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Democracia deliberativa

1. Introducción: el giro deliberativo en la teoría democrática

La teoría democrática ha dado, en las últimas décadas, un «giro deliberativo» que ha convertido a la democracia deliberativa en un paradigma cada vez más dominante . Sin embargo, debido precisamente a su atractivo para tradiciones intelectuales muy variadas —entre ellas el constitucionalismo, el liberalismo, el republicanismo cívico, la democracia radical y el pragmatismo—, la democracia deliberativa dista mucho de constituir una teoría unificada . Más que ofrecer una concepción única y coherente, engloba una pluralidad de interpretaciones y planteamientos, cada uno de los cuales es objeto continuo de debate, refinamiento y desarrollo .

El núcleo de la idea de democracia deliberativa es una concepción particular de la legitimidad política: las leyes legítimas surgen de la deliberación pública entre ciudadanos iguales . Como señala Gutmann, «el ejercicio legítimo de la autoridad política requiere justificación ante las personas que están sujetas a ella, y la toma de decisiones mediante la deliberación entre ciudadanos libres e iguales es la justificación más plausible que puede ofrecerse para la resolución provisional de cuestiones controvertidas» . La deliberación pública inclusiva contribuye a la legitimidad democrática al permitir que los ciudadanos acepten al menos como razonables las leyes y políticas a las que están sujetos en vez de considerarlas meros productos de la coerción. Cuando los ciudadanos justifican mutuamente el poder político que ejercen los unos sobre los otros, pueden llegar a verse como participantes en pie de igualdad en un proyecto compartido de autogobierno democrático. La idea de justificación mutua pone de manifiesto la conexión interna entre la deliberación pública y el ideal democrático de autogobierno colectivo. Es este criterio de justificación pública el que distingue a la democracia deliberativa tanto de los modelos puramente agregativos como de los modelos puramente epistémicos de legitimidad democrática.

Según las concepciones puramente agregativas de la democracia, la legitimidad de las decisiones políticas se deriva de la equidad de los procedimientos de decisión tales como la regla de la mayoría, que garantizan que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades para influir en los resultados y, de este modo, sean tratados como iguales desde el punto de vista político. Desde esta perspectiva, la legitimidad descansa en el ejercicio del poder mediante procedimientos que otorgan el mismo peso a todas las preferencias y opiniones . Los demócratas deliberativos, por el contrario, rechazan la idea de que todas las opiniones y preferencias merezcan la misma consideración con independencia de cuán injustas, mal informadas o manipuladas puedan ser. Sostienen que la legitimidad depende no solo de la igualdad del derecho al voto, sino también de la calidad de las razones y consideraciones que inspiran las decisiones políticas. Para los demócratas deliberativos, lo que legitima las decisiones colectivas es la fuerza de los mejores argumentos —y no meramente el peso de los números. La legitimidad está internamente vinculada a la calidad del proceso deliberativo que precede a la adopción de decisiones colectivas.

Al vincular la legitimidad a la calidad del proceso deliberativo que precede a la toma de decisiones, esta concepción abre un espacio para que las minorías puedan cuestionar el dominio de la mayoría. Incluso cuando son derrotadas en una votación, las minorías pueden impugnar la opinión pública dominante mostrando que sus contrapropuestas están respaldadas por mejores razones y, de este modo, mantener la esperanza de que «la fuerza del mejor argumento» termine transformando la opinión pública, de manera que un número suficiente de conciudadanos cambie de parecer y llegue a respaldar las propuestas que tales razones favorecen.

El criterio de justificación pública de la legitimidad también distingue a las concepciones deliberativas de las teorías puramente epistémicas de la democracia . Los demócratas epistémicos sostienen que la legitimidad de las decisiones democráticas deriva del hecho de que la deliberación pública permite a los participantes descubrir las mejores respuestas a las cuestiones políticas —o, como suele decirse, rastrear la verdad. Los demócratas deliberativos, sin embargo, consideran que esto es insuficiente. Para ellos, el objetivo de la deliberación política no es simplemente averiguar cuáles son las mejores respuestas según unos u otros, sino identificar decisiones que puedan justificarse públicamente ante quienes están sujetos a ellas.

Desde esta perspectiva, la legitimidad exige que las políticas sean justificables en términos que todos los ciudadanos razonables puedan aceptar, de modo que los individuos obedezcan no por mera coerción, sino porque reconocen al menos como razonables las razones que subyacen a la decisión, aunque en su opinión no sean las ideales o las mejores. La democracia deliberativa no es ni el gobierno de la opinión verdadera según unos u otros —como en las concepciones puramente epistémicas—, ni el gobierno de la opinión pública del momento —como en las concepciones puramente agregativas—. Es el gobierno de la opinión pública ponderada .

La distinción entre concepciones puramente epistémicas y deliberativas de la democracia es sutil, puesto que ambas entienden la deliberación como una forma de razonamiento válido guiado por estándares epistémicos tales como la búsqueda de la verdad, la justificación, el acceso a la información y la evitación del error. Sin embargo, mientras que estos estándares son los únicos relevantes en la búsqueda de la opinión verdadera, cuando el objetivo es alcanzar una opinión pública ponderada, la deliberación debe hacer algo más que producir juicios informados o correctos: debe también estar atenta a los intereses, valores y perspectivas de quienes estarán sujetos a las decisiones en cuestión.

Entendidas en este sentido, las opiniones ponderadas de los ciudadanos no son meros reflejos atinados de los hechos relevantes; deben además ser sensibles a la pluralidad de preocupaciones y puntos de vista de sus conciudadanos. Dado que las decisiones políticas son colectivas y coercitivas, la legitimidad exige que las justificaciones de los ciudadanos estén en consonancia con la diversidad de preocupaciones, opiniones, actitudes, intereses y valores del resto de los ciudadanos. Mientras que, para la búsqueda de opiniones «verdaderas», los ciudadanos pueden elegir sus interlocutores deliberativos en función de sus credenciales epistémicas, cuando el objetivo es justificar sus opiniones ante sus conciudadanos deben tener en cuenta los planteamientos cognitivos de estos últimos. Pues los ciudadanos no deben justificaciones sólo a (quienes consideren que son) sus pares epistémicos, sino a todos aquellos sobre los que se ejerce coerción colectiva. Por ello, más allá de la formación de sus propios juicios, los ciudadanos comparten el objetivo de influir en la opinión pública fáctica persuadiendo al mayor número posible de ciudadanos para que respalden sus puntos de vista, de modo que puedan convertirse en opinión pública ponderada. La opinión pública ponderada tiene, por tanto, no solo peso epistémico, sino también relevancia democrática. No es simplemente una opinión más informada o más precisa que otras, sino una expresión adecuadamente inclusiva y deliberativa del razonamiento colectivo de la ciudadanía. Refleja lo que una comunidad política puede aceptar razonablemente en un momento histórico dado —habida cuenta de las creencias de fondo, intereses, valores y preocupaciones de sus miembros— y proporciona así una base legítima para las decisiones colectivas, incluso a ojos de quienes puedan discrepar del resultado en cada caso concreto .

Para cumplir su función legitimadora, la deliberación pública debe satisfacer estándares normativos bastante exigentes. Aunque los demócratas deliberativos discrepan en la forma de definir dichos estándares, existe un amplio acuerdo en torno a un principio central: la deliberación pública solo puede conferir legitimidad a las decisiones políticas en la medida en que esté guiada por la calidad de las razones ofrecidas —lo que Habermas célebremente denominó «la fuerza del mejor argumento»— y no por la coerción, por la manipulación o por motivos meramente autointeresados. Además, la deliberación ha de estar basada en el respeto mutuo y estructurada de manera que garantice un grado adecuado de inclusión. Solo entonces puede responder genuinamente a la diversidad de preocupaciones, intereses, valores y perspectivas de todos los ciudadanos.

Las primeras formulaciones de la democracia deliberativa solían apelar a estándares de legitimidad excesivamente exigentes e idealizados . El uso de expresiones como la «aceptación bajo las condiciones de una situación ideal de habla» de Habermas o «la fuerza del mejor argumento» daba a entender que el consenso racional era el único resultado legítimo de la deliberación pública. Esto suscitó el problema de que prácticas democráticas habituales —como la toma de decisiones basadas en la mayoría, el compromiso, la negociación o el regateo— parecían quedar excluidas por ilegítimas. De modo similar, estas formulaciones parecían restringir la deliberación a sopesar argumentos abstractos en un discurso racional, excluyendo así la dimensión afectiva de los testimonios en primera persona, la narración emocional y otras formas expresivas de comunicación . Estas formulaciones iniciales también parecerían excluir como ilegítimas acciones políticas de confrontación, como las huelgas, las sentadas o las manifestaciones .

