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Neurofenomenología

1. Introducción

La ciencia cognitiva es comúnmente caracterizada como ofreciendo explicaciones de lo cognitivo en términos de procesos, estructuras y mecanismos que son públicamente accesibles, repetibles e intersubjetivamente validables . Con este fin se llevan a cabo experimentos conductuales, estudios de neuroimagen, simulaciones computacionales, etc., que permiten cuantificación, replicación y generalización entre sujetos. Sobre la base de esta clase de datos se infieren las regularidades neuronales, computacionales y funcionales que subyacen a lo cognitivo (i.e., la atención, la percepción, el razonamiento, la acción, la motivación, el afecto, el aprendizaje, etc.). La ciencia cognitiva opera desde un punto de vista de tercera persona. Es decir, metodológicamente se adopta la posición de un observador externo al fenómeno, que no posee las idiosincrasias de un observador en particular.

Sin embargo, una buena parte de los explananda de la ciencia cognitiva consisten en, y parcialmente dependen de experiencias vividas desde el punto de vista de la primera persona . Piénsese, por ejemplo, en la percepción visual (e.g., reconocimiento facial) o el sentido de agencia motora. Los rasgos de las experiencias vividas en primera persona deben ser dilucidados. Ahora bien, en la medida que las experiencias vividas subjetivamente no se pueden asimilar a objetos del mundo, y por ende son difícilmente accesibles para un observador externo, ellas no suelen ser abordadas por las maneras de la ciencia cognitiva clásica. De aquí que, en otras disciplinas, las experiencias vividas suelen ser abordadas mediante métodos de primera persona. Aquí la participación activa del sujeto es fundamental en la identificación y descripción de las estructuras de su propia experiencia durante la articulación de sus reportes .

De este modo, existe una tensión entre las explicaciones en tercera persona características de la ciencia cognitiva y la dimensión subjetiva de lo mental. La neurofenomenología es un programa de investigación integrativo dentro de la ciencia cognitiva que ve esta tensión como una oportunidad epistémica. La neurofenomenología tiene por objetivo integrar de manera rigurosa las descripciones en primera persona de la actividad mental, obtenidas mediante reportes fenomenológicos disciplinados, con los datos obtenidos mediante métodos en tercera persona característicos de la neurociencia. Su hipótesis de trabajo es que se pueden establecer relaciones heurísticas de restricción bidireccional entre ambos cuerpos de información. Estas restricciones bidireccionales entre niveles están mediadas por el modelamiento formal en base a sistemas dinámicos, el que permite pasajes generativos entre lo fenomenológico y lo neuronal . Sin embargo, las aproximaciones recientes a la neurofenomenología (la neurofenomenología computacional) construyen pasajes entre ambos niveles mediante el modelamiento formal basado en el procesamiento predictivo , lo que conlleva una serie de ventajas epistémicas–como por ejemplo, hace más explícitos y sistemáticos los vínculos entre los formalismos computacionales, las estructuras de la experiencia que la fenomenología enfatiza y las dinámicas neurofisiológicas .

Actualmente, la neurofenomenología habita los márgenes de la ciencia cognitiva. Como enfatiza Berkovich-Ohana , son relativamente escasos los trabajos experimentales en neurofenomenología publicados a la fecha. En este sentido, la neurofenomenología es en parte todavía un proyecto . En cuanto a su receptividad, la comunidad neurocientífica se ha mostrado algo reticente. Probablemente esto se debe a que la neurofenomenología se ha mantenido dentro de círculos epistémicamente cerrados que emergen a partir del vínculo con la figura de Francisco Varela, lo que ha impactado en su desarrollo. Sin embargo, esta entrada intenta presentar el enfoque neurofenomenológico de un modo más amplio, de manera tal de hacer más patente sus potenciales ventajas explicativas y poder integrativo dentro de las ciencias cognitivas y del estudio de lo mental.

En lo que sigue, discutiré los orígenes de la neurofenomenología (sección 2), profundizaré en su hipótesis de trabajo (sección 3), revisaré algunas de sus dificultades (sección 4) y finalmente presentaré un desarrollo reciente de la neurofenomenología, la neurofenomenología computational, que promete enriquecer su hipótesis de trabajo inicial y ampliar sus vínculos con otros enfoques en ciencia cognitiva (sección 5).

2. Orígenes

En la década de 1990, las técnicas de neuroimagen y mapeo neuronal experimentaron un auge . Esto trajo consigo la reaparición en la discusión filosófica especializada del problema de vincular la experiencia subjetiva con sus correlatos neuronales. Reapareció en la forma del problema duro de la conciencia, y la asociada brecha explicativa. Toscamente, el problema duro de la conciencia consiste en cómo puede hacerse conceptualmente inteligible el carácter fenoménico de la conciencia a partir de procesos físicos en el cerebro . Hay así una brecha explicativa entre el aspecto cualitativo de la experiencia subjetiva y la naturaleza física, no consciente del cerebro . Por lo tanto, se puede resolver el problema duro de la conciencia cerrando la brecha explicativa .

A fines de la década de 1990, el neurocientista F. Varela presenta la idea de la neurofenomenología como una estrategia para resolver el problema duro de la conciencia . No obstante, la discusión filosófica converge en que una aproximación metodológica, como tal, no puede cerrar una brecha de carácter conceptual y así resolver el problema duro de la conciencia . De este modo, la neurofenomenología se entiende mejor como un enfoque integrativo que busca deshacer la brecha entre niveles y clases de procesos en ciencia cognitiva de forma coherente, mediante restricciones bidireccionales entre lo subjetivo y las dinámicas del cerebro.

Es decir, la neurofenomenología busca cerrar una brecha explicativa no de carácter conceptual, sino de carácter científico : la brecha entre las aproximaciones en primera persona a lo mental, en las que los enfoques fenomenológicos ocupan un lugar destacado, y las aproximaciones en tercera persona, particularmente los enfoques al modelamiento formal de la actividad neurofisiológica mediante sistemas dinámicos los que, a diferencia de la ciencia cognitiva clásica, prescinden de la postulación de representaciones ricas en contenido que son manipuladas conforme a reglas lógicas, al modo de un ordenador digital.

3. Ideas básicas

La neurofenomenología, entonces, integra reportes fenomenológicos en primera persona, modelamiento en base a sistemas dinámicos y neurobiología. A continuación presento estos aspectos de la neurofenomenología y su entrelazamiento mediante restricciones recíprocas.

3.1 La fenomenología y los métodos de primera persona

Las experiencias subjetivas constituyen una dimensión central de la vida mental y del comportamiento inteligente. Por ello, resulta insuficiente que las ciencias cognitivas se enfoquen exclusivamente en mecanismos subpersonales . Antes de establecer correlaciones neuronales o computacionales, es necesario identificar y clasificar las experiencias subjetivas. Esto es evidente en estudios de percepción visual o dolor, donde los sujetos deben describir primero su experiencia para permitir el análisis de los mecanismos subyacentes.

