Deseo

A pesar de su papel prominente en varias discusiones filosóficas centrales, como por ejemplo la explicación de la acción intencional, el tema de los deseos se ha tratado escasamente en filosofía analítica, incomparablemente menos, por ejemplo, que la naturaleza de las creencias. Es de esperar que esta situación, completamente anómala, venga a paliarse en los próximos años.

Dado que muchos de los aspectos filosóficamente interesantes y controvertidos de los deseos surgen en relación a la discusión sobre su naturaleza, en esta entrada nos centraremos en el análisis de las principales teorías vigentes acerca de la naturaleza de los deseos. Reservaremos para el final un comentario sobre la relación entre deseos y otros estados mentales con los que se entienden estrechamente relacionados, como las intenciones y las emociones.

1. La teoría motivacional

La llamada teoría motivacional de los deseos sostiene que son estados funcionales definidos por un rol causal o funcional. Esta es la teoría que apareció junto con el funcionalismo en filosofía de la mente, según el cual lo que define un tipo de estado mental no es su naturaleza intrínseca (la cual puede ser variable, debido al fenómeno de la múltiple realizabilidad) sino el patrón de relaciones causales que mantiene con otros estados mentales, inputs sensoriales y outputs motores (para una introducción al funcionalismo, véase Pineda-Oliva 2012, capítulo 5). La teoría bebe también de la idea de que los deseos son un tipo de actitud hacia un contenido, un modo de tratarlo, distinto de como es tratado en el caso de un estado doxástico, con dirección de ajuste mente-mundo, como podría ser el caso de las creencias o los estados perceptivos. Estas actitudes, huelga decirlo, se definirían causal-funcionalmente. Otra importante fuente de la que bebe esta teoría motivacional es la teoría humeana de la acción intencional, según la cual una acción intencional se caracteriza por obedecer a una razón motivadora que incluye un deseo, el cual representa un objetivo o fin del agente, y una creencia instrumental, la cual representa la acción como el mejor medio de alcanzar el fin representado en el deseo (Davidson 1963; Smith 1994).

Todas estas influencias convergen en una teoría que sostiene que desear que P consiste en estar en un estado que tiende a producir que P si los estados mentales doxásticos relevantes de su portador son verdaderos (Dretske 1988; Millikan 1984; Stalnaker 1984). Por ejemplo, mi deseo de beber agua típicamente va a causar que beba agua si se combina correctamente con creencias mías verdaderas sobre cómo conseguir agua.

En definitiva, la teoría motivacional entiende los deseos como estados disposicionales que tienden a causar el estado de cosas que lleva a su satisfacción o cumplimiento. En la literatura especializada, suele llamarse a este tipo de disposiciones “motivaciones”. Conviene mantener esta terminología para comparar la teoría motivacional con otras teorías acerca de los deseos. La teoría, como muestra muy claramente esta terminología, entiende así pues como central y definitorio de los deseos su rol motivador. Los deseos nos mueven a actuar, pues tienden a su satisfacción, a diferencia de los estados doxásticos (creencias, experiencias perceptivas, recuerdos), cuya función sería más bien la de informar de modo fidedigno sobre el estado del mundo.

A pesar de lo que pueda sugerir la formulación de la teoría motivacional, al ofrecer un tratamiento funcional análogo al de las creencias, hoy en día no se entiende que los deseos tengan que tener necesariamente un contenido proposicional, sino que su contenido es por lo general un estado de cosas (por ejemplo, ingerir agua) que puede en ocasiones ser representado de modo no-conceptual. Ello tiene la ventaja de que permite la atribución de deseos a niños prelingüísticos y a ciertos animales no-humanos, pero tiene la desventaja de que complica la explicación del papel de los deseos en la razón práctica, al ser menos directa su participación como premisas en un razonamiento que eventualmente lleve a una acción intencional.

También debe entenderse que la tesis de que los deseos tienden a su cumplimiento está fuertemente sujeta a ciertas condiciones normales, entre las que destacan otros deseos. Si yo deseo chocolate, pero también deseo cuidar mi dieta, y el segundo es un deseo más fuerte que el primero, el primero no va a causar acciones tendentes a que yo ingiera chocolate. En realidad, la teoría motivacional ofrece, como no podía ser de otro modo, una explicación funcional de la fuerza o intensidad de los deseos. Un deseo fuerte tiende a prevalecer ante otros, mientras que uno más débil tiende a ser vencido por otros, en la competición para causar acciones capaces de llevar a su satisfacción.

