Realismo Moral

  1. Introducción
  2. El realismo naturalista
  3. Realismo moral no-naturalista
  4. Algunas cuestiones semánticas para terminar

1. Introducción

Atendamos al siguiente enunciado, que expresa un  juicio moral:

(1) El entierro de Polinices por Antígona es una acción moral correcta.

El realismo moral sostiene que el juicio contenido en (1) es verdadero (o, según otros, falso) en virtud de un hecho que constituye su verdad. Y, consecuentemente, el realismo moral es rechazado por aquellos autores que sostienen que los juicios morales no son susceptibles de ser verdaderos o falsos, lo que se conoce como no-cognoscitivismo moral.[2] Hay otra forma de rechazar el realismo moral según la cual los juicios morales son susceptibles de ser verdaderos o falsos, pero son todos falsos porque no existen los hechos en el mundo en virtud de los cuales podrían ser verdaderos, lo que se conoce como teoría del error.[3] Es decir, el realismo moral supone que hay algunos juicios morales verdaderos.

Esto es todo lo que asume el realismo moral. Por lo tanto, el realismo moral es compatible, como veremos, con diversas doctrinas metafísicas (en especial con el naturalismo y con el no-naturalismo) y, también, con diversas doctrinas éticas sustantivas (con el consecuencialismo y con el deontologismo, por ejemplo).[4]

En la presentación de las diversas concepciones realistas de la moral se hallan imbricadas múltiples cuestiones; aparte de cuestiones metafísicas o semánticas como las apuntadas arriba, el realismo moral implica cuestiones epistemológicas y de teoría de la acción humana, por ejemplo. Sin embargo, en esta entrada, me centraré en las cuestiones metafísicas y, al final, diré algo de las cuestiones semánticas puesto que creo que estas son las dimensiones centrales de esta concepción. En primer lugar, se presentarán las concepciones realistas naturalistas. En segundo lugar, he de ocuparme de las concepciones realistas no-naturalistas. Y, al final, me referiré a algunas cuestiones semánticas.

2. El realismo naturalista

Una de las doctrinas sustantivas más relevantes de la moralidad ha sido y continúa siendo el utilitarismo (Bentham 1789, Mill 1861, Sidgwick 1907 y recientemente Lazari-Radek, Singer 2014). Según la doctrina utilitarista la acción de Antígona de enterrar a su hermano Polinices es correcta si y sólo contribuye a la maximización de la felicidad. Es irrelevante ahora si la felicidad es comprendida en un sentido hedonista, como presencia de placer y ausencia de dolor, o de otro modo, como realización de nuestras preferencias por ejemplo. Para esta doctrina, como vemos, la corrección de las acciones morales depende de la existencia en el mundo de determinados hechos naturales, hechos acerca del bienestar de los seres humanos (o, como quieren algunos utilitaristas, de todos los seres sentientes). Los hechos morales son entonces reducibles a hechos naturales.

No sólo el utilitarismo presenta esta versión naturalista de los hechos morales. También el denominado naturalismo subjetivista, para el cual un enunciado como (1) significa

(2) Yo apruebo  (o deseo) que Antígona entierre a Polinices,

propone una reducción semejante, pero ahora reducible a experiencias psicológicas individuales. Y, tal vez, lo mismo puede decirse de la llamada teoría disposicional del valor (Lewis 1989), según la cual (1) significa

(3) En condiciones ideales, X aprobaría (o desearía) que Antígona entierre a Polinices.

