Archivo de la categoría: G

El Giro Pragmatista en Filosofía de la Ciencia

El giro pragmatista en filosofía de la ciencia comenzó a gestarse a principios de los años ochenta, impulsado por el agotamiento de la orientación teoreticista característica del empirismo lógico que había dominado los grandes debates de la disciplina: la explicación y la representación científica, el debate entre realismo y antirrealismo y la teoría de la verdad. A partir de entonces, numerosos filósofos de la ciencia retomaron propuestas del pragmatismo norteamericano y las aplicaron al análisis de las prácticas científicas, dando lugar a la proliferación de nuevas perspectivas que, lejos de abandonar la reflexión general sobre cuestiones comunes a todas las ciencias , ofrecen una nueva manera de abordar estos problemas.
Esta entrada se estructura en cinco secciones. En la primera sección se distinguen las estrategias comunes que atraviesan a las distintas filosofías pragmatistas de la ciencia, incluyendo el enfoque naturalista, la atención a las prácticas científicas, la contextualización del conocimiento en función de los objetivos de la investigación, el minimalismo metafísico y la interrelación entre hechos y valores. A partir de este marco general, revisamos cómo los problemas clásicos en filosofía de la ciencia se han abordado desde una perspectiva pragmatista: la explicación científica (sección 2), la representación científica (sección 3), el problema del realismo (sección 4) y el problema de la verdad (sección 5).

1. Filosofías de la ciencia pragmatistas

A pesar de la heterogeneidad de propuestas que se reconocen como pragmatistas en filosofía de la ciencia, todas ellas comparten ciertas estrategias comunes: un enfoque naturalista, el énfasis en las prácticas científicas, la contextualización del conocimiento científico en función de los objetivos de la investigación, un minimalismo metafísico y el reconocimiento de la imbricación entre hechos y valores.

Naturalismo

El giro pragmatista se alinea con el llamado “giro naturalista” en filosofía de la ciencia, que defiende una aproximación empírica al estudio de la ciencia, en lugar de abordarla a partir de preconcepciones epistemológicas de alcance universal . Frente a la tradición epistemológica precedente, su propósito es comprender cómo actúan los científicos y de qué modo y con qué fines emplean las teorías. En este sentido, el giro pragmatista busca establecer un vínculo simbiótico entre el razonamiento filosófico y las prácticas científicas. Desde esta perspectiva, se asume que entre filosofía y ciencia existe una relación de continuidad: la filosofía debe elaborarse a la luz de la información empírica proporcionada por las ciencias, mientras que la reflexión filosófica puede contribuir a esclarecer y orientar la práctica científica.

Foco en las prácticas científicas

Tradicionalmente, la filosofía de la ciencia se centró en las teorías entendidas como sistemas de proposiciones abstractas, mientras que los enfoques historicistas y sociológicos, al reconstruir la producción científica como resultado de la interacción entre factores sociales, tecnológicos, conceptuales y naturales , tendieron a desplazar el foco desde la relación entre teoría y mundo hacia las condiciones y dinámicas de producción del conocimiento. A comienzos del siglo XXI, la Filosofía de la Ciencia Práctica (FCP) surgió como una orientación interesada en integrar aportes y superar algunas limitaciones de las dos grandes aproximaciones que dominaron la comprensión filosófica de la ciencia durante el siglo XX: la concepción proposicional del conocimiento, de raíz neopositivista, y la visión de la ciencia como construcción social. A diferencia de la concepción proposicional, centrada en la relación entre teoría y mundo, y de la perspectiva sociológica, enfocada en la relación entre teoría y práctica, la FCP sitúa en el centro del análisis las prácticas científicas concretas como ámbito en el que se entrelazan la elaboración teórica, la intervención sobre el mundo y la producción de conocimiento . Su objetivo es, por tanto, ofrecer una investigación sistemática de dichas prácticas, entendidas como “actividades organizadas o reguladas dirigidas a lograr ciertos objetivos”, sin renunciar a las nociones de racionalidad y verdad.

Contextualismo, pluralismo y perspectivismo

Puesto que las prácticas científicas se desarrollan en contextos heterogéneos influidos por múltiples intereses y objetivos epistémicos, el giro pragmatista en filosofía de la ciencia ha promovido el compromiso con la diversidad teórica, metodológica, ontológica y social de la ciencia. Así, la naturaleza de la ciencia se examina desde una pluralidad de perspectivas, lo cual implica que las teorías científicas se consideran irreductibles a una teoría fundamental, que no existe un método científico universal, que no hay una única ontología fundamental y que el éxito científico se ve, de hecho, favorecido por la diversidad epistémica y social. El giro pragmatista aspira, por tanto, a comprender las prácticas científicas teniendo en cuenta su dimensión tanto diacrónica como sincrónica sin pretender lograr una caracterización unificada de la ciencia y de sus objetivos. Con esto, el giro pragmatista busca configurar un enfoque capaz de sintetizar la filosofía sistemática y la concepción historicista como requisito para dar cuenta de la heterogeneidad y del carácter colectivo e interactivo de las prácticas científicas . En algunos casos, el pluralismo se sustenta en compromisos ontológicos como la idea de un mundo desordenado o “moteado”, mientras en otros se apuesta por una “abstinencia metafísica”.

Minimalismo metafísico

Dado que el giro pragmatista concibe la ciencia como una actividad práctica orientada a la consecución de objetivos, las filosofías pragmatistas de la ciencia han tendido a distanciarse de la “metafísica ambiciosa” tradicional, en tanto en cuanto postula entidades inobservables subyacentes a los fenómenos. En su lugar, los enfoques pragmatistas suelen abogar por un minimalismo metafísico orientado a indagar los presupuestos metafísicos que subyacen y son útiles a prácticas científicas concretas . Los postulados metafísicos no reflejan, por tanto, una estructura última de la realidad, sino que dependen de su utilidad pragmática en contextos específicos, variando según las elecciones lingüísticas y semánticas que orientan nuestras acciones y resultan funcionales para satisfacer determinados fines prácticos .

Imbricación entre hechos y valores

La atención a los fines que subyacen a las prácticas científicas obliga a considerar no sólo cuestiones epistemológicas sino también los valores, normas e ideales inherentes a la consecución del conocimiento científico. Contrariamente a la clásica separación entre hechos y valores, desde una perspectiva pragmatista todo hecho, incluyendo los hechos científicos, está condicionado por criterios valorativos e intereses humanos. Así mismo, las filosofías pragmatistas de la ciencia atienden no solo al rol de los valores en la adquisición y validación del conocimiento, sino también al uso social y político de este conocimiento (Cfr. Entrada Ciencia y Valores).