Diversas tradiciones filosóficas han intentado describir la vida mental desde la perspectiva de primera persona. Entre ellas destaca la fenomenología , que la neurofenomenología adopta como herramienta para generar reportes experienciales susceptibles de tratamiento científico.

En términos generales, la metodología fenomenológica husserliana busca describir las estructuras de la experiencia tal como aparecen al sujeto. La neurofenomenología retoma principalmente dos procedimientos metodológicos: la epoché y la reducción fenomenológica, dejando de lado las dimensiones ontológicas y epistemológicas del proyecto husserliano. La epoché consiste en suspender la actitud natural —la aceptación prerreflexiva de la existencia independiente del mundo— para examinar cómo los objetos adquieren significado en la experiencia. La reducción fenomenológica dirige entonces el análisis hacia los rasgos intencionales y estructurales de la experiencia misma .

En neurofenomenología, esta aproximación se operacionaliza mediante metodologías disciplinadas de primera persona destinadas a producir reportes utilizables científicamente . Estas prácticas incluyen entrenamiento atencional y regulación afectiva, permitiendo detectar dinámicas experienciales sutiles, como fluctuaciones atencionales o afectivas. Las descripciones se obtienen y refinan mediante entrevistas fenomenológicas y microfenomenológicas, en las que un entrevistador guía a los participantes para describir episodios concretos evitando interpretaciones teóricas . La relevancia científica de estos reportes depende de su validación intersubjetiva mediante comparaciones entre sujetos orientadas a identificar “invariantes fenoménicas”. En síntesis, la práctica neurofenomenológica incorpora tres pasos: suspensión de la actitud natural, estabilización entrenada de la atención y validación intersubjetiva de los reportes.

Este énfasis metodológico busca superar la oposición entre descripciones subjetivas y análisis objetivos, integrando ambos niveles en un marco experimental común. Así, los datos de primera persona no funcionan como meras ilustraciones introspectivas, sino como restricciones metodológicas para la investigación neurocientífica y cognitiva. El objetivo no es reemplazar la explicación neurobiológica por descripciones fenomenológicas, sino coordinar ambas dimensiones mediante protocolos experimentales capaces de relacionar dinámicas experienciales con patrones neuronales, conductuales o computacionales de manera sistemática y replicable en distintos contextos experimentales y clínicos contemporáneos.

3.2. Modelado cerebral mediante sistemas dinámicos

La investigación neurofenomenológica tiende a alinearse con el enactivismo en ciencia cognitiva . La ciencia cognitiva clásica entiende el comportamiento inteligente como resultado de operaciones algorítmicas sobre representaciones simbólicas de un entorno previamente definido. En cambio, el enactivismo ve el comportamiento adaptativo como emergiendo de la interacción no-lineal y continua entre un organismo y un entorno que se van co-especificando en la interacción organismo-entorno. Así, en el enactivismo no tiene cabida la idea de manipulación de representaciones simbólicas del ambiente. Por lo tanto, desde el punto de vista del modelado formal del comportamiento adaptativo, este se captura mejor mediante las herramientas de modelamiento formal que proporcionan los sistemas dinámicos.

En el modelado cerebral mediante sistemas dinámicos, la actividad cerebral a gran escala debe describirse como la evolución de un sistema complejo a lo largo del tiempo . De este modo, la actividad neuronal puede representarse como una trayectoria en un espacio de estados, un espacio multidimensional cuyas variables describen la condición actual del sistema (e.g., tasas de disparo neuronal). Dentro de este espacio, patrones relativamente estables de actividad —llamados atractores— tienden a emerger, estabilizarse y cambiar a lo largo del tiempo. Estos patrones permiten capturar las dinámicas del comportamiento adaptativo . Es más, en este enfoque, la experiencia suele implicar sincronización transitoria entre poblaciones neuronales distribuidas a gran escala. Esto sugiere que la experiencia corresponde a patrones temporalmente extendidos de actividad neuronal coordinada más que a eventos localizados —así, por ejemplo, la organización temporal de la actividad neuronal puede relacionarse con la estructura temporal de la experiencia .

Aquí, el cerebro no se concibe como un dispositivo pasivo que simplemente registra estímulos entrantes. Más bien, se entiende como un sistema activo que genera y modula continuamente patrones de actividad neuronal a lo largo del tiempo. Los estados cognitivos emergen de la dinámica autoorganizada de esta actividad, la cual interactúa de manera constante con los procesos corporales y el entorno. Desde esta perspectiva, la percepción y la cognición surgen del acoplamiento dinámico entre cerebro, cuerpo y entorno. La experiencia refleja así la regulación y coordinación continuas de la actividad neuronal dentro de este sistema más amplio, en lugar de un simple proceso lineal de entradas y salidas mediadas por la manipulación de representaciones simbólicas.

3.3. Restricciones bidireccionales

La idea clave del enfoque neurofenomenológico es que las descripciones disciplinadas en primera persona proporcionan restricciones sobre la teorización e interpretación de las dinámicas neurofisiológicas, modeladas mediante las herramientas de los sistemas dinámicos. Adicionalmente, estos datos en tercera persona proporcionan restricciones sobre las descripciones disciplinadas en primera persona y las categorías e invariantes fenoménicas que de ellas emergen. Así, los datos y la teorización neurocognitiva que se ha obtenido a partir de descripciones fenomenológicas disciplinadas pueden refinar y sugerir revisiones a la descripción fenomenológica inicial, redireccionando la atención del sujeto a aspectos de su experiencia que no logró capturar originalmente. De este modo, la relación entre ambos niveles es una relación heurística de restricciones bidireccionales .

Por ejemplo, en estudios de percepción visual de profundidad, se registran imágenes de la actividad neuronal (comúnmente mediante EEG) mientras los sujetos proporcionan reportes disciplinados de las fluctuaciones en su experiencia. A partir de estos registros de su actividad neuronal, se obtienen ciertas categorías o invariantes fenoménicas que describen el despliegue de la percepción visual ante un estímulo visual determinado. Por ejemplo, categorías como preparación estable (antes de la aparición del estímulo) o calidad de la percepción (una vez presentado el estímulo, etc.) (ver ). En lugar de tratar las variaciones entre ensayos como mero ruido experimental, estas descripciones en primera persona se utilizan para clasificar distintos estados experienciales y orientar el análisis de los datos neuronales. Esta metodología permite correlacionar patrones experienciales específicos con ensambles neuronales transitorios a gran escala y procesos de sincronización, vinculando así la dinámica temporal de la actividad cerebral con la estructura cambiante de la experiencia consciente. Se asume aquí que los reportes disciplinados en primera persona contienen información epistémicamente rica que escapa a los métodos de tercera persona y puede iluminar patrones de actividad neuronal.

