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Pronombres

1. Introducción

Los pronombres (palabras como «yo», «ella», «esto» o «eso») presentan diversos rasgos que los convierten en expresiones de relevancia para la filosofía del lenguaje contemporánea. El presente artículo tiene como objeto analizar sus dos roles semánticos primordiales – el deíctico y el anafórico – y las principales propuestas que se han esbozado para dar cuenta de los mismos, así como mencionar algunas de las repercusiones de esta disputa sobre otros debates filosóficos.

2. Las semántica de los pronombres: las funciones anafórica exofórica

Una de las principales particularidades de los pronombres es su capacidad para ejercer dos roles semánticos claramente diferenciados. Por un lado, pueden ser usados para hablar de objetos o individuos contextualmente destacados, como en la oración siguiente:

(1) Ella es alta (dicho señalando a alguien).

Por otro lado, su valor semántico también puede depender de otros elementos de la oración, como en los siguientes ejemplos (donde dos elementos cualesquiera comparten subíndice cuando dependen semánticamente el uno del otro, en un sentido que aclaramos en la siguiente sección):

(2) [Cada uno de los estudiantes]i dijo que era éli quien había obtenido la mayor nota.

(3) Laurai dijo que ellai había vuelto a casa temprano.

(4) Todo granjero que tiene [un burro]i lei pega.

Su interpretación, en resumidas cuentas, puede depender o bien del contexto extralingüístico (función deíctica exofórica) o bien del lingüístico (función anafórica). Aunque existe cierta tendencia a considerar ambos roles como dos caras de la misma moneda, especialmente en el caso de las teorías que modelan los pronombres como variables, lo cierto es cada uno de estos usos ha generado su propia batería de rompecabezas filosóficos específicos. Pasemos, pues, a repasar algunos de los problemas centrales asociados a cada una de estas funciones.

2.1 La función exofórica: ¿fregeanismo o referencia directa?

Como acabamos de mencionar, un pronombre es usado exofóricamente si se emplea para hablar acerca de alguna entidad externa al discurso. El principal debate acerca de esta función versa sobre si los pronombres pueden ser usados para hablar directamente acerca de entidades (referencia directa) o si su contribución proposicional es algún tipo de contenido descriptivo que sirve para individuar a la entidad bajo discusión (fregeanismo). Consideremos, como ejemplo ilustrativo, una emisión de (1) acompañada de un gesto ostensivo hacia Isabel II. Valiéndonos de la concepción russelliana de las proposiciones como entidades estructuradas, podemos afirmar que la proposición expresada en este ejemplo sería, de acuerdo con los partidarios de la referencia directa, la que podemos representar como el par ordenado de (1a), que contiene al individuo referido como constituyente:

(1a) <Isabel II, ser alta>

Los fregeanos (Frege 1918), por su lado, sostendrían que la contribución del demostrativo vendría dada por un contenido descriptivo similar al representado en (1b):

(1b) <La mujer señalada, ser alta>

La teoría usualmente asumida como estándar es la referencia directa, prefigurada ya en la obra de Bertrand Russell (1911, 1948) y popularizada sobre todo a partir del trabajo de David Kaplan (1989a, 1989b). No obstante, las teorías fregeanas, que postulan que la contribución proposicional de un pronombre es alguna clase de contenido descriptivo, disponen de una importante ventaja inicial sobre sus competidoras. De acuerdo con la teoría de referencia directa, (1) expresa, en el contexto descrito, la misma proposición que una emisión de «Isabel II es alta». Ahora bien, las proposiciones suelen ser consideradas como el contenido de una oración: aquello aseverado por ella, lo que se aprende al comprenderla, el pensamiento que expresa. Y aquí radica la ya mencionada ventaja del descriptivismo: estas teorías son capaces de explicar la aparente diferencia de valor cognitivo entre dos enunciados como los siguientes:

(5a) Yo reiné tras la primera guerra carlista.

(5b) Isabel II reinó tras la primera guerra carlista.

Estos enunciados parecen expresar pensamientos muy distintos: si Isabel II quedara amnésica y acudiera a una lección de historia, podría llegar a aprender (5b) sin por ello tener que aceptar el pensamiento que expresaría mediante (5a). En este sentido, parece erróneo sostener, tal como lo harían los partidarios de la referencia directa, que ambos expresan el mismo contenido. Ejemplos como este, junto a otros casos análogos (Lewis 1979, Perry 1979), parecen indicar que la contribución proposicional de «yo» no es un mero individuo, sino más bien un modo de presentación del mismo, tal como postulan las aproximaciones fregeanas.

A pesar de este primer mérito, la idea de que la contribución proposicional de los pronombres es su contenido descriptivo ha sido sometida a críticas de gran calibre. Una teoría fregeana genérica señalaría como tautológico el siguiente enunciado (Kaplan 1989a):

(6) Él es el hombre señalado.

Dado que (6) parece estar expresando algo enteramente contingente, dicho enunciado no debería, en principio, contar con el estatus de tautología o de verdad analítica. Otro punto donde las teorías fregeanas flaquean es en la interacción entre pronombres y expresiones modales. Desde un punto de vista lingüístico, las proposiciones resultan interesantes porque son el objeto sobre el que operan los verbos de discurso indirecto como «creer» o «decir» o los adverbios modales como «quizá» o «necesariamente». Y, dado el estatus tautológico de (6), el fregeano se ve obligado a sostener que un enunciado como (6a), intuitivamente falso, expresa una verdad:

(6a) Necesariamente, él es el hombre señalado.

Este problema puede verse más claramente si consideramos los pronombres de primera persona. Una palabra como «yo»posee un contenido descriptivo que, a grandes rasgos y de forma muy simplificada, podemos representar como sigue:

(7) El emisor de esta proferencia.

Aunque un contenido como el representado en (7) pueda servir para modelar el significado de pronombres como el que aparece en (5a), donde el emisor asevera algo creído por él mismo, no podemos decir lo mismo de (8a), donde el pronombre aparece en discurso indirecto:

(8a) Sancho cree que fui yo quien envenenó los pastos.

Si tratamos (7) como el contenido del pronombre en cuestión, lo que obtenemos es la proposición en (8b), muy distinta de lo que (8a) parece estar expresando (entiéndase el significado de «creer» como una relación entre individuos y proposiciones):

(8b) <creer, Sancho, <el emisor de la proferencia, envenenar los pastos>>

Lo que esto muestra es que, de acuerdo con la teoría fregeana, la verdad de (8a) requiere que Sancho crea que hay alguien emitiendo proferencias y que dicha persona envenenó los pastos. Esta predicción es errónea, puesto que dicho enunciado puede ser verdadero sin necesidad de que Sancho sostenga creencia alguna acerca de proferencias o emisores: todo lo que la verdad de (8a) necesita es que Sancho crea, acerca de un determinado individuo, que envenenó los pastos, independientemente de otros rasgos contingentes del mismo. En este sentido, las teorías de la referencia directa parecen mejor encaminadas.

El contraste entre (5a) y (5b) sigue planteando, no obstante, cierta problemática para los partidarios de la referencia directa, y la respuesta estándar que estos teóricos suelen ofrecer consiste en relegar el valor cognitivo de un enunciado (lo que de él se aprende) a nivel de lo que Kaplan (1989a) llamó carácter. El carácter de una expresión es una regla semántica que determina su referente en cada contexto: dada una determinada situación de uso, el carácter de «yo»determina que dicha expresión tome como referente al emisor de la misma, mientras que el de «tú» hace lo propio con el receptor. A su vez, sin embargo, son estos individuos, y no el carácter, los que constituyen el contenido o contribución proposicional de los pronombres en cuestión, tal como requiere la teoría de la referencia directa. La idea de Kaplan (1989a, §XVIII), reafirmada entre otros por John Perry (1977), consistió en rechazar que el valor cognitivo de un enunciado estuviese ligado a su contenido proposicional; en su lugar, lo relegó al nivel de esa regla, el carácter, que determina su referente en cada contexto. De este modo, lograba explicar la diferencia entre (5a) y (5b) al tiempo que hacía justicia a la idea de que las expresiones modales como las que aparecen en (6a) u (8a), que toman como argumento el contenido proposicional, son incapaces de operar sobre la parte descriptiva del pronombre (Kaplan 1989a, §XX). Cabe mencionar, sin embargo, que el propio Kaplan rechazó más adelante la idea de que el carácter pudiera constituir el valor cognitivo de un enunciado (Kaplan 2012: 175). 

La solución kaplaniana ha sido criticada por diversas razones. Una crítica común es que esta propuesta rompe con el principio, tradicional desde la obra de Frege (1892), según la cual las proposiciones representan el pensamiento expresado por un enunciado; se quiebra, parafraseando a Philippe Schlenker (2003: 35), la unidad entre la contribución proposicional de una expresión y su valor cognitivo. Esto puede resultar problemático si tenemos en cuenta que una de las razones por las que se postuló una entidad teórica como las proposiciones fue, precisamente, para modelar creencias.

Las teorías fregeanas contemporáneas suelen postular que los verbos de discurso indirecto y otras expresiones modales sí que son capaces de actuar sobre el carácter de los pronombres (cf. Santorio 2012), rechazando así la idea central de Kaplan. A su vez, otras teorías que también podemos calificar de neofregeanas han tratado de recuperar la idea de que una única entidad puede ejercer a la vez los dos roles arriba mencionados –contribución proposicional y valor cognitivo– sin por ello tener que renunciar a la idea central de las teorías de la referencia directa según la cual las proposiciones expresadas por los enunciados con pronombres versan sobre individuos. Este es el caso de las teorías reflexivas (del inglés «token-reflexive», de difícil traducción), que postulan que la contribución de los pronombres al contenido proposicional es doble: tanto un individuo como un contenido descriptivo similar al representado en (7) (García-Carpintero 1998, Perry 1998, Corazza 2002, Korta y Perry 2011, de Ponte et al. 2020). Este último, sin embargo, no forma parte de la proposición principal expresada, y tampoco ocurre a nivel preproposicional como en la teoría kaplaniana, sino que tiene lugar en una proposición distinta que se comunica aparte, y que por ende permanece fuera del alcance de las expresiones modales que aparecen en la proposición principal. Por último, también hay teorías de corte fregeano que, complementando la noción de sentido con nociones epistemológicas relativas a la capacidad para seguir el rastro de un objeto, logran abordar los problemas planteados por Kaplan y Perry (cfr. Evans 1977).

2.2 La función anafórica: variables, asnos y pereza

La discusión sobre la función deíctica de los pronombres está filosóficamente muy cargada, dado que depende en gran medida de intuiciones y, además, se inmiscuye de pleno en cuestiones que trascienden el territorio estricto de la filosofía del lenguaje, pues son propias de la epistemología y la filosofía de la mente. La función anafórica ha suscitado un menor interés por parte de filósofos y, en cambio, ha sido profusamente tratada por lingüistas. Pese a ello, la discusión sobre la naturaleza de las relaciones anafóricas se halla estrechamente entrelazada con cuestiones que sí han recibido atención por parte de los filósofos del lenguaje y de la lógica, como la noción de variable, el funcionamiento de las descripciones definidas o la propia teoría de la referencia. En concreto, se han distinguido al menos tres clases de pronombres anafóricos (Geach 1962; Evans 1977a, 1980): los que funcionan como variables ligadas, los llamados pronombres de pereza y los que aparecen en las anáforas denominadas del burro y de discurso. Ya hemos proporcionado un ejemplo de cada uno de ellos:

(2) [Cada uno de los estudiantes]i dijo que era éli quien había obtenido la mayor nota.

(3) Laurai dijo que ellai había vuelto a casa temprano.

(4) Todo granjero que tiene [un burro]i lei pega.

Veamos en más detalle cada uno de estos tipos de anáfora.

2.2.1 El modelo de la variable ligada y su alcance: ¿son los pronombres de pereza realmente necesarios?

Tal como muestra (2), un pronombre como «él» es capaz de alternar usos referenciales con lecturas donde funciona de forma análoga a una variable ligada. Esta dualidad ha llevado a la mayoría de autores a asumir que los pronombres son, sencillamente, el equivalente en lenguaje natural de las variables de primer orden (Quine 1960: 134-137, Geach 1962, Kaplan 1989b, Heim y Kratzer 1998, Heim 2008, Kratzer 2009, Nowak 2019; véase también Frege 1903). De este modo, la relación que existiría entre (2) y (2a) sería equivalente a la que se da entre (2b), donde la variable aparece ligada, y(2c), donde permanece libre (entiéndase «decir» como una relación entre individuos y proposiciones, como la que representa «D»):

(2a) Él había obtenido la mejor nota

(2b) ∀x (Ex → D(x, Nx))

(2c) Nx

La anáfora en (3), en cambio, ha sido tradicionalmente analizada como un caso distinto al de la variable ligada, dado que el antecedente del pronombre no es un cuantificador capaz de ligarlo, sino un nombre propio. Por este motivo, lo habitual es tratar dicho pronombre como si fuera un simple suplente de su antecedente, es decir, una abreviatura empleada para evitar repetir dicha palabra –de ahí que las expresiones de esta clase fueran bautizadas como pronombres de pereza (Geach 1962)–. Y el análisis de este tipo de anáfora es el más sencillo de todos, pues basta con sustituir el pronombre por su antecedente:

(3a) Laurai dijo que Laurai había vuelto a casa temprano.

Este análisis tradicional ha sido aplicado a otros ejemplos donde el antecedente del pronombre no es un cuantificador sino un término singular, como un demostrativo complejo o, de acuerdo con algunos análisis (Strawson 1950), una descripción definida:

(9) [Aquel hombre]1 cree que alguien loi persigue ⟹ [Aquel hombre]i cree que alguien persigue [a aquel hombre]i

(10) [El rey de Francia]i cree que los jacobinos pretenden destronarloi ⟹ [El rey de Francia]i cree que los jacobinos pretenden destronar [al rey de Francia]i

Dicho análisis resulta inadecuado cuando el antecedente es un cuantificador. Claramente, (2d) no significa lo mismo que (2):

(2d) [Cada uno de los estudiantes]i dijo que era [cada uno de los estudiantes]i quien había obtenido la mayor nota.

Ahora bien, este modelo ha sido cuestionado recientemente. La razón es que los pronombres en (3), (9) y (10) son analizables como un mero caso de deixis, y parece por tanto innecesario postular un mecanismo adicional como la anáfora de pereza. Al contrario, basta con tratarlos como una variable libre cuyo referente es fijado contextualmente (Heim y Kratzer 1998: 240). Esta forma de entenderlos dispone además de una ventaja sobre su competidor, y es que, en ocasiones, entender dichos pronombres como variables es ineludible. Consideremos el siguiente ejemplo:

(11) Sánchez cree que todos votaron por él, y Casado también.

