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Mecanismos en la ciencia

En la literatura científica, frecuentemente se apela a mecanismos. Cientos de artículos que hacen referencia a mecanismos son publicados cada año en revistas como Nature, Science y The Lancet. Este interés por los mecanismos no es específico de unas pocas áreas, sino que se extiende a lo largo de todo el espectro científico. Los científicos discuten sobre “mecanismos reguladores”, “mecanismos de acción”, “mecanismos de asignación”, “mecanismos de selección”, “mecanismos de supresión”, etc. en muy diversos campos. Ciertamente, parece que los mecanismos juegan un papel importante en la empresa científica. Sin embargo, esto no resulta excesivamente sorprendente. Los principales objetivos de la ciencia son describir, explicar, predecir y controlar fenómenos del mundo, y los mecanismos pueden contribuir a alcanzar esos objetivos. Estos revelan cómo los fenómenos del mundo ―el objeto de interés de la investigación científica― son constituidos o producidos.

La tradición mecanicista

La relevancia de los mecanismos y de los enfoques basados en mecanismos no ha pasado desapercibida para los filósofos. De hecho, la primera filosofía mecanicista se remonta a la Grecia clásica (c. 500 – c. 323 a. C.)(Popa, 2017). Demócrito de Abdera sostuvo que el mundo está compuesto por dos tipos diferentes de realidades: átomos y vacío. Los átomos son invisibles, no generados, invariables e indestructibles. Son homogéneos y solo difieren en su forma y tamaño. Por otro lado, el vacío es definido como el absoluto no-ser. Los átomos, los cuales son infinitos en número, se mueven en el vacío infinito y se combinan en diferentes agrupaciones. Los objetos macroscópicos son en realidad agrupaciones de átomos invisibles y sus propiedades dependen de qué átomos los constituyan. Los cambios en esos objetos, por tanto, son resultado de reagrupaciones de los átomos. En el atomismo de Demócrito, se considera que cualquier fenómeno del mundo es explicable en términos de átomos, sus propiedades y sus interacciones.

En la segunda mitad del siglo diecisiete, la filosofía mecanicista experimental se convirtió en el enfoque dominante en la filosofía natural. Se trataba de una propuesta altamente influenciada por las artes mecánicas y las ciencias matemáticas contemporáneas, y que se oponía a la ciencia aristotélica y al vitalismo. La filosofía mecanicista moderna, en tanto que programa general, fue introducida por Robert Boyle (Roux, 2017). Esta filosofía adopta una visión reduccionista según la cual la materia pasiva y el movimiento son los constituyentes últimos del mundo. Solo existe una materia universal, la cual es extendida, divisible e impenetrable. El movimiento, el cual es siempre local, divide la materia en partes de diferentes tamaños y formas. La variedad de fenómenos en el mundo es resultado de las diversas formas, tamaños, movimientos y relaciones de las partes de la materia. Además de una posición metafísica, la filosofía mecanicista moderna es una tesis sobre la metodología científica (Psillos y Ioannidis, 2019). Se considera que los fenómenos deben ser explicados en términos de materia y movimiento.

En los siglos posteriores, el enfoque mecanicista continuó siendo una de las principales corrientes dentro de la ciencia. La investigación científica a menudo estaba relacionada con el desarrollo de modelos mecanicistas que daban cuenta de fenómenos observables. Ejemplos representativos de esos modelos son el modelo cinético de los gases de James Clerk Maxwell y el modelo hexagonal de la molécula de benceno de August Kekulé. Sin embargo, no había una interpretación estándar de la filosofía mecanicista compartida por todos los científicos. La interpretación podía variar dependiendo del periodo, la región e incluso la institución (Baracca, 2005). La pluralidad de enfoques mecanicistas iba desde los que defendían las explicaciones en términos de interacciones entre entidades elementales no observables, a los que se centraban en desarrollar sistemas de leyes en base a los principios fundamentales de la dinámica.

En la segunda mitad del siglo XX, tras la acumulación de contraejemplos y la consecuente erosión del modelo explicativo de cobertura legal, algunos filósofos desarrollaron propuestas alternativas de carácter mecanicista. Peter Railton (1978) criticó la concepción del modelo de cobertura legal de las explicaciones probabilísticas de fenómenos particulares (el modelo estadístico-inductivo). Railton cuestiona que las explicaciones probabilísticas sean argumentos y que deban hacer muy probable el explanandum. Considera que entendemos los fenómenos improbables igual de bien que los fenómenos altamente probables. Railton argumenta que la explicación probabilística no consiste en hacer a los fenómenos explanantia nómicamente esperables, sino en entender los mecanismos estocásticos que les dan lugar. Wesley C. Salmon también desarrolló una concepción mecánico/causal de la explicación. En su influyente Scientific Explanation and the Causal Structure of the World (1984), Salmon argumenta que “para entender el mundo y lo que sucede en él, debemos revelar su funcionamiento interno. En la medida en que los mecanismos causales operan, estos explican cómo funciona el mundo” (p. 133, mi traducción). Considera que explicar un fenómeno es mostrar cómo encaja en la estructura causal del mundo. Un fenómeno es satisfactoriamente explicado cuando se identifican (parte de) los procesos y las interacciones causales que le dan lugar.

La nueva filosofía mecanicista

La nueva filosofía mecanicista surgió entre finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990. Este surgimiento estuvo relacionado con la publicación de libros como Nuts and Bolts for Social Sciences (1989) de Jon Elster y Discovering Complexity: Decomposition and Localization as Strategies in Scientific Research (1993) de William Bechtel y Robert Richardson. Este nuevo enfoque mecanicista se opone al empirismo lógico y a la concepción de la ciencia en términos de leyes y teorías. Se considera que la investigación científica no debería entenderse como una búsqueda de leyes universales, sino como una búsqueda de mecanismos. Esos mecanismos son representados por medio de modelos, los cuales juegan el papel de las teorías. Los científicos usan los modelos mecanicistas para representar, explicar, predecir e intervenir en el mundo.

Dentro de la nueva filosofía mecanicista, pueden distinguirse dos líneas de trabajo: el nuevo mecanismo y el mecanismo social (Glennan y Illari, 2017). El nuevo mecanismo ha sido desarrollado principalmente por filósofos de la ciencia interesados en las ciencias de la vida (biología, neurociencia, medicina, etc.). Esta línea de trabajo busca caracterizar los mecanismos y, tomándolos como referencia, abordar problemas filosóficos como la causalidad o la explicación científica. Por su parte, el mecanismo social se centra en las ciencias sociales, especialmente en la sociología y la ciencia política. Ha sido desarrollado por científicos sociales y está íntimamente relacionado con la sociología analítica. El nuevo mecanismo y el mecanismo social surgieron independientemente y, durante varios años, las discusiones en filosofía y en ciencias sociales se desarrollaron en paralelo. Sin embargo, la interacción entre ambas líneas de trabajo ha ido creciendo progresivamente.

Al igual que enfoques mecanicistas previos, tales como la filosofía mecanicista moderna o la propuesta de Salmon, la nueva filosofía mecanicista es tanto una filosofía natural como una filosofía de la ciencia (Glennan, 2017). Por un lado, es una investigación filosófica sobre la constitución y organización del mundo. Los nuevos mecanicistas consideran que los mecanismos son uno de los principales constituyentes del mundo y que todos o la mayoría de los fenómenos del mundo dependen de ellos. Investigan la naturaleza de los mecanismos en tanto que categoría ontológica y analizan como estos se relacionan con otras categorías ontológicas como las causas, las propiedades y los niveles de organización. Por otro lado, la nueva filosofía mecanicista es también una investigación filosófica sobre la ciencia. Se considera que los mecanismos tienen un rol central en la empresa científica. Los nuevos mecanicistas estudian el descubrimiento de mecanismos, su representación por medio de modelos y su uso para explicar, predecir y controlar fenómenos. Es importante señalar que no todos los autores que desarrollan su trabajo dentro del marco mecanicista conceden la misma importancia a estos proyectos y están igualmente implicados en ambos. De hecho, algunos de ellos se centran en un proyecto y prácticamente ignoran el otro.

Sin embargo, a diferencia de enfoques mecanicistas previos, la nueva filosofía mecanicista se caracteriza por un énfasis generalizado en la práctica científica real (Glennan, 2017; Machamer et al., 2000; Psillos y Ioannidis, 2019). El objeto de interés primero de los nuevos mecanicistas es el mecanismo en tanto que concepto-en-uso en la ciencia, no en tanto que categoría metafísica abstracta. Están interesados en qué son los mecanismos y para qué son (o podrían ser) buenos en la ciencia. Los nuevos mecanicistas se centran en la práctica científica y la toman como la principal referencia para abordar tanto las cuestiones metodológicas como las cuestiones ontológicas relacionadas con los mecanismos. Entienden que las consideraciones ontológicas sobre los mecanismos en tanto que constituyentes del mundo no pueden pasar por alto el rol de los mecanismos en la ciencia y las ideas de los científicos sobre ellos.

La nueva filosofía mecanicista no es un movimiento completamente homogéneo. Los nuevos mecanicistas no tienen ideas e intereses idénticos. Se trata de un marco general dentro del cual distintas propuestas, las cuales pueden incluso entrar en conflicto, son defendidas. De hecho, aunque los nuevos mecanicistas están de acuerdo en la relevancia de los mecanismos, discrepan respecto a su definición. En este sentido, dentro del nuevo marco mecanicista, ha habido diferentes intentos de ofrecer una caracterización satisfactoria de los mecanismos. Éstas son las definiciones más citadas:

Los mecanismos son entidades y actividades organizadas de tal manera que producen cambios regulares desde las condiciones de inicio o puesta en marcha hasta las de finalización o terminación. (Machamer et al., 2000, p. 3, mi traducción)

Un mecanismo para un comportamiento es un sistema complejo que produce dicho comportamiento mediante la interacción de una serie de partes, donde la interacción entre las partes puede caracterizarse por generalizaciones directas, invariables y relacionadas con el cambio. (Glennan, 2002, p. 344, mi traducción)

Un mecanismo es una estructura que desempeña una función en virtud de sus partes componentes, operaciones componentes y organización. El funcionamiento orquestado del mecanismo es responsable de uno o varios fenómenos (Bechtel y Abrahamsen, 2005, p. 423, mi traducción)

Un mecanismo para un fenómeno consiste en entidades y actividades organizadas de tal manera que son responsables del fenómeno (Illari y Williamson, 2012, p. 120, mi traducción)

Un aspecto importante que está presente en las diversas nociones de mecanismo es la voluntad de generalidad (Pérez-González, 2019). Los nuevos mecanicistas consideran que los mecanismos son relevantes en numerosas áreas científicas y entienden que una noción de mecanismo apropiada debería ser adecuada para la mayoría de estas áreas.