2. Teorías pragmatistas de la explicación científica

A lo largo de buena parte de la segunda mitad del siglo XX, la filosofía de la ciencia estuvo protagonizada por el debate sobre la naturaleza de la explicación científica, o en qué sentido la ciencia era capaz de responder a las preguntas sobre el porqué de los fenómenos de los que se ocupa. Según el clásico modelo nomológico-deductivo de Carl Hempel , la explicación de un fenómeno se deduce necesariamente de la aplicación de una generalización legaliforme y la especificación de las condiciones iniciales bajo las cuales se aplica esta generalización.
Las principales objeciones al modelo nomológico-deductivo se dirigieron a su incapacidad para ofrecer condiciones suficientes para una explicación científica adecuada, condiciones que parecían requerir la apelación a las causas de los fenómenos: por un lado, el modelo era incapaz de capturar la direccionalidad de las explicaciones basada en la asimetría causal; por otro, resultaba excesivamente permisivo, pues permitía explicaciones que incluían información irrelevante, siendo incapaz de discriminar entre los componentes causales y no causales de una explicación.
Con el fin de superar estas limitaciones, a lo largo de las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo, se ensayaron distintas soluciones que pretendieron complementar el modelo ND con otros componentes que capturasen las condiciones suficientes de la explicación científica. La solución más célebre al problema de la irrelevancia explicativa la propuso Wesley Salmon, primero a partir de la relevancia estadística y después mediante el modelo causal-mecanicista , que ligó la explicación científica precisamente con la identificación de los mecanismos causales subyacentes a un fenómeno. Por su parte, Philip Kitcher propuso una teoría unificacionista de la explicación científica según la cual, esta consiste en derivar descripciones de muchos fenómenos diferentes utilizando el menor número posible de patrones argumentativos.
A pesar de sus diferencias, las teorías clásicas de la explicación científica compartían el objetivo de identificar un núcleo teórico de la explicación científica, definido por criterios generales y abstractos independientes del contexto o de las características psicológicas de los agentes. Al contrario, las teorías pragmatistas integran estos aspectos contextuales y subjetivos en el núcleo mismo del concepto de explicación .
En The Scientific Image , Bas van Fraassen sostiene que aceptar una teoría implica creer en su adecuación empírica, no en la verdad literal de sus afirmaciones sobre lo no observable. De este modo, la explicación no es un objetivo epistémico de la ciencia, sino una “virtud pragmática” vinculada a su aplicación. Esta visión rechaza los enfoques tradicionales que conciben la explicación como una relación objetiva entre teoría y hecho, proponiendo en su lugar una relación entre teoría, hecho y contexto. De este modo, las asimetrías explicativas y otras características dependen de factores psicológicos y contextuales, no de la naturaleza misma. Van Fraassen argumenta que no existe una estructura universal de las explicaciones científicas; estas son respuestas a preguntas (especialmente del tipo por qué) que dependen de relaciones de relevancia contextual. La adecuación de una explicación se evalúa en función de los fines y contextos específicos, permitiendo que distintas explicaciones de un mismo evento sean válidas según los intereses de quienes las formulan o reciben. En esta misma línea, James Woodward ha propuesto recientemente un análisis funcional de las prácticas científicas en términos de medios y fines que evalúa las explicaciones científicas en virtud del papel que desempeñan en contextos inferenciales.
Las teorías pragmatistas de la explicación, como vemos, se derivan de la crisis del proyecto unificacionista y el giro pluralista en filosofía de la ciencia, que trata de dar cuenta de la irreductible diversidad de las prácticas científicas: las distintas “agendas de problemas” en las que se organiza la actividad científica están caracterizadas por una pluralidad de métodos, aproximaciones teóricas y modos de explicación .

3. Teorías pragmatistas de la representación científica

El debate clásico sobre la representación científica se centró en cómo las representaciones y en particular los modelos científicos logran reflejar literalmente la realidad, estableciendo con esta relaciones de isomorfismo o semejanza (véase , para una revisión del debate sobre representación científica). Contra esta “metáfora especular”, se propone que la representación científica funciona como una herramienta normativa para orientar las prácticas humanas . En este sentido las perspectivas pragmatistas de la representación han enfatizado el uso de las representaciones como herramientas prácticas para interactuar con el mundo, más que como meras descripciones de la realidad . Por un lado, desde una perspectiva pragmatista, la representación científica se concibe como una actividad práctica más que como un producto estático. Por otro lado, el valor y el éxito de una representación depende, no de su capacidad para representar el mundo de manera fidedigna a partir de la relación entre el modelo y su objetivo, sino de su utilidad para resolver problemas, hacer predicciones y guiar la investigación . Así, la representación científica se entiende como un medio al servicio de intereses o fines determinados, más que como un fin en sí mismo o como el objetivo último de la ciencia . Entre esos medios, la ficcionalización funciona no como expresión de falsedad, sino como un recurso para imaginar escenarios que proporcionan indirectamente información veraz sobre el mundo .
En este contexto, las teorías pragmatistas de la representación se han inclinado hacia un representacionalismo deflacionario que abandona el objetivo de buscar condiciones universales necesarias y suficientes para toda representación científica y se centra en identificar características generales como la fuerza representacional y la capacidad para facilitar inferencias . Siguiendo este enfoque, Michela Massimi , considera que el éxito representacional de los modelos consiste en la capacidad de las comunidades epistémicas para llevar a cabo inferencias relevantes en el contexto de distintas prácticas de modelización, más que en perseguir un ideal de fidelidad mimética respecto a la estructura última del mundo. Bajo una óptica semejante, Rasmus Winther sugiere que, como los mapas, los modelos científicos funcionan como herramientas representacionales interactivas y contextualmente objetivas, diseñadas y empleadas por diversos agentes epistémicos para explorar y transformar distintos aspectos del mundo según intereses prácticos heterogéneos.

