El Giro Pragmatista en Filosofía de la Ciencia

El giro pragmatista en filosofía de la ciencia comenzó a gestarse a principios de los años ochenta, impulsado por el agotamiento de la orientación teoreticista característica del empirismo lógico que había dominado los grandes debates de la disciplina: la explicación y la representación científica, el debate entre realismo y antirrealismo y la teoría de la verdad. A partir de entonces, numerosos filósofos de la ciencia retomaron propuestas del pragmatismo norteamericano y las aplicaron al análisis de las prácticas científicas, dando lugar a la proliferación de nuevas perspectivas que, lejos de abandonar la reflexión general sobre cuestiones comunes a todas las ciencias (cfr. Diéguez, 2010), ofrecen una nueva manera de abordar estos problemas.
Esta entrada se estructura en cinco secciones. En la primera sección se distinguen las estrategias comunes que atraviesan a las distintas filosofías pragmatistas de la ciencia, incluyendo el enfoque naturalista, la atención a las prácticas científicas, la contextualización del conocimiento en función de los objetivos de la investigación, el minimalismo metafísico y la interrelación entre hechos y valores. A partir de este marco general, revisamos cómo los problemas clásicos en filosofía de la ciencia se han abordado desde una perspectiva pragmatista: la explicación científica (sección 2), la representación científica (sección 3), el problema del realismo (sección 4) y el problema de la verdad (sección 5).

1. Filosofías de la ciencia pragmatistas

A pesar de la heterogeneidad de propuestas que se reconocen como pragmatistas en filosofía de la ciencia, todas ellas comparten ciertas estrategias comunes: un enfoque naturalista, el énfasis en las prácticas científicas, la contextualización del conocimiento científico en función de los objetivos de la investigación, un minimalismo metafísico y el reconocimiento de la imbricación entre hechos y valores.

Naturalismo

El giro pragmatista se alinea con el llamado “giro naturalista” en filosofía de la ciencia, que defiende una aproximación empírica al estudio de la ciencia, en lugar de abordarla a partir de preconcepciones epistemológicas de alcance universal (Rouse, 2012). Frente a la tradición epistemológica precedente, su propósito es comprender cómo actúan los científicos y de qué modo y con qué fines emplean las teorías. En este sentido, el giro pragmatista busca establecer un vínculo simbiótico entre el razonamiento filosófico y las prácticas científicas. Desde esta perspectiva, se asume que entre filosofía y ciencia existe una relación de continuidad: la filosofía debe elaborarse a la luz de la información empírica proporcionada por las ciencias, mientras que la reflexión filosófica puede contribuir a esclarecer y orientar la práctica científica.

Foco en las prácticas científicas

Tradicionalmente, la filosofía de la ciencia se centró en las teorías entendidas como sistemas de proposiciones abstractas, mientras que los enfoques historicistas y sociológicos, al reconstruir la producción científica como resultado de la interacción entre factores sociales, tecnológicos, conceptuales y naturales (Pickering, 1995), tendieron a desplazar el foco desde la relación entre teoría y mundo hacia las condiciones y dinámicas de producción del conocimiento. A comienzos del siglo XXI, la Filosofía de la Ciencia Práctica (FCP) surgió como una orientación interesada en integrar aportes y superar algunas limitaciones de las dos grandes aproximaciones que dominaron la comprensión filosófica de la ciencia durante el siglo XX: la concepción proposicional del conocimiento, de raíz neopositivista, y la visión de la ciencia como construcción social. A diferencia de la concepción proposicional, centrada en la relación entre teoría y mundo, y de la perspectiva sociológica, enfocada en la relación entre teoría y práctica, la FCP sitúa en el centro del análisis las prácticas científicas concretas como ámbito en el que se entrelazan la elaboración teórica, la intervención sobre el mundo y la producción de conocimiento (Society for Philosophy of Science in Practice, 2006). Su objetivo es, por tanto, ofrecer una investigación sistemática de dichas prácticas, entendidas como “actividades organizadas o reguladas dirigidas a lograr ciertos objetivos” (Ankeny et al., 2011, p. 304), sin renunciar a las nociones de racionalidad y verdad.