El objetivo de relacionar niveles mediante bucles de restricciones bidireccionales es integrar de forma sistemática la estructura de la experiencia tal como se manifiesta desde la perspectiva fenomenológica con la dinámica temporal de la actividad cerebral a gran escala. En una perspectiva de más largo alcance, se pretende desarrollar descripciones de la experiencia vivida que, capturadas también en tiempo real, alcancen un grado de precisión y detalle suficiente para ser formalizadas y correlacionadas con patrones neurodinámicos específicos del funcionamiento cerebral. Es importante notar que los reportes de primera persona no funcionan como otro tipo de dato que se debe tomar en cuenta a la hora de modelar lo mental, sino que operan al modo de principios analíticos que organizan la investigación y las tareas de modelamiento.

4. Desafíos

La neurofenomenología enfrenta múltiples desafíos epistémicos. Se suele argumentar que la experiencia fenoménica (algo paradigmáticamente de carácter perceptual) está significativamente influenciada en su carácter mismo por procesos y estados cognitivos de nivel relativamente alto . No solo los procesos y estados cognitivos de nivel relativamente alto pueden contribuir al carácter fenoménico de la experiencia, sino que también a sus contenidos. Los reportes verbales, por muy disciplinados que sean, dependen todavía de sistemas cognitivos de nivel superior . Así, no es descartable que los reportes subjetivos estén reflejando preconcepciones y aspectos no-fenoménicos (introducidos en parte durante el entrenamiento) en lugar de invariantes estructurales del dominio fenomenológico (pero, véase, sección 4). Adicionalmente, es cuestionable que los reportes disciplinados puedan capturar la riqueza de la experiencia subjetiva, por ejemplo, se suele argumentar que la experiencia visual contiene más detalle de lo que puede ser reportado . Sin embargo, ninguno de estos argumentos debilita la hipótesis de trabajo de la neurofenomenología de que los reportes subjetivos pueden capturar aspectos de lo mental que se escapan al modelamiento neuronal en tercera persona, y así enriquecer el trabajo de modelamiento (ver también, ).

Otro desafío que enfrenta la neurofenomenología proviene de la heterofenomenología (; para mayor discusión ver ). Según este enfoque, los reportes fenomenológicos no deben tratarse como reflejando aspectos de la estructura de la experiencia, sino más bien como datos acerca de lo que los sujetos creen o dicen sobre su experiencia. De este modo, los informes en primera persona deben interpretarse desde un punto de vista en tercera persona e integrarse al trabajo de modelamiento al modo de datos conductuales. No se debe asumir que los reportes proporcionan principios analíticos que organizan el trabajo de modelamiento ni que constituyen descripciones que reflejan la realidad fenomenológica. Por lo tanto, se cuestiona la estrategia neurofenomenológica de utilizar descripciones disciplinadas en primera persona como restricciones en el modelamiento de la dinámica neural. Los datos obtenidos mediante reportes se deben tratar entonces como datos verbales que deben ser explicados junto con los datos neuronales. Esta crítica desafía la afirmación neurofenomenológica de que los informes fenomenológicamente entrenados pueden desempeñar un papel epistémicamente constitutivo en el estudio científico de la conciencia.

Frente al desafío heterofenomenológico, se suele enfatizar que la neurofenomenología no niega la falibilidad de los reportes subjetivos respecto de la naturaleza de nuestra estructura fenoménica, sino que busca transformar su estatus epistémico mediante entrenamiento y refinamiento metodológico, como lo muestran trabajos empíricos con sujetos entrenados y las técnicas sistemáticas de elicitación de reportes . En el enfoque neurofenomenológico, los reportes subjetivos no resultan de una introspección ingenua, sino que de un análisis disciplinado, y guiado intersubjetivamente, acerca de las estructuras invariantes de la experiencia . Al mismo tiempo, la pretensión de neutralidad metodológica de la heterofenomenología parece insostenible, ya que el diseño experimental y la clasificación de los estados cognitivos presuponen distinciones fenomenológicas y categorizaciones psicológicas, lo que socava la idea de que los métodos en tercera persona puedan, por sí solos, asegurar una explicación adecuada . Desde esta perspectiva, la heterofenomenología enfrenta tanto una limitación explicativa como metodológica: al poner entre paréntesis la experiencia vivida, corre el riesgo de alterar una parte importante de los explananda de la ciencia cognitiva , al tiempo que depende implícitamente de las mismas estructuras en primera persona que pretende neutralizar.

Similarmente, también se ha cuestionado la real ventaja epistémica que la neurofenomenología atribuye a la metodología fenomenológica y a los reportes disciplinados de primera persona . En el trabajo neurofenomenológico se suele sostener que los métodos husserlianos —como la reducción fenomenológica— proporcionan un acceso más riguroso a la estructura de la experiencia que la introspección ordinaria. Sin embargo, como argumenta Bayne , no está claro en qué sentido la metodología fenomenológica se distingue en la práctica real de la introspección cuidadosa, dado que ambas buscan describir aquello de lo que los sujetos son realmente conscientes y ambas pueden llevarse a cabo de manera crítica o acrítica. Además, al examinar estudios neurofenomenológicos concretos, Bayne encuentra poca evidencia de que sus procedimientos difieran significativamente de los informes introspectivos utilizados en la psicología experimental. Aunque el entrenamiento y los protocolos de reporte estructurados pueden mejorar la articulación de la experiencia, esto no demuestra que los métodos fenomenológicos proporcionen un acceso singularmente fiable a la estructura experiencial.

Este es un desafío que resulta exitoso en motivar el desarrollo de mejores herramientas teóricas experimentales para la elicitación de reportes que logren capturar lo fenoménico de mejor manera. No obstante, en este respecto se suele argumentar que la supuesta falta de distintividad entre el reporte neurofenomenológico y el mero reporte introspectivo desaparece una vez que se consideran las prácticas de primera persona como valiéndose de andamiajes metodológicos, como la guía del experimentador y la validación intersubjetiva .

5. Tendencias actuales: Neurofenomenología computacional

La neurofenomenología está experimentando un renacimiento . Interesantemente, un enfoque teórico prominente es lo que se ha dado en llamar neurofenomenología computacional . El concepto parece un oxímoron. La neurofenomenología ha tendido a alinearse con el enactivismo en ciencia cognitiva, enfoque que rechaza la idea computacionalista de que las representaciones simbólicas son el constructo central en ciencia cognitiva. Sin embargo, la neurofenomenología computacional se erige sobre una reciente arquitectura computacional que captura muchas de las inquietudes enactivistas , al tiempo que provee de herramientas de modelamiento formal (en términos bayesianos) que permiten la construcción de pasajes generativos fluidos entre niveles. Esta es la arquitectura computacional del procesamiento predictivo .

La neurofenomenología computacional es un enfoque metodológico que integra el análisis fenomenológico con la modelización computacional con el fin de representar formalmente las estructuras y dinámicas de la experiencia vivida . Para ello, emplea modelos generativos —característicos del procesamiento predictivo— para traducir descripciones fenomenológicas en modelos formales de los procesos inferenciales que podrían dar lugar a esas estructuras experienciales. En este marco, la constitución de la experiencia se interpreta como un proceso de inferencia probabilística mediante el cual un sistema activamente estima las causas de sus estados sensoriales. La fenomenología computacional busca así construir modelos matemáticamente explícitos que capten la dinámica de la experiencia vivida y que, al mismo tiempo, sean compatibles con mecanismos biológicamente plausibles, articulando de este modo una relación sistemática entre descripciones de primera persona y explicaciones de tercera persona en términos de procesos cognitivos y neurales.