A pesar de la diversidad de definiciones y de los desacuerdos entre los nuevos mecanicistas, algunas ideas generales sobre la naturaleza de los mecanismos son compartidas por la mayoría de propuestas. En primer lugar, los mecanismos son parte del mundo real (Glennan, 2017; Glennan y Illari, 2017). Son concebidos como cosas particulares ubicadas en cierto punto del espacio y el tiempo. Hay, por tanto, diferencia entre un mecanismo, el cual es algo real, y un modelo suyo, el cual es a menudo un fragmento de razonamiento científico. No obstante, hay discrepancias respecto a la estabilidad atribuida a los mecanismos. Algunos de los nuevos mecanicistas consideran que todos los mecanismos son sistemas complejos, es decir, configuraciones estables de varios componentes (p. ej., Bechtel y Abrahamsen, 2005). Pero otros argumentan que los procesos causales, que son menos estables y no pueden ser considerados objetos, también pueden constituir mecanismos (p. ej., Illari y Williamson, 2012). En segundo lugar, los mecanismos están compuestos por entidades (o partes) y actividades (o interacciones) (Glennan, 2017; Illari y Williamson, 2012; Machamer et al., 2000). Las entidades son cosas que toman parte en actividades. Normalmente están localizadas espaciotemporalmente, estructuradas y orientadas. Ejemplos de entidades son las neuronas, las empresas y los órganos. Las actividades son sucesos productivos. Tienen orden temporal, ritmo y duración. Ejemplos de actividades son transportar, irradiar y comprar. Las entidades y actividades de un mecanismo están organizadas. Esa organización puede tener muchos aspectos diferentes, tales como temporal, espacial, causal, etc. En tercer lugar, un mecanismo es siempre un mecanismo para un fenómeno (Glennan, 1996; 2017). Por ejemplo, el sistema digestivo es el mecanismo que da lugar al fenómeno de la digestión. La identificación y delimitación de un mecanismo dependen del fenómeno del cual es responsable. Un mecanismo no puede siquiera ser identificado sin indicar qué es lo que hace. Y, en cuarto lugar, hay diferencias significativas entre los mecanismos y las máquinas (Craver y Tabery, 2023). Aunque las máquinas hechas por el hombre (p. ej., relojes) a menudo pueden considerarse mecanismos, la mayoría de los mecanismos estudiados en la ciencia no son máquinas. Su comportamiento no puede ser reducido a ciertas fuerzas mecánicas fundamentales. No obstante, la metáfora de la máquina es aún considerada una herramienta útil para ilustrar el comportamiento de los sistemas naturales complejos.

Otra idea importante compartida por los nuevos mecanicistas es que los mecanismos están anidados y forman una jerarquía (Glennan, 2017; Machamer et al., 2000). Los mecanismos pueden descomponerse en mecanismos de nivel inferior. Un mecanismo está compuesto de entidades y actividades organizadas, las cuales son responsables de sus propiedades y comportamiento. Con frecuencia, esos componentes son asimismo mecanismos, cuyas propiedades y comportamiento también dependen de sus respectivos componentes. Por ejemplo, los componentes del sistema nervioso (cerebro, médula espinal, nervios, transmisión de señales, etc.), los cuales son responsables de sus propiedades y comportamiento, son ellos mismos mecanismos. Sin embargo, a diferencia de mecanicistas previos, los nuevos mecanicistas no defienden una concepción reduccionista del mundo (Andersen, 2014). Rechazan que sea posible reducir mecanismos de nivel superior a mecanismos de nivel inferior. Aunque hay relaciones ontológicas y explicativas entre niveles superiores e inferiores, esto no conlleva la eliminación de los niveles superiores ni su reducción a los niveles inferiores.

Mecanismos y explicación científica

La nueva filosofía mecanicista ha demostrado ser un enfoque muy fructífero en filosofía de la ciencia. Dentro de este marco, se han abordado convincentemente la inferencia causal (Russo y Williamson, 2007), la extrapolación de relaciones causales (Steel, 2008), la investigación científica (Bechtel y Richardson, 1993), la evaluación de riesgos (Rocca, 2016), el crecimiento y la organización del conocimiento (Glennan, 2017) y varias otras cuestiones. Sin embargo, con toda probabilidad, en ningún área ha sido tan grande su influencia como en el debate en torno a la explicación científica.

De acuerdo con la nueva filosofía mecanicista, el papel de los mecanismos en la ciencia está a menudo asociado con el objetivo científico de explicar. Un fenómeno es explicado mediante la especificación del mecanismo responsable de producirlo. La concepción mecanicista de la explicación se opone al modelo de cobertura legal y a los acercamientos estadísticos a la explicación científica. Las explicaciones nomológicas y las estadísticas son consideradas “explicaciones de caja negra”. Éstas conectan las condiciones iniciales con el resultado final por medio de leyes universales o generalizaciones estadísticas, pero no abordan los procesos a través de los cuales el explanans y el explanandum están realmente conectados. Por el contrario, las explicaciones mecanicistas son explicaciones-como; ellas especifican cómo tienen lugar los fenómenos. Las explicaciones mecanicistas abren la caja negra entre explanans y explanandum y detallan los procesos que dan lugar a este último.

Por lo que respecta a la relación entre los mecanismos y los fenómenos de interés, las explicaciones basadas en mecanismos pueden ser causales o constitutivas (Ylikoski, 2013). Tanto la causación como la constitución son relaciones de dependencia, pero hay diferencias metafísicas importantes entre ellas. La causación es habitualmente una relación entre eventos, requiere tiempo y es asimétrica respecto a la manipulación (se puede producir un cambio en el efecto manipulando la causa, pero no al revés). Por otro lado, la constitución es frecuentemente una relación entre propiedades, es sincrónica y es simétrica respecto a la manipulación (se puede producir un cambio en el todo manipulando una parte y al revés). Dependiendo del tipo de relación entre el mecanismo identificado y el fenómeno de interés, una explicación es mecanicista causal o mecanicista constitutiva.

Entre los nuevos mecanicistas, no existe consenso en relación a la naturaleza de las explicaciones mecanicistas (Illari, 2013). Siguiendo a Salmon (1984), algunos mecanicistas consideran que las explicaciones mecanicistas son ónticas. Estos argumentan que las explicaciones basadas en mecanismos explican porque encajan el fenómeno explanandum en la estructura causal del mundo. Para estos autores, las explicaciones son porciones objetivas de la estructura causal del mundo. Sin embargo, otros nuevos mecanicistas consideran que las explicaciones basadas en mecanismos son explicaciones epistémicas. Estos mantienen que las explicaciones basadas en mecanismos explican porque aumentan nuestro entendimiento del mundo. Para los defensores de la concepción epistémica, las explicaciones mecanicistas no son porciones de la estructura causal del mundo, sino representaciones de esas porciones (p. ej., textos).

Las explicaciones mecanicistas son habitualmente presentadas mediante modelos mecanicistas. Un modelo mecanicista consta de dos componentes: una descripción fenoménica y una descripción mecanicista (Glennan, 2017). La descripción fenoménica es un modelo del fenómeno de interés, mientras que la descripción mecanicista es un modelo del mecanismo responsable de ese fenómeno. En las explicaciones basadas en mecanismos, la descripción fenoménica está relacionada con el explanandum y la descripción mecanicista con el explanans. Sin embargo, no hay consenso sobre los detalles de esas relaciones. Para la concepción óntica de las explicaciones mecanicistas, la descripción fenoménica representaría el explanandum y la descripción mecanicista representaría el explanans. Sin embargo, para la concepción epistémica, la descripción fenoménica y la mecanicista serían ellas mismas el explanandum y el explanans respectivamente.

Saúl Pérez-González
(Universitat de València)

Referencias

  • Andersen, H. (2014). A Field Guide to Mechanisms: Part I. Philosophy Compass, 9(4), 274-283.
  • Baracca, A. (2005). Mechanistic Science, Thermodynamics, and Industry at the End of the Nineteenth Century. En M. M. Capria (Ed.), Physics before and after Einstein (pp. 49-70). IOS Press.
  • Bechtel, W., & Abrahamsen, A. (2005). Explanation: A mechanist alternative. Studies in History and Philosophy of Science Part C: Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, 36(2), 421-441.
  • Bechtel, W., & Richardson, R. C. (1993). Discovering Complexity: Decomposition and Localization as Strategies in Scientific Research. The MIT Press.
  • Craver, C., & Tabery, J. (2023). Mechanisms in Science. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2023). https://plato.stanford.edu/archives/fall2023/entries/science-mechanisms/
  • Elster, J. (1989). Nuts and Bolts for the Social Sciences. Cambridge University Press. Existe traducción al castellano: Tuercas y tornillos Una introducción a los conceptos básicos de las ciencias sociales. Gedisa editorial, 1996.
  • Glennan, S. (2002). Rethinking Mechanistic Explanation. Philosophy of Science, 69(S3), S342-S353.
  • Glennan, S. (2017). The new mechanical philosophy. Oxford University Press.
  • Glennan, S., & Illari, P. (2017). Introduction: Mechanisms and mechanical philosophy. En S. Glennan & P. Illari (Eds.), The Routledge handbook of mechanisms and mechanical philosophy (pp. 1-9). Routledge.
  • Glennan, S. S. (1996). Mechanisms and the nature of causation. Erkenntnis, 44(1), 49-71.
  • Illari, P. (2013). Mechanistic Explanation: Integrating the Ontic and Epistemic. Erkenntnis, 78(2), 237-255.
  • Illari, P. M., & Williamson, J. (2012). What is a mechanism? Thinking about mechanisms across the sciences. European Journal for Philosophy of Science, 2(1), 119-135.
  • Machamer, P., Darden, L., & Craver, C. F. (2000). Thinking about mechanisms. Philosophy of science, 67(1), 1-25.
  • Pérez-González, S. (2019). The Search for Generality in the Notion of Mechanism. Teorema: Revista Internacional de Filosofía, 38(3), 77-94.
  • Popa, T. (2017). Mechanisms: Ancient sources. En S. Glennan & P. Illari (Eds.), The Routledge Handbook of Mechanisms and Mechanical Philosophy (pp. 13-25). Routledge.
  • Psillos, S., & Ioannidis, S. (2019). Mechanisms, Then and Now: From Metaphysics to Practice. En B. Falkenburg & G. Schiemann (Eds.), Mechanistic Explanations in Physics and Beyond (pp. 11-31). Springer.
  • Railton, P. (1978). A deductive-nomological model of probabilistic explanation. Philosophy of Science, 45(2), 206-226.
  • Rocca, E. (2016). Bridging the boundaries between scientists and clinicians—Mechanistic hypotheses and patient stories in risk assessment of drugs. Journal of evaluation in clinical practice, 23(1), 114-120.
  • Roux, S. (2017). From the mechanical philosophy to early modern mechanisms. En S. Glennan & P. Illari (Eds.), The Routledge Handbook of Mechanisms and Mechanical Philosophy (pp. 26-45). Routledge.
  • Russo, F., & Williamson, J. (2007). Interpreting causality in the health sciences. International studies in the philosophy of science, 21(2), 157-170.
  • Salmon, W. C. (1984). Scientific explanation and the causal structure of the world. Princeton University Press.
  • Steel, D. (2008). Across the boundaries: Extrapolation in biology and social science. Oxford University Press.
  • Ylikoski, P. (2013). Causal and Constitutive Explanation Compared. Erkenntnis, 78(S2), 277-297.

Lecturas recomendadas

  • Andersen, H. (2014a). A Field Guide to Mechanisms: Part I. Philosophy Compass, 9(4), 274-283.
  • Andersen, H. (2014b). A Field Guide to Mechanisms: Part II. Philosophy Compass, 9(4), 284-293.
  • Glennan, S. (2017). The new mechanical philosophy. Oxford University Press.
  • Glennan, S., & Illari, P. M. (Eds.). (2017). The Routledge handbook of mechanisms and mechanical philosophy. Routledge.

Recursos en línea

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Cómo citar esta entrada

Pérez-González, S. (2024): «Mecanismos en la ciencia», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/mecanismos-en-la-ciencia/)

Máximas de la acción

 

Lo primero que nos viene a la mente cuando hablamos de la noción de “máximas de la acción” es la filosofía práctica de Kant, a quien le debemos la concepción más elaborada y, quizás, más conocida de esta noción –no en vano algunos comentadores sostienen que su ética, más que una ética de principios formales e inflexibles, es una ‘ética de máximas’ (Granja, 2010, p. 107)–. Para entender la relevancia de esta noción dentro de su filosofía práctica, en efecto, basta recordar el papel que tiene en la primera formulación de su imperativo categórico: “obra como si la máxima de tu acción fuese a convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza” (GMS, 421, 19-20). El carácter práctico de la noción de “máxima”, sin embargo, nos remite a una tradición más antigua, donde se usaban las “máximas” como medio para expresar todos aquellos preceptos básicos de la moral, ya sea en el ámbito religioso –como se puede apreciar, por ejemplo, en la tradición judeo-cristiana, concretamente en el libro de los Proverbios, donde encontramos máximas como: “quien anda honestamente anda seguro, pero el que retuerce sus caminos es descubierto” (Proverbios, 10, 9) o “la ciudad prospera con la bendición de los rectos, se arruina con la boca de los malvados” (Proverbios, 11, 11)–, o bien en el ámbito filosófico –como es el caso de las sentencias de los Siete Sabios de Grecia, las cuales, según Fränkel, “son casi siempre máximas para la vida privada, y a menudo advierten, con el espíritu de un realismo utilitario, contra las ilusiones ingenuas y una ingenua confianza y aconsejan cautela, moderación y reserva” (1962, p. 276; véase también: Medina, 2004, p. 184)–. Algo semejante se observa en los discursos de Epicteto redactados por Arriano en el Enquiridión o Manual de Epicteto, donde encontramos proposiciones como: “ten de continuo a tu vista la muerte, el destierro, y demás cosas que se creen adversas, en especial la muerte. Así nunca tendrás ningún pensamiento bajo, ni anhelarás desmedidamente cosa alguna” (Enquiridión, 28). 

