roderick Firth.

Otra posible réplica es que no son los códigos los que son universales, sino ciertos principios generales básicos que son reconocidos, al menos implícitamente, por todas las sociedades; por ejemplo, el principio de universalizabilidad.

Finalmente, pocos filósofos toman en serio el argumento de la tolerancia. So pena de hacer de la tolerancia un valor absoluto, el relativista no puede pretender que la tolerancia sea obligatoria o permisible porque está obligado a decir que el enunciado “Debemos ser tolerantes” puede ser válido en una sociedad e inválido en otra, pero no que es absolutamente válido en cualquier sociedad. Algunos universalistas añadirían que sólo el universalismo puede establecer que en algunos casos debemos ser tolerantes con aquellos con los que estamos en desacuerdo, por ejemplo, extrayendo argumentos de la tradición liberal de Locke y de Mill.

Alfonso García Suárez
(Universidad de Oviedo)

Referencias

  • Ayer, A. J. ([1936] 1946): Language, Truth and Logic, Routledge and Kegan Paul.
  • Bentham, J. ([1780] 2009): “An Introduction to the Principles of Morals and Legislation”, en The Works of Jeremy Bentham, Dover.
  • Berlin, I. (1969): Four Essays on Liberty, Oxford University Press.
  • Blackburn, S. (1993): Essays in Quasi-Realism, Oxford University Press.
  • Boyd, R. (1988): “How to Be a Moral Realist”, en Sayre-McCord, G., ed., Essays on Moral Realism, Cornell University Press.
  • Brink, D. (1989): Moral Realism and the Foundations of Ethics, Cambridge University Press.
  • Carnap, R. (1935): Philosophy and Logical Syntax, Kegan Paul.
  • Dancy, J. (1993): Moral Reasons, Blackwell.
  • Dworkin, R. (2011): Justice for Hedgehogs, Harvard University Press.
  • Ewing, A. C. (1947): The Definition of Good, Routledge.
  • Frankena, W. (1937): Ethics, Prentice-Hall.
  • Gibbard, A. (1990): Wise Choices, Apt Feelings, Harvard University Press.
  • Hare, R. M. (1952): The Language of Morals, Clarendon Press.
  • —— (1963): Freedom and Reason, Clarendon Press.
  • Harman, G. (1996): “Moral Relativism”, en Harman G. y J.J. Thomson, eds., Moral Relativism and Moral Objectivity, Blackwell.
  • Horgan, T. y M. Timmons (1992): “Troubles for New Wave Moral Semantics: The ‘Open Question Argument’ Revived”, Philosophical Papers, 21, pp. 153-175.
  • —— (2006): “Cognitivist Expressivism”, en Horgan y Timmons, eds., Metaethics after Moore, Oxford University Press.
  • Hume, D. ([1739-1740] 1975): A Treatise on Human Nature, Clarendon Press.
  • Jackson, F. (1998): From Metaphysics to Ethics, Clarendon Press.
  • Mackie, J. L. (1977): Ethics: Inventing Right and Wrong, Penguin.
  • Mill, J. S. (1863): “Utilitarianism”, en The Collected Works of John Stuart Mill, Routledge and Kegan Paul, 1963-1991.
  • Miller, A. (2003): Contemporary Metaethics: An Introduction, Polity Press.
  • Moore, G. E. (1903): Principia Ethica, Cambridge University Press.
  • Prichard, H. A. (2002): Moral Writings, Clarendon Press.
  • Railton, P. (1986): “Moral Realism”, Philosophical Review, 95, pp. 163-207.
  • —— (2003): Facts, Values and Norms, Cambridge University Press.
  • Ross, D. (1930): The Right and the Good, Clarendon Press.
  • Sayre-McCord, G., ed., (1988): Essays on Moral Realism, Cornell University Press.
  • Schroeder, M. (2010): Noncognitivism in Ethics, Routledge.
  • Shafer-Landau, R. (2003): Moral Realism: A Defense, Oxford University Press.
  • Sidgwick, H. ([1874] 1907): The Methods of Ethics, Macmillan.
  • Smith, M. (1994): The Moral Problem, Wiley-Blackwell.
  • Stevenson, C. L. (1944): Ethics and Language, Yale University Press.
  • Stocker, M. (1990): Plural and Conflicting Values, Clarendon Press.
  • Sturgeon, N. (1988): “Moral Explanations”, en Sayre-McCord, G. ed., Essays on Moral Realism, Cornell University Press.
  • Taylor, C. (1982): “The Diversity of Goods”, en Williams, B. y A. Sen, eds., Utilitarianism and Beyond, Cambridge University Press.
  • Wiggins, D. (1998): Needs, Values, Truth, Oxford University Press.
  • Williams, B. (1981): Moral Luck, Cambridge University Press.
  • Wong, D. B. (1984): Moral Relativity, University of California Press.
Cómo citar esta entrada

