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Dolor

1. Introducción

Vivimos sintiendo dolor. El dolor conlleva, por un lado, un aspecto positivo: es elemental para nuestra supervivencia. También tiene una faceta negativa: una vida sin dolor innecesario es preferible. En años recientes, se suscitó polémica en el campo de la filosofía analítica para dar cuenta del dolor (Aydede, 2005, 2019; Bain et al., 2021; Corns, 2017; Hardcastle, 1999). Para hacer un recuento de tales discusiones, dividiré la indagación presente en tres secciones; analizaré casos intrigantes que han impulsado a la investigación filosófica y explicaré las teorías más destacadas que surgieron sobre la naturaleza del dolor.

La primera tendrá un tinte epistémico. ¿Podemos equivocarnos sobre nuestro propio dolor? Algunos autores han defendido que es imposible errar sobre nuestras experiencias dolorosas, argumentando que somos infalibles al respecto. Sin embargo, el dolor en el miembro fantasma pone esto en tela de juicio: las personas sienten dolor en partes de su cuerpo que no tienen (Ramachandran y Hirstein, 1998). ¿Es un dolor “de verdad” si se experimenta en un miembro amputado? Para dirimir tal cuestión, abordaré cómo se ha propuesto que el dolor es otra experiencia mental más, dentro de un enfoque naturalizado y representacionalista de la mente (Dretske, 1995; Lycan, 2015; Tye, 1995, 2006).

La segunda es de carácter metafísico. ¿De qué está hecho el dolor, qué lo constituye? Abordaremos el caso de la asimbolia del dolor (Bain, 2013; Grahek, 2007; Klein, 2015). Los pacientes reportan tener experiencias dolorosas, pero afirman que no son desagradables (Berthier et al., 1988; Schilder y Stengel, 1928). Tales aseveraciones parecen mostrar que existen dolores que, por así decirlo, no duelen; sentirlos no los motiva a hacer nada al respecto. Analizaré distintas respuestas para abordar esta condición, centrándome en dos aproximaciones que apelan a la noción de contenido mental: 1) la perspectiva evaluativa y 2) la imperativa.

La última sección será psicológica. ¿Cuáles son las razones que nos motivan a evitar y provocar dolor? Me concentraré en un bloque teórico que ha dado cuenta de la constitución del dolor a partir de componentes mentales más básicos: 1) nuestras sensaciones corporales y 2) nuestros deseos de aversión (Armstrong, 1962; Brady, 2017; Heathwood, 2007; Schroeder, 2004). Consideraré al masoquismo como ejemplo donde el dolor no es repelente, sino atractivo (Goldstein, 1983; Klein, 2014; Krafft-Ebing, 1892; Reik, 1939, 1957; Sapién, 2022; Seligman, 1970). Podemos querer algo que duele. A partir de este fenómeno, entenderemos la conformación de experiencias sofisticadas de dolor, donde éste interactúa como una parte de un sistema más complejo.

Con esto, tendremos una zambullida en una de las experiencias más relevantes para los animales humanos que somos. Comencemos el recorrido sobre la enigmática naturaleza del dolor.

2. Dolor fantasma: lo siento, pero no lo tengo

El dolor es misterioso. Uno de sus primeros enigmas surge del reconocimiento de que funciona de manera radicalmente distinta a otras experiencias. Se suele pensar que nuestra percepción nos brinda conocimiento sobre aquello que nos rodea. Nuestra visión, por ejemplo, nos informa de aspectos públicos alrededor. Por contraste, el dolor se presenta de forma íntima y privada: cada persona experimenta únicamente el suyo. Cuando me corto, me pincho o me raspo, solamente yo puedo sentirlo.

Dada esta privacidad, los filósofos se han cuestionado: ¿en qué medida el dolor puede explicarse como una forma más de percepción? Algunas modalidades perceptuales —como la visión, el olfato, etc.— pueden entenderse como el acceso al ambiente a través de un sistema perceptual, el cual puede errar (Macpherson, 2011). En el caso de la visión, obtenemos propiedades de los objetos a través el procesamiento de la luz que rebota sobre sus superficies. Sin embargo, si cada persona puede sentir únicamente su propio dolor, parece extraño que podamos equivocarnos al respecto. ¿Cómo distinguiríamos entre un caso acertado y otro equivocado? Mientras podemos fallar sobre lo que vemos, no es obvio cómo podemos errar sobre lo que sentimos. Nuestra experiencia de dolor parece infalible.

La visión nos engaña, las cosas no siempre son como aparecen. Ilusiones visuales, como la de Müller-Lyer, lo corroboran. Observamos dos líneas que, aunque sabemos que son del mismo tamaño, se nos presentan como asimétricas. Sin embargo, desde hace siglos el dolor también se explica como una modalidad perceptual. Ya René Descartes (1663) propuso que era un sistema de prevención. Igualmente, la definición ofrecida por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor establece que: “es un sistema de alarma esencial que advierte de una lesión o amenaza para la integridad del cuerpo.” (IASP, 1986, cursivas mías). Así, podemos establecer inicialmente que la sensación de dolor es la percepción de nuestro daño tisular.

Sin embargo, los sistemas fallan. El dolor en el miembro fantasma parece un ejemplo de esto. Desde hace siglos, se sabe que después de una amputación podemos seguir sintiendo como si aún tuviéramos la parte del cuerpo extirpado. “Casi todas las personas a las que se les amputa una extremidad experimentarán un miembro fantasma —la  vívida impresión de que el miembro no solamente está todavía presente, sino que, en algunos casos, es doloroso—.” (Ramachandran y Hirstein, 1998, mi énfasis). ¿Esto muestra que podemos equivocarnos sobre lo que sentimos? Por un lado, alguien reporta dolor. Por el otro, esa persona ya no tiene la parte del cuerpo donde dice sentirlo. ¿Cómo conciliar ambas aseveraciones?

De acuerdo al representacionalismo, los sistemas perceptuales pueden desatinar, pues son capaces de transmitir equivocadamente la información que constituye a las distintas experiencias. En otras palabras, podemos experimentar alteraciones en nuestra percepción del color, del olor y, también, del dolor. El fenómeno entóptico lo ejemplifica en la visión: si presionamos levemente la parte interna del ojo, experimentamos un aro colorido en el lado opuesto a donde se oprime. Tenemos una experiencia visual, con forma y color, pero sin atribuir realidad material a lo que observamos. De manera similar, durante un resfriado, podemos experimentar olores de forma alterada o, incluso, perder la capacidad olfativa.

El dolor en un miembro fantasma puede entenderse de manera análoga. La experiencia existe, se siente, pero su contenido está equivocado; no corresponde a los hechos. Las personas sienten como si su mano estuviera dañada, pero esto no puede ser, pues no poseen dicha parte corporal. Si la sensación de dolor también es representacional, su contenido puede brindarnos información errónea. Nuestra alarma perceptual puede estar descompuesta. Bajo este acercamiento, la sensación de dolor versa sobre el estado de nuestro propio cuerpo: informa sobre el daño de nuestros tejidos. Esto nos ofrece una explicación al misterio del dolor en los miembros fantasma: se trata de una representación errónea sobre un daño en nuestro cuerpo. El dolor, aunque se sienta, puede estar equivocado.

No obstante, el representacionalismo sobre el dolor ha recibido críticas (Fajardo-Chica, 2022). Una de ellas surge de la consideración de la analgesia del dolor. Frecuentemente, las personas no lo sienten aunque estén gravemente heridas. Esta y otras formas de insesibilidad han sido estudiadas ampliamente (Freeman y Watts, 1946; Ploner et al., 1999; Rainville et al., 1999, 2002; Snyder, 1996; Watts y Freeman, 1948), particularmente en personas heridas en batalla (Beecher, 1956; Wall, 1999: 8). A partir de estos datos, resulta problemático establecer que la función del dolor sea constitutivamente la obtención de información sobre daño corporal. La idea de que su función esencial es rastrear lesiones pierde potencia cuando notamos que de manera usual y sistemática nos lastimamos, sin sentir dolor. Una posible interpretación es que durante momentos de crisis, como los ocurridos en las peleas, resulta adaptativo no sentir dolor hasta más tarde, una vez que el organismo está a salvo.

Otra gran limitación de la teoría representacionalista ha sido dar cuenta del carácter motivacional del dolor. Cuando lo sentimos, hacemos algo para detenerlo, así como también dirigimos nuestras acciones para evitarlo. Un mero contenido informativo, representacional y neutro, no captura tal característica con facilidad. El dolor en el miembro fantasma, aunque errado, duele y motiva.

3. Asimbolia del dolor: lo siento, pero no me duele

El dolor duele. Es decir, es desagradable y, por ello, lo evitamos. Pensemos en una alarma para despertar; nos indica que es hora de salir de cama, pero además, si su sonido no fuera molesto, no nos impulsaría igual para apagarla. Lo mismo ocurre con el dolor. Cómo se siente nos orilla a actuar. Sin embargo, a pesar de que el dolor está tan estrechamente relacionado con ser desagradable, en las últimas décadas hubo controversia filosófica sobre esto, a raíz del reporte de un caso extraordinario: la asimbolia del dolor o Schmerzasymbolie (Schilder y Stengel, 1928). Los pacientes afirmaban sentir dolor, pero no mostraban motivación para cesarlo, ni mitigarlo.

En décadas pasadas, se discutió la relación entre el dolor y lo desagradable, en particular si estaban ligadas necesariamente (Dennett, 1978; Hall, 1989; Noren y Davis, 1974; Pitcher, 1970). Si algo no era desagradable, se estableció, no podía ser dolor. Contrario a esto, el consenso actual es que pueden existir dolores que no sean desagradables. La asimbolia del dolor se tomó como prueba. Los pacientes tienen experiencias que identifican como dolor, pero dado su comportamiento indiferente, se interpreta que éste ha perdido su aspecto afectivo y motivacional (Grahek, 2007). Sienten dolor, pero ya no les duele.

El reporte más antiguo proviene de Schilder y Stengel (1928). Los pacientes, a causa de un daño cerebral, reportaron sentir dolor, pero afirmaron que ya no les molestaba y, además, ya no se protegían ante otros estímulos que podían dañarlos. ¿Cómo explicar esto? Se concluyó que el dolor convencional debe estar constituido por al menos dos dimensiones: 1) una sensorio-perceptual, donde la sensación y cómo se siente, su fenomenología, es distinta de las otras experiencias perceptuales como las visuales, las sonoras, las gustativas, etc., y 2) otra afectivo-motivacional, cuya constitución nos provee de razones para actuar. Los asimbólicos, se dedujo, deben haber perdido únicamente la segunda.

Una vez aceptada esta metafísica de la experiencia normal de dolor, se comenzó a investigar cada aspecto por separado. Se han ofrecido dos teorías robustas al respecto, ambas basadas en la noción de contenido mental: 1) el evaluativismo (Bain, 2012, 2017; Helm, 2001, 2002) y 2) el imperativismo (Bain, 2011; Barlassina y Hayward, 2019; Klein, 2007, 2012, 2015b; Klein y Martínez, en prensa; Martínez, 2011; Martínez y  Klein, 2016; Sapién, 2020a). Lo común reside en que ambas teorías consideran a la mente como intencional; es decir, trata sobre algo y, en esa medida, tiene contenido. Veamos en qué radica la diferencia entre estas aproximaciones.

El evaluativismo postula que el aspecto desagradable del dolor consiste, y se explica, en virtud de su contenido evaluativo. Continúa siendo una teoría representacional, pero con un giro: el dolor es una percepción evaluativa. Este aditamento teórico explica por qué el dolor nos informa, pero también nos mueve. Un dolor, como el producido por una quemadura o una cortada, estaría constituido por:

  1. una dimensión sensorio-informacional, cuya fenomenología, hedónicamente neutra —que no se siente ni bien ni mal— está compuesta por un contenido que nos informa sobre alguna perturbación corporal, y
  2. una dimensión afectivo-motivacional, cuyo contenido nos indica que dicha perturbación es mala para nuestro propio cuerpo.

Las perturbaciones son malas si nos alejan del punto de equilibrio que nos mantiene vivos y sanos. Por ejemplo, tal desempeño ideal podría ser entendido en términos de homeóstasis, del balance para que el organismo pueda desempeñar sus funciones vitales. Esto tiene sentido evolutivo, pues al menos uno de los roles adaptativos del dolor ha sido ayudarnos a salvaguardar nuestra integridad corporal y biológica.