Se ve también en ello las ventajas de tratar a los deseos como disposiciones, pues puede afirmarse que los deseos débiles existen, aunque rara vez den lugar a acciones (excepto en situaciones donde compitan con deseos más débiles todavía que ellos). Asimismo, esta teoría ofrece margen para explicar la existencia de deseos irrealizables, como el deseo de ser inmortal. La idea es que este deseo se manifestaría si, un buen día, yo diera en creer que existe algún modo de satisfacerlo.

La crítica principal que suele formularse a la teoría motivacional es que no puede explicar bien por qué los deseos constituyen razones para actuar. Vistos como meras disposiciones destinadas al cumplimiento de un cierto estado de cosas parecen más bien pulsiones, en lugar de algo que pueda figurar como premisa en un razonamiento deliberativo o práctico (Quinn 1993; Oddie 2017). Para una respuesta a esta objeción, véase Pineda-Oliva (2021).

Subyace a esta crítica la idea de que la teoría motivacional tiende a ser afín con la tesis de que los deseos no responden a razones ni están sujetos a normas de racionalidad, con lo que se gana la oposición de quienes sostienen que los deseos sí pueden ser juzgados como racionales o irracionales. Aquí conviene tener presente la distinción entre deseos instrumentales (o extrínsecos) y deseos intrínsecos. Mi deseo, por ejemplo, de comer sano, puede llevar a mi deseo de comer fruta y éste, a su vez, a mi deseo de comer manzanas. Los dos últimos deseos son instrumentales y son producidos por el deseo inicial junto con creencias mías (por ejemplo, acerca de qué prefiero tomar dentro de lo que es comida sana, o acerca de qué fruta hay disponible en ese momento en el mercado de mi barrio). Puede decirse que estos deseos instrumentales están ciertamente sujetos a ciertas normas de racionalidad. Por ejemplo, si deseo comer sano y creo que un pastel de nata y chocolate no es comida sana, mientras que un plato de verdura al horno sí lo es, entonces formar el deseo de comer este pastel y no la verdura al horno, parece ciertamente irracional. Ahora bien, en principio este tipo de racionalidad de los deseos instrumentales parece tratable en términos de la teoría motivacional pues puede incluirse en el tipo de rol causal-funcional de los deseos. Otra cosa es el caso de los deseos intrínsecos, aquellos que no se originan en la interacción entre otros deseos y ciertos estados doxásticos del sujeto. Para los objetores a la teoría motivacional, los deseos intrínsecos también están sujetos a normas de racionalidad y eso parece difícilmente explicable si los deseos son meras motivaciones.

2. La teoría evaluativa

La principal teoría acerca de la naturaleza de los deseos rival de la teoría motivacional es la teoría evaluativa, según la cual desear que P es ver P como algo bueno (Stampe 1987; Oddie 2005). No debe entenderse aquí una referencia a la bondad moral, pues la teoría no prohíbe, en principio, la posibilidad de formar deseos inmorales. La idea es más bien que, al desear que P, uno ve P bajo una luz favorable. Generalmente, la teoría se formula en términos de ver o aparecer como bueno, en lugar de juzgar como bueno, para evitar que resulte demasiado exigente a nivel cognitivo, es decir, que exija poseer un concepto de lo bueno.

Esta teoría tiene como principal punto fuerte que explica por qué los deseos constituyen razones para actuar, pues ver algo como bueno ciertamente proporciona una razón para actuar (en el sentido de razón motivadora, no necesariamente en el de razón normativa; sobre esta distinción, véase Álvarez 2010; Schroeder 2007). Es decir, su punto fuerte es precisamente aquello que se sostiene que no recogería bien la teoría motivacional. La teoría, que hunde sus raíces en ideas aristotélicas, ofrecería también una perfecta base para la ética de la virtud, donde el sujeto virtuoso es aquel que logra alinear sus deseos a los dictados de la razón. Según se explicaría en esta teoría, esta condición respondería a un sujeto que lograra que sus apariencias desiderativas acerca de lo bueno coincidieran, o se alinearan, con lo que la razón sanciona como bueno. Evidentemente, la teoría da también cobertura a la tesis de que todos los deseos, incluidos los deseos intrínsecos, están sujetos a razones. Un deseo intrínseco que concierna a algo que P para lo que dispongamos justificación de que no es bueno, o incluso resulta perjudicial, sería un deseo irracional. Un deseo sadomasoquista, por ejemplo, de infligirse daño y causar dolor, sería sancionado como irracional por esta teoría al poder argumentarse que tales prácticas no pueden tenerse por buenas bajo ningún sentido razonable del término.