Tal vez pueda situarse en Principia Ethica de G.E. Moore (1903: 6-21) el inicio de la reflexión contemporánea en metaética y dicho comienzo ocurre con la crítica a esta posición metafísica precisamente. Esta obra plantea el conocido argumento de la pregunta abierta, conforme al cual un predicado moral como ‘bueno’ no es analizable en términos naturalistas, puesto que cuando afirmamos que la propiedad moral M es idéntica a la propiedad natural N siempre estamos sujetos a la pregunta significativa acerca de si N es realmente M. No ocurre lo mismo, según Moore, con los verdaderos enunciados de identidad: si decimos que ‘soltero’ significa ‘no casado’ carece de sentido preguntarnos sobre si realmente un no casado es soltero. Por esta razón, según Moore, el predicado ‘bueno’ se refiere a una propiedad no-natural, a una propiedad sui generis, podríamos decir. Convencidos por el argumento de Moore, pero descontentos con la idea de añadir propiedades tan extrañas a nuestro mobiliario ontológico, muchos filósofos rechazaron el realismo moral. Parcialmente por esta razón, muchos filósofos analíticos suscribieron durante décadas alguna variante expresivista, como el emotivismo y el prescriptivismo (vd. nota 2).

En los últimos veinte años, sin embargo, otros filósofos han puesto de manifiesto que el argumento de la pregunta abierta suponía la asunción de determinadas tesis filosóficas que después han sido cuestionadas. Quine (1951) había arrojado dudas relevantes sobre la distinción entre enunciados analíticos y sintéticos.[5] Y, por otra parte, muchos filósofos están dispuestos en la actualidad a sostener la verdad de enunciados de identidad, necesarios (verdaderos en todos los mundos posibles), pero a posteriori. Por ejemplo, la identidad entre ‘agua’ y ‘H2O’ es de este tipo según los defensores de la teoría causal de la referencia. De esta forma, la identidad entre una propiedad moral M y una propiedad natural N no se vería afectada por el argumento de la pregunta abierta. Lo anterior ha conducido a considerar que una comprensión naturalista del mundo puede albergar propiedades morales, propiedades que pueden ser a posteriori reducibles a propiedades naturales. Con lo cual existe hoy en día una amplia familia de concepciones que defienden el realismo naturalista. Y que consideran que podemos reducir, de un modo u otro, las propiedades morales a propiedades naturales.[6]

Realismo moral no-naturalista

Algunos autores se sienten incómodos con esta reducción de las propiedades morales a propiedades naturales, principalmente porque esta concepción desafía la conocida ley de Hume según la cual no es posible obtener conclusiones normativas de premisas fácticas. Del hecho de que, por ejemplo, el entierro de Polinices por Antígona aumente la felicidad agregada no es posible obtener la conclusión de que enterrar a Polinices es correcto moralmente, o que Antígona tiene dicha obligación moral.

Es tal vez por dicha razón que en la última década ha habido poderosas defensas del realismo moral no-naturalista.[7] Los juicios morales, para esta concepción, son verdaderos en virtud de determinadas propiedades no-naturales, propiedades normativas.

Esta concepción debe, sin embargo, mostrarnos cuáles son las relaciones entre estas propiedades no-naturales y las propiedades naturales. Si no fuese así estas propiedades serían realmente misteriosas, sujetas al argumento de la queerness que les dirigió Mackie (1977). Y estas relaciones, al parecer, sólo pueden ser o bien la relación de superveniencia (Kim 1993) o bien la relación de fundamentacióngrounding– (Fine 2001, Rosen 2010). Con la relación de superveniencia se trata de explicar en qué sentido unas propiedades son más básicas que otras y las determinan. Así, tal vez, las propiedades mentales se basan en determinadas propiedades físico-químicas de nuestros cerebros. La literatura de la superveniencia acaba reconociendo, sin embargo, que dicha relación es una relación simétrica, demasiado superficial en cualquier caso para dar cuenta del hecho de que determinadas propiedades se dan en virtud de la existencia de otras propiedades. La relación que, se cree, podría desempeñar este cometido es la relación de fundamentación (o grounding).

Pues bien, ambas relaciones metafísicas, como determinada literatura reciente pone de manifiesto (Bader 2017, Rosen 2017) han de superar el desafío consistente en mostrar la irreducibilidad de las propiedades que se fundan o basan en otras propiedades más básicas. Y ello no es fácil: si la propiedad A superviene o se funda en la propiedad B de manera necesaria (y esta característica modal es la que pretenden explicar dichas relaciones), entonces parece que la propiedad B es reducible a la propiedad A.