Contextualismo, pluralismo y perspectivismo

Puesto que las prácticas científicas se desarrollan en contextos heterogéneos influidos por múltiples intereses y objetivos epistémicos, el giro pragmatista en filosofía de la ciencia ha promovido el compromiso con la diversidad teórica, metodológica, ontológica y social de la ciencia. Así, la naturaleza de la ciencia se examina desde una pluralidad de perspectivas, lo cual implica que las teorías científicas se consideran irreductibles a una teoría fundamental, que no existe un método científico universal, que no hay una única ontología fundamental y que el éxito científico se ve, de hecho, favorecido por la diversidad epistémica y social. El giro pragmatista aspira, por tanto, a comprender las prácticas científicas teniendo en cuenta su dimensión tanto diacrónica como sincrónica sin pretender lograr una caracterización unificada de la ciencia y de sus objetivos. Con esto, el giro pragmatista busca configurar un enfoque capaz de sintetizar la filosofía sistemática y la concepción historicista como requisito para dar cuenta de la heterogeneidad y del carácter colectivo e interactivo de las prácticas científicas (Ludwig & Ruphy, 2024). En algunos casos, el pluralismo se sustenta en compromisos ontológicos como la idea de un mundo desordenado (Dupré, 1993) o “moteado” (Cartwright, 1999), mientras en otros se apuesta por una “abstinencia metafísica” (Ruphy, 2005).

Minimalismo metafísico

Dado que el giro pragmatista concibe la ciencia como una actividad práctica orientada a la consecución de objetivos, las filosofías pragmatistas de la ciencia han tendido a distanciarse de la “metafísica ambiciosa” tradicional, en tanto en cuanto postula entidades inobservables subyacentes a los fenómenos. En su lugar, los enfoques pragmatistas suelen abogar por un minimalismo metafísico (Woodward, 2023) orientado a indagar los presupuestos metafísicos que subyacen y son útiles a prácticas científicas concretas (Ankeni et al., 2011). Los postulados metafísicos no reflejan, por tanto, una estructura última de la realidad, sino que dependen de su utilidad pragmática en contextos específicos, variando según las elecciones lingüísticas y semánticas que orientan nuestras acciones y resultan funcionales para satisfacer determinados fines prácticos (Price, 2011).

Imbricación entre hechos y valores

La atención a los fines que subyacen a las prácticas científicas obliga a considerar no sólo cuestiones epistemológicas sino también los valores, normas e ideales inherentes a la consecución del conocimiento científico. Contrariamente a la clásica separación entre hechos y valores, desde una perspectiva pragmatista todo hecho, incluyendo los hechos científicos, está condicionado por criterios valorativos e intereses humanos. Así mismo, las filosofías pragmatistas de la ciencia atienden no solo al rol de los valores en la adquisición y validación del conocimiento, sino también al uso social y político de este conocimiento (Cfr. Entrada Ciencia y Valores).