En principio, desde la teoría evaluativa se considera que las motivaciones, entendidas como el tipo de disposiciones a la conducta que según la teoría motivacional constituyen los deseos, son en realidad causadas por esas apariencias de lo bueno. Ahora bien, esta tesis de que los deseos causan motivaciones resulta uno de los puntos problemáticos de la teoría, pues el rol motivacional de los deseos, en tanto que estados conativos con una dirección de ajuste mundo-mente, opuesta a la dirección de ajuste mente-mundo propia de los estados doxásticos como las creencias o las experiencias perceptivas, parece estar muy enraizado en la idea misma de deseo y en su papel de explicación de la acción intencional. En relación con esto, a veces se sostiene que los deseos, al tener un contenido evaluativo o axiológico, tienen una relación interna con las motivaciones. Al desear que P lo juzgo, o se me aparece, como bueno, y tales estados mentales evaluativos serían intrínsecamente motivacionales, esto es, llevan a procurar que P sea el caso. Pero es dudoso que este carácter intrínsecamente motivacional se dé al menos para los juicios evaluativos. Yo puedo juzgar como bueno, e incluso, extremadamente bueno, perder 20 kilos y, sin embargo, carecer de cualquier motivación para emprender la severa dieta correspondiente. Insistir en que esto no puede ocurrir en el caso de lo pareceres desiderativos parece introducir un elemento claramente “ad hoc” en la teoría. En el fondo, se diría que la teoría evaluativa está entendiendo, erróneamente, a los deseos como estados doxásticos, en lugar de como estados conativos. Es decir, estados mentales que son correctos, o veraces, si lo deseado es bueno; e incorrectos, en caso contrario.

A veces se ha tratado de soslayar este problema defendiendo una versión de la teoría evaluativa según la cual su carácter evaluativo responde a la actitud psicológica implicada en él y no a su contenido intencional. Es decir, en el deseo que P el contenido es meramente que P, no que P es bueno. Lo que sucede es que el sujeto tiene una actitud evaluativa hacia ese contenido. Así como la verdad de P no se representa en la creencia de que P, sino que el sujeto tiene una actitud informacional hacia P, igualmente la bondad de P no se representaría en el contenido del deseo, sino que el sujeto tendría una actitud evaluativa hacia P. El problema de esta versión es que, si se da una caracterización causal-funcional de la actitud evaluativa hacia un contenido intencional, al estilo de lo que ocurre con la creencia de que P, entonces no difiere sustancialmente de la teoría motivacional. Algunos evaluativistas sostienen por ello que esta actitud evaluativa debe individuarse fenomenológicamente, en términos de un cierto placer desiderativo, o de una sensación de necesidad acerca del contenido (al desear que P siento la necesidad de P) (Friedrich 2017). El problema entonces es que ello convierte a los deseos en estados ocurrentes o episódicos, cuando, como hemos visto, hay buenas razones para considerar a los deseos estados disposicionales.

Otro problema importante de la teoría evaluativa es que los deseos, por regla general, se extinguen cuando son satisfechos, o al menos cuando el sujeto cree que son satisfechos. Si deseo comprar una casa, tal deseo desaparece una vez me la he comprado. No es necesario que el deseo sea satisfecho como consecuencia de las acciones llevadas a cabo por el propio sujeto para que este efecto tenga lugar. Si Hernández desea la eliminación de Fernández como competidor para un puesto de trabajo y Fernández resulta eliminado por la acción de algún otro, o por algún percance de salud acaecido a Fernández, entonces el deseo de Hernández se verá satisfecho y éste dejará de tenerlo.  Este llamado “principio de la muerte del deseo” es algo que por cierto explica muy bien la teoría motivacional, pues no tiene sentido mantener la disposición a producir algo que uno ya sabe que es el caso. Sin embargo, no tiene fácil explicación en el seno de la teoría evaluativa, pues no se ve ninguna conexión, ni lógica ni causal, entre que P se dé y yo deje de juzgarlo (o deje de aparecérseme) como bueno. Es decir, el hecho de que P se dé o no resulta completamente tangencial, o más bien irrelevante, en relación a que se lo tenga por bueno, y no algo que forma parte, si queremos llamarlo así, de la lógica de los deseos (Döring y Ekker 2017). A esta objeción suele replicarse que el principio de la muerte del deseo no parece valer en general. Por ejemplo, no lo parece en el caso de deseos permanentes, como el deseo de vivir una vida larga y saludable. Parece que este deseo se mantiene aunque se sepa satisfecho.