Una sucesión de oraciones como la de (11) da lugar a una ambigüedad: la segunda oración puede atribuir a Casado la creencia de que todos votaron por él mismo o la de que todos votaron por Sánchez, dependiendo de cómo resolvamos la elipsis. Si tratamos el pronombre «él» como una variable, podemos sostener que estas dos lecturas son el resultado de ligar dicha variable y de dejarla libre, respectivamente. Sin entrar en detalles, en los que el lector puede profundizar acudiendo a manuales como Heim y Kratzer (1998: §5 y §9) o Escandell-Vidal (2004, §7.7), tratar el pronombre como variable ligada daría como resultado que la primera oración de (11) expresase la siguiente proposición:

(11a) <Sánchez, ser un x que cree que todos votaron por x>

Las elipsis de predicado se resuelven atribuyendo al sujeto de la segunda oración la misma propiedad que le atribuimos al de la primera; en este caso, debemos atribuir a Casado la misma propiedad que a Sánchez. Y el resultado es correcto:

(11b) <Casado, ser un x que cree que todos votaron por x>

Ahora bien, los pronombres que ejercen de variables libres son exofóricos, esto es, su contribución proposicional consta de un individuo (o quizá un contenido descriptivo, si el análisis fregeano está en lo cierto). Esto quiere decir que, si el pronombre desempeña dicho rol, la propiedad atribuida a Sánchez será bien distinta:

(11c) <Sánchez, ser un x que cree que todos votaron por Sánchez>

Y, en consecuencia, también lo será la que le atribuyamos a Casado:

(11d) <Casado, ser un x que cree que todos votaron por Sánchez>

Estas cuestiones han arrojado sombras de duda acerca de la necesidad de postular la anáfora de pereza como un mecanismo diferenciado. El modelo que trata todos los pronombres como variables es más simple y se ha mostrado capaz de explicar todos los casos que caen bajo aquella, además de poder dar cuenta de ambigüedades como la de (11).

2.2.2 Covariación sin mando-c

Pese a todo lo señalado en la sección anterior, oraciones como (4) suelen ser vistas como un contraejemplo a la idea de que los pronombres siempre funcionan como variables (cf. Evans 1977a, 1977b, 1980):

(4) Todo granjero que tiene [un burro]i lei pega.

Para ver por qué, tratemos de traducir este enunciado a una fórmula de primer orden que respete, en la medida de lo posible, su forma sintáctica:

(4a) ∀x (Gx & ∃y (By & Txy) → Pxy)

En (4a), la última instancia de la variable queda fuera del alcance del cuantificador existencial; funciona, pues, como variable libre. Si deseamos mantener el análisis tradicional que trata a los pronombres como la contraparte natural de las variables de primer orden,  no nos queda otro remedio que imponer a oraciones como (4) una forma sintáctica muy distinta de la que presentan superficialmente:

(4b) ∀x (Gx → ∃y (By & Txy → Pxy))

Hay, por tanto, una falta de correspondencia entre la forma sintáctica del enunciado y su interpretación semántica. He aquí otro ejemplo que puede ayudar a entender este fenómeno:

(12) [Una mujer]i entró en la casa. Ellai iba silbando.

Como en el caso anterior, podemos optar por traducir este enunciado como (12a), que captura su significado pero no su forma sintáctica, o como (12b), donde la sintaxis de (12) es respetada pero la variable x, correspondiente al pronombre, queda fuera del alcance del cuantificador:

(12a) ∃x (Mx & Ex & Sx)

(12b) ∃x (Mx & Ex) & Sx

Casos como el de (4) ejemplifican la llamada anáfora del burro, que recibe dicho nombre precisamente porque su formulación original incluía enunciados como el que hemos empleado aquí. La anáfora de (12), en cambio, suele denominarse anáfora de discurso. Pese a esta disparidad de nomenclatura, ambos fenómenos acostumbran a ser discutidos en conjunto, dado que parecen instancias de un tipo más general de relación anafórica: la que ocurre siempre que un pronombre tiene como antecedente un cuantificador que no manda-c sobre él. Para entender en qué consiste la noción de mando-c, propia de la sintaxis generativista, consideremos los siguientes árboles sintácticos:

(3b)

(4c)

Informalmente, un constituyente α de una oración (cada uno de los nodos del árbol) manda-c sobre otro constituyente β si se dan dos condiciones: 1) que no sea posible llegar desde α hasta β avanzando solo en dirección descendente y 2) que desde el nodo inmediatamente superior a α sí sea posible llegar hasta β avanzando únicamente en dirección descendente. Un ejemplo de esto es la relación entre «Laura» y «ella» en (3b). Dado que debajo de «Laura» no hay nodo alguno, no es posible avanzar desde «Laura» hasta «ella» solamente en dirección descendente, satisfaciéndose así la primera condición; además, la segunda también se cumple, puesto que sí que es posible llegar hasta «ella» descendiendo desde el nodo «O», situado justo encima de «Laura». La relación de mando-c, en cambio, no se da entre el sintagma nominal «un burro» y el pronombre «le» en (4c). El motivo es que no es posible llegar a este último avanzando en dirección descendente desde el nodo inmediatamente superior al primero, el sintagma verbal «tiene un burro».

La ausencia de mando-c entre el antecedente cuantificado y el pronombre que de este depende es lo que diferencia la anáfora de (4)  de los casos más habituales en los que el pronombre sí funciona como una variable ligada. Y esto es exactamente lo que ocurre en (12), donde las expresiones relevantes, «una mujer» y «ella», ni siquiera ocurren en la misma oración. A este fenómeno se lo denomina, a veces, covariación sin mando-c (Elbourne 2005: 3), y la razón por la que resulta problemático es la asunción, estándar entre los lingüistas, según la cual un pronombre solamente puede interpretarse como una variable ligada en caso de que su antecedente mande-c sobre él (Reinhart 112-131).

El primer intento serio de proporcionar una interpretación sistemática de los pronombres como los que hallamos en (4) y(12) se lo debemos a Gareth Evans (1977a, 1977b), quien sostuvo que los pronombres en cuestión debían entenderse como un caso de deixis, con la peculiaridad de que su referencia debía fijarse a partir de una descripción definida obtenida a partir de su antecedente. A grandes rasgos, (4) y (12) deberían interpretarse como sigue, donde la descripción en negrita ha de ser entendida como un término referencial:

(4b) Todo granjero que tiene un burro pega al burro que tiene.

(12c) Una mujer entró en la sala. La mujer que entró en la sala iba silbando.

Cuando están sujetos a este tipo de interpretación, se dice que los pronombres son de tipo-E. Un análisis alternativo pero derivado de este es el que da a los pronombres en cuestión una interpretación de tipo-D (Heim 1990; Neale 1990a, 1990b). Este modelo resalta aun más la relevancia de las descripciones, puesto que priva a dichos pronombres de su carácter deíctico y sostiene que no son más que abreviaturas de las descripciones asociadas.

Frente a los análisis de tipo-E y tipo-D se alza, no obstante, otra familia de teorías que niega la centralidad de las descripciones en el análisis de la covariación sin mando-c: las aproximaciones dinámicas a los pronombres. Estas teorías, con frecuencia enmarcadas en el paradigma de la Teoría de la Representación del Discurso, acostumbran a tratar la función deíctica como básica, y explican los casos de covariación apelando a la capacidad de los antecedentes para modificar el contexto. De este modo, postulan un único tipo de interpretación semántica para todos los pronombres, independientemente del contexto lingüístico en el que se encuentren. Una teoría dinámica digna de especial mención es la Lógica Dinámica de Predicados, que modela todos los pronombres como variables a la vez que permite a los cuantificadores ligar variables que se encuentran más allá de su alcance sintáctico, dando como resultado que (12a) y (12b) sean sinónimas (Groenendijk y Stokhof 1991: 47-48).

3. Conclusiones y algunos cabos sueltos

Hay diversos motivos por los cuales los pronombres resultan relevantes para la filosofía, más allá de sus propiedades estrictamente lingüísticas. El correcto tratamiento de sus usos exofóricos, por ejemplo, constituye uno de los principales frentes de batalla en múltiples debates, como la cuestión del autoconocimiento o la disputa entre el descriptivismo y la referencia directa. Los usos anafóricos, por su parte, guardan relación con asuntos tan variados como la correcta interpretación de las descripciones definidas, la naturaleza de las variables o la propia deixis. Por cuestiones de espacio, sin embargo, hemos optado por dejar varios asuntos en el tintero, como la estrecha relación entre los pronombres logofóricos y la expresión del autoconocimiento (Castañeda 1966, 1967; Schlenker 2003; Gimeno-Simó 2018, 2020), los usos enfáticos de los demostrativos (Davis y Potts 2010, Potts y Schwarz 2010, Naruoka 2014) o las analogías entre pronombres y morfología verbal (Partee 1973). La razón para centrar nuestra atención en sus dos roles clásicos es que el resto de cuestiones que acabamos de mencionar pueden ser consideradas, en gran medida, como fenómenos derivados de alguna de sus funciones centrales, y por ende los debates aquí mencionados no serían sino un apéndice de los que sí nos hemos detenido a explicar con detalle.

Joan Gimeno-Simó
(Universitat de Vàlencia)

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Gimeno-Simó, Joan (2021) “Pronombres”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/pronombres/).

 

Proposiciones singulares

Si todo se reduce a lo Uno, ¿a qué se reduce lo Uno?
Kōan o enigma Zen
Mumon Ekai. La puerta sin puerta.

1. Introducción

Cuando pensamos acerca de objetos y predicamos cosas sobre ellos, lo hacemos de muchas formas. Decimos que los ecosistemas del mundo están en peligro, que el presidente de la nación más poderosa del mundo subestimó los efectos del covid-19, que Almodóvar es un director de cine español o que esta es la introducción de una entrada de enciclopedia.

Todas estas formas en las que pensamos cosas sobre el mundo se pueden agrupar en categorías proposicionales diferentes. Así, al emplear una oración como:

(1) Este café está caliente,

expreso una proposición que puede ser verdadera o falsa y que tiene una estructura que se corresponde, aproximadamente, con la estructura de (1). La proposición tiene varias partes, una de estas partes se corresponde con el sujeto de la oración (“Este café”) y otra con el predicado (“está caliente”).

Ahora bien, la proposición que expreso mediante (1) contrasta con la que expreso usando la oración:

(2) El café que está en la taza que tengo al frente está caliente.

El contraste no tiene que ver con el objeto al que se refieren o lo que predico de él, pues son lo mismo. Aunque en (1) y (2) se emplean diferentes palabras, el contraste entre ellas no tiene que ver tanto con las palabras como con lo que parece una estructura proposicional diferente.

En efecto, parece que la oración (2) expresa una proposición general; específicamente, una proposición con contenido descriptivo que involucra una condición (“ser el café que está en la taza que tengo al frente”) que debe ser satisfecha por un único objeto para que (2) exprese algo verdadero. En cambio, la oración (1) no parece expresar un contenido descriptivo, más bien parece expresar una proposición singular cuyo contenido involucra de una manera más directa al objeto del que se habla. De aquí que se considere que la estructura proposicional de (1) contraste con la de (2).

Si existe tal contraste, lo que pensamos o expresamos acerca del mundo se clasifica en al menos dos categorías según la estructura de su contenido: por un lado, tenemos proposiciones singulares; por otro, proposiciones generales o descriptivas.

No es obvio que existan estos dos tipos de proposiciones y, de hecho, siguiendo una lectura puramente descriptivista de Frege (1892), se puede llegar a dudar de la distinción, ya que, según esta lectura, las proposiciones aparentemente singulares no son más que proposiciones generales con contenido descriptivo. Bajo esta lectura, el sujeto de la oración (1) expresa, como el sujeto oracional de 2), una condición descriptiva que debe satisfacer un único objeto para que lo que expresa (1) sea verdad; la diferencia entre (1) y (2) radica en que (1) abrevia una condición descriptiva que (2) hace explícita.

En lo que sigue, se hará un recuento de algunas de las motivaciones para mantener que existe una distinción entre proposiciones singulares y descriptivas. Además, se revisarán algunas de las posturas sobresalientes que han pretendido dar cuenta de la estructura de las proposiciones singulares.

2 Razones a favor de las proposiciones singulares

Una de las motivaciones para la postulación de proposiciones singulares como una categoría distinta de las descriptivas está relacionada con el poco éxito de la lectura puramente descriptivista de Frege.

Frege (1892) es conocido por apoyar la distinción entre el sentido de una expresión y su referente. De acuerdo con ella, un nombre como “George Elliot” tiene un referente, la persona en el mundo que es la portadora de este nombre, y un sentido, que es un modo de presentación del referente y que, de acuerdo con la lectura descriptivista, corresponde a un contenido descriptivo. En este caso, el sentido sería una condición que satisface de manera única el referente del nombre “George Eliot”; por ejemplo, la condición expresada por la descripción “la persona que sustenta la autoría de Middlemarch”.

Frege estaba convencido de la legitimidad de su distinción porque esta permite explicar las diferencias en valor cognitivo. Decimos que una persona racional y competente asocia diferentes valores cognitivos a dos proposiciones si puede, sin contradicción, aceptar una de ellas y negar (o dudar o tener una actitud diferente hacia) la otra. Frege encuentra que si no hacemos la distinción sentido-referencia, no podríamos explicar las diferencias en valor cognitivo de las proposiciones expresadas por:

(3) George Eliot es mujer,

y

(4) Mary Anne Evans es mujer.

Un hablante racional y competente podría rechazar la afirmación hecha por (3) y aceptar la hecha con (4) y, por tanto, asociar valores cognitivos diferentes a estas oraciones. Dado que los nombres “George Eliot” y “Mary Anne Evans” refieren al mismo individuo, si el contenido de estas expresiones se agotara con su referente, no sería posible que el hablante en cuestión tomara actitudes contrarias hacia las afirmaciones hechas por (3) y (4) (ni que adquiriera un nuevo conocimiento al descubrir que George Elliot es Mary Anne Evans). Pero, como esto sí es posible, el contenido de los nombres en cuestión no puede agotarse en su referente, de modo que debe postularse un sentido.

La lectura descriptivista nos dice que el sentido, para términos presuntamente singulares como nombres propios, indéxicos, demostrativos y obviamente las descripciones definidas, está determinado por una condición descriptiva identificadora; esto es, una condición que satisface de manera única el referente del término. Esta lectura de Frege, aunque nos da pistas al respecto de lo que puede ser un sentido y explica las diferencias en valores cognitivos, tiene problemas. Kripke (1981) señala varios de ellos.

Según Kripke, un hablante competente con un nombre propio como “George Eliot” no siempre tiene disponible una condición descriptiva identificadora asociada a dicho nombre y, a veces, puede referir al portador del nombre asociando una descripción que este no satisface. Así, un hablante puede lograr referir a George Eliot aunque solo asocie a su nombre la condición expresada por “una famosa escritora británica”, descripción que no es identificadora (la autora de Harry Potter también la satisface). También podría lograr referir a George Eliot aunque asocie a su nombre el contenido descriptivo de “el autor (masculino) de Middlemarch”, descripción que no satisface George Eliot.

No solo los nombres propios, también expresiones demostrativas como “esto”, “eso”, “aquello” y expresiones indéxicas como “yo”, “aquí” y “ahora” parecen resistirse a un análisis descriptivista. Perry (1993b, 1997, 2006) presenta varios ejemplos de ello, algunos tienen que ver con amnésicos o personas que han perdido el rastro del tiempo o del lugar en el que están: una persona que haya perdido la memoria de tal modo que no recuerde descripciones identificadoras de su propia persona puede, en principio, expresar pensamientos acerca de sí misma usando oraciones que contienen el pronombre de la primera persona del singular como “yo he perdido la memoria”.