2. Teorías pragmatistas de la explicación científica

A lo largo de buena parte de la segunda mitad del siglo XX, la filosofía de la ciencia estuvo protagonizada por el debate sobre la naturaleza de la explicación científica, o en qué sentido la ciencia era capaz de responder a las preguntas sobre el porqué de los fenómenos de los que se ocupa. Según el clásico modelo nomológico-deductivo de Carl Hempel (1965), la explicación de un fenómeno se deduce necesariamente de la aplicación de una generalización legaliforme y la especificación de las condiciones iniciales bajo las cuales se aplica esta generalización.
Las principales objeciones al modelo nomológico-deductivo se dirigieron a su incapacidad para ofrecer condiciones suficientes para una explicación científica adecuada, condiciones que parecían requerir la apelación a las causas de los fenómenos: por un lado, el modelo era incapaz de capturar la direccionalidad de las explicaciones basada en la asimetría causal; por otro, resultaba excesivamente permisivo, pues permitía explicaciones que incluían información irrelevante, siendo incapaz de discriminar entre los componentes causales y no causales de una explicación.
Con el fin de superar estas limitaciones, a lo largo de las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo, se ensayaron distintas soluciones que pretendieron complementar el modelo ND con otros componentes que capturasen las condiciones suficientes de la explicación científica. La solución más célebre al problema de la irrelevancia explicativa la propuso Wesley Salmon, primero a partir de la relevancia estadística y después mediante el modelo causal-mecanicista (Salmon, 1984), que ligó la explicación científica precisamente con la identificación de los mecanismos causales subyacentes a un fenómeno. Por su parte, Philip Kitcher (1989) propuso una teoría unificacionista de la explicación científica según la cual, esta consiste en derivar descripciones de muchos fenómenos diferentes utilizando el menor número posible de patrones argumentativos.
A pesar de sus diferencias, las teorías clásicas de la explicación científica compartían el objetivo de identificar un núcleo teórico de la explicación científica, definido por criterios generales y abstractos independientes del contexto o de las características psicológicas de los agentes. Al contrario, las teorías pragmatistas integran estos aspectos contextuales y subjetivos en el núcleo mismo del concepto de explicación (Woodward, 2021).
En The Scientific Image (1980), Bas van Fraassen sostiene que aceptar una teoría implica creer en su adecuación empírica, no en la verdad literal de sus afirmaciones sobre lo no observable. De este modo, la explicación no es un objetivo epistémico de la ciencia, sino una “virtud pragmática” vinculada a su aplicación. Esta visión rechaza los enfoques tradicionales que conciben la explicación como una relación objetiva entre teoría y hecho, proponiendo en su lugar una relación entre teoría, hecho y contexto. De este modo, las asimetrías explicativas y otras características dependen de factores psicológicos y contextuales, no de la naturaleza misma. Van Fraassen argumenta que no existe una estructura universal de las explicaciones científicas; estas son respuestas a preguntas (especialmente del tipo por qué) que dependen de relaciones de relevancia contextual. La adecuación de una explicación se evalúa en función de los fines y contextos específicos, permitiendo que distintas explicaciones de un mismo evento sean válidas según los intereses de quienes las formulan o reciben. En esta misma línea, James Woodward (2023) ha propuesto recientemente un análisis funcional de las prácticas científicas en términos de medios y fines que evalúa las explicaciones científicas en virtud del papel que desempeñan en contextos inferenciales.
Las teorías pragmatistas de la explicación, como vemos, se derivan de la crisis del proyecto unificacionista y el giro pluralista en filosofía de la ciencia, que trata de dar cuenta de la irreductible diversidad de las prácticas científicas: las distintas “agendas de problemas” en las que se organiza la actividad científica están caracterizadas por una pluralidad de métodos, aproximaciones teóricas y modos de explicación (Love, 2008).

3. Teorías pragmatistas de la representación científica

El debate clásico sobre la representación científica se centró en cómo las representaciones y en particular los modelos científicos logran reflejar literalmente la realidad, estableciendo con esta relaciones de isomorfismo o semejanza (véase Frigg & Nguyen, 2021, para una revisión del debate sobre representación científica). Contra esta “metáfora especular”, se propone que la representación científica funciona como una herramienta normativa para orientar las prácticas humanas (Price, 2011). En este sentido las perspectivas pragmatistas de la representación han enfatizado el uso de las representaciones como herramientas prácticas para interactuar con el mundo, más que como meras descripciones de la realidad (van Fraassen, 2008). Por un lado, desde una perspectiva pragmatista, la representación científica se concibe como una actividad práctica más que como un producto estático. Por otro lado, el valor y el éxito de una representación depende, no de su capacidad para representar el mundo de manera fidedigna a partir de la relación entre el modelo y su objetivo, sino de su utilidad para resolver problemas, hacer predicciones y guiar la investigación (Giere, 1988). Así, la representación científica se entiende como un medio al servicio de intereses o fines determinados, más que como un fin en sí mismo o como el objetivo último de la ciencia (Price, 2011). Entre esos medios, la ficcionalización funciona no como expresión de falsedad, sino como un recurso para imaginar escenarios que proporcionan indirectamente información veraz sobre el mundo (Nguyen y Frigg, 2021).
En este contexto, las teorías pragmatistas de la representación se han inclinado hacia un representacionalismo deflacionario que abandona el objetivo de buscar condiciones universales necesarias y suficientes para toda representación científica y se centra en identificar características generales como la fuerza representacional y la capacidad para facilitar inferencias (Suárez 2004). Siguiendo este enfoque, Michela Massimi (2022), considera que el éxito representacional de los modelos consiste en la capacidad de las comunidades epistémicas para llevar a cabo inferencias relevantes en el contexto de distintas prácticas de modelización, más que en perseguir un ideal de fidelidad mimética respecto a la estructura última del mundo. Bajo una óptica semejante, Rasmus Winther (2020) sugiere que, como los mapas, los modelos científicos funcionan como herramientas representacionales interactivas y contextualmente objetivas, diseñadas y empleadas por diversos agentes epistémicos para explorar y transformar distintos aspectos del mundo según intereses prácticos heterogéneos.