Así como la modelación en base a sistemas dinámicos de la neurofenomenología clásica, la neurofenomenología computacional establece puentes formales entre los informes fenomenológicos y los datos neurobiológicos. Sin embargo, a diferencia de la modelación en base a sistemas dinámicos de la neurofenomenología clásica, los modelos generativos bayesianos pueden funcionar como pasajes epistémicamente más ventajosos porque proporcionan un marco matemático neutral que puede interpretarse en dos niveles complementarios: como modelos de los procesos inferenciales que subyacen a la dinámica neural y como descripciones formales de las estructuras de la experiencia vivida. En particular, dentro de la mecánica bayesiana y la inferencia activa, un mismo modelo formal puede describir tanto la dinámica intrínseca de los estados neurales como la dinámica extrínseca de las creencias acerca de las causas de la entrada sensorial. Esta doble interpretabilidad permite que las descripciones fenomenológicas restrinjan la especificación de los modelos generativos, mientras que los datos empíricos sobre la actividad neural restringen sus parámetros y dinámicas —ver Araya y Araya et al. para una aproximación diacrónica a esta doble interpretabilidad. De este modo, la neurofenomenología computacional posibilita una circulación disciplinada entre las descripciones de primera persona y la evidencia neurocientífica de tercera persona, ampliando el alcance explicativo al modelar no sólo los contenidos de la experiencia, sino también los procesos mediante los cuales la experiencia se constituye —el “cómo” de la experiencia, en línea con los anhelos neurofenomenológivos iniciales .

6. Conclusión

La neurofenomenología propone integrar las descripciones disciplinadas de la experiencia en primera persona con el estudio neurocientífico de la actividad cerebral mediante relaciones de restricción bidireccional entre ambos niveles. Aunque enfrenta desafíos metodológicos y conceptuales, este enfoque ofrece un marco prometedor para articular de manera más completa la dimensión subjetiva de lo mental con los modelos científicos de la cognición. Desarrollos recientes, como la neurofenomenología computacional, refuerzan este programa al proporcionar herramientas formales que permiten establecer vínculos más explícitos entre experiencia, dinámica neural y modelamiento computacional.

José M. Araya
Instituto de Filosofía y Ciencias de la Complejidad (IFICC, Chile)

Referencias

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Lecturas recomendadas 

Fodor, J. A. (1975). The language of thought. Harvard Univ. Pr.

Berkovich-Ohana, A. (2024). Suspending the Embodied Self in Meditation Attenuates Beta Oscillations in the Posterior Medial Cortex. The Journal of Neuroscience, 44(26), e1182232024. https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.1182-23.2024

Varela, F. J., Thompson, E., & Rosch, E. (1993). The embodied mind: Cognitive science and human experience (14. print.). MIT Press.

Recursos en línea

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Cómo citar esta entrada

Araya, J. M. (2026). Neurofenomenología. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/neurofenomenología/

 

Neurofenomenología. © 2026 por Araya, J. M. está protegida por la licencia CC BY-NC-SA 4.0  

 

Normas sociales

Introducción

En una primera aproximación, las normas sociales son pautas o reglas que gobiernan la conducta de los grupos humanos. La noción de norma social se presenta hoy como intuitivamente útil y necesaria. Diversos fenómenos parecen avalarla: la existencia de equilibrios múltiples y arbitrarios en los diferentes grupos humanos (como que en algunos países se conduzca por la izquierda y en otros por la derecha); los patrones no necesariamente arbitrarios pero sí envueltos en la fenomenología de la obligación o de lo que es socialmente aceptable o está proscrito; el que se dé, en fin, un espacio de normas previo y posterior a la instauración de leyes y regulaciones formalmente codificadas. La noción tiene además precedentes ilustres en la idea griega de nomoi o en el li (禮) confuciano. Parece además estar asentada en nuestra psique de un modo transcultural y temprano en el desarrollo, a juzgar por las numerosas replicaciones de la capacidad para distinguir entre normas morales y normas convencionales en niños pequeños ya a partir de los 5 años de edad (Baumard, 2016).

Con todo, la idea de homogeneidad dentro del grupo y heterogeneidad entre grupos que transmite la noción de normas sociales puede ser engañosa. Es fácil subestimar la heterogeneidad dentro de un grupo aun cuando se siga mayoritariamente una norma.  Así, la preferencia por realizar las actividades con la mano derecha surge, en primer lugar, no como resultado de seguir una norma social sino por efecto de la lateralización cerebral mayoritaria. Pese a ello, lo estadísticamente normal tiende a transformarse en normativo. Siguiendo con el ejemplo, la imposición social normativa sobre una minoría de realizar las actividades con la mano derecha, cueste lo que cueste, se produce históricamente, llegándose incluso a considerar lo zurdo o izquierdo como algo siniestro (Kushner, 2013). Aunque es dudoso o controvertido cuánto pueden seguir otros animales no-humanos normas sociales, sin duda algunos procesos normativos pueden encontrar precursores en otras especies (Skyrms, 2007; Fitzpatrick, 2020). En lo que sigue se repasarán primero las distintas clasificaciones que se han propuesto sobre este conjunto de fenómenos, los criterios teóricos que orientan a la hora de decidir qué teorías de las normas sociales abrazar, las principales propuestas de explicación de la naturaleza de las normas sociales y, por último, sus componentes o engranajes psicológicos, así como aquello que se ha considerado que las distingue (o no) de las normas morales.

1. Tipos de normas sociales y elección teórica

En este preciso instante probablemente estés siguiendo una multitud de normas sociales: desde tu modo de vestir a tu manera de leer, atendiendo a si quien esto escribe se hubiera saltado alguna regla de ortografía o la regla del hablar de usted al lector. El concepto de normas sociales disfruta de un éxito importante en las ciencias sociales. Su aplicación como término puede ser vista a veces como demasiado laxa. ¿Son verdaderamente normas sociales todos los ejemplos de la oración que abre este párrafo? ¿Son las normas sociales tal como se estudian en la psicología, la economía o la antropología lo mismo? Hasta no hace tanto, el hablar de normas sociales en estas disciplinas ha estado tan ampliamente extendido que podría sospecharse que el propio concepto estaba infra-teorizado.