Algo similar, dice Perry, se aplica al caso de “ahora” u “hoy”, como ilustra el caso de Rip Van Winkle. Este personaje se despierta luego de estar 20 años en un sueño profundo, pensando que no ha pasado más que un día. Al despertar, la descripción que Van Winkle asocia a expresiones como “ahora” u “hoy” es “el día 20 de octubre de 1803”. Sin embargo, esta descripción no es satisfecha por el momento en el que despierta: el día 20 de octubre de 1823. No obstante, no diríamos que Van Winkle falle en expresar proposiciones acerca del momento en el que despierta cuando usa expresiones como “ahora” u “hoy”.

Aun si los defensores de la lectura descriptivista logran mostrar que algunos de los nombres propios, expresiones demostrativas e indéxicas que comúnmente usamos tienen un contenido descriptivo, hay razones para pensar que existen términos que tienen un contenido irreducible a un contenido descriptivo. Una de estas razones es expuesta por Strawson (1959).

Para Strawson, es cierto que podemos identificar objetos acerca de los que hablamos a través de descripciones definidas que estos satisfacen de manera única; sin embargo, para que podamos tener pensamientos acerca de ellos es necesario que podamos identificar a algunos de ellos de una forma no descriptiva. A esta forma de identificación Strawson la llama identificación demostrativa. La identificación demostrativa no depende de asociar una condición descriptiva a un objeto, sino de ser capaz de discriminar a este objeto de otros a través de la percepción que se tiene de él. Así, para Strawson, nuestro pensamiento acerca de objetos depende, en última instancia, de que podamos percibir a algunos de ellos y, así, identificarlos de una forma diferente a la de asociar una condición descriptiva. Esto sugiere que los pensamientos que tenemos acerca de objetos que identificamos demostrativamente, pero no descriptivamente, son pensamientos con un contenido proposicional irreductiblemente singular.

El argumento de Strawson para mostrar que la identificación demostrativa, no-descriptiva, es fundamental para tener pensamientos acerca de objetos en el mundo es conocido como el argumento de la reduplicación masiva: decimos que un mundo es reduplicado masivamente cuando cada objeto en dicho mundo tiene al menos un duplicado, cualitativamente idéntico, coexistente en otra región espaciotemporal de ese mismo mundo. Así, por ejemplo, Luis, un habitante de un mundo reduplicado, tiene un gemelo idéntico, Luis*, que habita en una región cualitativamente idéntica, y seguramente muy distante, a la que Luis habita. Luis cree que su esposa, Diana, es encantadora. Dado que Luis* es cualitativamente idéntico a Luis, Luis* también cree que su esposa, Diana* (la gemela idéntica de Diana), es encantadora.

En este mundo reduplicado, si Luis tiene un pensamiento acerca de Diana que expresa mediante la oración “Diana es encantadora”, el contenido del nombre “Diana” no puede ser puramente descriptivo, debe estar fundado en una identificación demostrativa; es decir, debe estar fundado en un contenido singular. Esto porque si el nombre “Diana” estuviera asociado a una condición puramente descriptiva, dicha condición descriptiva no será identificadora, pues cualquier propiedad puramente descriptiva que Diana satisface, también será satisfecha por Diana*; de modo que, si el contenido de “Diana” fuera puramente descriptivo, dicho nombre no referiría únicamente a Diana y, consecuentemente, la proposición que Luis expresa mediante “Diana es encantadora” no sería más acerca de Diana que de Diana*. Por tanto, para que la oración “Diana es encantadora” exprese una proposición acerca de Diana, y únicamente acerca de ella, el nombre “Diana” debe asociarse a una identificación no-descriptiva que vincule a Diana con Luis. Este vínculo es la identificación demostrativa: gracias a ella, Luis se vincula de manera única con Diana, dado que ella, u otras personas alrededor de ella, pero no sus duplicados, son objetos de la percepción de Luis.

Esta conclusión también se aplica a un mundo no reduplicado como, presumiblemente, el nuestro: nuestro mundo podría ser reduplicado, si lo fuera, es razonable suponer que los pensamientos que tenemos determinadamente acerca de objetos no dejarían de ser acerca de estos objetos para ser acerca de sus duplicados. Pero, para que no dejen de ser determinadamente acerca de sus objetos, tenemos que suponer que, aun sin reduplicación, dichos pensamientos tienen un componente irreductiblemente singular.

El argumento de la reduplicación tiene, como cualquier argumento, puntos débiles. Por ejemplo, en su forma original, es incompatible con el principio de la identidad de los indiscernibles (si A y B son cualitativamente idénticos, A y B son numéricamente idénticos). Si dicho principio se muestra inviolable, el argumento de Strawson no lograría su objetivo (aunque Fitch & Nelson (2018) exponen una versión del argumento de la reduplicación compatible con el principio de la identidad de los indiscernibles). No obstante, las dificultades expuestas en esta sección, junto con las intuiciones detrás del argumento de la reduplicación, han hecho tentador inclinarse por una concepción de las proposiciones singulares como diferentes, e irreducibles a, proposiciones descriptivas. Una de estas concepciones, como veremos, revive una propuesta de Bertrand Russell (1912, 1914-19).

3 Proposiciones singulares russellianas y sentidos de re

A Russell se le atribuye, como a Frege, una concepción descriptivista, principalmente debido a las consecuencias de su análisis de las descripciones (Russell 1905). Sin embargo, Russell mismo admite, sin contradicción con esta atribución, que podemos pensar y expresar proposiciones cuyo contenido es irreduciblemente singular; esto porque aunque muchos términos que llamamos “singulares” realmente no lo son, hay términos que son genuinamente singulares. A estos últimos no se aplica la lectura descriptivista. Pero, ¿cuáles son esos términos genuinamente singulares? Para responder a esta pregunta, es útil precisar qué es una proposición singular russelliana.

Para Russell, una proposición singular expresada mediante una oración de la forma “a es F” es una proposición en cuyo contenido no figura un sentido de “a”, sino el referente mismo de “a”. Esto significa que las proposiciones singulares russellianas son proposiciones que tienen como componentes a los objetos mismos a los que aluden.

Resulta extraño que la proposición que expreso mediante “La Torre Eiffel es enorme” tenga como uno de sus componentes a la mismísima Torre Eiffel. No obstante, en la versión original de su propuesta, Russell no admite que podamos pensar o expresar proposiciones singulares acerca de objetos externos. De hecho, el tipo de objetos acerca de los que podemos pensar proposiciones singulares es más bien reducido.

Según Russell, para pensar proposiciones acerca de un objeto se tiene que cumplir con un exigente requisito epistemológico; a saber, tener conocimiento directo (acquaintance) de ese objeto; desafortunadamente, solo podemos tener conocimiento directo de objetos sobre los que no podemos tener errores de identificación. Esto hace que el requisito del conocimiento directo sea muy exigente, pues implica que no podemos tener pensamientos acerca de ningún objeto material independiente de la mente (precisamente, este es el tipo de objeto que usualmente fallamos en identificar). Los objetos de los que podemos tener tal conocimiento se reducen a unos cuantos: universales, datos de los sentidos (entidades mentales que son, siguiendo a Russell, los objetos inmediatos de la percepción) y, quizás, el yo. Los universales son los componentes de las proposiciones generales, mientras que los datos de los sentidos y el yo son componentes típicos de las proposiciones singulares.

Así, para responder a la pregunta con la que comenzó esta sección, los términos genuinamente singulares son, para Russell, los términos que refieren a datos de los sentidos o al yo. Son estos los únicos términos con los que podemos expresar proposiciones singulares.

En consecuencia, cuando expreso una proposición mediante una oración como:

(5) Este bistec está bien cocido,

no expreso una proposición singular acerca del bistec; pues, en estricto sentido, la proposición que expreso con (5) es la misma o similar a la que expresaría descriptivamente con una oración como:

(6) El objeto que causó esto está bien cocido,

donde “esto” es un término que refiere, no al bistec, sino al dato de los sentidos que, presumiblemente, es causado por el bistec cuando lo percibo.

El término “esto”, como es usado en (6), a diferencia de “este bistec”, sí es un término genuinamente singular y, por tanto, puede ser usado para expresar proposiciones singulares sobre datos de los sentidos.

La idea de que las proposiciones singulares son aquellas en las que sus objetos figuran como constituyentes ha gozado de cierta popularidad, no así la idea de que el conocimiento directo se limita a los datos de los sentidos, los universales y el yo. En efecto, además de que postular datos de los sentidos ya no es una práctica muy común entre los filósofos, autores como Kaplan (1977, 1989), Perry (2006) y Campbell (2002) son representantes de una importante tradición neo-russelliana que aboga por la idea de que las proposiciones singulares son russellianas, en el sentido en que los objetos sobre los que versan son sus constituyentes, pero dichos objetos pueden ser objetos externos, ya sea porque (como Kaplan) se niega que el conocimiento directo sea condición necesaria para pensar proposiciones singulares o porque (como Campbell) se piensa que podemos tener conocimiento directo de objetos independientes de la mente como personas, animales y otros objetos materiales macroscópicos.

La concepción neo-russelliana de las proposiciones singulares no es la única concepción disponible acerca de la estructura de las proposiciones singulares. Existe una concepción neo-fregeana, contraria a la lectura puramente descriptivista de Frege, que considera que la distinción sentido-referencia puede, y debe, acomodarse para dar cuenta de la naturaleza de las proposiciones singulares. Esta concepción neo-fregeana se asocia a los desarrollos de Evans (1982) sobre la identificación demostrativa y a la defensa de McDowell (1984) de la noción de sentidos de re.

De acuerdo con la concepción neo-fregeana, es cierto que podemos pensar proposiciones irreductiblemente singulares acerca de objetos independientes de la mente; sin embargo, esto no implica, como cree el neo-russelliano, que los objetos acerca de los cuales pensamos cuando pensamos proposiciones singulares sean sus constituyentes. Esto porque, una vez que el neo-russelliano levanta la estricta condición de Russell y admite como constituyentes a objetos externos, se vuelve susceptible al ya expuesto argumento de Frege para sustentar la distinción sentido-referencia: si toda la contribución que hace un término singular en una oración que expresa una proposición se reduce al objeto al que el término refiere, no se podría explicar la diferencia en valores cognitivos que un hablante, competente y racional, puede asociar a dos oraciones de la forma “a es F” y “b es F”, cuando “a” y “b” refieren al mismo objeto.

Así, por un lado, tenemos varias razones para pensar que hay proposiciones singulares cuyo contenido no puede ser reducido a un contenido puramente descriptivo o general, pero, por otro lado, tenemos que la contribución que hace un término singular no puede ser simplemente el objeto al que el término refiere. Para resolver esta tensión, propone el neo-fregeano, lo más sensato es postular sentidos, diferentes a sus referentes, que no pueden reducirse a un contenido general o descriptivo, esto es, sentidos de re.

Siguiendo a McDowell, los sentidos de re, además de ser irreducibles a un contenido descriptivo, tienen otras dos características: en primer lugar, son modos de presentación que dependen esencialmente, como sugería Strawson, de la presencia percibida de los objetos; en segundo lugar, son modos de presentación cuya existencia es dependiente del objeto: si no existe el objeto acerca del cual es una proposición singular, no existe tampoco un sentido de re como modo de presentación de tal objeto y, consecuentemente, no habrá una proposición singular completa acerca de ese objeto disponible para ser pensada o expresada (McDowell, 1984).

4. Conclusión

Hay varias razones para pensar que existen proposiciones irreduciblemente singulares y al menos dos posturas rivales (neo-russelliana y neo-fregeana) acerca de la estructura de estas proposiciones. Comprometerse con una u otra postura implica enfrentarse con dificultades dignas de un kōan o enigma zen; pero este ha sido justamente uno de los atractivos del debate.

Manuel Alejandro Amado González
(Universidad Nacional de Colombia)

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Evans, G. (1996): Ensayos Filosóficos. (Trad.) Alejandro Tomasini. UNAM, México.
  • Jeshion, R. (2010): New Essays on Singular Thought. Oxford. Clarendon Press.
Cómo citar esta entrada

Amado, Manuel (2020) «Proposiciones Singulares», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/proposiciones-singulares/).

 

Particularismo moral

La reflexión moral parte en gran medida de la experiencia del daño. Recordemos, en este sentido, la fotografía de la niña vietnamita caminando desnuda por el centro de la calzada con los soldados al fondo y una nube de polvo que cierra el horizonte. Si la miramos de nuevo, ¿no nos sentimos acaso impelidos a exclamar: ‘¡Esto no debería volver a ocurrir!’? El impacto que tuvo esa fotografía no parece ajeno al hecho de que muestra el sufrimiento de una niña concreta, pero la referencia de ‘esto’ en la exclamación anterior no se limita al sufrimiento de esta niña, sino que va más allá de su caso particular. Por otro lado, quien realiza esa exclamación no la entiende como expresión de una actitud personal, sino que alude al modo en que cualquier persona se vería incitada a responder. Parece, pues, que una actitud moral requiere una forma de atención en la que el sujeto atiende al caso particular, pero su preocupación se extiende más allá hasta alcanzar otros casos similares; y no responde a razones personales, sino a que cualquiera se sentiría igualmente impelido. Tanto el particularismo moral como el generalismo moral tratan de dar cuenta de estos rasgos de la actitud moral. El particularismo moral insiste en la importancia de atender a las circunstancias del caso particular, pero no puede renunciar a mostrar cómo se proyecta sobre otros casos similares y en qué sentido el sujeto que valora puede entenderse como un sujeto cualquiera. El generalismo moral, por el contrario, destaca el hecho de que la respuesta moral va más allá del caso particular y considera que, para ello, debe subsumirse bajo un conjunto de principios; por otro lado, defiende que la apelación a un sujeto cualquiera alude manifiestamente a un sujeto que hace abstracción de sus propias circunstancias, incluido su carácter. El particularismo moral se define, en el debate contemporáneo, por contraposición al generalismo moral. De hecho, el particularismo moral tiende a asumir la carga de la prueba y entiende que solo podrá afirmarse si muestra o bien la dispensabilidad de los principios morales o bien su incapacidad para dar cuenta de nuestras prácticas morales. Dedicaré, pues, la primera sección a presentar los rasgos centrales del generalismo moral y dedicaré las otras dos secciones a presentar y discutir respectivamente una versión moderada y otra radical del particularismo moral.

1. El generalismo moral

El generalismo moral en su versión más ambiciosa aspira a identificar el principio o los principios que nos permitan dirimir cualquier conflicto moral. El consecuencialismo, ya sea de las reglas o de los actos, es una versión del generalismo que hace descansar el valor moral último de nuestras acciones y actitudes en las consecuencias que pueda tener desde el punto de vista del fomento de un principio básico, como el placer o la satisfacción de los propios deseos. Los planteamientos kantianos se distinguen del consecuencialismo porque estiman que ciertos actos son moralmente inaceptables independientemente de cuán valiosas sean sus consecuencias, pero coinciden en subrayar que el valor moral de un acto debe determinarse en función de un sistema de principios. En cualquier caso, tanto el consecuencialismo como los planteamientos kantianos consideran que la verdadera dificultad estriba en la elucidación de los principios que gobiernan nuestras prácticas morales, pero que, una vez elucidados, la tarea de aplicarlos a cada situación particular no requiere de una habilidad o destreza específica por parte del sujeto. Desde este punto de vista, se le reserva al buen juicio o a la mirada cultivada una función meramente heurística en la búsqueda de los principios relevantes, pero no se le reconoce papel alguno en la determinación de cuál sea la acción moralmente correcta en cada caso.