4. Realismo pragmatista

El debate clásico sobre el realismo científico se centró en determinar si las entidades postuladas por la ciencia existen independientemente de nuestras teorías y si estas ofrecen una verdad aproximada sobre la realidad. Para los realistas, el éxito de la ciencia resultaría inexplicable si las entidades postula­das no fueran reales y sus teorías y modelos no fueran aproximadamente verdaderos . A partir de esta convicción, los realistas han adoptado una actitud positiva hacia el contenido del conocimiento científico, comprometiéndose tanto ontológica como epistemológicamente con los aspectos observables y no observables del mundo descrito por las ciencias . En este contexto, el realismo se ha enfrentado a argumentos como el de la “metainducción pesimista”, que sostiene que algunas teorías exitosas del pasado resultaron ser falsas y no referenciales, lo que sugeriría que las teorías actuales podrían correr el mismo destino (Cfr. Realismo Científico) y que, en consecuencia, la historia de la ciencia se revela como un “cementerio de objetos epistémicos muertos” .
El giro pragmatista ha imprimido al debate sobre el realismo una nueva orientación que lo articula con posturas a menudo consideradas antirrealistas, como el pragmatismo y el perspectivismo. En este contexto, la discusión se ha alejado de cuestiones ontológicas y semánticas clásicas —la existencia independiente de las entidades teóricas o la correspondencia entre las proposiciones científicas y los hechos objetivos— para centrarse en los criterios que justifican la consideración de una entidad como real o de una teoría como verdadera en función de contextos prácticos específicos dentro de comunidades epistémicas situadas histórica y socialmente. En este sentido, algunos consideran al realismo no tanto como un enfoque filosófico “correcto” sobre los objetivos y logros de la ciencia, sino como una actitud o marco teórico capaz de apoyar conceptualmente la investigación científica en la búsqueda del mejoramiento de nuestro conocimiento de la realidad . Así, el giro pragmatista ha llevado a los realistas a adoptar posiciones metafísicas y epistemológicas más moderadas que las del realismo tradicional, capaces de dar cuenta del funcionamiento de las prácticas científicas reales.
Este giro hacia el realismo pragmatista empieza a producirse en la década de los ochenta en dos direcciones. Por un lado, el realismo experimental enfatiza el papel de las prácticas científicas en la determinación de la realidad de las entidades de las que se ocupa la ciencia. Así, Ian Hacking y Nancy Cartwright sostienen que lo real está relacionado con la capacidad humana para intervenir causalmente en los fenómenos experimentales. Por otro lado, el realismo interno y el realismo directo subrayan el papel de los fines y valores en nuestras consideraciones factuales y epistémicas. Según Hilary Putnam , los juicios sobre lo real y lo verdadero no se determinan desde una perspectiva abstracta y neutral, sino dentro de una pluralidad de contextos humanos y esquemas conceptuales condicionados por intereses pragmáticos y valores específicos. Esto conduce a la disolución de la clásica dicotomía entre hechos y valores, lo que implica que la resolución de disputas sobre creencias y supuestos teóricos no debe recurrir a “hechos brutos”, sino a los intereses, objetivos y necesidades humanas.
Incorporando el pluralismo pragmatista y la relatividad conceptual de Putnam, el realismo real de Kitcher señala que nuestra concepción de la estructura de la naturaleza refleja los propósitos y valores humanos. No obstante, a su juicio, una vez elegido un lenguaje, algunas oraciones son verdaderas en virtud de las relaciones referenciales entre los términos y las entidades independientes de ese lenguaje. Así, la eficacia de ciertas formas de “dividir la realidad” debe entenderse como el resultado de la interacción entre la naturaleza y la conveniencia de los esquemas conceptuales empleados para describirla. En esta misma línea, el realismo constructivo de Ronald Giere sostiene que el conocimiento científico se construye dentro de perspectivas específicas que proporcionan una visión parcial, interesada e interactiva de la realidad.
Los últimos años han atestiguado el florecimiento de enfoques filosóficos que consolidan el giro pragmatista en el debate sobre el realismo científico. Estas corrientes buscan distanciarse definitivamente del planteamiento clásico del debate clásico para, más allá del realismo metafísico y del constructivismo sociológico, reconstruir una imagen de la ciencia como una empresa que ofrece información falible pero fiable sobre el mundo. En este contexto, filósofos como Hasok Chang, Michela Massimi y Mazviita Chirimuuta han articulado propuestas que buscan reorientar los compromisos ontológicos y epistemológicos asociados al realismo clásico reinterpretando las nociones de realidad y verdad desde un enfoque centrado en las prácticas y las perspectivas científicas histórica y culturalmente situadas.
El realismo activista de Chang reinterpreta el problema de la realidad de las entidades científicas en términos de su capacidad para contribuir a actividades epistémicas operacionalmente coherentes. Desde esta perspectiva, la realidad se caracteriza de forma internalista, plural y cualitativa. En primer lugar, siguiendo el realismo interno de Putnam, lo real solo es concebible dentro de mecanismos específicos de “encuadre mental”. En segundo lugar, existe una pluralidad de concepciones ontológicas que corresponden a las diversas actividades epistémicas y sistemas de prácticas a los que son funcionales. Por último, determinar si una entidad es real es una cuestión de grado, de modo que una entidad puede considerarse más o menos real según la cantidad y variedad de actividades operacionalmente coherentes que su postulación pueda sustentar.
Siguiendo un enfoque internalista como el de Chang, el realismo perspectivista de Massimi propone un “ontología de fenómenos primero” que sitúa los fenómenos como punto de partida para explorar la realidad. En lugar de postular apriorísticamente entidades abstractas o entidades metafísicas como lo ha hecho el realismo tradicional, Massimi considera que el acceso al mundo natural se logra a partir de un proceso en el que una pluralidad de perspectivas científicas histórica y culturalmente situadas identifican reiteradamente fenómenos para modelar representaciones que permiten explorar modal e inferencialmente cómo podría ser la realidad. En esta línea, Catherine Kendig propone un enfoque interactivo del realismo perspectivista según el cual, la interacción entre perspectivas implica una reconfiguración permanente de las categorías ontológicas a medida que emergen nuevas propiedades en función de valores e intereses contextuales.
En la línea del realismo constructivo de Giere, el realismo háptico de Chirimuuta considera que nuestro acceso a la realidad es siempre parcial, interesado e interactivo. A partir de esta premisa, Chirimuuta defiende que la metáfora visual que subyace al realismo tradicional perpetúa una concepción pasiva, contemplativa y “espectadora” del conocimiento científico, en lugar de captar su naturaleza operatoria y su potencial para transformar la realidad. En consecuencia, propone reemplazar la metáfora visual por una metáfora háptica basada en el tacto, entendido como nuestro medio fundamental para introducir cambios en el mundo. A juicio de Chirimuuta, esta metáfora háptica permite explicitar que los científicos acceden a la realidad y obtienen conocimiento sobre ella a través de la experimentación y la interacción práctica.