3. La teoría deóntica

Recientemente, ha aparecido una tercera teoría en discordia, la denominada teoría deóntica. Según esta teoría, desear que P es representarlo como lo que debe ser, o debe hacerse (Lauria 2017; Massin 2017). La teoría se inspira en ideas del filósofo austríaco Alexius Meinong (Meinong 1917). Tiene virtudes parecidas a las de la teoría evaluativa. Por un lado, explica por qué los deseos constituyen razones para actuar, pues si considero que algo es lo que debe ser, o debe hacerse, eso me da una razón para procurarlo. Igualmente, se consideran pareceres más que juicios, por las razones que ya vimos antes al hablar de la teoría evaluativa: se trata de evitar una teoría con exigencias cognitivas demasiado elevadas. Por otro lado, las disposiciones a actuar, las motivaciones, no son estrictamente deseos según el punto de vista deóntico, sino algo internamente relacionado con ellos, pues un parecer deóntico sobre P parece llevar a la disposición a procurar que P.

La diferencia fundamental con la teoría evaluativa es que la teoría deóntica trata de recoger una intuición que no puede explicar la teoría evaluativa, a saber, que a menudo deseamos que P como consecuencia de nuestra evaluación de P. Por ejemplo, la hermosura de un paisaje (o, estrictamente hablado, el hecho de que lo encontremos hermoso) puede causar nuestro deseo de pasar las próximas vacaciones disfrutando de él. En general, ver algo bueno en P nos lleva a desear que P, esto es, según la teoría deóntica, a verlo como lo que debe ser. Para el partidario de la teoría deóntica, las evaluaciones no son deseos sino aquello que lleva a ellos.

A pesar de ello, dado que la teoría deóntica mantiene igualmente que las motivaciones no son deseos sino aquello a lo que llevan los deseos, se ve inmersa en la misma familia de problemas ya señalados para la teoría evaluativa. Parece que un estado con contenido deóntico no garantiza suficientemente una implicación motivacional. Yo puedo representar perder 20 kilos como aquello que debe ser, con toda la fuerza deóntica que se quiera, y aun así no sentirme motivado a perderlos. Otra vez parecemos estar en manos de una teoría que concibe los deseos como estados mentales doxásticos. Por ejemplo, pensar que pesar 20 kilos más de la cuenta está bien, o es lo que debe ser, parece claramente incorrecto, en el mismo sentido en que una creencia falsa es incorrecta.

También se reproduce el problema de la muerte del deseo, pues el hecho de que P sea el caso (o no lo sea) parece perfectamente ajeno al hecho de que deba ser o deba suceder. El hecho de que la gente no fume en un espacio donde está prohibido fumar no parece hacer perder vigencia a la norma. En este caso, diríamos que, al menos de momento, la gente está actuando de modo conforme a la norma, y no que en razón de ello la norma ha perdido su vigencia (para una opinión contraria, véase Lauria 2017).

Hay que señalar que los defensores de la teoría deóntica (salvo el propio Meinong) entienden que la fuerza deóntica del deseo no es parte de lo representado en su contenido intencional, sino de la actitud psicológica ante ese contenido. Si bien esta idea, que vimos también presente en versiones más recientes de la teoría evaluativa, resulta prometedora para tratar el problema de dar cuenta del carácter conativo de los deseos (pues, ciertamente, dada una norma, el mundo debe ajustarse a ella y no a la inversa), al fin y a la postre parece sujeta al mismo problema de fondo: según cómo se elucide esta actitud deóntica hacia el contenido, o bien se obtiene una versión de la teoría motivacional, o bien se pierde el carácter disposicional de los deseos.