De acuerdo con Bubner (1982), la noción de máxima también se encuentra en el pensamiento medieval, en particular en el término proposittiones maximae que aparece en los comentarios aristotélicos de Boecio, el cual hace alusión a una serie de proposiciones superiores incuestionables que están por encima de las proposiciones mayor y menor de un silogismo (“Maximas igitur, id est universales ac notissimas propositiones, ex quibus sillogismorum conclusio descendit”, Boecio, MPL064, 1051D). El término adquirirá nuevamente un sentido práctico hasta mediados del siglo XVII, donde las máximas se conciben, según Bubner, como “piezas sucintas de sabiduría que condensan la experiencia y están destinadas a ser aplicadas” (1982, p. 197, traducción propia). Es probable, en este sentido, que la concepción kantiana de las máximas tomara, como punto de partida, la noción de máxima de autores como Rousseau –cuya edición alemana traducía el término como ‘Grundsatz’)–, tal y como sugieren tanto Albrecht (1994, p. 135) como Timmermann (2003, pp. 180 y ss.). No hay que olvidar, sin embargo, que la filosofía práctica de Kant también dialoga con autores más cercanos como Wolff y Baumgarten: mientras que para el primero, según Schwartz, “las máximas son reglas inconscientes de comportamiento que primero hay que descubrir” (2006, p. 25); para el segundo, según Bubner, son reglas de comportamiento que sirven al discernimiento práctico en la medida en que contienen las conclusiones prácticas de la sensatez (1982, p. 199). 

Aunque la cuestión histórica sobre la génesis de esta noción permanece abierta (Schwartz, 2006, p. 26), observamos que las máximas son “máximas de la acción” en la medida en que tienen la característica de ser reglas o principios prácticos que, como sostiene Bubner, establecen un puente entre la acción y las normas que rigen nuestro obrar, lo cual “explica, por una parte, el surgimiento de normas con vistas a la praxis y, por otra parte, hace que la racionalidad que se afirma de las normas parezca comprobable” (2010, p. 259). De ahí que la máxima, tal y como sostiene De Haro, constituya “la unidad (mínima) de inteligibilidad de una acción para la evaluación de su racionalidad básica y, en última instancia, de su moralidad, en la medida en que ésta”, al menos en lo que respecta a la ética kantiana, “es la forma más elevada de racionalidad” (2015, p. 47, traducción propia). Kant, en este sentido, define a las máximas como “el principio subjetivo del querer” (GMS, 400, 35; véase también: KpV, 19) o “la regla del agente que él toma como principio por razones subjetivas” (MdS, 225), cuya explicación, según Petersen, se puede entender en función de la teoría causal de la acción de Davidson (2009, p. 48) algo que, sin embargo, ha sido cuestionado por autores como Placencia, para quien “la tesis según la cual las razones son causas… ya no es sin más imputable a Kant” (2018, pp. 178 y ss.)–. Que las máximas son principios o reglas, en primer lugar, quiere decir que cada máxima, según Bittner, “especifica el tipo de cosas que un agente realizará bajo cierto tipo de circunstancias” (2001, p. 44), ya que el obrar, como sostiene Wieland, “se encuentra siempre inserto en un entramado de condiciones no creado por él mismo… el obrar nunca puede escapar al contexto vital en el que está inserto” (1996, p. 95).

Las máximas, en segundo lugar, tienen un carácter subjetivo irrenunciable, lo cual admite una doble lectura: por un lado, la de O’Neill, quien sostiene que las máximas son subjetivas en la medida en que pertenecen a un agente particular en un tiempo específico, más no “en el sentido de que busque satisfacer un deseo particular del agente”, posibilitando que “el mismo principio pueda ser adoptado como máxima por muchos agentes en tiempos diferentes o por un agente determinado en numerosas ocasiones” (1989, pp. 83-84); por otro lado, la de Bittner (2001) y Herman (1996), quienes afirman que las máximas son subjetivas tanto por su origen, como por sus alcances y su carácter autorreferencial, i.e., su autoridad auto-prescriptiva, como también porque no pueden ser abstraídas de su contexto particular y de su carácter personal. Mientras que la primera lectura implica adscribirles un carácter impersonal que se puede traducir en “actos tipos” como los que propone O’Neill (2004, p. 94), lecturas como las de Bittner o Herman, al no soslayar el carácter contextualizado y particular de la máxima, permiten formular una ética de máximas que escapa, en buena medida, a los formalismos, ya que éstas, “en lugar de incluir descripciones muy generales de las acciones en las que se debe subsumir lo particular, proveen un procedimiento para estructurar lo particular de una forma moral” (Herman, 1996, p. 44). A pesar de que la lectura de O’Neill es atractiva en la medida en que permiten pensar la máxima como un cierto estándar o criterio fijo para la acción, el cual puede ser adoptado por múltiples agentes o incluso por el mismo agente en diversos contextos, si las máximas fuesen meras reglas o principios prácticos descontextualizados y, por tanto, ajenos a las circunstancias concretas en las que se encuentra en agente de la acción, difícilmente podrían explicar por qué el agente decide actuar de tal o cual forma. Por el contrario, si concebimos la subjetividad de la segunda forma, podemos afirmar que las máximas nos ayudan a comprender el carácter intencional de nuestras acciones, la razón por la cual queremos realizar tal o cual acto, que es lo que, en tercer lugar, implica su carácter práctico, en cuanto que toda acción intencional ocurre en conformidad con una ‘máxima de la acción’ (Placencia, 2018, p. 188; véase también: Placencia, 2011, p. 99).

1. La estructura formal de las máximas de la acción

Tomando esto en consideración, podemos afirmar que las ‘máximas’, que proceden de una reflexión práctica (Bubner, 2010, pp. 266-267), son principios prácticos subjetivos a través de los cuales el agente se representa de manera explícita el contenido de su querer (De Haro, 2015, p. 47). Esto es posible, según Barbara Herman, si en la estructura formal de las máximas se incluye tanto una descripción mínima de la acción deseada y las circunstancias en las que ésta es deseada, como los aspectos motivacionalmente relevantes para al agente que explican por qué desea hacer tal o cual cosa (1990, p. 33). Dado que el obrar “nunca está en libertad para desentenderse completamente de la singularidad del caso particular concreto” (Wieland, 1996, p. 24), y que, al mismo tiempo, no todos los elementos o aspectos en los que se circunscribe un acto en particular son del todo relevantes, ya sea para su realización o para su valoración moral, se sigue que sólo podemos expresar de manera explícita el contenido de nuestro querer –nuestra máxima- si introducimos lo que Herman denomina como ‘reglas de relevancia moral’ (1996, p. 77). Gracias a estas últimas, en efecto, es posible determinar qué aspectos subjetivos y circunstanciales son relevantes para la formulación de la máxima y, en consecuencia, su evaluación moral (Herman, 1996, pp. 77 y ss.), al menos en lo tocante a la descripción mínima de la acción y a la consideración de las circunstancias concretas a las que se circunscribe: que hoy sea tal o cual día de la semana, por poner un ejemplo, sólo es relevante si eso tiene algún tipo de implicación práctica respecto del tipo de acto que pretendo realizar. Estas ‘reglas de relevancia moral’, así, “constituyen la estructura de la sensibilidad moral”, en la medida en que permiten al agente “percibir y considerar aquellos aspectos circunstanciales que son moralmente relevantes” (Herman, 1996, p. 78) para la praxis, razón por la cual algunos especialistas de la teoría kantiana de la acción sugieren que éstas se corresponden con lo que Kant concibe como las ‘prenociones estéticas para la receptividad del deber’ (véase: González, 2011; y también: Torralba, 2011).

Para comprender la estructura formal de la máxima, sin embargo, no basta con incluir la descripción del acto que se pretende realizar y las circunstancias a las que se circunscribe, sino que también debe incorporar, “de modo explícito o implícito, la referencia a un determinado objeto o fin, para cuya consecución el tipo particular de acción prescrito en la máxima provee o, al menos, pretende proveer un medio eficaz” (Vigo, 2020, p. 60; véase también: Timmermann, 2003, p. 151; y también: Korsgaard, 2011, pp. 24 y 64). Las máximas de la acción, en este sentido, presentan una “estructura básica de carácter teleológico” que, tal y como afirma Alejandro Vigo, “presupone una cierta articulación de medios a fines como su contenido nuclear” (2020, p. 265), y que, según Korsgaard, se puede formular como: “hacer-este-acto-por-este-fin” (2017, p. 103). Esta fórmula, sin embargo, no considera ni el contexto específico al que se circunscribe una acción intencional concreta, ni su carácter subjetivo, según el cual “la máxima debe ser formulada en primera persona” (De Haro, 2015, p. 48; véase también: Köhl, 1990, p. 51), razones por las que, al menos en lo que respecta a las máximas concretas de la acción, es preferible la fórmula: “yo hago (o quiero hacer) H (Handlung) para alcanzar Z (Zweck), bajo la situación S (Situationen)”, donde H corresponde a la descripción mínima de la acción que el agente pretende realizar –esto es, responde a la pregunta: “¿qué quiero hacer?”–, Z el fin que busca mediante H –que contiene el estado de cosas al que se dirige nuestra acción y responde a la pregunta: “¿para qué quiero hacer H?”–, y S al contexto específico al que se circunscribe –que responde a la pregunta: “¿bajo qué condiciones quiero hacer H?” (Schwartz, 2006, pp. 98 y ss.)–. 

De acuerdo con la concepción kantiana de la acción intencional, toda máxima tiene tres elementos: una forma, una materia y un fundamento de determinación (GMS, 437, 15-30). Mientras que la forma consiste en la susceptibilidad o aptitud de la máxima de ser universalizable, esto es, de ser apta para formar parte de una legislación universal, y, por tanto, de tener también un cierto valor objetivo (MdS, 225; véase: De Haro, 2015, p. 45), la materia de las máximas alude a los fines que se propone realizar el sujeto a través de su obrar, en cuanto que “un fin”, según Kant, “es un objeto del arbitrio (de un ser racional), por cuya representación éste se determina a una acción encaminada a producir este objeto” (MdS, 381), esto es, “un objeto cuya realidad se desea” (KpV, 21). Esto no significa que Kant, como sostiene Paton (1948, p. 61), distinga entre máximas formales y máximas materiales, sino que toda máxima es material y, por tanto, “contiene un fin, incluso si ese fin es formal, en la medida de que es dirigido primariamente a la acción querida en conformidad a la ley moral” (Timmermann, 2007, p. 39, traducción propia). Finalmente, las máximas tienen un fundamento de determinación, el cual, según De Haro, sirve “como una determinación de segundo orden que justifica la postulación de un fin dado en cuanto fin” (2015, p. 29), esto es, que mientras “el fin determina el sentido y especifica la acción”, “el fundamento de determinación, en cambio, determina el fin en cuanto tal” (2015, p. 48). De ahí que la estructura formal también pueda derivar en una regla práctica del tipo: “yo debo hacer H en la situación S, para alcanzar Z”, lo cual quiere decir que las máximas de la acción, aun cuando “no son imperativos” (KpV, 20), presuponen un juicio práctico de carácter hipotético, que se expresa a través de lo que Kant denomina ‘imperativo hipotético’ (GMS, 414). Bubner, en este sentido, sostiene que la validez de una máxima reside, en primera instancia, no en su carácter moral, sino, en cierta medida, en su eficacia, esto es, en su adecuación al objeto o fin que se pretende alcanzar (2010, pp. 264 y ss.).