García, A. (2019). «Metaética». Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. (URL: http://www.sefaweb.es/metaetica/)

Estructura

1. La estructura como problema filosófico

Sin lugar a dudas, una de las distinciones metafísicas mas intuitivas es la que se da entre objetos simples y complejos. Parece una verdad de perogrullo decir que algunas cosas están compuestas de otras. Desafortunadamente, desde el punto de vista metafísico no todas las entidades complejas guardan la misma relación con sus componentes. Por ejemplo, Michael Morris escribe:

[Es] crucial notar que las oraciones no son solo listas de palabras. Compara una oración con una lista:

(i) Sócrates es mordaz;
(i*) Sócrates, ser, mordacidad.

La diferencia básica entre la oración (i) y la lista (i*) es que (i) está completa de una manera que (i*) no lo es. Podríamos haber parado (i*) después de ‘ser’ y todavía tendríamos una lista; podríamos haber agregado cualquier palabra después de ‘waspishness’ y todavía tendríamos una lista. Pero si nos hubiéramos detenido (i) en cualquier lugar antes de su final, no habríamos tenido algo que ordinariamente se contara como una oración completa… Y no podemos agregar cualquier palabra después de ‘waspish’ y quedarnos todavía con una oración. (Michael Morris, 2007, p. 16, traducción mía)

En un primer acercamiento, podemos distinguir entre dos tipos generales de objetos complejos, aquellos que se relacionan con sus componentes como lo hacen las listas y aquellos que se relacionan con sus componentes como lo hacen los enunciados con sus palabras. Esta primera aproximación nos servirá para distinguir entre lo que, como es convencional, llamaré “sistemas” y, a falta de un mejor nombre, llamaré “complejos amorfos” (precisamente porque, como veremos, no requieren de la postulación de una estructura).

Los sistemas, como un todo completo, no parecen ser la mera suma de sus componentes, sino que tienen cierta unidad (Russell, 1937). A diferencia de las pluralidades, los sistemas pueden estar completos o incompletos. Si les quitamos, añadimos o sustituimos algún componente, el resultado puede dejar de ser un sistema (o por lo menos, un sistema del mismo tipo ontológico). Como señala Morris en la cita anterior, por ejemplo, basta cambiar una sola palabra para que un enunciado deje de serlo. Esta característica de los sistemas suele explicarse apelando a su estructura, entendida ésta como un esquema, una especie de esqueleto cuyos espacios deben de llenarse con los elementos de los que estará compuesto el sistema; en donde cada espacio puede ser llenado por un tipo de objetos, pero no por otros. Solo si todos los espacios del esquema se llenan o son ocupados por objetos del tipo correcto, el sistema está bien formado y por ello, existe. Esto explica porque, a diferencia de las meras pluralidades de objetos, a los sistemas les puede faltar o sobrar algo, pueden estar completos o incompletos.