En su obra posterior, Habermas desarrolló de hecho una concepción de la deliberación ciudadana en la esfera pública muy distinta del modelo cara a cara de un seminario de filosofía idealizado que sugerían sus primeras formulaciones. Por el contrario, para él la deliberación en la esfera pública adopta la forma de redes informales y no reguladas por las que fluyen corrientes «indomables» de comunicación . En Entre hechos y normas ofreció asimismo un análisis exhaustivo de las condiciones de legitimidad de procesos de toma de decisión política como el compromiso, el regateo, la negociación, etc. No obstante, las críticas a los primeros modelos idealizados han resultado fructíferas para una nueva generación de teóricos de la deliberación que ha tratado de refinar los estándares normativos de la deliberación de maneras más matizadas e inclusivas. Estos desarrollos se han producido no solo en el plano teórico, mediante numerosos refinamientos conceptuales , sino también en el plano práctico, gracias a planteamientos metodológicos orientados a operacionalizar los estándares deliberativos para evaluar procesos deliberativos reales en contextos políticos variados . Estas concepciones más recientes de la democracia deliberativa no deben entenderse como meras concesiones pragmáticas a la realidad no ideal de la política. Lo que ofrecen es una articulación del ideal deliberativo más atenta a la pluralidad y complejidad contextual y, por ello, resultan empíricamente útiles para evaluar y mejorar los procesos deliberativos en el mundo real .

Por desgracia, con independencia del grado de sofisticación o matización que alcancen las teorías de la democracia deliberativa, es obvio que la deliberación política en la esfera pública de las sociedades democráticas contemporáneas está muy lejos de satisfacer los
estándares que tal democracia exige. En casi todas las dimensiones relevantes —como la inclusión, la diversidad, el acceso a información fiable y equilibrada, la independencia, la imparcialidad y la orientación hacia el bien común—, las condiciones en las que tiene lugar la mayor parte del discurso público no solo son inadecuadas, sino que con frecuencia se oponen directamente a los ideales deliberativos. El debate público está a menudo dominado por poderosos actores políticos cuyos intereses divergen marcadamente de los de la población en general, pero que ejercen una influencia desproporcionada sobre la opinión pública. El desarrollo de las plataformas de redes sociales y su problemático modelo de negocio (que maximiza la permanencia en las redes, no la precisión de su contenido) han provocado un aumento preocupante de la desinformación, la información errónea y la polarización, que amenaza la posibilidad de mantener una esfera pública inclusiva . En un entorno así, los ciudadanos carecen de las condiciones necesarias para hacerse un juicio ponderado sobre cuestiones políticas controvertidas. En consecuencia, incluso cuando las instituciones democráticas responden a la opinión pública, lo hacen a lo sumo a las opiniones que de hecho mantiene la ciudadanía, no a sus opiniones ponderadas. Muchos ciudadanos no disponen siquiera de una oportunidad real para descubrir cuáles serían sus opiniones ponderadas si estuvieran adecuadamente informados y pudieran participar en una deliberación abierta y respetuosa con conciudadanos que sostienen perspectivas, valores e intereses distintos.

Si los procesos de formación de la opinión y la voluntad política en los que participan los ciudadanos son tan profundamente defectuosos —tanto desde el punto de vista epistémico como democrático— como parece ser el caso, entonces los actores y las instituciones políticas carecen de medios adecuados para identificar la opinión pública ponderada, tal como exige el ideal de la democracia deliberativa. Las encuestas de opinión captan opiniones poco reflexivas, mal informadas y a menudo manipuladas que, sin embargo, ejercen una poderosa influencia sobre el comportamiento político y la toma de decisiones. Este dilema ha alimentado, en las últimas décadas, el creciente interés de los demócratas deliberativos por los minipúblicos deliberativos. A diferencia de las encuestas de opinión convencionales, que simplemente reflejan la degradación del discurso político en la esfera pública, los minipúblicos —a través procesos microdeliberativos cuidadosamente estructurados— ofrecen un atisbo de cómo sería la
opinión pública ponderada en condiciones deliberativas más favorables. Esta capacidad para diseñar, organizar y experimentar con foros deliberativos —y los resultados claramente prometedores que muchos de estos experimentos han producido— ha dado lugar a un giro decisivo en este campo de investigación. De hecho, la democracia deliberativa ha pasado a identificarse cada vez más con los minipúblicos deliberativos.

Mientras que las formulaciones fundacionales de la democracia deliberativa desarrolladas en los ochenta y en los noventa —por pensadores como Habermas , Rawls , Cohen , Elster y Manin — ponían el acento en la relación entre la deliberación política en la esfera pública y las instituciones políticas de los Estados democráticos, la investigación ha experimentado desde entonces un «giro microdeliberativo». Cada vez más autores han concentrado su atención casi exclusivamente en la teorización, el diseño, la observación y la organización de
minipúblicos deliberativos como expresiones concretas de los ideales deliberativos. Este giro ha generado una preocupación comprensible, a saber: que, en la práctica, los demócratas deliberativos parecen haber «abandonado la democracia de masas» . Pero hay una razón subyacente que explica el giro hacia los minipúblicos deliberativos.

2. El giro microdeliberativo dentro de la democracia deliberativa

Los minipúblicos deliberativos se han desarrollado a lo largo de las últimas décadas en varias oleadas. En los años setenta, Ned Crosby desarrolló en Estados Unidos los jurados ciudadanos , y de manera simultánea Peter Dienel puso en marcha en Alemania las células de planificación . En los años ochenta se introdujeron en Dinamarca las conferencias de consenso , y James Fishkin desarrolló en Estados Unidos las encuestas deliberativas . En la primera década de este siglo se pusieron en marcha las asambleas ciudadanas en la Columbia Británica (2004), Ontario (2006) y los Países Bajos (2006) para debatir propuestas de reforma electoral . Estas iniciativas sirvieron de modelo para asambleas posteriores con mandatos más amplios, como la reciente Asamblea Ciudadana de Irlanda (2016-2018), que emitió informes sobre diversos temas, algunos de ellos de naturaleza constitucional . A partir de 2010, la organización de este tipo de espacios de deliberación ciudadana se ha multiplicado de forma exponencial en todo el mundo .

Estas innovaciones institucionales proporcionan espacios para la deliberación cara a cara de alta calidad, en los que participantes aleatoriamente seleccionados, que por sí mismos nunca habrían interactuado, reciben información equilibrada sobre un tema, se exponen a una variedad de perspectivas sociales relevantes y tienen la oportunidad de sopesar las razones y consideraciones «a favor y en contra» de políticas concretas mediante discusiones grupales arbitradas por un moderador, antes de formarse un juicio ponderado sobre las mismas.

Más allá de estas características básicas, los distintos tipos de minipúblicos difieren en aspectos tales como el procedimiento de selección (puramente aleatorio o muestreo aleatorio estratificado), el número de participantes (de 10 a 200), el tiempo en que se reúnen (puede oscilar entre unos pocos días o varios fines de semana a lo largo de un año) y el resultado esperado del proceso (opiniones individuales, recomendaciones o decisiones colectivas). Tras la experiencia deliberativa, se pide a los participantes que emitan una recomendación o, como ocurre en el caso de las encuestas deliberativas, que expresen sus opiniones tras la deliberación sobre las políticas en cuestión, de modo que puedan compararse con sus opiniones previas. Como sostiene Fishkin, estas opiniones postdeliberativas representan lo que el público pensaría si los ciudadanos estuvieran mejor informados y tuvieran la oportunidad de reflexionar y deliberar con otros en un entorno abierto y equitativo. «La encuesta deliberativa», escribe, «ofrece una base sólida para representar los juicios ponderados de la ciudadanía» .