Este contenido conjunta aspectos epistémicos y evaluativos, por tanto, motivacionales. De esta manera, la primera dimensión explica las propiedades espacio-temporales del dolor y la segunda da cuenta de su carácter motivacional. Esto explica por qué el dolor fantasma, aunque equivocado, motiva. Nos está informando que algo negativo está pasando en nuestro cuerpo, como una alarma de incendio que nos da una razón para actuar, aunque no haya realmente ningún fuego que apaciguar.

En contraste, se ha gestado otra vertiente teórica que arranca desde otro inicio: el imperativismo. Esta postura nace de la inquietud de entender la motivación que conlleva el dolor, a la par de otras experiencias que también conducen a la acción, como la comezón, el hambre, la sed, etc. (Hall, 2008). Así como se considera que el lenguaje verbal puede tener dos funciones fundamentales —la de describir y la de mandar— también los estados mentales pueden dividirse en dos tipos. Según esta perspectiva, el contenido mental del dolor ordena.

Así como existe una diferencia radical entre las oraciones 1) “La puerta está cerrada” y 2) “¡Cierra la puerta!”, también las clases distintas de contenidos mentales explican la diferencia fenomenológica y motivacional entre estados mentales que solamente informan, como la visión, y otros que motivan, como el dolor. Al hacer una reconstrucción de las distintas propuestas dadas hasta ahora dentro del marco imperativista, un dolor desagradable tendría tres capas o dimensiones (Sapién, 2020b):

  1. una primera dimensión sensorio-motivacional, ordenando algo como: ¡haz la acción Φ con tal parte de tu cuerpo C con cierta prioridad P! (Klein, 2015b; Klein y Martínez, en prensa);
  2. una segunda dimensión afectivo-motivacional, dirigida hacia el estado mental de la primera dimensión, que ordena algo del estilo: ¡para esa experiencia! (Martínez, 2011, 2015);
  3. y una tercera dimensión autorreferencial, también afectivo-motivacional, que ordena: ¡para de tener este mismo estado mental! (Barlassina y Hayward, 2019).

Algunos aspectos a destacarse de esta reconstrucción del imperativismo son: 1) todas sus dimensiones son de carácter motivacional; 2) lo desagradable radica en tratarse de meta-comandos, estados mentales sobre otros estados mentales; y 3) el carácter autorreferencial explica que el dolor, además de motivarnos a actuar en relación con nuestro nuestro cuerpo, también nos motiva respecto a la experiencia misma, como cuando tomamos analgésicos para detener la experiencia de dolor.

Se han ofrecido varias interpretaciones sobre la asimbolia del dolor, así como también se han discutido las limitaciones de las distintas propuestas (Bain, 2013; Corns, 2014; de Vignemont, 2015; Gray, 2014; Klein, 2017, 2015a; Sapién, 2020a). La manera de interpretar este caso varía, pues depende de los compromisos teóricos de la constitución de una experiencia dolorosa. La controversia sigue abierta. Pero lo que sí está claro es que los reportes médicos muestran que hay experiencias identificables como dolorosas, pero que no son desagradables en la medida en que no motivan a quienes las experimentan como se esperaría que lo hagan.

La crítica principal contra las teorías del contenido mental se centra en un argumento filosófico por analogía. Según este planteamiento, dichas teorías del contenido no son capaces de explicar un hecho muy sencillo: a veces estamos motivados, e incluso justificados, para tomar analgésicos. Según Jacobson (2013), los teóricos del contenido mental se comprometen con el absurdo de que tomar un sedante contra el dolor es, según sus propuestas, irracional.

Supongamos que un mensajero informa al rey de que algo malo está pasando en el poblado: se está incendiando. Sería irracional que el rey matara al mensajero para atender a su reporte. No es una respuesta razonable, deseable, ni requerida para solucionar el problema. El mensajero no es el inconveniente, sino el incendio. Esta analogía pone al evaluativismo y al imperativismo en aprietos, pues no pueden explicar por qué, cuando se trata de dolor, sí puede ser racional silenciar al portavoz. Cuando tomamos un sedante estamos deteniendo el flujo de información —ya sea evaluativa o imperativa— sobre lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo. Mientras que ejecutar al mensajero es irracional, en el caso del dolor puede ser bueno eliminar el aviso. Tenemos buenas razones tanto para lidiar con lo que dice, como para silenciar la señal misma, como de hecho hacemos al tomar analgésicos.

Se ha respondido a esta crítica desde ambos flancos del contenido mental (Bain, 2017; Barlassina y Hayward, 2019; Boswell, 2016). Se han presentado dos estrategias para poder explicar por qué estamos justificados en tomar analgésicos: 1) argumentar que hay algo malo en sí mismo sobre el hecho de portar el mensaje, o 2) apelar a alguna otra fuente de justificación que brinde razones para cesar la transmisión del contenido perceptual. Sin embargo, no ha habido consenso al respecto. Lo que sí quedó establecido es que una teoría sobre el dolor debe proporcionar una explicación sobre la motivación y la justificación que implica sentir dolor y que cualquier teoría que nos aclare qué lo constituye, deberá elucidar tales características.

4. Dolores masoquistas: me duele, pero lo deseo

No siempre evitamos el dolor. En algunas ocasiones, lo buscamos de manera consciente y premeditada. El masoquismo es un ejemplo de esto (Goldstein, 1983; Klein, 2014; Reik, 1957; Sapién, 2022). ¿Cómo explicar que solemos eludirlo, pero a veces lo buscamos? Para explicar esto, nos basaremos en una aproximación que se fundamenta en la noción de deseo.

Los deseos, como muchos otros estados mentales, son intencionales. Desear que algo suceda, una determinada configuración de la realidad, implica adoptar una postura en favor de que esa organización de lo posible ocurra. Esto explica en qué sentido los deseos son radicalmente distintos a las creencias. La distinción de dirección de ajuste (o direction-of-fit) captura esto (Anscombe, 1957; Searle, 1979). Mientras que las creencias son estados mentales que se ajustan al mundo describiéndolo, y en esa medida son correctas o incorrectas, los deseos motivan a modificarlo para que se acomode a ellos, y en virtud de esto son satisfechos o insatisfechos. Por ejemplo, mis ganas de quitarme la sed explican que tome agua. Mis acciones se vuelven comprensibles apelando a mis deseos porque éstos son motivaciones.

Varios teóricos han optado por apelar a tales estados mentales para dar cuenta de nuestro comportamiento repelente al dolor y a otras experiencias desagradables (Armstrong, 1962; Brady, 2017; Heathwood, 2006, 2011; Korsgaard, 1996; Schroeder, 2004, 2017). Según este acercamiento, lo que explica que el dolor sea desagradable es que, simplemente, deseamos que no ocurra. De esta forma, un dolor típico estaría constituído por:

1) una primera dimensión sensorial, motivacionalmente neutra, la fenomenología sensible de la experiencia, y

2) una segunda dimensión afectivo-motivacional, un deseo dirigido al primer nivel de que i) esa sensación específica, ii) por sí misma, iii) no esté ocurriendo mientras la sentimos.

Desglosemos. La primera dimensión explica que podamos distinguir al dolor de otras modalidades sensoriales, como un color o un olor. La segunda establece que el deseo en cuestión debe tener tres características indispensables. Primero, debe estar dirigido a la primera dimensión, a esa sensación particular, de manera indexical o de re; únicamente esa sensación puede cumplir la satisfacción de ese deseo preciso. Segundo, el deseo versa sobre un aspecto intrínseco de la sensación; es decir, deseamos no experimentarla por cómo se siente y no por aspectos extrínsecos de la misma —sus propiedades en relación con algo más—, como sus roles causales, instrumentales, etc. Y tercero, el deseo debe ser simultáneo a la experiencia sensorial. Estas condiciones, de acuerdo a esta aproximación teórica, son necesarias y suficientes para garantizar la presencia de una experiencia sensorial desagradable.

Esta aproximación explica por qué un dolor desagradable motiva: está parcialmente constituido por un deseo. Otra ventaja es que aclara qué hace similares a las experiencias desagradables (Sapién, 2020b). Es decir, la heterogeneidad de todas y únicamente las experiencias sensoriales desagradables —como el hambre, la sed, las náuseas, la comezón, el dolor, etc.— se explica en la medida en que su fenomenología varía sensorialmente, pero todas son iguales en virtud de que están constituidas por la misma clase de deseo aversivo. Aquello que unifica a lo desagradable no radica en cómo se siente, sino en la actitud que tenemos hacia ello: el rechazo.

Sin embargo, esta aproximación tiene sus limitantes. Una de estas se ha identificado como un problema de Eutifrón, haciendo referencia al diálogo platónico. Mientras que lo más intuitivo es establecer que no deseamos sentir dolor porque es, de por sí, desagradable, esta teoría cambia el orden explicativo: el dolor es desagradable porque no lo deseamos. Se han ofrecido distintas respuestas para solventar este problema (Brady, 2017; Hall, 1989; Heathwood, 2011; Sapién, 2018). Una forma de librar tal crítica consiste en establecer dos cosas.

Primero, que se trata de un falso dilema. Es decir, estamos hablando realmente de dos niveles de descripción distintos. Llamemos al deseo que constituye lo desagradable del dolor D1; que está dirigido a una sensación neutral de dolor SD. Juntos hacen una nueva entidad, el dolor desagradable DD. A su vez, solemos tener otro deseo D2 que está dirigido a DD. Mientras que D1 da cuenta de la constitución de lo desagradable de DD, D2 explica cómo rechazamos las experiencias desagradables. Los deseos que parecían estar en oposición explican diferentes aspectos de la constitución de una experiencia más sofisticada, con multiniveles de estados mentales.

Segundo, se puede explicar que contamos con estados como D1 porque son evolutivamente convenientes. Esto es, nuestros ancestros desearon no tener sensaciones que indicaran algún tipo de daño, como el dolor SD. Su descendencia sobrevivió y el mecanismo se perpetuó. En otras palabras, resulta adaptativo desear no experimentar ciertas experiencias por cómo se sienten, incluso si su fenomenología particular no tiene nada bueno ni malo en sí mismo. Dicho de otra forma, D1 tiene un valor instrumental para la supervivencia, lo cual da cuenta de su existencia.

¿Cómo podemos entender el masoquismo con estas herramientas teóricas? La clave está en que deseamos sentir experiencias desagradables únicamente por sus aspectos extrínsecos (Sapién, 2022). Es decir, a la par que tenemos el deseo D2 de que un dolor DD no esté ocurriendo mientras lo sentimos, también podemos tener el deseo D3 de que ocurra, debido a lo que éste puede implicar para nosotros. Por ejemplo, deseamos sentir dolor si lo concebimos como el medio necesario para un fin que también queremos. Esto puede ocurrir si el dolor nos conduce a estados eufóricos que deseamos y a los que llegamos por esa vía.

Así también, otras experiencias desagradables pueden cobrar un valor instrumental, como la apnea. Podemos aguantar la respiración para sentir la placentera bocanada de aire que recibimos al volver a respirar. Otro ejemplo podría ser el gusto por la comida picante. El ardor que se experimenta al enchilarse es deseado porque causa, y es parte de, algo más que también queremos saborear. Sin embargo, aún quedan preguntas abiertas sobre los tipos de relación más específicos que puedan tener el dolor y el placer.

5. Conclusión

Gracias al dolor, percibimos esta parte del mundo que somos nosotros mismos. Es un fenómeno mental extremadamente común, pero resulta difícil capturar exactamente qué es, cómo funciona y para qué sirve. El dolor no solo informa, sino que nos impulsa a actuar y, encima, tiene una dimensión normativa, pues sufrir dolores innecesarios es malo e indeseable. Recientemente, se ha incluido a este fenómeno en una visión naturalizada del mundo, desdibujando la distinción entre sensación y percepción. Los esfuerzos para entenderlo continúan y su comprensión es crucial para nosotros, seres sintientes, animales humanos que se dañan y se reparan, que evitan y en ocasiones, también, buscan sentir dolor.