El generalismo tiene, entre otras, la virtud de descansar en capacidades deliberativas que comparten todos los seres racionales, independientemente de cuál sea su formación, su carácter o su sensibilidad. El criterio último de corrección no dependerá del descubrimiento o percepción de uno u otro aspecto moral del mundo, sino más bien de nuestra capacidad de atenernos a ciertos criterios procedimentales, sean cuales sean nuestras opiniones morales más sustantivas. Se logra así evitar el compromiso con el realismo moral que resulta problemático para la concepción del mundo que parece venir avalada por el desarrollo de las ciencias naturales. En cualquier caso, los principios que tales criterios procedimentales generen podrán ser aplicados de igual modo por todos los seres racionales y dar lugar a un acuerdo fundado, independientemente de cualesquiera otras diferencias (religiosas, étnicas, caracterológicas, etc.) que pudiera haber entre ellos.

El generalismo concibe, pues, la deliberación como un ejercicio en el que el sujeto se desentiende de los rasgos específicos de su carácter y atiende solamente a los principios de la moralidad. Se considera que tal desentendimiento resulta no solo posible sino ventajoso, pues permite que el sujeto afirme la autonomía de su razón frente al juicio de los otros al tiempo que nos proporciona un fundamento robusto para una vida en común, dado que todos individuos coincidirán en sus juicios morales, a menos que medie algún tipo de error en la deliberación. No es de extrañar, por tanto, que el generalismo constituya la concepción dominante de la moralidad en las sociedades plurales, es decir, en las sociedades que aspiran a la convivencia pacífica de individuos con concepciones ideológicas muy dispares (Rawls 2001). Uno de los retos del particularismo moral es precisamente mostrar cómo es posible alcanzar acuerdos fundados sin el concurso de un sistema de principios.

2. El particularismo moderado

Debemos distinguir entre una versión moderada y otra radical del particularismo. El particularista moderado reconoce el papel de los principios, es decir, su contribución a favor o en contra de uno u otro juicio, pero subraya que pueden entrar en conflicto sin que haya un principio ulterior que medie entre ellos y, en ese sentido, entiende que los principios morales son siempre principios prima facie, es decir, principios cuya relevancia puede verse contrarrestada, e incluso cancelada, por otros principios (Ross 1930: 19-20). La mediación entre los diferentes principios prima facie que puedan estar involucrados en una situación particular deberá resolverse mediante la apelación al buen juicio. El particularismo radical rechaza, en cambio, la existencia de principios morales y niega, además, que sean imprescindibles para nuestras prácticas morales; desde el punto de vista del particularismo radical, el particularismo moderado constituye una versión rebajada del generalismo. En cualquier caso, un elemento constitutivo del particularismo moral (sea este moderado o radical) es que impone un límite a la codificación de nuestras prácticas morales en un sistema de principios. Naturalmente, algunas versiones del generalismo están prestas a reconocer la existencia de ese límite y, en ese sentido, se desmarcan de la versión más ambiciosa del mismo. Sin embargo, el reconocimiento, por ejemplo, del papel del buen juicio en la valoración de las situaciones particulares afecta de manera dramática a algunas de las virtudes que hemos atribuida al generalismo más ambicioso, pues será mucho más difícil dar cuenta del acuerdo entre sujetos o grupos sociales con sensibilidades dispares; también parece que la apelación al buen juicio socavaría la presunta neutralidad metafísica de las deliberaciones morales, pues el generalismo moderado se vería tan comprometido con alguna versión del realismo moral como el particularismo y, por último, debería atender a la cuestión cuál pueda ser el papel de los principios en la deliberación y de si es tan importante como centrar en ellos la reflexión filosófica. Dicho de otro modo, la renuncia al generalismo más ambicioso obligaría al generalismo más moderado a dar cuenta de las mismas dificultades metafísicas y epistémicas a las que se enfrenta el particularismo moral, y para las que el generalismo más ambicioso ofrece un fácil acomodo y en ello estriba gran parte de su atractivo social, político y filosófico. En cualquier caso, las razones que avalan los límites que el particularismo moral impone a la capacidad de codificar nuestras prácticas morales son de muy diversa índole. Discutiré seguidamente los argumentos más importantes que parecen avalar estas limitaciones y mostraré cómo el reconocimiento de todas ellas parece alejarnos de la intuición mínima del generalismo, aún en su versión más moderada, a saber: que el centro de la deliberación práctica ha de ser la elucidación de los principios morales que han de gobernar la vida de cualquier persona. En lo que sigue, la discusión se centrará en mostrar los límites del generalismo más ambicioso y solo ocasionalmente subrayaré cómo se ve afectado el supuesto mínimo del generalismo al que acabo de aludir.

2.1. El sujeto moral y el buen juicio

Consideremos, en primer lugar, la concepción del sujeto que el generalismo presupone. Este entiende que el juicio que alcancemos en nuestra deliberación a partir de los principios morales constituye la guía más oportuna de nuestra conducta y que, en esa capacidad de dejarse guiar por los principios, se cifra nuestra autonomía. Sin embargo, este intento de anudar el ejercicio deliberativo de un sujeto y el juicio normativo propio de la moralidad no parece del todo sostenible. Por un lado, nuestro juicio puede verse fácilmente nublado por la influencia de nuestros deseos e intereses y, por otro, ocurre en ocasiones que una respuesta más visceral o emotiva atiende con más tino a los detalles morales de la situación que lo que lo haría la deliberación más concienzuda. Un ejemplo del primer caso es el sesgo implícito de quien se cree libre de prejuicios racistas, pero cuyas valoraciones y decisiones particulares se ven gravemente condicionadas por tales prejuicios (Allport 1954, Devine and Monteith 1999, Fazio 1995); un ejemplo de lo contrario es el protagonista de Huckleberry Finn  (Twain 2008), quien, a pesar de las convicciones racistas que le han inculcado, no es capaz de traicionar a su amigo Jim (Arpaly 2002, Broncano 2017).

El generalista podría responder, naturalmente, que, si bien nuestros sentimientos pueden servir de recurso heurístico para determinar el modo de actuación correcto, su sanción normativa deberá descansar en la aplicación de un sistema de principios. No obstante, el segundo caso parece mostrar que es posible deliberar sin apelar a tal sistema y, de ese modo, queda afectado uno de los argumentos más poderosos en favor del generalismo, a saber: que los principios son indispensables para dar cuenta de la deliberación moral y, en general, de nuestras prácticas morales (Korsgaard 1996, 2009; Corbí 2015). Se podría replicar que, en tales casos, los principios actúan a nivel sub-personal pero, con este movimiento, el generalismo debería pagar el precio de renunciar a la transparencia de la deliberación en primera persona y, en definitiva, a su idea de la autonomía del sujeto. De hecho, esta autonomía se ve amenazada también por el primer caso, a saber: por las situaciones en las que nuestros intereses y emociones nublan nuestra capacidad deliberativa; son otros los que deben determinar si soy o no víctima del auto-engaño. La instancia normativa última que ha de valorar la fidelidad a los principios de la deliberación que cada uno haga queda, por tanto, en manos del juicio ajeno. Además, nuestra vulnerabilidad al sesgo y al auto-engaño, incluso en un espacio normativo articulado en términos de un sistema de principios, pone de relieve que la transición de los principios al juicio particular no es trivial y, por tanto, no puede considerarse que esté al alcance de cualquier ser racional, sino que requiere de una formación adecuada de la sensibilidad para tratar de soslayar las trampas que nos tienden nuestros sesgos e intereses. De ese modo, nos vemos obligados a reconocer el papel del buen juicio en la determinación de lo moralmente correcto, que es uno de los pilares del particularismo moral.

Una vez comprendemos que la aplicación de un sistema de principios no puede ser meramente mecánica o trivial, sino que requiere del concurso del buen juicio, se abre la puerta a que el buen juicio juegue un papel tan relevante que convierta en dispensable -e, incluso, inconveniente- la apelación a un sistema de principios. En este punto, resulta especialmente relevante el análisis del silogismo práctico que propone David Wiggins a partir de las observaciones de Aristóteles acerca de la deliberación práctica en Ética a Nicómaco (Wiggins 1987; McDowell 1979, 1985; Nussbaum 1990). El silogismo práctico consta de una premisa mayor de naturaleza general, como la búsqueda de la felicidad o el cultivo de la amistad, y de una premisa menor que atiende a la pregunta acerca de en qué consiste tal búsqueda o cultivo en una situación particular. No se trata simplemente de determinar los medios a nuestro alcance para lograr la felicidad o la amistad, sino de elucidar los elementos constitutivos de las mismas en las circunstancias de que se trate. En tal caso, la deliberación práctica se centra no tanto en la determinación de la verdad de la premisa mayor, que nadie discute en su falta de especificidad, sino en la elucidación de la premisa menor que considera en qué pueda consistir la felicidad o la amistad en las circunstancias particulares. De este modo, se da cuenta de la mediación entre lo particular y lo universal que se manifestaba en la exclamación ‘¡Esto no puede volver a ocurrir!’, es decir, a esa necesidad de atender a lo particular en el seno de una mirada más amplia y, a la inversa, a la urgencia de transcender una mirada general y situarla en el ámbito de lo particular. Es esencial, en cualquier caso, distinguir la deliberación instrumental de la constitutiva y entender que, una vez que reconocemos el papel del buen juicio en la deliberación moral, empieza a cobrar importancia la reflexión en torno a la premisa menor más que la elaboración de un sistema de principios. e principios que gobierne nuestro juicio moral.

Esa apelación al buen juicio, a la capacidad de ver los aspectos relevantes de una situación y a ponderarlos razonablemente, nos aleja de la idea del sujeto deliberativo como alguien que se desentiende de sus emociones y compromisos particulares o, en general, de su carácter. El buen juicio se forma a través de las situaciones a las que uno se enfrenta y se halla anclado a la capacidad de responder de un modo proporcionado a la situación de que se trate. No podremos, en ese caso, entender que los sujetos deban apelar en sus deliberaciones a una capacidad racional que es igual para todos, sino que la deliberación que cada uno practique estará anclada normativamente (y, por tanto, no de un modo meramente contingente) a los rasgos específicos de su carácter. Esta variación en función del carácter parece amenazar la posibilidad de alcanzar un acuerdo entre personas de distinta formación, que es una situación con la que nos encontramos frecuentemente en sociedades plurales como las nuestras. Esta perplejidad solo surge, con todo, si entendemos que el carácter de una persona es meramente idiosincrático, atiende a lo que cada uno desea en cada instante y no responde, a su vez, a ningún orden normativo. Así es, ciertamente, como debe entenderlo el generalismo, dado que solo encuentra la fuente de la normatividad en un sistema de principios. Sin embargo, podemos aceptar que los caracteres e ideologías de los sujetos son plurales y, a un tiempo, subrayar que están sometidos a cierta disciplina normativa, al igual que ocurre con los principios prima facie (Berlin 1958, 1969). Así, el hecho de que no haya una respuesta moralmente correcta que quede determinada por un sistema de principios no implica que los principios prima facie no impongan ciertas restricciones normativas acerca de qué respuestas deben desecharse como manifiestamente incorrectas y qué significación moral tienen las respuestas que tales principios dejan abiertas. Estas mismas restricciones se deben aplicar a la formación del carácter; al fin y al cabo, hablamos de formación y, por tanto, de un cultivo de la sensibilidad que responde a ciertos criterios normativos y no a una variación arbitraria entre individuos o entre los diferentes períodos de la vida de un mismo individuo. Para el particularista moderado, esos criterios normativos son los que articulan la idea de cómo respondería un sujeto cualquier ante la fotografía de la niña vietnamita, es decir, ese cualquiera que está implícito en nuestra exclamación ‘¡Esto no puede volver a ocurrir!’

2.2 Particularismo moderado, realismo moral y motivación

Una de las dificultades a las que debe enfrentarse particularismo es que, si renunciamos a los principios como fuente última de la normatividad, parece que no podemos evitar comprometernos con alguna versión del realismo moral con el fin de disponer algún elemento normativo que permita evaluar la pertinencia de nuestra respuesta morales. Los principios, en la medida en que apelan meramente a la idea de un sujeto racional y a la consistencia interna del sistema que forman, son compatibles con una concepción subjetivista de los valores, pero el particularismo moderado no puede descansar en esa consistencia, pues todos los principios son meramente prima facie y no hay principio alguno que medie entre ellos en caso de conflicto. Por otro lado, los principios prima facie no se diferencian mucho de la atribución a la situación de rasgos con una u otra polaridad moral, por lo que parece que debe reconocer que tales rasgos se dan en el mundo, tal y como es independientemente de nosotros.

El realismo moral con el que parece comprometerse el particularista moderado está respaldado, con todo, por un argumento trascendental en contra del subjetivismo moral y, en general, axiológico. El subjetivismo moral debe fijar el contenido de nuestros juicios morales sin presuponer que existan los rasgos o propiedades que tales juicios atribuyen al mundo. Debe, por tanto, apelar exclusivamente a ciertos aspectos de nuestra experiencia subjetiva -entendida como metafísicamente independiente del mundo- para fijar no la verdad, sino el contenido de tales juicios. El argumento transcendental niega que tal empresa pueda llevarse a cabo coherentemente o, dicho de otro modo, defiende que solo podemos fijar el contenido de nuestros juicios morales si suponemos que hay valores morales en el mundo (McDowell 1979, 1985; Stroud 2011). No se sigue del argumento transcendental que haya valores morales en el mundo, sino solo que, para entender nuestros juicios morales, debemos suponer su existencia. Esta conclusión, a pesar de su debilidad, afecta a la discusión sobre el particularismo, pues el generalismo ya no puede invocar a su favor una mayor consistencia metafísica. La razón es que solo podría hacerlo en la medida en que se compromete con el subjetivismo moral y el argumento transcendental rechaza que esta última posición pueda defenderse coherentemente.

El generalismo moral se enfrenta, además, a la dificultad de vincular la deliberación moral con la práctica moral efectiva. La facilidad con la que el generalismo transita de los principios al juicio moral sobre la situación particular, se convierte en inconveniente cuando nos abrimos a la posibilidad de que haya una cesura entre el mejor juicio del sujeto y su práctica efectiva, es decir, a la posibilidad de que el juicio de su razón sea ajeno a su estructura motivacional. Nos encontramos, así, con dificultades para dar cuenta de la eficacia motivacional de la deliberación moral. La sutura de esta escisión se reivindica, en cambio, como una de las virtudes del particularismo moral. El buen juicio, el cultivo de la sensibilidad, la percepción de los aspectos relevantes de una situación son capacidades cognitivas que conllevan un elemento motivacional, un dejarse llevar o sentirse impelido a responder de cierta manera. No quiere ello decir que no haya espacio para la acracia o para la debilidad de la voluntad, pero no se entiende que alguien pueda tener buen juicio en ciertos aspectos y que no se sienta en general impelido a responder proporcionadamente (Dancy 1993).