Teniendo en cuenta el alto significado democrático que las concepciones deliberativas de la democracia otorgan a la opinión pública ponderada, resulta fácil entender por qué los minipúblicos han captado la atención de los demócratas deliberativos. Estas instituciones parecen combinar precisamente el filtro deliberativo y el espejo democrático que el ideal deliberativo de autogobierno requiere. Desafortunadamente, esta combinación solo puede lograrse en contextos experimentales cuidadosamente diseñados: entornos en los que pequeños grupos de ciudadanos seleccionados aleatoriamente disponen de oportunidades reales para una deliberación informada, cara a cara y en profundidad. Esto resulta evidente si comparamos la calidad epistémica y democrática de los procesos microdeliberativos que tienen lugar en los minipúblicos con la de los procesos macrodeliberativos que tienen lugar en la esfera pública en general. En síntesis, las diferencias más importantes son las siguientes:

  1. El muestreo aleatorio estratificado garantiza diversidad e inclusión, en particular la presencia y la voz de grupos sociales marginados. De este modo, los minipúblicos suelen ser más representativos que la mayoría de los foros políticos a los que tiene acceso la ciudadanía en general, los cuales tienden a estar dominados por intereses poderosos o bien organizados. Este desequilibrio resulta especialmente patente en la esfera pública.
  2. La selección aleatoria de ciudadanos ordinarios protege a los minipúblicos de la instrumentalización por parte de los políticos o la cooptación por grupos de interés organizados. Fomenta la independencia política y la imparcialidad de los participantes, incrementando la probabilidad de que la deliberación se oriente hacia el bien público en lugar de hacia ventajas privadas.
  3. La provisión de información equilibrada, combinada con la orientación que aportan moderadores bien formados, favorece la deliberación cooperativa. Estos moderadores ayudan a los participantes a sopesar propuestas y perspectivas contrapuestas, evitan que unos pocos dominen la discusión o desvíen el debate y permiten con ello que el grupo alcance juicios ponderados sobre los asuntos en cuestión.

Consideradas en conjunto, estas características ponen de relieve una tensión central en la teoría de la democracia deliberativa entre la deliberación y la participación de masas. Evidentemente, es mucho más sencillo satisfacer las condiciones básicas de una deliberación de alta calidad —escucha atenta, implicación crítica, respeto mutuo y discusión informada— en grupos pequeños y cara a cara que en foros públicos de gran escala. En grupos reducidos, los participantes pueden comprometerse plenamente a obtener la información relevante, escuchar puntos de vista contrapuestos, cuestionarlos cuando sea necesario y llegar a conclusiones bien fundamentadas. Por el contrario, a medida que la participación se amplía, la viabilidad de ofrecer a todos las mismas oportunidades para hablar, escuchar, preguntar y deliberar de manera significativa, disminuye rápidamente. Además, si a esto se añaden otros criterios centrales para la deliberación política en particular —como la imparcialidad, la sinceridad y la ausencia de manipulación—, la calidad de la deliberación puede deteriorarse a medida que aumenta su carácter público. Cuanto más aislada esté la deliberación de presiones externas —como intereses sectarios, el espectáculo mediático o el comportamiento estratégico—, mayor será la probabilidad de que los participantes se sometan a la fuerza del mejor argumento en lugar de a incentivos externos o a la mera coerción .

Dado que los demócratas deliberativos vinculan directamente la legitimidad de las decisiones políticas a la calidad de la deliberación, mejorar dicha calidad es un objetivo irrenunciable. Sin embargo, si aceptamos que la calidad deliberativa disminuye a medida que se amplía la participación, podríamos vernos obligados a elegir entre una deliberación sin participación o una participación sin deliberación. En tal escenario, los demócratas deliberativos podrían verse forzados a restarle valor a la participación inclusiva y favorecer una deliberación de mayor calidad. Estas consideraciones han llevado a muchos demócratas deliberativos a considerar la proliferación de minipúblicos como la alternativa más realista para realizar el ideal de la democracia deliberativa .

Esta postura plantea, no obstante, varias dificultades. Desde una perspectiva normativa, la microdeliberación entre un número reducido de ciudadanos seleccionados al azar no puede, por sí sola, satisfacer el criterio de legitimidad que defienden los demócratas deliberativos. Lo que hace que la deliberación en los minipúblicos sea tan atractiva es que ofrece una instantánea de cómo podría ser la opinión pública ponderada en una comunidad política determinada en un momento concreto. En el mejor de los casos, las opiniones postdeliberativas de los participantes en minipúblicos reflejan el tipo de juicios que la mayoría de los ciudadanos podría llegar razonablemente a sostener —dadas sus creencias, intereses y valores existentes— si dispusiera de oportunidades deliberativas similares. Sin embargo, y esto es crucial, los minipúblicos no proporcionan ningún camino para transformar la opinión de las masas. Muestran lo que es posible, pero no cómo alcanzarlo. Si, como sostienen los demócratas deliberativos, el ejercicio legítimo de la autoridad política depende de que las decisiones puedan justificarse ante todos aquellos que están sujetos a las mismas, entonces apelar únicamente a los juicios de un pequeño grupo deliberativo es obviamente insuficiente. Justificar decisiones sólo ante un subconjunto (diminuto) de ciudadanos, por muy bien informados o reflexivos que sean, no puede satisfacer este criterio de legitimidad. Para hacerlo, los juicios ponderados de los minipúblicos tienen primero que convertirse en la opinión pública ponderada, es decir, en las opiniones reflexivas del conjunto más amplio de la ciudadanía. Y esta transformación requiere del conflicto político, la contestación pública y el aprendizaje mutuo en el conjunto de la sociedad. Sin este proceso comunicativo más amplio, los minipúblicos deliberativos no pueden por sí solos cumplir el ideal democrático . Por esa razón, la democracia deliberativa sigue siendo incompatible, en sus aspectos centrales, con una perspectiva exclusivamente microdeliberativa. Aunque los minipúblicos son instrumentos valiosos, no pueden sustituir el arduo trabajo de cultivar la deliberación en el conjunto de la sociedad. Los demócratas deliberativos no pueden abandonar la democracia de masas. De hecho, varios desarrollos recientes han llevado a los demócratas deliberativos a reorientar su atención hacia las instituciones de las democracias de masas.

3. El retorno de la democracia deliberativa a la democracia de masas

Sin abandonar la perspectiva microdeliberativa, los demócratas deliberativos están volviendo cada vez más a la ambición original de la democracia deliberativa de ofrecer una teoría democrática en sentido pleno: una teoría que se toma en serio las instituciones centrales de la democracia de masas para promover una sociedad más deliberativa. Esta orientación renovada ha dado lugar a tres desarrollos destacados dentro del paradigma deliberativo: el giro sistémico, que concibe la deliberación política como un fenómeno que tiene lugar a través de una red de espacios interconectados y no en foros aislados; los intentos de escalar la deliberación a la democracia de masas , cada vez más mediante el uso y desarrollo de herramientas digitales y de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial; y las propuestas para institucionalizar los minipúblicos de manera más permanente dentro de los sistemas políticos formales, con el fin de reforzar su influencia y su capacidad decisoria.

3.1. El giro “sistémico” de la democracia deliberativa

El planteamiento en términos de sistemas deliberativos ofrece un marco teórico desde el que comprender la democracia a gran escala . A diferencia de los modelos microdeliberativos, que se centran en conversaciones cara a cara dentro de un único foro —como los minipúblicos deliberativos que reúnen a un grupo concreto de participantes en un contexto definido durante un periodo determinado—, el planteamiento sistémico concibe la deliberación de masas como un conjunto complejo, disperso e interconectado de procesos comunicativos. Estos procesos ocurren simultáneamente en una amplia variedad de espacios, que incluyen instituciones formales como parlamentos y tribunales, así como ámbitos informales tales como asociaciones privadas, plataformas mediáticas, organizaciones de defensa, movimientos sociales, etc. Cada uno de estos espacios opera conforme a dinámicas y normas discursivas propias, pero interactúan de maneras que se influyen mutuamente, posibilitando una división del trabajo deliberativo.