Ahora bien, tomando estos tres elementos en consideración observamos que en la concepción kantiana de la acción intencional, tal y como sostiene Placencia, “toda acción intencional sería reconducible a una máxima que cumple la función de, al menos en cierto nivel de análisis, explicar o justificar esa acción y de ser el principio a partir del cual se interpreta su producción” (2018, p. 190; véase también: Leyva, 2008, pp. 324-325). Esto, a su vez, permite hacer dos cosas: por un lado, explicar la diferencia entre un mero movimiento corpóreo y una acción intencional, en cuanto que, según Vigo, “Kant no identifica sin más el obrar con el mero efectuar”, de modo que “los movimientos corporales y sus efectos exteriores sólo pueden ser calificados como acciones, en el sentido genuino o pleno del término, allí donde pueden ser vistos como expresión y realización de deseos, propósitos e intenciones”, es decir, “donde quedan enmarcados en un ‘entramado de sentido’” (2020, p. 261); por otro lado, situar el valor o la cualidad moral de las acciones “no en el propósito que vaya a ser alcanzado por medio de ella, sino en la máxima según la que ha sido decidida” (GMS, 399), de modo que su cualidad moral reside no sólo en el ‘objeto’ o ‘materia’ del querer, esto es, su fin, sino también a un cierto ‘modo’ o ‘forma’ de querer, que es lo que constituye, según Vigo, el modelo hilemórfico del querer moralmente bueno (2020, pp. 284 y ss.).

2. Máximas de primer y segundo orden

Incluso en aquellos casos en los que un agente omite algunos elementos en la descripción de su máxima, por ser muy obvio o muy familiar, dado que la máxima es una regla autoimpuesta, se sigue, según Allison, que “uno no puede hacer que algo sea su máxima sin ser en cierto sentido consciente de ésta en cuanto tal, o al menos sin la capacidad de volverse consciente de ésta” (1999, p. 90). Esto no significa, sin embargo, ni que el agente “posea una ‘certeza cartesiana’ sobre su motivación (la cual Kant, por supuesto, niega), ni que debamos formularnos explícitamente nuestra máxima antes de actuar” (Allison, 1999, p. 90), como ocurre cuando nos hemos habituado a actuar de tal o cual forma, o cuando las máximas concretas de nuestra acción se encuentran comprendidas bajo otras máximas de mayor generalidad. Nuestras máximas concretas de la acción, en efecto, se insertan en una cierta totalidad o “entramado de sentido”, en donde los “fines particulares”, propios de esas máximas concretas de la acción, “pueden ser integrados en articulaciones de medios a fines más comprensivas, que se estructuran por referencia a fines de orden superior” (Vigo, 2020, p. 265). Esto quiere decir que, así como existen máximas de primer orden que forman parte “de la estructura de motivos que son puestos en juego en cada acción particular” (De Haro, 2015, p. 54), también hay máximas de segundo orden (Schwartz, 2006, pp. 19 y ss.) que expresan políticas o reglas de vida (Lebensregeln) que se relacionan, no directamente con nuestras acciones particulares, sino con otras máximas de menor generalidad, como ocurre con las máximas concretas de la acción (Herman, 1990, p. 52; véase también: Timmermann, 2003, p. 152). Las máximas de segundo orden, así, “sirven en ocasiones como una especie de marco de deliberación y evaluación para discernir y, por consiguiente, aceptar o rechazar la inserción de máximas de carácter más particular dentro de nuestros proyectos prácticos” (Charpenel, 2018, p. 63).

Mientras que las máximas de primer orden “contienen la regla concreta en la que se establece la relación entre medios y fines, entre acción y objeto” (Torralba, 2009, p. 157), las máximas de segundo orden, en cuanto orientaciones existenciales básicas, “sirven para expresar una decisión para una determinada postura fundamental, en la cual el hombre asume la ley moral” (Schwartz, 2006, p. 24). De ahí que éstas máximas de segundo orden “no puedan ser generalizadas ad infinitum” (De Haro, 2015, p. 57) y que, por tanto, al tratar de articular una ética de máximas, sea indispensable aludir a un principio subjetivo último de la acción, i.e., una máxima superior o fundamental, que es lo que en Kant se corresponde con la Gesinnung (RGV, 31, 36 y 66). Esta máxima fundamental de la Gesinnung, entendida no ya como una máxima concreta de la acción, sino como una máxima de la voluntad (KpV, 60), es el “primer fundamento subjetivo de la asunción de las máximas” (RGV, 25) y, en cuanto tal, constituye “una suerte de fundamento al cual quedan referidas las acciones y las máximas de primer orden de cada agente, en tanto ellas reflejan el modo en que éste ha configurado la totalidad de su vida y el modo en que concibe proyectivamente la totalidad de sus acciones” (Placencia, 2018, p. 192; véase también: Allison, 1999, p. 141). Kant, en este sentido, sostiene que esta máxima de la Gesinnung nos conduce a elegir entre dos opciones fundamentales: o bien nos decidimos a actuar según el “principio del amor a sí mismo” (RGV, 36); o bien nos decantamos por cumplir con el deber por respeto a ley moral, de modo “que la ley no sea sólo la regla sino también el móvil de las acciones” (MdS, 392). Ya sea que nos decantemos por una u otra, en cualquier caso es posible decir que ésta, junto con las demás máximas de segundo orden, se encuentran íntimamente relacionadas con la formación del carácter (Frierson, 2006; véase también: Munzel, 1999), en cuanto que, según Kant, “tener simplemente un carácter significa aquella propiedad de la voluntad por virtud de la cual el sujeto se vincula a sí mismo a determinados principios prácticos que se ha prescrito irrevocablemente por medio de su propia razón” (ApH, 292).

3. Dos críticas a la noción de “máximas de la acción”

Por último, cabe concluir este breve análisis sobre las ‘máximas de la acción’ en general, reparando en dos de las críticas más destacadas por la literatura especializada: la primera tiene que ver con la maleabilidad o plasticidad de las máximas, la cual, de ser cierta, comprometería seriamente su valoración moral en virtud de su universalidad, tal y como Kant pretende hacer a través de la primera formulación del imperativo categórico (GMS, 403, 17-35); la segunda, en cambio, alude a la opacidad que encontramos en las máximas respecto a la motivación última de nuestro querer (KrV, A551/B579). La primera crítica la encontramos de manera explícita en la Historia de la ética de Alasdair MacIntyre, quien sostiene que “con suficiente ingenio, casi todo precepto puede ser universalizado consistentemente”, para lo cual lo único que se necesita es “caracterizar la acción propuesta en una forma tal que la máxima me permita hacer lo que quiero mientras prohíbe a los demás hacer lo que anularía la máxima en caso de ser universalizada” (2006, p. 215). Una crítica semejante la encontramos en la Crítica de la Ilustración de Ágnes Heller (1984, p. 65) y, en cierta medida, en Anscombe, cuando afirma que: “su regla sobre la universalización de las máximas es inútil si no se estipula lo que debe contarse como descripción relevante de una acción con vistas a construir una máxima sobre ésta” (1958, p. 2). Esta crítica, según De Haro, presupone dos cosas: en primer lugar, “que el agente puede describir la acción como quiera” y, en segundo lugar, “que muchas de estas descripciones divergentes o máximas pueden aplicarse a la misma acción con las mismas expectativas de validez” (2015, p. 49). Si bien es cierto que un agente libre puede cambiar su máxima, como, por ejemplo, cuando desiste de ejecutarla tras haber realizado algún tipo de valoración moral, esto no significa que existan diversas formulaciones para una misma acción. 

Leyva, en este sentido, nos advierte que, en el caso de Kant, se habla “de una máxima o, más bien, de la máxima de la acción en singular, pues, de otro modo, si hubiera varias máximas para la misma acción, podrían entrar en contradicción entre sí en el momento de su universalización y de la determinación de su necesidad irrestricta, de modo que podría permitir lo que la otra prohibiera” (2008, pp. 325-326). El presupuesto básico de la filosofía práctica de Kant, según De Haro, radica en que la máxima “debe expresar la acción tal y como es deseada”, de modo que, dado que mi querer es uno, sólo existe una máxima que lo exprese; en otras palabras, “una vez que el agente ha deseado algo, ya no es legítimamente posible para éste describir el fin buscado por su acción en dos formas igualmente válidas” (2015, p. 49). A fin de esclarecernos nuestras intenciones, Herman propone reflexionar sobre éstas a través de preguntas contrafácticas del tipo: “¿seguiría queriendo X si…?” (1990, p. 64). Que sólo existe una máxima adecuada que exprese mi querer, sin embargo, es algo que sólo es posible en la medida en que éstas no están referidas meramente a “actos-tipo” como los que propone O’Neill, sino a máximas que expresan nuestro querer en un sentido más amplio e íntimo.

Finalmente, respecto a la segunda crítica, Kant advierte que, “en realidad, es absolutamente imposible señalar por experiencia con completa certeza un solo caso en el que la máxima de una acción, conforme por lo demás con el deber, haya descansado exclusivamente en fundamentos morales y en la representación propia del deber” (GMS, 407, 1-4). Esto significa que, incluso después de hacer “la más aguda introspección”, según el regiomontano, “no podemos en modo alguno inferir con seguridad que la auténtica causa determinante de la voluntad no haya sido realmente un impulso secreto del amor propio bajo el mero espejismo de aquella idea” (GMS, 407, 5-11). Que en las máximas se encuentre siempre cierta opacidad, sin embargo, no significa que éstas sean totalmente ajenas a nuestras intenciones, ya que, como sostiene Placencia, las máximas de primer orden, al establecer un vínculo con la Gesinnung –que permanece con cierta opacidad–, expresan una forma de querer del sujeto que es crucial para nuestra autointerpretación (2015, p. 562-563). Por más opacidad que encierren nuestras máximas, eso no significa que éstas sean radicalmente ajenas a nosotros: siempre expresan algo de nuestro querer, algo que es fundamental para nuestro autoconocimiento. 

Roberto Casales García
(UPAEP, Universidad, México)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

  • Bubner, R. (2010) Acción, historia y orden institucional. Ensayos de la filosofía práctica y una reflexión sobre estética, Buenos Aires: FCE.
  • Casales, R. (2013) “La ‘máxima’ como base de la acción en la filosofía práctica de Kant”, en: Universitas Philosophica, 61, pp. 237-258.
  • Casales, R. (2019) Imperativo categórico y carácter. Una introducción a la filosofía práctica de Kant, México: Del Lirio.
  • De Haro, V. (2015) Duty, Virtue and Practical Reason in Kant’s Metaphysics of Morals, Hildesheim: Georg Olms. 
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Cómo citar esta entrada

Roberto Casales García (2023). “Máximas de la acción» , Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/maximas-de-la-accion/)

Mente Extendida

 

La teoría de la mente extendida es una teoría acerca de la constitución de la mente.  Su tesis central es que la mente humana está formada por estados y procesos neuronales, corporales y medioambientales. Los teóricos de la mente extendida consideran que las mentes son entidades híbridas cuyo ensamblaje es el resultado de interacciones densas y continuas entre el cerebro, el cuerpo y el entorno local de un sujeto. Es por ello que la mente se extiende espacialmente más allá de los límites del agente biológico.