4. El enfoque empírico

Finalmente, cabe mencionar un último enfoque, más empírico, que trata de entender los deseos a partir del tipo de estructuras cerebrales que los procesan y sus características físicas. Según la versión más influyente de este enfoque, las características más definitorias de los deseos, entre ellas su rol motivacional, pero también el placer o recompensa que sentimos al satisfacerlo, se producen en estados de una serie de áreas neurológicas que constituyen el sistema de recompensa del cerebro. De acuerdo con esta teoría, desear que P es representar P como una recompensa (Schroeder 2004). La noción clave de representar P como una recompensa, por su parte, se define como establecer P como un incentivo que causa un aprendizaje por refuerzo.

A simple vista, parece tentador entender este último enfoque como no oponiéndose en realidad al resto de teorías sobre la naturaleza de los deseos, sino más bien como situándose a un nivel de explicación distinto, más cercano a la implementación física. Por ejemplo, tal como suele entenderse la noción clave de recompensa, parece plausible ver la teoría empírica como un intento de aislar la base categórica del tipo de disposiciones que son los deseos según la teoría motivacional.

Sin embargo, sus partidarios se oponen vigorosamente a esta actitud, digamos conciliadora, y sostienen, por ejemplo, que en realidad la teoría empírica que proponen es revisionista pues rompe el vínculo entre deseo y motivación. Esta tesis se basa en ejemplos de sujetos con movilidad fuertemente reducida o imposibilitada, como pacientes de ictus o de Parkinson. Ello mostraría que los estados de recompensa que serían los deseos generalmente causan motivaciones, pero no necesariamente (Schroeder 2006). La duda, evidentemente, es si de veras no tiene sentido atribuir a estos pacientes una disposición a la satisfacción del deseo, a pesar de que sepan que, en sus circunstancias actuales, bien conocidas por ellos, no pueden ejercerla (Brook 2006).

5. Relación con otros estados conativos

Hemos dejado para el final ciertos aspectos filosóficamente relevantes sobre los deseos que no han surgido, al menos no de modo directo, en la discusión de las principales teorías. Se trata de la relación entre los deseos y otros estados o procesos mentales de carácter conativo, como las intenciones o las emociones.

Empezando con las intenciones, la teoría más extendida las ve también como estados determinados por un rol causal-funcional que involucra esencialmente una tendencia a su cumplimiento (si bien existe también la teoría, más minoritaria y que no discutiremos aquí, que las ve como deseos fuertes o preponderantes, véase Ridge 1998). En principio, una teoría así para las intenciones parece ofrecer malas noticias para la teoría motivacional, pues parecería confundirlas con los deseos. Ahora bien, las intenciones se postularon en el ámbito de la filosofía de la acción para explicar aspectos de la acción intencional que precisamente se estimaba que no podían recogerse con la teoría humeana tradicional que solamente postulaba creencias y deseos, entendidos además al modo causal-funcional habitual. Por ello, desde un primer momento se argumentó que las intenciones tenían un rol causal en relación a la acción distintivo del de los deseos (Bratman 1987). Por ejemplo, se sostiene que las intenciones tienen el papel de guiar la conducta, entendiendo entre otras cosas que controlan el momento de iniciar la acción correspondiente, y que causan el ajuste del comportamiento ante resultados no satisfactorios o ante cambios relevantes en el entorno, todo ello con vistas a asegurar el cumplimiento de los fines representados en la intención principal. Así, se defiende que mientras es perfectamente racional mantener deseos inconsistentes, cuya satisfacción conjunta es imposible, como el deseo de pasar el fin de semana trabajando en casa y el deseo de pasarlo haciendo turismo en Croacia, no es racional mantener intenciones incompatibles al mismo tiempo, pues ello haría imposible llevar a cabo su función de guía y tutela de la acción.

El tema de la relación entre deseos y emociones es complejo y aquí sólo podremos apuntar un par de cuestiones de enorme relieve. En primer lugar, mientras que los deseos parecen concernir a estados de cosas que no son el caso, o que el sujeto no cree que sean el caso (algo estrechamente relacionado con el tema de la muerte del deseo), no es así en general con las emociones. Puedo temer un encuentro con el perro de mi vecino, justo cuando está enfrente de mí y precisamente por ello, porque está enfrente de mí, y desatado… O puedo entristecerme por la muerte de mi antiguo profesor, donde lo que explica mi tristeza es precisamente que su contenido intencional concierne un estado de cosas que desgraciadamente es el caso (Deonna y Terroni 2012).