Además, los sistemas poseen propiedades que no pueden reducirse a las propiedades de sus componentes. En los conjuntos, por ejemplo, el conjunto es distinto de la mera suma de sus miembros y por eso, hay conjuntos vacíos y el conjunto de un solo miembro es un objeto distinto a su único miembro. Pero al mismo tiempo, y a diferencia de otros sistemas, los conjuntos son extensionales, es decir si el conjunto A tiene los mismos miembros que B, A y B son el mismo conjunto. Por eso, se dice que los conjuntos tienen una estructura mínima (Lewis, 1991). En contraste, para muchos otros tipos de sistemas, pueden haber dos sistemas genuinamente distintos que estén, sin embargo, compuestos de los mismos componentes. Pensemos por ejemplo en dos enunciados compuestos de las mismas palabras pero en diferente orden, como “María y Juan ya no soportan a Marcos” y “Marcos y María ya no soportan a Marcos”, en diferentes secuencias de los mismos números, como 534782 y 582473, o dos bandas musicales distintas formadas por los mismos músicos, etc. Para dar cuenta de la falta de extensionalidad de este tipo de sistemas, también se suele apelar a las estructuras, entendidas como diferentes maneras en las que los objetos complejos se componen. Así pues, se puede explicar que dos objetos complejos sean distintos aunque tengan las mismas partes, si estas partes están armadas de manera distinta. “María y Juan ya no soportan a Marcos” y “Marcos y María ya no soportan a Juan” son enunciados distintos, por ejemplo, no porque tengan componentes distintos, sino porque dichos componentes componen el enunciado de manera distinta. En otras palabras, porque los enunciados están estructurados a partir de estos mismos componentes de manera distinta.

En resumen, en la metafísica contemporánea, solemos apelar a estructuras para dar cuenta de dos características fundamentales de los sistemas:

1. Su unidad, es decir, ¿qué distingue a un sistema de la mera suma desordenada de componentes?
2. Su no-extensionalidad, es decir, ¿por qué puede haber sistemas distintos con los mismos componentes?

Aun así siguen en pie las preguntas fundamentales; ¿qué son estas entidades que llamamos estructuras (esquemas o maneras de composición de un objeto complejo), qué son esos espacios que se llenan o ocupan y cómo se relacionan con las partes que los ocupan y con el todo que emerge. El objetivo de este artículo es pasar revista a las propuestas de respuesta a estas preguntas mas prometedoras en la metafísica actual.

2. Teorías metafísicas de la estructura

Podemos clasificar las teorías de la estructura en tres grandes tipos dependiendo de si conciben a la estructura como:
1. algo que emerge al ensamblarse las partes como piezas de un rompecabezas,
2. una parte sui-generis del todo,
3. o algo que se le es atribuido a los sistemas desde fuera.
Las estrategias de tipo 1 son especialmente atractivas porque buscan ubicar la estructura dentro de los propios componentes. Piensen en el complejo formado por tornillo y tuerca. Cuando se ensamblan adecuadamente, no es necesario ningún tercer elemento estructural, sino que es la misma naturaleza de cada una de las partes por separado la que permite que se ensamblen de esa manera y no de otra. Sin embargo, como veremos a mas detalle, si bien esta propuesta permite explicar qué distingue a un sistema de una mera lista, no permite explicar cómo es posible que diferentes sistemas estén formados por los mismos componentes.

Las estrategias de tipo 2 suelen ser despachadas rápidamente por dar pie a un vicioso regreso al infinito (Bradley, 1893). Supongamos que efectivamente el complejo tiene dos tipos de partes: la estructura y los componentes. Entonces la estructura nos dice como se componen los componentes, qué lugar ocupan cada uno, por así decirlo; pero, entonces, ¿cómo se componen los componentes con esta otra parte, la estructura? Parece que sería necesaria otra estructura, lo que da pie a un regreso al infinito.

Las estrategias de estos dos primeros tipos sueles ser consideradas realistas porque consideran que hay algo real en el sistema que le da unidad (y no-extensionalidad, si es el caso). Mientras que las estrategias del tercer tipo suelen ser consideradas idealistas, pues sostienen que dicha unidad (y no-extensionalidad) les es, mas bien, adscrita desde fuera, ya sea a través de un acto intensional o uno social. A estas estrategias externalistas de explicación de la estructura se les suele criticar por dos razones principalmente: primero, porque invierten el orden intuitivo de explicación y, segundo, por no responder realmente la pregunta, al no explicar cómo es que el resultado del tipo de acto relevante tiene unidad o es no-extensional.