            La teoría de la mente extendida se aleja de uno de los compromisos centrales de nuestra psicología popular según el cual la mente (entendiendo por tal el lugar de nuestros pensamientos, deseos, recuerdos, etc.) se encuentra contenida en algún lugar de la cabeza. Pensemos, por ejemplo, en la expresión en castellano “ha perdido la cabeza”. Esta expresión se utiliza para referirse a quien ha perdido el control sobre su vida mental, quedando ésta localizada dentro del cráneo. Esta concepción intracranialista recibe a su vez apoyo de la neurociencia cognitiva, según la cual los procesos mentales y cognitivos son implementados sólo por el cerebro y el sistema nervioso central.

            Frente a esta posición, la teoría de la mente extendida expande el espacio de lo mental para incluir no sólo el cuerpo sino también elementos del entorno local del agente. Es importante advertir que este alejamiento de nuestra imagen psicológica popular no es el resultado de una extravagancia filosófica, ni un mero razonamiento de sillón. Más bien, la teoría de la mente extendida extrae consecuencias filosóficas de las ciencias cognitivas. Es por ello que la mente “Extendida” es una de las “E” que constituyen el famoso marco de estudio de la cognición llamado Cognición 4E, siendo las otras la concepciónenactiva, incrustada (embedded) e incorporada (embodied). El terreno común de estos enfoques es que para comprender la mente humana debemos atender cuidadosamente a la relación entre el organismo y su entorno.

            En esta entrada conoceremos los pilares básicos de la teoría de la mente extendida, así como diversas objeciones, formulaciones y aplicaciones recientes. El plan es el siguiente: comenzaremos atendiendo a la formulación original de la teoría de la mente extendida (§1). En segundo lugar revisaremos las objeciones más relevantes y esbozaremos sus principales respuestas (§2). Continuaremos con la presentación de distintas formulaciones que han dado lugar a distintas olas dentro de la teoría de la mente extendida (§3), para finalizar con una breve presentación de los debates actuales y aplicaciones de esta teoría (§4).

1. Mente Extendida

En esta sección vamos a conocer la teoría de la mente extendida tal y como fue propuesta por Andy Clark y David J. Chalmers (1998).

            En su ya canónico artículo, Andy Clark y David J. Chalmers presentan la teoría de la mente extendida como un externalismo activo. El carácter activo del entorno en la cognición aleja a la teoría de la mente extendida de un externalismo semántico menos radical y más establecido bajo el cual el entorno juega un papel en la determinación del contenido de los estados mentales (Burge, 1986; Putnam, 1975). Si bien en esta forma de externalismo semántico se afirma la importancia del entorno en los estados mentales, estos estados mentales quedan confinados dentro del cráneo del sujeto, asumiendo así un intracranialismo cognitivo. Por el contrario, de acuerdo con la teoría de la mente extendida, diversos elementos del entorno (principalmente dispositivos tecnológicos y artefactos de distinta índole, aunque no sólo) juegan un papel aún más activo en la cognición hasta el punto de que dadas ciertas condiciones pueden llegar a ser genuinos componentes de la mente de un sujeto.

            La estrategia que promueven los teóricos de la mente extendida es la siguiente: una vez que reconocemos que algo juega un rol cognitivo, su localización no es relevante. Para ayudarnos a llevar a cabo esta estrategia e identificar un bio-prejuicio, es decir, un prejuicio que prioriza aquello que sucede dentro de la barrera del organismo a la hora de determinar el espacio genuino de lo mental, nos ofrecen el Principio de Paridad:

         Si, cuando abordamos una tarea, una parte del mundo funciona como un proceso que, si tuviera lugar dentro de nuestra cabeza, no dudaríamos en que es parte del proceso cognitivo, entonces esa parte del mundo (defendemos nosotros) es parte del proceso cognitivo. (Clark y Chalmers, 1998, énfasis en el original). 

            Este principio se ha convertido en la marca de identidad de la teoría de la mente extendida, pese a que la cita habla de proceso cognitivo y no directamente de mente (véase más adelante). Para ilustrar su argumento, Clark y Chalmers (1998) se apoyan en el siguiente ejemplo donde plantean tres escenarios en los que una persona juega al Tetris:

  • En un primer escenario, la jugadora tiene que rotar las piezas mentalmente para calibrar cuál es la posición adecuada para encajar la pieza en un hueco.
  • En un segundo escenario, la jugadora puede girar las piezas más rápidamente utilizando una manivela.
  • Finalmente en un tercer escenario nos trasladamos a un futuro cyber-punk (no muy lejano) donde la jugadora posee un implante que le permite realizar rotaciones de manera similar al segundo escenario.

            El objetivo de los teóricos de la mente extendida es mostrar que los tres escenarios son similares funcionalmente. Aún así, parece que estaríamos más dispuestos a aceptar el implante como parte del mecanismo que posibilita el procesos cognitivo de rotación y cálculo, y que consideraríamos que la manivela en el tercer escenario es un mero apoyo o instrumento. El Principio de Paridad nos permite desmantelar este bio-prejuicio subyacente y comprender que los tres escenarios son suficientemente similares. Por ello, a pesar de que la manivela es algo externo al agente biológico, ésta forma parte del proceso cognitivo de la jugadora, del mismo modo que el implante.

            Este ejemplo les permite argumentar a favor de lo que proponen como una primera manera de entender el externalismo activo: la tesis de la cognición extendida. La idea central es que la maquinaría física que implementa procesos cognitivos no incluye exclusivamente al cerebro y el sistema nervioso central sino que dadas ciertas circunstancias ésta puede incluir elementos del entorno. La tesis de la cognición extendida promueve por lo tanto un externalismo de vehículos o de realizadores materiales (ver también Hurley 1998).

            En su dialéctica argumentativa, Clark y Chalmers dan un paso más, y proponen una lectura que se ha considerado aún más radical del externalismo activo. En este caso, la extensión afecta no sólo a los vehículos de los procesos cognitivos (como puede ser recordar o calcular) sino también a los estados mentales de un sujeto, en particular a sus creencias y deseos. En su argumento ofrecen un experimento mental donde aparece Otto, el personaje más famoso de la teoría de la mente extendida. El caso es el siguiente:

  • Otto e Inga: Otto e Inga quieren ir a ver una exposición al MOMA. Inga recuerda que el museo se encuentra en la calle 53 y se dirige hacia allí. Otto sufre una forma leve de Alzheimer y utiliza un cuaderno donde apunta toda la información relevante para su día a día. Antes de dirigirse al MOMA, comprueba en su cuaderno que éste se encuentra en la calle 53 y se dirige hacia allí.

            Ante este caso, sería legítimo adscribirle a Inga la creencia de que “el MOMA está en la calle 53”, incluso antes de que ésta entrase en su mente consciente. Esto responde a una manera muy tradicional de concebir la mente y sobre todo la memoria como una especie de almacén de creencias, creencias que nos permiten explicar la conducta de un agente. Por ello, incluso antes de recordar dónde está el MOMA, podríamos atribuir a Inga una creencia en forma disposicional. Si aceptamos esto, dada la similitud funcional entre ambos casos, los teóricos de la mente extendida concluyen no sólo que el cuaderno de Otto es parte del proceso cognitivo de Otto (en particular de su memoria), sino que su creencia de que el MOMA está en la calle 53 se encuentra en su cuaderno, al menos en su forma disposicional y no ocurrente. Así llegamos a la conclusión de que la mente, y no sólo la cognición de Otto, está extendida.

            En este punto es importante señalar que si bien Clark y Chalmers en la argumentación original distinguen entre cognición y mente extendida, ésta distinción no se mantiene en las formulaciones ulteriores donde los términos ‘mente’ y ‘cognición’ son intercambiables. Dicho esto, esta distinción sí juega un papel relevante en algunos debates recientes en torno a las consecuencias epistemológicas de dicha teoría (ver por ejemplo Carter y Czarnecki, 2016) y que presentaremos brevemente en la sección 4.

            En el artículo original, Clark y Chalmers ofrecen una serie de condiciones adicionales para determinar con mayor precisión la extensión mental. Estas condiciones tratan de garantizar que Otto interactúa con su cuaderno de una forma estable y apuntan a distintas características del perfil funcional de las capacidades cognitivas internas y que tienen que ver principalmente con su disponibilidad, portabilidad y estabilidad. Estas condiciones han sido llamadas posteriormente por Andy Clark (2008a) las condiciones de ‘pegamento y confianza’ (Glue and Trust) y son las siguientes:

  • Disponibilidad: El recurso externo está disponible y el sujeto confía en él y lo invoca normalmente.
  • Fiabilidad: La información recuperada del recurso externo es aceptada más o menos automáticamente por el sujeto, es decir, por lo general, no debe estar sujeto a un escrutinio crítico.
  • Accesibilidad: La información contenida en el recurso debe ser fácilmente accesible cuando sea necesario.

            Clark y Chalmers (1998) consideran también un cuarto criterio bajo la cual la información recuperada del recurso externo (por ejemplo el cuaderno de Otto) debe ser depositada conscientemente por el sujeto. Sin embargo abandonan esta condición por ser demasiado exigente y por romper la similitud entre los procesos y estados internos y los procesos extendidos (ver también Andrada 2019). También es importante señalar que estas condiciones tienen que entenderse como condiciones suficientes no necesarias, puesto que dada la concepción funcionalista liberal sobre la cual se construye la teoría de la mente extendida, y que comentaremos a continuación, hay que dejar espacio para mentes extendidas que tomen distinta forma.

            Una vez aceptada la tesis de la mente extendida, Clark y Chalmers (1998) apuntan brevemente a una posible extensión del yo (self) dado el rol de la memoria en la continuidad psicológica, a la extensión del agente, y a las mentes colectivas, aunque esto queda simplemente esbozado. En la sección 4 de esta entrada volveremos sobre estos tema al presentar los debates recientes.

            Como hemos podido observar, la teoría de la mente extendida se apoya en una concepción funcionalista de la mente. De acuerdo con el funcionalismo, a la hora de individuar un proceso cognitivo o un estado mental lo verdaderamente relevante es el rol que juega dentro de un sistema. La teoría de la mente extendida asume la tesis de la realizabilidad múltiple, uno de los postulados centrales del funcionalismo (Putnam, 1967). Dicha tesis nos dice que una misma función cognitiva puede ser realizada por distintos soportes materiales. Esto conlleva que la implementación de roles cognitivos o mentales no necesita limitarse a un sustrato particular como puede ser el cerebro o el sistema nervioso central. De esta forma, el funcionalismo expande el dominio de lo mental a criaturas distintas a nosotros, como bien pueden ser computadores o, por qué no, seres extraterrestres. Lo importante es que dispongan de mecanismos capaces de implementar determinadas funciones.

            La teoría de la mente extendida da un paso más en esta línea argumentativa y se enfrenta a la idea de que la barrera de la piel, o más precisamente, la barrera del cráneo, sea la barrera que delimita el espacio de la mente. Una cuestión central es cómo individuar las funciones relevantes. De acuerdo con la lectura original de la mente extendida, para individuar una función cognitiva debemos seguir un funcionalismo del sentido común donde la función se individúa atendiendo a descripciones de procesos cognitivos y estados mentales de acuerdo con nociones de psicología popular (Clark, 2008b). Por ejemplo, el rol funcional usualmente asociado con la memoria se caracteriza generalmente en términos del almacenamiento de información para guiar la acción. Por ello, en el caso de Otto e Inga, el argumento central es que el rol implementado por la biomemoria de Inga está funcionalmente a la par con el rol implementado por la interacción de Otto con su cuaderno. Lo mismo sucede con la atribución de creencias. En este sentido, la búsqueda de similitud funcional atiende a funciones individuadas en términos muy generales,aunque hemos de señalar que hay teóricos de la mente extendida que han abogado por un funcionalismo científico donde las funciones son individuadas atendiendo a caracterizaciones científicas (Wheeler, 2010; 2011).

            Esta concepción de la menta extendida constituye lo que John Sutton (2010) ha denominado una primera ola de la teoría de mente extendida, que se verá sucedida por otras formulaciones que veremos en la sección 3 de esta entrada.