4. Realismo pragmatista

El debate clásico sobre el realismo científico se centró en determinar si las entidades postuladas por la ciencia existen independientemente de nuestras teorías y si estas ofrecen una verdad aproximada sobre la realidad. Para los realistas, el éxito de la ciencia resultaría inexplicable si las entidades postula­das no fueran reales y sus teorías y modelos no fueran aproximadamente verdaderos (Putnam, 1975). A partir de esta convicción, los realistas han adoptado una actitud positiva hacia el contenido del conocimiento científico, comprometiéndose tanto ontológica como epistemológicamente con los aspectos observables y no observables del mundo descrito por las ciencias (Chakravartty, 2017). En este contexto, el realismo se ha enfrentado a argumentos como el de la “metainducción pesimista”, que sostiene que algunas teorías exitosas del pasado resultaron ser falsas y no referenciales, lo que sugeriría que las teorías actuales podrían correr el mismo destino (Laudan, 1982) (Cfr. Realismo Científico) y que, en consecuencia, la historia de la ciencia se revela como un “cementerio de objetos epistémicos muertos” (Chang, 2011, p. 426).
El giro pragmatista ha imprimido al debate sobre el realismo una nueva orientación que lo articula con posturas a menudo consideradas antirrealistas, como el pragmatismo y el perspectivismo. En este contexto, la discusión se ha alejado de cuestiones ontológicas y semánticas clásicas—la existencia independiente de las entidades teóricas o la correspondencia entre las proposiciones científicas y los hechos objetivos—para centrarse en los criterios que justifican la consideración de una entidad como real o de una teoría como verdadera en función de contextos prácticos específicos dentro de comunidades epistémicas situadas histórica y socialmente. En este sentido, algunos consideran al realismo no tanto como un enfoque filosófico “correcto” sobre los objetivos y logros de la ciencia, sino como una actitud o marco teórico capaz de apoyar conceptualmente la investigación científica en la búsqueda del mejoramiento de nuestro conocimiento de la realidad (Boucher & Forbes, 2024). Así, el giro pragmatista ha llevado a los realistas a adoptar posiciones metafísicas y epistemológicas más moderadas que las del realismo tradicional, capaces de dar cuenta del funcionamiento de las prácticas científicas reales.
Este giro hacia el realismo pragmatista empieza a producirse en la década de los ochenta en dos direcciones. Por un lado, el realismo experimental enfatiza el papel de las prácticas científicas en la determinación de la realidad de las entidades de las que se ocupa la ciencia. Así, Ian Hacking (1983) y Nancy Cartwright (1983) sostienen que lo real está relacionado con la capacidad humana para intervenir causalmente en los fenómenos experimentales. Por otro lado, el realismo interno y el realismo directo subrayan el papel de los fines y valores en nuestras consideraciones factuales y epistémicas. Según Hilary Putnam (1981), los juicios sobre lo real y lo verdadero no se determinan desde una perspectiva abstracta y neutral, sino dentro de una pluralidad de contextos humanos y esquemas conceptuales condicionados por intereses pragmáticos y valores específicos. Esto conduce a la disolución de la clásica dicotomía entre hechos y valores, lo que implica que la resolución de disputas sobre creencias y supuestos teóricos no debe recurrir a “hechos brutos”, sino a los intereses, objetivos y necesidades humanas.
Incorporando el pluralismo pragmatista y la relatividad conceptual de Putnam, el realismo real de Kitcher (2012) señala que nuestra concepción de la estructura de la naturaleza refleja los propósitos y valores humanos. No obstante, a su juicio, una vez elegido un lenguaje, algunas oraciones son verdaderas en virtud de las relaciones referenciales entre los términos y las entidades independientes de ese lenguaje. Así, la eficacia de ciertas formas de “dividir la realidad” debe entenderse como el resultado de la interacción entre la naturaleza y la conveniencia de los esquemas conceptuales empleados para describirla. En esta misma línea, el realismo constructivo de Ronald Giere (2006) sostiene que el conocimiento científico se construye dentro de perspectivas específicas que proporcionan una visión parcial, interesada e interactiva de la realidad.
Los últimos años han atestiguado el florecimiento de enfoques filosóficos que consolidan el giro pragmatista en el debate sobre el realismo científico. Estas corrientes buscan distanciarse definitivamente del planteamiento clásico del debate clásico para, más allá del realismo metafísico y del constructivismo sociológico, reconstruir una imagen de la ciencia como una empresa que ofrece información falible pero fiable sobre el mundo. En este contexto, filósofos como Hasok Chang, Michela Massimi y Mazviita Chirimuuta han articulado propuestas que buscan reorientar los compromisos ontológicos y epistemológicos asociados al realismo clásico reinterpretando las nociones de realidad y verdad desde un enfoque centrado en las prácticas y las perspectivas científicas histórica y culturalmente situadas.
El realismo activista de Chang (2022) reinterpreta el problema de la realidad de las entidades científicas en términos de su capacidad para contribuir a actividades epistémicas operacionalmente coherentes. Desde esta perspectiva, la realidad se caracteriza de forma internalista, plural y cualitativa. En primer lugar, siguiendo el realismo interno de Putnam, lo real solo es concebible dentro de mecanismos específicos de “encuadre mental”. En segundo lugar, existe una pluralidad de concepciones ontológicas que corresponden a las diversas actividades epistémicas y sistemas de prácticas a los que son funcionales. Por último, determinar si una entidad es real es una cuestión de grado, de modo que una entidad puede considerarse más o menos real según la cantidad y variedad de actividades operacionalmente coherentes que su postulación pueda sustentar.
Siguiendo un enfoque internalista como el de Chang, el realismo perspectivista de Massimi (2022) propone un “ontología de fenómenos primero” que sitúa los fenómenos como punto de partida para explorar la realidad. En lugar de postular apriorísticamente entidades abstractas o entidades metafísicas como lo ha hecho el realismo tradicional, Massimi considera que el acceso al mundo natural se logra a partir de un proceso en el que una pluralidad de perspectivas científicas histórica y culturalmente situadas identifican reiteradamente fenómenos para modelar representaciones que permiten explorar modal e inferencialmente cómo podría ser la realidad. En esta línea, Catherine Kendig (2024) propone un enfoque interactivo del realismo perspectivista según el cual, la interacción entre perspectivas implica una reconfiguración permanente de las categorías ontológicas a medida que emergen nuevas propiedades en función de valores e intereses contextuales.
En la línea del realismo constructivo de Giere, el realismo háptico de Chirimuuta (2020) considera que nuestro acceso a la realidad es siempre parcial, interesado e interactivo. A partir de esta premisa, Chirimuuta defiende que la metáfora visual que subyace al realismo tradicional perpetúa una concepción pasiva, contemplativa y “espectadora” del conocimiento científico, en lugar de captar su naturaleza operatoria y su potencial para transformar la realidad. En consecuencia, propone reemplazar la metáfora visual por una metáfora háptica basada en el tacto, entendido como nuestro medio fundamental para introducir cambios en el mundo. A juicio de Chirimuuta, esta metáfora háptica permite explicitar que los científicos acceden a la realidad y obtienen conocimiento sobre ella a través de la experimentación y la interacción práctica.