Evaluar si estas criticas están justificadas, sin embargo, es difícil sin entrar a detalle en cada tipo de propuestas. Ése es el objetivo de las siguientes secciones, donde trataré de poner en relieve no sólo las ventajas teóricas de cada una de ellas sino también la manera que han tratado de dar respuesta a los problemas antes mencionados.

2.1. La concepción intrínseca de la estructura

En esta sección veremos los intentos de mostrar que para explicar la unidad y no-extensionalidad de los sistemas, no es necesario postular ningún nuevo tipo de entidad, sino que basta apelar a algo en los componentes mismos. Llamaré a este tipo de soluciones “internalistas” porque, en general, sostienen que para que un sistema exista basta que: (i) existan sus componentes y (ii) estos componentes sean del tipo ontológico adecuado, donde ser del tipo que son es una propiedad, en algún sentido, interna pues no depende, como en las propuestas analizadas en la sección anterior, de qué papel ocupan en ningún sistema.

Tal vez el intento más conocido en esta dirección se deba a Frege y su introducción de la distinción entre objetos y conceptos para explicar la naturaleza metafísica de las proposiciones; y aunque esta propuesta ha evolucionado mucho desde los tiempos del lógico alemán, la idea básica sigue siendo la misma: Objetos y conceptos (pero sólo objetos y conceptos) se combinan libremente para dar pie a proposiciones. Así por ejemplo, dado que yo y el concepto de ser pelirrojo existen ambos, y uno es un objeto con cabello y el otro es un concepto del tipo que se aplica a personas con cabello (y no solamente a mí, sino a cualquier persona con cabello), entonces el mero hecho de que ambos existimos (y que seamos del tipo de objeto y concepto que somos) son suficientes para que también exista la proposición de que yo sea pelirrojo. Esto se debe a que los conceptos, en tanto conceptos, tienen en sí mismos la capacidad de formar proposiciones. Ser el concepto ‘ser pelirrojo’, por ejemplo, es ser el tipo de cosa que se aplica a las personas con cabello para formar proposiciones que dicen de dichas personas que son pelirrojas. No es necesario apelar a ningún elemento extra que las una. La estrategia se generaliza fácilmente a cualquier otro tipo de sistema. En cualquier caso, toda suma (y sólo las sumas) de elementos del tipo ontológico adecuado daría lugar a un sistema.

Desafortunadamente, aun si le concedemos al internalismo su solución al problema de la unidad, ningún análisis internalista conocido ha logrado dar cuenta de la no-extensionalidad de los sistemas (Dorr, 2004; Ostertag, 2013; Barceló, 2019). Recordemos que en los sistemas no-extensionales, es posible que haya dos sistemas con los mismos componentes. Pero si la estructura del sistema emerge de la mera existencia de sus componentes, entonces sistemas con los mismos componentes no podrían sino tener la misma estructura y, por lo tanto, la estructura no podría dar cuenta de su diferencia. Para dar cuenta de la estructura de los sistemas no-extesionales, en consecuencia, es necesario otro mecanismo que explique su no-extensionalidad.

2.2. Como parte sui-generis

Como mencioné, es común que a las teorías que conciben a las estructuras como partes sui-generis se les despache rápidamente por dar pie a regresos al infinito. Así presentan este problema García-Carpintero y Jespersen:

… el problema del regreso al infinito[es el siguiente]: ¿cuál es la naturaleza del [sistema]? Suponiendo que [los objetos a y b] son sus constituyentes, el [sistema] no puede consistir meramente en ellos; porque (asumiendo por conveniencia que el [sistema] es contingente) a y [b] podrían existir sin que [el sistema] exista. Para que [el sistema] exista, a debe [estar adecuadamente relacionado con b]. Pero agregar a los constituyentes [una estructura, es decir, una tercera entidad que una a los componentes en un todo] no sirve de nada; pues, de nuevo, a, [b] y la [estructura] podría existir sin que el [sistema] relevante exista… y así hemos desatado lo que parece ser un vicioso regreso al infinito de una familia de [estructuras]. (García-Carpintero y Jespersen, 2018, p. 2,  traducción mía)