 

                                                                                                  Dr. Abraham Sapién
(Centro de Investigación en Ciencias Cognitivas, UAEM)

Referencias

Recursos en línea

Lecturas en castellano

  • Fajardo-Chica, D. (2023). Carne doliente. Ariel
  • Moscoso, J. (2011). Historia cultural del dolor. TAURUS.
  • Mujica, F. M. (2020). ¿Pueden los animales sentir dolor? Reflexiones desde la fenomenología. Azafea: Revista De Filosofía, 22(1), 25–48. https://doi.org/10.14201/azafea2020222548
  • Ramos, I., Espinosa, L., y García Peña, I. (2018). Prospección filosófica del dolor. Contrastes: Revista Internacional de Filosofía 23 (3). https://doi.org/10.24310/Contrastescontrastes.v23i3.6595

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Cómo citar esta entrada

Sapién, A. (2025) «Dolor», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica  (URL: http://www.sefaweb.es/dolor/

Desacuerdo epistémico

1. Introducción

Es habitual hallarnos en desacuerdo con otras personas, acerca de todo tipo de cuestiones, desde las más mundanas (el tiempo que hará mañana, el horario del tren) a las más importantes para nuestra identidad y nuestra visión del mundo (desacuerdos políticos, religiosos o morales). Estos desacuerdos pueden tener que ver con distintos aspectos de nuestras actitudes y opiniones. Por ejemplo, pueden atañer a nuestros valores o a lo que deseamos o preferimos. Esta entrada, no obstante, se centrará en desacuerdos acerca de lo que creemos, es decir desacuerdos sobre lo que consideramos verdadero, o más o menos probable. Llamaré desacuerdos epistémicos a los desacuerdos de este tipo.

 En un desacuerdo epistémico paradigmático dos o más agentes mantienen creencias incompatibles, es decir creencias que no pueden ser correctas al mismo tiempo (una cuestión más compleja, en la que no entraré, es si es posible estar en desacuerdo con alguien que suspenda el juicio). Por ejemplo, si Ana cree que el río Volga está en Europa, mientras que Pedro cree que está en Asia, existirá un desacuerdo entre sus creencias. Esto será así incluso si Ana y Pedro nunca se han comunicado sus creencias sobre el Volga. Por tanto, la existencia de un desacuerdo epistémico no requiere que los involucrados interaccionen o discutan entre sí.

La pregunta qué examinaré es cuál es la forma racional de reaccionar ante un desacuerdo epistémico. En concreto, discutiré si el mero hecho de que descubramos la existencia de un desacuerdo con otros agentes exige, en general, que modifiquemos nuestras creencias iniciales acerca del objeto del desacuerdo. Además de suscitar problemas filosóficos de gran calado, esta cuestión tiene importantes implicaciones políticas y sociales, por ejemplo en relación con la toma de decisiones ante juicios expertos discrepantes.

 

2. Tipos de desacuerdos epistémicos

¿Cómo hemos de responder ante desacuerdos epistémicos? La respuesta dependerá de los detalles de cada caso. En ocasiones, uno de los interlocutores aportará evidencia o argumentos que convencerán a la otra parte (estoy entendiendo evidencia como indicios o pruebas acerca de la verdad de una proposición). Cuando esto suceda, uno de los participantes en el desacuerdo adquirirá nueva evidencia o argumentos acerca del objeto de tal descuerdo, y podrá modificar sus creencias en respuesta a esta nueva evidencia. Pueden darse también situaciones en las que sepamos que la otra parte tiene más o mejor evidencia que nosotros, aunque desconozcamos exactamente en qué consiste dicha evidencia (por ejemplo, podemos saber que la otra parte ha consultado estudios científicos sobre el tema debatido, sin que conozcamos el contenido de dichos estudios). En estas situaciones, puede ser racional aceptar la postura de nuestro interlocutor, ya que sabemos que está respaldada por mejor evidencia.

Sin embargo, hay desacuerdos que persisten pese a que los participantes hayan compartido toda la evidencia que poseen sobre la cuestión discutida. Diremos que estos desacuerdos son entre agentes igualmente informados. Los desacuerdos entre agentes igualmente informados pueden seguir siendo asimétricos. Quizás uno de los agentes sea más fiable que los otros al evaluar la evidencia compartida y extraer conclusiones a partir de ella. Por ejemplo, podría tratarse de un desacuerdo entre un experto y un lego acerca de cierto tema técnico. En tanto que el experto es más fiable al examinar la evidencia compartida, será racional dar más peso a su veredicto. Así, el experto tiene una posición de superioridad epistémica con respecto al lego. También habrá una situación asimétrica cuando uno de los interlocutores vea temporalmente comprometida su fiabilidad por alguna circunstancia que no afecta a la otra parte, por ejemplo estar cansado o distraído.

Los desacuerdos que nos interesarán aquí son desacuerdos simétricos en un sentido fuerte. Serán lo que llamaremos desacuerdos entre pares o iguales epistémicos (epistemic peers): desacuerdos entre agentes que comparten la misma evidencia o información, y que tienen una fiabilidad similar a la hora de evaluar y procesar este tipo de evidencia.  Un ejemplo sería un desacuerdo entre científicos con un grado parecido de fiabilidad y que comparten la misma información acerca de la cuestión en disputa. Estos desacuerdos son simétricos en el sentido de que, en principio, es igualmente probable que una u otra parte esté en lo correcto.

Es cuestionable que los desacuerdos entre pares epistémicos sean más que una rareza en el mundo real. Puede argumentarse que en la mayoría de los desacuerdos persistentes reales no todos los agentes involucrados comparten exactamente la misma evidencia, o son igualmente fiables al evaluarla. Aun así, este tipo de desacuerdo supone un interesante problema filosófico, y su estudio puede permitirnos extraer conclusiones relevantes para otras formas más realistas de desacuerdo.

 

3. Conciliacionismo

Ante un desacuerdo con alguien igualmente informado y competente sobre la materia que nosotros (es decir, un par epistémico) puede parecer dogmático insistir en que somos nosotros quienes estamos en lo correcto. Después de todo, nuestro interlocutor es competente y conoce nuestra evidencia, y pese a esto sigue discrepando de nuestras conclusiones. ¿No deberíamos contemplar la posibilidad de que seamos nosotros quienes estamos equivocados? Un agente con suficiente modestia intelectual admitirá que es falible en sus conclusiones. Siempre cabe la posibilidad que nos equivoquemos y creamos algo falso o que no esté realmente sustentado en la evidencia. La existencia de un desacuerdo con nuestros pares epistémicos debería tomarse como un indicio de que quizás nos hallemos en uno de esos casos en que estamos equivocados.

Estas consideraciones sobre nuestra falibilidad apuntan hacia la postura conocida como conciliacionismo (Christensen, 2007; Elga, 2007; Matheson, 2009). A grandes rasgos, el conciliacionismo sostiene que ante un desacuerdo con pares epistémicos hemos de reducir nuestra confianza en nuestra opinión inicial, dando cabida a la posibilidad de que estemos en el lado incorrecto del desacuerdo. En casos típicos, esto nos conducirá a revisar nuestra postura acercándola a la de la otra parte, de modo que tendamos a encontrarnos en un punto intermedio.

Imaginemos, por ejemplo, que María considera que la subida del salario mínimo no ha contribuido al aumento del desempleo en el país, pero Mateo, otro economista igualmente fiable y con su misma información, discrepa. Dado que Mateo es su par epistémico, según el conciliacionismo María tendrá que reducir su confianza inicial en que la subida del salario mínimo no ha incrementado el desempleo. Dado su desacuerdo con Mateo, María elevará la probabilidad inicialmente asignada a la posibilidad de que, después de todo, la subida del salario mínimo sí haya contribuido al aumento del desempleo. Mateo, por su parte, tendrá que revisar sus propias opiniones de manera análoga (reducirá su confianza en su respuesta inicial, y aumentará su confianza en la respuesta dada por María). Al menos en ciertas condiciones, el resultado será que ambos suspenderán el juicio acerca de si la respuesta correcta es la que inicialmente consideraron. Esta suspensión del juicio reflejará su incertidumbre actual sobre el tema discutido. Como resultado de encontrarse en desacuerdo con un par epistémico, ni María ni Mateo tendrán suficiente certeza acerca de cuál es la respuesta correcta a la pregunta sobre los efectos de la subida del salario mínimo.

El conciliacionismo hace justicia a la idea de que hemos de ser cautelosos en situaciones de desacuerdo entre pares y no hemos de dar por sentado que son los demás quienes se equivocan. Aunque esta idea es plausible, el conciliacionismo se enfrenta a distintos problemas.

 

3.1. ¿Por qué deberíamos conciliar cuando tenemos razón?

El hecho de que un agente esté en desacuerdo con otros no significa necesariamente que esté equivocado. Puede ser que su creencia inicial sea correcta y esté apropiadamente respaldada por la evidencia que posee. Imaginemos, por ejemplo, que María está en lo cierto, y su creencia inicial de que la subida del salario mínimo no ha afectado al desempleo está debidamente apoyada en la evidencia económica disponible. En este caso, cabe preguntarse por qué María tendría que abandonar dicha creencia correcta, simplemente como resultado de que otros agentes estén equivocados. Según el evidencialismo, una postura de amplia aceptación en epistemología, una creencia está justificada si está respaldada por la evidencia poseída por el agente. Pero, precisamente, en el caso que estamos considerando la creencia inicial de María está debidamente sustentada en su evidencia. Parece que, si María modifica su creencia ante la aparición del desacuerdo, estará dejando de responder apropiadamente a su evidencia.

Hemos de tener en cuenta, no obstante, que la evidencia de María ha cambiado al verse involucrada en un desacuerdo con su par Mateo. Ahora, la evidencia de María incluye también el hecho de que Mateo (que es su par epistémico) discrepa de sus conclusiones. Este hecho sugiere que la creencia de María no está realmente respaldada por la evidencia económica (una sugerencia, en el caso que estamos considerando, engañosa). Este tipo de evidencia se conoce como evidencia de orden superior, ya que es evidencia acerca de si las creencias del agente están respaldadas por la evidencia. Esto es, es evidencia sobre la evidencia del agente, y cómo es apropiado responder ante ella (un resumen sobre los debates acerca de la noción de evidencia de orden superior puede encontrarse en Whiting, 2020).

El conciliacionista puede tratar de argumentar que esta nueva evidencia (de orden superior) proporcionada por la existencia del desacuerdo de algún modo socava la justificación inicial que pudiera tener la creencia de María. Pero, ¿por qué es relevante esta evidencia (engañosa) acerca de si la creencia de María está respaldada por la evidencia económica? El hecho, en el caso que estamos examinando, es que sí lo está. ¿No es esto suficiente para justificar tal creencia, de acuerdo con el evidencialismo? Hay que recordar que, en un desacuerdo entre pares, la discrepancia no se debe a que la otra parte tenga evidencia diferente. Mateo y María se apoyan en la misma evidencia económica (han consultado los mismos estudios y datos), si bien evalúan esta evidencia compartida de manera diferente (extraen distintas conclusiones). Por tanto, si María está respondiendo apropiadamente a esta evidencia económica compartida, no está claro por qué es relevante para la justificación de su creencia el que Mateo responda incorrectamente a dicha evidencia.

El conciliacionista protestará que, justamente, lo que está en discusión es si la evidencia compartida apoya una u otra opinión. Por tanto, si no queremos presuponer dogmáticamente que una de las partes es la que está en lo cierto, nuestra reacción ante un desacuerdo entre pares ha de permanecer neutral acerca de qué postura está respaldada por esa evidencia conflictiva. En otras palabras, nuestra reacción al desacuerdo ha de ser independiente de nuestra evaluación de la evidencia en disputa, que tendrá que ponerse en suspenso o entre paréntesis (Christensen, 2007; Elga, 2007). María no podrá apoyarse en su evaluación de la evidencia económica en disputa a la hora de formar una opinión como respuesta a su desacuerdo con Mateo. En particular, María no podrá descartar la opinión de Mateo simplemente porque no coincida con lo que se deriva de su evaluación de la evidencia económica compartida. De otro modo, estaría dando por sentado que su evaluación, y no la de la Mateo, es acertada.

¿Cómo podemos, entonces, formar una opinión justificada en situaciones de desacuerdo? Una posibilidad es guiarnos por la evidencia que nos proporciona el hecho de que los participantes en el desacuerdo hayan llegado a ciertas respuestas acerca de la cuestión debatida. Teniendo en cuenta la fiabilidad de estos agentes al tratar este tipo de cuestiones, podremos determinar cómo de probable es que acierten en este caso, y a partir de ahí podremos formar una opinión que refleje estas probabilidades. En concreto, cuando se trate de un desacuerdo entre pares igualmente fiables, Elga (2007) ha defendido la teoría de igual peso (equal weight view), según la cual debemos asignar el mismo peso a las opiniones de todas las partes. En muchos casos, esto significará que los participantes en el desacuerdo coincidirán en adoptar una postura conciliadora a medio camino entre los puntos de partida de cada uno (por ejemplo, todos suspenderán el juicio, reduciendo significativamente su confianza en su respuesta inicial). La propuesta de Elga, por tanto, supone dejar de lado nuestra propia evaluación de la evidencia en disputa y averiguar en cambio qué grado de confianza habríamos de otorgar a cada posible respuesta sabiendo cómo de probables las consideran agentes con la fiabilidad de los participantes en el desacuerdo.