5. Pragmatismo y Verdad

La noción de verdad ha sido uno de los principales objetivos de la crítica pragmatista de la ciencia (Almeder, 2007). Desde el pragmatismo instrumentalista, se ha cuestionado que el fin de la ciencia sea alcanzar la verdad mediante la comprensión de las causas de los fenómenos o los eventos. Como vimos arriba, van Fraassen (1980) argumenta que el fin de la ciencia no es la verdad sino la adecuación empírica, es decir, la corroboración de hipótesis que son adecuadas en tanto en cuanto predicen nuestra experiencia sensorial de modos relevantes.
Ahora bien: aunque el pragmatismo a menudo se interpreta como un rechazo necesario de la noción de verdad, en realidad el giro pragmatista implica el rechazo de una noción particular de verdad, a saber: la teoría de la verdad como correspondencia entre nuestras teorías y una realidad independiente de la mente. En lugar de conceptualizar la verdad como una relación abstracta entre proposiciones y hechos, las teorías pragmatistas han tratado de comprenderla como un concepto que emerge de las prácticas cognitivas y sociales. Más que un reflejo objetivo de la realidad, la verdad es un instrumento útil que refleja los intereses humanos y ayuda a resolver problemas prácticos. La verdad se vuelve, por tanto, una noción plural, perspectivista y determinada por intereses prácticos, históricos y culturales.
Esta noción utilitarista de la verdad hunde sus raíces en el pragmatismo estadounidense de C.S. Peirce, quien propuso que las creencias verdaderas son aquellas que resisten el escrutinio futuro, William James, quien populariza la idea según la cual las creencias verdaderas son fiables y útiles, y John Dewey, para quien la verdad es una propiedad de las afirmaciones bien verificadas. Desde finales de los años ochenta del siglo pasado, la filosofía de la ciencia recupera la visión pragmatista de la verdad y la articula específicamente para la verdad científica.
De entre las diversas formulaciones pragmatistas del concepto de verdad científica (Cfr. Capps, 2023), Putnam es el autor más representativo. Putnam abandona el realismo metafísico tradicional para defender un realismo interno basado en una aproximación más pragmática y epistemológica a la noción de verdad donde esta no se concibe ya como una relación metafísica entre enunciados teóricos y determinados “estados de cosas”, sino como una relación epistémica entre enunciados teóricos y determinados marcos conceptuales o prácticas científicas (Putnam, 1987). En este nuevo marco teórico, Putnam adopta la teoría pragmatista de la verdad como una idealización de la aceptabilidad racional: una afirmación es verdadera si sería aceptada bajo condiciones epistémicas ideales, es decir, si una comunidad de hablantes racionales, con acceso a toda la información relevante y sin limitaciones prácticas, la consideraría justificada. Esta nueva definición de la verdad tiene dos grandes implicaciones. En primer lugar, la verdad ya no es estática ni absoluta, sino que está vinculada a nuestros esquemas conceptuales y prácticas de justificación dentro de contextos epistémicos específicos. En segundo lugar, dada la relatividad contextual de la verdad, no existe una descripción única y privilegiada de la realidad. Nuestras descripciones del mundo dependen de nuestros esquemas conceptuales y, por lo tanto, la verdad no es independiente de nuestras perspectivas, prácticas y necesidades humanas. No existe, por tanto, un “punto de vista desde ninguna parte” que nos permita acceder a una realidad objetiva sobre la que enunciar proposiciones verdaderas. Al contrario, existen múltiples formas válidas (verdaderas) de describir la realidad, dependiendo de los intereses y contextos de los hablantes.
Kitcher (1993) abandona también la aproximación metafísica tradicional al problema de la verdad. Recuperando a Dewey y adoptando la noción putnamiana de la verdad como aceptabilidad racional idealizada, propone un enfoque naturalista centrado en comprender cómo los seres humanos adquieren, justifican y utilizan creencias verdaderas y, en particular, cómo la verdad funciona en el contexto de las prácticas científicas. Desde esta perspectiva, la verdad no es un fin de la ciencia; la ciencia busca verdades porque estas son útiles para resolver problemas prácticos y teóricos, de modo que las creencias verdaderas son aquellas que resultan eficaces, es decir, aquellas que nos permiten interactuar efectivamente con el mundo y resolver problemas específicos. La ciencia avanza no tanto acumulando verdades como mejorando nuestra capacidad para resolver problemas y comprender el mundo. La verdad, en este sentido, es un objetivo regulativo que guía la investigación científica contribuyendo al progreso cognitivo, pero no es algo que pueda alcanzarse de manera definitiva.