Desde la perspectiva sistémica, la legitimidad de las decisiones políticas no puede evaluarse únicamente atendiendo a la calidad epistémica o democrática de la deliberación en un foro aislado. Más bien, la legitimidad emerge de un ecosistema comunicativo más amplio a través del cual la opinión pública se forma y se transforma a lo largo del tiempo. Esto incluye una gran diversidad de prácticas discursivas: desde las conversaciones políticas cotidianas en torno a la mesa de la cocina, hasta los debates públicos entre candidatos electorales, las protestas y manifestaciones de los movimientos sociales, los actos de desobediencia civil como sentadas y huelgas, los artículos de opinión sobre cuestiones polémicas publicados en periódicos y medios generalistas, y así sucesivamente. Dado que todas estas prácticas contribuyen —directa o indirectamente— a la formación a lo largo del tiempo de la opinión pública y de la voluntad colectiva respecto de decisiones políticas controvertidas, deben incluirse en la evaluación de la calidad deliberativa en la toma de decisiones democráticas a nivel sistémico.

El giro sistémico en la democracia deliberativa ha ganado un atractivo considerable en los últimos años, en gran medida porque ofrece un marco más realista para comprender cómo se desarrollan los procesos discursivos a lo largo del tiempo en los complejos entornos del mundo real. En este sentido, constituye un desarrollo estimulante y prometedor. Sin embargo, con la ampliación del campo de análisis llega un aumento correlativo de la complejidad, que introduce numerosos desafíos conceptuales y metodológicos . Una cuestión fundamental es si tiene sentido hablar de un sistema deliberativo en singular. Y, si lo tiene, ¿cómo identificar y demarcar un sistema deliberativo concreto, distinguiéndolo de otros? Aún no se ha ofrecido una respuesta clara a esta pregunta. De manera análoga, los autores que adoptan el planteamiento de sistemas siguen divididos respecto de cómo conceptualizar mejor las relaciones entre los diversos espacios que componen un sistema de este tipo. ¿Deben entenderse mediante modelos de red, modelos secuenciales o desde un marco totalmente diferente? Como señala Parkinson , cada uno de estos planteamientos tiene sus propias limitaciones. Los modelos de red, aunque útiles para identificar conexiones entre actores e instituciones, a menudo no captan procesos dinámicos ni desplazamientos temporales. Los modelos secuenciales, por el contrario, son más adecuados para rastrear procesos a lo largo del tiempo, pero tienden a pasar por alto actores periféricos y ámbitos informales que los modelos de red sí ponen de relieve . Una cuestión vinculada a esta es cómo evaluar la calidad deliberativa dentro de un marco sistémico. ¿Debe entenderse como una propiedad presente o ausente en cada componente individual, o más bien como una cualidad distribuida y emergente del sistema en su conjunto? Las dificultades para responder a esta pregunta ponen de manifiesto tanto las ventajas como las debilidades del planteamiento sistémico.

Aunque este planteamiento amplía el campo de análisis para incluir una variedad más amplia de formas comunicativas y de foros —cada uno con las ventajas y las capacidades deliberativas que le son propias—, también complica la evaluación normativa. Mansbridge et al. articulan la intuición central de la perspectiva sistémica en términos de complementariedad y desplazamiento: «Partes de un sistema pueden mantener relaciones de complementariedad o de desplazamiento. En una relación complementaria, dos males pueden producir un bien. Entre dos espacios, ambos con deficiencias deliberativas, uno puede compensar las deficiencias del otro. Así, una institución que, considerada en sí misma, parece deliberativamente defectuosa, puede aparecer como beneficiosa desde una perspectiva sistémica. Inversamente, una institución que, considerada en sí misma, parece deliberativamente ejemplar, como un minipúblico bien diseñado, puede parecer menos beneficiosa desde una perspectiva sistémica cuando desplaza a otras instituciones deliberativas útiles, como las instituciones partidistas o los movimientos sociales» . Con todo, esta perspectiva más amplia y holística también plantea problemas normativos importantes. Como han señalado los críticos, el planteamiento sistémico podría llegar a juzgar un sistema como «deliberativo» incluso cuando apenas tiene lugar, o no tiene lugar en absoluto, deliberación efectiva alguna entre los ciudadanos . Además, si la calidad deliberativa se entiende exclusivamente como un resultado sistémico, hay pocos incentivos o razones para mejorar los estándares deliberativos de los foros particulares. Aunque una concepción así podría ser defendible dentro de otras teorías democráticas, parece directamente incompatible con el compromiso deliberativo de la justificación mutua, central para la concepción deliberativa de la legitimidad política.

Es demasiado pronto para determinar cómo se desarrollarán los debates en curso sobre estas cuestiones fundamentales, o cuáles serán en último término los contornos precisos de un planteamiento «sistémico» acerca de la democracia deliberativa. Aunque no todos los demócratas deliberativos suscriben el giro sistémico en el sentido metodológico estricto asociado a la teoría de sistemas, este desplazamiento ha resultado, con todo,
muy valioso para reorientar la atención hacia el paisaje institucional más amplio de la democracia de masas, con su pluralidad de espacios deliberativos, actores e instituciones. Como observan Elstub et al. , este giro ha «llevado a la democracia deliberativa a cerrar el círculo y regresar a sus orígenes».

3.2. Escalar la deliberación hacia los públicos de masas

Otro desarrollo clave que ha contribuido a desplazar la atención desde la (micro)deliberación en minipúblicos hacia la (macro)deliberación en la esfera pública más amplia es el rápido auge de las tecnologías digitales; en particular de las plataformas de redes sociales e innovaciones como la inteligencia artificial. Si bien estas herramientas han mejorado ciertamente el acceso a la información y al debate público, también han acelerado de manera significativa la difusión de información errónea, desinformación, noticias falsas y teorías conspirativas, dando lugar a una polarización y fragmentación crecientes entre los ciudadanos. En el ecosistema mediático actual, las personas tienen cada vez más dificultad no solo para acceder a información fiable sino, más críticamente, para discernir cuáles son las opiniones ponderadas de sus conciudadanos, especialmente de quienes sostienen posiciones contrarias a las suyas. Con demasiada frecuencia, los ciudadanos no pueden determinar si dichas opiniones reflejan desacuerdos genuinos entre los miembros del público o si son resultado de la manipulación por parte de actores poderosos con una influencia desproporcionada en la esfera pública, como lobbies, bots, hackers o gobiernos extranjeros. Si estas tendencias continúan, no está nada claro si —y cómo— los ciudadanos podrán seguir estando suficientemente informados para participar en una deliberación democrática con sentido, incluso sobre las cuestiones políticas más fundamentales. Estos desarrollos plantean sin duda amenazas serias no solo a la calidad del discurso público, sino también al funcionamiento de las sociedades democráticas en general. Pero en particular, desde el punto de vista de la democracia deliberativa —que otorga un lugar central al debate público inclusivo e informado como piedra angular de la legitimidad democrática—, las consecuencias resultan especialmente inquietantes. Estos retos explican por qué los teóricos deliberativos han dirigido cada vez más su atención hacia la esfera pública digital y su impacto potencialmente transformador —y desestabilizador— sobre la vida democrática .

Con todo, existe también una dimensión potencialmente positiva en esta atención creciente a las tecnologías emergentes. La urgencia por mejorar la calidad de la deliberación ciudadana en la esfera pública ha desencadenado una oleada de experimentos orientados a escalar los procesos deliberativos de los minipúblicos hacia modelos capaces de involucrar a miles, o incluso millones, de participantes. Estos esfuerzos dependen cada vez más de las nuevas herramientas digitales, en particular de la inteligencia artificial (IA). El número y la diversidad de estos experimentos —y de las tecnologías que los impulsan— crecen con tal rapidez que cualquier intento de catalogarlos exhaustivamente probablemente quedaría obsoleto antes de su publicación.