2.3 Particularismo moral y la perspectiva de la víctima

El generalismo da por sentado que todo juicio moral ha de formularse en tercera persona. Nada en el terreno de la moralidad escapa al juicio de la tercera persona. No parece comprensible, por ejemplo, que haya un juicio moral que solo pueda realizar autorizadamente la persona que ha sufrido el daño y no un tercero. Sin embargo, hay razones de peso para defender que hay juicios morales que solo se pueden realizar en primera persona y no, por ello, deben dejarse al capricho o discreción de cada uno, sino que están sujetos a criterios normativos respecto a los cuales un tercero debe, en gran medida, guardar silencio. Esta idea viene sugerida por la reflexión de Bernard Williams en torno a la suerte moral. Podemos entender que la esposa y los hijos que Gauguin abandona para dedicarse a su arte sean portadores de una reclamación moral a la que solo ellos podrían renunciar (Williams 1981, Nagel y Williams 2013, Winch 1972, Wiggins 1987, Blum 2000, Crisp 2000, Wallace 2013, Corbí 2017). Ni Gauguin ni un tercero podrían exigirles esa renuncia, si bien la posición que finalmente la esposa o cada uno de sus hijos decida adoptar deberá ser fruto de una reflexión que solo podrá compartir parcialmente con un tercero. Esta experiencia es especialmente llamativa cuando atendemos a las reflexiones de los supervivientes de Auschwitz (Levi 1986, Améry 1966, Loridan-Ivens 2015) y su resistencia a atender a las consideraciones de los que no nos hemos enfrentado a esas circunstancias. Si finalmente aceptamos que nuestras prácticas morales conllevan esta asimetría entre la primera y la tercera persona por lo que respecta a la respuesta moralmente proporcionada a una situación, deberemos entonces abandonar un supuesto clave del generalismo, a saber: la universalidad de la perspectiva de la tercera persona. Tendremos, de ese modo, una razón adicional para subrayar la resistencia de nuestras prácticas a su codificación en un sistema de principios, a saber: la irreductibilidad del punto de vista de la portadora de una reclamación moral. En este sentido, el buen juicio al que apela el particularista moral deberá incluir, en el caso de un tercero, la sensibilidad acerca de cuándo está autorizado para emitir un juicio y cuándo debe guardar silencio y, en el caso de la víctima, la sensibilidad acerca de cómo responder proporcionadamente en circunstancias en las que nadie podrá acompañarla más allá de articular un marco de actitudes con sentido.

La portadora de una reclamación moral deberá atender a su carácter a la hora de decidir si renunciar a la misma es una respuesta proporcionada a la situación de que se trate, pero no podrá tomar los rasgos de su carácter como un mero hecho acerca de sí misma, pues parte de lo que tiene que decidir es si debe embarcarse en un curso de acción que vaya modificando su carácter en una determinada dirección. Esa es, de nuevo, una prerrogativa de la primera persona que afecta, en este caso, no solo a la portadora de una reclamación moral sino a cualquier sujeto. Un tercero puede tomar los rasgos de carácter de una persona como un hecho acerca de la misma que figure en el antecedente de un principio, pero forma parte de la deliberación en primera persona que esos rasgos no se tomen como meros hechos acerca de uno mismo, sino que puedan ponerse en cuestión como parte del proceso deliberativo. De este modo, vemos cómo la asimetría entre la primera y la tercera persona respecto al juicio moral no solo concierne de manera excepcional a la portadora de una reclamación moral, sino que forma parte de nuestra condición de sujetos morales que deliberamos acerca de en qué consistiría comportarse moralmente.

Estos dos últimos argumentos afectan no solo al generalismo más ambicioso, sino también a la versión que hemos considerado mínima del mismo, a saber: la que estima que el centro de la deliberación práctica estriba en la elucidación de los principios morales que han de gobernar la vida de cualquier persona. Hasta ahora, habíamos visto cómo los principios morales difícilmente podrían ser el centro de nuestra reflexión moral, pues a menudo la tara más ardua reside en determinar cómo aplicar un principio a una situación particular; pero acabamos de comprobar que, además, la deliberación práctica conlleva asimetrías entre la primera y la tercera persona que entran en conflicto con la universalidad de la perspectiva de la tercera persona que el supuesto mínimo del generalismo parece suponer. Tras estas consideraciones en contra del generalismo y en favor del particularismo moderado, debemos examinar una versión radical del particularismo moral que ha centrado el debate de las últimas dos décadas en torno a esta cuestión. El particularismo radical encuentra en Jonathan Dancy su defensor más prominente.

3. El supuesto invariantista y el particularismo radical

El particularismo radical pone en cuestión un supuesto del generalismo, a saber: que los rasgos moralmente relevantes contribuyen siempre del mismo modo a nuestro juicio moral (Dancy 1993, 2004, 2017; McNaughton 1988). Así, realizar una promesa deberá contribuir siempre en favor de cumplirla y el hecho de que una afirmación sea una mentira contará en cualquier circunstancia en contra de realizarla. Se trata de un supuesto que el generalismo comparte con el particularismo moderado, pues este también entiende que un rasgo moral puede expresarse en términos de un principio prima facie que nos advierte de que ese rasgo tiene una cierta polaridad o valencia moral más allá del contexto particular en el que se dé. En la medida en que el generalismo y el particularismo moral comparten este supuesto invariantista, el particularista radical entiende que el particularismo moderado es solo una versión del generalismo.

El particularismo radical encuentra su argumento más poderoso en el holismo de las razones, que afecta a todo tipo de razones y no solo a las razones morales. El holismo implica que lo que cuenta a favor de una creencia o de una acción en un contexto puede que no lo haga en otro. Como señala Jonathan Dancy, si he tomado una droga que me hace ver azules los objetos rojos, el hecho de que un objeto me parezca azul no es, en esas circunstancias, una razón para creer que es azul, aunque sí que lo sea en muchos otros contextos. Algo similar ocurre con rasgos como las promesas. Que haya hecho una promesa cuenta a favor de realizar la acción prometida, pero, si la he realizado bajo engaño o amenaza, deja de contar a su favor. Por tanto, el holismo de las razones parece incompatible con el supuesto de que los rasgos moralmente relevantes contribuyan siempre del mismo modo a nuestro juicio moral.

Una vez rechazado el supuesto invariantista, el particularismo radical debe ofrecernos un modelo alternativo de deliberación moral. El particularismo radical, al igual que el moderado, apela en este caso a la sensibilidad o buen juicio de la persona bien formada. No obstante, si los rasgos moralmente relevantes no contribuyen de manera estable a nuestro juicio moral, resulta difícil entender cómo podría desarrollarse ese proceso de formación y, por tanto, cómo podríamos refinar nuestra sensibilidad ante los detalles. Frente a esta dificultad, el particularismo radical insiste en que no niega que la contribución de un rasgo en alguna circunstancia pasada pueda ser relevante para la situación actual, sino que únicamente rechaza que deba serlo. No parece, sin embargo, que debamos leer ‘pueda’ como una invitación al capricho o a la arbitrariedad. Es un supuesto del holismo de las razones que un mismo rasgo puede ejemplificarse en varios contextos, si bien en unas circunstancias ese rasgo puede favorecer cierto juicio moral y en otras ser irrelevante o ir en su contra.

Parece, además, que quien defienda el holismo de las razones deberá aplicar también el holismo a las condiciones de identificación de los rasgos morales. Dancy propone, de hecho, que la comprensión de los rasgos morales y su polaridad en cada contexto se produce de un modo similar a como comprendemos el uso de la conectiva ‘y’ de nuestro lenguaje, a saber, a través de un conjunto de usos que mantienen entre sí algo similar a lo que Wittgenstein denominó aires de familia (Wittgenstein 1953). La tesis del particularista radical consistiría en afirmar que esos aires de familia son compatibles con variaciones significativas en la polaridad moral de los rasgos y, por tanto, que no necesitamos el concurso del supuesto invariantista para dar cuenta de nuestras prácticas morales.

En un intento de rescatar el supuesto invariantista, podría argumentarse que la razón a favor de una acción no es la promesa propiamente dicha, sino la promesa realizada sin coacción o amenaza. Sin embargo, el particularista moral replica que de este modo se vulnera una contraposición esencial al holismo, a saber: la distinción entre razones y trasfondo contextual. El hecho de que una promesa se realice sin coacción o amenaza forma parte del trasfondo contextual y esa circunstancia no es por sí misma una razón para avalar un juicio. De todos modos, el contraste entre las razones y el trasfondo contextual es compatible con una versión ligeramente rebajada del supuesto invariantista, a saber: que los rasgos moralmente relevantes contribuyen prima facie siempre del mismo modo a nuestro juicio moral (Lance and Little 2004, McKeever and Ridge 2006).

Se subraya de este modo una asimetría en la polaridad de los rasgos, pues un rasgo mantendrá estable su polaridad a no ser que se indique una condición del contexto que la altere. Este supuesto debilitado de nada serviría al generalista en la medida en que se ha visto afectado por argumentos que son independientes del que propone Dancy, pero es todo lo que requiere el particularista moderado, pues parece que poco importa si los aspectos del rasgo que se ven afectados por la cláusula ‘prima facie’ incluyen o no la polaridad. El particularista radical debería, por tanto, explicar o bien por qué la polaridad de un rasgo no puede verse afectada por esta cláusula o bien por qué, aunque pueda verse afectada, el cambio de polaridad desborda los límites del particularismo moderado.

Josep E. Corbí
(Universitat de València)

Referencias

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  • Wittgenstein, L. ([1953] 2008): Investigaciones filosóficas, México, Instituto de Investigaciones Filosóficas.
Cómo citar esta entrada

Corbí, Josep  E. (2019) «Particularismo moral», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/particularismo-moral/).

 

Predicados de gusto personal

1. Introducción

Los “predicados de gusto personal” (Lasersohn, 2005, p. 644), predicados como “rico”, “deliciosa”, “divertido”, “graciosa”, “atractivo”, “pintoresco” o “extraña”, son aquellos predicados que permiten a las hablantes manifestar sus preferencias de gusto, ya sea este culinario, humorístico o de otro tipo. Los predicados de gusto personal, o “predicados de gusto”, para acortar, además de permitir que los hablantes manifiesten sus preferencias, sirven para expresar actitudes de aprobación o desaprobación respecto a ciertos objetos, como un plato, una película o un chiste. Si, por ejemplo, digo ‘El aguacate es delicioso’, estoy indicando a quienes me escuchan algo acerca de mi estándar de gusto culinario y, al mismo tiempo, estoy expresando mi aprobación hacia ese alimento.

2. Perspectivas o estándares de gusto

El significado de los predicados de gusto personal ha sido uno de los temas más controvertidos y debatidos en la filosofía del lenguaje de la última década. Uno de los problemas más recurrentes e importantes ha sido el de cómo determinar las condiciones de verdad de las proposiciones que incluyen entre sus componentes predicados de gusto. Distintas teorías han propuesto distintas explicaciones, pero todas ellas han girado en torno a un tema común: cuál es el papel que juegan las perspectivas o estándares de gusto de los hablantes a la hora de determinar las condiciones de verdad de las proposiciones que incluyen predicados de gusto. El que la lasaña sea deliciosa o el que las películas de los Monty Python sean graciosas dependerá, en algún sentido, de las perspectivas de los hablantes que usan los términos “deliciosa” o “divertidas”. Qué tipo de contribución hagan las perspectivas o estándares de gusto de los hablantes será aquello que diferencie a unas teorías de otras. En la bibliografía especializada podemos encontrar, al menos, cuatro teorías claramente delimitadas:

A. Para el objetivismo (para una caracterización específica de esta postura ver Chrisman, 2007, p. 225; Baker, 2012, p. 110, nota 7; MacFarlane, 2014, p. 2) la perspectiva o estándar de gusto del experimentador o experimentadora es irrelevante a la hora de determinar si algo es delicioso o si algo es gracioso o divertido. Si alguien dice “Los caballeros de la mesa cuadrada es una película divertidísima”, la verdad de la proposición expresada por la oración no dependerá de que sea divertida para la persona que profiere dicha oración. Las proposiciones expresadas por proferencias que involucran predicados de gusto serán verdaderas en el caso de que el hablante denote una propiedad objetiva, por ejemplo la propiedad de ser divertido o la de ser delicioso.

B. Para el contextualismo deíctico (Glanzberg, 2007; Stephenson, 2007; López de Sa, 2008, 2015; Schaffer, 2011) la contexto-dependencia de los predicados de gusto no es distinta de la contexto-dependencia de expresiones deícticas típicas como «yo», «él» o «aquí». Según el contextualismo deíctico, un predicado de gusto contiene en su forma lógica un hueco de argumento para una perspectiva o estándar de gusto. Aunque “divertido” o “delicioso” puedan parecer predicados monádicos en su forma gramatical superficial, “(ese chiste)ES GRACIOSO” o “(el aguacate)ES DELICIOSO”, son en realidad predicados diádicos, con huecos de argumento para una perspectiva o estándar de gusto además de para un objeto. Es decir, “(ese chiste)ES GRACIOSO(para Eva)” o “(el aguacate)ES DELICIOSO(para Isabel)”, siendo posible que la perspectiva o estándar de gusto no sea la de un individuo sino la de un grupo que incluya al experimentador o experimentadora. Otro modo de caracterizar esto sería decir que las perspectivas o estándares de gusto son constituyentes de las proposiciones y, como tales, juegan un papel semántico en la determinación del contenido de las proposiciones que incluyan entre sus elementos predicado de gusto.

C. Para el contextualismo no deíctico (Kölbel, 2003, 2009; Lassesohn, 2005) la perspectiva o estándar de gusto no es un componente de la proposición expresada, sino que forma parte de las circunstancias de evaluación. Es decir, las proposiciones que incluyen predicados de gusto no son verdaderas o falsas a secas, sino solo en relación con una perspectiva o estándar de gusto. El punto de partida de estas autoras y autores es la teoría de doble índice kaplaniana (Kaplan, 1979). Kaplan distingue carácter y contenido, es decir, entre funciones de contextos a contenidos, por un lado, y funciones de circunstancias de evaluación a valores de verdad, por otro. Para él, en las circunstancias de evaluación solo figuran dos parámetros –mundo y tiempo–. Los autores y autoras que defienden el contextualismo no deíctico siguen a Kaplan pero se apartan de él al incluir entre los parámetros de las circunstancias de evaluación no solo el mundo y el tiempo, sino también las perspectivas o estándares de gusto, ya que estas, al igual que el mundo y el tiempo, son necesarias para evaluar el valor de verdad de aquellas proposiciones que incluyan entre sus componentes predicados de gusto. De hecho, el estudio de los predicados de gusto fue una de las principales motivaciones para romper con la ortodoxia kaplaniana e incluir parámetros extra en las circunstancias de evaluación (Kölbel, 2003, pp. 71-72; Laserson, 2005pp. 663)

D. Para el relativismo (MacFarlane, 2007, 2014; Richard, 2008), las proposiciones que incluyen predicados de gusto personal no son verdaderas o falsas simpliciter a secas, sino solo en relación a unas circunstancias de evaluación. Sin embargo, a diferencia del contextualista no deíctico, para el relativista la perspectiva o estándar de gusto no se recupera del contexto de uso sino del contexto de valoración. Es decir, la perspectiva o estándar de gusto relevante para determinar el valor de verdad de una proposición que incluya predicados de gusto no será la perspectiva del hablante, o de algún otro agente o grupo relevante en el contexto en el que la proposición es expresada, sino que será la perspectiva o estándar de gusto de la persona que evalúe la cuestión.