Llegados a este punto, los críticos del conciliacionismo pueden insistir en que no está claro por qué un agente como María, que está evaluando correctamente la evidencia económica, no pueda guiarse por tal evaluación, independientemente de que haya otros agentes equivocados. Una posible respuesta es que un agente que ignore sistemáticamente el desacuerdo con sus pares estará asumiendo riesgos epistémicos indebidos. Este tipo de agente no estará dando suficiente peso a indicios que cuestionan la fiabilidad de sus creencias (en este caso, la existencia de desacuerdo con pares). Aunque en este caso el agente pueda estar en lo correcto, habrá muchas otras ocasiones en que desestimar la existencia de desacuerdo con pares le hará mantenerse en el error. La tendencia a ignorar la existencia de desacuerdo es, por tanto, un rasgo epistémicamente criticable en un agente – incluso en casos en que las opiniones sostenidas por tal agente sean correctas (González de Prado, 2020; Lasonen-Aarnio, 2020).

 

3.2. ¿Es el conciliacionismo autodestructivo?

Una de las principales objeciones al conciliacionismo es su supuesto carácter autodestructivo (Weatherson, 2013, 2019; Guercio 2018). En la literatura filosófica abundan los autores que, pese a estar informados de los argumentos a su favor, consideran que el conciliacionismo es falso. ¿Cómo han de reaccionar los conciliacionistas ante estas discrepancias? Según la postura conciliacionista, parece que han de reducir su confianza inicial en el conciliacinismo. Así, el conciliacionismo sería una teoría que, en la medida en que siga sin estar universalmente aceptada entre los expertos, no podríamos aceptar sin vernos obligados a dejar de confiar en ella.

Hay diversas formas de enfrentarse a esta objeción. Elga (2010) ha defendido que nuestra confianza en el conciliacionismo ha de mantenerse intacta incluso si hay desacuerdo acerca de su corrección. Para evitar que esta maniobra resulte ad hoc, Elga argumenta de manera general que un método de formación de creencias no puede ser modesto, es decir no puede contemplar en sus mandatos la posibilidad de su propia falibilidad. De lo contrario, no podrá usarse de manera estable como criterio para determinar qué opiniones son correctas, ya que habrá casos en que recomendará que no se sigan sus propias recomendaciones.

La propuesta de Elga ha resultado controvertida, entre otras razones porque reintroduce el dogmatismo que se pretendía evitar en el conciliacionismo. Otros autores han sostenido que no es realmente problemático que los veredictos de nuestros criterios de formación de opiniones (por ejemplo, del conciliacionismo) siempre puedan ser puestos en duda (Bradley, 2019). Cabe argumentar que tales dudas pueden ser compatibles con mantener una actitud de respaldo hacia el conciliacionismo, aunque no tengamos plena confianza en su corrección (Flesiher, 2021).

 

4. Firmeza ante el desacuerdo

Pese a la fuerza de las intuiciones conciliacionistas, puede parecer inadecuado tratar simétricamente a quienes están en lo correcto y a quienes están equivocados en un desacuerdo. Al fin y al cabo, los primeros pero no los segundos han respondido apropiadamente a la evidencia disponible al formar su opinión. ¿No debería, por tanto, tener más peso esta opinión que la de quienes evalúan erróneamente la evidencia? Siguiendo esta idea, se llega a una postura anti-conciliacionista conocida como steadfast view, que podría traducirse como postura de la firmeza.  Según esta propuesta, en un desacuerdo con pares, cuando nuestra opinión está apropiadamente apoyada en la evidencia disponible hemos de mantenernos firmes (steadfast) en esta opinión, independientemente de lo que piensen los demás participantes en el desacuerdo (Titelbaum, 2015; Weatherson, 2019). En todo caso, si reducimos nuestra confianza en nuestra respuesta inicial, hemos de hacerlo en menor medida que quien estaba equivocado (Kelly, 2005).

Una consideración a favor de la firmeza es la idea de que la justificación de una opinión depende de si la evidencia realmente la respalda, y no de que nosotros u otros agentes creamos que lo hace. Del mismo modo, el que un edificio tenga fundamentos sólidos dependerá de sus cimientos y del terreno, y no de lo que nosotros creamos acerca de tales fundamentos. Así, aunque la existencia de desacuerdos con pares pueda hacernos dudar de la justificación de nuestras creencias, si realmente están apoyadas por la evidencia, estas creencias estarán justificadas independientemente de nuestras dudas.

Este tipo de postura anti-conciliacionista asume una visión externista de la justificación (véase la entrada “Internismo y externismo en epistemología”), que da cabida a la posibilidad de que un agente racional esté justificado en creer algo, y a la vez esté justificado en creer (o al menos sospechar) que esa primera creencia no está justificada. Varios autores, sin embargo, consideran que este tipo de incoherencia entre nuestras opiniones y nuestras creencias sobre la justificación de tales opiniones no puede darse de manera racional o justificada (e.g., Horowitz, 2014; Titelbaum, 2015). Por ejemplo, María presentará una incoherencia inadmisible en sus actitudes si mantiene su opinión de que la subida del salario mínimo no ha afectado al desempleo y, al mismo tiempo, cree que esta opinión no está justificada. María creería que sus propias opiniones están injustificadas, y aun así no las revisaría.

Para evitar tal incoherencia, una opción es intentar defender que un agente no puede estar equivocado racionalmente (de manera justificada) acerca de si sus creencias están justificadas (Titelbaum, 2015). Así, si nuestras opiniones están de hecho justificadas por la evidencia, la existencia de desacuerdo con pares no podría hacernos dudar justificadamente de la justificación de tales opiniones. María, por ejemplo, no podrá dudar justificadamente de la justificación de su opinión de que la subida del salario mínimo no ha contribuido al desempleo. Si examina racionalmente la evidencia económica disponible, concluirá que esta evidencia justifica su opinión inicial (y que por tanto su interlocutor Mateo no está justificado en su evaluación de la evidencia económica). Esta propuesta se enfrenta, no obstante, al reto de mostrar que los juicios justificados acerca de la justificación de nuestras creencias son infalibles (un reto difícil si se asume que nuestras creencias justificadas son en general falibles).

Una de las principales objeciones al anti-conciliacionismo es la acusación de dogmatismo. Las posturas anti-conciliacionistas parecen recomendar actitudes dogmáticas, que ignoran indebidamente la posibilidad de que estemos equivocados aunque no nos lo parezca. Estas actitudes dogmáticas son epistémicamente indeseables, en la medida en que en muchos casos nos harán persistir en errores pese a conocer el riesgo de estar equivocados. El anti-conciliacionista podría responder desligando nuestras evaluaciones de la corrección de las opiniones de un agente en una situación de desacuerdo, y nuestras evaluaciones de las tendencias y disposiciones epistémicas que manifiesta el agente en tales situaciones (Lasonen-Aarnio, 2020). Así, un agente que se mantenga firme en sus opiniones ante el desacuerdo con sus pares tal vez esté adoptando creencias correctas, pero puede aun así ser criticable por las tendencias dogmáticas que manifiesta al adoptar tales creencias. Como analogía, alguien que realice una acción moralmente correcta (por ejemplo, ayudar a un amigo) puede no obstante ser criticable por las motivaciones o rasgos de carácter manifestados en esa acción (por ejemplo, si se ha ayudado al amigo por motivos puramente egoístas).

De este modo, puede darse una convergencia parcial en los veredictos de conciliacionistas y anti-conciliacionistas. Ambos coincidirían en que un agente que mantenga dogmáticamente su opinión en un desacuerdo entre pares puede ser epistémicamente criticable. La diferencia entre ambas posturas es que, en la versión de anti-conciliacionismo que estoy considerando, el agente será criticable no porque su opinión sea incorrecta o injustificada, sino por las disposiciones o hábitos dogmáticos manifestados al mantener tal opinión.

 

5. Más allá de los desacuerdos entre pares

El conciliacionismo y el anti-conciliacionismo entran en conflicto al tratar casos genuinos de desacuerdos entre pares, es decir, desacuerdos entre agentes que comparten la misma evidencia y son igualmente fiables al evaluar ese tipo de evidencia. Sin embargo, puede argumentarse que en los casos más típicos de desacuerdos reales ambas posturas tienden a alinearse en sus dictámenes. La razón es que, cuando nos encontramos ante un desacuerdo persistente, en muchos casos tendremos razones para dudar de que realmente se trate de un desacuerdo entre pares, por lo que será razonable sospechar que exista alguna asimetría entre los involucrados, bien sea en la información que poseen o en su fiabilidad al evaluarla. Anti-conciliacionistas y concilicionistas no tienen por qué discrepar al analizar desacuerdos asimétricos que no sean entre pares.

Pensemos en casos en que nuestro interlocutor se muestra en desacuerdo con algo que consideramos obviamente correcto, por ejemplo que 7+5 = 12. En un caso así, antes de cuestionar nuestra respuesta inicial, lo razonable será considerar otras posibles explicaciones del aparente desacuerdo. Quizás nuestro interlocutor esté de broma, sea insincero, o no haya prestado suficiente atención a la pregunta discutida. El punto crucial es que la situación es aquí asimétrica, ya que tenemos información personal sobre nosotros mismos de la que solemos carecer con respecto a los demás (Lackey, 2010). Nosotros sabemos que no estamos de broma, y que hemos prestado suficiente atención. Pero en muchos casos no podemos asegurar con certeza lo mismo de nuestro interlocutor. Dado que somos muy fiables sobre la cuestión en disputa (sumas aritméticas elementales, en este ejemplo), sería muy raro que nos estuviéramos equivocando. Lo más probable es que el desacuerdo se explique apelando a algún factor que socave la sinceridad o la fiabilidad de nuestro interlocutor (por ejemplo, que esté cansado o distraído). En estos casos, tanto el conciliacionista como el anti-conciliacionista pueden coincidir en otorgar más peso a nuestra opinión que a la de nuestro interlocutor.

En otras ocasiones, la existencia de desacuerdo puede hacernos dudar de que realmente la otra parte posea la misma evidencia que nosotros. Así, si pensamos que quizás nuestro interlocutor tenga acceso a información desconocida para nosotros, dispondremos de razones para ser cautelosos y no confiar plenamente en nuestra respuesta inicial. Esto es algo que el anti-conciliacionista puede conceder.

En general, será difícil determinar en casos reales de desacuerdo si se satisfacen todas las condiciones idealizadas de desacuerdos epistémicos entre pares. De hecho, puede no estar claro ni siquiera si se trata de un desacuerdo epistémico, o de si es más bien un desacuerdo que involucra cuestiones evaluativas. Pensemos por ejemplo en un desacuerdo sobre la eficacia de cierta política económica. Este desacuerdo puede deberse a diferentes opiniones sobre qué efectos tendrá esta política, pero también a discrepancias acerca de cuáles serían los efectos deseables. En este último caso, se trataría de un desacuerdo sobre valores y preferencias, y no necesariamente sobre qué hechos son respaldados por la evidencia. No siempre será fácil distinguir entre estas distintas formas de desacuerdo.

Cuando un desacuerdo involucre discrepancias sobre valores o principios fundamentales para los agentes, su identidad y su visión del mundo, nos encontraremos ante un desacuerdo profundo (deep disagreement). Estos desacuerdos tenderán a ser persistentes y difíciles de abordar, puesto que su resolución exigiría revisiones radicales en los valores y las perspectivas de los participantes (Ranalli y Lagewaard, 2022; Almagro, 2024).