En segundo lugar, son muchas las teorías de las emociones que sostienen que éstas son causadas por evaluaciones del entorno, o bien involucran evaluaciones del entorno; es el caso de la teoría motivacional de las emociones (Scarantino y Nielsen 2015), la teoría actitudinal (Deonna y Terroni 2024), la teoría juicialista (Solomon 1976; Nussbaum 2001), la teoría perceptiva (Tappolet 2016), la teoría responsiva (Mulligan 2010) o la teoría valorativa (Scherer et al. 2001), entre otras. Así, el miedo al perro involucra o es causado por mi evaluación de un encuentro con el perro como algo peligroso; mi enfado con Hernández es causado o involucra mi evaluación de algo que ha hecho (o no ha hecho) Hernández como ofensivo, etcétera. Ahora bien, parece bastante claro, por un lado, que dichas evaluaciones son subjetivas por cuanto dependen de los fines de cada sujeto y, por otro, que algunos de estos fines son representados por deseos. Por ejemplo, si Hernández desea cursar una carrera con una nota de entrada superior a 8, obtener una nota inferior a 8 pero superior a 6 posiblemente causará una emoción fuertemente negativa: tristeza, frustración, o hasta enfado. En cambio, si Fernández desea cursar una carrera cuya nota de entrada es superior a 6, obtener la misma nota que su colega Hernández causará en cambio en él una emoción positiva: alegría, o tal vez júbilo. En suma, es un hecho fundamental sobre las emociones que la respuesta emocional es subjetiva en el sentido de que sujetos distintos pueden reaccionar con emociones distintas a un mismo hecho, o incluso algunos ser emocionalmente indiferentes a ello. La teoría de que la reacción emotiva depende de los fines del sujeto parece casi inevitable, tanto como la tesis de que muchos de estos fines se representan a través de deseos. Así pues, se desprendería de ello que las emociones se apoyan en deseos para llevar a cabo el tipo de evaluaciones que las emociones requieren, según todas estas teorías. Por supuesto, estas evaluaciones emotivas son de tipo distinto de los pareceres desiderativos que postula la teoría evaluativa del deseo, con lo que no existe en principio una incompatibilidad con esta última teoría.

Finalmente, las emociones parecen también causantes de deseos. Por ejemplo, mi miedo al perro del vecino típicamente causará mi deseo de salir corriendo, o mi sentirme culpable por un daño que le he causado a Hernández típicamente causará que intente restaurar el daño o, si esto no es posible, que desee desarrollar algún tipo de conducta compensatoria hacia Hernández. Son también mayoría las teorías de las emociones que reconocen este otro tipo de relación entre emociones y deseos. En suma, emociones y deseos parecen estar interrelacionados de un modo muy estrecho y difícil de desgranar.

6. Conclusión

A modo de breve conclusión podemos decir que no existe en la filosofía analítica actual un consenso sobre la naturaleza de los deseos y que la discusión, de modo muy resumido, se centra en delinear correctamente la relación entre motivaciones y evaluaciones, el vínculo entre deseos y acción intencional y la diferencia entre deseos y otros estados mentales con fuerza conativa.

David Pineda-Oliva

Universitat de Girona y LOGOS

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Anscombe, G.E. M. (1963/1991), Intención, trad. de Jesús Mosterín, Madrid, Paidós Ibérica.
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  • Pineda-Oliva, D. (2018), “Los deseos siguen siendo motivaciones”, Teorema 37/2: 181-193.
  • Vendrell-Ferran, I. (2014), “La noción de valor en la filosofía de Meinong”, en Reboul, A. (ed.), Mind, Value, and Metaphysics: papers dedicated to Kevin Mulligan, Springer, pp. 375-385.

Recursos en línea

  • Schroeder, T. (2020), “Desire”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2020 edition), Edward N. Zalta (ed.), URL = <https://plato.stanford.edu/archives/sum2020/entries/desire/>.

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Cómo citar esta entrada

Pineda-Oliva, D. (2025). Deseo. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/deseo/