3. Desacuerdo sin falta

El desacuerdo sin falta ha sido otro problema central en el debate sobre el significado de los predicados de gusto personal. Específicamente, se llama desacuerdo sin falta a situaciones como las representadas en la siguiente conversación:

(1) David: El aguacate es delicioso.

(2) Alberto: Eso es falso, el aguacate no es delicioso.

Por un lado, podemos considerar que el intercambio entre David y Alberto es un desacuerdo, ya que Alberto niega en (2), usando un marcador explícito de desacuerdo como ‘Eso es falso’, lo que David afirma en (1). Sin embargo, suponiendo que ambos han probado el aguacate unas cuantas veces, es decir, suponiendo que ambos tienen conocimiento de primera mano del objeto en cuestión, ¿qué razones habría para considerar que David en (1) o Alberto en (2) han errado al decir lo que han dicho? Por estas razones, la situación representada en (1)-(2) suele describirse como un desacuerdo sin falta, es decir, como un desacuerdo donde se afirman cosas conjuntamente incompatibles, pero donde no puede decirse de ninguna de las partes que haya cometido un error. Esto nos deja en una situación complicada, ya que tenemos dos intuiciones individualmente consistentes pero conjuntamente contradictorias. Algunas de las teorías antes comentadas han surgido como un intento de explicar este fenómeno.

A. Para el objetivismo es imposible que existan desacuerdos sin falta. Siempre que haya un desacuerdo sobre cuestiones de gusto, una de las partes (o las dos) estará equivocada, aquella que no denote mediante su proferencia la propiedad objetiva de, por ejemplo, ser deliciosa o ser divertido.

B. El contextualismo deíctico parece tener problemas para dar cuenta del desacuerdo sin falta. Al defender que los estándares son parte de la proposición expresada, dos hablantes que dicen respectivamente ‘El aguacate es delicioso’ y ‘El aguacate no es delicioso’, expresarán distintas proposiciones y, por lo tanto, no se podrá decir que están en desacuerdo ya que los contenidos de sus proferencias serán compatibles. Este problema se conoce como problema del desacuerdo perdido (MacFarlane, 2007, pp. 18-19; MacFarlane, 2014, p. 118). Algunos autores han intentado dar cuenta de este problema desarrollando teorías específicamente diseñadas para ello. Por ejemplo, Schaffer (2011) argumenta que el contextualismo deíctico puede dar cuenta de los supuestos casos de desacuerdo sin falta. Con una debida contextualización de los casos que suelen ofrecerse en la literatura, y suponiendo posibles desarrollos de los mismos, la intuición de que ninguna de las partes implicadas en el desacuerdo está equivocada parece desaparecer (Schaffer, 2011, pp. 211-212). El relativismo contextualista deíctico presuposicional (López de Sa, 2008, 2015) es otra de estas teorías.

C. El contextualismo no deíctico sí puede explicar las intuiciones asociadas con el desacuerdo sin falta. Ya que la perspectiva o estándar de gusto no forma parte de la proposición expresada, sendas proferencias de “El aguacate es delicioso” y “El aguacate no es delicioso” expresarán el mismo contenido, en un caso afirmado y en el otro negado, lo que explica su carácter contradictorio. Por otro lado, no podrá decirse de ninguno de ellos que ha cometido un error, ya que la perspectiva o estándar de gusto relevante para determinar el valor de verdad de las proposiciones expresadas por sus proferencias será el estándar de cada hablante y, en este sentido, ambas pueden ser verdaderas.

D. El relativismo también puede dar cuenta del desacuerdo sin falta. Las razones son las mismas que en el caso del contextualismo no deíctico, es decir, existe un mismo contenido pero se evalúa respecto a distintos estándares de gusto. La única salvedad es que en el caso el estándar relevante lo suministra el contexto de valoración y no el contexto de uso.

4. Expresar un estado mental versus informar sobre un estado mental

Las proposiciones que incluyen predicados de gusto permiten a las hablantes expresar sus preferencias de gusto, así como ciertas actitudes respecto a ciertos objetos. Es decir, permiten a los hablantes expresar ciertos estados mentales, usualmente actitudes de aprobación o desaprobación. Las expresiones que permiten expresar estados mentales no deben confundirse con otro tipo de expresiones, aquellas que permiten a los hablantes informar de cuáles son sus estados mentales. A veces se ha sugerido (ver Baker, 2012, p. 109) que el hecho de que un hablante pueda pasar de decir “El aguacate es delicioso” a decir “Me gusta el aguacate” o “El aguacate me parece delicioso” es una razón que apoya una interpretación contextualista deíctica de los predicados de gusto. Es decir, el hecho de que a veces las hablantes usen un tipo de expresión y luego la otra, por ejemplo cuando alguien manifiesta su oposición, es prueba de que los predicados de gusto esconden en su forma lógica huecos de argumento para perspectivas o estándares de gusto. Sin embargo, la plausiblidad de esta idea depende de que ambas expresiones –“El aguacate es delicioso” y “El aguacate me parece delicioso” o “Me gusta el aguacate”– sean equivalentes. Sin embargo, esto no es así ya que ambas oraciones tienen características distintas. Primero, se comportan de manera distinta en contextos modales, contextos que incluyen expresiones como “posiblemente” o “necesariamente”. Considera los siguientes pares de oraciones:

(3) Si el aguacate no me pareciera delicioso, entonces no sería verdad que el aguacate me parece delicioso.

(4)  Si el aguacate no me pareciera delicioso, entonces no sería verdad que el aguacate es delicioso.

(5) Si no me gustara el aguacate, entonces no sería verdad que el aguacate me gusta.

(6) Si no me gustara el aguacate, entonces no sería verdad que el aguacate es delicioso.

Como puede observarse, tanto (3) como (5) son necesariamente verdaderas. Sin embargo, (4) y (6) son falsas. Para que fueran verdaderas deberíamos suponer que el aguacate es delicioso por el mero hecho de que yo considero que lo es, algo que parece intuitivamente falso.

La segunda diferencia entre ambos tipos de expresiones tiene que ver con el impacto que tiene el usar una u otra en un potencial desacuerdo. Considera el siguiente par de oraciones:

(7) A: El aguacate es delicioso.

(8) B: Eso es falso, el aguacate no es delicioso.

(9) A: Me gusta el aguacate.

(10) B: Eso es falso, no me gusta el aguacate.

Como puede observarse, la primera situación, (7)-(8), produce una fuerte impresión de desacuerdo, mientras que la segunda, (9)-(10), no produce impresión de desacuerdo en absoluto.

En definitiva, existe una diferencia entre decir “El aguacate es delicioso” y decir “Me gusta el aguacate” o “El aguacate me parece delicioso”. La primera expresión será una expresión que servirá para expresar el estado mental del hablante, mientras que la segunda comunicará cuál es su estado mental. Solo aquellas expresiones que sirven para expresar estados mentales permiten a los hablantes mostrar su desacuerdo sobre cuestiones de gusto.

David Bordonaba Plou

Referencias

  • Baker, C. (2012): “Indexical Contextualism and the Challenges from Disagreement”, Philosophical Studies, 157(1), pp. 107-123.
  • Chrisman, M. (2007): “From Epistemic Contextualism to Epistemic Expressivism”, Philosophical Studies, 135(2), pp. 225-254.
  • Egan, A. (2007): “Quasi-realism and Fundamental Moral Error”, Australasian Journal of Philosphy, 85(2), pp. 205-219.
  • Glanzberg, M. (2007): “Context, Content, and Relativism”, Philosophical Studies, 136(1), pp. 1-29.
  • Kaplan, D. (1979): “Demonstratives”, en Almog, J., J. Perry y H. Wettstein, eds., Themes from Kaplan, New York, Oxford University Press, pp. 481-563.
  • Kölbel, M. (2003): “Faultless Disagreement”, Proceedings of the Aristotelian Society, 104, pp. 53-73.
  • Kölbel, M. (2009): “The Evidence for Relativism”, Synthese, 166(2), pp. 375-395.
  • Lasersohn, P. (2005): “Context Dependence, Disagreement, and Predicates of Personal Taste”, Linguistics and Philosophy, 28, pp. 643-686.
  • López de Sa, D. (2008): “Presuppositions of Commonality: An Indexical Relativist Account of Disagreement”, en García Carpintero, M. y M. Kölbel, eds., Relative Truth, New York, Oxford University Press, pp. 297-310.
  • López de Sa, D. (2015): “Expressing Disagreement: A Presuppositional Indexical Con- textualist Relativist Account”, Erkenntnis, 80, pp. 153-165.
  • MacFarlane, J. (2007): “Relativism and Disagreement”, Philosophical Studies, 132(1), pp. 17-31.
  • MacFarlane, J. (2014): Assessment-Sensitivity: Relative Truth and its Applications, New York, Oxford University Press.
  • Richard, M. (2008): When Truth Gives Out, New York, Oxford University Press.
  • Schaffer, J. (2011): “Perspective in Taste Predicates and Epistemic Modals”, en Egan, A. y B. Weatherson, eds., Epistemic Modality, New York, Oxford University Press, pp. 179-226.
  • Stephenson, T. (2007): “A Parallel Account of Epistemic Modals and Predicates of Personal Taste”, Proceedings of Sinn und Bedeutung, 11, pp. 583-597.
  • Stojanovic, I. (2007): “Talking about Taste: Disagreement, Implicit Arguments, and Relative Truth”, Linguistics and philosophy, 30(6), pp. 691-706.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Bordonaba, D. y N. Villanueva (2018): “Tres Sentidos de Relativismo”, Análisis. Revista de Investigación Filosófica, 5(1), pp. 217-238.
  • Cepollaro, B. y I. Stojanovic (2016): “Hybrid Evaluatives: In Defense of a Presuppositional Account”, Grazer Philosophische Studien, 93, pp. 458-488.
  • Egan, A. (2014): “There’s Something Funny about Comedy: A Case Study in Faultless Disagreement”, Erkenntnis, 79(1), pp. 73-100.
  • Hume, D. (1826): “Of the Standard of Taste”, en The Philosophical Works of David Hume, vol. III, A. Black and W. Tait, Edinburgh, pp. 256-282.
  • Huvenes, T. T. (2012): “Varieties of Disagreement and Predicates of Taste”, Australasian Journal of Philosophy, 90(1), pp. 167-181.
  • Huvenes, T. T. (2014): “Disagreement without Error”, Erkenntnis, 79, pp. 143-154.
  • Kölbel, M. (2015a): “Relativism 1: Representational Content”, Philosophy Compass, 10(1), pp. 38-51.
  • Kölbel, M. (2015b): “Relativism 2: Semantic Content”, Philosophy Compass, (10)1, pp. 52-67.
  • Marques, T. (2015): “Disagreeing in Context”, Frontiers in psychology, 6, pp. 1-12.
  • Marques, T. (2018): “Retractions”, Synthese, 195(8), pp. 3335-3359.
  • McNally, L. y I. Stojanovic (2017): “Aesthetic Adjectives” en James O. Young, ed., The Semantics of Aesthetic Judgment, New York, Oxford University Press, pp. 17-37.
  • Sundell, T. (2011): “Disagreements about Taste”, Philosophical Studies, 155(2), pp. 267- 288.
  • Sundell, T. (2016): “The Tasty, the Bold and the Beautiful”, Inquiry: An Interdisciplinary Journal of Philosophy, 56(6), pp. 793-818.

Recursos en línea

Cómo citar esta entrada

Bordonaba, David (2018) “Predicados de gusto personal”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/predicados-de-gusto-personal/).

 

Filosofía de la Psicología

1. Introducción

La filosofía de la psicología se puede caracterizar inicialmente como la reflexión sobre la psicología en términos similares a los de otras áreas de especialización dentro de la filosofía de la ciencia—como por ejemplo, la filosofía de la física, la filosofía de la biología o la filosofía de la economía. Sin embargo, la filosofía de la psicología también abarca un gran ámbito de temas que se solapan con los de otras disciplinas filosóficas que no derivan de otros cuerpos de conocimiento, y muy especialmente, aquellos que conforman la filosofía de la mente, pero también la epistemología y la filosofía de la acción. En un sentido amplio, la filosofía de la psicología incluye también pues los desarrollos enmarcados dentro de estas disciplinas. En esta entrada, en cambio, tendremos en consideración la filosofía de la psicología principalmente en tanto que aproximación de segundo orden, esto es, como materia que se ocupa del estudio de los principios y métodos de la ciencia psicológica.

Así entendida, la filosofía de la psicología es—junto con los desarrollos empíricamente informados del resto de disciplinas filosóficas que se ocupan de lo mental—el pilar filosófico de la ciencia cognitiva, es decir, el conjunto multidisciplinar que aglutina todo el conocimiento de que disponemos sobre la naturaleza de la mente y que incluye—además de la filosofía y la propia psicología—la neurociencia, la inteligencia artificial, la ciencia computacional, la lingüística y la biología. En tanto que reflexión filosófica, la filosofía de la psicología atañe también al conjunto del conocimiento empírico sobre la mente. Es así que las teorías y enfoques que surgen en el seno de la filosofía de la psicología son típicamente aplicables al conjunto de disciplinas que configuran la ciencia cognitiva.

Para los efectos de esta breve entrada, es también conveniente precisar un poco más el sentido en que consideramos la propia psicología. En general, la psicología es la ciencia empírica que se ocupa de la mente y el comportamiento. La psicología como ciencia es una disciplina joven que surge con las primeras prácticas de experimentación a finales del siglo XIX, y que estuvo además severamente limitada en cuanto a su alcance durante varias décadas. Así pues, si bien las investigaciones psicológicas se originan de la mano de la propia filosofía y ocupan un lugar primordial en la obra de autores como Aristóteles, Descartes, Hume o Kant, no podemos hablar de filosofía de la psicología en el sentido que nos ocupa aquí hasta bien entrado el siglo XX. Hay que tener también en cuenta que, por otro lado, la psicología cubre un abanico muy amplio de especialidades que incluyen la neurología, la psicología del desarrollo, la psicología clínica, la psicología evolutiva o la psicología social por nombrar algunos ejemplos. Aunque típicamente consideramos la filosofía de la psicología en tanto que estudio empírico de la cognición, el comportamiento y las estructuras y procesos mentales, la reflexión filosófica sobre estas otras disciplinas más concretas también caen dentro del ámbito de la filosofía de la psicología.

Es útil ver la filosofía de la psicología como desempeñando una doble función. Por un lado, ofrece una reflexión que hace explícitos los importantes presupuestos y metodologías de investigación que se utilizan a la hora de establecer los resultados y modelos psicológicos. Por otro, la filosofía de la psicología permite examinar y evaluar críticamente los desarrollos de las diferentes corrientes y paradigmas de la psicología y de las ciencias cognitivas en su conjunto. Una ilustración clara de esta doble función lo proporciona el caso del conductismo, un enfoque que dominó los desarrollos psicológicos durante gran parte del siglo XX y que pretendía abordar todos los fenómenos mentales en términos de la conducta observable por parte de los sujetos.