Javier González de Prado
(UNED)

Referencias

  • Almagro, M. (2024): «Deep conflicts and deep disagreements», THEORIA. An International Journal for Theory, History and Foundations of Science39(1), pp. 23-42.
  • Bradley, D. (2019): “Are There Indefeasible Epistemic Rules?”, Philosopher’s Imprint19(3). http://www.philosophersimprint.org/019003/
  • Christensen, D. (2007): “Epistemology of disagreement: The good news”, The Philosophical Review, 116 (2), pp. 187-217. Traducción al castellano (2014): “Epistemología del desacuerdo: Las buenas noticias”, en G. Arroyo, T. Matienzo, R. Marafioti, y C. Santibáñez Yáñez, eds., Explorando el desacuerdo. Epistemología, cognición y sociedad, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento.
  • Elga, A. (2007): “Reflection and disagreement”, Noûs, 41 (3), pp. 478-502.
  • Elga, A. (2010): “How to disagree about how to disagree”, en R. Feldman y T. A. Warfield, eds., Disagreement, Oxford, Oxford University Press, pp. 175–86. Traducción al castellano (2014): “Cómo desacordar el desacuerdo”, en G. Arroyo, T. Matienzo, R. Marafioti, y C. Santibáñez Yáñez, eds., Explorando el desacuerdo. Epistemología, cognición y sociedad, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento.
  • Fleisher, W. (2021): «How to endorse conciliationism», Synthese, 198(10), pp. 9913-9939.
  • González de Prado, J. (2020): “Dispossessing defeat”, Philosophy and Phenomenological Research101(2), pp. 323-340.
  • Guercio, N. L. (2018): “La coherencia del conciliacionismo”, Tópicos, (35), pp. 87-119.
  • Horowitz, S. (2014): “Epistemic akrasia”, Noûs48(4), pp. 718-744.
  • Kelly, T. (2005): “The epistemic significance of disagreement”, en John Hawthorne y Tamar Gendler, editores, Oxford studies in epistemology, volume 1, Oxford University Press, Oxford.
  • Lackey, J. (2010): “A Justificationist View of Disagreement’s Epistemic Significance”, en Haddock, A., Millar, A., y Pritchard, D.,eds., Social Epistemology, Oxford, Oxford University Press, pp. 298–325.
  • Lasonen-Aarnio, M. (2020): “Enkrasia or evidentialism? Learning to love mismatch”, Philosophical Studies, 177 (3), pp. 597-632.
  • Matheson, J. (2009): “Conciliatory views of disagreement and higher-order evidence”, Episteme, 6 (3), pp. 269-279.
  • Ranalli, C., & Lagewaard, T. (2022): «Deep disagreement (part 2): Epistemology of deep disagreement», Philosophy compass17(12). https://doi.org/10.1111/phc3.12887
  • Titelbaum, M. (2015): «Rationality’s fixed point (or: In defense of right reason)». Oxford studies in epistemology5, 253-294.
  • Weatherson, B. (2019): Normative externalism, Oxford, Oxford University Press.

 

Bibliografía en castellano

  • Christensen, D. (2007/2014): “Epistemología del desacuerdo: Las buenas noticias”, en G. Arroyo, T. Matienzo, R. Marafioti, y C. Santibáñez Yáñez, eds., Explorando el desacuerdo. Epistemología, cognición y sociedad, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento.
  • Elga, A. (2010/2014): “Cómo desacordar el desacuerdo”, en G. Arroyo, T. Matienzo, R. Marafioti, y C. Santibáñez Yáñez, eds., Explorando el desacuerdo. Epistemología, cognición y sociedad, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento.
  • Guercio, N. L. (2016): “Desacuerdo entre pares y dependencia epistémica”, Principia20(3), pp. 325-341.
  • Guercio, N. L. (2018): “La coherencia del conciliacionismo”, Tópicos, (35), pp. 87-119.
  • Pailos, F. M., & Di Paolo, P. (2013): “Desacuerdos, paridad epistémica e incoherencia”, Principia: an international journal of epistemology17(1), 1-18.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

González de Prado, J. (2024). “Desacuerdo epistémico”, Enciclopedia de Filosofía de la Sociedad Española de Filosofía Analítica, (URL: http://www.sefaweb.es/desacuerdo-epistemico/).

Documental

 

El documental es, en primer lugar, la categoría bajo la que se subsumen películas y programas de televisión que se proponen proporcionar información sobre asuntos reales. En este sentido, son ejemplos paradigmáticos de documental High School de Frederick Wiseman y Planet Earth de David Attenborough. La categoría del documental es filosóficamente interesante en la medida en la que se sitúa en la intersección de dos distinciones importantes: la distinción entre ficción y no-ficción, de un lado, y la distinción entre representación y registro, por otro. Una vez que introduzcamos estas dos distinciones, presentaremos las principales concepciones sobre el documental atendiendo a la diferencia de enfoque según esas distinciones.

Ficción y no-ficción

La forma estándar de articular filosóficamente la distinción entre obras de ficción y de no-ficción se apoya en la función primordial que desempeñan. Mientras que las obras de no ficción pretenden informar o transmitir creencias a la audiencia, la ficción invita a imaginar ciertos contenidos. Existe cierto desacuerdo filosófico sobre si dicha función primaria se constituye mediante las intenciones de los autores (Currie, 1990) o si, más bien, viene dada por la comprensión compartida de los miembros de una comunidad de recepción (Walton, 1990); con todo, existe cierto consenso en la relevancia explicativa de la distinción ficción/no-ficción tal y como la hemos caracterizado (una excepción notable es Matravers, 2014).

Esta forma de distinguir entre la ficción y la no ficción permite dar cuenta de la posibilidad de inexactitud o falsedad en el caso de la no ficción. Puesto que caracterizar la no-ficción en términos de formación de creencias permite que dichas creencias sean verdaderas o falsas, las inexactitudes o falsedades no hacen de la no ficción una ficción. Más bien, estas propiedades nos permiten distinguir entre obras de no ficción epistémicamente fiables y no fiables (Heyne, 1987).

Representación y grabación / registro

En el film documental la distinción entre ficción y no-ficción se cruza con la distinción entre representación y grabación. Tanto las representaciones como las grabaciones se pueden concebir como artefactos que tienen la función de orientar nuestra atención hacia un objeto externo. Aun así, mientras que en la representación el modo en el que esta función se realiza estaría determinado por la concepción del realizador o realizadora acerca del objeto representado, en la grabación dicha función vendría determinada por la relación causal entre el artefacto y el objeto representado. (Grice, 1957; Haugeland, 1998; Kulvicki, 2016). En este sentido, las fotografías son ejemplos paradigmáticos de registro visual mientras que las pinturas lo son de representación visual; si bien esta distinción puede ser cuestionada (Lopes, 1996; Atencia-Linares, 2012), suele utilizarse como criterio para distinguir entre fotografía y pintura (Walton, 1984).

La distinción entre grabación y representación cruza la distinción entre ficción y no-ficción. Algunas representaciones son obras de ficción (Alicia en el país de las maravillas de Lewis Caroll) mientras que otras son obras de no-ficción (El adversario de Emmanuel Carrère); de la misma manera, algunas grabaciones son obras de ficción (Casablanca de Michael Curtiz) mientras que otras son obras de no ficción (Le pays des sourds de Nicolas Philibert). Con todo, las grabaciones visuales parecen más afines a la no-ficción en un sentido en el que las representaciones visuales no. Por ejemplo, según una concepción bastante extendida, la fotografía es mucho más afín a la non-ficción y puede ser “ficcionalmente incompetente” en virtud de su naturaleza indéxica o de registro, mientras que el teatro sería mucho más afín a la ficción y podría ser menos capaz de producir no-ficciones en virtud de su naturaleza representacional (Feagin, 2021, p.4). El cine y la literatura, por su parte, serían “competentes” tanto para la ficción como para la no-ficción. Aun así, el papel central de la grabación en el medio cinematográfico puede llevar a cuestionar si la distinción entre grabación y representación afecta en algún sentido a la distinción entre ficción y no-ficción en el medio cinematográfico. Abordar esta cuestión nos ayudará a considerar las dos principales aproximaciones a la noción de documental.

Documentales como generadores de creencias

Según el enfoque que denominaré “independiente del medio”, lo que hace que un documental sea no-ficción es justamente lo que constituye a la no-ficción en general, con independencia del medio en el que se realicen las obras. Noël Carroll (1983; 1997) caracteriza el documental como una representación cinematográfica que realiza aseveraciones, que, a su vez, se pueden caracterizar como actos de habla que tienen la función de generar creencias en la audiencia. De manera similar, Trevor Ponech (1997, p. 216) caracteriza los documentales como estando constituidos por “aseveraciones cinematográficas”, que tienen “la función principal de dejar que los espectadores asuman que la actitud de creencia es la apropiada hacia la mayor parte de lo que se muestra explícitamente en la representación o de lo que se implica”.

El principal problema al que se enfrenta el enfoque denominado “independiente del medio” es el de distinguir los documentales de las obras de ficción que Gregory Currie (1999) llama “docudramas”. Obras como Larry Flint y Man on the Moon de Milos Forman o Schindler’s List y Lincoln de Steven Spielberg son ejemplos de este género. Esto es, películas que sin duda cumplen la función de generar creencias en la audiencia y que, sin embargo, dadas las prácticas apreciativas al uso suelen considerarse obras de ficción más bien que documentales. Desde la perspectiva independiente del medio que venimos adoptando, esas obras deberían categorizarse como documentales en virtud de la función epistémica primordial que cumplen; ahora bien, esto pondría en tensión dicha perspectiva filosófica con la clasificación que de facto suele realizarse y, por ende, con práctica cultural real. La aproximación independiente del medio tendría dificultades para distinguir, por ejemplo, entre el docudrama de Joe Berlinger Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile (2019), en el que el papel del asesino en serie Ted Bundy es interpretado por el actor profesional Zac Efron, del documental Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes, que fue realizado ese mismo año por el mismo director y que presenta la misma historia, pero mediante el uso de grabaciones del propio Ted Bundy.

El documental como la traza o huella de individuos y eventos reales

La distinción entre documental y docudrama, que pone en cuestión el enfoque independiente del medio, puede sin embargo acomodarse sin problemas dentro de un enfoque que subraya la especificidad del medio ya que, de acuerdo con dicho enfoque, los documentales serían registros o documentos cinematográficos. Así, Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes es un documental porque graba al verdadero Ted Bundy mientras que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile es un docudrama porque no lo hace. Sin embargo, se podría objetar que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile es también una grabación ya que filma al actor Zac Efron y a los otros miembros del casting. Por tanto, la aproximación que atiende a la especificidad del medio categorizaría erróneamente dicha obra como un documental, si bien como un documental sobre los actores que interpretan la historia más que sobre Ted Bundy. Para responder a esta objeción, Currie (1999) caracteriza el documental como una película que representa su tema de manera predominante mediante registros fotográficos que documentan dicho tema. Lo que hace que algo sea un documental no es solo que sea registro de aquello que representa, sino la correspondencia entre el asunto registrado y el asunto que el realizador o realizadora pretende representar. Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes es un documental porque no solo nos cuenta la historia de Ted Bundy sino que lo hace filmándolo, mientras que Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile es un docudrama porque nos cuenta la historia de Ted Bundy filmando al actor Zac Efron en lugar de al propio Ted Bundy.

Aunque el enfoque que subraya la especificidad del medio puede distinguir de manera efectiva entre el documental y el docudrama, tiene dificultades para clasificar ciertos documentales como tales; en particular, tiene dificultades para clasificar como documentales a las obras que, en lugar de filmar aquello sobre lo que versan, introducen recreaciones y que, sin embargo, clasificamos habitualmente como documentales. Podemos identificar al menos tres tipos diferentes de documental que prescinden del registro o grabación de aquello que constituye su tema. En primer lugar, los documentales de animación, como Waltz with Bashir de Ari Folman y Eva de la Argentina de María Seoane que proporcionan información sobre asuntos reales sin emplear medios fotográficos (Honess Roe, 2013; 2021). En segundo lugar, documentales que proporcionan información sobre asuntos reales y de los que no podría haber registro fotográfico. Un ejemplo sería Voyage of Time de Terrence Malick que versa sobre el nacimiento y el fin del universo sin obviamente filmarlos. En tercer lugar, documentales que hacen uso de la recreación; esto es, de la grabación de reconstrucciones de eventos pasados. Documentales como Shoah de Claude Lanzmann, S-21: The Khmer Rouge Killing Machine de Rithy Panh y The Act of Killing de Joshua Oppenheimer versan sobre crímenes genocidas, pero presentan recreaciones de tales crímenes y no su grabación (Koch, 2023).

Nuevas aproximaciones filosóficas al documental

El enfoque que enfatiza la especificidad del medio tiene dificultades, como hemos visto, para incluir en la categoría de documental los documentales que emplean animación, los documentales sobre temas que están más allá de las posibilidades de grabación o los documentales que incluyen recreaciones ya que en ningún caso se filma aquello sobre lo que versa el documental. Como Jinhee Choi señala, “Currie rechaza los documentales que incluyen actuaciones o recreaciones como propiamente documentales, porque no están constituidos por trazas literales de las personas y eventos abordados por el film” (2001, p. 317).