Una primera fuente de ambigüedad de la noción de ‘norma social’ que conviene despejar rápidamente es la que surge de confundir las meras regularidades estadísticas con las normas sociales. Diferentes factores no normativos pueden producir regularidades estadísticas. En numerosas ocasiones, incluso el conformismo, o seguimiento de lo que lo demás hacen, no resulta necesariamente en normas sociales. Conviene así distinguir lo que a veces se denomina conformismo informacional, de los efectos de un conformismo verdaderamente normativo. Por conformismo informacional se entiende que los individuos pueden adoptar la conducta que observan en otros individuos del grupo pero, principalmente, en la medida en que dicha conducta les ayuda a resolver directamente un problema previo, que también preferirían resolver de ese modo aunque los otros individuos no hubieran optado por esa pauta de conducta. Piensa en unos agricultores que traen una técnica de cultivo exitosa para aumentar la producción y casi todos los demás agricultores de los alrededores acaban copiándola. Dicha técnica puede volverse la norma o lo más habitual, sin que por ello sea el resultado de seguir una norma social. Tal conducta de seguimiento no tiene por qué ser “dependiente de la frecuencia” y ser seguida solo cuando una mayoría o un conjunto lo suficientemente importante la sigue. Por conformismo normativo, por el contrario, se entiende que los individuos de un grupo van a tender a adoptar algunas pautas de conducta que sean ampliamente seguidas o mayoritarias dentro del grupo, por el reconocimiento social que tiene el seguir la conducta o, inversamente, por el escarnio de no seguirla. En famosos experimentos sobre el conformismo, como los del psicólogo Solomon Asch, piensa en el caso de aquellos participantes que van a copiar la respuesta de los demás, no porque sea la respuesta correcta o que les saque de dudas, sino porque todos los demás en el grupo la han adoptado públicamente. O siguiendo con el ejemplo de los agricultores, piensa en una técnica que los agricultores sigan, pero no por su mayor eficacia, sino porque la mayoría lo hace. Aunque sabemos que otros primates como los chimpancés son capaces de conformismo informativo, no está claro que tengan el conformismo normativo entre sus mecanismos cognitivos. Más allá o más acá de la conducta que se repite estadísticamente, las normas sociales incluyen un componente prescriptivo o de deber ser.

Diferentes criterios permiten catalogar las normas sociales de manera distinta. Se pueden clasificar las normas sociales según su modo de surgimiento, su presentación, sus condiciones de estabilidad, sus ámbitos de contenido, etc. Esto da lugar a distintos tipos de normas, al menos sobre el papel. Una distinción habitual es entre normas formales, tales como ciertas leyes y regulaciones codificadas institucionalmente en sociedades que gozan de dispositivos para preservar e interpretar dichas normas y normas no-formales o normas no-escritas, que gobiernan que ciertas acciones se requieran o se prohíban, independientemente de que las respalde de manera explícita una institución social.

En base a su estructura de incentivos, algunas normas pueden ser puramente coordinantes, alineando los intereses mutuos, mientras que otras flotan sobre conflictos no resueltos. Así algunas convenciones à la Lewis (Miller Moya, 2009), como el remar todos a un mismo ritmo o conducir del mismo lado de la carretera, surgen como equilibrios alternativos que permiten coordinar la conducta de un grupo social (Lewis, 1969), equilibrios que suelen ir acompañados en la práctica de normas que los respaldan. También hay normas que, desde la perspectiva de algunos agentes, aparecen como coercitivas o impuestas. En base a su realización psicológica, puede haber asimismo normas internalizadas o no internalizadas (véase más abajo); normas sociales no-morales y otras morales (como algunas normas religiosas) que reflejan los valores mayoritarios, pero también otras que reflejan morales minoritarias. De igual modo, se han solido clasificar según su contenido (O’Neill, 2017), ya sean normas de etiqueta, normas de vestir, normas de saber estar, etc. Y en referencia a distintos ámbitos y valores generales de la vida social o relacional, como las normas de comunidad, las normas de autonomía o las normas de jerarquía (Aguiar, Gaitán & Viciana, 2020). Esta lista de criterios de clasificación, naturalmente, no es exhaustiva.

La cuestión de la clasificación enlaza con la cuestión de qué esperar de una teoría de las normas sociales. Es así en cuanto que algunas teorías pueden poner el foco sobre ciertas clases de normas que van a considerarse como prototípicas (frente al resto) y a partir de ahí despliegan la explicación y comprensión de los demás tipos de normas. Jon Elster es famoso por haber marcado un contraste entre la teoría neoclásica económica de explicación del comportamiento y una teoría de las normas sociales basada en el prototipo de normas de racionalidad no-orientada hacia resultados, como las normas de venganza o las normas de generosidad ostentosa. Sin embargo, es una cuestión abierta cuándo la instrumentalidad racional y las normas sociales entran realmente en conflicto (Elster, 1989). En la teoría de Cristina Bicchieri, por ejemplo, el prototipo de norma social es aquella que, al comunicarse o imponerse, resuelve lo que en teoría de juegos se denomina situación de suma no-nula (ver más abajo). No obstante, cuán representativo es este tipo de norma social también es una cuestión empírica.

El contraste entre el Homo oeconomicus y el Homo sociologicus puede acentuarse pero también desaparecer según se conciban los componentes y mecanismos detrás de una norma social. En los dos extremos, tenemos por un lado que una norma social podría ser enteramente contraria a la acción racional individual, si, por ejemplo, es el resultado de un proceso externo a dicha racionalidad como algunas formas de selección de grupo (Bourrat & Viciana, 2020). También podría ser enteramente compatible con la acción racional individual, si la comunicación de normas sociales en un grupo modifica los incentivos del individuo apropiadamente, volviendo la norma la opción prudencial. No siendo en absoluto las únicas opciones posibles, también se dan situaciones en las que promover el respeto de la norma social es racional para ciertos individuos, pero su seguimiento cae más del lado de la coerción para otros, sin que a su vez se dé una racionalidad de grupo necesariamente (para ejemplos de normas maladaptivas véase, por ejemplo, Edgerton, 1992). 

Por otro lado, el contraste explicativo entre lo racional y lo emocional, siendo las normas sociales un fenómeno adjudicado a esta segunda categoría, es una pista que conviene no seguir demasiado, una vez que la naturaleza estratégica y racional de muchas emociones ha sido ampliamente teorizada (Frank, 1988). El que esta racionalidad estratégica funcione a veces mejor cuanto más opaca sea para los actores involucrados, es decir cuánto mayor autoengaño o creencia motivada se dé (Simmler & Hanson, 2017), no ayuda tampoco a decidir entre dos posiciones filosóficas que pueden parecer opuestas: a saber, si la mayor parte del tiempo los individuos son simples títeres agitados por las normas del grupo que les son anteriores o si, por el contrario, los individuos son los verdaderos titiriteros que usan las normas como excusa y manipulación para avanzar sus fines. Hoy en día los filósofos y teóricos que han estudiado cómo la identidad se despliega en torno al abrazar normas (Akerlof & Kranton, 2010; Appiah, 2019), han solido conjugar ambos aspectos de esta oposición aparente. Las dimensiones durkheimiana, por un lado, y maquiavélica, por otro, orientan las distintas propuestas en torno al seguimiento de normas en la actualidad.