5. Pragmatismo y Verdad

La noción de verdad ha sido uno de los principales objetivos de la crítica pragmatista de la ciencia . Desde el pragmatismo instrumentalista, se ha cuestionado que el fin de la ciencia sea alcanzar la verdad mediante la comprensión de las causas de los fenómenos o los eventos. Como vimos arriba, van Fraassen argumenta que el fin de la ciencia no es la verdad sino la adecuación empírica, es decir, la corroboración de hipótesis que son adecuadas en tanto en cuanto predicen nuestra experiencia sensorial de modos relevantes.
Ahora bien: aunque el pragmatismo a menudo se interpreta como un rechazo necesario de la noción de verdad, en realidad el giro pragmatista implica el rechazo de una noción particular de verdad, a saber: la teoría de la verdad como correspondencia entre nuestras teorías y una realidad independiente de la mente. En lugar de conceptualizar la verdad como una relación abstracta entre proposiciones y hechos, las teorías pragmatistas han tratado de comprenderla como un concepto que emerge de las prácticas cognitivas y sociales. Más que un reflejo objetivo de la realidad, la verdad es un instrumento útil que refleja los intereses humanos y ayuda a resolver problemas prácticos. La verdad se vuelve, por tanto, una noción plural, perspectivista y determinada por intereses prácticos, históricos y culturales.
Esta noción utilitarista de la verdad hunde sus raíces en el pragmatismo estadounidense de C.S. Peirce, quien propuso que las creencias verdaderas son aquellas que resisten el escrutinio futuro, William James, quien populariza la idea según la cual las creencias verdaderas son fiables y útiles, y John Dewey, para quien la verdad es una propiedad de las afirmaciones bien verificadas. Desde finales de los años ochenta del siglo pasado, la filosofía de la ciencia recupera la visión pragmatista de la verdad y la articula específicamente para la verdad científica.
De entre las diversas formulaciones pragmatistas del concepto de verdad científica , Putnam es el autor más representativo. Putnam abandona el realismo metafísico tradicional para defender un realismo interno basado en una aproximación más pragmática y epistemológica a la noción de verdad donde esta no se concibe ya como una relación metafísica entre enunciados teóricos y determinados “estados de cosas”, sino como una relación epistémica entre enunciados teóricos y determinados marcos conceptuales o prácticas científicas . En este nuevo marco teórico, Putnam adopta la teoría pragmatista de la verdad como una idealización de la aceptabilidad racional: una afirmación es verdadera si sería aceptada bajo condiciones epistémicas ideales, es decir, si una comunidad de hablantes racionales, con acceso a toda la información relevante y sin limitaciones prácticas, la consideraría justificada. Esta nueva definición de la verdad tiene dos grandes implicaciones. En primer lugar, la verdad ya no es estática ni absoluta, sino que está vinculada a nuestros esquemas conceptuales y prácticas de justificación dentro de contextos epistémicos específicos. En segundo lugar, dada la relatividad contextual de la verdad, no existe una descripción única y privilegiada de la realidad. Nuestras descripciones del mundo dependen de nuestros esquemas conceptuales y, por lo tanto, la verdad no es independiente de nuestras perspectivas, prácticas y necesidades humanas. No existe, por tanto, un “punto de vista desde ninguna parte” que nos permita acceder a una realidad objetiva sobre la que enunciar proposiciones verdaderas. Al contrario, existen múltiples formas válidas (verdaderas) de describir la realidad, dependiendo de los intereses y contextos de los hablantes.
Kitcher abandona también la aproximación metafísica tradicional al problema de la verdad. Recuperando a Dewey y adoptando la noción putnamiana de la verdad como aceptabilidad racional idealizada, propone un enfoque naturalista centrado en comprender cómo los seres humanos adquieren, justifican y utilizan creencias verdaderas y, en particular, cómo la verdad funciona en el contexto de las prácticas científicas. Desde esta perspectiva, la verdad no es un fin de la ciencia; la ciencia busca verdades porque estas son útiles para resolver problemas prácticos y teóricos, de modo que las creencias verdaderas son aquellas que resultan eficaces, es decir, aquellas que nos permiten interactuar efectivamente con el mundo y resolver problemas específicos. La ciencia avanza no tanto acumulando verdades como mejorando nuestra capacidad para resolver problemas y comprender el mundo. La verdad, en este sentido, es un objetivo regulativo que guía la investigación científica contribuyendo al progreso cognitivo, pero no es algo que pueda alcanzarse de manera definitiva.
De modo semejante, Chang ha ofrecido también una alternativa operacional a la teoría de la verdad como correspondencia. Para Chang, una proposición es verdadera en la medida en que existan actividades operacionalmente coherentes que puedan realizarse confiando en ella. Como en las teorías pragmatistas anteriores, la verdad deja de ser una idea metafísica sobre la estructura del mundo para convertirse en una noción que sirve para comprender las prácticas epistémicas en contextos específicos. Así, Chang rechaza cualquier pretensión absolutista y, de modo semejante que en su concepción de la realidad, enfatiza la naturaleza finita, plural y cualitativa de la verdad: su finitud reside en que su funcionalidad se limita a sistemas de prácticas específicos, de modo que una afirmación científica puede ser verdadera en un contexto y no en otro; su naturaleza plural se expresa en la coexistencia de teorías verdaderas pertenecientes a sistemas de prácticas mutuamente inconmensurables que no requieren ser integradas en una teoría unificada; por último, el carácter cualitativo de la verdad se manifiesta en el hecho de que esta no se expresa en términos binarios sino graduales, de modo que una afirmación puede ser más o menos verdadera dependiendo de cuán verificada haya sido en diferentes actividades operacionalmente coherentes. En esta misma línea, Holly Andersen concibe la verdad como un proceso de alineamiento (trueing) de los modelos que requiere de mantenimiento, ajuste y actualización continua de los recursos epistémicos a sus fines operatorios.
Al entender la verdad como una propiedad gradual y no en los términos binarios de la disyuntiva verdadero/falso, las teorías pragmatistas no renuncian a la noción de progreso científico. Para Kitcher , la ciencia avanza a través de la construcción de modelos que, aunque no sean verdaderos en un sentido absoluto, son efectivos para sus propósitos. Para Andersen , la verdad evoluciona con el tiempo en función de los recursos conceptuales disponibles. Un modelo puede considerarse en este sentido más verdadero que otro del pasado, si bien ningún modelo puede “mantenerse alineado”, esto es, considerarse verdadero indefinidamente. Por su parte, Paul Teller sostiene que la complejidad del mundo y nuestras limitaciones cognitivas hacen inevitable que toda representación sea una idealización parcial e inexacta. Sin embargo, su utilidad práctica demuestra que estas representaciones proporcionan información aproximada y contextualmente verdadera sobre aspectos relevantes de la realidad.
La existencia de una pluralidad de verdades relativas a los distintos contextos epistémicos ha sido acusada de implicar un abandono de facto de la noción de verdad incurriendo en el relativismo o en el instrumentalismo. Massimi ofrece una alternativa pragmatista donde la verdad se recupera como el resultado de la intersección de perspectivas científicas histórica y culturalmente situadas y entrelazadas. Si bien toda afirmación de conocimiento surge en el contexto de una perspectiva científica concreta, su verdad depende, en última instancia, de cómo sea evaluada por otras perspectivas. Massimi no descarta la teoría de la verdad como correspondencia, pero sostiene que esta relación no se produce entre enunciados teóricos y la estructura metafísica de la realidad, sino entre afirmaciones de conocimiento y fenómenos reiteradamente identificados en el seno de distintas prácticas de modelización perspectivista. La verdad perspectivista posee un carácter contextual, pluralista e integrador, pues su establecimiento se produce a través de un trabajo inferencial conjunto en el que se intercambian razones para establecer por qué algunas afirmaciones de conocimiento científico deben mantenerse en virtud de su veracidad o retirarse en virtud de su falsedad. En este sentido, el trabajo interperspectivo conducente a la verdad funciona de manera semejante a las plataformas de integración planteadas por Winther , un recurso epistémico comunitario que permite llevar a cabo actividades comparativas que evalúan las fortalezas y debilidades de las representaciones científicas con vistas a potenciar su poder explicativo y predictivo.

5. Conclusiones

El giro pragmatista se inicia en filosofía de la ciencia a principios de los años ochenta como respuesta al agotamiento de los enfoques clásicos sobre la explicación, la representación, el realismo y la verdad científica. En cuanto a la explicación científica, el giro pragmatista ha desplazado el enfoque tradicional basado en leyes generales hacia una visión que incorpora elementos contextuales y pragmáticos, como los intereses y creencias de quienes formulan o reciben las explicaciones. La visión pragmatista de la representación científica abandona la idea de modelos como reflejos fieles de la realidad, enfatizando su utilidad como herramientas prácticas para resolver problemas y guiar la investigación. En el debate sobre el realismo, el pragmatismo ha propiciado la adopción de posturas más moderadas, en las que la noción de realidad se entiende en función de su papel en prácticas epistémicas específicas, alejándose así de los compromisos de la metafísica tradicional. Finalmente, el pragmatismo propone una noción plural y contextual de la verdad, entendiéndose como un instrumento útil para resolver problemas prácticos, más que como una correspondencia abstracta con la realidad.