Los presupuestos y metodologías del conductismo fueron claramente delineados gracias a la obra de influyentes psicólogos—como Watson (1913) o Skinner (1974)—y filósofos—como Ryle (1949) o Quine (1960). Estos autores defendían que la ciencia psicológica debía limitarse al estudio de relaciones públicamente observables del tipo estímulo-respuesta. A partir de los años 50, sin embargo, la reflexión crítica sobre estos presupuestos empezó a mostrar sus severas limitaciones a la hora de explicar los resultados experimentales en los que precisamente el conductismo pretendía basarse, al tiempo que invitaba a considerar seriamente los estados y estructuras mentales como entidades no reducibles a categorías observables. Asimismo, los importantes avances en teoría de la computación y la lingüística—alentada por la obra revolucionaria de Alan Turing (1936) y Noam Chomsky (1968)—proporcionaban poderosas alternativas para articular estructuras cognitivas y modelos de desarrollo del lenguaje que eran empíricamente contrastables e iban mucho más allá de la mera conducta. De este modo, los principios y metodologías conductistas fueron explicitados y criticados en un proceso que acabó con el abandono del enfoque conductista en favor de aproximaciones más complejas como el funcionalismo y los modelos computacionales de la llamada “revolución cognitiva”.

Sin embargo, las aportaciones en la filosofía de la psicología se reflejan también en el planteamiento de numerosas cuestiones concretas que son transversales respecto a los enfoques de la psicología y la ciencia cognitiva que se han ido desarrollando, en mayor o menor medida, hasta nuestros días. Algunas de estas cuestiones son: ¿Cuál es la mejor caracterización y el estatus de la psicología sentido común? ¿Cuál es el papel explicativo y la importancia de la representación mental? ¿Debemos abogar por enfoques que prioricen el papel del entorno, la acción y el cuerpo en la concepción de los fenómenos mentales? A modo ilustrativo, en esta entrada consideraremos brevemente algunas de las respuestas que se han ofrecido a estas preguntas clave.

2. La psicología de sentido común

Una de las cuestiones más apremiantes a las que se enfrenta la filosofía de la psicología es la de interpretar y determinar el estatus de los estados mentales que los seres humanos utilizamos a diario a la hora de explicar y predecir la conducta. Entre estos estados, las creencias y deseos ocupan un lugar destacado. Por ejemplo, si sabemos que Eva concierta una entrevista de trabajo el lunes a las 8:00 para la agencia A, las creencias y los deseos que atribuimos a Eva (en concreto, la creencia de que tiene una entrevista ese día a esa hora para A y el deseo de asistir a la misma) nos permiten explicar su comportamiento cuando se levanta el lunes temprano y predecir que Eva, en condiciones normales, efectivamente se presentará ese día a esa hora en las oficinas de A. Este tipo de psicología—la llamada psicología popular o de sentido común—parece así reunir las características explicativas y predictivas de una teoría científica.

Una cuestión preliminar acerca de este tipo de psicología es sobre cómo caracterizarla. ¿Se trata de un tipo de teoría de la mente que empleamos implícitamente—esta es la teoría de la teoría o theory theory (p. ej. Gopnik y Wellman, 1994)o es la psicología de sentido común más bien un tipo de simulación con la que proyectamos en los demás nuestros propios estados mentales—tal y como propone la teoría de la simulación o simulation theory (p. ej. Gordon, 1986)? Una vez precisada su caracterización, existen a grandes rasgos tres tipos de posiciones que se pueden adoptar a la hora de evaluar dicha psicología. Por un lado, los realistas insisten en que no solo están legitimados los estados que postula, sino que además nuestras mejores teorías psicológicas usan representaciones que confirman dichos estados (p. ej. Fodor 1975, 1987). Otros autores optan por una línea instrumentalista según la cual no debemos comprometernos con la existencia de las categorías postuladas por la psicología de sentido común pero estamos legitimados a invocarlas en nuestras explicaciones psicológicas a un cierto nivel (p. ej. Dennett, 1984). Por último, el eliminativismo rechaza frontalmente la legitimidad de la psicología de sentido común comparando su estatus en relación a la ciencia psicológica con el de otras teorías precientíficas y las ciencias propiamente dichas—tales como la física aristotélica en relación a la física moderna (p. ej. Churchland, 1981). Las posiciones eliminativistas e instrumentalistas parecen pues requerir una revisión profunda de la manera en que la gente de la calle explica y predice la conducta. Las disputas sobre el papel de la psicología de sentido común se encargan de examinar en qué medida una tal revisión es posible y deseable.

3. La representación mental

De un modo que exhibe una estrecha relación con el problema de la sección anterior, la representación mental es otra de las cuestiones capitales a las que se enfrenta la reflexión filosófica sobre las prácticas en psicología y ciencia cognitiva. La representación mental es una noción que tiene su origen en el desarrollo de los modelos computacionales de la mente y de procesamiento simbólico de la información (Newell 1980, Marr 1982, Pylyshyn 1984) y viene definida, típicamente, como un estado o conjunto de estados físicos (o neurofisiológicos) del organismo que está por o significa otros estados fuera o dentro del mismo.

Una primera cuestión relativa a las representaciones mentales es sobre si nuestras teorías deben o no recurrir a las mismas. Numerosos desarrollos iniciados a finales del siglo XX e impulsados por autores trabajando desde ángulos bien diversos—

tales como los del experto en inteligencia artificial Rodney Brooks (1991), el filósofo y desarrollador de software Tim van Gelder (1995) o el biólogo y filósofo Francisco Varela (1990) entre muchos otroshan conseguido articular con éxito la posibilidad de aproximaciones a la mente que evitan acudir a representaciones mentales y que, de hecho, consideran una virtud explicativa el no tener que postularlas. Si tenemos en cuenta que las creencias y los deseos son estados claramente representacionales—esto es, estados con contenidos sobre otros estados—esta línea de investigación tiene como consecuencia natural el cuestionamiento e incluso rechazo frontal de la psicología de sentido común. El enfoque anti-representacionalista, que también se nutre de varias corrientes renovadoras dentro de la ciencia cognitiva (algunas de las cuales comentaremos brevemente más abajo), viene motivado en parte por la gran dificultad de (i) caracterizar las representaciones mentales de una manera precisa y (ii) vislumbrar criterios claros que permitan determinar cuándo una representación está justificada o confirmada empíricamente.

Con todo, pese a los serios retos que se han planteado desde el anti-representacionalismo, es justo decir que a día de hoy una mayoría de autores trabajando dentro y fuera de la filosofía considera la representación mental como una categoría fundamental e indispensable en la explicación de la mente y la cognición de criaturas tanto verbales como no verbales (ver Shea, 2018 para un tratamiento reciente). Aún así, el estudio de la naturaleza de la representación plantea una de las tareas más arduas a las que se enfrenta la filosofía de la psicología y la ciencia cognitiva con diversas e importantes ramificaciones. Una controversia célebre ha sido, por ejemplo, el análisis de la estructura de la representación. En concreto, ¿es dicha estructura de tipo lingüístico—de manera que nos permita hablar de un lenguaje del pensamiento (Fodor, 1975, Fodor y Pylyshyn, 1988)—o se trata en cambio de una estructura en forma de conexiones de red (Smolensky, 1987)? Otras cuestiones básicas que solo podemos apuntar aquí incluyen: ¿Cómo debemos caracterizar el contenido de las representaciones mentales? ¿Debemos postular tipos substancialmente distintos de representaciones para dominios cognitivos que son también distintos (tales como el lenguaje y la visión)? ¿Cuál es la diferencia y la relación entre la representación conceptual (que requiere el empleo de conceptos por parte del organismo) y la representación no conceptual? ¿Qué tipos de fenómenos mentales son aquellos que requieren la postulación de representaciones mentales? ¿Cómo podemos caracterizar el poder causal y los mecanismos en los que operan las representaciones mentales? Tras varias décadas de investigación, no disponemos aún de respuestas definitivas a estas y otras preguntas relativas a la naturaleza de la representación mental.

4. El entorno, la acción y el cuerpo

Los modelos computacionales clásicos—lo que John Haugeland (1985) dio en llamar GOFAI (Good Old-Fashioned Artificial Intelligence)—desarrollados en buena medida como reacción al conductismo durante la segunda mitad del siglo XX se han puesto en tela de juicio, con el paso de los años, a través de varios frentes. Dichos modelos, basados fuertemente en la lógica formal y la teoría computacional, dejaron inicialmente de lado aspectos que parecen cruciales en la elucidación de las capacidades cognitivas de organismos reales que se desarrollan en contextos complejos y cambiantes. Mientras podríamos señalar algunos otros aspectos a tener en cuenta, aquí consideraremos en concreto tres claramente interrelacionados: el entorno, la acción y el cuerpo.

Una de las contribuciones más destacadas en la filosofía de la psicología de las últimas décadas viene representada por la eclosión de los modelos de la llamada “mente extendida” (extended mind) (Clark y Chalmers, 1998). En estos modelos, se ofrece una aproximación a las capacidades cognitivas que puede extenderse más allá del cráneo y la piel (beyond skin and skull) y tienen en consideración elementos del entorno inicialmente externos al organismo, tales como un libro de notas o, en lo que sería una versión actualizada y ampliada, nuestro smartphone o tablet y otros recursos tecnológicos, así como redes sociales e institucionales. Esta corriente se opone a los modelos computacionales clásicos en subrayar la importancia y las numerosas posibilidades existentes para la realización física de los procesos cognitivos y la capacidad de los mismos para adaptarse e incorporar nuevos elementos del entorno.

El papel del entorno es también subrayado desde otro ángulo en el llamado enfoque enactivo o ecológico, según el cual, la función básica de la mente y los procesos cognitivos es (sustentar) la interacción directa con el mismo. Este enfoque, o familia de enfoques, encuentra sus raíces en el trabajo de psicólogos de la percepción como James J. Gibson (1979) y filósofos especializados en fenomenología como Maurice Merleau-Ponty (1945) y supone iluminar elementos básicos y automáticos de la cognición que involucran una sincronía o acoplamiento (coupling) con el entorno y la especificación directa de posibilidades para la acción (affordances) en el mismo. Al contrario de lo que ocurre en los modelos clásicos, estos elementos no requieren de la manipulación y procesamiento de información sino solo una captación tácita de la relación entre estimulación sensorial y los movimientos del organismo (ver p. ej. Noë, 2009).

Sin embargo, en tanto que la acción física está necesariamente ligada al cuerpo, los enfoques enactivos o ecológicos no están tampoco lejos, y de hecho en buena medida complementan el enfoque corporeizado de la cognición (embodied cognition) (Varela, Thompson y Rosch 1991, Chemero, 2009). Este enfoque pone el énfasis en el propio cuerpo como la base de la cognición y se distancia así de los modelos clásicos en considerar la realización física como un elemento esencial y no accesorio de los mismos. El enfoque corporeizado puede desarrollarse con numerosos énfasis en los que el cuerpo no meramente impone restricciones o limitaciones a los procesos cognitivos, sino que además los regula y constituye. En una de sus variantes más destacadas—que irrumpió con fuerza en el contexto de la psicología del desarrollo (Thelen y Smith, 1994)—la cognición corporeizada se articula a través de modelos explicativos dinámicos no (necesariamente) representacionales en los que se da cuenta del comportamiento del organismo como una actividad continua cuyo desarrollo a lo largo del tiempo se caracteriza matemáticamente (van Gelder, 1995, 1998).

5. Consideraciones finales

La discusión de la sección anterior no debe entenderse como implicando que los modelos computacionales de la mente han sido superados. Los debates sobre cuál es el mejor enfoque y metodología en psicología y ciencia cognitiva sigue vigente en la actualidad—muchas veces a través de la formulación de híbridos de diversa índole—y es justo decir que las versiones más actuales de dichos modelos—con nuevas ramificaciones que profundizan hacia la neurociencia (neurocomputación) y la física cuántica (computación cuántica)—están lejos de ser abandonadas (ver Piccinini, 2015 para un tratamiento detallado y reciente sobre la noción de computación).

Debemos señalar, a modo de conclusión, que lo que hemos visto aquí es solo una muestra muy pequeña del conjunto de cuestiones que caen dentro del ámbito de la filosofía de la psicología entendida como disciplina de segundo orden. Otras cuestiones centrales que podemos mencionar incluyen: ¿Qué niveles explicativos debemos considerar a la hora de abordar los fenómenos mentales? ¿Cuáles son las condiciones mínimas para que exista cognición? ¿En qué medida las capacidades cognitivas que poseemos son innatas y en qué medida resultado del aprendizaje y condicionamiento ¿Cuál es el papel explicativo de las enfermedades mentales y los casos clínicos a la hora de iluminar la naturaleza de la mente? ¿Cuál es la relación entre la mente individual y las estructuras cognitivas de colectivos y sociedades? ¿Cuál es el papel de la emoción en la cognición? La lista dista mucho de ser exhaustiva. Es conveniente tener asimismo en cuenta que la filosofía de la psicología se aproxima a cuestiones que continuamente se plantean en el seno del conjunto multidisciplinar que conforma la ciencia cognitiva. La reflexión desarrollada en la filosofía de la psicología es, en definitiva, una tarea en constante evolución que debe atender a un número considerable de corrientes y enfoques, pero también a una gran especialización de las cuestiones y avances concretos que contribuyen a una mayor comprensión de la realidad psicológica.

Víctor M. Verdejo
(Universitat de Barcelona)

Referencias

  • Brooks, R. (1991): “Intelligence Without Representation”, Artificial Intelligence, 47, pp. 139-159.
  • Clark, A. y D. Chalmers (1998): “The Extended Mind”, Analysis, 58(1), pp. 7-19. https://www.jstor.org/stable/3328150?seq=1
  • Chomsky, N. (1968): Language and Mind, New York, Harper and Row. [Chomsky, N., N., Catalá, J. A. Díez Calzada y J. E. García-Albea et al. (2002): El lenguaje y la mente, Barcelona, Ariel]
  • Churchland, P. M. (1981): Eliminative materialism and the propositional attitudes, Journal of Philosophy, 78(2), pp. 67-90. [Churchland, P. M. (1995): “El materialismo eliminativo y las actitudes proposicionales”, en E. Rabossi, ed., Filosofía de la mente y ciencia cognitiva, Barcelona, Paidós, pp. 43-68].
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Víctor M. Verdejo (2018) “Filosofía de la psicología”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/filosofia-de-la-psicologia/).

 

Los problemas de la percepción

Bajo el término ‘percepción’ se incluye una variedad de fenómenos. Éstos pueden dividirse en dos categorías generales.