Por último, conviene preguntarse cómo escoger entre las distintas dimensiones que pueden configurar una teoría de las normas sociales. A primera vista podemos comprender la relevancia potencial de una teoría de las normas sociales por cuanto permita acomodar en una única teoría o modelo general una panoplia de fenómenos humanos relativos a las regularidades prescriptivas de la vida en sociedad. Ante la diversidad de enfoques propuestos en filosofía una cuestión previa que emerge es qué características ha de tener dicha teoría para ser juzgada como más satisfactoria o superior. Puede ser esperable que una teoría de las normas sociales acomode y cubra al menos la mayoría de las intuiciones de hablantes competentes respecto a qué es una norma social, en cuyo caso los filósofos ya disponen de un criterio para juzgar entre teorías – a saber: cómo de bien o mal la teoría cubre una serie de casos intuitivos y prototípicos de lo que es una norma social. La fertilidad explicativa de la teoría propuesta aparece, no obstante, como un criterio más importante, tratándose después de todo de dar cabida a fenómenos empíricos del mundo social. La capacidad de explicar, comprender y predecir fenómenos relativos a la vida en sociedad de un modo más satisfactorio que otras teorías supone así una virtud. Pese a ello, muchas teorías de las normas sociales son propuestas como “reconstrucciones racionales”, es decir, una forma de idealización cuyo valor radica también en la constatación de desviaciones respecto al modelo. Puesto que muchas de estas propuestas se establecen en torno al postulado de disposiciones mentales de una considerable complejidad que sustentarían la cognición del seguimiento de normas, el cómo aplicar criterios de parsimonia o dónde meter navajas de Ockham, como pueda ser, por ejemplo, el canon de Morgan (Sober, 2015) será también una cuestión candente. En enfoques más deflacionistas puede llegar a defenderse, incluso, la reducción o eliminación del concepto de norma social que sería, según este punto de vista, demasiado amplio para dar cabida a una propuesta científica que realmente atienda a los detalles. De acuerdo con esta propuesta, las normas sociales, como categoría general, no existirían más que en los libros y artículos de los científicos sociales y filósofos que estarían siguiendo demasiado de cerca la “sociología espontánea” o popular (Boyer, 2018), por lo que cabría superar esta manera de hablar con otras categorías más próximas a la realidad empírica.

2. Naturaleza de las normas sociales

Las normas sociales emergen en condiciones donde seguir una determinada pauta de conducta compartida o repertorio de acción, aparece como un comportamiento adaptativo dependiente de la frecuencia. Esto quiere decir sencillamente que dicha pauta de conducta se percibe como la acción prudencial o apropiada al interés del individuo en dicha situación, cuando hay un número mínimo de otros individuos que también la siguen. Como dice el refrán: “A donde fueres, haz lo que vieres”. Por el contrario, seguir una determinada pauta puede no ser percibido como la respuesta prudente o adaptativa si no hay un número mínimo de individuos que también la siguen.

Desde una perspectiva naturalista que busca la continuidad de los fenómenos humanos con el resto del mundo animal, no es descabellado ver la conducta según normas sociales como una instancia más del comportamiento de señalización animal (Smith & Harper, 2003). La comunicación dentro de los grupos animales incluye ocurrencias ampliamente variadas y diversas en un espectro que va desde, en un extremo, la pura coordinación comunicativa entre agentes, hasta en el otro extremo la coerción de algunos individuos sobre otros. En los seres humanos, las normas sociales ocuparían un lugar intermedio entre dichos extremos. Es posible entender las normas sociales en relación con la comunicación de las transformaciones más o menos estables en el tiempo de situaciones de interacción estratégica dentro de grupos (Ostrom, 2000; Bicchieri 2005). El aspecto estratégico es importante porque en los fenómenos asociados a las normas sociales se suele dar, en distintas intensidades, cierto grado de conflicto de interés cuando la actuación de una de las partes afecta directa o indirectamente a los resultados que van a cosechar las otras partes. En algunas teorías, como la de Cristina Bicchieri, la transformación que operaría la norma consiste en la supuesta reducción de ese conflicto de intereses. Situaciones locales de conflicto o “estado de naturaleza” pueden transformarse en un orden más cooperativo gracias a las normas sociales.

Se puede ilustrar qué hacen las normas sociales en relación con interacciones estratégicas como el dilema de bienes públicos, entendido como un dilema del prisionero con ‘n’ jugadores, o también el dilema de la seguridad o juego de la caza del ciervo (ver más abajo). Cuando las interacciones se configuran de dicho modo, la estrategia dominante tiende a ser aquella en la que el interés individual está reñido con el interés del grupo, produciéndose resultados subóptimos para todas o algunas de las partes implicadas. Si, por el contrario, se establecen dinámicas que regulen una cooperación más productiva en situaciones estratégicas de ese tipo, los intereses conflictivos pueden modificarse en pos de una mayor coordinación entre las partes. Las normas sociales pueden verse como el conjunto de expectativas resultado de esas dinámicas que transforman los conflictos de interés en interacciones de mayor coordinación.

Considera la dinámica conocida como “caza del ciervo” descrita por primera vez en el Discurso sobre la desigualdad por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Si una partida de cazadores sale a cazar, los cazadores retirarán mayor beneficio coordinándose entre ellos para abatir una presa mayor, como un ciervo. Sin embargo, bastará con que uno de ellos, por distracción o falta de auto-control, se disponga a cazar una presa menor, como una liebre, para que se escape el ciervo y el equilibrio a seguir sea cazar todos liebres. Si, por el contrario, consideramos una situación en la que cada cazador de la partida tema infringir la norma de cazar la presa mayor, ese temor reforzará la conducta de coordinación y se estabilizará una pauta de comportamiento más provechosa para el grupo. La caza del ciervo es solo una parábola para describir un tipo de interacción estratégica donde puede darse coordinación de intereses entre distintas partes pero no tiene por qué (en el ejemplo, el cazar cada uno liebre por su lado). Las normas sociales pueden verse como dispositivos que facilitan el proceso de estabilización de patrones de conductas grupales en torno a la coordinación de intereses en común. Un aspecto importante que es fácilmente pasado por alto a menudo en las teorías de las normas sociales, no obstante, es cómo los actores del grupo social no tienen por qué tener el mismo interés en convertir el juego de intereses dispares y conflictivos en un juego de intereses más coordinados. Según esto, en la parábola de la caza del ciervo podría haber individuos a los que realmente no les agrade la caza en general o no disfruten de la carne de ciervo en particular.