Por su parte, el enfoque independiente del medio introducida al inicio de esta entrada puede incluir estos tres tipos de documental bajo la categoría de documental que propone, en la medida en la que cumplen con la función epistémica primordial que distingue al documental —esto es, la función de promover la creencia. Aun así, como se mostró más arriba, el enfoque independiente del medio, al contrario que la perspectiva que subraya la especificidad del medio, no es capaz de distinguir adecuadamente entre el documental y el docudrama. Todo esto nos lleva a un callejón sin salida. Tenemos dos teorías contrapuestas sobre el documental y dos problemas, pero ninguna de ellas es capaz de resolver ambos problemas.

Desde una perspectiva histórica, es importante señalar que las principales concepciones filosóficas sobre el documental —tanto del lado que subraya la especificidad del medio (Currie, 1999), como la que adopta la postura de la independencia del medio (Ponech, 1997; Carroll, 1997)— fueron propuestas en los noventa. Las propuestas que aparecen en las décadas siguientes (Plantinga, 2005; Vaage, 2017; Terrone, 2020; García-Carpintero, 2021; Friend, 2021) pueden considerarse intentos de salir de ese callejón sin salida.

Carl Plantinga (2005) intenta mejorar la concepción de Carroll con el fin de acomodar la distinción de Bill Nichols (2001) entre documentales “expositivos”, que de manera explícita realizan aseveraciones, a menudo haciendo uso de un narrador en voice-over, y documentales “observacionales”, que se limitan a mostrarnos los eventos. Por ejemplo, La Marche de l’empereur de Luc Jacquet es expositivo mientras que 12 jours de Raymond Depardon sería observacional. La perspectiva independiente del medio de Carroll tiene dificultades para dar cuenta de los documentales observacionales que parecen abstenerse de la aseveración. La solución de Plantinga consiste en clasificar los documentales observacionales como realizando aseveraciones sobre “algún aspecto fenomenológico de lo representado” (2005, p. 111) a través de “aproximaciones fenomenológicas a la apariencia visual y/o sonora y/o de algún otro aspecto sensorial o afectivo del evento pro-fílmico” (2005, p. 115).

En su discusión de la propuesta de Plantinga y desde una perspectiva wittgensteiniana, Salvador Rubio Marco (2006) señala que la distinción radical entre el documental observacional, que se limita a mostrar, y el documental expositivo, que por el contrario se compromete con el decir, corre el riesgo de pasar por alto la naturaleza profunda del documental que se sitúa, más bien, en un “decir mostrando” o en un “mostrar diciendo”. Rubio Marco argumenta que la inseparabilidad constitutiva del decir y el mostrar se pone de manifiesto en aquellos documentales que se basan en una profunda implicación subjetiva del realizador o realizadora y, en consecuencia, de la audiencia. Considera el documental My Architect, en el que el realizador Nathaniel Kahn logra decir algo profundo sobre su relación personal con su padre precisamente mostrando las huellas visibles de la vida de este. De manera similar, realizadoras como Alina Marrazzi y Sarah Polley, en los documentales Un’ora sola ti vorrei y Stories We Tell respectivamente, logran decir algo profundo sobre sus relaciones personales con sus madres en virtud de mostrar las huellas visibles de sus vidas.

Incluso si Rubio Marco acierta al insistir que el decir y el mostrar nunca debería separarse en el caso del documental, la propuesta de Plantinga sigue teniendo el mérito de subrayar la centralidad del mostrar que, en la concepción de Carroll, con su énfasis en el decir, amenazaba con obviar. En este sentido, la propuesta de Plantinga proporciona una enmienda al enfoque independiente del medio de Carroll que subraya la relevancia de la especificidad del medio y que nos permite distinguir de manera adecuada documentales como Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes de docudramas como Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile. En efecto, el primero se propone como realizando aseveraciones sobre “algún aspecto fenomenológico del tema representado” mientras que el segundo no.

De manera similar, Enrico Terrone (2020, p. 46) defiende que los documentales difieren de los docudramas en la medida en la que tienen la función de generar “creencias pictóricas”, esto es, creencias minuciosas sobre eventos reales “que alguien puede formarse aceptando/respaldando lo que percibe en una imagen”. Los docudramas, por su parte, no promueven la formación de creencias pictóricas ya que no nos permiten descartar los rasgos de la imagen que no deberíamos adscribir a los eventos reales (Terrone, 2020, p. 47; véase también Currie 1999, p. 295; Feagin, 2021, p. 8). Puesto que las grabaciones cinematográficas son sin duda nuestra principal (cuando no la única) fuente de creencias pictóricas, la propuesta de Terrone se aproxima a la de Currie y a su énfasis en la especifidad del medio, pero, al contrario que éste, puede acomodar los documentales que incluyen recreaciones. Ello se debe a que las recreaciones también se proponen con la intención de promover creencias pictóricas, y que se presentan a sí mismas como tales si su carácter de recreación es explícito y como engañosas si el realizador intenta engañar a la audiencia haciéndole creer que son registros fílmicos de los eventos originales.

Margrete Bruun Vaage (2017) también aspira a distinguir los tipos de creencias que los documentales pretenden generar. Para ello, alude a la tesis clásica de Aristóteles (1997, p. 7) de que la “poesía trata de expresar lo universal, la historia lo particular”. Aunque las ficciones también realizan aseveraciones, Vaage (2017, p. 263) insiste en una diferencia crucial en lo que respecta al tipo de aseveraciones que ficción y documental realizan. Las ficciones realizan aseveraciones sobre tipos o universales, mientras que los documentales realizan aseveraciones “sobre particulares o personas, lugares y eventos concretos, y evaluaremos tales aseveraciones como siendo más o menos veraces dependiendo de si son, de hecho, verdaderas con respecto a dichos particulares”. Se podría objetar que los docudramas también realizan aseveraciones sobre instancias individuales, pero Vaage puede responder a esta objeción señalando que realizar aseveraciones sobre particulares en un documental requiere fijar la referencia a los mismos mediante algún tipo de registro o grabación. Por ejemplo, deberíamos clasificar la miniserie The Corner como un documental más que como un docudrama porque “Al final de toda la miniserie, el director (real) da un paso adelante y llama a algunos de los alter egos reales de algunos de los personajes principales (los verdaderos Fran, Blue, Tyreeka y DeAndre) y los entrevista sobre sus vidas y sobre el hecho de ser el tema de estudio, primero, para el libro, primero, y posteriormente para la miniserie. Con este final, la miniserie aclara su intención no ficcional: a pesar de utilizar la dramatización y alterar algunos detalles menores con fines dramáticos, hace afirmaciones sobre estas personas y eventos (concretas/particulares) de la vida real.” (Vaage, 2017, p. 265).

Manuel García-Carpintero (2021) propone una forma ligeramente diferente de caracterizar la noción de aseveración para evitar la confusión entre documental y docudrama. Concibe los actos de discurso, en general, como estando constituidos por normas que establecen sus condiciones de éxito. Desde esta perspectiva, la norma constitutiva de la aseveración es proporcionar “información suficientemente buena desde un punto de vista epistémico” mientras que la norma constitutiva para el acto de habla de ficcionalizar sería más bien la de proporcionar “proyectos imaginativos suficientemente interesantes”. La distinción, según García-Carpintero, clasifica adecuadamente los docudramas como ficciones ya que su función principal sería la de proporcionarnos proyectos imaginativos interesantes. Si bien los docudramas pueden ofrecer también información suficientemente buena desde el punto de vista epistémico, esta función se subordinaría al proyecto imaginativo. En los documentales, por otra parte, el objetivo epistémico sería el principal; cuando se pone en juego cierto proyecto imaginativo (como en las recreaciones o en las animaciones) este se subordina al objetivo de mejorar la posición epistémica de la audiencia.

De la definición al género

Aunque las nuevas propuestas filosóficas sobre el documental tratan de ofrecer definiciones más sutiles capaces de superar las deficiencias de las aproximaciones tradicionales —y que hemos distinguido por su compromiso (o falta de compromiso) con la dependencia del medio—, algunos problemas siguen sin resolverse. Stacie Friend (2021), por ejemplo, señala que la concepción defendida por Terrone y que se apoya en la noción de creencia pictórica tiene dificultades para acomodar “documentales que hacen un uso prominente de CGI (computer generated image), como la Walking with Dinosaurs de la BBC, o de la animación, como es el caso de Waltz with Bashir de Ari Folman” (2021, p. 155) mientras que la caracterización de la ficción en términos de acto de habla de García-Carpintero no consigue distinguir entre documentales y docudramas, como JFK de Oliver Stone, cuyo objetivo principal parece ser epistémico más que imaginativo: “El propósito de Stone en JFK era persuadir a la audiencia de la verdad de la teoría de la conspiración” (2021, p. 157).

La solución de Friend (2021, p. 157-158) a estos problemas consiste en reorientar la aproximación filosófica contemporánea y abandonar el Proyecto de una “Teoría que proporcione una Definición” —que aspira a capturar los rasgos esenciales e inmutables del documental como si fuera una entidad matemática—, y proponer una “Teoría del Género” —que aspira meramente a identificar un conjunto de “rasgos estándar” que efectivamente caracterizan nuestras prácticas de clasificación y apreciación, pero que permiten excepciones y que pueden ser corregidas en el futuro. Lo que Friend propone no es tanto otro intento de captura la esencia del documental como una forma de reconsiderar los anteriores intentos desde una perspectiva diferente. Desde esta perspectiva, la “aproximación fenomenológica” de Plantinga, la noción de “creencia pictórica” de Terrone, la idea de Vaage sobre el “contenido particular” y las “normas de la aseveración” a las que apela García-Carpintero pueden ser reconsideradas como “rasgos estándar” del documental que a su vez pueden capturar tendencias significativas de nuestras prácticas de clasificación y apreciación, pero que no son inmunes a posibles contraejemplos. Concretamente, pueden verse contrariadas por documentales “contra-estándar” como Waltz with Bashir, que solemos clasificar como documental a pesar de que carece de algunos de los rasgos estándar relevantes, o por docudramas “contra-estándar” como JFK, que solemos excluir del género documental a pesar de que posee algunos de sus rasgos estándar relevantes.

Incluso si consideramos las concepciones filosóficas del documental examinadas bajo la perspectiva de la Teoría del Género, que neutraliza su aspiración a proporcionar una esencia del documental, estas preservan en última instancia un cierto poder explicativo y pueden dar buena cuenta de las especificidades artísticas de los casos paradigmáticos de documental. Por ejemplo, tanto el documental de Werner Herzog Grizzly Man como el docudrama de Sean Penn Into the Wild son películas excepcionales sobre el intento desesperado del hombre de superar la cultura para regresar a la naturaleza. Con todo Grizzly Man, en tanto que documental, lo hace realizando aseveraciones explícitas a través de la narración del realizador y mostrando las grabaciones que el propio protagonista Timothy Treadwell hizo con el fin de dejar testimonio de su intento de vivir con los osos de Alaska como si fuera uno de ellos. Así, la elección moral de Herzog de no reproducir la última grabación de Treadwell que se realizó mientras él y su pareja fueron agredidos por un oso (una grabación meramente sonora ya que Treadwell no pudo retirar la cubierta de la lente), es crucial para el logro artístico de Grizzly Man. En un documental como Grizzly Man, la elección de no reproducir una grabación constituye una elección significativa que subraya la relación entre ética y estética en el documental y que no podría realizarse, al menos no de una manera tan directa, en un docudrama en el que la acción de reproducir una grabación está simplemente fuera de juego.

De la misma manera, tanto el documental de Errol Morris The Thin Blue Line como el docudrama de Atom Egoyan Devil’s Knot son excelentes películas sobre los efectos de sostener convicciones perniciosas. En el caso de The Thin Blue Line puede parecerse a un docudrama por sus matices de cine negro, su banda sonora envolvente, y especialmente su uso sistemático de las recreaciones. Aun así, es crucial para el logro artístico de The Thin Blue Line que las recreaciones se empleen exclusivamente para ilustrar las falsas declaraciones ofrecidas por un oficial de la policía de Dallas acerca de los disparos y que contribuyeron a incriminar al inocente Randall Adams, mientras que la versión verdadera es contada, justo al final del fin, reproduciendo la cinta en la que el culpable David Harris grabó su confesión. El contraste artístico entre grabación y recreación, característica de la estética del documental de Morris, se emplea aquí de manera efectiva para expresar el contraste epistémico entre los hechos y la falibilidad de las interpretaciones.

Enrico Terrone
(Università di Genova)

 

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Rubio, S. (2010) Como si lo estuviera viendo. El recuerdo en imágenes, Madrid: Antonio Machado Libros.