Primera, existen relaciones perceptivas entre nosotros y las cosas que percibimos. Las cosas que percibimos incluyen objetos (nuestras manos, otra gente, animales, árboles,…), sucesos (un pez saltando fuera del estanque), procesos (la trayectoria de una pelota cuando un sujeto la lanza a otro sujeto) y las características que cualquiera de estas cosas tiene (la tersura de la mano, la rapidez del salto del pez, la ubicación de la pelota, etcétera). Las relaciones perceptivas nos permiten tomar información de nuestro entorno inmediato empleando nuestros sentidos. Estas relaciones son mediadas por procesos que comienzan en el mundo con un impacto inicial en nuestros sentidos y concluyen en nuestra experiencia consciente (ver Grice, 1961; Strawson, 1979; Snowdon, 1992).

Segunda, además de las relaciones perceptivas entre nosotros y las cosas que percibimos, existen perspectivas de primera persona, las cuales están incluidas típicamente en las combinaciones de la visión, la audición, el olfato, el gusto y la sensación, así como la sensación del movimiento del cuerpo propio y otras interacciones entre nuestro cuerpo y otros objetos sólidos. Por ejemplo, cuando vemos el pez saltando del estanque, este suceso nos aparece de cierta manera . Este suceso deja un efecto en nuestra vida consciente. Y, la vida consciente de una persona puede verse afectada de maneras indistinguibles incluso sin que el sujeto se encuentre en una relación perceptiva con un objeto, por ejemplo, como cuando se tiene una alucinación causada de manera endógena (ver Shoemaker, 2006; Egan, 2006; Schellenberg, 2007; Madary, 2016)

Probablemente la pregunta más básica en torno a la percepción sea: ¿cómo llegamos a percibir algo? Esta pregunta concierne tanto a las relaciones perceptivas como a las perspectivas perceptivas. ¿Cómo llegamos a adquirir las perspectivas perceptivas que tenemos y cómo llegamos a relacionarnos perceptivamente con algo? Hoy sabemos detalles sobre cuáles son las partes del cerebro que operan en tipos distintos de percepción, tal como la visión. Sin embargo, sólo sabemos algunos elementos acerca de cómo es que todo culmina en una experiencia consciente (ver Valberg ,1992; Robinson, 1994; Smith, 2002).

Respecto a una de las relaciones perceptivas, sabemos que en la visión la luz se refleja en las superficies en impacta nuestras retinas, causando que cierta información entre en un estado que inicia un procesamiento posterior en el cerebro, el cual genera nuestra experiencia visual (Marr, 1982). Cuando los filósofos abstraen a partir de detalles desconocidos, usualmente asumen que este proceso es un proceso causal donde la dirección de causalidad va de las cosas en el mundo a la mente. Por el contrario, algunos filósofos de la Antigua Grecia conocidos como ‘extramisionistas’ pensaron que la dirección de causalidad también actuaba en el sentido contrario: los ojos emitían rayos que iluminaban la parte del mundo que era vista. Sin los rayos emitidos, nada sería visible. Si sujeta una linterna sobre su cabeza y después se desplaza a un área oscura, se generan unos rayos que hacen lo que los extramisionistas pensaron que su ojo producía cuando ve.

El hecho de que no tengamos una ciencia completa de la visión limita nuestra comprensión de la percepción visual. Por ejemplo, ¿por qué la percepción consciente de algo rojo normalmente da lugar a una experiencia de rojez? ¿Es que el carácter específico de aquello que experimentamos en la experiencia de rojez se debe a la naturaleza de la propiedad de ser rojo o más bien se debe a nuestras mentes, o a ambos? (Tye, 1992; Shoemaker, 1994). Esta pregunta puede plantearse respecto a cualquiera de las propiedades que se nos presentan en la percepción. Otra cuestión sobre la que sabemos relativamente poco es cómo interactúa la información que proviene de diferentes modalidades sensoriales. Cuando usted ve el vapor que sale de la tetera y escucha un silbido, ¿a través de qué vía informacional atribuye al mismo objeto tanto el vapor como el silbido?

Un conjunto diferente de preguntas pendientes atañe a la relación entre atención y percepción. Comúnmente atendemos lo que percibimos conscientemente. Esto ocurre cuando a nuestra atención la capta un estallido repentino o un destello luminoso, y ello sucede cuando intencionalmente focalizamos en algo porque nos interesa, como una tortuga que no esperábamos en el camino o un mecanismo que estamos manejando. Pero además percibimos cosas en la periferia a las que prestamos menos atención. ¿Cuál es el alcance de la experiencia perceptiva fuera de la atención? ¿Es posible experimentar algo a lo que no atendemos en absoluto? (Dretske, 2006; Block, 2007; Silins & Siegel, 2014)

Al abordar la pregunta acerca del alcance de la experiencia perceptiva fuera de la atención, los científicos experimentales enfrentan retos idénticos. Un primer reto es encontrar una noción experimentalmente manejable de atención. Un segundo reto es distinguir conceptualmente entre clases diferentes de atención. Para cada una de las nociones de atención, puede plantearse la misma pregunta: ¿Hay una experiencia perceptiva independiente de la atención de dicha clase? Mientras que la noción de atención sea experimentalmente manejable, las ciencias experimentales pueden en principio resolver esta pregunta.

Incluso si tuviéramos una ciencia completa de la visión, aún quedarían muchos problemas filosóficos en torno a la percepción.

Un primer problema concierne a la relación básica de ver. Cuando usted ve una calabaza, es lógico pensar que la calabaza y sus características ayudan a determinar cómo aparece la calabaza. Pero alguien podría tener una experiencia totalmente idéntica incluso si estuviera alucinando. ¿Tiene la calabaza algún papel esencial en la percepción? Presumiblemente esta pregunta tiene una respuesta –o bien “Sí”, o bien “No”. Aun así, ninguna de las respuestas parece completamente satisfactoria. Si la calabaza no tiene un papel esencial en nuestra experiencia, entonces nuestra experiencia se muestra peculiarmente desconectada de la calabaza. Por otro lado, si la calabaza fuera esencial para la experiencia que tenemos de ella, entonces no sería posible tener una alucinación exactamente igual a dicha experiencia. Aun así, nos parece obvio que dichas alucinaciones son posibles. De esta manera, tenemos un problema filosófico (ver McLaughlin, 1989; Robinson, 1994; Martin, 2002; Campbell, 2002; Schellenberg, 2010; Siegel, 2010).

Algunas propuestas que intentan abordar este problema analizan las perspectivas perceptivas en términos de relaciones perceptivas. Según esta perspectiva, articulada por primera vez por Bertrand Russell, hay relaciones explicativamente primitivas de familiaridad con objetos y propiedades (Russell, 1912). Y cuando estamos familiarizados con objetos y propiedades, nuestra familiaridad explica por qué tenemos las perspectivas perceptivas que tenemos. Según este enfoque, cualquier perspectiva perceptiva que tengamos sin familiaridad requeriría de un análisis completamente diferente. Pese al hecho de que las perspectivas pueden en algún sentido compartirse entre alucinación y no-alucinación, aquellas perspectivas compartidas tienen naturalezas diferentes. Este resultado aparentemente paradójico ejerce cierta presión para analizar las perspectivas perceptivas independientemente de las relaciones perceptivas.

Un segundo problema atañe a la estructura interna de las perspectivas perceptivas. ¿Se dividen estas perspectivas fundamentalmente por modalidades sensoriales, de modo que hay perspectivas visuales, perspectivas táctiles, perspectivas auditivas, etcétera, para todas las modalidades sensoriales? O, ¿hay algunas perspectivas que son fundamentalmente multimodales? Considere la experiencia de abrir el cierre de un bolso. En ella, experimenta que el cierre se desliza mientras lo jala hacia usted, y ve que el bolso se abre. Así, tiene una experiencia visual de que el bolso se abre (y de que su mano se apoya en él) y una experiencia cenestésica de jalarlo. Si las experiencias son fundamentalmente unimodales, entonces la sensación de que usted está haciendo que el bolso se abra parecería ser el resultado de una inferencia a partir de su experiencia. Pero si puede experimentar la causalidad misma, entonces pareciera que la causalidad se presenta en un complejo de experiencias que son tanto visuales como cenestésicas. Otros ejemplos en los cuales la causalidad puede verse antes que inferirse incluye ver un cuchillo rebanando pan y una hamaca que sostiene a un gato (Anscombe, 1975; Beebe, 2003). Si las propiedades causales están entre aquellas propiedades que pueden presentarse en la experiencia, ello puede ser una razón para pensar que algunas experiencias son fundamentalmente multimodales (ver Nudds, 2003; Stokes, Matthen & Briggs, 2015; Macpherson, 2011).

Un tercer problema corresponde a cómo caracterizar la diferencia entre las experiencias del frente de las superficies de las cosas, tal como la cara frontal de un jarrón opaco y las experiencias de volúmenes completos. Edmund Husserl se interesó por este problema (Husserl, 1900-01). Cuando vemos entidades cotidianas como una barra de pan o un jarrón de flores, algunos de sus lados se nos ocultan. Y, sin embargo, en algún sentido, somos conscientes de que siguen existiendo fuera de nuestra vista y, a menudo, parece que podemos anticiparlo simplemente viendo la manera en que sus costados continúan existiendo en los espacios que actualmente no podemos ver. Esta observación sugiere que las perspectivas visuales distintas de las que ocupamos en este momento están en algún sentido presentes en nuestra percepción. Puesto que no se nos presentan de la misma manera que propiedades como el color o la textura de la cara frontal de las superficies del jarrón, una pregunta abierta es cuál es la mejor manera de caracterizarlas.

El cuarto problema corresponde a la numerosidad. Suponga que el jarrón que ve está manchado de pequeños lunares o puntos. Desde donde usted está parado, puede ver que el jarrón es punteado pero no puede discernir el número exacto de puntos. ¿Cuál es la mejor caracterización de su perspectiva visual sobre el número de puntos? Usted puede ver claramente dónde termina cada punto y dónde comienza el color circundante, de modo que, en un sentido, puede ver cada uno de los puntos. Pero si usted puede ver cada punto, y (supongamos) que hay 36 puntos, entonces parecería ser parte de su experiencia visual que la parte del jarrón que puede ver tiene 36 puntos. Pero ese resultado parece equivocado. De este modo, tenemos un problema (Ayer, 1940; Tye, 2009).

Un quinto problema atañe al papel de la percepción para justificar creencias ordinarias. Suponga que mientras come un sándwich, quiere un poco de mostaza. Entonces, abre el refrigerador para ver si dentro hay mostaza. Si ve mostaza, normalmente esto le dice lo que quería saber. Así, la percepción parece justificar creencias. Y el mismo tipo de cosa ocurre en innumerables situaciones cotidianas (Bonjour, 1985; Gupta, 2006; Siegel, 2017).

El poder de la percepción para justificar creencias podría parecer obvio en casos como éstos. Pero, ¿qué pasaría si sus experiencias perceptivas pueden ser influidas por lo que usted cree, quiere o teme? ¿Cómo es que esta influencia en la percepción afecta su papel en la justificación de creencias? Por ejemplo, Pavel tiene miedo de que Anna esté enojada con él. Su miedo hace que Anna parezca enojada cuando la ve –aunque si usted ve a Anna, su cara simplemente parecería neutral.Pero Pavel acaba experimentando visualmente a Anna como enojada. La experiencia visual de Pavel de que Anna está enojada surge a partir de su miedo de que ella está enojada. ¿Le daría su experiencia tanta razón como para creer que Anna está enojada, tal como lo haría si la experiencia no surgiera de un miedo? Aquí hay otra pregunta Sí-o-No donde ninguna de las respuestas parece completamente satisfactoria. Usted podría pensar que Pavel puede confiar razonablemente en lo que ve (Sí) –después de todo, ¿qué otra cosa se supone que puede pensar si él no tiene ni idea de que su experiencia se debe a este miedo? Por otro lado, parece sospechoso que deba obtener evidencia de que Anna está enojada (tal como él lo teme) a partir de su percepción, puesto que el miedo generó la percepción (No).De este modo, tenemos un problema.

El problema se exacerba por el hecho que la experiencia visual típicamente genera la sensación de que uno sabe lo que está viendo (Moore, 1905). Esta clase de confianza está ausente en una enfermedad llamada ‘visión ciega’. La gente con visión ciega se orienta empleando información inconsciente para guiar su acción. Sin embargo, los ciegos de visión tienen que forzarse a adivinar la orientación de una línea en su campo visual ciego (Stoerig & Cowey, 1997). No experimentan que saben. Así, la percepción consciente parece ligada estrechamente con experimentar que se sabe, al menos en nuestro mundo.

El sexto problema atañe a la percepción social. Entre las cosas que percibimos, incluimos a otras personas. ¿Son nuestras experiencias perceptivas determinadas completamente por estímulos sensoriales, o incluyen información más sofisticada, tales como estados emocionales, intenciones y actividades de la gente que vemos? En un sentido ordinario, usted puede ver que dos personas que pasean a su perro están enamoradas, de la misma manera en que puede ver que un grupo de gente está restaurando el exterior de un edificio, o que dos personas con un atuendo formal están almorzando en la terraza. Pero, ¿se manifiesta alguna de estas actividades sociales complejas en la percepción de la misma manera que los colores, las figuras y los movimientos de las superficies que están frente a usted? (Maund, 1995; Masrour, 2011; Adams, 2010; Siegel, 2010, 2017)

Un asunto relacionado con el último problema concierne a la cooperación social. Usualmente, la acción colectiva requiere una atención colectiva. Imagine que varias personas cargan una caja pesada, o que un trío de músicos toca una pieza musical, o que un pequeño grupo de personas se saludan unos a otros y hacen planes que requieren cosas diferentes de distintas personas. Estas formas de cooperación son posibles solamente cuando la gente involucrada puede distinguir a partir de la percepción qué es lo que los otros, involucrados en el acto de cooperación, pueden ver. Puesto que la percepción en la forma de atención colectiva es indispensable para formas diversas de cooperación, ¿cuáles son los contenidos de la experiencia perceptiva que hacen posible la cooperación? ¿Es posible experimentar perceptivamente las intenciones, los deseos, las desilusiones y las desaprobaciones de las otras personas? ¿Es posible recibir información a través de la experiencia acerca de cuáles son las maneras apropiadas e inapropiadas de actuar en una situación? O, ¿qué es lo que uno debería o no debería hacer después de la experiencia? Estas preguntas muestran cómo interactúa nuestra respuesta a normas sociales con los contenidos de la experiencia perceptiva (Searle, 1995; Eilan et al., 2005).

Frecuentemente, la investigación filosófica se construye en torno a problemas. A menudo, los problemas requieren que tracemos distinciones más finas que aquellas con las que comenzamos. Ésa es una manera en que la filosofía puede progresar a través de un problema, simplemente analizándolo con detalle. Una manera de progresar con un problema es comprendiéndolo mejor, y comúnmente lo comprendemos mejor cuando sabemos qué respuestas posibles podría haber –incluso si no sabemos (¡e incluso cuando nunca lo sabremos!) cuál es la respuesta correcta.

Susanna Siegel
(Harvard University)

Laura Pérez
(Cornell University)

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Ezcurdia, M. y H. Olbeth, eds., (en prensa): La Naturaleza de la Experiencia, 2, Percepción, México, Instituto de Investigaciones Filosóficas, UNAM.
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Siegel, Susanna y Pérez, Laura (2018) “Los problemas de la percepción”,  Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/los-problemas-de-la-percepcion/).