¿Hay alguna salida para quién quiera defender que efectivamente hay algo así como una estructura que al mismo tiempo pertenece al objeto complejo (de tal manera que le sea interna, como una parte mas) pero ni sea un componente más (ni pertenezca a ningún componente) ni el producto de un acto intelectual o social? Autores como Priest (2014), Hurtado (1998), Dummet (1981), entre otros, han tratado de defender que sí. La tesis básica de este tipo de propuestas es que no existe un sólo sentido en el que decimos que algo es parte de otra cosa (como han insistido recientemente Yablo (2015), Keller (2013), Tillman y Fowler (2012), Armstrong (2004) entre otros), por lo que no hay nada paradójico en decir que la estructura es parte del sistema en un sentido distinto en el que lo son el resto de los componentes. Propuestas recientes de Barceló (2019), Prasada, Khemlani, Leslie y Glucksberg (2013), Maurin (2010), Wieland, J. W. y Betti, A. (2008), Mertz (1996), entre otros, han sugerido que la diferencia central es que mientras que un componente puede estar vinculado de manera extrínsica a un sistema, la estructura no puede ser sino específica al sistema. En otras palabras, mientras que un mismo componente puede formar parte de diferentes sistemas, cada sistema tiene su propia estructura. En consecuencia, las estructuras no pueden ser universales comunes, es decir, no pueden estar contenidas por completo en diferentes particulares, sino que deben ser del tipo de entidades que sólo existen en un sólo particular, como las propiedades particulares (también conocidas como “modos” o “tropos”) (Maurin, 2010) o los universales específicos a sus instancias (Wieland y Betti, 2008; Mertz, 1996).

Según este tipo de propuestas, la estructura no es algo que pueda añadirse o quitarse a un sistema, sino que es algo que sólo existe en el sistema, es decir, le es inseparable. Así como hay un sentido en el que hay objetos de, digamos, el mismo color, pero también podemos hablar del color propio de cada objeto, así también hay un sentido en el que hay sistemas con la misma estructura, y otro sentido en el que cada sistema tiene su propia estructura. Son las estructuras en este segundo sentido – las estructuras propias de casa sistema – las que son responsables de su unidad y no-extensionalidad. De esta manera, sistemas con los mismos componentes pueden ser distintos si tienen diferente estructura, porque ésta no es uno de sus componentes.

2.3. La concepción extrínseca de la estructura

A partir del trabajo de Kant (Hylton, 1984), podemos hablar de una tercera manera de pensar la estructura de los sistemas, según la cual los sistemas no tienen unidad en sí mismos, sino en tanto cumplen una función dentro de un acto, proceso o práctica humana. Por ejemplo, lo que hace que once personas corriendo en un campo sean un equipo de futbol, en vez de sólo once personas corriendo en un campo no es nada interno a ellos, sino el contexto en lo que lo hacen: con el objetivo de jugar futbol, en coordinación con otro equipo adversario y, muchas veces, dentro de sistemas humanos de reglas, torneos, público, etc. En diferentes circunstancias, las mismas once personas, haciendo lo mismo, podrían no ser ningún equipo de futbol o ser otro equipo de futbol distinto.