3. Engranajes de las normas sociales

¿Qué componentes más básicos constituyen las normas sociales? ¿Qué piezas forman parte de los engranajes en los procesos que suelen producir normas? En esta cuestión se va a distinguir entre capacidades generales que entran a formar parte de la cognición o el razonamiento en torno a normas y capacidades más especificas, incluso propias – acaso por presiones evolutivas ancestrales – del ámbito de la conducta según normas. También es posible distinguir entre enfoques que privilegian los mecanismos psicológicos efectivos y otros enfoques más sensibles a la descripción mental idealizada o incluso la “lógica” de las normas sociales. En filosofía una buena parte de los enfoques más tradicionales se ha centrado en el análisis, en modo de reconstrucción racional, de las expectativas que rodean el que ciertas regularidades sociales sean cumplidas. Ejemplos clásicos de este enfoque lo constituyen las filosofías de las reglas sociales de Margaret Gilbert (1992) o John Searle (1995). Este tipo de enfoques contrasta con otra visión, minoritaria en filosofía hasta hace poco pero más popular en otras disciplinas como la economía, por la que las normas surgen por la comunicación o refuerzo de equilibrios resultantes de condiciones sociales previas. Mientras que las caracterizaciones derivadas del primer enfoque suelen darse en términos altamente mentalistas (teoría de la mente), incluso alrededor de ideas de intencionalidad colectiva (Tuomela, 2007), las caracterizaciones derivadas del segundo pueden estar basadas en componentes más simples. Por ejemplo, el filósofo Brian Skyrms (2007) popularizó una serie de análisis de la emergencia de mecanismos de coordinación social en microorganismos, como la percepción de cuórum o autoinducción en bacterias, tales como la mixobacteria myxococcus xanthus que se organiza en enjambres.

Además de ciertas capacidades asociativas, ciertas habilidades de categorización aparecen como relativamente generales pero necesarias para el razonamiento según normas en los seres humanos. ¿Cae una situación o contexto C bajo una norma de actuación N? ¿Está el agente A siguiendo la norma N que corresponde al contexto C? La cognición en torno a normas depende de poder categorizar correctamente las situaciones que evocan una norma y distinguirlas de las que no. Esto puede verse como la activación condicional de lo que en psicología se denominan scripts, asociaciones que delimitan los diferentes tipos de situaciones y las pautas de conducta apropiadas que les vienen asociadas. Otras capacidades se verán como más específicas al ámbito del seguimiento de reglas sociales. El análisis de los componentes ha llevado a algunos filósofos como Daniel Kelly a postular en nuestra especie (como hipótesis exploratoria) un rasgo psicológico básico consistente en la detección de normas. Dicha percepción normativa primitiva consistiría en un correlato afectivo y una representación mental cuyo contenido sería un requerimiento respecto a una pauta de acción (Kelly, 2020). En su análisis sobre el concepto de norma social, Geoffrey Brennan, Lina Eriksson, Robert Goodin y Nicholas Southwood (2013) también acaban subsumiendo su propuesta en un componente más primitivo que incorpora la representación afectiva de un mandato y que denominan “requerimiento normativo”. Para estos autores los requerimientos normativos consisten en expectativas vinculantes que recaen sobre cualquier individuo de un conjunto de agentes que se encuentre en determinado tipo de situación.

El carácter prudencialmente vinculante de dichos requerimientos puede fundarse en la existencia de expectativas en torno a lo que P. F. Strawson denominó las actitudes reactivas de los otros. En este caso, se trata de las actitudes reactivas de los otros frente al que infringe o respeta una norma. Las potenciales actitudes reactivas de los demás hacia uno mismo también pueden jugar un papel en la estabilización de normas a partir del surgimiento de actitudes reactivas anticipatorias de uno mismo hacia sí, como pueden ser la vergüenza o la culpabilidad, en un proceso que se conoce como internalización de normas. Filósofos experimentales como Shaun Nichols han investigado la genealogía de algunas normas, según su modo de apoyo sobre diferentes respuestas emocionales como el asco o la indignación (Nichols, 2004). Dicho proceso conlleva un interiorizar o hacer suya la norma – en este caso por un proceso de asociación emocional vinculada al contenido de la norma en cuestión. Cuando un individuo interioriza una norma no es necesario que un número mínimo de otros miembros del grupo la siga o la sancione para que el individuo en cuestión también la siga. No obstante, hay cierto grado de controversia sobre cómo de frecuente o necesaria realmente es la internalización de normas para que se den equilibrios estables en torno a las mismas (ver más abajo). La diversidad entre individuos y tipos de contextos normativos da pie a la existencia de distintos umbrales de sensibilidad según la persona y la norma en cuestión. Para ciertas normas puede hablarse de “pioneros” y “activistas”, por un lado, cuyo umbral de sensibilidad puede ser mucho más bajo y “seguidores” de segunda o tercera hornada, por otro, cuyo respeto de las normas se producirá solo a partir de cierto umbral de seguimiento mayoritario o supermayoritario.

Esta diversidad de umbrales de seguimiento es subrayada en la pieza clave de la teoría de Cristina Bicchieri: su concepto de preferencias condicionales. Las preferencias condicionales permiten articular las dos dimensiones de la teoría de Bicchieri de las normas sociales;

  • la dimensión de las expectativas normativas o lo que los demás esperan de la conducta de uno en un tipo de situación particular (Por ejemplo: ¿esperan mis compañeros de piso que friegue los platos después de cenar?)
  • la dimensión de las expectativas empíricas o la percepción de regularidades sobre cómo actúan otros efectivamente en dichas situaciones (Por ejemplo: ¿friegan las demás personas del piso normalmente los platos después de cenar?).

Si las expectativas normativas se mueven en el terreno de las actitudes reactivas o sanciones de los demás hacia nuestra conducta, las expectativas empíricas son las que hacen ver que una norma sea seguida o no en la práctica por los demás. Es importante notar cómo ambas dimensiones pueden variar independientemente la una de la otra, con resultados interesantes. Por ejemplo, pueden darse normas que no son seguidas efectivamente – expectativa empírica de bajo o nulo seguimiento – aun cuando un número importante de gente tendría expectativas normativas apoyando su cumplimiento. También puede haber normas que apenas sean apoyadas por expectativas normativas de otras personas (por ejemplo, las normas impopulares, que en realidad otras personas no desean hacer respetar o preferirían que no fueran seguidas) y que, sin embargo, son ampliamente seguidas empíricamente. Esto último se relaciona a veces con el fenómeno de la ignorancia pluralista, es decir, creer erróneamente que la mayoría apoya un patrón de comportamiento, porque su conducta pública lo sugiere así. Siguiendo con el ejemplo del piso compartido, por no quedar mal los compañeros pueden fregar siempre los platos después de cenar, porque los otros también lo hacen y no han hablado entre ellos de esto, aunque en realidad todos preferirían fregarlos ya a la mañana.

Una preferencia condicional es la preferencia de seguir una determinada expectativa normativa, cuando se percibe que hay un número mínimo de individuos que siguen la pauta empírica de respetarla, la expectativa empírica de cumplimiento. La idea de las preferencias condicionales subraya el carácter estratégico y cambiante del comportamiento según normas de acuerdo con el trasfondo que rodea la situación y su grado de seguimiento efectivo (Ross et al., 2021). Ante la cuestión para el individuo de si es prudente respetar determinadas normas, la idea de las preferencias condicionales sugiere que depende del número de individuos que en su conducta efectiva también las respeten. Bajo esta visión los individuos no tienen por qué internalizar las normas para seguirlas, basta con que un umbral mínimo de individuos las sigan y se perciban posibles sanciones o actitudes reactivas por parte de miembros del grupo para que el individuo pueda preferir seguir la norma y actuar en conveniencia. En otros casos, puede darse que el individuo prefiera de hecho seguir la norma y, sin embargo, no la siga, porque un número mínimo de miembros del grupo no la acata. Un ejemplo puede ser el de respetar los semáforos en determinados sitios. Hay lugares donde aunque existan semáforos y una norma que regule el funcionamiento de los semáforos, sin embargo, muy pocas personas la siguen (expectativa empírica), esto puede hacer indeseable (preferencia condicional) el seguir esta norma, aun si se preferiría que la mayoría la siguiera.