Estas iniciativas abarcan una amplia gama de planteamientos tecnológicos: desde modelos de colaboración humano-IA que facilitan intercambios iterativos entre participantes humanos y sistemas de IA, hasta plataformas de código abierto como Polis, que sintetiza las contribuciones de los participantes para mostrar las áreas de consenso y divergencia, o la llamada “Máquina de Habermas”, desarrollada por Google DeepMind, cuyo objetivo es ayudar a los participantes a identificar puntos de encuentro durante la deliberación. Un ejemplo destacado en el ámbito de la democracia deliberativa es la Encuesta Deliberativa asistida por IA de James Fishkin. El Laboratorio de Democracia Deliberativa de Fishkin ha desarrollado una plataforma en línea que reproduce la estructura deliberativa presencial en pequeños grupos, propia de los minipúblicos tradicionales, pero sustituyendo a los moderadores humanos por moderadores automatizados, asistidos por IA. En aplicaciones recientes de esta plataforma en diversas encuestas deliberativas sobre distintos asuntos políticos, los participantes manifiestan niveles similares de satisfacción con el proceso, ya sea que la moderación haya sido humana o asistida por IA. Además, las ventajas a largo plazo tradicionalmente asociadas con la deliberación presencial —como la reducción de la polarización, el aumento del compromiso político y una mayor disposición a votar— parecen reproducirse en el formato en línea asistido por IA . Aunque estos experimentos se encuentran aún en fases tempranas, su potencial para involucrar a segmentos más amplios del público en un discurso político significativo es notable. El rasgo más prometedor reside en su escalabilidad: la posibilidad de hacer accesible a millones de personas, más allá de fronteras lingüísticas, nacionales y culturales, una deliberación de alta calidad en grupos pequeños, y a una fracción del coste de los formatos presenciales tradicionales. Sin embargo, estos desarrollos también plantean problemas importantes. Los conocidos compromisos entre escala y calidad deliberativa siguen sin resolverse, y cuestiones como la representatividad de los participantes, el sesgo algorítmico, la exclusión digital y el potencial de manipulación deben ser examinadas con particular cuidado. El potencial transformador de estas tecnologías es considerable, pero también lo son sus riesgos.

3.3. Propuestas de institucionalización de los minipúblicos: tres modelos

Los demócratas deliberativos implicados en el diseño y la organización de minipúblicos están dirigiendo cada vez más su atención hacia las instituciones más generales de la democracia de masas. Este giro responde a múltiples factores. La proliferación global de minipúblicos puede entenderse como una respuesta a la crisis persistente de la democracia, en la medida en que las autoridades públicas buscan contrarrestar la amplia insatisfacción ciudadana creando nuevos espacios participativos que aspiran a comprender y atender mejor las preocupaciones de la ciudadanía. Sin embargo, aunque este proceso ha arrojado resultados alentadores —como demostrar las capacidades deliberativas y de resolución de problemas de los ciudadanos, así como mostrar los efectos despolarizadores de la deliberación —, también ha generado una frustración creciente entre sus diseñadores y defensores . Hasta la fecha, la mayoría de los minipúblicos se han organizado como procesos ad hoc, no vinculantes, con funciones únicamente consultivas o asesoras. Sin una institucionalización formal, y permaneciendo en gran medida desconocidos para el público general, sus recomendaciones pueden (y suelen) ser ignoradas con facilidad (y sin consecuencia alguna) por las autoridades políticas. Por ello, su impacto político más amplio ha sido muy limitado hasta el momento . La frustración por esta falta de recepción ha impulsado un interés creciente entre los demócratas deliberativos por desarrollar propuestas que integren de un modo más formal los minipúblicos en las instituciones de la democracia representativa, con el objetivo de aumentar su influencia en la toma de decisiones políticas.

A primera vista, podría parecer que los debates sobre la institucionalización de los minipúblicos representan una cuestión relativamente especializada dentro de la teoría democrática, de interés solo para quienes se ocupan de ese tipo de innovación de alcance limitado. Sin embargo, esta impresión es engañosa. En realidad, estas propuestas plantean interrogantes fundamentales acerca de la legitimidad y el futuro de la democracia electoral misma. Teniendo esto en cuenta, la mejor manera de ordenar el número creciente de propuestas consiste en examinar la relación que proponen entre órganos seleccionados aleatoriamente —como los minipúblicos— y las instituciones electorales tradicionales. En términos generales, pueden distinguirse tres modelos. El primero defiende reemplazar las instituciones electorales por asambleas seleccionadas por sorteo . El segundo propone que los minipúblicos complementen a las instituciones electorales, por ejemplo, mediante la incorporación de una cámara seleccionada aleatoriamente a un cuerpo legislativo bicameral en el que la otra cámara elegida por votación . El tercer modelo concibe los minipúblicos como instancias auxiliares, destinadas a apoyar y reforzar las instituciones electorales actuando como intermediarios entre los órganos políticos formales y el público en general . La diferencia clave entre estos modelos radica en si —y en qué medida— confieren autoridad legislativa a los minipúblicos. Mientras que los dos primeros contemplan otorgar a estos órganos poder legislativo, total o parcial, el modelo auxiliar no lo hace.

La cuestión central en estas propuestas es si se debe quitar el poder de decisión (en parte o totalmente) a las instituciones electorales y transferirlo a órganos no electorales, como las asambleas ciudadanas u otros minipúblicos similares. Entre quienes defienden esta transferencia se perfilan dos posiciones. Una sostiene que las asambleas seleccionadas por sorteo deberían compartir parte de la capacidad decisoria con las instituciones electorales; la otra, más radical, propone conferir a las instituciones seleccionadas por sorteo competencia exclusiva para adoptar todas las decisiones políticas, desmantelando por completo las instituciones electorales. Aunque esta última constituye una posición marginal dentro de la teoría democrática —al menos por el momento—, la visión más moderada, que aboga por complementar en lugar de sustituir a las instituciones electorales, goza de un apoyo considerablemente más amplio. Para muchos autores, la integración de asambleas ciudadanas dotadas de capacidad decisoria en los sistemas democráticos existentes representa una de las vías más prometedoras para la revitalización democrática.

Por otra parte, los defensores del modelo auxiliar manifiestan una profunda preocupación ante la posibilidad de conceder poder legislativo a los minipúblicos. Dado que los participantes en estas asambleas ni son elegidos por la ciudadanía ni tienen que rendirle cuentas de sus acciones, otorgarles poder de decisión política entraña el riesgo de instaurar una forma de «gobierno de unos pocos». Un pequeño grupo seleccionado aleatoriamente tomaría decisiones en nombre de toda la ciudadanía, la cual carecería de mecanismos efectivos para impugnarlas o influir en su orientación . Institucionalizar minipúblicos con la expectativa de que piensen, deliberen y decidan por el resto de la ciudadanía no es un modo de ampliar el control democrático ciudadano sobre el proceso político. Lejos de producir un efecto democrático positivo, esta estrategia podría agravar precisamente el problema que los minipúblicos aspiran a resolver: la alienación de la ciudadanía respecto del proceso político tendería previsiblemente a intensificarse más que a disminuir. En vez de empoderar a unos cuantos individuos seleccionados al azar para que tomen decisiones políticas según su propio criterio, las propuestas que se inspiran en el modelo auxiliar buscan utilizar los minipúblicos como instrumentos para empoderar a la ciudadanía en su conjunto. En este enfoque, el objetivo no es transferir el poder a una minoría no elegida, sino hacer el proceso democrático más inclusivo, receptivo y participativo.

Es importante subrayar que, dado que los modelos de complementariedad y de sustitución exigirían reformas constitucionales, todos los minipúblicos organizados hasta la fecha se ajustan al modelo auxiliar. Sin embargo, la inmensa mayoría de ellos, con escasas excepciones, han sido creados desde arriba (el modelo top-down). Por lo general, los organizan autoridades públicas para que cumplan funciones meramente consultivas y no otorgan a la ciudadanía un papel activo en el proceso. En contraste, las propuestas más prometedoras dentro del modelo auxiliar implican activamente a la ciudadanía al vincular los minipúblicos con mecanismos de «democracia directa», como las iniciativas ciudadanas, las peticiones o los referendos. Ejemplos bien conocidos de minipúblicos ligados a referendos son las asambleas ciudadanas organizadas en la Columbia Británica (2004) y en Ontario (2006) para discutir propuestas de reforma electoral, el Consejo Constitucional de Islandia encargado de redactar una constitución (2011), y la Convención Constitucional de Irlanda de 2013-14 . Respecto a las iniciativas ciudadanas, un ejemplo notable es el proceso de revisión de iniciativas ciudadanas de Oregón .