Juan Jacobo Ibarra y Laura Nuño de la Rosa
Departamento de Lógica y Filosofía Teórica, Universidad Complutense de Madrid
Instituto de Filosofía, CSIC

Referencias

{17525141:3F5973RN};{17525141:Z6E3J66U};{17525141:ZJVF4K2B};{17525141:R3V26KBJ};{17525141:DQ5FLGLB};{17525141:6SHYSG9J};{17525141:UF7R555C};{17525141:Z5HU6VA5};{17525141:JD3QQ579};{17525141:57ECCFCA};{17525141:DQ5FLGLB};{17525141:HB6HU8U3};{17525141:9HD8TZNK};{17525141:T9HKHTGW};{17525141:G6RBRG27};{17525141:59P726CQ};{17525141:767ZH2Z7};{17525141:57ECCFCA};{17525141:MIW7HWZX};{17525141:FP2R6X7J};{17525141:HB6HU8U3};{17525141:YZ6ELTQT};{17525141:XQVUM2EM};{17525141:HB6HU8U3};{17525141:3X93BXTE};{17525141:W43GYI3H};{17525141:YDM6AJDM};{17525141:JYT6TTUK};{17525141:GH8IPXVW};{17525141:9LAKNSWT};{17525141:NF5D6UDL};{17525141:APCL7HDM};{17525141:T57268WQ};{17525141:Y7Q4UQRA};{17525141:XY8C9NG4};{17525141:RNAIC2TK};{17525141:IJK967FW};{17525141:548EVVZ6};{17525141:QI99M8SN};{17525141:YDM6AJDM};{17525141:Z3QAUYAE};{17525141:58FGMQKG};{17525141:88KX7TK9};{17525141:767ZH2Z7};{17525141:KIPYH55N};{17525141:Y6MMHJJU};{17525141:CMSFSNI5};{17525141:H293TKMB};{17525141:CMSFSNI5};{17525141:H293TKMB};{17525141:HU4RYRZ6};{17525141:YDM6AJDM};{17525141:JYT6TTUK} apa creator asc 0 5340

Lecturas recomendadas

Franklin, A. (1986). The neglect of experiment. Cambridge university press.

Franklin, A. (1990). Experiment, Right or Wrong (1st ed.). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/CBO9780511527302

Giere, R. (1999). Science Without Laws. University of Chicago Press.

James, W. (1981). Pragmatism. Hackett Publishing Company, Inc. (Original work published 1907)

Kitcher, P. (2001). Science, Truth, and Democracy. Oxford University Press.

Kitcher, P. (2013). Toward a Pragmatist Philosophy of Science. THEORIA. An International Journal for Theory, History and Foundations of Science, 28(2), 185–231. https://doi.org/10.1387/theoria.7014

Longino, H. E. (1990). Science as social knowledge: Values and objectivity in scientific inquiry. Princeton University Press.

Love, A. C. (2008). Explaining Evolutionary Innovations and Novelties: Criteria of Explanatory Adequacy and Epistemological Prerequisites. Philosophy of Science, 75(5), 874–886. https://doi.org/10.1086/594531

Peschard, I. (2011). Making sense of modeling: Beyond representation. European Journal for Philosophy of Science, 1(3), 335–352. https://doi.org/10.1007/s13194-011-0032-8

Ruphy, S. (2005). Why Metaphysical Abstinence Should Prevail in the Debate on Reductionism. International Studies in the Philosophy of Science, 19(2), 105–121. https://doi.org/10.1080/02698590500249415

Cómo citar esta entrada

Ibarra, J. J. y Nuño de la Rosa, L. (2026). El Giro Pragmatista en Filosofía de la Ciencia. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/el-giro-pragmatista-en-filosofia-de-la-ciencia/

 

El Giro Pragmatista en Filosofía de la Ciencia. © 2026 por Ibarra, J. J. y Nuño de la Rosa, L. está protegida por la licencia CC BY-NC-SA 4.0  

 

 

Epistemología de los goznes

1. Introducción

La Epistemología de los goznes constituye un conjunto de propuestas contemporáneas que giran en torno a la filosofía de los últimos escritos de L. Wittgenstein, especialmente aquella contenida en Sobre la Certeza (1969, en adelante SC). En esta obra, Wittgenstein realiza una serie de observaciones filosóficas sobre las proposiciones de sentido común que estudia G. E. Moore (1925; 1939) como defensa contra el escepticismo, tales como “Tengo dos manos” o “La Tierra ha existido por muchos años”. Aunque Wittgenstein reconocerá la naturaleza particular de este tipo de proposiciones, el filósofo vienés se centrará en otros aspectos característicos que se alejan de la posición de Moore: estas proposiciones de sentido común son unas presuposiciones que, efectivamente, están al margen de la duda, pero ello no se debe a que estén razonablemente justificadas o porque sean evidentes en sí mismas, sino debido a que forman parte esencial de nuestras prácticas de evaluación epistémica. Este tipo de proposiciones han recibido el nombre de “goznes” o “bisagras” en la literatura por la metáfora que utiliza el propio Wittgenstein en estos famosos pasajes:

SC §341. Las preguntas que hacemos y nuestras dudas descansan sobre el hecho de que algunas proposiciones están fuera de duda. Son, por decirlo de algún modo, los goznes sobre los que giran aquéllas.

SC §342. Es decir, es propio de nuestras investigaciones científicas que en la práctica no se pongan en duda ciertas cosas.

SC §343. Pero no es que la situación sea esta: Simplemente no podemos investigarlo todo, y por eso nos vemos obligados a contentarnos con la suposición. Si quiero que la puerta se abra, los goznes deben mantenerse firmes.

Los goznes se comportan como certezas para nosotros: simplemente las damos por sentado incluso cuando dudamos. Actuamos de acuerdo con ellas, es decir, regulan nuestras prácticas epistémicas de forma tácita, manteniéndose “[…] en los márgenes de la investigación” (SC §88), sirviendo “[…] como un canal para las proposiciones empíricas […]” (SC §96). Por ejemplo, es necesario que un gozne como “La Tierra ha existido por mucho tiempo” se mantenga como una certeza presupuesta para que las investigaciones empíricas en geología o historia se desarrollen con normalidad, evitando la necesidad de cuestionar constantemente el objeto de estudio o el propósito de la investigación. Después de todo, ¿qué sentido tiene investigar, por ejemplo, el movimiento de las placas tectónicas, si no sabemos con seguridad si la Tierra existe?

El proceso a través del cual adquirimos estas presuposiciones es descrito por Wittgenstein en SC y otros escritos como las Investigaciones filosóficas como una suerte de adiestramiento (1953, en adelante IF, §§27, 157, 206, etc.): somos iniciados en un tipo de prácticas y en ese proceso de aprendizaje “nos tragamos” esas presuposiciones de forma tácita (SC §143), de acuerdo con las cuales actuaremos en el futuro. Este proceso explica su carácter implícito o inadvertido; en la medida en que actuamos de acuerdo con las reglas nuestra conducta se vuelve inteligible, algo especialmente apreciable cuando lo consideramos desde el punto de vista normativo:

 […] Su función es semejante a la de las reglas del juego, y el juego también puede aprenderse de un modo puramente práctico, sin necesidad de reglas explícitas (SC §95)

Sin embargo, este carácter tácito no debe hacernos pensar que se trata de meras asunciones, de las cuales uno se puede desprender, sino que se trata de un elemento no optativo, propio de la estructura y dinámica de nuestra racionalidad (Coliva y Pritchard, 2022, p. 83).

Las características mencionadas constituyen, grosso modo, el núcleo central sobre el que pivotan las diversas interpretaciones de la epistemología de los goznes, convirtiéndose en referencia común para la mayoría de las propuestas que se enmarcan en la corriente.