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Cómo citar esta entrada

Terrone, E. (2024): «Documental», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/documental/)

Delirio

1. El delirio como objeto de estudio filosófico

El delirio ha sido asociado históricamente a una desviación de las formas comunes del pensar y actuar humano. La etimología de la palabra (del latín delirium) hace referencia a una costumbre en la antigüedad que consistía en pedirle a una persona que hiciese un surco en la tierra con una vara para medir su estado mental. La palabra delirium se aplicaba cuando tal persona no era capaz de realizar esta tarea correctamente, realzando su comportamiento extravagante y anormal. Ejemplos de delirios pueden ser encontrados a lo largo de la historia. Tomemos el caso de Nabucodonosor (Daniel 4:1-37), rey de Babilonia entre los años 640 y 562 a.C., quien según el relato bíblico terminó comportándose como una bestia como consecuencia de no acatar una advertencia de Dios. El rey terminaría “comiendo como los toros” en un estado de alejamiento social, dejándose crecer el pelo y las uñas sin control de forma tal que, efectivamente, se asemejaba y comportaba como una bestia. Sin considerar las complejidades culturales e históricas del caso, este tipo de cuadro de extravagancia conductual podría clasificarse actualmente como un delirio de licantropía (o algo por el estilo). Es interesante observar cómo, a pesar de la diferencia temporal, los quiebres radicales en la vida mental humana parecen manifestar importantes similitudes a través de la historia. En Memorias de un enfermo de nervios, Paul Schreber (1842-1911), escritor y presidente de la corte de apelaciones de Dresde en Alemania, relata que su psiquiatra era capaz de comunicarse con él por medio de un lenguaje que los humanos no conocían. Junto con esto, Schreber indicaba que muchas personas podían ponerse en contacto con él por medio de “rayos divinos”. Por medio de este tipo de comunicación exclusiva, algunas personas pedirían auxilio o entregarían información confidencial. En este caso, aquello que los expertos denominaron “delirio” en ese momento histórico nos confronta nuevamente con una persona que parece “creer” ciertas cosas que, intuitivamente, no son el caso y que, en ocasiones, actúa como si ese fuese el caso (Freud 1924/1981). Un ejemplo contemporáneo de este asunto se observa en Payne (2023), quien indica que, durante sus períodos de psicosis, las casas y los árboles eran capaces de poner ideas en su cabeza, algo que es denominado “delirio de inserción de pensamiento” dentro de la psicopatología contemporánea.

Tal como podemos advertir, históricamente, el delirio se ha asociado a creer algo que no es el caso, por lo general, creer algo altamente improbable y extravagante; en psiquiatría, con el tiempo el delirio deviene la marca por excelencia de la psicosis, una de las formas más severas de enfermedad mental. En psicología, el delirio se ha transformado en un síntoma que representa graves alteraciones en la salud mental. Intuitivamente, todos podríamos convenir que el delirio no parece ser un fenómeno, al menos, deseable en la vida humana; el delirio no parece ser algo que se disfruta. Las personas que lo experimentan comúnmente reportan severos problemas para lidiar con la realidad personal e interpersonal, problemas en el control de sus estados emocionales, altos niveles de stress, alejamiento de lo social, entre muchas otras cosas. Por esto, el delirio ha sido foco de intenso estudio en las ciencias médicas. Sin embargo, durante los últimos 20 años, el fenómeno del delirio ha atraído también la atención de filósofos e investigadores en el campo de las ciencias cognitivas, esto, por las diversas formas en que nos permitiría aprender sobre aspectos conceptuales y culturales fundamentales de nuestra mente (McKay y Dennett 2009; Ross y McKay 2017; López-Silva y Cavieres 2022; Garson 2023). La mayoría de estos debates se mantienen abiertos en la actualidad y ofrecen un foro que permitiría que diversas disciplinas progresen conjuntamente (López-Silva 2014). En la siguiente entrada revisaremos tres de los problemas más fundamentales asociados al estudio del delirio, a saber, los debates acerca de qué estado mental son los delirios, cómo son producidos, y cuál es el rol que tendrían en la psicología de un sujeto.

2. El problema tipológico: ¿qué es el delirio?

Una de las primeras preguntas que surge al intentar comprender el fenómeno del delirio es, obviamente, ¿qué es un delirio? Esta pregunta podría conducir a diversas respuestas; sin embargo, la literatura filosófica contemporánea parece formularla de una manera bastante específica. Imagina que tu mejor amiga dice que su sangría sabe muy amarga. Uno podría asumir sin problemas que tu amiga está reportando una experiencia gustativa; ese es el tipo de experiencia que el relato de tu amiga parece estar comunicando. Ahora imagina que tu amiga te dice que desea irse a Grecia durante el próximo período de vacaciones. Tu amiga, en este caso, está expresando un estado cognitivo denominado “deseo”. En ambos casos podemos tener algo de certeza respecto del tipo de estado mental que tu amiga está expresando (uno sensorial y uno cognitivo, respectivamente). ¿Pero qué pasa cuando tu amiga comienza a decirte que durante la noche su cama no la deja dormir porque, entre las múltiples voces que escucha, el colchón le pone pensamientos que no quiere tener en su mente? La experiencia no es que tu amiga se está imaginando cómo sería experimentar ese tipo de cosas, eso no sería tan extraño. Sumado a esto, tu amiga te dice que, efectivamente, el colchón pone pensamientos en su cabeza durante las noches y tú claramente notas que tu amiga está acongojada con la situación; ella realmente cree lo que está diciendo. Para un psiquiatra, lo que tu amiga te dice calificaría como un tipo de delirio, y la pregunta acá sería: ¿qué tipo de estado mental está comunicando este relato que etiquetamos como “delirante”? A esto se le ha denominado el problema tipológico del delirio (Bayne y Pacherie 2005; Bortolotti 2010; López-Silva 2017). La respuesta a esta pregunta no parece ser un mero ejercicio retórico, esto, porque, tal como veremos en la sección 3, distintas alternativas al debate guiarán distintos programas de investigación científica y distintas formas de entender la intervención clínica en salud mental (López-Silva y Cavieres 2022).

Existen dos posturas principales – y antagónicas – dentro del debate tipológico en la literatura actual. El enfoque doxástico (del griego doxa) indica que los reportes delirantes expresan creencias anormales, aunque carecerían de algunas características comúnmente asociadas a las creencias normales (Bayne y Pacherie 2005; Bortolotti 2020). De la misma forma en que un kiwi es clasificado como un ave incluso sin poder volar, los delirios no perderían su calidad de creencia por no expresar las características comúnmente asociadas a este tipo de estado mental. Este enfoque parece ser consistente con la forma en que los delirios son reportados por pacientes psicóticos en contextos clínicos, esto es, con un alto grado de certeza subjetiva (Green et al. 2018). Por otro lado, este enfoque parece ser también consistente con la forma en que los delirios son experimentados por los sujetos, esto es, como si fuesen creencias (Clutton 2018). Finalmente, este enfoque parece ser capaz de operacionalizar el estudio empírico del fenómeno utilizando el proceso de formación de creencia como principal foco de investigación; así el enfoque doxástico ha servido de base para los principales modelos neuropsiquiátricos en la actualidad (ver sección 3).

Por otro lado, el enfoque antidoxástico agrupa a una serie de teorías que surgen en la literatura en oposición a algunas ideas del enfoque doxástico. Principalmente, este grupo de teorías sugieren que los delirios no parecen cumplir con los requerimientos más fundamentales para ser considerados creencias, oponiéndose a la flexibilidad conceptual del enfoque doxástico (Schwitzgebel 2012). Un ejemplo de posición antidoxástica es la propuesta por el enfoque imaginístico de los delirios, que agrupa a una serie de autores que asocian los delirios con alteraciones de la imaginación. Currie (2000) sugiere que los delirios son “alucinaciones cognitivas”, esto es, estados imaginativos mal identificados como creencias por un sujeto. McGinn (2004) sugiere que los delirios son estados imaginatorios creados por el descontrol y la falta de monitoreo de la actividad imaginativa de un sujeto. Mientras que para Currie los delirios nacen porque un sujeto no logra identificar bien sus propios estados mentales, para McGinn, el delirio ocurre por una hiperproducción de estados imaginativos y alteraciones en los mecanismos a cargo de mantener tales estados bajo control y monitoreo. Otras posiciones antidoxásticas incluyen la sugerida por Egan (2009), quien indica que los delirios comparten características con los estados imaginativos y las creencias, y, por lo tanto, los delirios deberían ser catalogados como bimaginations, esto es, estados intermedios entre la imaginación y la creencia.

Si bien el enfoque doxástico se ha mantenido como el dominante en la literatura, no está exento de críticas. Desde la tradición fenomenológica en psicopatología se ha indicado que caracterizar el delirio como un tipo de creencia es una solución reduccionista que no logra capturar la complejidad experiencial expresada en el síntoma (Feyaerts et al. 2021). Fenómenos como los delirios y las alucinaciones serían sintomáticas de una serie de cambios profundos en la configuración de la relación experiencial entre el yo y la realidad (Sass y Byrom 2015). Por lo tanto, el delirio no sería una simple creencia anormal, sino que sería parte de una nueva constitución de la realidad que se presenta en la psicosis. No es claro que esta posición sea inconsistente con el enfoque doxástico; sin embargo, autores han insistido en la insuficiencia de este enfoque para capturar las complejidades del fenómeno delirante. Por ejemplo, Hamilton (2006) indica que la inercia conductual asociada a los delirios es razón suficiente para eliminar el estatus de “creencia” en su caracterización. Adicionalmente, defensores del enfoque doxástico posicionan a las creencias delirantes junto a las creencias autoengañosas, creencias conspirativas, y otros tipos de creencia anormal en un continuo con las creencias normales (Bortolotti 2010, 2020). Uno de los problemas abiertos dentro del enfoque doxástico implica establecer criterios claros para la demarcación entre creencias pertenecientes al mismo continuo, sobre todo, teniendo en cuenta que algunas de ellas son consideradas patológicas, y otras no lo serían.

El enfoque antidoxástico tampoco parece estar libre de problemas. Por ejemplo, se ha indicado que los enfoques imaginísticos presentarían una problemática falta de claridad conceptual, consistencia fenomenológica y respaldo empírico (Bortolotti 2010; López-Silva 2017, 2023). Por ejemplo, no es clara la forma en que las alteraciones en los procesos a cargo de la producción de estados imaginativos conducirían a la producción de estados que son reportados como si fuesen creencias. Si algo se reporta “como si fuese” una creencia, esto sería una creencia. Tampoco es claro cómo se podría caracterizar la fenomenología del delirio si se entiende como una bimagination, esto, porque la misma fenomenología de este estado mental no parece ser clara. Finalmente, no existe evidencia experimental clara acerca de cómo alteraciones en la producción de estados imaginativos podrían producir el tipo de estado mental al cual denominamos delirio. Sea cual sea el caso, el problema tipológico de los delirios es una discusión que se mantiene abierta.

3. El problema etiológico: ¿cómo se forman los delirios?

 Una vez que establecemos una respuesta tipológica, otra desafiante pregunta surge, a saber, ¿cómo se forman los delirios? A esto se le ha denominado el problema etiológico (entendiendo la etiología como aquella disciplina que se ocupa de clarificar las causas de las condiciones, en este caso, psiquiátricas). Durante los últimos 20 años, el debate etiológico ha motivado la colaboración interdisciplinaria, permitiendo que la reflexión filosófica tenga impacto científico y clínico en diversas áreas tales como en las ciencias neurocognitivas y la terapia cognitiva (Connors y Halligan 2020; Sterzer et al. 2016, 2018). Las alternativas más influyentes en el debate etiológico en la actualidad provienen del área de la neuropsiquiatría cognitiva y suelen caracterizar al delirio como un tipo de creencia. Por lo tanto, tales modelos se han enfocado en la clarificación de los mecanismos a cargo de la producción de creencias y la forma en que tales mecanismos se encontrarían alterados en condiciones como la psicosis.