Propuestas recientes más ambiciosas adoptan un planteamiento desde abajo (el modelo bottom-up), orientado a reforzar la capacidad de la ciudadanía para fijar la agenda política. Así, los minipúblicos podrían convocarse de forma regular para revisar y evaluar propuestas políticas presentadas por grupos cívicos que alcancen un umbral mínimo de firmas . En función de su contenido y alcance, estas propuestas —junto con la evaluación, por parte de los minipúblicos, de las razones más relevantes a favor y en contra— podrían remitirse a las autoridades decisorias o someterse a votación pública. La institucionalización de este tipo de procesos podría ampliar significativamente la capacidad de la ciudadanía para influir en la agenda política y garantizar que el sistema permanezca receptivo a las preocupaciones, intereses y prioridades del público. Al saber que sus propuestas serán objeto de una consideración seria —o incluso que podrían ser sometidas a votación o referendo—, los ciudadanos estarán más motivados a participar activamente en la presentación y deliberación pública de iniciativas. Reforzar la participación ciudadana de este modo podría proporcionar un impulso democrático especialmente necesario en un contexto de creciente desafección hacia las instituciones representativas.

Aunque los minipúblicos no son una panacea, ofrecen numerosas posibilidades para mejorar la calidad democrática de las democracias electorales. Al mismo tiempo, sin embargo, han inspirado también propuestas que cuestionan la legitimidad y el valor democrático de las elecciones, y buscan justificar el traspaso del poder legislativo de asambleas electas a asambleas seleccionadas al azar. Este cuestionamiento de las elecciones constituye un desarrollo inquietante, especialmente en una época marcada por retrocesos democráticos a escala global. En este contexto, las propuestas de renovación democrática no pueden dar por sentada la permanencia de las elecciones y limitarse a defender la creación de instituciones no electorales. No basta con comprometerse en preservar la democracia electoral: hay que estar justificado en hacerlo. Defender las instituciones electorales requiere ofrecer un argumento democrático convincente de por qué —pese a todos sus defectos— las democracias electorales son preferibles a las alternativas no electorales. Los demócratas ya no pueden permitirse el lujo de eludir esta tarea constructiva.

Cristina Lafont
(Universidad de Northwestern)

Referencias

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Lecturas recomendadas

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Courant, D. (2022). Institutionalizing deliberative mini-publics? Issues of legitimacy and power for randomly selected assemblies in political systems. Critical Policy Studies, 16(2), 162-180. https://doi.org/10.1080/19460171.2021.2000453

Fishkin, J. S. (1991). Democracy and deliberation: New directions for democratic reform. Yale university press.

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Habermas, J. (2008). Facticidad y validez: Sobre el derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso (5. Ed). Trotta.

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Hennig, B. (2017). The end of politicians: Time for a real democracy. Unbound.

Lafont, C. (with García Valiña, L.). (2021). Democracia Sin Atajos: Una Concepción Participativa de la Democracia Deliberativa. Trotta, Editorial S.A.

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Warren, M., & Pearse, H. (Eds.). (2008). Designing deliberative democracy: The British Columbia Citizens’ Assembly. Cambridge University Press.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Lafont, Cristina (2026). Democracia deliberativa. Encilopedia de la Sociedad Española de
Filosofía Analítica http://www.sefaweb.es/democracia-deliberativa/ 

 

Democracia deliberativa. © 2026 por Lafont, C. está protegida por la licencia CC BY-NC-SA 4.0  

 

Documental

 

El documental es, en primer lugar, la categoría bajo la que se subsumen películas y programas de televisión que se proponen proporcionar información sobre asuntos reales. En este sentido, son ejemplos paradigmáticos de documental High School de Frederick Wiseman y Planet Earth de David Attenborough. La categoría del documental es filosóficamente interesante en la medida en la que se sitúa en la intersección de dos distinciones importantes: la distinción entre ficción y no-ficción, de un lado, y la distinción entre representación y registro, por otro. Una vez que introduzcamos estas dos distinciones, presentaremos las principales concepciones sobre el documental atendiendo a la diferencia de enfoque según esas distinciones.

Ficción y no-ficción

La forma estándar de articular filosóficamente la distinción entre obras de ficción y de no-ficción se apoya en la función primordial que desempeñan. Mientras que las obras de no ficción pretenden informar o transmitir creencias a la audiencia, la ficción invita a imaginar ciertos contenidos. Existe cierto desacuerdo filosófico sobre si dicha función primaria se constituye mediante las intenciones de los autores (Currie, 1990) o si, más bien, viene dada por la comprensión compartida de los miembros de una comunidad de recepción (Walton, 1990); con todo, existe cierto consenso en la relevancia explicativa de la distinción ficción/no-ficción tal y como la hemos caracterizado (una excepción notable es Matravers, 2014).

Esta forma de distinguir entre la ficción y la no ficción permite dar cuenta de la posibilidad de inexactitud o falsedad en el caso de la no ficción. Puesto que caracterizar la no-ficción en términos de formación de creencias permite que dichas creencias sean verdaderas o falsas, las inexactitudes o falsedades no hacen de la no ficción una ficción. Más bien, estas propiedades nos permiten distinguir entre obras de no ficción epistémicamente fiables y no fiables (Heyne, 1987).

Representación y grabación / registro

En el film documental la distinción entre ficción y no-ficción se cruza con la distinción entre representación y grabación. Tanto las representaciones como las grabaciones se pueden concebir como artefactos que tienen la función de orientar nuestra atención hacia un objeto externo. Aun así, mientras que en la representación el modo en el que esta función se realiza estaría determinado por la concepción del realizador o realizadora acerca del objeto representado, en la grabación dicha función vendría determinada por la relación causal entre el artefacto y el objeto representado. (Grice, 1957; Haugeland, 1998; Kulvicki, 2016). En este sentido, las fotografías son ejemplos paradigmáticos de registro visual mientras que las pinturas lo son de representación visual; si bien esta distinción puede ser cuestionada (Lopes, 1996; Atencia-Linares, 2012), suele utilizarse como criterio para distinguir entre fotografía y pintura (Walton, 1984).

La distinción entre grabación y representación cruza la distinción entre ficción y no-ficción. Algunas representaciones son obras de ficción (Alicia en el país de las maravillas de Lewis Caroll) mientras que otras son obras de no-ficción (El adversario de Emmanuel Carrère); de la misma manera, algunas grabaciones son obras de ficción (Casablanca de Michael Curtiz) mientras que otras son obras de no ficción (Le pays des sourds de Nicolas Philibert). Con todo, las grabaciones visuales parecen más afines a la no-ficción en un sentido en el que las representaciones visuales no. Por ejemplo, según una concepción bastante extendida, la fotografía es mucho más afín a la non-ficción y puede ser “ficcionalmente incompetente” en virtud de su naturaleza indéxica o de registro, mientras que el teatro sería mucho más afín a la ficción y podría ser menos capaz de producir no-ficciones en virtud de su naturaleza representacional (Feagin, 2021, p.4). El cine y la literatura, por su parte, serían “competentes” tanto para la ficción como para la no-ficción. Aun así, el papel central de la grabación en el medio cinematográfico puede llevar a cuestionar si la distinción entre grabación y representación afecta en algún sentido a la distinción entre ficción y no-ficción en el medio cinematográfico. Abordar esta cuestión nos ayudará a considerar las dos principales aproximaciones a la noción de documental.

Documentales como generadores de creencias

Según el enfoque que denominaré “independiente del medio”, lo que hace que un documental sea no-ficción es justamente lo que constituye a la no-ficción en general, con independencia del medio en el que se realicen las obras. Noël Carroll (1983; 1997) caracteriza el documental como una representación cinematográfica que realiza aseveraciones, que, a su vez, se pueden caracterizar como actos de habla que tienen la función de generar creencias en la audiencia. De manera similar, Trevor Ponech (1997, p. 216) caracteriza los documentales como estando constituidos por “aseveraciones cinematográficas”, que tienen “la función principal de dejar que los espectadores asuman que la actitud de creencia es la apropiada hacia la mayor parte de lo que se muestra explícitamente en la representación o de lo que se implica”.

El principal problema al que se enfrenta el enfoque denominado “independiente del medio” es el de distinguir los documentales de las obras de ficción que Gregory Currie (1999) llama “docudramas”. Obras como Larry Flint y Man on the Moon de Milos Forman o Schindler’s List y Lincoln de Steven Spielberg son ejemplos de este género. Esto es, películas que sin duda cumplen la función de generar creencias en la audiencia y que, sin embargo, dadas las prácticas apreciativas al uso suelen considerarse obras de ficción más bien que documentales. Desde la perspectiva independiente del medio que venimos adoptando, esas obras deberían categorizarse como documentales en virtud de la función epistémica primordial que cumplen; ahora bien, esto pondría en tensión dicha perspectiva filosófica con la clasificación que de facto suele realizarse y, por ende, con práctica cultural real. La aproximación independiente del medio tendría dificultades para distinguir, por ejemplo, entre el docudrama de Joe Berlinger Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile (2019), en el que el papel del asesino en serie Ted Bundy es interpretado por el actor profesional Zac Efron, del documental Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes, que fue realizado ese mismo año por el mismo director y que presenta la misma historia, pero mediante el uso de grabaciones del propio Ted Bundy.