2. Epistemología de los goznes y escepticismo

La epistemología de los goznes comenzó a denominarse como tal tras la publicación del volumen editado por Annalisa Coliva y Danièle Moyal-Sharrock (2016), aunque esta denominación ha sido también utilizada retrospectivamente para referirse a propuestas pioneras, como Conway, (1982), McGinn (1989) Williams (1996) o Wright (2004), que, buscando nuevas herramientas filosóficas contra el desafío escéptico, se inspiraron en los últimos escritos de Wittgenstein. Si, como hemos visto, la duda no puede ejercerse en el vacío porque solo adquiere sentido sobre un trasfondo de presuposiciones básicas que le otorgan inteligibilidad, dudar de esas presuposiciones supone socavar las bases de la racionalidad misma, tornando la duda -y con ella el desafío escéptico en general- irracional.

En este sentido, Coliva (2016) ofrece una categorización de las distintas propuestas en epistemología de los goznes en función de la respuesta que ofrecen al desafío escéptico, las cuales podemos dividir entre estrategias deflacionarias y no-deflacionarias.

2.1. Estrategias deflacionarias

Dentro de las estrategias deflacionarias encontramos las interpretaciones “terapéutica” y “naturalista”. Estas estrategias son deflacionarias en el sentido de que buscan atajar el desafío escéptico disolviendo el problema, desproveyéndolo de sentido o significado. La interpretación terapéutica, que Coliva atribuye fundamentalmente a Conant (1998), defiende que Wittgenstein en ningún momento propuso un concepto sustantivo de certeza que pueda usarse como herramienta en una argumentación filosófica contra el escepticismo. Por el contrario, su intención fue la de purgar los usos abusivos del lenguaje, aquellos que generan pseudoproblemas al ejercerse al margen de todo contexto práctico de uso. La empresa escéptica, desde esta perspectiva, utiliza la duda fuera de todo contexto práctico al generalizar el cuestionamiento de los propios presupuestos racionales que hacen posible la argumentación -los goznes-, lo que disuelve el problema del escepticismo radical. Tratar de plantear un problema socavando las bases mismas de la racionalidad es, desde este punto de vista, plantear un problema ininteligible para la interpretación terapéutica.

Desde la interpretación naturalista de Peter Strawson (1985), los seres humanos crecen en comunidades en las que son adiestrados en prácticas que presuponen esas certezas de un modo u otro (SC, §298), certezas que pasan a formar parte de nuestra imagen del mundo, como un “trasfondo que me viene dado y sobre el que distingo entre lo verdadero y lo falso” (SC, §94). Desde esta perspectiva, las dudas escépticas serían “antinaturales”. No serían irracionales o carentes de sentido, como para la interpretación terapéutica, aunque tampoco se las consideraría un auténtico problema o desafío a resolver. La duda escéptica, desde esta perspectiva, sería tan antinatural como abstenerse de alimentarse o de dormir. Esta interpretación se alinea con las alusiones de Wittgenstein al ser humano como “un animal dotado de instinto” (SC, §475), como si correspondiera a nuestra naturaleza el dar ciertas cosas por sentado.

En cuanto a la conocida como “interpretación marco”, esta se distancia del resto de propuestas deflacionarias en la medida en que ofrece una caracterización sustantiva de las certezas y del rol que desempeñan en la estructura de la justificación racional. En este caso, se centran en el papel normativo que desempeñan los goznes. Para Coliva (2010a), los goznes no son proposiciones sino reglas de representación conceptual y lingüística. Funcionan como reglas de “significación evidencial”, es decir, criterios para definir lo que cuenta como evidencia a favor de una creencia. Coliva asume que es racional actuar de acuerdo con los goznes porque solo en la medida en que actuamos de acuerdo con ellos actuamos de forma racional. Desde esta perspectiva, por tanto, los goznes son elementos constitutivos, no-opcionales de la racionalidad, por lo que es necesario “extender” la concepción misma de la racionalidad para incluir esos goznes que hacen posible la adquisición de justificación de nuestras creencias empíricas ordinarias (Coliva, 2015).

Por último, cabe mencionar la propuesta de Schönbaumsfeld (2016), quien sostiene que los goznes no solo no pueden ser objeto de conocimiento, sino que ni siquiera gozarían del carácter de certeza, en la medida en que la duda con respecto a ellas está “lógicamente excluida”.

2.2. Estrategias no deflacionarias

En lugar de deslegitimar la amenaza escéptica como mero pseudo-problema, las estrategias no-deflacionarias, como las de Williams (1996) o Wright (2004), aceptan el desafío y tratan de argumentar por qué los goznes son una buena defensa contra él. En concreto, la interpretación de Wright (2004) asume un planteamiento fundacionista (ver entrada sobre Justificación epistémica). Entiende los goznes como proposiciones y argumenta que son creencias justificadas que, a su vez, no están justificadas por alguna otra creencia a la que podamos apelar, ya que constituyen la fuente necesaria que permite a nuestras experiencias perceptivas servir como evidencia a favor de nuestras creencias empíricas ordinarias. Contra el escepticismo, tendríamos derecho (entitlement) a aceptar el gozne, por ejemplo, de que “Existe el mundo externo” en la medida en que es parte esencial del propio mecanismo de justificación basado en la evidencia perceptiva. Este derecho podría entenderse como una justificación en determinados contextos si extendemos el propio concepto de justificación más allá de la mera evidencia.

Al igual que el planteamiento de Wright, aunque alejándose sus conclusiones epistémicas más robustas, la posición de Coliva asume que es racional actuar de acuerdo con los goznes; sin embargo, para la autora ello no se debe a que tengamos derecho a servirnos de ellos, sino a que actuar de acuerdo con ellos es actuar racionalmente

2.3. Otras propuestas

Otras contribuciones recientes tienen difícil encaje en las categorías propuestas por Coliva, como la llamada respuesta bifocal al escepticismo de Pritchard (2016), propuesta que es “bifocal” porque considera que el reto escéptico requiere de una doble estrategia que combina la epistemología de los goznes con el disyuntivismo epistémico (McDowell, 1995).

Como podemos apreciar, la epistemología de los goznes ha surgido como un campo desde el cual abordar el desafío escéptico desde nuevos horizontes conceptuales y estratégicos. No obstante, no han tardado en surgir voces que han puesto en cuestión el potencial de la epistemología de los goznes para salvaguardar la racionalidad de nuestras creencias. Por ejemplo, según Gómez-Alonso (2018), las diferentes propuestas que hemos descrito afrontan un dilema: o bien colapsan en una suerte de naturalismo al hacer depender nuestras justificaciones de factores de hecho como nuestra biología o nuestro contexto cultural (incurriendo en la arbitrariedad), o solo permite ofrecer una justificación “meramente subjetiva”, y no una justificación objetiva, o desde una perspectiva externista (ver entrada Internismo y externismo en epistemología). De un modo u otro, en la medida en que los goznes constituyen la racionalidad sin estar ellos mismos justificados, más que encontrarle una solución parece que la epistemología de los goznes conceda la razón al escepticismo.

3. Epistemología de los goznes y relativismo

Como hemos visto, el surgimiento de la epistemología de los goznes está ligado al reto escéptico, pero su impacto y desarrollo actual no se puede entender sin prestar atención al otro gran reto de la epistemología: el relativismo. El hecho de que la justificación de nuestras creencias dependa, en último término, del hecho de que nuestra racionalidad funcione simplemente así y no de otra manera supone, desde este punto de vista, un hecho arbitrario que despoja a la racionalidad de justificación objetiva y la hace dependiente de factores contextuales como la naturaleza, la cultura o la historia.