Un modo de, tal vez, superar esta dificultad (véase la discusión en Rosen 2017 y en Enoch 2017) es distinguir entre la fundamentación metafísica y la fundamentación normativa. La idea es la siguiente: mi obligación de ir a cenar con mi hija Júlia mañana se fundamenta metafísicamente en el hecho de que ayer se lo prometí (le llamé por teléfono para decírselo, por ejemplo), pero el hecho de que lo prometí no es suficiente fundamento de mi obligación moral de ir a cenar con ella, hace falta añadir una fundamentación normativa: la existencia del principio moral conforme al cual, en las circunstancias adecuadas, es obligatorio moralmente cumplir las promesas. A lo que habrá que añadir que la existencia de dichos principios morales no es reducible a hechos naturales.[8] Las intrincadas cuestiones de metafísica que subyacen a este debate deberemos dejarlas para otra ocasión.

Sin embargo, vale la pena recordar que hay una posición al menos para la que la apelación a los principios morales no sería una solución. Se trata del particularismo.[9] Para dicha concepción, no hay ninguna pauta regular que una las propiedades naturales con las propiedades morales a través de los principios morales. Juzgar moralmente no consiste en subsumir acciones individuales en acciones genéricas, sino en ser capaz de percibir el modo en que las propiedades están moldeadas en una situación concreta, lo que determina para esa situación el curso de acción moral sobresaliente. Cuál deba ser el modo en el que, sin embargo, es posible el razonamiento moral en dicha versión extrema del particularismo, que rechaza el lugar de los principios morales, es una cuestión que no puede ser abordada aquí.

Debo terminar este apartado señalando que existe un conjunto de autores que piensan que es posible defender una versión del realismo no-naturalista sin compromiso metafísico. Esta posición sostiene que las cuestiones ontológicas son internas a su propio ámbito y, en la medida en que no colisionan con otros ámbitos –en especial con el ámbito de las ciencias empíricas- su validez interna es suficiente para su verdad, sin que sea necesario postular externamente su existencia y comprometerse ontológicamente.[10] De un modo cercano al ficcionalismo, tal vez, podemos afirmar que los números existen, aunque ello sólo significa que el discurso matemático los toma como variables de su cuantificación junto con la ausencia de colisión de estas afirmaciones con las verdades de las ciencias empíricas. De un modo similar a como aceptamos la verdad de ‘Sherlock Holmes vive en Londres’ entendido como una verdad interna a la ficción de Conan Doyle, como ‘En la ficción C. Doyle, Sherlock Holmes vive en Londres’. No hay sólo una noción de existencia, sino varias nociones de existencia. Hay modos de existir que no tienen implicaciones causales ni requieren la ocupación de un lugar espacio-temporal.

Recientemente Parfit (2011: 464-487) ha elaborado un conjunto de argumentos para distinguir entre varios tipos de existencia, donde hay lugar para las verdades matemáticas y para las verdades morales sin compromiso ontológico.

Parfit (2011: 466) comienza con una posición sumamente restrictiva:

Fundamentalismo: Todo lo que existe son los últimos constituyentes de la realidad.

Según este punto de vista, sólo existen las partículas sub-atómicas, y no hay ni átomos, ni estrellas, ni sillas. Es, como Parfit sostiene, un punto de vista muy implausible. El hecho de que muchos objetos físicos sean compuestos, en el sentido de que están hechos de elementos más pequeños, es consistente con la existencia de estos objetos, que no existen separadamente de sus componentes.

Otro punto de vista, menos restrictivo que el anterior es (Parfit 2011: 467):

Actualismo: Ser, o existir, es ser real –actual-, esto es no puede haber algo que sea meramente posible.