El documental como la traza o huella de individuos y eventos reales

La distinción entre documental y docudrama, que pone en cuestión el enfoque independiente del medio, puede sin embargo acomodarse sin problemas dentro de un enfoque que subraya la especificidad del medio ya que, de acuerdo con dicho enfoque, los documentales serían registros o documentos cinematográficos. Así, Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes es un documental porque graba al verdadero Ted Bundy mientras que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile es un docudrama porque no lo hace. Sin embargo, se podría objetar que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile es también una grabación ya que filma al actor Zac Efron y a los otros miembros del casting. Por tanto, la aproximación que atiende a la especificidad del medio categorizaría erróneamente dicha obra como un documental, si bien como un documental sobre los actores que interpretan la historia más que sobre Ted Bundy. Para responder a esta objeción, Currie (1999) caracteriza el documental como una película que representa su tema de manera predominante mediante registros fotográficos que documentan dicho tema. Lo que hace que algo sea un documental no es solo que sea registro de aquello que representa, sino la correspondencia entre el asunto registrado y el asunto que el realizador o realizadora pretende representar. Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes es un documental porque no solo nos cuenta la historia de Ted Bundy sino que lo hace filmándolo, mientras que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile es un docudrama porque nos cuenta la historia de Ted Bundy filmando al actor Zac Efron en lugar de al propio Ted Bundy.

Aunque el enfoque que subraya la especificidad del medio puede distinguir de manera efectiva entre el documental y el docudrama, tiene dificultades para clasificar ciertos documentales como tales; en particular, tiene dificultades para clasificar como documentales a las obras que, en lugar de filmar aquello sobre lo que versan, introducen recreaciones y que, sin embargo, clasificamos habitualmente como documentales. Podemos identificar al menos tres tipos diferentes de documental que prescinden del registro o grabación de aquello que constituye su tema. En primer lugar, los documentales de animación, como Waltz with Bashir de Ari Folman y Eva de la Argentina de María Seoane que proporcionan información sobre asuntos reales sin emplear medios fotográficos (Honess Roe, 2013; 2021). En segundo lugar, documentales que proporcionan información sobre asuntos reales y de los que no podría haber registro fotográfico. Un ejemplo sería Voyage of Time de Terrence Malick que versa sobre el nacimiento y el fin del universo sin obviamente filmarlos. En tercer lugar, documentales que hacen uso de la recreación; esto es, de la grabación de reconstrucciones de eventos pasados. Documentales como Shoah de Claude Lanzmann, S-21: The Khmer Rouge Killing Machine de Rithy Panh y The Act of Killing de Joshua Oppenheimer versan sobre crímenes genocidas, pero presentan recreaciones de tales crímenes y no su grabación (Koch, 2023).

Nuevas aproximaciones filosóficas al documental

El enfoque que enfatiza la especificidad del medio tiene dificultades, como hemos visto, para incluir en la categoría de documental los documentales que emplean animación, los documentales sobre temas que están más allá de las posibilidades de grabación o los documentales que incluyen recreaciones ya que en ningún caso se filma aquello sobre lo que versa el documental. Como Jinhee Choi señala, “Currie rechaza los documentales que incluyen actuaciones o recreaciones como propiamente documentales, porque no están constituidos por trazas literales de las personas y eventos abordados por el film” (2001, p. 317).

Por su parte, el enfoque independiente del medio introducida al inicio de esta entrada puede incluir estos tres tipos de documental bajo la categoría de documental que propone, en la medida en la que cumplen con la función epistémica primordial que distingue al documental —esto es, la función de promover la creencia. Aun así, como se mostró más arriba, el enfoque independiente del medio, al contrario que la perspectiva que subraya la especificidad del medio, no es capaz de distinguir adecuadamente entre el documental y el docudrama. Todo esto nos lleva a un callejón sin salida. Tenemos dos teorías contrapuestas sobre el documental y dos problemas, pero ninguna de ellas es capaz de resolver ambos problemas.

Desde una perspectiva histórica, es importante señalar que las principales concepciones filosóficas sobre el documental —tanto del lado que subraya la especificidad del medio (Currie, 1999), como la que adopta la postura de la independencia del medio (Ponech, 1997; Carroll, 1997)— fueron propuestas en los noventa. Las propuestas que aparecen en las décadas siguientes (Plantinga, 2005; Vaage, 2017; Terrone, 2020; García-Carpintero, 2021; Friend, 2021) pueden considerarse intentos de salir de ese callejón sin salida.

Carl Plantinga (2005) intenta mejorar la concepción de Carroll con el fin de acomodar la distinción de Bill Nichols (2001) entre documentales “expositivos”, que de manera explícita realizan aseveraciones, a menudo haciendo uso de un narrador en voice-over, y documentales “observacionales”, que se limitan a mostrarnos los eventos. Por ejemplo, La Marche de l’empereur de Luc Jacquet es expositivo mientras que 12 jours de Raymond Depardon sería observacional. La perspectiva independiente del medio de Carroll tiene dificultades para dar cuenta de los documentales observacionales que parecen abstenerse de la aseveración. La solución de Plantinga consiste en clasificar los documentales observacionales como realizando aseveraciones sobre “algún aspecto fenomenológico de lo representado” (2005, p. 111) a través de “aproximaciones fenomenológicas a la apariencia visual y/o sonora y/o de algún otro aspecto sensorial o afectivo del evento pro-fílmico” (2005, p. 115).

En su discusión de la propuesta de Plantinga y desde una perspectiva wittgensteiniana, Salvador Rubio Marco (2006) señala que la distinción radical entre el documental observacional, que se limita a mostrar, y el documental expositivo, que por el contrario se compromete con el decir, corre el riesgo de pasar por alto la naturaleza profunda del documental que se sitúa, más bien, en un “decir mostrando” o en un “mostrar diciendo”. Rubio Marco argumenta que la inseparabilidad constitutiva del decir y el mostrar se pone de manifiesto en aquellos documentales que se basan en una profunda implicación subjetiva del realizador o realizadora y, en consecuencia, de la audiencia. Considera el documental My Architect, en el que el realizador Nathaniel Kahn logra decir algo profundo sobre su relación personal con su padre precisamente mostrando las huellas visibles de la vida de este. De manera similar, realizadoras como Alina Marrazzi y Sarah Polley, en los documentales Un’ora sola ti vorrei y Stories We Tell respectivamente, logran decir algo profundo sobre sus relaciones personales con sus madres en virtud de mostrar las huellas visibles de sus vidas.

Incluso si Rubio Marco acierta al insistir que el decir y el mostrar nunca debería separarse en el caso del documental, la propuesta de Plantinga sigue teniendo el mérito de subrayar la centralidad del mostrar que, en la concepción de Carroll, con su énfasis en el decir, amenazaba con obviar. En este sentido, la propuesta de Plantinga proporciona una enmienda al enfoque independiente del medio de Carroll que subraya la relevancia de la especificidad del medio y que nos permite distinguir de manera adecuada documentales como Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes de docudramas como Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile. En efecto, el primero se propone como realizando aseveraciones sobre “algún aspecto fenomenológico del tema representado” mientras que el segundo no.

De manera similar, Enrico Terrone (2020, p. 46) defiende que los documentales difieren de los docudramas en la medida en la que tienen la función de generar “creencias pictóricas”, esto es, creencias minuciosas sobre eventos reales “que alguien puede formarse aceptando/respaldando lo que percibe en una imagen”. Los docudramas, por su parte, no promueven la formación de creencias pictóricas ya que no nos permiten descartar los rasgos de la imagen que no deberíamos adscribir a los eventos reales (Terrone, 2020, p. 47; véase también Currie 1999, p. 295; Feagin, 2021, p. 8). Puesto que las grabaciones cinematográficas son sin duda nuestra principal (cuando no la única) fuente de creencias pictóricas, la propuesta de Terrone se aproxima a la de Currie y a su énfasis en la especifidad del medio, pero, al contrario que éste, puede acomodar los documentales que incluyen recreaciones. Ello se debe a que las recreaciones también se proponen con la intención de promover creencias pictóricas, y que se presentan a sí mismas como tales si su carácter de recreación es explícito y como engañosas si el realizador intenta engañar a la audiencia haciéndole creer que son registros fílmicos de los eventos originales.