Así, dentro de la propia epistemología de los goznes han surgido dos maneras de desarrollar la herencia de Wittgenstein (Ashton, 2019): aquellas que, siguiendo un criterio interpretativo, se esfuerzan por descifrar fielmente la postura que él mismo sostuvo acerca del relativismo, y aquellas que, siguiendo un criterio instrumental, se centran en la utilidad de los conceptos de este autor a la hora de elaborar nuevas propuestas al respecto.

3.1. El criterio de fidelidad

En cuanto al debate interpretativo, el objetivo es el de identificar la filosofía de Wittgenstein, otorgando un calificativo al conjunto de su obra (o a un periodo de la misma) en función de su afinidad a un concepto de conocimiento (“internista”, “externista”, “relativista”, “objetivista”, etc.). En este caso, el debate está entre una lectura universalista y objetivista o una interpretación relativista del conocimiento, así como de las nociones alusivas a la racionalidad en general, como las de creencia, verdad o justificación.

Según las interpretaciones relativistas, la filosofía contenida en los últimos escritos de Wittgenstein, que pivota en torno a conceptos como los de “forma de vida” o “juego de lenguaje”, parece escorarse a favor de una imagen pluralista y contextualista del conocimiento antes que un concepto objetivo y universal (Kusch, 2016).

Las interpretaciones relativistas parten de la idea wittgensteiniana de que el significado de nuestras prácticas epistémicas está en su uso (IF, §43), y por lo tanto no deben entenderse en correspondencia con una suerte de realidad ideal que alberga las verdades esenciales, eternas, inmutables e incontestables de la realidad. Las proposiciones empíricas de cualquier juego de lenguaje dependen de los goznes que están en juego en los contextos prácticos de uso (IF, §217; SC, §88, §105). Además, los juegos de lenguaje varían según estos contextos (IF, §23), por lo que es de esperar que las presuposiciones básicas sobre los que adquieren sentido también varíen (SC, §65). Wittgenstein también señala que tanto los goznes como los juegos de lenguaje cambian con el tiempo, añadiendo otro aspecto de variabilidad y pluralidad a la visión de conjunto que podemos obtener del concepto de conocimiento en general (SC, §96, §256, §336). Estas premisas parecen alejarse de una concepción moderna del conocimiento a la cartesiana, lo que coloca al concepto de conocimiento wittgensteiniano que subyace a sus últimos escritos más cerca de los postulados relativistas en epistemología.

Frente a esta interpretación, quienes defienden que la filosofía de Wittgenstein no favorece un relativismo hacen lo propio en cuanto a referencias, aludiendo a parágrafos de SC en los que el autor parece alejarse de toda inclinación relativista. En estos parágrafos (por ejemplo, SC §108 y §286), Wittgenstein parece apelar a una verdad objetiva, llegando a afirmar que, ante una comparación entre sistemas epistémicos diferentes, “nuestro” sistema epistémico (basado en las ciencias empíricas) sería “superior” a otros que resultarían “más pobre[s] con diferencia” (Baghramian y Coliva, 2020).

3.2. El criterio de utilidad

Llegados a este punto, más allá del debate hermenéutico acerca de lo que el propio Wittgenstein sostuvo (un debate probablemente irresoluble), la mayoría de las propuestas que aplican hoy en día la epistemología de goznes se resisten a adoptar el relativismo, tomando la forma de estrategias antirrelativistas.

De acuerdo con Moyal-Sharrock, “Hay goznes sobre los que ha girado y girará todo el saber humano, en cualquier tiempo, en cualquier lugar” (2004, p. 149), tales como aquellos relacionados con la existencia del propio cuerpo, el mundo externo o los objetos físicos, las otras mentes, etc. De este modo, establece una diferencia entre esos goznes universales y absolutos y otros goznes locales, que serían aquellos que varían y dependen del contexto histórico y cultural. En la misma línea, según Coliva (2010b), existe un único sistema epistémico universal que comprende una serie de normas y métodos que gobiernan los procesos de formación y justificación de creencias, tales como la observación, la inducción o el modus ponens. Por muy variables que sean los sistemas epistémicos, todos ellos compartirían estos principios, de manera que ante una posible situación de conflicto, el desacuerdo podría resolverse siguiendo una lógica enteramente racional, rastreando el uso adecuado de estas normas y métodos universales. Asimismo, Pritchard (2011; 2021) defiende que existe un núcleo universal que subyace a todos los goznes, un “über hinge commitment”, con respecto al cual no podemos estar fundamental y sistemáticamente equivocados.

En cambio, Ashton (2021) ha argumentado a favor del relativismo defendiendo que el concepto de relativismo que se ha discutido en epistemología de los goznes no es en realidad tal relativismo. El concepto de relativismo que se discute en epistemología de los goznes se resume habitualmente en las siguientes cláusulas: 1) existen múltiples sistemas de supuestos básicos, 2) estos son mutuamente incompatibles y 3) dan lugar a sistemas de justificación igualmente válidos. Citando a otro de los principales defensores del relativismo en epistemología de los goznes, Kusch (2016), Ashton defiende que la cláusula acerca de la “igual validez” de los sistemas no es propiamente relativista, pues presupone la existencia de una posición neutral, independiente de todo sistema, desde la que hacer ese juicio, presuponiendo el universalismo. Por ello, propone sustituir la cláusula de validez igual por la de “no-neutralidad”, la cual estipula que no existe una forma neutral (o independiente del sistema) de evaluar diferentes sistemas epistémicos. Esta formulación capturaría el compromiso anti-jerárquico del relativismo sin incurrir en la incoherencia.

4. Epistemología social de los goznes

Lo que Coliva (forthcoming) ha denominado “Epistemología Social de los Goznes” captura una nueva tendencia en este campo que se alinea con lo que ha venido a llamarse “el giro político en filosofía analítica” (Bordonaba et al., 2022), es decir, un cambio generalizado en la investigación que pone el foco en las dimensiones sociales y políticas del conocimiento, antes que en su naturaleza o alcance en abstracto. En este sentido, el objetivo de la epistemología social de los goznes es el de elucidar el papel que estas presuposiciones básicas juegan en las estructuras y dinámicas sociales que involucran al conocimiento.

En este contexto, Coliva señala tres frentes que parecen haberse consolidado como núcleos temáticos en los que trabajar en epistemología social y política con las herramientas conceptuales de los goznes:

1) Epistemología de los desacuerdos. Los desacuerdos pasan a ser entendidos como situaciones de conflicto epistémico que pueden explicarse por referencia a dos partes que cuentan con diferentes goznes aparentemente irreductibles entre sí, lo que puede motivar desacuerdos sin falta y desacuerdos profundos (Ranalli, 2020; Coliva y Palmira, 2020). Este frente surgió como consecuencia natural del debate en torno al relativismo, el cual suele suponer encuentros hipotéticos entre diferentes sistemas epistémicos. La resolución racional de estos desacuerdos parece depender de la naturaleza relativa o universal de nuestros goznes (Coliva y Palmira, 2021).