De modo semejante, Chang ha ofrecido también una alternativa operacional a la teoría de la verdad como correspondencia. Para Chang, una proposición es verdadera en la medida en que existan actividades operacionalmente coherentes que puedan realizarse confiando en ella. Como en las teorías pragmatistas anteriores, la verdad deja de ser una idea metafísica sobre la estructura del mundo para convertirse en una noción que sirve para comprender las prácticas epistémicas en contextos específicos. Así, Chang rechaza cualquier pretensión absolutista y, de modo semejante que en su concepción de la realidad, enfatiza la naturaleza finita, plural y cualitativa de la verdad: su finitud reside en que su funcionalidad se limita a sistemas de prácticas específicos, de modo que una afirmación científica puede ser verdadera en un contexto y no en otro; su naturaleza plural se expresa en la coexistencia de teorías verdaderas pertenecientes a sistemas de prácticas mutuamente inconmensurables que no requieren ser integradas en una teoría unificada; por último, el carácter cualitativo de la verdad se manifiesta en el hecho de que esta no se expresa en términos binarios sino graduales, de modo que una afirmación puede ser más o menos verdadera dependiendo de cuán verificada haya sido en diferentes actividades operacionalmente coherentes. En esta misma línea, Holly Andersen (2023) concibe la verdad como un proceso de alineamiento (trueing) de los modelos que requiere de mantenimiento, ajuste y actualización continua de los recursos epistémicos a sus fines operatorios.
Al entender la verdad como una propiedad gradual y no en los términos binarios de la disyuntiva verdadero/falso, las teorías pragmatistas no renuncian a la noción de progreso científico. Para Kitcher (1995), la ciencia avanza a través de la construcción de modelos que, aunque no sean verdaderos en un sentido absoluto, son efectivos para sus propósitos. Para Andersen (2024), la verdad evoluciona con el tiempo en función de los recursos conceptuales disponibles. Un modelo puede considerarse en este sentido más verdadero que otro del pasado, si bien ningún modelo puede “mantenerse alineado”, esto es, considerarse verdadero indefinidamente. Por su parte, Paul Teller (2019) sostiene que la complejidad del mundo y nuestras limitaciones cognitivas hacen inevitable que toda representación sea una idealización parcial e inexacta. Sin embargo, su utilidad práctica demuestra que estas representaciones proporcionan información aproximada y contextualmente verdadera sobre aspectos relevantes de la realidad.
La existencia de una pluralidad de verdades relativas a los distintos contextos epistémicos ha sido acusada de implicar un abandono de facto de la noción de verdad incurriendo en el relativismo o en el instrumentalismo. Massimi (2022) ofrece una alternativa pragmatista donde la verdad se recupera como el resultado de la intersección de perspectivas científicas histórica y culturalmente situadas y entrelazadas. Si bien toda afirmación de conocimiento surge en el contexto de una perspectiva científica concreta, su verdad depende, en última instancia, de cómo sea evaluada por otras perspectivas. Massimi no descarta la teoría de la verdad como correspondencia, pero sostiene que esta relación no se produce entre enunciados teóricos y la estructura metafísica de la realidad, sino entre afirmaciones de conocimiento y fenómenos reiteradamente identificados en el seno de distintas prácticas de modelización perspectivista. La verdad perspectivista posee un carácter contextual, pluralista e integrador, pues su establecimiento se produce a través de un trabajo inferencial conjunto en el que se intercambian razones para establecer por qué algunas afirmaciones de conocimiento científico deben mantenerse en virtud de su veracidad o retirarse en virtud de su falsedad. En este sentido, el trabajo interperspectivo conducente a la verdad funciona de manera semejante a las plataformas de integración planteadas por Winther (2020), un recurso epistémico comunitario que permite llevar a cabo actividades comparativas que evalúan las fortalezas y debilidades de las representaciones científicas con vistas a potenciar su poder explicativo y predictivo.