En 1974, el psicólogo estadounidense Brendan Maher introduce un célebre intento para responder al problema etiológico desde el campo de la neuropsiquiatría cognitiva. Maher (1974) observó que los pacientes delirantes padecían de importantes anomalías perceptuales primarias (fundamentalmente producidas por alteraciones neurobiológicas). En otras palabras, los pacientes parecían tener experiencias perceptuales muy extrañas y estresantes. El denominado “modelo de un factor” sugerirá que el contenido de un delirio (por ejemplo, que los árboles ponen pensamientos en mi cabeza) se adquiere de estas experiencias perceptuales aberrantes. Para Maher (2001), los delirios no se producirían de formas tan diferentes a la forma en que las creencias normales son producidas. Si yo creo que está lloviendo porque veo la lluvia, el paciente psicótico cree el contenido de sus delirios porque parece experimentar algo muy extraño; algo que es finalmente comunicado en el reporte etiquetado como delirante. Ahora, para algunos autores, el contenido del delirio sería idéntico al contenido de la experiencia extraña: el paciente tendría la experiencia de que los árboles le están introduciendo pensamientos en su cabeza (Sollberger 2014). Para otros, el delirio (tal como se reporta) será una forma de darle sentido y explicar una experiencia que es muy extraña, pero no posee exactamente el mismo contenido: el paciente tiene una experiencia extraña, y su mejor manera de explicarla es que los árboles le están introduciendo pensamientos en su cabeza (Coltheart 2015). Para el modelo de un factor, la principal alteración que lleva a la producción de estados delirantes está en la existencia de experiencias sensorio-perceptuales aberrantes a la base de la formación de tales creencias, no en los procesos de razonamiento relacionados con su experiencia (Maher 2001).

Diversas críticas al modelo de Maher motivaron la creación del denominado “modelo de dos factores” (Coltheart 2015). Para los defensores de este modelo, el principal problema del enfoque de Maher es que no lograría discriminar entre personas que poseen anomalías perceptuales pero que nunca llegan a desarrollar delirios, de aquellos que sí terminan experimentando estados delirantes. Un segundo problema tiene que ver con el hecho de que, si los pacientes no poseen problemas en sus formas de razonar acerca de la experiencia, no es del todo claro por qué simplemente no rechazan el contenido de tales experiencias extrañas ante la evidencia en su contra (Coltheart, Langdon y Mckay 2011). Finalmente, tampoco es claro dentro del modelo de Maher por qué los delirios persisten en el tiempo, esto, porque si el delirio finalmente le da sentido a la experiencia aberrante, y la experiencia aberrante se extingue, el delirio no debería persistir; sin embargo, los delirios si suelen persistir. Ante todos estos problemas, los defensores del modelo de dos factores indican que un factor cognitivo – aparte del experiencial – es necesario para la producción de un delirio. Para algunos (Bentall et al. 2001), el segundo factor es un sesgo atribucional, esto es, una alteración en la forma en que los pacientes explican los eventos que ocurren en su vida cotidiana. Ya sea externalizando o internalizando, la exacerbación de cualquiera de estos patrones explicativos podría causar alteraciones en la forma en que se examina la evidencia experiencial en la vida de un paciente. Para otros, el segundo factor es un sesgo de razonamiento (tal como el salto a conclusiones, esto es, la tendencia a llegar a conclusiones sin considerar suficiente evidencia). Las versiones más populares del modelo de los dos factores tienden a apoyarse en esta última idea (Coltheart 2015). El modelo de dos factores ha sido criticado durante los últimos años por su bajo poder explicativo, esto, porque las diferencias en la existencia de sesgos cognitivos entre la población psicótica y los controles no parecen ser tan significativos como para fundamentar toda la propuesta (López-Silva y Cavieres, 2021). Por otra parte, se ha indicado que el modelo no parece ser capaz de explicar el delirio tal como es descrito en condiciones como la esquizofrenia, y, por lo tanto, su poder heurístico sería reducido (Sterzer et al. 2018; Corlett 2019)

Durante los últimos años se han desarrollados alternativas al problema etiológico basadas en la teoría del procesamiento predictivo la cual señala que el cerebro es una especie de “máquina de predicciones” (Friston 2012; Friston et al. 2016; Sterzer et al. 2018). La idea es que la organización funcional del cerebro se enfoca en creación de predicciones de las potenciales causas de los estímulos que recibe desde el exterior, esto, sobre la base de una representación de la realidad que ya posee. En este proceso, el cerebro compara sus predicciones con el origen de los estímulos que recibe; si existen faltas de coincidencia en este proceso, el cerebro intentará minimizar la incertidumbre mediante una rápida revisión del modelo del mundo del cual se derivan sus predicciones. Para los defensores de esta posición, esta denominada “minimización del error de predicción” se realiza mediante una lógica bayesiana en la medida en que las representaciones internas en el cerebro se actualizan en función de las entradas predichas anteriormente y las entradas nuevas (Sterzer et al. 2018; Corlett 2019). En el contexto específico del debate etiológico, y de forma muy resumida, síntomas positivos como las alucinaciones y los delirios se producirían como una forma en que el cerebro intentaría disminuir la incongruencia derivada de excesivos errores de predicción en pacientes psicóticos.

Al igual que las alternativas antes mencionadas, el enfoque predictivo del delirio no está libre de críticas. Por ejemplo, se ha indicado que apelar a la misma idea (error de predicción) para explicar la etiología de síntomas tan diferentes como alucinaciones y delirios sería, al menos, problemático; exactamente, por las importantes diferencias fenomenológicas que existen entre tales fenómenos (López-Silva y Cavieres 2023). Por otra parte, existen diversos síndromes que implican la presencia de alucinaciones, pero esto no va acompañado necesariamente de delirios. El modelo tampoco estaría en condiciones de explicar por qué los delirios persisten, si, exactamente, su emergencia es una forma de disminuir los errores de predicción en el cerebro (Miyazono, Bortolotti y Broome 2015). Si el delirio emerge por esta razón, y cumple el rol de neutralizar el error de predicción, no es claro por qué el delirio persiste incluso ante evidencia en su contra. Acá se esperaría que, una vez generado, el delirio no persistiese de la manera que lo hace, porque los errores de predicción que lo motivaron ya estarían supuestamente neutralizados. Ahora bien, el enfoque predictivo está siendo foco de especial atención dentro de la neuropsiquiatría actual, sin embargo, tanto sus fortalezas como debilidades siguen siendo tema de discusión.

4. El problema funcional: ¿qué rol cumple el delirio?

El estudio moderno del delirio ha intentado comprender el rol que este tipo de estado mental podría tener en la vida humana. Surge acá el denominado “problema funcional” del delirio, esto es, la pregunta acerca de si el delirio sería producido para atenuar ciertas consecuencias negativas de otros procesos en la mente humana, y, por lo tanto, si la producción de un delirio tendría algún beneficio incluso si su emergencia deriva de la alteración de ciertos mecanismos psicobiológicos anormales. Cuando Sigmund Freud intentó explicar el fenómeno delirante, el célebre psiquiatra austriaco sugeriría que el delirio se aplicaría como un “parche” sobre el lugar donde “originalmente una fractura ha aparecido en la relación entre el ego y el mundo externo” (1924/1981, p. 565). Una de las ideas detrás del enfoque psicoanalítico al síntoma psiquiátrico era que fenómenos tales como los delirios cumplirían un rol paliativo en la vida mental del sujeto, ya que permitirían al sujeto lidiar con experiencias traumáticas (comúnmente acarreadas desde la niñez). Ahora bien, con el auge de la psiquiatría de corte biológico, la idea freudiana sería reemplazada por una visión que entenderá al delirio, predominantemente, como el producto de distintos déficits en el cerebro (Insel y Cuthbert 2015). Como consecuencia, el delirio es comúnmente entendido en la actualidad como un estado aberrante que surgiría por el malfuncionamiento de la mente humana, y, por lo tanto, carente de un rol específico como tal. Sin embargo, durante años la tradición fenomenológica ha documentado la idea de que la experiencia delirante, sobre todo en esquizofrenia, estaría acompañada por una sensación de “finalmente saber” lo que le causaba extrañeza al paciente por mucho tiempo (el denominado insight psicótico). Existen registros que indican que la emergencia del delirio estaría acompañada por una especie de “alivio”, una disminución en la incertidumbre que caracteriza la experiencia del mundo de algunos pacientes antes de que se manifiesten completamente sus delirios. Esto, sin duda, abre la incógnita respecto de la existencia de elementos funcionales en el delirio.

Para algunos autores, los delirios poseerían un valor adaptativo desde un punto de vista psicológico (Bell 2000). El delirio se produciría con el fin de atenuar efectos psicológicos adversos de experiencias límite, por lo general, con alto componente afectivo y traumático. Por ejemplo, Richard Bentall ha elaborado un enfoque que indica que el delirio surge como una respuesta psicológica activa ante amenazas internas o externas a la integridad del sí-mismo (autoimagen, autoestima, etc.). Conservando algunas ideas del psicoanálisis, el autor indica que la mente adoptaría ciertos patrones de interpretación de la realidad que le permitirían lidiar con las consecuencias psicológicamente negativas de tales amenazas (Bentall, Kinderman y Kaney 1994; Bortolotti 2014). Para Bentall et al. (2001), los delirios surgen como una forma en que la mente lidia con conflictos que son abrumadores para los sujetos, ya que permitirían el manejo, procesamiento e incorporación de experiencias altamente negativas en sus vidas.

Por otra parte, en la literatura se tiende a indicar que estados mentales como las creencias podrían ser adaptativos desde un punto de vista biológico, si y solo si su adopción permite el aumento de las probabilidades de supervivencia y reproducción de la especie para un sujeto (McKay y Dennett 2009). Varios autores han señalado que, desde este punto de vista, los delirios no poseerían una función adaptativa, incluso si poseen un rol paliativo desde el punto de vista psicológico. La principal razón es que, al ser falsos, los delirios no permitirían un acercamiento eficiente – y por lo tanto adaptativo – a la realidad. Las creencias que favorecerían la adaptación, serían aquellas que, primordialmente, son verdaderas. Sin embargo, existen propuestas que están siendo actualmente desarrolladas que indican que, aunque es cierto que los delirios se producen por déficits multinivel (cognitivos, afectivos, perceptuales, neuronales, etc.), la mente estaría diseñada para reducir los daños de tales fallas, lo cual hace posible esbozar la idea de un enfoque basado en el déficit que conserve la idea paliativa de los delirios (Mishara y Corlett 2009). La idea principal es que la evolución no se preocupa de qué tan verdaderas son nuestras creencias o no, sino que su foco principal es la supervivencia. Por lo tanto, la mente humana podría sacrificar ese elemento con el fin de sobrevivir en circunstancias límites. Tomando en cuenta la evidencia fenomenológica antes descrita, la idea de que los delirios podrían expresar un rasgo biológicamente adaptativo podría ser consistente con los enfoques neuropsiquiátricos antes descritos. La existencia de un reordenamiento de la realidad del paciente luego de la adopción del delirio ha sido sugerida como una forma en que la mente humana podría lograr un acercamiento “mínimamente” adaptativo ante circunstancias abrumadoras (López-Silva 2023), lo que permitiría formas más eficientes de buscar ayuda.  En la misma línea, Garson (2023) ha sugerido la existencia de una teleología en la locura, lo que implicaría que síntomas como los delirios serían estrategias diseñadas por la evolución para sobrellevar circunstancias que podrían poner en peligro la vida de un organismo. En otras palabras, existiría un propósito evolutivo en los delirios. Sin duda, esto es un proyecto de investigación que necesita ser profundizado por la importancia que podría tener para generar herramientas psicoterapéuticas más focalizadas y contextualizadas.

5. Conclusión

El delirio se ha constituido en uno de los fenómenos más interesantes para la filosofía de la psiquiatría durante los últimos años. Ciertamente, el delirio atrae nuestra atención por sus características clínicas y fenomenológicas. Sin embargo, el delirio también abre una ventana para comprender las profundidades y complejidades de las formas en que la mente humana funciona. Por ejemplo, si el delirio es un tipo de creencia ¿qué podemos aprender de las creencias cuando miramos los delirios? Si las creencias pueden ser racionalmente justificadas ¿tiene el delirio su propia racionalidad? ¿Cómo es el yo del sujeto que experimenta un delirio? ¿Cómo es posible que sujetos experimenten que sus cuerpos se sientan controlados o que agentes externos introduzcan ideas en sus mentes? Ciertamente existen miles de otras preguntas que surgen al intentar entender el delirio, sin embargo, en esta entrada solo nos hemos enfocado en tres de ellas. Así, esta entrada no pretender agotar el tema, muy por el contrario, es un ejercicio para motivar la apertura de una ventana a uno de los fenómenos más complejos de la mente humana, que permite la conexión entre filosofía y una serie de otras disciplinas aplicadas en ciencias naturales y sociales.

Pablo López-Silva
(Universidad de Valparaíso)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

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Recursos en línea

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López-Silva, Pablo (2023): «Delirio», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/delirio/).