2) Epistemología del testimonio. En los intercambios testimoniales habituales, el llamado “gozne testimonial” (Coliva, 2019) opera como una presuposición básica de confianza entre oyente y hablante, la cual funciona como fuente de justificación. Sin embargo, en ciertos casos, en lugar del “gozne testimonial”, puede estar operando un “gozne prejuicioso” (Boncompagni, 2021), en virtud del cual el testimonio de quien habla se considera poco fiable, lo que puede dar lugar a injusticias epistémicas cuando el carácter prejuicioso atañe a la identidad de quien expresa el testimonio. En este ámbito, los esfuerzos pasan por clarificar conceptualmente el papel de los goznes en los intercambios testimoniales, entendiendo que el aparato conceptual de la epistemología de los goznes puede ayudar a arrojar luz sobre estos aspectos.

3) Epistemologías feministas. Si bien no encontramos a día de hoy una propuesta sólida que explique en detalle de qué manera se pueden poner en relación ambas corrientes, contamos con un reciente esfuerzo por argumentar que dicha empresa no solo es posible, sino también deseable. En este punto, es pionera Ashton (2019) cuando motiva la idea de una “Epistemología feminista de los goznes” señalando importantes similitudes teóricas entre ambas corrientes y apuntando lo beneficioso que puede resultar para la epistemología de los goznes utilizar algunos de los recursos propios de las epistemologías feministas.

Ignacio Gómez-Ledo
(Universidad de Sevilla)

Referencias

  • Ashton, N. A. (2019). The Case for a Feminist Hinge Epistemology. Wittgenstein Studien 10(1), pp. 153-63.
  • Ashton, N. A. (2021). Extended Rationality and Epistemic Relativism. In: Moretti, L. & Pedersen, N. J. L. L. (eds.) Non-Evidentialist Epistemology. Brill Studies in Skepticism, 3. Leiden: Brill, pp. 55-72.
  • Baghramian, M. y Coliva, A. (2020). Relativism. Nueva York/Londres: Routledge.
  • Bordonaba, D., Fernández, C. & Torices, J. R. (Eds.) 2022. The Political Turn in Analytic Philosophy. Reflections on Social Injustice and Oppression. Berlin/Boston: De Gruyter.
  • Boncompagni, A. (2021). Prejudice in Testimonial Justification: A Hinge Account. Episteme, pp. 1-18.
  • Coliva, A. (2010a). Moore and Wittgenstein. Scepticism, Certainty and Common Sense. Basingstoke: Palgrave Macmillan.
  • Coliva, A. (2010b). Was Wittgenstein an epistemic relativist? Philosophical Investigations 33, 1–23.
  • Coliva, A. (2015). Extended Rationality. A Hinge Epistemology. Basingstoke: Palgrave Macmillan.
  • Coliva, A. (2019). Testimonial Hinges. Philosophical Issues 29, pp. 53–68.
  • Coliva, A. & Moyal-Sharrock, D. (eds.) (2016). Hinge Epistemology, Brill: Leiden.
  • Coliva, A. & Palmira, M. (2020). ‘Hinge Disagreement.’ In N.A. Ashton, M. Kusch, R. McKenna and K.A. Sodoma (eds.), Social Epistemology and Relativism, Nueva York: Routledge, pp. 11–29.
  • Coliva, A. & Palmira, M. (2021). Disagreement unhinged, constitutivism style. Metaphilosophy, 52(3-4), pp. 402-415.
  • Coliva, A. & Pritchard, D. (2022). Skepticism. London/NY: Routledge.
  • Coliva, A. (Forthcoming). Social Hinge Epistemoloy. In J. Lackey & A. McGlynn (eds.), Oxford Handbook of Social Epistemology. Oxford University Press.
  • Conant, J. (1998). Wittgenstein on Meaning and Use. Philosophical Investigations 21, pp. 222-250.
  • Conway, G. (1982). Wittgenstein on Foundations. Philosophy Today 26(4), pp. 332-344.
  • Gómez-Alonso, M. (2018). Wittgenstein y el impacto de Sobre la Certeza en la epistemología contemporánea. En D. Pérez (ed.) Wittgenstein y el escepticismo. Certeza, paradoja y locura. Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza, pp. 25-61.
  • Kusch, M. (2016). Wittgenstein’s On Certainty and Relativism. In Sonja Rinofner-Kreidl (ed.) Analytic and Continental Philosophy. Proceedings of the 37th International Wittgenstein Symposium, Berlin: DeGruyter.
  • McDowell, J. (1995). Knowledge and the Internal. Philosophy and Phenomenological Research 55, 877–893.
  • McGinn, M. (1989). Sense and Certainty: A Dissolution of Scepticism. Nueva York: Basil Blackwell.
  • Moore, G. E. (1925). A defence of common sense, in J. H. Muirhead (Ed.), Contemporary British Philosophy (2nd series), London: Allen & Unwin.
  • Moore, G. E. (1939). Proof of an external world, Proceedings of the British Academy 25(5) pp. 273–300.
  • Moyal-Sharrock, D. (2004). Understanding Wittgenstein’s On Certainty. London: Palgrave Macmillan.
  • Pritchard, D. (2011). Epistemic relativism, epistemic incommensurability, and Wittgensteinian epistemology. In S. Hales (Ed.), A Companion to Relativism. Hoboken: Wiley Blackwell, pp. 266–285.
  • Pritchard, D. (2016). Epistemic Angst. Radical Skepticism and the Groundlessness of Our Believing. Princeton: Princeton University Press.
  • Pritchard, D. (2021). Wittgensteinian Hinge Epistemology and Deep Disagreement. Topoi 40, pp. 1117–1125.
  • Ranalli, C. (2020). Deep disagreement and hinge epistemology. Synthese 197, pp. 4975–5007.
  • Schönbaumsfeld, G. (2016). The Illusion of Doubt. Oxford: Oxford University Press.
  • Strawson, P. (1985). Skepticism and Naturalism. Some Varieties. London: Methuen.
  • Williams, M. (1996). Unnatural Doubts. Epistemological realism and the Basis of Scepticism. Princeton: Princeton University Press.
  • Wittgenstein, L. (1953). Philosophical Investigations. Oxford: Basil Blackwell.
  • Wittgenstein, L. (1969). On Certainty. Oxford: Basil Blackwell.
  • Wittgenstein, L. (1979). Remarks on Frazer’s Golden Bough. Nottinghamshire: Bryn- mill.
  • Wright, C. (2004). Warrant For Nothing (And Foundations For Free)? Aristotelian Society Supplementary 78(1), pp. 167–212.

Lecturas recomendadas en castellano

  • Gómez-Alonso, M. 2019. Wittgenstein y la justificación de las proposiciones gozne. Estudios filosóficos 60, pp. 159-182.
  • Gómez-Alonso, M. 2022. Wittgenstein y el marco agencial de la epistemología de goznes. Estudios filosóficos 69(202), pp. 507-525.
  • Gómez-Alonso, M y Pérez Chico, D. 2019. Epistemología de los goznes y escepticismo: observaciones críticas a la tesis de la racionalidad extendida. Disputatio 8(11), pp. 293-325.
  • Pérez Chico, D. 2021. ¿Sobre qué certeza? Epistemología de goznes, ansiedad cartesiana y meta-escepticismo. Sképsis: Revista de Filosofía 12(23), pp. 35-57.

Entradas relacionadas

Cómo citar esta entrada

Gómez-Ledo, I. (2024). Epistemología de los goznes. Enciclopedia de la Sociedad Española de Filosofía Analítica. http://www.sefaweb.es/epistemologia-de-los-goznes/