Pero entonces, sigue Parfit, no elegiríamos entre varios actos posibles, ni tendríamos razones para arrepentirnos de lo que no hicimos, por ejemplo. El actualismo no es tampoco plausible, debemos adoptar algo como (Parfit 2011: 467):

Posibilismo: Hay algunas cosas que nunca son reales, sino que son meramente posibles. Hay algunas cosas que podrían ocurrir pero realmente nunca ocurrieron y algunas cosas que podrían existir pero nunca existen realmente.

Por dicha razón, Parfit (2011: 469) rechaza que las palabras ‘hay’ o ‘existe’ deban siempre usarse en el mismo y único sentido y adopta un punto de vista plural según el cual hay un sentido restringido de ‘existir’ para el que las cosas que existen son partes concretas del mundo espacio-temporal, y hay otro sentido más amplio según el cual hay actos y cosas posibles.

La existencia de los mundos posibles es una cuestión, como es obvio, altamente controvertida en filosofía y la traemos a colación solamente para mostrar que Parfit sostiene que hay otros candidatos a la existencia como los números, las proposiciones, las verdades lógicas o las razones normativas que no existen en ninguno de los sentidos anteriores.

Comencemos con los números y las verdades matemáticas. Según Parfit (2011: 479-450): ‘Algunos ejemplos, sugiero, son verdades matemáticas. Nada puede ser más verdadero que las verdades que 2 es mayor que 1, que 2+2 = 4 y que hay números primos mayores que 100. Ni siquiera Dios podría hacer estos juicios falsos. Para que estos juicios sean verdaderos, ha de haber algún sentido en que haya números, o en que los números existan. Pero al decidir que juicios matemáticos son verdaderos, no necesitamos contestar a la pregunta de si los números realmente existen en un sentido ontológico, aunque no en el espacio y en el tiempo. Similares observaciones se aplican a algunas otras entidades abstractas, como las verdades lógicas y los argumentos válidos’.

Y este es también el tipo de existencia de los hechos y razones normativos que carecen de estatus ontológico (Parfit 2011: 486):

Hay algunos juicios que son irreduciblemente normativos en el sentido de que comportan razones, y que son en el sentido más fuerte verdaderos. Pero estas verdades no tienen implicaciones ontológicas. Para que tales juicios sean verdaderos, estas propiedades que comportan razones no necesitan existir ni como propiedades naturales en el mundo espacio-temporal, ni en alguna parte de la realidad no-espacio-temporal.

Esta es una posición cognoscitivista y racionalista, pero que evita comprometerse metafísicamente y, en ese sentido, rechaza el naturalismo. Se trata de lo que Parfit denomina un cognoscitivismo normativo no-naturalista y no-metafísico.

Si este es un punto de vista ontológicamente plausible, entonces hay verdades normativas irreducibles sin compromiso con un realismo robusto, es decir, sin compromiso ontológico. Obviamente para mostrar que es un punto de vista ontológicamente plausible hay que mostrar que la práctica de la moralidad produce juicios objetivos en los que agentes racionales y razonables convergerían. Y para ello sería necesario un análisis detallado de la impresionante contribución de Parfit en debate con las otras grandes posiciones acerca los fundamentos de la ética. Lo que está más allá de los propósitos de esta entrada. Aquí basta con sostener que hay concepciones, como la de Parfit, en las que queda un espacio para las verdades normativas irreducibles sin hechos normativos robustos, que hay un espacio para la objetividad moral sin platonismo, como hay un espacio para la objetividad de las matemáticas sin platonismo.