5. Conclusiones

El giro pragmatista se inicia en filosofía de la ciencia a principios de los años ochenta como respuesta al agotamiento de los enfoques clásicos sobre la explicación, la representación, el realismo y la verdad científica. En cuanto a la explicación científica, el giro pragmatista ha desplazado el enfoque tradicional basado en leyes generales hacia una visión que incorpora elementos contextuales y pragmáticos, como los intereses y creencias de quienes formulan o reciben las explicaciones. La visión pragmatista de la representación científica abandona la idea de modelos como reflejos fieles de la realidad, enfatizando su utilidad como herramientas prácticas para resolver problemas y guiar la investigación. En el debate sobre el realismo, el pragmatismo ha propiciado la adopción de posturas más moderadas, en las que la noción de realidad se entiende en función de su papel en prácticas epistémicas específicas, alejándose así de los compromisos de la metafísica tradicional. Finalmente, el pragmatismo propone una noción plural y contextual de la verdad, entendiéndose como un instrumento útil para resolver problemas prácticos, más que como una correspondencia abstracta con la realidad.

Juan Jacobo Ibarra* y Laura Nuño de la Rosa**
*Departamento de Lógica y Filosofía Teórica, Universidad Complutense de Madrid
**Instituto de Filosofía, CSIC

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Ibarra, J. J. y Laura Nuño de la Rosa. (2026). El Giro Pragmatista en Filosofía de la Ciencia. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/el-giro-pragmatista-en-filosofia-de-la-ciencia/