2. Objeciones

2.1. La Falacia de constitución por acoplamiento

            Una de las objeciones más conocidas en contra de la teoría de la mente extendida es la falacia de constitución por acoplamiento. Esta objeción fue planteada por Fred Adams y Ken Aizawa (2001), y recogida también por Rob Rupert (2004). La idea es la siguiente: el hecho de que un objeto o proceso esté acoplado causalmente a un agente, no es suficiente para que este objeto constituya o sea parte de dicho agente, o más precisamente, del sistema cognitivo del mismo. En otras palabras, el teórico de la mente extendida confunde acoplamiento o conexión causal con constitución. Ésta es la esencia de la falacia de constitución por acoplamiento.

            En cierto sentido, esta objeción captura algo importante: no todos los tipos de acoplamiento o conexiones causales entre el agente (biológico) y un elemento externo (como bien puede ser un cuaderno u otro tipo de artefacto) son suficientes para constituir algo, es decir, no todos los acoplamientos dan lugar a una extensión cognitiva o mental. Ahora bien, debe notarse que el argumento central de la teoría de la mente extendida no es simplemente que cada interacción o acoplamiento de un agente cognitivo con un elemento externo es un caso de cognición extendida, sino que solamente algunos de estos acoplamientos lo logran. Es tarea, por tanto, de los/las teóricos/as de la mente extendida determinar qué tipos de acoplamientos constituyen casos de extensión. Un argumento establecido indica que sólo los acoplamientos donde hay una conexión causal no lineal (feedback loops) pueden dan lugar a genuinas extensiones (Palermos, 2014). Los promotores de la falacia de constitución por acoplamiento pueden insistir en que la falacia persiste incluso en las relaciones causales no lineales (ver por ejemplo Adams and Aizawa, 2008). Parece que lo que está en juego es una disputa en torno a la naturaleza de la cognición y eso nos lleva a la siguiente objeción.

2.2. La Marca de la Cognición

            Como acabamos de ver, la objeción de la constitución por acoplamiento culmina en una discusión en torno a la naturaleza de la cognición, de tal forma que podamos determinar qué forma y qué no forma parte de ella.  La objeción planteada también por Adams y Aizawa (2001, 2008) sobre la marca de la cognición pretende exactamente eso, de hecho. La marca de la cognición tiene que ser una descripción científicamente informada de lo que significa formar parte de un sistema cognitivo. La idea es poder identificar la naturaleza de la cognición independientemente de la teoría de la mente extendida.

            Adams y Aizawa (2001) defienden que los procesos y estados cognitivos se caracterizan por su contenido no derivado. Este contenido intrínseco (no derivado) debe estar caracterizado por leyes psicológicas que puedan aplicarse a sucesos mentales. Para entender esta distinción entre contenido derivado y no derivado, volvamos brevemente al caso de Otto e Inga. La idea es la siguiente: las inscripciones en el cuaderno de Otto son representaciones derivadas debido a que necesitan de otra entidad (probablemente un sujeto con mente) para que esas representaciones tengan significado. Por el contrario, el contenido del pensamiento de Inga de que ‘el MOMA está en la calle 53’ no es derivado, es decir, no necesita nada más para significar lo que significa, por lo que de acuerdo con Adams y Aizawa (2001) tiene contenido intrínseco o no derivado. Este tipo de contenido es precisamente lo que consideran la marca genuina de los procesos y estados cognitivos.

            Asumamos, en aras del argumento, que ésta es la marca genuina de la cognición. Una lectura permisiva de la marca de la cognición nos diría que la cognición requiere estados con contenido no derivado pero que puede haber estados cognitivos que además del contenido derivado incluyan contenido no derivado. Esta lectura sería perfectamente compatible con la mente extendida puesto que su argumento no es en ningún caso que las inscripciones del cuaderno de Otto por sí mismas constituyen un proceso cognitivo o un estado mental, sino que éste es fruto de la interacción o acoplamiento de estados y procesos internos a Otto y su cuaderno. Ahora bien, si la objeción se plantea de manera restrictiva de forma que un proceso o estado cognitivo tan sólo puede tener contenido intrínseco, entonces no está tan claro que vayamos a encontrar casos de mente extendida.  Es por ello que esta lectura de la objeción deja fuera del dominio de lo mental los casos paradigmáticos de mente extendida.

            Esta estrategia ha suscitado numerosas críticas. En primer lugar hemos de destacar que no todas las teorías en torno a la cognición aceptan la marca del contenido intrínseco y que hay un debate candente dentro de las ciencias cognitivas en torno al origen y a la naturaleza del contenido mental (ver por ejemplo Millikan, 1984; Neander, 2017; Shea, 2018). En segundo lugar, hay quienes han negado la necesidad de una definición de la marca de la cognición previa a la investigación científica. Más bien la dirección tendrá que funcionar a la inversa: los criterios por los que delimitemos los estados o procesos cognitivos deben seguir los avances en la investigación y no vice versa (Menary, 2006).  Finalmente, dentro de los defensores de la mente extendida hay quienes han aceptado la necesidad de una marca de la cognición (Wheeler, 2019) e incluso propuesto un criterio diferente al de Adams y Aizawa (2001). Por ejemplo, Mark Rowlands (2009, 2010) propone una versión de la mente extendida en base a la idea de que la cognición consiste principalmente en los procesos que permiten al sujeto disponer de la información que no estaría disponible sin tal procesamiento. Estos procesos, según Rowlands, incluyen manipulaciones corporales y elementos externos, y por lo tanto la cognición está extendida.

2. 3. Explosión Cognitiva

            Otra objeción usualmente planteada en contra de la mente extendida es el problema de la explosión cognitiva formulada originalmente por Rupert (2004). La idea central de esta objeción es que la teoría de la mente extendida caracteriza de una forma excesivamente permisiva el dominio de lo mental y ello lleva a un problema de sobregeneralización o explosión (ver también Gertler 2014). La discusión en torno a la explosión cognitiva se basa principalmente en los criterios propuestos por Clark y Chalmers (1998) para la extensión mental, es decir, los criterios de ‘Pegamento y Confianza’. Si uno acepta que lo que garantiza la extensión mental son estas condiciones de similitud de perfil funcional, entonces parece que el dominio de lo mental se puede extender fácilmente, por ejemplo, a una guía telefónica o a varios de los dispositivos con los que interactuamos. El problema es que esta facilidad en la extensión trivializa dicha teoría. Una vez más, para frenar la explosión el defensor de la mente extendida tiene que simplemente restringir o identificar más cuidadosamente las condiciones bajo las cuales la cognición se extiende.

3. Distintas olas de mente extendida

Como acabamos de ver las objeciones planteadas en contra de la mente extendida problematizan, por un lado, las diferencias entre elementos internos y externos, y por el otro, apuntan a la falta de concreción de los casos que cuentan como mente extendida. Formulaciones ulteriores de la mente extendida recogen estas preocupaciones. Antes de presentar estas distintas olas es importante señalar que si bien las distintas olas proponen distintas agendas a la hora de explorar la mente extendida, todas comparten la tesis principal, es decir, la idea de que la cognición trasciende los límites del organismo.

            La segunda ola de la mente extendida se caracteriza principalmente por el abandono del Principio de Paridad como una guía útil para el estudio de la mente extendida. Frente a la similitud funcional entre procesos y estados internos y procesos extendidos aparece la noción de complementariedad. La idea central es que procesos internos y externos se complementan al tener funcionalidades diferentes. Tomemos de nuevo el caso de la memoria. Siguiendo el trabajo de Merlin Donald (1991), John Sutton (2010) argumenta que la diferencia entre memorias internas  (engramas) y memorias externas (exogramas) nos permiten comprender las razones por las cuales la memoria se extiende. Por ejemplo, las memorias internas se ven sujetas a efectos de interferencias con otros recuerdos, mientras que las memorias externas (como bien puede ser el cuaderno de Otto) son más estables. Sus diferentes características, frente a su similitud funcional, nos permiten comprender por qué la memoria humana es una memoria extendida. Por ello, si bien el Principio de Paridad permite desmantelar la prioridad de lo interno como lo genuinamente cognitivo, un estudio de la extensión mental debe centrarse en las distintas propiedades de los elementos internos y externos, y en cómo estos se integran y complementan.

            De acuerdo con esta segunda ola de la mente extendida, para comprender la relación complementaria entre elementos internos o externos, o biológicos y no biológicos debemos explorar distintas dimensiones de integración entre los mismos. Un estudio multidimensional nos permite estudiar la mente extendida atendiendo a distintas dimensiones de integración: altos niveles de integración entre organismo y elemento externo (por ejemplo, Otto y su cuaderno) corresponden a casos genuinos de extensión, mientras que niveles más bajos corresponden a instancias de cognición incrustada (embedded) (Sutton, 2010; Menary, 2010). Estas dimensiones se construyen sobre las condiciones de ‘Pegamento y confianza’ previamente mencionadas e incluyen otras dimensiones que permiten investigar las interacciones entre organismo y elemento externo como, por ejemplo, la dimensión de transparencia, que hace referencia a la fenomenología de la mente extendida, o la dimensión de transformación, que atiende a los cambios neuronales y corporales provocados por el uso estable de un artefacto o dispositivo (ver Heersmink, 2014).

            Este enfoque multidimensional permite a los teóricos de la mente extendida responder a la falacia de la constitución así como a la explosión cognitiva. En el primer caso, la idea central es que para diferenciar entre acoplamientos meramente causales y extensiones genuinas, debemos atender a las distintas dimensiones y no solamente a su interacción causal. De un modo similar, la explosión cognitiva se evita mediante un estudio más detallado de las condiciones bajo las cuales la cognición se extiende. A pesar de ello esta vertiente no está exenta de críticas, como por ejemplo, la objeción de que entendida así, esta teoría es menos revolucionaria de lo que inicialmente se propuso en la versión original (Adams y Aizawa, 2008). También surge la posición bajo la cual la extensión mental no es sino un caso especial de los distintos andamiajes de la mente (scaffolded mind) que deben estudiarse dentro del marco del modelo evolutivo de la construcción de nichos (Sterelny, 2010).

            En esta segunda ola también podemos situar la tesis de la manipulación (Rowlands, 1999; 2010). La tesis de manipulación nos dice que los procesos cognitivos se realizan en parte a través de manipulaciones habilidosas en las que el agente activamente transforma y crea estructuras informacionales en su entorno. Estas manipulaciones son cruciales para entender por qué los procesos cognitivos no se localizan exclusivamente dentro del agente biológico y están reguladas normativamente por prácticas culturales de orden cognitivo (Menary, 2007; 2012).

            Finalmente, llegamos a una reciente tercera ola de la mente extendida que desarrolla varios de los presupuestos de la segunda (Sutton, 2010). Michael Kirchhoff y Julien Kiverstein (2019) destacan cuatro características centrales de esta tercera ola. En primer lugar, esta tercera ola rechaza la suposición de que las propiedades de los procesos internos y externos sean fijas debido a su plasticidad. En segundo lugar, esta manera de abordar un estudio de la mente extendida asume que la mente no tiene fronteras estables sino que éstas están siempre abiertas a renegociación. En tercer lugar, la integración cognitiva no está orquestada exclusivamente por el agente individual o por su cerebro, sino que a veces responde a restricciones neuronales, corporales y ambientales. En esta misma línea, defensores de esta tercera ola han promovido un estudio de la extensión mental a través de la participación en sistemas sociales (Gallagher y Crisafi, 2009). Finalmente, esta tercera ola se caracteriza por la importancia de comprender la constitución de la mente extendida en una escala diacrónica atendiendo al desarrollo de distintas habilidades y a la evolución cultural humana.