Esta estrategia externalista ha ganado un nuevo auge recientemente gracias al trabajo de King (2014), Soames (2015) y Gaskin (2008) sobre proposiciones, y se le suele criticar por invertir el orden intuitivo de explicación. Habitualmente, asumimos que la estructura de los sistemas explica su funcionamiento, no al revés, como lo propone el externalismo. Y finalmente, porque no parecen realmente explicar la unidad ni la no-extensionalidad de los sistemas, sino solo mover el problema a otro nivel ontológico. Como ilustración, pensemos en artefactos como una computadora. Según el externalismo, lo que hace que el montón de resistencias, chips, botones, LCD, etc. que está frente de mí sea una computadora es el hecho de que puedo hacer con ella lo que hacemos comúnmente con las computadoras, a saber: escribir esto, escuchar música, mandar correos electrónicos, etc. Sin embargo, esta respuesta va en contra de nuestras intuiciones ordinarias por lo menos en dos puntos: Primero, porque pensamos que lo que hace que esto que está en frente de mí sea una computadora es algo que descansa sobre propiedades objetivas que ella tiene (y, sobre todo, sobre propiedades objetivas de sus componentes) independientemente de que la usemos o no e independientemente de que existan seres humanos con intereses de cómputo o no. En segundo lugar, porque es natural pensar que podemos usar este tipo de objetos para hacer este tipo de cosas porque son computadoras, y no al revés, como sostiene el externalista. Si necesitara explicar cómo es que puedo estar escribiendo esto en este momento, probablemente lo haría apelando a las capacidades y al funcionamiento de los componentes de mi computadora; diría algo sobre cómo funciona el hardware, cómo interactúa con el software, etc. Es decir, apelaría a sus componentes y a cómo están estructurados, es decir, a cosas internas a la computadora, no externas.

Desde la perspectiva externalista, sin embargo, esta crítica no es en lo mínimo convincente, sino mas bien falaz. Criticar una propuesta externalista precisamente por ser externalista está cometiendo una petición de principio. Parte de la propuesta del externalista es precisamente señalar que nuestras intuiciones sobre qué explica a qué y dónde se encuentra la estructura de un sistema están equivocadas. Por supuesto que parte de la razón por la cual la computadora puede hacer lo que puede hacer deriva de las propiedades físicas de sus componentes y de leyes objetivas de la naturaleza, y el externalista no lo niega. Lo que niega es que ello sea lo que haga que dicho objeto sea una computadora. El ser una computadora, argumenta el externalista, es algo que unifica todas estas capacidades en un solo sistema. Esto no es algo que se pueda reducir a las leyes de la naturaleza o a las capacidades y propiedades físicas de sus componentes por separado. Es algo que emerge sólo en tanto la computadora conforma un sistema unificado y, para dar cuenta de esto, es necesario apelar a algo así como el uso que le damos sus usuarios.

A este tipo de estrategias suele criticárseles que no responden realmente la pregunta, sino sólo la mueven a otro ámbito al no explicar porqué el resultado del tipo de acto relevante es algo mas que la suma de sus componentes. Así lo expresa Morris:

¿Esto realmente resuelve el problema? Creo que el problema solo se transfirió a otro lado. Una unidad es creada por una acción de la mente … pero la naturaleza de la unidad que se crea se deja misteriosa. ¿Qué hace exactamente la mente para [unir un componente con otro]? ¿Cómo crea esto una unidad? En el mejor de los casos, parece que la unidad [así creada] se explica en términos de la unidad de algo en la mente… Pero queda misterioso en qué sentido [esto en la mente] es una unidad, y no solo una colección de ideas. (Morris, 2007, p. 17, traducción mía)

En otras palabras, para los críticos del externalismo, este tipo de propuestas a lo más puede explicar como transferimos unidad de nuestra mente y nuestras prácticas a los sistemas con los que interactuamos, pero por lo mismo no puede servir como una teoría general de las estructuras.

3. Conclusiones

La mayoría de las entidades complejas que nos interesan a los filósofos – comunidades, grupos sociales, proposiciones, hechos, conjuntos, sistemas físicos, etc. – no sólo tienen partes componentes, sino que también parecen tener algo extra que les da unidad y, muchas veces, explica porque su identidad no está completamente determinada por la identidad de sus componentes, sino que depende también de cómo está compuesta. A este algo extra se le suele conocer como “estructura”. En esta entrada hemos pasado revista de tres tipos generales de teorías de la estructura: las que sostienen que la unidad de los sistemas emerge de propiedades internas de sus componentes, las que sostienen que la estructura forma parte del todo en un sentido distinto al de los componentes y las que conciben a la estructura como algo que le es atribuido a los sistemas complejos desde afuera, por decirlo así. Vimos que si bien el primer tipo de propuestas son capaces de dar cuenta de la unidad de los sistemas, no han podido explicar su no-extensionalidad. Las propuestas del segundo tipo, por su parte, pueden caer fácilmente en viciosos regresos al infinito, los cuales podemos evitar si concebimos a la estructura como un elemento específico al sistema al que le da unidad. Finalmente, vimos que también es posible dar cuenta de la unidad de los sistemas complejos apelando a actos y prácticas estructurantes, y mostramos que aunque contra-intuitivas, este tercer tipo de estrategias tienen tanto ventajas como limitaciones explicativas. Al final, no estoy seguro de que podamos identificar un tipo de propuesta claramente vencedora. Todas enfrentan problemas importantes y en todas han surgido versiones sofisticadas que los han enfrentado de maneras elegantes y sugerentes.