Algunas cuestiones semánticas para terminar

Al comienzo hemos dicho que las posiciones realistas en filosofía moral se contraponen al no-cognoscitivismo, según el cual los juicios morales no son susceptibles de verdad o falsedad. Esta posición presupone que la verdad de nuestros juicios, de nuestras proposiciones, está basada en determinados hechos del mundo. Sin embargo, recientemente muchos se adhieren a lo que ahora se conoce como una teoría minimalista de la verdad (Horwich, 1990), con arreglo a la cual la verdad no es una propiedad de las proposiciones, la verdad es sólo un mecanismo que permite el desentrecomillado, es decir: ‘La nieve es blanca’ es verdadera si y sólo si la nieve es blanca y, del mismo modo, ‘El entierro de Polinicies por Antígona es moralmente correcto’ si y sólo si el entierro de Polinices por Antígona es moralmente correcto. En resumen, cualquier oración que admite el prefijo ‘es verdad que’ (von Wright 1984) es candidata a expresar una proposición, puede ser combinada con otra proposiciones mediante las conectivas clásicas y admite significativamente formar parte de contextos indirectos como ‘Todo lo que dijo Tiresias es verdad’, por ejemplo.

Si se acepta la teoría minimalista de la verdad, entonces otros autores que consideran que en el mundo no caben, en el sentido metafísico, hechos morales, pueden también referirse a los juicios morales como verdaderos o falsos. Esta es la posición de los actuales defensores del expresivismo (como Gibbard 1990, 2003 o Blackburn 1993, 1999, que lo denomina cuasi-realismo). De este modo, es posible conjeturar que aún si no hay propiedades morales en nuestro universo ontológico, hay sin embargo un espacio para los conceptos morales que podemos usar significativamente y que forman parte de proposiciones sujetas al análisis veritativo-funcional, combinadas del modo estándar con otras proposiciones.

Todo ello tal vez sugiera, al menos así lo creo yo, que la pregunta fundamental acerca de la moralidad no es la cuestión ontológica, sino la cuestión de si hay un espacio para la objetividad en cuestiones morales. Y esta segunda cuestión convoca ecuménicamente un amplio espectro de concepciones de la metafísica de la moral distintas entre sí. Al fin y al cabo nadie duda de la objetividad del juicio matemático según el cual tres más cuatro es igual a siete, a pesar de que para algunos dicha verdad está fundada en la existencia platónica de los números, mientras para otros aunque los números no existen, son construidos o fingidos por los humanos.

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Autor

  • J.J. Moreso (Universitat Pompeu Fabra)

Notas al pie

  • [1]Catedrático de Filosofía del Derecho. Universitat Pompeu Fabra, Barcelona. e-mail: josejuan.moreso@upf.edu. Agradezco a Josep Corbí y Antonio Gaitán, editores de la enciclopedia, sus sugerencias y observaciones, que han permitido mejorar la versión precedente.
  • [2] El locus classicus se halla en Ayer 1936 y Stevenson 1944, también el prescriptivismo de Hare 1952.
  • [3] Defendido en Mackie 1977.
  • [4] Véase Sayre-McCord (2017) en este sentido.
  • [5] Willard van Orman Quine, ‘Two Dogmas of Empiricism’ [1951] en From a Logical Point of View (Cambrdige, Mass.: Harvard University Press, 1953), 20-46.
  • [6] Así los autores del llamado realismo moral de Cornell (Boyd 1988, Brink 1989, Sturgeon1985) o los defensores del funcionalismo moral (Jackson 1998). Resulta posible también defender el naturalismo, pero haciendo que la verdad de los juicios morales sea relativa a una determinada perspectiva, a una determinada circunstancia de evaluación. Vd. , por ejemplo, Harman 1977 y Harman-Thomson 1986.
  • [7] Entre los que destacan Shafer-Landau 2003, Wedgwood 2007, Enoch 2011.
  • [8] Una posición que se halla defendida poderosamente en Cohen 2003.
  • [9] Véase Dancy (1993, 2004) y una perspicua defensa entre nosotros en Corbí 2003.
  • [10] Es la posición de Nagel 1986, Dworkin 1996, 2011, Scanlon 2014 y Parfit 2011, 2017 por ejemplo. La discusión con Parfit en Singer 2016 es muy relevante al respecto.

 

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