4. Debates y aplicaciones

En esta última sección esbozaremos brevemente debates recientes y aplicaciones de la teoría de la mente extendida. En primer lugar, existe un amplio debate al respecto de si la mente extendida puede aplicarse a estados mentales ocurrentes (y no simplemente disposicionales) como por ejemplo estados conscientes (Kirchhoff y Kiverstein, 2019) o emociones (Colombetti y Roberts, 2014;  Colombetti y Krueger, 2015). En segundo lugar, podemos preguntarnos por la extensión del yo y el papel de dispositivos y artefactos en la identidad personal (Heersmink, 2020) y en el impacto de nuevas tecnologías en nuestra continuidad psicológica (Clowes, 2015; Sutton y Heersmink, 2020). Esto conecta con el debate en torno a las consecuencias éticas de la teoría de la mente extendida. Si la teoría de la mente extendida es cierta y diversos dispositivos y artefactos son genuinas partes de la mente de un sujeto, entonces se abre un amplio debate en torno a las obligaciones y derechos que deberían regular las extensiones cognitivas (Carter y Palermos, 2016). Finalmente, las consecuencias epistemológicas de la mente extendida ha dado lugar a una epistemología extendida (Carter et. al, 2018). Dentro de esta epistemología de las extensiones, encontramos preguntas alrededor del conocimiento extendido, la autonomía intelectual y el efecto de nuevas tecnologías en diversas prácticas epistémicas. Este extenso debate muestra cómo la teoría de la mente extendida ha dado pie a una fructífera reflexión en distintos ámbitos de la filosofía contemporánea.

5. Conclusión

La teoría de la mente extendida es una teoría acerca de la constitución de la mente humana bajo la cual la mente está formada por estados y procesos neuronales, corporales y medioambientales. Esta tesis puede entenderse de distintas formas: desde una concepción funcionalista bajo la cual algunas funciones cognitivas pueden ser implementadas por distintos mecanismos internos y externos al organismo, a un estudio de la integración entre organismo y recursos heterogéneos. A pesar de sus distintas formulaciones, la teoría de la mente extendida ha situado en el centro del debate filosófico la importancia de un estudio de la mente que no puede desligarse de un estudio de la cultura material y de la  interacción humana en entornos complejos.

Gloria Andrada
(Universidad Autónoma de Madrid)

Referencias

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Lecturas recomendadas en castellano

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Recursos en línea

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Cómo citar esta entrada

Andrada, Gloria (2021): “Mente Extendida”, Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/mente-extendida/)

Metacognición

La metacognición puede definirse de dos formas: 1) como la capacidad metarrepresentacional de adscribir estados mentales a otros sujetos y a sí mismo o 2) como la capacidad de monitorear y controlar los procesos cognitivos propios. Estas dos definiciones reflejan el debate que ha habido entre dos maneras diferentes de entender esta capacidad mental; un debate con diferentes implicaciones sobre la arquitectura cognitiva, diferentes predicciones sobre los seres que poseen esta capacidad y sobre su funcionamiento general.

En la primera parte de esta entrada reconstruiré y evaluaré el debate entre quienes defienden la definición metarrepresentacional (1) y quienes defienden la definición en términos de monitoreo y control (2). Luego, presentaré brevemente algunos estudios empíricos a favor de la teoría de monitoreo y control; en particular, los datos sobre la presencia de metacognición en los animales y los datos de la psicología cognitiva sobre los sentimientos metacognitivos. Finalmente, terminaré esta entrada presentando las teorías duales de la metacognición.

1. Teoría metarrepresentacional de la metacognición

La metacognición se ha definido clásicamente como el pensamiento sobre el pensamiento, esto es, como la capacidad de formar pensamientos de orden superior sobre pensamientos o estados mentales de primer orden (p.ej., creencias, deseos, sentimientos, etc.)  (Nelson y Narens, 1990). De acuerdo con esta perspectiva, la metacognición consiste en dirigir nuestra capacidad de lectura de mentes (mindreading capacity) hacia nosotros mismos para producir autoadscripciones de estados mentales (Carruthers, 2009, 2011; Gopnik, 1993; Wilson, 2002). Esta perspectiva, se deriva de una visión social de la metacognición, ya que la capacidad de pensar sobre nuestros propios pensamientos surgiría a partir de nuestra capacidad de pensar sobre los pensamientos de los otros. Dicho esto, es importante señalar que la capacidad de lectura de mentes requiere la posesión de conceptos psicológicos o mentales para poder producir adscripciones de estados mentales. Los conceptos psicológicos son aquellos que se refieren a actitudes proposicionales tales como creer, saber, desear, esperar, entre otros. Algunos teóricos consideran que estos conceptos son adquiridos por los niños alrededor de los cuatro años cuando aprenden las palabras relacionadas con estos en el lenguaje. Según esto, la estructura metarrepresentacional de los juicios metacognitivos está compuesta por:

1) una proposición como “hay una flor roja sobre la mesa”,

2) un concepto psicológico (e.g., creer, saber, desear, esperar) que representa una actitud mental de primer orden dirigida a la proposición (A),

3) una actitud mental de orden superior dirigida al concepto psicológico de primer orden (2) y su contenido (1) (Proust, 2007).

Así, el juicio metacognitivo tiene la siguiente forma:

[3] Yo creo que [2] YO SÉ[1](o PERCIBO, O CREO, O SIENTO, etc.) que [1] hay una flor roja sobre la mesa.

(Uso mayúsculas para denotar los conceptos psicológicos que están en juego. Además de los conceptos psicológicos citados, también hay que advertir que el sujeto debe ser capaz de usar el concepto de YO, para representarse a sí mismo como poseedor de estos estados.)

Esta descripción esquemática de la estructura de los juicios metarrepresentacionales nos permite advertir la complejidad representacional de los mismos y los requisitos cognitivos para formarlos. Al respecto, Browne dice: “Hay metarrepresentación de la creencia que p solo si son representados tanto el contenido p y la actitud (la creencia) en un estado mental de orden superior” (Browne, 2004, p. 634). Por esta razón, la capacidad de lectura de mentes que genera este tipo de juicios se ha entendido como un mecanismo inferencial que toma como entradas (inputs) representaciones sensoriales de primer orden (sobre el entorno, las circunstancias y las metas, entre otros), y las combina con conceptos psicológicos para generar juicios metarrepresentacionales como salidas (outputs).

Así pues, según esta perspectiva, la arquitectura cognitiva de la metacognición requiere una estructura metarrepresentacional que los sujetos usan para reflexionar sobre sus propios estados mentales. Además, para poder funcionar, esta estructura requiere de la posesión de conceptos mentales y de capacidad inferencial. Es por ello que, según la teoría metarrepresentacional, sólo seres dotados de estas capacidades tendrían metacognición.

2. Teoría de monitoreo y control de la metacognición

En contraposición con la teoría clásica de la metacognición y las propuestas de Carruthers, una perspectiva diferente sobre la metacognición surgió inspirada principalmente por la psicología comparada y los estudios sobre el control cognitivo. Por un lado, los resultados de la psicología comparada sugieren que puede haber monitoreo y control de procesamiento cognitivo en algunos animales que carecen de la capacidad de metarrepresentación o de lectura de mentes; en otras palabras, algunos seres vivos pueden monitorear y controlar sus estados y capacidades mentales sin tener que producir representaciones de orden superior (Browne, 2004; Proust, 2007, 2012). Por otro lado, se han encontrado disociaciones funcionales importantes entre el monitoreo de los estados cognitivos propios y los estados mentales de otro sujeto (Koriat y Ackerman, 2010), algo que no se esperaría si se tratara de una sola capacidad mental implicada en estas actividades. Además, también se han encontrado diferencias importantes entre los correlatos neuronales de la capacidad de lectura de mentes y el monitoreo y control metacognitivo (Proust, 2012). Según ciertos estudios, los correlatos neuronales de la capacidad de lectura de mentes son: la juntura temporoparietal, la corteza prefrontal anteromedial y la corteza temporal anterior; mientras que los correlatos neuronales del monitoreo y control son: la corteza prefrontal dorsolateral y ventromedial derecha, y la corteza cingulada (Proust, 2012, 2013).

Esta nueva perspectiva propone entender la metacognición como la capacidad de monitorear y controlar nuestros procesos y disposiciones mentales. En palabras de Joëlle Proust: “El propósito de la metacognición es evaluar las disposiciones mentales presentes del individuo, aceptarlas o rechazarlas, y formar compromisos epistémicos y motivacionales” (Proust, 2010). La diferencia principal con la teoría metarrepresentacional, sin embargo, es que esta evaluación, monitoreo y control no requieren de metarrepresentación, capacidad de lectura de mentes o posesión de conceptos psicológicos. De acuerdo con Browne: “Este modelo psicológico de la metacognición es mucho más amplio que el modelo filosófico basado en el “ascenso intencional” [i.e. la formación de metarrepresentaciones]. Este modelo nuevo no requiere intencionalidad de nivel superior dado que no afirma que tanto el contenido como la actitud psicológica de primer orden deban ser representadas en un estado mental de orden superior” (Browne, 2004, p. 636).  Según Proust, esta evaluación, monitoreo y control se dan a través de una simulación mental del proceso cognitivo en cuestión que permite predecir el procesamiento cognitivo, revisarlo y ajustarlo (Proust, 2007, 2009a, 2013), de un modo parecido a como ocurre con el monitoreo y control motor de nuestras acciones corporales como caminar, saltar o levantar un vaso.

Según esta teoría, la metacognición no se da entonces en términos de juicios metacognitivos de orden superior o metarrepresentaciones. Joëlle Proust, la principal representante de esta teoría, defiende que esta capacidad funciona basándose en sentimientos metacognitivos (Proust, 2013). Ejemplos de sentimientos metacognitivos son el sentimiento de tener algo en la punta de la lengua, el sentimiento de saber, la certeza, la incertidumbre y el sentimiento de error, entre otros. Estas experiencias de primer orden indican al sujeto los posibles cursos de acción mental y sobre la adecuación de sus propios estados y procesos cognitivos que le permiten, a su vez, controlarlos. Un sujeto, por ejemplo, al ser confrontado con un problema cognitivo como resolver una multiplicación (5 x 13), debe decidir qué estrategia usar para resolverlo; debe escoger entre intentar recordar la solución (en caso de que conozca el problema) o calcularlo. Al enfrentarse con este problema cognitivo, el sujeto tiene inmediatamente el sentimiento de no saber la respuesta y por ello escoge la estrategia de calcular el resultado en lugar de intentar recordarlo. Según estos teóricos, esta decisión está basada en un sentimiento metacognitivo y no en una metarrepresentación o un juicio de orden superior. La metacognición, desde esta perspectiva, es la capacidad de tener sentimientos metacognitivos y ser capaz de usarlos para monitorear y controlar sus propios procesos cognitivos.

A continuación, presentaré brevemente algunos datos de la psicología comparada y los datos de la psicología cognitiva a favor de la teoría de monitoreo y control.

2.1. Datos de la psicología comparada: metacognición en animales no-humanos

En los últimos años se han publicado una serie de artículos experimentales que sugieren que algunos animales tienen capacidades metacognitivas de monitoreo y control de los estados mentales propios. David Smith y colegas fueron los primeros en establecer un paradigma experimental para la investigación de esta capacidad en los animales (Smith et al., 1995). Sus primeros experimentos fueron sobre metacognición perceptual (también llamada metapercepción) con monos rhesus (Macaca mulatta) y delfines nariz de botella (Tursiops truncatus). Siguiendo esta línea de investigación, Robert Hampton (2001) desarrolló un paradigma para estudiar la metacognición de la memoria (también llamada metamemoria) en los monos rhesus. Foote y Crystal (2007), por su parte, adaptaron el paradigma de Hampton para estudiar la metacognición en ratas (Rattus norvegicus). A continuación, paso a describir algunos de estos experimentos.