Axel Barceló
(Universidad Nacional Autónoma de México)

Agradecimientos El presente texto fue elaborado gracias al apoyo del proyecto PAPIIT IA400414  «Anti-realismo modal». Agradezco mucho los comentarios y sugerencias de Daniel Drucker, Gary Ostertag, Graham Priest, Alessandro Torza y mis alumnos de la UNAM.

Referencias

  • Armstrong, D. M. (2004): “How Do Particulars Stand to Universals?”, en Zimmerman, D., ed., Oxford Studies in Metaphysics, 1, Oxford, Oxford University Press.
  • Barceló, A. (2019): Sobre el Análisis, UNAM, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Bradley, F. H. (1893): Appearance and Reality, Oxford University Press.
  • Dorr, C. (2004): “Non Symmetric Relations”, en Zimmerman, D., ed., Oxford Studies in Metaphysics, 1, Oxford, Oxford University Press.
  • Dummett, M. (1981): Frege: Philosophy of Language, 2ª ed., Gerald Duckworth.
  • García-Carpintero, M. y B. Jespersen (2018): “Introduction: Primitivism versus Reductionism about the Problem of the Unity of the Proposition”, Synthese, pp. 1-16.
  • Gaskin, R. (2008): The Unity of the Proposition, Oxford University Press.
  • Hurtado, G. (1998): Proposiciones Russellianas, UNAM, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
  • Hylton, P. (1984): “The Nature of the Proposition and the Revolt against Idealism”, en Rorty R., J.B. Schneewind y Q. Skinner, eds., History: Essays in the Historiography of Philosophy.
  • Keller, L. (2013): “Constituents and Constituency: The Metaphysics of Propositional Constituency”, Canadian Journal of Philosophy 43(5-6), pp. 655-678.
  • King, J. C. (2014): “Naturalized Propositions”, en Soames, S. y J. Speaks, eds., New Thinking About Propositions, Oxford University Press.
  • Lewis, D. (1991): Parts of Classes, Cambridge, Blackwell.
  • Maurin, A. S. (2010): “Trope Theory and the Bradley Regress”, Synthese 175, pp. 311-326.
  • Mertz, D. W. (1996): Moderate Realism and Its Logic, Yale University Press.
  • Morris, M. (2007): An Introduction to the Philosophy of Language, Cambridge Univeristy Press.
  • Ostertag, G. (2013): “Two Aspects of Propositional Unity”, Canadian Journal of Philosophy 43(5-6), pp. 518-533.
  • Prasada, S., S. Khemlani, S.J. Leslie y S. Glucksberg (2013): “Conceptual Distinctions amongst Generics”, Cognition 126 (3), pp. 405-422.
  • Russell, B. (1937): Principles of Mathematics, Cambridge University Press.
  • Soames, S. (2015): Rethinking Language, Mind, and Meaning, Princeton University Press.
  • Tillman, C. y F. Gregory (2012): “Propositions and Parthood: The Universe and Antisymmetry”, Australasian Journal of Philosophy 90, pp. 525-539.
  • Wieland, J. W. y A. Betti (2008): “Relata-Specific Relations – A Response to Vallicella”, Dialectica 62(4), pp. 509-524.
  • Yablo, S. (2015): “Parts and Differences”, Philosophical Studies 173(1), pp.141-157.
Cómo citar esta entrada

Barceló, Axel (2018) «Estructura», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/estructura/).