Margrete Bruun Vaage (2017) también aspira a distinguir los tipos de creencias que los documentales pretenden generar. Para ello, alude a la tesis clásica de Aristóteles (1997, p. 7) de que la “poesía trata de expresar lo universal, la historia lo particular”. Aunque las ficciones también realizan aseveraciones, Vaage (2017, p. 263) insiste en una diferencia crucial en lo que respecta al tipo de aseveraciones que ficción y documental realizan. Las ficciones realizan aseveraciones sobre tipos o universales, mientras que los documentales realizan aseveraciones “sobre particulares o personas, lugares y eventos concretos, y evaluaremos tales aseveraciones como siendo más o menos veraces dependiendo de si son, de hecho, verdaderas con respecto a dichos particulares”. Se podría objetar que los docudramas también realizan aseveraciones sobre instancias individuales, pero Vaage puede responder a esta objeción señalando que realizar aseveraciones sobre particulares en un documental requiere fijar la referencia a los mismos mediante algún tipo de registro o grabación. Por ejemplo, deberíamos clasificar la miniserie The Corner como un documental más que como un docudrama porque “Al final de toda la miniserie, el director (real) da un paso adelante y llama a algunos de los alter egos reales de algunos de los personajes principales (los verdaderos Fran, Blue, Tyreeka y DeAndre) y los entrevista sobre sus vidas y sobre el hecho de ser el tema de estudio, primero, para el libro, primero, y posteriormente para la miniserie. Con este final, la miniserie aclara su intención no ficcional: a pesar de utilizar la dramatización y alterar algunos detalles menores con fines dramáticos, hace afirmaciones sobre estas personas y eventos (concretas/particulares) de la vida real.” (Vaage, 2017, p. 265).

Manuel García-Carpintero (2021) propone una forma ligeramente diferente de caracterizar la noción de aseveración para evitar la confusión entre documental y docudrama. Concibe los actos de discurso, en general, como estando constituidos por normas que establecen sus condiciones de éxito. Desde esta perspectiva, la norma constitutiva de la aseveración es proporcionar “información suficientemente buena desde un punto de vista epistémico” mientras que la norma constitutiva para el acto de habla de ficcionalizar sería más bien la de proporcionar “proyectos imaginativos suficientemente interesantes”. La distinción, según García-Carpintero, clasifica adecuadamente los docudramas como ficciones ya que su función principal sería la de proporcionarnos proyectos imaginativos interesantes. Si bien los docudramas pueden ofrecer también información suficientemente buena desde el punto de vista epistémico, esta función se subordinaría al proyecto imaginativo. En los documentales, por otra parte, el objetivo epistémico sería el principal; cuando se pone en juego cierto proyecto imaginativo (como en las recreaciones o en las animaciones) este se subordina al objetivo de mejorar la posición epistémica de la audiencia.

De la definición al género

Aunque las nuevas propuestas filosóficas sobre el documental tratan de ofrecer definiciones más sutiles capaces de superar las deficiencias de las aproximaciones tradicionales —y que hemos distinguido por su compromiso (o falta de compromiso) con la dependencia del medio—, algunos problemas siguen sin resolverse. Stacie Friend (2021), por ejemplo, señala que la concepción defendida por Terrone y que se apoya en la noción de creencia pictórica tiene dificultades para acomodar “documentales que hacen un uso prominente de CGI (computer generated image), como la Walking with Dinosaurs de la BBC, o de la animación, como es el caso de Waltz with Bashir de Ari Folman” (2021, p. 155) mientras que la caracterización de la ficción en términos de acto de habla de García-Carpintero no consigue distinguir entre documentales y docudramas, como JFK de Oliver Stone, cuyo objetivo principal parece ser epistémico más que imaginativo: “El propósito de Stone en JFK era persuadir a la audiencia de la verdad de la teoría de la conspiración” (2021, p. 157).

La solución de Friend (2021, p. 157-158) a estos problemas consiste en reorientar la aproximación filosófica contemporánea y abandonar el Proyecto de una “Teoría que proporcione una Definición” —que aspira a capturar los rasgos esenciales e inmutables del documental como si fuera una entidad matemática—, y proponer una “Teoría del Género” —que aspira meramente a identificar un conjunto de “rasgos estándar” que efectivamente caracterizan nuestras prácticas de clasificación y apreciación, pero que permiten excepciones y que pueden ser corregidas en el futuro. Lo que Friend propone no es tanto otro intento de captura la esencia del documental como una forma de reconsiderar los anteriores intentos desde una perspectiva diferente. Desde esta perspectiva, la “aproximación fenomenológica” de Plantinga, la noción de “creencia pictórica” de Terrone, la idea de Vaage sobre el “contenido particular” y las “normas de la aseveración” a las que apela García-Carpintero pueden ser reconsideradas como “rasgos estándar” del documental que a su vez pueden capturar tendencias significativas de nuestras prácticas de clasificación y apreciación, pero que no son inmunes a posibles contraejemplos. Concretamente, pueden verse contrariadas por documentales “contra-estándar” como Waltz with Bashir, que solemos clasificar como documental a pesar de que carece de algunos de los rasgos estándar relevantes, o por docudramas “contra-estándar” como JFK, que solemos excluir del género documental a pesar de que posee algunos de sus rasgos estándar relevantes.

Incluso si consideramos las concepciones filosóficas del documental examinadas bajo la perspectiva de la Teoría del Género, que neutraliza su aspiración a proporcionar una esencia del documental, estas preservan en última instancia un cierto poder explicativo y pueden dar buena cuenta de las especificidades artísticas de los casos paradigmáticos de documental. Por ejemplo, tanto el documental de Werner Herzog Grizzly Man como el docudrama de Sean Penn Into the Wild son películas excepcionales sobre el intento desesperado del hombre de superar la cultura para regresar a la naturaleza. Con todo Grizzly Man, en tanto que documental, lo hace realizando aseveraciones explícitas a través de la narración del realizador y mostrando las grabaciones que el propio protagonista Timothy Treadwell hizo con el fin de dejar testimonio de su intento de vivir con los osos de Alaska como si fuera uno de ellos. Así, la elección moral de Herzog de no reproducir la última grabación de Treadwell que se realizó mientras él y su pareja fueron agredidos por un oso (una grabación meramente sonora ya que Treadwell no pudo retirar la cubierta de la lente), es crucial para el logro artístico de Grizzly Man. En un documental como Grizzly Man, la elección de no reproducir una grabación constituye una elección significativa que subraya la relación entre ética y estética en el documental y que no podría realizarse, al menos no de una manera tan directa, en un docudrama en el que la acción de reproducir una grabación está simplemente fuera de juego.

De la misma manera, tanto el documental de Errol Morris The Thin Blue Line como el docudrama de Atom Egoyan Devil’s Knot son excelentes películas sobre los efectos de sostener convicciones perniciosas. En el caso de The Thin Blue Line puede parecerse a un docudrama por sus matices de cine negro, su banda sonora envolvente, y especialmente su uso sistemático de las recreaciones. Aun así, es crucial para el logro artístico de The Thin Blue Line que las recreaciones se empleen exclusivamente para ilustrar las falsas declaraciones ofrecidas por un oficial de la policía de Dallas acerca de los disparos y que contribuyeron a incriminar al inocente Randall Adams, mientras que la versión verdadera es contada, justo al final del fin, reproduciendo la cinta en la que el culpable David Harris grabó su confesión. El contraste artístico entre grabación y recreación, característica de la estética del documental de Morris, se emplea aquí de manera efectiva para expresar el contraste epistémico entre los hechos y la falibilidad de las interpretaciones.

Enrico Terrone
(Università di Genova)

 

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Rubio, S. (2010) Como si lo estuviera viendo. El recuerdo en imágenes, Madrid: Antonio Machado Libros.

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Terrone, E. (2024). Documental. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/documental/