En el estudio pionero de David Smith y colegas con monos rhesus, estos fueron entrenados para discriminar patrones visuales densos (alta cantidad de pixeles) o poco densos (baja cantidad de pixeles) (Smith, Shields, Schull, y Washburn, 1997). Luego de cada discriminación exitosa los monos recibían una porción de alimento como recompensa, y recibían un tiempo de espera (un castigo usual en estas pruebas) por cada una de sus respuestas incorrectas (p. 82). Una vez dominada la tarea de discriminación visual de primer orden, se introdujo otro botón que los monos podían usar para evitar tener que dar una respuesta y así pasar directamente a la prueba siguiente sin recibir recompensa ni castigo. A este botón se le llamó “respuesta de incertidumbre” y se le asoció con un estado mental de segundo orden.  El resultado fundamental del experimento fue que los monos usaron la respuesta de incertidumbre particularmente en los casos donde era más difícil o imposible la discriminación visual, tal y como lo haría un sujeto humano para evitar equivocarse. De hecho, al comparar el comportamiento de los monos y de los seres humanos en este tipo de pruebas, se evidencia una gran similitud. Según la interpretación de Smith y colegas, estos resultados sugieren la presencia de metapercepción en monos rhesus puesto que estos se percatan de cuándo pueden y cuándo no pueden discriminar adecuadamente los patrones visuales (Smith, Shields, y Washburn, 2003).

Smith y colegas hicieron un experimento similar con un delfín nariz de botella (Tursiops truncatus) (Smith et al., 1995). Pero, en este caso, se adoptó como paradigma la discriminación auditiva entre señales sonoras agudas y graves. En primer lugar, se entrenó al delfín para reconocer un tono agudo (2100-Hz). En segundo lugar, se lo entrenó para que discriminara estas señales de otras señales acústicas graves (alrededor de 1200-Hz). Tal como en el experimento con monos, se dio la posibilidad al delfín de evitar pasar la prueba mediante una respuesta de incertidumbre. En este caso, los delfines también usaron la respuesta de incertidumbre cuando les era más difícil discriminar los estímulos (por ejemplo, en la discriminación entre 2,100 Hz y 2,085 Hz) y así lograron mejorar la corrección de sus respuestas (Smith et al., 2003).

Estos son algunos de los principales experimentos que se han usado para evaluar la capacidad de ciertos animales de monitorear sus propios estados perceptivos. Sin embargo, hay que anotar que la interpretación de estos resultados en términos metacognitivos no es unánime. Algunos autores, como Carruthers (2008, 2009), se han pronunciado en contra de la interpretación metacognitiva de los mismos. Él señala que no hay evidencia de que estos animales cuenten con la capacidad de lectura de mentes (Call y Tomasello, 2008) que les permita generar metarrepresentaciones sobre sus propios estados mentales asociados a estas tareas y por lo tanto se debería proveer de una explicación de estos datos en términos no-metacogntivos. Según Carruthers (2009, 2011), la capacidad de lectura de mentes es ontogenética y filogenéticamente anterior a la metacognición, pues esta última no es más que una derivación de la primera (Carruthers, 2009, 2011). Sin embargo, cabe señalar que la interpretación de los datos en términos no-metarrepresentacionales permitiría adscribir la capacidad metacognitiva a los animales en términos de capacidad de monitoreo y control de los propios estados cognitivos. En este sentido, Browne (2004) y Proust (2007, 2013) han formulado explicaciones del monitoreo y control en términos de primer orden y han dado buenos argumentos de por qué el monitoreo y control no requieren una estructura metarrepresentacional.

2.2. Datos de la psicología cognitiva: sentimientos metacognitivos

Otros datos a favor de la teoría de monitoreo y control vienen de la psicología cognitiva. Diferentes estudios han mostrado que hay disociaciones funcionales importantes entre el monitoreo de los estados cognitivos propios y los estados mentales de otro sujeto (Koriat y Ackerman, 2010). En el caso de los estados mentales propios, los sujetos frecuentemente atienden a sus sentimientos metacognitivos tales como el sentimiento de saber (Koriat, 2000; Paynter, Reder, y Kieffaber, 2009; Reder, 1987), el sentimiento de error (Fernández Cruz, Arango-Muñoz, y Volz, 2016) o el sentimiento de confianza (Kalnikaité y Whittaker, 2007), entre otros, para monitorear y controlar sus procesos cognitivos, mientras que en el caso del monitoreo de los procesos mentales de los otros los sujetos usan una teoría de la mente para inferir los estados mentales del otro (Koriat y Ackerman, 2010).

Para entender lo anterior pongamos un par de ejemplos. Al confrontar una pregunta sobre una información conocida (¿Quién descubrió la penicilina?), las personas seleccionan una estrategia cognitiva para resolverlo: la persona puede decidir recordar la solución usando su memoria o resolverlo usando una herramienta mnemotécnia externa como un cuaderno de notas, el internet o preguntando a un amigo (Kalnikaité y Whittaker, 2007). Frecuentemente, esta decisión está basada en un sentimiento metacognitivo (como el sentimiento de saber o el sentimiento de olvido) que informa al sujeto sobre su capacidad de resolver el problema usando sus capacidades cognitivas internas o si debe acudir a una ayuda externa de la memoria (Arango-Muñoz, 2013). Los sentimientos metacognitivos son experiencias que informan al sujeto sobre sus propios estados y procesos mentales sin necesidad de metarrepresentarlos. En cambio, para determinar si alguien sabe esta información tenemos que recurrir a otra estrategia. Podemos preguntarle y esperar su respuesta para determinar si lo sabe, o podemos intentar inferirlo a partir de los conocimientos previos que tengamos de esta persona: por ejemplo, a partir de la creencia que esta persona terminó la escuela básica y luego estudió medicina, puedo inferir que probablemente tiene la información requerida y, a partir de esto, construir el juicio metarrepresentacional “ella sabe que Fleming descubrió la penicilina”.

Koriat y Ackerman (2010) diseñaron un experimento que rastrea esta disociación entre el monitoreo de los procesos cognitivos propios y ajenos. En este estudio se compararon los juicios de aprendizaje (judgments of learning) relacionados con el aprendizaje propio y el aprendizaje ajeno. Para llevar a cabo esta comparación, en una condición, los participantes estudiaron durante el tiempo que consideraron necesario listas de pares de palabras asociadas que ellos debían memorizar y luego debían reportar un juicio de aprendizaje sobre cada par de palabras asociadas. En otra condición, los participantes debían juzgar el aprendizaje de otro sujeto luego de verlo cómo estudia los pares de palabras. El resultado más interesante de este estudio fue descubrir que, en el caso propio, a menor tiempo de estudio de cada par, se reportaba un juicio de aprendizaje más alto. Mientras que, en el caso ajeno, a menor tiempo de estudio, se reportó un juicio de aprendizaje más bajo. La explicación que dan los investigadores de estos resultados es que en cada caso el juicio tiene un fundamento diferente. En el caso propio, el juicio se basa en un sentimiento de saber causado por la heurística de fluidez (“si lo estudio poco, es porque lo sé”); mientras que, en el caso ajeno, el juicio se basa en un juicio metarrepresentacional basado en una teoría psicológica popular (folk psychology) según la cual a menos tiempo de estudio menos retención de información (“si se estudia poco, se aprende poco; en cambio, si se estudia mucho, se aprende mucho”).

3. Teoría dual de la metacognición

Una forma de zanjar el debate entre la teoría metarrepresentacional y la teoría de monitoreo y control ha sido proponer que la metacognición es un fenómeno dual que se compone de dos niveles, cada uno de una estructura diferente, con un contenido diferente y una función diferente en la arquitectura cognitiva (Arango-Muñoz, 2011). Siguiendo la idea de las teorías de procesamiento dual de la mente (Evans, 2010), por un lado, habría un “sistema 2 de metacognición” (Proust, 2013; Shea et al., 2014), también llamada “metacognición de nivel superior” (Arango-Muñoz, 2011) o “metacognición basada en teoría” (Koriat, 2000). Por otro lado, habría un “sistema 1 de metacognición” (Proust, 2013; Shea et al., 2014), “metacognición de bajo nivel” (Arango-Muñoz, 2011), o “metacognición basada en sentimientos (Koriat, 2000). El primer tipo de metacognición (sistema 2, de nivel superior, o basado en teoría) correspondería al uso de la capacidad de lectura de mentes dirigida hacia sí mismo, tal y como lo propuso Carruthers, mientras que el segundo tipo de metacognición (sistema 1, nivel bajo, o basado en sentimientos) correspondería a la forma como los seres humanos y algunos animales controlamos intuitivamente nuestros procesos cognitivos, tal y como lo propuso Proust. La disputa se zanja al mostrar que cada una de las teorías en disputa estarían tratando de explicar un nivel diferente de metacognición, y por lo tanto el conflicto se disuelve.

Si se acepta la idea según la cual la metacognición tiene dos niveles o dos formas de procesamiento, la pregunta general por la metacognición pierde su sentido y se abren nuevas preguntas: ¿Cómo funciona exactamente cada nivel de metacognición? ¿Cuál es su estructura y contenido? Los filósofos anteriormente citados han avanzado ya en algunas de las respuestas a estas preguntas. Pero quedan otras: ¿Interactúan los niveles o formas de metacognición? ¿Cómo interactúan? ¿Acaso hay influencia del nivel superior en el nivel inferior de metacognición y viceversa? En los adultos ambos niveles parecen interactuar en ciertos casos. Por un lado, parece haber casos de influencia del nivel inferior al superior: por ejemplo, un sentimiento de incertidumbre al caminar por las calles de una ciudad donde no resido me puede llevar a formar la creencia de orden superior de que no conozco bien esta ciudad y estoy perdido. Por otro lado, parece haber casos de influencia del nivel superior sobre el inferior: por ejemplo, después de estudiar ciertos datos de la psicología cognitiva y aprender sobre la falibilidad de la memoria, puedo inferir que mi memoria es falible, y experimentar un sentimiento de incertidumbre sobre mis recuerdos.

Además, la pregunta por la metacognición en animales se transforma en otra: ¿Qué nivel o forma de metacognicón tiene este o aquel animal? La respuesta que se podría dar desde esta perspectiva es que algunos animales tienen un nivel inferior o sistema 1 de metacognición que les permite monitorear y controlar algunos de sus procesos cognitivos, por ejemplo, los delfines o los monos rhesus, tal y como lo demuestran los datos de la psicología experimental (§2.1). Una explicación de cómo pueden lograr eso se da apelando a conceptos como el de sentimientos metacognitivos (Proust, 2009b). Es importante agregar aquí, sin embargo, que no todos los animales están provistos de metacognición de nivel inferior o sistema 1 de metacognición: los monos capuchinos y las palomas, por ejemplo, parecen no poseer esta capacidad, pues no logran pasar las pruebas de monitoreo y control de sus procesos cognitivos (Inman y Shettleworth, 1999; Smith, Shields y Washburn, 2003). Finalmente, como hasta la fecha no ha sido posible determinar la presencia de capacidad de lectura de mentes y el concepto de creencia en ningún animal (Call y Tomasello, 2008), no podemos afirmar que algún animal posea un nivel superior o sistema 2 de metacognición o que algún animal sea capaz de generar pensamientos de orden superior o metarrepresentaciones.

Conclusión

El estudio de la metacognición ha cautivado tanto a psicólogos como a neurocientíficos y filósofos y ha suscitado el debate sobre la manera en que se debe definir la metacognición: (1) como la capacidad metarrepresentacional de adscribir estados mentales a otros sujetos y a sí mismo o (2) como la capacidad de monitorear y controlar los procesos cognitivos propios. Aunque no todos los autores están convencidos, la conclusión de esta discusión es que la teoría dual de la metacognición, según la cual cada una de estas definiciones corresponde a un nivel diferente de la metacognición y a una teoría general de esta capacidad, parece resolver el debate y dar cuenta de ambos niveles (Arango-Muñoz, 2011; Proust, 2013; Shea et al., 2014).

(Este texto retoma algunos elementos del texto “Metacognión en animales” de mi autoría publicado en el libro Ética animal: fundamentos cognitivos y filosóficos para nuestra relación ética con otras especies animales. Bernardo Aguilera y Juan Alberto Lecaros (Eds.). Madrid, Universidad de Comillas).

Santiago Arango-Muñoz
(Universidad de Antioquia)

Referencias

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Cómo citar esta entrada

Arango-Muñoz, Santiago (2019): «Metacognición», Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica (URL: http://www.sefaweb.es/metacognicion/)