Las preferencias condicionales de Bicchieri transforman situaciones estratégicas de conflicto de intereses y motivaciones cruzadas en situaciones normativas donde se da un mayor alineamiento de intereses entre los que caen bajo el ámbito de aplicación de la norma. En algunos casos transforman situaciones de conflicto de interés en situaciones de pura coordinación y mutuo interés. Con todo, su propuesta no ha estado exenta de críticas. Respecto a la ontología de las preferencias condicionales han surgido críticas relativas al hecho de que la mejor manera de comprenderlas parece ser de modo contrafáctico (las preferencias que un agente A tendría respecto a seguir la norma N, dadas ciertas condiciones de fondo C). Esta lectura daría lugar a un conjunto demasiado abierto de preferencias imputables al agente, ya que las condiciones posibles pueden ser extraordinariamente numerosas, si no infinitas. Otra cuestión es hasta qué punto la definición de Bicchieri no contiene circularidad o un elemento primitivo no debidamente analizado al incluir las llamadas expectativas normativas dentro de la definición de normas sociales. Por último, pero no menos importante, el elemento de condicionalidad también entra en disputas: en la fenomenología del seguimiento de normas habría cabida para casos que no son tal vez tan condicionales como Cristina Bicchieri los presenta (Rodríguez-López, 2013).

4. Lo moral, lo social y las normas sobre normas

¿Es el seguimiento de normas sociales siempre condicional al que otros las sigan? ¿Cómo se diferencian las normas más prototípicamente morales de las normas sociales? Jon Elster ha trazado otra caracterización de las normas sociales de un modo que permite categorías intermedias entre el seguimiento de normas más puramente incondicional (lo que Bicchieri y Elster llaman normas morales) y la estricta condicionalidad de las normas sociales à la Bicchieri. En la teoría de Elster las normas morales vienen apoyadas por respuestas emocionales, como la culpabilidad, que son en buena parte independientes del ser observado socialmente o el que otras personas sigan o no la norma. Bicchieri también acepta que puede haber preferencias no condicionales por seguir determinadas normas o principios en el caso de ciertas normas morales. Para Elster, las normas sociales vendrían apoyadas por la díada de disposiciones afectivas desprecio-vergüenza. El desprecio sería la expresión afectiva apropiada del observador de la infracción de una norma social. La vergüenza sería el patrón de respuesta emocional que se activa ante la posibilidad de ser observado infringiendo una norma social. De manera interesante, en el esquema de Elster hay cabida para la categoría intermedia de normas cuasi-morales. Se trata de normas que en su fenomenología parecen morales y que pueden incitar las emociones apropiadas a la respuesta moral pero que son seguidas solo si hay un umbral mínimo de miembros del grupo que también las siguen. Abundantes resultados empíricos apoyan esta caracterización de los miembros de nuestra especie como seguidores de normas en tanto que cooperadores condicionales (véase Aguiar, Gaitán & Viciana, 2020).

Esta manera de distinguir entre distintos niveles de normas sociales tampoco está exenta de críticas. Por un lado puede ser inocente considerar la vergüenza y la culpabilidad como puros opuestos donde la segunda no es en absoluto heterónoma, es decir, dependiente del juicio de los demás, encarnando por el contrario el polo puramente moral. Con todo, se dan diferencias entre estas tendencias afectivas, suscitando reacciones ante los demás que es posible distinguir en caso de falta o infracción (Tagney & Dearing, 2003; Teroni & Bruun, 2011). Desde los escritos antropológicos de Ruth Benedict ha sido habitual distinguir, de modo idealizado, entre culturas de la vergüenza y culturas de la culpa, siguiendo esta divisoria según la cual pueden darse diferentes maneras de estructurar las obligaciones dentro del grupo.

Otras cuestiones interesantes que siguen abiertas y son objeto de investigación filosófica y empírica se plantean en relación con estas diferencias en el andamiaje social de las normas: ¿qué hace que determinados grupos contengan un mayor número de cooperadores no-condicionales o menos condicionales y más comprometidos? ¿pueden darse normas de segundo nivel (Lisciandra, en prep.) respecto al seguimiento de otras normas? Se trataría de ofrecer elementos teóricos que permitiesen dar cuenta de fenómenos como los explicados por la teoría de las “ventanas rotas” (Keizer et al., 2008) o de la existencia de diferencias entre grupos según sean más lasos o estrictos en el cumplimiento normativo (Gelfand et al., 2011). Comprender cuándo el seguimiento de normas en una esfera permite predecir que se cumplirán también normas en otro ámbito puede ser un horizonte enriquecedor desde el que escudriñar o ampliar las filosofías actuales de las normas sociales.

Conclusiones

Las normas sociales son pautas o reglas relativas a la conducta dentro de un grupo. No son meras regularidades estadísticas y el tipo de conformismo que las sostiene depende de un amasijo de expectativas mentales respecto a lo que los demás esperan de uno en un contexto particular. En esta entrada hemos visto que las características que las distinguen de otros tipos de reglas o pautas van a variar según el foco puesto por la teoría de las normas que se favorezca: Equilibrios producto de interacciones individuales que resultan en una mayor coordinación de intereses en situaciones de suma no-nula; pactos tácitos y compromisos conjuntos en base a una identidad compartida; reglas no orientadas a resultados sustentadas por la heteronomía de ciertas emociones sociales como la vergüenza, etc. Aunque la idea de norma social cumple hoy en día una serie de funciones como apreciar la naturaleza de las diferencias entre grupos, abordar el problema de la cooperación o considerar los factores que hacen que las personas sigan o desoigan prescripciones sobre cómo actuar, el estatus ontológico de las normas sociales depende, en último término, del éxito explicativo de las teorías que abrazan este concepto como central en la explicación de la conducta humana.

Hugo Viciana
(Universidad de Sevilla)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Aguiar, F. Gaitán, A. & Viciana, H. 2020. Una introducción a la ética experimental. Editorial Cátedra
  • Bicchieri, C. 2019, Nadar en contra de la corriente. Cómo unos pocos pueden cambiar los comportamientos de toda una sociedad. Paidós.
  • Elster, J. El cemento de la sociedad. Gedisa, 1998
  • Skyrms, B. 2007, La caza del ciervo y la evolución de la estructura social. Editorial Melusina.
 
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Cómo citar esta entrada

Viciana, Hugo (2021) «Normas sociales», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/normas-sociales/).